
ALEXANDER IVANOV
Alexander no es uno de esos clásicos héroes de los que se escriben en las novelas. A pesar de que apuesto, irresistible y valiente carga sobre sus hombros una pesada carga de la que le es difícil desprenderse. Tendrá que luchar contra una extraña enfermedad mental que lo sume muchas veces en las profundas sombras de su mente. Solo dos cosas lo mantienen a flote, un recuerdo y una promesa.
HISTORIAS ENTRELAZADAS: (Fragmento)
Los rayos dorados del sol bañaban el cerúleo horizonte de aquella inusual tarde tibia de primavera y se reflejaban en las bulbosas cúpulas de la catedral de San Basilio, enalteciendo los brillantes colores de la majestuosa construcción. Alexander se asomó a uno de los grandes ventanales disfrutando de aquel increíble espectáculo. Apoyó ambas manos sobre el frío cristal y arqueó su desnuda y escultural espalda hacia atrás. Susurraba una canción mientras llevaba el ritmo dando golpes con los pies descalzos sobre la mullida alfombra persa.
“Enebro, enebro, ¡enebro mío! En el jardín está la frambuesa, ¡frambuesa mía!”[1]
Sintió un cálido aliento sobre su espalda y unas manos suaves y blancas serpentearon por su cuerpo. Una pequeña sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios y giró sobre sus talones, enredando de inmediato entre sus brazos a su amante de turno. La mujer, diez años mayor que él, pero de una belleza paralizadora se estremeció al sentir la piel del joven contra la suya. La observó fijamente, sus ojos verdes sensuales y brillantes le devolvieron la mirada expectantes y deseosos. Alexander acaricio sus largos, ondulantes y cobrizos cabellos antes de besarla apasionadamente para luego levantarla en brazos y llevársela a la cama.
Tatiana Petrova, esposa del barón Sergey Petrov, un decrépito y repulsivo anciano con quien se había desposado por su atractiva fortuna llenó la habitación de múltiples jadeos y gemidos agudos. Mujer de mundo, dispuesta a disfrutar de los placeres que la vida le había negado al lado su esposo, pero que Alexander le concedía con complacencia, estalló alrededor de su intrépido amante mientras la visión se le nublaba y multitud de estrellas de diversos colores danzaban ante sus ojos, como una gran fiesta de fuegos artificiales en honor al Zar.
El joven recostó su espalda al lado de la baronesa mientras ambos recuperaban el aliento. No había perdido el apetito carnal por su primera amante, aunque ya habían pasado un par años desde que intimaran por primera vez detrás de tupidos arbustos en alguna orilla escondida del río Moscova, en donde Ivanov había perdido la virginidad en una fragante noche de verano, y a pesar de que luego, habían pasado decenas de mujeres por su cama.
Tatiana le dedicó una media sonrisa satisfecha mientras se mordía el labio inferior y le regalaba una mirada seductora. No había tenido nunca mejor amante que Alexander y probablemente no hallaría otro igual. El joven sabía complacerla, conocía su cuerpo a la perfección, sabía cómo avivar aquella chispa que, con las atenciones necesarias y expertas, llevarían a su cuerpo a encenderse como los rayos del sol encienden el cielo durante el crepúsculo en verano, y luego lo haría explotar en una increíble combustión incandescente mientras el tiempo se detiene y se evapora a su alrededor.
La baronesa estaba dolorosamente consciente de que su relación con el joven militar nunca sería más que encuentros furtivos en habitaciones de hotel lujosas y se conformaba con ello. Eran grandes amantes y buenos amigos, dispuestos a hacer lo que fuera el uno por el otro. No solo le atraía su atractivo cuerpo y su sensual sonrisa, sino también su vigoroso intelecto. El joven era brillante e ilustrado y con una sensibilidad innata por la gente más desprotegida.
Ivanov se incorporó, tomó un cigarro de la cigarrera de plata que yacía sobre la mesa de noche y lo encendió. Le dio una profunda calada y luego acercó el cigarro a los labios de la baronesa que aún se encontraba con la respiración agitada, para luego mirarla a través de la nubecilla de humo con una expresión relajada. Tatiana declinó el ofrecimiento sacudiendo la cabeza, a lo que Alexander respondió con otra calada. Permanecieron en silencio por un tiempo mientras el joven daba cuenta del tabaco. Cuando terminó, apagó la colilla en un cenicero también de plata de forma circular con singulares motivos marinos como conchas y estrellas de mar que eran el sello distintivo de aquel suntuoso hotel.
Enseguida, Alexander concentró su atención en Tatiana que aún permanecía desnuda, su cuerpo blanco como el marfil, contrastaba con las sábanas rojas de seda China, mientras que su larga cabellera esparcida sobre las almohadas parecía arder como las llamas de una hoguera. La acarició zigzagueando la yema de sus dedos sobre sus curvas y colinas hasta llegar a la cima. El joven pensó que ella tenía los senos suaves y firmes como los de una quinceañera. Aquel pensamiento lo hizo sonreír mientras ella se estremecía.
Se inclinó sobre ella y le dio un beso apasionado. Tatiana enredó sus dedos en los rubios cabellos del joven y se dejó llevar. Un golpe en la puerta los sobresaltó. La baronesa se llevó un dedo índice a los labios en un gesto claro que no necesitaba mayor explicación, mientras se levantaba apresurada de la cama y tomaba su albornoz de seda de uno de los sillones franceses de laca y oro que se encontraban a un costado de la cama. Se vistió apresurada y se dirigió a la puerta contoneando las caderas, con la clara intención de llamar la atención de su joven amante.
Alexander la observó con una sonrisa en los labios y los ojos oscuros por el deseo. Volvió a tenderse de espaldas en la inmensa cama y colocó las manos detrás de la cabeza observando el techo abovedado de la suite de hotel en donde los amantes se encontraban el primer miércoles de cada mes. Arqueó ambas cejas al percatarse del fresco que adornaba el techo sobre su cabeza. Dos querubines y tres serafines de aspecto infantil daban la sensación de estar flotando sobre mullidas nubes, que parecían observarlo con cierto aire de reproche. Exhaló un suspiró de indiferencia, e hizo un gesto de encogimiento de hombros. No le importaba lo que la gente pensara de él, su vida era suya y podía vivirla como mejor le parecía y desde luego, eso incluía a la baronesa.
Se incorporó en la cama y bajó los pies descalzos sobre la esponjosa alfombra. Dirigió su mirada al ventanal y observó que el sol se desdibujaba en el horizonte y las escasas nubes se teñían ahora de un indescriptible tono violeta. En pocos minutos, el manto oscuro de la noche cubriría la ciudad entre sus pliegues y tendría que regresar a la casa de su padre. Aquel pensamiento lo hizo emitir un suspiro de resignación, mientras curvaba para abajo las comisuras de sus labios.
Nikolái Ivanov, padre de Alexander, uno de los hombres más importantes y acaudalados de Moscú, era, además, amigo personal del Zar. Se habían conocido muy jóvenes y de inmediato se hicieron inseparables ya que compartían no solo la afición por la caza y las armas sino también el mismo nombre, que, aunque pareciera extraño, los unía incondicionalmente. La íntima amistad entre estos hombres marcaría el destino de Alexander hasta el final de sus días. Pero en ese momento, su única preocupación era llegar a tiempo al baile de gala que organizaba su padre en honor al cumpleaños número cuarenta y cinco del Zar. De seguro su padre lo mataría si osaba llegar tarde.
Levantó los brazos sobre su cabeza, tratando de desentumecerse los hombros y la espalda. Enseguida, caminó hacia el cuarto de baño, cuando estuvo dentro, se quedó frente a la extraordinaria bañara de hierro forjado, recubierta con porcelana que se sostenía sobre cuatro increíbles piezas de bronce. Puso las manos en jarra y se perdió en sus pensamientos. Le quedaba solo una semana más antes de regresar al servicio militar. No tenía idea de cuánto tiempo estaría ausente y le frustraba tener que pasar toda la noche en una aburrida fiesta en honor al Zar. Emitió otro suspiro frustrado y se dispuso a abrir la llave del agua y llenar la bañera. Este era uno de los lujos que se daba la clase privilegiada. Agua caliente en baños privados, provenientes de calderas a petróleo, quien lo hubiese imaginado solo unas décadas atrás, pensó. Pero allí estaba él disfrutando de ese privilegio, así como de muchos más.
Cuando la bañera estuvo llena, se metió en ella, acomodó la cabeza en el borde y cerró los ojos disfrutando de la increíble sensación del agua caliente sobre su piel. Llevaba así unos minutos cuando sintió la presencia de alguien más en el cuarto de baño. Abrió los ojos y se encontró con Tatiana que sonreía mientras lo observaba con una mirada coqueta en su bello rostro de finas facciones. Llevaba el pelo cobrizo recogido con una peineta española. Desamarró el albornoz que llevaba puesto, deslizándose a través de su esbelto cuerpo hasta el piso azulado de mármol de Carrara.
_No esperaste por mí_ dijo ella mientras se acercaba a la bañera.
_Lo siento Tati, pero tengo que regresar a casa enseguida_ dijo mientras tendía una de sus manos en dirección a la baronesa.
Tatiana tomó su mano y se sentó en el borde de la bañera.
_ ¿Quién era? _ preguntó Alexander mientras se incorporaba en la bañera y se rascaba su barba hirsuta con las uñas pulcramente cortadas al mismo tiempo que miraba a Tatiana con el rabillo de sus ojos inyectados en deseo.
La baronesa suspiró algo inquieta antes de responder.
_Mi dama de compañía, recordándome el baile en casa de tu padre_ dijo encogiéndose de hombros.
Alexander le dedicó una sonrisa ladeada que detuvo por un segundo el corazón de la baronesa.
_Al menos no será tan aburrida la fiesta contigo allí_ dijo mientras la tomaba de la cintura y la metía a la bañera con él.
La baronesa emitió un gritito de sorpresa antes de echarse a reír en brazos de su amante.
_Umm, no sabes lo agradecida que me siento por tenerte en mi vida_ afirmó sobre los labios del joven.
_ ¿Tu esposo estará allí? _ preguntó Alexander mientras acariciaba uno de los tersos senos de la baronesa.
Tatiana se encogió de hombros después de emitir un suave gemido de placer.
_Toda la maldita aristocracia de Moscú y San Petersburgo estará allí_ contestó.
_Esas no son palabras para una dama_ dijo él con una sonrisa seductora mientras deslizaba una de sus manos por el vientre de Tatiana rumbo al sur.
_Umm, te gusto mucho más cuando utilizo mi lenguaje florido_ contestó ella y Alexander emitió una suave carcajada.
_ En eso tienes razón_ contestó antes de tomar los labios de Tatiana entre los suyos en un delirante y apasionado beso.
[1] Letra de la canción Kalinka escrita por Iván Larinov en 1860.
Siéntanse libres de dejar sus comentarios o preguntas. Pueden adquirir el libro en Amazon en formato digital o de tapa blanda con el nombre de Historias Entrelazadas: Alexander Ivanov y Kataryna Weleczuk de Milena Arano.
Nuevos lanzamientos
CASA 110

Fecha de lanzamiento: 9/10/2020
Esta es la segunda novela publicada de Milena Arano y se desarrolla en una pequeña ciudad en los Andes peruanos.
La psicóloga Laura Brown acepta un trabajo en un complejo metalúrgico enclavado en la Sierra Central del Perú a más de 3700 msnm. Conocerá a Alejandro Quesada, un atractivo abogado quien la ayudará a desvelar un increíble y espeluznante misterio que lleva enterrado por más de siete décadas.
HISTORIAS ENTRELAZADAS: ALEXANDER IVANOV Y KATARYNA WELECZUK.

Fecha de Publicación: 20/09/2020
Esta historia, relata acontecimientos históricos a lo largo de casi seis décadas, desde el punto de vista de dos personajes completamente diferentes entre sí, pero que el destino une, como peones en un juego de ajedrez.
Alexander Ivanov es un oficial leal al Zar Nicolai II que decide probar suerte en lejanas tierras sudamericanas, luego de que los soviéticos tomaran el poder del vasto Imperio Ruso.
Kataryna Weleczuk, huye de su natal Ucrania, cuando los tentáculos opresores de los soviéticos amenazan con dejar morir de hambre a todo un país.
Por extraños entretejidos del destino Alexander y Kataryna se encontrarán en Argentina y unirán sus azarosas y divergentes vidas en una intrincada trama de acontecimientos, que los llevará hasta el Paraguay.
Sin embargo, la misteriosa conducta de Ivanov, y una extraña enfermedad mental, causará efectos insospechados en la convivencia de los personajes y arrancará lo mejor de cada uno de ellos.
Es una historia asombrosa y emotiva con la que nos permite conectarnos con nuestros predecesores, para no permitir que la historia quede en el olvido, para que los errores no se vuelvan a repetir.
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