Historias Entrelazadas (fragmento)

II

Durante todo el día Kataryna se había sentido atormentada por pensamientos perniciosos y desmoralizadores. Por más que intentaba sacudirse las imágenes perturbadoras que agitaban su mente, regresaban a ella una y otra vez sin posibilidad de librarse de ellas. Un fuerte nudo se le había alojado en la garganta apenas Alexander y sus hombres habían dejado la hacienda, y que con el trascurso del día se había trasformado en algo parecido a un pesado trozo metálico que le dificultaba la respiración.

La noche había caído sobre aquella parte del mundo y las brillantes estrellas tomaron el lugar del sofocante sol. La luna llena despedía su macilenta luz sobre el campo cuando Kataryna se sentó en una hamaca en el corredor de la casa. Se impulsó con los pies y se meció con suavidad intentando que el suave movimiento de vaivén la relajara.

La frenética actividad de Daryna durante todo el día no le había permitido un minuto de descanso. Si no la llenaba de curiosas preguntas, cuestionaba todas sus órdenes al tiempo que saltaba y corría sin descanso por toda la casa seguida de su peludo amiguito. Al fin del día, el cansancio la había vencido y se había quedado dormida. Ahora podía disfrutar de algún tiempo de silencio.

Sobaka giraba sobre sí mismo en círculos cerrados y rápidos persiguiendo su propia cola bajo el cielo estrellado. Al parecer aún tenía suficiente energía que gastar. Mientras observaba al perro jugar, recostó la espalda en la hamaca y levantó los pies del suelo, cerró los ojos y suspiró.

Desde que Igor se fue, las cosas habían mejorado para ella. Ya no vivía inmersa en la incertidumbre, esperando que en cualquier momento él llegara borracho y la sometiera como decenas de veces, o intentara matarla como la última vez.

 Alexander le había enseñado un mundo completamente desconocido para ella. Un mundo en el que era correcto tener ilusiones, deseos y aspiraciones. Aunque sabía con certeza de que él no la amaba, al menos no de la forma en que había amado a Tatiana, apreciaba el tiempo, el cariño y el interés que Alexander le otorgaba. Su afecto había alcanzado el corazón escondido y malherido de ella, lejos de su patria, brutalmente separada de su estirpe, de su cielo de sus campos y su familia. Su afecto había limado el encallecimiento de su alma, había ahogado el fuego de su espíritu.

Él no le había hablado mucho de Tatiana. Había impuesto un límite inexpugnable en cuanto a aquella parte de su pasado se refería. La curiosidad por ver su fotografía escondida en el guardapelo del cual no se separaba nunca la importunaba constantemente, pero aquello no le concernía y, sobre todo, debía respetar los deseos de privacidad de Alexander. A veces, lo veía sumirse en la melancolía y la tristeza y en aquellos momentos ella se alejaba concediéndole algo de espacio, aguardando a que emergiera de sus más lúgubres tinieblas. Era como si entrara de un estado de trance, como si saliera de su cuerpo e ingresara a otra realidad. Kataryna estaba casi segura de que, durante aquellos trances, Alexander pensaba en Tatiana.

Galina y sus hijos también representaban una profunda culpa en ella, que en la mayoría de las ocasiones la atormentaba. Intentaba encontrar una excusa diciéndose a sí misma que Alexander y Galina ya estaban separados antes de que ella llegara a su vida, pero los hijos no encajaban en aquella pueril excusa. Podría pensar que merecía un poco de tranquilidad, algo de respeto y aprecio después de años de maltratos y carencias, que era “justo” que lo tuviera. Pero, por otro lado, ¿acaso no era justo que Galina y sus hijos tuvieran todo el amor y la comprensión de Alexander?

Pero ¿qué es la justicia? Y ¿Quiénes pueden impartirla? La auténtica justicia solo la imparten las personas admirables, dotadas de humildad y piedad, de sensatez, discernimiento y desinteresada comprensión. Y a pesar de que Kataryna era una persona sensata, desprovista por completo de soberbia o vanidad, distaba mucho de ser un ser superior y en muchas ocasiones se dejaba llevar por las pasiones humanas. La mayoría del tiempo se hallaba en una constante lucha interna, con una mezcla de sentimientos encontrados. A veces le repugnaba la indiferencia que sentía con su egoísta proceder, otras, se llenaba de emociones tortuosas de culpabilidad, al mismo tiempo que su espíritu atormentado por tantos años, parecía atravesar un periodo sosegado y sereno. Su dilema estaba entre la felicidad y la desdicha, entre lo importante y lo frívolo, entre lo justo y lo improcedente. Las emociones humanas eran algo enigmático y misterioso que muchas veces no podían ser analizadas en los hechos, sino en los sueños, las ilusiones y las fantasías.

Se incorporó de nuevo con otro profundo suspiro. Apoyó los pies descalzos sobre el suelo y volvió a mecerse, al tiempo que su mente divagaba por diversos escenarios posibles: el regreso precipitado de Igor y los problemas que aquello representaría, la espantosa sensación de que algo le había sucedido a Alexander, el dolor que su relación con Alexander pudiera causarle a Galina y sus hijos, la tristeza y la desolación acumulados en ella.

Al parecer Sobaka al fin había llegado al límite de sus fuerzas y yacía enroscado sobre sí mismo durmiendo.

Observó el vasto campo frente a ella, la luz amarilla de la luna parecía marcar un lánguido sendero sobre el cultivo, como si le intentara señalar alguna ruta, alguna trayectoria.

Pensó de nuevo en Alexander y en cómo se encontraría. Había salido de la hacienda hacía casi diecisiete horas y no había noticias de él o de alguno de sus hombres. El nudo en la garganta pareció retorcerse y apretar por unos segundos para luego aflojarse nuevamente. Aquella sensación infausta la agobiaba de nuevo, como fantasmas silenciosos que salían de su interior para atormentarla sin darle un solo respiro. Se llevó la mano a su rubio y largo pelo frotándoselo un par de veces en forma inquieta, para luego ponerse de pie, observar una vez más el sendero de luz desvaído que la luna proyectaba sobre el campo y después ingresar a la casa.

Pasó el resto de la noche nerviosa y agitada, hasta que el gorjeo de los pájaros la despertaron antes de que el sol empezara a levantarse por el este. Algunos grillos aún emitían su estridente grillar cuando se incorporó en la cama. Se llevó una mano a la nuca y lo masajeó intentando apaciguar un terrible dolor de cabeza.  Sentía los hombros rígidos y entumecidos. Bajó los pies al suelo y se puso de pie lentamente, la cabeza le latía en un dolor sordo y retumbante. Se vistió despacio, se sentía cansada y algo desanimada. Daryna seguía durmiendo y tardaría aún unas horas en despertar. Decidió ir a la cocina y preparar algo de café. Encendió la cocina a leña y situó la tetera sobre la estufa. Salió al jardín y aspiró profundamente el aire fresco de aquella mañana veraniega, junto con las perfumadas flores de jazmín. El sol se levantaba por detrás de unas nubes, iluminando el horizonte con pinceladas naranjas, amarillas y violetas.

Su corazón golpeó con fuerza cuando avistó a Juan caminando con rapidez con dirección a la casa. Vislumbró en su mirada preocupación y una silenciosa y secreta señal que aseguraba conocer la verdad de lo que ocurría entre ella e Ivanov. En aquel momento pensó que había un abismo en la edad que figuraba en la partida de nacimiento de Juan y la que cargaba a cuestas como resultado de las desgracias, las responsabilidades y las obligaciones. Por un segundo se afligió por él, pero de inmediato aquel sentimiento dio paso a la desesperación.

Juan sintió la penetrante mirada de Kataryna clavada en él. Se veía turbada y confusa. Se detuvo frente a ella y la saludó con una leve inclinación de cabeza. Parecía cansado y desalentado. Se quitó las gafas, pasó la mano por la frente cetrina y se frotó los ojos. Llevaba una línea roja marcada en el puente de la nariz en el lugar en donde se apoyaba las gafas.

_ ¿Dónde está Alexander? _ peguntó Kataryna.

Su corazón latía tan fuerte que parecía escucharlo en sus oídos. Cruzó los brazos sobre su pecho, buscando de algún modo protegerse.

Juan se veía pálido y ojeroso, con la espalda levemente encorvada, se balanceaba casi imperceptiblemente de un lado a otro como si no fuera lo suficientemente capaz de mantener el equilibrio. Con las manos en los bolsillos traseros de su pantalón de faena, respondió:

_Está en la Casa Grande, muy mal herido.

Kataryna se llevó el dorso de la mano hasta su boca como si con ello pudiera impedir que se le escapara algún sollozo, luego apartó la cara hacia un lado como si rechazara contemplar aquella terrible noticia. Se dejó caer en la hamaca, aturdida. Un profundo abatimiento se apoderó de ella. Sin que interviniera su voluntad consciente, sintiendo que su corazón estallaría en cualquier momento, le preguntó si sobreviviría.

_Solo Dios lo sabe_ respondió Juan con pesar y desconsuelo.

III

Alexander Ivanov descendía con rapidez hacia el abismo de su inconsciente. Hacia aquel espacio entre la vida y la muerte, en dónde todo le parecía mucho más real, en donde su existencia parecía mucho más verdadera. Se encontró de pronto en un lugar sombrío y lúgubre. Un campo de batalla. Cuerpos de soldados muertos por todas partes. Tropezaba con ellos mientras intentaba avanzar. Sentía frío, tenía los pies descalzos, helados y entumecidos. A lo lejos oía el atronador sonido de los cañones. Estaba solo, parecía ser el único sobreviviente. Se sentía aturdido, atemorizado y horrorizado. Intentó gritar, pero de sus labios solo salió un murmullo ininteligible. Llevaba una expresión de perplejidad y agitación en el rostro y respiraba con dificultad. Oyó una voz que flotaba hasta él, como si llegara desde muy lejos. Una voz que reconocería en cualquier parte. Repetía palabras que se habían pronunciado en otro lugar, en otro tiempo. Una voz que lo confortaba, que lo sosegaba. Era una voz sedosa, apacible y relajante. Se oía como un eco lejano, rebotaba en su mente como un recuerdo anhelado. Una calurosa noche de verano, en alguna orilla escondida del río Moscova, unos ojos verdes y brillantes, el pelo cobrizo que caía como cascada sobre su rostro. Gemidos y jadeos que parecían cada vez más cercanos. La voz tenía aquella entonación suave y exquisita que él amaba.

_Estoy feliz de tenerte en mi vida_ susurró la voz muy cerca de su oído.

El río Moscova desapareció detrás de una densa capa de niebla y de pronto se encontró en medio de una espesa floresta. Frunció el ceño intentado recordar donde estaba. Oyó unos pasos anhelantes que se acercaba y entonces recordó. El invernadero de su madre. Oyó de nuevo aquella voz

_No te preocupes de eso ahora_ al tiempo que sentía unas suaves caricias en su mejilla.

El invernadero desapareció como por arte de magia y ahora se hallaba de nuevo en el campo de batalla. Los estruendos de los cañones volvían a oírse amalgamado con la confusión y el tumulto.

_Aún no llegó tu hora_ dijo la voz.

“Estoy cansado, deseo dejar de resistir”, quiso decir él. Quería explicar a la voz, pero no podía articular palabra.

_Prométeme que vivirás tu vida_ susurró la voz.

Antes de que él pudiera pensar en responder, se hizo silencio. Los ecos se apagaron. Buscó con la mirada en todas direcciones, intentando hallar de nuevo aquella voz, pero no tuvo suerte. Después de algún tiempo volvió a avanzar a tientas a través del campo, con la misma sensación de pánico y pesadumbre. Vio soldados despellejados por el fuego y el calor, con los cuerpos destrozados. Más adelante algunos de ellos estaban desollados. La piel de sus brazos, arrancados desde los codos colgaban hasta la punta de los dedos, como si de un par de guantes se tratara. Intentó gritar, con la esperanza de que la voz regresara y lo sacara de aquel horrendo lugar, pero de sus labios solo brotó un sonido ahogado. La voz se oyó de nuevo pero muy débil, como si hablara desde otro lugar, desde otro tiempo, como si se redujera al eco de otro eco. Luego desapareció de nuevo. La sensación de soledad y desesperación se acrecentó en su espíritu. Ahora se hallaba completamente solo y debía atravesar aquel lúgubre y tenebroso campo de batalla. Empezó a pensar que todo aquello no era un sueño, ni una alucinación. Era como si hubiera entrado al infierno por algún misterioso y estrecho pasaje que unía el mundo de los muertos con el mundo de los vivos. Y no tenía idea hacia donde se dirigía. Los recuerdos regresaban, inquietantes y perturbadores. Parecían fantasmas vacilantes que lo atravesaban, se colocaban frente a él, lo rodeaban en una formación tétrica. Llenaban sus ojos de recuerdos del pasado. Había una lucha, un arma blanca y la herida zigzagueante en su rostro. ¿Quién lo había herido? No lo recordaba. Después vio fuego, una bola de fuego increíblemente calcinante que devoraba el bosque, los soldados gritaban y corrían despavoridos en todas direcciones, al tiempo que un violín zumbaba enajenado. Se vio a si mismo tendido en el suelo sosteniendo el guardapelo, esperando a que la muerte lo alcanzara al fin. Oyó la voz de nuevo, la voz que conocía tan bien.

_ ¡Levántate! _ lo apremió.

El campo de batalla se iluminó de pronto. Pensó que estaba en un sueño dentro de otro sueño. La luz se hizo tan fuerte que lo cegó por completo por unos instantes. Toda aquella experiencia resultaba demasiado delirante, demasiado onírica. La luz desapareció de pronto, dejando sólo un par de motas oscuras en su retina, las que desaparecieron poco después. El brillante color de la luz dio paso al color anaranjado del crepúsculo en una tarde tibia en Moscú. Ya no estaba en un campo de batalla, sino en una habitación de hotel, parecía que observaba a través de una película brumosa, algo así como si viera a través de una ventana sucia. Ahora oía de nuevo la voz, cerca, como si estuviera detrás suyo. Unas manos acariciaron su torso desnudo, mientras él entonaba “Enebro, enebro mío”.  Aquellas manos lo llenaron de dicha, de placidez. Giró sobre sus talones y vislumbró una silueta brillante, radiante, que al principio carecía de rostro, pero sabía perfectamente de quien se trataba. Se movía a su alrededor, se inclinaba sobre él. La silueta parecía un ángel, su propio ángel guardián. Su rostro empezó a aclararse lentamente. Vio a Tatiana que se inclinaba sobre él y susurraba con voz clara, al tiempo que le regalaba aquella sonrisa que él tanto amaba.

_Aún no es hora Alex. Aún te queda mucho por vivir.

Se alejó de pronto de espaldas sin dejar de sonreírle, como si flotara sobre la densa neblina de sus recuerdos. Enseguida vio a su padre, caminaba de un lado a otro molesto, colérico. Alexander le suplicaba que dejara todo y escapara a Francia. Su padre se negó rotundamente a hacerlo y declaró con vehemencia que no abandonaría sus posesiones a manos de unos viles extremistas. Vio otros rostros, oyó otras voces, que se aproximaban cada vez más. Ahora estaba en la casita en la que había pasado sus últimos días Tatiana. Aquel recuerdo lo consternó, lo llenó de desasosiego. Caminó con pasos lentos hacia la habitación. Sintió temor, vaciló un par de veces, su corazón latía con fuerza. Sintió que el sudor corría por su frente. Se detuvo frente a la puerta de la habitación, estaba a punto de abrirla. Pronto deseo dar media vuelta y echar a correr, evitar ver lo que con certeza encontraría detrás de aquella puerta. Quería internarse en la oscuridad en donde no veía, en donde no sentía nada. La oscuridad no era algo bueno, pero era mejor que aquella sensación de angustia, de aflicción y de pérdida inminente. Se volvió de espaldas, allí estaba la oscuridad absoluta. Negro, la ausencia de memoria, negro, el color del no querer recordar, el lugar que sospechaba era el olvido, la muerte. El lugar en el que estaba Tatiana. Pero aquello no tenía sentido, sabía que si empujaba la puerta hallaría a Tati con los ojos hundidos en sus cuencas, demacrada, agonizante. No comprendía porque debía rememorar los acontecimientos más dolorosos de su existencia. No entendía porque lo atormentaban como fantasmas diabólicos. La casa se desvaneció a su alrededor como si fuera el truco de un gran prestidigitador. De pronto se encontró de nuevo en el bosque acechado por los yaguaretés. En un abrir y cerrar de ojos se abalanzaron sobre él. Sintió de nuevo el dolor agudo de unos zarpazos, la tibieza de la sangre que se escurría de su cuerpo y el sabor metálico de la sangre en su boca. Deseó de nuevo estar muerto. Tatiana se materializó delante de él, sus ojos verdes brillaban y su pelo cobrizo parecía danzar alrededor de su rostro angelical. Llevaba un vestido blanco que parecía flotar en el aire. Levantó la mano como si intentara acariciarlo. El zafiro en su dedo emitió un destello.

_Esperaré por ti hasta que sea el momento, pero ahora debes regresar_ susurró mientras se inclinaba sobre él y lo besaba en los labios.

La sensación de desasosiego recrudeció más fuerte, más intensa, y estaba asociada con Tatiana, no quería que desapareciera, no quería volver a quedarse solo. Volvió a mirar el lugar oscuro, quiso internarse en él para evitar aquella sensación desesperante, pero el lugar oscuro había desaparecido, en su lugar veía una pared borrosa y gris. Trató de enfocar la mirada y descubrir algo más. Veía todo a través de una película algo brumosa. Intentó mover la cabeza a la izquierda, pero de inmediato sintió un agudo dolor en el pecho. Esto pareció despejar un poco su mente abotagada. Se llevó la mano derecha a los ojos y se los frotó un par de veces. Tanía la garganta seca y los labios cuarteados. Intentó humedecerse los labios con la lengua, pero también la tenía seca. Ajustó los ojos e intentó mover la cabeza de nuevo a la izquierda esperando sentir aquel lacerante dolor en el pecho. La tenue luz del amanecer apenas iluminaba la estancia. Observó una silueta desdibujada despatarrada en una silla de uno de los rincones de la habitación en donde se encontraba. Frunció el ceño intentando enfocar la vista. Segundos después, la silueta cobró forma y pudo ver a su hijo Iván. La lucidez pareció entrar en su mente como un torrente de agua helada. Estaba en su habitación, en la Casa Grande. Al volver en sí se sintió como si surgía de entre los escombros, destrozado y abatido. Dentro de él, bullía una mezcla de emociones de lo más extrañas: amor, desasosiego, desilusión, pesar, y la soledad profunda que sólo aquellos que han deseado la muerte y no la consiguieron conocen. Por alguna inexplicable y extraña razón seguía vivo, a pesar de su ferviente deseo de estar muerto. Algo, alguna fuerza sobrehumana que algunos llaman Dios había decidido seguir atormentándolo no sabía por cuánto tiempo más.

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