HISTORIAS ENTRELAZADAS ( Kataryna y Alexander)

Villa Encarnación, setiembre de 1939.

I

Kataryna había encendido las lámparas, pues el crepúsculo ya había caído y proyectaba largos rectángulos de luz sobre el huerto. Se quedó observándolo a través de la ventana. Los plantones de tomate se hallaban cubiertos de frutos rojos y jugosos. Las matas de lechuga y repollos parecían mirar al cielo que empezaba a cubrirse de puntos centelleantes.

Exactamente dos años atrás la maga de langostas había invadido aquellos campos, pero gracias a la perseverancia habían logrado que volviera a dar frutos. Fue un año cargado de desafíos y carencias, pero el futuro aparecía prometedor.

Le dio la espalda a la ventana y se dirigió a la sala. La escasa luz de la lámpara no le permitía ver lo que había delante de ella, pero por el apagado eco de sus pasos suponía que no había obstáculos delante de ella. Vislumbró una desdibujada mesita y a tientas llegó a hasta ella y encendió otra lámpara. La luz azafranada iluminó la sala.

En el estante junto al reloj, se alzaba una radio que Alexander había recibido como parte de pago de una deuda. El antiguo dueño no tenía forma de honrar su deuda por lo que ofreció la radio como parte de pago. El aparato construido con una exquisita madera de roble claro ofrecía la apariencia de una catedral.

Encendió el artefacto y el ruido blanco cubrió la silenciosa habitación. Sostuvo la perilla negra entre los dedos pulgar e índice y lo giró lentamente cambiando de estación. El zumbido bajo permaneció inalterable. Giró de nuevo la perilla solo un milímetro y oyó el chirrido de interferencias en donde unas cuantas voces tartamudeaban como lejanos espectros. Giró la perilla nuevamente, la radio captó lo que parecía ser una canción siciliana, pero extrañamente otro sonido parecía superpuesto sobre el primero. Ajustó el dial solo un poco y la canción siciliana retumbó sus alegres notas en las paredes del saloncito. Kataryna repitió la operación una y otra vez intentado hallar alguna emisora en su idioma natal que le proporcionara información sobre su patria.

En contadas ocasiones había conseguido su objetivo. La claridad de la recepción dependía de los fenómenos atmosféricos y otras variables, las cuales no comprendía muy bien. Algunas trasmisiones afirmaban que los soviéticos habían realizado millones de arresto políticos en los últimos años, de los cuales el ochenta y cinco por ciento resultó en condena. Eso solo significaba La Muerte. Muchos otros simplemente desaparecían.

Kataryna rogaba a Dios arrodillada frente al crucifijo de su madre que se apiadara de su familia y los mantuviera a salvo.

Ajustó de nuevo el dial y el aparato emitió una serie de pitidos, seguido de una melodía rara y luego la voz escalofriante de un niño que trasmitía una serie de números en ruso, a los que en un primer momento no le prestó mucha atención. La trasmisión duró aproximadamente treinta segundos y luego se hizo el silencio roto solo por un leve ruido blanco. El silencio se extendió por unos segundos y cuando estuvo a punto de cambiar de dial se oyeron de nuevo los pitidos, la melodía, luego la voz del niño y aquella misteriosa serie de números.

“82153 68400 63155 66148”

Se quedó de pie con los brazos cruzados sobre el pecho oyendo aquella serie de números por espacio de cinco minutos y de pronto todo quedó en silencio. Esperó a que se reanudaran de nuevo, pero no sucedió. Se rascó la cabeza con el dedo índice como si aquello la ayudara a descifrar aquel extraño misterio mientras que una creciente comprensión anidó en su mente.

Había ido hablar de los largos tentáculos soviéticos que alcanzaban a toda américa y de espías en busca de desertores. Muchos de sus amigos intentaban dilucidar la forma en que se trasmitían las informaciones. Un ingeniero ruso había insinuado algo sobre el uso de las ondas de radio y emisoras fantasmas y pensó que se había topado con una de ellas.

Apagó la radio, de pronto había perdido el interés. No podía descubrir lo que aquel mensaje encerraba y aunque lo hiciera no podía hacer nada al respecto.

II

La faena del ganado nunca había sido una de las labores que Alexander particularmente disfrutara. Por el contrario, era una de las ocupaciones que más detestaba. Repudiaba quitarles la vida a los animales, aunque era plenamente consciente de que era necesario hacerlo. Intentaba prepararse mentalmente cada vez que le era imposible encomendar dicha labor a algunos de sus capataces o peones. Incluso utilizaba la “disociación de la realidad” como algunos de los autores de los libros de psicología que leía mencionaban. Entre algunos de los destacados estudiosos de la siquis que ocupaban un lugar en su amplia biblioteca se hallaban Pierre Janet, Sigmund Freud y Paul Federn.

 En realidad, era una técnica que Alexander había desarrollado, una técnica que le permitía alcanzar cierto grado de desconexión centrándose en empapar su mente de pensamientos placenteros, aunque quiméricos. Sus evocaciones emergían al azar de las profundidades brillantes e indefinidas de su memoria, sin que la mayoría de las veces le fuera posible establecer algún enlace de tiempo entre ellos. Las imágenes emergían como pequeñas islas luego de un maremoto, en los que se mezclaban la realidad y la imaginación.

Pero entre aquellos recuerdos y fantasías surgían también a veces algunos hechos terribles que trasformaron su vida, en especial todo lo referente a Tatiana que quedó grabado en su espíritu con letras abrazadoras e implacables.

En uno de aquellos estados de disociación se hallaba su alma cuando se acercó lentamente Juan, su antiguo hombre de confianza.

Observó a Alexander de espaldas acuclillado, mientras deslizaba un afilado cuchillo a lo largo de las orbitas del animal hasta hacer caer los ojos dentro de un recipiente de hojalata.  Cuando estuvo a menos de dos metros de distancia se detuvo y aclaró su garganta antes de hablar.

_Alexander Ivanov_ dijo con voz alegre.

El aludido giró la cabeza sobre su hombro izquierdo y contempló detrás de las gafas con ojos sorprendidos al recién llegado. Se puso de pie de un salto como si un par de resortes lo impulsaran, de inmediato una sincera sonrisa se dibujó en sus labios.

_ ¡Juan! _ dijo mientras dejaba el cuchillo a un lado y se sacaba el mandil de cuero que utilizaba para proteger su ropa.

De pronto, frunció el ceño y su alegría inicial se trasformó en preocupación.

_ ¿Qué haces aquí? ¿Qué ha sucedido? ¿Están todos bien en la hacienda? _ prorrumpió en preguntas aceleradas.

Alexander mantenía comunicaciones periódicas con Juan y ocasionales con algunos de sus hijos en fechas significativas como cumpleaños y fiestas de fin de año en las que se escribían alguna que otra escueta carta. Cuando salió de Oberá, Galina y Yuri cortaron toda comunicación con Alexander. En cambio, mantenía relaciones cordiales con Iván, Nadia y Oleg.

Nadia se había casado seis meses atrás y vivía con su esposo en Buenos Aires.

Oleg seguía siendo un niño y apenas se tomaba la molestia de escribir unas líneas a su padre. No es que esto molestara o inquietara particularmente a Alexander, por el contrario, lo comprendía por completo ya que se consideraba un hombre de pocas palabras. Por otra parte, Alexander consideraba a Iván como su antagonista, escribía largas y emotivas cartas en donde le expresaba su incondicional afecto. Actitud que perturbaba profundamente a su padre ya que no estaba habituado a aquellas demostraciones de estima que su hijo le profesaba, es más, creía que no era digno de tal afecto.

_No se preocupe, no sucedió nada, solo vine a verlo y a conversar con usted_ se apresuró a decir Juan.

Alexander relajó su semblante y volvió a aparecer de nuevo aquella sonrisa genuina a la cual las personas que lo conocían no se hallaban muy familiarizada.

_Deja que me lave para que pueda darte la bienvenida con propiedad_ dijo Ivanov.

Juan asintió con una sonrisa y esperó a que Alexander se aseara. Mientras esto sucedía lo observó con detenimiento. No lo veía desde que había dejado Oberá. Aún mantenía su impresionante presencia y su espalda atlética, pero las canas ocupaban ahora gran parte de su cabeza.

Alexander se acercó al pozo y extrajo agua por medio de un balde amarrado a un sistema de poleas. Depositó el líquido en una palangana, se sacó las gafas y se lavó las manos, los brazos y la cara. Cuando finalizó se secó el rostro con el faldón de la camisa. Tenía los labios secos. Intentó humedecerlos con la lengua, pero también estaba seca, por lo que tomó un sorbo de agua directamente del balde. Acto seguido, se ajustó los lentes y se acercó a Juan. Lo estrechó entre sus brazos y le palmeó la espalda en señal de aprecio.

Ivanov le encargó a uno de los peones la finalización de la faena antes de invitar a Juan a que conociera sus nuevas tierras.

Se dirigieron luego en silencio rumbo al campo en donde pastaba el ganado. las pocas cabezas con las que contaba el año anterior se habían multiplicado y pacían pacificas en los verdes pastizales. Se sentaron frente al tajamar en donde una de las vacas y su cría bebían placenteramente. Alexander extrajo un cigarrillo del bolsillo de la camisa, y lo encendió. Le dio una profunda calada y soltó el humo por encima de su cabeza. Rodeó luego sus rodillas flexionadas con los brazos y esperó a que el visitante dijera algo.

_Estas tierras parecen ser generosas_ dijo el hombre poco después al tiempo que acomodaba sus lentes sin montura sobre el puente de su generosa nariz.

_Lo son_ convino Ivanov haciendo un asentimiento con la cabeza_ pero no ha sido fácil.

Juan pensó que la voz de Alexander se había trasformado en una de aquellas voces que caracterizan a los hombres fumadores: voz espesa, varonil, pero un poco escabrosa, propensa a las ronqueras.

Alexander tomó una piedra y la arrojó al tajamar. Media docena de ondas concéntricas cubrieron el apacible espejo de agua.

_Juan, ¿por qué no me dices que es lo que te trajo hasta aquí? _ preguntó sin mirar al visitante.

Juan aspiró profundamente antes de hablar, señal que no pasó desapercibida para Ivanov.

_Yuri va a casarse en un mes_ dijo Juan y esperó la reacción que produciría aquel anuncio en su interlocutor.

Ivanov no pareció sorprendido. En realidad, no tenía por qué estarlo. Su hija Nadia se había casado y solo le anunciaron el enlace en una sucinta carta unos días antes de la boda.

_ ¿Y? _ preguntó Alexander para después darle otra profunda calada a su cigarrillo.

_Yuri quiere que le den su parte de la hacienda_ agregó Juan inclinándose levemente hacia adelante, esperando con respeto y atención las siguientes palabras de Ivanov.

_ ¿Qué se supone que eso significa? ¿A caso no obtiene ya su parte de las ganancias de la hacienda? _ preguntó Ivanov al tiempo que apagaba el pitillo contra el suelo.

_Quiere poner en venta la hacienda y que le den la parte del dinero que le corresponde_ explicó.

Juan observó el cambio en el rostro de Alexander. Las venas de su cuello se dilataron y él sabía que cuando aquello ocurría era porque se hallaba realmente molesto. Algo que rara vez ocurría. Pero a pesar de ello Alexander se echó a reír. Su risa sonó dolorosa, pero a la vez irónica.

_Yuri hace esto solo por fastidiarme. Sigue odiándome y quiere seguir castigándome_ contestó Alexander_ pero no tiene caso, no pueden vender la hacienda hasta después de la muerte de Galina. Has perdido tu tiempo viniendo hasta aquí_ su voz sonó amarga, pero esbozó una sonrisa de incredulidad, mezcla de insatisfacción e ironía.

Juan asintió y se reflejó cierto alivio en sus ojos. Alexander imaginó que la situación no era agradable para él siendo el administrador de la hacienda.

_No he perdido mi tiempo. Me alegra mucho poder verlo_ contestó antes de que se estrecharan las manos.

III

La visita de Juan dejó cierto sabor amargo en Kataryna. Apreciaba al hombre, pero su llegada le había traído recuerdos dolorosos que hubiese preferido mantener enterrado en lo más profundo de su ser. Hacía casi cuatro años de la muerte de Daryna, aún le dolía, y estaba segura de que le seguiría doliendo por el resto de su vida.

Felipe le traía alegría y una poderosa razón para vivir, pero el amor maternal que el niño le inspiraba no era suficiente para olvidar a las tres hijas que perdió.

Los dos primeros años de la vida de Felipe habían sido un reto constante por salir adelante, la batalla librada contra la manga y la amenaza de una nueva invasión seguía latente, a pesar de que extremaron precauciones. No obstante, la hacienda iba progresando y esperaban que aquel año empezara a dar sus frutos. Todo aquello la llenaba de satisfacción.

Sin embargo, había notado un leve cambio en el comportamiento del niño después de haber cumplido los dos años. Si bien Felipe era un niño alegre y feliz la mayor parte del tiempo, de tanto en tanto parecía sumirse en una especie de nebulosa gris, como si se desconectara de la realidad y se sumergiera en un su mundo particular. Le recordaba intensamente a su padre. La diferencia entre ambos radicaba en que Alexander era consciente de aquellas etapas en las que su mente se disgregaba e intentaba luchar para salir a flote. El niño simplemente no tenía idea de lo que le ocurría.

Cuando cumplió los tres años, se le sumó otra extraña manifestación a su ya de por sí poco común comportamiento. Empezó a exhibir episodios repentinos y repetitivos de conducta impulsiva, a veces agresivas que concluían con arrebatos de llanto y un prolongado silencio acompañado de un severo aislamiento.

Felipe actuaba como el poderoso río Paraná, que al observarlo desde la orilla se veía lento y aparentemente calmo, con aguas que parecen apenas moverse, pero que cuando lo navegas tienen peligrosas corrientes y remolinos. Y qué decir de la enfurecida fuerza que presenta durante las tormentas y crecientes, en donde si te arriesgas te hundes y pierdes la vida. Eran en aquellos momentos en que la sombría gravedad de la expresión de Felipe asombraba y a la vez preocupaba a su madre mucho más por tratarse de un niño tan pequeño.  Cuando aquellos episodios desaparecían, al cabo de un par de horas, volvía a hablar y su voz sonaba tranquila y apacible.

En una ocasión, mientras se hallaba montado sobre su caballito de madera, meciéndose con rapidez, como si intentara huir de un perseguidor invisible, su madre lo reclamó en la cocina con un plato de Varenyky, el preferido de Felipe. Pero por extraño que pareciera el niño pareció no oír a su madre. Lo llamó un par de veces más, pero Felipe seguía meciéndose con rapidez, su rostro estaba rojo, el sudor le corría por las mejillas y tenía el cabello apelmazado y húmedo. Kataryna se acercó a su hijo y detuvo el caballito para evitar que siguiera meciéndose.

_Felipe la comida está lista_ dijo con voz cariñosa.

El niño la miró con dureza, como si acabara de interrumpir la más importantes de sus tareas. Su cara adquirió una fría calma como las que preceden a la peor de las tormentas. La observó con ojos penetrantes y admonitorios, para luego estallar en un arrebato de rabia incontrolable.

Descendió del caballito dando estridentes gritos, sacudiéndose como si fuera presa de una terrible convulsión para luego regar por la sala, todos los libros ordenados en el estante que estuvieron a su alcance. Su madre se quedó petrificada ante aquella violenta reacción. El niño parecía no solo experimentaba una explosión violenta sino también parecía genuinamente angustiado.

Cuando Kataryna pudo reaccionar lo levantó en brazos e intentó estrecharlo contra su pecho al tiempo que repetía palabras tranquilizadoras que parecían complicar muchísimo más la conducta del niño.

Felipe sacudía los brazos, propinaba a su madre puntapiés y chillaba como si fuera un cerdo que iba directo al matadero. Aquel episodio se extendió por unos diez minutos y de pronto Felipe se detuvo como si alguien hubiese oprimido un imaginario botón de apagado. Kataryna intentó abrazarlo de nuevo, pero el niño parecía una estatua de mármol. 

Lo dejó en el suelo y el niño abrió la puerta y salió al jardín. Se sentó debajo de un árbol y empezó a mecerse sobre su propio cuerpo.

Kataryna intentó entablar algún tipo de comunicación con él sin resultado. Se mantuvo en aquel lugar por un tiempo que a Kataryna le pareció eterno. Parecía resentido, permanecía en silencio o respondía con gruñidos. Al cabo de media hora dejó de mecerse, levantó la mirada al cielo y se mantuvo así por unos minutos. Luego, como si saliera de algún trance se puso de pie con energía y con el rostro radiante señalando con su pequeño dedo índice la puerta de la casa, como si fuera el fiscal en un juicio dijo con la voz más firme que Kataryna le haya ido jamás:

_Mamá tengo hambre.

Kataryna lo observó perpleja y asustada por unos segundos antes de que el niño repitiera la misma sentencia.

Una madre es una madre después de todo, por lo que lo tomó de la mano y se encaminaron juntos a la casa.

Nunca le comentó a Alexander aquel insólito episodio, no tenía idea de cómo abordar la situación del niño sin que el padre se sintiera personalmente involucrado, responsable y culpable de la conducta del pequeño.

IV

Esa noche entró soplando desde el sur una tormenta y llovió con fuerza durante dos horas. Los relámpagos iluminaban la oscuridad de la noche y los rayos sacudían los alrededores de la casa. Extrañamente Felipe permanecía arrodillado sobre una silla, sosegado, observando el espectáculo de luces y sonido que se exhibía en aquel escenario. El viento soplaba y la lluvia azotaba las ventanas.

Kataryna permaneció de pie al lado de su hijo contemplándolo. En otra época no muy lejana, los agudos bramidos de las ráfagas del viento y el juego de luces y los estruendosos estallidos, la habrían aterrorizado sobremanera. Había aprendido a lidiar con ellos y con las emociones que la dominaban y la reprimían cada vez que se desataba una tormenta, que en aquella parte del mundo eran bastante comunes.

En el exterior se produjo un estruendo que sonó como una explosión o como si una bomba cayera muy cerca de la casa. Kataryna se estremeció, su corazón dio un salto, pero pronto se repuso.

Felipe parecía estar disfrutando aquel espectáculo, se hallaba con la manito apoyada sobre el cristal como si intentara tocar el agua que discurría por el cristal, inmerso en sus propios pensamientos.

Un imponente relámpago iluminó la ventana de púrpura y blanco, una estentórea ráfaga de viento llegó arrastrada desde el sur por la descarga eléctrica, y la lluvia azotó el cristal con más fuerza. Kataryna pensó que seguramente se rompería en pedazos.

Intentó alejar al niño de la ventana, pero este se negó rotundamente a hacerlo. Permaneció observando el fenómeno hasta que el clímax del recital de relámpagos y truenos empezó a desvanecerse con lentitud. Kataryna se sentó entonces a contemplar a su hijo mientras los decrecientes truenos se alejaban y los relámpagos tartamudeaban una despedida. De vez en cuando resplandecía el fogonazo de un rayo cada vez más lejano.

Cuando la tormenta desapareció por completo, Felipe pareció despertar de su embeleso y descendió de la silla alejándose de inmediato. Kataryna lo observó con expresión perpleja. Su extraño comportamiento no dejaba de asombrarla y a la vez inquietarla. Emitió un largo y pesado suspiro se puso de pie y fue a la cocina por una taza de leche.

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