Historias Entrelazadas (Fragmento)

Oberá, diciembre de 1934.

I

Alexander había encontrado una solución temporal para mantener alejado a Igor el mayor tiempo posible. Lo había conseguido transferirlo a otra hacienda muy distante para que trabajara como capataz mientras encontraba una solución permanente. La distancia lo mantendría alejado de Kataryna por un largo periodo. Igor aceptó el traslado con desconfianza, algo en su interior le seguía diciendo que Ivanov había echado el ojo a su esposa, y tal vez algo más, pero por el momento se conformó con el incentivo económico que recibiría. Aquel nuevo trabajo le ayudaría a ahorrar el dinero que necesitaba para pagar su pasaje de retorno a Ucrania.

Mientras tanto, los encuentros entre Alexander y Kataryna era mucho más constantes. A pesar de la serenidad y la quietud que Alexander experimentaba al lado de Kataryna aún pensaba en Tatiana casi a diario. Generalmente durante las largas horas vacías de la noche en que recordaba con exactitud las facciones de su rostro, los detalles de su piel y el sonido de su voz. Aún la amaba y tenía la certeza de que nunca dejaría de amarla. Aunque podía aprender a vivir con lo que experimentaba con Kataryna, tal vez no era feliz, pero se acercaba a ello.

Ahora que Igor había dejado de ser un problema, al menos de momento, había otra cosa que le preocupaba. Algunos de sus trabajadores habían manifestado haber oído lejanos rugidos y encontrado huellas de yaguareté[1] en el bosque, que se acercaban peligrosamente al ganado.

El felino, al que se le consideraba el rey de la selva sudamericana, se mantiene alejado de las poblaciones y evita a la gente, por lo que aquel comportamiento extraño alertó de inmediato a Alexander. El robusto animal era capaz de cazar al ganado y con sus fuertes mandíbulas podía arrastrar a un toro por varios metros.

Organizó una expedición, pensaba rastrear cada palmo del bosque, hasta dar caza al animal. Congregó a cuatro capataces de su total confianza entre los que se encontraba Juan, su mano derecha, además de dos indígenas familiarizados con los bosques y las costumbres de los Yaguaretés.

El primero de los hombres era corpulento y el abdomen se le escapaba por encima de la cinturilla de su bombacha de gaucho. Ancho de hombros y con unos brazos como troncos. Se estaba quedando calvo, pero se aseguraba de cubrir su cabeza con un sombrero. Tenía un aire lacónico que resultaba inquietante, mientras tomaba mate de un jarro enlosado.

El segundo, era delgado pero atlético y acababa de recortarse el bigote espeso y canoso. Parecía haberse peinado para atrás con una especie de gomina, dejando al descubierto su vasta frente. Llevaba unas gafas de montura negras y enormes, y al hablar le temblaban levemente los labios como si estuviera tiritando de frío.

El tercero, un hombre menudo y robusto provisto de una calva estilo franciscano y con un labio inferior que parecía estar anclado en una sonrisa extrañamente curvada, que le dotaba de una expresión algo amenazadora.

Los indígenas, no se diferenciaban mucho uno del otro, imberbes, altos con el pelo negro como la noche que le caían en cascada sobre los hombros, la piel cetrina y los ojos marrones muy expresivos. Cuando sonreían, lo cual resultaba ser muy frecuente, mostraban los dientes cariados, amarillentos y con protrusión. Uno de ellos respondía al nombre de Arapy[2], mientras que el segundo respondía al nombre de Vy’a [3]

Juan se caló el sombrero de cuero hasta las orejas cubriendo por completo su frente cetrina. Se ajustó el lente sin monturas sobre el puente de la nariz y se dispuso a cumplir las órdenes de Ivanov que en ese momento se hallaba repartiendo las armas sobre una deteriorada mesada de madera que otrora fuera utilizada para las faenas de vacunación del ganado. Debajo crecía hileras de malezas y hierbajos que acolchaban el suelo.

Cargaron en sus hombros cada uno con una escopeta, con excepción de los indígenas que prefirieron sus arcos y flechas. Alexander pensó que sería conveniente llevar también una pistola y que lo más adecuado sería llevarla en una pistolera. La verdad no le gustaba metérsela a la espalda bajo la cintura del pantalón, como si se tratara de un asaltante.

Los siete hombres salieron cuando la luz del sol había adquirido el tono delicado y encantadoramente anaranjado de un esplendoroso amanecer de verano. Siguieron las pistas dejadas por el animal hasta el sitio en donde se alzaba la valla coronada de alambre de púas que delimitaba la propiedad. A lo largo de la valla, se sucedían postes a intervalos de unos tres metros. Alexander observó con profunda preocupación, las huellas que demostraban que el animal había estado merodeando, acechando al ganado con la intensión de cazar.

Los indígenas señalaron el camino que debían seguir y se pusieron en marcha poco después sorteando las altas hierbas a punta de machetazos. Vy’a y Arapy habían adquirido un estilo de rastreo escrupuloso, pero a la vez fastidioso, que los obligaba a detenerse constantemente analizando las ramas rotas y la hierba aplastada.

Dispuestos en fila india, con Vy’a y Arapy a la cabeza, le seguía el hombre de la sonrisa curvada. El cuarto en la fila era el de los brazos como troncos, le seguía el de aspecto atlético. Cerraban la fila en la retaguardia, Juan y por último Ivanov.

Se internaron en la espesura por un estrecho pasaje que los grandes árboles bordeaban, formando un increíble túnel natural apenas penetrable. La luz del sol atravesaba escasamente el verde techo de hojas de luminosidad tan viva, de colores tan puros y realzados. El serpenteante y enmarañado sendero iba subiendo una cuesta poco elevada al igual que el calor de la media mañana. Sendero invisible a los ojos poco adiestrados de los inmigrantes, pero que los indígenas reconocían fácilmente.

La verde penumbra era alegrada por el gorjeo de los pájaros, mientras los hombres aspiraban con fuerza el aroma de la tierra húmeda y del vibrante bosque atraída por la brisa intensa arrojada por la vegetación, olvidándose por unos segundos lo que los había llevado hasta allí.

Pasaron un par de veces junto a acumulaciones de ramas, y troncos caídos. Al parecer algún grupo de taladores ilegales había estado haciendo de la suyas por aquella parte del bosque y tuvieron que abandonar la madera apresuradamente. Quizás porque estuvieron a punto de ser descubiertos. Alexander sospechó que la deforestación podría haber empujado al Yaguareté a acercarse a la hacienda y sus alrededores en busca de alimento.

El sol, que ahora brillaba con voracidad entre el follaje colgante, evaporaba la humedad, se bosquejaba como uno de los días más cálidos y sofocantes de todo el verano.

Juan escudriñó entre los arbustos y los tronco caídos en busca de alguna pista que los llevara a los responsables. El sudor se les resbalaba por la cara y el cuello y le ardían los ojos. Se sacó las gafas y se pasó la manga de la camisa por el rostro en un intento por eliminar el sudor. Segundos después volvió a colocarse las gafas ajustándoselas sobre el puente de la nariz. Acto seguido, se acercó a una maraña de arbustos bastante espesa cuando un brillo peculiar llamó su atención. Su sombra se arrojó sobre las marañas de árboles caídos salpicados por las hojas. Se agachó y escarbó debajo de los arbustos. Enseguida se incorporó con un objeto metálico en la mano. Se acercó a Ivanov extendiendo la mano para que observara lo que sostenía.

Alexander frunció el ceño al mismo tiempo que toma un encendedor yesquero muy peculiar de la mano de Juan, era circular con grabados en forma de caracol en la parte frontal, cuyo combustible era la bencina, además sabía perfectamente a quien pertenecía.

_Al parecer Wozniak el polaco y sus hijos estuvieron por aquí_ dijo acariciando la particular pieza de plata.

El de la calva estilo monje se acercó de inmediato, le siguieron de cerca el corpulento y el de porte delgado pero atlético. Los indígenas decidieron inspeccionar los rastros que el animal había dejado cerca. Por el aspecto de las heces, el yaguareté había estado en aquel lugar hacía unas dos horas.

_Tendremos que ocuparnos de los Wozniak, o terminarán taladrando todo el bosque_ dijo el del porte atlético.

_Me gustaría ocuparme personalmente de ello_ dijo Juan con aire decidido.

Alexander vaciló por unos segundos, pensó que debía ocuparse personalmente de ese problema, pero luego decidió que Juan era perfectamente capaz de hacerlo por sí mismo. Asintió con un vaivén de la cabeza y le entregó el encendedor que le serviría de prueba.

Alexander confiaba plenamente en Juan, lo conocía desde que era niño y lo había educado e instruido personalmente. Lo quería como a un hijo. Tal vez mucho más según decía Galina.

 Juan agradeció con una significativa mirada la confianza que Ivanov depositaba en él. Respetaba y admiraba profundamente a Alexander, le recordaba a su amado padre quien había fallecido cuando él era apenas un niño.

El recuerdo de su padre le produjo a Juan un sentimiento de tristeza y soledad que intentó alejarlo de inmediato, no era momento de recordar aquella etapa desdichada de su vida. Intentó concentrarse en el bosque y sus sonidos.

La madre de Juan murió el mismo día de su nacimiento, por lo que fue criado por su padre, un obrero del puerto de Buenos Aires. Vivían en una casita de fachada estrecha y ventanas protegidas por barrotes verdes olivo. La puerta estaba reforzada con planchas de hierro y varios cerrojos, para resguardarse de los ladrones que pululaban como moscas. La casa tenía una apariencia de lúgubre fortificación militar, pero de todas formas amaba aquel lugar en donde había pasado su tierna infancia. Pero cuando apenas contaba con siete años la vida volvía a ensañarse con él. Su padre contrajo una enfermedad que lo postró en cama lo que obligó a Juan a dejar la escuela para cuidarlo y ocuparse de la casa. La enfermedad fue larga y dolorosa, durante aquellos años subsistieron solo gracias a la misericordia de los amigos incondicionales de su padre. Cuando le dio cristiana sepultura, gracias a la caridad de la iglesia, se quedó completamente solo y sin un centavo en el bolsillo, ya que su padre había adquirido una fuerte deuda, que el banco se encargaría de cobrarle. Una mañana cuando aún el cuerpo de su padre no había terminado de enfriarse en su tumba, recibió unos documentos. Con un temor que consideró después completamente premonitorio, desplegó el amarillento papel, vaciló por un momento y después recorrió la elegante caligrafía con los dedos como si de un ciego leyendo braille se tratara. Desde luego no tenía la menor idea de lo que significaba. Dos días después lo desalojaron de la que había sido hasta ese momento su casa.  Contaba solamente con diez años. Empezó a vagabundear por los mercados y por los alrededores del puerto. Los amigos de su padre se habían mudado o habían muerto y no deseaba estar bajo la tutela de la iglesia o del estado. Se las arreglaba para salir huyendo cuando veía algún curita insistente o a algún agente del gobierno, aunque cada vez eran menos frecuentes. Dormía en los parques cuando el buen clima se lo permitía o aguardaba a que algún guardia portuario se quedara dormido en los días de frío o lluvia para escabullirse dentro del puerto y dormir bajo el amplio tinglado que servía de recepción a los pasajeros de los barcos que salían o llegaban a la ciudad. Estaba acostumbrado a observar todo tipo de gente que desembarcaban de aquellos barcos, aventureros, reales barones, pero también apócrifos, profesores, profesionales y militares, famosas bailarinas de valet y condesas. Su padre le decía que algunas de las que llegaron durante la primera guerra hacían espionajes, algunas voluntariamente otras no tanto. De la forma que fuera, no tenía idea de cómo se las había arreglado para no formar parte de alguna banda de ladronzuelos o estar bajo la tutela de algún estafador que utilizaba niños para engañar a la gente y vaciarles los bolsillos. Alexander lo halló pidiendo limosnas, que era lo que frecuentemente hacía para poder llevarse algo a la boca, en una esquina del puerto. Se veía sucio y harapiento. Lo invitó a comer y se ganó la confianza del atemorizado y huidizo jovencito que no llegaba a cumplir los once años. Luego de interiorizarse de su situación y de asegurarse de que no tuviera algún pariente que lo reclamara, lo llevó a su hacienda, le enseñó a leer y escribir, lo educó, le enseñó todo lo que sabía sobre la hacienda y su administración. Alexander le había dado rumbo a su vida y le estaría completamente agradecido por el resto de sus días.

Ahora en medio de aquel vasto y salvaje bosque obtenía una vez más la confianza del hombre que probablemente le había salvado la vida. No lo defraudaría.

Dejaron atrás los troncos caídos y avanzaron a tientas internándose en el espeso bosque que volvía a levantarse delante de ellos. A eso del mediodía se encontraban agotados y muy hambrientos para seguir. Se detuvieron debajo de unos árboles sobre los que se retorcían como tentáculos unas danzantes ramas. El aire era insanamente sofocante, Alexander recostó la espalda contra el tronco de un árbol, echó la cabeza hacia atrás y se pasó la mano por el pelo. Llevó la otra a la nuca y se secó parte del sudor acumulado en ella. Lo vencía el cansancio. Intentar pensar en aquellas circunstancias era como tratar de ver a través de un cristal cubierto de polvo.

Juan se sentó frente a él y levantó su mirada hacia el techo verde sobre su cabeza, el sol del mediodía que se escurría a través de las hojas se reflejó en los cristales de sus gafas. Sintió una suave punzada en los ojos y se quitó los lentes de inmediato. Se los guardó en los bolsillos de la camisa y se frotó los ojos cansados.

Los demás hombres hicieron lo propio, acomodándose en donde mejor les parecía, aguardaban que el sol se apiadara de ellos y se encondiera detrás de alguna nube.

El hombre con el pelo engominado luchaba con los mechones desordenados de su cabello. Al parecer la laca había perdido sus propiedades adherentes y ahora el indomable pelo caía alrededor de su cuello y sus ojos en forma apelmazada y desordenada. Se quedó dormido poco después con los bazos cruzados sobre su pecho y las piernas extendidas. No tardó mucho en empezar a roncar con un resuello rítmico y sonoro. Sus compañeros pensaron que aquellos resoplidos harían huir a cualquier animal que se encontrara a veinte metros a la redonda incluido al yaguareté que buscaban afanosamente. Minutos después, sobresaltó a todos cuando dejó escapar una sucesión de gritos agudos y palpitantes, al tiempo que se sacudía a manotazos centenares de hormigas que deambulaban por su cuerpo, a medio camino entre la confusión y la consternación.

Los rostros de sus compañeros mostraron primero estupefacción e incredulidad, luego se echaron a reír de buena gana. El hombre de la gomina no mostró miedo, solo cierta concentración colérica.

Poco después de que el hombre de la gomina eliminara por completo a sus indeseables visitantes, Alexander se puso a la cabecera y enfiló por un estrecho sendero, por donde avanzaron despacio entre los árboles. Una brisa sorprendentemente cálida le alborotó el cabello y una desagradable sensación le recorrió la espina. Tuvo el presentimiento de que algo malo pasaría, pero desechó aquella idea de su cabeza de inmediato. No era momento para vacilaciones y malos augurios. Necesitaba estar en completo dominio de la situación.

Empezaron a subir un cerro siguiendo un sendero casi invisible, cubierto por una intrincada maraña de vegetación de cocoteros, guayabas e yvapurũs[4] que cubrían sus tortuosos troncos de escasas ramas de frutos morados y negros, como si de tumores cancerosos se trataran. Más su pulpa blanca, jugosa y agridulce era el deleite de todo aventurero. Sumergidos por los matorrales se abrían paso siempre al filo de los machetes.

Vy’a detuvo a Ivanov sujetándolo de uno de sus hombros y le hizo un gesto con la mano. Un animal de regular tamaño avanzaba vertiginosamente entre los árboles. Por el sonido que producía al desplazarse era lo bastante grande para ser el yaguareté. Todos sus sentidos se pusieron en alerta y se agazaparon en segundos blandiendo sus armas. Vy’a sacudió la cabeza al mismo tiempo que pronunciaba solo una palabra.

_ Ndaha’ei[5]

Alexander pensó que Vy’a tenía razón, las pisadas del animal no correspondían al del yaguareté, siempre sigiloso y solapado, asechando, esperando el momento adecuado para atacar a su presa. Probablemente se trataba de algún mboreví[6] o un taguá[7]

Vy’a y su compañero tomaron de nuevo la cabecera y avanzaron en silencio concentrados en los sonidos que producía el bosque.

Arapy señaló de pronto una zona de hierba alta y arbustos frente a él. Levantó la mirada desde el lecho de hierba enmarañado y compacto. El yaguareté había estado allí hacía poco tiempo.

Vy’a se sentó en cuclillas y examinó el lecho de hierbas compactada. Al parecer había utilizado ese pequeño espacio para descansar, del mismo modo que lo habían hecho sus cazadores hacía apenas unas horas atrás.

Se pusieron de nuevo en marcha de inmediato, necesitaban moverse con mayor rapidez para aprovechar las pocas horas de luz que les quedaba. El sudor pegajoso en las axilas era desagradable e incómodo. Les goteaba por la frente y se les resbalaba por la mejilla para caer finalmente de la barbilla al pecho. Era un sudor irritante provocado por el cansancio y el aire húmedo y caliente.

Media hora más tarde, Vy’a se detuvo frente a un matorral de arbustos y les indicó mediante señas de que lo rodearan. Los hombres asintieron y se desviaron hacia la derecha. A la izquierda, en una rama baja, una enorme serpiente de cascabel se hallaba enroscada y suspendida. Medía casi dos metros, de cuerpo castaño grisáceo y vientre amarillo, los asechaba con sus ojos color ámbar con las pupilas negras como oscuras grietas, agitando amenazante el cascabel de su cola. Los listones de su lengua hendida emergieron de su boca, sacudiéndose en el aire, para luego desaparecer emitiendo un sonido inquietante.

La tarde trajo consigo una brisa algo más fresca y relajante que secó el sudor de sus cuerpos. A lo lejos se oía un sonido, una especie de murmullo, como el del viento sobre la copa de los árboles. La maraña de arbustos y hierbas era tan espesa que por un momento pensaron que no podrían seguir avanzando, pero cuando lograron abrirse paso se hallaron frente a una quebrada poco profunda, en cuyo fondo corría un angosto arroyo. Habían transitado por una vasta extensión de tierra salvaje durante todo el día, un territorio que podía compararse con una gran carpa verde oscura que se confundía con el negro. Más una rajadura la atravesaba, como si una navaja la hubiera surcado para revelar un cristalino forro debajo de ella.  Helechos de todas clases y tamaños crecían alrededor del arroyo. Se detuvieron por unos segundos, el aire que los envolvía estaba cargado de sonidos de la selva: pájaros que gorgoteaban preparándose para la noche, el lejano chirrido de las cigarras, el rumor del arroyo frente a ellos. El sol se escondía por el oeste y proyectaba sus rayos sobre el cuerpo de agua. Las tonalidades verde amarillentas se iban oscureciendo, pasando por el verde esmeralda y el verde oscuro que anunciaba la inminente noche veraniega.

Vy’a no necesitó de muchas palabras para explicar que el animal había cruzado a la otra orilla. Debían buscar un lugar seguro para vadear el arroyo. No había sendero, y el espacio entre el bosque y el arroyo era tan estrecho y con cierta inquietante pendiente, tanto que, tuvieron que sujetar sus armas a sus espaldas y caminar de costado sosteniéndose a las ramas de los árboles para no caer al agua. Se detuvieron cuando no podían seguir andando. No había forma de retroceder. Vy’a lo pensó por un par de segundos y se metió al agua. Los demás lo siguieron de cerca. A pesar de que la noche caía sobre ellos, la frescura del agua les supuso un alivio.

Cuando estuvieron del otro lado, se ayudaron de las ramas del bosque para salir del cauce. Los indígenas intentaron seguir la pista del animal, pero el sol estaba a punto de desaparecer detrás de la copa de los árboles y la noche se cerniría sobre ellos como un manto oscuro, incierto y sombrío.

 El arroyo reflejaba la luz ondulada de las estrellas y la luna llena cuando encendieron sus linternas. Serpenteantes, ondularon y parecieron rociar la superficie del agua como si el artista del universo decidiera pintar las ondulantes corrientes con luces eternas.

Volvieron a internarse en el bosque alumbrando el tortuoso camino con sus linternas hasta que llegaron hasta un pequeño risco.

Alexander Ivanov y su grupo descendieron por la peña en forma de resbaladera hasta una explanada que probablemente se había formado hacía miles de años atrás. Les pareció sorprendente, ya que todo a su alrededor estaba cubierto por el denso bosque con aquella rocosa excepción. Algo parecido a un gran lunar en el medio de la vasta selva.

Vy’a indicó que estaban en el lugar correcto y les advirtió que el animal podía estar asechándolos. Blandieron sus armas se concentraron en los sonidos de la noche.

El yaguareté agazapado, los asechaba desde la oscura espesura, con aquella capacidad que tienen los felinos para controlar, aún en la oscuridad, los movimientos más sutiles de su presa, para advertir ruidos que para cualquiera pueden pasar desapercibidos, para calcular el indicio de actividad más ligera del enemigo. Extendió sus formidables garras y reptó sobre su vientre sigiloso.

Ivanov se quedó solo frente a la explanada, de espalda a la peña. Oyó que algo se movía entre las hojas de los árboles e intentó alertar a los demás hombres, pero ya era tarde, estaban fuera del alcance del haz de su linterna.

El yaguareté gruñó, el característico sonido del flemático desgarre del satén. Enseguida, lo vio salir de entre la tupida vegetación, supo de inmediato que se trataba de una hembra. El animal lo observó amenazante, el haz de luz de la linterna sobre sus ojos lo obligó a emitir otro gruñido irritado.

A Alexander le martillaban los oídos por la adrenalina. Respiraba entrecortadamente bocanadas aceleradas y superficiales de aire. Pensó en apagar la linterna, pero al parecer mantenía al animal a raya. Volvió su rostro consternado y los ojos desorbitados hacia el lugar por donde se habían alejado los demás hombres, pero no encontró nada. Sintió crecer en su estómago el miedo y el aturdimiento. Sostuvo la linterna por debajo del cañón de la escopeta y la apuntó. Vaciló por unos segundos y disparó. No hubo ningún atronador sonido, solo el clic que produjo el gatillo al jalarlo. No se atrevió a moverse, se hallaba petrificado mientras su cerebro ideaba alguna manera de escape.

A sus espaldas oyó un irritado rugido, pero no intentó voltearse, sabía perfectamente de que se trataba, otro yaguareté, probablemente un macho que lo acechaba desde la cumbre de la peña.

Cuando el ser humano presagia la llegada del peligro, se adueñan los cambios fisiológicos en su cuerpo. La adrenalina inunda la corteza cerebral, se precipita el ritmo cardiaco y el cerebro ordena la más antigua de las decisiones innatas, presentar resistencia.

Alexander se sintió de pronto indefenso, impotente y a la vez estúpido por no haber comprobado el funcionamiento de su arma antes de salir de la hacienda. El corazón le martillaba en la garganta, el vello de la nuca se le había erizado, la frente y los brazos estaban llenos de un sudor frío y penetrante. El miedo hizo presa de él, un miedo sofocante y cálido como aquel implacable día de verano. Un miedo solo comparable a las más cruentas batallas de las que había formado parte.

La hembra se acercó a él lentamente, acechándolo, emitió un gruñido y exhibió los filosos dientes amarillos. Jamás se había sentido tan asustado en toda su vida, pero descubrió que el primer paso era el más difícil. Una vez que consiguiera vencer la parálisis de su cuerpo, el miedo ya no tendría importancia. Después de todo, lo peor que podía pasarle era terminar destrozado por las garras y los colmillos de aquel animal. Y la muerte acabaría con aquella interminable sensación de que en su mente se desarrollaba una perpetua tempestad.

A pesar de tener la certeza de que a sus espaldas tenía al macho listo para lanzarse sobre él, Ivanov retrocedió dos pasos hacia la pared. Los animales lo tenían acorralado. Soltó la linterna sobre la esplana que emitió un sonido hueco y osciló iluminando intermitentemente a la hembra y a la oscura espesura a su alrededor. Giró la escopeta lentamente y la sostuvo del cañón. Sino podía disparar con ella la utilizaría para golpear al animal con la culata. Miró con ojos desorbitados primero a la hembra, y luego sobre su hombro al macho. Intentó dilucidar cual debía ser su siguiente movimiento. Movió los ojos a su izquierda y con voz enérgica, desesperada gritó en su nativo ruso al tiempo que hizo el intento de correr hacia el bosque.

_Oni zagnali menva v ugo![8]

Pero la hembra le cerró el paso acorralándolo. Se hallaba a menos de dos metros de Alexander, con las patas flexionadas lista para atacarlo.

El de la calva estilo monje, el de la complexión atlética y Juan llegaron en pocos segundos y se quedaron petrificados, contemplando la perturbadora situación, tan atentamente como si de espectadores de teatro se trataran.

En aquel momento pareció que todo se desenvolvió en ralentí, más todo ocurrió en unos pocos segundos.

Soltaron las linternas que zigzaguearon en el suelo acompañando a la de Alexander, se asemejaron a reflectores en un escenario, iluminado a los personajes de una obra teatral aterradoramente dramática. Juan empuñó su escopeta con manos temblorosas, con una rodilla apoyada en el suelo entre la alta hierba que lo rodeaba. Aquella posición lo hacía mucho más vulnerable frente al agresor, pero aquello ni siquiera se le pasó por la cabeza. Se oía con espeluznante claridad, la hierba murmurando con sequedad al rozar contra la brillante piel del animal al moverse despacio acorralando cada vez más a su presa. Alexander oyó las escopetas bramando una tras otra con un sonido metálico y mortífero. Los tres hombres habían apuntado a la hembra sin percatarse de que el macho se encontraba en la cima de la peña a punto de atacar a Ivanov.

Solo uno de los disparos hirió a la hembra en el lomo, dejó escapar un agudo e inquietante chillido de sorpresa y dolor e inclinó la cabeza hacia adelante. Se dispuso a atacar a los hombres, olvidándose por completo de Ivanov. Se oyeron una salva de disparos y la hembra cayó abatida de lado con la cabeza destrozada a centímetros del hombre de la calva estilo monje que observó al animal con ojos desorbitados por el miedo, las piernas le temblaban, las sentía débiles como si fueran de caucho. El pelo de la nuca humeando y el olor a pelos chamuscados le revolvió el estómago.

La cola se movió un par de veces y el de la calva estilo monje descargó otro tiro más para cerciorarse de que en verdad estuviera muerta. El animal convulsionó en el suelo por última vez y luego quedó inmóvil.

Hubo un momento de silencio seguido de un gruñido, los cuatro hombres levantaron la mirada atónitos. El animal que coronaba la peña se abalanzó sobre Ivanov con una potencia arrolladora, al tiempo que a Alexander se le escurría la escopeta de las manos y se cubría el rostro con sus brazos, en una especie de improvisado escudo. El felino se encaramó sobre las patas traseras, presionando las delanteras sobre el pecho de Ivanov.

 Alexander sintió un abrazador dolor en el costado derecho, en donde las zarpas del animal lo habían alcanzado. Cayó de espaldas en el suelo con el animal atenazándole el cuerpo y aplastándole los pulmones. Sintió un golpe seco en la frente, que quedó eclipsado por otro dolor atroz, profundo y lacerante, esta vez en el muslo izquierdo. De sus labios escapó un graznido ahogado. Al mismo tiempo, los colmillos del animal buscaban desgarrar su cuello. Sin embargo, mantenía los brazos cruzados sobre su rostro, los codos y los antebrazos sobre el torso del animal.

Los colmillos alcanzaron su brazo izquierdo hundiéndoselos en la piel. Alexander sintió un dolor ardiente, palpitante y terrible de músculos desgarrados. El animal le asestó otro zarpazo que desgarró la camisa, luego la piel, después la carne de su pecho. A pesar de esto, siguió protegiéndose del felino con los brazos cruzados sobre el pecho. Las garras del animal se habían clavado profundamente en el cuerpo de Alexander, Juan vio manchas rojas extendiéndose por debajo de lo que quedaba de la camisa. El animal agitaba violentamente el rabo.

Juan, con ojos alucinados observó la escena de pesadilla a través de sus absurdas gafas sin montura, que en aquel momento parecían completamente inapropiadas. Se dirigió a los hombres gritando con voz ronca y aterrada.

_ ¡Disparen, disparen ahora!

Juan giró un poco la cabeza y apretó el gatillo. Los disparos sonaron atronadores y terroríficos. Una de las balas pasó silbando muy cerca de la oreja izquierda de Ivanov, dos de ellas terminaron levantando esquirlas de roca, otra rozó al animal en la piel salpicada de rosetas causándole una hendidura extensa pero poco profunda, que lejos de disuadir al animal parecían estimularlo en su ataque.

La sangre proveniente de la herida del costado derecho de Alexander sangraba profusamente. Sentía un dolor sordo y profundo en la herida de la pierna derecha.

Los demás hombres, alertados por los gritos de Alexander, emergieron del bosque blandiendo sus escopetas.

Alexander respiraba con dificultad, jadeaba en busca de aire. Tenía que hacer algo, porque de lo contrario le quedarían pocos segundos de vida. De pronto recordó, la pistola sujeta a su cintura. Pero ¿cómo haría para sacarla de la pistolera sin que el animal le desgarrara el cuello? Necesitaba alejar los colmillos de su rostro si quería tener una oportunidad.  Echó la cabeza hacia un lado y forcejeó con él. Intentó arrojarlo a un lado, pero el animal seguía aferrado a él. Parecían interpretar una perversa y aturdida danza. Empujó el hocico del animal con sus manos y con la pierna sana presionó el abdomen del animal. Un dolor profundo y palpitante le subió por el muslo herido, pensó que terminaría perdiendo el conocimiento antes de alcanzar el revolver.

Los hombres se prepararon para volver a disparar, pero temían herir a Alexander. Juan apuntó la linterna junto con su arma contra el animal, sus brazos le temblaban ligeramente. Se oyó un disparo. El animal emitió un gruñido, era una mezcla entre confusión y dolor. La cabeza del yaguareté se sacudió hacia atrás, apartándose de la garganta de Ivanov, sus dientes brillaron como si se trataran de preciosas perlas.  El disparo de Juan le había herido en uno de los cuartos traseros. Alexander no desaprovechó el momento, tanteó la pistolera con la mano derecha, estuvo a punto de asirla un par de veces, pero la sangre que se escurría de la herida le dificultaba la operación. Lo intentó una vez más y al fin se hizo con ella. La extrajo con mucha dificultad, el peso del animal era apenas soportable, amenaza con romper sus costillas en cualquier momento y asfixiarlo. Blandió el arma y sujetó el cañón contra el estómago del yaguareté y disparó dos veces. El animal lanzó un bramido agónico y desgarrador antes de caer inerte sobre Alexander que pugnó por deshacerse del espantoso y sofocante peso. Los hombres se acercaron de inmediato y lo liberaron.

Alexander rodó de lado como si aun sintiera el peso del animal sobre su cuerpo. Lanzó una exhalación profunda y resonante al tiempo que se llevaba la mano al pecho húmedo en donde se mezclaban su sangre y la sangre de su agresor. Su cuerpo parecía nadar en un inmenso charco escarlata. Encontró lo que buscaba, el relicario, lo sujetó entre sus dedos y pensó que el fin estaba cerca. Las patas del animal se movieron espasmódicamente unos segundos más y luego se detuvieron para siempre.

Los hombres contemplaron la electrificante escena, con ojos desorbitados. Habían presenciado acontecimientos espeluznantes durante sus vidas, pero aquello sobrepasaba por completo todos ellos. 

Juan fue el primero en auscultar el cuerpo de Ivanov. Terminó por desgarrar la camisa y la pernera del pantalón.  Las heridas sangraban profusamente y temieron que terminara desangrado. Presentaba, además, el lado izquierdo de la cara ensangrentado, en donde empezaba a formársele una contusión morada en los contornos de una fisura abierta por encima de la ceja izquierda. Al parecer el golpe que sintió al caer al piso había sido en realidad un zarpazo del animal.

Alexander emitía gruñidos amortiguados cada vez que respiraba. Sus brazos se agitaban como si una corriente eléctrica circulara a través de ellos. Notó, que la adrenalina desaparecía y que un agotamiento generalizado se apoderaba de él, paralizándole primeros las piernas y los brazos para después hacer mella en su mente. Primero vio todo a través de una nube de niebla opaca. Luego, la nube se convirtió en puntos negros flotando delante de sus ojos.  El mundo comenzó a oscurecerse y alejarse como si de un navegante solitario penetrando en las tinieblas se tratara.  Su mente adormilada empezó a desviarse de la realidad. Sus ojos se veían enrojecidos y vidriosos, sus labios pálidos y temblorosos. Era como si su cuerpo se apagara poco a poco, arrullado por una fuerza invisible que lo incitaba a dormir. Intentó decir algo, emitió un balbuceo ahogado e ininteligible. La última sensación consciente que experimentó fue calor en la parte superior del cuerpo mientras que se desangraba, en la parte inferior cuando no pudo reprimir el contenido de su vejiga. Enseguida, la oscuridad devoró el universo, Alexander se zambulló en ella y desapareció.

En los minutos que siguieron a la pérdida de conocimiento albergó pensamientos gélidos, deprimentes y desalentadores, en aquella zona de penumbra existente entre la mente consciente y el subconsciente.


[1] Yaguareté:  del guaraní “Yaguar” que significa fiera y “ete” que significa verdadero. En español jaguar. Es el mayor felino de América.

[2] Arapy: Universo en guaraní.

[3] Vy’a: Alegría en guaraní

[4] Yvapurũ: Jaboticaba árbol nativo del Norte de Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia Oriental.

[5] Ndaha’ei: no es, en guaraní.

[6] Mboreví: Tapir, en guaraní.

[7] Taguá: Especie de cerdo salvaje.

[8] ¡Me tienen acorralado!

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