HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Puerto Casado, Paraguay 1948.

I

Una garza blanca descendió en el río. Se irguió junto a la orilla y permaneció inmóvil como si sus patas fueran las manecillas de un reloj detenidas luego de marcar las seis y media. Fijó sus ojos inquietos en Kataryna quien oteaba la rivera sentada en el verde césped con una extraña melancolía en la mirada. Sus ojos que escudriñaban la mañana se hallaban impregnados de un dolor nostálgico por su familia que nunca dejaría de extrañar, por las hijas que nunca dejaría de llorar.

La garza permaneció con aquel aspecto petrificado y fatigado por unos minutos antes de que levantara el vuelo como si algún conjugo mágico la pusiera en movimiento. Kataryna suspiró pesadamente antes de apartar la horquilla que sujetaba el rodete y liberal su largo cabello entrecano que cayó sobre sus hombros como una de aquellas tantas cascadas que salpicaban de aquí a allá su nueva patria. Aunque no había visto ninguna, desde que vivía en Puerto Casado. Aquellas tierras eran llanas de suelos blancos con pocas elevaciones. Los bosques parecían secos la mayor parte del tiempo debido a los periodos de largas sequias, pero que al llegar las torrenciales lluvias tomaban diversos matices de brillante verde.

Situó las manos en la hierba a ambos lados de su cuerpo e inclinó el torso hacia atrás, con las piernas extendidas hacia delante. Dejó que el sol de la mañana entibiara su rostro, mientras la agradable brisa alborotaba su pelo. Aquella sensación la sobrecogió, a pesar de los años que tenía viviendo en Paraguay aún le sorprendía la benignidad del clima. En Ucrania el aire habría estado tan frío que le corroería la punta de la nariz, pero en Paraguay era como una caricia.

 El césped de un impresionante verde parecía rasgado, dejando al descubierto el blanco suelo que se compaginaba con las algunas nubes que manchaban el intenso cielo azul.

Rememoró sus cuarenta y un años de vida, sus temores, sus secretos y sus triunfos. Los lugares que conoció, las pérdidas que sobrellevó y catástrofes que soportó con valentía y coraje.

Durante casi quince años, su nueva patria y el mundo habían padecido una serie de estremecimientos convulsivos, que Kataryna apenas lo había notado, se hallaba totalmente extasiada por su capacidad de adaptación y por el alivio que le producía comprobar que podía habituarse a todo lo que se le presentaba.

Había trascurrido más una década de acontecimientos políticos y económicos de los cuales se sentía desligada como si hubiesen ocurrido en otro lugar, en otro tiempo. Acontecimientos que le parecían lejanos, tal vez porque no tenía caso preocuparse de ellos ya que no podía hacer nada al respecto: la prohibición de los partidos políticos y la suspensión de la constitución por el dictador de turno Higinio Morínigo, las revueltas estudiantiles y huelgas generales producto de las resistencias, la victoria aliada de la Segunda Guerra Mundial; la consecuente expulsión del eje Nazi Paraguayo; la posterior coalición de gobierno entre el Partido Colorado y el Partido Concentración Revolucionaria Febrerista; la Guerra Civil entre el Partido Liberal y el Partido Clorado apenas un año antes, que había dejado unos treinta mil muertos, y la emigración de muchos paraguayos a la Argentina.

Flexionó las piernas y las rodeó con las manos, volvió a suspirar oteando el rio Paraguay. La corriente discurría lenta y sosegada en aquella parte del puerto, trasportando decenas de camalotes para luego depositarlos en la orilla en donde sus ramilletes morados la embellecían.

  Una pequeña embarcación etérea pareció flotar sobre el agua. Procedía de Asunción, se detendría por espacio de media hora, desembarcando algún visitante y las provisiones de la semana antes de continuar su travesía hasta San Lázaro. Kataryna evocó su larga travesía desde Villa Encarnación a Puerto Casado cinco años atrás y el recuerdo de la inquietante sorpresa al descubrir las intenciones de Alexander de dejar todo atrás y empezar de nuevo en otro lugar, volvió a producir en ella la misma sensación de desesperanza.

La embarcación se dibujó con claridad contra el cielo azul, algunos pasajeros se reunieron en la proa a medida que la nave se acercaba al puerto.

 Un ave Espátula Rosada, se posó en la orilla. Aleteó pesadamente en el soleado río, con la cabeza metida en el agua, su cuerpo parecía fundirse con el agitado resplandor del sol que trasformaban las aguas en rosa.

Un niño pasó corriendo delante de Kataryna con un grito potente, un auténtico bramido digno de ser recordado. Segundos después una mujer que podría ser su madre, lo alcanzó, lo detuvo y lo obligó a regresar con ella con un fuerte jalón de orejas.

La embarcación ingresaba con lentitud en el puerto, cuyo muelle no era más que un puente de madera clavada al suelo. De inmediato un par de hombres sujetaron las amarras para atracar la embarcación. Segundos después bajaron un hombre, una mujer y dos pequeños. Una nueva familia pensó Kataryna, una nueva familia que vendió su vida a los Casado. La escasa tripulación de la embarcación procedió a iniciar la descarga de los víveres de la semana, entre los que se podía contar con productos tan dispares como: combustible; ropa; calzado y hasta medicina. Para ello debían llegar hasta la bodega que se hallaba debajo del falso piso de madera en donde los asientos se disponían en una especie de piezas de un extraño rompecabezas. En cada puerto, los pasajeros se veían obligados a dejar sus asientos o sus hamacas (que se rentaban por una suma adicional si se deseaba pasar la noche algo más cómodo) para permitir a la tripulación acceder a la bodega.

Pronto, el desfile de equilibristas se inició. En fila los cargadores bajaban sacos de diversa índole como de: harina; azúcar; yerba mate; almidón o harina de maíz utilizando un delgado y bamboleante puente de madera.

La nave de pequeño porte estaba construida enteramente de madera, en el mástil ondeaba la bandera tricolor al compás de la brisa cálida de noviembre. Su arribo propició un batiburrillo: gritos de vendedores ofreciendo sus productos; quejas de clientes insatisfechos; regateos de precios y los más diversos aromas que ser humano pudiera imaginar en un mismo lugar.

Treinta y cinco minutos después, no quedaba nadie en los alrededores del improvisado puerto y la embarcación se alejaba, trazando una estela de espuma sobre las aguas del río.

 Kataryna pareció sacudirse de su abstracción, como si acabara de presenciar el final de una obra de teatro intensa e interesante. Volvió a quedarse sola en compañía de la inmensidad del rio Paraguay frente a ella.

A unos treinta metros de distancia, una niña se paseaba despreocupadamente en la orilla mientras se comía lo que parecía ser alguna fruta. El dobladillo de su desvaído vestido amarillo flameaba a su alrededor. A Kataryna le recordó las llamas de una hoguera en un día frio de invierno.

 En algún lugar del pueblo un guitarrista interpretaba una guarania en compás de seis por ocho, desgranando cada una de las melancólicas notas con sorprendente precisión. Aquella melodía envolvió su alma y la llenó de sobrecogimiento. Parecía imposible no sucumbir a aquellas notas nostálgicas que emanaban del sufrimiento, del desamor, del sentir del pueblo paraguayo. Y mientras aquellas notas se elevaban hacia el cielo y se extendían a lo largo y ancho del pueblo, la mente de Kataryna retrocedió en el tiempo, para recordar el momento exacto en que Alexander la estremeció con la noticia de que había decidido abandonar sus tierras y buscar suerte en otros parajes.

Alexander llevaba sumido en uno de sus estados depresivos por un periodo mucho más largo de lo acostumbrado. Aquello preocupó profundamente a Kataryna, pero tenía la esperanza de que él terminaría saliendo de ese estado como siempre lo había hecho. Pero cuando Alexander llegó un día con la noticia de que dejaría Villa Encarnación para ir a probar suerte a Puerto Casado, (un lugar del que Kataryna no tenía idea de donde quedaba), por un momento indescriptible e inquietante se sobrecogió, pero pronto, tomó una bocanada de aire, lo expulsó y asintió con la cabeza como si lo que Alexander le comunicaba fuera la cosa más natural del mundo.

En realidad, debería haber esperado algo así, en realidad Alexander le había advertido que ocurriría en algún momento, pero después de verlo luchar día tras días, noche tras noche para levantar la hacienda luego de que la manga de langostas arrasara con todo, supuso que estaría dispuesto a mantener la estabilidad de sus propiedades y sus negocios. Pero Kataryna supo que debería haberlo advertido, en sus gestos, en sus silencios, en su ensimismamiento, en su mirada oprimida.

Alexander le ofreció la oportunidad de quedarse con parte de la hacienda y llevarse consigo solo lo necesario para poder empezar de nuevo, tal y como había hecho con Galina.

El sentimiento que la embargó en aquel momento no fue miedo, sino una suerte de impaciencia de sabor metálico. Pero a pesar del peso que su corazón y sus emociones parecían estar revestidos, logró esbozar una sonrisa. Intentó no sonar conmocionada cuando habló.

_Felipe y yo iremos a donde decidas ir_ contestó mientras un nudo le atenazaba la garganta.

Alexander le devolvió la sonrisa sin mucha convicción, como si en realidad estuviera deseando que ella aceptara su propuesta de quedarse. Luego, salió de la casa y se dirigió hacia el corral dejándola completamente sola y vacía.

Aquella noche yació contemplando el techo, con las manos sobre su pecho, oyendo el estacionario soplido del viento y los latidos de su corazón que latían casi con tanta fuerza como las ramas de los árboles que azotan las ventanas en una noche tormentosa. Aquella noche fue larga y penosa para ella, no fue capaz de pegar un ojo hasta después de medianoche, mientras que Alexander dormía relajado y tranquilo por primera vez en meses.

Cuando ella despertó poco antes del amanecer, fue consciente de que su cabeza estaba inclinada en un extraño y doloroso ángulo. Se había adueñado de ella una curiosa lasitud. Aún se imponía en ella la sensación onírica de cuando uno despierta en mitad de la noche y no sabe muy bien en donde se encuentra. De pronto, captó un movimiento con el rabillo del ojo y volteó la cabeza a su izquierda para ver a Alexander removerse en la cama y continuar durmiendo.

En los días posteriores a la revelación de Alexander, Kataryna tenía los nervios a flor de piel, pero no se quejó, ni hizo comentario alguno al respecto.

Alexander se apresuró a malbaratar sus propiedades, el camión, la mayoría de las colecciones de sus libros, casi todas las armas que poseía con excepción de unas cuatro o cinco. Solo se quedó con el cofre que el mismo Zar le había obsequiado, el anillo que desde su juventud llevaba con orgullo y el guardapelo en donde llevaba los únicos recuerdos que le quedaban de su amada.

Felipe no entendió que pasaba, dos hombres entraron a la casa y cargaron con los libros, la radio, los muebles y algunos de sus juguetes preferidos. Rompió a llorar, con fuertes e incontrolables sollozos como descargas de electricidad, y sus palabras salieron entrecortadas:

_ ¡Mi caballito no! ¡Mi caballito! _ gritó extendiendo sus manitas en dirección al hombre que se la llevaba.

Kataryna intentó consolarlo, pero el niño corrió detrás del hombre que ya había salido de la casa y se hallaba cargando todo en una carreta tirada por dos bueyes.

Alexander no había comprendido el apego de Felipe por sus juguetes hasta que presenció aquella escena y fue como si la neblina que cubría su mente se disipara y lo dejara ver al fin.

_El caballito se queda_ dijo al tiempo que bajaba el juguete de la carreta y la depositaba en suelo.

Felipe, cuyo rostro estaba inundado por las lágrimas se lanzó sobre el caballito de madera y lo arrastró con rapidez hacia la casa.

Dejar Villa Encarnación, significo para Kataryna y Felipe una experiencia traumática e inquietante. El viaje hasta Asunción y su posterior desplazamiento hasta Puerto Casado fue arduo y agotador.

Alexander había aceptado un empleo de administrador en la hacienda ganadera de José Casado, el hijo de un multimillonario español que en el año mil ochocientos ochenta y nueve adquirió seis millones quinientas mil hectáreas de tierras públicas. Casado se dedicaba también a la explotación forestal y era dueño de una fábrica de tanino.

Kataryna no entendía que había alentado a Alexander a abandonar sus propias tierras para ocuparse de las tierras de alguien más. Pero cuando decidió acompañarlo, renunció a la posibilidad de objetar sus resoluciones.

La empresa Carlos Casado Sociedad Anónima, les proveyó en usufructo una casa vetusta y ruinosa con la condición de que la repararan y que la devolvieran en buenas condiciones el día en que el contrato de Alexander expirara. De ser propietarios, habían pasado a ser una especie de pensionistas obligados a reparar y mantener una propiedad que no les pertenecía.

La hacienda, muy distante del pueblo, contaba con varios centenares de cabezas de ganado, en tierras deforestadas en medio de boques tropicales secos, cuyos arboles preponderantes eran los quebrachos rojos y blancos al igual que altas palmeras de Karanday. El camino que los llevó hasta allí era arenoso, trascurría por pantanales inundados por las lluvias, en cuyo suelo crecía hierbas altas que servían de alimento al ganado, rodeado de árboles en donde se refugiaban aves acuáticas, y bandadas de locos que alegraban el día con sus parloteos. El trazado de los caminos, constituido por rectas interminables hechas a punta de machetes y la desigual erosión de la lluvia ponía a prueba la paciencia y la pericia de cualquier boyero[1] quien se veía obligado a sortear baches y depresiones en el terreno.

Una verja de hierro se erguía medio oxidada y abierta delimitando los alrededores de una casa cuya puerta estaba orientada hacia el este. En la fachada se observaban dos ventanas cuyos vidrios estaban empolvados y sucios. El techo de tejas que alguna vez fueron rojas presentaba manchas negras debido al paso del tiempo y la falta de mantenimiento. Alexander contempló el tejado y pensó que se parecía a la boca de un hombre viejo y descuidado, se percibía la ausencia de algunos dientes, mientras que los demás se hallaban manchados y sucios. Había mucho trabajo que hacer en aquel vetusto tejado. Las paredes también estaban sucias, pero una buena mano de cal solucionaría aquel problema. La casa estaba rodeada de troncos de madera que hacían las veces de pilares, rodeaban la casa formando un pequeño corredor jere, que haría las noches de verano más agradables y plácidas.

Se acercaron a la puerta y Alexander la abrió, los goznes produjeron un estridente chillido. El olor que brotó al abrir la puerta fue como un soplido frío, oscuro y húmedo. Alexander se echó a reír, y volvió a pensar en la casa como la boca de un viejo. Un antiguo pero impresionante escritorio de nogal norteamericano de finales de siglo se situaba sobre un charco de agua sucia y pestilente. Alexander pensó que habría pertenecido al encargado anterior que según le habían informado dejó aquellas tierras hace un par de años.

 Echó un vistazo al techo aspirando el hedor a humedad y encontró un gran hueco en el tejado. Definitivamente aquel hueco era el causante del charco de agua. Atravesó la parte mojada del suelo con grandes y cuidadosas zancadas mientras Kataryna y Felipe observaban atónitos el estado de la casa. 

Adherido a una de las vigas de la ruinosa casa había un enorme panal de avispas algo ennegrecido. A un costado de lo que se suponía era la sala de la casa se erguía un nido de termitas de forma acampanada de unos setenta centímetros de altura y cincuenta centímetros de diámetro sobre las combadas tablas de lo que alguna vez formara parte del piso de aquella escalofriante vivienda.

 Kataryna echó un vistazo a su alrededor con los ojos y la boca muy abiertos en clara señal de incredulidad. La casa parecía respirar fría y húmeda a su alrededor. El sol del atardecer ingresó por la puerta e incidió de forma sutil sobre el incrédulo y descorazonado rostro de Kataryna, encendiendo en Alexander una culpa apenas soportable, el remordimiento por lo que había hecho lo corroyó por dentro, pero todo aquello le duró unos escasos segundos.

Pasaron la noche frente a la casa debajo de una carpa provisoria. Aquello le recordó a Kataryna las interminables noches en los bosques mientras huía de Ucrania.

La vida en la estancia fue dura durante el primer año. Las sequías, el polvo, la escasez de agua, las alimañas, las nubes grises de mosquitos que parecía atraídos como imanes a los recién llegados que punzaban la piel hasta dejarla como una especie de colador encarnado. Todo esto dificultaba la adaptación a aquellas tierras lejanas de la civilización.

Las tolderías de los indígenas se hallaban desperdigadas monte adentro, en las proximidades de los obrajes, pero también en los alrededores de la estancia y a lo largo de la vía férrea. Los obrajes eran asentamientos en donde vivían los leñadores y sus familias, y en donde se aglomeraban los palos de quebracho derribados en medio de estruendos, para después trasportarlos por vía férrea, o barco hasta la fábrica de tanino.

  La principal mano de obra era la indígena. Eran dóciles al mandato del patrón, sobrios, fuertes, serviciales, conocedores de aquellas tierras, indispensables al mismo tiempo que económicos, tanto así que Casado los trababa poco menos que como esclavos, pagándoles su trabajo en especias.

Las tolderías estaban conformadas por unas veinte o treinta carpas pequeñas y asfixiantes durante los veranos calorosos que podían sobrepasar los cuarenta grados centígrados, en donde el olor desagradable se imponía. El hacinamiento de los miembros de la familia era tal que era complicado moverse.

Kataryna había aprendido mucho de las costumbres de las tribus indígenas, de las plantas de la zona, del manejo de los frutos silvestres y al mismo tiempo intentó enseñar a las mujeres a preparar los cultivos, pero sin mucho éxito. Los indígenas gustaban de la caza y la pesca y no se inclinaban por la siembra o la cría de animales domésticos. Estaban muy predispuestos a las fiestas y si lograban echar mano de algún licor, mucho mejor. Una vez al mes llegaban desde el pueblo los víveres que les eran entregados para su manutención. Ese mismo día iniciaban una gran fiesta, y no paraban hasta que el último grano del último saco se acabara. Los indígenas no tenían el concepto de previsión o de ahorro. Kataryna intentó infructuosamente enseñarles esos conceptos junto con el de evitar el despilfarro, pero aquellas semillas no cayeron en tierra fértil. La mentalidad indígena era vivir el momento y ver cómo sobrevivir al día siguiente.

Kataryna y su familia visitaban el pueblo cada dos meses recorriendo los sitios de interés que no eran pocos.  Puerto Casado representaba para el gobierno una importante fuente de ingresos y centenares de puestos de trabajo para los paraguayos. Al mismo tiempo había representado un enclave muy importante durante la Guerra de Chaco como puerta de ingreso de los soldados paraguayos, ya que el ferrocarril de trocha angosta construido por la empresa para trasportar los troncos había prestado ciento treinta y cinco mil viajes trasportando tropas; heridos; armas; municiones; víveres; combustible; medicina y lo más importante, agua.

 El Paraguay estaba en deuda con los Casados, una deuda que el gobierno tendría que pagar durante décadas. Puerto Casado fue, además, el único pueblo bombardeado durante la guerra. Una cuadrilla boliviana de seis aviones arrojó unas veinticinco bombas matando a cuatro civiles. Aún perdura uno de los cráteres producidos por aquel bombardeo, en el que pueden permanecer algo más de cincuenta hombres cómodamente sentados.

Puerto Casado era uno de los pueblos más pujantes del país. El alma del complejo industrial era un motor norteamericano que servía para producir vapor que hacía funcionar la fábrica que además generaba energía eléctrica que era distribuida entre los barrios de los empleados y los administrativos que en su mayoría eran extranjeros. El pueblo contaba también con dos tanques de agua potable sostenidas en lo alto de largos soportes de acero que asemejaban las patas de dos gigantescos arácnidos.

La iglesia de San Ramón Nonato, obra misionera salesiana, estaba orientada a la civilización de los indígenas, construida de ladrillos, pintada de rojo y blanco elevaba su cruz hacia un cielo azul brillante. Su campanario soportaba tres campañas cuyo singular tañido anunciaba el inicio de la misa.

 A pesar de que la diferencia de clases era muy notoria en Puerto Casado (los empleados y administradores vivían en una parte del pueblo separada del resto de los pobladores y trabajadores) todos asistían juntos a misa. La ubicación de la iglesia era estratégica, se situaba en el límite entre ambas partes. Karatyna intentaba asistir a misa cada vez que iban al pueblo, mientras Alexander paseaba con Felipe por las calles blancas que contrastaban con el cielo azul intenso y el verde de la hierba.

Cuando la misa terminaba, solían escalar una de las pocas elevaciones existentes, el cerro Galván de trescientos veinticinco metros de altura y observar desde allí el magnífico escenario.

En una de aquellas visitas al pueblo, se produjo un desperfecto en el sistema de ciclones de la trituradora, en donde se convierten los árboles de quebracho colorado en aserrín del que posteriormente se extraerá el tanino. Debido a este desperfecto, un polvo fino y denso en suspensión cubrió todo el pueblo amenazando con convertir el aire en irrespirable. El mecánico se hallaba de vacaciones, y no había nadie que lo remplazara. Se hizo necesario suspender la producción para evitar problemas respiratorios especialmente en los niños. El pueblo entero quedó sorprendido, era la primera vez en varias décadas que ocurría algo como eso.

Mientras aquello sucedía, Alexander y su familia disfrutaban de un paseo por el pueblo. Eran algo más de las tres de la tarde, estaban cansados, tenían los pies adoloridos. Se dirigieron hasta un banco de piedra debajo de un gigantesco árbol de Guayaibí cuya copa parecía unos enmarañados risos. El árbol situado al lado de la comisaría extendía sus ramas en todas direcciones e invitaba a descansar debajo de su sombra. Se dejaron caer sobre el banco al tiempo que se enjugaban el sudor de sus frentes.

Alexander vislumbró la figura de un hombre algo subido de peso acercándose a ellos con pasos extenuados, jadeaba y se enjugaba la frente de tanto en tanto. Su prominente barriga parecía escapársele por encima de la cinturilla de su pantalón. Llevaba un sombrero de paja sobre su cabeza que cubría gran parte de su rostro por lo que Alexander no lo reconoció en un primer momento. Cuando estuvo a escasos metros de la comisaría, Alexander extrajo sus lentes del bolsillo de su camisa y se los ajustó sobre las orejas. En aquel momento no le quedó dudas, se trataba de Valentín Sokolov su amigo y compatriota, quien se encargaba del área administrativa y de exportación del tanino que se producía en la fábrica.

Alexander se puso de pie cuando el hombre estuvo frente a ellos. Se saludaron con efusividad ya que no se veían desde hacía algún tiempo.

Valentín era un hombre de estatura mediana, ojos azules, brillantes, pequeños y redondos debajo de una enmarañada mata de canosas cejas dignas de alguna historia de terror. Debajo del sombrero pirí[2] escondía una profunda y reluciente calvicie. De labios delgados casi inexistentes, pero de expresión bonachona, cálida y cordial.

Luego de saludar a Alexander, le dedicó una sonrisa a Kataryna, sus labios desaparecieron por completo para formar una perfecta curva convexa, al mismo tiempo que alborotaba el pelo de Felipe cariñosamente.

El aprecio entre Valentín y Kataryna era mutuo, en cierta forma lo veía como al padre al que se vio obligada a abandonar en Ucrania. Le gustaba oírlo contar historias y anécdotas, en especial las que tenía como protagonista a Alexander ya que los amigos se conocieron poco antes de la Guerra del Chaco.

Luego de los saludos de rigor, Valentín fue directo al grano, ya que la situación lo ameritaba.

_Uno de nuestros paisanos me dijo que te vio paseando por el pueblo. ¿Por qué no me buscaste? Podría haberlos invitado a almorzar.

_No quisimos causarte molestias, sé que estas ocupado, más aún con el paro imprevisto de la fábrica.

_Te estuve buscando por todas partes, José Casado quiere verte_ dijo Valentín, Alexander pensó que se veía preocupado.

_ ¿De qué se trata? _ preguntó Ivanov algo inquieto, no era normal que el dueño de todo en aquel pueblo quisiera verlo, menos en su día de descanso.

Kataryna y Alexander intercambiaron miradas de perplejidad.

_No estoy autorizado para decírtelo, el jefe quiere hacerlo. No hay de qué preocuparse_ dijo Valentín con otras de sus peculiares sonrisas.

Alexander asintió, para luego encaminarse en compañía de Valentín hacia la fábrica. Kataryna y Felipe se mantuvieron al amparo de la sombra del Guayaibí cuyas hojas se sacudían suavemente con la brisa que acababa de entrar por el norte.

El sendero de entrada a la fábrica descendía en forma recta hasta las oficinas de administración, pero antes se debía transitar por el depósito de los troncos de quebrachos que se alzaban a ambos lados del sendero, una especie de muro que medía entre diez a quince metros de altura. Al terminar el sendero de troncos de quebrachos, se alzaba la fábrica a la izquierda y el edificio de administración a la derecha. En el área de estacionamiento, se hallaba estacionada una cuadrilla de entre doce o quince camiones con las palabras PUERTO CASADO S.A. estampadas en los costados color verde musgo.

Antes de ingresar por las puertas que en ese momento se encontraban abiertas de par en par, Alexander captó un movimiento en una de las ventanas del segundo piso con el rabillo del ojo. Levantó la mirada hacia la ventana situada a la su izquierda. Sobre el camino de acceso, vio a José Casado que lo observaba con el ceño fruncido y se preguntó de que querría hablar el jefe con él.

En el edificio había tanto ajetreo como hormiguero en día de verano. Los empleados se movían de un lado a otro, llevando papeles, enviando telegramas, desesperados por solucionar el problema de los ciclones.

Subieron por las escaleras hasta el segundo piso. Antes de que Valentín tuviera ocasión de informarle a la secretaria de Casado que había encontrado a Alexander.

_Don José los está esperando_ se apresuró en contestar la mujer con una mirada que Alexander consideró de alivio.

Tocaron a la puerta y un apremiante “Adelante” les aseguró el ingreso.

Casado se hallaba de pie frente a la ventana que ofrecía una buena vista de los depósitos de quebrachos y el sendero, por lo que había advertido la presencia de ambos hombres apenas ingresaron a las instalaciones de la fábrica. Giró sobre sus talones y observó a los dos hombres que tenía delante.

Casado era un hombre de tes blanca, pelo castaño, de severo semblante, de cabeza noble sobre un cuerpo delgado y elegante. Sus ojos cafés parecían siempre estar evaluando a todo aquel que cayera en su radio de visión.

Invitó a ambos hombres a que se sentaran frente a su impresionante y moderno escritorio inglés al tiempo que agitaba una mano con ademán vago. Alexander reparó en un portarretratos ubicado al lado derecho del escritorio. La fotografía mostraba a una mujer de perfil que probablemente era la esposa de Casado. Una pintura de la fábrica de tanino destacaba sobre una de las paredes y directamente frente a esta, se distinguía otra en donde se representaba la primera estación del ferrocarril de Puerto Casado.

. El líder de aquella fábrica se mantuvo de pie detrás del escritorio. Se dirigió a Alexander explicándole el motivo por el cual había requerido su presencia.

_Valentín me habló de usted y de su habilidad para reparar cualquier cosa_ dijo.

Alexander mostró cara de perplejidad. No tenía la menor idea de lo que pasaba por la cabeza del propietario de la fábrica.

_Me gustaría que intentara arreglar el ciclón_ se explicó Casado.

Alexander dirigió su mirada a José Casado y luego a su amigo Valentín Sokolov con una expresión de absoluta incredulidad en su rostro y se quedó mudo de asombro. Tenía que reconocer que aquella idea no se le habría pasado por la cabeza ni en un millón de años.

_Si bien tengo cierta habilidad con las máquinas, no soy mecánico. Mis conocimientos son limitados_ respondió Alexander.

_Mire Ivanov, no cuento con nadie más que se atreva a intentarlo. La pregunta es ¿lo intentará usted? De lo contrario tendremos la fábrica detenida por al menos una semana hasta que consiga que alguien venga desde Buenos Aires.

_Podría echarle un vistazo, pero no puedo asegurarle que resuelva el problema_ contestó la rasposa voz de fumador de Alexander.

Aquella respuesta era una respuesta diplomática ya que jamás había visto un ciclón en su vida y no tenía idea de cómo funcionaba.

El hombre detrás del escritorio permaneció impertérrito y en silencio después de oír las palabras de Alexander.

_Tengo algo que proponerle_ dijo poco después_ si logra que la fábrica vuelva a arrancar, pienso hacerle jefe del departamento mecánico.

Ivanov parpadeó en incredulidad, pero luego se detuvo a considerar aquella alocada y desesperada propuesta. Estaba satisfecho con el puesto que tenía en la estancia y no había pensado en la posibilidad de trabajar en el pueblo. Titubeó unos instantes antes de contestar.

_Voy a intentarlo, pero no porque desee el puesto que me ofrece, sino porque me gustan los retos_ contestó Alexander.

_Muy bien, pero mi ofrecimiento sigue en pie_ dijo mientras desviaba la mirada por un segundo hacia un lado, como si intentara comprobar si la fotografía seguía en su lugar. Alexander pensó que aquel gesto era el gesto típico de un embustero y que Casado no cumpliría con su palabra.

Esta vez Alexander estuvo equivocado. Un día después de que logara poner en funcionamiento el sistema de ciclones, Alexander recibía una propuesta formal de la empresa que no podía rechazar.

Los arpegios de la lejana guitarra desaparecieron dejando solo el susurro que arrastraba la corriente del río. Kataryna suspiró profundamente antes de ponerse de pie. Recoció su largo pelo en un rodete, lo ajustó con la horquilla y se encaminó por el sendero que conducía a su nueva casa.


[1] Boyero: término utilizado por los Casadeños que se le atribuye a la persona que dirige una carreta tirada por bueyes.

[2] Pirí: tejido de origen guaraní que se realiza con hojas de la palmera Karanda’y

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