III
Al mismo tiempo que Kataryna preparaba la casa, el gallinero y más tarde el huerto, y Alexander lidiaba con Galina y los dolorosos recuerdos de Tatiana, Igor no solo se ajustaba a su nuevo trabajo como capataz, sino también empezaba a frecuentar las chozas de los indígenas en busca de alcohol y ocasionalmente, alguna que otra compañía femenina, ya que la mayoría de las veces era a Kataryna a quien prefería para saciar sus más bajos instintos.
Tres o hasta cuatro veces por semana, se tambaleaba un poco de camino a casa a la luz de la luna, bajo la persistente lluvia o con el frío arreciante. Y no se tambaleaba precisamente a causa del cansancio.
Se sentaba frente a la mesa de la cocina de la misma manera que lo había hecho por años en su natal Ucrania. Nada había cambiado, y no es que Kataryna lo esperase precisamente, pero no imaginaba que volvería a su estado serio y abúlico tan rápido. Tampoco había cambiado su forma de actuar, a veces mezquina, egoísta, otras cruel.
Intentaba mitigar el vicio pagando a sus peones o a los indígenas por algo de caña. Evitaba ir al pueblo ya que bien lo decía el dicho “Pueblo chico, infierno grande”. No era buena idea que Ivanov se enterara de que bebía. Lo que Igor no sabía era que Alexander conocía todos sus movimientos y lo vigilaba. Sabía de sus andanzas, pero había decidido no confrontarlo, mientras cumpliera con su trabajo no tenía por qué inmiscuirse en los asuntos de otros.
El ucraniano no estaba contento trabajando para Ivanov, le parecía arrogante y déspota, cuando no había nada más alejado de la realidad. Igor por naturaleza era incapaz de hacerse de una opinión imparcial de los demás, ya que todo aquel que aparentara encontrase en una posición superior que la suya, se hacía de inmediato acreedor a sus más altos descalificativos.
No se había hecho de amigos, ninguno de los inmigrantes que trabajaba para Ivanov lo soportaba. Sus comentarios despectivos hacia los demás no le ayudaban en nada a formar vínculos de ningún tipo. Se mantenía solo durante el almuerzo, mientras los demás comían juntos, todos sentados en un círculo debajo de algún árbol que les diera sombra. Igor se alejaba de todos mascullando entre dientes, blasfemando en contra de Dios y de la suerte que le había tocado.
Los indígenas lo recibían en sus chozas, no porque les cayera bien, sino porque pagaba por el alcohol, y ocasionalmente por alguna mujer.
Desde que había pisado tierra en el puerto de Buenos Aires, no había dejado de pensar que fue una mala idea hacer aquel viaje hasta el confín del mundo. Mucho peor, haber decidido aceptar aquel trabajo. Ya buscaría la manera de regresar a Ucrania apenas pudiera se decía a sí mismo cada vez que se sentía frustrado o desilusionado con la vida, lo cual ocurría mucho más frecuentemente de lo que le hubiera gustado.
IV
El hombre parado en el umbral de la puerta la observaba con indiscutible curiosidad. Llevaba dibujado en sus labios una leve sonrisa, como si lo que estuviera viendo le causara cierta hilaridad. Estaba vestido con unos pantalones y camisa de color caqui, y unas botas negras que le llegaban a media pierna. Kataryna tuvo la impresión de que estaba a punto de salir a algún tipo de expedición. Sus ojos azules la escrutaron profundamente. Sintió que su corazón latía desbocado y tuvo la certeza de que había irrumpido en un lugar privado. Intentó desandar sus pasos, pero la voz del hombre la detuvo.
_ ¿Le gustaría tomar un café? Acabo de prepararlo_ dijo con una sonrisa ladeada.
Kataryna no supo que responder, no podía articular palabra, se sentía avergonzada de haber penetrado en un lugar en el que no debía estar. Se mordió el labio inferior, pareció buscar alguna respuesta. Sobaka respondió por ella. Ladró un par de veces, y se acercó corriendo a Alexander. Este se puso en cuclillas y acarició la cabeza del animal, en seguida se puso de pie y se acercó con pasos lentos hasta Kataryna.
_Lo siento, no sabía que había una cabaña, y que usted estuviera dentro, no quise molestarlo, no era mi intensión irrumpir en zona privada_ dijo atropelladamente mientras se movía de un lado a otro como si se tratara de una pato en una zona de tiro.
Alexander se echó a reír, su risa fue clara y espontánea, se sorprendió haciéndolo ya que hacía mucho tiempo que no le sucedía. De pronto recordó que la última vez que había reído de aquella forma fue en el tren mientras hablaba con ella.
_No se preocupe, nunca ha llegado nadie hasta aquí, usted es la primera_ repuso Alexander y lanzó otra risa espontánea.
Kataryna se quedó mirándolo algo desconcertada, aún no entendía que hacía una cabaña en medio de la nada, y aún más que hacía Alexander allí. Pero si lo pensaba bien, él era el dueño de todo aquello y podía estar donde le viniera en gana, por el contrario, ella no debería estar allí.
Alexander se inclinó un poco en dirección a Kataryna que lo miraba con una mezcla de confusión y fascinación.
_ ¿Qué hace aquí en medio de la nada? _ se oyó de pronto preguntando. De inmediato se sonrojó. _ Lo siento, no es de mi incumbencia_ se disculpó volviendo a sonrojarse.
_Digamos que es mi lugar de escape_ repuso Alexander al tiempo que se encogía de hombros.
Volvió a sorprenderse respondiéndole con sinceridad a aquella mujer que apenas conocía.
_Vamos acompáñeme por un café_ dijo haciendo un ademán con la mano indicando el camino a la cabaña.
Kataryna no fue consciente de cómo llegó hasta la cabaña, al parecer sus piernas decidieron por ella. Pero se hallaba sentada en un viejo sillón con una taza de café humeante en la mano. Alexander se movía de un lado a otro de una pequeña cocina buscando algo para el perro que al parecer se había prendado de los encantos de aquel misterioso hombre. Luego de unos segundos, halló lo que buscaba, un trozo de carne asada. Se la acercó al perro quien lo tomó entre sus fauces con los ojos casi desorbitados y la cola sacudiéndose a tal velocidad, que si hubiese sido un par de alas lo más probable era que saliera volando. Kataryna tenía la certeza de que el animal nunca había tenido entre sus dientes un trozo tan apetecible.
Sobaka se alejó hasta una esquina antes de que el hombre cambiara de opinión y exigiera la devolución de tamaño aperitivo.
Alexander tomó la taza que se hallaba sobre la mesa de la cocina y se acercó a Kataryna. Se sentó frente a ella sobre una silla de madera tapizada en piel vacuna, que aún mantenía el pelaje negro con manchas alvinas. La mirada intensa de Ivanov la puso nerviosa. Desvío la mirada y recorrió la cabaña con interés en un intento por evitar los ojos de Alexander.
El espacio en donde estaba era una suerte de sala multifunción, al parecer servía de cocina, comedor y una especie de recibidor, aunque según lo que había mencionado Ivanov, no recibía visitas. La cocina era muy básica, un par de ollas colgadas de unos ganchos metálicos en la pared. Unos platos, vasos y tazas en una pequeña repisa a un lado del calentador. La mesa era pequeña, tal vez cupieran dos personas a lo sumo. El desvencijado sillón de un chocante color morado parecía haber salido de algún basurero. Le recordó una gran berenjena recién cosechada. Dos sillas de madera tapizadas en cuero y una mesilla que le hacía juego. Pensó que tal vez el mismo Ivanov las había construido con algún árbol del bosque y el cuero de alguno de sus ganados. No había cuadros ni ningún tipo de ornamentos, solo las llamas que consumían crepitantes la leña en el interior de la chimenea. A un costado pudo divisar dos puertas, supuso que una daba a la parte trasera de la cabaña y la otra tal vez a un dormitorio.
_El ambiente es mucho más cálido aquí adentro ¿no le parece? _ dijo Ivanov sacándola se sus cavilaciones.
_Si, está tibio aquí dentro_ contestó ella con un amague de sonrisa.
_ ¿Qué hacía por aquí sola? Y con ropa inadecuada.
_ ¿Inadecuada? _ preguntó ella bajando la mirada para observar su atuendo.
Por un momento pensó que llevaba la blusa desabrochada o algo parecido. Luego se pasó la mano por el pelo. No llevaba pañoleta ya que jamás se había imaginado que durante su pequeña aventura hallaría a alguien.
_Va a llover_ repuso_ y no lleva calzado adecuado.
Kataryna volteó la cabeza sobre sus hombros y observó las espesas nubes que se cernían en el cielo. ¿De dónde habían salido? _ pensó algo preocupada.
_Será mejor que regrese_ dijo intentando ponerse de pie.
Ivanov la detuvo con un gesto de su mano.
_Debe quedarse, si sale ahora, de seguro le alcanzará la tormenta.
_ ¿Tormenta? _ preguntó asustada antes de volver a clavarse profundamente en el viejo sillón. _ No sobrellevo bien las tormentas.
_Tome el café, charlemos un poco y cuando pase la tormenta podrá regresar a casa_ sentenció Ivanov en un tono que extrañamente sonó a orden y al mismo tiempo a una agradable invitación.
Kataryna se removió inquieta en su asiento mientras se llevaba la taza a los labios. Bebió un trago que le quemó la garganta.
En su mente persistían continuas disquisiciones y una gran variedad de especulaciones, y no abandonaban su rostro las expresiones de perplejidad e incredulidad.
_Siento haberle interrumpido_ dijo de pronto.
_No se preocupe, me sorprendió un poco verla aquí, como le dije no recibo visitas. Pero me alegra poder conversar con usted. ¿Cómo fue que llegó hasta aquí?
_Quise dar un paseo, atravesé el campo de trigo frente a la casa, llegué al lidero del bosque, vislumbré algo que parecía un sendero. Lo seguí, pero se hizo más difícil a medida que avanzaba. Quise regresar, pero Sobaka se internó en el monte y tuve que seguirlo. Terminé frente al arroyo. Fue ahí que olí el café_ explicó.
Alexander la miraba con sus oscuros y penetrantes ojos azules. Jamás se imaginó que su debilidad por el café llegaría a delatar su refugio.
_Pues es una agradable sorpresa_ replicó con una sonrisa visible y una voz perfectamente sosegada.
No parecía molesto pensó Karatyna.
_Espero que no sea impertinente de mi parte, pero ¿qué es lo que hace aquí? _ preguntó_ este lugar está alejado de todo.
Se arrepintió de inmediato las palabras salieron de su boca. Lo que hacía Ivanov dentro de su propiedad no era asunto suyo. Pero al parecer a su interlocutor no le había molestado la pregunta.
_Como le dije, este es mi refugio, mi lugar de escape. Pero le pido que no se lo diga a nadie. Vengo aquí cuando necesito estar solo_ dijo y Kataryna observó que su anterior sonrisa se transformaba, su rostro se volvió triste y anhelante.
Lo vio llevase una mano al pecho, fue totalmente inconsciente de ello, fue como si buscara algo debajo de su camisa. De inmediato, Kataryna recordó el guardapelo que había escondido en el tren. También notó el anillo que usaba siempre, llevaba la figura de un tigre o tal vez fuera un leopardo.
Permaneció sentado y en silencio por unos segundos, parecía estar hurgando en sus recuerdos en busca de algo que ya no podía poseer.
Empezó la lluvia que humedeció el bosque y los senderos llenos de su manto de hojas secas. Pronto, aquellos senderos se llenarían también de arcilloso fango. La lluvia amenazaba con convertirse en una gran tormenta, de aquellas que Kataryna odiaba. A lo lejos los primeros rayos violetas se recortaban contra el cielo gris como si se trataran gigantes arpones de caza.
_Cuénteme su historia_ dijo Ivanov de repente como si despertara de un sueño_ todos tenemos una, me gustaría conocer la suya.
Kataryna vaciló al principio, luego inició su relato, le habló de su familia, de sus padres y sus hermanas. Le habló también de los problemas políticos en Ucrania.
Alexander la oía con total concentración y marcado interés. Todos los inmigrantes que trabajaban para él llevaban a cuestas sus propias historias, historias que los definían y que los marcaban, que los trasformaban en cierta manera. El propio Alexander tenía una historia intrincada y confusa que lo había marcado para siempre.
_ ¿Daryna es su única hija? _ preguntó.
El rostro de Kataryna se trasformó y Alexander notó un extraño desaliento dibujado en sus ojos. Vaciló por unos instantes y luego le habló de las hijas que perdió y el desconsuelo que aún sentía pero que había aprendido a soportar por la pequeña que le quedaba.
Alexander pensó en Tatiana y en el dolor que le había ocasionado su pérdida, pero desde luego no se comparaba con el dolor de una madre. Se puso algo taciturno y silencioso. Kataryna pensó que algo en sus palabras lo habían afectado hondamente, llevándolo hasta recuerdos ingratos e inclusive dolorosos.
_Siento lo de sus hijas_ dijo poco después y ensayó una sonrisa que a Kataryna le pareció triste.
_Gracias_ fue todo lo que ella contestó.
De inmediato desvió la mirada hacia la ventana para no tener que lidiar con aquella sonrisa devastada y desecha. El bosque se vislumbraba desdibujado a través del cristal densamente empañado mientras la lluvia seguía cayendo espesa.
_Por favor siga contándome_ le pidió.
Kataryna le habló del horror de la hambruna y de la decisión de abandonar Ucrania.
_La comida escaseaba, siempre teníamos hambre y frío. Cada mañana, al despertar en lo primero que pensaba era que tal vez sería el último día en que vería a mi hija.
Alexander la miraba con ojos comprensivos a la vez que la compasión crecía en su interior.
Kataryna relató las penurias por las que tuvieron que pasar para llegar a Buenos Aires, pero omitió hablarle de Igor y la horrenda noche de bodas. No tenía intención de que un extraño se enterara de su vida íntima. Cuando finalizó con su relato se percató de que la lluvia había cesado por completo. La tan temible tormenta no llegó hasta ellos y ahora se dirigía hacia el norte.
Kataryna se puso de pie de un salto y dirigió a su anfitrión con el rostro sonrojado y el corazón palpitante.
_Me tengo que ir, se hace tarde.
_Estaré aquí mañana_ dijo Ivanov_ por si quisiera volver a hablar.
Kataryna no supo que contestar, pero de todos modos asintió. Se veía completamente inapropiado aquel encuentro, sin embargo, había algo de atrayente en ello.
_Gracias por todo_ dijo ella mientras se acercaba a la puerta.
Llamó a Sobaka que después de comer se había echado una siesta. Luego, dirigió una última mirada a Alexander que ahora se apoyaba contra la repisa de piedra de la chimenea en donde solo quedaban cenizas.
_Hasta mañana_ la oyó decir antes de salir de la cabaña.