HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, junio de 1955.

I

El tiempo parece trascurrir lentamente cuando se tiene la certeza de que quedan pocos días de vida y lo que uno desea fervientemente es que ese día llegue de una vez por todas. Y con el lento paso del tiempo se acentúa también el desgastante del calvario físico y mental.

Alexander había perdido peso, mucho peso, tal vez diez o doce kilos en el último mes. No tenía apetito y lo que Kataryna lo obliga a comer terminaba indefectiblemente en la letrina en el mejor de los casos, o en un balde de aluminio situado al lado de su cama en el peor de todos. Dedicaba muchas horas del día a dormir, se sentía sumamente cansado gran parte del día y lo atribuía a las pastillas que su médico le ha recetado.

Durante gran parte de sus horas de duermevela, su mente se desconectaba momentáneamente del dolor y se sumergía en cálidos sueños en donde la protagonista seguía siendo Tatiana.

Soñaba con la puerta de bronce y el muro de piedras, veía a Tatiana caminado por el jardín, Alexander gritaba su nombre una y otra vez, pero ella parecía no oírlo. Al menos eso pensó Alexander durante las primeras diez o doce veces. Pero algo había cambiado en el sueño hacía poco, una leve pero significativa modificación: cuando Alexander gritaba su nombre y golpeaba la puerta con los puños, Tatiana dirigía su atención a la puerta con la mirada extrañada y los ojos alertas. Daba unos pasos en dirección a la puerta, pero luego, al parecer decidía que sea lo que fuese lob que había oído ya no estaba allí. Suspiraba, giraba sobre sus talones y regresaba por donde había venido.

Durante uno de aquellos sueños, Alexander sintió un fuerte dolor en el estómago como si un animal lo mordiera. Pensó que Tatiana desaparecía para dar paso a una pesadilla, se sintió de nuevo en medio del monte en Oberá atacado por el yaguareté. Intentó sacudirse de aquella pesadilla, pero solo le sirvió para esta qué vez sintiera una especie de cornada desde la ingle hasta el pecho, dejó escapar un gemido al tiempo que pensaba que no era un yaguareté después de todo lo que lo atacaba sino tal vez alguna especie de jabalí. Tuvo tiempo de pensar que los jabalíes no pertenecían a Sudamérica antes de despertar.

Abrió los ojos jadeando, el sudor le corría por las mejillas. Se enjugó con el dorso de la mano, el anillo que había llevado por décadas se le deslizó suavemente en su dedo. Se incorporó en la cama y buscó el guardapelo que colgaba de su pecho, como si intentara comprobar que aún seguía en su sitio.

La cornada se había trasformado en una flecha ardiente que amenazaba con abrazar su interior por completo. Bajó los pies al suelo tenía el rostro ceniciento y los ojos muy abiertos, pero hundidos en las cuencas. Su piel apergaminada parecía sugerir que tenía más de ochenta años cuando en realidad no llegaba a los sesenta y cinco. La cicatriz en su rostro, un profundo surco en medio de tierras áridas.

Alexander tenía los músculos abdominales fuertemente contraídos, intentó relajarlos para amortiguar el dolor, pero no sirvió de mucho. La flecha al rojo volvió a aparecer y lo consumió en un incendio que se lanzó en su interior. Ivanov se echó a reír. Le dolía al reírse, pero no pudo contenerse. Sintió una fuerte necesidad de defecar. Pensó que era el peor momento para ir al baño, pero no puede evitarlo.

Se puso de pie, se llevó una mano al estómago como si con ello lograra que el dolor dejara de atenazarlo. Arrastró los pasos hasta la puerta trasera. La abrió y se internó en el patio. Se dirigió a la letrina que se hallaba a unos treinta metros de distancia.

La noche estaba algo fría y el viento soplaba sobre la copa de los árboles. Pero al parecer, Alexander no se había percatado de ello. Las estrellas centelleaban en el cielo sin luna y el ululato de un ave pareció darle la bienvenida.

Entró en la caseta de madera. Se desabrochó el pantalón con dificultad, el fuego no dejaba de consumir su interior. Se sentó sobre la taza y una fuerte punzada lo atormentó de nuevo. Había ido a realizar una función excretora normal y común que todo ser viviente realiza, pero cuando intentó evacuar, el estómago reaccionó con desmedida furia. Debió retener el aliento hasta que el dolor remitiera al menos un poco. Permaneció inmóvil por un par de minutos, temiendo que si se movía el dolor regresaría para avasallarlo. El sudor se le escurría por la espalda y le temblaban las manos.

No supo muy bien cuanto tiempo estuvo sentado allí con los pantalones alrededor de los tobillos, pero nunca en su vida se había sentido tan vulnerable y humillado. Cuando al fin pudo terminar lo que lo había llevado hasta allí. Se dirigió con pasos vacilantes hacia la casa. La explosión de dolor que lo había atravesado al sentarse en la taza permaneció activa en su mente. Un gélido viento sopló, lo rodeó y su cuerpo agotado por el dolor se estremeció como una hoja arrastrada por el aire.

Otra fuerte punzada lo atravesó desde la base del estómago hasta la espalda. Se dobló en dos y cayó de rodillas en el frío suelo. Le dolía horrores, la lanza parecía carbonizarle las entrañas más que abrazarlas. El dolor lo hizo jadear y gemir como si se tratara de un niño pequeño que acabara de caerse de la bicicleta. Se quedó allí, inmóvil, arrodillado con los brazos alrededor de su cuerpo, exhalando vahadas blancas, con la punta de la nariz entumecida por el frío que acababa de advertir.

Cuando el dolor remitió un poco, se sostuvo de una rama baja e intentó ponerse de pie. La rama se quebró. Alexander la observó con una expresión divertida sintiéndose como uno de aquellos payasos de circo que solía frecuentar cuando era niño. Luego la tiró a un lado. En ese momento sintió dos manos que lo sujetaron de las axilas y levantó la mirada para comprobar que aquellas manos eran las de Kataryna.

_Debiste pedirme ayuda_ lo reprochó.

_Aún puedo solo_ repuso con la voz más firme de la que fue capaz.

Cuando el dolor remitió un poco consiguió esbozar una sonrisa que a Kataryna consideró carente de gracia. Puso los ojos en blanco, pero prefirió no iniciar una discusión que no tenía sentido.

Cuando estuvieron dentro de la casa Alexander se desabrochó la camisa y se examinó el estómago punzante. Estaba un poco abultado y ardiente al tacto.

Kataryna lo observó con aprensión.

_Es solo otra etapa más_ dijo él con cierta indiferencia.

_ ¿Por qué no intentas dormir? _ preguntó ella_ puedo ir por tu medicina.

Alexander pensó en negarse al principio, un poco de dolor no estaba mal después de todo. Había vivido torturas peores durante la guerra así que unas cuantas punzadas de tanto en tanto no le hacía mal a nadie. Pero cambió de idea de inmediato. Tal vez sería buena idea dormir un poco, dejarse llevar por los brazos de Morfeo hasta la puerta de bronce y el muro e intentar entrar. Algo le decía que dentro de poco lo lograría.

Deja un comentario