CASA 110 (Segunda parte)

Capítulo 2

ALEJANDRO

I

El complejo metalúrgico de La Oroya venía arrastrando una larga paralización de más de una década, hasta que al fin un año atrás, los acreedores pudieron venderla a precio de ganga a una empresa canadiense que se comprometió a volver a ponerla en marcha de forma paulatina, desde luego, con la venia del gobierno y muchas concesiones ambientales.

Alejandro Quesada provenía de una de las familias más acaudaladas del Perú. Había estudiado en una de las mejores universidades de Europa y hacía varios años que trabajaba en el bufete jurídico de su padre como abogado senior.

Uno de sus principales clientes era la empresa canadiense a quien habían asesorado antes, durante y después de la compra del complejo metalúrgico. El trabajo de Alejandro fue excepcional, por lo que la compañía canadiense le ofreció un trabajo permanente en La Oroya. Alejandro supuso que su padre pensaría que era una locura dejar un bufete que ganaba millones y que pronto sería suyo por un sueldo fijo en los confines de la Sierra Central, pero para el abogado, no había mejor oportunidad que esta, le parecía satisfactorio y excitante.

A Alejandro no le importaba mucho el dinero, quería contribuir con su país en la medida de lo posible, y tras largos años de paralización, el despido de miles de trabajadores y la crisis económica en que vivían los habitantes de la zona, pensaba que ayudar a la reactivación de la ciudad minera sería una de sus contribuciones más importantes.

Muchas Organizaciones No Gubernamentales, no estaban de acuerdo con la reactivación de la empresa por los costos ambientales que eso implicaba, pero los pobladores habían pedido con desesperación a varios gobiernos de turno que volvieran a poner en funcionamiento el complejo ya que era el único medio de sustento de decenas de miles de personas.

Cuando Alejandro entró en la oficina de su padre, este lo recibió con una sonrisa, la cual se evaporó cuando le explicó que dejaría el bufete para irse a trabajar, literalmente, a la punta del cerro. El hombre intentó procesar la información que acababa de recibir, mostró un rostro repleto de consternación y perplejidad que no requería de traducción. Sus ojos se detuvieron con disgusto sobre su único hijo. Trató de hacerlo entrar en razón, pero Alejandro estaba decidido. El progenitor quedó profundamente decepcionado ya que pensaba retirarse en un par de años y dejar todo en manos de su hijo. Suspiró abatido, antes de endurecer la voz sacándole en cara todo lo que había aprendido en el bufete.

_ ¡Te arrepentirás de esto! _ exclamó y su voz retumbó nítidamente en las paredes de la oficina.

Alejandro aclaró la garganta y respiró profundamente, la situación se había vuelto incómoda, no quería pelear con su padre, lo respetaba mucho, pero se sentía indignado por la forma en que lo estaba tratando, no necesitó decírselo, porque lo llevaba escrito en la cara. Observó a su progenitor con la dignidad y fortaleza que lo caracterizaban y le habló con honestidad e integridad.

_ Papá, tengo cuarenta y cinco años, no soy un niño y esto es lo que quiero hacer. No quiero faltarte el respeto, pero no te estoy pidiendo permiso, te estoy informando que dejaré la empresa_ dijo con voz clara y firme.

_ ¡Eres un Quesada, no puedes ser el empleaducho de una empresa minera! ¡Tu abanico de opciones será muy limitado! _ gritó mientras lo envolvía un escalofrío.

El comentario le pareció a Alejandro ignorante y ofensivo, pero sabía que no podía cambiar la forma de pensar de su padre. Se hizo un silencio frío entre ambos y a pesar de la profunda desazón que sentía, el señor Quesada colocó una paciente mano sobre el hombro de su hijo.

_ Respetaré tu decisión, esperaré a que te canses de jugar y regreses a la empresa_ dijo poco después.

Alejandro no agregó más leña al fuego, salió de la oficina de su padre rumbo a su nuevo empleo, de eso hacía ya un año.

II

El hotel parecía desierto, no había visto ni oído a nadie mientras bajaba las escaleras, lo cual la inquietó un poco. Tampoco se había hecho una idea del hombre que la había recibido, al principio le cayó mal, pero luego, cuando se ofreció a llevarla a comer pensó que tal vez no era del todo desagradable. Lo vio esperándola al pie de las escaleras con una sonrisa encantadora y Laura se ablandó un poco.

_ Espero que se haya abrigado porque está haciendo frío allá afuera_ dijo señalando la calle.

_Lo estoy_ contestó Laura con una leve sonrisa.

Alejandro abrió la puerta para ella y cuando estuvieron fuera, aquella frase pintada de rojo que había observado tantas veces, por primera vez llamó su atención, se sintió de pronto incómodo, como si él mismo la hubiese escrito, “Debo hacer que borren eso”, pensó.  Le señaló a Laura un Toyota Corolla celeste, estacionado frente al hotel. Era algo antiguo, pero se hallaba en muy buenas condiciones. Laura pensó que Alejandro difícilmente pasaba desapercibido con su carro en un pueblo como La Oroya. Cuando estuvieron dentro, el abogado encendió la calefacción. Puso el vehículo en marcha y se dirigió a Marcavalle.

_La verdad no hay muchos restaurantes en la ciudad, muchos de ellos cerraron cuando el complejo dejó de operar, pero un par de ellos aún persisten_ explicó mientras el limpiaparabrisas se deslizaba rítmicamente de un lado a otro.

Laura asintió, sabía la difícil situación por la que atravesaba La Oroya y se preparó mentalmente para las precariedades que encontraría.

_ Aquí a su derecha se encuentra la refinería_ explicó Alejandro_ está trabajando a un treinta por ciento de su capacidad, esperamos que para el próximo año lo tengamos operando al cien por ciento.

Laura asintió y emitió un suspiro.

_Imagino que tiene interés en conocer la fundición y la refinería para que pueda tener una mejor idea del tipo de trabajo que se realiza aquí.

_ He trabajado anteriormente en minas y fundiciones, pero, sí, me interesa saber como funcionan las cosas aquí_ contestó la psicóloga.

_Perfecto, puedo arreglar una visita guiada para usted_ dijo él sonriéndole.

_ Gracias_ contestó ella_ Por cierto, se que no lo mencionó, pero pensé que el comité de bienvenida constaría de más personas.

Alejandro la miró algo perplejo.

_ Es decir, no sé qué función cumple usted en la empresa, pensé que algún representante de recursos humanos me recibiría.

Alejandro asintió.

_Pues, puede considerarme parte del departamento de recursos humanos_ contestó el abogado.

Laura lo miró algo dubitativa.

En pocos minutos se apeaban frente al Restaurante Central, uno de los restaurantes más emblemáticos de la ciudad. Laura recibió una fuerte ráfaga de aire helado en el rostro al abrir la puerta. Se ajustó el abrigo en el cuello y luego se frotó las manos.

_Entremos, hace frío_ dijo Alejandro abriendo la puerta.

Laura observó a su alrededor, el lugar no era nada espectacular, tenía mesas cubiertas por manteles anaranjados. Las sillas de metal estaban tapizadas con una tela que a Laura le pareció de mal gusto. Las paredes blancas tenían ribetes naranjas con los cuales el mantel hacía juego. Unos cuadros con ilustraciones serranas adornaban las paredes del local. Unos acordes disonantes de arpa alertaron del inminente inicio de un Huayno. Alejandro le señaló una mesa al fondo del restaurante.

_ Cuanto más alejados estemos de la puerta mejor_ dijo sonriendo.

Laura asintió.

 El abogado se sacó el abrigo y lo tendió en el respaldar de su asiento. La psicóloga solo se lo desabrochó, pero no pensó siquiera en quitárselo. Se sentaron uno frente al otro. De inmediato un mesero se les acercó.

_ Buenas noches_ dijo.

Tenía la piel de las mejillas cuarteadas por el frío y el inclemente sol de la sierra. La nariz aguileña estaba algo torcida, como si hubiese sufrido un accidente en donde se la hubiese partido, además de la mandíbula ancha con los dientes grandes y algo sobresalidos, pero todo esto no le impedía poseer una agradable sonrisa.

Les entregó la lista del menú, retirándose de nuevo.

Alejandro y Laura leyeron el menú en silencio.

_ ¿Está lista para ordenar? _ preguntó el abogado luego de un par de minutos.

Laura asintió. Alejandro llamó al mesero con un gesto de su mano. Este se acercó a ellos con un leve trote y una gran sonrisa en sus labios que a Laura le causó gracia. Parecía un niño pequeño a pesar de las arrugas que surcaban su rostro.

_ Un caldo de gallina por favor_ pidió Laura.

El mesero asintió y detuvo su mirada en Alejandro.

_Otro igual para mi_ contestó el abogado.

_Dos caldos de gallina entonces_ dijo el mesero_ ¿algo para tomar?

Alejandro posó su atención en Laura. Ella negó con la cabeza.

_ Le vendría muy bien un mate de coca_ dijo el abogado_ le ayudará con el frío y la altura. Mejorará cualquier dolor de cabeza que tenga y por lo tanto dormirá mejor.

_ Bueno señor doctor voy a tomar en cuenta su consejo_ dijo ella sonriendo.

_ Dos mates de coca_ dijo Alejandro dirigiéndose al mozo.

Este asintió y se retiró rumbo a la cocina gritando a voz en cuello el pedido.

_ ¡Vaya forma de llevar los pedidos! _ dijo Laura riendo.

Alejandro se encogió de hombros.

_ No es un restaurante cinco estrellas_ dijo _ es lo mejor que hay por ahora. Esperamos que las cosas mejoren cuando la empresa rehabilite por completo la fundición y la refinería.

Laura asintió.

 La canción “Que lindo son tus ojos” interpretada por Dina Paucar sonó en el restaurante y de inmediato alguien elevó el volumen del aparato reproductor. El Huayno retumbó estridente en las paredes del local. Laura miró con cara de incredulidad a Alejandro quien se echó a reír al ver el rostro sorprendido de la psicóloga.

_ Es algo a lo que tendrá que ir acostumbrándose_ dijo acercándose a ella para dejarse oír por encima de la música.

_ Creo que eso será algo difícil_ respondió ella casi gritando.

Alejandro se echó a reír de nuevo. Unos minutos después el volumen del reproductor volvió a bajar una vez que la canción terminó.

_ Así está mejor_ dijo Laura.

El mesero volvió a hacer su aparición con dos platos de caldo humeante. Ambos tomaron un sorbo de la sopa. Laura cerró los ojos y emitió un suspiro de aprobación. Alejandro la observó con una media sonrisa.

_Parece que es de su agrado_ dijo.

_ Así no lo fuera, necesitaba algo caliente en el estómago, además estoy famélica, hace como doce horas que probé mi último bocado.

Y como para reafirmar su comentario su estómago gruñó protestando. Alejandro se echó a reír mientras hablaba.

_ Me alegra haberla traído a cenar entonces.

_ Lo siento _ se excusó ella sonrojándose.

_No tiene porqué_ contestó el abogado.

_ ¿Por qué no me cuenta algo sobre la empresa y el trabajo que realizaré? _ preguntó la psicóloga intentando llevar la conversación por otro rumbo.

_ Bueno sobre el trabajo, imagino que le hablaron al respecto antes de contratarla.

_ Pensé que usted formaba parte de recursos humanos, suponía que tenía más información para mi_ dijo ella.

Alejandro titubeó un poco antes de responder. Laura clavó sus ojos verdes en él esperando a que hablara. El abogado pensó que aquellos ojos podrían llegar a ser peligros, podrían llegar a hipnotizarlo.

_ En realidad soy del departamento legal, mejor dicho, soy el departamento legal, soy el abogado de la empresa, soy el único, por cierto, al menos por el momento.

Laura lo observaba perpleja mientras él hablaba. El tono dubitativo de Alejandro no la ayudaba mucho a entender las cosas.

_ La empresa volvió a operar hace un año_ explicó él.

 Pareció vacilar por unos segundos y luego siguió.

_ Estamos tratando de reducir costos, hasta que el complejo sea rentable.

Laura asintió distraídamente.

_ Entonces ¿Por qué me contrataron? Imagino que no es muy necesaria mi presencia.

_ Por el contrario, la empresa se comprometió en prestar ayuda a las comunidades, y para la empresa es importante   cumplir con estos compromisos, por eso está usted aquí_ explicó el abogado.

Laura volvió a asentir y se percató de que era lo único que estaba haciendo desde que había llegado.

_Entonces ¿a quién debo reportarme? _ preguntó.

_Por el momento a mí, aunque a decir verdad tendrá bastante libertad de acción mientras se ciña al presupuesto.

_ Entonces usted es mi jefe_ dijo ella levantando las cejas.

_ Preferiría que me tuteara, si no le molesta. Y con respecto a su pregunta, no precisamente, en este momento veo varias áreas, pero en realidad será su propio jefe.

_ Si deseas que te tutee, espero lo mismo de tu parte_ dijo Laura con una sonrisa. _ Siempre hay que reportarse a alguien arriba_ agregó.

_ Bueno en ese caso ese alguien soy yo, a no ser que el gerente general diga lo contrario_ explicó Alejandro.

Laura sonrió con una mueca forzada, no terminaba de hacerse una idea con respecto al hombre que tenía enfrente y eso no le gustaba mucho. Siempre había sido una mujer de primeras impresiones, y con Alejandro no tenía una.

_ ¿Cómo es que alguien como tú está en este paraje olvidado del mundo? _ preguntó Alejandro intrigado.

_ ¿Alguien como yo? _ preguntó ella a su vez con el ceño fruncido.

_ No me mal interpretes_ dijo de inmediato_ eres norteamericana, podrías estar trabajando en mejores lugares. Por cierto, tu español es muy bueno, muy peruano diría yo.

_ Con respecto a mi español, viví muchos años en varios países de Latinoamérica, y unos cuatro años en Perú antes de ir a la universidad. Y con respecto a que hago aquí, soy psicóloga y socióloga, no hay mejor lugar en el mundo que en donde me necesiten_ dijo con una sonrisa que a Alejandro le pareció algo distante pero sumamente encantadora.

 El abogado asintió sorprendido.

_ Además, todo es cuestión de modificar los horizontes y las cosas se verán de diferente manera. Yo podría hacerte la misma pregunta, no eres del tipo de vivir en un pueblo casi fantasma_ dijo ella.

_ ¿Qué tipo piensas que soy? _ preguntó él levantando una ceja inquisitiva.

_ Eres de buena familia, muy buena posición económica.

_ ¿Qué te hace pensar eso? _ preguntó Alejandro con una sonrisa nerviosa.

_ Tus maneras, tu forma de comportarte.

_ Soy un hombre que vive de su trabajo_ dijo Alejandro.

_Si quieres que nos llevemos bien, debe haber confianza entre nosotros y ahora no estás siendo sincero conmigo_ dijo ella.

Alejandro la miró con sorpresa, trató de decir algo, pero vaciló y se detuvo.

_ La verdad no me gusta mucho que me analices_ dijo poco después_ pero en algo tienes razón vamos a trabajar juntos en cierto momento y se trabaja mejor cuando hay confianza.

Laura hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

_ Trataré de no analizarte, no a menudo al menos_ dijo con una risita sofocada.

Alejandro le narró los acontecimientos de su vida a Laura, se sorprendió contándole cada detalle a la mujer que tenía enfrente. Laura, por su parte no pudo evitar un profundo sentimiento de admiración por Alejandro, no conocía a nadie que haya dejado la comodidad que ofrece la buena posición económica por un futuro incierto como el que se presentaba frente no solo a Alejandro sino también a ella misma.

_ ¿Qué dijo tu esposa cuando le comunicaste tu decisión? _ preguntó Laura.

Alejandro levantó su mano enseñando su dedo índice.

_ No estás casado_ dijo ella en voz baja casi para sí misma.

Alejandro negó sacudiendo la cabeza de un lugar a otro.

_ ¿Alguna novia o hijos? _ siguió interrogándolo la psicóloga.

 Alejandro volvió a negar.

_ ¿Qué hay de ti? _ preguntó él a su vez mientras tomaba el último sorbo de su sopa.

_ Estuve casada una vez, pero no duró mucho, creo que no se me da muy bien compartir mi vida con nadie_ dijo echándose a reír.

_Supongo que no tienes hijos por eso aceptaste venir.

_No, no los tengo. Mi matrimonio no duro más que tres años, apenas estábamos conociéndonos, nunca pensamos en tener hijos. Creo que fue lo mejor.

Alejandro asintió pensativo.

_Lo que no me explico es como un hombre como tu sigue soltero_ dijo ella frunciendo el entrecejo.

Alejandro se echó a reír.

_Crees que hay algo malo en mi_ dijo riendo_ creo que no he encontrado a la mujer adecuada, eso es todo. O tal vez yo no sea el adecuado para alguien_ agregó volviendo a reír.

La risa de Alejandro contagió a Laura. Empezaba a verlo con otros ojos, el hombre poseía un semblante relajado y una natural simpatía. Sus ojos reflejaban sinceridad y humildad. Su voz era franca y siempre parecía estar de buen humor. Laura se sintió mucho más cómoda con el abogado y pronto se encontró contándole su vida.

Alguien rio con una risa aguda como el veloz correr de notas de un violín. Ambos dirigieron su atención al lugar de donde provenía aquel sonido algo estridente. Observaron a un grupo de personas bebiendo cerveza. Sobre la mesa se acumulaban un gran número de botellas vacías.

_ Creo que ya bebieron lo suficiente_ dijo Laura.

_ En realidad recién están empezando_ dijo Alejandro_ es sábado así que saldrán de aquí un par de horas antes del amanecer.

_ Bueno, creo que ya debería estar acostumbrada a eso, se repite en todos los campamentos mineros_ dijo la psicóloga.

Alejandro reprimió una sonrisa.

_Creo que es una constante en todo el país_ dijo él.

Laura se sintió de pronto cansada, su día había comenzado muy temprano y ya pasaban de las once de la noche. Sentía los parpados pesados y los ojos en sus cuencas le dolían.

_ Luces algo cansada_ dijo Alejandro_ te llevaré al hotel para que descanses.

_ Gracias_ respondió ella con voz exhausta.

_ Olvidé decirte que la habitación de hotel es solo temporal_ dijo Alejandro cuando hacía el trayecto de regreso.

Laura clavó sus cansados ojos en Alejandro tratando de prestarle atención.

_Mantener gente en el hotel significa más gastos para la empresa, por lo que prefieren que nos hospedemos en el Chulec_ explicó.

_ ¿Chulec? _ preguntó ella.

_ Es una zona residencial en donde se hospedaban los profesionales. Son casas estilo americano, pienso que te gustarán.

_ ¿Tu vives allí?

_ Sí, seré tu vecino.

Laura sonrió asintiendo.

_ En realidad no hay mucha gente en la zona en donde vivo. La mayoría de los profesionales que tienen hijos viven en las inmediaciones del colegio. Tal vez mañana quieras ir a ver el lugar y la casa que te asignaron, puedo llevarte si lo deseas.

_ ¿No tienes el día libre? _ preguntó.

_En realidad es mi fin de semana libre, pero me quedé porque no había quien te recibiera.

Laura tosió algo incómoda.

_ No quiero causarte más molestias_ dijo_ esperaré hasta el lunes y veré quien puede ayudarme con la casa.

_ No es molestia_ se apresuró él a decir_ lo hago con mucho gusto. Puedo buscarte después del desayuno.

Los ojos de Laura lo escrutaron con atención. Sopesó la propuesta por unos segundos. Alejandro detuvo el vehículo frente al hotel y al mirarla detenidamente se percató del profundo cansancio que arrastraba.

_ Te lo agradecería mucho, si en verdad no tienes algo que hacer mañana_ dijo ella al fin.

_Lo haré con mucho gusto_ contestó Alejandro con una sonrisa_ ¿te parece bien si te recojo a las nueve?

_Me parece perfecto_ dijo ella con una sonrisa cansina.

_ Entonces te acompaño al lobby_ dijo Alejandro.

_ No hace falta, vas a mojarte.

_Sí hace falta_ dijo Alejandro observando a un grupo de hombres apostados en la lluvia debajo del farol de la entrada al hotel.

Laura comprendió de inmediato. La preocupación de aquel hombre que acababa de conocer entibió su corazón. Bajaron del vehículo y un viento gélido les heló los huesos. Caminaron bajo la llovizna tan fina y vacilante que parecía una niebla. Los hombres los observaron con detenimiento, sus sombras sobre la vereda formaban un charco de oscuridad que Alejandro y Laura cruzaron en silencio.

_ Bien, llegaste sana y salva_ dijo el abogado cuando estuvieron en el lobby del hotel.

Laura le dedicó una sonrisa agradecida.

_Muchas gracias por todo_ dijo ella.

_ No tienes por qué_ contestó con la mejor de sus sonrisas.

_ Buenas noches, hasta mañana_ se despidió ella.

_ Buenas noches_ respondió él sin dejar de sonreír mientras ella subía las gradas.

Cuando estuvo al final de la escalera, volteó a verlo y aquella mirada verde cayó sobre él como si tuviera peso. Le dedicó una leve sonrisa y ´pronto recorría de nuevo el largo pasillo hasta encontrar su habitación.

Alejandro profirió un suspiro cuando la vio alejarse. Regresó sobre sus pasos y se fue a casa.

Pronto, el viento comenzó a arreciar. Laura pensó que había llegado justo a tiempo al hotel antes de que el mal tiempo le impidiera bajar del vehículo. Se tendió en la cama dispuesta a dormirse cuando el viento dejó oír su aullido lastimero golpeando con fuerza contra la ventana. Un relámpago bañó la habitación con una luz breve y tartajeante. No podía conciliar el sueño, un trueno profundo y ronco la sobresaltó a la vez que otro relámpago de luz azul estallaba. Se cubrió con la manta hasta el cuello y se ovilló sobre si misma para tratar de entrar en calor.

Como uno de aquellos relámpagos que iluminaban el cielo, le llegó el recuerdo de su exesposo. No había pensado mucho en él últimamente, hasta que le habló a Alejandro de él. Aún mantenían comunicación, se hablaban por teléfono un par de veces al mes. Se llevaban mucho mejor después de separarse, como pareja no funcionaron, pero eran buenos amigos y se preocupaban el uno por el otro. Se sacudió el pensamiento de sus recuerdos. Un relámpago blanco azulado encendió esta vez el cielo. La lluvia agitaba con fuerza la ventana de la habitación.

_ ¡Diablos, si sigue así no podré dormir! _ dijo en voz alta como si con eso consiguiera que la lluvia la oyera y se detuviera.

Pero no lo hizo, los truenos y relámpagos siguieron con su bullicioso concierto por espacio de dos horas. De súbito, los truenos cesaron y la lluvia amainó. Laura, miró el techo con actitud meditativa, unas largas lenguas de luz lo iluminaban levemente. Pensó en lo que le depararía este nuevo trabajo, esta nueva ciudad. Se fue desconectando lentamente de la realidad. Se fue hundiendo en un mundo gaseoso y empezó a soñar.

III

Cuando despertó a la mañana siguiente, el sol refulgía en la ventana. Se levantó de la cama y se desperezó levantando los brazos sobre su cabeza. Miró el reloj que había dejado sobre la mesa de noche y emitió un suspiro resignado. Eran las ocho de la mañana y debía apresurarse si quería desayunar antes de que Alejandro llegara.

Cuando terminó de desayunar se encaminó al lobby y se sentó en un antiguo sillón azul con patas de aluminio, aún faltaban unos minutos para las nueve. No tuvo que esperar demasiado, pronto lo vio entrar por la puerta. Sintió una extraña alegría al verlo. Algo que no sentía hacía mucho tiempo, pero trató de restarle importancia a aquella inesperada emoción. Se saludaron de manera bastante formal y pronto salieron del hotel. Laura no pudo evitar dirigir la mirada a la muralla con la desagradable inscripción. Desvió los ojos de inmediato, pero a Alejandro no le pasó inadvertida su actitud. De nuevo se sintió incómodo y se aclaró la garganta antes de señalarle el vehículo. Aunque Laura pensó que no era necesario que lo hiciera ya que el Toyota parecía cargar encima un cartel con luces de neón que decía “SOY EL CARRO DE ALEJANDRO QUESADA”.

 El Corola cruzó el puente sobre el río Yauli y pasaron frente a un edificio de doce pisos, el único de La Oroya. Alejandro lo llamó “Sesquicentenario”, toda el área cercada pertenecía a la empresa.

_Aquella construcción que acabamos de pasar es el Hotel Inca y este de enfrente es el Club Inca. Hay dos torres de departamentos detrás del club_ explicó el abogado.

Laura solo asentía.

_ Todo está vacío ahora, esperamos que eso cambien dentro de poco.

Siguieron unos minutos más hasta que Laura observó una serie de casas a la orilla derecha del río Mantaro. Alejandro se detuvo en una caseta de seguridad y bajó la luna del carro. El guardia lo reconoció y lo saludó con un gesto de su mano. El abogado puso de nuevo el vehículo en marcha y cruzaron un puente que los adentró a la zona residencial. El vehículo enfiló un camino bordeado por cipreses subiendo una cuesta larga y empinada. Las casitas se encontraban cuidadosamente ordenadas subiendo una serpenteante colina. Alejandro tomó la primera curva a la derecha y se detuvo frente a una casa blanca de techo rojo y un pequeño porche. Dos grandes cipreses flanqueaban la casa, uno de ellos había crecido muy cerca de ella, y sus ramas cubrían parte del techo. El pequeño jardín circundante se hallaba bastante descuidado, el césped medía unos treinta centímetros de alto. Una muralla de piedra rodeaba el frente y el costado derecho de la casa.

_Esta es la vivienda que te asignaron_ dijo Alejandro_ El jardín está un poco descuidado, pero la casa está en buenas condiciones a pesar de los años que arrastra a cuestas.

Laura asintió, paseando la mirada alrededor.

_Mira, aquel es el Hospital Chulec_ dijo señalando un edificio situado a unos cincuenta metros de la casa, en la cima de la colina.

Al lado del hospital, se levantaba imponente una enorme mole de piedra, parte de la montaña que circundaba toda la ciudad.

_Es bueno saber que tengo el hospital cerca_ dijo ella. _ ¿Dónde está tu casa?

_Mi casa es aquella, cruzando la calle, la que se encuentra justo donde comienza la curva_ contestó el abogado señalando una casa que se encontraba bajando una leve colina.

Las ventanas de la sala, el comedor y la cocina de ambas casas se encontraban frente a frente.

_Parece que no hay más vecinos_ dijo ella observando que todos los jardines de las casas de su calle parecían abandonados.

_ Por ahora no, pero en un par de semanas tendremos por aquí a más gente. Están contratando a un jefe de laboratorio y a una enfermera.

Laura volvió a asentir.

_ ¿Quieres ver la casa? Traje las llaves.

_ Claro_ contestó la psicóloga.

Bajaron unas gradas de piedra que daban a la entrada de la casa. Alejandro abrió la puerta. La suave brisa hizo crujir las ramas de los árboles sobre el techo.

_ Ese árbol está muy cerca_ dijo ella con cara de preocupación.

_No podemos cortarlo, los árboles demoran muchos años en crecer aquí, tal vez este tenga unos noventa o más años. Pero no te preocupes, que han revisado la casa, el techo y el piso, todo está en orden.

Laura asintió sin mucho convencimiento, pero Alejandro tenía razón, si no era extremadamente necesario, un árbol de esa edad jamás debía cortarse, pensó.

La casa le pareció encantadora, poseía una amplia sala con muebles de madera, una chimenea hecha de ladrillos la hizo sonreír, sería agradable encenderla en los días más fríos. La sala se encontraba unida al comedor por un gran espacio abierto. La mesa para ocho personas también de madera hacía juego con los muebles de la sala. La cocina bastante amplia, contaba con otra mesa para cuatro personas y un gran depósito. Los dos cuartos se encontraban comunicados por un baño con bañera de porcelana parecida a la del hotel. Toda la casa, a excepción de la lavandería poseía pisos de madera. En el cuarto de baño y la cocina el piso estaba recubierto con linóleo. La sala, el comedor y las habitaciones contaban con grandes y gruesas alfombras que daban un poco de calidez a la casa. Las ventanas eran amplias, y dejaban observar todo el paisaje alrededor de la vivienda.

_La casa es muy acogedora_ dijo Laura_ me recuerda un poco a la casa de mi abuela en Maine.

_El Complejo Metalúrgico de La Oroya se construyó en los años veinte por una empresa norteamericana, por lo que estas casas tendrán unos noventa y cinco o más años.

_ ¡Vaya! Es increíble lo bien conservadas que están.

Alejandro asintió.

_Está lista, puedes mudarte cuando quieras, pero necesitaras utensilios de cocina.

Laura asintió volviendo a recorrer la casa, Alejandro se quedó en la sala esperándola. La psicóloga sintió la sensación más reconfortante y cálida que había experimentado en mucho tiempo. La casa la atrajo desde que entró en ella y se sentía feliz de poder vivir allí.

IV

Hacía una semana que se había mudado a su nueva vivienda, le gustaba mucho la zona, en especial la casa. Ya había iniciado los trabajos en el jardín, con ayuda de un par de hermanas recomendadas por Alejandro. Se llamaban Celia y Gladys, daban servicio de limpieza y jardinería desde la época en que el complejo fuera propiedad de Doe Run Perú. El único problema era que no tenía carro propio y la casa se encontraba muy lejos del mercado o cualquier otro lugar donde comprar los productos básicos. Se desplazaba al trabajo en una combi que la empresa ponía al servicio de los empleados. Nunca antes necesitó de movilidad propia, ya que en la mayoría de los lugares en donde trabajó podía desplazarse sin dificultad. Pero ahora, pensó, sería conveniente comprarse un carro de segunda mano.

Alejandro se había ofrecido a hacer de chofer las veces que ella lo requiriera, la verdad, él la había ayudado muchísimo con las compras para la casa. Se habían hecho buenos amigos desde que Laura empezara a trabajar hacía dos semanas, pero no quería abusar de su confianza. Esperaría al menos unos meses antes de decidirse a comprar el carro, no podía darse el lujo de gastar dinero en ese momento cuando recién empezaba en un nuevo empleo.

Suspiró resignada y puso algo de música, eso siempre la relajaba. Empezó a tararear una canción, mientras se movía suavemente. Con la segunda, se sorprendió cantando y contoneando el cuerpo. Se sentía bien dejarse llevar por el ritmo de Bon Jovi.

“Love is like fingerprints
           It don’t wash away
           I let mine all over you
           I take the blame”

V

Alejandro se sirvió una taza de café y se acercó a la ventana de la sala, había adquirido esa costumbre desde que Laura se mudara a vivir a pocos metros de su casa. Le gusta observarla a través de los cristales. No siempre tenía la suerte de verla, pero el solo hecho de observar su casa extrañamente lo llenaba de sosiego. Aquel día la vio moviéndose al ritmo de una canción que él no podía oír. La observó con fascinado interés por varios minutos. Se movía de forma sensual, tenía los ojos cerrados y parecía estar cantando. Alejandro suspiró algo aturdido, no entendía muy bien el encanto que ella ejercía sobre él. La miró absorto, no solo le atraían sus cabellos cobrizos que en aquel momento se balanceaban sobre su espalda al mismo ritmo de la música, también la gracia y el calor de sus ojos y lo armonioso de su mirada y su encantadora sonrisa. Suspiró desconcertado por las emociones que lo embargaban. Tenía que reconocer que Laura le gustaba, y mucho, pero algo tenía muy claro, no haría nada que atentara contra la amistad que había surgido entre ellos. Eso valía mucho más que una relación amorosa fallida.

VI

Era la tercera comunidad que visitaba Laura desde que había iniciado sus labores en el complejo metalúrgico. Se encontraba a más de cuatro mil metros de altura en la comunidad de Chacapalpa, a treinta y seis kilómetros de La Oroya. Para llegar hasta allí tuvo que cruzar el rio Mantaro por un puente colgante, ascendiendo por una cuesta escarpada. Laura quedó impresionada por el verdor de los pastos naturales que servían de alimento al ganado y las pequeñas casitas diseminadas a lo largo de las accidentadas montañas.

Los comuneros la llevaron a conocer la zona, subió una cuesta empinada hasta llegar a la cumbre de la montaña desde donde podía apreciar a las llamas y ovejas pastando. Desde la cima, parecía que todo el mundo entero se extendía a sus pies. Podía ver a un lado, el serpenteante correr del río entre las quebradas y por el otro, el pueblo, a unos ocho kilómetros de distancia que aparecía como una desafortunada maqueta. Las cuadrículas de las calles no existían, solo se observaban líneas zigzagueantes en donde se situaban las calles y las casitas dispuestas a desnivel siguiendo la ladera de la montaña. Vio la pequeña iglesia construida con grises ladrillos que sobresalía en la parte más alta del pueblo. El puente colgante por donde ingresó y el rojo río cargado de sedimentos. Vio ovejas pastando en las laderas como puntos blancos y a veces negros que se movían de tanto en tanto, bajo un cielo azul brillante. Tuvo que sentarse en la primera roca que encontró para adsorber en su mente la majestuosidad de la naturaleza que se encontraba a sus pies. Le dio la sensación de encontrarse en los confines de otro mundo. Se quedó allí tomando fotografías por un buen rato, hasta que volvieron a bajar al pueblo en donde un grupo de mujeres la esperaban con un delicioso almuerzo. A pesar de la precariedad en la que vivían no escatimaron en gastos preparando una Pachamanca que a Laura le pareció exquisita.

Entre las mujeres se encontraban varias ancianas con quienes entabló conversación. La psicóloga pensaba que la mejor forma de conocer las costumbres y tradiciones de un pueblo era a través de las personas mayores. Aprendió como se hilaba y teñía la lana, además le explicaron como se preparaba la Pachamanca. Laura pidió que le contaran las historias mitológicas que circulaban de boca en boca, de generación en generación. Una de las ancianas se sentó a su lado, la mujer de ojos pequeños, nariz aguileña, sonrisa afable y piel apergaminada se llamaba Killasisa cuyo significado es “Flor de Luna”. La anciana le explicó que su madre la nombró de esa forma, porque hace ochenta y seis años, la flor de la Puya de Raimondi conocida por los lugareños como Titaca inició su floración justo el día en que la anciana vino al mundo. La gran planta de más de ocho metros de altura que demora decenas de años en crecer súbitamente inicia su inflorescencia, llenándose de pequeñas flores blanco-amarillentas que pueden producir hasta cinco mil de ellas. Después de que las flores se marchitan y lanza las semillas, la planta muere y desaparece poniendo fin así a un ciclo que puede durar cien años, según los expertos.  

Killasisa le relató, además, sobre un ser mitológico, conocido como el demonio de los andes, se llamaba Jarjacha, este ser toma su nombre de los gritos siniestros que emite para asustar a la gente, ya que repite jar, jar, jar. También le habló del Muqui, el duende que vive en el interior de las minas, este ser, es probablemente, el más famoso entre todos los seres mitológicos de la sierra del Perú. Dicen que es pequeño, que no mide más de un metro de altura y que es el responsable de las desapariciones de herramientas o de vetas de minerales, además de producir extraños ruidos dentro de la mina.

Regresó a La Oroya cansada, pero plena, el día había sido productivo, se interiorizó de los problemas más graves de la comunidad y conoció un poco más de la cultura y tradiciones de los pueblos andinos del Perú.

 El chofer la dejó frente al Hotel Junín, tenía que entregar el vehículo a la fundición y ya estaba oscureciendo. Laura decidió esperar la combi de servicio público que se dirigía a Paccha y que la dejaba frente al Chulec. Observó la calzada de enfrente y para su sorpresa, aquella frase “colorida” que la había recibido al llegar a La Oroya, había desaparecido. En su lugar observó la muralla pintada de blanco. Sonrió complacida, no sabía a qué se debía el cambio, pero en verdad lo agradecía. En ese momento, el inconfundible Toyota celeste se detuvo frente a ella. Alejandro le dedicó la mejor de sus sonrisas mientras bajaba la luna y se inclinaba para verla.

_Creo que llegué justo a tiempo_ dijo.

Laura le devolvió la sonrisa. Abrió la puerta y subió al vehículo.

_ Hola Alejandro, sí, llegaste justo a tiempo_ dijo ella.

Laura le relató todo lo referente a su visita a Chacapalpa mientras hacían el trayecto a casa, el entusiasmo de la psicóloga contagió a Alejandro, la pasión de Laura por su trabajo era contagiosa.

Cuando se detuvo frente a la casa de Laura, la observó mientras ella terminaba su relato.

_ Lo siento_ se excusó la psicóloga_ estoy reteniéndote.

Él le dedicó una sonrisa encantadora.

_ No tienes porque hacerlo, me gusta oírte hablar sobre el trabajo, se ve que en verdad lo disfrutas.

_ Lo hago_ respondió ella con una brillante sonrisa _ ¿Te gustaría pasar y cenar algo rápido conmigo? _ preguntó esperando que él dijera que sí.

Le agradaba su compañía, compartían muchos puntos de vista y cuando no lo hacían, le gustaba discutirlos con él. Muchas veces los desacuerdos se volvían acalorados y profundos, y a pesar de ello, manejaban la situación de forma sensata, serena y tolerante. Esto sorprendía gratamente a Laura, ya que nunca había conocido a nadie que la hiciera actuar de esa forma, siempre trataba de hacer prevalecer su punto de vista frente a cualquier otro. Con Alejandro, no sentía la necesidad de imponerse.

_ Gracias, me gustaría mucho_ respondió el abogado.

Detuvo el motor del Corola y ambos se apearon, entraron a la casa que se encontraba a oscuras. Laura encendió las luces y le pidió a Alejandro que la esperara mientras se ponía más cómoda. Pronto, se dirigían a la cocina, en donde Alejandro se sentó mientras ella preparaba un lomo saltado.

_ ¡Vaya! No me imaginé que también cocinaras comida peruana_ dijo Alejandro.

Laura le dedicó una mirada de reproche.

_ ¿Qué? ¿Te imaginabas que no tenía idea de cómo cocinar? _ preguntó fingiendo molestia.

Alejandro puso cara “de no te lo tomes a mal”. Ella se echó a reír, divertida por la expresión del abogado.

_ Tengo que aceptar que eres muy buena cocinera_ dijo Alejandro una vez que probó el primer bocado.

_ Gracias_ contestó ella.

Siguieron conversando del trabajo durante algún tiempo, hasta que Alejandro se despidió y fue a su casa. Laura lo observó a través de la ventana hasta que él se metió a su casa. Suspiró, sonrió para sí misma. Cada día le gustaba más, pero sabía que lo mejor sería dejar las cosas como estaban, se llevaban muy bien para arruinar las cosas con una relación.

VII

El sábado por la mañana amaneció con un sol radiante y el cielo totalmente despejado. Laura decidió dedicar el día a arreglar el jardín, había avanzado bastante, ya le faltaba poco, las constantes lluvias contribuían positivamente a que las flores que había sembrado empezaran a abrir sus primeros capullos. Los coloridos Pensamientos inundaba sus sentidos. Las flores fueron recomendación de Celia y Gladys, ellas les explicaron que los Pensamientos se habían adaptado muy bien al clima de La Oroya. Laura lo estaba comprobando, la increíble variedad de colores pasando por el amarillo, el blanco, el morado, el naranja y las mezclas de matices de estos colores en una sola flor daban una sensación de estar sumergido en un arcoíris. Las florecillas parecían pequeñas caras que apuntaban al sol.

Arrodillada en el mojado pasto, escarbaba arrancando la mala hierba que competía con las flores que había sembrado. De pronto, sintió dos pesadas patas sobre su espalda. Se levantó sobresaltada y trastabilló cayendo de espaldas en el suelo húmedo. Andy, el Chow Chow de Alejandro, se lanzó sobre ella llenándola de cálidos lengüetazos en el rostro.

_ ¡Andy, basta, basta ya! _ gritó.

El perro siguió impertérrito con su húmeda demostración de afecto moviendo la cola como si de una gran serpiente se tratara. Alejandro cruzó la calle y se quedó mirándola más rato de lo que debía con aire divertido.

_ ¡Andy, Andy, basta! _ volvió a gritar, mientras que con el rabillo del ojo percibió la silueta de Alejandro que no paraba de reír _ ¡Deja de reír y ayúdame! _ le exigió.

El abogado saltó la valla de piedras con bastante agilidad y detuvo al perro de la correa.

_ Lo siento, en verdad_ se excusó, pero seguía riendo.

_ No lo sientes, estas disfrutando esto_ dijo Laura con el ceño fruncido algo molesta.

Alejandro no pudo evitarlo y se echó a reír de nuevo.

_No puede evitarlo, le caes muy bien_ dijo señalando al perro.

_ Yo pienso que le enseñaste a atacarme_ dijo ella y una sonrisa se le escapó de entre los labios.

Alejandro negó con la cabeza sin dejar de reír. Laura quiso parecer molesta, pero no pudo evitar echarse a reír con él. Cuando al fin la risa dejó de atacarlos Laura observó detenidamente a Alejandro, era difícil dejar de admirar su arrolladora personalidad. Se veía muy atractivo a pesar de llevar una camiseta del Club Universitario de Deportes que había pasado demasiadas veces por la lavadora.

_Creo que ya sé que voy a regalarte por Navidad_ dijo ella mirando fijamente la camiseta.

Alejandro bajó la mirada perplejo.

_ ¿A qué te refieres? _ preguntó.

Ella se echó a reír sacudiendo la cabeza.

_Nada_ respondió.

Andy daba saltos moviendo la cola, quería llamar la atención de Laura, buscaba que ella le rascara la cabeza y acariciara su cuerpo.

_Andy, hoy estás muy hiperactivo_ dijo ella.

Alejandro emitió una pequeña carcajada.

_ ¿Ahora harás de psicóloga de perros? _ preguntó.

Ella entrecerró los ojos y lo miró ladeado un poco la cabeza.

_ No es gracioso_ contestó.

_Yo creo que si lo es_ dijo él.

Laura tuvo que acariciar al animal para que se tranquilizara. Andy adoraba las manos de la psicóloga sobre su largo pelo. Le gustaba que le rascara detrás de las orejas como ella estaba haciendo en ese preciso instante. Toda la inquietud del animal desapareció mientras se dejaba acariciar por Laura.

_ ¿Será que le gustas porque ambos tienen el mismo color de pelo? _ preguntó Alejandro echándose a reír de nuevo ante su ocurrencia.

_ Hoy estás con un extraño sentido del humor_ dijo ella.

_No me hagas caso, será mejor que me lleve al perro para que puedas seguir trabajando.

_ La verdad tengo la espalda y el trasero húmedos, ya se me quitaron las ganas de seguir trabajando_ contestó ella y Alejandro rio de nuevo.

_Entonces me lo llevo para que te cambies_ dijo.

Laura asintió, le dedicó una sonrisa algo coqueta encaminándose hacia la casa.

Deja un comentario