HISTORIAS ENTRELAZADAS (KATARYNA Y ALEXANDER)

(Fragmento)

Oberá, noviembre de 1934.

I

Galina había crecido en el seno de una familia aristocrática, acostumbrada a que todos a su alrededor cumplieran el más insignificante de sus caprichos. Odiaba la insolencia, la zafiedad, y la inferioridad. Y por inferioridad entendía todo aquel que no hubiera crecido con los lujos y oportunidades de las que ella había gozado. Provista de los ostentosos rasgos de petulancia, soberbia y el más punzante carácter.

A pesar de haber dejado su adorada Moscú hacía más de una década no podía decirse que se había adaptado a aquellos parajes olvidados de Dios como ella solía llamarlo, utilizando toda la educación y la exquisitez de la que era capaz para evitar agregar a sus palabras todo tipo de adjetivos nada elegantes y distinguidos.

A Galina todos en aquel pueblucho le parecían ignorantes e incultos, sin ningún refinamiento intelectual. El desconocimiento de la gente común en los asuntos más corrientes, no le pasaban inadvertidos. Por lo que no había podido entablar amistad con ninguna de las mujeres del pueblo o de las demás haciendas de los alrededores.

Vivía embutida en su propia casa con algún que otro esporádico roce social, que la mayoría de las veces se debía a las exigencias de su esposo. Por el contrario, a Alexander no le era difícil relacionarse con todo tipo de gente, trátese de ignorantes peones, analfabetos indígenas o acomodados hacendados o gobernantes. Pero a pesar de la aparente facilidad de Alexander de relacionarse con la gente, Galina sabía que él escondía de los demás sus más profundas emociones y pensamientos. Para ella, la aparente fluidez y desenvoltura de trato de su esposo era algo parecido a una cortina de humo con la que intentaba esconder su verdadera personalidad. Como Philippe Pinel[1] diría, un maniaco sin delirio:  el encanto superficial, la personalidad inestable, la frialdad emocional. En un primer momento pensó que Alexander terminaría suicidándose y así utilizar aquel acto como un gesto grandilocuente y a la vez trascendental, pero había llegado a la conclusión de que el suicidio se enfrentaba con su diagnóstico inicial.

Consideraba a Alexander, hipócrita y falso al mismo tiempo que se consideraba a si misma clara y completamente franca de carácter, desde luego no se consideraba irritante por su arrogancia, al contrario de lo que pensaban los que la rodeaban.

En cada una de sus acciones había tenido la oportunidad de demostrar a todo aquel que la conociera, la escasa consideración por el bienestar de los demás de la que estaba dispuesta. Podía ser capaz de una impensable perversidad si alguien osaba inmiscuirse en sus asuntos. Odiaba la vulgaridad, la curiosidad y la impertinencia de los indígenas a su servicio, que, según su perspectiva poseían rostros de natural y zafia futilidad. Los infortunados debían enfrentarse constantemente a la vehemencia de su más histérica irritabilidad. Se conducía casi siempre con rebuscada jactancia y estudiada indiferencia.

Su carácter se hacía cada vez más amargo y duro, al mismo tiempo que crecían su soledad, su tristeza y una intensa sospecha de que Alexander vivía alguna nueva aventura.

Las ausencias de su esposo que solían ser esporádicas se hacían cada vez más frecuentes. Trascurría semanas completas fuera de la hacienda y no tenía idea de donde pasaba las noches. Intentaba no darle demasiada importancia al asunto, ya que, a pesar de sus infidelidades, nunca la había desamparado. Había abandonado el lecho conyugal hacía tiempo, pero nunca había desatendido económicamente ni a ella ni a sus hijos.

Con los años, Galina había llegado a detestar a su esposo, su falta de cariño, su apatía, su falta de empatía, su desconexión con todo lo que ella representaba. Lo culpaba de su desdicha, de su amargura.

Necesitaba desvelar el secreto que escondía su esposo, identificar el objeto de sus pretensiones y deseos ya que nadie lo había alejado por tanto tiempo de la casa familiar desde hacía más de una década.

Recordó a Tatiana y la obsesión de su esposo por aquella mujer que ante sus ojos era una simple trepadora. Nunca había pensado en ella como alguien importante en la vida de Alexander y sin embargo estuvo a punto de abandonar todo por ella. Solo su muerte pudo devolverle a su esposo, y aun así se lo devolvió deteriorado y herido sin posibilidad de arreglo.

Tendría que aprender a convivir con ello, ya había perdido las esperanzas de que su esposo retirara la venda que llevaba sobre sus ojos y por vez primera la viera como lo que era, su esposa y no como un obstáculo en su camino.

II

Igor se tambaleaba dando tumbos como una de aquellas carretas tiradas por bueyes al avanzar por un sendero cubierto por baches. Oía el ruido de los grillos y el ululato de una lechuza sobre su cabeza. En el fondo de su garganta percibió el sabor rancio del licor, y eructó, subiéndole hasta la boca una sustancia de sabor ácido. Empezó a temblar y se agarró las rodillas con las manos con el propósito de evitar las constantes arcadas que estaba sintiendo. El sudor le corría por el rostro y la espalda. Volvió a incorporarse cuando se convenció de que no terminaría vomitando.

Pensó en Kataryna, se veía diferente, era una mujer completamente nueva la que había aflorado desde las viejas cenizas que el dolor, la necesidad y él mismo habían agitado tan cruelmente.  La sentía cada vez más inalcanzable. Por años había logrado dominarla, doblegarla, someterla, pero desde que había llegado a Oberá se resistía cada vez con más ímpetu y vehemencia. No solo a sus exigencias sexuales sino también a sus deseos u órdenes.

Desde un principio había pensado que era una mala idea aceptar el trabajo del presumido de Ivanov, y en los dos últimos meses le rondaba en cabeza, cada vez con más frecuencia, la idea de regresar a Ucrania y reclamar sus tierras así tuviera que declararse fiel al régimen. Le exigiría a Kataryna que acatara sus órdenes o de lo contrario se llevaría a Daryna con él. Utilizaría la misma táctica que había usado ella cuando decidió abandonar Kiev.

Pero había otra cosa que lo inquietaba más profundamente, los hombres hablaban de las prolongadas y reiteradas ausencias de Ivanov. Ya no supervisaba a los capataces ni a los peones, delegaba sus obligaciones a Juan, su brazo derecho. Los cuchicheos entre capataces sugerían alguna nueva aventura de Ivanov y atribuían a ello sus continuas desapariciones. Pensó en las prolongadas ausencias de Kataryna, pero su mente se negó a aceptar aquella posibilidad. Su esposa estaba dañada, siempre lo había pensado. Era imposible que le sirviera de algo a otro hombre y si se diera el caso, que creía imposible, pero de darse, estaba seguro de que la mataría a golpes y se iría a Ucrania con su hija. Hacía mucho tiempo que Igor le había consentido a un impulso destructivo que había formado parte de sí mismo tal vez desde el mismo día de su nacimiento. Y no tenía intención de doblegar a aquel impulso, todo lo contrario.

La lechuza ululó de nuevo, fue un sonido soñoliento y lejano. Las luciérnagas despedían destellos en la oscuridad como si fueran chispas en una chimenea ardiente.

Llegó a la casa y la encontró a oscuras. Recordó que Daryna se hallaba en el campamento de verano junto con los niños de su escuela.

Se preguntó dónde diablos estaría su esposa y una fuerte desconfianza arrasó su mente como una terrible tormenta de verano. Su mente se llenó de interrogantes, y sospechas.

¿Y si Kataryna fuera la amante de Ivanov? ¿Y si ambos se estuvieran riéndose a sus espaldas? ¿Dónde diablos se encontraban aquellos malditos?

Se acercó a la puerta y la abrió con rudeza. Aún se balanceaba sobre sus goznes cuando rechinaba y se cerraba de un portazo. La luz de la luna llena, blanca y brillante ingresaba por la ventana de la salita. Encendió una vela de sebo y la situó sobre la mesa de la cocina. La borrachera que traía encina se había disipado por completo ante la idea de la infidelidad de su esposa. Empezó a remover los trastos de la cocina, tiró ollas y platos al suelo, hasta encontrar lo que estaba buscando. Tomó tres botellas de caña y las situó sobre la mesa. Volvió a remover los trastos hasta que encontró un jarro de aluminio esmaltado. Tomó una de las botellas y la descorchó con los dientes. Vertió el líquido en el jarro y se lo llevó a los labios, vaciando el contenido de un trago. Depositó el jarro sobre la mesa con un golpe.

Su mente seguía imaginando situaciones que parecían absurdas pero que tal vez no lo eran tanto. Las excusas de Kataryna para sus continuas ausencias, las desapariciones de Ivanov, el cambio en el comportamiento de su esposa.

Se llevó la botella a su boca y la empinó. Bebió un trago largo luego sacudió la botella y la observó a través de la frágil luz de una vela. Estaba vacía la dejó sobre la mesa al lado de las demás botellas.

Sobaka cruzó la salita al trote y se coló cautelosamente debajo del sillón. Igor, quien odiaba tener metido el perro en la casa apenas notó su presencia ocupado en descorchar la siguiente botella. Suspiró y volvió la cabeza hacia la ventana de la cocina, de tal forma de que la luz ribeteó sus rasgos oblicuos: los pómulos marcados, los labios gruesos, la fuerte mandíbula.

Esta vez no se molestó en buscar el jarro esmaltado, volvió a empinar la botella y bebió como si fuera un hombre perdido en el desierto y que acababa de encontrar agua. Dejó la botella sobre la mesa y se tambaleó un poco. Se sujetó del borde de la mesa en un intento por mantener el equilibrio. La luz de la luna bañaba la cocina, revestía todas las superficies con una tonalidad argentosa, colmaba las botellas vacías sobre la mesa. Las ollas centellearon. La latona que fungía de fregadero era una resplandeciente oquedad. Inclusive el suelo de cemento parecía brillar.

Igor se apoyó contra la mesa, asemejaba un esbozo infantil recortado contra la plateada luz. El suelo a sus pies estaba recubierto por pequeños círculos de luz derramados por todas partes. En la mesa sobresalían las botellas repletas de luz de luna.

Se sobresaltó al abrirse la puerta con aquel chirrido tan irritante. En el umbral de la puerta se hallaba Kataryna con los ojos abiertos y la mirada atemorizada.

_ ¡¿Dónde diablos estabas?!_ fueron las palabras de recibimiento de Igor.

_En casa de Olga_ contestó con la voz entrecortada.

No necesitaba entrar a la casa pasa saber que su esposo había bebido más de la cuenta.

_ ¿Olga? _ preguntó, la cabeza le daba vueltas y no pensaba con claridad.

_Hoy es su cumpleaños e invito a unas amigas a cenar. ¿Recuerdas que te lo comenté esta mañana? _ preguntó temerosa.

_ ¡Que esperas para entrar en la casa! _ gritó al tiempo que se sostenía de la mesa para no perder el equilibrio.

Sobaka salió sigiloso de debajo del sillón y huyó al trote de la casa antes de que Kataryna cerrara la puerta. Lo mejor sería estar la más lejos que pudiera del mal humor de Igor.

Kataryna se acercó con pasos lentos a la mesa de la cocina. Recorrió el lugar con la mirada y descubrió estupefacta el caos que Igor había creado. Trastos regados por todas partes; botellas de licor vacías; un charco de bebida derramada sobre la mesa y el piso.

_ ¿Dónde estabas? _ volvió a preguntar Igor con voz pétrea.

_Ya te dije en casa de Olga, nos invi…

Igor no la dejó continuar.

_ ¡Estabas con Ivanov! _ gritó Igor al tiempo que intentaba sujetarla de la muñeca.

Kataryna retrocedió con una incuestionable expresión de asombro dibujada en su rostro.

_ ¿Ivanov? Desde luego que no_ respondió luego de titubear por unos segundos.

Su corazón latía acelerado como si estuviera tomando parte en una carrera. No tenía idea de dónde había sacado Igor aquella idea. Tal vez no había estado con Alexander aquella noche, pero eso no le quitaba a Igor cierta certeza en sus palabras.

_ ¡Te encuentras con Ivanov a escondidas! _ volvió a gritar.

El corazón de Kataryna dio un vuelco y dio dos pasos hacia atrás como si se estuviera preparando para huir en cualquier momento. Se sentía acorralada, desesperada y aterrorizada por la reacción de Igor. Si bien nunca la había golpeado, con una repentina y horrible punzada de desesperación de dio cuenta de que era capaz de hacerlo.

A pesar del agudo estado de ebriedad de Igor, no le pasó inadvertida la actitud de Kataryna. La mirada esquiva, el vistazo a la izquierda, la demora en sus respuestas, el nerviosismo, la vacilación, todo lo que delataba a un mentiroso, pensó.

De repente, con una rapidez inimaginable en una persona ebria, se lanzó sobre ella y la tomó de la garganta. La empujó y la obligó a retroceder hasta que se topó contra la puerta de entrada golpeándole la cabeza con fuerza.

Kataryna intentó gritar, pero le fue imposible. Los dedos de Igor se hundieron profundamente en su piel. Kataryna sintió que se ahogaba, emitió sonidos asfixiados. Se aferró a los dedos de Igor con una mano, sus uñas le hendieron las muñecas. La otra, con la palma abierta empujó contra su rostro. Sin embargo, él era más fuerte, a pesar del grado de ebriedad, era más fuerte y le sostuvo la muñeca con fuerza a un lado de la cabeza, y cerró los dedos en torno a su cuello gruñendo como un animal salvaje que está a punto de matar a su presa.

La visión empezó a nublársele. Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Estaba perdiendo la consciencia. Y cuando pensaba que aquel sería su último día, Igor terminó por soltarla. Kataryna se desplomó jadeando. Igor se elevó por encima de ella. Kataryna pensó que se preparaba para golpearla y se encogió sobre sí misma. Intentó gritar, pero su garganta solo alcanzó a emitir un chillido.

_Si descubro que te estás viendo con Ivanov voy a matarte_ dijo con voz escabrosa.

Kataryna se arrastró sobre sus manos y pies e intentó buscar refugio debajo de la mesa. Igor abrió la puerta y salió de la casa dando un portazo. Kataryna se rodeó con sus brazos, en un intento por protegerse. Se tocó el cuello con una mano mientras que la otra se afianzaba a sus rodillas. En seguida, arrugó la cara y empezó a estremecerse con unos sollozos que gorgoteaban en lo más profundo de su alma, al tiempo que su cuerpo se mecía de un lado a otro en desesperación.

Pasó la noche insomne, aterrorizada de que Igor decidiera regresar y concluir con su amenaza.

Al amanecer observó a su alrededor, el desorden, las botellas que ahora relucían al sol, las sillas separadas de la mesa de la cocina evidenciando la lucha de la noche anterior, Sobaka que lloriqueaba desde el otro lado de la puerta exigiendo atención. Observó las partículas de polvo que deambulaban abúlicas atrapadas en la luz, al igual que ella se encontraba atrapada en aquel horrendo matrimonio.

No tenía idea de lo que haría, pensó primero en evitar a Alexander, pero luego razonó y decidió que debía alertarlo. Debía advertirle de que no se acercara a ella, que evitara buscarla o hablar con ella.


[1] Philippe Pinel: Acuñó el término manía sin delirio lo que más tarde se conocería como psicopatía.

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