San Lorenzo, setiembre de 1955
I
Las personas siempre piensan en el dolor físico y espiritual de los enfermos, pero Kataryna se preguntó porque nunca piensan en el dolor de las personas cercanas a ellos. La incertidumbre, la impotencia y la desesperación pueden llegar a ser agotadores, abrumadores o incluso tormentosos.
Kataryna se preguntó que más tenía la vida reservada para ella. Cuanto dolor, cuanto sufrimiento, cuanta tensión mental y física era capaz de seguir soportando. Ya no era una jovencita y los golpes de la vida no la habían favorecido precisamente, todo lo contrario. Su largo pelo sedoso y fino se había trasformado en una especie de fibra larga y gris. Las curvas de su delgado cuerpo habían dado paso a generosas caderas y amplios senos.
Tal vez Kataryna no tenía la certeza de cuál sería su futuro, pero lo intuía. Su futuro consistiría en esperar algo más de gris en el cabello cada año, en el panorama de confeccionarse una talla más de ropa cada año, en la obligación de exigirse mucho más para sacar a su hija adelante. El futuro consistiría en levantarse antes de que saliera el sol para alimentar a los animales, y remover la mala hierba del huerto. El futuro consistiría en remendar las prendas rotas, y juntar cada céntimo para poder comer, a medida que su incierta vida se internaba en esa década atormentada en la que se convertiría los años cincuenta bajo el régimen de Stroessner y también, irremediablemente en esa ingrata condición que representaba la vejez.
Alexander no tenía mucho que dejarles a ella y a sus hijos, en especial a Tina que aún era muy pequeña. Pero Kataryna, precavida había ahorrado lo suficiente como para comprarse un pequeño terreno a pocos kilómetros de la Escuela. Pensaba construir una casita cuando Alexander ya no estuviera. Por el momento, vivían en aquella casa gracias a la generosidad de la Escuela en agradecimiento por los servicios prestados. Después de todo sería inhumano echarlos a la calle cuando no tenían a donde ir.
Felipe no regresó a casa a ver a su padre después de que Kataryna le escribiera anunciándole su enfermedad. Solo envió un escueto telegrama en donde decía que se veía imposibilitado de regresar debido a sus obligaciones laborales. Kataryna se sintió completamente desolada, mientras que a Alexander pareció no afectarle mucho.
Valentina pasaba unas semanas en casa de unos amigos de sus padres, Los Criscioni, en un intento por alejarla de las penosas condiciones en las que se encontraba su padre. Por lo que Kataryna podía dedicar la mayor parte de su energía a cuidar de Alexander que dormía la mayor parte del tiempo. Aun así, cualquier cambio de posición hacía que el dolor regresara a la vida sacándolo de su letargo, de la misma forma que una braza casi extinta vuelve la llama a la vida cuando el hálito la oxigena. En aquellas ocasiones despertaba jadeando y sus ojos azules muy intensos se perdían casi por completo en una telaraña de arrugas profundas.
Cuando el dolor remitía hasta convertirse en un picor zumbante y continuo, como el de un enjambre de abejas encerrados en una caja, volvía a su anterior estado de aletargamiento.
Kataryna lo dejaba solo y caminaba con pasos cansinos como si lo hiciera sobre la cubierta de un barco a la deriva. Se dejaba caer de espaldas en la cama de su hijo Felipe la cual ocupaba desde que Alexander había enfermado. Permanecía allí tumbada contemplando las sombras que parecían tomar formas macabras y luego cernerse cada vez más en torno a la cama. Entonces cedía a la presión y la incertidumbre, y se echaba a sollozar quedamente, intentando no despertar al enfermo. Un gran desasosiego se había apoderado de su alma y de su espíritu. Sentía que se hallaba en medio de un territorio inexplorado al caer la noche y solo contaba con pequeñas luces de lejanas viviendas y el resplandor de las remotas estrellas sobre inaccesibles parajes para orientarse.
Se sentía sola e insegura. El panorama era desalentador, todo se veía terrible a su alrededor, todo era muerte y desolación. Al lado de Alexander había vivido una vida llena de desafíos y contradicciones. Y aún vendrían tiempos peores.
II
A pesar del abrumador dolor que estremecía su exhausto cuerpo, en sus sueños se sentía libre, libre para buscar la llave que abriría la puerta. En su interior tenía la certeza de que se encontraba cerca de hallarla. Mientras estuviera despierto la bruma turbia y gris que cubría su mente no lo dejaba pensar con claridad, pero mientras dormía se sentía flotar sobre la verde grama del bosque hasta el túnel natural cubierto de árboles y arbustos. Avanzada con rapidez a través de él y llegaba hasta el final con el corazón acelerado y anhelante.
Del otro lado, la puerta lo aguardaba maciza e imponente rodeada del zigzagueante muro de piedras. Sus pies se posaban suavemente sobre el inmaculado césped color esmeralda. Se quedaba inmóvil por unos segundos, intentando vislumbrar algo a través de la puerta o al menos oír aquella voz ansiaba. Muchas veces ocurría alguna de las dos cosas, otras ambas. Entonces, intentaba llamar la atención de la mujer del jardín y cuando no lo conseguía iniciaba la búsqueda de la llave.
La llave, había llegado a pensar que en realidad no existía, pero sacudió de inmediato aquella idea de su mente. Debía existir, sin duda alguna. El cerrojo en la puerta brillaba con fuerza, como si intentara atraerlo, como si lo llamara.
Debía estar en alguna parte. ¿Y si estuvo buscando en el lugar equivocado todo este tiempo? Pensaba.
No. No había lugar para esa suposición, todas las veces su sueño terminaba en el mismo lugar. Debía estar por aquí cerca.
Recorrió los límites del muro con sumo cuidado una y otra vez. Levantando rocas y escarbando entre la hierba intentado descubrir algún lugar secreto, algún escondite en donde la llave pudiera encontrarse. Hasta entonces no había corrido con suerte.
Flotó de nuevo a través del bosque, se internó en el túnel de árboles y llegó hasta la puerta. Sus pies descendieron lentamente sobre la verde grama frente a la puerta. Algo llamó su atención. Con el rabillo del ojo vislumbró algo grande que no había estado ahí antes. Giró la cabeza hacia la derecha y pudo observar con gran asombro un vetusto árbol. El tronco era completamente rugoso, de unos doce o quince metros de altura. Por encima las ramas se elevaban hacia el cielo azul como brazos y enredaban un increíblemente angosto sendero con una red de sombras.
Se acercó a él despacio, intentado descubrir de donde había salido aquel árbol, y el sendero, nunca habían estado allí antes, estaba seguro de ello. Bueno, aquello era un sueño después de todo, cualquier cosa puede suceder en un sueño, se dijo.
Cuando estuvo frente al árbol, lo estudió con cuidado, rodeándolo, observando su áspera corteza. Pasó una mano sobre ella esperando que le revelara algo. Pero todo parecía perfectamente normal. Solo un árbol más en el bosque.
Observó la copa sobre su cabeza. Las ramas se extendían en forma desordenada y la luz del sol atravesaban las hojas oscuras a través de delicados intersticios. Las sombras en el suelo lo dejaron perplejo. Se extendían en forma confusa, sin orden aparente a excepción de…
A excepción de aquella figura en una extraña forma de estrella de considerable tamaño que no podía pasar desapercibida.
Alexander se sentó en cuclillas y estudió la figura. Se sentía desconcertado. ¿Qué posibilidad había de que en las enmarañadas sombras encontrara una perfecta estrella de cinco puntas? Que además parecía brillar con luz propia.
Acercó la mano al suelo y recorrió los lados de la figura, no estaba muy seguro de lo que pensaba encontrar, pero sintió urgencia de empezar a cavar. No contaba con más herramientas que sus manos.
Ahuecó las manos y empezó a cavar. Se sorprendió al descubrir que el suelo estaba blando y poroso y en pocos minutos hacía retirado una considerable cantidad de tierra. Sus uñas estaban sucias y adoloridas, pero no dejó de cavar hasta que sus manos se toparon con un cofre de madera del tamaño de una caja de zapatos. El objeto estaba húmedo y algo deteriorado como si hubiese pasado demasiado tiempo enterrado.
Separó la tierra de alrededor del cofre con acelerada impaciencia, su corazón palpitaba acelerado, los ojos muy abiertos y la respiración jadeante. El sudor le recorría el cuello y la espalda, pero una brisa suave se encargaba de refrescarlo.
Al fin extrajo el cofre de su escondite, lo depositó en el suelo y lo observó por unos momentos con atención como si esperara que ocurriera algún truco de magia. Acercó la mano a la tapa que se hallaba cerrada con un antiguo pestillo de bronce. Retuvo el aliento, esperaba que no estuviera cerrada con llave porque de lo contrario habría llegado a un callejón sin salida. Levantó el pestillo y exhaló profundamente al descubrir que el pestillo cedía. Abrió la tapa y se quedó sin aliento al descubrir dentro una llave dorada y brillante. La tomó con ambas manos con sumo cuidado, y al levantarla pareció dejar una estela espectral de difuso resplandor dorado.
Medía poco más de veinte centímetros, la pluma terminaba en una punta dos paletas rectangulares mientras que la hermosa cabeza consistían en un corazón rodeado de un intrincado entramado de hilos de filigrana.
Sus labios esbozaron una sonrisa complacida antes de ponerse de pie y dirigir su mirada hacia la puerta. La cerradura pareció brillar del mismo modo que la llave. Alexander se acercó atraído por el brillo como si se hallara bajo los efectos de alguna hipnosis.
Cuando estuvo a menos de un metro de la puerta, se detuvo. Observó la llave brillante y perfecta para luego introducirla en el hueco de la cerradura. Suspiró y giró la llave. La cerradura no opuso resistencia, se oyó un clic. Tomó el picaporte, al que por primera vez prestaba atención, representaba una mano extendida con la palma para arriba y una estrella muy parecida a la que habían moldeado las sombras en el suelo. Bajó el picaporte y la puerta se abrió con un extraño silencio. No hubo chillido de goznes ni golpeteos metálicos.
La luz perfecta del redondeado sol le dio en el rostro y sintió e inmediato su calidez. Entro al jardín y la puerta se cerró balanceándose con lentitud.
Alexander paseó la mirada por el increíble jardín que tenía delante, intentando calmar a su alocado corazón que le exigía a gritos encontrar a Tatiana. Pero no había rastros de ella. Caminó con pasos lentos sobre el césped admirando los rosales, las margaritas, los claveles, esperando que Tatiana apareciera en cualquier momento.
Observó un pastizal que se extendía delante de él. No estaba seguro de lo que debía hacer. Deseaba permanecer en el jardín a la espera de que Tatiana apareciera, pero otra parte de él le urgía a que cruzara el pastizal. Decidió seguir sus instintos y corrió a través del pastizal. Al final de la pradera verde en las que abundaban unas florecillas amarillas vislumbró un puñado de árboles que se alzaban y lo que parecía ser un sendero, los bordeaba. Para cuando alcanzó el sitio, le faltaba el aliento, y a pesar de la sensación de urgencia, solo tenía fuerzas para caminar. El viento seguía soplando y las ramas altas de los árboles parecían murmurar.
Lo que Alexander consideró un sendero, era en realidad un camino que parecía enchapados con una suerte de fina capa de metal pulido y brillante, tan lustroso que reflejaba tanto los árboles que danzaban al son del viento, como las nubes teñidas por el crepúsculo que emanaban en el cielo. Enfiló el camino a la espera de descubrir a donde lo llevaba. Vio que el camino se internaba una vez más en el bosque. Caminó de prisa, estaba ansioso y la luz del día terminaría de ocultarse en cualquier momento. El tiempo parecía trascurrir más rápido en aquellas tierras de prodigios y fantasías.
Dejó a tras el árbol que se alzaba al final de la última curva del camino y observó un pequeño pero bello jardín que le produjo un deja vú. Rebuscó en su mente alguna pista que lo ayudara a recordar y de pronto un nítido recuerdo surgió de las profundidades de su mente. Era el jardín de la casa de Tatiana en Figueres.
_ ¿Tati? _ dijo su nombre titubeando.
El crepúsculo había dado paso a una tenue oscuridad. La luz de la luna llena, redonda y brillante se filtraba entre las ramas de unos árboles sobre el sendero que conducía a la casita.
¡La casita! ¡Allí estaba la casita! ¿Cómo no la había visto antes?
La luz brillante de la luna señalaba el camino de aquel remanso tan largamente anhelado, en donde había vivido el amor y el sosiego, pero también había sufrido el dolor y la perdida.
Su mente lo había conducido inconsciente y sigilosamente hasta aquel sitio. Había hecho de todo para llegar hasta allí y no se arrepentía de nada.
Alexander despertó consciente del canto de las aves y se incorporó restregándose los ojos, por un segundo no supo muy bien en donde estaba. Pero luego los recuerdos de su último sueño lo invadieron. Al contrario de lo que él mismo suponía, se hallaba relajado considerando el hecho de no haber hallado a Tatiana después de todo.
Dicen que el límite entre la inteligencia y la locura es solo una delgada línea. Alexander pensaba que no estaban alejados de la verdad, lo percibía en su propia mente. Pero una excesiva lucidez tampoco garantizaba un panorama perfecto.
El alma humana se halla repleto de espacios, algunos vastos, otros no mayores a un ropero, algunos cerrados, otros pocos inundados de una luz resplandecientes, y mucho cubiertos por una oscuridad infinita. Todo eso ya no le importaba ahora, ya no había tiempo para suposiciones, conspiraciones o intrincadas hipótesis. Había trascurrido su vida de la mejor manera posible, asumiendo sus enmarañadas emociones. Había ido a lugares y visto cosas más allá del alcance de la mayoría de las personas por lo que no se arrepentía de lo que había hecho y de lo que había sido.
Suspiró profundamente, esbozó una sonrisa que en su apergaminado rostro pareció en realidad una mueca.
No falta mucho, pensó, aquella nebulosa brecha en su mundo estaba a punto de cerrarse para siempre.
III
Alexander accedió a que un pope lo visitara, debido a la insistencia de Kataryna. Pensó que no tenía caso negarse durante sus últimos momentos de vida.
En realidad, no oyó mucho de lo que el pope le decía, su mente recorría presuroso a través de sus recuerdos. Sus amigos: Krikor, Andréi y Vlademir; las batallas ganadas y perdidas; los momentos de felicidad, así como también los momentos de desazón y angustia. Recordó a sus padres, a pesar de que su padre y él no compartían muchas veces el mismo punto de vista lo había amado y respetado profundamente. Recordó al general Beliávev y las batallas que había luchado bajo su mando. A Galina y a sus hijos. Deseó para ellos lo mejor del mundo, esperando que sus problemas emocionales y psicológicos no los hayan alcanzado profundamente. A Kataryna y sus menores hijos, sabía que los dejaba en una muy mala posición económica y se sentía culpable por ello. Culpable por no haber tomado las previsiones necesarias a tiempo. Y luego pensó en Tatiana, en lo que significó siempre para él, en la alegría de haberla tenido, en la desazón de haberla perdido y en el anhelo de volver a tenerla.
Cuando el pope terminó y lo dejó solo, Kataryna se acercó a él. Su corazón quedó destrozado al ver al hombre fuerte y decidido que había conocido convertido en una piltrafa humana.
Alexander quiso decirle que ya faltaba poco, que pronto se hallaría libre de la carga que había asumido cuando se unió a él, pero prefirió no hacer las cosas más difíciles.
El dolor era tan terrible que le costaba hablar. Deseaba con ansias poder volver a sumirse en aquel sueño anhelado y hallar al fin a la mujer que amaba. Pero al menos debía decirle a Kataryna unas palabras.
_Quiero que sepas una cosa_ dijo con voz exhausta.
Kataryna emitió un leve suspiro que no pasó desapercibido para Alexander.
_ No necesitas rezar por mi alma, no pienso regresar por las noches a tirar de tu pie.
Ella se echó a reír a pesar de la angustiante situación.
Alexander sonrió con ella. Pero un acceso de tos le impidió que siguiera hablando.
Quiso recordarle al destino o lo que fuera que le había producido aquella enfermedad que su padecimiento estaba en el estómago y no en los pulmones y que dejara de atormentarlo por todas partes, pero ¿quién le hubiera respondido? Después de todo, la enfermedad había hecho lo que había querido con él y una raya más al tigre…
_Sé que no he sido el hombre que hubieses querido, sé que no te hice feliz, pero te quise, te quise a mi manera_ proclamó en un último aliento.
No pudo percibir el dulce beso de Kataryna sobre su frente, su mente pareció desconectarse de la realidad por completo y volver a vagar a través de los antiguos recuerdos de su juventud, cuando todo era mejor.
Se vio de nuevo abriendo la puerta de bronce, cruzando el jardín hasta encontrar el prado. Atravesó los pastizales y a medida que se internaba en el bosquecillo sentía que su cuerpo adquiría mayor fortaleza, mayor seguridad, como si los años cayeran de su cuerpo como agrietadas capas de piel muerta, cada vez más rápido. Cuando llegó al jardín de Tatiana, observó la casita con la puerta abierta. Sus cabellos ya no eran blancos sino volvían a teñirse de aquel eterno dorado, sus ojos azules brillaban vivaces, los profundos surcos habían desaparecido por completo de su rostro.
Dirigió su atención a la puerta en donde una mujer de cabellos cobrizos, ojos verdes y sonrisa maravillosa lo esperaba impaciente.
_ ¡Tati! _ la llamó con un emotivo temblor en la voz.
La mujer de cabellos cobrizos se acercó a él envuelta en un vestido blanco que parecía flotar alrededor de ella. Alexander la estrechó entre sus brazos, cerrando los ojos y emitiendo un suspiro profundo. Durante un momento permanecieron envueltos por el intrincado y ondulante vestido bajo un velo alado de vaporosa seda.
IV
_Está muerto_ dijo en voz alta como si oír su voz la ayudara a aceptar la realidad.
Alexander Ivanov estaba muerto, y ahora debía aprender a vivir sin él.
Las lágrimas fluían por sus mejillas y su pecho parecía a punto de explotar. Dejó que las lágrimas la invadieran hasta que la presión en el pecho empezó a ceder un poco. Debía ser fuerte, debía pensar con la cabeza fría, ya no había tiempo para dejarse llevar por los sentimientos, debía ser pragmática.
Allí estaba Alexander con los ojos entreabiertos y los labios separados.
Levantó la mano derecha y ayudó a cerrar sus ojos y luego su boca. Extrañamente, pensó que tenía una expresión serena. Una expresión que nunca le había visto en vida.
Lo último que lo oyó decir fue el nombre de la mujer que nunca había dejar de amar. Pensó que tal vez al final de su viva Alexander había llegado a hallar el paraíso en el que en realidad no creía. Y tuvo que admitir que sintió una extraña mezcla de celos y exasperación hacia Ivanov y hacia aquella mujer que nunca había podido olvidar.
Pero hubo algo que la atormentó con más fuerza, la curiosidad. La curiosidad de abrir aquel guardapelo que siempre había estado oculto, prohíbo para ella.
Bajó las manos hasta el pecho del difunto, abrió el guardapelo y halló un mechón cobrizo de pelo a un lado y al otro, una fotografía desvaída, pero que aún revelaba la bella y elegancia de la una joven mujer.
Cerró el guardapelo con un sonoro suspiro, acarició la mejilla izquierda de Alexander y se puso de pie. Cubrió el cadáver con una sábana y se dirigió al cofre que el mismo Zar le había entregado a Ivanov cuando apenas era un joven de grandes ambiciones. Buscó la llave que Alexander guardaba celosamente en un resquicio en la pared como si se tratara de la llave que abriría las puertas de tesoros de incalculable valor. Introdujo la llave en el cerrojo y abrió la tapa. Dentro, encontró decenas de pequeños objetos sin valor aparente, pero que para su propietario significaban el mundo entero: medallas, broches, un par de monedas, una bandera rusa ajada, pero doblada cuidadosamente, fotografías de un niño, otras del niño con sus padres. Kataryna pensó que probablemente se trataba de Alexander y sus padres, curiosamente aquel niño le recordó a Valentina con sus rubios cabellos. Pero además halló un par de fotografías de la mujer del guardapelo. Se sostenía del brazo de Alexander, ambos sonreían felices ajenos por completo al futuro desgraciado que les esperaba.
Kataryna vació el cofre por completo, pensó que tenía que vender el cobre y todas las cosas de valor que poseía Alexander, pero lo enterraría con todo lo que había significado algo para él. Cumpliría su deseo, de ser enterrado con el guardapelo y el contenido del cofre.
Recordó el largo y difícil camino que la había llevado hasta aquel momento de su vida. Y por un instante le resultó difícil creer que pasaron dos décadas desde que dejó Ucrania y en otros momentos le parecía que aquella época estaba solo a un pie de distancia, casi al alcance de la mano.
Pensó que, si pudiera retroceder en el tiempo hasta el día en que halló a Alexander en aquella cabaña, si pudiera rodearlo de nuevo entre sus brazos y acariciar la cicatriz de su mejilla, lo volvería a hacer todo de nuevo, aunque el futuro fuera el mismo, aunque produjera el mismo dolor, la misma soledad, la misma realidad amarga. Porque a pesar de todo, Alexander le dio lo más valioso que tenía en el mundo: sus hijos, y por medios de ellos, le enseñó a vivir.
Fin