Oberá, Argentina, agosto de 1934.
I
Había pasado por todos y cada uno de los círculos y asociaciones de mujeres que funcionaban dentro de la hacienda. El círculo de costura, en donde cosió un par de cortinas y unas sábanas completamente a mano ya que ninguna de las mujeres tenía una máquina de coser. De todas formas, estaba acostumbrada a hacerlo, su madre le había enseñado, pero al cabo de dos semanas creyó que era tiempo de hacer algo nuevo. Probó suerte en el círculo de tejido, ya que era invierno y no le vendría mal a Daryna un abrigo de lana. Cuando terminó el abrigó tejió unas medias, pero aquello también le parecía aburrido. Las conversaciones le parecían banales, en realidad las mujeres se juntaban no tanto para tejer sino para sentirse en libertad de explayarse en cotilleos, cuyos personajes principales resultaban ser siempre Alexander y Galina. En el tiempo que llevaba en Oberá, había visto a Alexander en contadas ocasiones, casi siempre cuando iba a la casa en busca de Igor. Mientras que a Galina solo la había visto una vez, durante aquella inesperada e incómoda visita. Pero al parecer los problemas maritales entre los Ivanov era de dominio público. Decidió entonces, que se había cansado de oír chismes, y que probaría suerte en el grupo de Planificación Estratégica para Granjas Familiares, un nombre que Kataryna consideró algo rimbombante. En realidad, podrían haberlo llamado simplemente cría de Aves de Corral. Sea como sea, terminó cuajando en aquel círculo a la perfección, le sirvió para afianzar sus conocimientos y adquirir otros nuevos, como la prevención de nuevas enfermedades que atacaban a las aves en aquellas tierras.
No había día en que no pensara en la familia que había dejado en Ucrania, en su madre, en su padre y sus hermanas. No tenía idea de si estaban aún con vida, ni como comunicarse con ellos. Los inmigrantes que habían llegado mucho antes que ella, no habían logrado aún comunicarse con los familiares que había dejado atrás. Al parecer el régimen interceptaba sus cartas y estas nunca llegaban a destino.
Acababa de preparar la tierra en el lugar en donde sembraría una huerta con semillas de lechuga, tomate, repollo, cebollas, ajos, remolachas y zanahorias. Esperaría a que el aire se templara un poco para proceder con la siembra.
Se dirigió al pozo, que se hallaba rodeado de un muro de ladrillos rojos de unos ciento veinte centímetros de altura, tomó el balde que se hallaba amarrado a una soga de cáñamo que rodeaba la roldana. Lanzó el balde al pozo y detuvo su caída deslizando la soga entre sus manos. Cuando el balde tocó la superficie del agua se oyó un sonido sordo y a continuación un retumbo. Dejó que el balde se llenara de agua y luego jaló de la soga con fuerza colocando una mano delante de la otra en una serie de movimientos que hicieron que el balde se elevara hasta la altura de su cintura. Tomó el balde y lo depositó sobre el muro de ladrillos, inclinó el rostro sobre el balde y bebió directamente de él. El agua estaba fresca y agradable. A pesar del frío, realizaba aquella práctica cada vez que terminaba algún trabajo extenuante.
Se incorporó, se secó los labios con el dorso de su mano derecha y levantó los ojos en dirección al campo delante de ella. La tierra, se hallaba cubierta de un manto verde brillante. Sonrió, era increíble volver a ver campos cubiertos de trigo germinado, le producía una sensación indescriptible. Un día no había nada y al siguiente la tierra se cubría de pinceladas zigzagueantes salpicadas aquí y allá, como si un pintor inexperto intentara crear alguna obra vacilante. Otro día más y la obra parecía tomar forma, otro más y la creación más bella del mundo quedaba terminada.
Regresó sobre sus pasos tomó una pala y se dirigió a un lado de la casa en donde había sembrado un pequeño jardín, removió la tierra, luego regó las semillas.
Sobaka apareció del otro lado de la casa moviendo la cola, llevaba algo en el hocico que al principio Kataryna no supo de qué se trataba. Cuando estuvo frente a ella, dejó caer lo que tenía en el hocico, era una rata de considerable tamaño.
_ Buen chico_ dijo Kataryna mientras acariciaba su cabeza. No necesitaría de un gato mientras tuviera a Sobaka.
Le dio agua al perro, luego se deshizo de la rata, lanzándola dentro de un hoyo de considerable tamaño que Igor había cavado detrás de la casa y que lo utilizaban como basurero. Se lavó las manos y la cara. En vez de entrar en la casa y descansar, decidió que debía dar un paseo más allá de los campos. Llevaba en la hacienda tres meses y aún no conocía el lugar.
El sol parecía suspendido a medio camino hacia el cenit, no soplaba brisa alguna que agitara las quebradizas hojas de los árboles. Observó la vasta extensión de terreno cubierto por la alfombra verde brillante y decidió ver hasta donde llegaba. Caminó por un sendero lo bastante ancho como para que cupiera una carreta, a ambos lados se extendían los cultivos, la seguía Sobaka que se detenía de tanto en tanto a olisquear el terreno, en busca tal vez de otra rata que atrapar.
Llevaba caminando casi media hora y no había visto más que trigo germinado por donde mirase, hasta que delante de ella divisó una muralla verde de vegetación que se elevaba a poco más de un kilómetro de distancia. Se detuvo unos segundo a considerar si seguía o se regresaba a casa. Sobaka la observó con ojos interrogantes como si también estuviera considerando lo mismo que ella. Kataryna se inclinó y le rascó la cabeza por unos segundos para luego incorporarse y observar el cielo. El sol se había escondido detrás de unas nubes lo que produjo una considerables baja de temperatura. Pero el cielo no parecía amenazante, lo más probable era que se despejara en poco tiempo, pensó. Se abrochó el abrigo al cuello y continuó adelante. Sobaka la siguió segundos después de inspeccionar un agujero en donde hacía poco tiempo se había ocultado una araña.
El camino no representaba una dificultad, el campo era uniforme y los trabajadores se habían asegurado de que el sendero fuera accesible. A pesar del frío, la caminata la había hecho entrar en calor, obligándola a desabrocharse el abrigo por completo. Llegó al final del campo y delante de ella se alzaba la muralla verde que a primera viste le pareció impenetrable. Observó asombrada la maraña de vegetación que crecía en todas partes. Cuando estuvo a punto de devolverse observó un angosto y casi invisible sendero que se internaba dentro del bosque, debajo de inmensos árboles de cedro, palo santo, lapachos y carandays. No lo pensó dos veces y penetró la selva a través del serpenteante sendero bajo la copa de los árboles que se cernían sobre ella. Le dio la impresión de que parecían invitados que se acercaban a una larga mesa de recepción. Se detuvo de pronto y volteó sobre su hombro en busca de Sobaka, quien se hallaba al pie del sendero sentado sobre sus cuartos traseros, con la lengua afuera observándola. Al parecer había dictaminado que no era buena idea internarse por aquellos parajes inexplorados casi vírgenes.
_Vamos Sobaka, vamos_ lo llamó con un suave batido de palmas.
El perro pareció vacilar por unos momentos, pero de inmediato la siguió de cerca. Al poco rato, era Sobaka quien encabezaba la expedición. Kataryna empezó a deslizarse lentamente por el sendero de aquel profundo bosque. El aire parecía mucho más ligero dentro del monte, la fragancia balsámica de los árboles le pareció arrebatadoramente delicioso. Aspiró profundamente llenando sus pulmones de aire y reteniendo la respiración por unos segundos para luego exhalarlo lentamente. Repitió el proceso un par de veces y luego siguió caminando. El paisaje le pareció maravilloso. Sobaka se detenía de tanto en tanto a olisquear el suelo. Kataryna intentó adivinar qué era lo que olfateaba el perro, parecía estar siguiendo algún tipo de rastro, de seguro el olor de algún animalillo, pensó.
El sendero pareció desaparecer de pronto cubierto por la mala hierba, se había tornado desigual y estrecho, en varios puntos tuvo que agachar la cabeza para evitar toparse con alguna rama baja. El sendero cubierto de maleza continuaba inexorable adentrándose cada vez más en el monte. Dudó un instante, pensó que lo más sensato sería regresar sobre sus pasos o de lo contrario probablemente terminaría perdiéndose y no estaba segura si podía confiar en las habilidades del perro para regresar a casa. Después de todo, pensó, Sobaka era un perro callejero, citadino y no de campo. Sin embargo, Sobaka parecía saber exactamente a donde dirigirse y contra todas las advertencias que recibía por parte de su cerebro siguió adentrándose más y más en el bosque.
Pensó que los árboles que se cernían sobre ella cada vez más parecían ahora espectadores curiosos y enfermizos de alguna tragedia. Pensó que, si el sendero se llegara a estrechar aún más, las ramas de los árboles y los arbustos terminarían por arañar sus brazos y piernas o incluso producirle alguna herida de gravedad.
De pronto, le pareció oír un murmullo creciente de agua que discurre. Sobaka se echó a correr y la obligó a apretar el paso. El sendero terminaba en la vertiente de un arroyo que discurría entre piedras corriente abajo. Kataryna observó a Sobaka que bebía agua desde la orilla. Se quedó admirada de la belleza del arroyuelo que no tendría más de tres metros de anchura.
El agua discurría murmurante entre rocas de considerable tamaño enclavadas en el curso. Sobaka emitió un par de ladridos y cruzó el arroyo utilizando las rocas como improvisado sendero. Kataryna no intentó detenerlo, por el contrario, se sentó en una roca a orilla del arroyo e introdujo una de sus manos en la corriente. El agua estaba fría, pero se sentía muy bien. Contempló las sombras que las nubes altas proyectaban sobre el agua, formando extrañas figuras, un conejo con las ojeras caídas, la rama de una planta de eneldo, incluso la figura desdibujada de una gallina. Se percató de pronto del silencio que reinaba en aquel lugar, pensó que era hermoso, un silencio que no se veía interrumpido por las conversaciones de las personas, ni el rugido de algún motor, ni siquiera por el traqueteo de alguna carreta, pero al mismo tiempo tenía algo inquietante y atemorizador. Incluso los sonidos que oía, el canto de los pájaros en las copas de los árboles, el susurro del agua discurriendo, el murmullo del viento entre las ramas de los árboles, enfatizaban la cerca de silencio a su alrededor.
Percibió de repente un vago, pero persistente aroma a café. Pensó que le engañaban sus sentidos, pero se incorporó apoyando las manos en unas rocas para no perder el equilibrio. Vaciló por unos instantes y a continuación vadeó el arroyo utilizando las mismas rocas que Sobaka había utilizado minutos antes y volvió a internarse en el bosque. Esta vez el sendero que siguió se halla perfectamente definido, como si alguien acabara de limpiarlo, deshaciéndose de la maleza que crecía en él. El persistente aroma a café parecía ahora más cerca.
A través de la espesura le pareció vislumbrar el bosquejo de una cabaña en medio de un claro. Se acercó un poco más hasta que estuvo frente a ella. Las paredes eran de madera virgen, el techo de tejas que en algún momento habían sido de un tono anaranjado brillante muy semejantes a la de la Casa Grande, pero la luz del sol de al menos diez u once años había caído implacable sobre el techo sin protección, ahora presentaba un aspecto desvaído en algunas zonas, al igual que manchas negruzcas en otras. Una chimenea se alzaba al fondo del tejado, un humo gris se escurría a través de ella. Se preguntó a quién pertenecería aquella cabaña y porque se hallaba en medio del bosque.
Sobaka la sacó de sus elucubraciones cuando apareció corriendo y ladrado desde el bosque a sus espaldas. La puerta de la cabaña se abrió con un chirrido agudo y Kataryna se quedó asombrada y a la vez algo asustada al ver a la persona que la observaba desde el umbral de la puerta.
II
Al mismo tiempo que Kataryna empezaba a poner orden en la pequeña vivienda que le había sido asignada, Alexander debía lidiar con los comentarios mordaces y corrosivos de su esposa. Cuando esto ocurría, cada vez con mayor frecuencia había que agregar, Alexander prefería alejarse de la Casa Grande y desaparecer. Odiaba tener que oír comentarios desagradables e hirientes por parte de Galina, sus continuas quejas de tener que vivir en los confines del mundo junto a una manga de indígenas salvajes que no hablaban si quiera el español. Galina jamás apreció lo que Alexander había logrado construir lejos de su patria, lejos de sus raíces y sus más anhelados recuerdos.
Cuando Alexander regresó de Figueres, luego de aquel extraño encuentro con el sacerdote en el cementerio, intentó no darle importancia a lo ocurrido, asumiendo que había sido algo así como un sueño. Pero a medida que pasaba el tiempo, los extraños sucesos seguían ocurriendo. A veces soñaba con Tatiana, sueños en que la veía rebosante de salud y de felicidad. Sueños en los que tenían largas conversaciones tomados de la mano mientras que caminaban por campos cubiertos de flores. En otras ocasiones pensaba que la oía, alertándolo de algún peligro, como la vez en que una Yararacussú[1] lo mordió en el brazo izquierdo mientras deambulaba recogiendo frutos silvestres por el bosque. Tuvo tiempo de admirar al animal, tenía algo más de dos metros de largo, la cabeza triangular, los ojos oblicuos de iris dorado. El cuerpo de fondo negro muy oscuro y rayas amarillas en forma de rombos. Terminó escondiéndose entre los matorrales después de morderlo.
Alexander intentó regresar a casa, pero los efectos del veneno no se hicieron esperar. Primero sintió el entumecimiento del brazo, un minuto después le siguieron las extremidades inferiores. Intentó seguir caminando, pero la inflamación en las piernas le dificultaban la marcha. Intentó sacarse las botas, pero los brazos no le respondieron. Cayó de bruces cinco minutos después de la mordida. El brazo herido, se llenó de ampollas sanguinolentas en los minutos siguientes. Perdió el conocimiento poco después y cuando regresó en sí, vio a Tatiana sentada a su lado acariciando su pelo. Le hablaba al oído con palabras relajantes y confortantes.
Cuando despertó por completo en su habitación de la Casa Grande, observó al Chaman de la tribu humedecerle los labios con una bebida amarga, a base de hierbas medicinales, además percibió un emplaste de hojas y algún tipo de barro sobre la mordedura. Se percató, que la presencia de Tatiana solo había sido producto de su mente.
Volvió a ocurrir en aquella batalla infernal en el Chaco cuando estuvo a punto de desistir, de dejarse vencer, de dejarse morir. La voz de Tatiana imperiosa, lo obligó a seguir.
Todo aquello no podía ser solo producto de su imaginación. Sabía que había algo extraño en él, siempre lo había sabido y había luchado con sus dementes emociones toda su vida.
Pero esto era diferente.
La percepción cambia cuando trasciende lo natural. Y estaba convencido de que había sido testigo de ciertos portentos que nada tenían que ver con lo natural. Alexander consideraba que la mayoría de la gente era demasiado ceñida de pensamiento, como para reflexionar flemática e inteligentemente sobre algunos fenómenos aislados que permanecen profundamente ocultos más allá de lo cotidiano o lo normal y que solo pueden ser avizorados y reparados por algunas pocas personas sensibles o tal vez especiales.
Al parecer Alexander era una de ellas, y estaba seguro de que, si intentaba explicar aquellos eventos a alguien más, simplemente pensarían que estaba loco. Pero, por el contrario, eran aquellos extraños eventos los que aún lo mantenían cuerdo.
A menudo se preguntaba si existiría alguien que entendiera que no hay una verdadera diferencia entre lo que parece real o lo que parece fantástico. Las cosas aparecen como son, dependiendo de lo que el observador y sus frágiles sentidos físicos y mentales considere verdadero o apócrifo. Pero el pragmatismo de la mayoría atribuye como locura a todo lo que en apariencia se presenta como extraño y diferente.
Pensó que se hallaba mucho más relajado y sosegado desde que había aceptado que nada era producto de su imaginación y que Tatiana, de algún modo que no entendía, seguía a su lado y permanecería allí hasta que le tocara abandonar este mundo material para reunirse en un plano espiritual con ella.
Pero aún se hallaba desprovisto de la facultad de sentir y expresar emociones.
Pero el espíritu es un ente separado de la carne y de sus necesidades físicas. Cuando estas apremiaban, Alexander buscaba consuelo en diferentes y desconocidos brazos, en rostros extraños con quienes no tuviera que formar lazos ni emociones.
Oleg, su último hijo había nacido siete años atrás, producto de alguna noche de borrachera, de desesperación y soledad. Se había mantenido desde entonces alejado de la cama de Galina comprendiendo que sus necesidades solo contribuían luego a la amargura de su esposa. Y se enfocó en buscar alivio físico en otros lechos.
Se concentraba todo lo que podía en el trabajo y cuando el dolor y los recuerdos lo apremiaban, se esfumaba de la Casa Grande a algún lugar desconocido para su Galina y sus hijos. Desaparecía en algún lugar que solo era suyo, en donde podía lidiar con sus recuerdos, su desazón y su dolor. Regresaba luego de unos días y continuaba con su vida como había prometido.
Pero el extraño y deplorable comportamiento de Alexander, solo exacerbaba el agrio y severo carácter de su esposa quien se lamentaba el haber abandonado Moscú por seguir a su excéntrico y patético esposo según sus propias palabras.
[1] Serpiente venenosa distribuida en Misiones.