HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, Paraguay, abril 1955.

I

Sentado en la sala de espera de la consulta médica, Alexander se hallaba ensimismado en sus pensamientos. El continuo dolor que lo había llevado hasta allí seguía, pero ahora se hallaba inmerso en otro tipo de aflicción. Una nueva y persistente noción de culpa se alojaba en su mente, como si se tratara de una hilacha de carne metida entre dos muelas molares. De un tiempo a esta parte se recriminaba constantemente por las faltas y omisiones que había cometido con sus hijos. Aunque sabía que ya era tarde para remediarlo, todos ellos estaban casados y quizá ya tenían sus propios hijos de quienes hacerse cargo. A pesar de ello algo dentro de él le decía que podía haber hecho las cosas de otra manera. Podría haber manejado la situación con Galina de forma madura. Tal vez lo correcto habría sido no haberse casado con ella en primer lugar. Su vida hubiese sido muy distinta si hubiera tomado la decisión correcta. Por otro lado, no había hecho un mejor papel con Kataryna y se preguntaba si habría logrado una mejor comunicación con sus hijos menores. Veía mucho de sí mismo en Felipe y una insistente sensación le decía que a Felipe le esperaba un futuro algo más solitario que el suyo. Podía buscar vacuas excusas diciendo que había cumplido con advertirle a Kataryna sobre sus problemas emocionales y del incondicional amor que le tenía a Tatiana. Pero, aun así, podría haber evitado involucrarse con ella, podía haberla amparado, ayudado a salir adelante sin que ella se sintiera obligada a mantenerse a su lado, dicho sea de paso, por alguna extraña razón que él aún desconocía.

De pronto, el estómago le dio una punzada de aviso, intuyendo que el doctor iba a anunciarle que le habían detectado una gran ulcera. Debería empezar a poner más cuidado en su alimentación, pensó.

Una puerta azul cielo se abrió y el doctor lo saludó desde el resquicio. Alexander no sabía cuáles eran los resultados de los exámenes, pero por la expresión del médico, no podía ser nada bueno. Alexander se puso de pie con un suspiro casi inaudible y con absoluto estoicismo se encamina en dirección al consultorio.

El doctor apenas lo saludó manteniendo en todo momento aquella expresión formal que Alexander empezó a considerar odiosa. Cerró la puerta y se sentó detrás de su escritorio al tiempo que le pedía a Alexander que hiciera lo mismo frente a él.

Cuando el doctor le explicó que lo que sentía como un pedazo gigante de braza ardiendo en el estómago no era una úlcera, sino que era cáncer, de inmediato evocó a Tatiana y sus últimos y tormentosos días. Luego, esbozó una leve sonrisa y pensó en lo irónica que resulta ser la vida.  Intentó recordar cuantos cigarrillos se había fumado durante su vida. ¿Mil, dos mil, diez mil? Esta vez se echó a reír y el doctor lo miró con expresión perpleja. Si, la vida era una ironía constante, los cigarrillos habían matado a Tatiana y sus pulmones al parecer podían seguir empapándose de negros y cancerígenos humos sin que les sucediera nada. En cambio, se había alimentado bien durante toda su vida, no se había dado a la bebida y se mantenía en buen estado físico, pero su estómago al parecer no había recibido el memorándum al respecto.

Sus facciones se relajaron un poco y dejó que el médico terminara de darle el informe. Conservó la calma. Una calma extraordinaria, pensó el galeno. Hasta se podía decir que estaba estimulado o emocionado por alguna extraña razón que no comprendía, supuso que tal vez se debía al shock. La verdad era que íntimamente, Alexander ya había llegado a un diagnóstico semejante hacía algún tiempo, pero ahora que tenía la certeza se sentía en completo dominio, lleno de serenidad y coraje. Alexander pensó que era extraño y a la vez perfectamente comprensible que las punzadas y los dolores desaparecieran por completo cuando recibió el dictamen final, como si el malestar se tomara un descanso para que él pudiera hacerse a la idea y aceptara lo que vendría.

El médico le aconsejó que se operara de inmediato, le explicó que los tumores se desarrollaban a un ritmo diferente en cada paciente. Algunos podían vivir un par de años si se operaban a tiempo y se aplicaba la terapia adecuada. Le habló de una técnica experimental que se desarrollaba en Buenos Aires.

Alexander dijo que no se operaría. Su postura fue inflexible.

El galeno le explicó que si no se operaba era lógico pensar que viviría entre cuatro y seis meses.

Alexander asintió y lo que el galeno vio en sus ojos no fue resignación o sacrificio sino consentimiento y aprobación.

Alexander estrechó la mano del médico y salió del consultorio con el corazón desbocado, y no precisamente porque se sintiera desolado o preocupado, todo lo contrario, su espíritu se encontraba insólitamente en paz y armonía como si acabara de confesar todos los pecados cometidos y les fueran enteramente perdonados.

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