VII
Alexander fumaba un cigarrillo absorto en sus pensamientos. Su cabeza era un gran alboroto, unos cuantos ratoncillos parecían mordisquear los cables en el fondo de su cerebro. Sobre el horizonte, la luna recién salida en forma de hoz brillaba entre los árboles. Un pájaro solitario, tal vez un búho o quizás fuera una lechuza lo sobrevoló con sus amplias alas desplegadas.
La herida del brazo le ardía un poco, pero no había requerido de sutura. Llevaba el brazo vendado para evitar que la herida se infectara. El dolor en el abdomen era algo distinto, la angustia y la adrenalina lo habían mantenido alejado; pero ahora emergía con algún movimiento brusco. Tardaría algunos meses en desaparecer por completo.
El cadáver de Igor apareció flotando en una de las isletas del río, tres días después de que hallaran a Daryna. No se encontraba en mejores condiciones que el de la niña. No estaba claro cómo sucedieron las cosas. Algunos pensaban que intentaron cruzar a nado el río, pero aquello no tenía sentido. El río era caudaloso y bravío. Otra teoría y la que más adeptos mantenía, era el del asesinato seguido de suicidio como medio para atormentar para siempre a Kataryna. En realidad, nunca se sabría que un tumor del tamaño de una canica, alojado en cerebro de Igor había sido el causante de la muerte del padre y de la hija.
Alexander permaneció recostado contra la pared trasera de la Casa Grande con expresión inquieta y turbada. Su mente era un torbellino de pensamientos confusos, y dudas. Sintió que estaba a punto de cruzar el Rubicón. Pero pensó que la mayor oscuridad era siempre la que conducía a los primeros destellos del alba.
Había escogido un camino que lo condujo a un lugar absolutamente inesperado para él. Había resuelto dejar Oberá y emigrar definitivamente a Paraguay llevándose consigo a Kataryna. Sentía que tenía una deuda pendiente con ella. No podía abandonarla luego de que la relación existente entre ellos quedara al descubierto, mucho más, después de la terrible muerte de su hija. No tenía a nadie en aquel paraje remoto más que a él.
Se sentía afligido, pero su aflicción no tenía nada que ver con abandonar a Galina y a su familia. Tenía que ver con Tatiana. Sentía que estaba siendo desleal a su memoria, al amor que le profesaba.
Algo llegó de pronto hasta él, una voz. Esta salió de su memoria como una forma vislumbrada en el humo de su cigarrillo. “Prométeme que vivirás tu vida”. Y como si alguien aprobara su decisión, una mano acarició su rostro, una sombra de insustancialidad. No tenía idea de cómo podía ser posible, pero, en aquel momento tuvo la certeza de que aquella caricia pertenecía a Tatiana.
Cerró los ojos y suspiró profundamente. Sintió el corazón pesado y oprimido. Cuando volvió a abrirlos una lágrima recorrió el surco de la herida en su mejilla. Sus pensamientos se desenmarañaron y la niebla en su mente se disipó.
VIII
Cuando Galina vio a su esposo parado en el umbral de la puerta entendió con total certeza lo que vendría a continuación, con una claridad ante la que todas las demás certezas que había tenido acerca de Alexander parecían difuminadas, vagas y vacilantes. Aquel temor que la acosaba desde hacía algún tiempo de manera recurrente aparecía de nuevo, pero esta vez tuvo la certeza de que se haría realidad. Su rostro adquirió un tono casi lívido, y los ojos le llamearon de resentimiento, rabia, odio o una combinación de las tres cosas.
_Me marcho a Paraguay, esta vez es definitivo_ dijo Alexander con voz flemática cuando ingresó a la casa.
Galina lo miró con los ojos desorbitados, boquiabierta. De hecho, se tambaleo y buscó de inmediato la primera silla que encontró. Sus piernas parecían a punto de ceder. Alexander pensó que se desmayaría. Pero aquella inseguridad duró apenas unos segundos, enseguida, Galina esbozó una sonrisa carente de humor.
_No voy a llevarme nada más que mis objetos personales y un poco de dinero que tengo guardado. Todo lo demás es tuyo y de nuestros hijos. Juan puede seguir administrando la hacienda, conoce el trabajo y es de confianza.
_Ya lo decidiste todo_ replicó con voz carente de inflexiones. Se sentía completamente derrotada. ¿Qué caso tenía ya discutir o exacerbarse? Pero a pesar de todo las lágrimas de indignación asomaron a sus ojos empañados de expresión incrédula.
_Perdóname, si es que puedes hacerlo_ dijo Ivanov.
Antes de que las lágrimas resbalaran por las mejillas de Galina, Alexander dio media vuelta y salió dejando a Galina perpleja, desconcertada, burlada y ofendida.