HISTORIAS ENTRELAZADAS (fragmento)

Oberá, febrero de 1935.

I

El verano siguió su curso, caluroso e indomable, mientras Alexander salía del abismal y oscuro océano en el que se había sumergido.

En aquella época estival, el bosque rezumaba belleza, los rayos brillantes de sol acariciaban las copas verdes de los árboles, las cigarras interpretaban su característica banda sonora, que se aceleraban con el aumento de la temperatura. Hacía calor, un calor viscoso como el aceite, espeso y vicioso que muchas veces dificultaba la respiración.

 Pero a pesar de la alegría que exudaba la tierra, el rostro de Kataryna había adoptado una casi perpetua expresión de desconsuelo, llevaba los ojos hinchados y rojos, que le confería un aspecto cansado y fantasmal. Aquel cansancio se debatía en su interior con el temor.

 Los días que siguieron al terrible ataque no fueron fáciles para ella. Pasó noches insomnes, acometida por la terrible idea de que Alexander no sobreviviría, su estado la preocupaba hondamente. La blanca luz de la luna de verano penetraba por la ventana y se reflejaba en sus ojos cuando se persignaba delante del crucifijo que le había dado su madre y rezaba pidiéndole a Dios que no abandonara a Alexander. Las dudas, los miedos, las luchas internas de las cuales era objeto la mantenían en una situación angustiante y de incertidumbre constante que intentaba disimular cuando Daryna estaba cerca.  En aquel estado de gran tribulación, su único consuelo consistía en atravesar el compacto bosque impregnado de oleosa humedad que se le pegaba al cuerpo como un ceñido corsé, ir hasta la cabaña de Alexander y refugiarse en ella por unas horas, confiando en que alguna vez volverían a verse. Sabía que no le quedaba más que esperar y ver si sobrevivía o sucumbía.

Intentaba ocupar su mente en otra cosa que no fuera Alexander, pero el hilo de sus pensamientos volvía de inmediato a tejer terribles y enmarañadas reflexiones. A veces, se quedaba dormida en el camastro que compartía con Ivanov y se despertaba agitada, temblando y bañada en sudor presa de algún terrible sueño, con la mirada fija en las pequeñas ventanas de la cabaña. Otras, se quedaba tendida en la hamaca del corredor de su casa, dejando que el pegajoso aire nocturno la cubriera, hasta que la luna se elevaba en el cielo cubierto de estrellas que brillaban como si fueran pequeños diamantes. Parecían burlarse de ella con su vivaz chisporroteo. Luego, entraba a la casa y se movía sigilosamente como si fuera un alma en pena, cuidando de no despertar a Daryna. Entonces, una parte de su mente quedaba a oscuras, mientras que la otra solo podía pensar en Alexander. En aquellos momentos, tragaba saliva, sintiendo de pronto reseca la garganta y agarrotado el estómago de dolor.

Una noche, cuando la luna estaba ya lo suficientemente alta para penetrar por la ventana y hacer que su luz de plata iluminara el interior de la casa, vio acercarse por el sendero a Juan con pasos firmes y una expresión animada y relajada. Le informó que Alexander había despertado y que, a pesar de hallarse aún convaleciente, se recuperaría. Kataryna emitió un suspiró de evidente alivio al tiempo que demostraba una emoción desmedida muy poco característica. Luego de aquel afortunado anuncio, visitó la cabaña con mayor afán, esperando el día en que pudiera volver a reencontrase con Alexander.

II

 A primera hora de una mañana de lo que prometía ser un día sofocantemente caluroso de pleno verano, ingresó con pasos lentos y cansinos a la cabaña. Paseó la mirada por el sitio con la absurda esperanza de que Alexander estaría en algún rincón esperándola. Pero como otras tantas veces no halló nada. Suspiró desanimada, su corazón se encontraba envuelto en una densa incertidumbre que no le daba un minuto de sosiego. Las dudas la corroían, cubrían sus días de desmedidas aflicciones y sus noches de intenso agobio. Pensaba que luego de la terrible experiencia por la que Alexander hubo atravesado, había decidido enrumbar el curso de su vida hacia su familia, hacia su esposa. Por lo que en aquella ecuación no figuraba ella. Se sentía molesta con ella misma por haberse dejado dominar por la presencia y la personalidad de aquel hombre, que no estaba dispuesto a darle nada, solo unos encuentros clandestinos en una cabaña en medio del bosque.

Era en aquellos momentos en que sacudía la cabeza y suspiraba pesadamente en un intento por pensar racionalmente y olvidarse de Alexander y seguir con su incierta vida, pero le era completamente imposible. Pensaba que algo ocurría en su interior, algo nuevo, algo peligroso, nocivo. Alexander era algo así como un arbusto ponzoñoso que había echado raíces, que había crecido y que se extendía en todas direcciones dentro de ella. Algo así como una enredadera que la rodeaba, que la cercaba y la sofocaba, pero a la vez, contradictoriamente la avivaba.

Se dirigió a la cocina y preparó algo de café, la mañana era clara y aún el aire era fresco, pero no permanecería de aquella forma por mucho tiempo. Los últimos días del verano eran los más cálidos, como si la naturaleza deseara desbordar su calor sobre el bosque antes de marcharse y suspender al mundo en un suave letargo.

Se sentó en el sillón con el pocillo en la mano. Tenía las ideas revueltas, confusas y dando bandazos en su cabeza como si se hallara en una carreta tirada por bueyes. Detestaba sentirse de aquella forma, detestaba que un hombre le arrebatara la quietud, el sosiego. Pero le gustara o no debía reconocer que la afectaba profundamente.

Sorbió un poco de café, cerró los ojos y pensó en Igor. Hacía bastante tiempo que no recibía noticias suyas. Al principio le escribía una escueta nota cada semana, pero las comunicaciones se hicieron cada vez más esporádicas, hasta que desaparecieron por completo hace tres semanas. No tenía idea de la situación de su esposo o de los planes que tenía. De lo que sí estaba segura era de que aparecería por la hacienda tarde o temprano.

Oyó el pestillo y abrió los ojos sobresaltada. Se puso de pie de un salto como si algún resorte la impulsara. La puerta se abrió y observó la figura de Alexander en el umbral la puerta. La expresión de alegría y de asombro de Kataryna fue infinita, pero no pudo moverse. Alexander ingresó a la cabaña y cerró la puerta. Llevaba una especie de bastón con el que se ayudaba a caminar, cojeaba levemente de la pierna izquierda. De pronto, Kataryna se sintió agitada, su corazón latió acelerado y la garganta se le contrajo, abriéndose y cerrándose, en un dulce regocijo. ¡Alexander estaba bien! Se veía bastante bien considerando lo ocurrido. Pero extrañamente, permanecía indiferente.

 Alexander se detuvo a pocos metros de Kataryna y le sonrió, la miró con expresión tranquila y solemne, sin mostrar desmedida emoción. Y como si Kataryna acabara de recibir un baldazo de agua fría, se sintió de pronto completamente fuera de lugar, usurando un lugar que no le correspondía, cuando el propietario parecía incómodo con su presencia. Kataryna sonrió algo avergonzada y nerviosa. Tuvo completa consciencia de que se sintió defraudada. Había fantaseado infinidad de veces con ese reencuentro y nada la había preparado para aquel pasivo y casi indiferente recibimiento. Kataryna cambió su avergonzada sonrisa inicial por una mirada cautelosa. Hubo un silencio embarazoso a través del cual se oyeron solo los sonidos del bosque. La mujer de cabellos rubios sintió en el pecho un dolor tan agudo, tan físico, y pensó por un instante que se trataba tal vez de un ataque cardiaco.

_Lo siento, no debía venir_ se excusó bajando la mirada_ pero me alegra mucho verte en pie.

Alexander dio unos pasos en dirección a Kataryna, el bastón emitía sonidos sordos contra el piso de la cabaña.

_No tienes que disculparte, te dije que podías venir cuando quisieras.

La sonrisa avergonzada había vuelto a aparecer en el rostro de Kataryna.

_No necesitas ser amable. Creo que no esperabas verme aquí_ dijo sintiendo la súbita e insensata urgencia de salir corriendo.

Lo miró fugazmente, pero ella no pudo interpretar en la expresión de su rostro lo que sus palabras le habían causado. Alexander era un hombre terriblemente desconcertante y complicado.

Alexander se situó frente a ella, si levantaba la mano podía tocar su rostro.

_Me alegra mucho haberte encontrado aquí_ dijo mirándola fijamente a los ojos y sonriendo de soslayo, como si se tratara de una marioneta al cual el titiritero obligara a sonreír tirando de unos hilos unidos a las comisuras de sus labios.

Kataryna lo observó con la boca entreabierta y el ceño fruncido, confusa.

_Pues no parece_ le increpó ella.

Alexander acercó su boca a la oreja de ella, dirigiendo sus pensamientos hacia el interior de la cabeza de Kataryna, con una voz espesa y grave, la clase de voz que usaba siempre con ella.

_Nunca te engañé Kataryna, y tampoco pienso hacerlo ahora. Tal vez no sea la clase de hombre del que se escribe en las novelas románticas, aquel que corre desesperado a los brazos de su amada, pero en verdad me alegra verte.

El corazón de Kataryna palpitó acelerado, tenía los ojos muy abiertos y la mirada suplicante. Alexander se separó un poco de ella y le acarició el rostro.

_ Quiero volver a estrecharte entre mis brazos si así lo deseas_ dijo en tono sereno pero sus palabras surgieron con una seguridad aplastante como una roca lanzada desde una catapulta.

Kataryna abrió la boca para responder, pero pareció quedarse sin habla y no salió ningún sonido de su boca.

Alexander se hallaba consciente de la forma en que se entretejían sus procesos mentales y su cuerpo físico. Sentía la mente desempolvada y limpia, con las ideas claras, como si acabara de renacer.

Kataryna lo miró abriendo mucho los brillantes ojos, estaba helada con una expresión de incredulidad en el rostro. Estaba casi segura de que Ivanov le pediría terminar con aquella absurda relación y ahora ocurría todo lo contario. Alexander se acercó despacio a ella estudiando sus reacciones. Se inclinó y la besó con urgencia.

Deja un comentario