HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, Paraguay, abril de 1953.

                                                                                I

El sol de poniente convertía los rieles del ferrocarril en líneas ardientes de color rojo anaranjado y parecía encuadrar el cartel que tenían justo delante.

“Estación Central del Ferrocarril de Asunción”

“Bienvenidos a Asunción”

“Población: 210.745 habitantes”

La luz del crepúsculo cayó sobre los ojos azules de Alexander y pareció incendiarlos con una súbita exaltación.

Kataryna lo observó con disimulo, pero no pudo dejar de vislumbrar en él aquella intensa mirada de entusiasmo.

La decisión de Alexander de abandonar Puerto Casado, y aceptar un puesto de catedrático en el Colegio Nacional de Agronomía había complacido secretamente a Kataryna. Felipe acababa de terminar la secundaria y necesitaba encaminar su futuro. Además, luego del accidente de Tina y su rápida recuperación precisaba de un apremiante cambio. Pesaba sobre sus hombros los años, que se hacían cada vez más evidentes, en sus cabellos grises, en los fatigados músculos, en los quilos de más.

Luego de que Tina se recuperar sin secuelas aparentes, pensó que era tiempo de buscar un lugar propio en donde establecerse y envejecer en calma y sosiego. Se juró a si misma que sería la última vez que se marchaba, aunque Alexander resolviera lo contrario. Tenía algún dinero guardado y pensaba buscar alguna porción de tierra en donde en el futuro, pudiera construir una casa. Y que mejor lugar que en San Lorenzo. Hablaban maravillas de aquella ciudad que distaba solo dieciocho kilómetros de la capital, pero en el que se podía aún disfrutar de grandes espacios verdes, agradables atardeceres, y sobre todo paz y sosiego.

Descendieron del tren y se dirigieron al área de desembarque de pasajeros en donde Kataryna y Tina esperaron a que Felipe y Alexander desembarcaran sus escasas pertenencias. Les llevó media hora conseguir alquilar una carreta que las trasladara hasta San Lorenzo y otra media hora más en embarcarse en el tranvía que los trasportaría a ellos hasta su nuevo hogar. El suave y aletargado vaivén del tranvía adormiló a Tina de inmediato, y permitió a su madre disfrutar de lo que quedaba de aquel largo y trajinado viaje.

La escuela funcionaba en lo que posteriormente se convertiría en el campus de la Universidad Nacional de Asunción.  La escuela estaba enclavada en medio de unas trescientas hectáreas de terreno casi en su mayoría en estado silvestre. El capataz de la granja experimental, un hombre alto de tes cetrina y ojos oscuros como la noche, los recibió. Llevaba un par de botas de cuero y un sombrero pirí, aunque hacía unas horas que el sol se había puesto. Sostenía una lámpara a keroseno en su mano derecha y en la izquierda, un manojo de llaves.  Al parecer era un hombre de pocas palabras, se limitó a entregarle las llaves a Alexander, y la lámpara a Kataryna para luego retirarse con una leve inclinación de cabeza.

La casa era pequeña, de paredes probablemente blancas. Sin embargo, la tenue luz que emanaba de la lámpara no era suficiente para poder asegurarlo. Alexander introdujo la llave en el cerrojo y giró la llave, pareció atascarse, pero lo intentó de nuevo y cedió con un sonido sordo. Abrió la puerta y los goznes emitieron un chirrido agudo. Definitivamente la puerta necesitaba con urgencia algo de grasa.

La casa era completamente diferente a “La Chaqueña”. La primera impresión era de austeridad completa. La primera habitación era una suerte de cocina, comedor y recibidor, bastante reducido. Había una mesa deslucida y cuatro sillas frente al fogón de la cocina. Un sillón ajado y sucio, una mesita y un espejo adosado a la pared entre dos ventanas, un grabado sin valor artístico, representando a una campesina arando la tierra. A esto quedaban reducidos los muebles de aquella habitación.

Kataryna acostó a la niña que aún dormía en el sillón y caminó detrás de Alexander por un estrecho pasillo que llevaba a las dos únicas habitaciones con que contaba la casa. Alexander levantó la lámpara por encima de su cabeza para iluminar el recinto. En la primera habitación no había casi muebles. En el rincón de la derecha había una cama y una silla. En el mismo lado había una mesa de madera café cubierta por un roñoso tapete rojo; al lado de la mesa había dos sillas de cañas. Del otro lado de la habitación, contra la pared se hallaba una cómoda de madera sin barnizar. A esto se reducía todo el mobiliario. Kataryna no quiso imaginar en qué consistía el mobiliario de la habitación adicional. La pared blanca y deteriorada había adquirido en todos los rincones unos tonos negros verduzcos, debido a la humedad. No había cortinas en las ventanas.

Kataryna suspiró, al menos está en mejores condiciones que la casa de la hacienda de Puerto casado, pensó resignada. Al menos, esta vez dormirían dentro de la casa y no en una tienda de campaña.

II

No concilió el sueño aquella noche. Tina dormía ovillada en el desvencijado sillón de la cocina. Sobre la mesa, un cabo de vela ardía en un candelabro de latón deformado. Kataryna fue a vigilar su sueño tantas veces que había perdido la cuenta. Temía que la niña se despertara asustada o en el peor de los casos fuera presa de uno de sus continuos episodios de sonambulismo, abriera la puerta y saliera a caminar por el campo y se extraviara.

Valentina siempre había sido una niña inquieta y con enorme energía. Pero después del accidente con el machete, su actividad se había duplicado. Ya no eran suficientes sus constantes actividades físicas durante el día, sino que también juga dormida. Se levantaba en medio de la noche, recorría la casa dando saltos o corriendo, se echaba a reír y hablaba como si estuviera despierta.

Durante la primera manifestación de lo que el doctor explicó, era un severo caso de sonambulismo, Kataryna recibió el susto de su vida. Despertó una noche y observó aterrorizada una figura que la observaba con los ojos bien abiertos y brillantes. Cuando comprendió que era Valentina, la convino a que regresara a su cuna, pero la niña se limitó a sonreír de una extraña forma que erizó los pelos de la nuca de su madre. Luego, giró sobre sus talones y regresó a su habitación.

Kataryna no pudo explicarse cómo había conseguido descolgarse por los altos barrotes de su cuna sin que sufriera ninguna lesión. Decidió seguirla, y descubrió su pequeño secreto. La niña apilaba un par de cilindros de aceite y como una extraordinaria acróbata mantenía un débil equilibrio sobre su improvisada torre para luego contorsionarse en la parte alta de los barrotes y serpentear dentro de su cuna y quedarse inmóvil casi de inmediato, como si lo que acabara de hacer no era más extraño que darse un par de vueltas sobre el colchón de la cama para acomodarse y seguir durmiendo.

La segunda vez que Kataryna se percató de que su hija parecía caminar dormida, fue cuando la niña logró abrir el cerrojo de la puerta y salir al patio. Caminó apresurada hasta el deslizadero que su padre le había construido. Subió los peldaños y se deslizó como toda una experta. Repitió aquella operación tres veces antes de Kataryna pudiera llegar hasta ella y persuadirla de que era hora de entrar a la casa. La niña la observó con los ojos bien abiertos y volvió a regalarle a su madre aquella extraña sonrisa que le recordaba a un muñeco mecánico.

El médico le explicó que no había nada malo en ella, todos los episodios se debían, dijo, a su excesiva energía. La niña no alcanzaba a desfogarla por completo durante el día, por lo que su cuerpo se negaba a descansar por las noches. A medida que creciera, los episodios se harían más esporádicos, agregó el médico, y desaparecerían cuando se hiciera adulta. La principal recomendación era no despertarla de golpe, ya que crearía en ella cierta confusión y aturdimiento y desde luego asegurarse de que no saliera de la casa mientras experimentaba algunos de esos episodios.

_No tienes de que preocuparte_ la tranquilizó Alexander_ mi padre sufría de este tipo de episodios cuando era niño.

Kataryna intentó no hacerlo desde luego, pero encontrar a alguien contemplándote a pocos centímetros de tu rostro mientras duermes con una sonrisa poco menos que atemorizante no ayudaba.

Poco antes del amanecer, cuando fue a vigilar su sueño por última vez, se sentó a su lado en el viejo sillón y acarició su rubio pelo. La cicatriz en la cabeza no pasaba desapercibida. Habían rasurado la zona antes de la sutura y el pelo apenas y estaba creciendo. Pero por fortuna, aquel recuerdo de una tarde de juegos en el parque quedaría sepultada por completo bajo la que sería en el futuro una mata larga de cabello castaño claro.

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