Kataryna
Kiev, Ucrania 1922
I
Kataryna apresuró los pasos hasta alcanzar a sus padres de camino a la iglesia. La Fiesta del Manto Protector de la Madre de Dios sería el lugar adecuado para agradecer el final de la guerra y el regreso de la estabilidad no solo en Ucrania sino también en toda la nueva Unión Soviética, bajo la promesa de igualdad para todos. Ninguno de los tres se imaginó en ese momento que el mismo régimen condenaría, suprimiría y perseguiría todo tipo de creencias religiosas y que aquellos festejos tenían los días contados.
Kataryna siempre se había destacado por su alegría y buen carácter, y cuando vencía su natural timidez, su comportamiento revelaba un corazón sincero y cariñoso. En sus ojos se presentía todo ese espíritu, ese calor, que divulgaba virtud e inteligencia.
La joven se situó al lado de su madre Anastasia y aspiró un dulce y conocido aroma en el suave y tibio aire de la mañana. El perfume de las flores del campo inundó sus sentidos. El sol se levantaba en el horizonte coloreando de dorado los extensos campos de trigo.
Muchas familias caminaban junto a ellos, otras hacían el recorrido por el serpenteante camino en carretas o montados a caballos. Todos llevaban sus mejores vestidos y las mujeres cubrían sus cabezas con una pañoleta.
El traqueteo cansino de unas ruedas de madera contra el suelo blanco de tierra hizo que Kataryna y su madre se hicieran a un lado. El hombre que conducía una carreta saludó con un ademán de la mano. Las mujeres hicieron una inclinación de cabeza y el padre de Kataryna devolvió el gesto al conductor. Muy cerca a la carreta cabalgaba un joven de buen porte, de pelo castaño y grandes ojos verdes. Sus facciones eran firmes, marcados pómulos, gruesos labios y fuertes mandíbulas. Observó a la joven fijamente, penetrándola con la mirada mientras hacía una inclinación de cabeza. Ambas mujeres lo vieron alejarse por el sendero. El jinete volteó sobre su hombro un par de veces y fijó sus ojos en Kataryna antes de desaparecer de su vista. La joven pensó que el jinete tenía un aire arrogante y algo soberbio, pero pronto lo sacó de su mente.
El angosto sendero se adentraba en el campo hacia sur, siguiendo la orilla del sinuoso río Dniéper, sombreado por innumerables filas de álamos blancos, robles, abedules y cipreses que parecían formarse como batallones de verdes soldados flanqueando a su comandante ante la llegada inminente de la batalla. Cadenas de amarillas setas se arremolinaban una sobre otras en los troncos de los viejos árboles como si fueran cuentas de un colorido collar. Llamaba la atención el gorjeo de los pájaros en la copa de los árboles, prolongado y agudo; el olor de la hierba húmeda, acarreada por la suave briza, esa fragancia intensa despedida por la vegetación durante la primavera coronada por el azul brillante del cielo.
Un castor de ojos grises y fino pelaje castaño roía un tronco sobre un gran banco de blancas arenas en el centro del río, mientras que bandadas de golondrinas rastreaban el agua con rápidos aleteos y otras tantas de ellas anidaban en la arena. Una pequeña ardilla de tierra cruzó veloz el sendero y se internó entre los árboles.
Poco a poco, el bosque fue quedando atrás y la ciudad tomó su lugar. Se internaron en la calle principal de la ciudad, Khreshchatyk, en ella, muchas de las edificaciones se encontraban seriamente dañadas debido a las múltiples ocupaciones que la ciudad había sufrido durante la revolución. A lo lejos, se oía el claro tañer de la campana a modo de repique, convocando a los fieles al inicio de las festividades. Cuando se adentraron en la calle Volodymyrs, las trece cúpulas de piedra pintadas de verde y dorado de la Catedral de Santa Sofia se levantaron imponentes por encima del horizonte. Cristo representado por la cúpula central y los apóstoles por las doce cúpulas más pequeñas a su alrededor. La larga procesión de devotos, que incluía a Kataryna Weleczuk y sus padres, Anastasia e Iván, ingresó a la iglesia en silencio. Los rayos del sol se colaban a través de los vitrales y conferían a los mosaicos y frescos una apariencia reluciente y majestuosa.
Kataryna recorrió con la mirada la impresionante obra arquitectónica, sus ojos azules, brillaron expectantes y asombrados. No entraba en la catedral desde que era una niña y estaba a punto de cumplir quince años. Observaba todo con ojos inquietos e interesados. Se sentía exultante y rebosante de vida. Sus labios rojos dibujaban una admirada sonrisa. Kataryna se sentó entre su padre y su madre, en una de las últimas bancas, cuando la campana dejó de emitir su alegre tañido. De inmediato, el coro inició uno de sus cánticos, mientras los más rezagados terminaban de ubicarse.
Desde el otro lado de la iglesia, protegido por uno de los tantos recovecos, apoyado contra uno de los increíbles frescos, la observaba el joven jinete. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, supuso que su padre consideraría aquel gesto como una terrible falta de respeto hacia la iglesia y los mayores. Sus labios esbozaron una sarcástica sonrisa y volvió de inmediato su atención a Kataryna. Imaginó su largo pelo debajo de la pañoleta que cubría su cabeza. Se preguntó cómo se sentiría su suave y blanca piel debajo de sus manos. Suspiró desconcertado, no entendía la fascinación que aquella muchacha, casi una niña ejercía sobre él. A sus veinte años, había experimentado mucho más que los demás jóvenes de su edad. El trabajo del campo, las interminables revoluciones y muchas mujeres hechas y derechas. Pero a pesar de las explicaciones que buscara y las excusas que inventara, no podía sacarla de su mente. Volvió a suspirar algo irritado, no le gustaba la forma en que ella lo afectaba, lo desquiciaba, estaba a punto de perder el leve equilibrio que le quedaba. Debía tenerla como todo en la vida. En aquel momento tomó una decisión, había llegado el momento de dejar de acecharla y acercarse a ella.
La misa terminó y los fieles empezaron a abandonar la iglesia. Kataryna y sus padres fueron unos de los primeros en salir. Iván y Anastasia saludaron a unos vecinos y conversaron un poco con ellos. La gente se encontraba pletórica de esperanzas ahora que la guerra había acabado y esperaban que el nuevo gobierno cumpliera la promesa de tierra para todos.
La joven conversaba animadamente con un grupo de amigas, cuando el joven jinete salió de la iglesia. Se pasó la mano por el pelo un par de veces estaba extrañamente nervioso, y no entendía porque, nunca había tenido problemas para conquistar a una mujer. “Con esta niña, debe ser aún más fácil”, pensó. Pero aun así no pudo evitar que su corazón latiera con fuerza. En aquel momento, vio que Kataryna se despedía de las muchachas y regresaba junto a sus padres. De inmediato, emprendieron el largo regreso a casa. La joven tomó el brazo de su madre mientras sonreía.
“Ahora o nunca”, pensó el joven y se acercó a Iván con grandes zancadas.
_ Buenos días_ dijo el joven haciendo una reverencia con la cabeza, al tiempo que dedicaba a sus interlocutores una sonrisa que esperaba les resultara amable y cálida.
_ Buenos días_ contestaron Anastasia e Iván devolviéndoles la sonrisa con presteza.
Kataryna no respondió y se quedó observando discretamente al joven que tenía enfrente.
Igor era completamente consciente de que estaba desprovisto de la mayoría de las emociones empalagosas y cursis de lo que la gente más culta y respingada llamaría buenos modales, pero sabía cómo y cuándo estirar los músculos de su rostro en las direcciones correctas, también podía sonreír y exteriorizar un gesto cálido cuando eso era lo que se requería de él. Además, con su agudo sentido de la astucia, había descubierto apenas era un niño que una sonrisa compasiva o amable era la mejor arma del mundo para conseguir sus más oscuros propósitos.
_ Soy Igor, el hijo menor de Josef Gorodetsky_ dijo con otra inclinación de cabeza.
Los padres de Kataryna sabían muy bien quien era el padre del joven. Su familia era una de las más acaudaladas y respetadas de su pueblo, por lo tanto, Igor era un buen partido para cualquier jovencita en edad de contraer matrimonio.
_Espero que no tome a mal mi proceder, pero me gustaría acompañar a su hija hasta su casa si está usted de acuerdo_ agregó el joven dirigiéndose a Iván para luego regalarle la mejor de sus sonrisas a la madre de la joven.
Anastasia e Iván le dedicaron a su hija una mirada algo vacilante. La muchacha frunció el ceño y quiso protestar, pero Iván se adelantó.
_Por mí no hay problema_ contestó Iván y tomó el codo de su esposa adelantándose.
Karatyna se sonrojó y contempló algo indignada a sus padres que se alejaban. No tenía ni idea de lo que debía decir. Luego de unos segundos Igor tomó la palabra.
_Espero que no te moleste que haya querido acompañarte_ dijo al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa cálida.
Kataryna emitió un suspiro profundo antes de responder.
_En realidad no he decidido lo que pienso de ti_ contestó ella observando a Igor con curiosidad. Tenía que reconocer que el joven era atractivo, pero no olvidaba la primera impresión que le había causado.
_ ¿Por qué no nos ponemos en marcha? Y nos vamos conociendo_ preguntó Igor.
Kataryna asintió no de muy buena gana.
_ ¿Dónde está tu caballo? _ preguntó la joven y se arrepintió de inmediato.
Igor le dedicó una sonrisa vanidosa y soberbia.
_Eso quiere decir que me viste esta mañana_ aseveró.
Kataryna le sonrió condescendientemente mientras sacudía la cabeza con incredulidad.
_Claro, fue un poco difícil que pasaras inadvertido con esa actitud de arrogancia y soberbia_ contestó la joven.
Igor se percató de que la joven no solo era bella sino inteligente y muy perceptiva. No sería muy fácil que cayera rendida a sus pies como tenía pensado.
Caminaron lentamente uno al lado del otro en silencio por varios minutos. Kataryna mantenía la miraba fija en el río, en los árboles del bosque o en cualquier cosa que la ayudara a evitar mirar a Igor. Él por su parte, no sabía por dónde empezar, pero debía tomar el control de la situación si quería que Kataryna confiara en él.
_ Te estuve observando en la iglesia_ dijo Igor al fin.
Kataryna levantó la mirada y se encontró con los ojos verdes de Igor que la escrutaban. La muchacha esperó que él dijera algo más.
_También te he visto en el mercado con tu madre y en el campo con tu padre_ dijo el joven pasándose la mano por el pelo.
Por primera vez desde que la abordara a la salida de la iglesia había dejado de calcular cada una de las palabras que diría y los gestos que haría.
_Pues para mi es la primera vez_ mintió_ Nunca te había visto antes de esta mañana.
Kataryna conocía la reputación de la familia de Igor, sus amigas solían hablar de él, pero no quería parecer interesada o ansiosa. Igor suspiró antes de continuar.
_Quisiera que nos tratáramos, que nos conociéramos_ insistió.
Kataryna se detuvo obligando a Igor a hacer lo mismo.
_ ¿Por qué quieres conocerme? _ inquirió.
_Como te dije antes, te he estado observando y…
Kataryna lo interrumpió con un gesto de su mano.
_ Esa no ha sido mi pregunta_ dijo ella.
Igor pareció vacilar por unos segundos, pero pronto volvió a tomar las riendas.
_Me pareces una chica muy linda y me gustaría tratarte_ contestó algo inquieto por la actitud de la chica, no le gustaba mucho el efecto que ella causaba en él. Lo perturbaba en cierta forma y sentía que Kataryna se adueñaba del control que él perdía.
Odiaba sentirse así, era la primera vez que una mujer lo ponía nervioso y rompía con sus trabajadas defensas.
Kataryna suspiró y paseo la mirada por el bosque buscando la forma de no parecer altanera y pretenciosa. Pasó su mano nerviosa sobre su vestido un par de veces, como si intentara eliminar algunas arrugas, antes de mirarlo a los ojos y hablar.
_No quiero parecer mal educada_ dijo_ pero no tengo interés en conocerte.
Igor la miró sorprendido, con los ojos bien abiertos, era la primera vez que veía a una muchacha actuar de esa forma.
_ ¿Qué te sorprende? _ preguntó ella_ ¿qué no esté interesada en que me cortejes?
Igor sonrió ante la forma tan directa de hablar de Kataryna. La joven estaba destruyendo rápidamente las ideas preconcebidas que tenía sobre las mujeres.
_Tal vez_ respondió.
Kataryna lo observó más detenidamente, bajo la máscara de arrogancia, el joven escondía una sonrisa encantadora. Sus ojos verdes brillaban en aquel momento. Su pelo castaño claro y ondulado peinado hacia atrás le confería a su rostro un aire temerario y misterioso. Era atractivo, tuvo que reconocerlo, a pesar de que no había cambiado de parecer con respecto a su arrogancia y vanidad.
_ Lo siento, no es nada personal_ dijo ella y siguió su camino dejando a Igor solo. El joven se quedó allí mirándola atónito, ofendido y algo ofuscado. Lo único que la muchacha había conseguido con su actitud era que su obsesión se multiplicara a límites hasta ahora inimaginables para él.