HISTORIAS ENTRELAZADAS (KATARYNA y ALEXANDER) (fragmento)

Argentina, marzo de 1935.

I

Igor se hallaba sentado sobre la carrocería desvaída de un tractor que alguna vez había sido de un amarillo brillante, mientras observaba con atención lo que ocurría a su alrededor. Escuchaba los gritos de un grupo de chiquillos que jugaba con una pelota; el traqueteo de un camión abarrotado de madera cruzaba un sendero cercano, probablemente rumbo a Buenos Aires con su preciosa carga; el murmullo de la conversación de tres peones a pocos metros de distancia. Hacía calor, el sudor se le pegaba al cuerpo como si se tratara de una segunda piel.

Vio que los peones hacían circular el mate de mano en mano. Uno de ellos, un hombre bajo y algo subido de peso, chupó profundamente el mate, como si en vez de beberlo lo meditara, luego con el mate en la mano, se quedó pensativo, como si se hallara apesadumbrado o tal vez preocupado. Igor aún no podía comprender la predilección de los lugareños por beber aquel líquido caliente y amargo con semejante calor. Tal vez nunca llegaría a entenderlo.

Su nuevo empleo no estaba mal del todo, aunque nunca se acostumbraría a ser empleado de otros le daba cierta libertad de acción. No había hecho amigos, pero los peones lo respetaban, o tal vez les infundía miedo. Sea como fuera para él significaba lo mismo. Recordó a Ivanov y el visceral rechazo que sentía hacia él, pero pensó que en cierta forma le debía a él aquel trabajo. Pero la gratitud nunca se había encontrado entre la limitada lista de sentimientos de Igor, pero el odio y la envidia si figuraban. La evocación le hizo esbozar una sonrisa completamente desprovista de humor o de reconocimiento, por el contrario, fue de rabia y rencor.

El sol apareció desde atrás de una abultada nube, se sumergió detrás de otra y volvió a emerger lanzando grandes sombras que se precipitaban por el campo.

Otro camión zigzagueaba rugiendo por un sendero que bajaba en una pendiente empinada hacia un arroyo. La parte posterior del camión estaba llena de postes y alambres de púa, se dirigía a los linderos de la hacienda para reforzar la alambrada. El camión se hundió en un par de baches dio un bandazo, el guardabarros chocó con el suelo, se sacudió, pero logró seguir su camino mientras que en el rostro del conductor se reflejaba una expresión casi cómica de terquedad.

Se había levantado de pronto un viento caliente y turbulento que resonaba a través de la vasta campiña y que arremolinaba el polvo alrededor de los niños que jugaban en su improvisado campo de futbol. Las gotas de sudor les chorreaban por sus rostros como si se trataran de lágrimas y se alojaban como diamantes en sus cabellos. Uno de los niños corrió de espaldas en un intento por cabecear la pelota que volaba en su dirección configurando una curva parabólica. El niño tropezó con una piedra de regular tamaño y salió despedido, con los brazos extendidos. Una décima de segundo después su cabeza se topó contra el suelo y perdió el conocimiento. Igor y los peones se abalanzaron sobre el niño, mientras que los demás chiquillos se quedaron petrificados en sus puestos. El peón, algo subido de peso se arrodilló frente a la víctima y lo llamó por su nombre al tiempo que le daba suaves cachetadas intentado que reaccionara. El niño abrió los ojos, pero a Igor no le gustó la expresión que vio en sus ojos, opacos y distantes. Pero ¡qué diablos! Ese no era su problema. El niño se incorporó despacio y los hombres lo ayudaron a ponerse de pie. Minutos después el niño regresó al campo de juego.

Un jovencito de unos once o doce años se acercó a Igor, tenía una sonrisa mansa, los ojos fugaces despejados, inteligentes y bondadosos como todos los niños de esa edad. Le entregó una carta. Igor lo interrogó sobre su procedencia. El niño se encogió de hombros y con la voz extrañamente apagada le respondió que no tenía idea. Se alejó corriendo por donde había venido. Igor observó el sobre blanco y sus facciones se ensombrecieron, sus ojos se redujeron a finas ranuras, como si presagiara malas noticias. Atravesó el improvisado campo de futbol en dirección a la pequeña vivienda que ocupaba junto con otros tres trabajadores y pasó frente a la oficina del administrador.

Cuando estuvo a solas, abrió el sobre y a medida que la leía, sus ojos se fueron ensanchando ante la desagradable sorpresa. Se sintió inflamado de rabia, los ojos le refulgían como hogueras. Y una voz que había permanecido muda durante los meses que llevaba trabajando en aquella hacienda, no la voz de su consciencia, sino tal vez, el de la locura, se alzó bruscamente en su mente.

La ramera de su esposa lo estaba engañando.

No tenía idea de quien le había escrito aquella carta, pero quien haya sido le aseguraba que Kataryna tenía un amante. Rompió en pedazos la carta al tiempo que se paseaba de un lugar a otro como un animal enjaulado al tiempo que crecía su furia y su resentimiento. Pensó de inmediato en Ivanov, y las conjeturas que se había formado sobre su relación con Kataryna. Aunque no tenía la certeza de que mantenían un romance, algo, muy profundo en su ser le decía que era verdad.

 Ambos se lo pagarían, se vengaría de ellos, pero ¿cómo debería actuar? ¿Qué castigo se merecían? ¿Golpearla? ¿Matarlo? Esta idea le hizo correr un extraño escalofrío de excitación por el cuerpo, aumentando su sed de venganza. Sí, matarlo le ocasionaría un indescriptible placer. Pero todas ellas eran preguntas inquietantes que, en su estado de alteración, no estaba en condiciones de contestar. Sus perspectivas con respecto al futuro y por supuesto, acerca del camino que debía tomar eran aún inciertas.

Salió de su vivienda como alma que lleva el demonio, tomó su caballo y se dirigió al pueblo. Ingresó a una taberna y se dedicó a beber intentando lidiar con sus fantasmas, pero la bebida en vez de hacerlo olvidar solo atizó las brasas que lo quemaban en su interior.

Salió de la taberna tarde en la noche, le retumbaba la cabeza. Sentía las piernas horriblemente inestables, los músculos palpitantes y temblorosos, inseguros. Parpadeó de prisa varias veces en un intento por estabilizar su mente, pero el esfuerzo solo le sirvió para generar una oleada de mareo. El mundo pareció inclinarse peligrosamente primero, y luego girar vertiginosamente sobre sus ejes. Se sujetó del caballo y vomitó el contenido de su estómago. Un largo hilillo de materia viscosa quedó colgándole del labio inferior. Sintió una nueva arcada y volvió a vomitar mientras se llevaba una mano al estómago. Se secó la boca con el antebrazo y enseguida montó su caballo. No podía hacer nada aquella noche más que regresar a su vivienda y echarse a dormir.

Poco después del amanecer, su sueño pedazo a pedazo pareció disgregarse, cubriendo el fondo de su mente como algo que se hubiera fragmentado y aún no hubiese sido ordenado. Cuando al fin pudo sacudirse de su letargo, la cabeza empezó a palpitarle con fuerza, pero no le impidió tomar una decisión. Regresaría a Oberá, se vengaría de Kataryna e Ivanov para después desaparecer.

Tomó su caballo y se puso en marcha, giró hacia el oeste por la polvorienta carretera que atravesaba la plantación, recta como una cuerda. Pronto estaba avanzando a todo galope dejando detrás de él una estela de polvo rojizo. La jaqueca crepitaba y palpitaba en su cabeza, como si se tratara de un abrazador fuego que amenazaba con devorarlo por completo. Pero su rabia y su odio eran más fuertes, más devastadores.

 Durante la vida de Igor, ciertas actitudes revelaron en el mejor de los casos, su menosprecio por las mujeres, o lo que era peor su rencor hacia ellas. Se hallaba en un estado de furia inaudita y pronto tendría a Kataryna frente a él y ajustarían cuentas.

II

En medio del agudo chirrido de los grillos veraniegos que se amparaban en el bosque, de las luciérnagas que pespunteaban la oscuridad, Daryna y su madre disfrutaban del delicado y balsámico aroma de la noche, al igual que del beso de la suave brisa sobre sus rostros.

Sobaka correteaba de un lado a otro mientras la niña reía alegremente sin apartar los ojos de su mascota. Kataryna contemplaba complacida a su hija desde la hamaca, al tiempo que pensaba que la vida de la niña se había trasformado por completo. La facilidad tan característica de los niños para olvidar y perdonar la sorprendía. Daryna ya no recordaba las carencias y dificultades por las que había atravesado durante su corta vida. El futuro parecía prometedor. Pero bajo aquel perfecto cielo estrellado de verano, no podía adivinar que la felicidad que experimentaba estaba a punto de desvanecerse como la luz al llegar el crepúsculo.

La niña tomó una ramita seca y se la arrojó a Sobaka en medio de animados y estrepitosos ladridos. Daryna palmeó divertida cuando su peludo amiguito atrapó la ramita en el aire. Sobaka se acercó a la niña enseguida moviendo la cola, llevando el trofeo ganado en el hocico. Se detuvo a poca distancia de la niña y soltó la ramita frente a ella. Daryna emitió una divertida y efervescente carcajada antes de inclinarse y recoger la ramita. Apoyó su pequeño cuerpo sobre su pie derecho mientras que el izquierdo, situado un paso por detrás, con la rama en la mano derecha en posición de lanzamiento. Se movía mucho amagando el tiro. Sobaka observaba al improvisado juguete con ojos interesados y con la lengua afuera. Daryna amagó un par de veces más para después lanzar la ramita lejos de Sobaka quien salió disparado detrás del objeto.

El galope lejano de un caballo que parecía acercarse hizo que Kataryna experimentara una densa sensación de tensión que se le infiltró en el cuerpo. Oteó la vasta oscuridad con cierta preocupación, mientras la niña seguía jugando con el perro. Se puso de pie y se acercó a Daryna. Los cascos del caballo resonaban cada vez más cerca. El corazón de Kataryna dio un vuelco como si presagiara alguna perfidia.

Una figura desdibujada que parecía flotar en la oscuridad de la noche como si se tratara de un fantasma se acercaba con rapidez hacia ellas. Apenas unos segundos después, estuvo segura de que se trataba de Igor. En su rostro se dibujó una mueca de inquietud, pensó de inmediato que debía tener cuidado.

El jinete se detuvo a pocos metros de la madre y la hija. Desmontó de inmediato, amarró el caballo a un árbol y se acercó con pasos rápidos.

Cuando Daryna reconoció a Igor se acercó corriendo a él en medio de alegres palabras de bienvenida.

_ ¡Papa, papa, que alegría verte!

Igor le dedicó una extraña sonrisa, su rostro estaba crispado con algo parecido a una máscara grotesca. De inmediato la convino a que entrara a la casa con el perro y se encerrara en su cuarto. Le advirtió que no debía salir hasta que él la llamara.

Daryna se detuvo petrificada, observó a su padre pasmada y aterrorizada. Quiso protestar, pero algo en los ojos de su padre le advirtió que lo mejor sería obedecer. Llamó a Sobaka y enfilaron juntos el breve sendero a la casa. Se detuvieron a observar a Igor desde el umbral de la puerta. Las lágrimas brillaban en sus ojos.

La mueca de inquietud en el rostro de Kataryna se había borrado y la había sustituido una expresión combinada de sorpresa, estupor y terror de una mujer que se había convencido de que jamás volvería a sufrir a manos de aquel depravado y sin embargo estaba a punto de que volviera a ocurrir.

_ ¡Entra en la casa Daryna y has lo que te dije! _ le ordenó a la niña.

_Si papa_ contestó en un balbuceo casi inaudible que tembló en los labios de la niña.

 Finalmente obedeció mientras las primeras lágrimas rodaban por sus mejillas.

Cuando la niña cerró la puerta de la casa y dejó solos a sus padres, Igor se acercó a Kataryna mostrando los ojos inyectados en sangre y la mirada alienada. Sintió una fuerte punzada en la cabeza, luego se redujo a un leve murmullo.

_Pensaste que podías acostarte con quien quisieras y que no iba a enterarme_ dijo con una sonrisa perversa esbozada justo por debajo de las comisuras de los labios.

Kataryna pensó que su corazón iba a estallarle en el pecho en aquel preciso momento. Sintió que se le revolvía el estómago y que terminaría regando su contenido sobre los zapatos de Igor que se había acercado peligrosamente a ella. Dejó escapar un bufido de terror que solo sirvió para confirmarle a Igor lo que ya sabía con certeza.

_ ¡Maldita perra, no pudiste mantener las piernas cerradas! _ gritó con voz escabrosa, al tiempo que ceñía una de sus manos alrededor del cuello de Kataryna.

La hizo retroceder hasta que se topó con las gradas que llevan a la puerta de la casa, tropezó, se desplomó de espaldas y emitió un grito que se oyó amortiguado.

Igor la soltó y se quedó de pie observándola con los ojos desorbitados de furia. Kataryna se arrastró de espaldas hasta toparse con la casa. Se levantó lentamente con la espalda apoyada contra la pared, tenía los ojos desorbitados y los labios trémulos. No fue consciente de que las lágrimas le corrían por las mejillas.

_ ¡Ivanov, tenías que engañarme con Ivanov! _ gritó al mismo tiempo que se acercaba con calculada lentitud hacia ella.

Kataryna, desesperada se abalanzó sobre la puerta en un intento infructuoso por buscar refugio dentro de la casa. Sus manos temblorosas se resbalaron sobre el picaporte.

_ ¿Quieres entrar? _ preguntó Igor con una sonrisa de desprecio al mismo tiempo que sujetaba el picaporte con la mano derecha_ Será mejor que entres entonces_ agregó mientras abría la puerta de par en par.

Kataryna ingresó a la vivienda como si se tratara de un corderillo rumbo al matadero.

Igor la siguió de cerca y cerró la puerta con un puntapié. Kataryna se estremeció al oír el estrepitoso sonido. Quiso correr, buscar refugio tal vez en su habitación, pero estaba tan asustada que sus piernas se negaron a obedecerla. Se quedó petrificada en donde estaba. Llevaba las mejillas húmedas y brillantes, los labios pálidos y temblorosos.

_ ¡¿Pensaste que te saldrías con la tuya y que no me enteraría?! ¡¿Pensaste que podrías seguir acostándote con Ivanov y que no vendría a pedirte cuentas?!_ gritaba Igor con voz penetrante, resonante y ominosa.

Kataryna no respondió, se mantuvo callada, con los ojos dilatados y desesperados.

La jaqueca de Igor pugnaba por volver. Inhaló profundamente varias veces y la aplacó, pero aquel murmullo persistía. Sus propias palabras le parecían lejanas, aisladas detrás del siseo enfermizo de su cabeza.

Observó la mesa de la cocina con curiosidad, como si pensara encontrar sobre ella alguna prueba de la infidelidad de su esposa, pero lo que encontró fue una botella de vidrio vacía, que en algún momento habría servido para contener aceite. Se acercó a ella y la tomó por el cuello. La miró detenidamente por unos segundos, como si se hallara sopesando que hacer con ella. De pronto la descargó con fuerza contra una de las esquinas de la mesa. Se rompió y cuando Kataryna vio los trozos de vidrio dispersos por el suelo y el cuello fragmentado que empuñaba Igor, lanzó un chillido desesperado. Su rostro adquirió el color de un cadáver.

Igor empezó a agitar ligeramente la botella en dirección al rostro de Kataryna.

_ ¡Habla maldita puta! ¿Pensabas salirte con la tuya?

Kataryna levantó las manos a la altura de su rostro intentando calmar a Igor. Temblaba incontrolablemente. No tenía idea de que decir. ¿Qué se suponía que debía responder?

_Igor, piensa en Daryna_ fue todo lo que pudo articular.

Aquella respuesta pareció exasperar muchísimo más a Igor que volvió a agitar la botella. Una de las aristas fragmentadas de vidrio presionó la pálida piel de la mejilla por debajo del ojo izquierdo e hizo emerger una gota de sangre. Kataryna aulló. De pronto estuvo segura de que moriría a manos de aquel demente. No temió por ella, sino por la suerte que correría su hija.

Igor sonrió con ironía, dejó la botella astillada a un lado, sería demasiado fácil matarla, demasiado rápido. Tenía que hacerla pagar primero.

_Me llevaré a Daryna conmigo_ dijo mucho más tranquilo de lo que esperaba_ no pienso dejar a mi hija viviendo con una mujerzuela como tú­_ su voz sonó con frialdad despótica.

Kataryna quiso protestar, pero Igor le asestó una fuerte bofetada que en vez de aturdirla la puso en movimiento. Intentó deslizarse entre el estrecho pasaje que quedaba libre entre la mesa y la estufa. Los ojos de Kataryna se veían desmesurados y aterrorizados. La gota de sangre se extendió por su rostro como una lágrima escarlata.

El tiempo pareció congelarse en aquel momento para luego trascurrir en cámara lenta.

Igor intentó agarrarla, pero Kataryna retrocedió encogida contra la estufa mascullando y gimiendo, pero entones dio media vuelta con la intención de salir corriendo hacia su habitación y encerrarse en ella.  Igor se abatió sobre ella como un ave de rapiña sobre un ratón de campo y la detuvo antes de que pudiera lograrlo, con una mano sujetándola del cuello y la otra envuelta en su pelo. La zarandeó como si se tratase de una muñeca de trapo y luego la lanzó contra la pared y la hizo rebotar con una fuerza arrolladora que solo se les atribuye a los dementes. Y cuando ella intentó una vez más escapar, él la abofeteó primero y luego agarró una olla situada junto al fregadero y se la lanzó en la frente. Inmovilizó a su esposa y la golpeó en el estómago con potencia cruda, arrolladora y furiosa haciéndola girar sobre sí misma. Kataryna se tragó un grito y se desplomó en el suelo.

 Igor se acercó a ella, Kataryna oía los chirridos de las pisadas sobre los fragmentos de vidrios rotos. Igor se acuclilló delante de ella, la sonrisa diabólica jugueteaba en sus labios. Las facciones de Kataryna se convulsionaron en un inquieto gesto de terror y estupor. El cabello se le pegaba en mechones a su sudorosa mejilla y de pronto sintió como si se hubiese tragado una gigantesca roca ardiente. Se esforzaba por llenar sus pulmones con aire.

Igor jadeaba. Parecía una fiera a punto de clavar sus colmillos en el cuello de su presa. El cabello oscuro, le caía en torno a la cara roja en mechones apelmazados mustios y desgarbados, como si acabara de tomarse un baño. Los ojos inyectados en sangre parecían a punto de salírsele de las órbitas. Tenía una expresión dementemente repulsiva, preso de una jaqueca enceguecedora. 

Kataryna miró a Igor con expresión despavorida. Un segundo después recibió otra fuerte bofetada que la dejó aturdida. Las cosas parecieron diluirse. Se alejaron. Los fragmentos de vidrio alrededor de su cabeza, los pies y las piernas de Igor. Sus manos asumieron un aspecto borroso y confuso.

La jaqueca de Igor se había reducido a una palpitación sorda, su campo de visión sufrió un repentino cambio. Las imágenes danzaban y se enmascaraban caóticamente frente a sus ojos. Alborotó sus cabellos con sus manos como si intentara ahuyentar un enjambre de insectos. Su juicio se había eclipsado por completo sumiendo su alma en la oscuridad y el odio.

_Ahora mira esto_ dijo levantando sus manos brevemente y luego dejándolas caer a sus costados_ mira tu rostro, nadie volverá a mirarte. Pronunció aquellas palabras con indecible satisfacción y sarcasmo.

Apoyó una rodilla en el piso y blandió su mano derecha sobre su cabeza con la intensión de arremeter de nuevo contra ella, cuando la puerta de la vivienda se abrió de golpe. Igor se levantó de un salto y clavó sus ojos furiosos en Alexander que acababa de entrar. La mirada de Ivanov se dirigió a Kataryna tirada en el suelo y se estremeció a pesar de la noche calurosa.

Igor esbozó una sonrisa diabólica y Alexander se propuso borrársela de la cara a golpes.

_ ¡Maldito depravado! _ gritó Ivanov con una mirada feroz, rebosante de odio al tiempo que se abalanzaba sobre Igor y lo empujaba contra el armario de la despensa. La puerta cedió y se abrió regando su contenido. Sacos de azúcar y harina se esparcieron por el suelo. Alexander arremetió de nuevo contra Igor asestándole un golpe seco y furioso en el estómago con la rodilla. Igor se dobló por la mitad, pero al segundo siguiente, saltó sobre Alexander lanzándole un puñetazo directo al rostro que el exsoldado pudo esquivar con rapidez. Alexander lo atacó por detrás sujetándole del cuello y obligándolo a tenderse en el suelo. Se sentó a horcajadas sobre el pecho del desquiciado hombre y le propinó una lluvia de puñetazos en el rostro. El segundo golpe le rompió la nariz y Alexander vio con claridad como un fino chorro de sangre se proyectó hacia un lado salpicando el piso de carmesí. Los siguientes golpes cayeron sobre su ojo izquierdo y sus labios, Igor los sintió entumecidos en cuestión de segundos. Aulló mientras movía las piernas y los brazos de forma convulsiva, como un nadador que intenta en vano flotar en el agua, cuando sobre su pecho carga un lastre pesadísimo que amenaza con hundirlo.

En aquel instante Daryna abrió asustada la puerta de su habitación, a pesar del miedo no pudo continuar encerrada al oír los gritos y el tumulto. Abrazada a Sobaka se puso a llorar desconsolada. Los alaridos de dolor de Igor se elevaron por encima de los llantos de Daryna. Alexander se detuvo al ver la desesperación de la niña y las suplicas de Kataryna. Bajó la mirada y pensó que Igor había tenido suficiente. Se incorporó, miró con ojos brumosos primero a Daryna, luego a Kataryna y después a Daryna otra vez. Con la voz más suave de la que fue capaz instó a la niña a que regresará a su habitación, asegurándole que todo estaría bien. Daryna lo miró con temor y desconfianza, pero al oír a su madre que le suplicaba que obedeciera, entró de nuevo a su habitación y cerró la puerta.

Ivanov se acercó a Kataryna, se arrodilló frente a ella, tenía el rostro morado e hinchado, un estremecimiento agitaba su labio superior. El cabello rubio pegado a la mejilla enrojecida manchada de sangre. Alexander vio una oleada de terror y dolor reflejada en el rostro de Kataryna. Apenas tenía los ojos abiertos, respiraba con dificultad como si acabara de tomar parte en una carrera.

_ ¿Te encuentras bien? _ preguntó cuando sabía perfectamente que aquella era una pregunta estúpida.

_Estaré bien_ respondió con un sollozo de frustración, de desesperación mezclado con el dolor que le subía por oleadas desde el estómago hasta la cabeza.

Mientras tanto Igor se incorporó con dificultad, se sentó en el suelo con las piernas flexionadas. Volvía a atacarlo la jaqueca que le palpitaba al compás del sistemático latido de su corazón. Se masajeó las sienes con las palmas de sus manos. En sus ojos se veía como la rabia y la escasa razón que le quedaba se disputaban el control. Se sentía agotado, y maltrecho, pero el odio, así como la adrenalina, lo mantenían enardecido.

Se puso de pie. Por un instante pareció tambalearse, pero emitió un gruñido furioso, gutural, como el de un animal herido y se abalanzó sobre Ivanov que aún se hallaba de rodillas junto a Kataryna. Le asestó una potente patada en el lado derecho del abdomen, emitió un fuerte bramido de sufrimiento al tiempo que sentía que algo se le desgarraba por dentro. Cayó de espaldas en el suelo e Igor aprovecho para propinarle otra patada. Alexander volvió a bramar. La herida que le había causado el yaguareté parecía despertar de su letargo y atacarlo de nuevo.

Igor soltó una carcajada diabólica. En sus ojos se reflejaron una expresión irónica, burlona y a la vez perversa. Observó a los amantes tendidos en el suelo indefensos y a su merced con una mirada que denotaba una inquietante y malévola frialdad. Gritó a voz en cuello un torrente de obscenidades para luego propinarle a Alexander otra patada en el estómago quien sintió de pronto un dolor ardiente, como si tuviera alojado en el estómago brazas encendidas. Se quedó sin respiración y un agudo vértigo lo desorientó momentáneamente.

Igor recorrió el lugar con la mirada como si buscara algo. Sus ojos se encendieron cuando vio el cuello de la botella rota. Lo empuñó amenazante.  Con la mente ya de por si perturbada, arremetió contra Ivanov con una peculiar sensación de euforia desenfrenada.

Al comienzo Alexander no sintió dolor solo la calidez de la sangre que se escurría por un lado de su brazo izquierdo. Luego llegó el dolor, fue como si un insecto tan grande como una redoma lo hubiese picado e inyectado su ponzoña.  Alexander tomó aire en una inhalación rápida, larga y siseante.

Igor observó con una sonrisa cínica y empedernida lo que él consideraba su obra maestra. Otra punzada de dolor lo atacó en ese momento y soltó la botella, que cayó al lado de Ivanov.

Igor bamboleante, retrocedió, necesitaba descansar, sentía que la cabeza estaba a punto de estallarle. Salió a través de la puerta alzando las manos sobre su rostro, dio un traspié y cayó sentado en el suelo. Se quedó sentado en la hierba por un momento y apoyó la cabeza en las rodillas mientras esperaba que la jaqueca remitiera.

Mientras tanto, Alexander se obligó a alzarse sobre una rodilla y sacudió la cabeza para aclarase la mente. Observó la herida, era extensa, pero parecía ser superficial. Se incorporó con mucha dificultad, con los labios apretados en una fina rendija. Alexander inspiró una profunda bocanada de aire, apretó los dientes y se puso de pie.

Cuando intentó salir en busca de Igor lo asaltó de nuevo el dolor en el abdomen, con unos tentáculos que se extendieron por la zona dorsal. Parecían intensificarse y disminuir al ritmo de los latidos de su corazón.

 El dolor en el abdomen había remitido hasta reducirse a un leve murmullo, pero no le gustó el bulto duro que sintió por debajo del esternón. Se encorvó sobre el fregadero, se aferró con la mano izquierda y se apretó el costado con la derecha. Aspiró profundamente un par de veces y se incorporó. Tenía el cabello erizado por delante y alrededor de la cabeza, como un ave encolerizada. Se deslizó una mano por el cabello erizado, desordenándoselo aún más.

 Salió de la casa lo más deprisa que pudo, no dejaría que Igor se saliera con la suya, debía pagar por lo que le había hecho a Kataryna.

En la oscuridad, Igor intentó montar su caballo, pero le fue imposible, estaba magullado y maltrecho. Las palpitaciones de su cabeza se trasformaron en un sonido agudo, persistente, que le martillaban los oídos. Algo parecido a un acorde fino e ininterrumpido.  Se presionó las sienes con los dedos como para evitar que le estallara el cerebro. Tenía el ojo izquierdo tan hinchado que no podía ver, pero percibió una figura vaga y fantasmagórica que se abalanzaba sobre él.

Ambos hombres, enzarzados en la lucha, se debatieron, fuerza contra fuerza, intentando conseguir una ventaja que pudieran convertirla a su favor. Gruñían por el esfuerzo, sin decir palabra, dejando que la lucha hablara por si sola. En cierto momento Ivanov consiguió aquella ventaja que estaba buscando. Envolvió el cuello de Igor con sus manos y apretó con fuerza. Podía haberlo matado, pero pensó que el que mata no hace más que levantar el cimiento de nuevas execraciones y no deseaba agregar una más a la lista que cargaba sobre su espalda. Lo dejó libre y cansados rodaron por la tierra y permanecieron jadeando con la mirada hacia el cielo estrellado por algunos minutos.

Dejó que Igor montara su caballo y huyera, trató de convencerse de que era lo mejor, aunque una voz en su interior le advertía que debía tener cuidado.

Ingresó a la casa con pasos vacilantes y se acercó a Kataryna. La ayudó a incorporarse. Kataryna permaneció sentada en el suelo con la espalda apoyada contra la pared. Bajó la cabeza y su garganta se convulsionó dolorosamente. Los sollozos irrumpieron y la luz de la lámpara refulgió en sus lágrimas. Cuando se sosegó un poco se puso de pie y caminó hasta la mesa de la cocina, no hizo tanto como sentarse en una silla, sino que se derrumbó en ella. Se le contrajo el estómago y le entraron ganas de vomitar, pero logró contenerse.

_ ¡Daryna! _ dijo con voz afectada.

Alexander fue hasta la habitación de la niña y abrió la puerta. La halló tendida debajo de su cama acompañada por Sobaka. Tenía los ojos muy abiertos y temblaba de pies a cabeza.

Alexander le habló con dulzura y la ayudó a salir de su escondite. La tomó en brazos y la llevó hasta su madre. La niña se quedó poco menos que aterrorizada cuando vio el estado en el que se encontraba su progenitora.

Kataryna la abrazó y le repitió una y otra vez que todo estaría bien hasta que la niña se quedó dormida.

Alexander decidió pasar la noche en casa de Kataryna, temía que Igor regresara con la idea de terminar lo que había empezado. Aquella decisión le produjo la extraña sensación de que había dado un paso irrevocable que cambiaría su vida.

Kataryna también se quedó dormida, pero unos sueños terribles y espantosos cubrieron su duermevela. Despertó sobresaltada y pasó el resto de la noche mirando la oscuridad por la ventana en medio de fuertes dolores, oyendo los grillos y algún que otro ululato de lechuza.

III

Kataryna se incorporó en la cama. Tenía un horrible moretón debajo del ojo en donde Igor le había punzado con la botella, además de una grotesca hinchazón en todo el rostro. Sintió el vientre palpitante e hinchado. El dolor la abrazaba todo el abdomen. Se puso de pie con dificultad y se observó en el espejo. El ojo izquierdo estaba rojo, inyectado en sangre, pero el derecho mostraba una expresión despejada.

Se dirigió con pasos lentos hasta la salita en donde encontró a Alexander dormitando. Había pasado la noche en vela, alerta por si Igor decidía regresar.

Al oír pasos, Daryna salió de su habitación, llevaba una expresión temerosa e inquieta. La miró de hito en hito con los labios entreabiertos y los ojos como platos. Kataryna intentó sonreír, pero su boca hinchada solo pudo retorcerse.

Alexander despertó de su ligero sueño y obligó a Kataryna a que se sentara. Le dio de comer a la niña. La enviaron a la escuela pensado que sería lo mejor para todos. No era conveniente que se quedara en casa viendo en aquel estado a su madre, como un recordatorio constante que el desgraciado de su padre estuvo a punto de matarla.

Alexander la guio después hacia la cocina en donde una taza humeante de café la esperaba. Kataryna sintió de pronto náuseas y se apresuró al fregadero en donde arrojó un líquido viscoso y espeso. Cuando terminó de vomitar y se sentó junto a la mesa con la cabeza gacha y el cabello cayéndole sobre el rostro, Alexander se dispuso a hablar.

_Ayer dejé que se fuera, pero estuve pensando que deberías denunciarlo, estuvo a punto de matarte_ dijo su voz sonaba firme, pero al mismo tiempo sosegada.

Kataryna sintió una extraña mezcla de humillación, avergüenza, vacío y abatimiento. No se hallaba en condiciones de tomar una decisión como esa. Pensaba en su pequeña y en el amor que sentía por su padre. Además, un escándalo como ese correría como reguero de pólvora. Como decía el dicho: “Pueblo chico, infierno grande”.  Los pensamientos de Kataryna se rompieron tan limpiamente como una rama seca en una tormenta cuando Alexander volvió a hablar.

_No hay forma de esconder lo que ha sucedido, tenemos que afrontarlo.

No se atrevió siquiera a mirarlo, en cambio se llevó ambas manos a su estropeado rostro y empezó a llorar.

Deja un comentario