Figueres, España, Setiembre de 1920.

I

Contra todos los devastadores pronósticos del doctor, Tatiana aún seguía viva. Tal vez algo tenía que ver con la presencia de Alexander, o con los esmerados cuidados que le prodigaba, o simplemente con el amor. Había días mejores que otros, y cuando esto sucedía, salían a pasear por patio de baldosas azules. Tatiana tomada del brazo de Alexander, con una sonrisa cansina pero perseverante. La tos había disminuido gracias a las medicinas que el médico había recetado y que Alexander cuidaba que no le faltara. Tatiana presentaba mejor semblante, sus mejillas se habían teñido de un leve tono rosado que la hacían ver mucho más repuesta.

Aquella noche Alexander preparó para ella una sencilla cena a la luz de las velas. Tatiana escogió uno de sus viejos vestidos, se arregló el pelo de la forma en que solía usarlo en la corte del Zar. Conversaron animadamente durante la cena, y al final de la velada Alexander la sacó a bailar al sonido de un gramófono que había adquirido especialmente para entretenerla.

Tatiana se veía radiante, si algún desconocido la hubiera visto flotar en los brazos de Alexander en alguna pista de baile, jamás hubiese adivinado el mal que sufría.

_Deberías descansar_ dijo Alexander luego de algún tiempo.

_No estoy cansada_ contestó ella con un brillo especial en los ojos.

Alexander conocía muy bien aquel brillo, lo había añorado por demasiado tiempo, pero no podía esperar que aquel brillo se trasformara en fuego. No debía.

_Vamos te acompañaré a la habitación_ dijo él sosteniéndola de la cintura.

Tatiana se sentó en el borde de la cama y le dirigió una mirada expectante, pero a la vez decidida.

_Voy a dejarte sola por unos momentos para que te pongas cómoda_ dijo él.

Tatiana pareció desilusionada. Bajó la mirada hasta sus manos.

_ ¿Ya no me encuentras atractiva? _ preguntó.

_ ¿Qué?

_Sé que ya no soy la mujer que conociste, he envejecido y la enfermedad no me ha favorecido desde luego.

_ ¿Qué dices? Siempre serás la mujer más hermosa que he conocido_ contestó él con los ojos colmados de fervor, al tiempo que se acercaba a ella y se sentaba a su lado en la cama.

_Entonces…

_No quiero importunarte_ dijo él.

_Te necesito Alex_ dijo ella.

_ ¡Tati, yo también te necesito! _ dijo segundos antes de besarla apasionadamente.

Hicieron el amor despacio. Alexander la trató con gentileza a cada instante, no solo por el delicado estado de ella, sino porque aquel encuentro íntimo pareció surgir no solo del deseo carnal sino del empeño de sus almas por permanecer unidas por toda la eternidad.

II

Los días buenos habían desaparecido, los malos días habían ganado la partida. Se habían acompasado con el cielo gris y las hojas secas que el viento arremolinaba alrededor de la casa. La respiración sibilante había vuelto y las horas en las que Tatiana permanecía seminconsciente se habían alargado, sumiéndola en un extraño sopor.

 El dolor era constante, solo se mitigaban con altas dosis de alguna droga recetada por el doctor. Alexander podía oírla desde la salita con su respiración siseante mientras descansaba sobre su espalda con los brazos extendidos a sus costados. Era como un sonido burbujeante, como si su garganta estuviera llena de agua. Este cambio desfavorable, aunque esperado, no hizo más que sumir a Alexander en la más azarosa oscuridad.

El sueño de Tatiana empezó a hacerse cada vez más turbado e incómodo, y Alexander que en ningún momento dejó de examinar con suma atención sus cambios de posición y de oír los reiterados, aunque casi inadvertidos quejidos, deseó sacarla de aquel letargo tan lacerante. Pero se contuvo, debía dejarla descansar, eso era lo que había recomendado el médico. Si no despertaba por si misma era señal de que el cuerpo se encontraba débil y debía dejarla descansar.

Repentinamente, Tatiana despertó al oír un súbito ruido en la casa y se alzó alterada exclamando en un delirio febril.

_ ¿Ha llegado Alexander?

_Estoy aquí preciosa, no me he ido a ninguna parte_ replicó Ivanov con un nudo en la garganta, intentando ocultar su temor, ayudando a Tatiana a tenderse sobre las almohadas de nuevo.

Era una pesadilla para él verla en ese estado tan calamitoso. Pero no podía desmoronarse ahora.

_Jamás lo volveré a ver, se fue a la guerra y jamás lo volveré a ver_ dijo en el mismo tono agitado, con la voz quebrada y los ojos verdes llenos de lágrimas mientras su pecho subía y bajaba como un fuelle.

Alexander se sentía sumamente acongojado. En aquel momento se percató de todo el sufrimiento que Tatiana tuvo que enfrentar durante su ausencia:  la soledad, el aislamiento y el abandono. Ella estaba delirando, era verdad, pero sobre la superficie de aquel delirio flotaba todo el dolor y desdicha que tuvo que enfrentar durante años.

Intentó sosegarla ansiosamente. Le tomó el pulso, era débil pero rápido y al ver que Tatiana seguía delirando acerca de él, su temor se acrecentó.

Tatiana habló luego de su infancia, lo dura que había sido su vida, las carencias por las que había pasado. Repitió palabras acerca de una mascota de cuando era niña, un perro o algo así. De pronto su expresión fue de angustia, para luego transformarse en desesperación, como si huyera de algún enemigo, removiéndose en su lecho, mientras el sudor le corría por la frente. Alexander le secó la frente con un paño húmedo.  Luego la oyó cantar:

“Enebro, enebro, ¡enebro mío! En el jardín está la frambuesa, ¡frambuesa mía!”

 Su expresión fue entonces de felicidad.

Alexander dejó de respirar por un segundo. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para ahogar su dolor y su sufrimiento. Tatiana estaba recordándolo, recordando aquella tarde inusualmente cálida en Moscú cuando desnudo ante la ventana de la habitación de hotel en la que tenían sus encuentros furtivos, él había cantado aquella canción, mientras las cálidas manos de Tatiana lo envolvían.

Las horas trascurrieron para Tatiana en desvelado dolor y delirio, mientras que Alexander se sumía cada vez más en cruel angustia. El médico apareció después, solo para corroborar lo que Alexander suponía, eran las últimas horas de Tatiana.

Poco antes del amanecer, Tatiana despertó de su angustioso sopor y observó a Alexander demacrado y afligido. Buscó su mano y la tomó. Alexander intentó sonreírle, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

_Necesito que me prometas algo_ dijo ella.

_Lo que quieras preciosa_ contestó Ivanov.

_Necesito que me prometas que después de que me vaya vivirás.

Alexander se quedó en silencio, eso era algo que no podía prometerle a ella. Ya lo había pensado antes, si ella tenía que irse, ¿qué caso tenía que él siguiera viviendo?

_Alex, necesito que me lo prometas, necesito oírte decir que seguirás con tu vida. No voy a morir tranquila si no me lo prometes.

_Tati, no pienses en eso ahora, no debes preocuparte por mí.

Tatiana apretó la mano de Alexander con toda la fuerza que le quedaba.

_ ¡Prométemelo! _ le exigió nerviosa.

_Te lo prometo_ contestó_ pero no te inquietes.

Alexander percibía la confusión y la fatiga de Tatiana. Pensó que ella intentaba hablar de forma coherente pero que su enfermedad la confundía.

_Se que no crees en dios o en la existencia de una vida después de la muerte, pero yo te juro que esperaré por ti, esperaré a que llegue el momento de que volvamos a estar juntos. Pero no antes. Las cosas se dan cuando se tienen que dar, no antes, no después. Lo nuestro aún tiene que esperar, y eso haré, esperaré por ti. Te lo juro, esperaré por ti hasta que sea el momento.

La abrazó contra su cuerpo en un intento por tranquilizarla, las cálidas palabras con las que intentaba darle seguridad llegaron a los oídos de Alexander, pero no lograron alcanzar su ánimo, pero ella no tenía por qué saberlo.

_Viviré mi vida, hasta que sea el momento de volver a vernos_ dijo él en su oído_ lo juro.

Tatiana le acarició el rostro, Alexander presentaba una tupida y descuidada barba que cubría en gran parte la cicatriz de su mejilla. Pasó sus dedos por la zigzagueante huella y le sonrió.

_Quiero que recuerdes algo_ dijo Ivanov al tiempo que las lágrimas se le agolparon y en la garganta se le formaba un nudo apretado que le dificultaba respirar_ quiero que recuerdes que te amo, te amo más que a nada en el mundo.

Las lágrimas invadieron los ojos de Tatiana y las luego cayeron libres ´por sus mejillas.

_Yo también te amo, siempre te he amado_ dijo antes de que compartieran un desesperado y conmovedor beso.

III

Sostuvo la mano de Tatiana mientras el patriarca le daba la extrema unción. Sintió profundamente la solemnidad del acto, a pesar de no profesar la fe. Era su amada Tatiana quien se despedía para siempre de la vida, de aquella vida que había vivido con tanto coraje y tenacidad. Debía honrarla, honrar su vida, sus sacrificios, sus desencantos viviendo la existencia que a él le había tocado.

Sostuvo su mano cuando se perdía poco a poco en las oscuras tinieblas, cuando dejaba este mundo, cuando lo dejaba a él.

Sostuvo su mano cuando por última vez le decía que la amaba y que la amaría hasta con él último de sus alientos.

Sostuvo su mano cuando dejó este mundo y cuando la besó por última vez.

Sostuvo su mano mientras que el horrendo dolor en su pecho se desencadenaba destrozándolo, devorándolo, al mismo tiempo que las lágrimas a las que había evitado por tanto tiempo se deslizaban y caían por su rostro, a la vez que emitía un grito desgarrador.

El azul se desvaneció en el cielo y entonces sangró rojo, acompasando el corazón de Alexander. Deseó estar muerto para estar con ella, para que su alma al fin descansara en paz por siempre. Pensó que, si en verdad existía un dios, este había armado todo aquel caos solo para torturarlo. O tal vez ya estaba muerto, y dios ya lo había condenado y lo estaba torturando. Tal vez el infierno del que tantos hablan era ese, porque no había otra explicación para el terrible dolor que sentía en aquellos momentos. Algunas religiones pensaban que en cada existencia se pagaban los pecados de la existencia anterior. Se preguntó cuántos pecados más debía pagar para que su alma pudiera alcanzar la paz.

Permaneció sosteniendo la mano de su amada por largo tiempo hasta que se quedó sin lágrimas y su mente comprendió que no había nada que pudiera hacer para regresarla a la vida.

Abrió uno de los cajones del armario de Tatiana y sacó una tijera, caminó arrastrando los pies hasta la cama, se sentó en el borde y cortó un mechón de los cobrizos cabellos de Tatiana. Lo envolvió en un pañuelo y lo guardó en el bolsillo de su saco.

Depositó un beso en su frente y cubrió su rostro con cuidado.

Toda aquella noche Alexander deambuló por la ciudad, entró a bares y burdeles con la mente cubierta por una especie de neblina espesa y oscura. Regresó a las calles indolentes e insensibles. Se sentó en el banco de la plaza en donde tantas veces habían ido a pasear, mientras pensaba que lo perverso tiene que ver con la fatalidad, con lo siniestro, con lo nefasto e injusto. Porque eso era la muerte de Tatiana, algo completamente irracional e injusto.

Tatiana siempre había sido su piedra de toque, la escala con la cual medía su capacidad para interactuar con el mundo, su capacidad de dar y de recibir. Es decir, siempre fue la escala con la cual midió su conducta, su sensatez y su cordura.

Hundió el rostro entre las manos desolado. ¿Cómo se suponía que cerrara las puertas de su pasado con Tatiana? ¿Cómo se suponía que pusiera remiendos sobre tamaña herida y siguiera adelante?

Estaba amaneciendo, y alguien del ayuntamiento vendría a llevarse su cadáver, depositándola en algún nicho anónimo de algún derruido cementerio. Para que su cuerpo desapareciera entre bloques de cemento y no en la tierra que la había visto nacer sino en aquel país remoto que la vio morir.

Todo su interior sentía perder el presente para abandonarse al pasado, en melancólicos recuerdos, en sueños desvanecidos, invocando el nombre de Tatiana en vano, una y miles veces deseando que sus manos pudieran volver a rozar sus mejillas.

Se hallaba demasiado cegado, demasiado fracturado emocionalmente, demasiado enajenado en su dolor para ver más allá del horizonte oscuro y disfrutar del siguiente amanecer, que invariablemente llega, si uno decide seguir respirando.

No supo si fue el intenso deseo, la desesperación o la locura, pero en ese momento notó su presencia viva sentada en el banco a su lado, como si una fuerza eléctrica recorriera su cuerpo. Aunque no supiera con exactitud cómo funciona el universo, supo con una certeza ciega que ella siempre estaría a su lado.

IV

Se aseguró de que Tatiana recibiera el mejor de los servicios funerarios de la ciudad. Se aseguró que llevara puesto el anillo de zafiro y la cadena con el dije en forma de T con pequeños diamantes incrustados que le había regalado. Las joyas proyectaban una luz centelleante que entraba por la ventana. Se sentía abatido y vacío. Aún no sabía cómo saldría adelante.

 Contra una pared pintada de celeste se apoyaba el ataúd de Tatiana, y el cuarto se hallaba impregnado de un dulce y agradable aroma a rosas, pues a los pies del ataúd y alrededor de este Alexander había dispuesto cientos de rosas rojas.

Fueron contadas las personas que se acercaron a presentar sus respetos. Tatiana se había hecho de pocos amigos. A pesar de que físicamente Alexander se hallara presente, su mente se hallaba en otra parte, en otro tiempo, en un momento de su vida cuando las cosas eran más fáciles y felices.

Boris fue uno de los pocos amigos que asistieron al velatorio. Se inclinó con reverencia frente al féretro de Tatiana, alagó un brazo y le dio un fuerte apretón al hombro de Alexander quien se hallaba apostado al lado del ataúd como un perro guardián.

Alexander pareció salir momentáneamente de sus profundas cavilaciones y lo miró con sorpresa.

_No sabía que estuvieras viviendo en España_ dijo Alexander_ gracias por venir.

_Quería verla por última vez, ella era como una hija para mí_ dijo Boris con expresión apesadumbrada.

Alexander deslizó una mano por la mortaja de seda y encontró la mano de Tatiana.

_Lo siento mucho muchacho_ dijo Boris apenado_ sé que era muy importante para ti, al igual que lo eras para ella.

Alexander lo miró con desconcierto.

_El barón era mi amigo, pero siempre imagine que entre Tatiana y tu había algo más que amistad. La última vez que la vi le dije a ella que no era quien para juzgarla.

_ ¿Cuándo la viste? ¿Por qué no la ayudaste? ¿Por qué no me informaste que ella estaba enferma? _ preguntó con atropello.

Se sentía molesto y frustrado por la suerte que le había tocado.

_Supongo que ella no te lo dijo_ susurró Boris mientras agachaba el cabeza pensativo.

_ ¿Qué se supone que ella tenía que decirme? _ preguntó inquieto.

_Cómo fue que se quedó sin dinero.

Alexander frunció el ceño extrañado.

_Ella no quiso hablar de eso_ contestó Alexander_ ¿tienes tu algo que ver con eso? _ preguntó irritado.

Durante todo el día se había sentido hueco, como si alguien lo hubiera vaciado por dentro y de pronto se sentía repleto de emociones encontradas como ira, frustración, indignación, rabia. Pensó que estallaría en cualquier momento.

_Te contaré todo, pero será mejor que hablemos en otra parte_ dijo tomándolo del hombro y llevándoselo a un rincón en donde pudieran hablar.

Alexander se sentía inquieto, apretaba los puños y sentía sus uñas clavándose en la piel. Intentaba mantener la calma ya que lo último que quería era armar una escena en el velatorio de Tatiana.

_Cuando la revolución estalló, hice un trato con los bolcheviques, Lenin es mi amigo personal. Dejé Moscú y me instalé en Paris. Tatiana sabía dónde encontrarme, por si llegara a necesitarme y hace como un año fue a verme.

Alexander lo miró con incredulidad, Tatiana jamás le había mencionado nada de ese supuesto viaje a Paris.

_Cuando llegó estaba asustada, es más, debería decir que se veía aterrorizada. Mijaíl la había encontrado en Figueres. Él trabajaba para los bolcheviques como una suerte de cazarrecompensas. Le exigió a Tatiana que trabajara para él y que te pusiera una trampa para poder atraparte. Al parecer tu cabeza tenía precio.

Alexander no podía creer lo que estaba oyendo. Todo parecía ser tan difícil de creer. Aunque si lo pensaba con calma este no sería el único caso. Muchos de los oficiales leales al Zar fueron asesinados por supuestos amigos incluso por familiares con tal de salvar sus fortunas y sus pellejos.

_Tatiana se negó rotundamente a hacerlo y a cambio le ofreció a Mijaíl todo lo que tenía. A Mijaíl le brillaron los ojos de codicia como te lo imaginarás. Mucho más cuando él pensaba que lo que tenía Tatiana le correspondía por derecho propio.

Alexander empezaba a comprenderlo todo. Pero lo que no entendía era porque ella no se lo había contado nunca.

_Aun no entiendo que tienes que ver tú con todo esto_ dijo Alexander_ ¿fuiste tú quien pedía mi cabeza? _ preguntó amenazante.

_No muchacho, nunca me metí en ese tipo de cosas solo quería sepárame de todo y vivir mi vida en Francia. Tatiana me buscó para que fuera una especie de seguro de vida para ella. Mijaíl me conocía como amigo de su padre, pero no tenía idea de que yo tenía conexiones en las altas esferas de los bolcheviques. Así que tuve que mover algunos contactos para presionarlo y que los dejara a ambos en paz.

Alexander se pasó la mano por el pelo nervioso, incrédulo y terriblemente molesto.

_Sea como sea, Mijaíl se llevó lo que Tatiana le dio y se fue para siempre. No tengo idea de donde está ni que está haciendo, pero cumplió su parte del trato.

_ ¿Por qué la dejaste sola sin nada? Estaba en una situación paupérrima cuando llegué_ dijo con voz desgarrada de dolor.

_No tenía ni idea, muchacho. Ella me aseguró que tenía suficiente para vivir con decoro y que además tenía un trabajo decente. Me marché a Estados Unidos por varios meses y no supe nada más de ella, hasta que regresé un mes atrás. Sabía que estabas aquí con ella, pero jamás pensé que se estuviera muriendo_ se defendió Boris visiblemente afectado.

Alexander levantó los ojos al cielo frustrado mientras emitía un suspiró sonoro. Hace solo unos minutos no le encontraba sentido a la vida, pero ahora sí que la tenía. Viviría para buscar venganza. El desgraciado la había dejado en la calle. Intentó disimular la ira y la rabia que sentía, después de todo era el funeral de la mujer que amaba. Pero bajo la máscara de serenidad bullía un sin fin de emociones turbulentas: cólera, furia, sed de venganza. Pero a pesar de toda la rabia que se agitaba en su interior, sintió también una profunda veneración por el amor y la lealtad que demostró Tatiana hacia él, sin ningún interés, sin esperar absolutamente nada a cambio.

Se acercó a su ataúd, tomó su fría mano entre las suyas y le juró que vengaría su suerte, le juró que la amaría por siempre.

Figueres, España, Julio de 1920.

I

El viaje desde Vladivostok hasta Figueres, le había tomado mucho más tiempo del que él había supuesto. Desembarcó en la estación y con pasos apresurados se dirigió a la pequeña casa que ocupaba Tatiana. Se hallaba exultante y optimista. Al fin se hallaba libre de obligaciones, libre de compromisos. Aunque los compromisos y las obligaciones con su esposa e hijos no habían desaparecido, Alexander no pensaba mucho en ellos. Dinero no les faltaba, la seguridad no era una preocupación. Jamás había pasado por su mente, que los niños necesitaban de su padre, de una figura protectora, de un ejemplo a seguir. No, sus hijos y Galina tenían todo. Ahora le tocaba ser feliz, ahora su obligación era hacer feliz a Tatiana.

Sonrió, su corazón latía con fuerza y aceleró un poco más sus pasos. Los pájaros gorgoriteaban en los árboles que se alineaban como guardias alrededor del parque que solían frecuentar juntos, pero Alexander apenas fue consciente de ello. Estaba muy concentrado en los planes que su mente estaba entretejiendo para su nueva vida. Un viaje tal vez, una casa más grande, con un huerto como a Tatiana le gustaba. Tal vez podrían comprar una casa en el campo, pensó.

 Casi sin pensarlo se halló frente a la puerta de Tatiana, llamó con insistencia por unos minutos sin recibir respuesta. Pensó que tal vez ella estaría fuera. Aunque le pareció poco probable de que estuviera abierta, intentó abrirla. Para su sorpresa, se abrió con un chirrido a madera podrida. Ingresó al patio de baldosas azules y cerró la puerta detrás de él. Cruzó el patio despacio, aquella exultación que lo había acompañado todo el camino se había trasformado de repente en desconfianza y cierta inquietud.

Cuando estuvo frente a la puerta de la casita, algo que no supo identificar lo llevó a tomar el picaporte antes de llamar. La puerta se abrió y su corazón dio un salto antes de lanzarse a una carrera veloz. Algo no andaba bien le advirtió su cerebro. Tragó saliva dificultosamente e ingresó a la vivienda. Las ventanas estaban abiertas y una agradable briza circulaba a través de la casa. Las cortinas parecían flotar en una danza de movimientos elegantes y relajados.

Intentó hablar, pero se sorprendió al notar que su garganta no emitió sonido alguno. Carraspeó un par de veces antes de volver a intentarlo.

_ ¿Tati? _ dijo, su voz sonó más baja, casi un susurro.

Caminó con pasos lentos, vacilantes mientras observaba todo a su alrededor. La salita y el comedor parecían estar en orden. Se dirigió a la habitación, su corazón no paraba de correr, sentía que le latía en la garganta.

_ ¿Tati? _ repitió, esta vez su voz sonó algo más natural.

Cuando se halló frente a la puerta de la habitación, la vio entreabierta y le pareció percibir algunos movimientos. Empujó la puerta y lo que vio lo dejó al principio desconcertado y luego se sobresaltó de inmediato.

_ ¡Tati! _ dijo y se acercó con grandes zancadas a la cama, en donde Tatiana se hallaba tendida, cobijada entre cubrecamas como si fuera invierno.

_ ¿Alex? ¿Eres tú? ¿En verdad eres tú o estoy soñando? _ prorrumpió en preguntas aceleradas y nerviosas.

_ Soy yo preciosa_ dijo mientras se sentaba en el borde de la cama y le acariciaba la frente.

La vio cansada, desgastada y visiblemente enferma. Le costó reconocer la imagen que tenía enfrente. No podía creer que la mujer que tenía delante suyo era lo que quedaba de la encantadora, cautivadora, vibrante y lozana mujer de quien estaba enamorado.

El dolor que lo embargó fue casi insoportable y no tenía idea de que sufriría muchísimo más. Observó sus ojos hundidos, la piel sin vida, su aspecto de postrada debilidad, pero lo que más lo aterrorizó fue que vio tres cosas en su rostro que lo golpearon con fuerza, como si alguien se divirtiera a sus costillas lanzándole una piedra tras otra.

 La primera, que había perdido muchísimo peso desde la última vez que la había visto. Lo que quedaba de ella era un montón de huesos en una funda de carne doliente y débil.

La segunda, que no solo parecía terriblemente cansada sino muy grave.

 La tercera, que había estado enferma por mucho tiempo. Pero, además, había una cuarta cosa, y fue de todas las demás lo que más duramente lo golpeó, como si el que le arrojaba las piedras, no estuviera contento con ello y decidiera arrojarle una gran roca de mármol, le pareció que se estuviera viendo a sí mismo, creyó vislumbrar su futuro.

Había quedado petrificado, había dejado de respirar. Se ordenó a si mismo aspirar, pero durante un terrorífico segundo, nada sucedió. Su pecho permaneció tan rígido como el tablero de una mesa. Cuando al fin se expandió con un silbido jadeante, expulsó el aire que acababa de inspirar y volvió a inhalar, pero esta vez, un poco menos sonoramente.

Tatiana le brindó una sonrisa, pero las comisuras de sus labios se arquearon casi de inmediato. Sus ojos verdes se retiraron a las profundidades de sus cuencas y la tos la atacó, como un animal salvaje que cae sobre su presa.

Alexander notó una picazón en los ojos y un bulto ascendió por su garganta. De pronto, como un rayo que cae en la pesadísima y turbia oscuridad, recordó las incontables pesadillas en donde Tatiana era la protagonista y pensó que el mundo se le caía encima, que el mundo intentaba cobrase una deuda que no sabía exactamente cuál era.

Se sintió culpable, culpable de haberla abandonado por tanto tiempo, culpable por no haber descubierto a tiempo que algo malo sucedía con ella.

Le sostuvo las manos hasta que los espasmos que le producían la tos fueron disminuyendo. Notó que el anillo que le había dado bailaba alrededor de su dedo. En aquel momento pudo reparar en la cantidad de peso que había perdido.

Tatiana le sonrió. Alexander observó las oscuras manchas que se dibujaban debajo de sus preciosos ojos. Pero a pesar de su evidente agotamiento, sus ojos verdes danzaron y centellearon.

_Pensé que no volvería a verte_ dijo ella, las palabras salieron entrecortadas debido a la emoción que la embargaba.

_ ¡Tati! _ dijo él y se detuvo, no sabía que podía decir para aliviar en algo su estado.

Recostó su rostro sobre las manos de ella e intentó ahogar la desesperación que sentía. No podía perder los papeles en aquel momento, ella lo necesitaba más que nunca. Tatiana acarició su pelo una y otra vez. Aún en su lecho de padecimiento, era ella quien intentaba apaciguar los temores de Alexander. Permanecieron en silencio por unos momentos y cuando Ivanov pensó que podía enfrentarla la miró a los ojos con total veneración antes de acercar sus labios a los de ella en un tierno y entregado beso.

_Me alegra tanto de que estés aquí_ dijo ella poco después, como si no pasara nada.

_Me alegra mucho estar al fin de regreso_ contestó él con una sonrisa triste.

La tos volvió a azotarla. Ivanov se levantó de la cama y la ayudó a incorporarse, eso hizo que la tos desapareciera casi de inmediato.

_ ¿Cuándo viene el doctor? ¿Por qué estás sola? ¿Dónde está la criada que te ayudaba con la casa? _ estalló en preguntas apresuradas.

Tatiana pareció inquietarse un poco. Desvió la mirada hacia sus manos y jugó un poco con su anillo. Lo hacía girar una y otra vez alrededor del esquelético dedo.

_La criada solo viene una vez por semana_ dijo.

Alexander la miró aturdido, pero no dijo nada, esperó a que ella continuara.

_El doctor viene dos veces por semana. Ha estado aquí ayer.

_ ¿Estás sola todo el tiempo? ¡Eso es inaudito!

Tatiana pensó que se veía molesto e intentó suavizar las cosas.

_Estoy bien, no necesito de alguien las veinticuatro horas del día.

Alexander se pasó la mano por el pelo incrédulo. No entendía el motivo por el cual Tatiana minimizaba la situación.

_Necesito que me digas donde puedo encontrar a la criada y al médico. Necesitas una enfermera a tiempo completo y quiero oír las explicaciones del médico.

_Alexander, por favor, todo estás bien_ dijo ella con voz débil.

_ ¿Bien? ¡Nada está bien! _ dijo con voz angustiada.

_No te alteres Alexander_ dijo ella mientras los ojos se llenaban de lágrimas.

Alexander pareció sosegarse un poco al verla tan vulnerable.

_Lo siento Tati, no busco alterarte, pero necesito entender que sucede_ dijo acariciando la piel seca y arrugada de la mejilla de la baronesa.

Tatiana suspiró pesadamente y de inmediato hizo una mueca de dolor.

_Son mis pulmones_ explicó poco después_ el doctor dice que son mis pulmones. Es cáncer_ sentenció.

La mente de Alexander se reusó a asimilar las palabras que Tatiana acababa de formular. Se mostró perplejo, perturbado y completamente paralizado.

_No hay nada que se pueda hacer_ dijo ella.

En ese instante, sintió que su alma se desquebrajaba en pedazos. Aquellos trozos agudos y punzantes nunca más volverían a unirse.

_ Siempre hay algo que se pueda hacer_ contestó con la voz quebrada.

Tatiana sacudió la cabeza, y sus largos y resecos rizos parecieron corroborar sus palabras cuando se agitaron al ritmo de su cabeza.

_Estoy enferma hace mucho tiempo, al principio pensé que se trataba de una gripe que no terminaba de curarse. La tos aparecía intermitentemente. Luego se le unió el cansancio. Se lo atribuí al insomnio, pero nunca pensé que todos esos síntomas eran solo el inicio de la enfermedad.

_ ¿Por qué no le lo dijiste? _ preguntó acongojado_ hubiese dejado todo por venir a cuidar de ti.

_No era tu obligación_ respondió_ tenías cosas más importantes de que ocuparte.

_No tenías derecho de decidir por mí_ dijo él afligido.

Tatiana permaneció en silencio con el corazón a punto de estallarle en el pecho.

_ ¿Por qué el doctor no está pendiente de ti? _ preguntó contrariado.

_No tengo dinero_ respondió ella apenas en un susurro.

Alexander la miró con desmedida sorpresa.

_ ¿Qué sucedió con las joyas que tenías? _ preguntó confundido. _ ¿Por qué no me lo dijiste? podría habértelo enviado con alguien.

En ese momento se sintió estúpido, jamás imaginó que la única mujer que había amado en su vida se hallaba en una situación tan precaria y él no había hecho nada por evitarlo.

_Eso no importa Alex, no deseo hablar de ello.

_Tati, necesito saberlo, pensé que confiabas en mí_ dijo algo alterado.

_Confío en ti, pero no tiene importancia ahora_ dijo y volvió la tos galopante y trepidante.

Alexander fue a la cocina por un vaso de agua, intentó que ella lo bebiera, pero la tos era tan brusca que le fue imposible. Dejó el vaso sobre la mesilla de noche y se sentó a su lado sosteniendo su mano. Era todo lo que podía hacer. Unos minutos después Tatiana, se inclinó hacia atrás, recostó la cabeza en la almohada con los ojos cerrados y la cara empapada en sudor. Jadeaba aceleradamente. Ivanov se sintió frustrado, mortificado y sumamente consternado. Se odió a si mismo por no poder ayudarla. De lo único que podía asegurarse era de que su alojamiento fuera confortable y que de ahora en más recibiera la atención necesaria. Juró que no se despegaría de ella en ningún momento.

Ivanov acarició la huesuda mano de Tatiana y observó con detenimiento el anillo.

_ ¿Por qué no lo vendiste si necesitabas el dinero? _ preguntó.

_No podría haberlo hecho_ dijo ella_ era lo único que me quedaba de ti.

Alexander besó su mano con ternura y luego buscó sus labios.

_Necesito decirte algo_ expresó poco después_ sé que debería haberte dicho esto hace mucho tiempo, pero nunca hallé una situación propicia para hacerlo.

Tatiana lo miró a los ojos. Se veía atribulado y afligido.

_Te amo, siempre te he amado_ confesó.

Tatiana lo miró sorprendida, de sus hundidos ojos que se asemejaban a dos verdes canicas de vidrio agrietadas y casi opacas, surgió un intenso brillo como el de una llama de ascua reavivada, pero de inmediato se llenaron de lágrimas que no pudo detener.

_Vamos preciosa, no buscaba hacerte llorar_ dijo abrazándola contra su pecho.

_Lo siento, soy una tonta_ dijo intentando secarse las lágrimas con el dorso de la mano derecha.

Esta vez le tocó el turno de las confesiones a Tatiana.

_Yo también te amo_ dijo desde el pecho de Ivanov_ te amo desde el día en que te conocí.

Alexander se separó un poco de ella y la miró a los ojos incrédulo.

_ ¿Por qué me miras de esa forma? _ preguntó ella.

_ ¿Desde que nos conocimos? _ preguntó escéptico a su vez.

Ella asintió sin decir palabra.

_Cuando nos conocimos era un jovencito inexperto, inmaduro y sin futuro.

_Fue por eso por lo que juré que jamás sabrías mis sentimientos, que jamás te retendría, que solo me conformaría con lo que estuvieras dispuesto a darme.

_ ¡Por dios! Todos estos años pensé que seguías conmigo porque tenías alguna especie de lástima por mí y mi falta de experiencia. Desee tantas veces que la vida fuera diferente, desee tener diez años más y poder darte todo lo que merecías. Tener la oportunidad de que me eligieras a mí en lugar al barón.

_ ¡Alex! Desee tantas veces conocerte mucho antes de que el barón apareciera en mi vida. Pero no me arrepiento de nada, no me arrepiento de los momentos que viví a tu lado. La mejor etapa de mi vida fue la que viví contigo. Nunca me arrepentiré de haber sido tu amante.

_Nunca fuiste mi amante_ dijo él_ siempre fuiste la mujer que he amado, la mujer de mi vida_ dijo con el corazón de en la mano.

Las lágrimas volvieron a rodar por las mejillas de la baronesa. Deseó que el tiempo retrocediera, que le regalara más años con Alex.

_Nunca he sido parte de tu vida_ dijo ella poco después_ solo he compartido ciertas vivencias, ciertos hitos durante el trascurso de ella.

_Tal vez creas que ha sido así, pero esos cortos momentos definieron quien soy y en que me he convertido.

Alexander la volvió a estrechar en un abrazo cargado de desesperación y desconsuelo, al tiempo que oía su respiración tumefacta y sibilante. Recordó que Tatiana al igual que él habían pasado gran parte de sus vidas con un cigarrillo en la mano y que tal vez ese haya sido el motivo de su enfermedad.

Se quedó dormida poco después, las intensas emociones y las increíbles confesiones la dejaron extremadamente agotada. Alexander la dejó descansar, la arropó y secó su frente sudorosa antes de escabullirse silenciosamente de la casa y salir a la calle. Le dio unas monedas al primer niño que encontró con la condición de que buscara al médico del pueblo. De inmediato regresó al lado de la baronesa y cuidó de ella.

El médico llegó un par de horas después, le explicó la situación y no le dio muchas esperanzas. Según todas las apariencias, estaba transitando por las últimas etapas de su vida.

Alexander se sentó en un viejo sillón y veló el sueño de Tatiana. Se sentía completamente abatido y desmoralizado. Había esperado tanto tiempo en decidirse a hablarle a Tatiana sobre sus sentimientos y cuando al fin lo había hecho, cuando al fin acordaron vivir juntos, sucede lo peor. Habían sobrevivido a su matrimonio con Galina, al nacimiento de sus hijos, a la guerra, a la revolución. Pero jamás había imaginado que la perdería por una enfermedad como aquella.

Ivanov se quedó dormido casi al amanecer, su sueño fue agitado e incómodo. Soñó que estaba solo, en un lugar dudoso. Alguien parecía llamarlo. Le costaba distinguir quien era, debido a la falta de luz y al estado esquelético de su cuerpo que parecía una funda rugosa y macilenta. Comprendió que era un cadáver que intentaba decirle algo, era el cadáver de Tatiana.

Despertó sobresaltado cuando la espléndida luz del amanecer de verano se filtraba a través de la ventana de la habitación. Tatiana seguía dormida, tenía el rostro pálido y los labios entreabiertos. Se acercó a su cama y se sentó en el borde. La respiración sibilante había desaparecido, observó su pecho y no pudo asegurar si aún respiraba. Se alarmó de inmediato. Acercó bastante su rostro al de ella intentando sentir el cálido soplido de su aliento sobre su mejilla.  Suspiró aliviado cuando descubrió su suave resuello.

El médico llegó poco después de las nueve de la mañana. Tatiana se había despertado con buen apetito y devoró todo lo que Alexander le había preparado. Algo de rubor cubrió sus mejillas y Alexander se sintió optimista cuando él doctor dijo que se veía mucho mejor aquella mañana.

Salió de la habitación para que el médico la auscultara. Se dirigió al patio trasero y descubrió que no quedaba nada del huerto. La maleza lo cubría por completo. Empezaba a vislumbrar la magnitud del abandono en el que se había sumergido Tatiana y volvió a sentirse sumamente culpable.

Se sentó debajo del alero de la casita y encendió un cigarrillo. Le dio una profunda calada y luego lo sostuvo frente a su rostro entre sus dedos, mientras expulsaba el humo por sus orificios nasales.

Debería dejar de fumar, pensó. El doctor también pensaba que la enfermedad de Tatiana se debía a los cigarrillos. Pero en aquellos momentos era lo único que lo ayudaba a mantenerse calmado, y debía mantenerse sereno por ella.

El doctor salió poco después, y las noticias no fueron muy alentadoras.

_Tal vez vida una o dos semas más_ sentenció antes de irse.

Alexander se quedó petrificado por las duras e insensibles palabras del médico, pero ¿acaso había otra forma de entregar tamaña noticia? Solo le quedaba darle a ella la mejor calidad de vida que podía. Acompañarla en sus últimos momentos. Pensó que después de todo, al menos tenía la oportunidad de estar con ella. No se hubiese perdonado nunca si la dejaba sola en sus últimos momentos. Aspiró profundamente varias veces con la intención de mantenerse firme y no desmoronarse frente a Tatiana, eso era lo último que ella necesitaba.

CASA 110

Es una historia que se desarrolla en una pequeña ciudad de los Andes peruanos. La reactivación de un complejo metalúrgico será el escenario de algunos hechos extraños que no pueden ser explicados. La protagonista, Laura Brown se hallará inmersa en una serie de situaciones poco comunes y que desafían la realidad.

El libro se encuentra a la venta en Amazon en formato ebook y tapa blanda.

Capítulo 1

Laura

I

Luego de que guardara su maleta en la bodega, Laura Brown se apresuró a subir al bus que estaba a punto de partir desde Yerbateros rumbo a Huancayo. Tuvo que correr entre los cientos de personas que se arremolinaban alrededor de la decena de buses que esperaban su turno para salir de la terminal. Una vez dentro, buscó con la mirada el único asiento libre que quedaba, cuando lo encontró, caminó hasta él sorteando con presteza bultos, niños y todo cuanto encontraba a su paso. Le dedicó la mejor de sus sonrisas al hombre que ocupaba el asiento contiguo al suyo con la esperanza de que se levantara y le diera espacio para acceder sin dificultad al suyo, pero el hombre la observó con indiferencia e hizo las piernas a un lado, complicando el ingreso de Laura al asiento situado al lado de la ventana.  Se encogió de hombros y levantó las manos en señal de rendición. Una vez que ocupó su asiento, suspiró cansinamente, se ovilló sobre sí misma y pensó en el viaje que tenía por delante, sería largo pero interesante. A pesar de los años que tenía viviendo en el Perú, nunca había viajado a la Sierra Central.

Laura, había nacido en Augusta, Maine hace cuarenta años, pero desde pequeña, vivió en varios países ya que su padre era miembro de la delegación diplomática de los Estados Unidos. Cuando cumplió 16 años, llegó por primera vez al Perú, para entonces, su español era bastante bueno y no le fue difícil terminar la secundaría en el mejor colegio bilingüe de Lima. La bella muchacha con la mata de pelo rojo ondulado y ojos verdes nunca pasaba desapercibida y no solo por sus rasgos delicados y labios rojos sino también por su natural simpatía y gracia.

Sus padres decidieron que regresara a los Estados Unidos para iniciar sus estudios universitarios. Harvard había sido la elección de su padre, pero ella decidió que estudiaría en la Universidad de Maine. Nada especial había pensado su padre, pero Laura creía todo lo contrario, Maine era un lugar que ella consideraba extraordinario y estimulante. Se sentía con una desbordada emoción al regresar a su lugar de origen luego de muchos años errando alrededor del mundo. Maine era la cuna de grandes personalidades como el actor Patrick Dempsey, el científico Paul André Albert, Joan Benoit  la primera mujer en ganar una maratón en una Olimpiada, y desde luego el maestro del terror, el gran Stephen King, entre muchos otros. Laura estaba segura de que la Universidad de Maine no tenía nada que envidiarle a Harvard. Se graduó con honores en sociología y psicología. Trabajó diez años en Portland en donde se casó. Su matrimonio no duró más de tres años y cuando al fin se divorció, decidió que necesitaba un cambio. Tomó un trabajo temporal en una empresa minera al sur del Perú, a donde regresó luego de más de una década. Cuando su contrato terminó, buscó la manera de seguir en el país, trabajó en La Libertad, Ancash y Arequipa, pero nunca tuvo la oportunidad de trabajar en la Sierra Central.

Hace un mes atrás había leído un anuncio en el diario El comercio en donde solicitaban una socióloga o trabajadora social para una empresa minera en la ciudad de La Oroya. El trabajo consistía en asistir a las comunidades campesinas que residen en las áreas cercanas a la ciudad y apoyarlas en su desarrollo económico y social. Laura pensó que era perfecta para el puesto. Sabía que en La Oroya había mucho que hacer y eso era exactamente lo que necesitaba, nuevos retos, nuevos estímulos. Le parecía apasionante ayudar a la gente y darles la oportunidad de mejorar sus vidas.  Ovillada en su asiento, suspiró nerviosa, pero a la vez emocionada por lo que vendría.

Trató de no quedarse dormida y de disfrutar del paisaje que se alzaba a su alrededor, pero el cansancio y el calor algo sofocante, pronto la sumieron en un leve letargo. Apoyó la cabeza en el vidrio de la ventana y cerró los ojos. Su cuerpo, pronto empezó a moverse de un lado a otro de su asiento como si la meciera una hamaca, consciente del zumbido del motor diésel, y de las llantas sobre el asfalto. Unas filas tres más adelante, oyó a un niño que le preguntaba a su madre, cuanto faltaba para llegar a casa de su abuela Feliciana. Pero también estaba consciente de que su mente había abierto sus puertas, ante las nuevas posibilidades y los nuevos retos que enfrentaría. La voz de Eusebio “Chato” Grados, cantando caminito de Huancayo, flotaba en el pasillo del bus, desde algún altavoz distante, haciendo eco en las paredes del vehículo, acompañado por las melancólicas notas de un grupo de saxofones.

…Tu dirás que estoy sufriendo

Tu dirás que estoy llorando

no lloro ni tengo pena

mejor vida estoy pasando…

La rueda delantera del vehículo no pudo sortear un gran bache y se sacudió, sobresaltando a Laura, se despertó en su asiento jadeando, con la frente húmeda por el sudor. Pensó que debió haber estado respirando pesadamente por algún tiempo, porque la luna estaba húmeda con la condensación de su aliento, casi completamente empañada. Limpió un amplio espacio en el vidrio con el dorso de su mano y observó afuera. Rápidamente, el cielo gris de Lima fue quedando atrás, dando paso a un cielo despejado y de un azul intenso. La ciudad casi había desaparecido, pasaron frente a tres restaurantes campestres, en donde algunos de los buses se detenían para que los pasajeros hicieran uso del servicio higiénico o pudieran almorzar, pero detrás de ellos, pudo ver tramos de campo abierto delineados por la insipiente serranía. Se recostó contra el alto respaldo del asiento y observó el último de los restaurantes y pequeñas casas desaparecer ante ella. Ahora solo veía el campo, el río y las montañas que empezaban a elevarse ante sus cansados ojos. Cruzó sus manos sobre su regazo y dejó que el gran bus rojo de dos pisos la llevara a lo que fuera que la esperaba por delante.

Figueres, España, octubre de 1919.

I

Echada en su cama, Tatiana oía el viento de octubre que tarareaba afuera, arrastrando las últimas hojas secas de la temporada, introduciéndose por las viejas rendijas de las ventanas. Observaba el recorrido de la media luna por el cielo cubierto de estrellas, mientras su corazón anhelaba a Alexander. Su visión se hizo de pronto tan sobrecogedoramente clara, le parecía advertir cada destello, cada filamento de luz que viajaba desde los confines del universo hasta sus retinas. Cada espacio intensamente oscuro del firmamento. Pero al mismo tiempo, pudo percibir los rasgos de su amante asunte, como si se hallara allí en su cama. Los ojos azules, el asomo de gris entre sus cabellos rubios, la sonrisa relajada y seductora. Suspiró pesadamente y su corazón se estremeció de tristeza.

Se habían visto en contadas ocasiones durante el último año. la distancia y la soledad la estaban carcomiendo por dentro. Pero no solo era eso, el cansancio y la dificultad respiratoria que le había achacado al trabajo habían dado paso a más pérdida de peso y un dolor agudo e intermitente en el pecho, a los que pretendió restarle importancia por algún tiempo. No le había mencionado nada de aquello a Alexander las pocas veces que se vieron, olvidaba todo cuando estaba a su lado y durante aquellos días parecía retornar a ella, las fuerzas, el color en sus mejillas y sobre todo las ganas de seguir viviendo.

Se incorporó con lentitud sobre la cama, bajó los pies descalzos al suelo, y percibió el frío que de inmediato se elevó a través de las plantas de sus pies hasta la pantorrilla. Intentó ponerse de pie, al principio no lo consiguió. Caminó por la habitación con los brazos cruzados sobre sus pechos con expresión apesadumbrada. Le dolía la espalda, había intentado infructuosamente conciliar el sueño y no lo había conseguido. Se sentó en una silla frente a la ventana y contempló la oscuridad. La luz de la lámpara en su mesita de noche emitió brillos sobre su larga y quebradiza cabellera. Su rostro pálido y demasiado delgado se veía algo fantasmal.

No era la primera vez que se desvelaba, era algo cotidiano en los últimos meses. Cuando al fin conciliaba el sueño, luego de horas dando vueltas y vueltas, un dolor pulsante en el pecho la impulsaba a despertar. La mayoría de las veces intentaba sumergirse por debajo del dolor y seguir durmiendo. Pero este tiraba de ella sin descanso y la obligaba invariablemente a salir a la superficie y a abrir los ojos entre balbuceos embarullados en donde reconocía su propia voz, pero le parecía provenir de un lugar muy distante.

De pronto sintió una fuerte onda de temor que le recorrió el estómago. En su cabeza empezó a cobrar forma una siniestra sospecha. Estaba enferma y era grave, era hora de que lo reconociera, y temió morir en aquel lugar lejos de su país, sola. Se le aprisionó la garganta. Se llevó una mano a la boca para ahogar el sonido, sea cual sea, que pugnaba por escapar de sus labios. Pensó que su enfermedad, sea cual fuere, era como la mafia rusa. Cada vez que creía que se había librado de ella, volvía y la arrastraba de nuevo con más fuerza. Se sintió indefensa, como un caracol desprovisto de su caparazón.

El lado derecho de su cerebro le urgía a que se contactara con Alexander y le informara de la situación tan precaria por la que atravesaba. Había dejado de trabajar y se mantenía a duras penas con el poco dinero que había podido ahorrar.  Mientras, el lado izquierdo le exigía que se mantuviera callada. “Él no necesita más preocupaciones” le advertía. Una vez más, ganó el lado izquierdo.

Sintió un repugnante instante de vértigo y aturdimiento que la obligó a cerrar los ojos y aspirar lenta y profundamente. Se inclinó en su silla hacia adelante con las manos entrelazadas entre las rodillas. Los largos y casi esqueléticos dedos entrelazados y con expresión desesperanzada. Tatiana tomó conciencia de que estaba conteniendo la respiración. Expulsó el aire sonoramente, hinchando las mejillas por unos instantes.

El dolor afloró de pronto, cinco intensas palpitaciones. Apretó los dientes, aguardando que remitiera mientras intentaba convencerse de que las punzadas habían sido menos agudas que las de la mañana.

Otras tres punzadas la azotaron. Solo podía tomar aire en inspiraciones poco profundas por que el dolor en el pecho era intenso. Un sudor frío le cubrió el cuerpo de inmediato, que apelmazó el camisón azul que llevaba puesto.

Se llevó una mano al pelo alborotado. La visión se le hizo un poco borrosa y se enjugó un asomo de lágrima con la base de la mano. Se puso de pie con notable esfuerzo. Le costó creer que el dolor se haya intensificado tanto en tan poco tiempo. Era como si la enfermedad hubiese estado esperando a que ella lo aceptara para hincar sus garras con todas sus fuerzas.

De pronto le cedieron las piernas como consecuencia del descenso de oxígeno causado por la respiración superficial y la desmesurada alteración. Consiguió llegar a duras penas a la cama, se sentó en ella y agachó la cabeza. Se llevó los brazos cruzados por delante del pecho para tomar los hombros. Cuando el dolor remitió un poco, levantó las piernas y se tendió en la cama con dificultad. Tenía los ojos hundidos y un aire cadavérico. Aunque el dolor en el pecho remitió, en su lugar se instaló un profundo dolor de cabeza.

Por primera vez en toda su vida, le aterrorizó el futuro, un futuro que al parecer solo tenía un camino. Un camino que no tenía retorno. Temió ver lo que había sido y en lo que se había convertido, sumergida en el dolor al comienzo y enterrada por completo al final.

Vladivostok Rusia, febrero de 1920

I

Alexander Ivanov, se ajustó el cuello del abrigo de piel que llevaba puesto y observó el amplio espejo blanco de mar congelado en forma de herradura que se extendía debajo de sus pies. Su aliento formaba una nube blanquecina a su alrededor que se depositaba en su barba, cejas y pestañas formando diminutas burbujas de hielo que le daban una apariencia agotada y treinta años mayor. La cicatriz en su mejilla se disimulaba aceptablemente bajo el tupido vello facial.

Dirigió su mirada a su izquierda y divisó un gran barco atracado en la gruesa capa de hielo. Pasarían algunas semanas antes de que pudiera zarpar. Soldados dispersos en forma algo desordenada se encontraban sentados sobre butacas improvisadas, pescando en el hielo. Las provisiones escaseaban y mucho de ellos estaban enfermos y hambrientos.

Giró sobre los tacones de sus negras botas de cuero, mientras introducía una de sus manos en el bolsillo en busca de su última papirosa.[1] La luz del sol se reflejó brillante en el anillo que lucía con orgullo en su mano derecha. Llevaba repujada la imagen de un leopardo del Amur. Se había ganado aquel apodo entre sus amigos, por la valentía y coraje que demostraba en los campos de batalla. Ahuecó su mano izquierda para proteger el cigarro del viento y lo encendió. Le dio una profunda calada, el humo entibió levemente su garganta, lo retuvo en sus pulmones por unos segundos y luego, lo exhaló con fuerza. Se frotó la nuca mientras sus desesperanzados y ensombrecidos ojos azules, observaban la derruida ciudad que se levantaba en sucesivas capas en las faldas de las ondulantes colinas.

Echó a andar en dirección oeste rumbo a la ciudad con pasos lentos, mientras le daba otra calada a su cigarro y luego observaba como el gris humo se difuminaba en el helado aire. Llevaba unos minutos caminando cuando advirtió un movimiento a su izquierda. Se trataba de un soldado, delgado y algo demacrado, que andaba con movimientos lentos y la espalda encorvada como si se tratara de un anciano, a pesar de que su rostro de facciones finas e imberbe, estaba cubierto por una capa grasienta, en donde los granos de acné destacaban en la frente y la barbilla como huellas indelebles.

El joven se detuvo al verlo y se cuadró ante él en posición de firmes, en un saludo militar. Alexander le devolvió el saludo y pudo notar en su rostro, el desaliento y la amargura de una guerra que sabían que jamás ganarían.

Siguió deambulando por calles angostas y empinadas lentamente mientras contemplaba los cúmulos de desechos que se extendían en todas direcciones. Muchos de ellos atrapados entre los arbustos que flanqueaban la carretera. Restos carbonizados de madera, trozos de vidrio roto, libros destruidos cuyas hojas volaban al viento, ropas hechas girones. Las hojas secas que el verano pasado engalanaron las copas de los árboles crujían ahora, debajo de sus botas. Una gran nube de humo negro formaba un telón de fondo opaco sobre el cielo despejado. Un gran pedazo de lona que alguna vez formó parte de una tienda de campaña había quedado atrapado en unos árboles y revoloteaba a la intensa luz del mediodía, como una extensa lengua pálida. Miró el suelo y vio que algunos adoquines estaban sueltos, desplazados por algunas hierbas que crecieron vacilantes en la pasada primavera. Además de algún que otro pedazo de riel de metal oxidado que señalaba por donde habían transitado los tranvías. A su izquierda, vio un solitario tranvía estropeado, volcado en el suelo. Muchas veces recorrió aquellos caminos durante su larga estancia en la ciudad, pero cada vez se demoraba más en ellos, como si quisiera evitar llegar a su destino, como si quisiera dejar todo atrás.

Acercó el cigarro a sus labios y le dio otra calada, tiró la colilla antes de que le quemara los dedos y la pisó contra el frío suelo. Dejó atrás la destrozada calle, con los desechos acumulándose. Ante él vio una vía secundaria más amplia y recta que la calle principal, que culminaba en una cresta con un impresionante muro cubierto de hiedra amarillenta y muerta. En el desvío, había un poster de propaganda Roja partido en dos, tirado en medio de la calle. Sobre su cabeza, una bandera con el emblema del Zar ondeaba al viento. El pavimento era irregular a diferencia de la calle principal: unas veces piedras enlosadas, otras, adoquines y otras veces simple tierra con vegetación de un color grisáceo.

Subió la última cuesta, delante de él, los árboles gigantescos que se retorcían en forma grotesca se apartaban de la carretera, dando paso a lo que quedaba de las edificaciones más emblemáticas de la ciudad con las derruidas piedras de sus muros esparcidas por el suelo. Pensó en los años al servicio del Zar y del Ejército Blanco, en su disfuncional familia y en Tatiana, a quien no veía desde hacía casi un año, y en los compañeros que había perdido durante los seis años que llevaba en el ejército.

 Enfiló el camino de ingreso a un vetusto y algo arruinado edificio de piedras de dos pisos que apenas se había salvado en la última incursión de los rebeldes y que hacía de Cuartel General del Ejercito Blanco. Muchas de las ventanas estaban cubiertas por listones de madera que cumplían la función de los ahora vidrios rotos. Las imponentes puertas de madera labrada le dieron la bienvenida, escuchó chirriar la pesada puerta, girando levemente sus goznes.  En el interior, la abundancia de polvo y telarañas esparcidas en los altos techos hacían que el lugar pareciese abandonado. Recorrió con la mirada la estancia principal, observó un reducido grupo de oficiales, advirtió en todos ellos, la urgencia de sus ojos desesperados. La reciente muerte de Kolchak[2] había dejado a todos desmoralizados y confundidos, como hijos que acababan de perder a uno de sus padres. Tres de ellos hablaban en voz baja al resplandor del hogar, mientras se calentaban las manos en la improvisada fogata encendida en un cilindro metálico. Otros dos se encontraban sentados en unos desvencijados y mugrientos sillones, cabizbajos y cavilosos. Otros dos sostenían una acalorada discusión gesticulando de manera exagerada. Llamó su atención, el concierto para piano número dos de Rachmaninov[3] que sonaba amortiguado desde el segundo piso del edificio. Alexander emitió un suspiro pesado, había oído aquella pieza incontables veces durante sus años de servicio, bajo el mando del General Iván Beliávev

La primera vez que Alexander vio a Beliávev fue una fría mañana de enero del año 1915, cuando asumió el mando de la unidad militar a la que pertenecía. Llamó la atención de todos sus nuevos subordinados de inmediato, no solo por su impresionante porte atlético y altivo, su intimidante personalidad, su fuerte y dominante presencia, la dureza y rigidez de su carácter, sino también porque lo precedía un grupo de soldados cargando un imponente piano de cola. El excéntrico general, estaba dotado de un magistral genio, concertista afamado, había abandonado una impresionante carrera para enrolarse en el ejercito al servicio del Zar.  Tal vez ya no engalanaba los más espectaculares escenarios de Moscú, ni maravillaba a los más acaudalados espectadores, pero aún mantenía la costumbre de interpretar las obras de los más aclamados músicos rusos, así fuera, a pocos metros del campo de batalla.

Alexander caminó sin prisa internándose en el edificio, por estrechos y fríos pasillos, con baldosas sueltas, de otrora impresionantes pisos de mármol que ahora se encontraban polvorientos y opacos. Los cuadros que alguna vez adornaron las paredes del edificio habían sido robados o destruidos en alguna de las incontables incursiones de los” rojos”. Las vastas y lóbregas estancias albergaron alguna vez, bellos tapices que ahora se veían deslucidos o rotos. Destruidos por el lento pero implacable paso de los años y del horror de la guerra, narrando una afligida historia de perdidas grandezas. Se sacó la norvezhka[4] y se pasó la mano por el rubio y revuelto pelo mientras caminaba por pasadizos vacíos hasta que deslumbró una escalera y subió las gradas. Recordó entonces, lo difícil que había sido subir el piano por aquella estrecha y ensortijada escalera de madera de roble, los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasaje. Pero había aprendido, apenas se unió al ejército, que la única extravagancia de Beliávev era su piano, jamás lo abandonaba así le cayera encima el fin del mundo o alguna que otra refriega. Como también había aprendido que aquella melodía solo presagiaba malas noticias. Cuando llegó al segundo piso, se quedó parado frente a la sala en donde el general movía veloz los dedos sobre las teclas de marfil de su viejo piano, algo maltrecho y descolorido. Su cuerpo encorvado sobre el piano, en evidente tensión. Alexander pudo distinguir rígidas arrugas que surcaban su rostro sudoroso y pálido. Sacudía la cabeza al ritmo de la música haciendo que el pelo negro de su frente le cayera sobre los ojos en forma teatral. Cuando levantó los ojos y observó a través de sus lentes, vio a Alexander parado en el umbral del salón. Detuvo de inmediato su interpretación con una nota musical extremadamente baja y disonante, luego, se pasó la mano por el pelo tratando de arreglarlo, e hizo un ademán con la mano para que el joven oficial se acercara.

Alexander le dedicó el saludo militar.

_Descanse, siéntese_ dijo el general con la voz algo agitada y con los ojos de una intensidad febril.

No había más mobiliario que una chimenea crepitante de blanco alabastro, un deslustrado lavamanos, un escritorio, un par de sillas anticuadas, un atril. Apilados en desorden por toda la estancia se veían incontables partituras y desde luego el piano. Alexander se sentó en una vieja silla pintada de verde. El general desfiló una y otra vez detrás de su escritorio con las manos a la espalda y la mirada baja. Aquella actitud preocupó al joven oficial. Luego de unos interminables segundos se detuvo y observó a Alexander con seriedad. Sus ojos estaban inflamados, vidriosos y parecía algo ausente cuando habló.

_ Polkóvnik[5] Ivanov, usted es uno de mis mejores oficiales, no solo lo aprecio como soldado, sino también por sus cualidades como persona.

_Se lo agradezco señor_ contestó Alexander con una leve inclinación de cabeza.

El general suspiró antes de proseguir, tenía el rostro tenso y contrariado. Los labios apretados en una fina línea.

_Antes de proseguir, quiero que sepa que no queda nada por hacer. En realidad, hemos hecho mucho más de lo que humanamente podíamos_ agregó y se quedó en silencio por unos segundos.

Alexander frunció el ceño algo aturdido.

_Los Rojos, llegarán de nuevo aquí en algunas semanas, se están movilizando en Moscú mientras hablamos. Les será difícil llegar por el invierno, así que esperaran a la primavera para ponerse en camino.

Alexander se levantó de un salto, apretó los puños y en sus ojos se formó una chispa de indignación caliente y brillante.

_ ¡Entonces les haremos frente! _ dijo vehemente.

El general sacudió la cabeza de un lado a otro y bajó la mirada.

_Esta vez no podremos con ellos, son miles, saben que este es el último bastión que tenemos, y si nos invaden, ellos ganan. Nuestros hombres están débiles, hambrientos y enfermos.

Alexander se sintió de pronto turbado y desorientado.

_Esta noche_ prosiguió el general_ voy a ordenar a los soldados que abandonen sus puestos.

Alexander abrió los ojos sorprendido. Conocía al general hace seis años y era la primera vez que lo oía decir algo semejante. Beliávev se acercó a él y situó una paciente mano sobre el hombro del mejor de sus soldados.

_Debería regresar con su familia_ dijo.

_Mi familia está en Francia, señor, se refugiaron allí cuando estalló la revolución.

El general asintió.

_ Vladivostok está muy lejos de Francia_ dijo con la voz cansina.

_Así es señor_ contestó el oficial _ ¿Qué piensa hacer usted?

_Esperaré a que todos los soldados dejen sus puestos, luego pienso emigrar a América_ dijo con la mirada resignada_ ya no puedo hacer nada por mi patria.

_Es imposible salir de aquí durante el invierno_ contestó Alexander.

_Aún hay tiempo, podemos esperar la llegada de la primavera.

Ivanov asintió con los ojos brillantes y vacilantes. ¿Qué se suponía que haría? ¿A dónde se suponía que iría?

_Lo más sensato sería esperar a que se deshiele el mar e ir rumbo a Japón. Los nipones son nuestros aliados, al menos de momento, nos darán asilo y nos ayudarán a tomar el primer barco a Europa_ explicó Beliávev.

_ ¿Qué pasará con los soldados que tienen familia en Rusia? _ preguntó Ivanov contrariado.

El general sacudió la cabeza de un lado a otro, sus ojos verdes estaban enrojecidos por el cansancio y la impotencia.

_ No tengo idea, no hay nada que pueda hacer por los soldados que decidan quedarse_ dijo abrumado.

Alexander se puso de pie y se acercó al instrumento que ocupaba gran parte de la estancia.

_ ¿Qué será de su piano? _ preguntó.

El general emitió un pesado suspiro mientras pasaba la mano por el instrumento hecho de madera de nogal y que llevaba con él más de la mitad de su vida.

_Este también es el final de su camino_ dijo con pesar.

II

Decenas de soldados deambulaban con rostros pálidos y confusos, susurrando sin rumbo en todas direcciones, como si estuvieran perdidos y aturdidos, buscando de nuevo la dirección correcta que les era esquiva.  Siluetas negras en la fría noche, temblorosos, atemorizados e impotentes. Alexander los observaba apesadumbrado. La mayoría de ellos no tenía idea de lo que haría o a donde irían, sus familias se encontraban a miles de kilómetros de distancia en territorio enemigo. Solo unos pocos, poseían los medios para dejar el país e intentar forjarse un futuro a toda vista incierto en algún rincón del planeta en donde no tuvieran que preocuparse por guerras y hambre.

El coronel Ivanov recostó la espalda contra el frío muro de piedra, introdujo sus manos en sus bolsillos en busca de algún cigarro. Suspiró frustrado al recordar que había fumado el último hacía horas. Dirigió la mirada hacia su izquierda y observó la pálida y lúgubre luna, que brillaba con luz débil y titubeante sobre el amplio espejo de océano congelado, confiriéndole un color amarillo enfermizo.

Vio acercarse una figura, caminaba con pasos cansinos y vacilantes, andaba algo encorvado. Las manos en los bolsillos, la cabeza gacha. Pronto, supo de quien se trataba. Andréi Savonikov, el último de los mosqueteros, a quien cariñosamente sus demás amigos le habían dado el apelativo de Athos. Él último de sus amigos que quedaba con vida. Se conocieron hace casi siete años atrás, cuando ingresaron al ejército, deseosos de servir al Zar y a su patria.

Andréi se detuvo frente a Alexander, a pesar de la penumbra, el último, pudo observar el rostro aturdido, desalentado y agotado de su mejor amigo. Tenía la mirada desdibujada, reflexiva y ausente. Apoyó la espalda contra la pared junto a Alexander y se dejó caer al suelo sentado, rodeando sus rodillas con sus brazos. En sus ojos se pintaba una especie de perplejidad turbada como si acabara de recibir un golpe sorpresa en el estómago. Alexander lo observó con creciente preocupación.

_   Todo esto es una reverenda mierda D’Artagan ¿Tienes idea de lo que harás ahora? _ preguntó Andréi con voz temblorosa sin mirar a su amigo

Alexander emitió un suspiro profundo y una nube de vapor rodeó su rostro cansado.

_Tendré que esperar a que el primer barco zarpe hacia Japón, luego veré la forma de llegar a España_ contestó.

Ivanov observó de nuevo a los soldados a su alrededor, algunos bebían como si ese fuese el último día de sus vidas. Otros caminaban como autómatas en cualquier dirección, perdidos en sus pensamientos, otros lloraban desconsolados sin saber lo que sería de sus vidas, en especial los más jóvenes que acababan de unirse al ejército y de un momento a otro no tenían a donde ir. Si regresaban a Moscú se enfrentarían a la posibilidad de la cárcel o lo que era peor, la ejecución.

_ ¿Lo primero que harás es ir a ver a la baronesa? _ preguntó Andréi desconcertado.

Alexander no respondió, en su lugar formuló a su vez otra pregunta.

_ ¿Y tú Andréi, que piensas hacer? _ dijo con la mirada perdida en alguna parte de la calle.

Andréi introdujo una mano en el bolsillo derecho de su abrigo y extrajo de él una carta. Se lo entregó a Alexander con movimientos lentos. El oficial tomó la carta de la mano temblorosa de su amigo. Lo observó por unos segundos y se percató de que había bebido. Su aliento oía a vodka barato. No le llamó mucho la atención, Andréi no era el único que se había dedicado a la bebida aquella noche. Acercó la carta a una fogata cercana que ardía dentro de un cilindro de aceite. Frunció el ceño y sus ojos se ensombrecieron de inmediato al leer su contenido. La carta estaba firmada por la suegra de Andréi, se la había enviado dos meses atrás, informándole del deceso de su esposa durante el parto de su primogénito, quien también había fallecido en el alumbramiento.

Ivanov se sintió profundamente consternado. Giró despacio sobre sus talones algo vacilante y enfrentó a su amigo que seguía sentado en el suelo con el rostro hundido entre sus manos. Inhaló una profunda bocanada de aire y se obligó a volver a su lado. Se puso en cuclillas frente a Andréi y le entregó la carta, quien se la guardó de nuevo en el bolsillo.

_Lo siento tanto_ dijo Alexander apoyando una mano sobre el hombro de su mejor amigo.

Andréi le dedicó una sonrisa dolida y luego se pasó ambas manos por su pálido y enjuto rostro.

_ Dos meses_ dijo_ murieron hace dos meses y acabo de recibir esta carta. Mis padres y mis hermanos murieron durante la Gran Guerra_ agregó con creciente desesperación_ Solo me quedaban Shura y el bebé. Ahora no tengo nada.

 Alexander pensó ver en sus ojos algo parecido a una histeria mal contenida que estaba a punto de explotar.

_Lo siento_ volvió a decir, no sabía que más podía agregar para aliviar el dolor de su amigo_ ¿por qué no me acompañas a Japón? Salgamos de aquí y empecemos de nuevo.

_Para ti es fácil decirlo, tu esposa y tus hijos están a salvo en Francia, la baronesa te espera en España_ contestó con algo de desdeño en la voz.

_Sé que no es fácil, pero no hay nada que te ate aquí_ continuó Alexander.

_No sabes nada, no tienes idea de cómo me siento, ya no tengo nada ¿porque seguir? _ dijo y Alexander sintió un escalofrío en su espina al ver su expresión turbada y algo demencial.

_Tienes razón, no puedo saber lo que estas sintiendo, ¿Por qué no entramos y hablamos de ello? _ trató de persuadirlo.

_No hay nada de qué hablar, amigo_ dijo mientras Alexander lo ayudaba a ponerse de pie.

Por un momento, Ivanov advirtió el cambio en el semblante de Andréi, tenía la boca abierta, los hombros caídos, los ojos vacuos, las manos laxas, como si acabara de darse por vencido. Sufrió en solo segundos, una de las impresiones más fuertes y perturbadoras que pueda imaginar la mente humana.

Andréi alargó la mano hasta la cintura de Ivanov y arrancó el revolver de su funda. Cuando el coronel levantó la mirada, su compañero ya se había incrustado el cañón bajo el mentón.

_ Lo siento Alexander esta no es manera de vivir_ dijo mientras una lágrima rodaba lenta por su mejilla.

Andréi cerró los ojos y apretó el gatillo. La bala le arrancó parte de la barbilla, siguió su trayectoria rumbo al ojo derecho, lo despedazó y salió por la parte superior de la cabeza destrozándola. Un líquido oscuro salpicó la pared de piedra en donde pocos segundos antes ambos hombres estuvieron apoyados. Las llamas brillantes de la fogata alumbraron la horrible escena con un resplandor grotesco. Varios soldados llenaron el frío aire de expresiones de pánico y gritos sofocados. Por un instante, Alexander los ahogó con sus alaridos desesperados. Jamás olvidaría aquel terrible espectáculo.


[1] Papirosa: tipo de cigarro sin filtro con boquilla ancha.

[2]  Alexander Kolchak: Militar, caudillo del ejercito antibolchevique.

[3] Sergei Rachmaninoff: Virtuoso compositor y pianista ruso.

[4] Norvezhka: gorro de invierno utilizado por el ejército blanco.

[5] Polkóvnik es el grado correspondiente a coronel.

III

Alexander se despertó alterado e intranquilo, acababa de despertar de una pesadilla, en donde Tatiana caminaba en medio del fuego enemigo, con su largo pelo cobrizo alborotado por los enfurecidos fogonazos de un incendio como una surrealista antorcha humana. Parecía correr hacia él, con los ojos desorbitados en una súplica de ayuda. Había sentido como crujía su carne y cómo se agitaba el cuerpo de Tatiana. La desesperación y la ansiedad lo despertaron.

Se halló bañado en sudor, a pesar de que la temperatura era bastante baja. Se sentó en la cama con la respiración agitada y bajó los pies al suelo, jadeaba. Se sentía algo perturbado y confundido. Durante el último mes, después del suicidio de Andréi, despertaba azorado luego de terribles y vívidas pesadillas en donde la protagonista invariablemente era Tatiana. Deseaba con desesperación que el invierno desapareciera de una vez por todas y así regresar a ella.

No se consideraba creyente en los estudios de los sueños ni mucho menos, pero el modo misterioso, incomprensible y confuso de ellos lo ponía a pensar. En parte, por la naturaleza oscura de que se recubrían aquellos espacios de sobresaltos y temores, o tal vez su alma entreveía como a través de la niebla, alguna advertencia algo sobrenatural.

Una vez más empezaba a esclavizarlo la pesadumbre y la nostalgia, la angustia de siempre, con las que debía lidiar continuamente, tratando de evitar que lo envolvieran entre sus tentáculos y lo hundieran a los confines de un océano de depresión. Pensó que toda su vida era una sucesión de actos absurdos, riesgosos e inconexos, en un esfuerzo por darle algún sentido, cuando en realidad su voluntad lo llevaba inexorablemente hacia su eterna advocación por Tatiana.

Se puso de pie, necesitaba salir de aquel lugar de inmediato, sintió que se ahogaba y que terminaría muriendo si no lo hacía. Se calzó las botas y vistió un abrigo. Salió a la calle en donde reinaba el silencio. Le pareció increíble que perdieran la guerra contra los bolcheviques, pero que estuvieran confinados en Vladivostok por otros dos meses más era insoportable. Nadie podía salir, pero a la vez nadie podía llegar hasta ellos.

  Suspiró, la neblina que formó su aliento se extendió alrededor de su rostro mientras intentaba convencerse de que sus miedos eran infundados y que Tatiana estaba bien. Esta vez regresaría a ella y nada ni nadie los volvería a separar.  

Figueres, España, agosto de 1918.

I

Alexander observó su reflejo en el espejo del baño. Consideró que era tiempo de afeitarse y se frotó la mejilla con el reverso de la mano que sostenía un cigarrillo encendido sintiendo a contrapelo la barba crecida, mientras caían cenizas sobre el lavabo. Enseguida, decidió afeitarse. Apagó el cigarrillo con un chorro de agua y a continuación se detuvo en su cabello. Necesitaba un corte de pelo, pero se encogió de hombros mientras se mesaba la mata de cabello rubio y observaba la insipiente aparición de canas.

 Abrió un cajón del estante debajo del lavabo y extrajo una tijera. Recortó con cuidado la barba, para luego enjabonarse el rostro y proceder a rasurase. Cuando terminó, tomó una toalla y retiró algún que otro resto de jabón. Se observó en el espejo, y aprobó lo que vio.

Se dirigió a la parte trasera de la casa y se sentó en una de las mecedoras debajo del amplio alero. Observó el huerto que se extendía delante de él mientras que aspiraba el aire de la fresca tarde de verano.

Aún le parecía increíble, estar en Figueres después de aquella herida que estuvo a punto de quitarle la vida. Resultó que no fue una roca sobre la que había caído, sino que se trató de un gran trozo de vidrio que se le embutió en la parte baja de la espalda causándole una terrible herida por la que estuvo a punto de morir desangrado.

El general Beliávev se encargó de sacarlo del imperio mientras se recuperaba por completo de su herida. A penas pudo soportar los inconvenientes de un viaje, se dirigió a Figueres y desde el día en que llegó no se había apartado de Tatiana.

No esperó más de diez minutos en volver a hablarle de sus sentimientos y del deseo de tener una vida junto a ella. Con ojos tristes le confesó que anhelaba que ella fuera su esposa, pero que por los avatares de la vida esto nunca sucedería, al menos no bajo las leyes de los hombres, ya que, bajo sus deseos y ansias, ella siempre había sido su mujer.

Los ojos de Tatiana se llenaron de lágrimas al oír sus palabras y fue ese el momento exacto en el que Alexander extrajo una pequeña bolsa de terciopelo azul y se lo tendió a ella. Tatiana lo miró algo extrañada mientras la tomaba y abría.

Alexander se tomó el tiempo justo para disfrutar del rostro asombrado de Tatiana y a continuación la besó en los labios apasionadamente. Cuando se separó de ella para observar su reacción, la pregunta surgió de inmediato, como una prolongación natural.

_ ¿Quieres concederme el honor de ser mi compañera por el resto de mis días? _ preguntó.

Se le antojaron palabras ridículamente inadecuadas, insuficientes, exiguas, para expresar lo que ella significaba para él, pero aguardó impaciente por su respuesta.

Tatiana apretó los labios formando una fina línea para evitar que le temblaran. Se sentía emocionada, alagada y conmovida. Intentó hablar, pero de su boca no brotó sonido alguno. Carraspeó y volvió a intentarlo, tampoco lo logró, por lo que sacudió vehementemente la cabeza en una clara señal de asentimiento. Expresó con los ojos lo que sus labios no pudieron formular.

 Enseguida, Alexander le dedicó la sonrisa más amplia que ella le haya visto jamás. La besó de nuevo para luego estrecharla contra su cuerpo por un largo tiempo. Cuando al fin la dejó ir, tomó el anillo que ella aún sostenía en su mano para deslizarla en el dedo incide de su mano derecha. Se trataba de un anillo de oro en donde iba engarzado un enorme zafiro rodeado de pequeños diamantes en forma de lágrimas. La gema había pertenecido a la madre de Alexander por lo que tenía un significado muy especial para Tatiana. Ivanov utilizó la piedra para crear una increíble sortija que fulguraba con luz iridiscente.

Aún recordaba aquel momento como si hubiese ocurrido solo minutos atrás. Recordaba el rostro incrédulo de ella y como le tembló la mano cuando la levantó para apreciar la joya. Recordaba también la alocada carrera de su corazón segundos antes de entregarle el anillo y la vacilante voz que tenía al empezar a hablar.

Cerró los ojos y oyó el sonido de la brisa del viento entre los aleros sobre su cabeza. Era un sonido profundo, pero a la vez susurrante y rítmico que recordaba la mano de Tatiana acariciando su piel desnuda. Percibía el perfume de los rosales y el estridente estridulo de las cigarras.

Pensó que nunca antes se había sentido tan pleno y feliz como ahora. Se hallaba colmado de renovada intensidad. Aquella pequeña casa y su propietaria se habían convertido en una parte indispensable de su vida. Una parte que lo llenaba de dicha, serenidad y sosiego.

 Se deleitaba al descubrir que muchas cosas le resultaban familiares, como el golpeteo de los zapatos de Tatiana al chocar con el piso de azulejos españoles de la casa, o el zumbido de la puerta al abrirse, o el siseo que producía al cerrarse, o el siseo de su falda al caminar, o el aroma del guisado cocinándose en la cocina contigua, o la alegre risa de Tatiana cuando él contaba un mal chiste.

Había olvidado por completo, que su vida había estado plagada de silencio, un silencio denso, pesado y total, la clase de silencio que se podría escuchar en el espacio exterior, si alguna vez el hombre fuera capaz de llegar hasta allí.

Lo que más le asombraba, era el modo en que percibía ahora las cosas, el modo en que el color inundó de pronto su mundo, confiriéndole a todos los objetos a su alrededor un aspecto magnífico. Las copas de los árboles, el pulcro jardín, los trazos de colores del huerto, le daban un aspecto irreal, pero a la vez sumamente real.

Se sentía profundamente conmovido ante la intensidad y el calor de las palabras de Tatiana al igual que con sus caricias y sus actos. Ambos poseían la misma intensidad en sus sentimientos, la misma pasión y vehemencia de carácter. Todo parecía un sueño, se hallaba en total tranquilidad de espíritu, aquel paraíso que tanto había anhelado al fin era suyo.

Ya casi no recordaba el caos en que se había convertido su patria, el asesinato de la familia real, ni la inminente derrota del ejército del Zar. Todo lo que recordaba eran las interminables tardes en las que paseaban con calma por el pequeño huerto que se hallaba detrás de la casa, examinando las enredaderas en flor sobre los muros y escuchando a las abejas zumbar. Recorrían sin apuro el invernadero recordando aquella vez que en el cumpleaños del zar habían huido de la fiesta para estar a solas en algún lugar parecido a aquel. Visitaban a veces la plaza del pueblo, en donde daban lentos y largos paseos tomados de la mano, en donde descubrían en sus ojos los vivos sentimientos y la intensa ansia de un enamorado. Todo lo que abrigaba Alexander era satisfacción, silenciosa y fuerte.

Pero algo inexplicable le oprimía el pecho cada vez que no estaba con ella, como en aquel momento. Sentía crecer dentro de él la desesperación y la angustia mientras que su mente se llenaba de ideas funestas y nefastas. No entendía que situaciones lo orillaban a sentirse de esa manera. Al mismo tiempo, se sentía avergonzado y perturbado porque no había motivo alguno que explicara su intenso desasosiego. En aquellos momentos, intentaba desterrar aquellas ideas de su mente, intentando convencerse de que cierta combinación de factores, uno de los cuales era, sin lugar a duda, el estrés que le había producido los años de guerra, lo estaban conduciendo a hacer suposiciones infundadas. Pero aquellas reflexiones racionales no tenían ninguna oportunidad contra la certeza que albergaba en sus entrañas. Intentó poner sus ideas y sus emociones en orden para borrar de su mente aquellos inquietantes pensamientos. Pero solo la presencia de Tatiana calmaba aquellas aflicciones, en realidad, la hacían desaparecer por completo.

Se echó a reír al pensar que Sigmund Freud habría calificado el problema de su personalidad, como la interacción de las fuerzas sicológicas conflictivas que habitaban dentro de él. Y que su inconsciente le jugaban una mala pasada cuando sus pensamientos, recuerdos, emociones, sus deseos y motivaciones interactuaban de manera alocada y desordenada, a la vez que todo esto se hallaba íntimamente relacionado con algún trauma sexual.

Se removió en la mecedora inquieto, ¿Qué diablos sabía Freud?, pensó. ¿Qué diablos sabía él sobre sí mismo?

Pero todo esto lo había llevado a un descubrimiento o tal vez lo más correcto sería llamarla epifanía. A veces uno no puede librarse de los fantasmas que lo persiguen. Si consigue reunirse de valor suficiente como para enfrentarse a ellos, es probable que pueda seguir con su vida, y ahora, él estaba dispuesto a hacer lo que fuera por seguir viviendo.

Fue la llegada del atardecer, y el avance de las azules sombras que anunciaban la noche lo que lo sacó de sus elucubraciones. Se puso de pie e ingresó a la casa. Encendió las lámparas a su paso. Abrió la puerta de entrada y cruzó el patio de baldosas celeste hasta la puerta que daba a la calle. La abrió y permaneció junto a ella durante un instante mientras se frotaba las sienes. A continuación, echó un vistazo a la calle visiblemente inquieto. Parecía oír con extraordinaria atención el sonido de cada paso que se acercaba. Observó un puñado de niños que se divertían haciendo piruetas en la calle. Poco después, sus madres los apremiaron a regresar a sus casas. Obedecieron no sin antes exclamar en airadas protestas. Oyó a lo lejos una música de fondo, un tema que hablaba del amor y la fidelidad que de inmediato le recordó a Tatiana. Sintió de pronto una punzada en su pecho, y deseó que ella ya estuviera de regreso. Cuando al fin la vio caminado por la estrecha calle, su corazón se sosegó de inmediato.

La luz de la luna penetraba por la ventana del dormitorio, con sus sosegados rayos argentados cuando hicieron el amor. Seducidos por la magia de la noche veraniega, el constante canto de los grillos, la briza leve y perfumada que apenas movía las hojas de los árboles del borde del jardín.

Figueres, España, octubre de 1918.

I

La inquieta alma de Alexander no permaneció por mucho tiempo en Figueres. El general Beliávev le escribió a finales del verano, demandando su presencia en los Urales con urgencia. Alexander, por primera vez mostró reticencia y marcada vacilación. Deseaba fervientemente dejar atrás su pasada vida y dedicarse a construir una nueva con Tatiana. Pero la baronesa lo convenció de que debía regresar y cumplir con su palabra. Ella le aseguró que lo esperaría el tiempo que hiciera falta, hasta que el Ejército blanco recuperara el control del imperio. Alexander se despidió con la promesa de que regresaría a ella, apenas pudiera.

Mientras tanto, Tatiana desgranaba lentamente los días ayudando en el hospicio del pueblo dos veces por semana, al mismo tiempo que trabajaba dando clases de piano y canto a una jovencita de una de las familias más acomodadas de Figueres.

 Regresaba a casa luego de una de aquellas clases, pensando que la jovencita difícilmente llegaría a convertirse en una afamada artista. La música no era uno de sus talentos. Eran algo más de las siete de la noche, y la luna llena se alzaba orgullosa en el firmamento. Soplaba un viento algo desagradable, el primer viento frío después de una larga e inusual temporada veraniega. Sonrió para sí misma al recordar el último verano, el mejor de toda su vida pensó.

El viento arrastraba consigo unas nubes apretadas que venían del norte y por unos segundos pareció que la luna jugaba a las escondidas con ellas, confiriéndole a las nubes una coloración argentada. A medida que trascurrieron los minutos, las nubes se fueron haciendo más densas y la luna terminó por desaparecer detrás de ellas por completo.

Cruzó el parque en donde tantas veces había dado largos paseos con Alexander y su corazón anheló volver a tenerlo cerca. Emitió un suspiró largo y sonoro intentando eliminar aquella sensación de vacío en su pecho que la acompañaba invariablemente cuando estaba sola y pensaba en él.

Avanzó con pasos rápidos por la sinuosa y angosta calle llena de un grueso manto de hojas secas. La calle parecía estar desierta, no se veía a nadie más. Levantó la mirada al cielo y solo vio oscuridad. Pensó que la lluvia no tardaría en caer. Faltaban solo unos pocos metros para llegar a su casa cuando oyó el peculiar sonido de unos pasos que se acercaban detrás de ella. De repente, una mano la agarró justo por encima del codo. Los dedos la oprimieron. De inmediato, percibió que algún nervio enviaba agudas señales de dolor desde el codo hasta la parte izquierda del hombro. Antes siquiera de que pudiera reaccionar, oyó una voz repulsivamente familiar que la hizo flaquear las piernas al mismo tiempo que un desagradable hormigueo se le instaló en el estómago.

_No intentes gritar ni armar algún alboroto, solo quiero hablar contigo_ dijo.

Tatiana volteó despacio con los ojos entornados y llenos de desconfianza y temor. Una oleada de aprehensión recorrió su columna de arriba abajo, asintiendo completamente desarmada. Los labios del hombre se curvaron en una sonrisa maquiavélica que Tatiana recordaba muy bien.

El hombre la apremió a seguir avanzando, la hizo atravesar el patio de baldosas azules casi a rastras, hasta ingresar a la pequeña casa. Cuando estuvieron dentro. Tatiana encendió las lámparas, mientras el hombre observaba todo a su alrededor con una sonrisa sarcástica.

_ ¿Aquí es donde vives? _ preguntó con un tono burlón en la voz_ pensé que te estarías dando la gran vida con el dinero de mi padre.

Sonrió levantando el mentón y manteniendo la mirada fija en ella durante más tiempo del que debía.

Tatiana acababa de pasar unos segundos en blanco. Por primera vez en su vida, se había quedado completamente en blanco, como una de aquellas páginas que los libreros dejan en la encuadernación de un libro y en ese momento comprendió de que está asustada.

_ ¿Qué es lo que quieres Mijaíl? _ preguntó con un hilo de voz cuando al fin pudo reaccionar.

El hijo del difunto barón se acercó a ella con pasos calculadamente lentos. Aquel peculiar sonido de pasos la distrajo por unos segundos y dirigió su mirada al suelo. Mijaíl usaba unas botas extrañamente singulares. Eran marrones, de cuero y terminaban en punta. Los tacos eran exageradamente altos para un hombre. Le parecieron cómicos, el tipo de calzado que estarían dispuestos a utilizarlos los payasos pensó. Aquel pensamiento la relajó y pareció recomponerse un poco ante la repentina y desagradable llegada de su visitante.

Mijaíl se detuvo muy cerca de ella con aquella sonrisa lasciva que ella odiaba tanto. En realidad, era a él a quien odiaba, lo odiaba tanto que los latidos acelerados de su corazón contaban los segundos para que volviera a desaparecer, así como había llegado, pero estaba segura de que eso no ocurriría muy pronto. Intentó demostrarle fría indiferencia, pero era una tarea muy difícil de cumplir.

_Soy yo quien va a hacer las preguntas_ dijo mientras le lanzaba una mirada asesina y la tomaba de repente del brazo con además brusco.

_ ¡Suéltame! _ exigió con la voz más serena de la que fue capaz.

Mijaíl no la soltó, por el contrario, se hundió en la asustada pupila de Tatiana, quien había comenzado a percibir la maquiavélica radiación que despedía el propietario de aquellas curiosas botas, como si intentara absorberle la esencia.

En esta ocasión, no se quedó en blanco, pero sintió un tamborileo profundo y lento en su pecho. Todos sus sentidos se habían agudizado.

Mijaíl observó el anillo que llevaba Tatiana en la mano derecha con suspicacia.

_ ¿Quién te dio ese anillo? No formaba parte de las joyas que te dio mi padre.

_No tienes idea de lo que me dio tu padre y no es asunto tuyo_ contestó en un arranque de valentía.

Mijaíl le apretó el brazo mientras acercaba su rostro al de ella. El dolor fue intenso y tuvo que suprimir el impulso de gritar.

La voz de Mijaíl que al principio había sonado algo truculenta, ahora adquirió un tono amenazador.

_No te conviene ser desagradable conmigo, porque ahora yo tengo el toro por las astas y tu amiguito Ivanov, no está por aquí para salir en tu defensa_ dijo al tiempo que la zarandeaba un poco y luego la soltaba.

Tatiana le dio la espalda por unos segundos para que él no viera como le temblaban las manos. A continuación, giró sobre sus talones, y esperó a lo que debía enfrentarse.

Mijaíl sacó su arma de fuego de una pistolera de piel sujeta a su cintura, que se hallaba convenientemente oculta debajo de su abrigo. Su intensión claramente era amedrentarla. Se sentó en el raído sofá y depositó el arma en una mesilla auxiliar delante de él. La luz amarillenta de la lámpara en la mesilla iluminaba su rostro confiriéndole una expresión mucho más exasperante e irritante.

_Los soviéticos buscan a los soldados del Zar. Quieren terminar con todos como hicieron con la familia real.

Tatiana no respondió, seguía de pie en el mismo lugar en el que Mijaíl la dejara.

_Están buscando a Ivanov. Saben que mantienes correspondencia con él.

_ ¿Qué tienes que ver tú con eso? _ se atrevió a preguntar.

_Trabajo con ellos_ respondió mientras esbozaba una sonrisa tan malvada que Tatiana quedó aterrorizada _ y tú vas a ayudarme a atraparlo, de ese modo conseguirás que te deje en paz.

Tatiana lo observó incrédula. En su mirada no solo había reproche y enojo sino también terror y desesperación.

_No sé dónde está_ contestó con voz débil.

Mijaíl exhaló un suspiró de irritación y golpeó la mesilla con la mano derecha, fue un golpe seco y violento que hizo que Tatiana diera un respingo. En su expresión, Mijaíl vio confusión e inquietud. Se sintió complacido con lo que vio, la tenía exactamente donde la quería. Siempre había tratado a Tatiana con arrogancia, altanería y desdén, y con un decidido prejuicio, por lo que estaba convencido que conseguiría de ella lo que se proponía y tal vez, algo más. Aquella idea lo hizo sonreír obscenamente.

Tatiana no respondió, se quedó en silencio sopesando la situación. Tenía la certeza de que si accedía a darle a Mijaíl algún tipo de información por vaga que sea, esto podría conducirlo hacia Alexander. Del mismo modo, accedería tácitamente a convertirse en espía de los soviéticos y no estaba dispuesta a ninguna de las dos cosas. Su firmeza de carácter y de principios no se lo permitiría.  Aun cuando Mijaíl la estuviera amedrentando, ella jamás haría algo para dañar a Alexander, prefería estar muerta.

 Barajó con sumo cuidado sus posibilidades. Siguió mirando fijamente a Mijaíl con una alarmante expresión de confusa certeza, si cedía a sus peticiones significaría el fin de Alexander y el fin de su propia libertad. No tenía idea de cómo se libraría de aquella incomprensible pesadilla.

¿Y si le ofrecía todo lo que le quedaba? Estaba segura de que Mijaíl no dejaría pasar una oportunidad como esa. Era un hombre obsesivo y avaro, traicionero y mezquino. No tenía principios, ni lealtad por nada más que por sus propios intereses. ¿Pero que le aseguraba a ella que Mijaíl la dejaría en paz una vez que obtuviera los bienes que por derecho le había heredado su esposo? Nada se lo garantizaba, pero debía intentarlo, no tenía otra salida.

Pero necesitaba pensar las cosas, necesitaba tiempo. Pensó que la prudencia exigía una retirada estratégica, pero no sin antes ofrecerle a él todo lo que tenía. Unos minutos más de silencioso esfuerzo le permitieron continuar con cierta compostura.

A Mijaíl la pausa se le antojó eterna.

_Tengo un trato para ti_ dijo ella al fin esperando a que le acometiera el temor, pero no sucedió.

Mijaíl se echó a reír con una de aquellas características y vulgares carcajadas que Tatiana recordaba tan bien.

_Soy yo quien te está ofreciendo un trato_ dijo aún entre carcajadas.

_Escúchame bien. Puedo darte algo mucho más interesante que Ivanov.

Mijaíl cambió su expresión, dejó de reír y le prestó suma atención.

_Puedo darte todo lo que me dejó tu padre. Puedes tomarlo e irte de Europa, tal vez a Estados Unidos y allí iniciar una nueva vida_ dijo sin apenas darse cuenta de que su voz se iba haciendo cada vez más firme, más segura y que sus palabras adquirían casi un ritmo prosaico.

Mijaíl la observó frunciendo la frente y con un gesto de incredulidad en la mirada. Pensó que todo sonaba demasiado bueno para ser verdad.

_No vivirías en este antro si aún tuvieras algo de lo que te apropiaste_ dijo paseando la mirada en derredor.

_Tengo joyas y barras de oro_ dijo Tatiana_ si vivo modestamente es porque no deseo llamar la atención. No necesito más.

Mijaíl no parecía muy convencido, la miraba con el ceño fruncido y una media sonrisa incrédula.

_Sé que perdiste todo cuando los bolcheviques tomaron el poder, y estoy segura de que no te pagan lo suficiente.

¿Y tú que ganas con esto? _ preguntó al mismo tiempo que tomaba el arma de la mesilla y se ponía de pie.

Tatiana observó el arma con cierta alarma, pero intentó concentrase en lo que decía.

_Solo que me dejes en paz_ contestó ella con total aplomo_ Tengo mucho más de lo que te imaginas y te daré todo con tal de que te olvides de Ivanov y de mí.

Aquello fue como si Tatiana poseyera un poderoso imán y los bolsillos de Mijaíl estuvieran repletos de hierro.

_Entrégamelo todo_ exigió.

_No lo tengo aquí. ¿Piensas que tendría las joyas aquí? Lo tengo en un lugar seguro. Necesito una semana. Dame una semana y te entregaré todo lo que tengo. Solo tengo una condición, necesito que me des tu palabra de que me dejarás en paz.

Mijaíl sacudió la cabeza negando.

_ ¿Dónde tienes las joyas? Iremos por ellas ahora mismo.

_Las joyas las tiene un amigo mío que vive en Paris.

Mijaíl se echó a reír.

_Pues iremos a Paris en la mañana_ contestó.

_No puedo aparecerme contigo allí_ dijo nerviosa. Su plan no estaba dando resultado. _ dame una semana y tendré todo para ti.

Mijaíl se quedó en silencio, sopesando la situación, pronto, su avaricia decidió por él.

_Tengo a un par de hombres vigilándote, no hay modo de que huyas. De todas maneras, puedo encontrarte y si lo hago estarás muerta_ dijo con una mirada asesina.

Tatiana tragó saliva dificultosamente, estaba asustada, pero asintió con un movimiento lento de cabeza.

_Tienes una semana_ dijo y salió de la casa dando un portazo.

Después de que se fuera y la dejara sola al fin, llegó la lluvia que golpeó en los cristales de las ventanas. Era fría, la primera lluvia de otoño. Al día siguiente, las últimas hojas marrones que quedaban en los árboles terminarían de caer y formarían parte de la alfombra en el suelo.

Tardó algún tiempo en moverse, se sentía presa de un silencioso miedo, estaba demasiado asustada para deshacerse en llanto. Se dirigió al baño poco después, vio su reflejo en el espejo, tenía los ojos abiertos de par en par, la piel pálida como la de un muerto. Se percató que no podía respirar, era como si alguien hubiese apretado el interruptor de apagado y sus pulmones no respondieran. Se forzó a inhalar y cuando exhaló, sus pulmones emitieron un pitido agudo, y empezó a toser. Maldita tos, pensó, siempre aparecía en las peores circunstancias.  Tatiana durmió mal aquella noche, y el sueño que logró conciliar estuvo plagado de pesadillas.

II

Empezaba a colarse en el aire una claridad del color del acero fundido, cuando Tatiana desembarcó en la estación de París dos días después. Se había esforzado por conservar la calma durante todo el viaje, pero poco a poco notó en su interior la mordedura del pánico. Observó a su alrededor con inquietud, intentaba comprobar si alguien la seguía, mientras encendía un cigarrillo. No estaba segura, pero pensó que había podido despistar a los hombres de Mijaíl. Caminó deprisa zigzagueando entre la multitud que abarrotaba la estación. Avanzó internándose por pequeños y pocos transitados pasajes, hasta que se halló frente a una amplia pero empinada calle adoquinada. Tiró la colilla al suelo y la pisó con la punta de su zapato.

 A Tatiana le palpitaba el corazón con tanta fuerza que notaba el pulso a ambos lados del cuello. Subió la elevada cuesta que conducía al final de la calle. Su respiración se había vuelto dificultosa y algo sibilante. Venía sintiendo un malestar creciente en el pecho desde hacía unos meses. Cada vez que se inquietaba o se ejercitaba sobre manera como era el caso, le producía un intenso cansancio, dificultad respiratoria y eventualmente tos. Pensaba que todo se debía al estrés y al exceso de trabajo y alguna que otra mala noche. Pero a aquellas alturas las molestias ya eran casi viejas amigas y se vieron eclipsadas momentáneamente por la expectación y la agitación emocional que sentía.

 Observó una mansión de paredes blancas y techo negro al final de la calle. Se detuvo unos segundos para sosegar su agitado corazón. Se arregló un poco el pelo y se pasó las manos por el vestido en un intento por alizar la tela. Carraspeó un par de veces y avanzó. Los tacones de sus zapatos resonaban con determinación sobre los adoquines, con pasos decididos y orientados, lo cual le daba el aire de quien no sólo sabe a dónde va, sino que además no piensa desviarse de su objetivo a pesar del temor.

El silencio a su alrededor fue bruscamente alterado por su fuerte e insistente llamada a la puerta. Esperó impaciente por un par de minutos, pero nadie respondió. Llamó de nuevo, esta vez con más insistencia. Una anciana menuda y delgada le abrió la puerta. Llevaba el cabello blanco recogido hacia atrás, un mechón se le había escapado y ondeaba delante de su rostro, que la miraba con cara de perplejidad. No eran horas para una visita social, eso era seguro. Tatiana habló con voz aguda y apremiante, como acompasada con su desbocado corazón. La anciana la dejó pasar al vestíbulo y luego la escoltó a la biblioteca. Tatiana tuvo tiempo de admirar la magnífica casa, mientras los pasos retumbaban discordantes sobre los cuadros de las baldosas de mármol blancas y negras. Una impresionante escalera central de mármol se elevaba por encima del suelo y se extendía como tentáculos hacia los pisos superiores. Del techo colgaba una magnífica araña de cristales que quitaba el aliento. Pensó que el hombre a quien venía a ver no debía extrañar en lo más mínimo lo que había tenido que abandonar en Moscú. “Que vida tan antagónica”, pensó. Discrepaba por completo de lo que los bolcheviques pregonaban al pueblo sobre igualdad para todos. La anciana abrió una puerta de caoba con aire solemne y digno, le pidió que esperara dentro de la biblioteca. Tatiana paseó su mirada por la gran habitación. Tres de las cuatro paredes estaban repletas de ejemplares magníficamente encuadernados. Un espléndido escritorio también de caoba era el centro de atención. La única pared que no poseía ejemplares estaba recubierta por un mueble con innumerables licoreras de cristal de Murano, cada una de ellas llenas de algún licor extravagante y costoso. Frente al mueble, se hallaban unos sillones tapizados con terciopelo blanco.

El hombre se presentó poco después. Se llamaba Boris Sokolov. Era robusto, lucía un mostacho que crecía a ambos lados de su boca y una melena pulcramente peinada de pelo plateado, que correspondía con su predisposición por vestir elegantes trajes italianos y zapatos con brillo de espejo. Se veía tan deslumbrante como siempre.

Observó a Tatiana con interés, el miedo la iluminaba como un halo de luz. Su rostro estaba rígido, pálido, tenso como un nudo. La baronesa lo miró con ojos desesperados que lo hicieron ponerse en alerta. Tatiana se acercó apresuradamente a él y sus manos se aferraron a los abultados brazos de Sokolov como si se tratara de una alpinista a punto de caer al vacío y él fuera su soga salvavidas.

_ ¿Estás bien muchacha? _ preguntó Boris mientras la guiaba hasta los elegantes sillones franceses de terciopelo que habían captado la atención de Tatiana.

La baronesa se dejó caer en uno de ellos sin decir palabra. Se llevó una mano hasta la T que colgaba de su cuello y la acarició, como si con ello buscara protegerse de algún modo. Movió la cabeza de un lado para otro respirando trabajosamente.

_Imagino que no has desayunado, es muy temprano_ dijo pidiendo al ama de llaves un poco de té y un buen desayuno para Tatiana.

Se sentó al lado de ella esperando a que se decidiera a hablar.

Una lágrima resbaló por la suave mejilla de la baronesa. Se reclinó en el respaldo del sillón, con los brazos cruzados sobre su pecho como si intentara refugiarse y luego rompió en silenciosos sollozos.

Boris se sintió alarmado, algo muy grave tuvo que haber pasado para ella se decidiera a buscarlo, pensó.

Tatiana se puso una mano en la frente como si intentara tomarse la temperatura al tiempo que hablaba con voz queda.

_Lo siento Boris, no tuve otra opción.

_ Lo imagino, ahora intenta calmarte y dime que sucede.

Tatiana se secó las mejillas con un pañuelo que Boris sacó de uno de los bolsillos de su ostentoso traje importado, al tiempo que el ama de llaves dejaba sobre la mesa una taza de té y unos panecillos recién horneados. Boris la animó a que se lo tomara. Tatiana bebió un sorbo y el líquido le hidrató la seca garganta de inmediato. Se removió en su asiento y se inclinó hacia adelante. Su mano temblaba ligeramente cuando depositó la taza sobre la mesa. De pronto se sintió confundida, creyó que había sido una mala idea pedirle ayuda a Sokolov. Aquella confusión solo pareció llevarla hacia más incertidumbre y miedo. Boris percibió de inmediato su turbación y vio desánimo e impotencia en los ojos de Tatiana.

Boris Sokolov había sido por muchos años, uno de los amigos más cercanos del barón, si acaso no fuera el único. Tenía en alta estima a Tatiana y siempre habían compartido una relación cerca. Boris la quería como si fuera la hija que nunca había tenido. Con la muerte de su esposa y la partida de su único hijo hacia Estados Unidos hacía ya muchos años, vio en Tatiana la familia que había perdido. Con la muerte del barón, le hizo jurar a ella que lo buscaría si llegara a necesitar algo. Pero Tatiana no intentó ponerse en contacto con él ya que Boris había traicionado al imperio y se había convertido en desertor, uniéndose a los bolcheviques para salvar todo lo que era suyo a costa de cualquiera que se interpusiera en su camino. Pero al verse acorralada por Mijaíl, pensó que la única oportunidad que tenía era convencer a Boris de que la ayudara con el hijo de su difunto esposo.

_Mijaíl me encontró en Figueres_ dijo ella_ quiere que le entregue a Alexander Ivanov_ agregó, las lágrimas la amenazaban de nuevo.

Boris la observó con detenimiento, sopesando la información que ella acababa de darle. Percibió mucho más en sus palabras de lo que ella estaba dispuesta a detallar.

_Ya veo_ contestó. Se detuvo unos segundos para considerar sus siguientes palabras _ Siempre has tenido debilidad por ese joven_ agregó.

Tatiana se sintió expuesta, ahora más que nunca pensaba que había cometido un error. ¿Cómo pretendía pedirle ayuda al mejor amigo de su difunto esposo para intentar amparar a su amante?

Boris lo sabía, probablemente siempre lo había sabido. No podía mirarlo a los ojos, debería sentirse avergonzada de su clandestina relación con Alexander, pero lo último que había dentro de ella en aquel momento era vergüenza o remordimiento. Tatiana miró los interminables volúmenes de libros con la mirada perdida, como si estuviera decidiendo cuál de ellos leería primero.  No le quedó más remedio que asentir lentamente, intentando recuperar la compostura. Se llevó de nuevo la mano a la frente y se acarició las cejas con suavidad como si quisiera librase de unos recuerdos terribles, luego se secó las lágrimas. Inspiró profundamente y lo miró.

_No estoy aquí para recriminarte nada_ dijo Boris_ no estoy en posición de hacerlo: Pero te prometí ayuda si la necesitabas y la necesitas.

_Le dije a Mijaíl que le daría todo lo que tengo si se olvida de Alexander y me deja en paz_ dijo atropelladamente, sus palabras cobraron velocidad y habló en un torrente de ansiedad_ estoy dispuesta a darle todo, pero no puedo estar segura de que cumpla con su parte del trato.

Los hechos, los sucesos, la rabia contenida y el miedo, todo se arremolinaba dentro de ella.

_Necesito que me ayudes a disuadirlo de que olvide todo, de que tome las joyas y se vaya para siempre_ dijo con voz desesperada.

Boris se puso de pie y caminó de un lado a otro de la biblioteca con las manos detrás de su espalda y la cabeza gacha, cavilando.

_Lo que me pides es muy difícil, me expondría ante los bolcheviques_ dijo luego de unos segundos interminables.

Tatiana experimentó una extraña combinación de desesperación y rabia. Bajó la mirada intentando no dejarse llevar por la angustia y la desesperanza. Cuando levantó la mirada le vibraba levemente el párpado izquierdo y tenía un ligero temblor en los labios. Tati respiró hondo y se dispuso a rogar si era necesario.

_Por favor tienes que ayudarme, no tengo a nadie más. Conoces a Alexander desde que era un niño, eras amigo de su padre. ¡Por dios santo, eran todos amigos! _ dijo con la voz quebrada.

Boris emitió un bufido pesado y se sentó de nuevo en el sillón al lado de Tatiana.

_Está bien, voy a recurrir a los contactos que tengo, pediré un favor especial. Yo me encargo de Mijaíl.

Se volvió a poner de pie y salió unos segundos de la habitación. Regresó enseguida acompañado de la mujer de cabellos blancos.

_Quiero que acompañes a Lucy, ella va a prepararte una habitación. Quiero que descanses. En dos días iremos a Figueres. Le entregarás a Mijaíl lo que le prometiste y yo me encargaré de que te deje en paz_ sentenció Sokolov.

III

Unos duros golpes a la puerta le indicaron a Tatiana que el momento de la verdad había llegado. Se dirigió a la puerta nerviosa, con el rostro pálido y el corazón acelerado. Cuando la abrió, los ojos de Mijaíl la penetraron como cuchillas. Cuando intentó golpearla, ella levantó una temblorosa mano para detenerlo.

_ ¿Dónde diablos estabas? _ siseó el traidor con rudeza.

Antes de que Tatiana pudiera responderle, Mijaíl oyó la voz de un hombre que sonaba áspera y grave.

_Estaba conmigo en Paris.

Mijaíl observó a Boris con gran sorpresa y perplejidad.

_Toma lo que ella te prometió, vete y no te atrevas a volver_ dijo con desmedido autoritarismo.

_ ¡Tú no me das órdenes! _ gritó Mijaíl_ ¡Trabajo para el partido y vengo a cumplir con lo que me ordenaron!

_ ¿Te ordenaron robar a mujeres indefensas? Pues para tu información Tatiana no está sola, me tiene a mí.

Tatiana no se había atrevido a moverse, paseada la mirada entre uno y otro hombre, con expresión asustada.

_Estoy seguro de que sabes quién soy_ continuó Boris_ puedo llamar a los más altos rangos bolcheviques y comentarles tu pequeña estafa. Tatiana es como una hija para mí y a mi familia, nadie la toca.

Mijaíl pareció sorprendido, intentó ocultar su agitación queriéndose congraciar con Boris.

_Disculpa, no quería faltarte el respeto, pero tengo que encontrar a Ivanov, es uno de los líderes del ejercito blanco.

_Alexander solo sigue órdenes_ dijo Tatiana mientras estrujaba los dedos con fuerza, con la esperanza de expulsar por los dedos una parte de la furia que la invadía y recuperar así la compostura. _ Él es solo un soldado_ dijo con la voz quebrada.

_ Toma lo que ella te prometió y vete. Puedes hacer lo que quieras después, huir al extranjero, o continuar trabajando para los bolcheviques, pero olvídate de que Tatiana existe, olvídate de Ivanov_ espetó Boris.

Mijaíl se removió nervioso e inquieto. No le quedaba más remedio que hacer lo que le estaban ordenando. Boris era un alto mando bolchevique y sus alcances llegaban hasta el mismo Lenin.

_Está bien_ contestó observando a Boris de soslayo_ ahora quiero que me des lo que me pertenece_ dijo dirigiéndose a Tatiana.

La baronesa apresuró sus pasos hasta su habitación. Cogió un cofre de madera labrada entre sus manos y se dirigió de nuevo a la pequeña salita. Depositó el cobre sobre la desvencijada mesa y dejó que Mijaíl se abalanzara sobre él. Tatiana lo vio revolver su contenido con ojos avariciosos y rapaces. Cuando Mijaíl sació su sed de sordidez, observó el anillo en la mano de Tatiana y el dije que colgaba de su pálido cuello.

_También quiero lo que llevas puesto_ dijo señalando las joyas.

Tatiana cubrió instintivamente la sortija entre los pliegues de su vestido y se llevó la otra mano al cuello mientras sacudía la cabeza con vehemencia.

_Estas joyas no le pertenecieron a tu padre_ dijo desafiante_ no pienso dártelas.

Antes de que Mijaíl pudiera replicar, Boris lo detuvo en seco.

_ ¡Ya tienes lo que querías!¡Déjala en paz! _ gritó y su voz retumbó en la casi desierta salita.

Mijaíl tomó el cofre y se apresuró a salir de la casa antes de que Boris cambiara de opinión y lo expulsara de la casa sin nada.

Tatiana suspiró aliviada, sintió que una gran roca rodaba y caía de sus hombros. Tal vez Mijaíl arrambló con casi todo lo que estuvo al alcance de sus manos, pero no pudo trasformar el espíritu de Tatiana, el cual se mantuvo imperturbable e imperecedero a pesar de las pruebas a las que se había enfrentado.

Omsk, verano de 1918.

I

Alexander apagó la colilla de su papirosa contra la arena rojiza de la playa al mismo tiempo que recostaba la espalda contra el tronco de uno de los frondosos árboles del bosque zigzagueante que bordeaba el río Irtysh[1]. Extendió las piernas por completo y dejó caer pesadamente los brazos a los costados como si de un muñeco se tratara.

 Un bote pequeño con dos ocupantes navegaba rio abajo con absoluta parsimonia. Uno de los navegantes lo saludó con un gesto de su mano. Ivanov correspondió al gesto y volvió a dejar caer el brazo a un costado. Parecía exhausto.

 Los ocupantes continuaron su camino como si restaran importancia al enfrentamiento que se estaba a punto de librar.

El sol se hallaba en su cenit y brillaba por encima de las verdes crestas de los árboles con agradable calidez.  Cerró los ojos y dejó que los rayos dorados le entibiaran el rostro y le calentaran el adolorido cuerpo.

Hacía dos meses que había regresado a la guerra. Había participado en varias incursiones y esta noche podría ser definitiva para la toma de la ciudad de Omsk. Debía concentrarse, prepararse mentalmente para la batalla. Pero su mente no podía desconectarse de sus recuerdos, de Tatiana.

 Siempre se consideró un hombre paciente, un hombre de honor, que cumplía con sus promesas. Pero tenía que reconocer que lo que más deseaba ahora, era que todo terminara de una buena vez por todas para así poder regresar a España junto a Tatiana.

Una voz áspera interrumpió sus elucubraciones y dejó cierta duda en sus pensamientos. Abrió los ojos y giró la cabeza en dirección a la voz. Un soldado de complexión robusta, que vestía pantalones de campesino y un jersey voluminoso que lo hacía parecer mucho más corpulento le dedicó el saludo militar.

Alexander pensó que las cosas estaban tan mal que los soldados no contaban siquiera con uniforme, y la mayoría de ellos, eran campesinos con más tenacidad y perseverancia que preparación y adiestramiento.

_El general Kolchak desea verlo señor_ dijo con voz ronca.

_Gracias soldado_ contestó Alexander_ iré enseguida.

El soldado volvió a saludar llevando la mano derecha con los dedos extendidos a sien. Para luego girar sobre sus talones y retirarse por donde había venido.

Alexander flexionó una rodilla, luego la otra. Las articulaciones crujieron audiblemente, sintiendo los espasmos y los calambres en sus músculos Se masajeó las piernas por unos segundos, se sorprendió al apreciar que no mejoraba y que por el contrario se sentían mucho más agarrotadas que al principio. A continuación, se levantó apoyando la palma de la mano derecha en el suelo. Cuando estuvo de pie, sintió un tirón en la base de la espalda. Pensó que necesitaba un descanso, hacía semanas que no dormía más de tres o cuatro horas.

Se dirigió al campamento en donde los soldados ultimaban los detalles para incursionar en la ciudad. Superaban en número a los bolcheviques, por lo que era el momento de intentar tomarla. Atravesó las tiendas de campañas apostadas en filas que servían como hospitales ambulatorios durante las batallas. Rodeó al grupo de soldados que comía su ración con la cabeza gacha, la mayoría de ellos en silencio. Todos llevaban la mirada fija en el suelo. Sus rostros parecían absolutamente inexpresivos.

La tienda del general se hallaba a pocos metros de allí. Caminó con toda la rapidez de la que fueron capaces sus piernas y mientras lo hacía descubrió que no estaba en condiciones de dirigir ninguna incursión aquella noche. Pero no podía presentarse frente a su superior y decirle que pensaba escabullirse y eludir la batalla porque sentía el cuerpo insoportablemente adolorido.

Se entrevistó con el general y recibió sus órdenes. Disponía de un par de horas antes de que su batallón iniciara su marcha hacia la ciudad.

Los sonidos de las ametralladoras se oyeron a lo lejos poco después de las cuatro de la tarde. El primer batallón había logrado ingresar a la ciudad. Los bolcheviques intentaron contrarrestar el fuego del ejército blanco.

 Alexander y sus hombres esperaban la orden de avanzar en las afueras de la ciudad.

El soldado de los pantalones campesinos permanecía agazapado entre los arbustos junto a uno de sus compañeros, este era bajo, casi calvo y tamborileaba nerviosamente los dedos sobre sus rodillas. El soldado de los pantalones campesinos lo miró con cara de reproche. El soldado calvo hinchó sus mejillas y luego soltó el aire despacio, como si se hallara apremiado por llevar acabo su misión de una vez por todas y así poder dedicarse a otros menesteres algo más placenteros.

Otro soldado se les unió poco después, era un hombre alto y delgado, de aspecto enjuto, y facciones angulares. Parecía prestar atención a todos los detalles.

Decenas de fusiles abrieron fuego con estrépito en ese instante y Alexander dio la orden de avanzar.

Los soldados mantuvieron su formación mientras se unían a las demás tropas. Marcharon adentrándose en la ciudad y tomando posesión de los diferentes puntos estratégicos.

El eco de los disparos seguía en el aire quieto de aquella tarde de verano, cuando un soldado rojo intentó interceptar a Alexander. Tenía la mirada salvaje y despiadada que habría aterrorizado a cualquiera. Pero Ivanov había presenciado demasiadas miradas semejantes a aquella durante la guerra, por lo que era inmunes a ellas.

 Eran negros los ojos del soldado, de una negrura profunda y desequilibrada, en extraño contraste con la piel y el cabello de alba blancura. Al parecer no llevaba revolver ni bayoneta. Desenfundó un cuchillo y lo blandió delante del rostro de Alexander, amenazante. No se detendría a preguntar o a especular con el hombre de los ojos salvajes. Ivanov desenfundó su arma reglamentaria y disparó. La bala le rozó el hombro cuando intentó sortearla.

No le dio tiempo a Ivanov de volver a disparar porque el hombre de los ojos salvajes se abalanzó de inmediato sobre él.  Alexander sintió un golpe paralizante a la altura del riñón derecho cuando el bolchevique lo lanzó al suelo. Pensó que había caído sobre alguna roca o algo parecido. El cuchillo salió volando debido a la estrepitosa caída, por lo que el soldado le dio un puñetazo que fue a parar en la nariz de Ivanov.

Un dolor agudo lo dejó algo mareado. Pero no lo suficiente para evitar que le diera al de los ojos salvajes un puntapié en la entre pierna. El soldado cayó de espalda en el suelo llevándose las manos a la zona herida, emitiendo estridentes chillidos de dolor.

Alexander se levantó de un salto soportando el horrible dolor en la parte baja de la espalda. Dio unos pasos y tomó el cuchillo. Ordenó a dos de sus hombres que arrestaran al bolchevique, para después apresurar sus pasos hasta situarse al frente de sus tropas.

 El hombre de los pantalones campesinos se situó a pocos metros de Alexander, tropezó con la raíz de algún árbol y cayó cuan largo era. Alexander lo ayudó a ponerse de pie. Tenía el rostro cubierto de polvo y sangre al igual que las palmas de las manos.

 Todo pareció enlentecerse entonces, como si todos a su alrededor fueran personajes de una película en cámara lenta. Se oyeron más disparos, esta vez más cerca. Uno de ellos pareció pasar a pocos metros de Alexander. Cuando volteó la cabeza a su derecha vio como la cabeza del soldado que acababa de ayudar desaparecía en un revoltijo de sangre, materia cerebral y fragmentos de huesos. El resto del cuerpo colapsó en el suelo inerte muy cerca de él.

 Los demás soldados se dispersaron de inmediato buscando refugio detrás de las viviendas aledañas. Alexander quedó petrificado observando el terrible espectáculo. No era el primer cadáver que veía en su vida, pero si era la muerte más grotesca que había presenciado. Se preguntó si el soldado habría sentido dolor, si había tenido tiempo de percatarse cuando la bala lo alcanzó o si en un momento estaba vivo y en el siguiente estaba muerto. Pensó que él también podría dejar de existir en cualquier momento y mientras tanto, el universo seguiría girando igual que siempre, intacto e indiferente. Más disparos lo sacaron de sus cavilaciones y lo obligaron a guarecerse detrás de una pared.

Oyó un espantoso e incongruente grito, la clase de grito que solo se alza en los momentos en que la angustia y la desesperación son más insoportables. Trató de moverse, pero un fuerte dolor le atenazó la parte baja de la espalda. Se llevó la mano hasta el lugar y descubrió que su chaqueta estaba húmeda. Acercó la mano a su rostro y el corazón se le aceleró, era sangre, su sangre. Al parecer la roca contra la que había caído no solo era la causante del fuerte dolor que sentía sino también de una herida abierta que sangraba con profusión.

Desde su escondite pudo observar al soldado calvo que se debatía en una encarnizada lucha contra un bolchevique. Los hombres rodaban en el suelo y lanzaban puñetazos, la mayoría de los cuales no alcanzaban su objetivo, al mismo tiempo que pateaban en todo momento y se debatían frenéticamente.

Alexander intentó moverse de nuevo y emitiendo un gruñido áspero lo consiguió con mucha dificultad. Intentó acercarse a ellos, pero antes de que pudiera lograrlo se oyó un disparo a quema ropa. El soldado calvo quedó inmóvil. El atacante huyó de inmediato. Alexander vio los ojos del soldado calvo abiertos de par en par mientras su vida se escapaba a borbotones por un orificio en el pecho. Intentó apresurar sus pasos, pero el dolor en la espalda era tan horrible que sudaba en abundancia y respiraba entre jadeos. Cuando al fin pudo llegar hasta él, vio que los ojos del soldado se quedaban en blanco y emitía su último aliento. Se sintió frustrado y abatido por no haber podido hacer nada para salvarle la vida. ¿A cuántos había visto morir? Ya había perdido la cuenta. ¿A cuántos más debería ver morir?

Los disparos fueron cesando, se hicieron cada vez más esporádicos hasta que desaparecieron por completo, mientras que tomaron su lugar los gritos de algarabía de los soldados.

Miró a su alrededor y no vio a nadie, todos habían desaparecido. Intentó arrodillarse frente al soldado muerto e intentar cubrir su rostro con algo. Se arrodilló y al hacerlo, algo se soltó en su espalda con un leve chasquido y un aterrador dolor que arqueó su cuerpo. Lanzó un grito gutural y se derrumbó sobre una estrecha excavación con un crispamiento de dolor en el rostro y las manos aferradas a la parte baja de la espalda. Sintió que su sangre corría por su espalda, por la camisa y la chaqueta.  Gritó, y el grito salió mucho más débil de lo que había esperado. El dolor continuo y palpitante que le azotaba la parte baja de la espalda, había hecho metástasis en el cuello, eran punzadas de dolor que lo atormentaban de un modo inquietantemente cruel. Levantó los ojos al cielo jadeante, bajo la luz lineal y plateada de una luna de verano casi en plenilunio, volvió a gritar, pero nadie lo oyó.

En aquel estado agónico, fue consciente de docenas de pequeñas sensaciones, como si el mundo hubiese requerido violentamente su presencia. Oía a lo lejos los cánticos de los soldados y el zumbido de un motor de algún camión de tropas. Pensó que el motor necesitaba la visita urgente de un mecánico. Oyó el ulular de un búho y recordó el extraño jersey del soldado a quien le volaron la cabeza. La luna se había hecho aún más brillante hasta el punto en el que le pareció que producía sombras algo sobrecogedoras, al tiempo de que destacaba su sombra en el suelo. Su corazón se aceleró y su mente se llenó de recuerdos intentando bloquear la aterradora situación en la que se encontraba. Sus párpados parecían dos bolsas de cemento que amenazaban con cerrarse. Intentó mantenerse despierto, un par de veces, pero no pudo conseguirlo.

Despertó cuando lo trasportaban en una improvisada camilla.

Pasó por debajo de una entrada arqueada en donde se leía el nombre de la ciudad. Giró con dificultad la cabeza para la izquierda y observó ventanas redondas y una curva casi sensual en la fachada de un edificio que le confería cierta feminidad, pensó de inmediato en el suave abrazo de su antigua amante. Vio a decenas de soldados que se lanzaban a correr celebrando. Subían por una angosta, empinada y antigua calle de escalones y bellas casas. Volvían a descenderlas como en una exhalación. Saltaban por encima del adoquinado hasta alcanzar las calles de la parte baja resollando.

A su derecha, en uno de los balcones, observó al general Kolchak con el cabello ondeando alrededor de su cabeza con la brisa matinal, fumaba un cigarrillo distraídamente mientras contemplaba a sus hombres como si se hallara muy lejos de allí, en alguna sala de fiesta o en el salón del palacio del Zar.

Lo logramos pensó Alexander en medio de terribles dolores y gran debilidad. Su rostro se veía pálido, casi marchito, intentó mantenerse despierto, pero enseguida volvió a perder el conocimiento.


[1] Río de Omsk.

En algún alejado lugar de la campiña sureña francesa, marzo de 1918.

(Fragmento de Historias Entrelazadas)

I

Alexander Ivanov se hallaba de pie frente a la agradable chimenea cuyo fuego hacía crepitar la leña mientras ardía. Las largas lenguas anaranjadas parecían representar una danza hipnótica iluminando su cansado rostro confiriéndole un aspecto fantasmagórico. Sus ojos fijos en ellas y su mente a miles de kilómetros de distancia recordando el pasado, a veces acogedor y agradable, otras desapacible e incómodo.

En el exterior, el viento ululaba, con un sonido constante. Daba la impresión a veces de que desfallecía por completo para luego volver a fortalecerse, profiriendo aullidos largos y discordantes cuando las aún frías corrientes de aire se desplazaban bajo las cornisas y hacían oscilar los viejos maderos de la casa de piedra.

Los niños corrían alegres, despreocupados a través de la biblioteca, jugando a las escondidas mientras la mente de su padre divagaba por campos de batalla, los amigos caídos en aquellos campos, la muerte de sus padres y la desaparición de Tatiana.

Se dejó caer en un sillón junto a la chimenea, y posó sus ojos sobre el cofre que descansaba sobre su escritorio, recordando sus años en el servicio militar.

Los estridentes berridos de los niños parecían provenir de un lugar muy lejano. Cruzó las manos sobre su estómago y profirió un pesado suspiro recordando la terrible muerte de Krikor y el duro cometido que tuvo que afrontar poco después, cuando visitó por segunda vez el pueblo natal de su amigo, pero esta vez lo acompañaba a la casa paterna por última vez.

Recordó el llanto desesperado de la madre, recordó los gritos desolados de la esposa mientras sostenía a su pequeño hijo en brazos. Recordó el rostro destrozado del padre que a duras penas se mantenía en pie frente al féretro de su querido hijo mientras le entregaba lo poco que quedaba de sus pertenencias. Al anciano le temblaron las manos al recibirlas.

Todo era tan diferente de la primera vez que había visitado aquel pueblo armenio. Aquel pujante y majestuoso campo del cual el padre de Krikor estaba tan orgulloso había quedado reducido a caos y ruina. Las tierras habían sido confiscadas y expropiadas por el nuevo gobierno interino y los campesinos no tenían la más minina idea de cómo adminístralas.

Cansado y completamente devastado, Alexander Ivanov decidió abandonar el ejército durante su largo camino de regreso a Moscú. Ya no tenía nada que hacer allí, es más, si no salía del imperio, era probable que terminara muerto, o en el mejor de los casos, en alguna fría y húmeda mazmorra.

Se dirigió a Francia, en donde Galina, Yuri e Iván lo esperaban. Había tomado todas las precauciones necesarias por lo que llevaban una vida apacible en una pequeña casa en una campiña francesa al sur del país. Tan apacible que estaba a punto de volverse loco.

Galina se quedó de pie en el umbral de la estancia con una labor de punto en la mano que le cubría casi toda la parte inferior del cuerpo, al parecer estaba tejiendo una especie de manta. Vestía un vestido de tela de algodón gris claro en lugar de su acostumbrada seda de brillantes colores. Sin soltar la labor, cruzó los brazos sobre su abundante pecho y enterró profundamente las manos debajo de las axilas. Las agujas del tejido se le clavaron en el brazo, pero ella pareció no percatarse de ello. Ordenó a los niños con voz autoritaria que salieran de la biblioteca, se lavaran las manos y se sentaran a la mesa a cenar.  Escrutó a Alexander por unos segundos con una rápida y brusca ojeada. Acto seguido, volteó sobre sus talones y regresó por donde había venido sin dirigirle la palabra a su esposo.

Los gritos de los niños desaparecieron tal y como habían llegado. Mientras todo el alboroto daba paso de nuevo al silencio, Ivanov siguió sumido en sus pensamientos.

El fuego había decaído un poco, pero a pesar de ello, lanzaba un calor reconfortante sobre el rostro y los brazos de Alexander. Eso era justo lo que necesitaba en aquel momento, algo que lo reconfortara, algo que lo reconstituyera, algo que lo vigorizara. Estaba atascado mentalmente y necesitaba salir del hoyo negro y helado en el que estaba atorada su mente.

 Aquel comportamiento abstraído, era una constante en él desde que había llegado, pero no podía evitarlo. Luchaba contra la impotencia que aún le producía el pánico que había sentido al ver morir a tantos hombres a su alrededor, incluido dos de sus mejores amigos. La desesperada sensación de vivir constantemente en situaciones amenazadoras aún no lo dejaban conciliar el sueño muchas veces y cuando al fin lo hacía, despertaba bañado en sudor y con la respiración jadeante luego de alguna pesadilla.

Los recuerdos perturbadores aparecían de un momento a otro arrasando con su capacidad de concentración. En aquellos momentos dejaba todo lo que estaba haciendo y solo podía llevarse las manos a la cabeza y apretársela en un intento por borrar aquellos recuerdos. En otras ocasiones parecía que su mente adormecía todos aquellos recuerdos, por más intento que hacía no podía recordar con exactitud ciertos eventos turbadores.

Pero lo que más inquietaba su alma, no era precisamente el caos en el que se encontraba su mente, sino la desaparición de Tatiana. La había buscado en Moscú apenas regresó, y se enteró por uno de sus sirvientes que había logrado huir de la ciudad. El hombre no pudo suministrarle más información. Luego de varios meses de búsqueda llegó a indagar algo sobre su paradero, podría estar en Francia, tal como él le había sugerido, pero nada en concreto. Ningún amigo o conocido la había visto en París o en alguna otra región de Francia.

De pronto pareció salir del estado narcótico en el que se encontraba. Se levantó del sillón que ocupaba, tomó un trozo de leña de la canasta situada a su derecha y la arrojó a las llamas. Una multitud de chispas trepó por la chimenea, apretujándose al ser aspiradas por el frío aire del exterior.

Ivanov contempló el fuego durante un rato y luego giró la cabeza a su izquierda al oír un golpe seco. Sonrió al descubrir a Yuri, su hijo mayor agazapado debajo del escritorio.

_Se suponía que estarías cenando_ dijo.

El niño hizo una especie de encogimiento de hombros al mismo tiempo que sonreía ante su atrevimiento.

Un nódulo estalló en la chimenea y Alexander dio un respingo, su corazón empezó a latir con fuerza. Más allá de la vivienda de muros de piedra el viento aulló espantado como si le irritara su incapacidad para ingresar a la casa, al igual que Alexander le enfurecía su propia incapacidad de recuperarse y seguir con su vida.

En algún lugar de la casa una puerta golpeaba desacompasadamente contra la barra que la mantenía cerrada, pero al igual que la puerta y el oxidado sujetador que la contenía, Alexander llegaría a resistir.

Galina ingresó a la biblioteca con pasos rápidos y firmes, con su abultado abdomen delante de ella. Le dedicó a Alexander una de sus famosas miradas de reproche y se dirigió al escritorio. Rodeó al niño por la cintura y lo levantó en brazos. Yuri apoyó la cabeza en su hombro y se llevó el dedo pulgar a la boca.

Galina salió de la habitación dando un fuerte portazo que remeció la ventana y las cortinas.

Alexander apenas se percató de la escena.

En la oscuridad, más allá del resplandor del fuego, el viento se convirtió en un chillido. Le pareció oír la voz clara de Tati elevándose y hundiéndose en aquel chillido. Elevándose y hundiéndose como el viento.

Recordó su juventud, lo impetuoso de su clandestina relación con la baronesa. Recordó lo feliz y completo que se sentía cuando estaba con ella. Recordó lo importante que siempre había sido para él. Recordó la última vez que la vio y la última carta que recibió de ella hacía ya varios meses.

De pronto sintió que la ira se encendía en su interior. Se culpó por no tener noticias de ella, por no haber tomado mayores precauciones con respecto a su seguridad, por haberla dejado a su suerte mientras él iba a luchar por una causa imposible de ganar.

Solo podía albergar esperanzas de que ella en verdad se encontraba en Francia sana y salva.

Pero aquel segundo esperanzador desapareció de inmediato al pensar que, si fuera así, ya debería haber tenido noticias de ella. Era imposible pensar que ninguna de sus mutuas amistades no había oído una palabra de Tati en meses.

Golpeó la repisa de la chimenea con un puño, tan fuerte, que sintió un dolor agudo y penetrante.

_Eso es, mereces sentir dolor, mereces sufrir_ dijo en voz alta con una voz que no parecía la suya.

De pronto la ira desapareció y las lágrimas le atormentaron los ojos, pero las reprimió con todas sus fuerzas, tal y como había hecho otras veces. Ahora sentía consternación, por la rapidez con que la pasada felicidad que sintió con Tatiana en otros tiempos se había esfumado. Lo había dado por garantizada y ahora solo se había trasformado en desdicha y desazón. Pensó que tal vez debería agregar a esa lista la desesperación. Desesperación por la incertidumbre de no saber lo que le había ocurrido.

No, no podía entregarse a la desolación, ella tenía que estar viva.

A lo lejos, proveniente de la cocina, oyó risas generales y murmullos de aprobación en respuesta probablemente a alguna nueva travesura de alguno de sus hijos.

Para Alexander todo lo que ocurría a su alrededor parecía ajeno a él, como si se tratara de otra familia, otros niños, no los suyos.

Pensó que tenía que hallar la forma de superar lo vivido y descubrir la manera de seguir viviendo. De lo contrario, terminaría sucumbiendo ante la psicosis y la demencia

II

El día había amanecido tibio y Alex decidió salir a cabalgar, a galopar por un rato dejando que el sol que se levantaba en el horizonte le calentara el rostro. Las escasas nubes se movían en el cielo haciendo que los rayos dorados del sol formaran largas estelas luminosas sobre los campos que lucían alegres matices de verde y amarillo por doquier.

Redujo el paso cuando consideró que se había alejado lo suficiente de la casa. Coronó una colina y divisó desde allí por lo bajo lo que parecía ser una hacienda de un blanco centelleante, rodeada de una empalizada del mismo color. La entrada principal de la finca era ancha y adoquinada, perfectamente conservada, flanqueada por árboles de cerezos y coloridos rosales que parecían hacer reverencia a algún invisible personaje que se acercaba a las puertas de la antigua construcción. Notó otro camino ascendente más angosto por detrás de la casa principal en dirección norte hacia un cobertizo alargado.

Detrás de la casa en pendiente hacia un estrecho arroyo, había un jardín y lo que parecía una pérgola cubierta de un emparrado de flores escarlatas.

Se preguntó quién habitaría la vivienda y cómo fue que nunca había llegado hasta allí en sus anteriores cabalgatas. Mientras se hallaba en aquellas cavilaciones, de la vivienda salió una mujer ataviada con un vestido largo, como aquellos que estuvieron de moda a finales de siglo. No podía distinguir su rostro, aún se encontraba a mucha distancia para poder hacerlo. La brisa soplaba suave en el valle, pero aún era suficientemente fuerte para hacer ondear su vestido alrededor de sus piernas. Una extraña curiosidad lo obligó a acercarse. Picó con la rodilla en la cadera a su cabalgadura y avanzó con paso lento.

Cuando se fue acercando, oyó que la tela del vestido producía un sonido similar al de una vela impulsada por el viento en alta mar.  Notó, además, una hiedra verde brillante, trepando despiadadamente por uno de los antiguos muros de piedra, pensó de inmediato en Hidra[1] y en sus tentáculos policéfalos.

Cuando estuvo a unos diez metros de ella, la mujer de cabellos canos y arrugas como surcos lo contempló con sus ojos negros que despedían brillos de preocupación y desconfianza. Pero a pesar de ello, levantó la mano en señal de saludo.

Alexander no pudo evitar sonreír mientras se lo devolvía. Espoleó de nuevo a su montura con las rodillas y el caballo se detuvo. Se apeó, amarró al animal al palenque para después acariciarlo por unos segundos. Acto seguido, se dirigió a la mujer que aún lo observaba sin decir palabra alguna.

_Buenos días_ saludó haciendo una leve inclinación de cabeza. _ Mi nombre es Alexander Ivanov. Vivo a unos kilómetros de aquí_ agregó señalando el lugar por donde había venido.

_Bonjour, monsiur[2] Ivanov_ respondió la mujer con actitud expectante.

_Disculpe que me haya tomado el atrevimiento de acercarme a su vivienda sin invitación. Yo solo cabalgaba por aquí_ dijo el ruso con aire avergonzado.

_No se preocupe_ dijo ella con una sonrisa sincera que dejó a Ivanov algo más relajado_ No suelo recibir muchas visitas, eso es todo.

La anciana mujer había terminado de considerar si la presencia de Alexander representaba para ella un peligro o no, al parecer había decidido lo segundo.

_ ¿Le gustaría acompañarme a tomar un té? _ preguntó señalando las puertas de la vivienda.

_No quisiera importunarla_ respondió Ivanov.

_En absoluto, como le dije, no recibo muchas visitas, la mayoría de los hombres se fueron a la guerra y las muchas de las mujeres ayudan a cuidar a los heridos. Me gustaría tener algo de compañía si le parece bien.

Alexander asintió con una sonrisa.

_De ser así me gustaría mucho_ respondió.

La mujer se dirigió a la casa seguida muy de cerca por su desconocido invitado, quien notó de inmediato la pronunciada cojera de su anfitriona. La anciana, arrastraba la pierna izquierda al caminar, pero, aun así, no se valía de ningún tipo de apoyo para hacerlo, lo cual supondría un gran esfuerzo para ella.

Alexander quedó gratamente sorprendido con el interior de la vivienda, se encontró en un amplio salón que, aunque modesto, se hallaba placenteramente decorado. La iluminación natural provenía de amplias puertas francesas que en aquel momento se hallaban abiertas y por donde ingresaba una brisa agradable que hacía volar las suaves cortinas de lino. A la derecha, un amplio estante repleto de libros era la principal atracción del salón. A la izquierda, una impresionante chimenea de piedras labradas trataba de ganarle protagonismo al estante de libros. El piso de piedras pulidas se hallaba cubierto por dos increíbles piezas de alfombras persas. En el techo se podían apreciar antiguas vigas de madera moldeadas, de una de ellas colgaba un candelabro de impresionantes dimensiones.

La mujer señaló un par de sillones en el centro del salón y Alexander se sentó en uno de ellos.

_Si me disculpa unos minutos, traeré el té_ dijo.

_No quiero importunarla_ se apresuró él a decir mientras intentaba levantarse.

_No, no se preocupe tengo todo listo, estaré con usted en pocos minutos_ explicó mientras volteaba sobre sus talones y se dirigía dificultosamente hacia lo que Ivanov suponía sería la cocina.

Tuvo la oportunidad de observar mejor a la anciana, y comprobó que la pierna izquierda la tenía prácticamente paralizada. La arrastraba trabajosamente manteniendo el equilibrio con la pierna derecha. Recorrió el lugar con la mirada buscando a algún sirviente que pudiera echarle una mano a la mujer. Pero no encontró a nadie. Emitió un suspiro incomodo y se preguntó qué diablos estaba pensando cuando decidió bajar la colina y presentarse en un lugar sin ser invitado.

Permaneció observando cada detalle de aquel salón mientras esperaba el regreso de su anfitriona. Poco después, la anciana ingresó al salón con una bandeja para el té. Ivanov se puso de pie de un salto e intentó ayudarla. La anciana negó con un movimiento persistente de cabeza al tiempo que decía:

_Siéntese por favor hago esto todos los días.

Alexander volvió a sentarse con una expresión de inquietud en el rostro.

La anciana dejó la bandeja sobre la mesa frente a Alexander y sirvió una de las tazas. Se la alcanzó al ruso para luego dejarse caer en el sillón que se encontraba detrás de ella. No bajó las manos exactamente, sino que parecieron deslomarse en su regazo, como si de repente se hubieran vuelto demasiado pesadas para sostenerlas.

_Lo siento, en verdad no quise importunarla_ se volvió a excusar Alex.

La anciana le sonrió condescendientemente.

_Olvídese de eso_ dijo_ porque no disfrutamos del té y nos conocemos un poco.

Alexander asintió mientras llevaba la taza de té a sus labios. La anciana lo escrutaba con sus ojos negros a la vez que entrelazaba los dedos de las manos y las volvía de descansar sobre su regazo.

_Supongo que es usted ruso _aventuró la mujer_ y adivino que tuvo una educación privilegiada, habla usted muy bien el francés_ agregó.

Alexander dejó la taza sobre la mesa mientras respondía.

_Si, soy ruso y no puedo quejarme de mi educación_ dijo con una sonrisa nerviosa.

La mujer asintió con un firme movimiento de cabeza.

_Disculpe, no se su nombre_ dijo Ivanov seguía con aquella sonrisa incómoda en los labios.

_ ¡Oh! Lo siento tiene usted razón. Me llamo Amelie Le Brun. Mi familia lleva viviendo en estas tierras más de doscientos años. Mi esposo falleció hace diez años y mis hijos están al norte en la guerra.

Alexander asintió pensativo. Parecía que todo el maldito mundo estaba en aquella guerra.

_Perdone que me inmiscuya en lo que no me importa, pero ¿pasa todo el día sola?

_Casi siempre, viene una mujer desde el pueblo dos veces por semana para encargarse de la limpieza, pero por lo demás estoy sola. ¿Qué me dice de usted?

_Mi familia vive a unos kilómetros de aquí_ dijo Ivanov.

_Pensé que había dicho que usted vivía a unos kilómetros de aquí.

Ivanov bajó la mirada y emitió un suspiró del cual no se percató, pero a la anciana no le pasó desapercibido.

_Perdone no quise ser indiscreta_ se apresuró a decir Amelie.

_No se preocupe, lo que sucede es que dejé el ejercito hace unos meses, y aún no me siento como en casa.

_Entiendo, todos los soldados del Zar han tenido que dejar su patria y es difícil adaptarse de inmediato a otro lugar.

Alexander la miró sorprendido.

_ ¿Qué sucede? ¿Pensó que una anciana como yo no estaría al tanto de lo que sucede fuera de estas tierras? _ preguntó con una sonrisa juguetona.

Alexander la observó perplejo, pero no respondió.

_Sí, imagino que no es difícil para usted, dar la espalda a todo lo que conoce, dejar atrás a muchos amigos y seres queridos. Olvidar todo lo vivido en aquella guerra que aún no tiene cuando acabar. Olvidar a los amigos y familiares que perdieron la vida y dejaron un vacío en nuestros corazones que no podemos volver a llenar.

Alexander sintió que el corazón le pesaba de pronto como si alguien le hubiera cargado un gran peso encima. Aquella mujer desconocida sabía a la perfección como se sentía y por más que quiso decir algo sus labios no pudieron emitir ninguna palabra.

Amelie bajó la voz hasta convertirse en un arrullador susurro, como si con ello pretendiera calmar el gran pesar que evidentemente cargaba sobre sus hombros aquel hombre.

_La vida es dura Alexander Ivanov de Rusia, lo que ha vivido es solo el comienzo, estoy segura de que pasará por otros momentos peores, pero eso solo lo hará más fuerte. Puedo verlo en sus ojos, está sufriendo, pero no será así por siempre.

_ ¿Quién es usted? _ preguntó Alex conmovido y a la vez confuso y desconcertado.

La anciana sonrió abiertamente exhibiendo unos dientes increíblemente blancos para una mujer de su edad.

_Solo soy una mujer que ha vivido_ respondió.

Levantó sus manos entrelazadas hasta su rostro sopesando lo que iba a decir, para luego dejarlas caer de nuevo flácidamente sobre su regazo.

_Me gustaría contarle una historia si me lo permite_ dijo.

_Adelante_ se oyó decir el ruso siendo apenas consciente de que había hablado.

_ Mi padre Pierre, nació en esta casa el 24 de enero de 1801.

Hizo una pausa y bajó la mirada a sus manos que seguían entrelazadas sobre su regazo. Pero Alexander noto otra cosa que no supo definir muy bien que era, algo al pronunciar el nombre de su padre que hizo que los ojos de Amelie se entristecieran.

_Tenía solo 14 años cuando se marchó a la guerra_ dijo clavando su mirada de nuevo en Alexander.

Ivanov trató de fijar su atención en los hechos ocurridos en aquellos años.

_Estuvo en el ejército de Napoleón y no necesito decirle todo lo que sufrió en la guerra. Usted sabe mejor que nadie todo eso. La guerra terminó en 1815, sus garras nunca soltaron a mi padre. La guerra lo tuvo prisionero hasta el día en que murió_ dijo mientras le temblaba la voz levemente_ Al menos quiero pensar que se libró de ella cuando murió_ continuó diciendo.

Cerró los ojos y levantó la cabeza. Le temblaban levemente los labios. Las lágrimas escaparon por debajo de sus párpados cerrados y se deslizaron por sus mejillas. Aspiró profundamente y abrió los ojos para luego pasase ambas manos por sus apergaminadas mejillas.

_Lo siento, no quise ponerme emocional_ dijo tratando de sonreír.

_No necesita recordar cosas tristes_ dijo Alexander tratando de que la mujer cambiara de tema.

_No se preocupe, creo que ambos necesitamos hacer esto. Yo necesito hablar y usted necesita escuchar. Lo he visto en sus ojos Alexander de Rusia, se halla perdido, necesita volver a encontrar el camino.

Alexander la observó detenidamente, sus ojos oscuros brillaban con lo que él pensó era compasión. Y tal vez ella tuviera razón, tal vez necesitaba que alguien sintiera compasión por él.

_Mi padre regresó de la guerra y trató de continuar con su vida, al menos eso pensó él. Su padre, mi abuelo murió de un ataque poco después de que él regresara de la guerra, no tenía más hermanos así que se dedicó a estas tierras y a su madre enferma. Conoció a mi madre dos años después_ dijo observando las cortinas que flotaban alrededor de las puertas por efecto de la brisa matinal.

Hizo una pausa como si ordenara de alguna manera sus pensamientos o como si buscara las palabras adecuadas para continuar con su relato.

_Recuerdo que mi madre me decía que se había enamorado de los ojos tristes de mi padre apenas lo vio_ continuó diciendo poco después_ lo que en realidad mi madre no pudo vislumbrar era lo que había detrás de aquellos ojos tristes. Probablemente porque era joven e inexperta o tal vez simplemente porque no quiso ver lo que tenía frente a ella.

Alexander frunció el ceño sin comprender por donde iba aquel relato, pero no quiso interrumpirla.

_Mi madre también me comentó que mi padre dormía muy poco y que cuando lo hacía casi siempre terminaba gritando desesperado a causa de alguna pesadilla.

Alexander asintió con la cabeza lenta y reflexivamente, estaba entendiendo por donde iba la historia.

_Yo también pude comprobarlo cuando tuve uso de razón. Me despertaba a mitad de la noche asustada, con el corazón acelerado debido a los gritos de mi padre. Él nunca hablaba de ello, a la mañana siguiente se comportaba como si no hubiese pasado nada extraño la noche anterior. Pero mi madre me contaba que soñaba con la guerra.

Los ojos de Amelie se volvieron a llenar de lágrimas, trató de evitarlas, pero las lágrimas volvieron a fluir. Alexander quiso decir algo, pero ella negó con la cabeza y se restregó las mejillas.

Alexander observaba cada gesto, cada entonación, cada mirada, cada pausa absorbiendo todos aquellos detalles en su mente, como una esponja seca ávida de humedad.

A medida que avanzaba con su relato, Amelie adquirió mayor confianza y naturalidad.

_Yo tendría unos nueve o diez años, ya no lo recuerdo muy bien. Era una maravillosa mañana de mayo. Mi padre se despidió de mi madre y de mi con un beso y dijo que iría a ver a los animales. Ese día condujo su carreta como hacía cada mañana, pero no fue a ver a los animales, sino que fue hasta el arroyo, el mismo que vio cuando bajaba la colina. Dio de beber a los caballos que tiraban de la carreta. Tomó una soga, la colgó en una de las ramas del árbol más alto a orillas del arroyo y se colgó.

Alexander entreabrió los labios en señal de desagradable sorpresa y de inmediato miró a Amelie con expresión de intensa compasión.

_No quiero que sienta pena por mi_ dijo ella de inmediato_ eso ocurrió ya hace demasiados años_ dijo riendo.

Alexander asintió. A sus espaldas el vano de la puerta abierta pareció susurrar, como si la brisa le exigiera a la mujer seguir hablando.

_Mi padre no regresó para el almuerzo, así que mi madre me pidió que lo buscara. Recuerdo que dijo, algo así como: “De nuevo se le ha olvidado comer, trabaja demasiado”. Tomé un poco del guiso que había cocinado mi madre y a lomo de mi alto caballo negro, el que mi padre me acababa de regalar por mi cumpleaños fui a buscarlo. Cuando me acercaba al arroyo, vi la carreta a un lado del camino y a los caballos pastando a orillas del arroyo. Hacía un calor poco usual para la época del año, así que recuerdo que pensé, que de seguro se detuvo a darse un chapuzón antes del almuerzo, y se olvidó del tiempo.

Amelie se detuvo y observó a Alexander, había algo desconcertante en aquella mirada surcada por los años y las desgracias. Por un momento reinó el silencio roto únicamente por el susurro de la brisa.

_Lo encontré colgado de aquel árbol y mi mente infantil no fue capaz de entender lo que había sucedido. Por unos minutos, me quedé allí parada sin comprender la magnitud de los hechos. Recuerdo que las flores de los cerezos del bosque volaban suavemente con la brisa del aire y se depositaban en el agua del arroyo. Era una escena algo surrealista, por un lado, el paisaje era tan hermoso que me quitó el aliento, pero otro lado mi padre yacía colgado del árbol.   Lo que más me había asustado era la piel azulada, la cara hinchada totalmente deformada. Los ojos se habían salido de sus órbitas. El cabello lacio se le había pegado a la morada mejilla salpicada de sudor y la entrepierna del pantalón estaba húmeda, se había orinado encima.  Mi padre se había suicidado solo minutos antes de que yo llegara. Fue una visión aterradora para una niña.

Alexander pensó que habría sido una visión aterradora para cualquier persona.

_Me atormentó por muchos años, me atormentó en sueños y aún lo hace de tanto en tanto. Me sentí culpable, culpable de no haber llegado a tiempo, de no haberme apresurado. A veces aún pienso en ello.

El fruncimiento de cejas de Alex se acentuó, se sentía conmocionado y consternado. El corazón le latió con fuerza, tuvo que reconocer que también la maliciosa, pero seductora idea del suicidio le había pasado por la mente.

_Me senté por un largo tiempo en una roca grande, frente al cadáver colgante de mi padre, con las rodillas dobladas contra mi pecho y la cabeza acunada entre mis brazos sin saber que hacer. No podía llorar, ni gritar o salir corriendo. Después, me arrodillé en la orilla del arroyo para rociarme los ojos de agua. Los sentía tan hinchados como los de mi padre muerto, pese a no haber derramado una sola lágrima.

Alexander no pudo evitar levantarse del lugar que ocupaba. Sorteó la mesa y se sentó al lado de Amelie, le pasó un brazo alrededor de los estrechos hombros. Tal muestra de empatía no surgía en forma espontánea con algún desconocido, pero por algún motivo desconocido para Ivanov, creyó que era lo correcto. Sabía lo que era la compasión, siempre había sido bueno en otorgarlo, y en este caso particular, entendía a la perfección lo que era perder a un progenitor. Aunque no podía comparar la perdida de Amelie con la suya. Le prodigó caricias extrañamente cariñosas que surtieron efectos positivos no solo en la mujer sino también en su propia alma.

Permanecieron unos minutos en silencio, escudriñando entre sus recuerdos y sopesando el futuro especialmente incierto para Alexander.

_El té se le habrá enfriado_ dijo Amelie con una sonrisa suave.

_Eso no importa_ contestó Alexander_ ¿Está usted bien?

_Si, estoy bien. Si no le molesta, quisiera seguir con mi relato.

_Desde luego_ contestó Alex.

Pero no se movió del lado de la francesa, se quedó allí suponiendo que ella volvería a necesitar muy pronto algún tipo de apoyo emocional.

_Regresé a casa montando a mi caballo, mi mente estaba en blanco, no sentía nada, imagino que estaba en una especie de bloqueo emocional, no lo sé, tal vez intentaba protegerme en cierto modo. Entré a la casa y le dije a mi madre que mi padre se había colgado en el arroyo. Mi madre me miró con una expresión confusa. Estoy segura de que pensó que le estaba jugando una broma pesada. Imagino que lo que más le sorprendió fue la insensibilidad y la expresión indescifrable que traía encima. Cuando me dejé caer al suelo, exhausta, como si acabara de tomar parte en alguna carrera, comprendió que lo que le decía era verdad. Salió corriendo hacia el arroyo. Me quedé allí petrificada, completamente desorientada y aturdida. Solo sé que regresó con el cadáver de mi padre. Tiempo después, me explicó que tuvo que recorrer varios kilómetros para pedir ayuda a unos amigos para bajar el cuerpo de mi padre.

_Lo siento tanto, no quería acarrearle recuerdos dolorosos_ dijo Alexander algo avergonzado.

_No, fui yo quien quise contarle esto. Pero aún no termino_ dijo tomando una de las manos de Alexander entre las suyas y las distendió.

Se quedó cavilando por unos momentos y luego continuó.

_Pensé que mi padre al fin se había desecho de aquellas pesadillas que tanto lo atormentaban. Pero ahora era yo quien despertaba gritando en medio de la noche. El sueño era recurrente. Encontraba a mi padre muerto. Las primeras veces lo veía colgado del árbol de la misma forma en que lo había encontrado. Pero luego, las pesadillas empeoraron. El rostro morado y deformado empezó a transformarse. Primero, los ojos desorbitados se salieron de sus cuencas y colgaban como dos canicas blancas inyectadas en sangre. En otra oportunidad gigantescos gusanos blancos salían rectando de sus orejas y su boca. Después, la carne putrefacta colgaba de sus mejillas hechas jirones. No podía cerrar los ojos, lo primero que veía era el cadáver de mi padre. Otra noche, soñé que por debajo de la superficie del arroyo yacía un cuerpo humano, que al principio no reconocí. Las ropas eran harapientas y flotaban a su alrededor. El cuerpo no exhibía párpados, ni labios, los peces habían dado buena cuenta de ellos. La cabeza había perdido la mayor parte del pelo. La cara y las extremidades mostraban la palidez del yeso. Me acerqué temerosa para observarlo de cerca y me percaté de que se trataba de mi padre. De no ser por la insustancialidad de aquellos ojos sin párpados ni pestañas, abría creído que descansaba.

Esta vez, fue Alexander quien alargó el brazo y le dio a Amelie un breve apretón en la mano intentando darle consuelo. Ella le agradeció el gesto con una sonrisa.

_Una mañana como tantas otras en la que me había levantado sin haber pegado un ojo queriendo evitar una pesadilla, salí a cabalgar. Me hallaba agotada, confundida y asustada, desesperada por salir de aquel lugar que solo me traía pesar. Espoleé al caballo con mis tacones para que corriera a galope tendido. Entonces, a horcajadas sobre mi caballo monté como alma que lleva el demonio. El extenso campo me parecía insuficiente para aplacar la ira en estado puro, que había escapado de mi alma como un ave con las alas en flama, dispuesto a asolar con todo. Me había alejado bastante de casa sin percatármelo, estaba en algún estado de semiinconsciencia que no me permitía discernir lo que estaba haciendo. Después de todo era una niña de once años que había encontrado a su padre colgado de un árbol. Que se sentía culpable por no haber llegado a tiempo para disuadirlo de que cambiara de opinión. No comprendía en ese momento que nada de lo que había ocurrido era mi responsabilidad. El viento golpeaba contra mi rostro, al mismo tiempo alejaba las lágrimas que resbalaban a través de ellas. Aun así, divisé un gran tronco macizo extendido en medio del campo y decidí que iba a saltarlo, aunque nunca había hecho algo así. Apuré al caballo espoleándolo una y otra vez con los tacos de mis botas. En un primer momento llegué a pensar que lo lograría. Tuve tiempo de ver a una serpiente enroscada en medio del tronco. Tenía la cabeza levantada y zigzagueaba de lado a lado. Su lengua soltó un latigazo, justo cuando mi montura dio el salto. El caballo se espantó. Las patas traseras tropezaron con la superficie rugosa del árbol. Emitió un relincho de pánico, levantó las patas delanteras haciéndome perder el equilibrio. Caí de espaldas contra el tronco. Solo recuerdo un punzante dolor en la espalda, seguido de un golpe seco en la parte trasera de la cabeza. Cuando desperté presa de atroces dolores en la espalda, mi madre me explicó entre sollozos desconsolados que probablemente no volvería a caminar. Deseé estar muerta, tan muerta como mi padre. Odié a Dios por permitir que la desgracia se ensañara conmigo.

La mano que momentos antes le diera un breve apretón a la anciana, acarició cálidamente está vez su espalda.

_La primera noche no pude dormir_ continuó diciendo Amelie_ los intensos y lacerantes dolores me lo impidieron. Aquella fue también la primera noche en que no pensé en mi padre, estaba muy ocupada en mí misma y en la agonía que sentía. Pasé dos meses en cama, esperando que Dios se apiadara de mí y al fin me dejara morir. Pasó por mi mente innumerables veces acabar con mi sufrimiento, así como lo había hecho mi padre. Pero ¿cómo diablos se suponía que lo haría? Era solo una niña postrada en una cama. Una noche noté que el punzante dolor había remitido hasta convertirse en un murmullo, como aquel que produce el motor de una de esas máquinas que llaman automóvil. Pero lo más sorprendente fue de que pude dormir. Desperté por la mañana con una extraña y desconocida sensación de euforia que empezó a palpitar en el fondo de mi corazón, aunque no sabía de qué se trataba, vislumbré una luz al final del oscuro túnel en el que me encontraba. Pronto, esa euforia palpitaba con más fuerza cada vez y me llevó a una naciente comprensión. Entendí que, a pesar de todo, lo lograría, podría sobrevivir al suicidio de mi padre y al terrible accidente de que fui objeto, y no solo eso, sino que se me permitió comprender lo esencial de la vida, de la existencia humana. En ese momento lo comprendí todo, percibiendo la verdad de un modo que ni siquiera el cadáver de mi padre había sido capaz de hacérmelo entender. Podemos luchar y sobrevivir o dejarnos morir. Pero la verdad es que estamos aquí para vivir Monsieur Ivanov, y vivir es amar, es sufrir, es caer, pero esencialmente es levantarse y seguir adelante, aunque no sepamos a donde nos conducirá el destino, ni con quienes nos encontraremos en esa travesía, o a quienes dejaremos atrás y con quienes nos quedaremos.

Hizo una pausa y extendió sus manos hacia la bandeja del té. Se sirvió una taza de agua que había dejado de estar caliente hacía horas pero que de todas maneras se bebió con avidez. Estaba sedienta.

Ivanov la observaba atentamente. La trascendencia de las palabras de la anciana mujer lo había atravesado por completo.

Amelie dejó la taza sobre la mesa y apoyó su espalda contra el respaldar del sillón, suspiró profundamente y siguió con su relato.

_Mi recuperación fue larga y difícil. A pesar de que el dolor era soportable, no podía moverme. Necesité de una increíble fuerza de voluntad, que aún no tengo idea de donde salió, para obligarme a rehabilitar el lado izquierdo de mi cuerpo. Como ve nunca recuperé la movilidad en mi pierna. Es más, es como un gran trozo petrificado que no hace más que estorbarme. Pero llegamos a un extraño acuerdo que hasta el momento nos ha dado resultado a la perfección. Lo que intento decirle Monsieur Ivanov es que la vida vale la pena vivirla. No puedo pedirle que olvide lo que ha vivido, pero puede intentar convivir con sus demonios. Se que piensa que no puede darles a sus seres queridos lo que necesitan, que no es un buen padre, o un buen esposo, pero estoy segura de que lo hace lo mejor que puede. Cada uno de nosotros hacemos lo mejor que podemos con lo que recibimos el día en que nacemos. No se culpe de lo que no puede cambiar.

Un centenar de arrugas fluyeron de las comisuras de sus ojos cuando le dedicó a Ivanov una sonrisa radiante.

Alexander se quedó sopesando las palabras de la anciana por unos segundos, pasándose las manos por el pelo largo y algo descuidado hasta que levantó la mirada y escrutó los brillantes ojos oscuros de Amelie.

_He tenidos unos meses difíciles, he pasado por mucho, pero tiene razón, sigo vivo y eso es algo por lo que tengo que agradecer. Gracias_ agregó tomando las manos arrugadas de Amelie entre sus manos. _ Gracias por haber compartido su historia conmigo.

_No tiene nada que agradecer. Pero agradecería que viniera a visitarme de vez en cuando. Bueno, al menos mientras siga en Francia.

Alexander frunció el entrecejo y la observó sin entender.

_Creo que no tardará en buscar otro rumbo_ se explicó.

Alexander no contestó, pero pensó que no tenía ningún otro lugar a donde ir.

Ivanov emprendió su lenta cabalgata de regreso como en un ensueño, bañado con la luz roja menguante del ocaso a su izquierda. Pensó primero en Amelie y luego en lo que se suponía que debía hacer de ahora en adelante. El hueco y el vacío que sintió por largo tiempo pareció empezar a llenarse con una suave corriente de esperanza.

III

No había dejado de buscar a la baronesa, obtuvo un par de noticias sobre su supuesto paradero, pero ninguna de ellas resultó ser cierta. Se sentía atado de manos y pies. Despertaba cada día como en una pesadilla, pero con la lucidez del que está totalmente despierto y con la desesperación de saber que nada puede hacerse para evitarlo, más que seguir buscándola. Su conciencia luchaba contra su instinto, que le decía que ella debía estar muerta, considerando todo aquello absurdo. De todas formas, cargaba a cuestas el hecho infausto que le producía la atenazadora incerteza de no saber que le había sucedido a Tati. Sus demonios desde sus escondrijos seguían presionándolo y solo conocía una manera de aplacarlos y eso significaba encontrarla.

El mundo era tan inmenso. Las desgracias y los infortunios, los afectos y los desamores, las ilusiones y las muertes le otorgaban el aspecto de lo imponderable. Mientras que él Alexander Ivanov era solo un punto en aquel universo, un punto prescindible cuya vida no afectaba en lo más mínimo al funcionamiento de los engranajes de su maquinaria.

Oía permanentemente una especie de susurro en su mente. Era como esos casi inaudibles pero inquietantes crujidos que oímos de noche cuando estamos insomnes. Susurros que solo se desvanecían durante sus periódicas visitas a la finca ceñida por rosas y cerezos. Por alguna extraña razón, que desconocía, compartir tiempo con la anciana lo ayudaba a mantener la cordura, equilibrada sobre una ya de por sí delgada línea.  Durante aquellas visitas que Alexander llegó a calificarlas de filosóficas, pensó en incalculables apreciaciones diferentes y hasta antagónicas, sobre la vida y la muerte, sobre el discernimiento de la existencia, sobre el afán del conocimiento y sobre la comprensión de la fe.

Las pláticas con Amelie eran como un bálsamo para su alma herida y extraviada. La inteligencia y el entendimiento que con los años había adquirido la anciana, eran una fuente de sabiduría que Alexander apreciaba y agradecía. No perdía detalle de cada palabra de cada gesto. Sus hirsutas cejas que se encogían por turbación o perplejidad, o que se levantaban en la interrogación y la incertidumbre, en las venas de su arrugado cuello que se hinchaban por indignación o por exasperación.

Pero a veces, la aversión contra su propia persona creía tanto que parecía llegar hasta Amelie, entrar en ella, e intentar contaminarla de alguna manera. En aquellos momentos no alcanzaba a comprender, su propio dolor. Pero la anciana perspicaz, conseguía modificar aquella hostilidad hasta hacerla rebotar para golpearlo nuevamente a él, pero esta vez, alentándolo, edificándolo y apaciguándolo.

Aquella tibia tarde de abril se hallaba en la biblioteca sentado frente a su escritorio, rodeado de las últimas cartas que había recibido de Tatiana, cuando su esposa le anunció la llegada del general Beliávev.

Ivanov se puso de pie de un saldo al oír que su comandante estaba esperando del otro lado de la puerta. Apremió a su grávida esposa a que lo hiciera pasar.

Cuando el general estuvo dentro de la biblioteca, Alexander procedió con el saludo militar. El general le devolvió el saludo, para luego acercarse con pasos rápidos a su subalterno y estrecharlo en un fuerte abrazo. Alexander quedó conmovido con el gesto, observado después, la inusual indumentaria del general, que vestía una túnica de lino blanco. Desde luego, Ivanov no hizo ningún comentario al respecto, por el contrario, lo invitó a sentarse.

_General no tiene idea del gusto que me da verlo_ dijo poco después.

_También me da gusto verlo. Veo que su familia está bien acomodada aquí.

_Así es, la guerra aún no ha llegado hasta aquí. Los niños viven en relativa calma. ¿Le gustaría tomar algo? _ preguntó Alex.

_No se preocupe, estoy bien.

_ ¿Hace cuánto que dejo Rusia? ¿Piensa quedarse a vivir en Francia?

_Salí hace un par de semanas, pero no tengo intención de quedarme. En realidad, por eso estoy aquí.

Alexander lo miró intrigado, mientras entrelazaba sus manos y se inclinaba hacia adelante.

_ Imagino que está al tanto de que el Zar y su familia fueron trasladados a una casa de seguridad en territorio bolchevique.

_No, en realidad no estoy muy al tanto de lo que está ocurriendo en Rusia. Las noticias no llegan hasta aquí. Los franceses están más preocupados por lo que sucede ahora en el norte del país. Están ocupados con los alemanes_ explicó Alex.

_Lo entiendo.

_Pero por favor, siéntase en libertad de comunicarme lo que necesite.

Beliávev pareció sopesar algo por unos segundos frunciendo la espesa maraña de sus cejas. Las comisuras de su boca se arquearon hacia abajo, luego comenzó a hablar.

_ Se los llevaron a Ekaterimburgo_ dijo_ pero el poder de los bolcheviques es inestable. La población está descontenta, hay una gran hambruna y la solución de los bolcheviques fue requisar la comida de los graneros, lo que se volvió poco popular. La gente busca granos en los campos, los niños buscan algo de comida en las calles, en la basura. La situación es un caos.

El general guardó silencio, y observó la reacción de Ivanov quien seguía cada palabra de su comandante con suma atención.

_ ¿Cuándo da a luz su esposa? _ preguntó de improviso.

_En un par de semanas_ respondió Alexander.

El general emitió un suspiro pesado antes de proseguir.

_Sé que tal vez lo que le voy a proponer no sea lo más adecuado con su esposa a punto de dar a luz, pero al menos tengo que intentarlo.

_ Por favor prosiga_ lo convino Alexander, se sentía intrigado.

_Cuando los bolcheviques firmaron el tratado de Brest- Litovk con Alemania para salirse de la guerra, gran parte de Rusia europea se había perdido. Lenin perdió apoyo por su traición.

Alexander asintió para después animar al general a seguir hablando.

_La revolución se ha convertido en guerra civil_ su voz sonaba grave y poderosa. _ El ejército blanco se ha conformado con exoficiales zaristas y generales que desafían el poder bolchevique. Además, contamos con intervenciones extranjeras. Gran Bretaña y Francia enviarán ejércitos a luchar contra los bolcheviques para tratar de restaurar el régimen imperial.

_ ¿Qué es lo que busca? ¿Qué regresemos a la guerra?

_Desde luego, pero creo que, si regresar a la guerra es el precio que debemos pagar para que el Zar vuelva a usar la corona, debemos hacerlo.

Alexander se levantó de su asiento y caminó lentamente de un lado a otro de la biblioteca con el ceño fruncido y la mano derecha sobre su barbilla.

_ Nos parece posible que el régimen bolchevique no sobreviva y que los Romanov se conviertan en el estandarte de sus enemigos_ dijo el general mientras alzaba las manos en un gesto grandilocuente, las mangas de su extraña túnica resbalaron y dejaron al descubierto sus musculosos brazos.

Alexander se detuvo y lo observó con los brazos cruzados detrás de su espalda atraído por sus declaraciones.

_Se que ya no somos los que solíamos ser, puesto que intentamos erguirnos sobre los escombros que el fuego y el combate provocaron. Pero pienso, que esto es algo que debemos hacer, creo que esta es nuestra oportunidad de reivindicarnos, esto es justo lo que éramos entonces y es lo que nos debemos para volver a reconstruir nuevas moradas sobre estos escombros.

Las palabras del general extrañamente lo llenaron de esperanza, pero tenía una obligación con su familia. Su hijo estaba a punto de nacer.

_General, si bien su entusiasmo es admirable y contagioso, tengo que sopesar muy bien mis decisiones.

_Lo entiendo Ivanov_ dijo levantándose_ me voy en diez días, búsqueme en esta dirección cuando decida que hacer_ agregó entregándole un trozo de papel.

Alexander asintió. Se estrecharon las manos antes de que el general lo dejara solo.

IV

Apoyado contra la valla, oyendo el cadencioso gorgoteo del arroyo frente a él, contempló los blancos pétalos de cerezo que la brisa trasportaba depositándolos sobre la superficie del arroyo a través de la leve bruma del amanecer. El trazo de los árboles contra el cielo al alborear. Las aves gorjeaban en agitado movimiento dando la bienvenida a un nuevo amanecer, ajenos por completo a las cavilaciones y las trascendentales decisiones de Ivanov.

Había agotado todas sus esperanzas, no había rastros de Tatiana y se acercaba el día en el que debería regresar a Rusia junto con el general.

Regresar a la guerra de alguna oscura manera parecía servir para que su confusa mente pudiera hallar de nuevo un sentido a su existencia, o al menos un lejano atisbo de normalidad.

Se creía marcado con un signo aciago, por lo que alejarse de su familia era para él lo mejor que podía hacer.

A pesar de todos sus defectos, Alexander Ivanov poseía acentuadas cualidades espirituales; la valentía para decir la verdad, la perseverancia para seguir adelante; una curiosa mezcla de fidelidad en lo que tiene que decir y de frecuente incredulidad de sus logros, una combinación de sencillez y humildad ante los grandes, y altivez ante los estúpidos, una gran necesidad de pertenencia, pero una valentía para enfrentar las cosas solo, rehuyendo el peligro y dispuesto a sufrir, dispuesto a romperse, a deshacerse del egoísmo, la maldad, la indiferencia, el resentimiento y la eterna soledad.

Parecía que su decisión aplacó a sus demonios, pero ¿cuánto tiempo les tomaría a aquellos fantasmas para volver a dejar sus antros y empezar a presionarlo de nuevo?

Regresó a casa cuando el sol se levantaba con fuerza sobre los campos cubiertos por hierbas altas y florecillas blancas y amarillas. Se dirigió a la habitación de su esposa quien amamantaba a su recién nacida hija Nadia.

Galina lo supo de inmediato cuando vio la mirada decidida de su esposo.

_Te irás de nuevo_ dijo, no como en una pregunta sino como en una afirmación.

_ No les faltará nada_ respondió rehuyendo la mirada. A pesar de creer que su partida era lo mejor para todos, sabía que Galina no lo aprobaría.

_Los niños necesitan a su padre_ dijo ella con incredulidad en la mirada y cierto resentimiento en la voz.

_Soy un completo extraño para los niños, no me extrañarán.

_Eres un extraño para ellos porque nunca estás en casa_ respondió indignada.

_Tengo ir, es mi obligación_ dijo.

_Tu obligación está con tu familia_ dijo ella levantando la voz.

_ Cumpliré con mi obligación con ustedes como lo he hecho siempre. No voy a discutir mi decisión contigo_ dijo, dio media vuelta y salió de la habitación.

Se dirigió a la biblioteca, lugar que se había convertido en su refugio. Revisó algunos documentos y puso otros papeles en orden. Se sentó detrás del escritorio, cerró los ojos y cuando comenzó a meditar sobre su vida entera, sintió que Galina lo llamaba con atrevimiento. Al abrir los ojos la vio delante, en actitud resuelta y quizá hasta amedrentadora. Las manos en las caderas y los ojos inyectados en rabia.

De pronto Alex se sintió absurdamente tonto, porque ella seguía mirándolo con aquella expresión desafiante y no entendía el motivo. No era la primera vez que abandonaba a su familia para ir a la guerra. Es más, durante todo el tiempo que llevaba casado con Galina, solo habían pasado unos meses juntos. La situación parecía ridícula hasta que ella dijo:

_Se en donde está aquella ramera a la que no paras de buscar_ su voz sonaba colérica e indignada.

Alexander se quedó paralizado con los ojos abiertos como platos. Paralizado por sus palabras y por su sombría y áspera actitud.

Cuando al fin pudo reaccionar se puso de pie, apoyando las manos sobre el escritorio. Sintió que sus piernas le temblaban levemente. Estaba en shock. ¿Galina le acababa de confesar que sabía dónde encontrar a Tatiana? Lo llenó un sentimiento de desamparo y de incomprensión. No, no podía ser verdad.

_ ¿Qué fue lo que dijiste? _ preguntó vacilando.

_Dije que sé dónde está Tatiana_ respondió con el mentón levantado en forma provocadora.

Alexander dejó la seguridad de su escritorio y con un par de zancadas se situó frente a su esposa.

_ ¿Sabes dónde está y me lo has ocultado todo este tiempo? ¿Dónde está? _ dijo levantando el tono de su voz.

_No te atrevas a gritarme_ espetó ella.

Alexander se pasó la mano derecha por el pelo nervioso, su corazón latía acelerado, pero se retiró un poco, como cuando uno desea juzgar un cuadro en una exposición y cuando lo hace se encuentra con que el cuadro era mucho más desagradable de lo que había creído al principio. Apretó su boca, con las comisuras hacia abajo, expresando a la vez desprecio y amarga repulsión.

_ ¡Dime ahora mismo donde está! _ exigió con un grito estentóreo.

El rostro de Alexander se había transformado por completo, los ojos abiertos se le inyectaron en sangre, las cejas levantadas se contrajeron, la frente arrugada por grandes líneas horizontales pareció a punto de explotar de rabia. La sangre se le agolpó en el rostro y de pronto sintió calor como si acabara de ingresar a una hoguera.

_ ¡Te exijo que me lo digas! _ volvió a gritar al ver la sonrisa sarcástica que esbozaba su esposa.

Pronto la sonrisa se le borró del rostro y endureció la mirada.

_No entiendo que es lo que tiene esa mujer, no entiendo que poder ejerce sobre ti que te hace capaz de abandonar tu familia e ir a buscarla_ dijo con voz áspera.

Alexander se acercó a ella y la tomó de los brazos con fuerza.

_No los estoy abandonando, pero tampoco pretendo abandonarla a ella. Dime donde diablos está.

_Suéltame, me estás haciendo daño_ contestó.

Alexander la soltó, pero permaneció muy cerca de ella esperando una respuesta. Galina permaneció en silencio con la barbilla elevada, desafiante.

_Sientes una extraña y retorcida satisfacción al ocultarme algo que es claramente importante para mí_ dijo Alexander, su voz sonaba fastidiada.

Pensó que su esposa poseía una cínica incapacidad de empatía con él y con cualquier otra persona que no fuera ella misma. Llena de crueldad de espíritu y corrompida decadencia.

_No pienso decirte nada. Me voy a quedarme aquí viendo como sufres hasta que te vayas a Rusia sin haberla visto. _ dijo con ironía.

_ ¡Deja de comportarte como una niña malcriada y dime lo que necesito saber! _ gritó Ivanov.

Galina parecía impenetrable a los reproches de su esposo.

_No, pienso sentarme aquí_ dijo mientras se dejaba caer en uno de los sillones cercanos_ y voy a ver cómo te atormentas.

Alexander estaba molesto y exasperado, pero más aún, indignado, ya que no solo Galina persistía con en su ironía, sino que se le había acentuado. Estaba a punto de ponerse agresivo y sintió que la discusión terminaría en violencia y no lo llevaría a nada. Decidió salir de la biblioteca dando un portazo. Fue hasta la habitación de su esposa y empezó a rebuscar en los cajones de su cómoda. Uno de ellos fue a parar al suelo con un gran estrépito que alertó a Galina.

La mujer apresuró sus pasos hasta su habitación. Se quedó consternada al encontrar sus cosas regadas por el suelo.

_ ¡Qué diablos haces! _ dijo alterada.

_Si no me quieres dar la información que necesito, pondré esta casa de cabezas hasta hallarla.

_ ¡Deja mis cosas en paz! _ gritó mientras trataba de sujetar a Ivanov de uno de sus brazos.

Alexander la hizo a un lado con una mirada de advertencia, luego siguió buscando en el armario. Dejó caer varios objetos al piso, entre ellos zapatos, una cigarrera de plata que había perteneció al padre de Galina, un par de vasos de té de plata esmaltados, recuerdos de su madre y un tintero de cristal con apliques en plata que terminó estrellándose contra el piso en mil pedazos.

_ ¡Basta! _ gritó Galina desesperada.

Alexander se detuvo, su corazón latía violentamente. Giró su rostro lentamente en dirección a su esposa. Como si de los resquicios áridos de una roca calcinante pudieran nacer gotas de agua, así salieron algunas lágrimas de impotencia y rabia que bajaron por el rostro férreo y desmejorado de Galina

_Está en España_ dijo doblegada.

Alexander la miró con atención.

_Está en Figueres, una ciudad fronteriza con Francia.

Alexander sabía de qué hablaba su esposa. Y si lo pensaba bien, era el lugar perfecto para que una mujer rusa y sola pasara desapercibida. España no se había inmiscuido en la guerra y había permanecido neutral.

_Quiero que me digas todo lo sabes_ exigió.

V

Alexander salió esa misma noche rumbo a Figueres, sin volver a dirigirle la palabra a Galina, mientras ella se quedaba molesta y humillada, recogiendo los destrozos que había ocasionado Alexander. Bullía dentro de ella una especie de eterno despecho, inconformidad y dolor que se perpetuaba en su alma, en pequeños pero ardientes fragmentos como brazas ocultas entre las cenizas que amenazaban con iniciar un terrible incendio en cualquier momento. Aquellos pedazos, que se habían formado mucho antes de contraer nupcias, se fortalecían con los años, volviéndose cada día más turbados e inciertos, transformándose con el paso del tiempo en pedazos cada vez más túrbidos y distantes, como el recuerdo de aquellas bellas tierras que conoció de joven y que fueron arruinadas por catástrofes, guerras, por muerte, por desilusiones y desamor. Exterminando vastos espacios de esos recuerdos por la paulatina desaparición de sus ilusiones.

¿Qué es lo que lleva a los límites de la cordura de la condición humana?

Es una pregunta difícil, la respuesta no es la misma para todos. Para algunos puede ser la inseguridad y la carestía, para otros el desamparo y el dolor, para algunos el desamor y el abandono. Para Galina tal vez fuera una combinación de todos ellos.

Recogió los pedazos del tintero hecho añicos y uno de los cristales le cortó la palma de la mano. Una gota de sangre brotó de inmediato obligándola a soltar los demás trozos en el suelo. Se sentó en el borde de la cama y observó la herida, la sangre formaba ya un hilillo sobre la palma. Se apretó la herida con el pulgar y suspiró cerrando los ojos.

 Pronto las primeras lágrimas de despecho, resentimiento, indignación y humillación cayeron pesadas a través de sus mejillas. Y no solo eso, la desconsideración de Alexander la había paulatina y pavorosamente aislado de todo cuanto alguna vez la había hecho feliz. Si es que había sido realmente feliz alguna vez.

Se esforzó por recordar su infancia y su adolescencia, buscando situaciones que la hicieran dichosa, pero le fue difícil encontrar más que unas cuantas. Las situaciones penosas de su vida ganaron la partida, y pensó que se iniciaron el día en que aceptó casarse con Alexander a pesar de sus reiteradas advertencias. Tenía que reconocer que Alexander nunca le ocultó su relación con la baronesa. Pero en su ingenuidad, creyó que él terminaría cansándose de aquella mujer mucho mayor, por lo que enderezaría su camino con el nacimiento de su primer hijo. Ahora era tarde para lamentaciones, tal vez nunca aceptaría la situación, pero debía aprender a convivir con ella.

VI

Alexander salió de la casa con el corazón latiéndole a mil por hora, y se internó en la oscuridad de la noche rumbo a la estación de trenes. Tomó el último de la noche rumbo a Figueres. Se dejó caer en la cama de su camarote agitado y exhausto, pero con un sentimiento que, si bien no era felicidad, se parecía mucho a ella. Al menos, aquel sentimiento era mucho más de lo que había experimentado durante los últimos meses. Sonrió para sí mismo imaginando a Tatiana y la sorpresa que sería para ella verlo después de tanto tiempo. Colocó las manos debajo de su cabeza y trató de relajarse, lo que consideró sería una empresa difícil de cumplir dado que se hallaba en un estado de terrible impaciencia. Olvidó por completo el altercado con su esposa, el intercambio confuso y violento de palabras, el odio y la ligereza con que ella le habló y concentró su atención por completo en lo que haría cuando viera de nuevo a Tatiana. Sintió que se encontraba mejor que nunca, pleno de vitalidad y energía. Como si alguien le hubiera inyectado una buena dosis de electricidad.

Las luces de los faroles iluminaban el rostro de Alexander cuando ingresaban atrevidamente a través de la ventana de su camarote. Se sintió de pronto como en una cuna, mecido por el traqueteo de los vagones y el pitido de la locomotora. Pensó en Tatiana, en sus ojos, las veces en las que ella había desbordado de alegría, en las que había desbocado de preocupación y en las que había derramado placer y sensualidad. Su corazón dio un salto al recordarla entre sus brazos y el deseo de volver a tenerla lo atenazó por dentro.

Había supuesto que el dominio que ella había ejercido sobre su mente y su cuerpo se atenuaría con los años, pero quedaba claro que eso no había ocurrido. Por el contrario, la distancia y la separación solo acentuaron esa posesión.

Le asaltó de pronto una amarga inquietud, se preguntó porque Tatiana no intentó comunicarse con él apenas había salido de Rusia. Quizás había conocido a alguien, y ese alguien la alentó a viajar a España, olvidando por completo la petición de Alexander de que adoptara a Francia como su residencia permanente.

Sintió que su corazón se encogía un poco y la respiración se le volvía más difícil. Las decisiones de Tatiana no debían concernirle pensó, todo lo que debía importarle es que ella estuviera bien.

Se quedó dormido después de luchar en contra de los sentimientos de pérdida que lo embargaban. Fue un sueño ligero e incómodo, que no duró mucho ya que el tren inició los preparativos para su llegada a Figueres. Se incorporó sobre la cama y miró a través de la ventana de su camarote. Advirtió los primeros y modestos rayos dorados de la aurora, que con silenciosa timidez iban coloreando alguna nube, los cristales de las ventanas de las viejas casitas, o algún techo cercano. Se sentía agitado y temeroso, pero necesitaba desesperadamente encontrarla, verla, saber que estaba bien, que era feliz.

Se puso de pie y terminó de arreglarse mientras el tren se detenía por completo frente a un gran letrero de madera con letras negras que rezaba: “ESTACIÓN DE FIGUERES”.

Tomó sus pocas pertenencias y bajó apresurado del tren. Lo retuvieron algún tiempo en un puesto policial, revisando sus papeles y su equipaje, haciendo preguntas y escrutándolo. Pensó que había esperado por horas cuando en realidad solo fueron unos pocos minutos.

Pensó en buscar un modesto hospedaje, necesitaba asearse y comer algo, no podía presentarse frente a ella en esas condiciones, además, apenas estaba amaneciendo. No pudo percatarse de las pintorescas callecillas adoquinadas y antiguas construcciones porque su mente estaba muy ocupada sopesando todo tipos de posibilidades. Se detuvo frente a la puerta de forma semicircular de un hotelito de paredes blancas situada en una esquina poco concurrida de la ciudad. Dos faroles que aún seguían encendidos flanqueaban a la puerta. Sobre ella destacaba un alero de tejas rojas.

Tomó el tirador de la puerta y para su sorpresa no pudo abrirla. Supuso que aún era muy temprano para que el hotel tuviera las puertas abiertas al público. Llamó con tres golpes secos. Esperó por algún tiempo y no obtuvo respuesta. Cuando estuvo a punto de hacer otro intento, oyó el estridente chirrido de los goznes de la puerta, una quejumbrosa forma de pedir a gritos una aceitada.

Una mujer llamativamente delgada lo observó desde el otro lado de la puerta. Su pelo era blanco, tenía una nariz aguileña muy afilada, los pequeños ojitos a los costados de su estrecha cabeza le conferían el aspecto de un angustiado pájaro que acababa de perder algo. Su cuello era exageradamente largo y arrugado, formando capas que se arrastraban una sobre otra. Ivanov llegó a pensar que se parecía extrañamente a un pavo. Su rostro denotaba una anhelada inquietud, pero los labios estirados hacia abajo en el extremo mostraban cierto disgusto, tenía la mirada soñolienta y el aspecto de alguien que no deseaba haberse despertado aún. Pese a su disgusto, se hizo a un lado y dejó que Alexander pasara. Les fue difícil entenderse, ya que Alexander no hablaba español ni catalán y la mujer no hablaba ninguno de los tres idiomas que el ruso manejaba a la perfección. Pero ambos hablaban el idioma universal, el del dinero.

Ingresó a su habitación. Un cuarto pequeño, pero aireado y bien iluminado. Por mobiliario contaba con una cama, una mesita de noche con una lámpara a queroseno, una mesa y una silla.  Se sentó en el borde de la cama y suspiró pesadamente. Decidió que tomaría un baño, comería algo en el comedor del hospedaje y luego saldría en busca de Tatiana.

No le fue difícil encontrar la dirección, abordó a la primera persona que encontró en la calle aquella mañana. Una mujer de rasgos muy delicados, de piel muy blanca, casi traslúcida y de pelo castaño, le indicó con señas a donde dirigirse, luego de que él le mostrara la dirección anotada en un trozo de papel. Lo que a Alexander le resultó muy llamativo fueron los ojos, muy grandes y oscuros que contrastaban con su fino rostro y su blanca piel, metidos debajo de una frente ancha y prominente.

Agradeció a la mujer con una inclinación de cabeza y se dirigió con pasos apresurados calle abajo. En pocos minutos se halló frente a una escalinata flanqueada por dos viejas construcciones amarillas. Levantó la mirada y se dispuso a subir las gradas con pasos rápidos. Cuando se encontró en la cima pudo apreciar una estrecha callecilla que serpenteaba entre viviendas de dos o hasta tres pisos con pequeñas ventanas de donde colgaban coloridas enredaderas.

Desaceleró la marcha y comprobó los números pintados en las puertas. Se detuvo por completo, cuando halló lo que buscaba. Su corazón en aquel momento latía acelerado, se hallaba expectante e inquieto. Aspiró profundamente y golpeó a la puerta con su puño.

Un niño que paseaba con su perro le dijo algo que Ivanov no entendió. Solo atinó a sacudir la cabeza y a encogerse de hombros. El niño repitió lo que había dicho, pero esta vez empujó la puerta con una de sus manos. Ivanov pudo comprenderlo en ese momento. Le dedicó una sonrisa mientras el niño seguía su camino despidiéndose con un gesto de su mano.

Alexander divisó desde la callecilla un patio adoquinado con baldosas de un apacible color celeste, con una pequeña pero encantadora fuente en el centro. Al fondo, se levantaba una casita con graciosas ventanas y una inmensa puerta doble con anillos de hierro engarzados que parecían haber sido sacados de algún otro lugar, en otro tiempo.

Cruzó el patio con lentitud, dándole tiempo a su corazón para que se sosegara un poco. Cuando estuvo frente a la gran puerta toco haciendo uso de uno de los anillos de hierro. Esperó por algún tiempo, pero no hubo respuesta. Pensó que la casa no era demasiado grande para que no lo oyeran tocar, pero, aun así, volvió a hacerlo, esta vez con mayor insistencia, pero la respuesta fue la misma.

Desalentado, giró sobre sus talones y cruzó de nuevo el patio y salió a la calle. Se quedó allí por largo tiempo pensando que es lo que debía hacer, se le pasó por la cabeza que tal vez tenía la dirección equivocada, es más, llegó a pensar que tal vez ella ni siquiera estuviera viviendo en España y que todo había sido una cruel mentira de Galina.

Sacudió la cabeza y se pasó la mano por su crecida barba. Lo mejor sería hacer alguna que otra indagación, no se rendiría tan fácilmente. ¿Pero cómo haría para averiguar sobre el paradero de Tatiana si no hablaba catalán ni español? Pensó que lo resolvería de alguna manera. Luego de algunos minutos de estúpida espera, volvió sobre sus pasos y empezó a rehacer el camino de vuelta al hotel. Vaciló por un instante y luego decidió regresar a la estación. Tal vez allí encontraría a alguien que lo ayudara con el idioma o tal vez alguna información sobre Tatiana.

Divisó un parque y con creciente incertidumbre, lo cruzó devorado por el monstruoso presentimiento de que su viaje había sido en vano, pero aun así siguió adelante. En la estación no tuvo mucha suerte. Habló con un par de hombres franceses que acababan de llegar a la ciudad y con una mujer alemana que tenía un pequeño café cerca a la estación. Ninguno de ellos pudo darle alguna información que le fuera de utilidad.

Caminó sin rumbo fijo después de almorzar algo, escudriñando los rostros de la gente al pasar, buscando aquel rostro familiar que anhelaba volver a ver.

Se sentó exhausto en aquel parque por el que había pasado ya tantas veces y cerró los ojos desalentado. No le quedaba más que volver a probar suerte en la casa con el patio de baldosas celestes.

Oyó la bulla de unos niños jugando y el ladrido de un perro que corría detrás de ellos. Pensó en sus hijos, en lo felices que eran ajenos a la guerra y a la destrucción de su patria, a los desencantos de su madre y los fantasmas de su padre. Vio en cada niño, los rostros de sus hijos, pero aun así no se arrepentía de su alocado arrebato de dejar todo e ir en busca de Tatiana.

Se puso de pie y reinició su lenta marcha por la serpenteante callecilla adoquinada. El sol se había escondido y las farolas se encendieron iluminando tenuemente las esquinas. A pesar de las dudas y la incertidumbre, no había dejado de pensar en ella, ni de perder las esperanzas de encontrarla y ahora esa necesidad de verla, de hablarle se le hacía insoportable.

Y entonces la vio, caminando por el pasaje. Sus pasos eran vacilantes, como si el terreno fuese peligroso o como si temiera caer. Podía verla perfectamente a la luz de los faroles, concentrada, mirando al suelo o a sus costados. Era ella sin duda, aquella manera de caminar, de levantar la cabeza, de mover las manos. Vestía con ropa modesta, pero a través de las gastadas ropas se veía su aristocracia.

Se quedó allí petrificado, viéndola acercarse. Cuando ella se aproximó lo suficiente a él, levantó la mirada y su rosto pálido lo miró con inequívoco asombro. Se mantuvieron durante unos segundos en silencio absoluto, unos segundos que a Alexander le parecieron inquietantemente largos y dolorosos. Aquella situación convirtió su ya de por sí difícil existencia, transformándola en una maraña confusa y turbada.

Pero cuando despuntó en el rostro de Tatiana una sonrisa semejante al primer rayo de sol al amanecer sobre un paraje rocoso y yermo, Alexander pudo respirar tranquilo. Aquella sonrisa que iluminaba sus bellos pero tristes ojos verdes, acarició el corazón de Ivanov con leve, tierna y secreta armonía.

 Con sumo cuidado, con devoción y algo de miedo acercó su mano al rostro de Tatiana y con la punta de sus dedos acarició sus suaves labios. Ella se estremeció ligeramente, murmuró algo que Alex no pudo oír y cerró los ojos emitiendo un pesado suspiro. Se mantuvieron en silencio por unos momentos, perdidos en los ojos del otro. Las palabras son insignificantes o inútiles en cientos momentos.

Luego, la tomó del brazo decididamente y se encaminaron hacia la casita de puertas dobles y tiradores de hierro.

No dijeron palabra alguna durante el resto del camino, pero se observaban de tanto en tanto. Alguna que otra sonrisa escapaban de sus labios y los ojos brillaban en la oscuridad. Cruzaron el patio de baldosas celestes y Tatiana abrió la gran puerta que se abrió con un graznido. Cuando estuvieron dentro, ella cerró lentamente, como si intentara ganar tiempo para poner sus ideas en orden.

Ivanov no prestó atención a la humilde vivienda en la que ella habitaba. Pensó que ella se veía huidiza y nerviosa, mientras que él no podía dejar de sentir la misma irresistible fuerza que aquella lejana noche de verano lo había impulsado a abordarla con su galantería y caballerosidad, que al final había terminado en convertirlos en amantes. Amantes, pensó, ella nunca había sido su amante si no su alma gemela.

Observó con detenimientos sus ojos, brillaban expectantes, deseosos. Aún no se habían dicho una sola palabra, no era necesario. Se acercó a ella despacio le acarició el rostro con delicadeza y se inclinó para besarla. Fue suave al principio, pero pronto, sus besos se volvieron desesperados y turbulentos. Sintió que, con cada uno de ellos, desaparecían todos sus temores, todas sus dudas, todos sus demonios. La sintió temblar entre sus brazos y se detuvo de inmediato jadeante. Ella se apresuró a negar con la cabeza, se puso de puntillas y juntó sus labios con los suyos en un apasionado beso.

Alexander la levantó en brazos, sintió que levantaba una pluma, Tatiana siempre había sido esbelta, pero creyó que ella había perdido peso. No le dio importancia, después de todo lo que había pasado no era de extrañarse.

Ella señaló el camino entre besos alocados y gemidos desesperados. La tendió en la cama con tanta veneración que ella dejó de respirar por un momento. La miró profundamente, expresando con la mirada todo lo que su corazón anhelaba. Y a pesar de su urgencia, la desvistió despacio, lentamente, acariciando su piel a cada paso.

VII

¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar que se nos conceden instantes de dicha solo para resaltar la atrocidad de las guerras, las torturas, las catástrofes y las desgracias que agrietan e incineran el alma? Aunque consideremos la vida como algo completamente espantoso, en realidad no lo es, siempre existirá el alivio de un paraíso. Un paraíso en el cielo para los que tienen fe en una existencia en el más allá y, por ende, sean capaces de sobrellevar la existencia terrestre con caridad, y esperanza en espera del momento en que puedan comparecer ante sus puertas. Y un paraíso terrenal, para los que como Alexander solo creen en sí mismos y en sus capacidades de sobrellevar las desgracias de la vida con la esperanza de sortear todas esas dificultades y llegar a alcanzar al fin la paz y la felicidad largamente anheladas.

La efervescencia de los deseos que se habían mantenido hasta hace solo unas pocas horas ocultos, dormidos, mitigados por la desesperanza se habían de pronto, extrañamente avivado en el interior de Ivanov. Ya no solo recordaba la blanca vulnerabilidad del cuello de Tatiana de donde colgaba el dije con la letra inicial de su nombre que él le había regalado, o el roce de sus labios justo por debajo de su mandíbula, sino que lo sentía con total claridad y calidez. Y deseó más, deseó que aquella sensación lo acompañara hoy y siempre. Los ojos verdes de Tatiana relampagueaban como en el cielo boreal del norte de la Siberia y deseó hundirse en aquellos ojos cada día por el resto de sus días.

Tatiana recorrió cada una de las señales de guerra en el cuerpo de Ivanov. Tratando de recordar cada uno de ellos como si se trataran de accidentes geográficos en el mapa de su universo.

Cuando la tumultuosa e impetuosa pasión se fue apagando, Ivanov observó a Tatiana con mayor detenimiento bajo la luz de la luna que ingresaba insolente a través de la ventana del cuarto y bañaba su cuerpo desnudo. Su larga cabellera cobriza presentaba delgados mechones grisáceos. Sus hermosos ojos verdes estaban rodeados de suaves pero perennes estrías. Observó su cuerpo, y como había supuesto, estaba preocupantemente más delgada. Pero aún era bella, aún lo cautivaba como cuando era joven e inexperto.

Ella pareció vislumbrar sus pensamientos y le acarició la mejilla siguiendo el serpenteante surco que lo marcaba.

_No te preocupes, estoy bien_ dijo con una sonrisa relajada.

Ivanov se inclinó y la besó en los labios tratando de reafirmarle lo importante que ella era para él.

Tatiana suspiró conmovida. A pesar de los años, de las vicisitudes y la distancia, aún existía entre ellos la misma pasión, el mismo deseo, la misma necesidad. Tatiana pensó que todas aquellas emociones no habían disminuido, por el contrario, se habían hecho más urgentes.

_ ¿Dónde estuviste todo este tiempo? _ preguntó Alexander. Ahora que había saciado su desesperación por ella podía empezar a interrogarla.

Ella se removió incómoda en la cama. Se incorporó y bajó los pies descalzos al suelo. Tomó un viejo albornoz que se hallaba al pie de la cama y se vistió con él mientras pensaba que respuesta le daría.

_Necesito tomar algo_ dijo mientras salía de la habitación.

Alexander se quedó confundido por su actitud evasiva. Decidió darle algo de espacio para que ella ordenara sus pensamientos. La idea de alguien más en la vida de Tatiana volvió a azotarlo de nuevo. Tal vez ese era el motivo por el cual ella se veía reticente a hablar. Aquel razonamiento lo dejó algo intranquilo y hasta podría decirse que desdichado. Su relación con Tatiana era profunda pero abierta, nunca le pidió a ella exclusividad ya que él estaba casado, pero tampoco advirtió la necesidad de hacerlo ya que el barón era un hombre decrépito que apenas se sostenía en pie. Pero las cosas eran distintas ahora, ella era libre de rehacer su vida y ser feliz con un hombre que la quisiera. Pero la sola idea de Tatiana en bazos de otro hombre lo alteraba profundamente. Pensó que debía dejar su egoísmo a un lado y aceptar la decisión que Tati hubiese tomado si eso significaba su felicidad.

Suspiró profundamente, se levantó de la cama y se vistió, el dije en forma de T destelló en la penumbra de la habitación. Se dirigió en dirección a la salita y poco después Alexander la siguió.  La vio de espaldas, sentada ante la pequeña mesa solitaria del comedor, en la oscuridad, mirando a la nada. Eso fue lo que Alex pensó, pero la realidad era que se hallaba escarbando en sus memorias.

_ ¿Tati? _ la llamó sacándola de sus pensamientos.

Ella volteó a verlo. Tenía la mirada ensombrecida como si tuviera algo desagradable que confesar y se le hacía difícil hacerlo.

_ ¿Se trata de alguien más? _ preguntó Alex con voz vacilante.

Tatiana se echó a reír mientras se mordía el labio inferior y sacudía la cabeza. Al parecer sus suposiciones habían estado equivocadas.

_No, no se trata de alguien que haya conocido. _ dijo ella, dudó por unos segundos_ se trata de Galina_ dijo con voz repentinamente baja mirando al suelo, como si confesara un crimen.

Alexander la escrutó con mirada perpleja, no tenía idea de lo que hablaba. Era evidente que ella también lo escrutaba a través de sus párpados semicerrados que miraban el suelo, en lentas y disimuladas miradas de soslayo.

Ivanov se acercó despacio, se puso en cuclillas frente a ella y acarició su mejilla. Tatiana le dedicó una leve e indescifrable sonrisa.

_Vamos habla conmigo_ le susurró Alexander.

Ella aspiró profundamente y de inmediato empezó a toser. Se llevó ambas manos a su boca. Ivanov buscó un pañuelo en el bolsillo de su pantalón y se lo ofreció. Tatiana lo tomó con una mano levemente temblorosa, mientras la otra seguía sobre sus labios. Acercó el pañuelo a su rostro y pudo percibir el perfume de Alex, aspiró profundamente y pareció relajarse un poco. La tos fue cediendo poco a poco.

Alexander la miraba con aprehensión en los ojos.

_Estoy bien_ se apresuró a decir cuando apenas pudo_ es este maldito resfriado que no termina de curarse.

Se quedó en silencio observando los brillantes e inquisidores ojos azules del único hombre a quien había amado en su vida.

Había hecho una promesa, una que no pudo cumplir, y ahora él le pedía una explicación, se la debía, pero si se la daba, volvería a incumplir aquella promesa. Caviló por unos segundos que a Alexander le parecieron eternos, para luego acariciar su mejilla con dedos suaves. Ivanov pensó que reconocería aquel toque el cualquier lugar sin siquiera abrir los ojos.

_Vamos, pongámonos cómodos_ dijo ella señalando unos antiguos y algo desvencijados sillones en la pequeña estancia que hacía de sala de estar.

Alexander se puso de pie y ayudó a Tatiana a hacer lo mismo.

Por primera vez, Ivanov tuvo tiempo de observar la pequeña vivienda en la que ella habitaba. La sala de estar era todo lo contario al fastuoso recibidor del palacio del barón, en donde Tatiana había vivido hasta hace unos meses atrás y en donde solía visitarla después de la muerte del barón. Las paredes blancas estaban desnudas con la única excepción de un minúsculo cuadro de marco dorado que representaba un jarrón con rosas rosadas. Alexander reconoció el cuadro de inmediato, era el único recuerdo que Tatiana tenía de su difunta madre. La mujer lo había pintado cuando apenas era una niña y a pesar de que no era el trabajo de un gran artista, el valor sentimental para Tatiana era inconmensurable. Los únicos muebles en la estancia consistían en un par de sillones Luis XVI de terciopelo de un deslucido color verde, y una mesita de té que contractaba por completo con los sillones.

Se sentaron uno al lado del otro. Ivanov esperó pacientemente a que ella iniciara la conversación.

Tatiana cruzó sus manos sobre su regazo y se mordió el labio inferior. Sus pies descalzos yacían sobre una alfombra deslustrada por la que parecía haber pasado todo un ejército de soldados. La observó a los ojos, parecía que le era difícil empezar a hablar, se la veía algo nerviosa e inquieta.

_Salí de Moscú como te había prometido_ dijo mirándolo a los ojos_ vendí lo que pude y compré joyas y oro como me lo sugeriste. Tenías razón, el dinero no sirvió de mucho cuando los bolcheviques tomaron el poder. Los que poseían ahorros en dinero lo perdieron todo.

La aprehensión de Alexander iba en aumento, ella estaba muy pálida y ojerosa, sus labios le temblaban casi imperceptiblemente.

_Llegué a París y algunos amigos me dieron la noticia de la terrible muerte de tus padres. Dijeron que seguías en la guerra y que tu familia se había instalado en la campiña al sur del país.

Hizo una pausa y lo observó esperando su reacción.

Alexander solo asintió y la apremió con la mirada a que siguiera con su relato.

_Decidí instalarme en el pueblo a unos kilómetros de donde vivían Galina y tus hijos_ se detuvo y lo miró vacilante, esperando los reproches de Ivanov. Tenía aspecto avergonzado e incómodo.

Alexander pareció sorprendido y a la vez confundido.

_Lo siento, sé que fue descarado de mi parte hacerlo. No debí haberme acercado a tu familia, pero necesitaba estar cerca cuando tu regresaras.

_No, no tienes por qué disculparte_ la interrumpió_ eso era lo que yo esperaba_ dijo bajando la mirada.

Sabía que no tenía derecho de pedirle que estuviera cerca, pendiente de cuando él regresara, pero aun así de algún modo Tatiana quería lo mismo.

_Nunca tuvimos oportunidad de conversarlo_ continuó_ Pero entonces, ¿Qué fue lo sucedió? ¿Por qué decidiste irte?

Tatiana emitió una risita nerviosa que terminó disolviéndose en una estentórea tos.

Alexander la sostuvo de los hombros en un vano intento por ayudarla.

_Estoy bien_ dijo cuando pudo hablar_ solo necesito descansar.

_Voy a prepararte algo de té_ dijo poniéndose de pie_ tienes los labios resecos.

_No, Alex, necesito contarte todo_ dijo ella con ojos angustiados mientras lo tomaba del brazo.

Alexander volvió a sentarse en el ajado sillón que restalló bajo su peso. El crujido del sillón en la pequeña estancia le pareció excesivamente ruidoso, algo extrañamente pernicioso. Apreció que, bajo el resplandor vertido por la única lámpara de la sala, el rostro de Tatiana lucía amarillo casi fantasmal.

La dama de cabellos cobrizos inhaló profundamente y de forma audible como alguien que planifica finalizar una labor fundamentalmente complicada.

_Sabes lo que dice el dicho: “Pueblo chico, infierno grande” _ dijo ella echándose a reír con risa amarga. _ Galina no tardó mucho tiempo en enterarse de que me tomé el atrevimiento de instalarme en el pueblo.

Alexander empezó a comprender por donde iban las cosas.

_Fue a verme_ dijo algo nerviosa_ y para hacerte el cuento más corto, me exigió que dejara el pueblo. Me dijo que estaba esperando otro hijo y que te dejara en paz_ lo dijo en un tono de voz que daba a entender que eso lo explicaba todo.

Rompió a toser de nuevo, con una laxa y estentórea tos.

Alexander le acarició la larga cabellera mientras ella se llevaba el pañuelo a la boca. Se sintió de pronto como un idiota. Su mujer había sido desde un principio la causante de todas sus preocupaciones, y de la soledad y penurias de Tatiana.

_Puedo entenderla_ dijo Tatiana cuando la tos desapareció_ estaba en su derecho de exigirme que me alejara. Al principio me sentí desconcertada, desorientada y confundida, pero entendí que debía irme, no podía seguir siendo un obstáculo que te impidiera ocuparte de tu esposa y tus hijos.

_Debiste escribirme, decirme lo que estaba sucediendo_ dijo Alexander_ no tienes idea de cuanto te he buscado. ¿Crees que me sentía tranquilo al no saber nada de ti? _ preguntó frustrado y confuso.

_Lo siento tanto, pensé que hacía lo correcto_ dijo con cierta aflicción_ y por más que me duela separarme de nuevo de ti, aún pienso que es lo correcto.

Alexander se levantó de un salto y caminó de un lado a otro de la pequeña estancia, como un animal enjaulado.

_No debiste hacerlo_ dijo herido en su orgullo_ deberías haber hablado conmigo. Al menos deberías haber tenido la cortesía de comunicarme lo que ibas a hacer.

Hablaba en voz alta y seca, con las manos extendidas en gesto de extrema frustración.

Tatiana nunca lo había visto tan alterado.

_No te molestes, por favor, pensé que hacía lo correcto_ dijo con el rostro mucho más pálido que antes mientras cruzaba los bazos en gesto protector.

Alexander pareció relajarse al ver los ojos de alarma en el rostro macilento de Tatiana. Dejó caer los brazos a los costados y se acercó a ella despacio.

_Lo siento, no quise asustarte_ dijo mientras la tomaba de los brazos que aún los mantenía cruzados sobre su pecho.

Ella parecía algo incómoda y nerviosa. Mantenía la mirada baja y a Alexander le dio impresión de que su cuerpo temblaba ligeramente.

_Mírame Alex_ dijo ella al fin levantando los ojos para enfrentarlo_ en el trascurso de unos meses los años han caído sobre mí. Ya no soy la mujer que conociste, soy una mujer madura que no pasa por su mejor momento. Fue bello lo que tuvimos, pero es hora de que sigas tu camino.

Las lágrimas se le acumularon de inmediato en los ojos y amenazaban con obligarla a llorar.

_Lo que tenemos_ dijo él penetrándola con sus ojos azules.

Ella pareció no comprender.

_Es bello lo que tenemos_ se explicó.

Ella no pudo evitar sonreír.

_Alex_ dijo su nombre en un susurro.

_Tatiana, no debo explicarte el tipo de relación que tengo con Galina, tú más que nadie sabe cómo se dieron las cosas entre nosotros. Mi matrimonio es un contrato que ya no tiene vigencia. Nuestros padres han muerto y no hay herencia por la que luchar. _ hizo una pausa, inhalo profundamente.

Tenía la boca seca y se obligó a tragar saliva antes de continuar. Una definitiva decisión se produjo entonces en su espíritu y debía decírselo a ella de inmediato o explotaría.

 _ La única mujer que me ha importado en la vida has sido tú y ya no estoy dispuesto a seguir viviendo sin ti. La vida es corta y llena de dificultades, para seguir esperando el momento justo, te necesito conmigo.

El asombro se dibujó en el rostro de Tatiana, debía reconocer que aquello era lo último que ella pensaba oír.

_Mientras estuve en Francia, el general Beliávev me reclutó como parte del ejercito blanco. Tratarán de liberar al Zar y su familia y luchar contra los bolcheviques. Le di mi palabra de que lo acompañaría_ dijo mientras deslizaba sus manos por los brazos de Tatiana que de pronto parecían fríos como témpanos de hielo.

Tatiana pensó que la patria a la que Alexander deseaba volver terminó por devastarse durante su ausencia debido a las oscuras calamidades, y por crueles deseos de poder. Pero sabía que no tenía caso interferir en sus planes. El ejército era lo más importante para Alexander, lo que le daba sentido a su vida.

 _ Pero cuando eso termine, quiero regresar a ti y quedarme contigo para siempre_ lo oyó decir de pronto.

A medida que Alexander pronunció aquellas palabras los labios de Tatiana se fueron separando hasta formar un perfecto circulo de asombro. Se quedó en silencio mirándolo perpleja. No iba a negar que había fantaseado con ello muchas veces, pero la realidad era otra, Alexander no le pertenecía.

_ ¿Tatiana? _ preguntó cuando su silencio se hizo muy largo.

Ella pareció despertar de sus cavilaciones.

_Por más que me gustaría que eso ocurriera, pienso que es imposible que se haga realidad_ dijo ella y las lágrimas que habían inundado sus ojos cayeron. Las mejillas por las que rodaron se veían maduras, pálidas y cansadas, pero sus ojos no habían perdido aquel brillo que él tanto amaba. Se apresuró en apartarlas con la palma de su mano.

_Nada es imposible_ contestó Ivanov_ Apenas pueda regresaré a buscarte y viviremos donde quieras.

_ ¿Qué se supone que pasará con tus hijos? _ preguntó ella con angustia en la voz.

_Galina puede hacer uso de todo lo que tengo, no les faltará nada_ dijo él con voz resuelta.

Alexander la estrechó contra su cuerpo en un largo y cálido abrazo. Tatiana pareció relajarse un poco. Debía reconocer que se sentía tan bien estar en brazos de Alexander de nuevo y la idea de pasar el resto de sus días junto a él era muy seductora.

_Di que sí_ le pidió al oído_ di que te arriesgaras y nos darás una oportunidad de ser felices.

Tatiana levantó la cabeza y buscó sus ojos.

_Eso es lo que más quiero_ contestó ella con la voz entrecortada por la emoción.

Alexander le dedicó la sonrisa más bella que ella le haya visto en mucho tiempo, comparada solo a los primeros años de su relación cuando el fantasma de la guerra aún no los había alcanzado.

_Me haces feliz_ dijo después.

_También me haces feliz, siempre lo hiciste_ contestó ella.

La volvió a estrecharla entre sus brazos, hundiendo el rostro en su pelo, aún llevaba impregnado aquel aroma que había añorado tanto.

_ ¿Es aquí donde quieres que vivamos? _ preguntó él mientras echaba otra ojeada a la humilde y deslucida estancia.

_No me importa donde, solo que estemos juntos_ dijo ella.

Su sonrisa fue cálida. Se le iluminó los ojos y Alexander reconoció en ellos de inmediato lo seductores y persuasivos que podían ser.

Se separó de Alexander y volvió a sentarse mientras hablaba.

_Vine a España porque somos bienvenidos, no hay presiones políticas. Vivo en esta casa para pasar desapercibida.

_Si necesitas dinero solo dímelo…

_No Alex, te lo agradezco, pero no lo necesito_ dijo interrumpiéndolo con un movimiento vehemente de su mano_ Si vivo austeramente es para no llamar la atención. Trabajo un par de veces por semana cuidando a una anciana enferma y eso me ayuda a mantenerme entretenida y darle algún sentido a mi vida.

_Pareces casada_ dijo él mientras acariciaba su rostro suavemente.

_Tal vez un poco, pero se me pasará cuando me deje la gripe_ dijo ella con una sonrisa confiada que pareció sosegar un poco las angustias de Alexander.

Sintió una inmensa felicidad, una paz que hacía mucho no sentía y todo se lo debía a ella. Pensó en el futuro, y en los interminables y apacibles días que viviría al lado de la baronesa.

Siempre andamos en una dirección fija, algunas veces, en situaciones que son definidas por nuestra voluntad más evidente, pero en otras, tal vez más determinantes para nuestra existencia, por una voluntad desconocida por nosotros, pero aun así poderosa  y rebelde, que nos van haciendo transitar hacia los lugares en donde debemos estar, con seres o cosas que de una manera o de otra han sido o serán fundamentales para nuestro destino, fomentando o entorpeciendo nuestras angustias, nuestras desazones y a veces, a la larga, resulta ser asombrosamente y razonablemente más importante que nuestra voluntad consciente. Alexander Ivanov aprendería aquella lección a punta de sudor y lágrimas.


[1] Hidra: monstruo cruel de la mitología griega con forma de serpiente de múltiples cabezas.

[2] Buenos días, señor en francés.

Moscú, febrero_ marzo de 1917

Fragmento de Historias entrelazadas: Alexander Ivanov y Kataryna Weleczuk

I

Las huelgas se extendieron por todas partes, desde Petrogrado hasta Moscú y en el día internacional de la mujer las cosas llegaron a su pico máximo. Más de cien mil mujeres protestaron en manifestaciones que inundaron las calles de casi todas las ciudades del imperio.

 Los manifestantes, en gran parte mujeres, protestaban por la escasez de los alimentos. Llevaban la cabeza cubierta y el desasosiego en la mirada. Ondeaban banderas y carteles con mensajes en contra del Zar, mientras Nicolai y Alejandra eran completamente incapaces de comprender el descontento de la gente. Su concepción de las cosas se había distorsionado tanto que creían que el lazo esencial entre el Zar y el pueblo ruso seguía intacto. Este hecho fue sin duda, el peor error que cometió el Zar.

Lo que había comenzado como un disturbio de mujeres, empezó a adquirir rápidamente un contexto político. Las calles se llenaron de manifestantes, se les unieron de inmediato, los trabajadores en huelga y los revolucionarios que no solo se manifestaban, sino que estaban buscando la forma de derrocar al régimen Zarista.

Multitud de personas gritaban arengas en contra del Zar, levantando sus sombreros y agitándolos en el aire. Lo que se inició como una manifestación pacífica, pronto se convirtió en un caos.

Los soldados, siguiendo órdenes de sus superiores, dispararon en contra de la multitud. El resultado, fue la muerte de cientos de personas en una de las más terribles atrocidades cometidas. Al ver la masacre, muchos de los soldados decidieron desertar y unirse a los manifestantes, convirtiendo aquel evento en el punto de quiebre del régimen. Ya no había vuelta atrás.

A pesar de la masacre, los manifestantes no desistieron y marcharon hacia el mismísimo palacio del Zar. La gente enardecida golpeaba los barrotes de los portones del palacio con garrotes y palos.

Al mismo tiempo, varios grupos de soldados se amotinaron en el frente de batalla. A pesar de que los comandantes intentaron obligarlos a seguir luchando a punta de revolver, estos no claudicaron. En aquel momento, el ejército ruso se estaba deshaciendo, la deserción era en masa. Los soldados estaban cansados de la guerra, el hambre y la miseria. Batallones enteros decidieron irse del campo de batalla. Los soldados colmaban los vagones de los trenes de carga para regresar a las ciudades. Estaban a punto de levantarse en una furia revolucionaria. Mareas de manifestantes inundan las calles. Rusia estaba como un caldero hirviendo a punto de estallar.

Los manifestantes que se congregaron frente al palacio llegaron de todos los puntos cardinales, mientras soldados leales al Zar eran enviados a proteger el palacio.

En poco tiempo cientos de soldados, tanques y cañones habían tomado las calles. Algunos ondearon banderas rojas e incautaron vehículos. Al finalizar el día, el gobierno había perdido el control del orden público en Petrogrado. Las calles estaban atestadas de desertores armados que amarraban listones rojos a sus rifles.

II

La baronesa, aguardaba con el corazón en vilo y el abrigo apretado contra su pecho en el corredor oscuro que daba al depósito de la cocina. Se sentía sumamente nerviosa y preocupada. En aquel momento deseó haber dejado Moscú apenas Alexander se lo había sugerido, pero ya era tarde para lamentaciones. Había logrado, vender la mayoría de sus propiedades, a precios irrisorios claro está, pero algo era mejor que nada.

Suspiró inquieta, esperaba la llegada de su chofer, quien la llevaría a la estación de tren en un intento por dejar Moscú esa misma noche y ya pasaban de la una de la mañana.

A pesar de que su vivienda se encontraba en las afueras de la ciudad, desde donde se encontraba podía oír los disparos y los gritos algunos de desesperación y otros de euforia.

Se dirigió a la cocina con pasos apresurados y escrutó por la ventana protegida por las sombras, buscando formas, escuchando sonidos extraños, pero todo seguía en tensa calma. Tampoco había rastros del chofer. No entendía porque se tardaba tanto. Solo debía aparejar un par de caballos a una carreta rústica. No quería llamar la atención cuando se acercaran a la estación.

Se pasó la mano por el pelo nerviosa mientras caminaba de un lado a otro. En aquel momento experimentó la sensación de encontrarse encerrada en una jaula de la que no podía salir, del mismo modo que se siente un animal salvaje entre rejas.

Se detuvo, solo para acercarse de nuevo a la ventana y seguir escudriñando la oscuridad, observando cada rincón del patio en busca de algún movimiento sospechoso. Aguzó el oído, pero solo pudo oí el aullido del viento. Estaba a punto de nevar eso era seguro, debía apresurarse si quería llegar a la estación antes del amanecer.

Sonaron tres disparos, se sobresaltó de inmediato, abrió los ojos de par en par y las pupilas se le dilataron. Los disparos se le antojaron como estruendos desde el lugar en donde se encontraba. En ese instante vio que se acercaba una carreta y en un principio pensó que algunos de los revolucionarios habían llegado hasta el palacio con intención de saquearlo, pero pronto comprendió que se trataba de su chofer.

El hombre detuvo la carreta frente a la puerta de servicio de la cocina, en donde en tiempos mejores, los proveedores de las tiendas de abarrotes solían dejar sus productos. Ahora, serviría para cargar las pocas pertenencias que la baronesa llevaría consigo en su huida.

Tatiana abrió la puerta con precaución, y le hizo señas al chofer para que entrara. El hombre era extrañamente corpulento para su baja estatura. Llevaba un gorro de piel en un intento por proteger del frío a su extensa calvicie. Antes de hacerse con las maletas, dirigió sus grandes ojos negros en dirección a la baronesa, ojos que habían perdido el brillo y se habían tornado distantes.

La baronesa pensó que el hombre tenía motivos para sentirse preocupado y distante, pero aquella sería la última noche a su servicio, luego sería libre para hacer lo que quisiera, sea unirse a los revolucionarios u huir del imperio. Le había pagado una buena suma de dinero para que la llevara a la estación.

El chofer acomodó las maletas en la carreta y las cubrió con una lona. Tatiana se vistió con el abrigo y se cubrió la cabeza con la capucha. Subió a la carreta junto al chofer, a pesar de que el viento soplaba con fuerza y la nieve había empezado a caer. Se pusieron en marcha en seguida, por el sendero por el tantas veces Alexander había recorrido.

Suspiró profundamente y el frío aire de la noche le heló la garganta. Volteó la cabeza y observó por última vez el palacio que había sido su hogar.

A medida que se acercaban a la ciudad, los estruendos de los cañones y los disparos se hacían cada vez más cercanos.

A delante, a unos cien metros de distancia, observaron horrorizados uno de aquellos vehículos de motor, muy en boga entre los aristócratas, primero derrapar y luego volcarse.

Tatiana observó atónita el momento en que tres hombres se acercaban, esparcían algo líquido encima del vehículo y luego le prendían fuego para luego salir huyendo. Las llamas anaranjadas se extendieron de inmediato cubriendo el automóvil entre sus tentáculos. Oyó las risas y los gritos de euforia que se disputaban con el ululante viento. Por un momento, los ocupantes de la carreta se quedaron helados, rígidos y no precisamente por el gélido viento, sino por el terror y la incredulidad.

Tatiana quiso detenerse y ayudar al hombre que estaba atrapado dentro, vio sus manos a través de la ventanilla, pálidas como las de un muerto. Golpeaban débilmente el vidrio, pero las llamas lo cubrieron de inmediato. El olor a combustible, aceite quemado y de carne chamuscada inundó el aire de inmediato. Tatiana se llevó una mano a la boca para ahogar un grito de desesperación y terror, no podía dar crédito de hasta donde era capaz de llegar, la degeneración humana y aún no había visto nada.

El viento helado soplaba en una especie de torbellino, arremolinando la nieve alrededor de la carreta. Tatiana se ajustó la capucha alrededor del cuello en un intento por mantenerse caliente.

La carreta se sacudió de pronto y dio un tumbo, la vía cubierta de nieve no permitía distinguir los baches y las grietas que la surcaban causadas por las heladas. Tatiana se sujetó de donde pudo, mientras el chofer obligaba a los caballos a reducir la velocidad.

La carretera siguió empeorando, los baches fueron multiplicándose hasta que toda la carretera se asemejaba a la superficie de un queso gruyer, flanqueada de espesos bosques de pinos ancestrales que se cernían sobre ellos como inmensos fantasmas blancos.

La carreta se topó con un agujero profundo, se sacudió hacia el lado derecho y luego se enderezó para luego salir del hoyo como un velero en una borrasca

El chofer masculló algo entre dientes que Tatiana no pudo entender. Tampoco quiso preguntar, no le convenía que el chofer decidiera dejarla sola a su suerte en aquel desierto paraje.

Tatiana había recorrido aquella carretera miles de veces y jamás le había parecido tan oscuro, estrecho y desolado como aquella noche. Ante ellos, el sendero ascendía hacia la cumbre de una colina cubierta de espeso bosque. La baronesa echó un vistazo a los árboles que se sacudían con ayuda del viento adentrándose hacia el sendero como fantasmales espíritus con sed de venganza.

Sintió un escalofrío que le recorrió la espalda, como si uno de aquellos fantasmales árboles la hubiera tocado con sus gélidas ramas. Su rostro adquirió una expresión atribulada al observar que los árboles quedaban atrás y las primeras viviendas saqueadas tomaban su lugar.

Pasaron frente a una hermosa casa de tres pisos adornada con bellas escalinatas dobles que llevaban a la puerta principal, que se encontraba abierta de par en par a pesar de ser más de las dos de la mañana. Las cortinas de terciopelo verde que habían adornado alguna vez las ventanas de la casa ardían junto a una pila de libros emitiendo un humo oscuro y mal oliente en el jardín delantero.

Un grupo de jovencitos gritaban y reían mientras bebían desde licoreras de cristal junto a la improvisada hoguera. La inyección de descontento social había surtido un efecto muy rápido y catastrófico.

Tatiana siempre había considerado la exuberancia adolescente a veces contagiosa, otras agotadora, pero en aquel momento le pareció repugnante. Se preguntó por la seguridad de los dueños de la casa, es decir, de los ex dueños de casa ya que estaba claro que la vivienda ya nos les pertenecía. La misma suerte correría su hermoso palacio ya que no pudo venderlo a tiempo.

Decidió que era mejor no pensar en ello. Su primer objetivo era salir de Moscú, luego se preocuparía por lo demás.

En pocos minutos la carreta se adentró en la ciudad en donde las cosas lucían aún peores. Los manifestantes, que ya habían dejado de serlo, para convertirse en delincuentes y asaltantes, habían tomado cada rincón de la ciudad, destrozando tienda y viviendas. Matando a soldados o simpatizantes del Zar.

Se oyó un disparo muy cerca a ellos, seguido de otro inmediatamente después. El chofer emitió un chillido de dolor mientras soltaba las riendas y se llevaba las manos al estómago. Antes de que Tatiana advirtiera siquiera lo que estaba sucediendo, el hombre se retorció sobre sí mismo y cayó al suelo con un ruido sordo.

La horda de manifestantes rodeó la carreta de inmediato, Tatiana pensó que la lincharían en ese preciso instante. El terror la invadió de inmediato, sus ojos desesperados parecían a punto de salírsele de sus órbitas. La adrenalina le oprimió el estómago y le golpeó el diafragma como si acabara de tomarse una botella completa de vodka. Se sentía completamente aterrorizada, pero aún podía luchar por su vida.

Tomó las riendas de la carreta con fuerza y miró a su alrededor con expresión de pánico, los labios apretados, la lengua atrapada entre los dientes y el rostro cubierto de sudor, a pesar de que el frío era cada vez más intenso.

Azuzó a los caballos y se abrió paso entre la muchedumbre. Un par de hombres cayeron debajo de las patas de los animales y entre las ruedas de la carreta. Tatiana oyó el sonido sordo de los huesos al romperse, cuando una de las ruedas pasó sobre el esternón de uno de ellos. Pero no tenía tiempo para pensar en eso ahora, debía salir de allí si no quería terminar como el chofer.

Oyó el zumbido de las balas al surcar el aire helado muy cerca de su oído, pero no se detuvo. Pronto divisó la entrada de la estación del tren y aceleró la marcha.

Se detuvo frente a un destacamento de soldados que aún le eran leales al Zar. Saltó de la carreta como si llevara haciéndolo durante años y enseñó sus papeles a uno de ellos. La dejaron pasar, no pudo llevarse más que las maletas que podía cargar.

En pocos minutos, subió al primer tren que salía de Moscú con destino a algún punto de Europa. Un hombre muy elegante con aire distinguido se limitó a echarle un vistazo con expresión sorprendida, dedicándole una sonrisa torva y fatigada. A continuación, su rostro se convirtió en una máscara indescifrable. Tatiana pensó que su aspecto no sería el mejor de todos después de lo que había vivido. Se pasó la mano por el pelo cobrizo en un intento por ordenarlos un poco.

Cuando el tren emitió su característico aullido agudo al dejar la estación, la ansiedad y la desesperación volvieron a adueñarse de ella.

Permaneció parada un instante, contemplando los lienzos de nieve que aleteaban alrededor del vagón en el que se encontraba, oyendo las ráfagas sucesivas de vapor al mover la locomotora mientras su mente se llenaba de preguntas: ¿qué futuro le esperaba? ¿dónde terminaría? ¿volvería a ver alguna vez a Alex?

El corazón empezó de nuevo a latirle deprisa, pero le resultó imposible decidir si la arcada que sintió en el fondo del estómago era de alivio o de terror.

Buscó su camarote bajo la débil luz amarilla de un amanecer tormentoso. La cellisca se había hecho cada vez más densa y pesada sobre los vagones del tren cubriéndolas como un manto retorcido, hasta que cayeron sobre las grandes vías del ferrocarril, haciéndolas brillar con plateadas chispas. El pequeño ápice de fortaleza que la había mantenido hasta entonces se desmoronó y rompió a llorar. Mientras lo hacía, una sublime ráfaga de alivio le recorrió el cuerpo de pies a cabeza, un alivio tan intenso que parecía una temerosa revelación. Si se hubiese quedado un día más en aquel enorme palacio, de seguro terminaba muerta.

Se sacó el abrigo, en la soledad de su camarote, luego el vestido, y por último la ropa interior tapizada de joyas y gemas preciosas que cargaba como si de un escudo se tratara. Suspiró profundamente y se dispuso a afrontar su destino, después de todo había tenido mucha suerte.

III

Nikolái Ivanov siguió en su palacio a pesar de las súplicas de su hijo y al caos que reinaba en la ciudad. Estaba convencido de que los manifestantes terminarían regresando a sus casas cuando el ejército del Zar los dispersara. Estaba claro que cuando la mente no desea admitir algo, siempre hallará algo en que fundamentar sus dudas. Jamás imaginó ni en sus perores pesadillas la caída de la dinastía Romanov después de trescientos años en el poder.

Por primera vez Nikolái sintió inquietud al enterarse de que la mayoría de sus amigos y vecinos habían abandonado Moscú. Otros habían sido saqueados por turbas de revolucionarios que pedían la cabeza del Zar.

Bajó las imponentes escaleras del palacio y se dirigió a la biblioteca con la intensión de beber alguna copa de vodka, mientras pensaba que hacer.

Cuando ingresó volteó la cabeza a la derecha y vio una figura apoyada contra la repisa de la chimenea. Las cortinas estaban corridas y no pudo distinguir muy bien en la penumbra de la habitación.

La figura giró sobre sus talones al oír que la puerta se habría y enfrentó a Ivanov con una sonrisa en el rostro.

_ ¿Quién diablos es usted y que hace en mi casa? _ preguntó Ivanov airado.

Tenía una expresión de intensa indignación pintada en el rostro que no tardaría en convertirse en pánico.

_Soy quien va a ocupar esta casa de ahora en más_ respondió la figura que se acercó de inmediato a Ivanov.

Cuando estuvo frente a él, Nikolái pudo ver con mayor claridad al intruso. Llevaba el pelo negro y desprolijo sobre el rostro y olía a queso roquefort en mal estado. Estaba empapado de vodka. Ivanov sospechó que el hombre se había pegado una borrachera con el vodka de las licoreras de la biblioteca. Tuvo tiempo de preguntarse cuanto tiempo llevaría metido en su casa sin que nadie se percatara de ello.

De pronto, el intruso se inclinó hacia adelante de modo que estuvo a pocos centímetros del rostro de Ivanov y le habló sosegadamente, pero con tono frío y amenazante.

_Tiene diez minutos para salir de aquí. Ni un minuto más.

Una leve sonrisa bailaba en las comisuras de los labios del hombre.

_ ¡¿Está usted demente?! _ preguntó Ivanov levantando la voz_ ¡quien se va de aquí es usted antes de que llame a ni guardia personal!

_ Su guardia personal_ repitió con una leve, aunque inconfundible sonrisa malvada.

La voz del hombre contenía una nota de sarcasmo burlón.

_Su guardia es ahora la mía_ agregó_ y si no sale de aquí en diez minutos haré que le disparen a usted y a su esposa.

Al terminar de hablar se echó a reír y se abalanzó contra Ivanov golpeándolo en el rostro.

Ivanov emitió un chillido de sorpresa y de inmediato comprendió que todo era real, estaban sacándolo de sus propiedades y lanzándolo a la calle como si fuera un saco de basura. En cada uno de los rasgos de su rostro se hizo visible la agonía y la angustia.

_Cambié de opinión_ dijo el hombre que olía a queso roquefort_ tiene un minuto para salir de aquí.

Desenfundó un revolver y lo apuntó en dirección a Ivanov.

Nikolái lanzó un aullido áspero y casi primitivo, un sonido que nunca había emergido de sus comedidas cuerdas vocales de aristócrata, y agitó los brazos en dirección a la puerta de la biblioteca mientras corría.

Llegó hasta las puertas que daban a los jardines y se aferró a ellas con ambas manos, mientras el intruso lo seguía de cerca. Tiró de ellas, pero la puerta no se abrió. Se oyó un disparo que lo alcanzó en la pierna derecha. Gritó de dolor y desesperación. De inmediato volvió a tirar de la puerta con todas las fuerzas que le confería el pánico. Los faldones de la camisa se le salieron de los pantalones y la costura de la axila derecha se desgarró con un leve susurro, pero al fin consiguió abrirla.

Cruzó las amplias puertas acristaladas corriendo hacia el jardín. Parecía un espantapájaros desquiciado y gesticulante dibujado contra el tenue sol de febrero.

Se oyeron dos disparos más e Ivanov quedó tendido boca abajo sobre el aterciopelado manto verde, con las piernas y los brazos extendidos.

A pocos metros de distancia, la esposa de Ivanov retrocedió dos pasos y se llevó las manos a la boca para sofocar un grito de histeria.

El hombre que olía a queso roquefort avanzó hacia ella apuntándola con el arma. Esta vez la mujer abrió la boca de par en par y se llevó las manos a la cabeza. Empezó a gritar y todavía gritaba cuando el intruso la alcanzó y le colocó el cañón del arma en la sien.

Luego de disparar, el hombre lanzó una mirada a los cadáveres, con una expresión que no delataba el menor atisbo de piedad ni arrepentimiento. Era una mirada helada, que indicaba la ausencia total de compasión.

IV

Luego de la Revolución de febrero, el Zar se vio obligado a ofrecer concesiones a un gobierno representativo además de darle más control al DUMA[1].  A pesar de todas las medidas que había tomado el Zar, era muy tarde. No había forma de detener las intrínsecas fuerzas que terminarían por destruir la monarquía. Nikolái no podía ganar la guerra de un día para otro, no podía solucionar los graves reclamos, como la escasez de comida y el desempleo. No había nada que el Zar pudiera hacer en aquel momento para reparar la situación política y social del imperio.

Por decisión unánime, los consejeros le aconsejaron al Zar renunciar al trono en favor de su hijo Alekséi, y nombrar regente a su hermano. Nikolái desestimó esa sugerencia y abdicó en favor de su hermano Mikael. Desde luego, este no estuvo de acuerdo, no deseaba nada que ver con el gobierno y declina ser Zar.

Rusia pasó de la autocracia al caos político. Sin una cabeza que gobierne los destinos del imperio, dos fuerzas se disputaron el poder en Petrogrado. Por un lado, la DUMA y por otro lado un grupo mucho más radical y profundamente revolucionario el Sóviet de Petrogrado. Ninguno de los dos era más poderoso que el otro, por lo que se unieron y crearon un gobierno provisional, para mantener el orden, apoyar el esfuerzo de la guerra hasta que se decidiera por un gobierno permanente.

En esta situación, se dieron infinidad de cambios en los altos mandos del ejército. Mientras más soldados desertaban o se reportaban como enfermos. Se vieron obligados a reclutar campesinos de mediana edad que no tenían ningún tipo de instrucción militar, lo cual complicaba la situación del agro y por consiguiente la falta de alimentos.


[1] DUMA: Asamblea Legislativa

Moscú, 20 de diciembre de 1916.

I

En las calles de todo el imperio reinaba el desorden y una tensa calma, como la que reina dentro de una caldera al que se le inyecta aire cada vez más denso y caliente hasta que sin aviso previo explota con un ensordecedor bramido dejando a su alrededor caos y destrucción.

La fe en el régimen y la monarquía de los aristócratas y del pueblo por igual estaba a punto de tocar fondo. La sensación de la gente de que la Zarina Alejandra minaba los esfuerzos de los rusos en la guerra era casi una certeza. Muchos creían que ejercía de espía para los alemanes ya que Alejandra era una princesa de origen alemán. Otros, pensaban que había espías alemanes por todas partes. La mismísima hermana de la Alejandra fue objeto de atropello racista. Una turba de manifestantes atacó su carruaje mientras se desplazaba por las calles de Moscú, rompiendo los vidrios del carruaje e hiriéndola.

Por otra parte, la aristocracia estaba terriblemente perturbada por los escándalos que rodeaban a Rasputín y sus extrañas relaciones con las mujeres de la corte. Se decía que dormía con toda San Petersburgo. Los rumores de su enigmática relación con la Zarina no habían disminuido, todo lo contrario, se decía que eran amantes.

La aristocracia se sentía consternada porque pensaba que Rasputín gobernaba sobre el Zar, desde la cama de la Zarina. ¡Un monje degenerado y una demente trastornada hilaban los filamentos del imperio! Además, corrían otros rumores en torno a Alejandra, al parecer algunos de sus sirvientes habían hecho correr la voz de que la Zarina se drogaba constantemente. Esto había enardecido aún más a algunos aristócratas, entre ellos, al esposo de la prima del Zar, quien había llegado a la conclusión de que debían eliminar la mala influencia de la pareja real como el fin de salvarlos de ellos mismos y sus malas decisiones.

 A estas alturas, toda Rusia estaba alineada contra el monje. Toda la aristocracia sabía que la pareja de emperadores era completamente incapaz y negligente, pero se centran en Rasputín.

Los conspiradores hicieron planes para deshacerse del monje.

Uno de ellos lo llamó a su casa con una excusa ridícula y le sirvió un licor envenenado con cianuro. El monje se bebió toda la botella y no surtió el efecto deseado. Antes de que Rasputín abandonara la vivienda, el conspirador regresó con un arma y le disparó. Rasputín no murió, por el contrario, salió caminando de la casa con una herida en el hombro derecho y una sonrisa diabólica y triunfal. Rasputín en verdad estaba convencido de que era el ungido de Dios y que nadie podía asesinarlo. Cuando se alejaba, alguien más le disparó por la espalda, pero siguió su camino sin mostrar signos de desfallecer.  Al parecer, el desquiciado monje era un hueso duro de roer.

II

Alexander se ajustó el cuello del abrigo y llevó las manos enguantadas a los bolsillos mientras se desplazaba con pasos rápidos por las ajetreadas calles de Moscú. El dolor en la espalda había reaparecido con el gélido frío de mediados de invierno. La herida en el rostro le latía en un suave murmullo. Pensó que también era efecto de las bajas temperaturas. Había permanecido dos meses en un hospital de campaña y al fin regresaba a su ciudad natal al menos por unas semanas, antes de que sus obligaciones militares lo volvieran a mantener alejado.

La situación en la ciudad no era diferente del campo de batalla. Los ánimos de los soldados estaban por los suelos, algunos oficiales se habían revelado y abandonado sus puestos. En la ciudad era más de lo mismo, las continuas manifestaciones que en un principio habían sido pacíficas, estaban adquiriendo ciertos tintes más violentos.

Las personas comunes, trabajadores y campesinos atestaban las calles, alzando fuertes clamores de protesta, enfervorizadas por líderes que pregonaban la necesidad de un gobierno por los campesinos y para los campesinos.

Ivanov trató de no adentrase en la masa de personas congregadas, para evitar ser engullido y a la vez pasar desapercibido. Tenía que llegar a su destino a como diera lugar, y pronto.

El característico sonido de los vidrios al romperse lo hizo detenerse y dar un respingo. Giró la cabeza a su izquierda con los ojos bien abiertos y observó a un grupo de hombres y mujeres que lanzaba piedras contra uno de los negocios apostados sobre la calle. El cartel sobre las amplias puertas de ahora vidrios rotos rezaba: “Sastrería de los Hermanos Sokolov”.

Uno hombre de prominente barriga, barba larga y blanca, y con una pronunciada calva intentó protestar, (Ivanov supuso que se trataba de uno de los “hermanos Sokolov”) pero de inmediato recibió un devastador gancho izquierdo. El hombre de la barba blanca emitió un chillido de dolor y de desagradable sorpresa mientras caía al suelo de bruces y no volvió a levantarse.

La turba ingresó al recinto mientras una mujer retrocedió, trastabilló con su propio pie y fue a parar al suelo. Un hombre escuálido casi cadavérico cuyos pantalones se agitaban como las velas de un barco en una tormenta, pasó sobre ella rumbo a la sastrería. Alexander quiso intervenir, pero su lado analítico le advirtió que no tenía oportunidad contra tanta gente, además no podía dejar de lado su objetivo.

Siguió caminando muy a su pesar, mientras los manifestantes, que para Ivanov no eran más que delincuentes, vandalizaban la sastrería y se preparaban para hacer lo mismo con la tienda de abarrotes de al lado.

Las cosas se salían de control cada vez más rápido y el gobierno no tenía la capacidad de hacer algo al respecto.

Alexander cruzó la amplia calle empedrada con grandes zancadas en dirección opuesta a los desmanes y caminó por el arcén por unos minutos para luego internarse en un estrecho corredor flanqueado por un par de edificios.

El pasadizo se encontraba en penumbras y parecía un cubo de hielo. Las paredes de los edificios vecinos impedían el paso de los rayos del sol a perpetuidad. Tras ocultarse en un recoveco Alexander se caló la gorra hasta las orejas en un intento por mantener el calor. El vaho producto de su respiración se esparcía en el helado aire como una nubecilla blanca y espesa.

Estaba preocupado, más temprano en la mañana, había tratado infructuosamente convencer a sus padres de que abandonaran Moscú y buscaran refugio en algunos de los países aliados. Por el contrario, su padre no tenía intención alguna de abandonar sus posesiones a manos de criminales y delincuentes, según sus palabras textuales.

Dejó atrás el estrecho pasadizo y observó carteles pisoteados en el suelo con arengas en contra de los emperadores.

“Queremos pan, abajo el Zar” decía uno en letras grandes, rojas y chorreantes.

“Alejandra es una traidora” rezaba otro.

“Fuera el Zar y la aristocracia” decía el último.

Más adelante, encontró un puente, del otro lado podía ver una serie de calles adoquinadas. Siguió andando, dominado por la imperiosa necesidad de llegar de una vez por todas a su destino.  Pronto, se alejó lo suficiente de la ciudad internándose en un sendero de piedras extraídas de las canteras de los Urales, bordeada de venerables y desnudos árboles muy variados, como olmos y robles que parecían observarlo con curiosidad. El viento arrancaba extraños sonidos al atravesar sus largas y retorcidas ramas mientras silbaba violentamente. Uno de los árboles se estremeció como si fuera a desprenderse del suelo.

Subió una resbaladiza rampa de piedras con grandes pasos cada vez más apresurados mientras el neblinoso y gélido paisaje lo envolvía con sus largos tentáculos.  A lo lejos se presentía el último fulgor del atardecer. Las sombras se hicieron más densas a su alrededor, porque la noche estaba muy cerca.

 Estaba cansado y tenía grandes ojeras, pero al mismo tiempo sentía una especie de felicidad absoluta. Avanzaba nervioso, consciente de que el corazón le latía con más fuerza y más rapidez que de costumbre.

Un poco más adelante divisó una colina, con un gesto admonitorio se reprendió a si mismo por haber dejado a su corcel en casa y decidirse a hacer el recorrido a pie. Pero después de meditarlo decidió que era lo mejor. No quería levantar sospechas ni llamar la atención de nadie.

Subió la cuesta con paso firme, lo que lo hizo entrar en calor con rapidez. Cuando coronó la cima observó una larga y sinuosa ladera que descendía desde la colina hasta el lugar que buscaba. Bajó por el sendero y se detuvo frente a la escalinata del palacio de veteadas columnas de mármol.

 Vaciló por un momento, su corazón seguía latiendo con fuerza y no precisamente por el esfuerzo físico que le había requerido llegar hasta allí. Reunió coraje y llamó a la puerta.

El ama de llaves que parecía cargar con todos los años del mundo, le abrió la puerta y lo escrutó con sus pequeños y curiosos ojos. Ivanov pensó que a estas alturas ya no le importaba mucho lo que pensaran los demás. Todos estaban ocupados con la crisis política y económica como para prestar atención a rumores mal intencionados.

La anciana lo acompañó a la biblioteca y le pidió que esperara allí. El lugar era mucho más pequeño de lo que él se imaginaba. Estaba revestido de estanterías repletas de incontables y valiosos volúmenes. Iluminado por arañas colgantes traídas especialmente de Paris. Una alfombra turca cubría el suelo de mármol. El escritorio hecho de caoba o alguna otra madera muy costosa, parecía demasiado grande para el espacio que ocupaba. Sobre el escritorio se alzaba una lámpara con una pantalla de cristal. Por detrás, cortinas purpuras engalanaba el inmenso ventanal. A la derecha de la puerta había un aparador victoriano con cinco licoreras también de cristal dispuestas ordenadamente, dos de ellas contenía líquidos oscuros, las demás contenían líquidos trasparentes. Alexander no supo decir que eran, pero presentía que se trataba de vodka y tal vez escoses. Al otro lado de la estancia una increíble chimenea recubierta con mármol esculpido ardía con llamas crepitantes. Por encima de la chimenea, se podía apreciar el escudo de armas del barón. Emitió un destello de luz azul por unos segundos y un chisporroteo como si se tratara de una descarga eléctrica.

 De pronto sintió que se le formaba un tenso nudo en el estómago. No tenía idea de cómo le comunicaría a ella una decisión de tan enorme trascendencia.

Enfiló el camino hacia la chimenea mientras se sacaba el gorro y los guantes. Luego acercó a ella las manos para calentarlas. Junto a la chimenea, un diván de terciopelo purpura parecía esperar a que la dueña de casa reposara en ella.

Impaciente, paseo la mirada a su alrededor, por aquella extraña estancia que no se parecía en nada a la baronesa, por el suelo de mármol, por la alfombra que el barón adquirió en uno de sus tantos viajes, por el techo policromado y por el escudo sobre la impresionante chimenea.

Un ruido procedente el gran ventanal lo sacó de sus cavilaciones. El viento gélido de la noche debió hacer resonar la madera.

Al mismo tiempo, la puerta de la biblioteca se abrió con un chirrido metálico, como protesta de los desgastados goznes de hierro y a la falta de una buena lubricación.

Tatiana se quedó parada en el umbral de la puerta enmarcada por la luz de la gran araña de cristal que colgaba detrás de ella. Llevaba los ojos bien abiertos y los labios separados, impresionada con la inesperada presencia. Tardó unos segundos en poder reaccionar y cuando lo hizo levantó las dos manos en un gesto de “No puede estar pasando”. En seguida, la vio acercarse y el pulso de Ivanov se aceleró.

Alexander la sostuvo con gentileza acunándola mientras ella hundía su rostro en el cuello de su amante. Tenerla entre sus brazos era una sensación fascinante, apasionante y plena.

Tatiana se aferró a Ivanov y empezó a sollozar.

_Shh preciosa, pensé que te daría gusto verme_ dijo Ivanov con ternura en la voz.

Tatiana levantó la mirada y se restregó los ojos con el dorso de una de sus manos.

_Lo siento_ dijo con una sonrisa vacilante_ claro que me da gusto verte.

De inmediato, la sonrisa desapareció y su mirada se transformó. Levantó la mano y paseó la yema de sus dedos por el rostro de Alexander recorriendo la cicatriz con expresión consternada.

Ivanov le sonrió con dulzura.

_Se ve peor de lo que es_ dijo mientras sus ojos azules la observaban con una desbordante admiración.

_No puedo imaginar siquiera por lo que has pasado_ dijo con la voz entrecortada mientras las lágrimas volvían a correr por sus mejillas.

_Vamos, no te pongas así, estoy aquí contigo ahora_ contestó enjugando las lágrimas de la baronesa.

En ese momento, Tatiana se percató de la cicatriz en la palma de la mano de Ivanov. Emitió un suspiro pesado y volvió a acariciar el rostro de su amante.

_El médico me aseguró que la cicatriz irá desapareciendo con los años, no ha sido muy profunda.

_ ¿Te duele? _ preguntó ella con ojos acongojados.

Ivanov sacudió la cabeza y le dedicó la mejor de sus sonrisas.

_No, solo me escose un poco cuando hace mucho frío_ contestó.

Ella asintió en silencio y se hundió en los ojos de Alexander. Había rezado todas las noches pidiéndole a Dios que lo regresara sano y salvo. Luego de meses de zozobra y angustia lo tenía de regreso así fuera solo por aquella noche.

Su relación con Alexander era para la baronesa algo vagamente parecido al amor. Aunque ella se conformara con lo que él podría darle, hubiera entregado lo que fuera por retroceder el tiempo y conocerlo de nuevo sin el lastre de ser una mujer casada y unos años mayor que él.

Alexander se deleitó los ojos con la completa perfección que tenía frente a él. Siempre supo que Tatiana era una mujer hermosa, pero los años solo habían pulido su belleza, hasta convertirla en una rara y brillante joya.

 Acarició su pelo cobrizo y ondulante mientras ella lo miraba con ojos suplicantes. Todos los recuerdos deliciosos tanto como imperecederos acudieron a la mente del capitán Ivanov y deseó hacerla suya en ese instante. Su interior parecía una enorme hoguera en donde crepitaban sus paciones, pero debía contenerse y hablar con ella.

Le acarició el rostro, se inclinó y la besó en los labios suavemente. Poco después, se separó de ella.

_Necesito hablar contigo, es muy importante_ dijo él mientras su ceja izquierda se remarcaba en una línea de preocupación que Tatiana conocía muy bien.

_ ¿Qué sucede? ¿Tiene algo que ver con tu esposa y tus hijos?

Galina había dado a luz a su segundo hijo mientras Alexander estuvo convaleciente en un hospital de campaña.

Alexander se encogió levemente de hombros. Tenía mucho que ver, aunque no le gustara hablar de su familia con Tatiana.

_ El imperio se ha convertido en un terreno muy escabroso para todos, pero en especial para los aristócratas y los soldados del Zar_ dijo Alexander_ Estamos al borde mismo de la conspiración.

Se acarició la barbilla buscando las palabras exactas para explicarle a ella la situación al mismo tiempo que se paseaba de un lugar a otro de la estancia. Sus pasos se oían amortiguados sobre la alfombra.

Tatiana esperó pacientemente a que él se explicara.

_La mayoría de los aristócratas están en desacuerdo con el gobierno del Zar_ prosiguió con voz grave.

_Lo sé, culpan a Rasputín, hay rumores persistentes de que influye en las decisiones del Zar. He oído que han intentado asesinarlo para evitar que siga manejando a la pareja real_ contestó ella _ están convencidos de que las cosas mejorarán cuando el monje esté muerto.

_Hoy hallaron a Rasputín congelado bajo el hielo del río Malaya Nerka. Su cuerpo flotaba debajo de una capa de hielo con un disparo en la frente_ dijo Alexander.

Tatiana lo miró sorprendida.

_Le amarraron los pies_ prosiguió_ tenía los brazos extendidos sobre la cabeza.

_Eso significa que el gobierno tiene una segunda oportunidad para enmendar las cosas sin la influencia perniciosa del monje_ contestó ella.

Alexander sacudió la cabeza de lado a lado.

_Eso mismo opina mi padre, pero no estoy de acuerdo. Tal vez la aristocracia crea que las cosas mejoraran sin Rasputín, pero lo importante es lo que piensen los campesinos y trabajadores. A ellos les tiene sin cuidado el monje, ellos están hartos del Zar, sus políticas con respecto a la guerra y la crisis económica por la que atravesamos_ explicó Ivanov rascándose la cabeza cavilando.

Tatiana lo observó en silencio por unos segundos y luego lo animó a que prosiguiera.

_Para la gente común, la guerra se está volviendo cada vez más impopular. La crisis económica hace que escasee la comida, se raciona incluso el pan, la gente está muriendo de hambre_ dijo sin dejar de moverse de un lado a otro. Su voz reflejaba la misma tensión que su rostro. _Para ayudar a la guerra, hombres y mujeres por igual trabajan en condiciones inhumanas y el invierno hace la vida aún más insoportable.

A medida que Alexander hablaba, Tatiana pensaba que el Zar había sembrado una situación de caos y destrucción en el imperio que se asemejaba mucho a la espuma de las enfurecidas olas de un alborotado océano.

_ Las huelgas en Petrogrado[1] tienen un efecto de bola de nieve, hay miles de trabajadores aglomerados en las calles. Están decididos a utilizar la revolución como única forma de cambiar sus destinos. Hay docenas de facciones cada una de ellas con motivaciones distintas. Entre ellas hay diferentes niveles de extremismo.

Alexander se detuvo y fijó su mirada en Tatiana. Llevaba una expresión resuelta como si viviese en el futuro y no en el aquí y ahora. Tenía el semblante de un digno soldado del Zar, presto para el combate.

Una expresión de alarma se asomó a los ojos de la baronesa. Nunca había visto tan preocupado a Alexander y aún no acababa con su relato.

_ ¿Qué es lo que tratas de decir? _ preguntó algo temerosa de la respuesta que iría a recibir.

_En el lado más radical de todas estas facciones revolucionarias están los bolcheviques liderados por Lenin. Tiene la loca idea de que la clase trabajadora debe gobernar.

_Eso significaría que…_ dijo la baronesa y dejó la frase inconclusa cuando la sola idea se le hizo inconcebible.

_Significaría la aniquilación de la familia real, encabezada por el Zar_ dijo Alexander terminando la frase por Tatiana.

La baronesa lo observó a todas luces sorprendida y no de la mejor manera. Todo lo que oía le parecía inverosímil y aún no había oído nada.

_En todo el imperio, el resentimiento hacia el Zar se hace más grande y aunque en cierta forma es noble albergar las esperanzas de que el pueblo gobierne, en la práctica sería la perdición para el imperio. Las masas de trabajadores y campesinos en su mayoría no tienen la menor idea de cómo administrar o gobernar. El imperio ruso es de un valor incalculable que se destruiría en poco tiempo si se deja su gerencia en manos de gente incapaz.

_El Zar no ha hecho un mejor trabajo de todas formas_ respondió Tatiana.

_Lo sé, pero él tiene derecho a gobernar después de todo_ contestó Alexander.

_Aun no entiendo a dónde estás queriendo llegar_ dijo la baronesa.

Alexander tomó aire y lo retuvo en sus pulmones por unos segundos para luego expulsarlo sonoramente.

_Me llevaré a Galina y a los niños a Paris y quiero que tú también salgas de Moscú_ dijo con precaución no tenía idea de cómo ella reaccionaría.

Tatiana se dejó caer pesadamente en el diván purpura inmediatamente después de oír a Alexander.

Alexander se sentó junto a ella y tomó su mano derecha entre las suyas.

_ ¡¿Te vas a París?!_ dijo ella completamente confusa y consternada.

_No, no me voy a Paris, voy a llevar a mi familia a Francia porque estoy seguro de que el imperio se viene abajo en poco tiempo. Por favor_ agregó en tono suplicante_ necesito que salgas de Moscú. Temo por tu seguridad.

Tatiana se quedó en silencio, estaba tratando de asimilar lo que Ivanov le estaba diciendo.

_No puedo irme_ contestó ella después de meditarlo_ ¿A dónde iría?

_ Podrías ir a Paris_ aventuró Ivanov vacilante.

_ ¿A Paris? ¿Con tu esposa y tus hijos? _ preguntó con una sonrisa que a Alexander le pareció algo sarcástica. Tenía que comprenderla, Tatiana tenía suficientes motivos para sentirse incómoda.

_Por favor, Tati, en verdad, esta situación no mejorará, se pondrá peor.

_ ¿Tus padres también se irán?

Ivanov pareció contrariado.

_No, no pude convencer a mi padre, el cree que las cosas mejoraran, pero yo estoy seguro de que no será así, todo lo contrario.

Hablaba con absoluta certidumbre como si poseyera una bola mágica en donde ha visto el futuro.

Tatiana pareció sopesar sus opciones. Tenía una inexplicable pero inquebrantable fe en Alexander y esta no sería la primera vez que dudara de él. Ivanov era poseedor de una notable percepción e inteligencia lo que lo hacía razonable y a la vez persuasivo.

_ ¡Tati, por dios! _ dijo desesperado cuando ella permaneció demasiado tiempo en silencio.

Tatiana levantó la mirada al oírlo atormentado.

_No sé lo que haría si te pasara algo_ dijo en tono desesperado.

Tatiana le acarició la mejilla en donde llevaba la cicatriz. Sus desesperadas palabras, inmersas en una capa de extrema gravedad y franqueza tan conmovedoras, le demostraron con toda certeza lo importante que ella era para él.

_Está bien_ contestó al fin_ pero necesito algún tiempo para vender todo.

Alexander suspiró, agradeció que la sensatez se impusiera en ella, su alivio fue visible. Sintió como si una roca pesada cayera rodando de su pecho.

_Tati, no aceptes dinero ni bonos o si lo haces debes compra de inmediato joyas o barras de oro.

Tatiana lo miró sorprendida y a la vez extrañada.

_En poco tiempo, la moneda rusa no servirá para nada_ se explicó.

_ ¿Estás seguro de esto? _ preguntó.

_Se que parece demasiado, pero necesito que confíes en mí.

_Confió en ti_ contestó ella.

Alexander pareció relajarse. Se acercó a ella y la besó en los labios para luego mirarla fijamente a los ojos.

_ ¿Te quedarás? _ preguntó Tatiana en tono vacilante.

_Si me lo permites_ respondió.

Ella le dedicó una sonrisa encantadora.

_Voy a despedir al ama de llaves, prefiero no tener a nadie en casa_ dijo mientras se levantaba.

Alexander asintió, su corazón empezó a acelerarse al pensar que pronto la haría suya.

Tatiana salió de la biblioteca y Alexander permaneció atento oyendo el eco de los suaves pasos de la baronesa, mientras cruzaba el enorme recibidor vacío de la planta baja y se dirigía a la cocina.

Minutos después, regresaba con pasos apresurados y las mejillas sonrojadas. Alexander se acercó a ella y la rodeó entre sus brazos.

_Deberías estar con tus hijos. Apenas has visto a Iván, y estoy segura de que Yuri te extraña.

_Yuri sabe que soy su padre, pero soy un extraño para él. Iván apenas tiene dos meses lo que necesita ahora es a su madre.

Se acercó a ella con una expresión de deseo pintada en su rostro.

_Lo que necesito ahora es a ti_ dijo y volvió a besarla al principio con suavidad, pero pronto profundizó el beso.

Cuando se separaron, subieron la impresionante escalera, acompasados por el eco de sus tacones y los latidos de sus corazones.

Alexander la desvistió despacio, y la tendió en la cama. Tatiana se acurrucó confortablemente sobre su atlético pecho y acarició cada una de las cicatrices que le había dejado la guerra.

El frío arreciaba afuera, el viento aullaba desconsolado contra las ventanas de la habitación, pero ninguno de los dos se percató de ello inmersos en la pasión que los consumía por dentro.


[1] Petrogrado es el nombre que recibió San Petersburgo durante la Primera Guerra Mundial