HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Yatytay, noviembre de 1935.

I

Los rayos oblicuos del sol poniente le anunciaron a Alexander que era hora de acampar de nuevo. Llevaba tres días explorando el noroeste de aquellas nuevas tierras que parecía atraerlo con un extraño magnetismo. La noche caería dentro de poco y necesitaba encontrar un lugar adecuado donde dormir.

Apoyó su rifle contra el borde de un viejo árbol que probablemente había derribado el viento y que ahora estaba acolchado de brillante musgo y entre el manto verde surgía de trecho en trecho fragmentos de madera agrietada y gris, que asemejaban despojos.

Un simpático coati de cola rayada bajó por el tronco cubierto de musgo y se quedó contemplando a Alexander por unos segundos. Luego, cuando decidió que no conseguiría que el visitante le diera alguna fruta como cena, se alejó con rapidez por donde había venido.

Alexander aspiró la fragancia del bosque que se intensificaba durante el atardecer. Sacó su revólver calibre treinta y ocho de cañón corto, cubierto de rasguños y rozaduras de la pistolera de piel negra sujeta a su cintura. Luego, la depositó junto al rifle.

Se sentó junto al tronco, se sacó los lentes, inclinó la cabeza y se frotó las marcas rojas de los costados de la nariz, en donde se habían apoyado los lentes.

Oyó a los pájaros revoloteando gorgoriteaban y reñían, preparándose para pasar la noche entre las ramas de los árboles, mientras los rayos dorados del sol teñían el horizonte de oro.

Alexander se puso de pie y avanzó unos metros hasta llegar al despeñadero. Se quedó maravillado con el paisaje que tenía delante. Desde la cima del cerro de cuatrocientos metros de altura podía divisar una vasta extensión de tierra cubierta casi en su totalidad por verdes arboles milenarios que se alzaban imponentes, intentando tocar el cielo. Pensó que sería increíble construir en aquel lugar un parapeto y convertirlo en un amplio y magnífico mirador. Se quedó de pie contemplando la puesta de sol más maravillosa que había visto en su vida.

Cuando las luces de la naturaleza se apagaron por completo, regresó sobre sus pasos y se acomodó junto al tronco. Estaba cansado, hambriento, pero su corazón se hallaba en calma.

Con la llegada del verano, los alrededores de la casa de Villa Encarnación, se habían trasformado por completo. Los jazmines blancos se arremolinaban en torno a los pilares del corredor, se inclinaban en sus tallos de un verde intenso esparciendo su perfume embriagador. El jardín se había cubierto de fresco pasto, recientemente cortado, exhalaba un olor suave que entraba por las ventanas abiertas llevadas por una brisa suave y ligera. Los alegres pajarillos gorjeaban sobre las ramas de los árboles. Todo parecía perfecto.

 Sin embargo, una semana antes de que iniciara aquella aventura, empezó a sentir una ansiosa e imperiosa necesidad de abandonar la casa e internarse en aquel salvaje monte. Con aquella travesía intentaría recobrar su energía mental, la claridad de sus pensamientos y el vigor de sus resoluciones.

Cuando decidió partir, se sintió al mismo tiempo excitado y culpable de abandonar a Kataryna cuando no faltaba mucho tiempo para que diera a luz. Ella no hizo ningún tipo de escena, ni preguntas, ni recriminaciones. Aceptó con estoicismo la decisión que él había tomado, aunque estaba lejos de comprender sus motivos. Alexander percibió una especie de resplandeciente brillo en sus ojos tristes, le pareció que era feliz al pensar que había conservado su orgullo intacto. Aquello solo hizo que el respeto y el aprecio que sentía por ella se acrecentaran.

A lomo de su caballo bayo, había transitado durante un par de días a través de placenteras y acogedoras tierras, con ricas plantaciones y casas de granjeros desparramadas aquí y allá. Por las noches, los campos quedaban bañados por un claro de luna que parecía trazar un sendero tapizado de plata.

Dejó luego al cuidado de un amigo el caballo y se internó en una serpenteante maraña de arbustos y matorrales que conducía al bosque cuyo aroma era fragante y dulce. Los rayos de sol teñidos de verde que se filtraban entre grandes arboles añosos parecían saludarlo dándole la bienvenida. La serranía no era muy empina. Caminó por un sendero invisible subiendo una pequeña cuesta oyendo el misterioso piar y el aleteo de los pájaros. El tibio aire de noviembre soplaba suavemente y confusas aleaciones de luz y sombra parecían cruzar el bosque mientras los árboles de quebracho, cedro y guatambues murmuraban secretamente.

Así fue como llegó al pie de aquel tronco caído en donde pasaría la noche. Encendió una fogata y luego rebuscó dentro de su alforza de cuero en busca de un trozo de pan y de carne. Sació su apetito, luego bebió algo de agua. Encendió una lámpara a queroseno y se acercó de nuevo al despeñadero y sus ojos detrás de sus lentes, parecieron contemplar la vasta oscuridad y las escasas luces de abajo, que se confundían con luciérnagas en el fondo de un foso.

Regresó sobre sus pasos, apagó la lámpara. Se tendió en el suelo utilizando uno de sus brazos como almohada y pronto se quedó dormido.

II

El amanecer era apenas un murmullo en el horizonte cuando Alexander reinició su marcha. Le esperaba una mañana clara y refulgente de inicio de verano. Descendió el cerró lentamente, sujetándose de algunos arbustos cuando la pendiente se hacía más pronunciada. Una alfombra verde de bosque descendía por el flanco de la ladera debajo de sus pies.

A eso se las diez de la mañana, se levantó un fuerte viento, y los veteranos árboles empezaron a oscilar, moviéndose lánguidamente en torno suyo. Se detuvo y oteó el cielo en busca de nimbostratos amenazantes, pero lucía un perfecto azul sin nubes. Volvió a ponerse en marcha. Una hora después, cuando terminó por descender el cerró, respiraba a un ritmo irregular y superficial, como la respiración de un animal que intuye el peligro.

Se sentó debajo de un árbol de Palo Santo a beber un poco de agua y descansar. Se quitó los lentes y se enjugó la húmeda frente. Observó el suelo, una larga fila de ysaú[1], cargaban fragmentos de hojas frescas. Se asemejaban a un batallón de soldados que marchaban rumbo a la guerra. La fila se iniciaba al pie de un pequeño árbol de tiernos retoños y se extendía por más de veinte metros hasta un gran nido.

Alexander empezó a mover la tierra con el pie derecho como hace un niño cuando se encuentra algo aburrido, pero sin dejar de observar la organizada labor de las hormigas. Pensó que las cosas serían mucho más sencillas si cada ser humano supiera cuál era su objetivo en el mundo desde el día de su nacimiento, como aquellas hormigas que trabajaban incansables para cumplir una orden impuesta en su ADN.

Extendió las piernas, divisó una ramita seca y trazó círculos concéntricos sobre el suelo mientras pensaba en sí mismo. Cualquiera que lo viera pensaría invariablemente que era un hombre que lo tenía todo. Una casa, buenas tierras, una familia. Un hombre que a pesar de las adversidades había logrado conseguir una buena posición económica. No era un hombre acaudalado, pero tenía una economía estable. Era apreciado por inmigrantes y lugareños por igual. Un héroe de guerra condecorado. Y sin embargo le llegó a la mente aquel proverbio ruso que rezaba algo así como: “Mastiouk lo tenía todo; Mastiouk no tiene ya nada”. Así era como él se sentía. Tal vez no le faltaba nada con respecto a lo material, sin embargo, se sentía la mayoría de las veces, vacío por dentro.

Dejó lo que estaba haciendo y encendió un cigarrillo. Aspiró profundamente, expulsó el humo tosiendo y a continuación cerró los ojos. Sus emociones tortuosas, insondables y torcidas no le daban tregua.

Con la certeza de un hombre inteligente, intentó profundizar en sus escasos conocimientos en psicología, sumergiéndose en infinidad de libros, teorías e hipótesis. Sabía que no hallaría alguien que pudiera ayudarlo, por lo que debía encontrar la forma de mantener a sus demonios dormidos el mayor tiempo posible. Aprendió que el neurótico podía sufrir periodos alternativos de depresión profunda y de euforia patológica. En donde el ego exagerado e infecto era la base de todo. El neurótico era capaz de convencerse de que era el centro del universo y que todos los ojos estaban siempre puestos en él. Seguro, de que era el protagonista de un dantesco drama y que el desenlace de ese drama era esperado por todos lo que lo conocían. Un ego de aquel tamaño solo permitía una idea que se extendía hacia una misma dirección: desde el desequilibrado hacia las situaciones, o fantasías que el neurótico puede distinguir como tales, o en el peor de los casos, no lograr diferenciar por completo la realidad de la fantasía. El neurótico tenía una percepción elevada, era capaz de memorizar con lujo de detalles infinidad de situaciones, lugares y direcciones. Algo con lo que él estaba familiarizado.

Alexander contemplaba aquellas hipótesis e intentaba situarse en una de las disyuntivas en concreto. Hasta ahora no lo había logrado, ya que no todas las características del neurótico se ajustaban a él. Aquellos pensamientos lo llenaban de cansancio y aversión, pero desde luego, no lo sorprendían. Esperar a que las cosas mejoraran era correcto y luchar para conseguirlo noble, pero al final sabía que sólo contaría lo que decidiera el destino. Era un pensamiento gigante, imponente, pero también aterrador con un trasfondo de culpa y de injuria.

Tampoco caía dentro del auto castigo característico de los periodos depresivos típicos de los neuróticos. En donde el afectado por esta patología se abofeteaba, se pellizcaba, o se quemaba con cigarrillos. Abrió los ojos y observó con una sonrisa irónica el cigarrillo que sostenía entre sus dedos. No, definitivamente no había llegado hasta ese punto.

Dio otra profunda calada, se puso de pie, recogió sus cosas y siguió caminando por espacio de dos horas antes de que oyera el bordoneo aletargado de los insectos estivales y el gorgoteo del agua. Poco después, halló el arroyo que estaba buscando, el Tembey. El curso de agua corría con rapidez zigzagueando entre filas de interminables árboles, como si se tratara de una gigantesca serpiente parda. Caminó por la rivera del arroyo, hasta que el murmullo se convirtió en gemido. Oteó el bosque y luego dirigió su mirada de nuevo al arroyo mientras avanzaba hacia el gemido que poco apoco se fue trasformando en gruñido. De pronto, se detuvo y observó maravillado un salto de unos doce metros de largo y cuatro metros de alto, que hacía gruñir las aguas del arroyo antes de desembocar en una piscina natural que invitaba al descanso. La bruma cubría la cascada con un manto denso y blanco.

Se descalzó de inmediato, se despojó de la ropa y se metió al agua. Descansó las piernas en el vacío, sumergido en un agradable sopor. Se mantuvo allí por unos minutos hasta que se puso de pie y se lanzó en picada como una ave acuática en busca de su almuerzo.

Emergió segundos después, y nadó hasta la orilla. Permaneció sumergido en el agua durante largo tiempo y solo pisó tierra cuando el sol poniente alumbraba todo aquello con su luz rojiza.

Acampó a orillas del arroyo, encendió una fogata mientras observaba el agua que fluía como seda negra, en ella, se reflejó la luna que parecía atrapada en el centro, como el ojo níveo de un legendario ciclope.


[1] Ysaú: Es el nombre que se le da en Paraguay a la hormiga cortadora. Genero de hormiga americana cuyo nombre real es Atta.

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