CASA 110 (Parte 4)

EL HOSPITAL

I

Era la primera semana de guardia de Melinda, su turno empezaba a las doce de la noche y se extendía hasta las siete de la mañana. El fin de semana había estado lleno de altibajos. Por un lado, se había acercado a Alejandro, no de la forma en que a ella le hubiese gustado, pero lo consideraba un amigo. Por otro lado, creía que Laura estaba enamorada de él, a pesar de las reiteradas negaciones de la psicóloga. Suspiró resignada, no sucedería nada entre ella y Alejandro, pero no importaba, de todas maneras, apenas lo estaba conociendo, le importaba mucho más conservar la amistad de Laura. Ya llegaría el momento en que la psicóloga aceptara la realidad, pensó.

Ingresó en la sala de emergencias del hospital. Todo a su alrededor era viejo y algo desvencijado, pero aún servía para cumplir con su propósito, hasta que la situación mejorara y se pudiera renovar los equipos. Conversó con la enfermera que dejaba el turno. Todo había estado muy tranquilo durante la primera parte de la noche. Cuando su colega se despidió, Melinda recorrió la sala revisando la presión de la bomba de oxígeno, arregló las sábanas de la camilla a pesar de estar correctamente tendidas. Quería mantenerse ocupada en alguna cosa para que el sueño no la venciera. Pronto, el médico de guardia hizo su aparición, se saludaron y el hombre se dirigió a la zona de consultorios para leer uno de los enormes volúmenes que tenía en su oficina. Melinda volvió a suspirar, se había vuelto a quedar sola y no sabía en que entretenerse. Recordó que una de sus compañeras de trabajo, había mencionado que el segundo piso del hospital estaba decorado con antiguos murales. En la segunda planta se encontraba el área de pediatría. Decidió que era hora de echar un vistazo ya que no había tenido tiempo de hacerlo durante las dos primeras semanas de trabajo. Si alguien la necesitaba, tocaría el timbre en emergencias.

Se dirigió sin prisa por el largo y oscuro pasillo, tenían las luces apagadas para ahorrar energía, solo una que otra bombilla iluminaba con su luz mortecina el estrecho pasaje. Mientras caminaba, oía retumbar sus pisadas en el aire. Vio al médico sentado en su escritorio absorto en la lectura, entonces se dirigió a la derecha. Antes de llegar al final del pasillo, encontró la escalera que la llevaría al segundo piso. Quiso encender las luces, pero los fluorescentes parpadearon un par de veces y luego se apagaron, como si fueran luciérnagas a las que alguien les dio un manotazo. Suspiró frustrada, pero recordó que alguien le había mencionado, que en el segundo piso había unas luces de emergencia que funcionaban con energía solar. Algo moderno en este cacharro viejo, pensó. Subió las gradas despacio, casi a tientas, sujetándose con fuerza de la barandilla. Después de la vigésima grada, su pie derecho se topó con la grada siguiente, trastabilló, pero mantuvo el equilibrio. La escalera no seguía de frente, sino que cambia de dirección hacia la izquierda. Siguió subiendo mientras proseguía a través de la negrura de la noche. El aire se sentía mucho más frío de repente, como si alguien hubiese olvidado cerrar alguna ventana.

Pronto, estuvo en el segundo nivel, dirigió su atención entonces a su derecha intentando hallar las luces de emergencia. Sus pupilas se habían dilatado para tratar de enfocar algún objeto en la oscuridad. Encontró la pared y tanteó en ella hasta que su mano golpeó contra algo que la enfermera pensó eran las luces de emergencia. Buscó el interruptor por algún tiempo que le pareció una eternidad, al fin lo halló y encendió las luces. Pronto dos focos iluminaban el segundo piso y el rostro algo cansado de la enfermera, no era mucho, pero le permitía ver el primer mural con bastante nitidez.

Se dirigió hacia él y lo observó desde cierta distancia, desde donde podía apreciar la obra. El mural, retrataba la vida minera en La Oroya, y tal vez de cualquier otro pueblo minero enclavado en la sierra. A la derecha pudo observar lo que parecía ser una familia. El padre, un trabajador minero, la madre y el hijo. Detrás del padre pudo notar barras de lo que parecía ser plata, al igual que piedras preciosas. En otro rincón había un par de manos sosteniendo minerales o tal vez piedras preciosas, no supo identificarlas con precisión. En la parte izquierda, se retrataban a cuatro mineros dentro de lo que parecía ser una mina subterránea, utilizaban cascos y linternas, pero solo llevaban pantalones, y sus torsos estaban desnudos. Dos de ellos, tenían en la mano perforadoras neumáticas. Lo que a Melinda le llamó mucho la atención fueron los ojos y las miradas de aquellos hombres, todos ellos tenían los ojos tristes y brillantes, la mirada algo desorientada o tal vez consternada y sombría. Era la mirada de la desesperanza y la resignación. Los rasgos eran bien característicos, ojos pequeños, nariz aguileña, tes curtida por el sol inclemente de la sierra, el cuerpo musculoso debido tal vez, al trabajo físico extenuante que realizaban. Observó la firma del artista. Carlos Díaz decía con una caligrafía que a la enfermera le pareció la de un médico por lo poco legible.

Dio unos pasos más internándose de nuevo en la oscuridad. Intentó encender las luces, esta vez lo consiguió, pero se encontraban teatralmente dispuestas sobre el segundo mural, emitían su resplandor sobre toda la pieza, confiriéndole una sensación fantasmal. Esta vez la pieza artística emulaba al hombre perfecto de da Vinci, El Hombre de Vitruvio. Fue Leonardo quien realizó el dibujo a tinta y pluma de las dimensiones del hombre perfecto de Vitruvio con ciertas correcciones personales. El hombre de aquel mural se encontraba a más de once mil kilómetros de distancia y más de 530 años en el futuro del dibujo original. Melinda observó los brazos y piernas extendidas de aquel hombre, parecía que hubiese estado ejercitando. La firma en la obra de arte era la misma que la del primer mural.

Caminó internándose un poco más en el frío pasillo y allí halló el tercer mural, esta vez, se trataba de escenas médicas, en el centro habían pintado el interior de un cuerpo humano, los huesos, músculos, arterias, los pulmones, el sistema digestivo y el cerebro. A Melinda le pareció algo macabro, más aún en aquella noche gélida y oscura. A un lado se podía observar a un bebé en estado de gestación y una madre que sostenía a su pequeña niña mientras una enfermera le administraba lo que parecía ser una vacuna. En la parte inferior derecha, se observaba un microscopio y algunas bacterias en dos capsulas de Petri. En el lado izquierdo, se podía apreciar a varios médicos durante una cirugía. Melinda pensó que uno de ellos tenía una expresión de miedo que no necesitaba de traducción.

Recordó que había otro mural en el área de pediatría frente a los dos primeros. Se dirigió al lugar, sabía que aquel sitio no funcionaba hacía más de veinte años. Se acercó a la puerta y trató de abrirla, pero no pudo. Al principio pensó que estaba cerrada con llave, pero al girar la cerradura se percató que estaba trabada. Los años sin uso la habían oxidado. Trató de abrirla un par de veces más sin éxito. Observó a través de los vidrios de la puerta y vio el mural al fondo del cuarto. Volvió a zarandear la puerta y cogió el viejo tirador de hierro con una mano y el picaporte con la otra. Giró el pomo y jaló del tirador, la cerradura cedió y la puerta se abrió. Ingresó despacio a la gran sala en donde incontables niños pasaron la noche hace mucho tiempo atrás. El mural se hallaba a solo unos metros de distancia, trató de encender las luces, pero esta vez no consiguió su objetivo. Los fluorescentes habían cumplido con su tiempo de vida útil hacía décadas. Pero la tenue luz de los focos de emergencia ingresaba por la puerta y pudo observar algo del mural. Esta vez se trataba de dibujos infantiles de Disney:  Mickey Mouse, Pluto y Tribilín con grandes sonrisas y ojos alegres. Estos personajes alguna vez hicieron la estancia de los niños internados más grata, pensó la enfermera con una media sonrisa en sus labios. Se acercó para leer la firma en el mural, Apolonio, pudo leer en el costado inferior derecho del mural.

Mientras seguía concentrada en los personajes infantiles percibió una corriente helada en su cuello que la hizo estremecerse. Con el rabillo del ojo, pensó ver una figura que se movió muy cerca a sus espaldas. Volteó de inmediato, no vio nada, pero volvió a sentir aquella corriente fría en su nuca. Oyó voces apagadas en el fondo de la sala, su corazón dio un vuelco, era una sensación algo fantasmal. Pero luego de pensarlo un poco creyó que eran imaginaciones suyas. Salió de la sala de pediatría de prisa y cerró la puerta de inmediato. Apagó las luces que tenía encendidas en el pasillo y bajó la escalera. Ya había saciado su curiosidad, pero había algo allá arriba que no le daba buena espina y prefirió trapear el piso si era necesario para mantenerse ocupada el resto de la noche.

II

Alejandro dejó su oficina y se dirigió con pasos ágiles hasta la sala de descanso con la intensión de tomarse un café. para llegar hasta allí tenía que pasar indefectiblemente frente a la oficina de Laura. Ella tenía la costumbre de mantener la puerta abierta para que la gente se sintiera en libertad de entrar y hablar con ella de lo que necesitaran. Le gustaba que los empleados o cualquier miembro de la comunidad se acercara sin necesidad de citas o anuncios previos. Alejandro no pudo evitar detenerse y observarla por unos segundos, ella se encontraba muy concentrada en unos documentos que tenía entre sus manos y no se percató de la presencia del abogado, que caminó resuelto hacia la puerta.

Laura notó una silueta en el umbral de la puerta. Levantó la mirada y en sus labios se dibujó una sonrisa al ver al visitante.

_Alejandro_ dijo al verlo_ no imaginé que fueras tú.

_Hola Laura, pensé que estarías en alguna de las comunidades.

_Bueno, también tengo que presentar informes, tengo una reunión con el gerente esta tarde. ¿Me necesitas para algo?

Alejandro pensó en una lista bastante extensa de necesidades que podía mencionarle a ella, pero prefirió cerrar la boca.

_No_ dijo con una media sonrisa que a Laura le pareció encantadora_ solo quería saludarte.

_ ¿Quieres pasar, o estás muy ocupado?

_ Iba por un café, no quiero molestarte.

_Siempre tengo unos minutos para ti_ dijo ella y se sonrojó.

_Me gusta cuando te sonrojas_ dijo él sin pensarlo y se arrepintió de inmediato.

Laura volvió a sonrojarse, se comportaba como una adolescente tonta cuando de Alejandro se trataba.  El abogado entró a la oficina y se sentó frente a ella.

_El domingo comeremos en mi casa_ dijo Laura tratando de desviar la conversación hacia temas menos escabrosos.

_Pensé que le tocaba a Melinda_ dijo él frunciendo el ceño.

Laura se puso algo inquieta.

_ ¿Melinda no te lo dijo? _ preguntó sin mirarlo a los ojos.

_ ¿Qué cosa? _ preguntó él a su vez.

_ Dejará de asistir a los almuerzos_ contestó ella sin mirarlo.

Alejandro la observó desconcertado.

_ ¿Qué ha sucedido, hice algo que la molestó? _ preguntó algo desconcertado.

Laura levantó la mirada y se encontró con la mirada cada vez más perdida y desconcertada del abogado.

_ ¿Por qué preguntas eso? _ dijo ella confundida.

Alejandro se puso algo nervioso. Se puso de pie y desfiló frente al escritorio de la psicóloga con las manos en las caderas.

_ ¿Alejandro? _ preguntó ella moviendo de un lado a otro la cabeza observándolo, como si el abogado fuera una pelota de tenis en un campo de juego.

Se detuvo y la enfrentó, los ojos verdes de Laura lo escrutaban intrigados. Suspiró antes de hablar, lo cual inquietó a la psicóloga.

_Cuando te fuiste el otro día, Melinda y yo tuvimos una charla_ dijo él con precaución.

_ ¿De qué charlaron? _ preguntó ella perpleja por la extraña actitud de su amigo.

Él volvió a suspirar, no sabía si era conveniente que Laura lo supiera.

_ Me estás preocupando_ dijo ella.

_ No tienes porque, lo que sucede es que le dije sutilmente que no estaba interesado en ella_ dijo_ espero que no esté molesta por ello.

Laura entreabrió los labios sorprendida, pero trató de disimularlo lo mejor posible.

_Lo siento, no debería haber insistido en que hablaras de esto, no es de mi incumbencia_ dijo ella incómoda, pero a la vez extrañamente aliviada.

_No tienes que sentirlo, pensé que tal vez ella no se sentía cómoda asistiendo a los almuerzos por ese motivo.

_No me mencionó nada sobre la conversación que mencionas, pero sí mencionó el motivo por el que no asistiría a los almuerzos_ mintió _ dijo que no tenía tiempo, que estaba algo ocupada con las guardias.

Alejandro asintió no muy convencido. Pero Laura no pensaba decirle la verdad, no pensaba mencionarle que su antigua amiga pensaba que era mejor no inmiscuirse en la relación de la psicóloga y el abogado.

_ ¿Te gustaría cenar en casa esta noche? _ preguntó él olvidándose por completo de Melinda. Sus ojos brillaron expectantes.

Laura pensó que se veía muy atractivo, su corazón latió con fuerza y de inmediato se odió por las sensaciones que estaba experimentando. Se había jurado que nunca más se enamoraría, había levantado una barrera a su alrededor, quería evitar que alguien volviera a acercarse a ella, pero Alejandro estaba destruyendo esa barrera más rápido de lo que ella podía volver a reconstruirla. Pensó en inventarse alguna excusa, pero al abrir la boca dijo todo lo contrario.

_Sí, me gustaría_ contestó.

Él le dedicó la mejor de sus sonrisas.

_ Perfecto, ¿te parece si te espero para llevarte a casa?

_Sí_ volvió a repetir.

Él volvió a sonreírle satisfecho.

_Será mejor que te deje trabajar entonces_ agregó antes de dejarla sola.

III

La segunda noche de guardia había trascurrido sin contratiempos, con excepción de un trabajador que se había presentado con fuertes dolores abdominales. Al principio, Melinda pensó que podía tratarse de apendicitis, pero de inmediato descartó su diagnóstico inicial cuando el hombre le explicó lo que había cenado antes de presentarse al trabajo. Había tomado parte en las celebraciones de un cumpleaños y la lista de alimentos que ingirió era interminable. Todo resultó ser una gran indigestión.

La tercera noche, sin embargo, le pareció oír las mismas voces que percibió en el segundo piso, solo que esta vez las oía en el pasillo del primer piso. Al principio, parecía ser un murmullo lejano, no entendía lo que las voces repetían, pero mientras la noche avanzaba fría e inexorable fuera del hospital, Melinda pudo captar alguna que otra palabra al azar. “Por favor”, “Perdón”, “No”. Sacudió la cabeza, se dijo a sí misma que el cansancio y las malas noches la hacían imaginarse cosas.

_ ¿Melinda? _ dijo una voz que la hizo dar un respingo en su asiento.

_ ¡Por dios doctor, casi me mata de un susto! _ dijo llevándose una mano al pecho, en donde su corazón latía acelerado.

_ Lo siento, no quise asustarte_ dijo el médico con el rostro algo avergonzado.

_No se preocupe doctor_ contestó la enfermera intentando calmar su acelerado corazón relajarse.

_Estabas tan absorta en tus pensamientos_ dijo el galeno.

_Lo que sucede es que ese sonido el que parece un murmullo me tiene estresada_ dijo la enfermera.

El doctor la miró con el ceño fruncido.

_ ¿Qué murmullo? _ preguntó.

_ ¿No lo oye? _ preguntó la enfermera algo confundida, ya que para ella sonaba bastante alto.

El galeno prestó atención, pero al parecer no oía nada.

_ Solo oigo, el aullido del viento tal vez sea eso lo que estás escuchando_ aventuró a decir.

Ella negó con la cabeza.

_ Venga, acompáñeme_ dijo_ si se interna dentro del edificio lo oirá.

Ambos caminaron despacio por el pasillo principal, mientras se internaban profundamente en la desolada oscuridad del hospital. Cuando Melinda pensó que estaban a suficiente distancia, el médico trató de encender la luz, pero parpadeó dos veces y luego se apagó con una pequeña explosión.

_Se quemó el foco_ anunció el galeno.

_ ¡Genial! _ dijo Melinda, su voz sonó mucho más sarcástica de lo que quería.

Se quedaron en silencio, tratando de escuchar algo, reinaba la oscuridad, una oscuridad cavernosa y un silencio sepulcral. El aullido del viento, afuera del hospital había cesado, como si alguien lo hubiese cortado de tajo. En medio del silencio Melinda sintió el martilleo de su corazón. Los murmullos se oyeron más fuertes, el galeno pudo oírlos también y abrió los ojos en señal de asombro.

_ ¿Lo oye? _ dijo Melinda y su voz retumbó en las paredes. 

El médico se sobresaltó al oírla y se le erizó la piel.

_Sí, lo oigo_ contestó con voz trémula.

La tomó del brazo y la arrastró por el pasillo hasta regresar a la sala de emergencia.

_ ¿Por qué hizo eso? _ preguntó ella.

_Me considero escéptico en cuanto a los fantasmas y cosas por el estilo, pero no me sentí muy bien allá_ dijo señalando el fondo del oscuro pasillo.

_ ¿De qué habla? _ preguntó Melinda intrigada.

El doctor exhaló una gran bocanada de aire, que al parecer había estado reteniendo en sus pulmones.

_Pude entender algunas palabras entre los murmullos_ dijo.

Melinda le indicó con la mirada que continuara hablando.

_Oí, “John”, “por favor”, “déjame”, “perdón”.

Melinda lo miró con los ojos encendidos por la sorpresa. Algunas de las palabras eran las mismas que ella había oído anteriormente.

_Tal vez sea solo mi imaginación, tal vez sea sugestión, tu sabes, por las historias que cuentan sobre el hospital, que de por sí ya son suficientemente inquietantes_ dijo el galeno.

_ No tengo la menor idea de lo que está hablando, solo llevo aquí tres semanas y nadie me ha hablado al respecto_ dijo la enfermera.

_ Bueno, veras, yo llevo aquí algo más de un año, y lo primero de lo que me hablaron, fue de los espíritus que recorren el lugar_ dijo el galeno.

_ ¿Fantasmas? _ preguntó mientras el escepticismo teñía su voz.

_Podrías decirlo así_ contestó el doctor.

Ella se echó a reír, su risa estaba cargada de escepticismo.

_Tal vez los murmullos provienen de algún equipo algo viejo, probablemente algún generador o algo así_ dijo la enfermera intentado hallar alguna explicación lógica al fenómeno.

_No tengo la menor idea, puede que tengas razón, todo es tan antiguo aquí_ dijo el médico.

_Sea como sea, tal vez sea buena idea que me cuente las historias sobre el hospital, así tendremos en que entretenernos esta noche.

_Está bien_ dijo el doctor con una media sonrisa.

Se sentaron en la sala de espera en el área de emergencia mientras el doctor le relataba las historias que circulaban de boca en boca. Ya no había ningún personal antiguo en el hospital para corroborar aquellas historias, pero que importaba.

 Las enfermeras más antiguas del hospital solían contar a sus familiares y amigos, que durante la soledad y silencio de sus guardias oían a personas penando por los pasillos del edificio. A veces, si estaban solas y muy quietas, podían ver a algunos de los pacientes que murieron en el hospital, deambulando por los pasillos, buscando algo o a alguien. Algunos, vestidos con la ropa que tal vez traían cuando llegaron al hospital, otros con batas hospitalarias con la que presumiblemente se internaron. Sus rostros siempre se veían tristes y desconcertados, parecían no tener idea de dónde se hallaban o que les había sucedido. Las enfermeras que llevaban años trabajando en el hospital, sabían que lo mejor era no intervenir con aquellas almas en pena. No les hablaban, tampoco se movían, dejaban que aquellos fantasmas desaparecieran como habían llegado. La mayoría estaba acostumbrada a ello, pero eso no significaba que no experimentaran una sensación algo espeluznante, antinatural y terrorífica.

Una de aquellas experiencias sobrepasó todo lo humanamente aceptable. Una de las enfermeras nuevas, tuvo un encuentro con uno de estos espíritus, era la de un niño pequeño, tal vez unos seis años de edad que buscaba a su madre llorando desconsoladamente. La enfermera sabía que no debía hablarle, pero sintió tanta pena que quiso tranquilizarlo de alguna manera. Le dijo que pronto encontraría a su madre. El niño cambió su rostro de tristeza por uno de consternación y luego por otro de horror. Llevó una mano a su estómago y la enfermera pudo observar como la bata blanca que llevaba se teñía de un color rojo oscuro solo en segundos. En el lugar en donde debería estar su estómago, vio un hueco del tamaño de una pelota de futbol y los intestinos colgando mientras el niño con cara de terror trataba de sujetarlos para que no se esparcieran por el suelo. La enfermera emitió un grito que alertó a todos en el hospital, incluidos los pacientes que se hallaban internados y que despertaron presa de un tremendo susto. Tuvieron que adminístrale un calmante a la enfermera, que renunció poco después, no había nada que pudiera hacerla permanecer en aquel horrible hospital, según sus propias palabras.

Luego de los relatos, Melinda observó al doctor con el escepticismo escrito en sus bellos ojos.

_ Lo sé, es difícil de creer_ dijo el galeno.

_ ¿Acaso usted ha sido testigo de algo semejante? _ preguntó la enfermera.

_ No, nada tan extraño al menos_ dijo_ solo algunos ruidos y tal vez me ha parecido ver alguna sombra que pasaba de tras de mí con rapidez. A veces siento un aire helado en el cuello o en las piernas. Pero nada de eso es algo anormal. Este lugar es viejo, las paredes y el techo crujen. Tal vez haya alguna que otra ventana abierta en alguna parte o quizás sean rendijas que nadie ha podido encontrar y cerrarlas.

_ Sí, tiene razón, yo también sentí aquel frío en el segundo piso hace unos días atrás_ dijo Melinda.

_Estabas en lo cierto_ dijo el galeno observando el reloj que colgaba de la pared_ hablar de estas historias nos ha ayudado a pasar el tiempo, ya casi es de día, en una hora más saldremos de aquí.

Melinda asintió con una sonrisa.

Pronto, la enfermera enfilaba el camino de regreso a su casa pensando en la inverosímil historia que le relató el doctor. Cuando estaba a pocos metros de su vivienda, giró el rostro a su derecha, en dirección a la casa de Laura.  Suspiró algo frustrada, de seguro Laura estaba en el trabajo. Pensó que sería bueno hablar con ella. Tal vez lo hiciera en la tarde, después de dormir unas horas. Después de que dejara de ver a Alejandro, las cosas habían mejorado entre ambas. Estaba convencida de que Laura estaba enamorada del abogado, aunque hasta el momento no haya sido capaz de exteriorizado.

Desayunó un par de huevos revueltos, pan y una enorme taza de café, tal vez a otras personas el café les producía insomnio, pero no a Melinda, a ella, por el contrario, la ayudaba a dormir. Fue hasta su habitación, se sacó el uniforme y se enfundó en su grueso pijama. Se metió a la cama y en pocos minutos estaba dormida. Pero el sueño fue intranquilo, en su mente se arremolinaban recuerdos de la noche anterior, las historias del doctor junto con imágenes que su subconsciente hicieron aflorar.

Se hallaba de pie frente al mural infantil observándolo, cuando sintió aquel aire frío en su cuello y la impresión de que alguien pasaba con rapidez detrás de ella. Se volteó de inmediato, pero en realidad todo pasaba en cámara lenta. Giró sobre sus pies y observó un niño vestido con un mameluco verde y una camisa blanca. Le dio tiempo de pensar que la ropa y el peinado del niño no eran contemporáneos, incluso pudo aseverar que estaba vestido a la usanza de los años cuarenta o cincuenta. De inmediato, la escena se repitió, Melinda parada frente al mural observando a Mickey que sonreía alegre, sintió el aire frío en su cuello y volvió a tener aquella sensación de que alguien se desplazó de prisa detrás de ella, como si ese alguien o algo, volara. Volvió a voltearse y allí estaba el niño, pero esta vez se acercó muy despacio, como si las imágenes de una película pasaran a 960 cuadros por segundo. Pudo ver que en realidad no se trataba de un niño, sino de un adolescente, tal vez de trece o catorce años. Había cometido el error de pensar en un niño debido la baja estatura del jovencito. Sus rasgos le indicaban que probablemente era alguien que había nacido en la zona. Las imágenes retrocedieron como si fuera una película grabada en cinta VHS y alguien le hubiese apretado el botón de rebobinado. De nuevo, Melinda se vio observando el mural, sintió el frio aire en su cuello y observó con el rabillo del ojo que alguien pasaba detrás de ella con rapidez. Giró sobre sus talones despacio, y observó al jovencito que la miraba con ojos desorbitados, su expresión le produjo a Melinda una espeluznante sensación de pánico. El jovencito abrió y cerró la boca como si intentara decir algo, pero la enfermera se percató que el joven presentaba el parietal hundido. Parte de la materia gris colgaba sobre sus hombros en una maraña indescriptible, parecida a tela de araña en una fiesta de Halloween. Melinda profirió un grito ahogado en el sueño y se llevó una mano a la boca. Las imágenes volvieron a rebobinarse, Melinda volvía a estar frente al mural apreciándolo. El frio en el cuello, la sensación de que alguien pasa a toda prisa. El niño tratando de hablar. La terrible herida en la cabeza. Ahora no solo es materia gris lo que observa, también ve sangre que corre por el rostro escalofriante del jovencito. El ojo izquierdo sale de su órbita y queda colgando sobre su mejilla. El joven dio difíciles pasos hacia Melinda y la tomó del brazo, “Ayúdame” pronunció el joven luego de varios terroríficos intentos. La enfermera sintió un miedo glacial que le revolvió el estómago. Podía sentir los músculos de todo su cuerpo en tensión. Quiso gritar, pero estaba tan aterrorizada que ningún sonido pudo escapar de su garganta. De pronto, el joven desapareció frente a sus ojos, como si se tratara del truco de un prestidigitador.

Despertó sobresaltada, su corazón latía desbocado, respiraba entrecortadamente. Un sudor frío cubría su rostro. El sueño fue tan real que estaba aterrada. Se levantó de la cama de inmediato y fue al baño. Se miró al espejo y se vio sudorosa y pálida. Se echó agua en el rostro para tratar de tranquilizar su corazón horrorizado. Suspiró un par de veces hasta que su cuerpo se fue calmando. Regresó a la habitación y vio la hora, eran las cinco de la tarde. Había dormido nueve horas y se sentía como si no hubiese dormido nada.

Se preparó un sándwich que haría las veces de almuerzo y lonche. Se sentó en la cocina y comió recordando el sueño que había tenido. Le parecía increíble recordar cada detalle, normalmente, solo recordaba la última parte de los sueños que tenía y poco después de despertar se le olvidaban por completo. En este caso, por el contrario, a medida que pasaba el tiempo recordaba más detalles, detalles perturbadores, que la estremecían de tanto en tanto, hasta podía oler la sangre y la materia gris del niño de su pesadilla.

 Emitió un suspiro profundo intentando borrar aquellos horrorosos recuerdos de su mente, luego, se dirigió a la puerta, salió al jardín y observó la casa de Laura. Enseguida vio el Corola celeste detenerse frente a la casa de la psicóloga. Poco después, la vio apearse del carro y despedirse del chofer del vehículo con un gesto de su mano. El carro retornó por el camino por el cual había llegado y Laura bajó las gradas en dirección a su vivienda. Melinda esperó unos minutos antes de enfilar el sendero que la conducía hasta la casa de su amiga.

Pronto se encontró sentada en la sala con el rostro algo desencajado, lo que preocupó a Laura.

_ Espero no molestarte_ dijo Melinda con una sonrisa algo nerviosa.

_No hay problema ¿quieres comer algo? Porque estoy hambrienta.

_No, acabo de comer un sándwich.

_ ¿No te molesta si como algo mientras hablamos? _ preguntó Laura.

_ No, por favor, estas en tu casa_ contestó Melinda.

Ambas se dirigieron a la cocina, Laura se movió de un lado a otro buscando ollas, y calentando la comida. Pronto, se sentó frente a Melinda con un plato humeante frente a ella. Empezó a comer mientras observaba a Melinda moviéndose inquieta a un lado y otro de su asiento.

_Estas algo nerviosa_ dijo la psicóloga. Melinda le dedicó una sonrisa forzada. _ ¿Qué sucede? _ preguntó.

La leve sonrisa se le desdibujó.

_ Anoche tuve una experiencia extraña en el hospital_ empezó diciendo.

La enfermera relató cada detalle de lo que había sucedido en el hospital la noche anterior. La sensación de haber visto algo o a alguien, los susurros, las historias del doctor y los sueños extraños que había tenido.

_Creo que te sugestionaste con las historias del doctor y tu cansancio contribuyó a que tuvieras pesadillas_ explicó la psicóloga con aire profesional.

_ Fue una experiencia muy real_ dijo Melinda levantando ambas cejas_ aún me siento algo nerviosa, inquieta, sigo suspirando de tanto en tanto, no puedo eliminar la opresión que tengo en el pecho.

_ Entiendo, a veces sucede, el sueño es tan real que creemos que en verdad ocurrió. No es común, pero sucede_ dijo Laura.

Melinda sacudía la pierna derecha incontrolablemente. Seguía pálida, ojerosa y tenía las manos frías como dos cubos de hielo.

_ Tal vez sea bueno que vayamos al hospital y veamos a un médico, recomendaré que te receten un sedante leve y vuelvas a la cama y descanses_ dijo Laura.

_ No puedo, mi turno empieza a la medianoche_ dijo Melinda.

_ Si te encuentras inquieta, será mejor que te den descanso médico.

_ No puedo_ repitió_ apenas he empezado a trabajar, no voy a pedir descanso médico.

_Entonces, voy a darte unas gotas de clonazepam, solo unas gotas para que te relajes y puedas trabajar.

Melinda asintió, Laura fue a su cuarto por las gotas. Se las dio a Melinda junto con un vaso de agua.

_ Solo cuatro gotas, eso te relajará. No quiero que te preocupes, te sentirás mejor mañana.

Melinda volvió a asentir con una media sonrisa.

Regresó a su casa y decidió intentar dormir unas horas antes de ir a trabajar.  Esta vez lo hizo sin pesadillas y al despertar se sintió mejor, tenía la mente despejada y la energía renovada.

Aquella noche de guardia pasó sin ningún tipo de sobresaltos, cuando regresó a su casa a la mañana siguiente casi le da un infarto. Parecía que un huracán había pasado por todas las habitaciones de la vivienda: los libros de la sala estaban regados por todas partes; los platos estaban rotos, como si alguien los hubiera estrellado contra el piso; la ropa en su habitación cubría gran parte del piso, la cama y algunas incluso colgaban del cortinero; el rollo de papel higiénico estaba extendido por toda la casa como guirnaldas en un árbol de Navidad. Se frotó los ojos con ambas manos e intentó comprender lo que había sucedido.

_ ¡¿Qué diablos pasó aquí?!_ preguntó en voz alta como si se dirigiera a alguien más.

Tomó el teléfono y llamó a seguridad. Estaba convencida de que algún grupo de chiquillos estuvo divirtiéndose a sus anchas en la casa mientras ella se encontraba trabajando.

IV

Fue Laura quien la asistió, la encontró sentada con los ojos vacíos e inexpresivos, sus manos temblaban ligeramente.

_ ¿Melinda? _ dijo con voz suave.

La enfermera levantó la mirada y se encontró con los ojos de Laura que la miraba con desconcierto.

_No entiendo que le ven de divertido a todo esto_ dijo Melinda_ lindo recibimiento que tenían para mí.

_Será mejor que duermas hoy en casa, te ves cansada_ dijo Laura mientras apoyaba una mano sobre el hombro de su amiga.

_Lo estoy, tengo que regresar a la guardia esta noche.

_Gladys y Celia están afuera, ellas arreglaran tu casa mientras tú duermes en la mía. Yo tengo que regresar al trabajo. Tendrás toda la casa para ti sola_ dijo Laura mientras intentaba esbozar una sonrisa confiada.

_ Gracias, de verdad_ dijo Melinda y se dirigió a casa de Laura seguida de cerca por la psicóloga.

No tardó en quedarse dormida una vez que Laura la dejara sola. Cuando despertó se sentía mejor físicamente, pero en su mente se arremolinaban pensamientos agitados e inquietantes.

Regresó a su casa a las seis de la tarde. Las hermanas habían limpiado y ordenado la casa.

_ Gracias, no sé que haría sin ustedes_ dijo Melinda con una sonrisa agradecida.

_ No es nada señorita_ dijo Gladys.

_ ¿Cree que esto fue hecho por algunos chicos? _ preguntó Celia.

_ ¿Quién más pudo hacerlo? _ preguntó Melinda mientras observaba a las hermanas acomodar las escobas en la lavandería.

Las hermanas se miraron por unos segundos de una forma que a Melinda le pareció extraña.

_Por que no me dicen que es lo que piensan que pasó aquí.

Las hermanas volvieron a mirarse como si estuvieran decidiendo si hablar o callar.

Melinda puso sus brazos en jarra y posó sus inquisitivos ojos primero en Gladys, que era una mujer de estatura alta y delgada, luego observó a Celia que a diferencia de su hermana era más bien baja y de cuerpo triangular, con la parte inferior más ancha que la superior.

_ Vamos, estoy esperando, si saben algo quiero que me lo digan.

Celia se acercó a Melinda que esperaba de pie en el comedor, seguida de su hermana Gladys.

_ No es que sepamos algo_ dijo Gladys.

_En realidad es una tontería, son sandeces que habla la gente_ dijo Celia.

_Quiero oír esas sandeces_ dijo Melinda y obligó a las hermanas a que se sentaran con ella en la sala.

Las hermanas volvieron a mirarse por unos segundos, luego desviaron la mirada, una a sus manos y la otra a sus pies, como si fueran dos chiquillas a las que se les ha descubierto haciendo algo indebido.

 Celia y Gladys, trabajaron por muchos años en el Chulec, ofreciendo sus servicios de limpieza y jardinería a los residentes, hasta que la crisis del complejo metalúrgico las obligó a probar suerte en Lima. Por algún tiempo, estuvieron trabajando en la capital en lo que mejor podían. No les gustaba mucho Lima, era una ciudad muy grande, cara y ajetreada. Cuando apenas pudieron, regresaron a La Oroya. Fue Gladys quien se animó a hablar primero.

_Empezamos a trabajar aquí hace unos treinta o treinta y cinco años atrás, ya no recuerdo muy bien_ dijo_ en esta casa vivía una familia. El ingeniero, su esposa y sus dos hijos, una niña y un niño.

Melinda la observaba con atención, algo en el rostro de la mujer, no sabía si sus labios cuarteados por el frío o sus ojos cansados la hacían verse mucho mayor de lo que realmente era.

_La señora decía que la casa estaba embrujada_ dijo Celia.

Las hermanas se miraron de nuevo y luego suspiraron. Melinda pensó que se sentían incómodas dándole aquella inverosímil información.

_ ¿En verdad creen eso? _ preguntó la enfermera con una sonrisa algo escéptica.

_ Nunca lo vimos, no podemos decir que sea cierto o no, pero hasta ahora conservamos la costumbre de la ceremonia de lavado de ropa de nuestros difuntos, al igual que la preparación de alimentos en su honor. Se tiene la creencia de que, si no se realizan ambas cosas, el alma del muerto no podrá realizar el largo viaje al más allá y puede quedar vagando en la tierra_ explicó Celia.

Melinda se quedó pensando, pero por más explicaciones que le dieran, eran solo creencias, costumbres arraigadas que no tenían sentido, se dijo a sí misma.

_Todo eso solo son costumbres_ dijo, pero su voz no sonaba muy convencida de sus propias palabras.

_Tal vez_ dijo Gladys_ la verdad no nos consta, nunca vimos nada en esta casa, más que el desorden, igual a lo que usted encontró esta mañana.

_Entonces, ¿no es la primera vez que ven esto? _ preguntó la enfermera frunciendo el ceño.

_ No_ contestó Celia.

Observó a su hermana, antes de continuar hablando, como esperando que ella lo aprobara.

_Tres veces arreglamos la casa, la encontramos de la misma forma que ahora, la señora dijo que los espíritus lo hicieron. Ella lo tomaba bastante bien, decía que los espíritus habitaban esta casa, que, en días normales, veía a fantasmas pasease por la casa. Pero a veces se enojaban y tiraban todo lo que encontraban a su paso.

Melinda suspiró, en circunstancias normales no hubiera prestado atención a las historias de las hermanas, pero lo que había experimentado no era para nada normal, pensó.

_ ¿Cómo eran los espíritus que veía? ¿Se los comentó alguna vez? _ preguntó.

Gladys asintió.

_Dijo que un de ellos era el de una mujer joven, esbelta y elegante, rubia de largos cabellos. Dijo que se paseaba por la casa vestida con un camisón blanco largo que cubría sus tobillos.

_ El otro era el de un hombre de unos cuarenta años, pensaba que ambos eras extranjeros por sus aspectos_ explicó Celia.

Melinda no supo por qué, pero tembló levemente y luego se estremeció, como si una corriente fría la hubiera envuelto de repente.

_ Estos dos se dejaban ver todos los días_ dijo Gladys_ pero a veces aparecía otro, un jovencito de unos catorce o quince años, pero él era diferente, dijo que tenía aspecto serrano. Esas fueron sus palabras.

Melinda se sobresaltó, sintió un leve golpe en el corazón, aquella parecía la descripción del niño de su sueño. Sacudió la cabeza, lo cual llamó la atención de las hermanas. No tenía sentido, solo debía ser una coincidencia.

_ Señorita no queremos preocuparla_ dijo Celia_ solo son historias, nunca vimos nada entre estas paredes_ se apresuró a decir al ver el rostro pálido de Melinda.

_ ¿Dónde está esa mujer ahora, la que vivía en esta casa? _ preguntó la enfermera mientras se retorcía las manos inquieta.

_Hace veinte años que se fue, se cansó de vivir en esta casa, muchas veces llamaba a su esposo al trabajo diciéndole que todo estaba revuelto, que los espíritus habían tirado todo lo que había a su alrededor.

_ ¿Ha vuelto a vivir alguien aquí, después de que ella se fue?

_ No, nadie_ contestó Gladys_ estuvo vacía por un tiempo, luego se vino la crisis y la gente se fue, usted es la primera que vive aquí desde hace mucho tiempo.

Melinda asintió, pensó que lo más sensato sería irse a descansar antes de que tuviera que regresar a trabajar y olvidar aquella locura. Recordó que la teoría más simple tiene más probabilidades de ser la correcta. Así que despidió a las hermanas y fue a tomarse un largo baño de agua caliente en la tina.

V

Alejandro salió de la oficina y cuando estuvo a punto de subir a su carro, observó a Laura del otro lado de la vereda corriendo detrás de la combi que iba a Paccha. Pero el chofer no la vio y siguió su marcha dejando a la psicóloga molesta y consternada. Alejandro sonrió y la llamó un par de veces antes de que ella se percatara de su presencia. Cuando lo vio, su rostro se transformó por completo, Alejandro pensó que sus ojos brillaban y que su sonrisa era clara y genuina. Sacudió la cabeza, pensó que se imaginaba cosas.

_ Laura no quiere nada conmigo_ dijo en voz baja casi en un murmullo y su corazón se entristeció.

Levantó la mano y le hizo gestos para que se acercara. Laura cruzó la calle apresurada.

_Gracias, siempre estás sacándome de apuros_ dijo ella mientras abría la puerta y se introducía de inmediato dentro del Corolla.

Alejandro hizo lo mismo y puso el vehículo en marcha y se incorporó al tráfico.

_Somos vecinos ¿no es así? _ preguntó el abogado.

Laura levantó ambas cejas y lo miró de reojo con una media sonrisa.

_Eso era lo que pensaba_ respondió y se echó a reír.

_Trabajamos en el mismo edificio_ continuó él.

_Sí_ respondió intentado adivinar a dónde quería llegar el abogado.

_Tenemos el mismo horario de trabajo.

_Técnicamente_ respondió ella cada vez más intrigada.

_Entonces no entiendo que tiene de malo que hagamos el trayecto juntos.

Laura inspiró profundamente pero no respondió.

_No entiendo porque te niegas a venir al trabajo conmigo_ dijo Alejandro con aire ofendido.

_No quiero molestarte, he pensado en comprarme un carro_ contestó ella.

_No te he pedido que compres un carro, puedo traerte al trabajo todos los días, hago ese recorrido de todas maneras.

_No quiero molestarte_ volvió a repetir ella_ te agradezco que me saques de apuros de vez en cuando, pero no quiero que te sientas en la obligación de hacer de chofer.

_ No es ninguna obligación, me gusta pasar tiempo contigo, y creo que a ti también.

_ Me gusta_ admitió ella_ pero no quiero abusar o terminaras aburriéndote de mí.

_Lo dudo_ dijo él muy serio y la observó por unos segundos.

Laura se puso nerviosa, tragó saliva, no sabía cómo actuar cuando él la miraba de aquella forma. Alejandro sopesó las cosas por unos segundos antes de volver a hablar.

_Somos amigos ¿no es así?

_ Claro_ dijo ella.

_Entonces, ¿contestarías con sinceridad?

_ ¿Qué quieres saber? _ preguntó ella algo inquieta.

_ ¿No quieres que te vean mucho conmigo porque hay alguien que te interesa? _ preguntó y retuvo el aire en los pulmones mientras esperaba a que ella respondiera.

Laura se echó a reír, su risa parecía una cascada y eso relajó a Alejandro.

_No, no hay nadie, no es por eso_ contestó ella.

_ Entonces ¿De qué se trata? _ preguntó.

Laura sabía perfectamente de que se trataba, pero no pensaba decírselo.

_No quería molestarte eso es todo, tal vez a mi no me interese nadie, pero no quiero que piensen que estamos juntos.

A Alejandro no le gustó mucho aquella respuesta. Sus ojos se oscurecieron y a Laura le pareció que se ponía algo triste.

_No es por mí_ se apresuró ella en aclarar_ no quiero que malinterpreten nuestra amistad, puede perjudicarte en tu vida privada.

_ ¿Qué es lo que tratas de decir? _ preguntó Alejandro y su voz sonó algo amarga.

_Si alguien te interesara, no te ayudaría en nada que te vieran mucho conmigo_ se explicó.

_ No me interesa nadie_ contestó.

Laura se sintió aliviada, por un lado, pero por otro, sintió desilusión porque acababa de decirle indirectamente que ella no le interesaba como mujer.

_ Mira Laura, no le des más vueltas al asunto, yo me sentiría feliz de poder llevarte al trabajo y a traerte a casa_ dijo mientras se estacionaba frente a la vivienda de Laura.

_ Bueno si en verdad no te molesto, me encantaría, me sacarías un problema de encima. Pero sabes que muchas veces me paso de la hora de salida, en especial cuando voy a las comunidades y no quiero crearte problemas.

_ Para eso está el teléfono, si vas a demorarte, me llamas y yo te espero o regreso a recogerte.

_ Ni pensarlo_ dijo Laura sacudiendo la cabaza de un lado a otro_ no pienso hacer eso.

_ ¿Por qué no? _ preguntó Alejandro con desconcierto.

_ Como se te ocurre que te haría esperar o regresar por mí_ dijo ella.

_Lo dices como si fuera algo malo.

_Te lo agradezco, de verdad, pero no puedo pedirte eso. Acepto de muy buen agrado que me lleves al trabajo y que me regreses a casa cuando coincidamos en el horario, pero no puedo dejar que me esperes como si fueras mi chofer_ dijo enfática.

Alejandro emitió un gran suspiro de frustración, pero decidió que era mejor no seguir insistiendo, al menos tenía la posibilidad de llevarla al trabajo ahora.

_ Está bien como gustes_ dijo.

_Gracias Alejandro, de veras_ dijo Laura con una sonrisa y le dio un beso en la mejilla antes de bajar.

VI

La semana había transcurrido bastante tranquila en emergencia, Habían atendido hasta el momento, tres pacientes. Uno de ellos, un chico de diez años con una fractura de tibia acababa de salir de la sala de emergencias. Melinda no tenía mucho en que entretenerse durante su turno de amanecida por lo que decidió leer un libro. El doctor se retiró a la sala de descanso luego de atender al chico. Trataría de dormir un par de horas, Melinda le avisaría si había otra emergencia. El libro era bastante adictivo, la tenía despierta y en vilo hacía ya un par de horas, pero el cansancio la fue venciendo y fue muy difícil sostener la cabeza.  Pronto tuvo el mentón clavado en el pecho solo por unos segundos, hasta que una potente detonación resonó en medio de la noche alterándola. Abrió los ojos como platos y su corazón se aceleró de inmediato. Estaba casi segura de que aquel sonido había venido del segundo piso del hospital. Se quedó allí, alerta, esperando oír algo más, pero todo estaba en silencio, en ese momento pensó, que tal vez solo había sido el “Síndrome de la cabeza que explosiva”[1] y que se lo había imaginado al quedarse dormida. Trató de volver a leer, pero ya no recordaba en donde se había quedado.

Decidió salir a tomar algo de aire fresco, a pesar del frío que reinaba en el exterior, pensó que tal vez eso le despertaría el cansancio. Afuera, el viento helado pronto la hizo tiritar, su halito formaba una nube a su alrededor. Se frotó las manos y luego sopló su cálido aliento sobre ellas tratando de hacerlas entrar en calor. Olvidó ponerse el abrigo para salir y estaba sintiendo los efectos del gélido aire de los Andes.

Desde la puerta, tenía una vista privilegiada. Observó la calle rodeada de cipreses y de retamas que durante el día dejaba apreciar sus coloridas y vistosas flores amarillas. No se veía a nadie, todo estaba desierto, echó un vistazo a su reloj y vio que eran un poco más de las tres de la mañana. Aún le quedaban varias horas por delante para que terminara su turno. Levantó la vista al cielo, la temporada de lluvias había terminado y ahora el frío se había recrudecido. Observó impresionada el disco óseo de la luna, parecía partir por detrás de una nube, con bordes recubiertos de plata. El cielo estaba envuelto de estrellas, pero no reconoció ninguna de las constelaciones que formaban, tampoco era experta en ellas.

Otro poderoso estampido estentóreo la sobresaltó y la hizo voltear y dirigir su atención al segundo piso del hospital. Una luz iluminó una de las habitaciones, pero enseguida volvió a quedar a oscuras, sintió un incómodo escalofrío, como si algo la pusiera sobre aviso. Regresó al hospital, se paró en el umbral de la puerta de la sala de emergencias y observó el interior, no había nadie. Se dirigió por el pasillo principal a la sala de descanso donde el doctor dormía sin sobresaltos. Pensó en subir al segundo piso, tal vez alguna de las ventanas estaba abierta y el viento estaba batiéndola, pero vaciló y se detuvo. De pronto, oyó de nuevo aquellos incesantes murmullos, sintió que algo tiraba de ella, algo que la atraía al segundo piso. Su mente era una confusa mezcla de expectación y temor, pero no pudo evitar subir lentamente las escaleras, sujetándose de la barandilla con tanta fuerza que sintió que la sangre dejaba de circular por su mano.

Los murmullos se hacían cada vez más fuertes, pero entendía poco de lo que decían. Las punzadas de miedo recorrían su corazón, avanzaba nerviosa, la tensión había invadido las venas de la enfermera como si se llenaran de clavos. Cuando estuvo en la parte de arriba, cesaron los murmullos por completo y una oleada de tenso silencio se extendió por toda la estancia. Era un silencio inquietante, como si todo estuviera muerto en el lugar, como si se encontrara dentro de un mausoleo gigante. El pulso le martillaba en la sien y supo sin lugar a dudas que terminaría su turno con un terrible dolor de cabeza.

Observó el largo y oscuro pasillo, había olvidado encender las luces y trató de ajustar sus ojos a la oscuridad reinante. Observó que una fina neblina cubría el piso, no supo identificar de donde provenía. La niebla de aspecto lechoso se enroscaba entre sus piernas. Los murmullos volvieron, Melinda creyó que venían de la sala de pediatría, caminó despacio, algo tiraba de ella como una mano invisible. Sintió la neblina helada en torno a sus pies. El miedo hizo presa de ella, un miedo sofocante y cálido que le recorría el cuerpo. Apretó los labios para evitar que le temblaran.

 Se detuvo frente a la puerta de pediatría, tomó el pomo con una mano y el tirador con la otra, esta vez, se abrió al primer intento. Ingresó lentamente y cuando estuvo dentro, la puerta se cerró de un portazo. Ella dio un salto como si un resorte la impulsara. Una sensación de pánico le atenazó la garganta. Su respiración se había acelerado, su corazón latía con fuerza. Un viento frío le heló el cuello, giró sobre sus talones abriendo los ojos en pánico.

“Ayudaa”, oyó muy cerca de su oído, y volvió a girar aterrada. Buscó con desesperación en las tinieblas cada vez más pronunciadas. Observó con confusión y desesperación crecientes, una figura saliendo de entre la niebla. Contuvo la respiración al advertir que era el niño de sus sueños, su presencia incorpórea la perturbó, podía ver a través de él. Parecía un poco confuso y alterado.

“Ayúdame” volvió a repetir extendiendo sus encallecidas manos hacia Melinda, mientras sentía crecer en su estómago el miedo y el aturdimiento. La enorme herida en la cabeza del chico sangraba profusamente, astillas de hueso sobresalían de su negro cabello, mientras una sustancia viscosa y gris se pegaba a su mejilla. Todo pareció enlentecerse entonces. El chico llevó una mano a su cabeza y la introdujo en la herida. “Fue culpa de míster John” dijo moviendo la boca con mucha dificultad. El chico se acercó más a Melinda, quien sintió una especie de terror paralizante que le impedía moverse. Su corazón se había acelerado tanto que le dificultaba la respiración, sus pupilas estaban dilatadas, un sudor frío recorría su rostro pálido. El ser fantasmal se acercó tanto a Melinda que pudo olerlo, era una mezcla de grass, estiércol, tierra húmeda y sangre. Pasó a través de ella y desapareció, cuando Melinda pudo al fin emitir un grito desesperado.

El doctor que se encontraba aún durmiendo en el primer piso, se levantó de un salto y se le heló la sangre al oír aquel grito desgarrador. Se dirigió de prisa a las escaleras, trató de encender la luz, pero el interruptor no funcionaba. Subió las gradas a trompicones y cuando estuvo en lo alto, buscó las luces de emergencia y las encendió. Las brillantes luces lo cegaron por unos segundos, pero pronto sus ojos se adaptaron, caminó por el pasillo con inseguridad, vio la puerta de pediatría y se acercó a ella, la abrió con algo de temor, su corazón latía expectante. Encontró a Melinda arrodillada en el piso con el rostro hundido en sus manos. Se balanceaba sobre su cuerpo una y otra vez.

_ ¡Melinda! _ dijo el médico mientras intentaba sacarla del trance en que se encontraba.

La enfermera se sobresaltó y emitió otro grito al sentir las manos del doctor sobre su hombro.

_ Melinda soy el doctor Rosales_ dijo_ no te alteres.

_ ¿Doctor?

_ Sí soy yo_ dijo él medico totalmente consternado ante la escena que estaba presenciando.

Melinda se abrazó a él mientras lloraba de desesperación y terror. El doctor Rosales, jamás olvidaría la expresión de pánico que había visto en los ojos de la enfermera.

_ ¡¿Qué fue lo que paso?!_ preguntó el galeno.

_Creo que es verdad_ contestó ella con la voz entrecortada.

El doctor la miró sin comprender de qué hablaba.

_Creo que las historias que le contaron son verdad_ se explicó.

_ ¿Qué fue lo que viste? _ la interrogó mientras la ayudaba a ponerse de pie.

Melinda caminó con mucha dificultad sujeta por el doctor, sus piernas parecían de goma y amenazaba con ceder. Bajaron las escaleras, pero Melinda no había dicho aún una palabra. Rosales la ayudó a recostarse en una camilla de la sala de emergencias y le sirvió una taza de mate de anís. Melinda bebió de prisa, tenía la garganta y los labios secos, el corazón acelerado y el rostro sudoroso como si hubiese tomado parte en una carrera. El doctor la miraba aturdido, desconcertado y preocupado.

_ ¿Te encuentras mejor? _ preguntó poco después.

Melinda asintió sin mucha convicción.

_ ¿Qué fue lo que paso? _ volvió a preguntar el galeno.

Melinda emitió un suspiro profundo, sabía que lo que iba a decir parecería algo inverosímil en aquel momento bajo las luces de los fluorescentes de la sala de emergencia, ella misma comenzaba a pensar que lo que había visto probablemente era producto de su imaginación. De todas maneras, le contó al médico los terroríficos acontecimientos de esa noche. Melinda pudo ver en los ojos del hombre un brillo de escepticismo e incredulidad. Cuando terminó, se quedó en silencio, sopesando cada palabra que había salido de su boca, ella misma no podía creerlo, pero percibió en su mente, un insondable respeto por aquello que sobrepasa la comprensión humana.

_ Creo que te has sugestionado con todo lo que te conté_ sentenció el doctor luego de unos segundos.

_No estoy tan segura, pero de todas formas no hay explicación lógica para lo que vi, tal vez estaba cansada y con sueño.

Tal vez, su mente adormilada se desvió de la realidad, pensó.

_Sí, lo más probable es que estuvieras algo dormida. ¿Has tenido episodios de sonambulismo?

Melinda se echó a reír a pesar de que seguía aterrada.

_No que yo sepa doctor, pero la verdad no podría asegurarlo, no duermo acompañada_ dijo.

_ Quizás estas pasando por momentos tensos y eso desencadenó un episodio de sonambulismo, estuviste inmersa en una pesadilla que te pareció muy real.

Melinda lo meditó por un momento, probablemente esa era la explicación más lógica. Pareció relajarse un poco con esta explicación mucho más lógica que aceptar la existencia de fantasmas.

_Será mejor que vayas a casa a descansar_ dijo el médico.

_Falta poco para que termine el turno, preferiría quedarme_ dijo ella_ de todas maneras será difícil que duerma ahora.

El doctor asintió algo preocupado por ella.

_Estamos con escases de personal, no hay un psicólogo en el hospital, pero creo que sería conveniente que veas a uno_ aconsejó el doctor Rosales.

_Conozco a una, es una amiga que trabaja con las comunidades_ dijo Melinda recordando a Laura.

_Entonces sería bueno que hablaras con ella.

Melinda asintió.

_ Lo haré mañana por la tarde antes de regresar a la guardia_ dijo.

_Creo que sería conveniente que te quedaras en casa mañana.

_No me hace sentir mejor, vine a trabajar, no a quedarme en casa_ contestó.

_Está bien, dejemos que sea tu amiga quien decida qué es lo mejor.

Poco a poco, la luz del día fue imponiéndose sobre la tierra con lentitud, al igual que en la mente nublada de Melinda.

VII

La enfermera se sorprendió al ver que había dormido casi diez horas ininterrumpidas. No tuvo sobresaltos, ni recordó haber soñado. Se sentía algo más tranquila, pero las manos le temblaban levemente. Se dirigió a casa de Laura, luego de comer un sándwich. No faltaba mucho para que oscureciera.

Cuando la psicóloga la vio no pudo evitar pensar que algo raro estaba pasando con su amiga. Melinda siempre se había preocupado de su aspecto personal, le gustaba cuidar su hermosa cabellera, larga y negra, pero ahora la veía algo desgarbada, con el pelo despeinado y envuelto en una maraña. Su rostro estaba pálido y sus labios rojos habían desaparecido dando paso al color amarillo desvaído típico de un enfermo. Tenía dos grandes ojeras debajo de sus ojos y su rostro parecía haber envejecido de repente. Creyó que había perdido peso. Bajo la mortecina luz del atardecer su rostro parecía fantasmagórico. La refinada belleza de la mujer había desaparecido dando paso a una joven fatigada y casi cadavérica. Laura la miró con desconcierto y preocupación.

 _ ¿Estás bien? _ preguntó sabiendo que era una pregunta estúpida, claro que no estaba bien.

_ No mucho_ dijo la enfermera con una sonrisa bastante forzada.

_ ¿Quieres entrar a la casa para que hablemos?

_ Se que está empezando a hacer frío, pero necesito un cigarrillo_ dijo sacando uno del bolsillo de su abrigo.

_ No te preocupes, podemos quedarnos aquí afuera_ dijo Laura mientras se sentaba en las gradas de ingreso a la casa.

Melinda no la imitó, necesitaba quedarse parada mientras fumaba. Encendió el cigarrillo y le dio una profunda calada. Intentaba buscar valor para contarle todo a su amiga. Saboreó la tibieza del humo a medida que se introducía en sus pulmones. Retuvo el humo dentro por varios segundos, antes de exhalarlo. Laura notó que el cigarrillo temblaba levemente entre los dedos de Melinda.

_No sabía que fumabas_ dijo.

_Lo dejé cuando tenía veintitrés años, porque una tía muy querida había muerto de cáncer en los pulmones_ explicó.

Laura la miró con el ceño fruncido.

_ ¿Qué te hizo volver a fumar? _ preguntó algo confundida.

Melinda la observó con rostro sombrío.

_Necesito algo que me relaje, y esto es lo único que he conseguido.

_ ¿Qué está sucediendo? _ preguntó la psicóloga_ te noto extraña y nerviosa.

_ Volvió a suceder_ dijo vacilante_ anoche volví a ver al niño de mis sueños, solo que esta vez, estaba despierta, al menos eso creo_ agregó.

Laura la observó con atención, no entendía muy bien lo que ella estaba diciendo, pero pudo ver la oscuridad que había en sus ojos. Tenía la mirada insegura y errática. Melinda le narró los acontecimientos con voz trémula. Se detuvo varias veces, parecía que no podía hilar muy bien sus ideas.

_ El doctor Rosales me dijo que sería bueno que hablara con un psicólogo_ dijo con una sonrisa abatida luego de terminar de narrarle los hechos. _ Tu eres la única psicóloga por aquí, además, sigues siendo mi amiga, al menos eso creo_ agregó tirando la colilla del cigarrillo antes de que le quemara los dedos.

_Claro que soy tu amiga_ se apresuró a decir Laura poniéndose de pie y acercándose a Melinda. Le frotó la espalda esperando que ese gesto la ayudara a relajarse.

_Espero que no sigas resentida conmigo por lo de Alejandro_ dijo Melinda con una sonrisa algo triste y avergonzada.

_Creo que no es momento para hablar de Alejandro_ contestó Laura

_No quería incomodarte. Cuando dijiste que no había nada entre ustedes, pensé que así era_ se excusó la enfermera_ Pero cuando los vi interactuar, me di cuenta de que entre ustedes hay algo muy fuerte.

_Olvídate de eso, entremos a la casa y hablemos de lo que te está sucediendo_ dijo Laura.

Melinda asintió y caminó hasta la sala, seguida muy de cerca por Laura.

VIII

Laura Brown subió al Toyota celeste y le dedicó una leve sonrisa al conductor. De inmediato, él se percató de que algo la preocupaba, pero no quiso presionarla. Hicieron el camino al trabajo en silencio, Laura se encontraba sumida en sus pensamientos mientras observaba con ojos afligidos a través de la ventana del automóvil.

_Laura, ¿te encuentras bien? _ preguntó Alejandro.

La psicóloga despertó de su ensimismamiento y le dedicó una sonrisa lánguida.

_Lo siento, estoy bien, pero estoy preocupada por Melinda.

_ ¿Qué sucede con ella? _ preguntó el abogado frunciendo el ceño y observando por un par de segundos a Laura.

Laura le explicó a grandes rasgos lo que sucedía con Melinda. Alejandro le dedicó una mirada escéptica.

_ Lo sé, lo sé, es difícil de creer, pero algo grave sucede, y no tengo idea de cómo ayudarla_ dijo levantando las manos en señal defensiva.

_ ¿Quieres que hable con ella? _ preguntó.

_ No sé, tal vez no es buena idea que ella sepa que te he comentado esto. Técnicamente, estoy violando los principios éticos al contártelo.

Alejandro asintió.

_Tienes razón, no quiero meterte en problemas.

Ella le sonrió con los ojos brillantes.

_Agradezco que me hayas escuchado, ella es mi amiga, y se hace difícil tratarla como si fuera un paciente más. Además, nunca ejercí la psicología como terapia. He trabajado siempre en el sector social.

_No te preocupes, pienso que está estresada y se ha sugestionado con las historias que le contaron sobre el hospital.

_Estoy de acuerdo, solo espero que pronto se recupere y vuelva a ser ella misma_ dijo Laura, pero su voz no sonó muy convencida.

IX

Melinda tenía dos días de descanso médico por recomendación de Laura. Se quedaría en casa a reposar. La psicóloga le había recetado un tranquilizante leve, mientras se quedaba en casa y se recuperaba de lo que fuera que le había sucedido. Durmió casi todo el día sin sobresaltos, se levantó mucho más recuperada, decidió tomarse un baño y arreglarse un poco, ya que al mirarse al espejo vio lo desmejorada que se notaba, aunque pensaba que se veía mucho mejor que el día anterior. Se metió en la tina y se relajó rápidamente al contacto con el agua caliente. Cerró los ojos, pero de inmediato la asaltaron los recuerdos del día anterior. Su corazón dio un vuelco y latió desbocado. Las imágenes del jovencito, con la cabeza destrozada la volvieron a hacer entrar en pánico. Tomó bocanadas de aire profundas un par de veces tratando de tranquilizarse. La cabeza le daba vueltas y sintió una leve sensación de nausea. Salió de la tina más rápido de lo que esperaba. Se vistió de prisa, había olvidado encender la calefacción y sentía frío.

Fue hasta la cocina y se tomó uno de los tranquilizantes que le recetó Laura. Tenía una opresión en el pecho y en la garganta que le dificultaba la deglución. Se obligó a tragar la pastilla con un trago largo de agua. El mareo se había convertido en un dolor de cabeza intenso en solo minutos. Decidió no tomar ningún analgésico, pensó que podía resultar contraproducente mezclado con el tranquilizante.

Fue hasta la ventana de la sala desde donde podía ver el hospital en la cima de la colina. Aquel lugar le producía una sensación tan desagradable e incómoda. Sabía que era absurdo, que la lógica le decía que era imposible lo que había experimentado, sin embargo, ¿qué más podía haber sido? Se estremeció, se le escarapeló todo el cuerpo, fue como una advertencia. Una corriente estática circulaba por todo su cuerpo y eso la alteró de nuevo. Sintió aquella corriente helada en su cuello, y se sobresaltó. Giró de inmediato sobre sus pies y sus ojos se abrieron en pánico. Recorrió la sala con ojos aterrorizados, pero no vio nada. Creyó que se imaginaba cosas, las apariciones solo ocurrían en el hospital, pensó. Trató de relajarse, buscó la caja de cigarrillos en su mesa de noche, tomó uno y regresó a la sala.

 Encendió el cigarrillo, no se molestó en salir de la casa. Desfiló de un lado a otro de la habitación sobre la gran alfombra azul de la sala, mientras las cenizas de su cigarrillo caían sobre ella dejando pequeñas manchas grises. Volvió a sentir aquel aire helado, esta vez en su rostro. Se quedó petrificada, sabía que algo estaba por suceder, lo podía sentir en su estómago en donde de pronto, sintió un dolor lacerante. No podía moverse, sentía como si algo muy pesado la mantuviera sujeta con una fuerza paralizadora. Las luces de la sala se apagaron en ese momento, solo una tenue luz proveniente del alumbrado de la calle ingresaba a través de su ventana.

El cuerpo etéreo de una mujer delgada y rubia, apareció frente a sus ojos. El cigarrillo que sostenía se deslizó de entre sus dedos y terminó sobre la azul alfombra.

 La translúcida figura llevaba puesto un camisón blanco. Parecía estar suspendida en el centro de la mesa del comedor. La escena era tan lóbrega que Melinda quiso gritar, pero no pudo emitir palabra alguna. Su corazón latió tan rápido que temió sufrir un ataque cardiaco. Sus ojos se le llenaron de lágrimas que pronto caían por sus mejillas inundándolas, pero aún no podía moverse. Contempló con la visión turbia, cómo la mujer se llevaba las manos a la garganta, se le retraían los labios y los ojos se le desorbitaban, como si alguien la estuviera estrangulando.

Melinda pugnó con la fuerza sobre humana que la tenía retenida, pero no logró moverse. El aire helado se convirtió en suaves ráfagas que hacían ondular su pelo. Trató de nuevo y esta vez pudo dar un paso al frente. La mujer levantó las manos haciéndole señas para que se acercara a ella. Melinda caminó despacio hacia la mesa. Las suaves ráfagas se convirtieron en un viento fuerte y constante. Era ridículo, ya que tenía todas las ventanas cerradas, no podía haber viento dentro de la casa. Pero allí estaba, un viento gélido y escalofriante que le helaba la sangre.

El terror que le atenazaba iba en aumento, hasta que se tornó insoportable cuando estuvo frente a la aparición. Los ojos de la mujer le sobresalían de sus orbitas presa de lo que Melinda consideró un frenético horror. El viento se levantó en furiosas ráfagas que la hicieron tambalear de un lugar a otro. Le era difícil mantenerse en pie. Pronto, los libros acomodados pulcramente en los estantes, empezaron a volar por los aires y a estrellase con fuerza en el suelo, en las paredes del comedor y contra el cuerpo de Melinda quien intentaba cubrir su rostro con los brazos. A pesar del terror y la confusión de su mente, un pensamiento la golpeó como un látigo, allí estaba de nuevo, estaba sucediendo de nuevo, pero esta vez, ella estaba allí como testigo forzado de los hechos.

 Ahora no solo los libros volaban, también las pocas vajillas que le quedaban. El viento era tan fuerte que trastabilló con uno de sus pies y cayó al suelo. Permaneció allí en posición fetal tratando de cubrirse el rostro para evitar que algo le cayera encima. No sabía que hacer, no tenía idea de como detener aquel ataque.

Minutos después, el viento amainó, observó con ojos desesperados a su alrededor. Parecía que los objetos habían dejado de volar por toda la casa. Se levantó con mucha dificultad, sentía su cuerpo pesado como una gran bolsa de papas. Apenas se puso de pie, volvió a caer, esta vez de bruces, cuando se levantó tenía rasguños en la frente. No sabía contra que se había golpeado. Pensó que todo había acabado al fin, cuando un zumbido ensordecedor la obligó a taparse los oídos. Parecía que todo un panal de abejas se había congregado en su cabeza. Intentó cubrirse los oídos con las manos ya que el subido amenazaba con hacerle estallar los tímpanos. No supo cuanto tiempo siguió allí en el suelo hasta que el zumbido desapareció, tal y como había llegado.

Enseguida, vio materializarse otra aparición delante de ella, esta vez era un hombre, vestido con lo que ella pensó era un mandil blanco, parecido a los que se usaban en el laboratorio del hospital. Tenía una repulsiva mueca en el rostro, la cara pálida y los ojos hundidos inyectados en sangre. Melinda lo miró con pánico y terror crecientes, creyó que aquel show terrorífico nunca terminaría. La mujer del camisón blanco apareció de nuevo muy cerca al hombre, ambos se miraron, esta vez, la mujer mostraba la piel agrietada y reseca, y los ojos hundidos en sus cuencas, como si hubiese envejecido cuando en realidad Melinda sabía que eso era imposible. El hombre enfureció, mostró unos dientes carcomidos en un terrible gesto. Levantó una mano en dirección a Melinda. La enfermera sintió un dolor pulsante en el pecho y una fuerza sobre humana que la empujaba contra la pared, en donde recibió un golpe que la dejó seminconsciente.

No supo cuánto tiempo demoró en volver en sí, pero cuando despertó tenía el cabello desgreñado, lleno de polvo y sudor, u ropa estaba desaliñada y arrugada. Se puso de pie con dificultad y salió de su casa lo más rápido que pudo. La arrasó una revelación, simple, pura, devastadora que rompía con todos sus esquemas preestablecidos. La casa y el hospital estaban embrujados. Lo que no entendía era porque aquellos espíritus se ensañaban con ella. No sabía qué hacer, estaba desorientada y aturdida.

No supo muy bien como llegó a casa de Laura quien se sobresaltó al verla en aquel estado. Cuando Melinda pudo hablar había una nota de histeria en su voz. Laura vio en sus ojos pánico y terror.

_ ¡Creo que me estoy volviendo loca! _ dijo_ No puedo seguir aquí.

Laura la tomó del brazo y la obligó a entrar a su casa, pensó que la enfermera se desmayaría en cualquier momento.

_ ¡Mañana mismo renuncio, no puedo seguir un minuto más aquí! Sé que piensas que estoy loca, pero es real Laura.

La voz de Melinda se había convertido en un ronco susurro.

X

Andy corría ladrando como un poseso rumbo a la casa de Laura, el perro había esperado todo el día (al igual que su dueño) para visitar a la mujer de cabellos cobrizos y sonrisa encantadora que vivía a unos metros de su casa. Cuando abrió la puerta, Andy se lanzó sobre ella y le dedicó largos y cálidos lengüetazos.

_ ¡Andy, Andy! _ gritó Alejandro mientras lo sostenía para evitar que la psicóloga cayera al suelo.

_ También me da gusto verte_ dijo ella mientras sobaba la cabeza del perro.

_ Lo siento_ se excuso Alejandro con una sonrisa avergonzada_ cuando se trata de ti no hay forma de detenerlo.

Laura se encogió de hombros y levantó las cejas haciendo un gesto de resignación.

_Ya estoy acostumbrada, lo mejor es acariciarlo así se apacigua.

La psicóloga se arrodillo en la mullida alfombra y abrazó al perro mientras le daba palmadas en la espalda. Andy sacudía incesantemente la cola mientras disfrutaba de las caricias de Laura.

_ ¿Te gustaría ir a tomar algo de sol? _ preguntó ella _ hace mucho frío dentro de la casa.

_Está bien, pero será mejor que te pongas los lentes_ dijo mientras él hacía lo propio.

Ella asintió y fue a la habitación por sus lentes. Se dirigieron al jardín y se sentaron en las gradas que daban a la carretera mientras Andy corría ansioso por el jardín, deteniéndose de tanto en tanto a olisquear el suelo o algún tronco. Alejandro introdujo la mano dentro del bolsillo de su abrigo y extrajo una pelota de tenis. De inmediato se la lanzó al perro. Andy dio un gran salto, atrapando la pelota en el aire. Se acercó a Laura y le entregó el trofeo.

_ Creo que te prefiere a ti_ dijo Alejandro fingiendo sentirse ofendido.

Ella se echó a reír.

_ No te molestes conmigo, yo no tengo la culpa_ contestó Laura.

_Lo que sucede es que se hace imposible no sucumbir ante tu arrebatadora personalidad_ dijo el abogado.

La sonrisa de Laura se desdibujó de inmediato. Se sonrojó y se puso algo nerviosa. Cada vez que Alejandro trataba de encaminar su relación hacía algo más que una simple amistad, ella se ponía en guardia. El abogado no supo que decir, se sintió fuera de lugar.

_ No hace falta que seas sarcástico_ dijo ella, su voz sonó tensa cuando habló.

Alejandro se quitó los lentes, se frotó los párpados y volvió a mirarla.

_ No lo soy_ dijo_ eres una mujer muy intensa, que disfruta de su trabajo, que se entrega por completo a las personas que la necesitan, exsudas confianza y felicidad y tu entusiasmo es contagioso_ dijo él mirándola con ojos admirados_ además, eres muy hermosa.

Los ojos de Alejandro la atravesaron. El corazón de Laura dio un vuelco y le fue difícil sostener la mirada del abogado a pesar de tener los lentes puestos. Bajó los ojos en dirección a sus zapatos. Alejandro trató de acariciarle la mejilla, pero su mano quedó suspendida a unos centímetros del rostro de su vecina. Vaciló por unos segundos, pero se armó de valor y paseó la yema de sus dedos suavemente por el rostro de Laura, haciendo que se estremeciera.

_Soy sincero cuando hablo, no tengo la costumbre de utilizar el sarcasmo contigo. Me resulta imposible_ dijo.

Laura levantó la mirada y Alejandro advirtió que ella apreciaba sus palabras.

_Eres un buen amigo_ fue todo lo que ella pudo decir.

Alejandro le dedicó una sonrisa algo triste. “Amigo, pensó, no me considera más que su amigo”.

Andy escarbaba en el jardín a pocos metros de distancia, pero Laura y Alejandro se hallaban demasiado absortos en la conversación para percatarse de aquella travesura perruna.

_Olvidé decirte que Melinda renunció_ dijo ella cambiando drásticamente de tema.

_ ¿Qué sucedió? ¿Por qué se va? _ preguntó Alejandro sorprendido.

_No está bien, está convencida de que hay fantasmas en el hospital y en su casa.

Alejandro emitió un suspiro pesado.

_No entiendo, cuando la conocí parecía ser una persona razonable_ dijo el abogado.

_Siempre lo fue_ contestó la psicóloga_ me siento culpable por no poder ayudarla.

Su voz sonaba dolida y desconcertada. Alejandro no pudo ver sus ojos, pero suponía que la psicóloga se sentía mal por su amiga.

_ No te sientas así, has hecho lo que ha estado en tus manos. Probablemente estará mejor en Lima. Necesita de especialistas que la ayuden. Tú no puedes hacer mucho por ella aquí.

Laura aspiró una bocanada profunda sintiéndose frustrada.

_Lo sé, no puedo dedicarle tiempo, además no tengo experiencia.

_No te sientas mal por esto, se pondrá mejor en Lima_ volvió a repetir el abogado.

Laura asintió no muy convencida.

XI

Melinda regresó a Lima derrotada y molesta, pero a la vez temerosa y vulnerable. La extraña experiencia que había vivido en La Oroya la tenía sobresaltada y tensa, pero pensó que era lo mejor que podía hacer. Estaba dispuesta a esforzarse para recuperar la cordura y luego, buscar un nuevo empleo. Llevaba tres días en la capital, y a pesar de que se había propuesto buscar un especialista e iniciar las terapias de inmediato, no lo había hecho, porque los episodios terroríficos y extraños que había vivido habían desaparecido apenas salió de La Oroya. Estaba convencida de que eran espíritus que habitaban en aquella casa y en el hospital. Como ya no pensaba regresar, imaginó que allí se terminaban sus problemas. En eso se equivocaba.

Salió de su departamento y fue a hacer unas compras, aspiró profundamente hasta que sus pulmones se llenaron del contaminado aire de la ciudad. Levantó los ojos hacia el cielo observando el abultado manto gris que lo cubría. No le importó, era agradable estar de nuevo en el caos de Lima mientras eso la ayudara a recuperar la cordura y la lucidez mental que pensó había perdido. Caminó sin prisa por el supermercado mirando las góndolas distraídamente, comparando precios o viendo productos nuevos. Se distrajo observando a un pequeño niño de ondulados cabellos pasear con un carrito de compras. Sonrió, el pequeño cargaba con bolsas de dulces y las depositaba en el carrito. Se dirigió a la zona de frutas y admiró la gran variedad que tenía delante. Los carteles anunciaban los precios rebajados.

“Manzana nacional: s/ 2,10”

“Manzana Israel: s/ 2,95”

“Pero Manzana: s/ 2,80”

Observó con cuidado las opciones y cargó en una bolsa cuatro manzanas nacionales. Pensó que le vendría muy bien un pie de manzana, lo prepararía en la tarde y lo acompañaría con un café.

Regresó a su casa, se sentía mucho mejor de lo que se había sentido en días. Definitivamente renunciar había sido la mejor idea. Preparó el almuerzo y se sentó a comerlo frente al televisor, no era algo que comúnmente hiciera ya que pensaba que era una mala costumbre ver la televisión mientras se come, pero con todo lo que había pasado, creyó que un poco de compañía, aunque solo fuera la caja boba no le vendría mal. Comió con bastante apetito y se encontró riendo de los malos chistes de una pareja de cómicos, se sentía ella misma de nuevo.

Apagó el televisor, lavó los platos y horneó el pie. Lo dejó sobre la mesa para que se enfriara y decidió tomarse una siesta. Estaba cansada, las intensas experiencias que había vivido no la habían dejado descansar apropiadamente. Se tendió en la cama, pensó unos momentos en los sucesos que la habían hecho huir de su trabajo y suspiró. Cerró los ojos, su respiración se hizo lenta y acompasada, oyó las sirenas de una ambulancia a lo lejos, no le prestó atención, vivía muy cerca de dos hospitales por lo que estaba acostumbrada a ello. Las imágenes en su mente se fueron diluyendo poco a poco y pronto se quedó dormida.

 No llevaba más de quince minutos durmiendo, cuando empezó a soñar.

 Estaba de pie frente al Hospital de Chulec, era de día, el sol estaba en lo alto y brillaba sobre su cabeza. Observó el edificio con detenimiento, estaba bastante descuidado, la pintura se descascaraba como si fuera una serpiente cambiando su vieja piel por una nueva, pero en este caso, el edificio dejaba al descubierto, capas de las antiguas pinturas. Melinda ingresó al edificio, todo estaba en ruinas, un par de camillas sucias y oxidadas le impedían el paso. Las rodeó y siguió internándose en el pasillo. Los instrumentos médicos, estaban tirados en el piso y el polvo lo cubría todo a su alrededor. No había luz eléctrica, solo los rayos del sol ingresaban por las ventanas e iluminaban los abandonados pasillos. Quiso sentarse, pero los desvencijados bancos de madera de la zona de espera parecían a punto de desintegrarse. Una ráfaga de viento ingresó por la puerta que había dejado abierta de par en par y con él, regresó el murmullo. De inmediato, la invadió una sensación de impotencia muy conocida. Quiso regresar sobre sus pasos y salir de aquel lugar, pero no pudo, una fuerza invisible la obligaba a seguir adelante, era como si sus músculos no la obedecieran y actuaran por voluntad propia. Dio unos pasos y pudo entender con claridad lo que las voces decían. Por un momento se quedó paralizada.

“Ayúdame, John tiene la culpa”

Melinda frunció el ceño, no entendía de que se trataba todo aquello, quien le pedía ayuda y quien era John. Prestó atención a las voces, tratando de entender algo más de lo que decían, pero desaparecieron. En su lugar, una corriente helada la atravesó, haciendo que el bello de la nuca se le erizara. Cerró los ojos presa del terror, incapaz de respirar. El corazón le martillaba en la garganta, en ese momento supo, que se trataban de dos espectros diferentes. Los murmullos le pedían ayuda y aquella corriente helada trataba de aterrorizarla. Las lágrimas le anegaron los ojos y se deslizaron por sus mejillas.

En ese momento, despertó sobresaltada, oyó en su garganta el sonido áspero de las lágrimas. No pudo evitarlo, y esta vez lloró presa de la desesperación, ante la onda realidad que se abatía imponente sobre ella, atravesándola, aquellas apariciones, no pensaban dejarla en paz, no habían desaparecido. Se sentía desorientada, atemorizada e impotente. Cuando al fin pudo calmarse, se percató que estaba a oscuras, se levantó de la cama con dificultad y se acercó a la ventana, el cielo estaba cubierto de estrellas, la luna, un perfecto circulo, iluminado de amarillo. Experimentó una terrible inquietud, aquel espectáculo en el cielo limeño era extraño e inusual.

 Cruzó sus brazos sobre su cuerpo, tratando de protegerse, sus ojos se inundaron de confusión e incertidumbre. De pronto, el televisor de la sala se encendió, el volumen del aparto estaba muy alto que la sobresaltó. Giró sobre sus talones y se dirigió de inmediato a la sala con el corazón acelerado. Los canales se sucedían unos a otros como si un visitante invisible estuviera jugando con el control remoto. Melinda sintió que la sangre se le agolpaba en el rostro. Buscó el control remoto desesperada pero no lo encontró. Se acercó al televisor y jaló el cable de alimentación eléctrica y lo desconectó. Para su sorpresa, el aparato no se apagó, siguió su carrera alocada, cambiando de canal uno tras otro. Se llevó las manos a la cabeza aturdida, no sabía que hacer o que decir. En ese momento, oyó un atronador sonido, parecido a una multitud de fuegos artificiales estallando. Su rostro se puso blanco y pálido, sintió una desesperación absoluta, un escalofrío que iba en aumento. De pronto, fue como si un boxeador invisible acabara de propinarle un puñetazo en el vientre. Profirió un grito ahogado y gutural mientras su cuerpo se doblaba en dos. El panorama se tornaba más aterrador que nunca. Su cuello se dobló hacia atrás, cuando la energía invisible le dio un golpe en la frente con una fuerza rápida y avasalladora. Se tambaleó y cayó de espaldas, con el rostro desfigurado por el horror. Una expresión terrorífica se esparcía por su rostro como si fuera una mancha. Tenía los ojos dilatados, la frente y los brazos cubiertos de sudor, la piel fría y el aliento agitado. Sintió que algo le atenazaba el cuerpo y le aplastaba los pulmones. Profirió un grito desesperado que no pudo escapar de su garganta. Luchó con todas las fuerzas para tratar de liberarse de aquella fuerza invisible. La respiración se le hacía cada vez más difícil, trataba por todos los medios de llevar aire a sus pulmones, temblando de terror. Su garganta emitía sonidos graves, estaba a punto de ahogarse, cuando de pronto la presión en los pulmones desapareció y ella pudo moverse de nuevo. Se puso de costillas y tosió mientras el aire ingresaba de nuevo a sus agotados pulmones. Se quedó así por unos minutos, empapada de sudor y paralizada por el miedo.

Cuando al fin pudo levantarse, lo hizo con mucha dificultad, sosteniéndose de la mesa de la sala. Su garganta aún emitía extraños sonidos mientras ella respiraba. De pronto, sintió un dolor muy fuerte en el pecho que se replicó en la cabeza. Su cuerpo se estremeció con fuertes espasmos y volvió a caer al suelo, producto de un ataque. Se removió y se convulsionó espantosamente. Agitó las extremidades y dio golpes con ellos en el suelo. Se mordió la lengua y un hilo de sangre se extendió por la comisura izquierda de su boca. Los ojos se quedaron en blanco dejando al descubierto el globo ocular. De pronto, se detuvo, recuperó levemente la conciencia, y pudo observar la habitación, los objetos se iban desdibujando, quedando reducidos a manchas, era como si su cuerpo se apagara despacio, arrullado por una fuerza invisible que la instaba a dejarse llevar. En pocos segundos, todo había terminado.


[1] Trastorno del sueño raro en la que el paciente siente ocasionalmente un sonido muy fuerte que describen como un estallido.

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