VII
Corrían los últimos días de agosto y con el final del mes se esperaban también el lento desandar del invierno y sus gélidos días. Algunos árboles exhibían ya minúsculos pero brillantes brotes verdes que se extenderían rápidamente por todo el bosque dando la bienvenida a la primavera. Los pajarillos volaban de aquí allá en busca de pajas secas y pequeñas ramillas, apresurados en edificar sus nidos a la espera de la nueva vida que estaba por llegar. Los huertos se preparaban para recibir las nuevas semillas, mientras que el ganado daría a luz a la nueva descendencia.
Las mujeres se reunían una vez por semana para viajar hasta el pueblo y abastecerse de víveres y cualquier otra cosa que necesitaran, además de aprovechar ese tiempo para distraerse un poco de los largos días de confinamiento en la hacienda. Hacían el recorrido en una traqueteante carreta que discurría por la brecha de rojiza tierra abierta en medio del bosque. Las nubes grises se habían convertido en pedazos de algodón dispersas en forma desordena sobre el manto de cielo azul profundo. El viento soplaba fuerte y daba la sensación de que las nubes se movían con rapidez sobre sus cabezas. El sol apenas era un círculo brillante y lejano, sus rayos no alcanzaban a calentar el aire.
A medida que la carreta se alejaba de la hacienda, los amplios bosques se iban reduciendo a pastizales algo amarillentos salpicados con pequeñas casitas de paredes blancas y techos de paja. Unos kilómetros más adelante, los campos fueron menguando y las casitas aparecían ahora cada vez más seguido, aunque distaban mucho de constituir un centro poblado.
Las cinco mujeres que formaban parte de aquella pequeña excursión charlaban alegremente de sus actividades cotidianas y de lo que pretendían hacer una vez que estuvieran en el pueblo. El frío parecía no tener efectos sobre ellas, o tal vez las ganas de alejarse por unas horas de sus obligaciones le ganaban la partida.
Kataryna quien formaba parte del grupo, sonreía de tanto en tanto e intervenía con palabras lacónicas y monótonas, su mente se hallaba sumida en los dos encuentros que había sostenido con Alexander y en el impacto que habían representado en ella. Había pasado una semana desde su última entrevista y no había vuelto a saber nada de él. Por un lado, pensaba que era lo más sensato, pero por otro lado deseaba intensamente volver a verlo.
La brecha se había convertido en un sendero más amplio, y las casitas se acomodaban ahora una al lado de la otra en forma mucho más ordenada. Había que pasar frente a casas muy modestas y luego andar alrededor de quinientos metros antes de que el sendero se transformara en una amplia avenida desde donde partían una serie de calles perpendiculares que se extendían a lo largo y ancho del pueblo.
La carreta pasó frente a una pequeña barbería cuyo dueño, un hombre alto y enjuto las observaba a través de la ventana. Dejaron atrás al delgado barbero para recorrer la calle observando pequeños negocios como el del prestamista del pueblo o el del ferretero. Un jovencito algo encorvado y desaliñado caminaba con parsimoniosa lentitud. Una mujer tiraba de la mano a un chiquillo que probablemente era su hijo que lloraba a moco tendido. Un poco más adelante, un hombre regordete luchaba con una mula que se empecinaba en conducirlo en otra dirección. Los ojos de Kataryna se toparon con el carnicero que cargaba sobre sus hombros una pierna completa de res. Una viejecita pulcramente vestida salía de una tienda con un canasto de lleno de verduras después de hacer las compras. Dos perros peleaban por un hueso en una esquina. Tres niños haraganeaban frente a la vitrina de la panadería como si quisieran devorarse el pan de maíz.
Se detuvieron frente a un edificio de dos plantas, era el único lugar en todo Oberá en donde podían comprar desde harina y tomates, pasando por serruchos y palas, hasta paños de algodón de vistosos diseños e incluso zapatos. El edificio ostentaba un gran cartel que rezaba “LA MERCANTIL”. Se apearon al tiempo que se frotaban las manos, en un intento por entrar en calor, el viento se había encrespado, parecía una mano helada que acariciaba sus cuerpos. Enfilaron el camino de ingreso en medio de entusiastas charlas. Abrieron la puerta e ingresaron apresuradas, el cambio de temperatura fue evidente y bien recibido por todas. De inmediato, revolotearon de un lado a otro del establecimiento mientras admiraban las nuevas telas provenientes de Buenos Aires, los elegantes zapatos que de seguro no necesitaban y algunas pequeñas baratijas como pulseras, aretes y sortijas.
El lugar era regentado por un hombre entrado en años, bastante corpulento, de rostro redondo como una luna, pero rojo como un tomate maduro. Sus ojillos verdes parecían dos canicas de cristal. Su cabeza carente por completo de pelo parecía uno de aquellos melones que solía vender, que orgullosamente decía provenía de Brasil a modo de publicidad que le garantizaba obtener algún veneficio monetario extra.
Pawel se llamaba y provenía de Polonia y a pesar de su carácter algo amargo e irritable, tenía cierta debilidad por las guayabas, por lo que Kataryna intentaba hacerse con algunas cada vez que iba a LA MERCANTIL. Aquella vez no fue la excepción, mientras las demás mujeres apreciaban la nueva colección de paños, Kataryna se acercó a Pawel extrajo del bolsillo de su abrigo un par de guayabas envueltas en un pañuelo y se las entregó junto con la mejor de sus sonrisas. El rostro de Pawel se iluminó, sus ojillos se abrieron de par en par, y sus ya de por si delgados labios formaron una fina línea curva cuando sonrió. Su rostro se tornó mucho más rojo y ya no solo parecía una luna llena, sino que ahora parecía una luna llena escarlata.
El viento aullaba afligido afuera y sacudía amenazante la puerta de la tienda.
Las mujeres contemplaban las vitrinas con ojos admirados y exaltados como si contemplaran a través del viejo y gastado vidrio una parte de sus anhelos y esperanzas.
La puerta de abrió de repente sobresaltando a todos, el viento helado ingresó sin invitación. El hombre de la cara de luna se apresuró a cerrarla con un portazo. Las mujeres regresaron a sus parloteos mientras Kataryna se les unía observando todo con ojos interesados. Mirar no contaba nada y hacerse ilusiones tampoco, pensó.
De pronto oyeron un chasquido metálico y luego un chirrido de goznes oxidados y la puerta volvió a abrirse. Todas las miradas se dirigieron hacia la puerta, al parecer llegaba un nuevo cliente.
Alexander entró a la tienda, con refinada lentitud, como si se tratara de algún emperador o algún rey y a continuación cerró la puerta tras de sí con todo cuidado, a pesar de que afuera el viento parecía debatirse en una batalla consigo mismo.
Hizo una pausa, y recorrió el establecimiento con la mirada, deteniéndose en Kataryna y contemplándola con los ojos entornados y relucientes de interés. Mientras que ella alzó la vista hacia los ojos azules de Alexander que relucían como gemas en su montura lustrada y de pronto no solo sintió deseo de hablarle sino una urgente necesidad de hacerlo. Oyó risitas ahogadas a sus espaldas e intentó de serenarse. Volteó despacio y observó a sus compañeras de excursión cuchicheando como colegialas. Alexander tenía aquel efecto en todas las mujeres a su alrededor.
Pawel saludó al nuevo cliente con efusivas palabras. La inmensa luna que tenía por rostro parecía francamente alegre de verlo. Alexander respondió a su saludo con una inclinación de cabeza y ambos intercambiaron unas palabras amistosas. Luego, recorrió el establecimiento observando herramientas. Saludando con caballerosidad a las damas cuando se topaba con ellas. Kataryna mantuvo cierta distancia, su corazón latía acelerado y el rubor se le había subido a la cabeza.
Alexander se fue acercando a ella con disimulo hasta que se situó a su lado. La saludo con un cortés, pero distante buenos días para luego acercarse de nuevo a Pawel y decirle algo que Kataryna no pudo oír. En seguida, salió del recinto y Kataryna lo perdió de vista, dejándola perpleja y confusa. Al mismo tiempo, las mujeres reanudaron sus bulliciosas pláticas, regateando con el hombre con cara de luna alguna baratija o algunos metros de paños.
Cuando retornaban a la hacienda, se hizo el silencio, algunas pensaban en cómo explicarles a sus esposos los gastos en los que habían incurrido, otras en el vestido que se confeccionarían con el nuevo género que adquirieron, mientras que Kataryna pensaba en la actitud fría y distante de Alexander.