Historias Entrelazadas(Kataryna y Alexander)

Puerto Casado, Paraguay 1949.

El cielo había adquirido un color índigo que pronto se tornaría violeta mientras el crepúsculo se cernía sobre Puerto Casado, cuando Alexander dejó la fábrica y se encaminó a su vivienda. Una suerte de caserón de singular arquitectura, con ocho anchas y largas columnas de color azul claro y rojo que sostenían el techo del pórtico, junto con otras catorce más pequeñas que formaban la galería que bordeaba la casa. Residencia amplia y cómoda en donde José Félix Estigarribia habitó junto a su familia mientras se desempeñó como Comandante de División de Infantería antes de la Guerra del Chaco. Permaneció desocupada por varios años, hasta que le fuera cedida por José Casado a favor de Alexander y a su familia como parte del acuerdo de trabajo. “La Chaqueña” la llamaban los pobladores más antiguos de Puerto Casado.

 Pasó frente al enorme árbol de quebracho colorado que se levantaba imponente frente a las oficinas de administración. Aquel majestuoso árbol tendría entre cien y ciento veinte años, por lo que cada vez que lo veía, agradecía el hecho de que le perdonaran la vida. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón y caminó lentamente por el sendero de tierra blanca. Llevaba la espalda algo encorvada y parecía cansado y cabizbajo.

Las calles estaban casi desiertas, la mayoría de los mil trabajadores, seiscientos de los cuales eran indígenas, estarían ya descansando en sus casas, en compañía de sus esposas e hijos, mientras que Alexander buscaba alguna excusa para prolongar el regreso a casa.

 Las entretejidas palmeras de Karanday sobre su cabeza parecían espesarse, como si intentaran rodearlo, cubrirlo. Las sombras se alargaban con rapidez como si desearan retenerlo.  Se detuvo por unos segundos, pareció sopesar algo, vaciló, pero en lugar de regresar a su casa, tomó un pequeño desvío que llevaba hasta la orilla del rio.  Observó la luna llena que empezaba a asomarse sobre la planta de pomelo de una antigua vivienda. Los grillos desgarraban el ocaso con sus desacordes notas. Las luciérnagas se encendían como chispas que trasporta el viento. Una nube de mosquitos le rodeaba la espalda y amenazaba con lanzarse sobre él.

 Se detuvo frente al río y se sentó en uno de los troncos que la corriente arrastró hasta una pequeña playa. Desde allí contempló los restos del crepúsculo, mientras el violeta se difuminaba y las estrellas se mostraban en el cielo en aquella templada noche de noviembre. Situó los codos sobre sus rodillas flexionadas y hundió el rostro entre sus manos. El guardapelo quedó oscilando pendido de su cuello. Los mosquitos zumbaban alrededor de su oído, pero él parecía no percibirlos.

_Te extraño_ dijo en voz alta pero entrecortada, como si intentara que aquellas palabras llegaran hasta la persona a quien iban dirigidas, aunque ya no estuviera para oírlas.

Suspiró profundamente, y se le formó un nudo en la garganta que le dificultaba respirar.

_A pesar del tiempo, no logro que tu ausencia duela menos.

Una suave brisa llegó desde el río y lo envolvió acariciando su fatigado rostro.

Alexander levantó la mirada y oteó el río como si intentara hallar a alguien entre la cada vez más oscura noche.

_Tati, ¿eres tú? _ preguntó al vacío.

Y como para responder su pregunta un familiar céfiro sopló sobre su mejilla. Cerró los ojos y disfrutó de él. Podría haber jurado que era la mano de Tatiana la que acariciaba su rostro. Solo duró un par de segundos y luego desapareció. Todo quedó en calma, no había brisa, ni sonido alguno, como sí alguna mano mágica detuviera la aguja de un reproductor de discos. Como si el mundo se hubiera detenido por completo, como si la energía que había necesitado Tatiana para llegar hasta a él, hubiese alterado de algún modo el funcionamiento del universo.

Alexander observó su alrededor con los ojos bien abiertos, extrañado y la vez pasmado. Segundos después, los grillos reanudaron sus desacordes notas, las luciérnagas relucían con sus diminutas chispas sobre el río, entre los árboles y los mosquitos zumbaron alrededor de Alexander.

Se puso de pie, buscó en el bolsillo de su camisa, sacó un cigarrillo, lo encendió y regresó sobre sus pasos, hasta el sendero que conducía a su casa. Pero esta vez, su corazón iba más ligero, su mente algo más repuesta y con la esperanza renovada. Aquella brisa, de algún extraño e incomprensible modo era Tatiana. Irguió su espalda y apresuró los pasos mientras daba una profunda calada a su cigarrillo, sostenía el humo en sus pulmones por unos segundos para luego exhalarlo.

Aquella noche fue presa de uno de aquellos sueños extraños y fatigosos en donde recorrió flotando primero una atmósfera siniestra que lo helaba hasta lo más profundo, que se adueñaba del silencio omnímodo y de la yerma vastedad. Un silencio completamente diferente al que había experimentado frente al río. Un silencio perverso, aterrador. Observó incendiarse el sol en una bóveda negra y pérfida. Cuando salió de aquellas tinieblas vio las estrellas. Flotó después, recorriendo una hondonada y un bosque sombrío. Llegó hasta un antiguo muro de lo que parecía ser un templo cubierto de hiedra. Un resplandor llegaba desde el otro lado e iluminaba su rostro. Siguió acercándose expectante. Le llegaba el sonido de lejanas campanas que tañían de tanto en tanto como si anunciaran su llegada. Muy oculta, halló una gran puerta de bronce. Buscó el cerrojo, algo le decía que, del otro lado del muro, detrás de aquella puerta, se hallaba la meta de sus quimeras. Y que, del otro lado del muro, no solo todo era eterno, sino también apacible y radiante. Deseaba llegar hasta ella, del otro lado de aquella puerta sin retorno. Intentó abrir la puerta, pero el cerrojo estaba echado. Buscó la llave por los alrededores de la puerta, recorrió el contorno del muro, pero sin suerte. Necesitaba aquella llave para poder traspasar aquel muro. La expectación inicial se trasformó en decepción y desesperanza. Poco a poco el sueño se desvaneció como la luz de una lámpara tras apagarla en una habitación a oscuras.

Alexander despertó sobresaltado, se enjugó la frente brillante de sudor, mientras esperaba que los latidos acelerados de su corazón se acompasaran.

 Siempre pensó que era libre, libre de decidir qué batallas pelear, libre de abandonar lo que no lo hacía feliz, libre de decidir lo que consideraba mejor para él. Pero solo podría llegar a ser libre de verdad cuando fuera capaz de librarse de las emociones que lo embargaban, que lo arrasaban como una tormenta en medio del inmenso océano. Solo sería libre cuando estuviera listo para sacrificar lo que más amaba.  Comprendió en aquel instante que jamás estaría listo para ello. Comprendió que jamás sería completamente libre.

II

Las pinceladas naranjas degradadas a amarillo teñían el atardecer y las nubes parecían recortadas contra aquel colorido fondo, cuando Kataryna y Felipe dejaron la fiesta de cumpleaños a la que habían asistido. Felipe cargaba con un gran pedazo de torta e incontables golosinas. Pero su rostro se mantenía impasible y serio a diferencia de los demás niños que jugueteaban, charlaban e intercambiaban golosinas de camino a casa. El semblante del chico permanecía cerrado como la escotilla de un submarino soviético.

Felipe no tenía muchos amigos, su carácter reservado, hosco y muchas veces irritable no contribuían mucho a la hora de sociabilizar. Kataryna se sentía apesadumbrada por la soledad que veía muchas veces en su hijo. Pero no sabía cómo lidiar con su extraña naturaleza. Los propios orígenes de Felipe eran de por si una marca indeleble.

Kataryna, quien intentaba ver siempre las cosas de la mejor manera posible tenía un refrán que decía algo así como: “Lo que no puede arreglarse hay que sobrellevarse”.

Atravesaron la plazuela en donde unas niñas giraban en una ronda cantando “Arroz con leche”[1] Un poco más adelante tren niños jugaban a las canicas. Felipe los observó pensativo. Conocía a aquellos niños, los había visto los domingos, cuando acompañaba a su madre a la iglesia.

_ ¿Por qué aquellos niños no van a la misma escuela que yo? _ preguntó de repente.

_Son hijos de obreros, ellos tienen su propia escuela_ contestó Kataryna.

_ ¿Pero porque tiene que ir a otra escuela? ¿Por qué no fueron invitados a la fiesta? _ preguntó mirándola con los ojos muy abiertos e inocentes.

_Los hijos de empleados y obreros no van a la misma escuela ni a las mismas fiestas_ contestó Kataryna.

Felipe se detuvo en seco y golpeó el suelo con uno de sus pies, como si estuviera a punto de tener una pataleta.

_ ¡Pero todos vamos a la misma iglesia!

La mirada inocente desapareció del rostro del chico y fue sustituido por otra de exasperación mientras el muchacho fruncía el entrecejo y se negaba a seguir caminando antes de recibir una explicación satisfactoria a sus preguntas.

Kataryna lo miró por unos segundos desconcertada y aturdida por la actitud tan vehemente de su hijo.

_Esas son las reglas del dueño de la fábrica_ le explicó.

_No me gustan esas reglas_ dijo exclamó Felipe en tono desdeñoso mientras miraba a Kataryna con el ceño fruncido.

Kataryna se detuvo un segundo y vislumbró en el muchacho, que era demasiado joven para afeitarse, la efervescencia de sus futuras convicciones, una madurez enterrada en lo más profundo de su ser, hibernando, esperando. Se preguntó qué era lo que estaba esperando. ¿Destapar sus emociones más profundas, su compasión hacia los demás, su entrega en la defensa de otros? No tenía idea, pero estaba segura de que algo pugnaba por surgir. Pero lo que no sabía era que lo que surgiría en algún futuro no muy lejano, era completamente diferente a lo que ella imaginaba.

_No tiene por qué gustarnos, solo tenemos que obedecer.

La expresión de exasperación se acentuaba cada vez que su madre refutaba sus ideas.

_ ¡No estoy de acuerdo! ¡Los niños somos iguales!

_Puede que tengas razón, pero en la práctica, las cosas no funcionan de esa forma.

De pronto se interrumpió al ver la expresión más extraña en su rostro. Como si una gran nube de tormenta se cerniera sobre el chico. No cabía dudas de que era la expresión más extraña que le había visto hasta ahora.

Todo sucedió en un segundo, dejó caer todo lo que llevaba en las manos, levantó las palmas abiertas a ambos lados de su rostro, se inclinó un poco hacia delante y lanzó un frenético grito que retumbó en la apacible noche, para luego salir disparado rumbo a su casa. Kataryna permaneció clavada al suelo con el corazón palpitando aceleradamente. Los constantes cambios en la personalidad de Felipe la mantenían angustiada y preocupada. Cruzó los brazos ante el pecho, un gesto para reconfortarse. Segundos después, intentó seguirlo, pero la asaltó un repentino mareo, se tambaleó y tuvo que sujetarse del primer árbol que halló. Como desde hace unos días, la acometió la inquietante sospecha de que estaba embarazada, y aquella idea la estremeció.

Alexander había permanecido mucho tiempo alejado de ella. Dormían juntos, pero mantenía sus manos a respetable distancia. Tal vez Kataryna fuera una mujer simple pero no se consideraba una mujer tonta. Sabía que su compañero buscaba consuelo de tanto en tanto en diferentes brazos. Había noches en que se ausentaba por completo de la casa y cuando regresaba a la mañana siguiente no daba explicación alguna. Kataryna tampoco lo interrogaba ya que no pretendía recibir excusas superficiales como falaces. Tenía la certeza de que pasaba aquellas noches en compañía de alguna indígena de cimbreante cintura, en alguna toldera en medio del bosque. En aquella etapa de su vida, no sentía el más mínimo deseo de enfrentarlo, de pedirle algún tipo de justificación. Además, no era una práctica poco común entre los hombres de Puerto Casado.

Kataryna se mostró sorprendida cuando Alexander la besó en los labios una noche tormentosa de setiembre, acariciando su piel con manos ansiosas. Ella lo recibió con una dulce satisfacción secreta y la inquietud de su bajo vientre.

 No había sopesado la posibilidad de quedar embarazada, tenía cuarenta y dos años y creía que aquello era imposible.

 Al principio solo había sentido una sensación de vacío en el estómago, pero pronto experimentó también nauseas.

 Era la incertidumbre la que la carcomía por dentro y necesitaba disipar cuanto antes esa incertidumbre.

III

Cuando desapareció la incertidumbre y cuando la sospecha se convirtió en certeza, Kataryna se sintió primero más horrorizada que extrañada. Apenas pudo dejar el consultorio del médico antes de que se lanzara a llorar con tal desesperación que pensó que acabaría sufriendo un soponcio. Se sentía confusa y llena de miedo.  Se sintió a punto de desmoronarse ¿Cómo se suponía que diera a luz a un bebé a su edad? ¿y si moría durante el alumbramiento? ¿Quién se ocuparía de su recién nacido? Alexander no podría hacerse cargo, eso era seguro y no tenía nadie más quien cuidara de Felipe. Y si aun así todo salía bien, se haría anciana en pocos años y no tendría fuerzas para cuidar a un niño. Terminaría muriendo antes de que cumpliera quince años, con suerte llegaría a vivir hasta que el niño cumpliera los veinte años. La expectativa de vida de Alexander no era mejor que la suya. Además, ¿Cómo tomaría Alexander aquel inesperado embarazo? No es que le preocupara lo que él pensara al respecto, lo que le preocupaba era cómo afectaría aquella noticia a su inestable condición emocional. Quizás esta vez saldría huyendo, abandonándolos a su suerte.

Las lágrimas caían raudas por sus mejillas, mientras se alejaba del pueblo y se internaba en un pequeño bosque de palmeras de Karanday que sacudían sus hojas con el viento de la tarde como si intentaran levantarle el ánimo con su danza exótica.

 Al mismo tiempo en que Kataryna salía apresurada del consultorio del doctor, Valentín se apeaba de uno de los camiones de la empresa frente al hospital. Sonrió al verla, pero cambió de expresión al notar que lloraba. Kataryna, inmersa en su desesperación, no se percató de la presencia del hombre. Valentín la vio alejarse con pasos presurosos, por el sendero que conducía al bosquecillo de Karanday y decidió seguirla.

La encontró sentada a la orilla del río con las rodillas encogidas contra su pecho y los brazos alrededor. Lloraba desconsoladamente y por un segundo Valentín pensó que alguien había sufrido un grave accidente. Estaba pálida y cuando Kataryna levantó la mirada, Valentín vio que sus ojos mortecinos y ribeteados traslucían una mezcla de desesperanza y angustia que le pesó en el corazón.

Quería a Kataryna como una hija, le recordaba a la que había perdido hacía muchos años, cuando era aún una niña. Habría tenido unos años menos que Kataryna si es que no hubiese terminado acribillada por las pústulas de la viruela que acabaron con su vida.

Alexander había conocido a Valentín en Buenos Aires, poco después de que llegara a Sudamérica, habían congeniado y se hicieron buenos amigos. Fue Valentín quien se encargó de contactar a Alexander con José Casado antes de que consiguiera el puesto de administrador de la estancia.

_ ¿Te encuentras bien? Te vi salir apresurada del hospital. ¿Alguien está enfermo? _ preguntó el hombre de ojos redondos e inquietos.

Kataryna se enjugó las lágrimas y le dedicó una sonrisa cargada de tristeza y desconsuelo.

_Todos estamos bien_ respondió mientras volvía hacia él su rostro consternado y los ojos desesperados.

Valentín la observó frunciendo el ceño con expresión cada vez más inquieta. Nunca había visto a Kataryna en un estado semejante, siempre la había considerado como una mujer inteligente, mesurada, prudente y muy fuerte.

_Se que no debería meterme donde no me llaman, pero sabes que te aprecio como a una hija. Si hay algo en lo que pueda ayudarte…

Kataryna le dedicó otra sonrisa cargada de tristeza y Valentín sintió cómo el corazón se le hacía más pesado.

_Me preocupas muchacha_ dijo al tiempo que se sentaba con mucha dificultad a su lado. Los músculos ya no le obedecían como cuando era joven. Su rostro enrojeció debido al esfuerzo y una fina película de sudor le cubrió la frente a pesar de la agradable brisa que soplaba.

_Estoy embarazada_ dijo ella sin mirarlo a los ojos. Mantenía la mirada en algún punto cercano al suelo, como si confesara un terrible crimen, del cual estaba profundamente arrepentida.

De inmediato sintió un nudo en la garganta que la amenazaba con obligarla a volver a echarse a llorar.

_ ¡Esa es una magnífica noticia! _ dijo Valentín en tono genuinamente alegre. La expresión inquieta de sus ojos desapareció dando lugar a otra de júbilo.

_No es una buena noticia para mí_ objetó ella_ soy demasiado mayor para traer otro hijo al mundo_ apenas terminó la frase y las lágrimas volvieron a invadir sus mejillas.

Valentín la observó con una extraña expresión de compasión pintada en su rostro reluciente por el sudor. Se secó la frente con el dorso de su mano mientras intentaba encontrar las palabras para consolarla.

_ Este bebé será el mejor regalo que Dios te dará en la vida_ dijo con convicción.

_Tengo miedo de morir en el parto y dejar abandonado al niño_ dijo con la voz entrecortada.

_ ¿Ya se lo has dicho a Alexander?

Hundió la cabeza entre los hombros y negó con la cabeza. En aquel momento Valentín pudo vislumbrar el aspecto que tendría Kataryna veinte años más tarde. Aspecto que estaba seguro no alcanzaría a ver.

_Acabo de confirmarlo_ agregó enjugándose las mejillas con la palma de la mano.

_Estoy seguro de que estará contento con la noticia_ dijo Valentín.

_No estoy segura de cómo reaccionará_ dijo Kataryna con incertidumbre.

Valentín se detuvo un momento para ordenar sus pensamientos, mientras tamborileaba los dedos sobre su muslo derecho.

_ Se que Alexander tiene un comportamiento algo excéntrico la mayor parte del tiempo, pero estoy seguro de que estará feliz con la noticia_ dijo mientras apoyaba una de sus manos sobre la de ella en señal de apoyo_ Además, algo muy dentro de mí me dice con certeza de que este hijo será tu compañía en la vejez. Este bebé te dará muchas satisfacciones.

Los labios de Valentín se curvaron en la sonrisa bondadosa y confiada que Kataryna conocía muy bien. Los ojos del anciano despedían un extraño destello que la llenaron de sosiego y esperanza.

_No temas hija, Dios sabe lo que hace_ continuó el anciano_ solo ponte en sus manos y confía en él.

Y como para puntuar sus palabras se oyó el potente y extraño croar de una rana.

Kataryna suspiró profundamente intentando eliminar sus temores y tomar las palabras de Valentín como certeras, y el croar de aquella rana como un presagio. Tal vez Valentín tenía razón y aquel niño sería el mejor regalo que Dios le daría. Tal vez era la manera que Dios había encontrado de devolverle un poco de todo lo que se había llevado.

Ayudó a Valentín a ponerse de pie, le agradeció por sus palabras, por sus consuelos, y luego se dirigió a su casa a enfrentar a Alexander con aquella nueva realidad.

En lugar de caminar, tenía la sensación de que los árboles, las casas, las calles retrocedían debajo de sus pies y a su alrededor, al igual que el curso de un arroyo en torno a un gran obstáculo.

Cuando llegó, permaneció frente a la casa un instante, con la mirada clavada en la puerta. Estaba entornada y arrojaba un abanico de luz amarilla sobre el suelo del pórtico. Inspiró profundamente y enfiló el sendero de entrada.

Alexander la vio acercarse con pasos inseguros y supo de inmediato que algo la inquietaba. Dejó que entrara a la casa y la observó esperando a que tomara valor para hablar. Cuando las palabras salieron de la boca de Kataryna, su corazón pegó un salto, como si lo impulsara un resorte. Pensó que se elevaba hasta su garganta antes de caer de nuevo en el sitio que le correspondía. Enseguida, la velocidad de sus latidos se multiplicó por dos, al mismo tiempo que se dibujaban en sus labios una sonrisa.


[1] Juego infantil que data del siglo XIV de autor desconocido.

Deja un comentario