San Lorenzo, Paraguay marzo de 1955.
I
Alexander tuvo un par de meses relativamente buenos, si lo comparaba con los anteriores claro está. Aún no había visitado al médico y había llegado a pensar que no necesitaría hacerlo después de todo. Un par de veces llegó a pensar que no le pasaba nada en realidad, pero el sabor amargo en su boca lo contradecía.
Pero aquel día no quería pensar en nada más que no fuera la visita de su hijo Felipe. Hacía meses que había dejado la casa para ir a vivir a Encarnación en donde trabajaba como técnico de radio.
De pie junto a la ventana, lo vio acercarse por el sendero bordeado de árboles de mango y se apresuró a abrir la puerta para recibirlo.
Felipe atravesó el sendero con rápidas zancadas y abrazó a su padre. Lo estrechó con fuerza, pero se apresuró a soltarlo al ver que hacía una mueca de dolor.
La desagradable flecha encendida no lo había abandonado después de todo, pensó Alexander.
De todas formas, apremió a su hijo a que ingresa a la casa, en donde su madre y su hermana menor lo esperaban ansiosas. El dolor afloró de nuevo, tres intensas palpitaciones. Apretando los dientes, aguardó a que remitiera e intentó convencerse sin éxito de que serían las últimas. Respiró hondo, lo que reavivó el dolor.
Se sentó junto a su familia a comer, si es que así era como se llamaba a llevarse a la boca dos o tres cucharadas de sopa. Después de que terminaron de almorzar le dedicó un par de horas al hijo pródigo.
Cuando se fueron a sus habitaciones a descansar, a eso de las ocho de la noche, los tentáculos del dolor ya le alcanzaban hasta los huesos y debió hacer un esfuerzo para tenderse sobre la cama sin que Kataryna notara el estado en el que se hallaba.
Es hora de que vaya a ver al médico, pensó entonces. Debía dejar de buscar excusas para no hacerlo.
II
La visita al médico no había estado tan mal después de todo. A pesar de que intentó obtener algún tipo de diagnóstico inicial por parte del galeno, este se mostró reservado con respecto a sus hipótesis y dejó en claro que no se apresuraría en emitir conjetura alguna hasta no tener los resultados de los análisis a los que se había sometido. Alexander intentó hallar alguna pista examinando con cuidado el rostro del médico, pero fue un callejón sin salida. El rostro profesional e inmutable del hombre que tenía enfrente no le dejó vislumbrar absortamente nada. Los resultados tardarían algunos días, pero al menos había dado el primer paso.
La brisa soplaba del norte algo tibia para esa época del año, pero muy agradable. Se sentía mucho mejor emocionalmente y disfrutó de la larga caminata desde el pórtico de metal algo oxidado y descolorido de la Escuela hasta la casita en la que habitaba junto a Kataryna y Tina. Las hojas se sacudían en las ramas de los árboles, luego caían y eran arrastradas por la corriente con movimientos ondulantes, antes de caer a los pies de Alexander. El sendero que meses atrás estuviera cubierto de mangos amarillos estaba ahora cubierto por una alfombra de hojas cafés y secas, que crujían bajo los zapatos de Ivanov.
Parecía que el dolor ardiente y lacerante que había estado sintiendo durante los dos últimos meses había decidido darle una tregua. En su lugar, de tanto en tanto, sentía un leve murmullo bajo y sordo bastante llevadero.
Cuando llegó a su casa encontró a Kataryna sentada a la mesa de la cocina, frente a ella, sobre la mesa, descansaba abierto el Diario “El País” vocero del Partido Colorado. El diario “Patria” a un lado de la mesa. Al parecer Kataryna llevaba algún tiempo buscando información y Alexander creía intuir de que tipo de información se trataba.
El sol radiante del medio día entraba sesgado por la ventana y confería al rostro de la mujer, un extraño aspecto que denotaba al mismo tiempo, estupefacción, conmoción e intensa aberración. Tenía la cara encendida y los ojos brillantes. Parecía exaltada hasta se podía decir que furiosa. Nunca antes la había visto de aquella forma. Por un momento, un atisbo de inquietud apareció en los ojos azules de Alexander y luego observó con atención el periódico que se meneó levemente son la brisa que ingresó a través de la puerta abierta.
“Prosigue la Investigación Policial en Torno a los Colonos Eslavos en Contacto con Moscú”
Rezaba el titular sobre un artículo que ocupaba tan solo una columna en la parte central derecha entre otras noticias “poco interesantes”. Las columnas de textos estaban impresas contra un fondo blanco y líneas negras en zigzag la separaban del resto de los artículos por arriba y por el costado izquierdo. Bajo el titular en letras negras y pequeñas se leía:
“Un Copioso Material de Propaganda Soviética Está en Poder de Nuestras Autoridades”.
Bajo el subtítulo, unas letras más pequeñas atribuían el artículo a Ángel Peralta Arellano.
Alexander pudo confirmar sus suposiciones iniciales y podía apostar a que el artículo del diario Patria tenía un titular muy similar.
Sus ojos abandonaron el periódico y se concentraron en Kataryna, esperando a que fuera ella quien trajera el asunto a colación.
_ ¡Han atacado a los colonos de Fram! _ dijo ella con una fuerte nota de indignación en la voz.
_Lo sé_ contestó Alexander mucho más tranquilo de lo que Kataryna se hubiese imaginado.
Aquella tranquilidad que emanaba Ivanov la dejó perpleja y su indignación se trasformó en enfado.
_ ¿Lo dices así tan tranquilo? _ preguntó ella elevando un poco la voz. Su rostro se tornó rojo y le temblaron levemente los labios.
Alexander le dedicó una sonrisa indulgente que Kataryna recibió como una ofensa. A pesar de que no había recibido una educación superior no se consideraba una mujer tonta y odiaba cuando la trataban como una. La indignación la volvió a invadir, una indignación contra el prejuicioso pensamiento de Alexander.
Tomó el periódico que se hallaba doblado y se lo mostró a Ivanov. El titular declaraba:
“Sorprendente Insurrección de Colonos Comunistas en la Zona de Itapúa”
_ ¡Los llaman comunistas! _ dijo y su voz estuvo a punto de quebrarse de indignación.
Alexander tomó el periódico de las manos de Kataryna y le echó un vistazo, no se detuvo particularmente en algo específico ya que había leído con detenimiento todo lo referente a aquel penoso acontecimiento mucho antes que su exaltada compañera. Dejó el diario sobre la mesa y se cruzó los brazos sobre el pecho. Gesto que Kataryna consideró una ofensa directa hacia ella.
_ ¿Cómo puede ser que tomes esto a la ligera? _ preguntó irritada.
La indignación y la humillación resurgieron en su ser, acompasados con los latidos sordos de su corazón.
_No tomo nada de esto a la ligera dijo señalando los periódicos extendidos sobre la mesa _ pero debemos ser cautelosos.
_No te entiendo, pensé que estabas dispuesto a defender las causas justas y esto es justamente lo opuesto_ dijo ella.
Sus manos habían empezado a abrirse y cerrarse con fuerza, respiraba con inspiraciones y expiraciones rápidas.
Alexander suspiró y sopesó la reacción de Kataryna y las consecuencias que aquella catálisis podía acarrearles.
_Intenta relajarte, siéntate y hablaremos de esto_ dijo Alexander como voz relajada y persuasiva como si intentara razonar con un niño.
Kataryna lo observó con ojos fríos y escrutadores antes de acceder a su petición. Se sentó en la silla que ocupaba antes de que Alexander llegara.
_Voy a narrarte los hechos de lo que estoy al tanto, de muy buena fuente, por cierto_ dijo Alexander al tiempo que se sentaba frente a Kataryna y hacía los periódicos a un lado. _ Los colonos de Fram se preparaban para la celebración de una Vestavka[1] en el Club de Inmigrantes. El salón estaba decorado con colores azul y amarillo.
_Los colores de la bandera de Ucrania_ dijo Kataryna en un susurro, los colores de su bandera le traían recuerdos contradictorios, por un lado, añoranza y por otro el sentimiento de desazón y desdicha.
Alexander asintió en silencio antes de proseguir con su relato.
_Los colonos se sentían a gusto con la asunción de Stroessner a la presidencia a pesar de que había llegado al poder a través de un golpe de estado. Stroessner es descendiente de inmigrantes alemanes resientes en Itapúa después de todo. Por lo que los pobladores recibieron al comisario de la Policía Abraham Benítez como invitado especial aquella noche. Pero algunos de los colonos se sentían bajo vigilancia, pensaban que el comisario abría las correspondencias que provenían de Europa en busca de algo que les implicara con los comunistas.
_No entiendo porque el gobierno piensa que puede encontrar comunistas entre los colonos. Si salieron de Ucrania es justamente porque no estaban de acuerdo con el comunismo_ lo interrumpió Kataryna.
_Puede que tengas razón, pero no puedes poner las manos al fuego por todos los colonos. El gobierno cree que puede haber infiltrados_ repuso Alexander.
Kataryna lo atravesó con la mirada. Sus ojos centelleaban. Alexander se inquietó con lo que vio en su rostro, algo que no había estado allí antes: la profundidad oscura de una hendidura ignorada en los pastizales sudamericanos, una opacidad en la que no crecían las hierbas y en la que una caída sería larga hasta llegar al suelo.
Kataryna tenía un temperamento escondido, pensó Alexander, todos tenemos un temperamento escondido después de todo se dijo así mismo. Pero debía asegurarse de que aquel temperamento no aflorara en ella en los momentos menos oportunos. Algo muy dentro de él le decía que vendrían tiempos complicados y lo mejor sería agachar la cabeza y pasar desapercibidos.
_No todo el que parece inocente lo es, ni todo el que parece culpable resulta ser un infractor.
_No estoy de acuerdo_ insistió ella.
De pronto tuvo un pensamiento extraño y furioso: Alexander era un Ruso Blanco, un soldado del Zar, por lo tanto, era un enemigo de los soviéticos. Había peleado en la Guerra del Chaco y tal vez formaba parte del grupo anticomunista que había acusado a los colonos de ser espías soviéticos.
_ ¿Tienes tú algo que ver con lo que pasó? _ preguntó airada para luego golpear la mesa con el puño en un gesto perentorio.
Alexander intentó guardar la calma, no tenía caso que llegara a acalorarse y terminaran en medio de una discusión sin sentido. Negó con la cabeza, apoyada en su pecho.
_Si bien creo que habrá algún que otro simpatizante soviético entre los colonos, no estoy de acuerdo con que sean espías. Mucho de los colonos se subscribieron a las publicaciones soviéticas que les llegaban desde la Embajada en Buenos Aires, como único medio para recibir noticias de la patria y no precisamente porque crean en los medios propagandísticos. Otros solo son culpables de poseer libros de Gorki, Tolstoi o Dostoievski.
_ ¿De qué hablas? _ preguntó Kataryna perpleja.
_Durante la fiesta, los colonos cantaron el himno ucraniano y oyeron a Chaikovski. Algunos jóvenes hasta danzaron al son de las melodías rusas, pero al parecer esto no le causó ninguna gracia al comisario Benítez, cuyo pensamiento retrógrado era que los colonos debían olvidar sus raíces una vez que llegaban al país.
Alexander hizo una pausa, suspiró pesadamente y enseguida sintió una leve punzada en la base el estómago.
_Luego de la fiesta, el comisario empezó con las primeras detenciones_ continuó diciendo, haciendo caso omiso del leve malestar que acababa de sentir. Después de todo, no era nada comparado con las flechas ardientes que había sentido anteriormente_ alegaba que recibían publicaciones soviéticas y que eso era prueba de que eran comunistas. Durante la madrugada del día siguiente los colonos oyeron una serie de ráfagas de fusil automáticos, luego una serie de gritos desesperados. Entre setenta y ochenta militares armados tomaron la única calle del pueblo. Ingresaron a las casas a la fuerza revisándolo todo. Los soldados golpeaban con sus armas tanto a hombres como a mujeres, incluso algunos niños. Requisaron cualquier tipo de literatura que estuviera en ruso como prueba de que eran comunistas.
Kataryna lo oía estupefacta, con los ojos bien abiertos y los labios separados formando una “o”.
_Se por una fuente cercana que las supuestas pruebas eran nada más y nada menos que Math[2] de Máximo Gorki, Ucrainskii Kalendar[3] , Noródnaia[4] y otros títulos inocentes.
_Entonces ¿cómo puedes estar de acuerdo con lo que sucedió? _ preguntó Kataryna cada vez más indignada y perpleja.
_No estoy de acuerdo, pero no puedo hacer nada al respecto. No podemos exponernos a que piensen que estamos implicados.
Kataryna desvió la mirada hacia la ventana que tenía al lado como si quisiera evitar mirarlo a los ojos. Luego, se giró para mirarlo, mientras que con la palma de las manos se apartaba de la cara los mechones de cabello gris. Sus mejillas parecían rosas rojas que florecían sobre su pálida piel.
_No podemos darles la espalda a nuestros amigos, a nuestros paisanos_ dijo ella_ ¡no podemos cerrar los ojos ante esta injusticia!
Alexander intentó explicarse, pero ella agitó una mano con impaciencia y él comprendió que era mejor no interrumpirla y dejar que se desahogara.
Kataryna expuso con vehemencia sus pensamientos y razonamientos por espacio de varios minutos, mientras Alexander solo la miraba con una conmovedora expresión de perplejidad. Después de tantos años compartiendo sus vidas, jamás imaginó que Kataryna pudiera dejarse arrastrar con tanta pasión ante sus convicciones.
_No podemos correr riesgos, yo ya no soy joven y no tengo la misma fuerza de antes. Felipe es adulto y ya está haciendo su vida, pero Tina es aún muy pequeña. ¿Qué sería de ella si nos arrestaran? Debemos ser sensatos, no podemos ponernos en contra del gobierno.
_Hablaste de una fuente confiable. ¿de quién estabas hablando? _ preguntó ella con creciente curiosidad.
_El General Beliávev
Kataryna se mostró aún más sorprendida.
_Entre los agentes anticomunistas se encuentran varios ex militares del Zar. El general es el comandante. Me ofreció un puesto importante, pero me negué, le mentí diciendo que estaba enfermo y que debía hacerme una serie de tratamientos. En verdad es en lo último que quiero meterme, no voy a ayudar a reprimir a mi gente.
_No le mentiste_ dijo ella antes de que se hiciera entre ellos un silencio confuso y ligeramente ofendido.
Kataryna tenía que reconocer que Alexander tenía razón, no podían ir por allí enfrentándose al gobierno, no podían exponer sus ideas opositoras a los cuatro vientos y poner en peligro su libertad y su integridad física.
_Tengo un fuerte presentimiento_ dijo Alexander después de que notara que Kataryna se había sosegado un poco_ y no es bueno. Algo me dice que Stroessner será la perdición del país. Las cosas no pintan muy bien desde ahora, no quiero imaginarme siquiera de lo que será capaz más adelante.
Alexander no tenía idea de que su corazonada no estaba muy alejada de la realidad, sus presentimientos se avecinaban con pasos agigantados, pero no viviría lo suficiente para poder contemplarlos con horror y asco.
[1] Fiesta Comunitaria
[2] madre
[3] Almanaque ucraniano
[4] Historia Universal