HISTORIAS ENTREAZADAS (Kataryna y Alexander)

Puerto Casado, Paraguay 1950.

I

Las paredes del despacho de “La Chaqueña” aparecían cubiertas de libros. A un lado había una chimenea de piedra alta bruñida, recortada contra la pared, como un signo hecho con una tiza negra sobre una pizarra blanca. En el interior ardía el hogar al tiempo que crepitaba la madera. En el centro una gran mesa de escritorio, la cual tenía una magnífica lámina de caoba. Encima, había unos documentos desperdigados. Frente al escritorio un hombre sorbía mate desde una bombilla.

 Kataryna se hallaba de pie frente la ventana y observaba nerviosa el sendero que conducía a la entrada de la casa. Afuera, el atardecer había dado paso a las sombras que se extendían sobre el sendero. Habían adquirido ese peculiar tono gris que es característico de las sombras invernales. El viento se mecía entre los árboles y las hojas acariciaban el tejado de la casa.

Se restregó las manos, no precisamente porque deseara entrar en calor, sino por la inquietud que la agobiaba. Cargó el peso de su cuerpo alternativamente en una y otra pierna, como una niña que necesita urgentemente ir al baño.

_Él llegará en cualquier momento_ dijo el hombre que bebía mate.

Kataryna giró sobre sus talones, exhibiendo un prominente abdomen. Dirigió su mirada en dirección a Iván Ivanov quien le devolvió la mirada con una sonrisa condescendiente y afectuosa, ladeando la cabeza en forma peculiar.

Ambos se quedaron contemplando el fuego por un rato. Iván se bebió otro mate.

_Felipe actúa a veces de manera…_ dijo ella poco después, pero dejó la frase inconclusa mientras que acariciaba su abdomen.

Las facciones de su rostro parecían taciturnas y marcadas. Iván pensó que probablemente se debían a las malas noches que anteceden al nacimiento. Volvió a ofrecerle otra sonrisa indulgente.

En el poco tiempo que tenía viviendo en casa de su padre había aprendido las rarezas y manías de su medio hermano. Estaba casi totalmente convencido de que aquellas extravagancias lo hacían mucho más parecido a su padre que ninguno de sus demás vástagos.

Iván salió de Argentina en busca de su padre, luego de más de un año de no haber oído una sola palabra sobre su paradero. Llegó a pensar que, si llegaba a tener noticias suyas, lo hallaría a dos metros bajo el suelo. Le tomó un par de meses ubicarlo, luego de largas pesquisas. Manifestó genuina alegría al verlo y decidió pasar un tiempo con la nueva familia de su padre luego de que Kataryna lo invitara a quedarse.

El joven de expresión mesurada, despejada y bondadosa había dado paso a un hombre de corazón cálido y de naturaleza cariñosa, que Kataryna apreciaba no solo por su temple sino también en cierta forma, porque llevaba el mismo nombre que su padre Iván Weleczuk. Era inquietamente atractivo, con facciones heredadas de su padre en donde la influencia de la madurez, y la elegancia combinaban en forma extraordinaria. Un hombre de grandes habilidades sociales e intelectuales, dotado de una imaginación rápida, un espíritu vivaz y de modales sinceros y afables.  Proveído de una disposición naturalmente sincera, honesta y sensible hacia los sentimientos de los demás. Dejando de lado muchas veces sus propias emociones concentrándose ante todo en las necesidades de sus semejantes.

Iván era miembro activo de una iglesia cristiana, y aspiraba convertirse en Pastor. Su máxima aspiración en la vida era ayudar a las personas a conocer el camino que conducía a Cristo. Para alcanzar ese objetivo tendría que alejarse de su familia y toda la vida como la conocía hasta entonces para fortalecer su espíritu y fe para luego trasmitir la sabiduría a sus futuros feligreses. Ese fue el motivo que lo impulsó a buscar a su padre. Necesitaba pasar un tiempo con él antes de alejarse de la vida mundana y consagrarse a Dios. Su preparación lo alejaría de la vida social por un par de años y no tenía idea de cuando volvería a reencontrase con él.

_Estoy seguro de que sigue absorto en sus clases de guitarra_ dijo Iván_ pero si te deja más tranquila puedo ir a buscarlo.

Se oyó crujir un artejo, se elevaron chispas hacia la oscura garganta de la chimenea que pareció tragarlas. Las llamas se asentaron y el hogar murmuró.

_Será mejor que vaya yo, no estoy segura de cómo reaccionará si vas tu. No le gusta sentirse controlado.

Iván se sirvió otro mate y chupó a través de la bombilla hasta vaciar su contenido emitiendo un característico sonido. Se puso de pie dispuesto a acompañar a Kataryna.

_Yo voy contigo, no es bueno que salgas sola en tu estado. No falta mucho para que des a luz_ sentenció.

Kataryna asintió al mismo tiempo que acariciaba su abultado abdomen y sus labios se curvaban en una sonrisa. La amabilidad, y la sincera preocupación que Iván demostraba hacia ella la conmovían profundamente.

Dejaron la casa y se internaron en la calle cubierta ya por la implacable oscuridad. El frío los atravesó como si fuese filosas cuchillas mientras el vaho de la respiración surgía de sus bocas. Una farola que había un poco más adelante despedía su débil luz mortecina, formando un charco de claridad sobre un profundo lago de oscuridad.

A lo lejos, se oyó el motor de un camión, pertenecía probablemente a la flotilla de la fábrica. Gruñó sin acabar de arrancar, produjo un fuerte bombazo, pareció sacudirse y al fin arrancó con un bramido áspero y convulso.

 Kataryna pensó en Alexander y en las interminables horas que pasaba en la fábrica, desconectándose de la casa, sus hijos y de ella misma. Se dijo a si misma que debía dejar de pensar en Alexander y en cambio ocuparse de Felipe. El jovencito había encontrado un pasatiempo que lo absorbía por completo. Ocupaba todo su tiempo libre en la guitarra que ya dominaba como un experto. Su habitual disposición para las explosiones de exabrupto, sus intensas confrontaciones o sus prolongadas apatías se habían reducido casi por completo, con excepción de algunos esporádicos episodios. Sin embargo, Felipe desaparecía cada vez con más frecuencia de la casa en busca de soledad en compañía de su inseparable guitarra.

Kataryna tenía una fuerte sospecha de dónde podría hallarse. Hasta se atrevería a apostar. No le preocupaba que se enfrascara tocando la guitarra todos los días, lo que le inquietaba era que en aquellas bohemias reuniones no solo circulaban melancólicas melodías y versos poéticos, sino que también el alcohol en grandes cantidades. Y a pesar de que tenía quince años y muchos de los jovencitos empezaban a beber, algo muy profundo dentro de ella le advertía que aquello podría llegar a ser la perdición de Felipe.

El ruido del motor empezó a languidecer para convertirse en un lejano murmullo. La noche era clara pero dolorosamente helada. Una fría luna en forma de costra colgaba en el cielo por encima de sus cabezas. A Iván le recordó uno de los recortes de papel que hacía cuando era niño. Las estrellas brillaban exuberantemente. El viento era gélido y cortante, obligó a Kataryna a hacer una mueca de incomodidad. Se vio obligada a entrecerrar los ojos para evitar que le lagrimearan. Sin lugar a duda aquella noche helaría.

Una figura larguirucha apareció de pronto como un fantasma en la oscuridad. Caminaba por la acera con el andar lánguido típico de un adolescente, con los hombros caídos, resoplando y sacando vaho por la boca. Con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo la guitarra por el delgado mango. Las cuerdas parecieron brillar bajo la tenue luz de una farola.

Felipe era guapo con un mentón prominente, ojos grandes, profundos y oscuros, a Kataryna le recordaban los ojos de su padre Iván.

Felipe se detuvo frente a su madre y su medio hermano con una expresión de asombro en el rostro.

_ ¿Por qué tardaste tanto? _ lo recriminó su madre.

Felipe puso los ojos en blanco. Empezó a decir algo, pero se interrumpió, sacó la mano del bolsillo y se la llevó a una de las mejillas, como si intentara contener las palabras que amenazaban con desbordarse de su boca. La miró con expresión de enfado y malestar.

_ Mamá ya no soy un niño_ le respondió poco después.

_No eres un niño, pero tampoco eres un adulto_ dijo ella con ojos angustiados.

_ ¿Qué puede asarme? Ni siquiera tengo forma de salir de aquí, así que no entiendo porque te preocupas.

_Felipe, tu madre solo quiere lo mejor para ti_ dijo Iván interviniendo en la conversación entre la madre y el hijo.

Felipe le dirigió una mirada de advertencia al hombre que acompañaba a su madre antes de responder.

_Creo que nadie te dio vela en este entierro.

Iván levantó las manos en señal de rendición mientras sus labios esbozaban una sonrisa cálida. No se tomó aquella respuesta en forma personal, sabía por propia experiencia que los jovencitos de aquella edad tomaban las cosas muy a pecho.

_Felipe, regresemos a casa, este no es lugar para conversar.

_ ¡Estoy harto de que me sigas a todas partes, de que me digas que hacer! Dijiste que estabas feliz de que al fin encontrara algo que me gustara y ahora te molestas cuando paso tiempo con mis amigos y con mi guitarra_ dijo con desconsideración y hostilidad en el tono de su voz, pero en sus palabras hubo también una cierta y cansada perplejidad.

Kataryna sintió un abatimiento tan amargo y oscuro como el sabor del primer sorbo del mate al escuchar las palabras de su hijo. Expiró, como el aire que se escapa de un globo. No se había percatado de que estaba reteniendo el aire.

_Felipe, tal vez tienes razón en que no tengo derecho a opinar sobre tu vida, pero creo que tu madre no se merece que le hables en ese tomo_ dijo Iván en un tono de voz que resultaba relajante y reconciliador.

Felipe se quedó en silencio, como si sopesara las palabras de su hermano. Su fastidio pareció disiparse como la niebla cuando empieza a calentar el sol.

_Lo siento mamá_ se disculpó_ tienes razón, regresemos a casa.

Kataryna asintió, las comisuras de sus labios se curvaron para arriba, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

II

Sentado en un banco a la sombra de un viejo árbol cerca del camino de tierra que conduce al hospital, se encontraba Alexander. Sostenía un cigarrillo encendido entre sus dedos índices y corazón. Sus ojos azules, una mezcla de inquietud e impaciencia. Un manto negro cubría el cielo en su ausencia de luna y las estrellas destellaban con su frío parpadeo.  El viento gélido soplaba con fuerza y le helaba las mejillas, pero él parecía no percatarse de ese pequeño detalle. Había llovido por la mañana y los charcos de agua opacas aún cubrían en forma desordenada el sendero de tierra. Extrañamente, aquellos charcos le recordaron las manchas del yaguareté del que fue víctima.  

 Kataryna había iniciado labores de parto y llevaba esperando en aquel banco poco más de media hora. Sentía que los músculos de su espalda y su abdomen estaban tensos y agarrotados como si hubiese pertenecido a algún batallón del ejercito que acabara de perder alguna larga batalla. Las palpitaciones de su corazón le rugían en los oídos.

Estaba nervioso, eso era todo. Nunca antes, había sentido inquietud alguna por el nacimiento de alguno de sus hijos, y no entendía porque se sentía diferente ahora.

El viento sopló su frío aliento y Alexander se estremeció. Dirigió la mirada a la entrada del hospital que pocos minutos antes se hallaba muy ajetreada. Pacientes, visitantes, médicos y enfermeras, se apresuraban a abandonar o ingresar a las instalaciones con la intención de evadir las bajas temperaturas. Pero ahora todo estaba en silencio y solo percibió la figura de un hombre en el umbral. La lámpara que pendía del techo lo alumbraba de forma tal que parecía encontrarse sumergido en una neblina luminiscente y dorada. La figura permaneció en el umbral por unos segundos, acto seguido bajó las cuatro gradas que lo separaban del sendero y se acercó a Alexander con pasos ligeros.

_ ¡Felicidades, papá, Kataryna dio a luz a una saludable niña! _ dijo Iván con una genuina sonrisa de alegría al tiempo que una nubecilla de vaho rodeó su rostro.

Luego, lo estrechó en un fuerte abrazo que a Alexander lo tomó por sorpresa. Titubeó por un momento antes de rodear a su hijo con sus brazos. El cigarrillo seguía entre sus dedos. Despedía un humo blanco que se agitaba con cada ramalazo de viento.

_Adelántate, enseguida te alcanzo_ dijo separándose de su hijo con una sonrisa nerviosa en sus labios morados por el frío.

Iván asintió y regresó sobre sus pasos con las manos embutidas en los bolsillos de su abrigo, sorteando los charcos de agua.  Alexander aspiró una última bocanada de su cigarrillo antes de lanzar la colilla en el charco más cercano, donde chisporroteó brevemente y luego se apagó. Se quitó las gafas, se las limpió con el bajo de su camisa y volvió a ponérselos. Otra ráfaga gélida de aire invernal pareció atravesarlo hasta las costillas y por primera vez desde que llegó sintió frío. Lo primero que pensó fue “¿Por qué diablos vine sin abrigo? Pero borró aquella idea de su mente y con pasos rápidos sorteó los charcos como en una competencia de obstáculos. Ingresó al hospital, buscó la habitación de Kataryna. Se detuvo unos segundos detrás de la puerta. Se oían voces animadas y alegres que elogiaban y felicitaban. Aspiró profundamente antes de tomar el mango de la puerta y abrirla. Una expresión de radiante felicidad atravesaba el rostro de Kataryna. Sostenía en brazos a la pequeña al tiempo que le acariciaba la mejilla con el dedo índice. La rodeaban Iván, Felipe y dos enfermeras. La imagen le inspiró dicha y melancolía al mismo tiempo. Una niña, pensó, una niña que de alguna manera significará un apósito en el corazón de Kataryna.

La madre levantó la mirada y observó a Alexander que aún se hallaba en el umbral de la puerta. Kataryna lo animó a acercarse con una sonrisa al tiempo que observaba sus ojos azules. Había algo nuevo en sus ojos. Algo que no había estado allí antes. Parecía complacido.

Alexander se acercó con pasos lentos a la cama. Kataryna lo animó a que tomara a la niña en sus brazos. Alexander la sostuvo con delicadeza. Tenía los ojos cerrados. Descubrió su pequeña cabeza, desprovista completamente de pelos. La concurrencia impuso un respetuoso silencio durante el primer encuentro entre padre e hija. Todas las miradas se hallaban fijas en Alexander. Se paseó por la habitación, resonaron sus pasos en el suelo y el aleteo de su pantalón. Sonrió al verla llevarse torpemente un uno de sus deditos a la boca sin éxito. Minutos después se la devolvió a su madre. Y como si aquello fuera una señal, los presentes retomaron la animada conversación.

_ ¿Puedo cargarla mamá? _ preguntó Felipe. Sus oscuros ojos rebosantes de curiosidad e interés, encendidos de ternura.

Kataryna le entregó a la niña. Felipe sonrió primero a su madre, luego a su padre. Asomó a sus ojos un resplandor que sus padres casi nunca veían. A pesar de que Felipe era introvertido y emocionalmente inestable como su padre, tendría de ahora en adelante cierta debilidad por su pequeña hermana.

Iván observaba toda aquella escena con absoluta fascinación. Su carácter afectuoso y la bondad de su corazón no le permitía menos. Poseedor de una memoria eidética recordaría aquel acontecimiento a la perfección por el resto de su vida.

_ ¿Cómo se llamará? _ preguntó el jovencito que mecía torpemente a su nueva hermanita.

_Valentina_ respondió Karatyna.

Alexander la observó con extrañeza. Ciertamente no habían hablado al respecto. En realidad, no habían hablado mucho en los últimos meses.

_En honor a Valentín_ se explicó_ Lo aprecio como a un padre, y se alegró mucho al saber que estaba embarazada.

Alexander asintió complacido. También apreciaba a Valentín, lo consideraba un gran amigo y mejor persona.

Aquel gesto conmovería a Valentín de un modo que fue incapaz de describir.

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