Historias entrelazadas (Kataryna)

Kiev, República Socialista Ucraniana, octubre -diciembre de 1923.

I

La noticia de que estaba embarazada no la tomó por sorpresa, sin embargo, un curioso destello de esperanza se asomó a sus ojos llenándola de infinidad de sensaciones que estaba segura no debería albergar. Se sentía feliz. Por un lado, pensó que un bebé era un regalo de Dios y le daría un motivo a su hasta ahora desgraciada vida de casada, pero, por otro lado, estaba asustada, no tenía idea de cómo reaccionaría Igor. Nunca hablaron de tener hijos, aunque era algo implícito en todo matrimonio ucraniano. No llevaban más de tres meses de casados y las cosas no habían mejorado

desde su noche de bodas, por el contrario, habían empeorado y a pesar de la felicidad de saber que sería madre, también temía que la rudeza que mostraba Igor en la intimidad pudiera causarle algún daño a su futuro bebé.

Igor nunca se había caracterizado mucho por preocuparse por las necesidades de Kataryna, con aquella única excepción cuando le había salvado la vida en el bosque, pero desde que se habían casado, bebía casi todos los días después del trabajo y llegaba a casa pasado de copas. Se había vuelto mucho más violento cada vez que obligaba a su esposa a que cumpliera con sus obligaciones maritales. Kataryna intentaba mantenerse inmóvil y lo más relajada posible esperando a que su esposo terminara y se quedara dormido por el efecto del cansancio y el alcohol.

Suspiró preocupada y estresada mientras llevaba ambas manos a su vientre y se lo acariciaba. A pesar de su condición, la joven no había experimentado malestar alguno, se sentía bastante bien físicamente, no obstante, no podía decir lo mismo de su estado emocional. Se sentía vacía y poco apreciada y muchas veces pensaba que no tenía valor alguno para su esposo. Se sentía como un mueble viejo que después de ser usado se deja en abandono cuando ya no sirve. Pero con este bebé sería diferente, era una pequeña personita que aún no había nacido, pero ya dependía de ella, la necesitaba y la valoraría por siempre.

Después de aquella seria y poco agradable plática que había sostenido con su madre, Kataryna se había resignado a aceptar que no encontraría amor en su matrimonio, pero nunca pensó que las relaciones íntimas con su esposo serían tan humillantes, repulsivas y hasta repugnantes. No le había hablado de los maltratos de Igor con su madre, es más, no había hablado de eso con nadie. Llevaba esa carga estoicamente dentro de su alma. Kataryna no solía confiar sus problemas personales a nadie. No hablaba mucho sobre si misma con su familia ni con sus amistades.  Aunque ahora ya no le importaba, ya que todas las humillaciones y los vejámenes que había sufrido, solo la habían conducido hasta el bebé que cargaba en sus entrañas y por el cual daría su vida si fuera necesario.

Suspiró y una suave sonrisa se dibujó en sus labios mientras volvía a acariciar su vientre.

II

Se despertó en medio de la fría noche de un modo sobrecogedoramente repentino, presa de fuertes dolores en el bajo vientre. Trató de moverse, pero sintió un escalofrío en la espalda y una fuerte tensión en el pecho lo que le dificultaba respirar. Volteó la cabeza a un lado y observó a su esposo durmiendo en posición fetal, con los ojos entreabiertos, los labios separados y emitiendo fuertes ronquidos.

_ Igor, Igor_ lo llamó entre dificultosos jadeos.

Igor se encontraba tan ebrio que no advirtió la penosa situación de su esposa.

Kataryna extendió un brazo en su dirección y lo sacudió un par de veces levantando la voz todo lo que pudo, pero Igor se removió inquieto, cambió de posición dándole la espalda y siguió durmiendo.

Una creciente pesadez la aturdía. Otro fuerte espasmo en el bajo vientre la hizo gritar. Su corazón latía frenéticamente, jadeaba esperando que el dolor remitiera. Mantenía los ojos bien abiertos, observando el techo sobre su cabeza, pero en ellos se pintaba una expresión asustada y aturdida. Sintió que un líquido tibio se extendía debajo de su cuerpo. Llevó una mano a su entrepierna y comprobó aterrada que el líquido que mojaba sus dedos era sangre. Cuando el dolor atenuó, se incorporó en la cama entre jadeos y pudo observar con mayor claridad que la pérdida de sangre era mucho mayor de lo que ella suponía. Una oleada de pánico la asaltó en ese momento. Se puso de pie con una expresión aterrorizada, sintió las piernas débiles y tuvo que sujetarse de la pared para buscar sus zapatos. Le acometió en ese momento una sensación de vértigo e irrealidad.

 Otra contracción la arrasó con tal fuerza que casi cayó al piso emitiendo un grito ahogado. Se sintió incapaz de avanzar como si estuviera anclada a una enorme roca de dolor. Cuando pudo recuperarse, avanzó a tientas por la oscuridad del cuarto tanteando la pared hasta encontrar su abrigo, percibió que sus manos le temblaban al igual que sus piernas. Cuando pudo vestirse, salió de la casa en busca de ayuda. El aire frío de la noche de invierno la asaltó en el rostro de inmediato.

 La casa más cercana era la de sus suegros que se encontraba a poco más de un kilómetro de distancia. Movía las piernas con dificultad, no solo por el intenso dolor que sentía sino también por la nieve que se había acumulado durante la tormenta del día anterior. Arrastraba las piernas, sujetándose de algún árbol cuando otra contracción la asolaba con fuerza. El viento se alborotaba violentamente a través del campo llano, arrastrando la nieve como si fuera la espuma de las enfurecidas olas de un mar borrascoso.

Gritó de dolor, pero sus quejidos se vieron opacados por el fuerte silbido del viento. Jadeó un par de veces sosteniendo su apenas abultado vientre, a medida que sus mejillas se encarnaban por el frío y la desesperación. Otra oleada de pánico la amenazó de nuevo, abrumándola completamente.

Tuvo unos segundos de lucidez cuando el dolor remitió un poco. Una lógica aterradora y aplastante la sobresaltó. Estaba perdiendo al bebé y no había nadie quien la ayudara, debía llegar a casa de sus suegros a como diera lugar.

El viento libre de obstáculos silbaba violentamente en la inmensidad del paraje. Luchó con agitación contra la nieve amontonada, su silueta oscilaba entre la negra penumbra y el implacable viento. De pronto cayó al suelo torciéndose cuando un aberrante calambre se adueñó de su vientre. Se llevó una mano al lugar de donde provenía el dolor, mientras se mordía la otra para extinguir los alaridos que amenazaban con escapar de su garganta. Una gran nube de nieve se elevó en el aire a su alrededor, y el viento se encargó de disiparla, esparciéndose levemente sobre su rostro adolorido.

El viento del crudo invierno emitía un sonido muy desagradable, algo así como un zumbido monótono y algo amenazante que no se interrumpía.

Intentó incorporarse, pero lo único que consiguió fue otro espasmo, por lo que al cabo de un rato se arrastró hasta un tronco cercano y se aferró a él para tratar de ponerse de pie. El desasosiego y la desesperación la atenazaban por dentro.

 Cuando al fin se incorporó, retomó su difícil caminata, le tomó casi una hora llegar a su destino y cuando lo hizo golpeó la puerta con las pocas fuerzas que le quedaban.

Su suegro abrió la puerta y acercó la lámpara hacia ella, la luz tiñó su rostro de una palidez cadavérica. Su camisón blanco llevaba una gran mancha roja que cubría casi toda la parte baja de la prenda. El hombre llamó a gritos a su esposa y ayudó a Kataryna a entrar en la casa.

_ ¿Dónde está Igor? _ preguntó su suegra con una expresión desesperada que no tranquilizó en nada a Karatyna.

_ Está dormido, no pude despertarlo_ dijo Kataryna en un susurro apenas audible, empezaba a ver estrellas bailando a su alrededor.

En ese momento otra contracción estremeció su agotado cuerpo y su suegra la ayudó a tenderse en la cama. La mujer ordenó a los sirvientes a que calentaran agua mientras auscultaba a Kataryna.

_El bebé está a punto de nacer_ anunció con el rostro desencajado_ Espera a que te diga y puja con todas tus fuerzas_ agregó.

_ ¡No puede nacer, apenas tiene cinco meses! _ dijo Kataryna desesperada.

_ Este bebé se viene ahora mismo_ espetó su suegra.

Kataryna sintió otra contracción que la paralizó por completo.

_ ¡Vamos Kataryna puja ahora!

La joven estrujó las mantas de la cama con ambas manos y pujó con todas sus fuerzas mientras emitía un gruñido de dolor y desesperación casi animal.

_ Ya está fuera_ dijo la mujer.

Karatyna no podía mover los ojos, las estrellas que veía a su alrededor empezaron a desaparecer. De pronto, el mundo empezó a oscurecerse, la luz se fue esfumando, desapareciendo como el agua que se desliza por el desagüe de un sumidero. Trató de preguntar por el bebé, pero su voz se fue apagando como la llama de una hoguera que termina por consumirse.

Empezó a recuperar la consciencia cuando la luz del sol ingresaba a través de la ventana de la habitación. Se llevó una mano al rostro tratando de evitar la intensa claridad del día. El viento había amainado y se apreciaba algún que otro claro en el cielo. No recordaba donde estaba ni que había sucedido. Movió la cabeza a la derecha y luego a la izquierda tratando de reconocer el lugar. De pronto, como si algo le hubiese caído sobre la cabeza, todo le regresó a la mente. Los dolores, la difícil caminata hasta la casa de sus suegros y el nacimiento de prematuro de su bebé.

Dio un respingo y abrió los ojos de golpe. Se vio sumida en la fuerte luz de un amanecer del color oro.  Todo estaba en silencio, en calma, pensó que era la calma posterior a la conmoción y se sintió abrumada por una sensación familiar e incómoda que le inundó el pecho hasta formar un inmenso nudo en su garganta. Tragó saliva tratando de deshacer la desagradable sensación.

 Trató de incorporarse, pero aún se encontraba muy débil, debido a la masiva pérdida de sangre y al gran esfuerzo que tuvo que soportar su cuerpo.

_No te levantes_ oyó decir a su suegra que se encontraba de pie observándola desde el umbral de la puerta de la habitación que ocupaba.

_ ¿Cómo está mi bebé? _ preguntó de inmediato. Aunque en su corazón sabía a la perfección la respuesta a esa pregunta.

Recorriendo la habitación con la mirada, se veía pálida y desmejorada. Se detuvo en el rostro de la madre de Igor, la mujer parecía nerviosa y huidiza.

_ ¡Deme a mi bebé! _ dijo Kataryna con voz angustiada.

 Sus pensamientos se volvían cada vez más sombríos y desesperados.

La mujer miró a su nuera con desazón y le habló con voz casi inaudible.

_ El bebé nació muerto, era una niña_ agregó.

Kataryna sintió que el mundo se le venía abajo, emitió un grito estentóreo y desgarrador de desagradable sorpresa y horror. La embargaron el dolor y la desesperación. El sonido de su voz desgarró su corazón, no pudo soportarlo y terminó desmayándose.

El padre de Igor acercó unas sales aromáticas a la muchacha. Poco a poco Kataryna volvió en sí. Al estar totalmente consiente la realidad la arrasó como un sunami que destruyó todo a su paso. La tristeza y el terror la desquiciaron por completo y se sintió totalmente perdida. Quiso estar muerta, deseó haber muerto junto con su bebé. Odió a Dios en aquel momento con una fuerte punzada de amargo resentimiento, por haberle arrebatado a su bebé y dejarla viva. Su llanto desgarrador inundó la habitación mientras trataba de incorporarse. Le fue difícil emitir palabra, presa de su desbordante desconsuelo, cuando lo hizo lo que brotó de su garganta no fue más que una suerte de palabras envueltas en gemidos.

_ ¡Deme a mi bebé! _ exigió.

La mujer le entregó el pequeño feto del tamaño de un puño envuelto en una blanca manta. Kataryna acunó a su niña entre sus brazos antes de destaparla y observarla. La niña no había terminado de desarrollarse, era tan pequeña que cabía en la palma de una mano. Carecía de cejas y pestañas. La cabeza era mucho más grande que el reto del cuerpo. Su piel era translúcida, se podía observar algunos órganos a través de ella.

Kataryna abrazó a su bebé totalmente desolada, las lágrimas empezaron a caer de nuevo por sus mejillas y su cuerpo empezó a estremecerse una y otra vez debido al shock que estaba sufriendo.

Se mantuvo a ferrada a su bebé por largo tiempo, negándose a aceptar lo que había sucedido. Poco a poco, lentamente, fue calmándose y recuperando sus facultades. La negación dio paso a la aceptación. La aceptación era el inicio de la sanación espiritual, o al menos eso decían.

III

Todo el pueblo estuvo presente en el sepelio, todo el pueblo a excepción del padre de la difunta niña. Kataryna sentía el peso de todos los ojos. Pesados, asfixiantes y compasivos.

 Paseó los cansados y enrojecidos ojos alrededor y observó a un anciano que mostraba la frente despejada, el cabello peinado en una esmerada raya, poseía un ceñudo rostro enrojecido hasta el nacimiento de su fina y escasa melena, como si se encontrara molesto por tener que pasar aquella tarde helada de domingo en el cementerio, en vez de pasarlo frente a la hoguera de su cómoda morada.

A la derecha de aquel hombre que no reconoció, se encontraba una mujer mucho más joven que le sonreía con incomodidad, llevaba los ojos bien abiertos, los labios cerrados y la comisura ligeramente echada hacia atrás.

 Kataryna apretó los labios en una fina línea, mientras cerraba los ojos para evitar seguir viendo a todas aquellas personas que ni siquiera conocía. El rostro de Igor apareció ante ella esbozando una de sus desagradables sonrisas, en la oscuridad que se extendía tras sus párpados cerrados. Para los que la observaban con detenimiento y curiosidad, su rostro parecía compuesto, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre su pecho. Suspiró profundamente y abrió los ojos, mientras el patriarca terminaba su oración.

Kataryna se acercó a la tumba y echó una palada de congelada tierra sobre la tapa del pequeño féretro. Unas piedrecillas rebotaron y rodaron por los lados. Un hombre alto que ostentaba una bien cuidada barba color azabache la contempló con expresión compasiva y una sonrisa forzada, poco natural y que le requirió de un gran esfuerzo.

Los sepultureros terminaron el trabajo en pocos minutos y los asistentes empezaron a retirarse lentamente.

Kataryna caminaba con pasos cansinos, la cabeza gacha, ligeramente rezagada, parecía fuera de lugar, mientras su madre trataba de sostenerla de uno de sus brazos, acababan de dejar el cementerio y se sentía totalmente desolada. Sus pensamientos turbulentos, no contribuían en nada a su paz mental. Se desplazaba como un autómata mientras sus recuerdos la aturdían abrumadoramente.

Recordaba a Igor, y la forma impasible como había reaccionado cuando se enteró que Kataryna había dado a luz a su bebé muerto. Miró a la joven inexpresivamente, habló solo unas pocas palabras en tono seco e indiferente, antes de salir de la habitación en donde ella aún se encontraba convaleciente.

Anastasia acompañó a su hija a su casa luego del funeral mientras el día se consumía hacia el anochecer. La joven se mantenía con ademanes lentos y una sensación de tremenda fatiga no solo física sino emocional.

_ Voy a prepararte algo de comer_ dijo su madre luego de ayudarla a sentarse a la mesa.

Kataryna negó con la cabeza.

_No tengo hambre _ respondió.

_ Debes comer para reponerte rápidamente, tu esposo te necesita.

Los ojos de Kataryna atravesaron a su madre. La miró con expresión sombría y su madre observó las oscuras ojeras de fatiga y desazón que le rodeaban los ojos. Pero no pudo percibir las lóbregas y nebulosas profundidades de sus pensamientos.

_ Igor está tan dolido que no pudo ir al entierro_ se explicó su madre.

La joven acogió aquella afirmación con cierto escepticismo, quiso protestar, pero se quedó callada. No pensaba discutir con su madre al respecto. No serviría de nada, para todos los que los conocían, Igor era el mejor esposo del mundo.

_ Ya llegará el momento correcto cuando tengas que ser madre_ le dijo Anastasia mientras le acariciaba la espalda tratando de relajar la tensión que la muchacha estaba viviendo.

Kataryna asintió, no deseaba seguir hablando al respecto, necesitaba descansar y sanar sus heridas, de lo contrario sabía que se desmoronaría y si lo hacía no podría seguir adelante.

_Como alguien dijo alguna vez: “Existir es sobrevivir a elecciones injustas de la naturaleza” _ agregó su madre.

Kataryna volvió a asentir sin decir palabra alguna.

Cuando al fin su madre la dejó sola, deslizó los pies lentamente rumbo a su habitación. Se sentó al borde de la cama y se quitó los zapatos lentamente. Se incorporó, retiró la manta de la cama y se tendió sobre ella. Se tapó con la manta descuidadamente y cerró los ojos. Por un instante, volvió a desear estar muerta, unas lágrimas descendieron por su mejilla. Se las enjugó con el dorso de su mano, suspiró pesadamente un par de veces y pensó que a pesar de haber perdido a su bebé no era el fin del mundo, ni ella era la única mujer que había pasado por algo semejante. La vida seguía y ella tendría que intentar sobreponerse a ello.

Oyó un ruido en la puerta de la casa. Luego pasos vacilantes que se acercaban a la habitación. Supo de inmediato quien era. Kataryna se puso en alerta, todo su cuerpo se tensó de inmediato. Esperó inquieta con un remolino de emociones encontradas. La puerta se abrió lentamente, la joven le dirigió una mirada fulminante al hombre que entraba a la habitación en un estado lamentable, estaba completamente ebrio. Igor dijo algo que fue totalmente ininteligible para Kataryna. El joven caminó dando tumbos hacia la cama y la muchacha se levantó de inmediato. Igor trastabilló con su propio pie y cayó en el medio de la cama. Trató de levantarse, pero le fue imposible, segundos después se quedó profundamente dormido.

Kataryna suspiró pesadamente y una oleada de tristeza la volvió a invadir, sus ojos se llenaron de lágrimas y volvieron a inundarle las mejillas mientras se dirigía a la cocina. Suspiró derrotada. Se preguntó como haría para seguir viviendo al lado de un hombre a quien no amaba y que no la amaba a ella.

Igor evitó hostigar a su esposa durante un par de semanas, trató de mantenerse sobrio durante ese tiempo con poco éxito. Para suerte de Kataryna, el joven llegaba a la casa muy tarde y debido a su embriaguez se dormía rápidamente. Pero esto no duró mucho tiempo. Una noche llegó fastidiado, empujando los muebles y farfullando como un poseso. Kataryna se exaltó de inmediato al verlo en ese estado. Igor la tomó del brazo y la llevó a la habitación a la fuerza.

_ ¡Suéltame me lastimas! _ gimió asustada.

_Has estado evitándome y quiero que cumplas con tu obligación de esposa en este instante_ dijo con voz medio borracha.

El corazón de Kataryna amenazaba con salírsele por la boca, estaba asustada, temerosa de lo que Igor pudiera hacerle.

_ Tiéndete en la cama_ dijo él mientras se desabrochaba el pantalón.

Kataryna obedeció con los ojos llenos de lágrimas de consternación. Igor se tendió sobre ella y la besó en la boca con una fuerza paralizadora. La joven dejó de respirar contando los segundos para que él se alejara. Pronto lo hizo, solo para levantar la falda de su esposa y obligarla a abrir las piernas con su rodilla.

_ No te resistas, eres mi esposa_ dijo él en su oído con la voz llena de lujuria que a Kataryna le pareció terriblemente desagradable.

Trató de permanecer quieta para que él terminara rápidamente. Igor la penetró sin delicadeza y ella emitió un gemido profundo de dolor que él confundió por placer. Esto le excitó sobre manera y la poseyó como un animal furioso. Poco después, Igor hundía su rostro en los cabellos de Kataryna con un gruñido sonoro. La muchacha solo atinó a alejarse del rostro de su esposo. Pronto, Igor la dejó libre y se tendió de espaldas en la cama. No dijo palabra alguna. Pronto se quedó dormido.

CASA 110

EL HOSPITAL (Parte 1)

I

Era la primera semana de guardia de Melinda, su turno empezaba a las doce de la noche y se extendía hasta las siete de la mañana. El fin de semana había estado lleno de altibajos. Por un lado, se había acercado a Alejandro, no de la forma en que a ella le hubiese gustado, pero lo consideraba un amigo. Por otro lado, creía que Laura estaba enamorada de él, a pesar de las reiteradas negaciones de la psicóloga. Suspiró resignada, no sucedería nada entre ella y Alejandro, pero no importaba, de todas maneras, apenas lo estaba conociendo, le importaba mucho más conservar la amistad de Laura. Ya llegaría el momento en que la psicóloga aceptara la realidad, pensó.

Ingresó en la sala de emergencias del hospital. Todo a su alrededor era viejo y algo desvencijado, pero aún servía para cumplir con su propósito, hasta que la situación mejorara y se pudiera renovar los equipos. Conversó con la enfermera que dejaba el turno. Todo había estado muy tranquilo durante la primera parte de la noche. Cuando su colega se despidió, Melinda recorrió la sala revisando la presión de la bomba de oxígeno, arregló las sábanas de la camilla a pesar de estar correctamente tendidas. Quería mantenerse ocupada en alguna cosa para que el sueño no la venciera. Pronto, el médico de guardia hizo su aparición, se saludaron y el hombre se dirigió a la zona de consultorios para leer uno de los enormes volúmenes que tenía en su oficina. Melinda volvió a suspirar, se había vuelto a quedar sola y no sabía en que entretenerse. Recordó que una de sus compañeras de trabajo, había mencionado que el segundo piso del hospital estaba decorado con antiguos murales. En la segunda planta se encontraba el área de pediatría. Decidió que era hora de echar un vistazo ya que no había tenido tiempo de hacerlo durante las dos primeras semanas de trabajo. Si alguien la necesitaba, tocaría el timbre en emergencias.

Se dirigió sin prisa por el largo y oscuro pasillo, tenían las luces apagadas para ahorrar energía, solo una que otra bombilla iluminaba con su luz mortecina el estrecho pasaje. Mientras caminaba, oía retumbar sus pisadas en el aire. Vio al médico sentado en su escritorio absorto en la lectura, entonces se dirigió a la derecha. Antes de llegar al final del pasillo, encontró la escalera que la llevaría al segundo piso. Quiso encender las luces, pero los fluorescentes parpadearon un par de veces y luego se apagaron, como si fueran luciérnagas a las que alguien les dio un manotazo. Suspiró frustrada, pero recordó que alguien le había mencionado, que en el segundo piso había unas luces de emergencia que funcionaban con energía solar. Algo moderno en este cacharro viejo, pensó. Subió las gradas despacio, casi a tientas, sujetándose con fuerza de la barandilla. Después de la vigésima grada, su pie derecho se topó con la grada siguiente, trastabilló, pero mantuvo el equilibrio. La escalera no seguía de frente, sino que cambia de dirección hacia la izquierda. Siguió subiendo mientras proseguía a través de la negrura de la noche. El aire se sentía mucho más frío de repente, como si alguien hubiese olvidado cerrar alguna ventana.

Pronto, estuvo en el segundo nivel, dirigió su atención entonces a su derecha intentando hallar las luces de emergencia. Sus pupilas se habían dilatado para tratar de enfocar algún objeto en la oscuridad. Encontró la pared y tanteó en ella hasta que su mano golpeó contra algo que la enfermera pensó eran las luces de emergencia. Buscó el interruptor por algún tiempo que le pareció una eternidad, al fin lo halló y encendió las luces. Pronto dos focos iluminaban el segundo piso y el rostro algo cansado de la enfermera, no era mucho, pero le permitía ver el primer mural con bastante nitidez.

Se dirigió hacia él y lo observó desde cierta distancia, desde donde podía apreciar la obra. El mural, retrataba la vida minera en La Oroya, y tal vez de cualquier otro pueblo minero enclavado en la sierra. A la derecha pudo observar lo que parecía ser una familia. El padre, un trabajador minero, la madre y el hijo. Detrás del padre pudo notar barras de lo que parecía ser plata, al igual que piedras preciosas. En otro rincón había un par de manos sosteniendo minerales o tal vez piedras preciosas, no supo identificarlas con precisión. En la parte izquierda, se retrataban a cuatro mineros dentro de lo que parecía ser una mina subterránea, utilizaban cascos y linternas, pero solo llevaban pantalones, y sus torsos estaban desnudos. Dos de ellos, tenían en la mano perforadoras neumáticas. Lo que a Melinda le llamó mucho la atención fueron los ojos y las miradas de aquellos hombres, todos ellos tenían los ojos tristes y brillantes, la mirada algo desorientada o tal vez consternada y sombría. Era la mirada de la desesperanza y la resignación. Los rasgos eran bien característicos, ojos pequeños, nariz aguileña, tes curtida por el sol inclemente de la sierra, el cuerpo musculoso debido tal vez, al trabajo físico extenuante que realizaban. Observó la firma del artista. Carlos Díaz decía con una caligrafía que a la enfermera le pareció la de un médico por lo poco legible.

Dio unos pasos más internándose de nuevo en la oscuridad. Intentó encender las luces, esta vez lo consiguió, pero se encontraban teatralmente dispuestas sobre el segundo mural, emitían su resplandor sobre toda la pieza, confiriéndole una sensación fantasmal. Esta vez la pieza artística emulaba al hombre perfecto de da Vinci, El Hombre de Vitruvio. Fue Leonardo quien realizó el dibujo a tinta y pluma de las dimensiones del hombre perfecto de Vitruvio con ciertas correcciones personales. El hombre de aquel mural se encontraba a más de once mil kilómetros de distancia y más de 530 años en el futuro del dibujo original. Melinda observó los brazos y piernas extendidas de aquel hombre, parecía que hubiese estado ejercitando. La firma en la obra de arte era la misma que la del primer mural.

Caminó internándose un poco más en el frío pasillo y allí halló el tercer mural, esta vez, se trataba de escenas médicas, en el centro habían pintado el interior de un cuerpo humano, los huesos, músculos, arterias, los pulmones, el sistema digestivo y el cerebro. A Melinda le pareció algo macabro, más aún en aquella noche gélida y oscura. A un lado se podía observar a un bebé en estado de gestación y una madre que sostenía a su pequeña niña mientras una enfermera le administraba lo que parecía ser una vacuna. En la parte inferior derecha, se observaba un microscopio y algunas bacterias en dos capsulas de Petri. En el lado izquierdo, se podía apreciar a varios médicos durante una cirugía. Melinda pensó que uno de ellos tenía una expresión de miedo que no necesitaba de traducción.

Recordó que había otro mural en el área de pediatría frente a los dos primeros. Se dirigió al lugar, sabía que aquel sitio no funcionaba hacía más de veinte años. Se acercó a la puerta y trató de abrirla, pero no pudo. Al principio pensó que estaba cerrada con llave, pero al girar la cerradura se percató que estaba trabada. Los años sin uso la habían oxidado. Trató de abrirla un par de veces más sin éxito. Observó a través de los vidrios de la puerta y vio el mural al fondo del cuarto. Volvió a zarandear la puerta y cogió el viejo tirador de hierro con una mano y el picaporte con la otra. Giró el pomo y jaló del tirador, la cerradura cedió y la puerta se abrió. Ingresó despacio a la gran sala en donde incontables niños pasaron la noche hace mucho tiempo atrás. El mural se hallaba a solo unos metros de distancia, trató de encender las luces, pero esta vez no consiguió su objetivo. Los fluorescentes habían cumplido con su tiempo de vida útil hacía décadas. Pero la tenue luz de los focos de emergencia ingresaba por la puerta y pudo observar algo del mural. Esta vez se trataba de dibujos infantiles de Disney:  Mickey Mouse, Pluto y Tribilín con grandes sonrisas y ojos alegres. Estos personajes alguna vez hicieron la estancia de los niños internados más grata, pensó la enfermera con una media sonrisa en sus labios. Se acercó para leer la firma en el mural, Apolonio, pudo leer en el costado inferior derecho del mural.

Mientras seguía concentrada en los personajes infantiles percibió una corriente helada en su cuello que la hizo estremecerse. Con el rabillo del ojo, pensó ver una figura que se movió muy cerca a sus espaldas. Volteó de inmediato, no vio nada, pero volvió a sentir aquella corriente fría en su nuca. Oyó voces apagadas en el fondo de la sala, su corazón dio un vuelco, era una sensación algo fantasmal. Pero luego de pensarlo un poco creyó que eran imaginaciones suyas. Salió de la sala de pediatría de prisa y cerró la puerta de inmediato. Apagó las luces que tenía encendidas en el pasillo y bajó la escalera. Ya había saciado su curiosidad, pero había algo allá arriba que no le daba buena espina y prefirió trapear el piso si era necesario para mantenerse ocupada el resto de la noche.

Historias Entrelazadas

San Lorenzo Paraguay, setiembre de 1955.

I

Kataryna se acercó a la ventana, en su rostro se dibujaba una expresión de indiscutible abatimiento, incertidumbre y resignación que se amalgamaba con la lentitud de sus pasos. Observó la profundidad de la sosegada noche, el cielo estaba totalmente despejado, las estrellas con su brillo blanco se veían en todas partes. La cara perfecta de la brillante y redondeada luna se levantaba cercana al cenit. Resplandecía vívida y misteriosa sobre las copas de los árboles vecinos que acunados por el viento desencadenaban suaves murmullos.

Respiró pesadamente y su aliento empañó el cristal. Tomó aire mientras cerraba los ojos, sus suaves facciones estaban difuminadas y pálidas bajo la luz de las velas, sus labios le temblaban suavemente. Cuando abrió de nuevo los ojos exhaló con lentitud el aire que había retenido en sus pulmones.

Oyó que alguien llamaba a la puerta. Giró sobre sus talones y tomó la pañoleta que estaba junto a la cómoda con manos trémulas, y antes de cubrirse la cabeza con ella, un nudo se le formó en la garganta y sus ojos se anegaron de lágrimas. Suspiró profundamente, y se llevó una mano a la boca tratando de ahogar el llanto. No podía dejarse llevar por la angustia en ese momento. Un segundo golpe hizo que se pusiera en movimiento.

 Abrió la puerta después de vacilar por unos segundos, se sentía cansada y atemorizada. La mirada bondadosa del hombre de blanca y frondosa barba, y largos cabellos que se encontraba al otro lado de la puerta, la serenó. Llevaba una rasa[1] azul, un kamelaukion[2] negro, acompañado por un epanókamelaukion[3]. De su cuello colgaba un peritrakhelion[4] amarillo. Entre sus manos sostenía un pequeño crucifijo. Antes de dejar que el hombre ingresara a la casa, inclinó la cabeza en señal de respeto. Cerró la puerta y le indicó el camino con un ademán de su mano. Siguió al Pope[5] por el estrecho pasillo en penumbras, solo las luces de un par de velas sobre la mesa del comedor iluminaban tenuemente la estancia con un gotear persistente de la cera derretida. Los ecos de sus pasos retumbaron graves en las paredes de la pequeña casa, como si presagiaran la llegada ineludible de la muerte.

El hombre se paró en el umbral de la puerta por unos segundos antes de ingresar a la habitación en donde el enfermo agonizaba. La habitación no era muy espaciosa, ni mucho menos acogedora. Contenía una cómoda, un estante repleto de libros, un par de rusticas sillas de madera labrada, una mesa que hacía las veces de escritorio y en donde la luz de una lámpara a keroseno iluminaba la cama en donde yacía el enfermo. Un majestuoso cobre labrado se hallaba en el centro del mueble y destacaba no solo por su anacronismo sino también por su exquisitez y esplendor.

  El rostro pálido y cadavérico, casi sin vida del enfermo intentó esbozar una sonrisa.  El sacerdote se sentó en una de las viejas silla junto a la cama del moribundo. Sostuvo su mano, se inclinó despacio, aproximándose a su oído y cerró los ojos. En seguida se oyó la voz susurrante del hombre, movía los labios en lo que cualquiera supondría una plegaria.

Kataryna volteó sobre sus talones despacio y los dejó solos. Era un momento íntimo y privado. Había sido difícil para ella convencerlo de que aceptara que el Pope le diera la extremaunción. Las profundas convicciones personales y filosóficas del enfermo eran antagónicas a las creencias religiosas de la mujer, pero de algún modo habían cultivado la tolerancia y el respeto mutuos.  

Se alejó sin hacer ruido y se refugió en la cocina. Recorrió la estancia con ojos afligidos. Sintió que se le formaba otro nudo en la garganta, las lágrimas la amenazaban con echarse a rodar por sus mejillas. Suspiró pesadamente, se sentía abrumada, desgastada y con una creciente angustiada. Encendió la cocina a leñas y puso un poco de agua a hervir. Se preparó una taza de café y se sentó frente a la desvencijada mesa de la cocina que también hacía las veces de comedor. Tomó un sorbo del café y se obligó a tragar. Volvió a recorrer la estancia con la mirada, no llevaba mucho tiempo viviendo en aquella casa, pero guardaba gratos recuerdos de ella.

Situó los codos sobre la mesa y hundió su rostro entre sus palmas abiertas, se sentía pesarosa y bastante asustada. El nudo en su garganta era cada vez más fuerte, y ahora se le había sumado una opresión en el pecho. Empezó a sollozar, sus lágrimas cayeron lentas, tibias y punzantes.

El sonido de unos pasos la regresó a la realidad, se secó precipitadamente las mejillas con el dorso de sus manos. Levantó la mirada y se encontró con el religioso quien la observaba con una mirada indulgente. Se puso de pie con movimientos lentos, estaba tan cansada física y emocionalmente por lo que cualquier movimiento requería de un gran esfuerzo. El hombre descansó su mano sobre el hombro de Kataryna reconfortándola.

_Llámeme cuando llegue el momento_ dijo.

Kataryna asintió y lo acompañó a la puerta. Lo vio desaparecer al amparo de la densa cortina de oscuridad de aquella fresca noche de primavera. Cerró la puerta poco después. Suspiró cansinamente recostando la espalda contra la puerta. Se quedó allí por un momento sumida, abatida por la tristeza y la incertidumbre de lo que le depararía el futuro.

Pronto, desamarró la pañoleta dejándola sobre la mesa. Fue hasta la habitación que ocupaba el enfermo. Se detuvo frente a su lecho y lo observó. Bajo la luz mortecina de las velas su rostro enjuto se veía demacrado, casi fantasmal. Su frente, más alta de lo normal, sus mejillas consumidas llenas de arrugas. Tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos, su respiración era superficial y dificultosa, un resuello acompañaba cada una de sus expiraciones. La cicatriz en su rostro, la que lo había acompañado gran parte de su vida parecía ahora una profunda grieta en la arrugada piel. Los dedos largos y esqueléticos de sus manos rugosas, semejantes a garfios se veían retorcidos y de una mortal y alabastrina blancura. El anillo que llevaba como inveterada costumbre por más de cuatro décadas, amenazaba con deslizarse de su dedo anular derecho. Con la mano izquierda sostenía un relicario que colgaba de su cuello.

 Kataryna recordó el día en que lo conoció: su sonrisa seductora; la soltura de sus movimientos; sus modales suaves y caballerosos, sus ojos azules brillantes e inteligentes. Ahora solo quedaba un esquelético cuerpo, con la piel amarillenta y apergaminada en el que apenas podía reconocer al hombre del que se había enamorado.

_ ¿Alexander? _ lo llamó con voz vacilante.

El enfermo no abrió los ojos. Sus párpados estaban inflamados y morados. Por debajo, la piel estaba más oscura, casi negra.

Karatyna se acercó a él y pudo notar que tenía sangre en la comisura de sus arrugados labios. Tomó un paño y lo humedeció con el agua de un cántaro de barro que se encontraba en un rincón de la habitación. Se sentó en la cama al lado del enfermo. Despacio, limpió la sangre de los labios de su compañero. Cuando terminó, el enfermo abrió los ojos, gemelas cuevas de azul profundo. Sus labios agrietados intentaron articular algunas palabras.

_Kataryna ¿eres tú? _ preguntó con voz trémula.

_Sí, soy yo.

_Me duele mucho, me cuesta respirar.

Kataryna tomó una de las manos del enfermo entre las suyas, la tenía fría y le temblaba levemente. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no podía llorar, tenía que ser fuerte.

_Ya no falta mucho_ dijo ella_ sé que estás sufriendo, pero ya no falta mucho.

Intentó hablar sin que su voz se quebrara, pero era una tarea muy difícil.

Alexander intentó sonreír.

_Quiero que sepas una cosa_ dijo el enfermo mientras clavaba sus cansados y adoloridos ojos en Kataryna.

Ella esperó a que él continuara.

_ No necesitas rezar por mi alma, no pienso regresar por las noches a tirar de tu pie.

Karatyna no pudo evitar echarse a reír a pesar de la dolorosa situación. Eso hizo sonreír a Alexander.

Enseguida, se puso serio. Inhaló profundamente y tuvo un acceso de tos. Karatyna trató de calmarlo. Acomodó su almohada y lo ayudó a incorporarse.

_Sé que no he sido el hombre que hubieses querido, sé que no te hice feliz, pero te quise, te quise a mi manera_ dijo animado por una última llama de energía.

“Tal vez me hayas querido” _ pensó_” pero nunca lograste amarme” El nudo en el pecho se hizo más fuerte, pero no tenía derecho a echarse a llorar. Siempre lo había sabido, desde el primer día supo que él nunca podría amarla. Pero aun así dolía confirmarlo después de tantos años juntos. Lo besó en la frente. El nudo en el pecho le impedía decir palabra. Además, que se suponía que debía responder a aquello.

Alexander cerró los ojos inyectados en sangre y su aliento agonizante se hizo más lento y pausado, su cuerpo cansado y abatido empezaba a apagarse.

Fue como si su mente se despegara de su agotado y estropeado cuerpo y empezara a volar a una velocidad increíble. A su alrededor se sucedían imágenes de su vida como si a una cinta de video le hubieran pulsado el botón de rebobinado. La cinta se detuvo de pronto en la imagen de una mujer de largos cabellos cobrizos, ojos verdes y la sonrisa más maravillosa que él hubiera visto jamás. Aquella sonrisa que siempre amó y que había extrañado infinitamente.

 Siempre había creído que el paraíso después de la muerte en el que creían sus padres y sus antepasados no existía, sino que el paraíso lo encontraría en algún momento de su vida, después de largas luchas e interminables vicisitudes. Pero ahora, a solo momentos de que su azarosa vida concluyera ya no estaba tan seguro de ello. Tal vez el paraíso se hallaba al final de la vida después de todo, allí junto a la mujer de cabellos cobrizos, tan bella y joven como cuando la había conocido.

_Todo está bien_ dijo Kataryna con la voz entrecortada, mientras le acariciaba las manos_ Déjate llevar, todo está bien_ repitió.

_ ¡Tati! _ dijo él en un último esfuerzo.

Kataryna lo oyó exhalar débiles gemidos como si la vida se le estuviera escapando lentamente. El nudo en su pecho se hizo insoportable. Aunque siempre lo supo, le dolió comprobar que Alexander al fin hallaba lo que había buscado más de la mitad de su vida.

La mujer de cabellos cobrizos abrazó el maltrecho cuerpo del enfermo acunándolo en sus últimos momentos.

 De pronto los quejidos se detuvieron por completo y Kataryna pudo oír la última exhalación de Alexander.


[1] Rasa: Vestido amplio y de mangas largas, parecido a una toga, utilizado por los clérigos ortodoxos.

[2] Kamelaukion: Especie de tocado generalmente negro de forma cilíndrica. Puede ser de seda o terciopelo.

[3] Epanókamelaukion: Velo negro, muy liviano, que se sujeta al kamelaukion y que cubre la nuca, cayendo sobre la espalda.

[4] Peritrakhelion: Estola del sacerdote.

[5] Pope: religioso de la iglesia ortodoxa rusa.

CASA 110 (Melinda tercera parte)

IV

Cuando Melinda y Laura se encontraron de nuevo. La enfermera no tardó en hablar de Alejandro.

_ ¡Vaya que si es guapo y muy caballeroso! _ dijo ella.

_Parece que te gustó_ dijo Laura tratando de demostrar que el comentario de Melinda le parecía anodino sin mucho éxito.

_ Mucho_ respondió la enfermera_ pero necesito saber si en verdad no estás interesa en él, porque no deseo meterme donde no me llaman y tener problemas contigo.

_Ya te lo dije, no hay nada entre nosotros_ dijo la psicóloga poniendo los ojos en blanco.

_ Eso ya lo sé, no te pregunté eso, quiero saber si no sientes nada por él_ dijo Melinda.

_ Ya te he dicho que no_ respondió Laura en un tono de fastidio.

_ Lo siento no quise molestarte_ dijo Melinda encogiéndose de hombros y levantando las manos en gesto de rendición.

Laura sonrió lo mejor que pudo, no quería que su amiga pensara que albergaba sentimientos profundos por Alejandro.

_ No lo haces, pero me molesta un poco que pienses que no te digo la verdad_ dijo ella.

_ Está bien, ya no insistiré, pero quiero que sepas que pienso acercarme a él_ dijo Melinda.

_ Bien por ti_ contestó Laura, pero una punzada inexplicable de celos la corroía por dentro.

V

Aquella mañana de sábado, terminó al fin de arreglar el jardín, decidió subir las gradas que la separaban de la calle para admirarlo desde arriba. Apenas terminó de subirlas, vio a Alejandro con un ramo de flores tocando a la puerta de Melinda. La sonrisa que tenía en ese momento se evaporó. El corazón se le aceleró, no precisamente porque veía algo que le agradara. Dejó escapar un profundo suspiro de frustración, cuando vio que la puerta se abría y Melinda rodeaba el cuello del abogado, besándolo en la mejilla. Ingresaron de inmediato y Melinda cerró la puerta. Laura sintió un cúmulo de sensaciones que no entendía, celos, tristeza, incomodidad. Se encontraba desconcertada por las emociones que sentía. El rostro se le nubló, pensó que no necesitaba haber presenciado aquella escena. Bajó apresurada los escalones sin mirar atrás, se quedó en el jardín unos minutos más tratando de recordarse a sí misma que ella los había presentado y había alentado de cierta forma a Melinda. Marchó despacio en dirección a su casa y se metió en ella. Pensó que Alejandro nunca le había llevado flores y que nunca había dejado de ir a verla un sábado por la mañana. Bueno siempre hay una primera vez para todo, pensó y al parecer aquel sería el primer sábado que no se verían.

Se sentía algo abrumada por los sentimientos que había experimentado durante todo el día, decidió que lo mejor sería acostase temprano esa noche, cuando oyó un par de golpes en su puerta. Caminó despacio, arrastrando las piernas, cuando abrió, se encontró con Alejandro quien tenía dibujado en el rostro una amplia sonrisa. Laura le devolvió un asomo de sonrisa. El frío era intenso afuera pero aun así no lo invitó a pasar. A Alejandro no le pasó aquel echo inadvertido.

_Espero no molestarte_ dijo_ pero no pude venir a verte esta mañana.

_No necesitas venir a verme, no soy una lisiada o una inválida_ contestó ella, pero de inmediato se arrepintió de lo que había dicho, sonó a una mujer amargada y dolida.

Alejandro frunció el ceño de inmediato, no era normal en ella actuar de esa forma, siempre lo había recibido de buen agrado.

_No es por eso por lo que vengo a verte_ dijo con cautela_ me gusta pasar tiempo contigo y quiero saber cómo estas_ dijo él.

Laura guardó silencio unos segundos. No quería decir algo más que demostrara lo que sentía. Alejandro seguía parado en el umbral de la puerta, Laura aún no le había pedido que pasara.

_Lo siento_ dijo poco después desviando la mirada a sus zapatos. _ No quise ser descortés contigo.

_ No me importa que seas descortés, quiero saber si estas bien_ dijo él algo preocupado.

_ Estoy bien, lo que sucede es que no siempre me vas a encontrar de buen humor, tengo mal carácter, tal vez estés conociendo ese lado de mí, que aún no conocías_ dijo sin mirarlo a los ojos.

_ No pude pasar antes porque Melinda me invitó a almorzar, pensé encontrarte allí_ se explicó.

_No tienes obligación de venir a verme, y no al parecer la invitación era solo para ti_ dijo ella con una sonrisa que a Alejandro le pareció algo triste. _ No tienes porque a darme explicaciones de con quien sales_ agregó.

_Laura_ dijo él y ella levantó la mirada.

Alejandro creyó captar cierta vulnerabilidad en sus ojos verdes. Pero pensó que se imaginaba cosas. Ella trató de contemplarlo con calma.

_ ¿Puedo pasar? _ preguntó el abogado.

Laura pareció reaccionar y se hizo a un lado para que él entrara, pero no lo invitó a sentarse. Alejandro siguió de pie después de que ella cerrara la puerta.

_ ¿Estás molesta conmigo? _ preguntó él observándola con atención.

Laura trató de sonreír para que él no advirtiera lo mucho que le afectaba su relación con Melinda.

_No, ¿Por qué debería estarlo? _ preguntó ella.

_No sé, te siento extraña. Sí es porque no vine a verte antes…

No lo dejó terminar, de inmediato se puso en guardia.

_No tienes porque venir cada sábado a las diez de la mañana_ dijo ella de inmediato_ no tienes ninguna obligación conmigo.

_No se trata de obligaciones, venir a verte se ha vuelto como nuestra tradición de cada sábado.

_Entiendo que no quieras ir a tu casa los fines de semana, sé que tratas de evitar a tu padre, pero eso no aplica a alguna novia que puedas tener_ dijo ella y al terminar se percató que su corazón se estrujaba de dolor tan solo de pensar que Alejandro podía tener una novia.

_Melinda ciertamente no es mi novia_ dijo él de inmediato_ pero es la persona más encantadora y magnética que he conocido.

Laura le dedicó la sonrisa más dulce y triste que él le haya visto.

_ Ciertamente lo es_ aseveró, recordando que aquel magnetismo encandilaba a la mayoría de los hombres, y al parecer, Alejandro formaba parte de la larga lista.

_No es lo que piensas_ quiso explicarse.

_ No tienes que darme explicaciones_ contestó ella.

_No son explicaciones, pienso que somos amigos y quisiera contarte lo que pasa.

_ Somos amigos_ dijo ella_ pero no quisiera tener que tomar partido por ninguno de ustedes dos.

_ No tienes que tomar partido por ninguno.

_Tampoco quiero saber las intimidades que existen entre ustedes.

Alejandro suspiró, tenía las manos metidas en los bolsillos traseros de su pantalón. Parecía un adolescente descubierto en algo indebido. No supo que más decir, era como si ella levantara una barrera a su alrededor, para no dejarlo entrar.

_Será mejor que te deje descansar_ dijo él y le dio un beso en la mejilla antes de salir de la casa. Ella no dijo nada, dejó que se fuera, lo observó a través de la ventana hasta que se metió a su casa.

VI

El domingo, se encontraron los tres en casa de Alejandro, esta vez él hacía de anfitrión. Laura comenzó a pensar que había sido mala idea la acordar almorzar los tres los domingos, se sentía bastante incómoda y fuera de lugar frente al abogado y la enfermera. Ambos, intercambiaban miradas y sonrisas cómplices.  Con mucha dificultad, Laura estaba logrando mantener un delicado equilibrio con suma elegancia.

A penas terminaron de comer, buscó una excusa para salir de la casa de Alejandro. El abogado se sentía consternado, sabía que algo no andaba bien con ella y no sabía muy bien que era. Quiso hablarlo con Melinda, pensando que tal vez ella supiera algo más al respecto, pero prefirió no agrandar las cosas, tal vez se estaba imaginado algo que no existía. Pero Melinda también lo había notado y creía saber que era lo que sucedía con su amiga. Decidió que luego de dejar la casa de Alejandro iría a verla.

Pocos minutos después de las cinco de la tarde, se despidió del abogado y enfiló el camino de entrada a la casa de Laura. Cuando la psicóloga abrió la puerta, Melinda notó con suma claridad que su presencia no era bienvenida. A pesar de ello, decidió tomar el toro por las astas.

_Quisiera hablar unos minutos contigo_ dijo.

_Estoy con mucho trabajo que debo terminar para mañana_ mintió.

_ Solo serán unos minutos_ insistió la enfermera.

A Laura no le quedó más remedio que dejarla pasar. Melinda se sentó en el sofá de la sala y Laura tuvo que hacer lo mismo.

_Laura, sé que ya te pregunté esto varias veces, pero ¿sientes algo más por Alejandro?

La psicóloga habló con voz frustrada y vehemente levantando las manos extendidas.

_ ¡Te dije muchas veces que no siento nada por él!

_Puedes repetirlo las veces que quieras, pero eso no significa que sea cierto_ dijo Melinda.

_La verdad no entiendo porque haces esto_ dijo Laura _ no necesitas de mi permiso para que te revuelques con él si eso es lo que quieres.

Melinda no se molestó por la elección de palabras de Laura, sabía que había algo raro en ella, y creía saber que era.

_Estás enamorada de él_ dijo.

Laura abrió sus hermosos ojos como platos, no se esperaba que Melinda fuera tan directa. Se levantó del sofá sacudiendo la cabeza, pero no dijo nada. No necesitó decirlo, lo llevaba escrito en la cara. Levantó las manos en gesto de rendición, pero no lo negó. Le dio la espalda a su amiga y masculló algo entre dientes que Melinda no pudo entender.

_Laura por nuestra paz mental, voy a dejar de ver a Alejandro, y ya no voy a asistir a los almuerzos de los domingos_ dijo.

Laura giró sobre sus talones y la miró tratando de demostrar indiferencia.

_Por mi ni te preocupes, puedes hacer lo que quieras con él_ dijo.

Melinda advirtió recelo en su tono de voz.

_Laura, te quiero mucho, fuiste mi mejor amiga, y creo que aún lo eres. Pero debo decirte que, aunque no lo quieras aceptar, estás enamorada de Alejandro. No estoy diciendo que se lo digas, pero creo que debes aceptar la realidad.

_ ¿Me estas analizando? Se supone que la psicóloga soy yo_ dijo.

Melinda efectuó un desconcertado encogimiento de hombros.

_Solo digo que será más fácil cuando aceptes la situación.

_Mira, por mi no te hagas problemas, puedes salir con Alejandro, él no me pertenece_ dijo.

_La verdad, él solo tienes ojos para ti, ayer se pasó hablando de ti durante todo el almuerzo. No pude hacer que me prestara la menor atención.

_ No digas tonterías_ contestó Laura a la defensiva.

_Ya no voy a decir más, está claro que cuando uno no quiere ver lo que tiene enfrente no lo hará de ninguna manera. Solo vine a decirte que no pienso seguir inmiscuyéndome entre ustedes dos.

Se levantó del sofá, se acercó a Laura, la abrazó y salió de la casa, dejando a la psicóloga sumida en un sinfín de pensamientos.

Historias Entrelazadas (Kataryna)

Kiev, República Socialista Ucraniana, julio de 1923.

I

Anastasia observó una vez más el hermoso vestido de novia que había confeccionado para Kataryna, suspiró satisfecha. Trabajó en él, todas las noches por casi un año entero. El vestido de lino bordado era una de las cosas más importantes para una novia ucraniana, ya que simbolizaba las características culturales de cada región y desde luego, no podía faltar en la boda de su hija.

El vyshyvanka o vestido, debía estar ricamente adornado, ser bastante colorido y estar muy bien decorado.

 La tela del vyshvanka que usaría Kataryna, estaba bordada con diferentes patrones y adornos. En lugar de velo, la novia llevaría una corona de flores en la cabeza, que también la confeccionó su madre.

Según las costumbres ortodoxas, el vestido debía llevar el cuello alto, demostrando de esta forma la modestia de la novia, pero al mismo tiempo se tenía la arraigada creencia de que los adornos del vestido podían indicar como sería la vida de la nueva pareja, por lo que Anastasia bordó en el vestido de su hija, amapolas, que simbolizaban la belleza y la juventud, al igual que la conexión entre las generaciones de la familia. Bordó, además, lirios blancos que simbolizaban la inocencia de la novia. También se encargó de que no faltaran sobre el vestido, uvas y hojas que representaban la próxima llegada de los vástagos de la nueva pareja. También se apreciaban hojas de roble que representaban la fortaleza del espíritu, que para Anastasia era uno de los dones más preciados en una mujer. Sin duda Kataryna tendría que utilizar esa fortaleza en más de una ocasión a lo largo de su vida.

El vestido se complementaba con un cinturón ancho de color rojo y unas botas negras.

Durante los meses que siguieron al accidentado encuentro con los lobos en el bosque, Kataryna fue aprendiendo a aceptar con tranquilidad y sosiego, la cercanía de Igor, sus visitas cada vez más frecuentes y los largos paseos por el bosque. Es más, aquella peligrosa situación la llevó a suponer con casi absoluta certidumbre que Igor terminaría consiguiendo de ella lo que se proponía. Si bien no tenían mucho en común, la joven había llegado a apreciar la paciente y persuasiva compañía de Igor, a pesar de que siempre sentía que la trataba con desdeñosa condescendencia. Cuando este creyó que había ganado un espacio en el corazón de la joven y decidió pedir su mano, Kataryna aceptó su destino con cierto estoicismo, que le pareció extraño y a la vez inevitable, pensando en todas aquellas veces en que lo había rechazado con tanto fervor solo contribuyeron a que su destino fuera invariablemente el mismo.

Por su parte, Igor llevaba meses en su papel de caballero perfecto y respetuoso. Utilizando sus mejores artes de seducción, no solo con la joven sino también con sus padres. Pero al fin estaba a muy poco de conseguir lo que tanto deseaba, aquella fijación histérica que había adquirido a causa de la joven había crecido como si de una bola de nieve que baja por una colina empinada se tratara. Haciéndose cada vez más grande, avasalladora y fuerte.

Kataryna se observaba en el espejo, bañada por las luces tenues de la mañana que ingresaban a través de la ventana de su cuarto. Se encontraba sumergida en un cúmulo de sensaciones contradictorias. Por un lado, atemorizada, intimidada y angustiada, pero, por otro lado, rebosante de esperanzas y emocionada en cierta forma.

Oyó a su madre del otro lado de la puerta. Giró sobre sus talones mientras le pedía que pasara. Anastasia llevaba el vestido entre sus manos y una deslumbrante sonrisa de felicidad. La joven le devolvió una leve sonrisa.

_Ya es hora_ dijo dejando el vestido sobre la cama de su hija.

Kataryna asintió y el pulso de le aceleró. Anastasia la notó algo huidiza y nerviosa, pero supuso que era la inquietud normal de cualquier joven que está a punto de contraer nupcias.

Anastasia ayudó a su hija a vestirse. La joven levantó los brazos y la madre deslizó el vestido a través del cuerpo de Kataryna. La joven se sentó en el borde de la cama y se calzó las botas lentamente. Poco después, se puso de pie y la madre le ciñó el cinturón y por último la peinó y situó la corona de flores sobre su cabeza.

Kataryna se acercó de nuevo al espejo y se observó con suma atención desde todos los ángulos. El vestido era hermoso. Apreciaba cada segundo que su madre había dedicado a confeccionarlo.

_ Gracias mama_ dijo con lágrimas en los ojos_ el vestido es hermoso.

Pero su madre pudo notar a todas luces que estaba asustada, ya que tenía los labios blancos y el rostro pálido, pero mantenía la compostura con mucha elegancia.

_Todo va a estar bien hija, una vez que estés en tu nueva casa todo irá bien_ dijo Anastasia restregando una mano en la espalda de la joven tratando de confortarla.

De repente, una profunda emoción inundó el alma de Kataryna y se dijo a si misma que en verdad todo estaría bien. Sintió que el corazón le latía desbocado en la garganta en lugar que en el pecho y que estaba a punto de estallarle. El color regresó a su rostro, sus mejillas tomaron un tono rosado delicioso y sus ojos brillaron. Abrazó a su madre y se dispuso a salir de la habitación con la frente en alto y la barbilla erguida. Su madre la tomó del brazo y ambas se dirigieron hacia la puerta de la casa mientras sus pasos sonaban rítmicamente por el pasillo de cemento.

Su padre sonrió al verla y la besó en ambas mejillas mientras le susurraba toda clases de frases de buena suerte. La joven suspiró un par de veces y salió de la casa paterna para adentrarse en la nueva vida que le esperaba.

Una muy emotiva ceremonia se celebró en la catedral de Santa Sofía como la familia de Igor había dispuesto. Los ojos de la joven transmitían timidez al igual que nerviosismo. Mientras que Igor permanecía con aire impasible. Pero cada vez se le hacía más difícil mantener su engañosa parsimonia. A medida que se desarrollaba la tradicional ceremonia, la muchacha se veía visiblemente inquieta. Igor la miraba fijamente con rostro casi inexpresivo mientras ella trataba de rehuir su penetrante mirada.

En los momentos en que la joven debía responder a alguna pregunta que el sacerdote le formulaba, respondía con una inquietante voz vacilante y susurrante.

Al finalizar la ceremonia, se oyó una entusiasta salva de aplausos para los recién casados. Los ahora esposos se trasladaron sobre hermosos caballos cuyas cabezas estaban adornadas con cintas de colores y en sus lomos llevaban mantas tejidas en diversas tonalidades. Los padres del novio encargaron expresamente los corceles desde Odessa.

Los invitados siguieron a los recién casados desplazándose en abanico como si fueran un batallón de hormigas listas para recolectar sus alimentos. La fiesta se celebraría en casa de la novia. En el patio frontal, se dispusieron largas mesas adornadas con coloridos manteles tejidos e infinidad de flores silvestres de estación. El día estaba templado, muy agradable, como la mayoría de los días de verano en Ucrania.

Anastasia y su familia fueron los encargaron de la preparación de los platos típicos para la boda. En el centro del patio, se podía observar una mesa con todas las especialidades, una de ellas era el pan ritual de bodas (Caravay), mucho más grande que el pan de centeno que se acostumbraba a comer en días no festivos. El caravay, se preparaba con el mejor trigo, y sobre la masa se dibujaban adornos. Otras de las especialidades era el Kulesh[1], plato a base de tocino. El tocino tenía una significancia especial en las tradiciones ucranianas. Tener tocino en las mesas significaba bienestar. Tampoco estuvo ausente el infaltable Borsch hecho con el mejor cerdo que consiguió la familia de Kataryna. Esta sopa típica de Ucrania preparada con remolacha y otras verduras como la papa, la zanahoria, el repollo, era indispensable en las mesas.

Entre las bebidas, se podía degustar el Kvas, una bebida muy suave, con bajo contenido alcohólico, elaborada con harina de centeno, un poco de pan de centeno (pan negro) y manzanas, a esta mezcla se la dejaba fermentar en agua. Desde luego, no faltaron el vodka, debida alcohólica que se produce por la fermentación de granos y otras plantas ricas en almidón, como el centeno, trigo, o papas.

Los novios ocuparon el centro de la larga mesa, rodeados primero de sus padres y luego se sus allegados. Igor llevaba impregnado en el rostro la soberbia y el orgullo tan característicos en él. Kataryna mantenía la mirada gacha, trataba de evitar la mirada de su esposo que no dejaba de beber con cada invitado que hacía algún brindis, mientras observaba a su ahora esposa con indulgencia.

_No te preocupes mucho_ le susurró su madre al oído_ es normal que los hombres beban mucho, en especial en el día de su matrimonio.

Kataryna asintió y trató de esbozar una sonrisa.

Los invitados comieron apetitosamente y disfrutaron de las bebidas. Cuando los jóvenes habían bebido lo suficiente para tomar valor, se iniciaron las danzas típicas de todas las celebraciones ucranianas. El conjunto musical contratado por Iván empezó a tocar el Hopak. Casi todos los jóvenes, incluido Igor que ya llevaba varias copas encima, se ordenaron en una línea frente al conjunto musical para demostrar sus habilidades acrobáticas. Cada uno de ellos quería demostrar que era el mejor, el más fuerte y con más coraje. Los participantes trataban de vencerse unos a otros, realizando difíciles trucos de baile.

Todas las mujeres y los hombres algo mayores para participar de la contienda observaban atentamente el desarrollo del baile. Igor se esforzaba en demostrar sus habilidades, haciendo las más complicadas piruetas, pero la mayoría de los jóvenes estaban a su altura y respondían con otras piruetas más intrincadas y difíciles. La naturaleza vanidosa y egocéntrica de Igor, no le permitía perder, por lo que la rabia y la frustración crecían dentro de él cada vez que alguno amigo suyo recibía más vítores y aplausos que él.

De tanto en tanto, echaba un fugaz vistazo a Kataryna tratando de entender la expresión de su rostro, pero de inmediato volvía su atención a la competencia.

Uno de los jóvenes, que resultó ser el hermano mayor de Igor, ejecutó un doble salto mortal, con una precisión increíble, digna de alguna competición olímpica y los asistentes lo ovacionaron de pie. Igor sintió que le robaban la atención de todos los invitados, no podía creer que alguien más le ganara en el día de su boda y menos su hermano. En lugar de felicitar a tan digno contendor, Igor arremetió contra él con un fuerte golpe de su hombro.

Los presentes quedaron paralizados por la sorpresa. Se hizo un silencio incómodo, mientras el afectado tomaba a Igor de su brazo izquierdo y lo arrastraba fuera de la pista de baile. Mantuvieron una acalorada discusión lejos de los oídos de los invitados. Igor hablaba con movimientos vehementes y aire agresivo, parecía aturdido y ofuscado. Mientras, Kataryna los observaba confundida y algo asustada por la reacción de su esposo.

_Son cosas de jóvenes_ explicó su padre.

_Creo que bebió demasiado_ dijo Kataryna con voz trémula.

_Nunca cuestiones a tu esposo_ le recordó su madre_ y menos en público.

Kataryna bajó la mirada y asintió en silencio.

Luego de interminables minutos, los hermanos regresaron junto a los invitados.

Declararon ganador al hermano del novio, que a pesar de los innumerables tragos de vodka que había bebido, así como a la exasperación de su hermano, pudo demostrar ser el mejor con los trucos de saltos y piruetas.

La pequeña orquesta, deleitó luego a los asistentes con sendas polkas y contra danzas que las parejas apreciaron y disfrutaron bailando hasta que la noche empezó a caer.

Los novios bailaron su primera pieza como recién casados bajo la atenta mirada de sus familiares, amigos y vecinos. Igor tomó a su ahora esposa entre sus brazos y lo primero que ella pudo notar fue el olor a alcohol en su aliento. Trató de desviar el rostro, pero pronto Igor hizo que se deslizaran alrededor de la improvisada pista con bastante soltura, lo cual produjo un efecto extraño en ella. Pensó que hacían una buena pareja de baile y que en realidad un hombre que bailaba tan bien no podía ser del todo insensible.

Levantó la mirada y encontró los ojos de su nuevo esposo, le sonrió levemente mientras le brillaban los ojos. Igor le devolvió una enigmática sonrisa mientras siguieron danzando hasta que la noche los envolvió en su manto tibio y las primeras estrellas aparecían en el firmamento coronado de una luna nueva blanca y brillante.

II

Igor esperaba impaciente a su nueva esposa sentado en el borde la cama que desde aquella noche compartiría con ella. Se pasaba la mano por el pelo en forma nerviosa e insistente. La había deseado por mucho tiempo y ya no estaba en condiciones de seguir esperando. Había fantaseado con hacerla suya de tantas formas que ya había perdido la cuenta.

Mientras tanto, en una habitación contigua, la joven asustada e inexperta, se sacaba el vestido de novia y la corona, dejando todo sobre una silla. Se vistió de inmediato con la ropa de cama blanca y vaporosa que usaría en su noche de bodas. Se soltó el pelo y lo cepilló despacio cien veces como le había enseñado su madre, para mantenerlo brillante y lustroso. Se observó en un espejo de mano que había sobre una cómoda y se vio con los ojos expectantes, brillantes e inseguros. Su madre no había sido de mucha ayuda, no era bien visto que madres e hijas discutieran ciertos detalles sobre relaciones íntimas, por lo que la muchacha no sabía que esperar al respecto. Solo deseaba que su esposo fuera tierno y paciente con ella.

Kataryna dejó el espejo sobre la cómoda y suspiró profundamente un par de veces tratando de que su acelerado corazón se relajase. Caminó despacio hacia la puerta y su mano derecha quedó suspendida en el aire antes de tomar el picaporte. Vaciló por unos segundos y luego abrió la puerta. Se quedó parada en el umbral mientras Igor se levantaba de un salto de la cama, como si un resorte lo impulsara.  Contempló a su esposa en todo su virginal esplendor, tenía los ojos brillantes, las mejillas sonrosadas y el pelo largo y rubio caía a ambos lados de sus hombros como una cortina de luz dorada. Llevaba los brazos cruzados sobre su pecho tratando de protegerse. La muchacha estaba asustada y algo inquieta, después de todo sería su noche de bodas, la primera vez que un hombre la tocara.

Igor le dedicó una leve sonrisa y le hizo un gesto con la mano para que ella se acercara. Kataryna vaciló por un momento y luego avanzó despacio al encuentro de su esposo. Seguía con los brazos sobre el pecho y evitaba mirar a Igor directamente a los ojos. Cuando estuvo frente a él se detuvo y esperó.

Igor dio un paso al frente y la observó con detenimiento como si inspeccionara a un corcel a la venta. Solo le faltó pedirle que abriera la boca y le enseñara los dientes. Luego, levantó una mano y acarició su hermoso pelo. Karatyna se estremeció, era la primera vez que un hombre que no fuera su padre la tocaba. No le resultó desagradable, por el contrario, sintió un hueco en el estómago y esperó interesada lo que sucedería después.

Igor se encontraba envuelto en un cúmulo de sensaciones que no podía entender ni dominar, no era la primera vez que se acostaría con una mujer, es más, llevaba una larga lista de amantes a cuesta, pero había esperado tanto tiempo por Kataryna que no sabía muy bien cómo debía actuar. Además, de que muy en el fondo, aún guardaba cierto resentimiento hacia ella por haberlo rechazado en más de una oportunidad y de complicarle la vida para al fin hacerla suya.

Igor sintió como crecía en su interior un deseo animal casi primitivo que bullía como una caldera de agua hirviendo. Se encontraba mentalmente inestable y bastante ebrio. Su rostro se transformó de repente. Sus rasgos se tensaron, sus ojos brillaron enloquecidos. Sus labios dibujaron un rictus algo tenebroso. Kataryna apenas tuvo un par de segundos para reaccionar. Trató de apartarse de él, pero Igor fue más rápido y fuerte. La aprisionó del antebrazo derecho con una mano y de la cintura con la otra. La muchacha pudo sentir su aliento alcoholizado cuando Igor acercó su rostro al de ella.

La muchacha apartó el rostro con ímpetu, exasperando aún más a su esposo quien respondió aferrándola del antebrazo con más fuerza. Kataryna emitió un suave quejido y levantó los ojos con la mirada herida y suplicante. Su corazón latía deprisa, se sentía atemorizada e indefensa. La joven pensó que su esposo la miraba con cierta frialdad o acaso era furia, la verdad, no supo distinguir.

Bajo la tenue luz de las velas, Igor notó que la muchacha se sentía intimidada y muy asustada. No supo explicarlo, pero eso lo excitó sobre manera. Enterró la boca abierta en el cuello de su esposa y de inmediato ella pudo sentir una lengua húmeda y desagradable reptando sobre su piel. Profirió una exclamación ahogada que le produjo a Igor un placer indescriptible. La muchacha trató de apartarse con una expresión confusa y el corazón latiéndole con furia.

 Igor respondió sujetándola con más fuerza, apretando la parte baja de su abdomen contra el cuerpo de Kataryna mientras forzaba su lengua dentro de la boca de la joven. La muchacha pudo sentir la erección de su esposo pulsando contra su vientre y se llenó de indiscutible asombro y repulsión. Su corazón aterrorizado amenazaba con salírsele por la boca.

Lucho por separarse de su esposo y al principio lo consiguió, su expresión confusa había dado paso a la repugnancia. Para Igor todo aquello solo le representaba más diversión, más excitación, más interés. La observó con una mirada salvaje y despiadada antes de abatirse como un halcón sobre un ratón de campo apresando a Kataryna con una fuerza paralizadora. La joven gritó en pánico, sintió una oleada de terror y odio que recorrió su cuerpo y anidó en su estómago.

Igor la lanzó de espaldas sobre la cama como si se tratara de un saco de papas. Ella trató de levantarse, pero de inmediato sintió una rodilla hundiéndose en su vientre y por unos segundos pensó que dejaría de respirar.

Por su parte, Igor sintió una inesperada oleada de excitación, mientras Kataryna observaba una repulsiva mueca en el rostro de su esposo. La opresión en el vientre cedió un poco cuando Igor retiró la rodilla y Kataryna pudo oír el martilleo de su corazón y sus aterrorizados resuellos. La conmoción y la desorientación la cubrían por oleadas. Por un momento tuvo la mente en blanco y se quedó ligeramente rígida.

Igor sonrió lascivamente al ver el pánico que reflejaban los ojos de su esposa. Desamarró el pantalón que llevaba puesto dejando al descubierto su miembro erecto para luego levantar el camisón de su esposa, separar sus pierdas con sus rodillas e introducirse dentro de ella con violencia. Kataryna gritó, sintió un dolor ciego e intenso que la empapó de inmediato de sudor y la hizo tiritar debido al shock. Una de las manos de Igor salió despedida y cubrió su boca. Apretó con fuerza.

Un pensamiento aterrador e incapacitante surgió en la mente de la joven, mientras sentía la palma presionándole los labios, las yemas de los dedos en sus mejillas y aquel miembro abriéndose paso entre sus piernas. Trató de volver su rostro consternado y los ojos desorbitados para evitar ver el rostro depravado de su esposo, trató de permanecer rígida después de la desagradable sorpresa, aterradores momentos en donde intentaba procesar lo que estaba sucediendo. No opuso resistencia se sentía demasiado aterrada y desconcertada para reaccionar.

 La mano seguía apretando su rostro y Kataryna experimentó una arcada.  Advirtió que su cuerpo se hacía más ligero cuando Igor se hizo a un lado. Kataryna pensó que al fin había acabado todo, cuando de pronto sintió que la ponía boca abajo como si fuera una muñeca de trapo y se introducía de nuevo dentro de ella con una especie de aullido que le recordó a los lobos que la atacaron en el bosque. Se quedó paralizada física y emocionalmente, mientras Igor satisfacía sus bajos instintos. Su cerebro fue incapaz de aceptar lo que sabía estaba sucediendo. Cuando al fin se alejó de ella y se tendió en la cama, Kataryna tuvo la sensación de que había pasado por ella toda una vida, pero al mismo tiempo, que apenas se había pasado un suspiro. Se hallaba tendida sobre la cama, entumecida, adolorida e inmóvil. Totalmente abatida y extenuada física y emocionalmente. Se sentía utilizada, herida y humillada.

Igor se quedó dormido inmediatamente, mientras Kataryna experimentaba una especie de furia mezclada con desconcierto y la sensación de que el tiempo se detuvo de alguna extraña forma como si alguien hubiese jalado las correas de un caballo. Permaneció rígida y en silencio por más tiempo del que recordaba, presa del temor de que su esposo despertara y la atacara de nuevo. Sus pensamientos se hacían cada vez más sombríos. Pensó que siempre supo que aspecto tenía el paisaje más allá de las colinas, pero que quiso creer que las cosas podían ser de otra manera. Ahora, con indiscutible certeza sabía que el destino que le esperaba no sería ningún paraíso. Los días se harían eternos y las noches insoportables.

Volteó el rostro y observó a su esposo roncando, con el rostro relajado y sintió una incapacitante adveración hacia él. Por unos segundos lo odió, lo odió con todas sus fuerzas y se odió mucho más a si misma por haber dejado que la acosara y la asediara hasta convencerla de que se casara con él.

_ ¡Jamás debiste casarte con él! _ dijo, pero no reconoció su propia voz que sonó dolida y ajena.

Igor se removió en la cama, pero siguió durmiendo.

Kataryna se levantó con dificultad de la cama, no pasaría la noche al lado del hombre que la había violado en su noche de bodas.

El proceso de aceptación y de recuperación sería lago y doloroso.


[1] Kulesh: plato que los cosacos empezaron a preparar durante sus largos viajes, hecho de mijo y otros ingredientes.

CASA 110 (Melinda segunda parte)

II

Melinda y Laura habían sido amigas por cinco años antes de que Laura dejara Arcata. Eran muy diferentes una de la otra, como el agua y el aceite, pero eso no impedía que se llevaran muy bien. Solían almorzar juntas los domingos, turnándose la tarea de cocinar. A pesar de que Melinda estaba en una relación en ese momento, nunca perdieron la costumbre de almorzar juntas los domingos.

Era el día en que Laura debía cocinar, había quedado encantada con un Rocoto Relleno que una de sus compañeras de trabajo le había invitado, por lo que decidió probar sus habilidades culinarias. Se dirigió al mercado y compró los rocotos a una anciana que había bajado de su pueblo con una cosecha de su propia huerta. Llegó a su casa con la bolsa de las compras y se dispuso a preparar los rocotos, los vio pequeños, en comparación a los que se servían en los restaurantes arequipeños. Se encogió de hombros, prepararía un par para cada una, pensó. Abrió los rocotos, sacó las semillas y los dispuso dentro de una olla para hervirlos. Preparó el relleno, llenó los rocotos con él y los metió al horno como era costumbre. Cuando Melinda llegó, Laura se encontraba con un extraño escozor en las manos.

_ Creo que el rocoto me ha producido algún tipo de alergia_ explicó Laura.

Cuando la psicóloga sirvió los rocotos, Melinda los vio tan pequeños que los miró con desconfianza. Pero para no incomodar a su amiga no dijo nada y partió el rocoto metiéndose un pedazo a la boca. No pudo pasar del segundo mordisco, el rocoto estaba tan picante que era imposible comérselos. De inmediato sintió que los ojos le lagrimeaban y que le escurría la nariz. Tuvo que sacarse la comida de la boca.

_ ¡Esto está muy picante! _ dijo.

_ Supuse que lo había lavado bien_ dijo la psicóloga algo avergonzada.

_ Lo que pasa es que es un rocoto muy pequeño, esos son los que más pican.

_No lo sabía_ dijo Laura que ahora sentía el escozor en los ojos porque se los había tocado con las manos.

Las lágrimas empezaron a recorrerle el rostro, las manos las tenía como si sostuviera en ellas grandes pedazos de carbón encendidos.

_Laura, será mejor que dejemos el almuerzo para otro día y que te acompañe al hospital_ dijo Melinda_ necesitas que te traten.

Las dos mujeres rieron a carcajadas recordando aquel episodio.

_Ahora me parece gracioso_ dijo Laura_ pero en aquel momento no me lo pareció en lo más mínimo.

_Sí, tu primer rocoto fue incomible_ dijo Melinda riendo a todo pulmón.

_Sería lindo retomar aquellos almuerzos_ dijo Laura.

_Por mi encantada_ respondió la enfermera.

_Solo que tendríamos que incluir a Alejandro_ dijo la psicóloga.

_ ¿Quién es Alejandro? _ preguntó Melinda confusa.

_Es el abogado de quien te hablé.

_ ¿Ahora almuerzas con él los domingos? ¿Y dices que no hay nada entre ustedes? _ preguntó con un gesto de incredulidad.

_ ¿Acaso tenía una relación contigo?

_Bueno, no.

_Somos buenos amigos, eso es todo, además éramos los únicos en esta parte de la residencial antes de que llegaras. ¿Qué se suponía que debíamos hacer?

Melinda asintió encogiéndose de hombros.

_El próximo domingo me toca cocinar a mí, allí te lo presentaré_ dijo Laura.

_ Me parece perfecto_ dijo Melinda con una sonrisa pícara.

III

Melinda y Laura se encontraban hablando muy entretenidas cuando Alejandro tocó la puerta. La psicóloga fue a abrir y encontró al abogado con la mejor de sus sonrisas.

_Pasa Alejandro_ dijo mientras se hacía a un lado y lo dejaba entrar.

El abogado le entregó una botella de vino mientras entraba. De inmediato su atención se centró en la mujer que se encontraba sentada en uno de los sillones de la sala. Laura lo observó con disimulo y no le gustó mucho lo que vio. Melinda se puso de pie al verlo y le dedicó la mejor se sus sonrisas. Fue evidente para Laura que la atracción fue instantánea entre el abogado y la enfermera.

_Alejandro, ella es mi amiga Melinda de quien te hablé. Melinda, él es mi vecino_ agregó señalando la casa de Alejandro que se veía a través de las ventanas de la sala.

_Mucho gusto_ dijo Melinda agitando la mano de Alejandro.

_Igualmente_ contestó él y la sonrisa se le ensanchó.

_ ¿Por qué no se ponen cómodos mientras termino la comida? _ dijo Laura.

_Puedo ayudarte si lo necesitas_ dijo Alejandro de inmediato.

_No hace falta, ya estoy acabando_ respondió la psicóloga.

Alejandro asintió y se sentó junto a Melinda mientras Laura regresaba a la cocina. La enfermera y el abogado se observaron con poco disimulo antes de entablar conversación. Los ojos de Laura se movieron brevemente hacia Alejandro y no le gustó comprobar que tenía la mejor de sus sonrisas mientras conversaba con Melinda.

Durante el almuerzo Laura permaneció la mayor parte en silencio. Dejó que Alejandro y Melinda se conocieran y fueran los que llevaran la conversación adelante. El abogado pensó que ella estaba distante, absorta en sus propios pensamientos. La observaba de tanto en tanto y empezó a preocuparse, Laura nunca se quedaba callada más que un par de segundos cada vez que almorzaban juntos.

_Estas muy callada_ dijo él de repente.

Laura levantó la mirada y se encontró con los ojos inquisitivos de Alejandro. Consiguió esbozar una leve sonrisa.

_Estoy dejando que se conozcan_ dijo, pero su propia voz no le sonó muy convincente.

Melinda no desaprovechó la oportunidad y siguió conversando con Alejandro. En todo momento se mostró encantada de poder ayudarlo, sirviéndole más comida, trayendo una servilleta para él o preguntando si quería más vino. Laura sentía unas ganas de entornar los ojos cada vez que la veía tan solícita, pero se contuvo. No podía actuar como una mujer celosa o posesiva ya que Alejandro no le pertenecía.

_Dime Alejandro, ¿Qué haces para entretenerte? _ preguntó Melinda.

Alejandro se echó a reír algo incómodo, le pareció que el tomo de la enfermera fue muy personal.

_La verdad, no hay mucho que hacer por aquí, más que el trabajo, hay unos restaurantes no muy buenos, hay una cancha de golf si es que lo practicas, un salón de bowling en el Club Inca, canchas de tenis y el gimnasio aquí en la entrada del Chulec.

_ Al menos tendré donde ejercitarme_ dijo Melinda.

_Yo voy al gimnasio por las noches_ dijo él_ si deseas puedo llevarte un día de estos para que lo conozcas.

El primer pensamiento de Laura fue que Melinda no necesitaba de ninguna persona que la acompañara a conocer el gimnasio ya que el gimnasio se hallaba a poco más de doscientos metros de su casa.

_Sería genial_ contestó ella con una de las sonrisas seductoras que Laura conocía muy bien.

El problema, pensó, es que ahora la estaba utilizando con Alejandro, y la sola idea le produjo una leve sensación de nausea. “Habré comido mucho”, se dijo a sí misma. Pero parte de ella deseaba levantarse y marcharse, pero ¿A dónde iría? Estaba en su casa.

Cuando sus dos amigos se retiraron entrada la noche y se quedó sola, aquella sensación que la atenazaba en el pecho desde que viera la interacción entre el abogado y la enfermera se intensificó. Por un momento sintió que iba a perderlo, se había acostumbrado a él, sentía cierta debilidad por él, le gustaba compartir sus cosas con Alejandro y si ahora Melinda lo seducía. Tuvo la certeza de que lo alejaría. Trató de convencerse, de que lo que sentía era el temor a la pérdida de un buen amigo, y que no había ningún sentimiento romántico de por medio. Suspiró algo confundida y cansada. Decidió que lo mejor sería irse a dormir. Se levantó del sillón que ocupaba en la sala y se dirigió a su habitación.

 Desde el otro lado de la calle, a través de la ventana, Alejandro la observaba con atención. Ahora estaba seguro de que Laura no sentía nada por él. Lo había presentado a su amiga Melinda. Estaba más que claro para el abogado las intenciones de la enfermera y Laura estaba de acuerdo con ello. Tuvo que admitir que aquella certeza llenaba su corazón de decepción. Apagó las luces de la sala y se dirigió algo cabizbajo a su habitación.

Historias Entrelazadas (Kataryna)

Kiev, República Socialista Ucraniana, julio de 1922

I

Igor Gorodetsky era un ser calculador y manipulador, ambicioso e insaciable. Con la capacidad innata de detectar las debilidades y necesidades de los demás y utilizarlas como instrumentos para obtener su propio veneficio. Nunca había mostrado reparos en pasar por encima de quien sea necesario para conseguir lo que se proponía. La mayoría del tiempo parecía muy satisfecho consigo mismo, pero bajo esa máscara de suficiencia se arremolinaba una conflictiva mezcla de temor e inseguridad al rechazo. Amaba sentirse poderoso, el poder era como una droga para él y desde hace unos meses la droga que necesitaba era Kataryna. Quería que fuera suya, necesitaba enredarla en sus redes, poseerla. Su egocentrismo y su narcisismo lo estaban haciendo pasar un mal rato. Había pensado que sería fácil conquistarla, pero ella había resultado ser bastante difícil, distante, fría y hasta algo altanera. La falta de interés de Kataryna era lo que más obsesionaba a Igor, lo que más le atraía de ella. Era como un reto para él, tenía que sortear todas las barreras que ella había levantado a su alrededor y llegar a doblegarla. A pesar de que la mayor parte del tiempo experimentaba una familiar sensación de poder, de tanto en tanto su mente se llenaba de una cierta inseguridad que ocultaba un miedo demoledor a mostrarse débil.

No la había abordado desde su último desplante en la iglesia, con la intensión de que la muchacha se relajara y bajara un poco las defensas. La veía los domingos en la misa, pero no se acercaba a ella. Pero la acechaba todo el tiempo. Escudriñaba todos sus movimientos, como un cazador que intenta calcular si su presa va a huir, va a prestar resistencia o al fin cansada y extenuada dejará de luchar permitiendo que lo inevitable caiga sobre ella.

El sol lucía bajo entre las nubes de bordes naranjas, los rayos sesgados de la mañana daban color a los campos, haciendo parecer profundos y oscuros surcos que cubrían las faldas de las colinas. El suave murmullo del viento acariciaba las copas de los árboles del bosque presintiendo la pronta llegada del invierno. Las ramas cubiertas de hojas secas de un elevado arbusto se sacudieron indicando la presencia de Igor que observaba agazapado entre el follaje mortecino el sendero que conducía al pueblo.

Anastasia y Kataryna caminaban por el sendero con canastas en los brazos, llevando huevos que luego comercializarían en el mercado. Cuando Igor se percató de que las mujeres no lo verían, salió de su improvisado escondite y las siguió desde una distancia prudencial. Pensó que se parecía en algo a un tiburón asesino dando vueltas debajo de un pequeño e inestable bote, esperando el momento adecuado para saltar sobre su presa desprevenida. Soltó una desagradable carcajada ante su ingenioso pensamiento.

Cuando llegó al pueblo, la observó con fascinado interés desde una callecilla algo escondida y abandonada por incontables minutos.

Kataryna depositó la canasta en el suelo junto a su madre para luego, dirigirse en dirección a los puestos de venta que se hallaban en forma aglutinada y desordenada a lo largo de la calle principal. Deambulaba sola observando todo con una leve sonrisa. Entablaba breves conversaciones con alguna que otra vendedora para luego moverse de nuevo al siguiente puesto. Igor la contemplaba con ojos predadores casi histéricos. Dio un paso al frente y luego otro y cuando estuvo a punto de salir de su escondrijo y volver a abordarla la vio observando fascinada un Ochípok o pañuelo de seda para la cabeza. La pieza que solo era usada por las mujeres casadas era tan bella y exquisita que la dejó extasiada. De inmediato, Igor supo que Kataryna pensaba en su madre. Estaba seguro de que ella creía que la pieza se vería increíble en su madre. Observó el cambio repentino en el rostro de la muchacha, la sonrisa inicial se había desdibujado y ahora mostraba un rictus de tristeza, era imposible para ella comprar algo como eso, su familia no podía darse ese lujo. Pero también notó otra cosa, se veía mucho más hermosa y serena. Mucho más madura y controlada, se estaba convirtiendo en una mujer.

El deseo desesperado de tenerla se acrecentó en su interior, era más que deseo, una terrible necesidad. Esa sensación irracional de que fuera suya fue lo que a la larga lo detuvo, no debía aproximarse a ella de manera imperiosa, debía pensar mejor las cosas. Dio un paso hacia atrás y luego otro observando a la muchacha que agradecía a la vendedora para luego regresar junto a su madre.

La mañana había trascurrido en un abrir y cerra de ojos y el sol se hallaba ahora en el cenit. Anastasia había terminado de vender los huevos y se disponía a recoger las canastas. Kataryna las tomó de inmediato y se dirigieron a comprar algunos víveres con el dinero que ganaron y comer algún que otro bocadillo. Cargaron aceite, keroseno, velas y algo de pescado. Fue entonces cuando Igor decidió que era tiempo de presentarse ante las dos mujeres. Se sentía algo más confiado y tranquilo. Salió de su escondrijo y caminó apresurado cuando se percató que las mujeres emprendían el regreso a casa.

_ Buenos tardes_ saludó el joven en tono educado.

Ambas mujeres voltearon al instante. Kataryna lo miró con sorpresa, Igor le dedicó una deslumbrante sonrisa que hizo que su corazón diera un pequeño salto. Esta nueva sensación la sobrecogió de inmediato.

_ Buenos tardes_ contestaron las mujeres al unísono.

_ ¿Necesitan ayuda? _ preguntó el joven haciendo ademán de tomar las canastas con las compras.

_ Gracias_ dijo Anastasia dándole las compras al joven.

Igor tomó la canasta de mano de Anastasia y prestó atención a Kataryna, estaba preparado para que ella le diera la espalda y lo dejara plantado con la mano extendida, pero para su sorpresa, Kataryna le entregó la canasta que llevaba mientras que una leve sonrisa se dibujaba en su sonrojado rostro.

Una embriagadora sensación de triunfo, sofocante y avasalladora invadió a Igor. Al fin ella estaba cediendo.

Enfilaron el camino de regreso en silencio, un silencio que por el contrario de lo que los tres hubieran supuesto, era reconfortante y hasta se podría decir que agradable.

Anastasia se fue quedando algo rezagada, tratando de darle espacio a los jóvenes.  Sonrió para sí misma cuando notó que su hija no salió huyendo. Pensó que al fin había cambiado de parecer.

_Espero que no te moleste que me haya ofrecido a llevar las compras_ dijo el joven luego de intensas deliberaciones consigo mismo.

_ No, al contrario, te lo agradezco_ contestó la muchacha sin mirarlo a los ojos con voz suave y algo avergonzada, llevaba la mirada baja.

El sol parecía colgar a medio camino sobre el horizonte, y bajo la mortecina luz de aquella tarde el rostro de Kataryna parecía una confusa mezcla de expectación y resignación.

Igor se inclinó hacia ella y clavó su mirada penetrante en Kataryna.

_Aun quisiera tratarte y conocerte mejor_ dijo el joven invadido por una excitación optimista.

La joven se detuvo frente a la puerta de su casa y por primera vez en aquel día levantó la mirada y contempló a Igor. Suspiró casi imperceptiblemente antes de hablar.

_ A mí también me gustaría_ contestó con un inquietante sonido de resignación en la voz que Igor no fue capaz de identificar.

Desbordado de una gratificante sensación de triunfo hizo una inclinación de cabeza y se alejó.

Kataryna se quedó parada frente a su casa mucho después de que Igor se fuera y de que su madre ingresara a la vivienda. Contemplaba el extenso campo a través de la agonizante luz del atardecer con ojos vacíos. El sol había casi desaparecido y teñía las nubes de un color anaranjado rojizo. Sintió una mezcla de disgusto y rencor con ella misma, era como si se dejara convencer, como si dejara sus convicciones y sus ideales a un lado, como si se dejara morir un poco. Apoyó la barbilla en una de sus manos y suspiró profundamente antes de que el sol se perdiera por completo en el firmamento.

II

Igor caminaba despacio a través de las vastas extensiones de cultivo de su padre con las manos extendidas a ambos lados. Sintiendo las doradas mieses que le rozaban las palmas. En unos días se iniciaría la cosecha y se esperaba que superara todas las expectativas, luego de varios años muy duros. Suspiró satisfecho y arrancó una espiga y la levantó para observarla mejor. Los rayos de sol la hicieron desprender suaves destellos amarillos. Volvió a suspirar y recordó a Karatyna. Aquella criatura lo tenía sumido en un complejo estado de frustración, expectación y aturdimiento.

Le estaba representando un tremendo esfuerzo esperar unos días antes de presentarse en casa de los Weleczuk. Kataryna se había convertido en algo así como una fijación histérica para él. Había orquestado un pequeño plan para acercarse a la joven, y estaba esperando el momento adecuado para hacerlo. Aunque en realidad no tenía ni la menor idea de cuando sería aquello. De lo que sí estaba seguro era de que se empeñaría en conseguir lo que quería.

Dejó caer la espiga que sostenía en la mano e hizo el camino de regreso a su casa. Pensó que ya había esperado suficiente y que debía actuar ahora. Apresuró sus pasos, su corazón empezó a acelerarse como si estuviera corriendo alguna carrera. Pero si lo pensaba con cuidado, aquella situación era como una carrera en donde la meta era Kataryna. Sacudió la cabeza y sonrió ante su ocurrencia.

Cuando estuvo frente a la vivienda de sus padres, volteó a apreciar una vez más el campo totalmente cubierto por millares de espigas de trigo que proveerían a su familia durante el invierno. Eso tenía que significar algo, se dijo. Si bien el padre de Kataryna poseía un pequeño campo, este no representaba ni siquiera la décima parte del de su padre. En su extrema soberbia suponía que no existía mejor partido para Kataryna que él mismo. Volvió a voltear, y esta vez abrió la puerta de la casa e ingresó en ella.

Salió una hora después, luego de darse un buen baño y tomarse el tiempo para arreglarse, y pensar cuidadosamente lo que iba a decir una vez que estuviera frente a Kataryna. Caminó algo nervioso de un lado a otro de su habitación con las manos a la espalda y la cabeza gacha. Llevaba el ceño fruncido y una línea de concentración se le había formado sobre la ceja izquierda. Se detuvo de repente y aspiró profundamente. Al parecer estaba listo para enfrentar lo que vendría. Tomo un paquete que descansaba sobre su mesa de noche y salió de la casa dando grandes zancadas. Un mozo de establo lo esperaba con su caballo justo frente a la casa. Subió de un salto al animal y salió en dirección a la casa de Kataryna a paso de trote.

Llegó a casa de los Weleczuk quince minutos después, vestía el mejor de sus trajes de gala, un pantalón ancho de satén negro y una Vyshvanka blanca bordada muy delicadamente en el cuello, los puños y la pechera. Completaban su atuendo, un abrigo también bordado y una faja dorada alrededor de la cintura, además de las infaltables botas de cuero. Anastasia le sonrió con cortesía y le invitó a que pasara.

_Iré a buscarla_ agregó.

Igor asintió y se acomodó en la incómoda silla de madera. Pensó que la familia tenía tan poco, que de seguro estaría de acuerdo en que su hija menor se casara con alguien como él. Pero estaba consciente de que tenía que hacer su mejor esfuerzo para llenarse de la paciencia necesaria hasta convencer a la arisca muchacha de que él era el hombre que le convenía. Su mirada se había clavado en algún punto sobre el fogón. Tenía los ojos en blancos y algo inseguros.

Mientras se encontraba sumido en sus pretenciosos pensamientos, la muchacha había salido de su habitación y lo observaba en silencio. Decidió que no podía seguir allí mirándolo por lo que dio un paso al frente mientras saludaba con voz suave y algo vacilante.

_Buenas tardes_ dijo.

Igor dio un respingo, estaba tan absorto en sus arrogantes reflexiones que no se había percatado de la aparición de la muchacha. Se puso de pie de inmediato e hizo una inclinación de cabeza en señal de saludo.

_Por favor, siéntate_ dijo ella mientras se acercaba a Igor con una leve sonrisa.

Igor volvió a tomar asiento en la silla que estuvo ocupando antes de la llegada de Kataryna. Se pasó la mano por el pelo castaño perfectamente peinado esperando a que ella se sentara también.

Kataryna se sentó frente a Igor, la mesa del comedor los separaba. La muchacha pensó que lo mejor era mantener la distancia. Tuvo tiempo de observar al joven que tenía enfrente. No podía negar que era un joven muy atractivo, y a pesar de la primera impresión que le había causado, también debía reconocer que era educado y atento. Y muy a su pesar también tuvo que reconocer que estas cualidades habían pasado desapercibidas para ella porque como le había dicho su madre, lo había prejuzgado, viendo solo su lado egocéntrico y vanidoso. Después de todo, no hay persona perfecta, todos tenemos algún que otro lado oscuro, pensó. Se percató además de que llevaba un paquete envuelto en papel y sujeto con una cinta de raso roja.

_Espero que no te moleste que haya venido sin invitación_ dijo él luego de encontrar su voz.

Ella negó con la cabeza, sentía un raro cosquilleo en la boca del estómago y se sorprendió al comprobar, que en realidad no le incomodaba para nada que él estuviera en su casa en ese momento.

_ Compré esto para ti_ dijo Igor extendiendo la mano en donde sostenía el paquete por encima de la mesa en dirección a Kataryna.

Ella abrió los ojos sorprendida, sus mejillas se sonrojaron de inmediato, pero no hizo ademán de tomar el paquete.

_Bueno en realidad, supongo que es para tu madre_ aclaró el joven observándola con aquellos ojos penetrantes de los que hacía alarde.

 Kataryna pareció confundida. Se había quedado tan quieta y silenciosa como si se tratara de una estatua griega mientras observaba el paquete que seguía suspendido en la mano de Igor en el centro de la mesa. Pensó que la cinta de raso con la que estaba sujeto el paquete le habría costado mucho dinero.

_Por favor, tómalo_ la animó con una sonrisa natural y encantadora de la que el mismo Igor se sorprendió.

Kataryna extendió despacio su mano derecha y tomó el paquete. Lo depositó sobre la mesa y posó sus grandes ojos azules sobre él por unos segundos.

_Dijiste que es para mi madre_ dijo ella levantando la mirada y encontrándose con los ojos brillantes del joven.

_Supongo que si_ contestó él.

Kataryna frunció el ceño desconcertada. Cada vez entendía menos.

_Por favor, ábrelo y lo entenderás_ dijo él.

Karatyna vacilo por unos momentos antes de jalar el listón y abrir el paquete. Sus ojos no dieron crédito a lo que veían. Dentro, el ochípok parecía mucho más hermoso que la primera vez que lo había visto en el mercado. Kataryna observó el objeto con sorpresa y admiración. Luego levantó de nuevo la mirada hacia Igor. Sus ojos brillaban y en sus labios se había dibujado una pequeña sonrisa.

_ ¿Cómo supiste? _ preguntó ella aún impactada.

_Te vi viéndolo aquel día en el mercado antes de acercarme a ustedes_ respondió con una exquisita cortesía que sorprendió gratamente a la muchacha.

Kataryna reveló una sonrisa de cortesía algo más ancha de lo que esperaba e Igor tuvo la certeza de que fue la decisión correcta que la acercaría más a ella.

_Espero que te guste_ dijo Igor regalándole a la joven otra sonrisa algo más natural y levemente sincera.

_Me gusta mucho, ahora entiendo porque decías que era para mi madre. Quería regalárselo por su cumpleaños, pero es muy caro. No puedo pagarlo_ explicó ella con una renovada sonrisa de cortesía.

Igor solo asintió.

_Agradezco mucho el gesto, en verdad_ dijo ella_ pero no puedo aceptarlo_ agregó tendiendo el regalo hacia Igor.

El joven quedó sorprendido y confundido.

_ ¿Por qué no? _ preguntó_ lo compré para ti. Es decir, para que pudieras regalárselo a tu madre.

Kataryna suspiró. Tragó saliva mientras pensaba como explicárselo sin que se sintiera ofendido.

_No puedo aceptarlo_ dijo ella mientras situaba el regalo sobre la mesa _ porque es un regalo muy costoso y si lo acepto me comprometería de cierta forma contigo y no quiero eso.

El joven desvió la mirada al suelo y empezó a mover la pierna izquierda nerviosamente. Ella complicaba siempre las cosas, pero a la vez, era eso lo que lo impulsaban a seguir, buscando como derrumbar sus barreras.

_Apenas nos estamos conociendo_ agregó la joven_ no se vería bien que acepte este obsequio. Espero que entiendas mi posición.

El joven la miró con ojos frustrados.

_Comprendo_ dijo_ aunque no me guste tu rechazo_ agregó con una sonrisa algo abatida.

_Lo siento_ dijo ella_ si tal vez solo hubiesen sido flores habría estado feliz de recibirlas.

Igor sonrió y su sonrisa fue extrañamente clara y genuina. Ella le devolvió la sonrisa.

_Podría darle yo mismo el presente a tu madre_ aventuró Igor.

_Por favor, no lo hagas, preferiría no tener que deberte nada.

_No me deberías nada_ se apresuró Igor.

_Por favor_ repitió ella con ojos suplicantes.

Igor se mordió el labio inferior inquieto e hizo un gesto de impaciencia mientras paseaba los ojos por la pequeña estancia, no había mucho en que distraerse en aquella pocilga, pensó. Además, no entendía porque ella se negaba a sus atenciones.

_ No quiero que tomes a mal esto, no te estoy rechazando, solo quiero que comprendas que no es adecuado_ dijo la muchacha mientras cruzaba las manos sobre su falda.

Igor asintió en silencio, entendía la situación, ella era orgullosa y definitivamente no quería que él pensara que estaba interesada en su dinero. Desde luego, esto solo complicaba un poco más las cosas, pero, por otro lado, las cosas también estaban cambiando. Ella se estaba abriendo, tal vez no con la rapidez que a Igor le hubiese gustado, pero había una luz al final del túnel. Sin lugar a dudas, Igor pensó que ésta había sido una experiencia reveladora.

III

Detrás de la casa de Kataryna, cerca de la valla que separaba el patio trasero de los límites en donde se iniciaba el bosque verde oscuro formado de ejércitos de viejos y gruesos robles que crecían muy juntos, había un imponente y frondoso árbol de nogal en donde Iván había instalado un columpio de madera cuando la primera de sus hijas creció lo suficiente para poder hacer uso de él. A pesar del paso de los años, aún seguía en pie, cubierto por el verde techo natural que hacía de las cálidas tardes mucho más frescas. A Kataryna le gustaba sentarse en él durante las tardes antes de que el invierno hiciera imposible pasar tiempo al aire libre.

Había pasado un poco más de un mes desde que Igor la visitara con el obsequio para su madre. No había vuelto a regresar después de aquel día, al principio Kataryna supuso que se había ofendido por su rechazo, pero seguía viéndolo los domingos en misa y entablaban pequeñas conversaciones en donde el joven se comportaba como todo un caballero. Pero ya no había insistido en acompañarla a casa, ni había vuelto a visitarla.

Kataryna Weleczuk levantó los ojos hacia el impresionante techo verde que se levantaba a varios metros sobre su cabeza. Los rayos brillantes del sol perforaban el follaje formando pequeños círculos resplandecientes a su alrededor. La suave briza soplaba haciendo revolotear su cabello en torno a ella al mismo tiempo que arrojaba suaves murmullos en la cima del árbol.

Bajó la mirada hacia sus pies, se sostenía de la soga con ambas manos mientras que con sus pies dibujaba formas sin sentido sobre el suelo de tierra. Suspiró, tenía una pequeña sensación de inquietud en el pecho, odiaba tener que admitirlo, pero extrañaba a Igor. Supuso que lo vería mucho más a menudo luego de su última visita y ocurrió exactamente lo contrario.

Se impulsó despacio, ayudada por sus dos pies, luego, los levantó en el aire y dejó que el columbio se moviera. Inclinó el cuerpo hacia atrás y observó de nuevo la copa frondosa del árbol sobre su cabeza mientras se columpia una y otra vez como cuando era pequeña. Se mantuvo así por unos minutos hasta que bajó los pies y se detuvo de improviso.

Se levantó de un salto y se dirigió hacia la cerca, cruzó la puerta de madera y se internó en el bosque. Desde pequeña, le gustaba caminar por el bosque, observando todo a su alrededor, ardillas, aves, alguna flor que con esforzado empeño se desarrollaba lo suficiente para alegrar su día con sus maravillosos colores. Llegaba hasta el río, en donde lanzaba piedras al cauce, cuando el clima lo permitía, o hacia rebotar las piedras cuando el invierno congelaba el agua. Además, le gustaba disfrutar del silencio a su alrededor. 

Se internó a su izquierda, sabía que, si seguía por ese sendero enmarañado de maleza achaparrada y árboles altos y enjutos, descendería directo al río. Caminó despacio, disfrutando de la naturaleza a su alrededor. De tanto en tanto se detenía al oír el trinar de algún que otro pájaro que parecía darle la bienvenida, o alguna ardilla que roía apresurada alguna semilla. El tortuoso sendero desdibujado por el que transitaba entre los árboles que empezaban a deshojarse se fue encogiendo poco a poco, hasta que le fue difícil caminar sin que alguna rama se enganchara a las mangas de su vestido.

Se detuvo de inmediato, algo preocupada y recorrió el sitio en todas direcciones, le pareció extraño, conocía el camino al dedillo, creía que podía hacer el trayecto incluso con los ojos cerrados. Creyó que tal vez, había dado un giro equivocado mientras se entretenía observando a los animales, pero para su tranquilidad al hacer completo silencio, oyó el gorgoteo inconfundible del rio que corría aguas abajo.

 Siguió el murmullo del agua y en pocos minutos estuvo frente a la orilla del rio y la expresión de preocupación inicial desapareció de su rostro dando lugar a una sonrisa de alivio. Pronto, divisó a unos metros más adelante el viejo tronco en medio del bosque en el que le gustaba sentarse y meditar por horas. Desde allí, podía oír el sonido serpenteante del río y observar la otra orilla bordeada por filas interminables de árboles.

 Se trepó sobre el tronco y se sentó en él, rodeando sus rodillas con sus manos. La brisa seguía suave y fresca, pero no se había percatado de que la tarde estaba cayendo. El sol se situó en el horizonte con su mortecino resplandor, iluminando las aguas del rio, confiriéndole una apariencia algo fantástica conforme la tarde se diluía gradualmente en el crepúsculo. No llevaba más de unos minutos en aquel lugar, cuando oyó un leve movimiento a cierta distancia a su derecha, pero no le prestó mayor atención, supuso que se trataba de alguna que otra ardilla que se apresuraba en acumular la mayor cantidad de bayas antes de que el invierno le impidiera buscar alimentos.

Volvió a centrar su atención en los colores que adquiría el rio surcados por los rayos del atardecer. Levantó la mirada al cielo y se percató de que se había vuelto de un color amarillo enfermizo. Pronto, otro movimiento esta vez, más cerca de ella la sobresaltó, haciendo que ahogara una exclamación. Se volvió en el acto con los ojos bien abiertos y algo desorbitados, pero lo que vio fue a dos ardillas correteando entre las hojas muertas, agitaron las colas mientras trepaban con rapidez a un árbol. Kataryna emitió un suspiro de alivio. Pensó que se hacía tarde y que debía regresar a casa antes de que empezara a oscurecer, de lo contrario el camino de regreso se le dificultaría. Cuando se disponía a bajar del tronco, volvió a oír otro movimiento, incluso puso verlo entre los arbustos a tan solo un par de metros frente a ella. En solo un instante apareció de entre los arbustos un enorme lobo gris que la observaba con ojos acechantes. Su corazón dejó de latir por un par de segundos y luego reanudó su marcha a toda prisa. Un nudo se le formó en la garganta y la invadió el terror, intenso y caliente.

Antes de que Kataryna pudiera procesar lo que estaba sucediendo, otro lobo mucho más grande salió de entre los arbustos y se situó junto al primero. El pelaje del animal le recordó a Kataryna un manto blanco y brillante de nieve. Sus ojos negros y salvajes la miraron inyectados en sangre. Arrugó el hocico y gruñó mostrando las fauces.  De inmediato, Kataryna sucumbió al más puro pánico. Sintió como se le erizan todos los pelos de su cuerpo incluyendo sus cabellos. Su espalda y sus hombros se contrajeron y su cuerpo se puso en guardia. Se le dilataron las pupilas, tenía las mejillas calientes y le palpitaban, y los labios se le entreabrieron instintivamente para tratar de respirar con más facilidad.

Una sensación de pánico le atenazó la garganta. Intentó gritar, pero los músculos de su diafragma no reaccionaron y lo único que salió de su garganta fue un quejido acuoso. Lo que sin lugar a duda le salvó la vida, ya que de haber logrado emitir algún grito, habría provocado que los animales se abalanzaran sobre ella de inmediato.

Su pánico inicial se había convertido de pronto en un manto inerte de terror. No podía moverse, se encontraba totalmente petrificada inmersa en una especie de terror paralizante. Las lágrimas de desesperación y terror se acumulaban en sus ojos, y corrían por sus mejillas en hilos calientes. Intentó moverse, pero sintió que algo la sujetaba de los hombros con fuerza. Los ojos le dolían en las cuencas, como si las lágrimas que derramaba estuvieran cargadas de sustancias lacerantes. Trato de moverse de nuevo y esta vez pudo hacerlo.

Lanzó una mirada de desesperación por encima de su hombro, tratando de observar alguna forma de escape. Intentó ponerse de pie lentamente para no llamar la atención de los dos animales que se veían cada vez más amenazantes. Sin darles la espalda, bajó dificultosamente del tronco. Los animales se movieron al acecho, subiendo al tronco del árbol caído. La respiración de la joven se aceleró, respiraba con rápidos jadeos.  Dio un paso atrás y luego otro sin despegar los ojos de los animales que ahora la acechaban desde la cima del tronco.

 El terror se apoderó de ella, su corazón latía desbocado y amenazaba con salírsele por la boca. Dio dos pasos más hacia atrás antes de que los animales saltaran al suelo y la acorralaran. Se detuvo helada debido al pánico, sus piernas no le respondían. Los animales se acercaron un poco más a ella mostrando las fauces y gruñendo. Kataryna observó los enormes dientes que sobresalían amenazantes de las fauces de los animales, mientras estos daban un par de pasos más y se situaban apenas a unos metros de distancia de la muchacha que parecía ahora una rata acorralada. Estaban tan cerca que ella pudo oler el hedor que emanaban de sus cuerpos, un hedor salvaje y de muerte.

Su garganta emitió al fin un grito estentóreo cargado de horror. El lobo blanco dio un salto decidido hacia Kataryna, ella le dio la espalda y se echó a correr desesperada. En aquella fracción de segundo, Kataryna fue consciente de que su vida se reducía rápidamente orientada hacia un único punto, la muerte. Una muerte de más estaba decirlo horrible y aterradora.

El lobo dio otro salto abriendo las fauces enormemente y cerrándolas alrededor de la pierna derecha de Kataryna. La muchacha cayó pesadamente de bruces en el suelo, golpeando la barbilla contra la punta astillada de una gruesa rama. En ese instante sintió un dolor lacerante en el mentón que opacó la desagradable sorpresa de las fauces del lobo alrededor de su pierna. Para su suerte los dientes del lobo se toparon con la bota de cuero minimizando la herida, pero no ocurrió lo mismo con la herida en forma de medialuna del mentón, al parecer profunda, que sangraba profusamente manchando el cuello y la pechera de su vestido, formando de inmediato una franja rojiza sobre él.

El lobo gris había dado alcance al lobo blanco y estaba a punto de agarrar a la muchacha del cuello cuando se oyó un estruendoso disparo muy parecido al sonido que hace el trueno en una gran tormenta. El lobo gris rugió de dolor y rabia. Sus labios contraídos se relajaron y cubrieron sus dientes mientras caía inerte a pocos centímetros del rostro de Kataryna.

De inmediato, el lobo blanco dejó a la muchacha y fijó su atención en el joven que sostenía la escopeta que acababa de matar a su compañero. El animal gruño aterradoramente y se dispuso a atacar al joven. Pero antes de que sucediera, se oyó otro disparo. Una gran mancha roja se extendió de inmediato en el vientre del animal, se oyó un aullido de dolor que estremeció a Kataryna que seguía tendida en el suelo. El animal herido, no retrocedió, es más, gruñó amenazante y se preparó para atacar al joven quien llevaba el rostro blanco y atemorizado.

El cazador trató de hacer un nuevo disparo, pero al jalar el gatillo se percató de que ya no contaba con balas. La adrenalina aceleró su corazón y un sudor frío invadió su rostro. Lo único que le quedaba por hacer era defenderse como pudiera.

Mientras esto sucedía, Kataryna intentaba levantar la cabeza y en un principio lo consiguió, pero el bosque a su alrededor se desdibuja y volvía a cobrar forma al ritmo de sus inestables latidos, primero absorbido por la oscuridad, luego nítido de nuevo, y un terrible dolor acompaña a cada vaivén.

Antes de que el animal atinara a saltar, Igor se abalanzó hacia adelante blandiendo la escopeta como si de un garrote se tratara, con el corazón retumbante en el pecho y las sienes palpitándole. Su piel estaba reluciente y húmeda a causa del pánico que lo envolvía. Alcanzó al animal con una fuerza avasalladora que no tenía idea que anidara dentro de él. El golpe le alcanzó al animal en la cabeza y con un gemido de dolor cayó al suelo muerto con los ojos abiertos y brillantes como canicas, la lengua afuera y una mezcla de sangre y espuma que emanaba de sus fauces afiladas.

Igor dejó escapar una bocanada de aire, y solo cuando esta pasó entre sus labios tomó consciencia de que había estado conteniendo su respiración. Cuando vio a Kataryna en el estado en que se encontraba se percató de la magnitud de los hechos, su semblante se convirtió en la viva imagen del horror mientras se precipitaba al lado de la muchacha.

_ ¡Kataryna! _ dijo con voz consternada.

La joven percibió que el mundo se alejaba de ella lentamente, convirtiéndose en algo que contemplaba a través de una ventana sucia en lugar de ser el espacio dentro del cual ella habitaba.

_Kataryna_ repitió Igor pasando suavemente sus dedos por la mejilla helada de la joven, poseído de emociones tan intensas que lo cegaban.

La joven trató de enfocar la mirada, veía el rostro de Igor como a través de una nube densa de humo.

_ ¿Igor? _ preguntó confundida.

La expresión de consternación de Igor no requería de traducción, pero se transformó al oírla hablar. Fue como si el peso de una gran roca cayera de sus hombros. Procuró desplegar una imitación aceptable de una sonrisa. Le representaba todo un problema porque aún se encontraba bajo los efectos de aquella horrible experiencia.

_ Kataryna ¿te encuentras bien? _ preguntó mientras la muchacha trataba de incorporarse.

Lo hizo con dificultad, ahora tenía un atroz dolor de cabeza, como la puerta del patio trasero de su casa cuando bate sin cesar en una tormenta de invierno.

_ Estoy bien, gracias a ti_ dijo ella, luego tomó aire con una profunda y trémula aspiración.

Igor la ayudó a sentarse y a recostar la espalda contra el tronco de un árbol mientras se recuperaba. El joven se sentó a su lado en el suelo y observó que tenía en el mentón, un feo hematoma violáceo alrededor de un corte en forma de medialuna, pero que había dejado de sangrar y en general no presenta muy mal aspecto.

_ ¿Qué hacías aquí sola en el bosque? _ preguntó el joven utilizando con ella un tono tranquilizador y razonable.

_ Me gusta caminar por aquí, lo hago todo el tiempo y jamás había visto un lobo_ contestó la muchacha con voz aguda y trémula, mientras se llevaba una mano hasta el mentón en donde sentía un dolor palpitante y desagradable.

_ En la granja sufrimos un par de ataques la semana pasada, por lo que decidí salir a buscarlos, esperando tener suerte. Es por eso por lo que me encontraba por aquí_ mintió con la destreza de un consumado delincuente.

Estaba siguiéndola como otras tantas veces. Y en aquel momento al ver la mirada de fascinado agradecimiento de Kataryna, una idea que espantaría a cualquier ser humano racional y empático, a Igor le resultó espantosamente atractiva. Aquella terrible experiencia ayudaría a sus propósitos.

_ Si no hubieses aparecido estaría muerta ahora_ dijo ella.

La joven se llevó una mano a la cabeza e hizo una mueca de dolor.

_ Será mejor que te lleve a casa_ dijo Igor_ ¿puedes pararte?

Kataryna asintió y trató de ponerse de pie con ayuda de Igor quien la sostenía con una mano de la cintura y con la otra del brazo. Apenas estuvo de pie, la muchacha sintió un mareó y buscó a tientas el tronco de algún árbol. Sus brazos parecían estar hechos de cera. El mundo se balanceó y temió volver a perder la consciencia, se quedó boquiabierta y tambaleante. Igor la sostuvo con fuerza.

Kataryna se humedeció los labios, intentó hablar, no pudo hacerlo, se aclaró la garganta, lo intentó de nuevo.

_ No creo que pueda caminar_ dijo casi en un susurro.

_ No preocupes, voy a cargarte_ dijo el joven levantando en brazos a Kataryna.

La muchacha se sonrojó hasta el nacimiento del pelo.

Cuando Igor la tuvo entre sus brazos aspiró su aroma, lo único que consiguió con eso fue multiplicar su obsesión por hacerla suya.

_ Trata de relajarte yo me encargo de llevarte a tu casa_ dijo en tono persuasivo.

Ella lo miró través de sus pestañas y sus ojos azules brillaron. Pensó que el joven no solo era atractivo, sino valiente.

_Dejaste atrás tu escopeta_ dijo la muchacha de repente.

_ No puedo llevarla ahora_ contestó_ vendré más tarde por ella.

El joven caminó con Kataryna en brazos por espacio de media hora sin demostrar ningún atisbo de cansancio. El sol había desaparecido por completo y en la penumbra del bosque, una niebla baja se enroscaba con aspecto lechoso alrededor de las hierbas y los pies del joven. No hablaron mucho durante el resto del trayecto. Pero Igor se había convencido de algo, pronto conseguiría que ella fuera suya.

Casa 110 ( Melinda)

I

Laura no pudo esconder su alegría cuando se enteró quien sería su nueva vecina. La enfermera que contrataron, Melinda García, había trabajado con Laura en Arcata hace unos años atrás. Melinda viviría en la misma calle que Laura, a cinco casas de distancia.

Melinda García de treinta y dos años, era dueña de una personalidad magnética, con unos ojos cafés rodeados de pestañas largas y negras que conferían a su mirada misterio y sensualidad. La mata de pelo negro y lacio le llegaba a mitad de la espalda. Los labios rojos e invitantes eran su arma de seducción.

Cuando vio a Laura parada en la entrada de su casa, dio un grito de felicidad absoluta. Se abalanzó sobre ella incrédula, no tenía la menor idea de que la encontraría en La Oroya.

_ ¡Laura! ¿Qué haces aquí? _ preguntó emocionada.

_Vine a darte la bienvenida_ contestó con una clara y sincera sonrisa.

_Pasa, pasa ¡no lo puedo creer! _ dijo mientras se hacía a un lado para que la psicóloga entrara a la vivienda.

Laura se acomodó en la cocina, mientras Melinda preparaba algo de café.

_ No te imaginas lo feliz que me puse cuando me enteré de que eras tú a quien contrataron para el puesto de enfermera_ dijo Laura.

_ No tenía idea de que estuvieras trabajando aquí_ dijo Melinda_ hace tiempo que no tengo noticias tuyas.

_Estuve trabajando en La Libertad, hasta que me presenté para el puesto de asistenta social.

_ ¡Increíble! No te imaginas lo mucho que te he extrañado, la verdad aún no entiendo que fue lo que nos distanció _ dijo Melinda.

_ Supongo que se debió a la falta de tiempo_ contestó su pelirroja amiga.

_Si, trabajar en campamentos mineros no ayuda. Además de los turnos que realizo en el hospital. Trabajar de noche arruina la vida social de cualquiera_ dijo la enfermera.

Laura se echó a reír, pero sabía que Melinda tenía razón. Al menos ella no debía trabajar de noche.

_ Es bueno que tengas el hospital a un paso_ dijo Laura.

_Es estupendo_ dijo Melinda_ no tengo que movilizarme mucho, pero a la vez, es fácil que me llamen por una emergencia a pesar de que no esté de turno.

Laura asintió.

Conversaron largo rato poniéndose al día con los chismes, hablaron de las personas que conocían y que ya no veían. Para Laura fue como si no hubiese trascurrido el tiempo. Allí estaba su buena amiga Melinda como en los viejos tiempos.

_ Dime ¿hay alguien interesante por aquí cerca? _ preguntó Melinda con aquella mirada coqueta que Laura conocía muy bien.

_ ¿Qué fue del enamorado que tenías? ¿Cómo se llamaba?

_Luis_ dijo Melinda con gesto que a Laura le pareció algo despectivo _ Terminamos hace más de un año, la verdad estaba perdiendo el tiempo con él.

_ ¡Oh! Pensé que terminarían casándose_ dijo Laura.

_ Yo también, pero ya vez, él tenía otros planes, y me alegro por ello, porque de lo contrario me hubiese arrepentido.

_Es bueno que lo hayas tomado bien_ dijo la psicóloga.

_ ¿Qué más puedo hacer? Es mejor tomar ciertas cosas con filosofía_ dijo ella encogiéndose de hombros.

_ Para serte sincera, no hay mucha gente en esta zona, la mayoría son personas que tienen familia y viven cerca del colegio Mayupampa. En esta calle, solo estamos tú, yo y un abogado bajando la colina.

_Entonces, ¿eso quiere decir que el abogado es soltero? _ preguntó Melinda con una sonrisa y las cejas levantadas.

Laura se echó a reír.

_Si es soltero_ dijo ella.

Melinda pareció sopesar algo y cambió de expresión de inmediato.

_Probablemente es feo, chato y gordo_ dijo haciendo un gesto cómico con los labios.

Laura lanzó una carcajada y sacudió la cabeza.

_ Por el contrario, es alto, bastante musculoso y muy atractivo.

_ ¡Oh! Por la cara que pusiste al describirlo, entonces, estás en una relación con él.

Laura volvió a dejar escapar otra carcajada sacudiendo la cabeza.

_No, para nada, ya sabes, nada de relaciones para mí.

_Laura, pensé que ya te encontraría casada y con hijos, ya es hora de que sientes cabeza.

_ ¿Para qué? soy feliz a mi manera, no necesito hijos ni esposo.

_Yo opino todo lo contrario, pero respeto tu posición. ¿Entonces, eso quiere decir que tengo vía libre con el abogado?

Laura enarcó las cejas sorprendida.

_Pero ni siquiera lo has visto_ dijo.

_Bueno, solo en el caso de que me guste_ aclaró.

Laura se encogió de hombros e hizo un gesto interrogante con las manos. Pero en su corazón sintió una opresión que no había sentido antes, no quiso reconocerlo, pero le incomodaba que Melinda intentara algo con Alejandro, eso era exactamente lo que estaba sintiendo.

Historias Entrelazadas (Kataryna)

Kiev, República Socialista Ucraniana 1922.

I

La puesta de sol de aquella tarde de verano parecía una mancha sanguinolenta y fulgurante que se fusionaba a la perfección con su desalentado y abatido corazón. Sentía que perdía cada vez más el control de su joven vida, y un sentimiento de angustia la sobrecogía.  Percibió un pesado nudo en la garganta y las lágrimas le anegaron los ojos de inmediato, deslizándose por sus pálidas mejillas en cuestión de segundos.

Su llanto fue poco espectacular y silencioso.

Suspiró profundamente y se secó el rostro con el dorso de su mano derecha. Se levantó de la cama en donde había estado sentada durante casi una hora sopesando las palabras de su madre. Entendía que su progenitora quisiese lo mejor para ella, que deseara ahórrale decepciones y pesares, pero lo que no entendía, era su empeño en que se relacionara con un joven por el cual no sentía nada.

 Se acercó con pasos lentos hasta la ventana, las piernas las sentía pesadas y tensas como si caminara con grandes bloques de piedra atados a los pies. Oteó a través del cristal con una mirada insegura y errática, mientras los últimos rayos de resplandor se filtraban a través de los árboles y esculpían líneas doradas sobre los interminables campos de trigo. Soltó un suspiro profundo procurando no perder la calma, pensando en que la vida seguía su curso a pesar de su tristeza. Es más, la naturaleza se encargaba de regalarle un espectáculo de belleza y esplendor inigualables, como si con eso buscara sosegar un poco su maltrecho corazón. Contempló el firmamento por donde el sol con sus llameantes franjas de luz rojiza y doradas la bañaban, mientras volvía a suspirar.

 Había dejado de asistir a misa durante todo un mes luego de que abandonara a Igor en mitad del sendero y regresara a casa sola. Pero ya no podía seguir evitándolo. Sus padres le exigían que reanudara sus visitas a la iglesia.

Se pasó una mano por el pelo en un gesto de nerviosismo, sus padres tenían razón, no podía poner su vida en pausa solo por no toparse con Igor. Juntó las manos e hizo sonar sus nudillos, lo hacía desde niña inconscientemente cuando se encontraba nerviosa, aunque su madre le recordaba siempre que era un mal hábito.

Aquella tarde en que Igor solicitó la autorización de su padre para acompañarla de regreso a casa parecía lejana, pero al mismo tiempo tan reciente. Aún rememoraba la conversación poco funcional que sostuvieron y la mirada de reproche de su padre cuando llegó a casa sola. Nunca había visto aquella terrible expresión de indignación y vergüenza en la cara de su padre.  De tanto en tanto, aún la angustiaba como si se tratara del rostro de un fantasma pálido y atormentado que vaga por el mundo buscando alguna forma de resarcimiento.

 Su padre le recordó durante la discusión, en más de una oportunidad que ya estaba en edad de que algún joven la cortejara, y que mejor partido que Igor, fue la contribución de su madre al tenso debate. Karatyna había protestado con vehemencia diciendo que era muy joven, que solo contaba con quince años. A lo que su madre replicó con énfasis que ella ya se había casado con su padre a la misma edad.

 Al oír el razonamiento de su madre, una terrible sensación de desamparo la embargó. Sintió que perdía una batalla, que las personas más importantes en su vida se aliaban en su contra. No entendía la obsesión de sus padres por que se casara tan joven y con alguien que no conocía. Porque era así como ella lo veía, una obsesión, era la única explicación lógica para Kataryna. Se sentía traicionada y confundida con la actitud de sus progenitores.

 Sus padres insistieron en la conveniencia de que la menor de sus hijas conociera a Igor, bueno, si el joven aún estaba dispuesto a conocerla después de tamaño desplante.

 Kataryna pidió suplicante que no siguieran insistiendo mientras corría hacia su habitación y se encerraba en ella durante toda la noche sin volver a dirigir la palabra a sus consternados padres. Se había dejado caer sobre la cama como una de aquellas actrices de alguna obra de teatro dramática, con las piernas y los brazos extendidos mientras su cuerpo se sacudía en suaves espasmos durante su silencioso llanto.

Recordó las bodas de sus dos hermanas mayores, ambas se casaron enamoradas, al menos eso pensaba Kataryna, por lo que no entendía la insistencia de sus padres para que ella se casara sin amor.

De aquello había transcurrido un mes, un largo y estresante mes, pero sentía que había ocurrido solo ayer. Kataryna siguió con su vida, luego de aquel episodio, cumplía con sus obligaciones en la casa, cuidaba de los animales, acompañaba a su madre al mercado y todo lo que se esperaba de una buena hija, con excepción de acompañar a misa a sus padres los domingos por la mañana. Se había inventado toda clases de excusas durante cuatro semanas, como un intenso dolor de estómago, una terrible jaqueca, un golpe inexistente en la rodilla y un dolor fulminante de muela. Ya no sabía a qué echar mano para seguir sosteniendo sus excusas.

 Su madre se había comportado de forma transigente e indulgente con ella, esperando que con el paso de los días la joven recapacitaría, pero Kataryna no había reevaluado su postura.  Aquel sábado por la mañana sentó a la menor de sus hijas frente al pichka[1] y le expresó sus deseos de que regresara a misa. Los vecinos, dijo, empezaban a hacer preguntas y a inventarse todo tipos de conjeturas, desde que Kataryna estaba aquejada por alguna terrible enfermedad, hasta un posible embarazo. Kataryna se encogió de hombros, no le importaba mucho lo que los demás pensaran de ella. Pero la madre no estaba de acuerdo, no era conveniente que utilizaran a Kataryna como la comidilla del pueblo. Desde luego, eso dificultaría las pretensiones de algún que otro joven, entre ellos el propio Igor.

_Mañana por la mañana nos acompañarás a misa_ sentenció su madre con una mirada algo severa, pero a la vez paciente.

Kataryna alzó la mirada hacia el rostro de su progenitora e hizo una mueca de disgusto mientras se encogía de hombros. Un doloroso espasmo en el estómago hizo que se estremeciera, esta vez a diferencia de otras, era completamente real. Trató de protestar, pero su madre la hizo callar con un ademán de su mano derecha.

_No quiero discutir contigo, tengo muy en claro tu posición, no puedo obligarte a que veas a Igor, pero no puedes dejar de asistir a misa_ sentenció.

Kataryna exhaló un mudo suspiro de resignación y decidió que debía dejar de discutir con su madre. Le dedicó una sombría mirada antes de pedir permiso para retirarse. Su madre asintió en silencio y dejó que la joven se dirigiera a su habitación.

Había permanecido encerrada todo el día sin probar bocado, dejándose llevar por llantos intermitentes, algunas veces cargados de desesperación, otras de rabia.

 El sol había desaparecido por completo y los extensos campos de trigo que hacía pocos minutos se cubrían con pinceladas doradas y rojas se veían ahora envueltos en un manto oscuro y apagado. Kataryna suspiró de nuevo y giró sobre sus talones despacio, las piernas ya no las sentía tan pesadas, es más, las sentía mucho más ligeras. Tal vez el llanto la había ayudado a eliminar el creciente desasosiego que cargaba su corazón. Caminó con pasos lentos hacia la puerta de madera que su propio padre había construido con algún árbol del bosque de los alrededores del río Dniéper y después de vacilar por unos instantes, tomó el jalador con mano firme, tiró de él y abrió la puerta. Sus padres se encontraban sentados a la mesa y la observaron con una extraña curiosidad pintada en sus rostros, pero no dijeron nada. Iván, le hizo un gesto para que se sentara con ellos. Kataryna asintió en silencio y se puso en marcha. Se sentó al lado de su madre. La mujer le dedicó una sonrisa suave que trataba de infundirle confianza y seguridad. Tomó uno de los tres platos que yacían sobre la mesa y sirvió un caliente y apetitoso Borsch[2] que sería la cena de aquella noche.

II

Los suaves rayos de luz que ingresaban a través de la ventana de su habitación la despertaron de su intranquilo sueño, aún algo aturdida y envuelta en una gastada manta de somnolencia. Se restregó los ojos en un intento por abandonar por completo aquel estado. Se incorporó despacio en la cama y extendió los brazos sobre su cabeza desperezándose. Sin previo aviso, el recuerdo de Igor le llegó como en una gran ola que rompen en la orilla de un alto acantilado. Su corazón se aceleró y una repentina mirada de desaliento asomó a su rostro. Había llegado el día en que debía volver a verlo. Aquel pensamiento la hundió en una compleja mezcla de aprehensión y expectación. Respiró lenta y pausadamente tratando de que el corazón se le sosegara un poco.

Bajó los pies al piso de madera, descansó los codos sobre las rodillas y sepultó la cabeza en los brazos. Se mantuvo así por largos minutos.

Levantó el rostro y su mirada parecía algo más serena y controlada. Se pudo de pie dirigiéndose hacia la silla en donde descansaba el vestido que usaba cada domingo para ir a la iglesia.  Se vistió con rapidez. “A mal tiempo buena cara”, pensó. Se sentó de nuevo en el borde de la cama y se calzó las botas, y fue hasta el ropero en busca del pañuelo que utilizaba para cubrirse la cabeza.   Pronto salió de su habitación para dirigirse a la de su madre. Se detuvo frente a la cama levantando la mirada hasta el crucifijo que pendía de un oxidado clavo sobre la cabecera de la cama de sus padres.  Del ícono colgaba un rushnyk[3] de brillantes colores. Le trajo a la memoria las historias que su madre, incansable repetía sobre el día en que conoció a su esposo Iván, la construcción de su casa o el día de su boda. Cada vez que Anastasia contaba estas historias, Kataryna la escuchaba con desbordado interés, sus ojos brillaban y una sonrisa se dibujaba en sus labios. Pero algo había cambiado con el trascurrir de los años, aquella sensación de rebosante fascinación había desaparecido dando paso a una inquietante revelación. Sus padres sentían un profundo cariño uno por el otro, pero no se amaban. Su semblante de oscureció de repente ante aquella idea. Volvió a observar el crucifijo, no podía apartar los ojos de aquel objeto inanimado, pero de gran valor sentimental para la familia, recordando todo lo que su madre le había contado sobre él y de cunado llegó a la vivienda.

La pequeña y blanca casa de los Weleczuk fue levantada por las propias manos de Iván y sus cuatros hermanos hace más de veinte años, unos meses antes de que desposara a la madre de Kataryna. La había construido con madera proveniente del bosque que bordeaba el río Dniéper y cubierta luego por excremento de caballo que servía como aislante térmico.  La casa tenía forma pentagonal, con el techo de paja, constaba de dos habitaciones y una cocina que hacía las veces de comedor y recibidor de visitas, además de un cuarto de aseo en el fondo del patio trasero. Como campesinos de escaso recursos, los Weleczuk no podían darse el lujo de pintar su vivienda y menos de adornarla. Pero Iván se las ingenió para darle una mano de pintura blanca y adornar las paredes exteriores con detalles florales alrededor de las ventanas y las puertas. Había pintado el perímetro de la casa como era la costumbre en su pueblo, para proteger a la familia de los malos espíritus y de otro tipo de adversidades como las enfermedades. Una valla de madera blanca rodeaba la vivienda y una puerta en el patio trasero separaba la casa del inicio del bosque.

Los únicos objetos que Anastasia, la madre de Kataryna llevó a su nuevo hogar cuando ingresó a ella en su noche de bodas fue un crucifijo de madera labrada, (obsequio de su madre, el crucifijo había pertenecido a su abuela, quien se la había obsequiado a su madre cuando esta se casó) y el colorido rushnyk. Había situado el crucifijo en la pared sobre la cabecera de su cama, y como devota creyente, creía firmemente que el crucifijo cuidaba de su familia.

Kataryna regresó a la realidad cuando oyó a su madre llamarla con voz suave y serena.

_ ¿Estás lista? _ preguntó.

Kataryna giró despacio para enfrentar a su madre. Trató de esbozar una sonrisa mientras asentía con un hilo de voz. Oyó sus pasos sobre la crujiente madera y eso la sobresaltó. Se encontraba inquieta y algo atemorizada.

Los Weleczuk dejaron su vivienda en silencio, mientras se dirigían por el serpenteante sendero rumbo a la iglesia. No hablaron mucho durante el trayecto, aún permanecía cierta tensión entre padres e hija. Kataryna tenía la mirada fija e inexpresiva, casi vacua. Caminaba algo rezagada detrás de sus padres emitiendo suspiros resignados de tanto en tanto.

Al llegar a la iglesia ingresaron en medio de un silencio reverencial y se situaron en la décima fila del lado izquierdo de la impresionante construcción.  Kataryna se dejó caer con un suspiro sonoro y recorrió casi inconscientemente con la mirada, cada rincón de la iglesia. Pronto encontró lo que estaba buscando. Igor se situaba a su derecha, varios lugares delante de ella. Estaba de espaldas, con la mirada baja, parecía muy concentrado en sus plegarias. Al menos eso pensó la muchacha, la realidad era muy distinta a las suposiciones de Kataryna. Si hubiese podido leer en aquel momento los pensamientos de Igor probablemente habría pensado que el joven estaba loco de remate.

 Kataryna sintió cierto alivio al ver que Igor no se había percatado de su llegada, tal vez tendría suerte y podría salir cuando acabara la misa sin que Igor se diera cuenta de su presencia después de todo.

 Pero no tuvo tanta suerte.

 Apenas terminó el servicio, Igor la divisó y en sus labios se dibujó una sonrisa de satisfacción y profunda suficiencia. Allí estaba ella, después de semanas de ausencia y no perdería la oportunidad de acercarse de nuevo.

 Se abrió espacio entre la multitud que intentaba salir de la iglesia con grandes zancadas y abordó de inmediato a la familia, mientras su ágil mente orquestaba una increíble trama de enredos para que la inocente joven cayera en sus redes. Tenía que calmar sus nervios, debía actuar de forma cauta si no quería darse el lujo de cometer otro error. Profirió un hondo suspiro y habló con voz baja y serena.

_ Buenos días_ saludó el joven con una teatral inclinación de cabeza.

_ Buenos días _ respondieron Iván y Anastasia.

Kataryna permaneció calla, un pequeño cosquilleo que la atenazaba en aquel momento la sobresaltó. Era una sensación bastante extraña, una mezcla de ansiedad con una buena dosis de curiosidad.

_ Kataryna, saluda al joven_ dijo su madre, mientras le daba un pequeño e imperceptible pellizco.

La joven se sonrojó, se sintió de pronto avergonzada, fue como si le arrojaran agua caliente en pleno rostro. Apretó los labios formando una fina línea.

_ Buenos días_ contestó de mala gana poco después.

Anastasia la observaba con abierta desaprobación, mientras los ojos de Igor la escrutaron con atención.

Igor tenía la mirada fija en Kataryna, le dedicó una sonrisa que la joven consideró bastante soberbia.

_ Kataryna, quisiera acompañarte a tu casa_ aventuró el joven.

El corazón de Kataryna se aceleró, se puso algo nerviosa, descansó el peso de su cuerpo primero sobre la pierna derecha, luego sobre la izquierda como si acabara de efectuar un terrible y extenuante esfuerzo físico y necesitara darse algo de tregua. Vaciló por unos segundos, tragó salivaba con un chasquido en la garganta y luego habló con voz clara como el tañer de una campana.

_ Te lo agradezco, pero quedé con unas amigas _ dijo y se apresuró en salir de la iglesia dejando a sus padres y a Igor totalmente desconcertados.

III

Iván y Anastasia observaron incómodos y avergonzados a Igor. El joven trató de disimular la sensación de impotencia y rabia que lo invadía. Una clase de impotencia y rabia que nunca había sentido antes. Kataryna escapaba completamente a su control y eso no le gustaba. Sintió que se le escurría de entre los dedos como si fuera agua y lo que era peor, odiaba el poder que ella ejercía sobre él.  Buscó en lo más profundo de su interior la calma que necesitaba para disimular su exasperación, si hablaba en aquel momento no podría evitar el tono de profunda irritación que escaparía de su voz. No era buena idea que los padres de la joven vieran su verdadera personalidad.

Igor era un hipócrita consumado, un simulador que detrás de su supuesta decencia, sobriedad y educación, ocultaba un cinismo, que fingía lo que no era ni creía ser.

Cuando Iván y Anastasia llegaron a su casa encontraron a su hija ocupada picando verduras para el almuerzo. Se movía apresurada de un lado a otro tratando de no enfrentar la mirada de sus progenitores. Iván le dirigió una mirada reprobadora, pero se mantuvo en silencio. Se dirigió de inmediato a su habitación y se cambió de ropa. Salió de la casa rumbo a los establos dejando a ambas mujeres solas. Anastasia se sentó frente a su hija y antes de hablar suspiró profundamente, esperando encontrar las palabras adecuadas dentro de su corazón.

_ Había decidido dejarte tranquila por un tiempo antes de que tuviéramos una plática, pero después de lo que hiciste hoy no puedo seguir callada_ dijo mientras cruzaba las manos y las depositaba sobre la mesa.

Anastasia hizo un gran esfuerzo para que su voz no sonara seca y cortante.

Kataryna quiso protestar, pero antes de que pudiera decir nada, su madre levantó un dedo en un gesto admonitorio. La joven dejó el cuchillo que sostenía sobre la mesa, se limpió las manos con un paño y se sentó frente a su madre con las manos sobre su falda y el rostro teñido de muda indignación.

_Puedo entender que no quieras casarte, pero lo que no puedo entender es que trates a Igor de la forma en que lo estás haciendo. Creo que tu padre y yo no te criamos de esa forma. Siempre les hemos enseñado a tus hermanas y a ti que el ser pobres no es excusa para comportarse de forma descortés. Tu comportamiento está dejando mucho que desear. ¿A caso Igor te ha faltado el respeto? _ preguntó Anastasia posando una pesada mirada sobre su hija.

Kataryna miró a su madre avergonzada a través de sus pestañas. Suspiró suavemente antes de responder.

_No_ dijo con voz baja casi inaudible.

_ Entonces, no entiendo porque tienes que comportarte de esa forma_ preguntó Anastasia.

_ Mama, no quiero conocer a Igor, no estoy interesada en él, hay algo en su mirada que no me inspira confianza_ dijo la muchacha atropelladamente.

Anastasia exhaló un suspiro de consternación. Se pasó una mano por el pelo rubio entrecano tratando de tranquilizarse.

_No lo conoces, estás llegando a conclusiones precipitadas, lo estás prejuzgando. Una muchacha como tú no puede dejar pasar una oportunidad como esta. Igor es de buena familia. Muchas jovencitas de tu edad darían lo que fuera porque él se fijara en ellas.

Kataryna hizo un gesto de fastidio antes de defenderse.

_Entiendo todo lo que me dices, pero lo que no entiendo es porque quieres que me case tan pronto_ dijo con una mueca de desagrado y un gesto vehemente de sus manos.

Anastasia trató de ser paciente con su hija, no tenía caso obligarla a hacer algo que no quería. La observó con la cabeza levemente ladeada hacia adelante, tratando de entender su posición.

_Tu padre y yo no viviremos por siempre y tú necesitas de alguien que se haga cargo de ti_ explicó.

Kataryna se apartó un mechón de pelo de la cara y lo acomodó detrás de su oreja antes de hablar. Se sentía nerviosa y atemorizada.

_Mama, quiero trabajar en la fábrica como tú, quiero ganar mi propio dinero, no quiero depender de un hombre. No puedo casarme con alguien solo para que me mantenga_ dijo Kataryna, mientras una arruga de concentración se extendía por su rostro.

_ El trabajo en la fábrica es duro, y pagan poco, las mujeres trabajamos mucho más que los hombres y nos pagan la mitad. Lo más adecuado sería que te casaras con alguien como Igor que puede proporcionarte una vida bastante cómoda y sin preocupaciones_ dijo Anastasia.

Karatyna se levantó de un salto y caminó de un lugar a otro como un animal enjaulado a punto de saltar sobre el primero que se acercara demasiado a ella.

_ Mama, sé que no debería decirte estas cosas, pero mi papa y tú siempre se llevaron bastante bien….

Kataryna vaciló y se detuvo, no sabía cómo expresar lo que sentía, estaba avergonzada de hablar con su madre temas relacionados a su padre. Anastasia la animó con la mirada.

_Pero nunca los vi demostrase afecto, al menos en público_ dijo Kataryna esperando que su madre no tomara mal sus palabras.

Anastasia desvió la mirada mientras sopesaba las palabras de su inquieta hija.

_ Es verdad_ dijo poco después_ respeto mucho a tu padre, él hace lo mismo conmigo, pero si estas esperando que te diga que entre él y yo hay una gran historia de amor, eso no va a suceder. La vida real no es como en los libros que lees.

Kataryna tenía crecientes sospechas al respecto, pero corroborarlas la había aturdido un poco, eso era lo último que esperaba oírle decir a su madre.

_ Tu padre me pretendió cuando yo era mucho más joven que tú, era un joven educado y amable y seguí los consejos de mi madre. Iván nunca me levantó la mano, siempre me trató con respeto y nuestro matrimonio ha funcionado perfectamente. Siempre he tenido una especie de sexto sentido con respecto a tu padre, cuando los problemas empiezan a sobrepasarlo y pierde las esperanzas, es cuando yo le presto más apoyo. A veces necesita que sea más fuerte, por él, por todos nosotros. Trato de dar lo mejor de mí por esta familia, tal vez no hago lo suficiente, pero doy todo lo que está a mi alcance. _ agregó Anastasia con una mirada de resignación que Kataryna nunca había visto en su madre.

_ Mama, eso es justo lo que no quiero, tener que casarme sin estar enamorada_ musitó con la voz quebrada y los ojos consternados.

Anastasia permaneció en silencio unos segundos, luego, procuró mantener un tono paciente y razonable con su hija.

_En los años que tengo, Kataryna, nunca he visto a una mujer estar enamorada de su esposo, he llegado a pensar que eso no existe en realidad, que son inventos. Tal vez el amor exista, y sea justo lo que tu padre y yo sentimos el uno por el otro, pero definitivamente no es la pasión que describen los libros.

Kataryna se pasó una mano por el rostro y advirtió que los dedos le temblaban levemente. Su semblante se oscureció de repente al igual que se oscurece el día cuando una enorme nube se atraviesa en el camino de los rayos del sol.

Anastasia apoyó las palmas de su mano sobre la mesa y se puso de pie lentamente. Rodeó la mesa y se acercó a su hija colocando una mano paciente sobre su hombro.

_Mi deber como madre es prepararte lo mejor posible para la vida, creo que has aprendido muy bien todo lo que traté de enseñarte. Pero con respecto al amor, no puedo enseñarte mucho, solo puedo aconsejarte que busques un buen hombre que sea un apoyo para ti.

Kataryna sintió un fuerte nudo en la garganta, mientras veía en los ojos de su madre un frío brillo de resignación. Una certeza súbita y fundamental la arrasó de pronto, le dolió comprender que nunca encontraría el amor, nunca encontraría a alguien que le acelerara la respiración y le hiciera hervir la sangre.

De pronto, sintió una imperiosa necesidad de salir huyendo. Oía los latidos de su corazón en la garganta. Con ojos nebulosos miró a su alrededor.

Anastasia observó el cambio en los ojos de su hija, tenía la expresión grave y reflexiva, completamente triste. Acababa de entrar en ella, la dolorosa aceptación de la realidad de la vida.

_ No tiene que ser malo_ dijo_ el matrimonio es como un contrato, si ambas partes cumplen con sus obligaciones, las cosas funcionaran a la perfección.

Kataryna bajó la cabeza y se hundió en sus pensamientos. Anastasia acarició la espalda de la joven suavemente por unos segundos y la dejó sola.

 Aquel nudo en su garganta se hacía cada vez más fuerte, difícil de soportar. Pensó que si no salía de la casa se echaría a llorar. Se levantó y salió de la pequeña casa en que vivía desde que había nacido y se encaminó hacia el bosque. Cruzó la valla sin siquiera prestarle atención a la puerta del patio trasero, que, movida por el viento, se batía contra la fachada lateral de la casa. El viento le alborotaba el cabello a un lado y a otro, pero apenas era consciente de ello, al igual que el crujido de las ramas rotas cuando pasaba apresurada entre los arbustos.

Le gustaba internarse en la espesura, le ayudaba a pensar y relajarse, pero ese día, las palabras de su madre que no dejaban de resonar una y otra vez en su cabeza, se tornaban cada vez más fuertes y duras al mismo tiempo que lacerantes e intimidantes. A medida que se hundía cada vez más en la vegetación de arbustos, matorrales y árboles de colores tan vividos y luminosos, sus pronósticos se hacían cada vez más sombríos. Se convencía de que su vida no sería lo que ella hubiera esperado, sino que tenía que aceptar lo que la vida le había dado y aprender a convivir con ello.

Vagó sin rumbo fijo por un largo tiempo y cuando el cansancio la venció, se sentó sobre un viejo tronco de álamo, a pocos metros de ella, corría gorgoteante el río, sus suaves facciones se veían difuminadas y pálidas a la luz de los rayos torcidos de la tarde que se escurrían entre la espesa vegetación de los árboles en donde gorjeaban alegres los pájaros preparándose para la noche. Unas cuantas hojas cayeron y revolotearon por delante de sus ojos. Sepultó su rostro en sus manos extendidas. Sintió crecer en su estómago el miedo y el aturdimiento y empezó a llorar.

La aceptación de la realidad entristeció el alma de Kataryna en cierta forma. La joven alegre, despreocupada y decidida había desaparecido. Ahora otra persona ocupaba su lugar. La conformidad, la resignación y cierta melancolía habían tomado su espíritu.


[1] Pichka: horno tradicional ucraniano.

[2] Borsch: Sopa Rusa / ucraniana hecha con remolacha.

[3] Rushnyk: toalla decorativa bordada, típica ucraniana, en donde se observan patrones ornamentales y símbolos que representan el camino, el destino y la protección de los miembros de la familia. Se suelen colgar por encima de los retratos de los familiares o de los iconos religiosos.

Casa 110 (fragmento)

VII

El sábado por la mañana amaneció con un sol radiante y el cielo totalmente despejado. Laura decidió dedicar el día a arreglar el jardín, había avanzado bastante, ya le faltaba poco, las constantes lluvias contribuían positivamente a que las flores que había sembrado empezaran a abrir sus primeros capullos. Los coloridos Pensamientos inundaba sus sentidos. Las flores fueron recomendación de Celia y Gladys, ellas les explicaron que los Pensamientos se habían adaptado muy bien al clima de La Oroya. Laura lo estaba comprobando, la increíble variedad de colores pasando por el amarillo, el blanco, el morado, el naranja y las mezclas de matices de estos colores en una sola flor daban una sensación de estar sumergido en un arcoíris. Las florecillas parecían pequeñas caras que apuntaban al sol.

Arrodillada en el mojado pasto, escarbaba arrancando la mala hierba que competía con las flores que había sembrado. De pronto, sintió dos pesadas patas sobre su espalda. Se levantó sobresaltada y trastabilló cayendo de espaldas en el suelo húmedo. Andy, el Chow Chow de Alejandro, se lanzó sobre ella llenándola de cálidos lengüetazos en el rostro.

_ ¡Andy, basta, basta ya! _ gritó.

El perro siguió impertérrito con su húmeda demostración de afecto moviendo la cola como si de una gran serpiente se tratara. Alejandro cruzó la calle y se quedó mirándola más rato de lo que debía con aire divertido.

_ ¡Andy, Andy, basta! _ volvió a gritar, mientras que con el rabillo del ojo percibió la silueta de Alejandro que no paraba de reír _ ¡Deja de reír y ayúdame! _ le exigió.

El abogado saltó la valla de piedras con bastante agilidad y detuvo al perro de la correa.

_ Lo siento, en verdad_ se excusó, pero seguía riendo.

_ No lo sientes, estas disfrutando esto_ dijo Laura con el ceño fruncido algo molesta.

Alejandro no pudo evitarlo y se echó a reír de nuevo.

_No puede evitarlo, le caes muy bien_ dijo señalando al perro.

_ Yo pienso que le enseñaste a atacarme_ dijo ella y una sonrisa se le escapó de entre los labios.

Alejandro negó con la cabeza sin dejar de reír. Laura quiso parecer molesta, pero no pudo evitar echarse a reír con él. Cuando al fin la risa dejó de atacarlos Laura observó detenidamente a Alejandro, era difícil dejar de admirar su arrolladora personalidad. Se veía muy atractivo a pesar de llevar una camiseta del Club Universitario de Deportes que había pasado demasiadas veces por la lavadora.

_Creo que ya sé que voy a regalarte por Navidad_ dijo ella mirando fijamente la camiseta.

Alejandro bajó la mirada perplejo.

_ ¿A qué te refieres? _ preguntó.

Ella se echó a reír sacudiendo la cabeza.

_Nada_ respondió.

Andy daba saltos moviendo la cola, quería llamar la atención de Laura, buscaba que ella le rascara la cabeza y acariciara su cuerpo.

_Andy, hoy estás muy hiperactivo_ dijo ella.

Alejandro emitió una pequeña carcajada.

_ ¿Ahora harás de psicóloga de perros? _ preguntó.

Ella entrecerró los ojos y lo miró ladeado un poco la cabeza.

_ No es gracioso_ contestó.

_Yo creo que si lo es_ dijo él.

Laura tuvo que acariciar al animal para que se tranquilizara. Andy adoraba las manos de la psicóloga sobre su largo pelo. Le gustaba que le rascara detrás de las orejas como ella estaba haciendo en ese preciso instante. Toda la inquietud del animal desapareció mientras se dejaba acariciar por Laura.

_ ¿Será que le gustas porque ambos tienen el mismo color de pelo? _ preguntó Alejandro echándose a reír de nuevo ante su ocurrencia.

_ Hoy estás con un extraño sentido del humor_ dijo ella.

_No me hagas caso, será mejor que me lleve al perro para que puedas seguir trabajando.

_ La verdad tengo la espalda y el trasero húmedos, ya se me quitaron las ganas de seguir trabajando_ contestó ella y Alejandro rio de nuevo.

_Entonces me lo llevo para que te cambies_ dijo.

Laura asintió, le dedicó una sonrisa algo coqueta encaminándose hacia la casa.