V
No podía dormir, esta sería una de aquellas noches en que desgranaría las horas lentamente, sentada frente a la chimenea. Ya se estaba acostumbrando a ello y no le preocupaba mucho. El viento soplaba en fuertes ráfagas, y azotaba la copa de los árboles, emitiendo ásperos sonidos.
Se sentía más tranquila después de resolver sus diferencias con Alejandro, bueno, casi todas, después de todo, aún existían temas inconclusos entre ellos, pero esperaba que con paciencia y una buena dosis de comunicación llegarían a solucionarlo todo.
Se acercó a la ventana, el viento aullaba afuera, levantó la mirada suspirando y observó la brillante y argentada moneda montada en una morada nube en el oscuro cielo. Suspiró, jamás en su vida había disfrutado de tan especial espectáculo. Abrió los ojos sorprendida, la luz de la Luna ingresaba a través de la ventana, iluminando la pálida piel de su rostro.
Se sintió abrumada con los sentimientos que, experimentada por Alejandro, por la esperanza que estaba creciendo dentro de ella y por la incertidumbre de a donde la llevaría todo eso. Se sintió indefensa y vulnerable.
Ladeó la cabeza para no perder de vista al satélite cuando una nube empezó a cubrirlo, pero al contrario de lo que habría esperado, la luz crecía en intensidad a medida que el astro se escondía detrás de la nube.
A pesar de no tener sueño, se sentía cansada. Estiró sus entumecidos miembros mientras la luna desaparecía por completo detrás de la morada nube, iluminada por los reflejos de luz que la Luna, al igual que un espejo proyectaba.
De improviso, cuando el astro desapareció, se sintió abrumada, angustiada y perturbada hasta un límite inimaginable, recordó al jovencito con la cabeza destrozada y la sangre que emanaba sobre su hombro. La escena aún la perseguía y no le daría tregua hasta que descubriera lo que le había sucedido. Los detalles horribles de la muerte del chico la sobrepasaban y sumían sus pensamientos en una espantosa confusión que no le daba respiro. Sus ojos reflejaban el brillo de una idea pavorosa, el presagio de que algo tomaba forma confusa en su mente, algo que no se atrevía a trasladar en palabras. Una sensación errática y desagradable dentro de ella le advertía que John terminaría reclamando venganza y que se la cobraría en donde más le doliera.
Sacudió la cabeza, no dejaría que nada le sucediera a él, así tuviera que morir por ello, pensó.
Mientras sus pensamientos se iban transformando en una cada vez más afligida y lúgubre sensación, los rugidos de las ráfagas del viento se fueron distorsionando hasta convertirse en un leve quejido. Disminuyó el colérico zumbar de las ramas de los árboles contra los vidrios de las ventanas, hasta que se convirtió en un leve repiqueteo y todos los ruidos de la calle fueron apagándose uno tras otro: los ladridos de Andy; el sonido del motor del vehículo de guardia del hospital; hasta los apresurados pasos de las enfermeras rezagadas fueron exterminándose en la distancia mientras se acercaban al hospital.
El fuego vivaz que ardía en la chimenea la atrajo. Se sentó frente a ella con una sensación muy agradable, el calor le alivió el cuerpo y también el espíritu. Se quedó allí hasta que el fuego terminó por consumirse. La invadió entonces un sentimiento de soledad oprimente y desgarrador. Los cambios drásticos en su estado anímico la preocupaban, pero no podía hacer nada al respecto.
Se levantó y se dirigió a su habitación, se desvistió moviéndose sigilosamente, como si estuviera rodeada por niños dormidos a quienes no quería perturbar. Eso le recordó las imágenes de los niños internados en el área de pediatría del hospital. Se arropó bajo las mantas y se quedó escuchando el sonido del viento contra los árboles, así como el leve rechino de la madera debajo de su cama, lo que la sobresaltó. Tardó buen tiempo en quedarse dormida.
No supo cuanto tiempo durmió, despertó de repente, sumida en una agitada expectación. Todo se encontraba en silencio, ni el viento, ni los árboles, ni el crujido de la madera interrumpían el silencio hueco y sepulcral de la noche, excepto los latidos de su corazón, los cuales podía escuchar.
Sin previo aviso, la manta de la cama salió despedida, como si alguien la hubiese lanzado por los aires. No pudo moverse, solo un pensamiento la asaltó en ese momento. “Aquí vamos de nuevo”. Abrió los ojos alerta. La frente se le llenó de sudor y gimió presa del miedo. Oyó unos pesados pasos que no parecían humanos, sino los de un animal salvaje y de gran tamaño, tal vez los de un elefante o un hipopótamo, pensó. Se acercaban a ella con rapidez, haciendo crujir el piso. La sangre abandonó sus mejillas y su aliento se convirtió en jadeos. De improviso, todo volvió a quedar en silencio. Se quedó escrutando la noche y tratando de escuchar. Poco después, oyó un sonido chirriante, como cuando se arrastra un cuerpo pesado. El atenuado sonido de puertas que se cierran en la parte más alejada de la casa, llegó hasta ella. Se oían los ruidos que producían unos furtivos pasos que recorrían la casa de un extremo a otro. A veces los pasos se aproximaban a ella con rapidez, amedrentándola y luego desaparecían. Seguía en alerta, estaba convencida de que algo pasaría en cualquier momento. Escuchó el leve resonar de algo pesado al arrastrarse, como si fuera un saco lleno de piedras en algún punto remoto de la casa, luego oyó que se acercaba trabajosamente y cómo se acentuaban cada uno de los movimientos con el sonido de las piedras, que repicaban al caer cuando el espectro avanzaba. Oyó frases susurradas, gritos abortados que parecían asfixiarse con violencia. Exhalaciones y lamentos alrededor de su cama, así como misteriosos murmullos. No era la primera vez que oía murmullos, pero las voces, no eran las de siempre.
Sobre el techo aparecieron, cinco pequeñas esferas que iluminaban tenuemente el blanco cielo raso, justo sobre su cabeza, pensó que se debían a las luces de los faroles de la calle, pero refulgieron un segundo y luego se abatieron sobre su rostro. Las cinco detonaron y se trasformaron en un líquido levemente caliente y viscoso. Se sentó asqueada y se llevó una mano al rostro. Al observar su mano, notó que era sangre. En ese instante, vio el rostro lívido de un jovencito, estaba convencida de que era Kuntur. En aquel momento, observó unas manos blancas que emergían etéreas en el aire y se acercaban al cuello del chico. Luego, todo desapareció, cesaron los susurros, al igual que las voces, los sonidos y las apariciones.
Por algún tiempo, esperó, mientras escuchaba. Se sentía débil por el miedo. A pesar de todo lo que había visto y vivido en los últimos nueve meses, aún no se habituaba a aquellos sucesos sobrenaturales, y estaba segura de que nunca lo haría.
Se sentó en el borde de la cama lentamente, se sentía frágil y desgastada, como si una energía negativa la hubiese envuelto. Encendió la luz, la mano le temblaba, como si hubiese envejecido de repente. Fue al baño y se miró el rostro al espejo. No había rastros de sangre. Regresó a su habitación, volvió a oír los pasos de aquel animal gigante frente a su habitación. La puerta se abrió y observó con ojos fascinados y a la vez aterrorizados aquella presencia enorme y gaseosa frente a ella. Presentaba un tamaño descomunal. Sus neblinosos pliegues fueron tomando forma poco a poco. Aparecieron primero los brazos y luego las piernas, después el cuerpo y por fin el rostro demencial e histérico de John. Se acercó a ella en un parpadeo. Su rostro amenazador se situó solo a centímetros de ella.
_No vas a salirte con la tuya, si no dejas esto voy a matarlo_ dijo con voz de ultratumba para luego desaparecer de inmediato.