Historias Entrelazadas

Kataryna

Kiev, Ucrania 1922

I

Kataryna apresuró los pasos hasta alcanzar a sus padres de camino a la iglesia. La Fiesta del Manto Protector de la Madre de Dios sería el lugar adecuado para agradecer el final de la guerra y el regreso de la estabilidad no solo en Ucrania sino también en toda la nueva Unión Soviética, bajo la promesa de igualdad para todos. Ninguno de los tres se imaginó en ese momento que el mismo régimen condenaría, suprimiría y perseguiría todo tipo de creencias religiosas y que aquellos festejos tenían los días contados.

Kataryna siempre se había destacado por su alegría y buen carácter, y cuando vencía su natural timidez, su comportamiento revelaba un corazón sincero y cariñoso. En sus ojos se presentía todo ese espíritu, ese calor, que divulgaba virtud e inteligencia.

La joven se situó al lado de su madre Anastasia y aspiró un dulce y conocido aroma en el suave y tibio aire de la mañana. El perfume de las flores del campo inundó sus sentidos. El sol se levantaba en el horizonte coloreando de dorado los extensos campos de trigo.

Muchas familias caminaban junto a ellos, otras hacían el recorrido por el serpenteante camino en carretas o montados a caballos. Todos llevaban sus mejores vestidos y las mujeres cubrían sus cabezas con una pañoleta.

El traqueteo cansino de unas ruedas de madera contra el suelo blanco de tierra hizo que Kataryna y su madre se hicieran a un lado. El hombre que conducía una carreta saludó con un ademán de la mano. Las mujeres hicieron una inclinación de cabeza y el padre de Kataryna devolvió el gesto al conductor. Muy cerca a la carreta cabalgaba un joven de buen porte, de pelo castaño y grandes ojos verdes. Sus facciones eran firmes, marcados pómulos, gruesos labios y fuertes mandíbulas. Observó a la joven fijamente, penetrándola con la mirada mientras hacía una inclinación de cabeza. Ambas mujeres lo vieron alejarse por el sendero. El jinete volteó sobre su hombro un par de veces y fijó sus ojos en Kataryna antes de desaparecer de su vista. La joven pensó que el jinete tenía un aire arrogante y algo soberbio, pero pronto lo sacó de su mente.

El angosto sendero se adentraba en el campo hacia sur, siguiendo la orilla del sinuoso río Dniéper, sombreado por innumerables filas de álamos blancos, robles, abedules y cipreses que parecían formarse como batallones de verdes soldados flanqueando a su comandante ante la llegada inminente de la batalla. Cadenas de amarillas setas se arremolinaban una sobre otras en los troncos de los viejos árboles como si fueran cuentas de un colorido collar. Llamaba la atención el gorjeo de los pájaros en la copa de los árboles, prolongado y agudo; el olor de la hierba húmeda, acarreada por la suave briza, esa fragancia intensa despedida por la vegetación durante la primavera coronada por el azul brillante del cielo.

Un castor de ojos grises y fino pelaje castaño roía un tronco sobre un gran banco de blancas arenas en el centro del río, mientras que bandadas de golondrinas rastreaban el agua con rápidos aleteos y otras tantas de ellas anidaban en la arena. Una pequeña ardilla de tierra cruzó veloz el sendero y se internó entre los árboles.

Poco a poco, el bosque fue quedando atrás y la ciudad tomó su lugar. Se internaron en la calle principal de la ciudad, Khreshchatyk, en ella, muchas de las edificaciones se encontraban seriamente dañadas debido a las múltiples ocupaciones que la ciudad había sufrido durante la revolución. A lo lejos, se oía el claro tañer de la campana a modo de repique, convocando a los fieles al inicio de las festividades. Cuando se adentraron en la calle Volodymyrs, las trece cúpulas de piedra pintadas de verde y dorado de la Catedral de Santa Sofia se levantaron imponentes por encima del horizonte. Cristo representado por la cúpula central y los apóstoles por las doce cúpulas más pequeñas a su alrededor. La larga procesión de devotos, que incluía a Kataryna Weleczuk y sus padres, Anastasia e Iván, ingresó a la iglesia en silencio. Los rayos del sol se colaban a través de los vitrales y conferían a los mosaicos y frescos una apariencia reluciente y majestuosa.

 Kataryna recorrió con la mirada la impresionante obra arquitectónica, sus ojos azules, brillaron expectantes y asombrados. No entraba en la catedral desde que era una niña y estaba a punto de cumplir quince años. Observaba todo con ojos inquietos e interesados.  Se sentía exultante y rebosante de vida. Sus labios rojos dibujaban una admirada sonrisa. Kataryna se sentó entre su padre y su madre, en una de las últimas bancas, cuando la campana dejó de emitir su alegre tañido. De inmediato, el coro inició uno de sus cánticos, mientras los más rezagados terminaban de ubicarse.

Desde el otro lado de la iglesia, protegido por uno de los tantos recovecos, apoyado contra uno de los increíbles frescos, la observaba el joven jinete. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, supuso que su padre consideraría aquel gesto como una terrible falta de respeto hacia la iglesia y los mayores. Sus labios esbozaron una sarcástica sonrisa y volvió de inmediato su atención a Kataryna. Imaginó su largo pelo debajo de la pañoleta que cubría su cabeza. Se preguntó cómo se sentiría su suave y blanca piel debajo de sus manos. Suspiró desconcertado, no entendía la fascinación que aquella muchacha, casi una niña ejercía sobre él. A sus veinte años, había experimentado mucho más que los demás jóvenes de su edad. El trabajo del campo, las interminables revoluciones y muchas mujeres hechas y derechas. Pero a pesar de las explicaciones que buscara y las excusas que inventara, no podía sacarla de su mente. Volvió a suspirar algo irritado, no le gustaba la forma en que ella lo afectaba, lo desquiciaba, estaba a punto de perder el leve equilibrio que le quedaba. Debía tenerla como todo en la vida. En aquel momento tomó una decisión, había llegado el momento de dejar de acecharla y acercarse a ella.

La misa terminó y los fieles empezaron a abandonar la iglesia. Kataryna y sus padres fueron unos de los primeros en salir. Iván y Anastasia saludaron a unos vecinos y conversaron un poco con ellos. La gente se encontraba pletórica de esperanzas ahora que la guerra había acabado y esperaban que el nuevo gobierno cumpliera la promesa de tierra para todos.

 La joven conversaba animadamente con un grupo de amigas, cuando el joven jinete salió de la iglesia. Se pasó la mano por el pelo un par de veces estaba extrañamente nervioso, y no entendía porque, nunca había tenido problemas para conquistar a una mujer. “Con esta niña, debe ser aún más fácil”, pensó. Pero aun así no pudo evitar que su corazón latiera con fuerza. En aquel momento, vio que Kataryna se despedía de las muchachas y regresaba junto a sus padres. De inmediato, emprendieron el largo regreso a casa. La joven tomó el brazo de su madre mientras sonreía.

“Ahora o nunca”, pensó el joven y se acercó a Iván con grandes zancadas.

_ Buenos días_ dijo el joven haciendo una reverencia con la cabeza, al tiempo que dedicaba a sus interlocutores una sonrisa que esperaba les resultara amable y cálida.

_ Buenos días_ contestaron Anastasia e Iván devolviéndoles la sonrisa con presteza.

Kataryna no respondió y se quedó observando discretamente al joven que tenía enfrente.

Igor era completamente consciente de que estaba desprovisto de la mayoría de las emociones empalagosas y cursis de lo que la gente más culta y respingada llamaría buenos modales, pero sabía cómo y cuándo estirar los músculos de su rostro en las direcciones correctas, también podía sonreír y exteriorizar un gesto cálido cuando eso era lo que se requería de él. Además, con su agudo sentido de la astucia, había descubierto apenas era un niño que una sonrisa compasiva o amable era la mejor arma del mundo para conseguir sus más oscuros propósitos.

_ Soy Igor, el hijo menor de Josef Gorodetsky_ dijo con otra inclinación de cabeza.

Los padres de Kataryna sabían muy bien quien era el padre del joven. Su familia era una de las más acaudaladas y respetadas de su pueblo, por lo tanto, Igor era un buen partido para cualquier jovencita en edad de contraer matrimonio.

_Espero que no tome a mal mi proceder, pero me gustaría acompañar a su hija hasta su casa si está usted de acuerdo_ agregó el joven dirigiéndose a Iván para luego regalarle la mejor de sus sonrisas a la madre de la joven.

Anastasia e Iván le dedicaron a su hija una mirada algo vacilante. La muchacha frunció el ceño y quiso protestar, pero Iván se adelantó.

_Por mí no hay problema_ contestó Iván y tomó el codo de su esposa adelantándose.

Karatyna se sonrojó y contempló algo indignada a sus padres que se alejaban. No tenía ni idea de lo que debía decir. Luego de unos segundos Igor tomó la palabra.

_Espero que no te moleste que haya querido acompañarte_ dijo al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa cálida.

Kataryna emitió un suspiro profundo antes de responder.

_En realidad no he decidido lo que pienso de ti_ contestó ella observando a Igor con curiosidad. Tenía que reconocer que el joven era atractivo, pero no olvidaba la primera impresión que le había causado.

_ ¿Por qué no nos ponemos en marcha? Y nos vamos conociendo_ preguntó Igor.

Kataryna asintió no de muy buena gana.

_ ¿Dónde está tu caballo? _ preguntó la joven y se arrepintió de inmediato.

Igor le dedicó una sonrisa vanidosa y soberbia.

_Eso quiere decir que me viste esta mañana_ aseveró.

Kataryna le sonrió condescendientemente mientras sacudía la cabeza con incredulidad.

_Claro, fue un poco difícil que pasaras inadvertido con esa actitud de arrogancia y soberbia_ contestó la joven.

Igor se percató de que la joven no solo era bella sino inteligente y muy perceptiva. No sería muy fácil que cayera rendida a sus pies como tenía pensado.

Caminaron lentamente uno al lado del otro en silencio por varios minutos. Kataryna mantenía la miraba fija en el río, en los árboles del bosque o en cualquier cosa que la ayudara a evitar mirar a Igor. Él por su parte, no sabía por dónde empezar, pero debía tomar el control de la situación si quería que Kataryna confiara en él.

_ Te estuve observando en la iglesia_ dijo Igor al fin.

Kataryna levantó la mirada y se encontró con los ojos verdes de Igor que la escrutaban. La muchacha esperó que él dijera algo más.

_También te he visto en el mercado con tu madre y en el campo con tu padre_ dijo el joven pasándose la mano por el pelo.

Por primera vez desde que la abordara a la salida de la iglesia había dejado de calcular cada una de las palabras que diría y los gestos que haría.

_Pues para mi es la primera vez_ mintió_ Nunca te había visto antes de esta mañana.

Kataryna conocía la reputación de la familia de Igor, sus amigas solían hablar de él, pero no quería parecer interesada o ansiosa. Igor suspiró antes de continuar.

_Quisiera que nos tratáramos, que nos conociéramos_ insistió.

Kataryna se detuvo obligando a Igor a hacer lo mismo.

_ ¿Por qué quieres conocerme? _ inquirió.

_Como te dije antes, te he estado observando y…

Kataryna lo interrumpió con un gesto de su mano.

_ Esa no ha sido mi pregunta_ dijo ella.

Igor pareció vacilar por unos segundos, pero pronto volvió a tomar las riendas.

_Me pareces una chica muy linda y me gustaría tratarte_ contestó algo inquieto por la actitud de la chica, no le gustaba mucho el efecto que ella causaba en él. Lo perturbaba en cierta forma y sentía que Kataryna se adueñaba del control que él perdía.

Odiaba sentirse así, era la primera vez que una mujer lo ponía nervioso y rompía con sus trabajadas defensas.

Kataryna suspiró y paseo la mirada por el bosque buscando la forma de no parecer altanera y pretenciosa. Pasó su mano nerviosa sobre su vestido un par de veces, como si intentara eliminar algunas arrugas, antes de mirarlo a los ojos y hablar.

_No quiero parecer mal educada_ dijo_ pero no tengo interés en conocerte.

Igor la miró sorprendido, con los ojos bien abiertos, era la primera vez que veía a una muchacha actuar de esa forma.

_ ¿Qué te sorprende? _ preguntó ella_ ¿qué no esté interesada en que me cortejes?

Igor sonrió ante la forma tan directa de hablar de Kataryna. La joven estaba destruyendo rápidamente las ideas preconcebidas que tenía sobre las mujeres.

_Tal vez_ respondió.

Kataryna lo observó más detenidamente, bajo la máscara de arrogancia, el joven escondía una sonrisa encantadora. Sus ojos verdes brillaban en aquel momento. Su pelo castaño claro y ondulado peinado hacia atrás le confería a su rostro un aire temerario y misterioso. Era atractivo, tuvo que reconocerlo, a pesar de que no había cambiado de parecer con respecto a su arrogancia y vanidad.

_ Lo siento, no es nada personal_ dijo ella y siguió su camino dejando a Igor solo. El joven se quedó allí mirándola atónito, ofendido y algo ofuscado. Lo único que la muchacha había conseguido con su actitud era que su obsesión se multiplicara a límites hasta ahora inimaginables para él.

CASA 110

IV

Hacía una semana que se había mudado a su nueva vivienda, le gustaba mucho la zona, en especial la casa. Ya había iniciado los trabajos en el jardín, con ayuda de un par de hermanas recomendadas por Alejandro. Se llamaban Celia y Gladys, daban servicio de limpieza y jardinería desde la época en que el complejo fuera propiedad de Doe Run Perú. El único problema era que no tenía carro propio y la casa se encontraba muy lejos del mercado o cualquier otro lugar donde comprar los productos básicos. Se desplazaba al trabajo en una combi que la empresa ponía al servicio de los empleados. Nunca antes necesitó de movilidad propia, ya que en la mayoría de los lugares en donde trabajó podía desplazarse sin dificultad. Pero ahora, pensó, sería conveniente comprarse un carro de segunda mano.

Alejandro se había ofrecido a hacer de chofer las veces que ella lo requiriera, la verdad, él la había ayudado muchísimo con las compras para la casa. Se habían hecho buenos amigos desde que Laura empezara a trabajar hacía dos semanas, pero no quería abusar de su confianza. Esperaría al menos unos meses antes de decidirse a comprar el carro, no podía darse el lujo de gastar dinero en ese momento cuando recién empezaba en un nuevo empleo.

Suspiró resignada y puso algo de música, eso siempre la relajaba. Empezó a tararear una canción, mientras se movía suavemente. Con la segunda, se sorprendió cantando y contoneando el cuerpo. Se sentía bien dejarse llevar por el ritmo de Bon Jovi.

“Love is like fingerprints
           It don’t wash away
           I let mine all over you
           I take the blame”

V

Alejandro se sirvió una taza de café y se acercó a la ventana de la sala, había adquirido esa costumbre desde que Laura se mudara a vivir a pocos metros de su casa. Le gusta observarla a través de los cristales. No siempre tenía la suerte de verla, pero el solo hecho de observar su casa extrañamente lo llenaba de sosiego. Aquel día la vio moviéndose al ritmo de una canción que él no podía oír. La observó con fascinado interés por varios minutos. Se movía de forma sensual, tenía los ojos cerrados y parecía estar cantando. Alejandro suspiró algo aturdido, no entendía muy bien el encanto que ella ejercía sobre él. La miró absorto, no solo le atraían sus cabellos cobrizos que en aquel momento se balanceaban sobre su espalda al mismo ritmo de la música, también la gracia y el calor de sus ojos y lo armonioso de su mirada y su encantadora sonrisa. Suspiró desconcertado por las emociones que lo embargaban. Tenía que reconocer que Laura le gustaba, y mucho, pero algo tenía muy claro, no haría nada que atentara contra la amistad que había surgido entre ellos. Eso valía mucho más que una relación amorosa fallida.

VI

Era la tercera comunidad que visitaba Laura desde que había iniciado sus labores en el complejo metalúrgico. Se encontraba a más de cuatro mil metros de altura en la comunidad de Chacapalpa, a treinta y seis kilómetros de La Oroya. Para llegar hasta allí tuvo que cruzar el rio Mantaro por un puente colgante, ascendiendo por una cuesta escarpada. Laura quedó impresionada por el verdor de los pastos naturales que servían de alimento al ganado y las pequeñas casitas diseminadas a lo largo de las accidentadas montañas.

Los comuneros la llevaron a conocer la zona, subió una cuesta empinada hasta llegar a la cumbre de la montaña desde donde podía apreciar a las llamas y ovejas pastando. Desde la cima, parecía que todo el mundo entero se extendía a sus pies. Podía ver a un lado, el serpenteante correr del río entre las quebradas y por el otro, el pueblo, a unos ocho kilómetros de distancia que aparecía como una desafortunada maqueta. Las cuadrículas de las calles no existían, solo se observaban líneas zigzagueantes en donde se situaban las calles y las casitas dispuestas a desnivel siguiendo la ladera de la montaña. Vio la pequeña iglesia construida con grises ladrillos que sobresalía en la parte más alta del pueblo. El puente colgante por donde ingresó y el rojo río cargado de sedimentos. Vio ovejas pastando en las laderas como puntos blancos y a veces negros que se movían de tanto en tanto, bajo un cielo azul brillante. Tuvo que sentarse en la primera roca que encontró para adsorber en su mente la majestuosidad de la naturaleza que se encontraba a sus pies. Le dio la sensación de encontrarse en los confines de otro mundo. Se quedó allí tomando fotografías por un buen rato, hasta que volvieron a bajar al pueblo en donde un grupo de mujeres la esperaban con un delicioso almuerzo. A pesar de la precariedad en la que vivían no escatimaron en gastos preparando una Pachamanca que a Laura le pareció exquisita.

Entre las mujeres se encontraban varias ancianas con quienes entabló conversación. La psicóloga pensaba que la mejor forma de conocer las costumbres y tradiciones de un pueblo era a través de las personas mayores. Aprendió como se hilaba y teñía la lana, además le explicaron como se preparaba la Pachamanca. Laura pidió que le contaran las historias mitológicas que circulaban de boca en boca, de generación en generación. Una de las ancianas se sentó a su lado, la mujer de ojos pequeños, nariz aguileña, sonrisa afable y piel apergaminada se llamaba Killasisa cuyo significado es “Flor de Luna”. La anciana le explicó que su madre la nombró de esa forma, porque hace ochenta y seis años, la flor de la Puya de Raimondi conocida por los lugareños como Titaca inició su floración justo el día en que la anciana vino al mundo. La gran planta de más de ocho metros de altura que demora decenas de años en crecer súbitamente inicia su inflorescencia, llenándose de pequeñas flores blanco-amarillentas que pueden producir hasta cinco mil de ellas. Después de que las flores se marchitan y lanza las semillas, la planta muere y desaparece poniendo fin así a un ciclo que puede durar cien años, según los expertos.  

Killasisa le relató, además, sobre un ser mitológico, conocido como el demonio de los andes, se llamaba Jarjacha, este ser toma su nombre de los gritos siniestros que emite para asustar a la gente, ya que repite jar, jar, jar. También le habló del Muqui, el duende que vive en el interior de las minas, este ser, es probablemente, el más famoso entre todos los seres mitológicos de la sierra del Perú. Dicen que es pequeño, que no mide más de un metro de altura y que es el responsable de las desapariciones de herramientas o de vetas de minerales, además de producir extraños ruidos dentro de la mina.

Regresó a La Oroya cansada, pero plena, el día había sido productivo, se interiorizó de los problemas más graves de la comunidad y conoció un poco más de la cultura y tradiciones de los pueblos andinos del Perú.

 El chofer la dejó frente al Hotel Junín, tenía que entregar el vehículo a la fundición y ya estaba oscureciendo. Laura decidió esperar la combi de servicio público que se dirigía a Paccha y que la dejaba frente al Chulec. Observó la calzada de enfrente y para su sorpresa, aquella frase “colorida” que la había recibido al llegar a La Oroya, había desaparecido. En su lugar observó la muralla pintada de blanco. Sonrió complacida, no sabía a qué se debía el cambio, pero en verdad lo agradecía. En ese momento, el inconfundible Toyota celeste se detuvo frente a ella. Alejandro le dedicó la mejor de sus sonrisas mientras bajaba la luna y se inclinaba para verla.

_Creo que llegué justo a tiempo_ dijo.

Laura le devolvió la sonrisa. Abrió la puerta y subió al vehículo.

_ Hola Alejandro, sí, llegaste justo a tiempo_ dijo ella.

Laura le relató todo lo referente a su visita a Chacapalpa mientras hacían el trayecto a casa, el entusiasmo de la psicóloga contagió a Alejandro, la pasión de Laura por su trabajo era contagiosa.

Cuando se detuvo frente a la casa de Laura, la observó mientras ella terminaba su relato.

_ Lo siento_ se excusó la psicóloga_ estoy reteniéndote.

Él le dedicó una sonrisa encantadora.

_ No tienes porque hacerlo, me gusta oírte hablar sobre el trabajo, se ve que en verdad lo disfrutas.

_ Lo hago_ respondió ella con una brillante sonrisa _ ¿Te gustaría pasar y cenar algo rápido conmigo? _ preguntó esperando que él dijera que sí.

Le agradaba su compañía, compartían muchos puntos de vista y cuando no lo hacían, le gustaba discutirlos con él. Muchas veces los desacuerdos se volvían acalorados y profundos, y a pesar de ello, manejaban la situación de forma sensata, serena y tolerante. Esto sorprendía gratamente a Laura, ya que nunca había conocido a nadie que la hiciera actuar de esa forma, siempre trataba de hacer prevalecer su punto de vista frente a cualquier otro. Con Alejandro, no sentía la necesidad de imponerse.

_ Gracias, me gustaría mucho_ respondió el abogado.

Detuvo el motor del Corola y ambos se apearon, entraron a la casa que se encontraba a oscuras. Laura encendió las luces y le pidió a Alejandro que la esperara mientras se ponía más cómoda. Pronto, se dirigían a la cocina, en donde Alejandro se sentó mientras ella preparaba un lomo saltado.

_ ¡Vaya! No me imaginé que también cocinaras comida peruana_ dijo Alejandro.

Laura le dedicó una mirada de reproche.

_ ¿Qué? ¿Te imaginabas que no tenía idea de cómo cocinar? _ preguntó fingiendo molestia.

Alejandro puso cara “de no te lo tomes a mal”. Ella se echó a reír, divertida por la expresión del abogado.

_ Tengo que aceptar que eres muy buena cocinera_ dijo Alejandro una vez que probó el primer bocado.

_ Gracias_ contestó ella.

Siguieron conversando del trabajo durante algún tiempo, hasta que Alejandro se despidió y fue a su casa. Laura lo observó a través de la ventana hasta que él se metió a su casa. Suspiró, sonrió para sí misma. Cada día le gustaba más, pero sabía que lo mejor sería dejar las cosas como estaban, se llevaban muy bien para arruinar las cosas con una relación.

Historias Entrelazadas

Kataryna

Kiev, República Socialista Ucraniana, julio de 1923

I

Kataryna caminaba con movimientos lentos, la cabeza gacha y una pronunciada cojera, sudaba profusamente y su empapado camisón se le pegaba al torso. La lámpara iluminaba tenuemente su pálido y consternado rostro en la penumbra de la habitación. Llevaba la mirada vacía y oscura, los ojos opacos, una sombra gris se había cernido sobre ellos. Su cuerpo le hormigueaba con una sensación febril y dolorosa. Se tambaleó, sintió que la cabeza le daba vueltas. Notó que le costaba mantenerse de pie, sus piernas parecían de goma y amenazaban con ceder. Sus manos le temblaron levemente cuando extendió los brazos para sujetarse de la mesa en busca de estabilidad. Se quedó allí por unos largos segundos, apretó la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y perdió sensibilidad en los dedos. Estiró sus entumecidos miembros un par de veces y fijó su atención en el espejo que tenía enfrente.

Cuando observó su imagen reflejada en un espejo, se quedó congelada al contemplarse, se le aceleró la respiración, las pupilas se le dilataron y la angustia estalló en su vientre. Percibió una mirada que no estaba allí solo unas horas antes, una mirada temerosa y horrorizada. Sus ojos parecían confusos, como si no estuviera segura de donde estaba o incluso quien era. Brillaban de desesperación, perturbación e impotencia. Una lágrima se derramó de la comisura de su ojo derecho y descendió por su mejilla. Se sintió atrapada en una pesadilla que no lograba entender. Desvió la mirada a sus manos, que aún le temblaban. De pronto, el sonido monótono pero persistente de los ronquidos de su flamante esposo en la habitación contigua se detuvieron por completo y le oyó murmurar algo ininteligible. Su corazón volvió a acelerarse y experimentó una fuerte punzada de pánico. Trató de calmar a su aterrado corazón tomando bocanadas profundas de aire. Pronto, regresaron los sordos y disonantes sonidos. Volvió a mirarse al espejo, llevaba el cabello rubio desgreñado y apelmazado por el sudor. Los ojos azules enrojecidos y vidriosos. El labio inferior hinchado, azulado y tembloroso. Tuvo que apretarlos para evitar que le siguieran temblando. Sintió una sorda palpitación en la sien, así como también el miedo y el aturdimiento que crecían en su estómago, paralizada por la conmoción y la desesperación. Se encontraba visiblemente perturbada y al bode de desfallecer. La palpitación dio paso a un fuerte dolor de cabeza y una considerable sensación de nausea. Se llevó una mano al estómago y echó para atrás la cabeza. Cuando bajó la mirada se topó de nuevo con sus ojos encendidos, cargados de dolor e indignación. Sintió una arcada y la cabeza le dio vueltas.

Se acercó con dificultad a la puerta y salió de la casa aguantando la respiración. El aire fresco sobre su pálido rostro la reanimó de inmediato y agradeció la suave briza que acarició su sudoroso cuerpo. Clavó su mirada en el horizonte donde los opacos campos se encontraban con el oscuro cielo repleto de estrellas muy brillantes con su frío parpadeo. La plateada luz de la redondeada luna iluminó su perturbado rostro confiriéndole una apariencia fantasmal.  Aspiró cerrando los ojos y luego exhaló un suspiro profundo cargado de repulsión y absoluta conmoción. Era la sensación más humillante e indignante que había experimentado en su vida. Estaba llena de una extraña percepción de vacío como si le hubieran arrancado todo en un par de minutos: las ilusiones, la alegría, y las esperanzas. Ahora solo quedaba en su interior una profunda oscuridad. Pensó en lo fácil que había caído en una honda e insospechada grieta, de una vida aparentemente sólida y prometedora.

Oyó en su garganta el sonido áspero de las lágrimas. La tristeza y el miedo la azoraron por completo y se sintió totalmente perdida. Con el correr del tiempo y con mucha persistencia, había llegado a abrigar algún tipo de afecto, aún algo vacilante por el hombre que acababa de convertirse en su esposo, pero en aquel momento dudaba que aquel afecto prosperara, es más, sentía una creciente y persistente repulsión hacia el hombre que había prometido amarla y respetarla hasta que la muerte los separara. En aquel instante, solo podía albergar en su corazón miedo, pero al mismo tiempo una ira soda y abrazadora.  Una convicción inquietante, casi certera surgió en su mente. Su vida sería un infierno al lado de su esposo. Las lágrimas le anegaron los ojos y se deslizaron por sus mejillas. Su llanto fue discreto, silencioso y extenuado. Cuando regresó a la casa, tenía el paso algo más ligero, la mente mucho más lucida y una nueva firmeza de voluntad. No dejaría que aquella traumática y dolorosa experiencia destrozara su vida.

CASA 110

Alejandro

III

Cuando despertó a la mañana siguiente, el sol refulgía en la ventana. Se levantó de la cama y se desperezó levantando los brazos sobre su cabeza. Miró el reloj que había dejado sobre la mesa de noche y emitió un suspiro resignado. Eran las ocho de la mañana y debía apresurarse si quería desayunar antes de que Alejandro llegara.

Cuando terminó de desayunar se encaminó al lobby y se sentó en un antiguo sillón azul con patas de aluminio, aún faltaban unos minutos para las nueve. No tuvo que esperar demasiado, pronto lo vio entrar por la puerta. Sintió una extraña alegría al verlo. Algo que no sentía hacía mucho tiempo, pero trató de restarle importancia a aquella inesperada emoción. Se saludaron de manera bastante formal y pronto salieron del hotel. Laura no pudo evitar dirigir la mirada a la muralla con la desagradable inscripción. Desvió los ojos de inmediato, pero a Alejandro no le pasó inadvertida su actitud. De nuevo se sintió incómodo y se aclaró la garganta antes de señalarle el vehículo. Aunque Laura pensó que no era necesario que lo hiciera ya que el Toyota parecía cargar encima un cartel con luces de neón que decía “SOY EL CARRO DE ALEJANDRO QUESADA”.

 El Corola cruzó el puente sobre el río Yauli y pasaron frente a un edificio de doce pisos, el único de La Oroya. Alejandro lo llamó “Sesquicentenario”, toda el área cercada pertenecía a la empresa.

_Aquella construcción que acabamos de pasar es el Hotel Inca y este de enfrente es el Club Inca. Hay dos torres de departamentos detrás del club_ explicó el abogado.

Laura solo asentía.

_ Todo está vacío ahora, esperamos que eso cambien dentro de poco.

Siguieron unos minutos más hasta que Laura observó una serie de casas a la orilla derecha del río Mantaro. Alejandro se detuvo en una caseta de seguridad y bajó la luna del carro. El guardia lo reconoció y lo saludó con un gesto de su mano. El abogado puso de nuevo el vehículo en marcha y cruzaron un puente que los adentró a la zona residencial. El vehículo enfiló un camino bordeado por cipreses subiendo una cuesta larga y empinada. Las casitas se encontraban cuidadosamente ordenadas subiendo una serpenteante colina. Alejandro tomó la primera curva a la derecha y se detuvo frente a una casa blanca de techo rojo y un pequeño porche. Dos grandes cipreses flanqueaban la casa, uno de ellos había crecido muy cerca de ella, y sus ramas cubrían parte del techo. El pequeño jardín circundante se hallaba bastante descuidado, el césped medía unos treinta centímetros de alto. Una muralla de piedra rodeaba el frente y el costado derecho de la casa.

_Esta es la vivienda que te asignaron_ dijo Alejandro_ El jardín está un poco descuidado, pero la casa está en buenas condiciones a pesar de los años que arrastra a cuestas.

Laura asintió, paseando la mirada alrededor.

_Mira, aquel es el Hospital Chulec_ dijo señalando un edificio situado a unos cincuenta metros de la casa, en la cima de la colina.

Al lado del hospital, se levantaba imponente una enorme mole de piedra, parte de la montaña que circundaba toda la ciudad.

_Es bueno saber que tengo el hospital cerca_ dijo ella. _ ¿Dónde está tu casa?

_Mi casa es aquella, cruzando la calle, la que se encuentra justo donde comienza la curva_ contestó el abogado señalando una casa que se encontraba bajando una leve colina.

Las ventanas de la sala, el comedor y la cocina de ambas casas se encontraban frente a frente.

_Parece que no hay más vecinos_ dijo ella observando que todos los jardines de las casas de su calle parecían abandonados.

_ Por ahora no, pero en un par de semanas tendremos por aquí a más gente. Están contratando a un jefe de laboratorio y a una enfermera.

Laura volvió a asentir.

_ ¿Quieres ver la casa? Traje las llaves.

_ Claro_ contestó la psicóloga.

Bajaron unas gradas de piedra que daban a la entrada de la casa. Alejandro abrió la puerta. La suave brisa hizo crujir las ramas de los árboles sobre el techo.

_ Ese árbol está muy cerca_ dijo ella con cara de preocupación.

_No podemos cortarlo, los árboles demoran muchos años en crecer aquí, tal vez este tenga unos noventa o más años. Pero no te preocupes, que han revisado la casa, el techo y el piso, todo está en orden.

Laura asintió sin mucho convencimiento, pero Alejandro tenía razón, si no era extremadamente necesario, un árbol de esa edad jamás debía cortarse, pensó.

La casa le pareció encantadora, poseía una amplia sala con muebles de madera, una chimenea hecha de ladrillos la hizo sonreír, sería agradable encenderla en los días más fríos. La sala se encontraba unida al comedor por un gran espacio abierto. La mesa para ocho personas también de madera hacía juego con los muebles de la sala. La cocina bastante amplia, contaba con otra mesa para cuatro personas y un gran depósito. Los dos cuartos se encontraban comunicados por un baño con bañera de porcelana parecida a la del hotel. Toda la casa, a excepción de la lavandería poseía pisos de madera. En el cuarto de baño y la cocina el piso estaba recubierto con linóleo. La sala, el comedor y las habitaciones contaban con grandes y gruesas alfombras que daban un poco de calidez a la casa. Las ventanas eran amplias, y dejaban observar todo el paisaje alrededor de la vivienda.

_La casa es muy acogedora_ dijo Laura_ me recuerda un poco a la casa de mi abuela en Maine.

_El Complejo Metalúrgico de La Oroya se construyó en los años veinte por una empresa norteamericana, por lo que estas casas tendrán unos noventa y cinco o más años.

_ ¡Vaya! Es increíble lo bien conservadas que están.

Alejandro asintió.

_Está lista, puedes mudarte cuando quieras, pero necesitaras utensilios de cocina.

Laura asintió volviendo a recorrer la casa, Alejandro se quedó en la sala esperándola. La psicóloga sintió la sensación más reconfortante y cálida que había experimentado en mucho tiempo. La casa la atrajo desde que entró en ella y se sentía feliz de poder vivir allí.

Figueras, julio de 1921.

I

Regresó a Figueres unos días después. La casita en la que Tatiana había vivido sus últimos años, le parecía más solitaria que nunca y el chirrido de los goznes oxidados de la puerta se oían más fuertes que en otros tiempos menos desolados. Un objeto, un olor bastaban para sumirlo en profunda tristeza y para hacer surgir fantasmas desde su cementerio de sueños destruidos. Decían que solo la muerte preparaba de verdad para la vida. Pues él se sentía completamente muerto en lo que otros llamaban vida. Ya que no existe peor opresor como el desconsuelo, ni déspota tan atroz como la turbación.

Sus sueños eran intranquilos y muchas veces desesperados, en donde intentaba gritar, pero lo único que emitía era una serie de silenciosos jadeos. Despertaba en la cama que había compartido con Tatiana, presa de terribles agitaciones. Su corazón latía atronador. Se incorporaba en la cama, con un charco de sudor a su alrededor, mientras esperaba a que los rugidos sordos dieran paso a palpitaciones uniformes. Para luego ponerse de pie y dirigirse con pasos cansinos hasta la salita. Se sentaba en el desvencijado sillón con la mirada perdida esperando que el amanecer se hiciera cada vez más brillante, el aire de la habitación se hiciera más cálido y los latidos de su corazón se ralentizaran. Cuando el sol iluminaba por completo el firmamento, se masajeaba la nuca, donde invariablemente tenía los músculos entumecidos y duros como si masajeara un trozo de piedra.

Iba todas las tardes al cementerio, llevaba rosas rojas y las depositaba en la tumba de Tatiana. Se sentaba por horas frente a la sepultura y hablaba en voz alta con ella como si aún estuviera viva. Llevaba meses en ese estado de shock emocional que lo sumía cada vez más en la depresión.

Desde que Alexander enterrara a Tatiana, un hombre encorvado y enjuto lo observaba desde cierta distancia. Desde hacía días se debatía entre ofrecerle consuelo o dejarlo solo con sus demonios.

Aquella brillante tarde de verano decidió que ya era hora de acercarse. Caminó despacio en dirección a Alexander, con pasos vacilantes, no porque estuviera indeciso de abordarlo sino porque los años lo obligaban a hacerlo. Cuando estuvo frente al exsoldado carraspeó un par de veces antes de que Alexander se percatara de su presencia.

El exsoldado lo miró con expresión confusa, intrigada y a la vez algo molesta ya que lo estaba interrumpiendo en sus más profundas cavilaciones.

_No quiero molestarlo, mi nombre es Esteban, soy sacerdote en la iglesia del cementerio_ dijo el anciano.

Por primera vez Alexander reparó en la sotana negra que el anciano vestía e intentó relacionar su rostro con algo.

_Lo veo llegar al cementerio todas las tardes_ dijo_ lo veo sentarse en esa banca por horas, conversando con la mujer que enterró aquí.

Alexander le dedicó una mirada perpleja.

_Fui yo quien hizo el servicio religioso el día que la enterraron_ se explicó.

Alexander cambió su expresión perpleja por otra de comprensión.

_Ella ni siquiera era católica_ dijo Alexander con una sonrisa triste como si eso lo explicara todo.

_Lo sé, pero no hay muchos ortodoxos por esta parte del mundo_ dijo el anciano_ para dios no importa la religión, sino la fe que tengamos en él.

Alexander volvió a sonreír, pero esta vez era una sonrisa de incredulidad y escepticismo. El anciano no pareció importunarse con la actitud de Alexander.

_ ¿Puedo sentarme? _ preguntó, por el contrario.

Alexander se hizo a un lado, aunque lo último que quería en ese momento era una charla con un sacerdote.

Una brisa suave que aliviaba el calor característico de aquella época del año corría entre los escasos árboles de Encina.

 El sacerdote se quedó en silencio por unos momentos mirando el suelo, elucubrando, lo cual puso impaciente a Alexander.

El sacerdote levantó lentamente la mirada. Ivanov pudo vislumbrar su hundida y apergaminada piel entre los huesos de su rostro como si de una máscara terrosa se tratara. El hombre movió ligeramente la cabeza y entornó sus ancianos y sabios ojos en su dirección. Su labio superior se levantó en una sonrisa, eran desdentados y arrugados, pero colmados de una dulzura, quietud y paz que Alexander nunca había visto. Por un momento, le embargó la sensación de que estaba frente a un ser sobresaliente, extraordinario, desconocido. Una entidad sobre humana que vistió el cuerpo octogenario y marchito de este hombre como si fuera un disfraz. Su cabello gris revoloteaba con la brisa y un halo extraño le rodeaba la cabeza como a uno de aquellos santos de los cuadros de las iglesias.

_Ella fue muy importante para usted_ dijo el hombre, no era una pregunta sino sonaba como una afirmación, al mismo tiempo volvía a sonreír.

Aquella sonrisa apaciguó en algo el corazón de Alexander.

_Mucho_ se oyó respondiendo.

_Entiendo. Pero estoy seguro de que Tatiana no lo querría aquí todos los días sino viviendo su propia vida.

Alexander emitió un suspiro y frunció el ceño mientras observaba con detenimiento al hombre. Se preguntó cómo sabía el nombre de ella. Pero de inmediato se contestó a sí mismo, su nombre estaba escrito en la lápida en ruso y en español.  No tenía caso que buscara explicaciones sobrenaturales

_Entiendo que no desea olvidarla_ continuó diciendo_ pero no puede seguir paralizando su vida.

No supo muy bien porque decidió abrirse frente a ese hombre, pero se oyó respondiendo a sus preguntas.

_No puedo irme y dejarla aquí. Esta no es su tierra, no hay nadie que pueda visitarla, dejarle flores y velar por ella_ dijo mientras se le formaba un nudo en la garganta.

_Entiendo_ repitió el sacerdote, guardó silencio por unos segundos y luego reanudó la conversación.

_ ¿Qué fue lo ella le pidió antes de morir?

Alexander lo miró perplejo con los labios entreabiertos.

_Me hizo prometerle que viviría mi propia vida_ contestó Ivanov con los ojos brillantes.

De pronto sintió que aquel hombre conocía su interior, sus dudas, sus temores y sus fantasmas.

_No está cumpliendo con su promesa postrado frente a esta tumba_ dijo el anciano mientras señalaba el sepulcro de Tatiana con un dedo huesudo y tembloroso.

_Ella ya no lo necesita, no necesita que vele por ella. Por el contrario, ahora lo acompañará siempre, a donde quiera que vaya. Tatiana velará por usted y estará en su corazón por el resto de su vida.

El anciano sacerdote posó una mano apergaminada sobre el hombro de Alexander. Sintió que una suave corriente cálida circulaba a través de su brazo y se extendía por todo su cuerpo.

_Necesita aclarar su mente, necesita una comunicación clara entre su yo consciente y su yo profundo. La comunicación es enemiga de las dudas y da muerte a la confusión, reaviva la seguridad, la certeza y la convicción en uno mismo y en sus capacidades.

Alexander sopesó las palabras del anciano, comprendía a la perfección sus palabras, pero una cosa era comprender y otra muy distinta intentar romper las barreras que lo atenazaban a Figueres y a aquella tumba.

 La cálida sensación que recorría su cuerpo se asemejaba mucho a la sensación que se experimenta al estar frente a una llameante hoguera después de pasar todo un día a merced del gélido frío invernal. El calor había llegado a su rostro y empezaba a anidar en su mente.

_Usted tiene una promesa que cumplir, vivir su vida hasta que sea el día de volverse a encontrar con ella.

Alexander se puso de pie de un salto, alarmado, como si alguien le hubiera atacado con un arma punzo cortante o algo así. Pero la sensación de agradable tibieza no desapareció de su cuerpo.

_ ¿Quién es usted? _ preguntó con sobresalto en la voz.

El anciano volvió a regalarle aquella sonrisa armoniosa y sosegada.

_Solo soy un emisario_ contestó mientras se ponía de pie y regresaba con lentitud por el mismo camino por el que había venido, sorteando con dificultad las blancas tumbas que se levantaban a su alrededor, hasta que desapareció detrás de una pared cubierta por una verde enredadera.

Cuando Alexander pudo reaccionar al fin, caminó deprisa en dirección por la que el sacerdote había desaparecido, pero solo halló a un sepulturero cavando una fosa.

_ ¿A dónde fue el sacerdote? _ preguntó con voz nerviosa.

_ ¿Sacerdote? _ preguntó a su vez el sepulturero.

_Sí, el anciano, delgado y encovado de sotana negra.

_ ¿El padre Esteban? _ dijo el hombre con un brillo de tristeza en los ojos.

_Sí, el padre Esteban repitió Alexander.

_El padre murió hace dos meses_ contestó el sepulturero señalando una tumba blanca a pocos metros de allí.

Alexander lo miró incrédulo, pensó que había una confusión, que hablaban de personas diferentes, pero se acercó con pasos vacilantes a la tumba que le había señalado. Quedó petrificado al observar el nombre del sacerdote en la tumba junto a una fotografía del ser con el que acababa de sostener la conversación más extraña de su vida.

CASA 110

ALEJANDRO

II

El hotel parecía desierto, no había visto ni oído a nadie mientras bajaba las escaleras, lo cual la inquietó un poco. Tampoco se había hecho una idea del hombre que la había recibido, al principio le cayó mal, pero luego, cuando se ofreció a llevarla a comer pensó que tal vez no era del todo desagradable. Lo vio esperándola al pie de las escaleras con una sonrisa encantadora y Laura se ablandó un poco.

_ Espero que se haya abrigado porque está haciendo frío allá afuera_ dijo señalando la calle.

_Lo estoy_ contestó Laura con una leve sonrisa.

Alejandro abrió la puerta para ella y cuando estuvieron fuera, aquella frase pintada de rojo que había observado tantas veces, por primera vez llamó su atención, se sintió de pronto incómodo, como si él mismo la hubiese escrito, “Debo hacer que borren eso”, pensó.  Le señaló a Laura un Toyota Corolla celeste, estacionado frente al hotel. Era algo antiguo, pero se hallaba en muy buenas condiciones. Laura pensó que Alejandro difícilmente pasaba desapercibido con su carro en un pueblo como La Oroya. Cuando estuvieron dentro, el abogado encendió la calefacción. Puso el vehículo en marcha y se dirigió a Marcavalle.

_La verdad no hay muchos restaurantes en la ciudad, muchos de ellos cerraron cuando el complejo dejó de operar, pero un par de ellos aún persisten_ explicó mientras el limpiaparabrisas se deslizaba rítmicamente de un lado a otro.

Laura asintió, sabía la difícil situación por la que atravesaba La Oroya y se preparó mentalmente para las precariedades que encontraría.

_ Aquí a su derecha se encuentra la refinería_ explicó Alejandro_ está trabajando a un treinta por ciento de su capacidad, esperamos que para el próximo año lo tengamos operando al cien por ciento.

Laura asintió y emitió un suspiro.

_Imagino que tiene interés en conocer la fundición y la refinería para que pueda tener una mejor idea del tipo de trabajo que se realiza aquí.

_ He trabajado anteriormente en minas y fundiciones, pero, sí, me interesa saber como funcionan las cosas aquí_ contestó la psicóloga.

_Perfecto, puedo arreglar una visita guiada para usted_ dijo él sonriéndole.

_ Gracias_ contestó ella_ Por cierto, se que no lo mencionó, pero pensé que el comité de bienvenida constaría de más personas.

Alejandro la miró algo perplejo.

_ Es decir, no sé qué función cumple usted en la empresa, pensé que algún representante de recursos humanos me recibiría.

Alejandro asintió.

_Pues, puede considerarme parte del departamento de recursos humanos_ contestó el abogado.

Laura lo miró algo dubitativa.

En pocos minutos se apeaban frente al Restaurante Central, uno de los restaurantes más emblemáticos de la ciudad. Laura recibió una fuerte ráfaga de aire helado en el rostro al abrir la puerta. Se ajustó el abrigo en el cuello y luego se frotó las manos.

_Entremos, hace frío_ dijo Alejandro abriendo la puerta.

Laura observó a su alrededor, el lugar no era nada espectacular, tenía mesas cubiertas por manteles anaranjados. Las sillas de metal estaban tapizadas con una tela que a Laura le pareció de mal gusto. Las paredes blancas tenían ribetes naranjas con los cuales el mantel hacía juego. Unos cuadros con ilustraciones serranas adornaban las paredes del local. Unos acordes disonantes de arpa alertaron del inminente inicio de un Huayno. Alejandro le señaló una mesa al fondo del restaurante.

_ Cuanto más alejados estemos de la puerta mejor_ dijo sonriendo.

Laura asintió.

 El abogado se sacó el abrigo y lo tendió en el respaldar de su asiento. La psicóloga solo se lo desabrochó, pero no pensó siquiera en quitárselo. Se sentaron uno frente al otro. De inmediato un mesero se les acercó.

_ Buenas noches_ dijo.

Tenía la piel de las mejillas cuarteadas por el frío y el inclemente sol de la sierra. La nariz aguileña estaba algo torcida, como si hubiese sufrido un accidente en donde se la hubiese partido, además de la mandíbula ancha con los dientes grandes y algo sobresalidos, pero todo esto no le impedía poseer una agradable sonrisa.

Les entregó la lista del menú, retirándose de nuevo.

Alejandro y Laura leyeron el menú en silencio.

_ ¿Está lista para ordenar? _ preguntó el abogado luego de un par de minutos.

Laura asintió. Alejandro llamó al mesero con un gesto de su mano. Este se acercó a ellos con un leve trote y una gran sonrisa en sus labios que a Laura le causó gracia. Parecía un niño pequeño a pesar de las arrugas que surcaban su rostro.

_ Un caldo de gallina por favor_ pidió Laura.

El mesero asintió y detuvo su mirada en Alejandro.

_Otro igual para mi_ contestó el abogado.

_Dos caldos de gallina entonces_ dijo el mesero_ ¿algo para tomar?

Alejandro posó su atención en Laura. Ella negó con la cabeza.

_ Le vendría muy bien un mate de coca_ dijo el abogado_ le ayudará con el frío y la altura. Mejorará cualquier dolor de cabeza que tenga y por lo tanto dormirá mejor.

_ Bueno señor doctor voy a tomar en cuenta su consejo_ dijo ella sonriendo.

_ Dos mates de coca_ dijo Alejandro dirigiéndose al mozo.

Este asintió y se retiró rumbo a la cocina gritando a voz en cuello el pedido.

_ ¡Vaya forma de llevar los pedidos! _ dijo Laura riendo.

Alejandro se encogió de hombros.

_ No es un restaurante cinco estrellas_ dijo _ es lo mejor que hay por ahora. Esperamos que las cosas mejoren cuando la empresa rehabilite por completo la fundición y la refinería.

Laura asintió.

 La canción “Que lindo son tus ojos” interpretada por Dina Paucar sonó en el restaurante y de inmediato alguien elevó el volumen del aparato reproductor. El Huayno retumbó estridente en las paredes del local. Laura miró con cara de incredulidad a Alejandro quien se echó a reír al ver el rostro sorprendido de la psicóloga.

_ Es algo a lo que tendrá que ir acostumbrándose_ dijo acercándose a ella para dejarse oír por encima de la música.

_ Creo que eso será algo difícil_ respondió ella casi gritando.

Alejandro se echó a reír de nuevo. Unos minutos después el volumen del reproductor volvió a bajar una vez que la canción terminó.

_ Así está mejor_ dijo Laura.

El mesero volvió a hacer su aparición con dos platos de caldo humeante. Ambos tomaron un sorbo de la sopa. Laura cerró los ojos y emitió un suspiro de aprobación. Alejandro la observó con una media sonrisa.

_Parece que es de su agrado_ dijo.

_ Así no lo fuera, necesitaba algo caliente en el estómago, además estoy famélica, hace como doce horas que probé mi último bocado.

Y como para reafirmar su comentario su estómago gruñó protestando. Alejandro se echó a reír mientras hablaba.

_ Me alegra haberla traído a cenar entonces.

_ Lo siento _ se excusó ella sonrojándose.

_No tiene porqué_ contestó el abogado.

_ ¿Por qué no me cuenta algo sobre la empresa y el trabajo que realizaré? _ preguntó la psicóloga intentando llevar la conversación por otro rumbo.

_ Bueno sobre el trabajo, imagino que le hablaron al respecto antes de contratarla.

_ Pensé que usted formaba parte de recursos humanos, suponía que tenía más información para mi_ dijo ella.

Alejandro titubeó un poco antes de responder. Laura clavó sus ojos verdes en él esperando a que hablara. El abogado pensó que aquellos ojos podrían llegar a ser peligros, podrían llegar a hipnotizarlo.

_ En realidad soy del departamento legal, mejor dicho, soy el departamento legal, soy el abogado de la empresa, soy el único, por cierto, al menos por el momento.

Laura lo observaba perpleja mientras él hablaba. El tono dubitativo de Alejandro no la ayudaba mucho a entender las cosas.

_ La empresa volvió a operar hace un año_ explicó él.

 Pareció vacilar por unos segundos y luego siguió.

_ Estamos tratando de reducir costos, hasta que el complejo sea rentable.

Laura asintió distraídamente.

_ Entonces ¿Por qué me contrataron? Imagino que no es muy necesaria mi presencia.

_ Por el contrario, la empresa se comprometió en prestar ayuda a las comunidades, y para la empresa es importante   cumplir con estos compromisos, por eso está usted aquí_ explicó el abogado.

Laura volvió a asentir y se percató de que era lo único que estaba haciendo desde que había llegado.

_Entonces ¿a quién debo reportarme? _ preguntó.

_Por el momento a mí, aunque a decir verdad tendrá bastante libertad de acción mientras se ciña al presupuesto.

_ Entonces usted es mi jefe_ dijo ella levantando las cejas.

_ Preferiría que me tuteara, si no le molesta. Y con respecto a su pregunta, no precisamente, en este momento veo varias áreas, pero en realidad será su propio jefe.

_ Si deseas que te tutee, espero lo mismo de tu parte_ dijo Laura con una sonrisa. _ Siempre hay que reportarse a alguien arriba_ agregó.

_ Bueno en ese caso ese alguien soy yo, a no ser que el gerente general diga lo contrario_ explicó Alejandro.

Laura sonrió con una mueca forzada, no terminaba de hacerse una idea con respecto al hombre que tenía enfrente y eso no le gustaba mucho. Siempre había sido una mujer de primeras impresiones, y con Alejandro no tenía una.

_ ¿Cómo es que alguien como tú está en este paraje olvidado del mundo? _ preguntó Alejandro intrigado.

_ ¿Alguien como yo? _ preguntó ella a su vez con el ceño fruncido.

_ No me mal interpretes_ dijo de inmediato_ eres norteamericana, podrías estar trabajando en mejores lugares. Por cierto, tu español es muy bueno, muy peruano diría yo.

_ Con respecto a mi español, viví muchos años en varios países de Latinoamérica, y unos cuatro años en Perú antes de ir a la universidad. Y con respecto a que hago aquí, soy psicóloga y socióloga, no hay mejor lugar en el mundo que en donde me necesiten_ dijo con una sonrisa que a Alejandro le pareció algo distante pero sumamente encantadora.

 El abogado asintió sorprendido.

_ Además, todo es cuestión de modificar los horizontes y las cosas se verán de diferente manera. Yo podría hacerte la misma pregunta, no eres del tipo de vivir en un pueblo casi fantasma_ dijo ella.

_ ¿Qué tipo piensas que soy? _ preguntó él levantando una ceja inquisitiva.

_ Eres de buena familia, muy buena posición económica.

_ ¿Qué te hace pensar eso? _ preguntó Alejandro con una sonrisa nerviosa.

_ Tus maneras, tu forma de comportarte.

_ Soy un hombre que vive de su trabajo_ dijo Alejandro.

_Si quieres que nos llevemos bien, debe haber confianza entre nosotros y ahora no estás siendo sincero conmigo_ dijo ella.

Alejandro la miró con sorpresa, trató de decir algo, pero vaciló y se detuvo.

_ La verdad no me gusta mucho que me analices_ dijo poco después_ pero en algo tienes razón vamos a trabajar juntos en cierto momento y se trabaja mejor cuando hay confianza.

Laura hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

_ Trataré de no analizarte, no a menudo al menos_ dijo con una risita sofocada.

Alejandro le narró los acontecimientos de su vida a Laura, se sorprendió contándole cada detalle a la mujer que tenía enfrente. Laura, por su parte no pudo evitar un profundo sentimiento de admiración por Alejandro, no conocía a nadie que haya dejado la comodidad que ofrece la buena posición económica por un futuro incierto como el que se presentaba frente no solo a Alejandro sino también a ella misma.

_ ¿Qué dijo tu esposa cuando le comunicaste tu decisión? _ preguntó Laura.

Alejandro levantó su mano enseñando su dedo índice.

_ No estás casado_ dijo ella en voz baja casi para sí misma.

Alejandro negó sacudiendo la cabeza de un lugar a otro.

_ ¿Alguna novia o hijos? _ siguió interrogándolo la psicóloga.

 Alejandro volvió a negar.

_ ¿Qué hay de ti? _ preguntó él a su vez mientras tomaba el último sorbo de su sopa.

_ Estuve casada una vez, pero no duró mucho, creo que no se me da muy bien compartir mi vida con nadie_ dijo echándose a reír.

_Supongo que no tienes hijos por eso aceptaste venir.

_No, no los tengo. Mi matrimonio no duro más que tres años, apenas estábamos conociéndonos, nunca pensamos en tener hijos. Creo que fue lo mejor.

Alejandro asintió pensativo.

_Lo que no me explico es como un hombre como tu sigue soltero_ dijo ella frunciendo el entrecejo.

Alejandro se echó a reír.

_Crees que hay algo malo en mi_ dijo riendo_ creo que no he encontrado a la mujer adecuada, eso es todo. O tal vez yo no sea el adecuado para alguien_ agregó volviendo a reír.

La risa de Alejandro contagió a Laura. Empezaba a verlo con otros ojos, el hombre poseía un semblante relajado y una natural simpatía. Sus ojos reflejaban sinceridad y humildad. Su voz era franca y siempre parecía estar de buen humor. Laura se sintió mucho más cómoda con el abogado y pronto se encontró contándole su vida.

Alguien rio con una risa aguda como el veloz correr de notas de un violín. Ambos dirigieron su atención al lugar de donde provenía aquel sonido algo estridente. Observaron a un grupo de personas bebiendo cerveza. Sobre la mesa se acumulaban un gran número de botellas vacías.

_ Creo que ya bebieron lo suficiente_ dijo Laura.

_ En realidad recién están empezando_ dijo Alejandro_ es sábado así que saldrán de aquí un par de horas antes del amanecer.

_ Bueno, creo que ya debería estar acostumbrada a eso, se repite en todos los campamentos mineros_ dijo la psicóloga.

Alejandro reprimió una sonrisa.

_Creo que es una constante en todo el país_ dijo él.

Laura se sintió de pronto cansada, su día había comenzado muy temprano y ya pasaban de las once de la noche. Sentía los parpados pesados y los ojos en sus cuencas le dolían.

_ Luces algo cansada_ dijo Alejandro_ te llevaré al hotel para que descanses.

_ Gracias_ respondió ella con voz exhausta.

_ Olvidé decirte que la habitación de hotel es solo temporal_ dijo Alejandro cuando hacía el trayecto de regreso.

Laura clavó sus cansados ojos en Alejandro tratando de prestarle atención.

_Mantener gente en el hotel significa más gastos para la empresa, por lo que prefieren que nos hospedemos en el Chulec_ explicó.

_ ¿Chulec? _ preguntó ella.

_ Es una zona residencial en donde se hospedaban los profesionales. Son casas estilo americano, pienso que te gustarán.

_ ¿Tu vives allí?

_ Sí, seré tu vecino.

Laura sonrió asintiendo.

_ En realidad no hay mucha gente en la zona en donde vivo. La mayoría de los profesionales que tienen hijos viven en las inmediaciones del colegio. Tal vez mañana quieras ir a ver el lugar y la casa que te asignaron, puedo llevarte si lo deseas.

_ ¿No tienes el día libre? _ preguntó.

_En realidad es mi fin de semana libre, pero me quedé porque no había quien te recibiera.

Laura tosió algo incómoda.

_ No quiero causarte más molestias_ dijo_ esperaré hasta el lunes y veré quien puede ayudarme con la casa.

_ No es molestia_ se apresuró él a decir_ lo hago con mucho gusto. Puedo buscarte después del desayuno.

Los ojos de Laura lo escrutaron con atención. Sopesó la propuesta por unos segundos. Alejandro detuvo el vehículo frente al hotel y al mirarla detenidamente se percató del profundo cansancio que arrastraba.

_ Te lo agradecería mucho, si en verdad no tienes algo que hacer mañana_ dijo ella al fin.

_Lo haré con mucho gusto_ contestó Alejandro con una sonrisa_ ¿te parece bien si te recojo a las nueve?

_Me parece perfecto_ dijo ella con una sonrisa cansina.

_ Entonces te acompaño al lobby_ dijo Alejandro.

_ No hace falta, vas a mojarte.

_Sí hace falta_ dijo Alejandro observando a un grupo de hombres apostados en la lluvia debajo del farol de la entrada al hotel.

Laura comprendió de inmediato. La preocupación de aquel hombre que acababa de conocer entibió su corazón. Bajaron del vehículo y un viento gélido les heló los huesos. Caminaron bajo la llovizna tan fina y vacilante que parecía una niebla. Los hombres los observaron con detenimiento, sus sombras sobre la vereda formaban un charco de oscuridad que Alejandro y Laura cruzaron en silencio.

_ Bien, llegaste sana y salva_ dijo el abogado cuando estuvieron en el lobby del hotel.

Laura le dedicó una sonrisa agradecida.

_Muchas gracias por todo_ dijo ella.

_ No tienes por qué_ contestó con la mejor de sus sonrisas.

_ Buenas noches, hasta mañana_ se despidió ella.

_ Buenas noches_ respondió él sin dejar de sonreír mientras ella subía las gradas.

Cuando estuvo al final de la escalera, volteó a verlo y aquella mirada verde cayó sobre él como si tuviera peso. Le dedicó una leve sonrisa y ´pronto recorría de nuevo el largo pasillo hasta encontrar su habitación.

Alejandro profirió un suspiro cuando la vio alejarse. Regresó sobre sus pasos y se fue a casa.

Pronto, el viento comenzó a arreciar. Laura pensó que había llegado justo a tiempo al hotel antes de que el mal tiempo le impidiera bajar del vehículo. Se tendió en la cama dispuesta a dormirse cuando el viento dejó oír su aullido lastimero golpeando con fuerza contra la ventana. Un relámpago bañó la habitación con una luz breve y tartajeante. No podía conciliar el sueño, un trueno profundo y ronco la sobresaltó a la vez que otro relámpago de luz azul estallaba. Se cubrió con la manta hasta el cuello y se ovilló sobre si misma para tratar de entrar en calor.

Como uno de aquellos relámpagos que iluminaban el cielo, le llegó el recuerdo de su exesposo. No había pensado mucho en él últimamente, hasta que le habló a Alejandro de él. Aún mantenían comunicación, se hablaban por teléfono un par de veces al mes. Se llevaban mucho mejor después de separarse, como pareja no funcionaron, pero eran buenos amigos y se preocupaban el uno por el otro. Se sacudió el pensamiento de sus recuerdos. Un relámpago blanco azulado encendió esta vez el cielo. La lluvia agitaba con fuerza la ventana de la habitación.

_ ¡Diablos, si sigue así no podré dormir! _ dijo en voz alta como si con eso consiguiera que la lluvia la oyera y se detuviera.

Pero no lo hizo, los truenos y relámpagos siguieron con su bullicioso concierto por espacio de dos horas. De súbito, los truenos cesaron y la lluvia amainó. Laura, miró el techo con actitud meditativa, unas largas lenguas de luz lo iluminaban levemente. Pensó en lo que le depararía este nuevo trabajo, esta nueva ciudad. Se fue desconectando lentamente de la realidad. Se fue hundiendo en un mundo gaseoso y empezó a soñar.

Londres, Inglaterra, abril de 1921.

I

Cualquier observador podría haber supuesto que la serie de eventos que estaba a punto de desencadenarse en la vida de Alexander parecían casuales, pero en realidad lo eran solo en apariencia. En realidad, le había llevado casi cinco meses de investigaciones, seguimientos, pago de sobornos a jueces, abogados y fiscales. Atravesó países, navegó ríos, rastreó movimientos por toda Europa. Buscó hasta en los sórdidos sótanos de los burdeles de mala muerte, hasta que al fin pudo dar con el paradero del hombre culpable de sus tribulaciones y su amargura.

Mijaíl, vivía en Londres desde hacía un año. Se daba la gran vida a costa del dinero que le había robado a Tatiana. Alexander sentía una rabia infinita hacia él, pero no dejaría que ese sentimiento le nublara el juicio y le hiciera perder la oportunidad de acabar por completo con él. Había calculado sus movimientos con perfección milimétrica y estaba a solo días de ponerlos en práctica.

Apresuró sus pasos por una calle bordeada de paredes rojizas mientras el cielo gris de la tarde de primavera se cernía sobre él. Le dio una calada profunda a su cigarrillo, aunque sabía que no debería estar fumando. Se detuvo a examinar el interior de un arrendamiento, niños sucios jugando, perros sacudiéndose las pulgas, ropa secándose en cordeles que se extendían como telas de araña de ventana en ventana. Uno de los chiquillos a quien un moco le colgaba como sebo de vela de la nariz lo observó con expresión pavorosa. Alexander intentó sonreír, y por primera vez en meses, pensó en sus hijos. Mantenía esporádicas correspondencias con Galina, en donde le mantenía informado sobre el desarrollo y necesidades de los tres niños. Sacudió la cabeza, no era momento de ponerse a pensar en otra cosa que no fuera su esperada venganza.

Siguió avanzando por una calle estrecha, hasta encontrase frente a un bar que más se asemejaba a un tugurio, oscuro y nauseabundo. No era la primera vez que visitaba aquel lugar, pero esperaba que fuera la última.

Sólo había dos clientes, en realidad era muy temprano para lanzarse a los brazos de Sileno, pero al parecer las reglas de urbanidad no incluían a aquellos asiduos. El primero era un joven de piel cetrina, con un abrigo desproporcionadamente largo que parecía estar adormilado por efecto del alcohol. El segundo, era un anciano blanco, borracho que bebía cerveza de un vaso largo y grueso. Cada vez que se llevaba el vaso a la boca, le temblaban las manos. Su piel era pálida y cuando levantó la mirada hacia Alexander, vio que sus ojos estaban obsesionados por la bebida, se hallaba atrapado dentro de aquella repulsiva celda, demasiado profunda para salir de ella.

El cantinero, un hombre de espalda ancha y frente prominente se hallaba sentado detrás del mostrador. Al fondo, sobre una plancha caliente había un trasto con café caliente. Sobre el mostrador, frente al cantinero se hallaba una taza de porcelana blanca y gruesa, de donde humeaba un vapor fino y blanco.

El cantinero levantó la vista del periódico ajado que leía, un ejemplar de The Times. Por un momento en sus ojos apareció esa extraña y peculiar expresión de un hombre que busca en sus recuerdos el nombre correcto de alguien. Hasta que se le iluminó el rostro al recordarlo.

_Sigue con el café_ dijo Alexander señalando la taza humeante.

_Desde luego, vendo alcohol, pero no lo bebo_ dijo_ ¿quiere uno?

_ ¿Un café o un trago? _ preguntó Alexander con un amague de sonrisa.

_Lo que guste Ivanov.

Alexander sacudió la cabeza negando.

_Estoy bien, gracias.

Alexander procedió a remover sus bolsillos y extrajo algo de uno de ellos. Depositó un rollo de billetes sobre el mostrador, cerca de la taza blanca. El rollo estaba sostenido con un delgado cordel.

El cantinero procedió a contar los billetes.

_Son cinco mil_ dijo Ivanov.

El cantinero se volvió enrollando de nuevo los billetes en un rollo apretado. Alexander observó a los dos clientes. El muchacho seguía durmiendo. El viejo había dejado el vaso vacío sobre el mostrador y miraba la escena entre Alexander y el cantinero con expresión tonta. Alexander pensó que no representaba peligro alguno, tenía los ojos rojos y brillantes y probablemente no podría discernir lo que estaba sucediendo frente a sus narices y después de todo poco le importaba si lo hacía. El cantinero desapareció debajo del mostrador al igual que el dinero. Rebuscó entre unas cajas y luego volvió a reaparecer frente a Ivanov con un cartapacio de cuero vacuno manchado y sucio. Lo puso sobre el mostrador y lo empujó con suavidad hasta dejarlo frente a Alexander.

_Ahí tiene lo que quería. Si algo sale mal diré que no lo conozco_ dijo con expresión severa.

Alexander asintió sin decir nada, tomó el cartapacio lo colocó debajo de su brazo derecho, y salió del bar.

Aquellos documentos le habían costado una pequeña fortuna, pero sabía que valdrían la pena.

Dedicó todo el día siguiente a poner en práctica su plan. Con los documentos que había conseguido, podría destapar todas las operaciones ilegales de Mijaíl, y mandarlo a la cárcel por un buen tiempo. Dejó las pruebas en manos de la policía y solo tenía que sentarse a esperar. Lo tenía exactamente donde lo quería, pero aun así no se sentía satisfecho. Diez o doce años en la cárcel no eran suficiente castigo comparado al daño que Mijaíl le había infligido a Tatiana. Había demostrado que podía ser tan ominoso como ruin y al menos necesitaba decírsele en la cara que era él el responsable de lo que estaba a punto de ocurrirle. Se sentía turbado, e inquieto, quería más, pero tendría que conformarse con lo que tenía. Odiaba la influencia perturbadora que Mijaíl ejercía sobre él. Lo mantenía en un estado de irritación y depresión constantes. Se sentía culpable de todo, incluso de no haber cumplido aún con su promesa de venganza.

Lo buscó en su gran mansión Victoriana, pero no dio con él. Decidió esperarlo en el bosquecillo aledaño, agazapado detrás de unos árboles, como un animal al acecho protegido por las sombras de la oscuridad. La noche era, como una de esas noches de abril, fresca y nublada, y el viento del noreste soplaba de frente.

 Mijaíl no se percató de las formas alargadas y erguidas que seguían sus pasos desde los árboles, observándolo fijamente con ojos vigilantes. Alexander prosiguió su cauteloso avance, hasta que salió a su encuentro. Mijaíl se sobresaltó al observar una alta figura amenazante frente a él. Ajustó sus ojos a la oscuridad e intentó ver de quien se trataba.

_Soy yo, Mijaíl. Alexander Ivanov_ dijo con voz seca.

Mijaíl sonrió con una mueca, mientras levantaba sus cejas y arrugaba la frente en una serie de líneas paralelas muy marcadas.

_El soldadito Ivanov ha dejado de jugar a la guerra_ dijo mientras lo miraba de forma sostenida, penetrante e irónica, lo cual exasperó a Alexander.

El rostro de Mijaíl le pareció una gran ave de rapiña, un gran halcón nocturno dispuesto a saltar sobre su próxima víctima, tal y como había hecho con Tatiana.

_Te advertí que te destruiría si no dejabas en paz a Tatiana_ dijo con voz amenazante.

_Ohh, esto tiene que ver con la ramera esa_ dijo mientras desplegaba los labios en una sonrisa despectiva_ debí suponerlo.

_ ¡No te atrevas a hablar así de ella! _ gritó Alexander mientras se abalanzaba con decisión sobre él y lo agarraba por el cuello.

Todo aquel odio, toda la aversión, todo el desprecio que había estado acumulando durante meses afloraron de él y se trasportaron a sus recias manos.

Mijaíl tomó aire para gritar, pero fue incapaz de soltarlo, pues las fuertes manos de Alexander se habían cerrado en torno a su cuello. Se tambaleó, sacudió los brazos como si se trataran de aspas de molino intentando mantener el equilibrio, para luego intentar separar las manos de Ivanov, pero no tenía oportunidad.

Alexander lo estranguló hasta que sus forcejeos comenzaron a debilitarse y quedó simplemente a merced de las fuertes manos de Alexander, boqueando ruidos escabrosos, percatándose de que su corazón estaba dando sus últimos latidos frenéticos, su mente cavilando sus últimos pensamientos coherentes.

La indescriptible ira, nublaba por completo la razón de Ivanov, mientras apretaba cada vez con más fuerza el cuello de Mijaíl. De pronto, su rostro iracundo cambió de expresión, se sintió confuso y agobiado, estaba a punto de matar a Mijaíl. Había matado a más de uno durante la guerra, para defenderse, para defender a otros, pero nunca había asesinado a nadie a sangre fría. Lo soltó de inmediato y sintió una nauseabunda repulsión por sí mismo.

Mijaíl aterrizó sobre el pecho, mientras su barbilla impactaba con violencia contra el suelo. Un tropel de puntos brillantes como estrellas le llenó los ojos. Profirió un grito agudo, vociferante, seguidos de varios chasquidos rápidos en un intento por llenar sus pulmones de aire. Mijaíl se volvió con dificultad sobre su espalda jadeando por aire que ardía como fuego.

_ ¡Tatiana murió por tu culpa! _ bramó Alexander_ la dejaste en la miseria. ¡Murió por tu culpa!

Mijaíl respiró hondo. Aún notaba el aire que ardía en la garganta. Se incorporó apoyando las manos en el suelo.

Alexander lo observó con atención intentando descubrir cualquier signo de arrepentimiento por parte de Mijaíl, pero no halló nada en sus ojos.

_Scotland Yard te pisa los talones, no tienes a donde huir_ dijo Alexander, sonaba confiado y satisfecho de sí mismo. _ No te queda nada Mijaíl, me encargué personalmente de que perdieras todo.

Alexander le dedicó una última mirada triunfal y le dio la espalda. Se dispuso a regresar sobre sus pasos, ya no quedaba nada por hacer. En ese momento oyó la voz ronca de Mijaíl.

_ ¡Ivanov! _ gritó.

Alexander volteó sobre sus talones, y en ese momento, Mijaíl blandió su arma y disparó. La bala le rozó el lado derecho de la cabeza y siguió su trayectoria hasta impactar en el tronco de un árbol. Alexander emitió un grito de dolor y sorpresa. De inmediato, empuñó su revolver en dirección a Mijaíl y disparó dos veces. La primera bala le alcanzó en el estómago y la segunda en el pecho muy cerca al corazón.

 Mijaíl cayó pesadamente entre bramidos de dolor. Un gran charco de sangre se extendió de inmediato.

 El olor acre de los disparos llenó la noche, era el aroma de las garras de la venganza.

Alexander se acercó a él. Un fino riachuelo de sangre le fluía por el lado de la cara en donde el disparo de Mijaíl le había abierto una brecha en el cuero cabelludo.

Mijaíl tosió y un chorro de sangre emergió de su boca. Jadeó un par de veces con los ojos abiertos en una expresión aterrorizada. Segundos después, dejó de existir.

II

Alexander regresó a la ciudad y recorrió las calles oscuras. Su corazón seguía lleno de odio, ira, dolor y pesar, todos aquellos sentimientos que lo habían atormentado desde la muerte de Tatiana no habían desaparecido cuando ajustició a Mijaíl. Por el contrario, se sentía mísero, turbado y muy solo.

Se apoyó en una pared, cerró los ojos y descansó agitado. La herida en su cabeza seguía sangrando, y había dejado una gran mancha sobre su hombro y su cuello. Después de unos momentos de nebulosa reflexión, en que sus ideas intentaban abrirse paso en el cerebro lleno de un enredo de pensamientos pesimistas, volvió a abrirlos.

 Se percató que había hecho incalculablemente mucho, pero había conseguido muy poco. Intentó seguir su camino, pero su cabeza le dio vueltas. Volvió a apoyarse contra la pared, cerró sus ojos y meditó con trepidante concentración.

 ¿Qué diablos había hecho? ¿Qué diablos haría ahora? No se sentía mejor después de haber matado a Mijaíl. La constante angustia, la rabia contenida a duras penas, el odio infinito por todos los que, de alguna u otra forma habían dañado a Tatiana, incluido dios, si es que en verdad existía, seguían dentro de él creciendo, haciéndose cada vez más grande más terrorífico, como un gran monstruo de dientes largos, punzantes y garras afiladas que está a punto de abrirse paso desde su interior arrasando con todos incluso con él mismo.

Empezó a sollozar, no fue un llanto apacible sino, desesperado, salvaje y rabioso. No pudo dominarse y de su garganta salió un grito estridente y doloroso que rasgó la noche, que luego de inmediato quedó casi extinto por un vómito como si gritara medio asfixiado en una ciénaga de nauseabundas aguas.

 Cuando logró expulsar todo el contenido de su estómago, apoyó la espalda contra la pared y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo, con las piernas extendidas y los brazos a ambos lados de su cuerpo. Jadeaba, sentía un desagradable sabor en la boca. Intentó poner en orden sus pensamientos, pero un gran desaliento volvió a apoderarse de su ánimo, tuvo el presentimiento de que no podría traspasar aquella muralla de depresión infinita sin poder cumplir la promesa que le había hecho a Tatiana en su lecho de muerte.

Vivir.

Casa 110

Alejandro

I

El complejo metalúrgico de La Oroya venía arrastrando una larga paralización de más de una década, hasta que al fin un año atrás, los acreedores pudieron venderla a precio de ganga a una empresa canadiense que se comprometió a volver a ponerla en marcha de forma paulatina, desde luego, con la venia del gobierno y muchas concesiones ambientales.

Alejandro Quesada provenía de una de las familias más acaudaladas del Perú. Había estudiado en una de las mejores universidades de Europa y hacía varios años que trabajaba en el bufete jurídico de su padre como abogado senior.

Uno de sus principales clientes era la empresa canadiense a quien habían asesorado antes, durante y después de la compra del complejo metalúrgico. El trabajo de Alejandro fue excepcional, por lo que la compañía canadiense le ofreció un trabajo permanente en La Oroya. Alejandro supuso que su padre pensaría que era una locura dejar un bufete que ganaba millones y que pronto sería suyo por un sueldo fijo en los confines de la Sierra Central, pero para el abogado, no había mejor oportunidad que esta, le parecía satisfactorio y excitante.

A Alejandro no le importaba mucho el dinero, quería contribuir con su país en la medida de lo posible, y tras largos años de paralización, el despido de miles de trabajadores y la crisis económica en que vivían los habitantes de la zona, pensaba que ayudar a la reactivación de la ciudad minera sería una de sus contribuciones más importantes.

Muchas Organizaciones No Gubernamentales, no estaban de acuerdo con la reactivación de la empresa por los costos ambientales que eso implicaba, pero los pobladores habían pedido con desesperación a varios gobiernos de turno que volvieran a poner en funcionamiento el complejo ya que era el único medio de sustento de decenas de miles de personas.

Cuando Alejandro entró en la oficina de su padre, este lo recibió con una sonrisa, la cual se evaporó cuando le explicó que dejaría el bufete para irse a trabajar, literalmente, a la punta del cerro. El hombre intentó procesar la información que acababa de recibir, mostró un rostro repleto de consternación y perplejidad que no requería de traducción. Sus ojos se detuvieron con disgusto sobre su único hijo. Trató de hacerlo entrar en razón, pero Alejandro estaba decidido. El progenitor quedó profundamente decepcionado ya que pensaba retirarse en un par de años y dejar todo en manos de su hijo. Suspiró abatido, antes de endurecer la voz sacándole en cara todo lo que había aprendido en el bufete.

_ ¡Te arrepentirás de esto! _ exclamó y su voz retumbó nítidamente en las paredes de la oficina.

Alejandro aclaró la garganta y respiró profundamente, la situación se había vuelto incómoda, no quería pelear con su padre, lo respetaba mucho, pero se sentía indignado por la forma en que lo estaba tratando, no necesitó decírselo, porque lo llevaba escrito en la cara. Observó a su progenitor con la dignidad y fortaleza que lo caracterizaban y le habló con honestidad e integridad.

_ Papá, tengo cuarenta y cinco años, no soy un niño y esto es lo que quiero hacer. No quiero faltarte el respeto, pero no te estoy pidiendo permiso, te estoy informando que dejaré la empresa_ dijo con voz clara y firme.

_ ¡Eres un Quesada, no puedes ser el empleaducho de una empresa minera! ¡Tu abanico de opciones será muy limitado! _ gritó mientras lo envolvía un escalofrío.

El comentario le pareció a Alejandro ignorante y ofensivo, pero sabía que no podía cambiar la forma de pensar de su padre. Se hizo un silencio frío entre ambos y a pesar de la profunda desazón que sentía, el señor Quesada colocó una paciente mano sobre el hombro de su hijo.

_ Respetaré tu decisión, esperaré a que te canses de jugar y regreses a la empresa_ dijo poco después.

Alejandro no agregó más leña al fuego, salió de la oficina de su padre rumbo a su nuevo empleo, de eso hacía ya un año.

Figueres, noviembre de 1920.

I

Con la mente atestada por casi todas las deterioradas emociones que un hombre es capaz de experimentar: odio, cólera, pérdida, desesperación, temor, frustración, Alexander conseguía mantener un delicado equilibrio psicológico. La oscuridad de la noche oprimía contra las ventanas de la casa desierta, desierta por la ausencia de Tatiana. Constantemente se detenía a ver sus cosas, sus viejos vestidos en el armario, sus desgastados zapatos debajo de su cama, antiguas fotografías, en donde se la veía radiante y llena de vida, una en donde Alexander y ella aparecían juntos, felices, sonriendo, viéndose a los ojos en alguna gran fiesta aristocrática. Tal vez, aquella fuera la única fotografía en la que aparecían juntos, pensó. Era insoportable continuar así. Decidió guardar las fotografías, después de todo era el único recuerdo que le quedaba de ella.

Cada noche desde que ella se había ido, se mantenía en un terrible estado de abstracción, despierto, mientras meditaba el hecho de que un extraño crecimiento en los pulmones de Tatiana, no mayor al tamaño de una moneda fuera suficiente para arrebatarle la vida a la mujer que amaba y dejarlo solo para siempre.

Una de aquellas noches, mientras revisaba sus cosas, encontró un cajón oculto en el vetusto armario. Lo abrió y halló lo que parecía ser un diario. Titubeó al principio, le parecía estar inmiscuyéndose en los pensamientos íntimos de Tatiana. Pero luego terminó por abrirlo. Era una sucesión de relatos muy personales de la vida de la baronesa desde que había abandonado Moscú durante la revolución.

Alexander se sentó en el borde de la cama y acercó la lámpara, que iluminó un pasaje como si este fuera un actor sobre un escenario.

“La noche fue terrible, no pude dormir alterada, esperando que, en cualquier momento, alguien detuviera el tren y me obligaran a bajar”

Alexander suspiró apenado. Tatiana tuvo que huir sola, arreglárselas sola, mientras que él peleaba en la guerra. Una guerra que desde siempre había estado predestinado a perder.

Se embarcó de lleno en la lectura de los pensamientos, ideas, y emociones de Tatiana. Y a medida que profundizaba en sus apuntes, empezaba a comprender mejor el corazón y el alma de aquella mujer que lo había esperado, anhelado y amado desde la distancia.

“Mijaíl se ha ido, puedo descansar tranquila esta noche. La vida de Alexander ya no corre peligro. Pero daría cualquier cosa porque estuviera aquí conmigo ahora”

Las lágrimas anegaron los ojos de Ivanov. Pensó que sería capaz de entregar su brazo derecho por tener la oportunidad de regresar el tiempo y hacer las cosas de diferente manera. De negarse a regresar a Rusia para intentar retornar el poder a los Romanov cuando en realidad no habían tendido ni la más mínima oportunidad de hacerlo. Pero ya era tarde, ella se había ido, lo había dejado solo sumido en la más terrible oscuridad.

De todas las cicatrices que poseía, las que más le habían dolido no eran precisamente las externas, sino las internas. Las había examinado una por una, durante tantas noches, largas e insomnes, después de la muerte de Tatiana, catalogándolas una por una con una mórbida fascinación. Y había llegado el momento de dejar de hacerlo y actuar, ya que la vida no era más que una aniquiladora carrera desprovista de significado. Se preguntó si acaso no tenía derecho a dejar la galopante carrera y hacerse a un lado. Se preguntó qué sucedería después que lo hiciera. Estaba en desacuerdo con los que pregonaban que la vida era una especie de preparación para el infierno. Él estaba convencido de que la vida era de por si un infierno. Así que, que más daba, buscaría a Mijaíl y le haría pagar por todo, de una forma o de otra y tal vez, solo tal vez, así volvería a encontrar la paz.

Casa 110

Capítulo 1

II

 El bus avanzaba lento, por la serpenteante carretera enclavada en el borde de la montaña, dando tumbos cada vez que giraba abruptamente en una de las interminables curvas. Al bajar la mirada, Laura observó los profundos precipicios. En sus bordes se dibujaban delgadas líneas zigzagueantes, por donde minutos antes, el bus había transitado. Su primer pensamiento fue lo inconmensurable de la Cordillera de los Andes desde los ojos de un simple espectador.

 Le habían aconsejado tomarse algún medicamento para evitar el Soroche, pero ella decidió que no era necesario, estaba acostumbrada a la altura, había trabajado a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, en más de una oportunidad. Además, como sicóloga pensaba que el mal de altura tenía mucho que ver con la mente, con la sugestión de la persona. La altura nunca la había afectado, más que con un leve dolor de cabeza el primer día y el pequeño esfuerzo al respirar cuando se apresuraba en caminar.

El bus recorrió varios túneles incrustados en la cordillera, cruzando largos puentes, profundos barrancos y lagos de diversos colores. Las rocas en las altas montañas ostentaban marcadas tonalidades, entre verdes, marrones y grises.

Se abrochó el abrigo, el intenso sol que una hora antes parecía calcinar el vehículo en el que viajaba, se había escondido detrás de uno de los picos de la montaña y el frío empezó a calar. Una gran nube negra proveniente del este presagiaba la llegada de la lluvia. En pocos minutos, el paisaje se tornó oscuro y un leve golpeteo sobre la ventana le advirtió que la lluvia había empezado a caer, pronto se convirtió en una leve nevada. Laura sonrió, le hubiese gustado poder salir del vehículo y disfrutar de la nieve como cuando era niña. Enseguida, cambió de opinión, cuando el bus no pudo seguir avanzando porque se había topado con una interminable fila de vehículos que habían quedado varados a dos kilómetros del punto más elevado, Tíclio. La nieve se veía como una sábana blanca que lo cubría todo alrededor haciendo imposible el tránsito.

Estuvieron atascados por casi dos horas, cuando sintió que el bus se movía de nuevo lentamente. A pesar de la oscuridad que reinaba en aquel momento, observó a través de la ventana un vasto desierto blanco y los montículos de nieve que el viento formaba por todas partes. El bus se detuvo de nuevo frente a un cartel que marcaba el cruce ferroviario más alto del mundo: 4818 metros sobre el nivel del mar rezaba el cartel. Fue en aquel punto, cuando varios de los pasajeros empezaron a sentir los efectos del Soroche. Los niños se lanzaron a llorar; otros a vomitar; se quejaban de dolores de cabeza, o de estómago; las madres trataban de ayudar a sus hijos acercándoles a la nariz un algodón empapado en alcohol. Laura aspiró un par de veces, estiró sus entumecidos miembros y recostó el rostro contra la helada ventana, eso la reconfortó. Imaginó un plato de sopa caliente y luego meterse a una mullida cama. El viaje que se suponía de cuatro horas se prolongó a casi siete.

_ ¡Los que bajan en La Oroya, prepárense! _ gritó el cobrador del bus despabilando a Laura quien se irguió en su asiento como si de un soldado se tratara al oír la voz de mando de su superior. Observó a su compañero de asiento, usaba una casaca de jean desgastada, una gorra verde algo desvaída y sostenía una mochila en su regazo, estaba dormitando. Sus ojos se movían bajo sus párpados y un largo hilo argentado de saliva se suspendía de su labio inferior. Era la primera vez durante todo el viaje, en que Laura le prestaba atención. Observó cuatro números tatuados en la parte posterior de la mano derecha. “1972” se leía. Laura pensó que podía tratarse del año de su nacimiento. No podía seguir sentada, tenía que ponerse de pie y dirigirse a la puerta de salida. Trató de despertar a su compañero de asiento, pero este no pareció oírla.  Serpenteó entre las piernas del inmutable hombre, estaba demasiado cansada para protestar.

Se apeó frente al otrora Hotel Junín, cuando bajó del vehículo sintió de inmediato una fuerte ráfaga de aire helado y la fría lluvia que caía sobre su rostro. Suspiró y su aliento formó una pequeña neblina a su alrededor. Llamó su atención algo escrito con letras rojas en una pared cercana. La frase rezaba: “LAURA ERES UNA PUTA” en letras rojas, grandes, mayúsculas y chorreantes. Sintió que el insulto iba dirigido a ella, el rubor cubrió de inmediato su rostro. “Vaya recibimiento”, pensó. Desvió la mirada precipitadamente, como si la frase pudiera lastimar sus ojos si la miraba por mucho tiempo.

 Observó los faroles que brillaban tenues en la penumbra, al igual que la fina llovizna que la empapó de inmediato. Cruzó la calle corriendo y enfiló el camino de entrada al hotel. Entró en el vestíbulo iluminado, sin aliento, jadeante y con el abrigo completamente húmedo. Bajó su maleta al verde y ajado suelo de linóleo. Unos pasos sonaron rítmicamente por el pasillo que se internaba en lo profundo del antiguo edificio. Laura estudió con atención al hombre que se acercaba con pasos presurosos. Le dio tiempo de pensar que era atractivo, alto de pelo oscuro con leves destellos grises y ojos cafés muy expresivos. El hombre la observó algo perplejo.

_ ¿Laura Brown? _ preguntó con algo de inseguridad en la voz mientras le tendía la mano.

Laura lo miró con cierto recelo antes de agitar la mano de aquel hombre y trató de esbozar una sonrisa, pero lo que sus labios dibujaron fue una curva algo inexpresiva. Estaba mojada, su pelo se le pegaba al rostro y no dejaba de temblar presa de escalofríos.

_ La esperábamos hace más de tres horas_ dijo el hombre echando un vistazo a su reloj.

_ Pues ya somos dos_ espetó frunciendo los labios con cierto disgusto.

_Ya cerraron el comedor_ dijo el hombre que cada vez le caía peor a Laura.

Ella suspiró frustrada y algo desanimada, moviendo la cabeza con disgusto, pero no se hallaba en posición de protestar.

_ ¿Al menos tengo dónde dormir? _ preguntó en tono molesto.

El hombre sonrió en forma condescendiente y con un concentrado interés en la mujer que tenía enfrente.

_ Desde luego, deje que la ayude con su maleta_ dijo tomándola. _ Imagino que querrá darse un baño caliente.

_ Imagina bien_ respondió ella en forma un tanto desdeñosa.

_ Lo siento_ dijo el hombre_ creo que empezamos con el pie izquierdo. Me llamo Alejandro Quesada_ agregó tendiéndole de nuevo la mano a Laura.

La psicóloga lo observó entrecerrando los ojos y abriendo levemente los labios. Alejandro pensó que tenía los ojos cansados, pero aun así parecían muy brillantes e inteligentes. Además, se veía hermosa a pesar de estar cansada y mojada. Laura estrechó la mano que se mantenía tendida en su dirección sintiendo un cálido y suave apretón.

_ Mucho gusto_ contestó la sicóloga_ lamento llegar tarde, pero hubo un atasco en Tíclio.

 En su voz se hacía evidente el cansancio y la frustración.

Alejandro le dedicó una sonrisa ladeada que a ella le aceleró el corazón.

_Lo sé_ contestó elevando la comisura de los labios.

El rostro de Laura tomó un tono rojo intenso y frunció el ceño algo molesta. Apretó los labios en una fina línea y lo observó con ojos inquisitivos y retadores.

_ ¿Lo sabía y aun así se atrevió a cuestionar mi tardanza? _ preguntó incrédula.

Alejandro se echó a reír, pronto trató de ahogar la risa, pero le fue imposible.

_ No pensé que se molestaría, solo quería romper un poco el hielo.

_Linda manera de hacerlo_ dijo ella enarcando las cejas y curvando los labios.

Alejandro sonrió elevando un poco la barbilla manteniendo la mirada fija en ella durante más rato del que debía.

Subieron las escaleras exageradamente pronunciadas en silencio, ella no lo miraba y ambos se sintieron muy incómodos al tiempo que retumbaba inquietante el eco irregular de sus pisadas.  Alejandro se detuvo frente a una de las puertas, la abrió y esta emitió un ruidoso silbido. Buscó a tientas el interruptor de la luz, hasta que al fin lo halló luego de varios intentos.

_Sé que estará cansada, pero imagino que tiene hambre, me gustaría llevarla a cenar, si le parece bien.

Laura ladeó la cabeza y se lo quedó mirando fijamente sopesando aquella invitación.

_No quiero que piense que la estoy invitando a salir, pero me siento culpable de que no tenga que cenar_ se apresuró a explicarse con las palmas levantadas como si se estuviera rindiendo.

Laura suspiró frustrada, en verdad tenía hambre así que no lo pensó mucho.

_ Se lo agradezco, en verdad necesito comer algo_ dijo forzando una tensa sonrisa.

_ Muy bien la espero en el lobby en media hora si le parece bien, tengo mi automóvil aquí, por lo que le prometo que no se mojará.

_Eso sería estupendo_ contestó la psicóloga.

Cuando al fin se encontró sola en la habitación, miró a su alrededor mientras se quitaba el mojado abrigo, los zapatos y la medias, tenía los pies helados. Caminó descalza sobre la verde y mullida alfombra, pensó que había retrocedido en el tiempo ya que el mobiliario y la decoración se habían estancado en la década de los años setenta. Pero una pintura de arte moderno llamó su atención. El fondo celeste contrastaba con figuras geométricas de colores amarillos y naranjas, la ecléctica fusión entre lo moderno y lo antiguo no terminó por convencerla.  Se metió al cuarto de baño y de inmediato sintió una ráfaga de aire proveniente de la ventana que estaba abierta de par en par, se apresuró a cerrarla con un gesto de disgusto, pero su sonrisa se ensanchó al ver una bañera bastante antigua pero limpia, que llenó con agua caliente. Se metió en ella con un suspiro de placer. En pocos segundos entró en calor y se relajó por completo.