MELINDA
I
Laura no pudo esconder su alegría cuando se enteró quien sería su nueva vecina. La enfermera que contrataron, Melinda García, había trabajado con Laura en Arcata hace unos años atrás. Melinda viviría en la misma calle que Laura, a cinco casas de distancia.
Melinda García de treinta y dos años, era dueña de una personalidad magnética, con unos ojos cafés rodeados de pestañas largas y negras que conferían a su mirada misterio y sensualidad. La mata de pelo negro y lacio le llegaba a mitad de la espalda. Los labios rojos e invitantes eran su arma de seducción.
Cuando vio a Laura parada en la entrada de su casa, dio un grito de felicidad absoluta. Se abalanzó sobre ella incrédula, no tenía la menor idea de que la encontraría en La Oroya.
_ ¡Laura! ¿Qué haces aquí? _ preguntó emocionada.
_Vine a darte la bienvenida_ contestó con una clara y sincera sonrisa.
_Pasa, pasa ¡no lo puedo creer! _ dijo mientras se hacía a un lado para que la psicóloga entrara a la vivienda.
Laura se acomodó en la cocina, mientras Melinda preparaba algo de café.
_ No te imaginas lo feliz que me puse cuando me enteré de que eras tú a quien contrataron para el puesto de enfermera_ dijo Laura.
_ No tenía idea de que estuvieras trabajando aquí_ dijo Melinda_ hace tiempo que no tengo noticias tuyas.
_Estuve trabajando en La Libertad, hasta que me presenté para el puesto de asistenta social.
_ ¡Increíble! No te imaginas lo mucho que te he extrañado, la verdad aún no entiendo que fue lo que nos distanció _ dijo Melinda.
_ Supongo que se debió a la falta de tiempo_ contestó su pelirroja amiga.
_Si, trabajar en campamentos mineros no ayuda. Además de los turnos que realizo en el hospital. Trabajar de noche arruina la vida social de cualquiera_ dijo la enfermera.
Laura se echó a reír, pero sabía que Melinda tenía razón. Al menos ella no debía trabajar de noche.
_ Es bueno que tengas el hospital a un paso_ dijo Laura.
_Es estupendo_ dijo Melinda_ no tengo que movilizarme mucho, pero a la vez, es fácil que me llamen por una emergencia a pesar de que no esté de turno.
Laura asintió.
Conversaron largo rato poniéndose al día con los chismes, hablaron de las personas que conocían y que ya no veían. Para Laura fue como si no hubiese trascurrido el tiempo. Allí estaba su buena amiga Melinda como en los viejos tiempos.
_ Dime ¿hay alguien interesante por aquí cerca? _ preguntó Melinda con aquella mirada coqueta que Laura conocía muy bien.
_ ¿Qué fue del enamorado que tenías? ¿Cómo se llamaba?
_Luis_ dijo Melinda con gesto que a Laura le pareció algo despectivo _ Terminamos hace más de un año, la verdad estaba perdiendo el tiempo con él.
_ ¡Oh! Pensé que terminarían casándose_ dijo Laura.
_ Yo también, pero ya vez, él tenía otros planes, y me alegro por ello, porque de lo contrario me hubiese arrepentido.
_Es bueno que lo hayas tomado bien_ dijo la psicóloga.
_ ¿Qué más puedo hacer? Es mejor tomar ciertas cosas con filosofía_ dijo ella encogiéndose de hombros.
_ Para serte sincera, no hay mucha gente en esta zona, la mayoría son personas que tienen familia y viven cerca del colegio Mayupampa. En esta calle, solo estamos tú, yo y un abogado bajando la colina.
_Entonces, ¿eso quiere decir que el abogado es soltero? _ preguntó Melinda con una sonrisa y las cejas levantadas.
Laura se echó a reír.
_Si es soltero_ dijo ella.
Melinda pareció sopesar algo y cambió de expresión de inmediato.
_Probablemente es feo, chato y gordo_ dijo haciendo un gesto cómico con los labios.
Laura lanzó una carcajada y sacudió la cabeza.
_ Por el contrario, es alto, bastante musculoso y muy atractivo.
_ ¡Oh! Por la cara que pusiste al describirlo, entonces, estás en una relación con él.
Laura volvió a dejar escapar otra carcajada sacudiendo la cabeza.
_No, para nada, ya sabes, nada de relaciones para mí.
_Laura, pensé que ya te encontraría casada y con hijos, ya es hora de que sientes cabeza.
_ ¿Para qué? soy feliz a mi manera, no necesito hijos ni esposo.
_Yo opino todo lo contrario, pero respeto tu posición. ¿Entonces, eso quiere decir que tengo vía libre con el abogado?
Laura enarcó las cejas sorprendida.
_Pero ni siquiera lo has visto_ dijo.
_Bueno, solo en el caso de que me guste_ aclaró.
Laura se encogió de hombros e hizo un gesto interrogante con las manos. Pero en su corazón sintió una opresión que no había sentido antes, no quiso reconocerlo, pero le incomodaba que Melinda intentara algo con Alejandro, eso era exactamente lo que estaba sintiendo.
II
Melinda y Laura habían sido amigas por cinco años antes de que Laura dejara Arcata. Eran muy diferentes una de la otra, como el agua y el aceite, pero eso no impedía que se llevaran muy bien. Solían almorzar juntas los domingos, turnándose la tarea de cocinar. A pesar de que Melinda estaba en una relación en ese momento, nunca perdieron la costumbre de almorzar juntas los domingos.
Era el día en que Laura debía cocinar, había quedado encantada con un Rocoto Relleno que una de sus compañeras de trabajo le había invitado, por lo que decidió probar sus habilidades culinarias. Se dirigió al mercado y compró los rocotos a una anciana que había bajado de su pueblo con una cosecha de su propia huerta. Llegó a su casa con la bolsa de las compras y se dispuso a preparar los rocotos, los vio pequeños, en comparación a los que se servían en los restaurantes arequipeños. Se encogió de hombros, prepararía un par para cada una, pensó. Abrió los rocotos, sacó las semillas y los dispuso dentro de una olla para hervirlos. Preparó el relleno, llenó los rocotos con él y los metió al horno como era costumbre. Cuando Melinda llegó, Laura se encontraba con un extraño escozor en las manos.
_ Creo que el rocoto me ha producido algún tipo de alergia_ explicó Laura.
Cuando la psicóloga sirvió los rocotos, Melinda los vio tan pequeños que los miró con desconfianza. Pero para no incomodar a su amiga no dijo nada y partió el rocoto metiéndose un pedazo a la boca. No pudo pasar del segundo mordisco, el rocoto estaba tan picante que era imposible comérselos. De inmediato sintió que los ojos le lagrimeaban y que le escurría la nariz. Tuvo que sacarse la comida de la boca.
_ ¡Esto está muy picante! _ dijo.
_ Supuse que lo había lavado bien_ dijo la psicóloga algo avergonzada.
_ Lo que pasa es que es un rocoto muy pequeño, esos son los que más pican.
_No lo sabía_ dijo Laura que ahora sentía el escozor en los ojos porque se los había tocado con las manos.
Las lágrimas empezaron a recorrerle el rostro, las manos las tenía como si sostuviera en ellas grandes pedazos de carbón encendidos.
_Laura, será mejor que dejemos el almuerzo para otro día y que te acompañe al hospital_ dijo Melinda_ necesitas que te traten.
Las dos mujeres rieron a carcajadas recordando aquel episodio.
_Ahora me parece gracioso_ dijo Laura_ pero en aquel momento no me lo pareció en lo más mínimo.
_Sí, tu primer rocoto fue incomible_ dijo Melinda riendo a todo pulmón.
_Sería lindo retomar aquellos almuerzos_ dijo Laura.
_Por mi encantada_ respondió la enfermera.
_Solo que tendríamos que incluir a Alejandro_ dijo la psicóloga.
_ ¿Quién es Alejandro? _ preguntó Melinda confusa.
_Es el abogado de quien te hablé.
_ ¿Ahora almuerzas con él los domingos? ¿Y dices que no hay nada entre ustedes? _ preguntó con un gesto de incredulidad.
_ ¿Acaso tenía una relación contigo?
_Bueno, no.
_Somos buenos amigos, eso es todo, además éramos los únicos en esta parte de la residencial antes de que llegaras. ¿Qué se suponía que debíamos hacer?
Melinda asintió encogiéndose de hombros.
_El próximo domingo me toca cocinar a mí, allí te lo presentaré_ dijo Laura.
_ Me parece perfecto_ dijo Melinda con una sonrisa pícara.
III
Melinda y Laura se encontraban hablando muy entretenidas cuando Alejandro tocó la puerta. La psicóloga fue a abrir y encontró al abogado con la mejor de sus sonrisas.
_Pasa Alejandro_ dijo mientras se hacía a un lado y lo dejaba entrar.
El abogado le entregó una botella de vino mientras entraba. De inmediato su atención se centró en la mujer que se encontraba sentada en uno de los sillones de la sala. Laura lo observó con disimulo y no le gustó mucho lo que vio. Melinda se puso de pie al verlo y le dedicó la mejor se sus sonrisas. Fue evidente para Laura que la atracción fue instantánea entre el abogado y la enfermera.
_Alejandro, ella es mi amiga Melinda de quien te hablé. Melinda, él es mi vecino_ agregó señalando la casa de Alejandro que se veía a través de las ventanas de la sala.
_Mucho gusto_ dijo Melinda agitando la mano de Alejandro.
_Igualmente_ contestó él y la sonrisa se le ensanchó.
_ ¿Por qué no se ponen cómodos mientras termino la comida? _ dijo Laura.
_Puedo ayudarte si lo necesitas_ dijo Alejandro de inmediato.
_No hace falta, ya estoy acabando_ respondió la psicóloga.
Alejandro asintió y se sentó junto a Melinda mientras Laura regresaba a la cocina. La enfermera y el abogado se observaron con poco disimulo antes de entablar conversación. Los ojos de Laura se movieron brevemente hacia Alejandro y no le gustó comprobar que tenía la mejor de sus sonrisas mientras conversaba con Melinda.
Durante el almuerzo Laura permaneció la mayor parte en silencio. Dejó que Alejandro y Melinda se conocieran y fueran los que llevaran la conversación adelante. El abogado pensó que ella estaba distante, absorta en sus propios pensamientos. La observaba de tanto en tanto y empezó a preocuparse, Laura nunca se quedaba callada más que un par de segundos cada vez que almorzaban juntos.
_Estas muy callada_ dijo él de repente.
Laura levantó la mirada y se encontró con los ojos inquisitivos de Alejandro. Consiguió esbozar una leve sonrisa.
_Estoy dejando que se conozcan_ dijo, pero su propia voz no le sonó muy convincente.
Melinda no desaprovechó la oportunidad y siguió conversando con Alejandro. En todo momento se mostró encantada de poder ayudarlo, sirviéndole más comida, trayendo una servilleta para él o preguntando si quería más vino. Laura sentía unas ganas de entornar los ojos cada vez que la veía tan solícita, pero se contuvo. No podía actuar como una mujer celosa o posesiva ya que Alejandro no le pertenecía.
_Dime Alejandro, ¿Qué haces para entretenerte? _ preguntó Melinda.
Alejandro se echó a reír algo incómodo, le pareció que el tomo de la enfermera fue muy personal.
_La verdad, no hay mucho que hacer por aquí, más que el trabajo, hay unos restaurantes no muy buenos, hay una cancha de golf si es que lo practicas, un salón de bowling en el Club Inca, canchas de tenis y el gimnasio aquí en la entrada del Chulec.
_ Al menos tendré donde ejercitarme_ dijo Melinda.
_Yo voy al gimnasio por las noches_ dijo él_ si deseas puedo llevarte un día de estos para que lo conozcas.
El primer pensamiento de Laura fue que Melinda no necesitaba de ninguna persona que la acompañara a conocer el gimnasio ya que el gimnasio se hallaba a poco más de doscientos metros de su casa.
_Sería genial_ contestó ella con una de las sonrisas seductoras que Laura conocía muy bien.
El problema, pensó, es que ahora la estaba utilizando con Alejandro, y la sola idea le produjo una leve sensación de nausea. “Habré comido mucho”, se dijo a sí misma. Pero parte de ella deseaba levantarse y marcharse, pero ¿A dónde iría? Estaba en su casa.
Cuando sus dos amigos se retiraron entrada la noche y se quedó sola, aquella sensación que la atenazaba en el pecho desde que viera la interacción entre el abogado y la enfermera se intensificó. Por un momento sintió que iba a perderlo, se había acostumbrado a él, sentía cierta debilidad por él, le gustaba compartir sus cosas con Alejandro y si ahora Melinda lo seducía. Tuvo la certeza de que lo alejaría. Trató de convencerse, de que lo que sentía era el temor a la pérdida de un buen amigo, y que no había ningún sentimiento romántico de por medio. Suspiró algo confundida y cansada. Decidió que lo mejor sería irse a dormir. Se levantó del sillón que ocupaba en la sala y se dirigió a su habitación.
Desde el otro lado de la calle, a través de la ventana, Alejandro la observaba con atención. Ahora estaba seguro de que Laura no sentía nada por él. Lo había presentado a su amiga Melinda. Estaba más que claro para el abogado las intenciones de la enfermera y Laura estaba de acuerdo con ello. Tuvo que admitir que aquella certeza llenaba su corazón de decepción. Apagó las luces de la sala y se dirigió algo cabizbajo a su habitación.
IV
Cuando Melinda y Laura se encontraron de nuevo. La enfermera no tardó en hablar de Alejandro.
_ ¡Vaya que si es guapo y muy caballeroso! _ dijo ella.
_Parece que te gustó_ dijo Laura tratando de demostrar que el comentario de Melinda le parecía anodino sin mucho éxito.
_ Mucho_ respondió la enfermera_ pero necesito saber si en verdad no estás interesa en él, porque no deseo meterme donde no me llaman y tener problemas contigo.
_Ya te lo dije, no hay nada entre nosotros_ dijo la psicóloga poniendo los ojos en blanco.
_ Eso ya lo sé, no te pregunté eso, quiero saber si no sientes nada por él_ dijo Melinda.
_ Ya te he dicho que no_ respondió Laura en un tono de fastidio.
_ Lo siento no quise molestarte_ dijo Melinda encogiéndose de hombros y levantando las manos en gesto de rendición.
Laura sonrió lo mejor que pudo, no quería que su amiga pensara que albergaba sentimientos profundos por Alejandro.
_ No lo haces, pero me molesta un poco que pienses que no te digo la verdad_ dijo ella.
_ Está bien, ya no insistiré, pero quiero que sepas que pienso acercarme a él_ dijo Melinda.
_ Bien por ti_ contestó Laura, pero una punzada inexplicable de celos la corroía por dentro.
V
Aquella mañana de sábado, terminó al fin de arreglar el jardín, decidió subir las gradas que la separaban de la calle para admirarlo desde arriba. Apenas terminó de subirlas, vio a Alejandro con un ramo de flores tocando a la puerta de Melinda. La sonrisa que tenía en ese momento se evaporó. El corazón se le aceleró, no precisamente porque veía algo que le agradara. Dejó escapar un profundo suspiro de frustración, cuando vio que la puerta se abría y Melinda rodeaba el cuello del abogado, besándolo en la mejilla. Ingresaron de inmediato y Melinda cerró la puerta. Laura sintió un cúmulo de sensaciones que no entendía, celos, tristeza, incomodidad. Se encontraba desconcertada por las emociones que sentía. El rostro se le nubló, pensó que no necesitaba haber presenciado aquella escena. Bajó apresurada los escalones sin mirar atrás, se quedó en el jardín unos minutos más tratando de recordarse a sí misma que ella los había presentado y había alentado de cierta forma a Melinda. Marchó despacio en dirección a su casa y se metió en ella. Pensó que Alejandro nunca le había llevado flores y que nunca había dejado de ir a verla un sábado por la mañana. Bueno siempre hay una primera vez para todo, pensó y al parecer aquel sería el primer sábado que no se verían.
Se sentía algo abrumada por los sentimientos que había experimentado durante todo el día, decidió que lo mejor sería acostase temprano esa noche, cuando oyó un par de golpes en su puerta. Caminó despacio, arrastrando las piernas, cuando abrió, se encontró con Alejandro quien tenía dibujado en el rostro una amplia sonrisa. Laura le devolvió un asomo de sonrisa. El frío era intenso afuera pero aun así no lo invitó a pasar. A Alejandro no le pasó aquel echo inadvertido.
_Espero no molestarte_ dijo_ pero no pude venir a verte esta mañana.
_No necesitas venir a verme, no soy una lisiada o una inválida_ contestó ella, pero de inmediato se arrepintió de lo que había dicho, sonó a una mujer amargada y dolida.
Alejandro frunció el ceño de inmediato, no era normal en ella actuar de esa forma, siempre lo había recibido de buen agrado.
_No es por eso por lo que vengo a verte_ dijo con cautela_ me gusta pasar tiempo contigo y quiero saber cómo estas_ dijo él.
Laura guardó silencio unos segundos. No quería decir algo más que demostrara lo que sentía. Alejandro seguía parado en el umbral de la puerta, Laura aún no le había pedido que pasara.
_Lo siento_ dijo poco después desviando la mirada a sus zapatos. _ No quise ser descortés contigo.
_ No me importa que seas descortés, quiero saber si estas bien_ dijo él algo preocupado.
_ Estoy bien, lo que sucede es que no siempre me vas a encontrar de buen humor, tengo mal carácter, tal vez estés conociendo ese lado de mí, que aún no conocías_ dijo sin mirarlo a los ojos.
_ No pude pasar antes porque Melinda me invitó a almorzar, pensé encontrarte allí_ se explicó.
_No tienes obligación de venir a verme, y no al parecer la invitación era solo para ti_ dijo ella con una sonrisa que a Alejandro le pareció algo triste. _ No tienes porque a darme explicaciones de con quien sales_ agregó.
_Laura_ dijo él y ella levantó la mirada.
Alejandro creyó captar cierta vulnerabilidad en sus ojos verdes. Pero pensó que se imaginaba cosas. Ella trató de contemplarlo con calma.
_ ¿Puedo pasar? _ preguntó el abogado.
Laura pareció reaccionar y se hizo a un lado para que él entrara, pero no lo invitó a sentarse. Alejandro siguió de pie después de que ella cerrara la puerta.
_ ¿Estás molesta conmigo? _ preguntó él observándola con atención.
Laura trató de sonreír para que él no advirtiera lo mucho que le afectaba su relación con Melinda.
_No, ¿Por qué debería estarlo? _ preguntó ella.
_No sé, te siento extraña. Sí es porque no vine a verte antes…
No lo dejó terminar, de inmediato se puso en guardia.
_No tienes porque venir cada sábado a las diez de la mañana_ dijo ella de inmediato_ no tienes ninguna obligación conmigo.
_No se trata de obligaciones, venir a verte se ha vuelto como nuestra tradición de cada sábado.
_Entiendo que no quieras ir a tu casa los fines de semana, sé que tratas de evitar a tu padre, pero eso no aplica a alguna novia que puedas tener_ dijo ella y al terminar se percató que su corazón se estrujaba de dolor tan solo de pensar que Alejandro podía tener una novia.
_Melinda ciertamente no es mi novia_ dijo él de inmediato_ pero es la persona más encantadora y magnética que he conocido.
Laura le dedicó la sonrisa más dulce y triste que él le haya visto.
_ Ciertamente lo es_ aseveró, recordando que aquel magnetismo encandilaba a la mayoría de los hombres, y al parecer, Alejandro formaba parte de la larga lista.
_No es lo que piensas_ quiso explicarse.
_ No tienes que darme explicaciones_ contestó ella.
_No son explicaciones, pienso que somos amigos y quisiera contarte lo que pasa.
_ Somos amigos_ dijo ella_ pero no quisiera tener que tomar partido por ninguno de ustedes dos.
_ No tienes que tomar partido por ninguno.
_Tampoco quiero saber las intimidades que existen entre ustedes.
Alejandro suspiró, tenía las manos metidas en los bolsillos traseros de su pantalón. Parecía un adolescente descubierto en algo indebido. No supo que más decir, era como si ella levantara una barrera a su alrededor, para no dejarlo entrar.
_Será mejor que te deje descansar_ dijo él y le dio un beso en la mejilla antes de salir de la casa. Ella no dijo nada, dejó que se fuera, lo observó a través de la ventana hasta que se metió a su casa.
VI
El domingo, se encontraron los tres en casa de Alejandro, esta vez él hacía de anfitrión. Laura comenzó a pensar que había sido mala idea la acordar almorzar los tres los domingos, se sentía bastante incómoda y fuera de lugar frente al abogado y la enfermera. Ambos, intercambiaban miradas y sonrisas cómplices. Con mucha dificultad, Laura estaba logrando mantener un delicado equilibrio con suma elegancia.
A penas terminaron de comer, buscó una excusa para salir de la casa de Alejandro. El abogado se sentía consternado, sabía que algo no andaba bien con ella y no sabía muy bien que era. Quiso hablarlo con Melinda, pensando que tal vez ella supiera algo más al respecto, pero prefirió no agrandar las cosas, tal vez se estaba imaginado algo que no existía. Pero Melinda también lo había notado y creía saber que era lo que sucedía con su amiga. Decidió que luego de dejar la casa de Alejandro iría a verla.
Pocos minutos después de las cinco de la tarde, se despidió del abogado y enfiló el camino de entrada a la casa de Laura. Cuando la psicóloga abrió la puerta, Melinda notó con suma claridad que su presencia no era bienvenida. A pesar de ello, decidió tomar el toro por las astas.
_Quisiera hablar unos minutos contigo_ dijo.
_Estoy con mucho trabajo que debo terminar para mañana_ mintió.
_ Solo serán unos minutos_ insistió la enfermera.
A Laura no le quedó más remedio que dejarla pasar. Melinda se sentó en el sofá de la sala y Laura tuvo que hacer lo mismo.
_Laura, sé que ya te pregunté esto varias veces, pero ¿sientes algo más por Alejandro?
La psicóloga habló con voz frustrada y vehemente levantando las manos extendidas.
_ ¡Te dije muchas veces que no siento nada por él!
_Puedes repetirlo las veces que quieras, pero eso no significa que sea cierto_ dijo Melinda.
_La verdad no entiendo porque haces esto_ dijo Laura _ no necesitas de mi permiso para que te revuelques con él si eso es lo que quieres.
Melinda no se molestó por la elección de palabras de Laura, sabía que había algo raro en ella, y creía saber que era.
_Estás enamorada de él_ dijo.
Laura abrió sus hermosos ojos como platos, no se esperaba que Melinda fuera tan directa. Se levantó del sofá sacudiendo la cabeza, pero no dijo nada. No necesitó decirlo, lo llevaba escrito en la cara. Levantó las manos en gesto de rendición, pero no lo negó. Le dio la espalda a su amiga y masculló algo entre dientes que Melinda no pudo entender.
_Laura por nuestra paz mental, voy a dejar de ver a Alejandro, y ya no voy a asistir a los almuerzos de los domingos_ dijo.
Laura giró sobre sus talones y la miró tratando de demostrar indiferencia.
_Por mi ni te preocupes, puedes hacer lo que quieras con él_ dijo.
Melinda advirtió recelo en su tono de voz.
_Laura, te quiero mucho, fuiste mi mejor amiga, y creo que aún lo eres. Pero debo decirte que, aunque no lo quieras aceptar, estás enamorada de Alejandro. No estoy diciendo que se lo digas, pero creo que debes aceptar la realidad.
_ ¿Me estas analizando? Se supone que la psicóloga soy yo_ dijo.
Melinda efectuó un desconcertado encogimiento de hombros.
_Solo digo que será más fácil cuando aceptes la situación.
_Mira, por mi no te hagas problemas, puedes salir con Alejandro, él no me pertenece_ dijo.
_La verdad, él solo tienes ojos para ti, ayer se pasó hablando de ti durante todo el almuerzo. No pude hacer que me prestara la menor atención.
_ No digas tonterías_ contestó Laura a la defensiva.
_Ya no voy a decir más, está claro que cuando uno no quiere ver lo que tiene enfrente no lo hará de ninguna manera. Solo vine a decirte que no pienso seguir inmiscuyéndome entre ustedes dos.
Se levantó del sofá, se acercó a Laura, la abrazó y salió de la casa, dejando a la psicóloga sumida en un sinfín de pensamientos.