CASA 110

La revelación (fragmento)

I

A Richard no le hizo mucha gracia saber que Laura prefería quedarse en La Oroya antes que regresar con él a Maine. Mucho menos, confirmar sus sospechas sobre los sentimientos de la psicóloga por el abogado. Pero no le quedó más remedio que aceptarlos y regresar solo a los Estados Unidos.

Sentada en el Corola celeste rumbo a Chacapalpa, Laura recordaba el rostro de resignación de su exesposo mientras dejaba su casa. Suspiró renovada, aclarar las cosas con Richard le había traído cierta tranquilidad y hasta se podría decir que le había dado paz, paz mental y emocional. Había estado ligada a Richard por años, a pesar de la distancia y el divorcio. Inconscientemente, había rechazado relaciones serias por el recuerdo de Richard, por la esperanza de que alguna vez reanudaran su relación y esta vez funcionara.

Alejandro había cambiado eso, él había dado un nuevo rumbo a su vida, no solo por el constante apoyo que recibía de su parte, sino también por la forma en que la trataba, por la forma en que le hablaba y en especial, por la forma en que la miraba, haciendo latir a su corazón desbocado. Podía perderse en aquellos ojos, en su sonrisa y al fin estaba dispuesta a aceptarlo.

El abogado la sacó de sus cavilaciones cuando le señaló el puente sobre la margen derecha del río Mantaro que debían cruzar para llegar al pueblo.

_Llegamos_ dijo.

Ella solo asintió.

Detuvieron el Toyota frente a la alcaldía, un edificio de tres pisos bastante moderno que contrastaba con el resto de las pequeñas edificaciones de la localidad. Se apearon y no pudieron evitar asombrase con las elevadas e impresionantes montañas que rodeaban al pequeño pueblo de poco más de setecientos habitantes. El verde intenso de los cerros con los que Laura se había maravillado la primera vez que visitó el centro poblado, había desaparecido, dando paso a tonos más áridos y amarillentos, aún así lucían imponentes.

Se dirigieron a la municipalidad en donde un hombre de baja estatura, que ostentaba un chullo con colores muy vistosos les dio la bienvenida. Quisieron entrevistarse con el alcalde, pero el hombre les informó que se encontraba fuera del pueblo en una reunión.

El abogado le explicó que necesitaban entrevistarse con los pobladores mayores de ochenta años. El hombre le comunicó con una sonrisa que eso sería muy sencillo, ya que solo había diez pobladores que cumplían con ese requisito y se mostró feliz de llevarlos hasta ellos.

Las primeras tres personas, dos hombres y una mujer, que sobrepasaban los noventa años, no recordaban haber conocido a ningún Kuntur Huamán. El primer hombre había perdido la vista debido a una catarata que lo dejó ciego hacía casi diez años atrás. El segundo, no oía muy bien con el oído izquierdo, pero aún mantenía su buen sentido del humor, como Alejandro y Laura pudieron comprobar. La mujer, se encontraba en mejor estado de salud, a pesar de su edad.

El hombre que los acompañaba, les explicó que sería difícil que alguna de estas personas recordase a un jovencito que murió hace setenta años ya que, con el paso del tiempo, no solo se presentaban problemas de visón y de audición, sino también de demencia y pérdida de la memoria.

La cuarta persona que conocieron, fue una mujer de ochenta y nueve años que abrió sus pequeños ojos al oír el nombre Kuntur.

_Fue el hermano de Killasisa_ dijo de inmediato.

Laura dirigió su sorprendida mirada al abogado.

_La conozco_ dijo_ hablé con ella la primera vez que estuve aquí.

Alejandro sonrió esperanzado.

Recorrieron el camino rumbo a la casa de la anciana en silencio, ambos estaban expectantes, tenían la esperanza de que la mujer pudiera darles algunas respuestas. Subieron una empinada colina por un sendero serpenteante hasta llegar a una pequeña casita blanca de dos habitaciones, con techos de calamina en donde el sol centelleaba con ases amarillos e intensos.

Killasisa reconoció a Laura de inmediato, y le dedicó una sonrisa amable y acogedora. Los hizo ingresar a su morada y los invitó a que se sentaran frente a una desvencijada mesa, único mueble que ostentaba la pequeña sala en donde se encontraban, que hacía las veces de recibidor, comedor y cocina. Las paredes estaban manchadas de negro producto del hollín que emanaba de la cocina a hichu con la que cocinaba la anciana, se extendían como nubes oscuras sobre la pared como si presagiaran una tormenta.

Killasisa observó a Laura y luego a Alejandro con curiosidad. Entrelazó los arrugados dedos de sus manos sobre la mesa y les sonrió.

_ ¿Qué puedo hacer por usted señorita? _ dijo Killasisa con aquella entonación tan peculiar de la población andina.

_ ¿Tuvo usted un hermano que se llamó Kuntur? _ preguntó la psicóloga con cautela.

Killasisa le dedicó a Laura una sonrisa nostálgica antes de responder.

_Sí, murió cuando tenía catorce años_ dijo.

Laura emitió un suspiro sonoro y observó a Alejandro quien le hizo una señal con la cabeza para que continuara.

_ ¿Podría contarnos que fue lo que pasó con él?

La anciana se quedó en silencio por unos momentos, sopesando lo que debía decir. Había pasado mucho tiempo desde la muerte de su hermano. Si bien, siempre tuvo fuertes sospechas de lo que le había ocurrido, nunca dijo nada por temor a lo que podía pasarle.  Su rostro apergaminado, se veía serio y reflexivo.

_Creo que he callado por mucho tiempo, es hora de que diga lo que sé_ dijo mostrando una sonrisa algo desdentada.

Lo pensó por unos segundos más y luego inició su relato.

_Mi hermano Kuntur trabajaba de jardinero en casa de una pareja extranjera. Linda y John se llamaban. Mis padres habían fallecido cuando Kuntur tenía doce años y yo catorce. No teníamos más parientes que se ocuparan de nosotros, o al menos no querían hacerlo_ dijo con una sonrisa triste_ Kuntur tuvo que trabajar, mientras yo me quedaba en casa y cuidaba de las ovejas que nos dejaron nuestros padres.

_ ¿Cómo murió? _ preguntó Laura al ver que ella se detenía.

_La policía dijo que un ladrón entró en casa de los Williams, así se apellidaba la pareja en donde él trabajaba, y el ladrón al ver a mi hermano, salió huyendo hacia el río. Intentaba cruzar el río hacia la otra orilla según dijeron. Pero mi hermano le dio alcance y antes de que lo atrapara, el ladrón lo golpeó con una piedra en la cabeza_ dijo la anciana y sus pequeños ojos se llenaron de lágrimas.

_Lo siento_ dijo Laura acariciando una de sus manos_ no quería alterarla.

La anciana sacudió la cabeza y le dedicó una sonrisa triste.

_No se preocupe, señorita, usted no es quien me pone triste, sino todo lo que sufrió mi hermano.

_Según acaba de decir, esa es la versión de la policía_ dijo Alejandro_ ¿hay alguna otra versión? _ aventuró a preguntar.

_Si, joven, tengo otra versión_ contestó la anciana.

_ ¿Podría contárnosla?

Ella asintió y aspiró una bocanada de aire antes de continuar.

_Creo que John Williams mató a mi hermano_ dijo en un murmullo sordo.

Laura la miró con sorpresa, eso era lo último que esperaba oír de la anciana.

_Por favor continúe_ pidió el abogado ya que la psicóloga se encontraba atónita.

_Kuntur me contaba todo sobre los Williams, no teníamos a nadie más. Él solía decir que John maltrataba a su esposa. Mi hermano había presenciado varios de esos maltratos, pero no podía decirle nada a nadie. Los médicos del hospital que se encontraba frente a la casa de los Williams se encargaban de esconder los golpes que ella recibía. Al menos eso decía mi hermano.

Laura asintió, estaban al corriente de eso.

_Linda, la esposa de Williams no tenía en quien confiar, no podía ir con sus amigas y contarles todas las atrocidades de que era capaz su esposo y no encontró consuelo más que en mi pobre hermano. Cuando John iba a trabajar, Linda se desahogaba con mi hermano. Él era solo un niño, pero había madurado rápidamente debido a la muerte de nuestros padres. No podía hacer mucho por ella, solo escucharla y abrazarla cuando perdía las esperanzas y lloraba.

La anciana se detuvo de nuevo y llevó ambas manos a su rostro surcado por las marcas de los duros años vividos.

_Linda quedó embarazada_ dijo la anciana.

Alejandro y Laura se miraron fijamente, estaban a punto de descubrir algo importante eso era seguro.

_Se lo contó a Kuntur. Mi hermano se alegró mucho por ella, pensó que tal vez ese niño haría entrar en razón a Williams, pero se equivocó. Linda le ocultó a su esposo su embarazo hasta que fue evidente. Williams se puso iracundo, dijo que ese hijo no era suyo. La desesperación la embargó, le aseguró a su esposo que el niño era suyo. Pero en su ceguera, Williams creyó lo que quería creer. Amenazó a su esposa con deshacerse del niño. Estaba aterrada, no sabía que hacer, tenía siete meses de embarazo. En uno de aquellos arranques de rabia Williams le propinó tremenda paliza que la dejó sangrando. El hombre la dejó en el suelo tirada, mientras entraba en labor de parto. Mi hermano la encontró desesperada, llorando de dolor, miedo y rabia. No podía ir al hospital, sabía que los médicos se encargarían de esconder todo e incluso de deshacerse de su bebé. Kuntur la ayudó a dar a luz. Mi hermano no sabía nada de traer niños al mundo, solo había asistido a mi padre en el nacimiento de un par de carneros. Pero dijo que ella había gritado de dolor. Creo que Kuntur no solo salvó al bebé, sino que la salvó también a ella.

_ ¿Qué? _ preguntaron ambos al unísono.

_ ¿El bebé se salvó? _ preguntó Laura con los ojos bien abiertos.

_Kuntur envolvió al bebé en una manta, era muy pequeño, no tenía cejas ni pestañas. Se podía ver a través de su piel blanca como la leche. Su madre lo sostuvo por unos minutos contra su pecho, lo besó en la frente y se lo entregó a mi hermano. Él no necesitó que ella dijera nada, entendía la gravedad de la situación. Si el niño se quedaba con ella, de seguro moriría a manos de su demente padre. Kuntur tomó al niño y lo envolvió con la manta en la que transportaba sus herramientas. Lo colocó en su espalda y salió sin llamar la atención de los guardias, después de asegurarse de que Linda se encontraba bien dentro de lo que cabía. Trajo al niño a la casa. Era la cosita más linda que había visto en mi vida. No tenía ni un solo pelo en su pequeña cabeza. No abría aún los ojos, pero estaba casi segura de que los tenía del mismo color que el de su madre. Miré a mi hermano apenada. Sabía que no podíamos quedarnos con el niño. Llamaría la atención y podría llegar a oídos de Williams.

_ ¿Qué hizo con él? _ preguntó Laura, su voz sonó amortiguada, casi etérea.

_Se lo entregué a una familia de Huancayo que no podía tener hijos. Era una familia bastante acomodada.

_ ¿Volvió a saber de él?

_Sí, me mantenían informada, tuvo una vida feliz, nunca supo por lo que su madre pasó para que él naciera.

_ ¿Ha muerto? _ preguntó Alejandro.

_Está enfermo, tiene cáncer terminal. No le queda mucho tiempo de vida.

_ ¿Piensa que Williams se enteró de que su hermano se llevó al niño? ¿Cree que por eso lo mató? _ preguntó la psicóloga.

_No, Williams nunca sospechó que el niño estaba vivo. Linda le dijo que perdió el bebé después de la golpiza que le dio y que había enterrado el feto cerca al río.

_Entonces, ¿Qué fue lo que le sucedió a su hermano? _ inquirió el abogado.

_John no solo era un abusador, sino también era alcohólico. Bebía todos los días después del trabajo y empezó a reclamarle a su esposa el tiempo que pasaba con mi hermano en el jardín. No le gustaba que ella tuviera alguien con quien conversar. Pienso que durante una de aquellas discusiones terminó matando a mi hermano.

_ ¿Cómo puede estar segura de ello? _ preguntó el abogado.

_No puedo estarlo con certeza, pero pienso que ustedes están aquí porque mi hermano se les apareció al igual que lo hizo conmigo.

Laura la observó pasmada, le parecía increíble lo que estaba oyendo.

_ ¿Qué le dijo su hermano cuando se le presentó? _ preguntó Laura.

_Dijo “John es culpable”. No necesité más explicaciones.

Laura asintió.

_Han pasado setenta años_ dijo la anciana_ pensé que moriría sin que se supiera la verdad, pero de alguna forma, mi hermano se ha encargado de que ustedes la supieran, creo que puedo morir tranquila después de esto.

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