HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Puerto Casado, primavera de 1952.

I

Valentina crecía con los rasgos encantadores que rebosan en los niños de dos años: articulación imperfecta y jocosa, el inalterable deseo de hacer siempre su voluntad, incansables travesuras, enredos y alborotos a montones, desbordante y contagiosa alegría.

Tenía los ojos pardos brillantes y vivaces, la cabeza cubierta de una delgada mata de pelo tan rubio que daba la impresión de que en realidad era blanco. Gobernaba a su hermano Felipe a su antojo y era la alegría indiscutible de su madre. A pesar de los continuos estados disociativos de su padre, lograba casi siempre arrancarle una sonrisa. En otras palabras, se había adueñado del corazón de su corta familia.

Era una niña incansable e inquieta, lo que los especialistas llamarían una niña hiperactiva. Se enfrascaba en todo tipo de juegos, pero su preferido, al igual que el de su hermano Felipe cuando era niño, era el caballito. La pequeña diferencia radicaba en que Valentina (a la que su familia llamaba Tina) prefería utilizar a su hermano como montura.

Apenas Felipe llegaba a casa del colegio, Tina apresaba su mano entre sus débiles dedos y tiraba de él exigiendo “Balito, balito” una especie de diminutivo de caballito. Una expresión de exagerada sorpresa cruzaba en esos momentos fugazmente por las facciones de Felipe, como si aquel requerimiento fuera algo inesperado o extraño. Después, la expresión se eclipsaba y se mostraba dispuesto y hasta encantado de conceder los deseos de la niña de ojos pardos. En vez de sentirse atosigado, se sentía complacido y predispuesto a hacer feliz a su pequeña hermana. A pesar de que Felipe contaba ya con diecisiete años, no dudaba en apoyar las rodillas y las manos en el suelo y pasear a la niña por toda la casa.

Kataryna no comprendía el poder que la Tina ejercía sobre su hermano, pero debía reconocer que le agradaba. La niña poseía una influencia positiva en él.  Su temperamento se había trasformado y ahora era mucho más afable y cariñoso.

Cuando no jugaban al caballito, Felipe interpretaba animadas melodías con la guitarra. Tina batía palmas e intentaba torpemente seguir el ritmo (por más esfuerzos que realizara, en realidad nunca se convertiría en una buena bailarina)

Durante las cálidas tardes, Felipe la llevaba a pasear por el pueblo o hasta el puerto en donde Tina disfrutaba observando la llegada de alguna embarcación y el ajetreo que con ello experimentan los habitantes de Puerto Casado. Se tendían sobre el verde y brillante pasto y observaban el cielo.

_Mira el cielo Tina_ decía Felipe señalando el firmamento_ el cielo es azul.

_Zul_ repetía Tina y batía palmas cuando Felipe aprobaba sus palabras.

Luego, se incorporaba y se sentaba a horcajadas sobre el pecho de su hermano mayor y saltaba dando tumbos, como si cabalgara. Emitía estridentes chillidos con los ojos alegres y brillantes. Cuando el cansancio la vencía se tendía de nuevo junto a Felipe y observaba las nubes pasar.

_Ipe_ decía señalando con su pequeño dedo índice las nubes blancas como algodón de azúcar sobre el impresionante cielo azul. No sería capaz de pronunciar correctamente el nombre de su hermano hasta que cumpliera cuatro años.

_Nube_ decía Felipe

_Be_ repetía ella y sonreía.

Una templada tarde de primavera, cuando el sol iniciaba apena su recorrido hacia el oeste y los pájaros gorjeaban alegres sobre las copas de los árboles, Tina y Felipe salieron en su acostumbrado paseo. Recorrieron las calles del pueblo disfrutando de la brisa cálida que traía el viento. Se detuvieron en la pequeña plaza del pueblo y se sentaron en uno de los escasos bancos. Estaba algo húmedo debido a la lluvia de la mañana, pero Felipe se las arregló para secarlo con las hojas de un viejo periódico.

Dos perros callejeros se disputaban lo que al parecer eran los restos de un mbeyú[1] Estaban famélicos, sus costillas sobresalían a través de la delgada piel.

_Peito_ dijo Tina señalando con el pequeño dedo índice para luego dirigir su mirada a su hermano como si esperara su aprobación.

Felipe quien se había convertido en todo un experto en el nuevo lenguaje que él denominaba “Valentinismo” asentía siempre con una sonrisa.

_Si son perros_ respondió Felipe_ y tienen hambre.

Tina cambió su expresión alegre en un segundo mostrando en sus facciones una angustia casi cómica, como solo los niños de esa edad pueden expresar.

Los dos animales compitieron por el apetitoso bocado entre ladridos y gruñidos hasta que uno de ellos, un perro de pelo blanco y orejas cafés se alzó con la recompensa y echó a correr. Al parecer, su contrincante no tenía las fuerzas necesarias para perseguirlo. Se quedó mirando con ojos triste y la cola entre las patas traseras, cómo su cena se alejaba con rapidez.

_Peito_ repitió Tina con una expresión de exagerada sorpresa. Una expresión tan graciosa que Felipe no pudo evitar echarse a reír.

Un grupo de niños que probablemente ocupaban probablemente el rango completo de edades de la niñez se acercaba entre gritos ensordecedores y conversaciones alborotadas e ininteligibles. Valentina los observó sorprendida e interesada. No tenía muchas oportunidades de jugar con otros niños.

 Una niña cargaba sobre su cadera derecha a un bebé de unos ocho o nueve meses. Felipe pensó que la pequeña difícilmente tendría más de siete años. La niña llevaba el pelo enmarañado y sucio. Felipe pensó que probablemente llevaba sin lavárselo más de una semana. Iba descalza al igual que el bebé que cargaba. Caminaba a su lado un niño de piel cetrina, ojos redondos y asustados. Llevaba la cara sucia y un hilillo de moco le colgaba sobre el labio superior. Tenía la cabeza rapada. “Piojos”, fue lo primero que a Felipe le vino a la cabeza. Otras dos niñas con los pies descalzos caminaban por detrás. Apresuraron sus pasos y se situaron a la derecha de la niña que cargaba al bebé. Felipe pensaba que tendrían entre cuatro o cinco años. Desde el otro lado del parque se acercaron al grupo dos niños de entre ocho y nueve años. Uno de ellos llevaba un machete en la mano derecha. Tina los contemplaba con aire de fascinación. Tenía el ceño fruncido y el labio superior algo fruncido, la expresión característica de interés y concentración que la acompañaría por el resto de su vida.

Felipe perdió interés y se concentró en una tela de araña que pendía de las ramas de un árbol. Unas gotas de lluvia brillaban sobre ella como perlas. La propietaria de aquel intrincado tejido permanecía inmóvil en el centro. Estaba muy quieta, como petrificada. Felipe pensó que estaba muerta.

Los niños, al otro lado del parque emitían estridentes chillidos y estrepitosas carcajadas. Tina bajó del banco como una serpiente escurridiza.

_Nene_ articuló con claridad.

Mama, papa, nene y nena eran las únicas cuatro palabras que pronunciaba a la perfección.

Felipe seguía absorto en la tela de araña y en su ocupante. De pronto, la araña se movió en el centro de su tela y trepó por uno de los hilos de seda hasta desaparecer entre las hojas del árbol. No estaba muerta después de todo.

_ ¡Hola Felipe! _ oyó decir a una voz conocida que lo sacó de sus cavilaciones.

Volteó la cabeza sobre su hombro izquierdo y pudo constatar que la voz pertenecía a uno de sus amigos con quien solía encontrarse para tocar la guitarra. El joven, cinco años mayor que Felipe extendió la mano para que se la estrechara su amigo.

_Hola Luis. ¿Qué haces por aquí? _ preguntó_ pensé que te ibas por unos días a Argentina.

_Cambio de panes. Tengo una fiesta esta noche y me invitaron a tocar la guitarra.

Felipe volteó en dirección a su hermana que seguía ensimismada en los niños que correteaban de un lado a otro. El del mache, blandía el arma con las dos manos de atrás hacia adelante con una extraña rapidez para un niño de su edad, como si atacara a un enemigo invisible al tiempo que su garganta prorrumpía en una cacofonía de sonidos entre los que se destacaban agudos zumbidos y golpes secos.

Felipe volvió su atención al joven que tenía cerca.

_ ¿Por qué no me acompañas? _ preguntó el recién llegado_ hace algún tiempo que no tocamos juntos.

Felipe pareció sopesar la propuesta de Luis. Tenía razón hacía tres semanas que no se reunía con sus amigos a tocar. Valentina lo mantenía muy ocupado y no es que se quejara, le gustaba pasar tiempo con la niña, pero extrañaba la compañía de sus amigos.

Valentina dio dos pasos vacilantes y se detuvo a contemplar a los niños que jugaban entre risas y gritos eufóricos. Se llevó un dedo a la boca, pero no se lo chupó. En vez de eso, pareció explorar los espacios vacíos de sus encías como si quisiera comprobar la presencia de algún nuevo diente. Volvió a dar unos pasos cautelosos. Perdió el equilibrio al tropezar con su propio pie. Se tambaleó, pero antes de que cayera de bruces, apoyó las manitos en el suelo. Se incorporó y observó con atención al niño del machete que ahora asestaba golpes al abultado tronco de un Ombú. La hoja emitió un destello cuando la luz del sol se reflejó en ella. Valentina sonrió, como si acabara de descubrir un nuevo e interesante juguete mucho más divertido que jugar al caballito con su hermano “Ipe”. Se acercó un poco más y volvió a detenerse. Giró sobre sus talones y observó a su hermano enfrascado en una conversación con su amigo. Volvió su atención al niño del machete.

Mientras Tina contemplaba fascina al niño del machete, Felipe sopesaba la invitación de Luis y olvidaba por completo la presencia de Valentina.

_Está bien, me dará gusto ver a…

Se interrumpió al oír un grito desgarrador. Se puso de pie de un salto como si acabara de sentarse sobre una afilada daga. Sus ojos desesperados recorrieron el parque hasta que halló a su hermana tendida en el suelo. Corrió hasta ella con los ojos desorbitados. Luis pareció no entender lo que, acabada de suceder, pero luego de unos segundos de vacilación siguió a su amigo que ya se hallaba arrodillado al lado de su hermana, que tenía los ojos desencajados, las facciones pálidas con excepción de la mejilla derecha chorreada en sangre. En un primer momento, Felipe no comprendió lo que había sucedido, pensó que la niña había caído y se había hecho un corte en la frente o algo parecido. Tina lo miraba con los ojos vidriosos, pero parecía no verlo.

Los niños que jugaban en el parque se quedaron petrificados alrededor. Observaban la escena sumamente consternados y atemorizados.

_Tina ¿estás bien? ¿dónde te duele? _ preguntó con voz temblorosa.

La niña no respondió. Intentó levantarla y fue en ese momento en donde vislumbró una gran herida en el centro de su cabeza.

Felipe levantó la mirada y sus ojos reflejaron un brillo desesperación y culpabilidad. Vio al niño del machete corriendo como alma que lleva el demonio hacia el lado este del pueblo y el machete ensangrentado a pocos metros de su hermana. El corazón le latía con tanta fuerza que pensó que se le saldría por la boca. Una crispación de terror le cruzó el rostro.

La mitad derecha del rostro de Valentina estaba cubierta del líquido escarlata caliente y viscoso que se escurría por su cuello y lo manchaba, se deslizaba por el hombro y dejaba una franja roja sobre su vestido blanco. Su pelo se cubría también de escarlata enfermizo.

_ ¡Tina! _ gritó e intentó sacudirla cuando no respondió, pero Luis lo detuvo apoyando una mano sobre su hombro.

_ ¡No Felipe! ¡No debes moverla! Voy a buscar ayuda_ agregó y salió corriendo rumbo al hospital.

Los gritos y alborotos llamaron la atención de algunos de los transeúntes. Un par de mujeres que acaban de regresar del hospital se acercaron y rodearon a la niña. Valentina mantenía los ojos abiertos, pero sus ojos parecían sin vida. Su respiración era agitada y emitía suaves resuellos cuando exhalaba.

La niña oía voces, las voces estaban lejos. Las voces estaban sobre las nubes. Sobre las nubes blancas, las nubes que veía pasar junto a su hermano “Ipe”. Todo estaba sobre las nubes.

No entendía que era lo que estaba sucediendo, su mente aún no contaba con la madurez suficiente para interpretar los acontecimientos. Algo había silbado junto a su oído. Luego una mano invisible le dio una sacudida en la cabeza. Entonces el filo del machete le abrió un surco en el centro de la cabeza y la despidió hacia atrás como si se tratara de una muñeca de trapo. Lo que Tina no era capaz de imaginar era que la mano invisible que le había sacudido le trazó una raya ardiente sobre su cuero cabelludo.

_” Balito” _ dijo entre resuellos.

El caballito estaba sobre las nubes. Todos estaban sobre las nubes: mama, papa, “Ipe”, menos ella. Tina estaba debajo de las nubes y se alejaba cada vez más rápido. Entonces, el cielo ya no era azul y las nubes ya no eran blancas, un velo rojo brillante empezó a correrse delante de su ojo derecho. Su cuerpo se estremeció, corroyéndole como descargas eléctricas. Luego, se quedó inmóvil por completo sobre el charco de su propia sangre.

II

Kataryna se hallaba sentada frente a la ventana de la sala. Sobre sus rodillas descansaba una pequeña blusa celeste con margaritas bordadas alrededor del cuello. Aquella prenda era la preferida de Tina. Se lo había regalado Valentín al cumplir dos años y desde que la recibió no dejaba de exigirle a su madre que se la pusiera. No se la quitaba ni para ir a dormir. Cuando estaba sucia y su madre intentaba sacársela antes de darle un buen baño, se ponía a llorar de impotencia y rabia.

Por la mañana, apenas había despertado se acercó a su ropero, se puso de puntillas e intentó abrir la puerta. Su madre adivinando sus intenciones, la tomó en brazos y la acercó al tirador de la puerta. Valentina lo sujetó con ambas manos y tiró de ella con todas sus fuerzas. Su rostro se tiñó de rojo por el esfuerzo, pero logró su cometido.

Kataryna la dejó en el suelo y la niña empezó a hurgar entre toda la ropa hasta hallar lo que buscaba. La sostuvo en alto mientras que una gran sonrisa se dibujaba en sus delgados y rojos labios. Luego le mostró el preciado objeto a su madre, quien la ayudó a vestirse con la prenda.  Salió al patio dando pequeños saltos y llevándose las manos al pecho observando la blusa satisfecha.

En el patio trasero, Alexander había construido una pequeña resbaladera de madera. La había pintado de rojo con los bordes de blanco. Era el lugar preferido de la niña cuando su hermano se hallaba ausente. No se cansaba de subir los cinco peldaños que la separaban de la cima, sentarse, impulsarse con los brazos y las piernas, y resbalar hasta llegar al suelo. Podía deslizarse por más de una hora sin mostrar signos de agotamiento. Cuando se aburría de la rodadera, intentaba subir por la rampa sujetándose de los pasamanos y escalando con las rodillas. Avanzaba con dificultad hasta tres cuartas partes de la resbaladera. Los músculos de sus piernas temblaban y se rendían. Terminaba con el torso sobre la rampa y se deslizaba hasta el suelo. No es necesario decir que volvía a intentarlo una y otra vez hasta que el cansancio la obligada a sentarse a un lado de la resbaladera, tenderse luego sobre el pasto y luchar contra los párpados que la amenazaban con cerrarse. Cada una de las veces sucumbía al cansancio, su madre la recogía y la regresaba a la casa para una reparadora siesta.

Aquella mañana en uno de aquellos deslizamientos el fondo de la blusa quedó enganchada a la saliente de un clavo. Valentina intentó liberarse sacudiendo el cuerpo de un lado a otro hasta que la blusa se desgarró con un ruido que le recordó a una de sus constantes flatulencias. El desgarre iba hasta la mitad de la espalda y cuando su madre se lo hizo notar se puso a llorar desconsolada.

_Piooo_ dijo la pequeña encogiendo los hombros y levantando las palmas de las manos abiertas y una expresión de desconsuelo en los ojos.

_Sí, se rompió_ le contestó su madre_ voy a sacarte la blusa y te la voy a coser.

_Si, “ser” _ contestó la niña.

_Coser_ corrigió la madre.

_ ¡Ser! _ repitió la niña.

Kataryna se echó a reír y la niña rio con ella.

Ahora le daba las últimas puntadas y terminaría de remendarla. Desde luego no quedaría como al principio, pero al menos Tina tendría de vuelta su blusa preferida. Remató la costura y cortó el hilo. Dejó la costura a un lado y prestó atención a la calle. Vio a Felipe que se acercaba por el sendero que conducía a la casa. Estaba solo, tenía la expresión desmejorada y penosamente azarosa. La luz anaranjada del atardecer lo iluminaba de una forma despiadada que le confirió un aspecto infausto.

Kataryna se puso de pie alarmada. Su corazón dio un salto, se detuvo por un segundo y luego inició una carrera despavorida. Corrió hasta la puerta, la abrió y antes de que su hijo pudiera siquiera llegar hasta ella preguntó aterrorizada:

_ ¡¿Dónde está Valentina?!

Felipe se detuvo frente a ella con la expresión de trémula aflicción. Intentó explicarle a su madre lo que había sucedido, pero su lengua se empeñaba en desobedecer las órdenes de su cerebro.

_ ¡¿Dónde está tu hermana? ¿Qué fue lo que pasó?!_ siguió interrogando cada vez más nerviosa.

Felipe aún no podía articular palabra alguna. Solo la miraba con los ojos agonizantes. La mezcla de preocupación, culpa y desesperación que Kataryna percibió en el rostro demacrado de su hijo la aterrorizó.

Felipe aspiró una bocanada profunda de aire y empezó a hablar con voz trémula. Vaciló y estuvo a punto de quebrarse, pero pudo terminar.

_Está en el hospital ahora_ explicó.

Kataryna no pudo moverse, era como si alguien le hubiese extraído por completo la energía. Se sintió como uno aquellos juguetes a los que se le ha terminado la cuerda. Una lágrima rodó lentamente por su mejilla izquierda. Felipe estiró un dedo y se la enjugó.

_Lo siento mama, yo tengo la culpa. Me distraje solo unos segundos.

Kataryna no supo que decir, podía percibir la culpabilidad en los ojos y la voz de su hijo. Sabía que él buscaba su absolución, pero simplemente no pudo articular palabra.

Intentó moverse. Su cerebro envió la orden a sus piernas, pero estas no obedecieron. Hizo un esfuerzo, se obligó a mover la pierna derecha y luego la izquierda y salió de la casa sin dirigirle otra palabra a su hijo. Felipe se quedó de pie en el umbral de a puerta por unos minutos intentando dilucidar lo que debía hacer. Su padre estaba en Buenos Aires en un curso de capacitación y no tenían a nadie más a quien acudir. De pronto, pensó en Valentín. Sí, Valentín podría ayudarlos. Cerró la puerta de la casa y se dirigió corriendo hasta la casa del amigo de su padre.

 El crepúsculo se cernía sobre Puerto Casado y el cielo anaranjado rojizo estaba a punto de dar paso al negro de la noche. No hacía mucho calor, pero se sentía extenuado por el esfuerzo físico y emocional. El sudor resbalaba por su frente y sus mejillas cuando llegó a casa de Valentín.  El hombre quedó turbado al observar la fisonomía azorada y despavorida del joven. Tenía el rostro blanco como el papel, con el cabello castaño revuelto, como si se hubiera intentado arrancarlo o al menos frotando, y un temblor enfermizo en los labios entreabiertos. Valentín se apresuró a interrogarlo y cuando terminó, se apresuró a acompañarlo al hospital.

III

Kataryna se hallaba sentada en una silla de respaldar incómodo al lado de la cama en donde descansaba su pequeña. La niña lucía una venda que cubría gran parte de su cabeza. Las luces del pabellón del hospital estaban amortiguadas y le daban un aspecto mortecino y lúgubre que estremeció a Kataryna. La niña había perdido mucha sangre, y seguía inconsciente. Estaba asustada, temía que su cuerpo no resistiera. La sometieron a una trasfusión sanguínea con la esperanza de que se recuperara, pero los médicos no ponían las manos al fuego cuando de daños cerebrales se trataba.

La mente de Kataryna deseó examinar posibilidades que habría sido mejor excluir. ¿Y si su pequeña moría? Sacudió la cabeza con vehemencia. No, no debería pensar en eso. Pero en aquel momento revivió las terribles circunstancias en las que había perdido a sus tres primeras hijas y sintió pavor. Pavor de que ocurriera de nuevo, pavor de que Dios le arrancara a su pequeña. Aquella idea la arrastró como si fuera un peso inerte y deseó ser ella quien estuviera en aquella cama de hospital en vez de su hija.

 ¡Y si sobrevivía y terminaba con una lesión en el sistema nervioso? ¿Y si acaba necesitando atención el resto de su vida?

Se abrió la puerta y se presentó el médico de guardia. Era un hombre menudo, pulcro, que usaba gafas de lentes gruesos, zapatos de buena calidad y una bata tan blanca que lastimaba los ojos. Sus tupidas cejas salpicadas de blanco estaban fruncidas en una expresión algo abstraída como si no encontrara las palabras adecuadas para comunicarle a aquella sufrida madre la situación de su pequeña. Kataryna lo miró pálida y asustada. El tono azul de sus ojos se había oscurecido. Estaban desmoralizados y afligidos como si el mundo estuviera a punto de estallarle en el rostro y no pudiera hacer nada al respecto. El médico se acercó a ella, la contempló por unos segundos antes de hablar. Por unos segundos, que parecieron eternos, en la habitación reinó el silencio, turbado solo por el zumbido de un reloj suspendido de una de las paredes. Kataryna entrelazó las manos fuertemente y las apretó como si de esa forma le fuera más fácil soportar las malas noticias que el médico estaba a punto de darle. Se concentró en las manos del menudo hombre, en sus pulcras y cuidadas uñas intentando no ponerse a llorar. El hombre de las gafas de lentes gruesos evitó las palabras extravagantes y rebuscadas, fue claro y conciso. En suma, no había cambios en la niña. Seguía estable, pero en estado crítico. No quedaba más remedio que esperar.

La conversación no demoró más de cinco minutos, si es que se podía llamar así al soliloquio que sostuvo el médico. Cuando este salió de la habitación con un rictus pétreo en el rostro, Kataryna sintió que la soledad y la congoja se abalanzaban sobre ella como dos aves de rapiña, listas para pelear para ver quien de las dos se quedaba con ella. Fijó su atención en el reloj de la pared. Debía dejar de contemplar a la niña o sucumbiría en los brazos de la desesperación y la locura que intentaba ahora ganarle de mano a la soledad y la congoja. El zumbido del reloj era constante, monótono e hipnótico. Por su mente se sucedían toda clase de imágenes, recuerdos dolorosos que a pesar del tiempo estuvieron latentes en un rincón escondido y que ahora volvían a aflorar, a azotar, a castigar, a herir. Recuerdos que llevaban a emociones que prefería olvidar para siempre. El tiempo parecía devanar su interminable madeja de perturbadores recuerdos con lentitud, con perversidad sin que pudiera de alguna forma escapar de él. Las lágrimas cayeron por sus mejillas, sin que ella fuera consciente de ello.

  No supo por cuanto tiempo estuvo en aquel estado, cuando con el rabillo del ojo percibió una presencia en el umbral de la puerta. Giró la cabeza en esa dirección y levantó la vista, con sus ojos azules más refulgentes que nunca, anegados por las lágrimas. Se secó las mejillas con el dorso de su mano derecha al tiempo que veía a Felipe que la observaba con incertidumbre y culpa desde el hueco de la puerta. Kataryna no lo culpaba, había sido un accidente que podría haberle sucedido a cualquiera. Ahora lo único que le preocupaba era que su pequeña se recuperara. Kataryna le pidió a su hijo que entrara.

Felipe ingresó a la habitación con pasos vacilantes y la cabeza gacha. Detrás de él, se asomó Valentín. Sus pequeños y redondos ojos lucían apacibles y serenos. Kataryna se puso de pie al verlo. Valentín la estrechó entre sus brazos y le habló controlando cuidadosamente su voz para mantenerla serena y segura, garantizándole que Tina se pondría bien. Y que mucho antes de lo que ella se imaginaba, estaría correteando por la casa de nuevo. 

Valentín continuó con la misma voz serena y confortadora mientras que el tiempo insoportable y agobiante avanzaba. Kataryna agradecía su presencia y sus esperanzadoras y consoladoras palabras. Pero no sería hasta un par de años después que llegaría a comprender la importancia de aquellas palabras durante ese particular momento de incertidumbre y ansiedad. Valentín la ayudó a permanecer cuerda en un momento en que estaba a punto de perder la cordura y dejarse llevar por las aguas de la insensatez y la enajenación. No pensó en la ausencia de Alexander, no tenía tiempo para ello. No era la primera vez que estaba ausente cuando lo necesitaba, pero por alguna extraña razón, no podía reprochárselo. En cierta forma, comprendía que había sido ella quien decidió seguir a su lado cuando todo indicaba que era mejor alejarse. No había espacio en su mente ahora más que Tina, ya se ocuparía de lo demás después.


[1] Mbeyú: Comida típica, una especie de panqueque hecha a base de almidón de mandioca y queso.

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