Historias Entrelazadas (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, enero de 1955.

I

Los interludios depresivos de Alexander estaban volviéndose cada vez más largos. Pero a pesar de esto, se las arreglaba para salir de ellos, aunque cada vez con más dificultad. Con el trascurrir de los años no habían mermado sus deseos de abrir aquella puerta que en sus sueños aparecía indefectiblemente cada noche, atormentándolo, dejándolo angustiado y atribulado. Había intentado hallar una forma de cruzar la puerta, pero aún no lo había conseguido.

En sus sueños, se dejaba flotar a la deriva a través de un túnel de oscuras paredes de arbustos verdes, sin imaginarse lo que hallaría al final en el otro extremo. Pero en todas las ocasiones llegaba hasta la puerta y sus muros de piedra. Lo arrullaba el dulce bordoneo de aquella voz que nunca olvidaría, le recordaba su objetivo, traspasar la puerta.

“Debo cruzar la puerta”, pensaba.

Se dijo que si lograba cruzar la puerta hallaría lo que más había anhelado durante toda su vida. Aquel proyecto bullía en su espíritu en el estado de vago ensueño.

Abrir la puerta, encontrar a la dueña de aquella voz.

Intentaba entonces, primero abrirla, estudiando cada milímetro de aquella mole de metal, intentando dilucidar algún mecanismo oculto que pudiera abrirla. Desde. Resignado de no hallarlo, intentaba escalar la muralla, pero todos sus intentos terminaban en estrepitosos fracasos.

Se resignaba entonces a que el tiempo le mostrara el camino hacia el otro lado de aquella puerta.

No hacía mucho tiempo, descubrió que algo había cambiado en aquellos sueños, algo pequeño, casi imperceptible, pero a la vez importante, una cerradura.

Había una llave, debía haber una llave, pensaba inmerso en aquellos sueños. Debía hallarla y abriría la puerta. Entonces se lanzaba en desesperadas búsquedas, entre los matorrales que rodeaban los muros, entre los árboles del bosque. Pero siempre terminaba con las manos vacías e inmerso en una inmensidad angustiosa.

Si había una llave, no tenía idea de cómo encontrarla. Entonces la emoción lo tomaba por sorpresa, una emoción tan vehemente e intensa que le hacía doler el pecho y lo obligaba a clavar las uñas en las palmas de las manos. Para Alexander todo aquello solo significaba un espantoso tormento mental que al parecer nunca llegaría a su fin.

La puerta que se hallaba rodeada por el sinuoso muro de pierdas, lo esperaría cada noche en sus sueños, hasta que descubriera como abrirla.

Todavía no creía realmente en Dios, al menos no en un ser supremos que planifica nuestras vidas y nos utiliza como si fuéramos peones en un juego de ajedrez para delegarnos tareas, a algunos simples a otros complejas, como si fuéramos soldados empeñados en ganar una guerra. La guerra de la vida. Pero tampoco creía que lo que le sucedía era producto del azar. Pensaba que los sucesos, las personas que conocía, con las que compartía, con la que había tenido algún tipo de relación, por más ínfima que fuera lo ayudaban a hilar y luego a entrelazar los más intrincados tejidos de su existencia. Y de alguna extraña manera tenía la certeza de que aquella puerta le llevaría hasta Tatiana. Ella era el hilo que lo sujetaba todo.

II

Unos golpes a la puerta obligaron a Alexander a levantarse de la cama golpe, lo que le provocó una punzada de dolor en la parte alta del abdomen que apenas advirtió, pero que estaba allí, asechándolo desde hace algún tiempo. Tenía molestias estomacales desde hace un par de meses. Al principio, era solo una opresión, que se trasformó en algo de dolor. Era evidente que había perdido algunos kilos, pero no le dio importancia. Por el contrario, se sentía a gusto con ello ya que con los kilos desapareció también su insipiente estómago.

Aquel día, los trastornos del estómago no sugirieron ser tan fatigosos, quizás porque sustituyó el café negro por un mate de anís. Pero notaba que se sentía algo más cansado que antes. Debía recostarse durante sus horas de descanso, antes de que Kataryna le sirviera el almuerzo. Se dijo que aquello se debía a que ya no era tan joven y que, con los años, la fatiga golpea a la puerta mucho más a menudo que cuando uno es joven.

Kataryna había insistido hasta el cansancio que fuera al médico, pero aún no tomaba la decisión de hacerlo. Pensaba que los malestares desaparecerían de un momento a otro, tal como habían aparecido.

Otro golpe, esta vez más insistente lo puso en movimiento. Tomó el pantalón que se hallaba sobre una silla y se vistió de prisa. Se abrochó la camisa mientras cruzaba el estrecho pasillo rumbo a la puerta.

Del otro lado de la puerta se hallaba el cartero cuya mirada de compasión fue todo lo que Alexander necesito para descubrir lo que debía saber. Por tercera vez, la carta que había escrito a sus hijos que vivían en Argentina había sido devuelta sin abrir.

El rostro del cartero mostró entonces conmoverse profundamente al observar el rostro atribulado y desilusionado de Alexander. Le entregó la carta sin mediar muchas palabras, después de todo ¿Qué se suponía que debía decirle para que se sintiera mejor? Luego se alejó por un sendero dibujado entre dos hileras rectas de árboles de mangos.

Alexander lo miró alejarse como si esperara que en cualquier momento recordara que tenía una carta de alguno de sus hijos para él, como de Iván, por ejemplo, girara sobre sus talones y regresara para entregársela. Pero el cartero se alejó sin siquiera mirar atrás.

Ivanov cerró la puerta poco después de que el cartero dejara de ser visible. Suspiró profundamente al tiempo que observaba la carta que tenía entre sus manos. Se acababa de dar por vencido, ya lo había intentado todo, incluso viajar hasta la hacienda en Oberá, pero como era de esperarse, no consiguió ver a ninguno de sus hijos. Ya todos estaban casados y habían abandonado la hacienda. Galina había rechazado verlo y se negó a darle información sobre sus hijos, que, dicho sea de paso, no deseaban relacionarse con él. Iván era el único de los hermanos que había buscado contacto con Alexander y su nueva familia, pero no había vuelto a saber nada de él desde que dejara Puerto Casado en un viaje de evangelización por toda Argentina.

Alexander empezó a pasearse por la cocina sacudiendo la carta contra su mano izquierda. Sintió una leve punzada y se llevó la mano libre al centro del estómago como para contener el dolor. Fue solo un segundo y luego la punzada desapareció de nuevo.

Kataryna observó a Alexander desde el resquicio de la puerta de su habitación y sintió pesar. Hacía meses que Alexander buscaba retomar algún tipo de relación con sus hijos mayores y al parecer no tendría suerte en aquella dificultosa empresa. Resolvió no tocar aquel tema espinoso con él y servirle el almuerzo. Caminó hacia la cocina y calentó la comida en silencio.

El Borsch con abundante carne y crema era el platillo preferido e Alexander, pero al verlo frente a él, pensó que su estómago no lo aceptaría muy bien. Pero de todas maneras lo comió para no desairar a Kataryna que lo había preparado especialmente para él. De un tiempo a esta parte ha tenido poco apetito incluso cuando el estómago no lo atormentaba.

Había comido apenas la mitad del plato cuando sintió un dolor creciente en el centro del estómago que extendía sus tentáculos hacia la izquierda y hacia la espalda. Empujó el plato hacia el centro de la mesa y Kataryna lo observó por unos segundos algo preocupada.

_ ¿Otra vez el estómago? _ preguntó con el ceño fruncido.

_Creo que he comido muy rápido_ mintió intentando esbozar una sonrisa.

Kataryna no dijo nada, pero retiró el plato de la mesa.

Cuando el dolor remitió un poco se puso de pie y fue a la salita por sus cosas. Tenía que dictar una clase en veinte minutos por lo que debía apresurarse. Se despidió de Kataryna y salió de la casa con pasos apremiantes. Caminó por el sendero por donde el cartero había pasado hacía poco más de media hora. Los árboles de mango estaban repletos de frutas y amenazaban con lanzarlas sobre cualquier transeúnte distraído como si de bombas se trataran. Todos los días a las seis de la mañana, un obrero de la escuela debía limpiar aquel sendero que amanecía cubierto con una alfombra de mangos amarillos, de lo contrario las moscas minaban el sendero buscando alimentarse y aparearse.

A Alexander aún le parecía increíble que tuvieran que tirar las frutas a los cerdos ya que nadie se detenía a comérselas. Cosas que solo se dan en esta parte del mundo, pensaba.

Otra punzaba lo azuzó por unos largos cinco segundos y luego lo abandonó de inmediato. El malestar que sufría desde hacía algún tiempo era soportable, y a estas alturas ya era casi un viejo amigo para él. Sintió otra punzada que quedó eclipsada por el golpe de un mango justo sobre su frente. Se le nubló momentáneamente la vista y unos puntos de colores parecieron bailar frente a él por unos segundos.

_ ¡Maldición! _ dijo cuando pudo recuperarse de la desagradable sorpresa. Se restregó la frente un par de veces y continuó caminado.

Dictó la clase entre obstinadas punzadas que parecían flechas ardientes, pero logró acabar la clase sin que ninguno de sus alumnos notara algo extraño. Todos los alumnos se retiraron con excepción de Matías que permaneció de pie junto a la mesa de Ivanov. Se lo veía serio e impaciente.

Alexander le preguntó en que podía ayudarlo.

Matías dejó sobre la mesa su cuaderno de anotaciones y empezó a interpelarlo con respecto a algunos conceptos que Ivanov había mencionado en la clase. Ivanov se inclinó sobre la mesa, al doblarse le aumentó la sensación de calor en el estómago. Situó ambas manos a los costados del cuaderno mientras lo leía. Sentía que le palpitaba toda la cintura, tuvo la sensación de haber ingerido brazas en vez del Borsch.

Por más que intentó suprimirlo, por más que intentó no darle importancia al malestar, Matías advirtió un leve gesto de dolor en su rostro.

_ ¿Se encuentra bien profesor? _ preguntó.

Alexander asintió con la cabeza y se irguió de nuevo. Diablos, incluso eso le dolió. Intentó darle una explicación rápida y concisa, para luego regresar a su casa lo más rápido que le permitían sus pies y el maldito dolor.

Cuando llegó a la casa se sentía un poco mejor, pero estaba cansado, de nuevo cansado. Pensó que tal vez se debía a que no había terminado su almuerzo, pero se preguntó si en verdad era eso o si intentaba minimizar lo que le estaba sucediendo.

Se tendió en la cama en posición fetal por unos minutos sopesando todas aquellas ideas, luego extendió las piernas e intentó levantarse. La flecha encendida volvió y prendió fuego en su interior. El sudor empezó a resbalar por su rostro.

Debía seguir la recomendación de Kataryna, debía ir a ver a un médico. Aquello no podía ser bueno, pero quizá no era del todo malo, de seguro se trataba de una ulcera y si era así, no se curaría por si sola, pensó.

El dolor fue remitiendo poco a poco hasta que solo fue un leve susurro. El cansancio lo venció y una niebla espesa empezó a cubrir lentamente su adormilada mente hasta que no quedó nada más que oscuridad.

 En la oscuridad emergió una luz clara y potente que lo cegaba por completo. Levantó una mano e hizo visera, arrugó la frente y encogió los ojos intentando protegerse de aquella intensa luz.

Lentamente, la luz pareció disminuir de intensidad como si alguien atrás de un reflector gira una perilla invisible.

Se sintió flotar, y aquello le produjo una sensación de exaltación. Cruzó el túnel de arbustos verdes y supo lo que hallaría al final. La puerta rodeada de la sinuosa muralla de pierdas.

Se detuvo frente a ella y una fuerza sobrenatural lo hizo descender hasta que sus pies descalzos alcanzaron el suelo. Aquella voz dulce y melodiosa que tanto amaba lo llamaba desde el otro lado de la puerta.

Su corazón se aceleró e intentó desesperadamente abrir la puerta. Pero como otras tantas veces, no pudo hacerlo. De pronto, la puerta que hasta ahora había sido de bronce, empezó a transformarse. ¡Podía ver a través de ella! La puerta parecía un enorme bloque de cristal trasparente en donde la luz del sol que se elevaba detrás de ella no la atravesaba, sino que se reflejaba en los colores del arcoíris, como si se tratara de un prisma.

De pronto, ya no solo oía aquella voz, sino que podía ver a quien pertenecía. ¡Podía verla a través de la puerta! Vio a Tatiana que caminaba lenta, parsimoniosamente. Se veía hermosa, sus ojos brillaban y su cobrizo pelo parecía flotar alrededor de su cabeza. La brisa atrapó el borde de su vestido verde esmeralda y la hizo ondular.

El corazón de Alexander dio un vuelco antes de latir con furia. Se acercó a la puerta y la golpeó con ambos puños en un desesperado intento por llamar la atención de ella. Gritó una y otra vez su nombre, pero Tatiana parecía no verlo ni oírlo.

La baronesa se arrodilló junto a las flores de un impresionante jardín de rosas, margaritas y claveles. Pareció vacilar por unos segundos como presintiendo la presencia de alguien del otro lado de la puerta, luego fijó de nuevo su atención en las flores. Tocó una rosa roja, dejó que las yemas de sus dedos se deslizaran lentamente sobre los pétalos.

El viento se deslizó suavemente entre los árboles que parecían arder detrás de ella. Una hoja revoloteó a través del cielo azul intenso y se posó distraídamente sobre su hombro.

Alexander no paraba de gritar y de golpear la puerta, hasta que Tatiana se puso de pie y empezó a alejarse.

Ivanov desesperado buscó una piedra e intentó romper el cristal en el que se había convertido la puerta. Golpeó con todas sus fuerzas, un hilillo de sangre le corría por entre los dedos. Sintió de pronto un dolor agudo en el estómago y soltó la piedra. La puerta de cristal desapareció, convirtiéndose de nuevo en el bronce de siempre.

Otro dolor como no había sentido hasta ese momento surgió atravesándolo desde el abdomen hasta el pecho. Alexander intentó sumergirse de nuevo por debajo del dolor y seguir en el sueño, pero la realidad tiró de él sin descanso hasta que por fin lo obligó a salir al exterior y a abrir los ojos. Buscó a tientas el reloj despertador de la mesilla de noche y vio que eran las tres de la mañana. Suspiró y pensó que no podría volver a dormirse. Observó a Kataryna dormida en el lado derecho de la cama, ajena a sus padecimientos.

Se incorporó con las piernas colgando al costado de la cama. Pensó en el sueño y reconoció los cambios que se habían producido en él. Sonrió al recordar a la Tatiana del sueño. Era la misma que había conocido cunado apenas era un adolescente, y de la que se había enamorado. Su corazón se estremeció, sintió de pronto que no faltaba mucho para que, al menos en sueños, pudiera abrir aquella puerta.

Se puso de pie, fue lentamente hasta la cocina, abrió una gaveta y extrajo tres pastillas de Geniol para el dolor. Se sirvió un poco de agua fresca del cántaro y se tragó las pastillas con un largo sorbo de agua. Luego se inclinó esperando comprobar si su estómago los aceptaba o los rechazaba. Al parecer esta vez su estómago no tiene ninguna objeción con retener las pastillas. Se planteó regresar a la cama, pero temió que la flecha encendida regresara cuando estuviera en posición horizontal. Decidió pasar el resto de la noche sentado en el sillón de la salita.

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