Historias Entrelazadas ( Kataryna y Alexander)

III

La frágil luz de la mañana se colaba por la ventana del dormitorio, mientras Kataryna contemplaba ensimismada el lento paso de las motas de polvo a través de los rayos del sol, mientras intentaba explicarse la debilidad que sentía por la Alexander, la urgencia de seguir a su lado cuando sabía con certeza que no la amaba.

Tal vez su necesidad radicaba en el hecho de que había sufrido vejaciones, humillaciones y desprecio por años y que Alexander, a pesar de su extraña conducta no le había dado más que compañía, bondad y comprensión. Suspiró pesadamente y decidió que ya habría tiempo para dichas cavilaciones.

Alexander Ivanov observaba el correteo de la luz del sol sobre las curvas onduladas del cuerpo de la mujer que se había convertido en su compañera. Se ensombrecieron sus ojos a la luz de los rayos del sol y una sombra templada y semicircular se presentó entre sus senos.

 Kataryna se arrellanó en la cama y colocó una pierna sobre la otra, al tiempo que observaba la densa cicatriz que tenía sobre su pecho y que ahora formaba parte de su en cierta forma, macabra colección. Recorrió luego, con un dedo el perímetro del pelo que dividía su torso desde el ombligo hasta su pecho. Sus dedos se toparon con el guardapelo que Alexander llevaba siempre consigo. Quiso tocarlo, pero una intensa sensación se lo impidió, era como si intentara profanar una tumba sagrada. Optó en cambio por pasar suavemente sus dedos por la cicatriz en su frente que nacía unos centímetros por encima de la ceja derecha y seguía un recorrido zigzagueante bajo el reborde de la entrecana cabellera.

Alexander encendió un cigarrillo y la atmósfera resplandeció por el humo que se alzaba sobre sus cabezas, se agitaba por debajo de la luz del sol que ingresa por la ventana.

_Nunca te había visto fumar_ dijo Kataryna mientras se incorporaba sobre la cama.

Alexander apretó el pitillo con una sonrisa amarga y el cigarrillo quedó apuntando para arriba.

_Lo dejé hace muchos años después de que…_ hizo silencio por unos segundos antes de continuar_ después de que murió Tatiana.

Kataryna notó de inmediato el cambio que se produjo en Alexander cuando recordó a la baronesa, pero decidió no hacer ningún comentario al respecto. De todas formas ¿de qué serviría?

Alexander exhaló el humo que formó una corona perfecta enganchada en el aire.

_Estuve a punto de morir una vez más, y me dije, ¡qué diablos! Si un yaguareté no puede matarme no lo hará un cigarrillo.

Sonrió, y su perfecta dentadura surgió de entre sus macizas encías. Pálido, pero a la vez luminoso. Los ojos azules y las leves arrugas en sus contornos, mientras se hundía los dedos separados en el pelo.

Kataryna pensó que era una estupidez volver a adquirir un vicio del que uno había logrado escapar, pero no tenía caso intentar convencerlo de ello. Alexander era un hombre curtido por las circunstancias extremas de la vida y que no esperaba mucho de ella. Solo vivir un día a la vez hasta que encontrara la forma de abandonarla. Suspiró profundamente antes de recostar su cabeza en la almohada y volver a observar las motas atrapadas en los rayos de sol.

IV

Galina estaba acostumbrada a oír rumores sobre lo que ella llamaba la vida licenciosa de su esposo y siempre actuaba de la misma manera, hacía caso omiso a ellos. Pero durante el último mes las esporádicas murmuraciones se habían tornado frecuentes e involucraban a una misma fémina.  El sexto sentido que frecuentemente presentan las mujeres le advirtió de inmediato que aquella aventura podría significar algo más. Y no es que le importara mucho lo que su esposo hiciera, pero bajo ningún concepto permitiría que le estuvieran viendo la cara de tonta en su propiedad y bajo sus propias narices. No permitiría que lo que hubiese entre aquella muerta de hambre y su esposo pusiera en peligro su seguridad económica y emocional.

 En cierta forma se sentía perpleja por la predilección de Alexander por alguien que ella consideraba vulgar e inculta, tan insulsa, tan tonta, tan anodina. Pero debía reconocer que los hombres se comportaban la mayoría de las veces en forma complicada y enigmática. La amante de turno de su esposo era una mujer rústica y simple, pero que aparentemente había encontrado la manera de seducirlo y lo más peligroso, manipularlo.

Se vistió con sumo cuidado, con la intensión de demostrar la importancia de su nobleza y aristocracia, para dejar en claro la diferencia que existía entre ella y aquella muerta de hambre. En otras palabras, para humillarla y dejarle en claro cuál era el lugar que le pertenecía. Mandó preparar la carreta y subió a ella con decisión y cierta petulancia. Dirigió a los caballos con la mente fija en la idea de solucionar el problema de una vez y para siempre.

Se detuvo a pocos metros de la casucha en donde vivía la trepadora que pretendía arrebatarle a su esposo. Bajó altiva y orgullosa para de inmediato acercarse con pasos seguros y resueltos a la mujer que en aquellos momentos jugaba con su hija y su sucio perro bajo el corredor de la casita blanca de techos de paja.

Kataryna quien se hallaba echada en la hamaca, observó a Galina primero con expresión de sorpresa y consternación al ver a la esposa de Alexander. De inmediato, su expresión inicial se transformó en inquietud y aturdimiento.  Era la última hora de la tarde y el sol parecía brillar justo detrás de Galina, confiriéndole cierto aspecto majestuoso.

Sobaka se acercó corriendo a la visitante, meneaba la cola de un lado a otro. Se paró sobre sus patas traseras y apoyó sus patas delanteras sobre ella a modo de bienvenida. Galiana lo golpeó en hocico con fuerza, Sobaka emitió un leve gemido de protesta y se alejó de inmediato. Daryna lo llamó y el perro olvidó por completo el reciente agravio. Se acercó a la niña meneando la cola.

_Daryna lleva a Sobaka a tu cuarto y cierra la puerta cuando estés dentro_ dijo Kataryna.

_Pero si no te gusta que juegue con él dentro de la casa_ dijo la niña extrañada con la orden de su madre.

_Vamos, has lo que te digo_ insistió.

Daryna se encogió de hombros, se llevó a su peludo amiguito, ingresaron a la casa y cerró la puerta detrás de ella.

Kataryna que puso de pie, con los labios apretados y las cejas contraídas, tenía la fuerte sospecha del motivo de la visita de la dueña de la hacienda.

_No voy a andarme con rodeos_ empezó diciendo Galina, hablaba con tono seco, cortante mientras sus ojos recorrían a Kataryna de arriba abajo con desprecio. _ Se que eres la amante de mi esposo y he venido a advertirte.

Hizo una pausa y observó el efecto de sus palabras en Kataryna, quien la miraba con los ojos muy abiertos y con cara de pánico. En seguida añadió con sarcástica rudeza:

_Piensas que Alexander va a dejarme e irse contigo ¡Sigue soñando! No eres la primera mujer con la que me engaña y no serás la última. Esa relación clandestina será algo efímera y pasajera.

Kataryna paseó el peso de su cuerpo de un pie a otro. Se hallaba tan nerviosa, perturbada y avergonzada que no pudo emitir palabra alguna. Además ¿Qué podría responder?

_ Aunque vivamos en este lugar olvidado del mundo civilizado somos gente importante, culta, aristocrática. ¿En verdad piensas que Alexander ve en ti algo más que una aventura?

Kataryna mantenía los ojos bajos y las manos entrelazadas sobre su pecho intentando protegerse de alguna manera.

_Se lo que en este momento estás pensando_ dijo Galina. La miraba con altanería y arrogancia_ Si, estás pensando que te considero vulgar. ¡Por supuesto que te considero vulgar y mucho, pero eso no es nada si la comparo con tu ausencia total de clase! ¡No eres más que una campesina de poca categoría, ordinaria, tosca y absolutamente vulgar!

Las frases lapidarias de Galina afectaron a Kataryna profundamente. Percibió la inminencia del llanto como si de una tormenta se tratase. Pero a pesar de que las palabras de Galina sonaran terribles y dolorosas, en el fondo de su alma sabía que eran ciertas. Era una campesina, sin clase y ordinaria, inculta y sin experiencia.

Levantó la mirada y la clavó en el horizonte detrás de Galina. Observó como el sol anaranjado iba tiñéndose de rojo a medida que se ocultaba. Observó las sombras de los árboles alargándose y fundiéndose a través del campo. Se encontraba turbada por el temor y la incertidumbre. Todas las hirientes palabras de Galina empezaban a arremolinarse en su cabeza como un carrusel enajenado. Intentó barrer aquellos agitados pensamientos, pero le fue difícil hacerlo.

La intención de Galina de soliviantar a Kataryna, dándole cuerda suficiente para que se ahorcara a sí misma, no había dado resultado, seguía con la mirada perdida en el horizonte y no había pronunciado palabra alguna. La rabia invadió las venas de Galina como veneno y siguió lanzando una sarta de improperios cada vez más subidos de tono. Sintió de pronto el declive de su seguridad, lo sintió con toda claridad, como el agua que se escurre entre los dedos. Tuvo temor, por unos segundos, tuvo temor de que aquella mujer terminara alejando a Alexander. Tuvo la sensación de que Kataryna era una mujer que había apostado todas sus fichas a la ruleta y que no estaba dispuesta a perder.  Debía tranquilizarse, actuar con astucia de lo contrario estaría perdida. Aspiró profundamente, recuperando la calma con rapidez.

_La única mujer que le importó en verdad, no pudo separarla de mí, no pienses que serás distinta a las demás.

_Entonces no tiene de que preocuparse_ contestó Kataryna sin despegar los ojos del sangrante horizonte.

Tuvo la impresión de que se separaba en dos y que sus palabras no salían de su boca sino de la parte escindida que flotaba sobre sí misma. Sentía que la experiencia era absolutamente irreal. Todo aquello parecía un dejavú solo que esta vez no había tormenta, no había truenos, ni relámpagos y mucho menos rayos, a no ser que las palabras aniquilantes de Galina se consideraran rayos en una tormenta. Las frases hirientes se arremolinaban ante sus ojos y el mundo parecía alejarse, apartarse lentamente, como un tren que sale de la estación, mientras desde el andén ella observa. No tuvo conciencia de cuánto tiempo transcurrió en aquel estado, pero aquella sensación de que se separaba de su cuerpo, de sí misma e iba a la deriva en donde se arremolinaban las hirientes palabras de Galina acabó por ceder. Fijó su mirada en el rostro de la mujer de Alexander y con voz clara dijo:

_Se que Alexander no me ama_ y se le heló el cuerpo al oír sus certeras palabras.

Aquella declaración pareció tranquilizar a Galina quien exhibió una mueca burlona.

_Entonces aléjese de él_ dijo, habló de forma imperativa y exigente.

Kataryna no respondió, solo se limitó a asentir con la cabeza.

Galina le dio la espalda y se dirigió con pasos rápidos a la carreta. Kataryna la vio alejarse llena de vanidad y altanería.

 Pero a pesar de que Galina había ganado esta partida, sabía con certeza que no había ganado aún el juego. Le quedaba un haz bajo la manga y pensaba hacer uso de él.

Kataryna se quedó plantada en su lugar, impotente, con el corazón en la garganta y los ojos llorosos. El cuerpo entero se le había quedado petrificado.  Motas negras flotaban en su campo de visión y de repente se sintió mareada. Se dio cuenta de que se había olvidado de respirar, de modo que abrió la boca y aspiró una gran bocanada de aire. Los ojos y el cerebro empezaron a aclarársele de inmediato. Al cabo de un momento se obligó a mover las piernas, pero se tambaleó y estuvo a punto de caer al suelo. Con dificultad se sostuvo de la puerta, meneó la cabeza con vehemencia intentando recobrarse. Entró en la casa, sintiéndose aún como una visitante en su propio cuerpo. Se dirigió a su habitación y se dejó caer en la cama, surcado de lágrimas el rostro pálido, oyendo el eco de las hirientes palabras: “No eres más que una campesina de poca categoría, ordinaria, tosca y absolutamente vulgar”. Se quedó allí removiendo, analizando la visión retrospectiva de su vida, su niñez, su desarrollo, sus limitados logros, sus excesivos fracasos, sus incontables sufrimientos, sus escasas alegrías, sus sentimientos.

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