HISTORIAS ENTRELAZADAS (fragmento)

VII

Cuando la luz tenue del amanecer se levantaba por el este, y los altos árboles se recortaban contra el cielo cada vez más claro. llegaron a la estación de Apóstoles, la primera parada en Misiones. Descendieron para un rápido desayuno que consistió en pan y café caliente, para luego retomar el viaje. Según Ivanov, llegarían a Oberá a eso del medio día. El exsoldado se sentó entonces en medio de las cuatro familias que lo acompañaban y les narró la historia del pequeño pueblo en el que vivirían. Les explicó que, durante el reinado de Alejandra la grande, la zarina había convencido a un grupo de alemanes para que inmigraran a la zona del río Volga para que lo colonizaran, con la promesa de que podrían mantener sus costumbres y su cultura intactas. Lo consiguieron por cierto tiempo, pero una vez que Alejandra la grande falleció, sus descendientes no cumplieron con la promesa hecha por la zarina y los alemanes fueron perseguidos, por lo que se vieron obligados a volver a inmigrar, así fue como llegaron a Argentina hacía muchos años.

 La vida de aquellos primeros inmigrantes fue muy difícil, en el mejor de los casos, recibieron carpas de parte del gobierno, otros tuvieron que contentarse con refugios hechos de ramas y paja. La exigencia primordial del gobierno era que civilizaran el entorno, cortando los enmarañados bosques y sembraran las tierras, de lo contrario, el gobierno les sacaba las tierras y dejaba a los inmigrantes en total desamparo.

En un principio, fue muy difícil dominar la densa selva, debieron talar árboles y cortar inmensos montes. Estuvieron expuestos a alimañas y animales salvajes a los que desconocían por completo, algunos murieron de fiebre amarilla o malaria, otros recibieron infinidad de picadas de insectos los cuales les producía alergias e intenso escozor. Muchos de los inmigrantes desistieron durante los primeros meses y decidieron regresar a Alemania a probar suerte. Otros persistieron, construyeron pequeñas viviendas y prepararon los campos con plaguicidas e insecticidas que el gobierno les vendía a plazos. Los calores adormecedores y sofocantes fueron otro de los problemas que tuvieron que enfrentar en el verano y las heladas durísimas que quemaban los cultivos en el invierno. El gran esfuerzo que realizaron estos pioneros era intangible, todo por salir adelante.  Si bien para los nuevos inmigrantes las cosas no serían fáciles, no podían compararse con lo que vivieron aquellos primeros pioneros.

Poco después de las doce del mediodía, desembarcaban en Oberá. Karatyna observó el pequeño pueblo cuyas calles carecían de adoquines o empedrados, pero que llamaban la atención por lo polvorientas, serpenteantes y su intenso color rojizo. Las herraduras de los caballos retumbaban y traqueteaban las carretas repletas de hortalizas, granos o ganado.

Un par de aquellas carretas tiradas por bueyes los esperaba, guiados por hombres vigorosos y de tez cetrina. Las cuatro familias se repartieron en ellas. En la primera viajaban Kataryna, Igor y Daryna cuyo perro no la perdía de vista, viajaban con ellos una pareja con tres hijos. En la segunda carreta iba Ivanov acompañado por una pareja con dos hijos y un matrimonio cuyo hijo estaba en camino. Kataryna no podía imaginarse lo difícil que habría resultado el viaje para aquella joven en avanzado estado de gravidez. Al menos, pensó, su bebé tendría alguna posibilidad de sobrevivir en aquellas tierras.

 Iniciaron el lento y tumultuoso avance hacia la hacienda, la carreta de Ivanov encabezaba la corta caravana. A pesar de ser otoño, el sol calcinaba aun con fuerza, pero la suave brisa que soplaba del sur significó un alivio para los viajeros. Cuarenta o cuarenta y cinco minutos después, las carretas se detuvieron frente a grandes portones de madera sobre los cuales rezaba un proverbio que Kataryna conocía muy bien “Sin esfuerzo no se puede sacar al pez del estanque”.

Ivanov que viajaba sentado al lado de uno de los conductores, se apeó de un salto, y abrió los portones que chirriaron a modo de bienvenida. Las carretas la atravesaron despacio entre tumbos. Ivanov volvió a cerrar los portones y subió a la carreta. Los conductores guiaron a los bueyes por la ancha avenida de grava roja. Por donde miraran, se veían pastizales verdes y cientos de ganado vacuno que pastaba apaciblemente. Minutos después divisaron la casa de paredes blancas y techo de tejas rojas. Se hallaba bordeada de flores de diversos colores y flanqueada por árboles que trasmitían frescura y sombra a los alrededores. Entre las copas de los árboles se cobijaban decenas de pájaros que gorjeaban al unísono en una especie de orquesta sinfónica alada.

Las carretas de detuvieron frente a la vivienda, los recién llegados no dejaban de admirar el lugar que Alexander había logrado construir a baje de esfuerzo y tesón a cientos de miles de kilómetros de la tierra que lo había visto nacer. Les parecía increíble ver tanta prosperidad luego de muchos años de escasez y luchas por sobrevivir.

Ivanov les instó a que desembarcaran de las carretas. Un joven delgado y moreno, que no tendría más de veinticinco años, los esperaba. Llevaba unos lentes sin montura y aros de acero cuyos cristales reflejaron la luz del sol bajo su cetrina e increíblemente pequeña frente. Alexander se dirigió a él.

_ ¿Está listo el almuerzo? _ preguntó.

El hombre que respondía al nombre de Juan asintió con un movimiento de cabeza.

_Acompáñalos al tinglado y asegúrate de que tengan todo lo que necesitan.

El hombre, que al parecer no era muy aficionado a las palabras volvió a asentir e hizo señas a los recién llegados para que los siguiera.

Ivanov subió unas cortas escalinatas hacia la puerta de ingreso a su vivienda no sin antes asegurarles a los nuevos trabajadores y sus familias que les daría alcance en poco tiempo.

Kataryna captó un movimiento proveniente de una de las ventanas de la casa con el rabillo del ojo. Volteó la cabeza y pudo notar la presencia de una mujer que los observaba a través de los cristales, con expresión medio desdeñosa, medio soberbia. La mujer llevaba los cabellos entrecanos recogidos en un rodete. No podía distinguir con exactitud que llevaba puesto, desde donde estaba, pero una cosa era segura, se hallaba pulcramente vestida y arreglada. Tenía los ojos pretenciosos y arrogantes. Por completo carentes de humildad y generosidad. Actuaba como si fuese la dueña de la casa, por lo tanto, debía ser la esposa de Ivanov, pensó Kataryna. No le dio tiempo para más ya que Daryna la tomó de la mano y la instó a seguir a los demás.

Debajo del tinglado, habían dispuesto una mesa larga, un tablón sostenido sobre dos caballetes y dos bancos largos colocados a ambos lados de la improvisada mesa. El hombre moreno les indicó que se sentaran. Al parecer Ivanov se había encargado de enseñarle una que otra frase en ruso. De inmediato, dos mujeres les sirvieron el almuerzo, que consistió en un guisado de res, pan y un el jugo de una fruta que Kataryna no pudo identificar.

Ivanov regresó poco después de que terminaran de almorzar. Les dio la bienvenida formalmente y les explicó que el hombre de la frente cetrina los llevaría a lo que de ahora en más serían sus viviendas. Les daría a los hombres dos días libres para que se adaptaran y ayudaran a sus esposas a organizarse. A continuación, en lugar de desearles suerte en esta nueva etapa de sus vidas, les recordó que el porvenir no dependía de la suerte sino del empeño, el trabajo y el empuje de cada uno de los individuos y sus familias.

VIII

Fueron acomodados en una casita de adobe encalada con techo de paja y piso de cemento. Constituida de dos habitaciones, una cocina que hacía las veces de comedor y un pequeño recibidor.  Los servicios higiénicos se encontraban fuera de la casa, consistía en una letrina y un espacio que podían utilizarlo como cuarto de aseo. A un costado de la casa, había un pozo de agua. No medían más de cinco metros de profundidad y se extraía a mano mediante un balde y una roldana. La casita se hallaba rodeada de media docena de altos árboles y una veintena de otros mediados que según Juan florecerían poco antes de la primavera.

Por delante de la casa se extendían inmensos campos arados listos para el cultivo, Karatyna no supo decir de cuantas hectáreas se trataban, llegaban hasta donde alcanzaba la vista y más allá. Observó a su derecha y luego a su izquierda en un intento por divisar la casa de algún vecino, pero no vio nada.

_Su vecino más cercano se encuentra a unos ochocientos metros de distancia_ dijo Juan como si le leyera la mente en un perfecto ruso que sorprendió a Kataryna.

Las casas de los trabajadores se hallaban distanciadas ya que se encargaban de una parcela de terreno de tres hectáreas que le había sido asignada y tenía a su cargo un grupo de lugareños que los ayudaba con el trabajo.

Juan los dejó solos para que se instalaran. Igor recorrió la pequeña vivienda con expresión de fastidio, estaba claro para Kataryna que no era lo que esperaba. En el recibidor se alzaban cuatro mecedoras de mimbre y una pequeña mesa de centro. En la cocina Kataryna halló una estufa a leña, tres ollas, una tetera, y trastos de metal para cuatro personas. Una mesa de madera con cuatro butacas del mismo material, y una fiambrera completaban el mobiliario. En la primera habitación hallaron un ropero, una cama matrimonial y dos mesitas de noche. En la segunda, dos camas individuales con sus respectivas mesas de noche y un ropero. No había cuadros, o algún tipo de adorno. Kataryna pensó que aquello era en cierta forma una suerte, ya que le permitiría poner su toque personal al lugar, por pequeño que este fuera. Buscó entre sus escasas pertenencias el crucifijo que le había regalado su madre y lo colgó de un oxidado clavo sobre la cabecera de la cama que compartiría con Igor. Se quedó observándolo con las manos en jarra, recordando la última vez que vio a su madre, la última vez que la abrazo, la última vez que oyó su voz. Suspiró profundamente intentando disipar el sentimiento de pérdida que la embargaba.

Daryna se posesionó del segundo dormitorio de inmediato, era agradable no tener que compartir la habitación con nadie más que con su nuevo amiguito. O al menos eso era lo que ella pensaba. Su padre no tardo mucho tiempo en sacar al perro de la casa, a pesar de sus airadas protestas.

_El perro puede dormir en el corredor de la casa_ sentenció Igor.

La primera semana se pasó en un abrir y cerrar de ojos, entre la limpieza de la casa y la construcción de un gallinero. Detrás de la casa halló un buen número de postes de madera y mallas algo oxidadas pero que le sirvieron en la construcción. La preparación de la tierra para la huerta debería esperar hasta la próxima primavera.

 Igor se había integrado al trabajo, salía poco antes de amanecer y regresaba a casa extenuado antes del atardecer. Se había iniciado el periodo de siembra del trigo y los trabajadores se encontraban muy ocupados. Igor con su acostumbrado carácter cáustico, llenaba las noches de sobremesa de comentarios irónicos y sarcásticos en los que decía que la ayuda de Ivanov hacia los inmigrantes en realidad era un modo camuflado de utilizar mano de obra barata hasta convertirlos prácticamente en esclavos.

_Que casualidad que fuera en busca de inmigrantes desesperados justo antes de la siembra, de seguro traerá otro grupo de tontos para las cosechas_ decía.

Kataryna intentaba parecer indiferente y evitaba hacer comentario alguno al respecto. Tal vez Igor se hallará descontento, pero eso no aplicaba a ella. Al fin tenían un lugar donde vivir, al menos tres comidas al día, a veces hasta comían alguna que otra cosilla entre alimentos, y podían vivir en paz, sin la preocupación de que les quitaran lo poco que tenían o que despertara una mañana y encontrara a su hija muerta debido a la inanición.

Daryna se integró también a la escuela del pueblo. Una carreta proveniente de la Casa Grande, como los inmigrantes llamaban a la vivienda de Alexander, se encargaba de llevar a los niños hasta el pueblo y recogerlos al final de la jornada. La preocupación principal de Alexander era la educación de los niños. De igual modo, sin una buena alimentación, no puede darse una buena educación. Sin educación decía, no hay futuro, no hay desarrollo. Ivanov ponía especial interés en que los niños que asistían a la escuela del pueblo llevaran una dieta balanceada. Los dos docentes que atendían la escuela comunitaria se encargaban de que los niños recibieran un vaso de leche y algún cereal en las mañanas, mientras que para el almuerzo les servía algún guisado con legumbres y carne.

Durante la segunda semana en Oberá Kataryna empezó a pensar que necesitaba ocupar su tiempo en algo más que la limpieza de la casa. Terminaba sus quehaceres como a las diez de la mañana y no tenía nada más que sentarse frente a la casa en compañía de la mascota de Daryna que la observaba con expresión aburrida.

_Tampoco tienes nada que hacer Sobaka[1]_ dijo Kataryna restregando la cabeza del animal.

Curiosamente Daryna había escogido para su amiguito el nombre de “Perro”. Lo cual había hecho que sus padres se echaran a reír. Ambos le aconsejaron que escogiera algún nombre más tradicional como Sharic o Timur, pero la niña se había empecinado en que se llamara Sobaka (perro).

Sobaka pareció animarse un poco al sentir las agradables caricias de la mujer con la que asociaba la comida. Sacudió la frondosa cola y levantó el hocico y las orejas en forma de mariposa. Sobaka, parecía ser una cruza entre un Collie y un Epagneul papillón, ostentaba un pelaje blanco, algo largo, con manchas negras. Kataryna acarició su lomo y Sobaka sacudió la cabeza en señal de agradecimiento.

Decidió que aceptaría la invitación de algunas de las mujeres que vivían en la hacienda y se integraría a algunos de los grupos que se formaban por las tardes para aprender algún oficio o simplemente pasar el tiempo. Si, eso era lo que haría, al menos hasta la llegada de la primavera, cuando se dedicaría a la huerta, mientras tanto, debía ocuparse en algo más, pensó.

Regresó a la casa a pesar de la insistencia de Sobaka para que continuara rascándole la cabeza. Se sentó en una de las mecedoras del recibidor y observó a través de los cristales de la ventana que acababa de lavar. El otoño en aquella parte del mundo se mostraba entre las pocas hojas que aún persistían en los árboles y las copas blancas rosáceas de las Pezuñas de Buey[2] en flor, a la espera de las primeras heladas, que aún tardarían algo en llegar. El suelo estaba tapizado de hojas muertas, el cielo se alternaba entre el celeste y el gris, mientras que el campo vacío estaba a la espera de la siembra. No hacía frío ni calor, aunque el sol seguía entibiando el aire, se percibía una brisa fuerte que soplaba sobre los campos recientemente arados, levantando el rojizo polvo transformándolos en remolinos danzantes. Partiendo en dos la tierra como cuando una madre peina a su hija para luego trenzar sus cabellos. De camino al norte, volaban bandadas de pájaros en extrañas formaciones geométricas.

Kataryna se removió algo inquieta en la mecedora, se restregó los ojos un par de veces y suspiró.

Recordó la inesperada visita de la orgullosa y despectiva mujer de la ventana. Galina, se llamaba, y si, era la esposa de Alexander.

No había tenido tiempo de arreglarse, si siquiera de peinarse. Se hallaba limpiando el gallinero cuando vio llegar una carreta tirada por dos hermosos caballos azabaches.  Dejó lo que estaba haciendo, se secó el sudor de la frente con la manga de su blusa y se acercó a ver quién la visitaba. Se sorprendió al comprobar que se trataba de la misma mujer que había observado en la ventana de la hacienda el día de su arribo a Oberá. La saludó con cortesía mientras esperaba a que se apeara de la carreta. Pero para su sorpresa, la mujer no se dignó a hacerlo. Se presentó, como la esposa de Alexander Ivanov y dijo que se llamaba Galina. La mujer poseía una pomposa rigidez como si perteneciera a la aristocracia. Sus ojos azules tenían una extraña combinación de desconfianza y recelo, pero al mismo tiempo de desdén y arrogancia. Y tal y como Kataryna lo había supuesto, se hallaba pulcramente vestida, llevaba un vestido fresco, pero la tela parecía ser costosa. Los cabellos entrecanos alguna vez habían sido castaños, la nariz respingada y los labios delgados hacían suponer que en su juventud habría sido agraciada. Estaba sola, ella misma dirigía a los caballos, llevaba las manos enguantadas y a pesar de su soberbia y aire aristocrático parecía saber muy bien cómo manejar a los animales.

_Mi esposo me pidió que viniera a verla_ dijo y se la quedó mirando con una suerte de cansada resignación en el rostro.

Kataryna se mostró sorprendida.

_Es decir, me pidió que pasara a ver a las recién llegadas_ se corrigió.

Kataryna asintió. Eso tiene sentido pensó, pero para la mujer el pedido de su esposo le parecía extravagante y no tenía sentido alguno. ¿Qué se suponía que tenía que hacer ella con aquellos campesinos que se seguro apenas sabían leer y escribir, si es que siquiera sabían hacerlo?

_Espero que su hija esté yendo a la escuela_ dijo con aire altivo_ es un requisito esencial para mi esposo que los niños estudien.

_Sí, mi hija está allí ahora_ contestó Kataryna con una media sonrisa algo forzada.

La mujer se comportaba con extrema arrogancia. No pretendía ocultar lo desagradable que le parecía la tarea que su esposo le había encomendado.

_Muy bien_ dijo_ si necesita algo Juan está para ayudarla, pero que no se le haga costumbre, no somos la beneficencia_ espetó.

Kataryna la observó con ojos desconcertados, nunca había conocido a una mujer tan desagradable como aquella.

Galina azuzó a los caballos dio vuelta la carreta y regresó por donde había venido sin siquiera despedirse.

Kataryna se meció con los pies apoyados en el piso de cemento, las manos cruzadas sobre su regazo. Suspiró ante aquel recuerdo incómodo y se preguntó cómo era posible que alguien tan agradable como Alexander tuviera como esposa a una mujer tan fría y hasta se atrevería a decir, inhumana como Galina. La vida era bastante injusta, pensó, unía, no, unir no era la palabra adecuada, amarraba. Amarraba a personas que no deberían estar juntas por toda una vida de desesperanza, hastío y muchas veces de infelicidad absoluta. Volvió a suspirar y pensó en su propia vida.


[1] Sobaka: perro en ruso.

[2] Pezuña de Buey o Patas de vaca: árbol oriundo de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.

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