IV
Igor había pasado la noche en uno de los graneros de la hacienda en donde preparó una improvisada cama con paja y una vieja manta. Cayó dormido de inmediato, como si en vez de haber estado a punto de matar a la madre de su única hija hubiera tomado parte de una alegre fiesta.
Cuando despertó, percibió un sabor metálico en la boca. Le ardía los ojos, la garganta y el estómago. La idea que lo perseguía en la cabeza en una continua espiral era: “Esa zorra nunca terminará de pagármelas”
Le palpitaba aún la cabeza, parecido a un murmullo sordo y persistente, soportable, manejable.
Se aseó lo mejor que pudo y sin pérdida de tiempo dispuso todo para su huida. Pero antes de dejar Oberá para siempre, debía encargarse de un pequeño detalle. El detalle que terminaría por hundir a Kataryna. La puta desgraciada se acordaría de él por el resto de su vida.
En aquel momento experimentó un aguijonazo, un violento azote en la cabeza. Tuvo la sensación de que le habían clavado con una aguja larga y gruesa. Dejó escapar un grito tanto de dolor como de conmoción. Se masajeó los nódulos pulsátiles de las sienes con las palmas de las manos en un intento por suprimirlos o por lo menos aplacarlos.
Cuando el dolor aflojó un poco, montó su caballo, y el estómago le palpitó al mismo ritmo que el dolor de cabeza. Había olvidado los golpes que Ivanov le había propinado en el abdomen.
Se dirigió a la escuela en el pueblo. Habló con la maestra, mintió diciendo que había sufrido un accidente y que se llevaría a Daryna a la casa. La maestra mostró algo de recelo al ver el aspecto de Igor, pero este terminó por convencerla.
Daryna se mostró asustada cuando vio a su padre. Igor se dirigió a ella doblándose hacia adelante con las manos en las rodillas. Aquella posición le suponía a Igor un gran esfuerzo, pero necesitaba que la niña confiara en él.
_Lo que sucedió anoche nada tiene que ver contigo_ dijo con una sonrisa que debió parecer encantadora pero que resultó ser algo grotesca. _ Eres mi pequeña y te amo. Quiero que demos un paseo.
Daryna lo miró con los ojos desmesuradamente abiertos, pero no se atrevió a replicar.
Igor montó el caballo y la ayudó a sentarse a horcajadas delante de él. Salió del pueblo lo más rápido que pudo sin levantar sospechas. Debía asegurarse de que nadie lo viera y con ese pensamiento en mente, abandonó el camino principal y anduvieron por un sendero difuso que se internaba entre los árboles.
A una distancia prudencial Sobaka los seguía meneando la cola de acá para allá. Al parecer, el perro había resuelto acompañar a la niña a la escuela y cuando la vio montar a caballo no tardó en decidir lo que debía hacer.
Igor no se percató cuando el escaso rastro de sendero desapareció y su rumbo le llevó entre sublimes árboles y grandiosos paisajes. Torció a la izquierda bordeando un ancestral lapacho provisto de un gran tronco. Trecientos metros por delante de esa curva, el caminito que apenas se dibujaba terminó a orillas del gorjeante río Paraná. Detuvo su caballo, se enjugó el sudor de la frente con el brazo, y miró el río.
La jaqueca volvía a atormentarlo. Decidió descansar un rato. Padre e hija desmontaron debajo de un gran árbol. La niña corrió de inmediato al encuentro de su amiguito.
Igor sintió de nuevo un sabor metálico en la garganta. Bajó la cabeza, escupió entre sus botas una mezcla de saliva y sangre, luego se limpió la barbilla con el canto de su mano.
Oteó el horizonte fijamente y luego prestó atención a cúmulo móvil de nubes en el cielo. Un bote se movía deprisa en la otra orilla, impulsado por la fuerte y traicionera corriente del río. Los dos hombres que navegaban en él, no se percataron de la presencia de los viajeros.
Una desgarradora punzada en la cabeza lo obligó a echarse en el suelo. A la punzada, de inmediato le sucedieron las palpitaciones. Pensó que debía dormir un poco, pero no podía dejar descuidada a la niña.
La niña, la niña era su as bajo la manga, su jaque mate.
Kataryna lo había hechizado con sus senos redondos y abultados, con su esbelta figura, sus cabellos largos, la insolencia y desafío de sus ojos. Se juró a si mismo que terminaría por domar a aquellos ojos y con aquella jugada magistral terminaría sometiéndola, aunque no estaría en la hacienda para verlo. Regresaría a Ucrania así fuera lo último que hiciera y se llevaría a la niña consigo. En su sorprendentemente deformada concepción del matrimonio pensaba que estaba en su derecho de hacerlo.
Sintió de pronto que se le nublaba la visión y volvió a sentir otra fuerte punzada. Su respiración se aceleró y le constó respirar.
Daryna jugaba con Sobaka ajena al estado cada vez más deteriorado de su padre.
Igor cerró los ojos. A pesar del calor, un sudor helado le recorrió el cuerpo. Otra punzada feroz le azotó la cabeza. Su consciencia parecía volar a gran velocidad alejándose de él cada vez más deprisa. Vio de pronto que todas las nubes estaban en movimiento, se alejaban para luego regresar con velocidad frenética y rodar hasta él. Pero extrañamente no tuvo miedo. Se puso de pie con los ojos vidriosos fijos en un algún lugar lejano de la realidad. Vio un puente que flotaba sobre el río, suspendido de hilos invisibles y a su padre que le hacía señas para que cruzara.
Llamó a la niña con voz imperiosa. Daryna se acercó a Igor con el temor reflejado en sus ojos brillantes. Igor la tomó en brazos. Daryna se removió inquieta. Le pidió a su padre que la depositara en el suelo. La voz de la niña sonó ahogada como si algo le oprimiera la garganta hasta reducirla al tamaño de un junco. Igor no le prestó atención, seguía con la mirada perdida en algún punto de la otra orilla.
Sobaka empezó a ladrar con desesperación, como si presintiera que algo terriblemente funesto estaba a punto de ocurrir.
En su enferma mente Igor, volvió a ver a su padre que le sonreía y lo alentaba a que cruzara el puente. Un puente maravilloso que lo llevaría hasta su Ucrania querida, hasta los campos que le habían sido arrebatados, y que volverían a ser suyos para siempre.
Miró el puente, solo debía tomar impulso y de una zancada lo alcanzaría. Saltó, pero lo que halló fue agua. Avanzó despacio y Daryna gritó y se removió aterrada. El agua le llegaba a Igor a la altura del pecho. Sobaka, parado en la orilla no dejaba de lanzar ladridos que más parecían lastimeros aullidos.
Igor siguió caminando su imaginario y mágico puente, su padre parecía estar cada vez más cerca. Lo atacó entonces la peor de las punzadas que hizo estallar algo dentro de su cabeza. Algo que había estado creciendo dentro de él comprimiendo su cerebro, mermando su cordura. Las rodillas se le doblaron y se hundió en el agua al tiempo que soltaba a la Daryna quien cayó a las turbulentas aguas de inmediato.
La niña intentó gritar, pero el agua que ingresó violentamente a su garganta se lo impidió. Manoteó desesperada intentando salir a flote.
Mientras se sumergía en el agua, Igor vio extenderse delante de él ensoñadores campos, cubiertos por blanca niebla allá en su natal Kiev. Una sonrisa de regocijo se esbozó en su rostro antes de que su corazón latiera por última vez.
Sobaka se lanzó al agua tan lejos como le permitieron sus fuerzas, en un intento por salvar a su ama. Nadó contra corriente, hasta alcanzarla. La tomó del cuello del vestido con el hocico y trató de halarla hasta la orilla. Al principio pareció que lo lograría, pero un remolinó lo venció y terminó arrastrando a ambos a las profundidades del caudaloso río. Los aterrorizados ojos de Daryna vieron fragmentos de una realidad terrible y sin ningún sentido, los últimos fragmentos que verían.
V
Cuando la carreta que traía a los niños desde la escuela llegó sin Daryna, Kataryna sintió que el mundo se le caía encima. La desesperación la invadió de inmediato. Sintió que todo giraba a su alrededor, cerró los ojos y Alexander tuvo que sostenerla para que no cayera al suelo. La recostó en la cama y colocó una mano extendida sobre su frente como si intentara determinar si tenía fiebre. Con el rostro dirigido hacia el techo y los ojos cerrados Kataryna mascullaba palabras ininteligibles. Intentaba aspirara bocanas profundas de aire para despejar su mente, no podía perder la cordura en aquel momento, debía buscar a su hija. Abrió los ojos y comprobó que la habitación había dejado de dar vueltas. Murmuró algo, le costaba hablar como si su voz tuviera que deslizarse a través de un pasadizo estrecho y lleno de obstáculos. Alexander acercó su oído a su boca y entendió que decía: “Igor se la llevó, tengo que encontrarla”.
Alexander no necesitaba que ella lo dijera, estaba seguro de que había sido el cruel, despiadado y sádico de Igor. Intentó tranquilizarla antes de salir de la casa y dirigirse a la hacienda para formar un grupo de búsqueda, asegurándole que la encontraría.
No se detuvo en la Casa Grande a dar explicaciones ni a conversar con Juan que lo observó con mirada de perplejidad, se dirigió de inmediato al establo a ordenar a los hombres que se prepararan para salir en busca de Igor. No tenía tiempo que perder.
La noche anterior llegó a pensar que el destino había llevado a Kataryna hasta Buenos Aires en donde la conoció. Era como si la mano de un ajedrecista la situara en el mismo espacio y tiempo que a él, para salvarle la vida. Como si ella fuera una pieza importante en aquella partida. Pero eso implicaría la intervención de un ser superior en el cual no creía. Y si existiera aquel ser, aquel ajedrecista universal, ¿a qué se reducían las demás piezas de aquel juego?: su padre, su madre, sus amigos, las fallecidas hijas de Kataryna, hasta la misma Tatiana, ¿a simples peones sacrificados? Se preguntó que pieza sería él, una torre, un caballo, un rey. ¿Era en realidad tan importante? o solo otro peón más, en aquel juego macabro que representa la vida. En ese momento, mientras ensillaba su caballo pensó que estaba a punto de descubrirlo.
A pesar de los golpes y las heridas que había recibido durante la lucha de la noche anterior, no sentía mayores molestias. Pensó que podía atribuir aquel detalle a la avalancha de adrenalina que aún recorría su cuerpo, pero estaba seguro de que aquello no duraría mucho.
Eran más de las tres de la tarde cuando Alexander y sus hombres salieron en busca del rastro de Igor. Nadie lo había visto desde que recogiera a la niña de la escuela. Alexander pensó que Igor tenía dos opciones: dirigirse hacia Paraguay o dirigirse a Buenos Aires e intentar tomar un barco que lo llevara a Europa. La opción más lógica era huir hacia Paraguay, pero en la mente desquiciada de Igor no funcionaba la lógica. Intentaría llegar a Buenos Aires y zarpar para Europa, pensó Ivanov.
_ ¡Debemos dirigirnos hacia al sur! _ ordenó a sus hombres.
Pero tuvo una extraña corazonada, si Igor quería pasar desapercibido debió de utilizar algún camino alterno, algún sendero escondido en medio del campo, tal vez en medio del bosque, al menos hasta que saliera de Oberá y se sintiera seguro de no ser descubierto.
Dirigió al grupo de hombres al suroeste esperando que sus corazonadas resultaran certeras, porque de lo contrario Igor lograría evadirlos.
A medida que pasaba el tiempo la ansiedad y la preocupación de Alexander iba en aumento. Empezó a dudar de que su análisis de la psicología de Igor haya sido el correcto.
A eso de las cinco y media de la tarde llegaron a la orilla del río. Se detuvieron para descansar y estudiar cuál sería su siguiente paso. Juan se cebó un mate y se perdió en sus pensamientos. Otros recorrieron la orilla en busca de pistas.
Alexander contempló el río por un momento, sintiendo cómo el sofocante día estival estaba menguando para ceder paso a una suave brisa nocturna. Suspiró, la noche estaba a punto de caer y no había rastros de Igor y Daryna.
El movimiento de unas aves captó su atención.
Los Biguás se lanzaban en picada, golpeaban el agua con un sonoro estruendo de espumas, hundiéndose, luego se elevaban de nuevo con algún trofeo de caza en sus picos, con un rastro de gotas plateadas que chorreaban de sus negras alas.
Uno de los hombres se acercó corriendo, había hallado el caballo de Igor amarrado a un árbol, a menos de doscientos metros de distancia y no había rastros de él ni de la niña.
El corazón de Alexander dio un vuelco, aquello no era un buen augurio.
El sol se había ido, pero aún quedaba una reluciente banda de color anaranjado sobre el horizonte interrumpida en varios puntos por la silueta de los árboles.
Juan chupó el último sorbo de su mate y se apresuró a seguir a Alexander en dirección al hallazgo.
Al llegar al lugar, fue como si un boxeador invisible acabara de propinarle a Ivanov un puñetazo en el estómago, el panorama se tornó de pronto aterrador. El caballo estaba en perfectas condiciones, no había razón alguna para que lo abandonaran en medio de la nada. Su mente se nubló por unos minutos, se negó a reconocer que aquello podía significar algo catastrófico. Sacudió la cabeza para tratar de despejar su mente, se acercó con pasos lentos hasta la orilla. A medida que la oscuridad descendía sobre aquella parte del mundo, su corazón se hizo más ligero y su mente algo más lúcida
Pronto, las estrellas destellaron sobre la profunda oscuridad y Alexander tuvo que conformarse con esperar a que amaneciera.
Acamparon frente al río. Juan le cebó un mate y se lo ofreció. Alexander que no tenía por costumbre beberlo, tomó el mate y se concentró profundamente. Pensó que a veces los infaustos acontecimientos oscilan sobre bisagras pequeñas. Se obligó a pensar en las posibilidades. Una idea surgió en su mente como si procediera desde la otra punta de un lejano pasillo. Aquella idea le causaba repulsión, pero tuvo que reconocer que la probabilidad de que fuera certera era muy elevada. Tuvieron que haber sufrido alguna clase de accidente, y si se hallaban cerca a la orilla esto podría significar que… Sacudió la cabeza y se obligó a eliminar aquella terrorífica idea de su mente. En la noche estival, entre las nubes la luna iluminó el lúgubre rostro de Alexander.
Cuando la aurora empezó a despuntar coloreando el oeste con tenues tonos de amarillo y naranja, los hombres se pusieron en movimiento.
No habían pasado más de dos horas cuando Ivanov oyó unos gritos de alarma. Aspiró profundamente e intentó preparase para lo que vendría.
Siguiendo la corriente del rio, a poco más de quinientos metros, varados entre unas rocas se hallaban los cuerpos de Daryna y Sobaka, entrelazados en un macabro abrazo. Alexander sintió una profunda repulsión y un terrible espanto. Se acercó vacilante al tiempo que dos de los hombres recogían los cuerpos del agua y los depositaban sobre la hierba. Permaneció por unos segundos paralizado por el pavor y el asco.
Observó el cuerpo de la niña con ojos atormentados, solo vio los huesos de las orbitas, los globos oculares habían desaparecido. El labio superior había corrido con la misma suerte. Un cardumen de pirañas se había dado un festín con su angelical rostro.
Contempló entonces a Sobaka. Sintió una profunda admiración por el amor incondicional y la lealtad de aquel perro que murió al lado de su ama intentando de seguro salvarle la vida.
Sintió entonces una sensación de horror, apenas contenido. Horror aguardando su hora de entrar en acción. Le sobrevino una fuerte nausea, se llevó una mano a la boca y tuvo que alejarse de aquella terrible escena. No pudo evitar vomitar y un viscoso líquido le quedó chorreando lentamente como una nauseabunda baba espesa. Pero no había nada más nauseabundo que aquella terrorífica escena. Y de pronto sintió revolverse dentro de él una profunda rabia, una profunda cólera hacia Igor. No podía existir algo más ominoso que la muerte de aquella inocente niña.
Sobre Kataryna habían dejado sus huellas, lenta pero inexorablemente el hambre, los rencores, los desengaños, los inviernos que la desalentaron, años de catástrofes, las muertes de sus hijas, los fantasmas que en sus pesadillas la acosaron. Había sobrevivido a todo eso, pero Alexander no estaba seguro de que pudiera sobrevivir a la muerte de Daryna. Temía que la llevara al borde de un abismo en cuyo fondo terminaría hundiéndose en las profundidades de la miseria y la desgracia. Y, sin embargo, en una extraña forma, tuvo la certeza de que él, formaría parte de su sobrevivencia.
Cerró los ojos por unos momentos, aspiró profundamente el aire de aquella terrible mañana de marzo y se dispuso a regresar a Oberá y enfrentar a una madre con la más terrible de las realidades.
VI
Alexander se abrió paso por un pequeño grupo de curiosos apostado frente a la casa de Kataryna. A la luz de la mañana, la gente presentaba un color pálido y ligeramente desvaído. Parecían moscas revoloteando en un basurero. Cuando estuvo dentro, no necesitó pronunciar palabra alguna para que Kataryna leyera lo que traía escrito en la cara.
Supo enseguida que eran malas noticias, notó esa sensación de hundimiento en el estómago como el que produce cuando se atraviesa un bache a gran velocidad. Palideció de inmediato, intentó gritar algo, pero Ivanov no pudo oírla, porque aquella escena se desarrolló como en una película muda. Pero no le impidió quedar despedazado por aquel grito inaudible y por su expresión pavorosa.
Kataryna creyó que en ese momento enloquecería. Su cuerpo se estremeció violentamente. Aspiró con fuerza y lanzó un inmenso y espantoso grito de dolor que retumbó en toda la casa. Antes de desmayarse lanzó una mirada sobre el hombro de Ivanov como si esperara ver a su hija entrando por la puerta y profirió un último alarido desconsolado, un sonido que atravesó las cabezas de los curiosos como esquirlas de cristales rotos.
Cuando recuperó la consciencia, Alexander contempló a una mujer a punto de perder la cordura, llevaba en el rostro un rictus de terror, o de desconsuelo, o de ambas cosas. Pensó que sería incapaz de soportar otro sufrimiento más en su vida.
_Necesitas beber algo_ dijo Alexander.
La voz de Ivanov parecía centellear con un leve eco, como si llegara hasta Kataryna desde la otra punta de un largo pasadizo.
Ella no respondió, se sentía mareada y desorientada. No recordaba muy bien lo que había pasado.
_Te ayudaré a sentarte para que bebas un poco de té.
Se obligó a si mismo a hablar con lentitud, en voz baja pero firme para que ella reaccionara.
Pero la voz de Alexander ya no centelleaba en un pasadizo, a pesar de que estaba sentado justo al lado de ella en la cama, parecía proceder ahora desde un lugar lejano en medio del campo.
El mareo fue cediendo poco a poco, fijó los ojos en Alexander y cuando habló su voz sonó apagada, sin vida.
_ ¿Dónde está mi hija?
Alexander tomó una de sus manos y con la cabeza gacha, le narró los terribles acontecimientos. Intentando prepararla para afrontar lo que vería. Pero ¿era acaso posible algo como eso?
_ ¿Dónde está mi hija? _ volvió a preguntar.
Alexander la dejó sola por unos segundos, se acercó a la puerta y con un gesto le indicó a Juan que trajera el cadáver. En pocos minutos el cuerpo sin vida de Daryna estaba tendido sobre su cama en el que sería su último y más profundo sueño. Kataryna entró a la habitación poco después con la espalda encorvada, parecía que había envejecido décadas en cuestión de minutos. Arrastrando los pies llegó hasta la cama en donde descansaba su hija. No había palabras para describir el dolor que sintió al descubrir el estado en el que se encontraba el cuerpo de su pequeña y única hija. Deseó odiar a Igor por todo el daño que le había ocasionado. Deseó revelarse y odiar a Dios por permitir aquella espantosa muerte de una inocente. Pero su corazón estaba extrañamente vacío. Su mente estaba en blanco. Tal vez simplemente estaba cansada de luchar. Ya no tenía a nadie por quien vivir, pero sin embargo debía sobrevivir. Y existir era sobrevivir a selecciones injustas. La vida era injusta, el destino siempre había sido injusto y adverso con ella.
En el cementerio del pueblo, mientras enterraba a Daryna junto a su fiel amigo, Kataryna despidió a su hija de una forma muy conmovedora. Cantó una triste canción de cuna con la voz quebrada por la desesperanza y la tristeza, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
Dormid, niños, dormid, amados, ¡no os despertéis![1]
Ya no os atormentaréis, un ave paradisiaca os llevará.
Dormid, profundo, dormid, niños, el Ángel de Dos está a la puerta,
Ya no vais a tener hambre, y no se os hincharán los pies.
Calenté la casa con amapolas y cerré la chimenea,
En la niebla azul oscuro canté la canción de cuna:
Duerme, hijito desdichado, quédate dormida por la eternidad, hijita,
Mis últimas caricias con las palmas maternales.
Jugaremos a las escondidas con la desgracia de la vida,
Ya no nos encontrará debajo de la tierra, niños.
[1] Canción de cuna ucraniana.