VI
La mañana era fría pero los débiles rayos de sol la iluminaban con su amarillo mortecino. Kataryna no había dormido muy bien la noche anterior pensando en el inusual encuentro que había sostenido con Alexander Ivanov. En aquellos momentos en que se dirigía de nuevo rumbo a la cabaña en el medio del bosque, su corazón latía acelerado, le latía en la garganta como si estuviera a punto de salírsele por la boca. Había algo en aquel hombre que no solo la desconcertaba, sino que la atraía, y aquella podía ser una combinación peligrosa.
Cruzó con pasos rápidos el campo, se introdujo por el estrecho sendero del bosque deslizándose a través de él con pasos decididos y seguros. Se detuvo unos segundos frente al arroyo para dejar que su corazón se sosegara un poco y luego lo cruzó con pasos sólidos y certeros. Siguió andando y a medida que se acercaba a la cabaña, su corazón volvió a acelerársele y a latirle no solo en el pecho sino también en los oídos. Cuando divisó la cabaña y observó que la chimenea lanzaba su acostumbrada humareda gris sintió un profundo alivio, ya que temía que al llegar pudiera hallarla vacía.
La puerta se abrió despacio, y el chirrido de goznes oxidados volvió a darle la bienvenida. Levantó la mirada llena de perplejidad al observar la sonrisa relajada de Alexander. Se sentía confusa por su forma de proceder. Era completamente consciente de que su forma de conducirse no era la adecuada. No era correcto que se empeñara en buscar aquel encuentro.
Alexander la sacó de sus titubeantes pensamientos al acercarse a ella.
_Buenos días, me alegra mucho que haya regresado_ dijo y la animó a que entrara a la casa con un gesto de su mano.
A Karatyna le pareció uno de aquellos gestos de saludo a la realeza, una leve inclinación de cuerpo, la mano extendida hacia adelante.
Las piernas de Kataryna se movieron de inmediato como si obedecieran una imperceptible y misteriosa orden. Aunque la luz del sol era maravillosa tenía la sensación de estar a punto de entrar en un lugar a oscuras sin saber si sería capaz de encender alguna luz y poder atravesarla sin contratiempos.
No pudo decir que hiciera calor en la cabaña, por el contrario, a pesar de que la chimenea estaba encendida, podía vislumbrar los halos de vapor que se escabullía de su boca cuando respiraba. De pronto comprendió a que se debía, las ventanas de la cabaña estaban abiertas de par en par.
_Lo siento_ se disculpó Alexander_ estaba ventilando la cabaña, no es conveniente que permanezca cerrada siempre.
Se apresuró a cerrar las ventanas y la temperatura mejoró de inmediato.
_Siéntese por favor_ dijo Alexander, con unos modales que Kataryna consideró en extremo corteses.
Imaginó que aquel hombre provenía de una familia adinerada y con mucha educación. No sería el primero ni el último, había oído algunos casos de hombres y mujeres de la aristocracia que habían huido de Rusia luego del derrocamiento del zar.
_ ¿Le gustaría un café? Aún no lo preparo, pero puedo hacerlo si gusta.
_No quiero ocasionarle problemas_ contestó, era lo primero que decía desde que había llegado.
_No es un problema. Ahora mismo lo preparo_ dijo y se dirigió a la pequeña cocina. Situó una tetera sobre la plancha de su cocina a leña que al parecer permanecía encendida.
Kataryna pensó, que tal vez había pasado la noche allí y que se disponía a tomar desayuno cuando ella llegó.
_Le gustaría algo de comer, tal vez unos huevos_ lo oyó decir.
_No gracias ya desayuné_ contestó_ con el café está bien.
_Espero que no le moleste que prepare algunos para mí, todavía no he desayunado.
Karatyna se puso blanca como el papel y pareció turbada.
_Lo lamento, debí saber que era muy temprano_ dijo_ será mejor que lo deje solo.
Intentó desandar los pasos y salir por la puerta lo más rápido que los pies le permitían, pero Alexander era mucho más veloz. La detuvo cuando pretendía abrir la puerta.
_No se vaya por favor. Estaba deseando que viniera. No se vaya.
Kataryna se quedó viéndolo confusa y apenada, pero a la vez atraída y fascina por la presencia de aquel misterioso hombre.
Alexander le sonrió afectuosamente y le señaló el desvencijado sillón morado. Kataryna caminó hasta él y se dejó caer pesadamente mientras emitía un suave y casi imperceptible suspiro. Esta vez no había olvidado la pañoleta y se debatió por unos segundos entre sacársela o dejársela puesta. Resolvió que era una tontería dejársela puesta ya que estaba dentro de la cabaña. Se la desamarró, terminó sacándosela y la dejó a un lado. Se pasó la mano por el prolijo pelo recogido en un rodete.
Alexander se dirigió a la cocina y se frio unos huevos mientras interrogaba a Kataryna.
_Ayer me contó todo sobre su huida de Ucrania y sobre las dificultades que experimentó su familia para llegar hasta aquí. Pero salió apresuradamente y no tuve la oportunidad de preguntarle si le gusta el lugar, si ha sido fácil para usted adaptarse.
Kataryna pareció sopesar sus preguntas.
_Creo que no he tenido tiempo de pensar mucho en ello_ dijo con una sonrisa algo avergonzada_ desde que llegamos no he hecho más que trabajar. Pero imagino que cualquier lugar es mejor que Ucrania en estos momentos.
_Vaya, creo que no está muy convencida de que haya sido buena idea haber venido a Oberá_ dijo Alexander con una sonrisa tensa e incómoda.
_No me mal interprete_ se apresuró ella a decir_ no quise decir que este lugar me desagrade. Todo lo contrario, aquí tenemos lo suficiente para comer, Daryna puede salir con libertad, jugar con sus amigos e ir a la escuela.
Guardó silencio por unos segundos, sopesando sus siguientes palabras. Quiso sentirse en libertad de decirle que su esposo odiaba tener que trabajar para él, que odiaba sentirse despojado de todo y que no dejaba de fastidiarla con su falta de gratitud, su orgullo y su soberbia. Pero decidió que era mejor no decir nada más.
_No me haga caso, sé que con un poco más de empeño las cosas se encaminaran.
Alexander sirvió los huevos en un plato de hojalata y tomó un tenedor de la repisa. Se acercó a ella y se sentó en la silla forrada de cuero.
_Sé que es difícil al principio_ dijo mientras se inclinaba hacia ella con el plato en una mano y el tenedor en la otra, con la cabeza levantada hacia arriba _ pero sé que se acostumbrará y terminará por gustarle. Pero si necesita algo en lo que pueda ayudarla no deje de hacérmelo saber.
_Se lo agradezco_ dijo mientras se sonrojaba.
Alexander empezó a comer con aparente apetito mientras Kataryna se removía inquieta en el sillón. La situación era algo extraña e incómoda. Intentó decir algo para romper aquel estado de tensión palpable, rebuscó en su mente algún tema de que conversar hasta que la pregunta nació sin mucho esfuerzo de sus labios.
_ Es un anillo interesante. Parece importante para usted. ¿De qué animal se trata?
Alexander levantó la mirada hacia el techo de tejas desvaídas como si recordara algo agradable. Una pequeña sonrisa se le dibujó en los labios. En seguida fijó sus ojos en Kataryna.
_Fue un regalo de unos amigos. Lo llevo hace muchos años. Es el leopardo de Amur.
_Lo aprecian mucho_ dijo ella.
Alexander la miró con el entrecejo fruncido como si no comprendiera lo que ella acababa de decir.
_Sus amigos lo deben apreciar mucho_ se explicó.
_Lo hicieron_ contestó.
La sonrisa de Alexander se torció al pronunciar aquellas palabras convirtiéndose en una mueca amarga y triste.
_Todos están muertos_ agregó_ murieron durante la guerra. Soy el único que queda con vida.
La amarga y triste sonrisa reapareció en el rostro de Alexander.
_Lo siento_ dijo ella.
_Gracias. Pero, aunque sea difícil de comprender, supongo que así es como debía ser_ dijo y se llevó algo más de comida a la boca.
Masticó lentamente mientras recordaba a cada uno de sus amigos. Los buenos y malos momentos compartidos. También recordó a sus padres y desde luego a Tatiana.
_ Ayer me pidió que le hablara de mi historia, ¿quiere hacer lo mismo? _ dijo Kataryna sacándolo de sus cavilaciones.
Tan pronto como hubo formulado la pregunta, se dio cuenta que había entrado en un terreno regido por el dolor y el recuerdo, oscuro por los bordes, negro como el cielo sin estrellas en lo profundo.
Ivanov la miró a los ojos y aquella sonrisa amarga y triste volvió a curvar sus labios. Apuró lo que quedaba en el plato. En aquel momento la tetera empezó a emitir su sibilante aullido. Alexander se puso de pie y se dirigió a la cocina, dejó el plato sobre la repisa, retiró la tetera del fuego y vertió el agua hirviendo sobre los granos de café molido, dejó la tetera en la repisa y se dirigió de nuevo hacia el sillón que ocupaba Kataryna.
_No creo que sea buena idea que deje la tetera sobre la repisa de madera, puede terminar quemándola_ dijo ella.
Alexander le regaló una sonrisa algo avergonzada. Regresó sobre sus pasos, tomó la tetera y la situó de nuevo sobre el calentador.
_ ¿Así está mejor? _ preguntó al tiempo que volvía a sonreír.
Kataryna pensó que aquella sonrisa triste y amarga había desaparecido al menos de momento.
_Mejor_ contestó ella y se echó a reír.
_No soy muy bueno en esto_ dijo a modo de disculpa.
_Lo hace usted bastante bien para ser hombre_ dijo ella mientras se echaba a reír de nuevo.
Alexander pensó que Kataryna era una mujer bastante atractiva dueña de una sonrisa agradable que ella se encargaba de mantener escondida.
_Tomaré eso como un cumplido entonces_ dijo él sonriendo ampliamente.
Se acercó de nuevo a Kataryna y volvió a ocupar su lugar.
_El café estará listo en unos minutos_ informó.
Kataryna asintió con una media sonrisa.
Alexander suspiró profundamente antes de empezar a hablar.
_ Creo que tiene razón, usted me contó su historia y ahora me toca a mí hacerlo. Desde que dejé Rusia nunca lo he hablado con nadie. No soy muy bueno para hablar de mi con los demás.
_Pero es muy bueno para escuchar a los demás y para hacerlos hablar.
Esta vez fue Ivanov quien se echó a reír, inclinando la cabeza para atrás y emitiendo una leve carcajada.
_No sé si eso es un cumplido o, todo lo contrario.
_En realidad es un cumplido, conozco pocas personas a quienes les importa lo que los demás tengan que decir.
Alexander se quedó en silencio unos segundos, apoyó los antebrazos sobre sus muslos, cruzó los dedos de sus manos, fijó los ojos en el suelo y empezó a hablar. Le contó con lujo de detalles los aspectos de su vida, omitiendo claro estaba los detalles referentes a Tatiana y no porque quisiera ocultárselo, sino porque solo le pertenecían a él y a nadie más. Tatiana era ahora un ser omnipresente para él, algo así como su dios personal.
Por momentos su voz se convertía en un susurro que parecía tener vibración propia, en otros se volvía débil y carente de inflexiones parecía la voz de un hombre que aún no despertaba de la terrible pesadilla de la guerra. En todo momento los ojos de Kataryna estuvieron fijos en él, había perdido la cuenta de las veces en que lo vio vacilante y confuso. Alexander contuvo las emociones que parecían arremolinarse en su interior con mucha dificultad.
Kataryna pensó que la vida de ambos se había convertido en una suerte de extraña neblina que apenas ahora empezaba a disiparse. Una cálida y vertiginosa sensación le recorrió el cuerpo. Se sintió confusa y alarmada.
Alexander se levantó de súbito con la excusa de buscar el café, cuando en realidad no podía seguir hablando. Se dirigió a la cocina y filtró el café. Lo sirvió en dos tazas al tiempo que le preguntaba a Kataryna cuantas cucharadas de azúcar quería con el café. Ella levantó la mano y sostuvo dos dedos, el índice y el corazón en alto mientras hacía la señal de la victoria. Alexander agregó el azúcar a una de las tazas, no agregó azúcar a la otra. Se acercó de nuevo con las tazas en la mano. Extendió una en dirección a Kataryna. Ella la tomó agradeciendo con una leve inclinación de cabeza. El café estaba algo frío, pero prefirió no hacer comentario alguno al respecto.
_No ha sido fácil_ dijo él_ pero me siento extrañamente tranquilo, liberado en cierta forma.
Kataryna dejó la taza sobre la mesilla de centro y sonrió.
_Me sentí de la misma manera ayer cuando terminé de hablar con usted.
_Creo que luego de tantas confesiones es tiempo que nos tuteemos_ dijo él esperando en que ella estuviera de acuerdo.
Había algo en aquella mujer que lo hacía confiar, lo hacía sentirse seguro. Nunca había confiado sus más profundos sentimientos y emociones a nadie más que a Tatiana. Tenía sentimientos encontrados, por un lado, se alegraba de haber encontrado a alguien con quien compartir algunos aspectos de su vida, pero por otro lado sentía que traicionaba a Tatiana en cierta forma.
_Estoy de acuerdo_ la oyó decir con una sonrisa.
_Entonces ahora que estamos de acuerdo podemos conversar con más libertad_ dijo Alexander pensando en que deseaba preguntarle algunas cosas sobre su esposo.
Estaba seguro de que sus continuas borracheras no pasaban desapercibidas para ella. Pero Kataryna tenía otros planes.
_No te molesta que te pregunte algunas cosas, ¿no es así? ¿cómo te hiciste la cicatriz que tienes en el rostro? parece profunda. También he notado que tienes otra en la palma de la mano. ¿y el guardapelo que llevas contigo a todas partes? ¿te lo dio tu esposa? ¿para recordarla cuando están separados?
Alexander levantó una ceja ante la rápida batería de preguntas al mismo tiempo que sus labios se dibujaba una sonrisa nerviosa.
_Las cicatrices son producto de la guerra_ dijo guardó silencio por unos momentos antes de seguir_ el guardapelo no me lo dio mi esposa, pero me recuerda a alguien que ocupa un lugar muy especial en mi corazón.
Kataryna notó que los ojos de Alexander se trasformaban, habían perdido aquel brillo, parecía del color del cielo cuando las nubes la oscurecían. Decidió que no debía insistir, era evidente que al igual que ella, Alexander tenía secretos que no deseaba revelar.