CASA 110 (fragmento)

IX

Cuando al fin pudo terminar el trabajo que su padre le había encomendado, suspiró aliviado. Decidió que era tiempo de regresar a casa de Laura y terminar la charla que habían dejado pendiente. Llevaría a Andy con él ya que no lo había sacado en toda la tarde y ya pasaban de las diez de la noche. El perro movía la cola entusiasmado, tenía un sexto sentido perruno cuando se trataba de Laura, y en ese momento, sabía a la perfección que su amo iría a verla. Alejandro abrió la puerta y Andy apretó la carrera en dirección a la casa de Laura. El abogado sonrió divertido, Andy nunca se cansaba de ver a Laura. “Igual que su dueño”, pensó. Esta vez, Alejandro no se quedó atrás, corrió detrás de su perro para entrar en calor. En lugar de utilizar las gradas para bajar las escaleras que conducían a la casa de la psicóloga, saltaron la valla de piedras, y aterrizaron en el jardín.

 Alejandro solo necesitó un segundo para pensar que la luz del porche estaba apagada. Pero había una lámpara de mesa encendida en una esquina de la sala, lo cual le pareció extraño. Laura siempre encendía la luz del porche cuando apenas oscurecía. El abogado iba a solo un metro detrás de su perro, traía una sonrisa tonta en los labios, pero se quedó petrificado al ver a través de la ventana. Su sonrisa se heló y se volvió amarillenta, evocaba a una de aquellas bandas de cimbreante y retorcida lava que se amontonan en los niveles bajos del cráter de algún volcán. Un hombre rodeaba a Laura por los hombros, se hallaban sentados en el sillón de la sala, de espaldas a la ventana a través de la cual observaba Alejandro. El hombre se inclinó y estuvo a punto de besarla cuando Andy empezó a ladrar y a rascar la puerta de su vecina. Se sintió asombrado, perplejo y definitivamente fuera de lugar.

_ ¡Andy! _ dijo Laura sobresaltada y se paró de un salto.

Volteó hacia la ventana y lo primero que vio fue el rostro aturdido, contrariado y confuso del abogado, y quiso que la tierra se la tragara. Alejandro intentó regresar sobre sus pasos, pero ya era tarde. Laura abría la puerta con el corazón acelerado y un enorme nudo en la garganta. De inmediato, el perro ingresó a la casa, pero esta vez, no le prestó atención a Laura, se acercó de inmediato a Richard y le dedicó un gruñido de advertencia. A Alejandro no le quedó más remedio que ingresar a la casa y detener a su mascota.

_Andy, ven aquí_ dijo sujetando al perro de la correa.

Laura lo miraba con ojos avergonzados, se sentía nerviosa y arrepentida. Los ojos oscuros y escrutadores de Alejandro descendieron sobre Richard y luego se posaron en el rostro de Laura. Tenía el semblante adusto y serio.

_Lo siento_ se excusó con ella_ no quise interrumpir, no sabía que estabas con alguien.

Antes de que Laura pudiera responder, el hombre que seguía sentado en el sillón, se puso de pie, le tendió la mano a Alejandro y se dirigió a él en un masticado español.

_Soy Richard, esposo de Laura_ dijo.

_Exesposo_ corrigió la psicóloga de inmediato.

Alejandro asintió y estrechó la mano del hombre, para luego concentrar de nuevo su atención en Laura.

_Lamento la interrupción_ se excusó de nuevo y la miró con ojos dolidos.

Todo el color había desaparecido de sus mejillas y unas manchas oscuras debajo de sus ojos tomaron su lugar, líneas de dolor corrían por la comisura de sus labios.  Era la expresión más desgarradora que Laura había visto en él después del día en que le salvara la vida. Alejandro trató de salir de la casa, pero Laura lo detuvo de inmediato.

_No tienes que irte_ dijo_ Richard y yo íbamos a comer algo, ¿quieres quedarte? _ preguntó esperanzada.

_No gracias, ya cené_ contestó y le ofreció una sonrisa hueca, que la inquietó mucho más que sus desilusionados ojos.

_Espero que su estancia en La Oroya sea agradable_ dijo dirigiéndose a Richard y su voz sonó demasiado formal.

Richard se lo agradeció con una inclinación de cabeza. El abogado salió de inmediato de la casa, estaba a punto de perder los papeles. Laura lo vio alejarse desesperada.

X

Cuando Alejandro salió del lugar, arrojó un suspiro de desconsuelo sin siquiera percatarse de ello. Se dirigió deprisa rumbo a su casa sin voltear, el perro corría a su lado mirándolo con cierto aire de tristeza. Se detuvo, bajo uno de los cipreses que se alzaban alrededor de su casa para esperar a que se le calmara el corazón que le latía a toda velocidad. Sacudió la cabeza, ¿por qué tendría que estar sorprendido?, pensó, parte de él siempre supo que no iba a ser fácil hacer que ella se enamorara de él, pero al mismo tiempo se sentía amargamente decepcionado y dolido.

En ese instante, tres cosas lo golpearon en sucesiones rápidas. Primero, ella no lo necesitaba. Segundo, ella aún amaba a su exesposo y tercero, ella nunca sería suya. Apoyó la mano derecha contra el tronco de un antiguo árbol e inclinó el cuerpo hacia delante, como si acabara de correr una Maratón y necesitara algún apoyo para recuperarse. Aspiró profundamente un par de veces. Decidió que ya era tiempo de dejar de guardar esperanzas, porque era eso lo que lo había mantenido al lado de Laura hasta ahora, esperanzas. Esperanzas de que ella en algún momento abriera los ojos y viera al hombre que tenía enfrente, viera al hombre que estaba dispuesto a todo por ella, viera al hombre que la amaba por sobre todas las cosas. Se sintió traicionado, aunque tenía que reconocer que ella le había dicho desde un principio que no buscaba una relación, que estaba conforme con la vida que llevaba. Lo tenía que haber supuesto, pensó, no estaba preparada para ninguna relación, porque aún seguía enamorada de su exesposo.

Se irguió con un suspiro sonoro e ingresó a su casa. Se tomó una ducha larga, necesitaba reconfortarse, relajar los músculos que se le habían puesto como rocas. El agua caía sobre su ancha espalda, mientras él, con los ojos cerrados decidía que hacer. Salió poco después, se vistió sin siquiera percatarse lo que estaba haciendo, tenía el corazón destrozado y la mente fija en la imagen de Laura en brazos de otro hombre.

Salió de su casa y subió al Corola, puso el vehículo en marcha y se dirigió a Marcavalle. Sus compañeros de oficina siempre lo invitaban a tomar unos tragos los sábados, pero nunca accedía. Prefería pasar las noches de sábado con Laura, pero ya no más, pensó, ella tiene a alguien más con quien pasar el sábado.

 No supo muy bien como llegó al bar, era en realidad, una suerte de pub, en donde se oía algo de música y se podía tomar unos tragos. Ingresó al lugar vacilando, no sabía muy bien que era lo que hacía allí. Pero antes de que tuviera tiempo de arrepentirse, oyó a alguien que lo llamaba por encima de la estridente música.

_ ¡Alejandro qué bueno que viniste! _ era Mónica que le daba la bienvenida con una cálida sonrisa.

El abogado solo atinó a devolverle la sonrisa.

_Ven acércate, estamos sentados en el fondo del bar_ dijo, luego se detuvo como si hubiese olvidado algo_ ¿Dónde está Laura? _ preguntó.

Alejandro le sonrió de forma lastimera.

_Está con su exesposo_ contestó.

Mónica cayó en la cuenta de inmediato.

_Vamos, tomemos unos tragos_ dijo y tomó al abogado del brazo.

Alejandro se dejó guiar, como si fuera un niño extraviado e indefenso.

Deja un comentario