HISTORIAS ENTRELAZADAS (fragmento)

IV

Iván Ivanov era un joven de dieciocho años, de estatura mediana, de ojos azules como los de su padre, iluminados con un perpetuo destello de curiosidad. De cejas levantadas y hoyuelos en la comisura de sus labios. Ladeaba la cabeza de forma peculiar cuando sonreía y siempre llevaba en la mirada una expresión mesurada, tranquila y bondadosa. Su frente ancha era como una ventana abierta a través de la cual enfocaba sus pensamientos hacia todo aquel que quisiera conocerlo. De aire despreocupado que se transformaba fácilmente en armoniosa afabilidad. Su buen humor se mantenía inalterable. Era perspicaz y de memoria eidética. Muchas veces su comprensión y el discernimiento de las personas y las cosas rodeaban la lógica de su pensamiento y procedían directamente de su corazón. Era compasivo, espontáneo y dulce, en otras palabras, un alma que se acercaba mucho a la superioridad.

Iván advertía que el corazón de su padre era insondable, tan profundo, tan enigmático, que difícilmente llegaría a alcanzar sus profundidades, su esencia, comprender sus ideas, y sus sentimientos. Sabía que jamás llegaría a desentrañar sus misterios, pero se sentía conforme con ello. El descenso hasta el alma de su padre era infinitamente dificultoso, porque el sendero que conducía a sus emociones era resbaladizo y muchas veces Iván sentía temor de deslizarse hacia aquel abismo que consideraba muchas veces pantanoso y turbio. Pero se mantenía constante, se dejaba conducir por su instinto. Una escasa luminosidad a veces se dejaba filtrar desde alguna grieta en el espíritu de su padre, que lo conducían lentamente hacia él. Así iba descendiendo poco a poco, con cautela, con esperanza y sin claudicar jamás de su objetivo, conocer a su padre, aprender a comprenderlo y acercarse a él.

Iván entendía a pesar de su escasa experiencia de que todos los hombres tienen pesadillas, pero que la mayoría de ellos saben gobernarlas. No obstante, aquello no sucedía con su padre, por el contrario, se dejaba conducir y gobernar por ellas. La paternidad demandaba la mayor de las habilidades para crear una obra de arte a partir de unas pocas pinceladas. Y desde luego Alexander Ivanov no se consideraba por completo un artista.

Su hermano Yuri Ivanov, de diecinueve años, era por mucho su personaje antagónico. Alto, de hombros anchos, rostro agraciado. El cabello de un fino color castaño claro. Los ojos pardos escrutadores coronados con unas cejas espesas y atractivas. Dibujaban sus labios una sonrisa a veces pétrea, otras amarga. Carecía de la habilidad de su hermano Iván para formar vínculos de empatía, para entender las necesidades espirituales de todo aquel que no fuera su madre. Al mismo tiempo, celebraba su intolerancia como prueba de sus convicciones. Era de carácter irreflexivo e impulsivo. Las decisiones que a lo largo de su existencia tomara su padre, desencadenaron en Yuri una serie de acontecimientos que lo arrastraron a las profundidades de un abismo colmado de animadversión y resentimiento. Se sentía como uno de esos antiguos caños de cobre que se van oxidando por el paso del tiempo y las sustancias químicas. Sus emociones apenas podían pasar por las pequeñas hendiduras, como si se trataran de filtraciones de agua turbia y llenas de grumos. El caño se iba taponando, amenazando con explotar en cualquier momento y esparcir todo el contenido de rencor y dolor que se había estado acumulando durante años de indiferencia y abandono moral.  Jamás vio a su padre como todo niño debía verlo: noble, integro, trasparente y perfecto, sino como a través de un vidrio sucio, turbio e impreciso, como si los ojos a través de los cuales lo observaba lo asomaban a una realidad perturbarte, enfermiza, llena de remolinos y revuelos. Como cuando se mira un río que arrastra deshechos luego de una tormenta.

Yuri sentía una mezcla detonante de emociones negativas hacia su padre: rencor, displicencia y un alto grado de desdén que sofocaba lo mejor que podía. Lo acusaba de la tristeza de su madre mientras lo amenazaba mentalmente con su dedo admonitorio. A veces sentía la ira subiendo por su garganta como si se tratara de un líquido viscoso y caliente, que en cualquier momento llegaría a alcanzar el punto de ebullición y terminaría salpicando por todas partes. Su mente parecía un gran lienzo con un gran agujero quemado en medio. La repulsión hacia su padre se fue acrecentando cuando encontró mucho que cuestionarlo, pero poco para enaltecerlo. Su asco se hizo más intenso cuando descubrió los abandonos, las indiferencias, las infidelidades.

Nadia era una joven de dieciséis años, delgada, de noble semblante. Sus cabellos castaños formaban ensortijadas cascadas que caían sobre sus menudos hombros. Con ojos pardos serenos y brillantes. Los labios rojos contrastaban marcadamente con la palidez de su rostro. Figura delicada de caderas estrechas casi ausentes. Casi siempre empleaba un tono de voz suave y fluido con un leve atisbo de ánimo al hablar. Se parecía físicamente a su madre, los mismos ojos, la misma nariz, pero denotaba mayor serenidad y profundidad de sentimientos. Completamente carente de prejuicio y egoísmo. Intentaba evitar presenciar los cada vez más impetuosos intercambios de criterios entre sus padres y más aún, evitaba tomar partido por uno de ellos. Porque con cada disentimiento, se templaba mucho más la enmarañada trama de aquel matrimonio, y estaba casi segura de que uno de aquellos días terminaría rompiéndose del todo.

 Oleg el menor de los hermanos, contaba con siete años. De figura enjuta y menuda, casi esquelética. Sus pantalones cortos dejaban vislumbrar sus delgadas piernas que asemejaban dos palos. Sus cabellos rubios casi blancos formaban un casco de apretados rizos. Bajo el macizo de cabellos ensortijados se esbozaba una frente ancha que en la adultez le conferiría cierto aire de erudición. En su mirada se mezclaba la fascinación y la inocencia propias de la infancia. Una sonrisa se dibujaba en sus labios en forma habitual, pero cuando contraía el labio superior dejaba al descubierto dos espacios oscuros y vacíos que le conferían cierto aspecto jocoso. Arrugaba la nariz en un modo bastante ostensible en lo que su madre consideraba un tic nervioso. Era despreocupado, casual y espontáneo como todo niño. Entretenía, rebosaba entusiasmo. Recorría cada rincón de la hacienda cuando no estaba en la escuela. Animado soltaba estridentes risotadas acompañadas de un revoloteo de manos a la altura de la cabeza de forma extravagante. Amaba a su padre, aunque no comprendiera la mayoría de las veces su comportamiento errático y distante.

V

El sol lucía lúgubre bajo las nubes de bordes anaranjados y grises cuando los hombres irrumpieron en la Casa Grande, cargando el magullado cuerpo de Alexander.  Parecía que el cielo estaba en sintonía con el hombre herido de muerte que cargaban.

Galina se dejó caer en uno de los sillones de la sala sin mostrar emoción alguna, al tiempo que los hombres tendían a Alexander en la cama, para luego retirarse en silencio con la mirada gacha y pesarosa.

Yuri se situó cerca a su madre, sus ojos brillaban, sintió una punzada de satisfacción como una llama encendida, mientras pensaba que su padre se lo tenía bien merecido.

Juan se aseguró de que Alexander estuviera cómodo y de inmediato salió de la casa, tomó un caballo y galopó como el viento al tiempo que Iván caminaba con pasos apresurados y expresión alarmada e inquieta hacia la habitación en donde acomodaron a su padre.

Nadia observó desde el umbral de la puerta con la mirada turbada.

Oleg vacilando se acercó a su hermana. Su pequeño rostro estaba pálido y asustado, la boca abierta y los ojos inertes de terror.

_ ¿Se podrá bien? _ preguntó a su hermana con voz aguda. Sus labios siempre sonrientes se encogieron hasta tomar la apariencia de un pimpollo.

Nadia lo apremió a guardar silencio con un gesto de su mano.

El médico llegó minutos después y tras auscultar al herido, no concedió muchas esperanzas de recuperación, a pesar de que los indígenas habían conseguido detener las hemorragias con una mezcla de medicina ancestral y sus rezos a Tupá[1].

El herido profería sonidos ininteligibles y entrecortados. El sudor le recorría el cuerpo, estaba pálido, y demacrado. Mantenía los ojos cerrados y los labios abiertos.

Cuando el médico se retiró, Nadia y Oleg entraron a la habitación en silencio. La muchacha fue a arrodillarse en un rincón e hizo que el niño también se arrodillara a su lado. Oleg no dejaba de temblar he imitar a su hermana cuando se santiguaba. Nadia se mordía los labios e intentaba contener las lágrimas. Después de todo su padre aún seguía vivo.

Un Pope[2] de cabellos blancos cuyos mechones disparaban en todas direcciones apareció en el umbral de la puerta una hora después. Se había presentado para otorgarle al herido la extremaunción.

Alexander se hallaba inmerso en una especie de denso delirio incapaz de percibir lo que ocurría a su alrededor.

_No se moleste en concederle el perdón_ dijo con frialdad en el corazón Galina desde el umbral de la puerta_ él no es creyente.

El sacerdote la observó con extrañeza, pero de inmediato siguió son sus rezos.

Galina dio media vuelta y regresó hasta el sillón que había estado ocupando. Tenía una expresión flemática y seca. Su egoísmo y epicureísmo emergieron de inmediato, preguntándose cómo afectaría la muerte de su esposo a su bienestar económico. Por lo que no fue una sorpresa que Galina no se uniera con gran entusiasmo a la perturbadora aflicción general por el desafortunado incidente del que fue objeto Alexander. Su presunción y su orgullo la habían convertido en insensible y egoísta. Se mantuvo en aquel increíble estado de codiciosa ambición durante todo el tiempo en que Alexander estuvo entre la vida y la muerte.

Cuando el sacerdote terminó de ofrecer los sacramentos al herido, Iván volvió al lado de su padre.

_Yo cuidaré de él_ dijo con voz firme_ será mejor que salgan de la habitación, mi padre necesita descansar.

Nadia y Oleg dejaron el cuarto luego de depositar un beso en la mejilla de su padre. Nadia seguía mordiéndose el labio mientras que Oleg sollozaba quedamente.

Iván cuidó de su padre con una dedicación extraordinaria, asegurándose de mantener la fiebre a raya, mojando sus labios con agua para mantenerlo hidratado, cambiándole la ropa y suministrándole sus medicamentos.

Galina se desatendió por completo de la salud de su esposo, esperando que Iván apareciera en cualquier momento para informarle de que Alexander había muerto.

 Mientras, en la oscuridad de las noches en vela, Iván oía la respiración ansiosa y entrecortada de su padre, y un quejido sordo que lo perturbaba. Mantenía los ojos cerrados casi todo el tiempo, pero de tanto en tanto los abría y murmuraba palabras ininteligibles. Eran en aquellos momentos en que veía sus ojos hundidos, que parecían dos canicas azuladas de cristal fracturado y opaco. A veces parecía surgir un pequeñísimo brillo en ellos y una sonrisa de alivio. En seguida volvía a cerrarlos y la sonrisa desaparecía dando paso de nuevo a la respiración agitada.

Cuando después de casi dos semanas Alexander despertó de la más larga de sus pesadillas, Iván estuvo allí para ayudarlo a incorporarse sobre las almohadas. Alexander se veía bastante delgado y adolorido, pero había recuperado el color en sus mejillas.

_ ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? _ fue lo primero que Alexander preguntó.

_Catorce días_ respondió el joven con evidente alivio al ver que su padre estaba consciente y hablando coherentemente.

Alexander se llevó una mano a la frente en una expresión de sorpresa. Había deseado con tanto fervor estar muerto, pero el universo seguía confabulándose en su contra. Pero ahora que se hallaba despierto se sentía en cierta forma satisfecho de seguir vivo. Como si al fin comprendiera que, a pesar de sus deseos, a pesar de lo que hiciera, estaba destinado a esperar el momento justo, a esperar su hora. Llevaba con él una cierta tranquilidad de espíritu que hasta aquel momento no había logrado conseguir.

_Estábamos preocupados por ti_ dijo Iván.

Alexander intentó incorporarse, pero las laceraciones en el lado derecho se lo impidieron. Se dejó caer pesadamente sobre las almohadas con una terrible mueca de dolor.

_No te apresures papá, ve despacio, acabas de despertar.

Alexander observó los ojos bondadosos y preocupados de su hijo y asintió agradecido.

Le llevaría otros dos días dejar la cama y otra semana en dejar la casa y ocuparse de la hacienda. Los daños que le ocasionaron las heridas sanaron por completo, pero dejaron huellas indelebles en su cuerpo, que se sumaron a las ya existentes.


[1] Tupá: en guaraní dios.

[2] Sacerdote de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

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