HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Asunción, 4 de mayo de 1954

I

Alexander dejó el Lido bar poco antes de la ocho de la noche y se dirigió hacia la estación del tranvía ubicado a pocos pasos de la Plaza Uruguaya. Con las manos embutidas en los bolsillos de su pantalón caminó sin prisa. El tranvía saldría en poco más de cuarenta minutos. El cielo estaba estrellado y la luna menguante le recordó a la sonrisa del gato Cheshire. Su madre le había regalado el libro con ilustraciones cuando apenas había aprendido a leer. Tal vez Alicia, en cierta forma le había servido de inspiración, deseando conocer exóticos lugares y personajes fantásticos. Observaba maravillado las ilustraciones de las grandes aventuras de la niña. Pensó que, en cierta forma, aquel libro había modelado su vida. Vivía en un país exótico después de todo.

A un lado el Panteón Nacional de los Héroes había una tarima de teatro sostenida por tubos metálicos algo oxidados. A su alrededor, el suelo estaba cubierto de basura. La brisa otoñal barría los envoltorios rotos y los papeles en tal cantidad que en algunos lugares la tierra estaba completamente cubierta. Al parecer, hubo alguna especie de celebración, y como era costumbre, una costumbre que Alexander detestaba, por cierto, olvidaron limpiar la vereda y la calle luego de los festejos. A su espalda y sobre su cabeza, la luz mortecina de un farol confería a la calle una sensación nefasta y de abandono, que por un segundo sintió que un escalofrío le recorría la espalda, como si su subconsciente intentara darle una advertencia.

En la esquina, a su izquierda se levantaba el antiguo edificio de la Farmacia Catedral. Le dolía la cabeza y le hubiese gustado poder detenerse y comprar un Geniol[1], pero la farmacia estaba cerrada.  Sacó una mano del bolsillo y le la llevó a la frente. Apretó un par de veces, masajeando la arrugada piel como si intentara paliar el dolor de aquella forma y siguió avanzando.

No había mucha gente caminando por la calle, a pesar de que aún era temprano. Observó una pareja a pocos metros delante de él, que caminaba abrazados. Un hombre bastante obeso al otro lado de la calle y oyó las risas de unos jóvenes unos metros detrás.

La pareja se detuvo unos segundos después y cuando Alexander pasó junto a ellos, pudo observar a la mujer de unos veinte o veinticinco años, de tes blanca y labios rojos sonreírle a su acompañante mientras este se apoyaba una rodilla en el suelo y se amarraba uno de los zapatos. Alexander no pudo evitar recordar a Tatiana, aún la extrañaba, aún deseaba volver a verla como el primer día después de su muerte.

Cuando se internaba en lo más profundo de sus sueños, aún flotaba hasta aquella puerta de bronce rodeada de un elevado muro de piedras. Cada vez que llegaba hasta ella, intentaba hallar alguna manera de abrirla, pero después de tantos años, no encontraba como hacerlo. Intentó escalar la muralla muchas veces, y cuando pensaba que estaba a punto de lograrlo, resbalaba y caía al suelo, otras veces simplemente despertaba cuando faltaban centímetros para llegar a la cima. Pero a pesar de todo, no se daba por vencido, sabía que algún día lo lograría, que cruzaría esa puerta y hallaría a Tatiana esperándolo, como había prometido.

Suspiró, sus ojos brillaron en la penumbra de la noche y una sonrisa triste se dibujó en sus labios. Fijó su atención en la calle, avistó la estación a poco más de cien metros frente a él. Un potente rectángulo de luz iluminaba el suelo, como el reflector de una obra de teatro. Era el faro de uno de los tranvías que acababa de llegar a la estación, que lo obligó a entrecerrar los ojos para evitar que la luz le lastimara la vista.

De pronto, oyó fuertes traqueteos, el suelo parecía vibrar bajo el peso de pesados camiones. Alexander se detuvo, los estremecimientos provenían de algún lugar detrás de su espalda. Giró sobre sus talones con ojos alarmados. La pareja que había dejado atrás también aguardaba con expresión asustada y expectante. Un gran contingente de camiones, carros de asalto y soldados avanzaron por la Calle Palma, tomando varios puntos neurálgicos del centro de la ciudad. Los soldados gritaban a los pocos transeúntes que se resguardaran en sus casas. El contingente se dirigió hacia el norte. La pareja corrió despavorida hacia el lado opuesto. Los jóvenes que pocos segundos antes estaban en un estado de desmedida alegría se habían quedado mudos y observaban todo con ojos perplejos. El hombre obeso se dirigió a la estación con pasos presurosos. A Alexander le causo gracia su forma cómica de mover las piernas, como la de los payasos en la arena de un circo.

Alexander corrió en dirección a la bahía siguiendo una calle paralela por la que avanzaba el contingente. No fue consciente del momento en que tomó aquella decisión, pero en cuestión de minutos oyó primero un zumbido agudo seguido de una fuerte explosión que sacudió los edificios a su alrededor como si se trataran de construcciones de cartón sacudidas por el viento. La sacudida lo obligó a tenderse boca abajo en el suelo. Su rostro estaba pálido y desencajado, los labios entreabiertos y los ojos desorbitados.

Se preguntó qué diablos estaba pasando, y como si un rayo le hubiera pegado en la cabeza comprendió que se trataba de un golpe de estado. Estaban atacando la Comandancia de la Policía Nacional. Al parecer, las tensiones políticas entre el gobierno y el Partido Colorado habían llegado al punto más álgido.

 Se arrastró lentamente sobre sus codos y sus rodillas hasta alcanzar la esquina. Observó con denodado asombro a decenas de soldados atacar las instalaciones policiales a punta de disparos. Permaneció tendido boca abajo por unos instantes, mudo de estupefacción y pálido como un muerto, intentando dilucidar como saldría de aquel embrollo. Tenía la boca seca, el pulso acelerado en el pecho y los oídos le sonaban como si alguien corriera sobre una alfombra. Oyó el tableteo de varias metralletas y el olor a pólvora quemada llenó la noche y el suave viento se encargó de llevárselo hasta él.

La comandancia de policía ardía en medio de largas lenguas de fuego y humo que se elevaban hacia el cielo. Los heridos intentaban escapar y eran capturados por los golpistas, otros no corrían con tanta suerte, les disparaban por la espada o en la cabeza.

Un automóvil pasó muy cerca de Alexander cuando giró en la esquina con las ruedas de la izquierda sobre la vereda. Describió una trayectoria curva como si el conductor estuviera en estado de ebriedad. Era un “Escarabajo” de un llamativo color amarillo. Alexander se sobresaltó, no por el hecho de que el vehículo estuviera a punto de arrollarlo, sino porque se dirigía directamente hacia el contingente en lo que parecía ser una suicida maniobra. En una fracción de segundo se oyó otro zumbido tan agudo que estremeció a Alexander, luego otra explosión y el “Escarabajo” ardió en una intrincada llamarada amarillo-anaranjada en medios de gritos de desesperación y terror.

Vio a un hombre tendido de espaldas en el piso a pocos metros del automóvil que ardía sin control. Estaba desmadejado y la sangre que manaba de su cabeza se encharcaba en el suelo. Debía sacarlo de allí antes de que los soldados terminaran por matarlo. Pero ¿cómo hacerlo sin que lo descubrieran? Se acercó despacio, ocultándose detrás de los árboles y los vehículos estacionados en fila a lo largo de la acera. La luz de las llamas se reflejaba en las ventanillas confiriendo a los automóviles un aspecto grotesco.

Cuando tuvo a pocos metros del herido, observó que la sangre empapaba su pelo y resbalaba por su mejilla entre el asomo de barba, pero no tenía tiempo para examinar su estado. Gemía y miraba a Alexander con pánico en sus ojos negros.  El calor de las llamas era intenso y podía producirse otra explosión en cualquier momento. Alexander tomó al hombre por los brazos e intentó arrastrarlo detrás de los vehículos estacionados. El hombre, lo ayudó empujándose débilmente con los pies, se arrastró despacio, primero por la calle, luego por la vereda, dejando un rastro de sangre como si se tratara de una babosa. El hombre miró a su alrededor, sus ojos desorbitados, con expresión de pánico, tras el follaje de su pelo sucio ensangrentado y enmarañado. Alexander pudo observarlo mejor. Un girón de piel le cubría una de sus cejas. Tenía la mejilla izquierda abierta, y la parte izquierda del labio inferior roto de modo que la comisura se curvaba hacia abajo en un gesto de tristeza.

Alexander dio un tras pie, y sintió un intenso dolor en la parte baja de la espalda, fue como si lo hubieran golpeado con un gigantesco mazo. Recordatorio perenne de sus años de soldado que se presentaba siempre en los momentos menos oportunos.

_ ¡Escóndase debajo del vehículo! _ le ordenó al hombre, pero quedó consternado al sentir el temblor de su propia voz.

El hombre tenía las mejillas rojas, pero sus ojos aparecían hundidos en sus cuencas. Tiritaba a pesar de que estaba abrigado. Respiraba entrecortadamente, pero pareció comprenderlo e hizo inmediatamente lo que Alexander le había ordenado.

Los soldados parecían estar muy ocupados en la Comandancia de Policía, y había perdido por completo el interés en el automóvil amarillo que ardía sin control. Alexander decidió acercarse de nuevo al “Escarabajo” amarillo. Estaba seguro de que el hombre que acababa de rescatar no era el conductor del vehículo, sino que se trataba de un transeúnte con muy mala suerte.

Se acercó agazapado por detrás del vehículo en llamas sin ser visto, debía apresurarse y comprobar si el conductor seguía vivo, aunque no tenía esperanzas de que así fuera. El calor era abrazador. Las llamas parecían lamer su rostro. Oteó en dirección a la Comandancia y comprobó todos estaban ocupados en el asalto. Se puso de pie, a pesar de la insistente advertencia de su cerebro de salir de aquel lugar de inmediato.  Observó al conducto que tenía medio cuerpo asomando por la ventana, con la cabeza hacia abajo y los brazos colgando. Había intentado huir, pero no tuvo oportunidad de hacerlo. El olor a carne chamuscada le revolvió el estómago, comprendió que no podía hacer ya nada por él.

 Se refugió entonces detrás de un árbol, me mantuvo agazapado oyendo las sirenas que emitían su largo aullido de guerra en todas direcciones. Desde su escondite, no lograba divisar lo que ocurría en la Comandancia de la Policía, pero al parecer, los disparos y explosiones acabaron tan rápido como empezaron.  En sus mejillas destacaban dos manchas de piel enrojecida, pero por lo demás estaba fatalmente pálido.

Oyó gritos y gemidos que provenían de la fila de automóviles en donde se había ocultado el hombre que acababa de rescatar. Al parecer lo habían descubierto. Una ambulancia se detuvo a pocos metros de su escondite. La luz estroboscópica del vehículo parecía teñir las paredes de los edificios de un color rojo brillante.

Poco después, se llevaron al herido entre gemidos de dolor y desconcierto. El asalto, la confusión y el desorden no se había prolongado más de diez minutos.

Cuando creyó que no había peligro atravesó la calle corriendo y se dirigió a la estación del tranvía. Con un poco de suerte, los militares no habrían tenido tiempo de tomarla o en el peor de los casos intentaría esconderse en algún vagón abandonado en el predio del ferrocarril.

Los militares no eran tontos después de todo, tanto así, que la estación del tren como la del tranvía estaban tomadas. Por lo que no le quedó más remedio que seguir su plan B.

Sus mejillas estaban más encendidas que nunca como abrazadas por una intensa fiebre que intentaba carcomerlo por dentro. Tenía sangre en las mangas de su camisa y en pecho. Sangre del hombre que había rescatado, pero si alguno de los soldados lo descubría harían muchas preguntas que lo podrían poner en serios aprietos. Después de todo, aquellos golpistas considerarían enemigos a cualquier persona bañada en sangre.

 Esperó oculto, agazapado detrás de un gran tronco de lapacho por unos instantes y después echó a andar silenciosamente a través del patio de la estación conteniendo la respiración y cuidando de no producir el menor ruido al andar. Lo cual era difícil ya que las altas hierbas musitaban contra las perneras de su pantalón. Llegó hasta el lugar en donde se almacenaban los vagones y una antigua locomotora. Alexander pensó en deslizarse por el resquicio entre uno de los vagones y la locomotora, pero en aquel lugar reinaba un gran ajetreo y muchos militares. Decidió evitarlos y se internó de nuevo en la oscuridad de la noche. La escasa iluminación procedía de farolas resguardadas con redes metálicas que proyectaban sombras y conferían a los vagones un repulsivo aspecto carcelario.

Llegó hasta una zona del patio en donde se amontonaban en forma desordenada, viejos vagones de carga en desuso. Abrió la puerta de madera corredizas solo un poco para que su cuerpo pudiera deslizarse dentro. El vagón estaba oscuro, destartalo y sucio, pero confiaba en que le serviría de escondite. Cerró la puerta y se agazapó en un oscuro rincón. Una tenue luz mortecina se escurría a través de un par de intersticios de la agrietada madera. El lugar olía a madera húmeda y a podrido. Pero eso era mejor que terminar en manos de los soldados. Se acostó de lado en el húmedo piso de madera y flexionó las piernas hasta la altura de su pecho. Se preguntó si esa era la forma en que los nonatos se ajustaban en el vientre de su madre. Después de todo, aquel vetusto vagón hacía las veces de útero claustrofóbico para él. Trascurrieron horas, antes de que Alexander se sumiera en un inquieto duermevela.

Despertó poco antes del amanecer, el silencio solo fue roto por el gorjeo de los pájaros que se aprestaban para el inicio del día. Se incorporó y el dolor en la parte baja de la espalda lo asaltó de nuevo. Eran fuertes punzadas, como si se le incrustaran vidrios entre las costillas. Tuvo que dejar de respirar por unos segundos hasta que las punzadas se convirtieron en un leve murmullo.

 Deslizó la puerta solo un poco para otear el patio. Al parecer no había nadie, todo estaba en calma. Paseó luego los ojos por el espacio que lo había cobijado y pudo notar largas telas de arañas colgadas en todos los rincones, como hamacas tendidas entre ramas de los árboles en una tarde de verano. La sangre en su ropa se hacía secado y ahora presentaba un tono opaco y oscuro.

Fijó de nuevo su atención en el patio y terminó de abrir la puerta corrediza y descendió del vagón. Alerta, recorrió el lugar con la mira antes de decidirse a salir, para luego seguir las líneas del tren. No se molestó en cerrar la puerta ya que no tenía caso hacerlo. No podía arriesgarse a salir de la estación ya que podrían verlo y preguntarse qué diablos hacía allí.

Le esperaba un largo camino de regreso a casa, seguiría las líneas del tren hasta que sintiera que era seguro tomar algún camino alterno.


[1] Nombre comercial de la aspirina.

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