Moscú, junio de 1915

I

Alexander montó su caballo y cabalgó internándose en la cálida noche de verano. Los faroles abrían dolorosos surcos en la noche, como si al despojarle fragmentos pequeños de oscuridad pudiera retrasar el daño que minaba a los otrora impresionantes edificios de la ciudad, la guerra tenía largos tentáculos y más temprano que tarde, tocaba a todo y a todos. El corazón le palpitaba deprisa, se sentía inquieto e impaciente. El aire tibio de la noche acariciaba su mejilla. La luz plateada de la luna iluminaba tenuemente su camino. Levantó la mirada y observó el cielo centelleante de estrellas.

 Suspiró pesadamente, mientras invitaba a su caballo a galopar, necesitaba despejar la mente, y salir de la ciudad lo antes posible, olvidar por un momento la guerra que se libraba lejos de Moscú y a la que dejó atrás mientras regresaba a conocer a su hijo Yuri que acababa de cumplir cinco meses. ¡Cinco meses!, pensó. El tiempo transcurría inexorable y la guerra no daba indicios de acabar.

Sonrió ante el grato recuerdo del pequeño Yuri en sus brazos. Tenía los ojos azules como los suyos, con un brillo especial en ellos, una sonrisa encantadora, pero sobre todas las cosas era un niño saludable y feliz, eso era lo más importante.

Galina, era harina de otro costal. Desde que la conoció le pareció una mujer conflictiva, angustiada y algo perturbada. Después de casarse con ella comprobó sus sospechas, pero tuvo que reconocer que su esposa tenía motivos suficientes para sentirse como se sentía.

Galina, conocía el secreto de Alexander, su relación con Tatiana. Lo enfrentó el día de su boda, poco antes de que dejara el lecho conyugal en busca de su amante. Alexander la tranquilizó asegurándole que jamás faltaría a sus deberes como esposo y como padre si alguna vez llegaban a tener hijos. Al mismo tiempo, se planteó sus opciones que eran solo dos: decirle la verdad o andar el resto de su vida con evasivas. No le costó mucho decidirse, era un hombre íntegro y veraz. Le dejó en claro que su relación con Tatiana era un asunto que solo le concernía a él y que no dejaría que Galina interviniera en ello.

Esto supuso un gran golpe para Galina, quien suponía que Alexander dejaría a su amante una vez que estuviera casado. Aquella terrible certeza de que Alexander nunca abandonaría a Tatiana sumado a la seguridad de que jamás la amaría había endurecido el corazón de Galina, transformando su carácter de por si áspero en cáustico y colérico.

Trató de no pensar en Galina, no quería sentirse culpable por ella, le advirtió que se casaba con ella debido a la insistencia de su padre.

Obligó al caballo a detenerse, a pocos metros se iniciaba el bosquecillo que rodeaba el palacio que buscaba. Decidió amarrar el caballo en uno de los árboles, no quería alertar a nadie de su presencia.  Caminó sigiloso hasta la puerta de servicio, se aseguró de que no hubiera nadie e ingresó por la cocina. Todo estaba a oscuras, conocía la mansión a la perfección, no era la primera vez que estaba allí, ni la primera vez que entraba como un delincuente.

Rodeó la gran mesa de madera en donde cuatro cocineros y sus ayudantes solían preparaban los grandes festines a los que estaba acostumbrado el barón. El fogón no estaba encendido, señal de que todos se había ido a dormir. Pensó que con la crisis económica por la que atravesaba el imperio lo más probable era que apenas quedara uno de aquellos cocineros.

Dejó atrás la cocina y se dirigió a las escaleras que dominaban la entrada del gran recibidor. Se encontraba en penumbras, solo un par de candelabros estaban encendidos.  Subió sin hacer ruido sujetándose de la impresionante barandilla en busca de la habitación principal. Su corazón volvió a acelerarse cuando estuvo frente a la puerta que buscaba. Estaba nervioso, pero a la vez expectante. Llevaba fuera de Moscú demasiado tiempo, casi un año y a pesar de que nunca perdieron el contacto, no estaba seguro de que ella quisiera verlo.

Se detuvo frente a la puerta por unos segundos y exhaló con fuerza, antes de decidirse a abrirla. Entró con cautela, la habitación estaba a oscuras, sabía que no la encontraría, pero a pesar de ello se sintió algo defraudado. Sacudió la cabeza para eliminar aquella sensación desagradable de su mente, ella no podía adivinar que él estaba en Moscú, esperándola. De seguro llegaría de un momento a otro. Según le había explicado en sus cartas, se pasaba la mayor parte de la tarde prestando ayuda como enfermera en uno de los tantos hospitales improvisados que se habían habilitado para los soldados.

De inmediato, hubo algo que llamó su atención y a la vez lo sorprendió. En la pared, justo sobre la cama, había un cuadro grande, de colores festivos, una increíble muestra del realismo de una singular escuela, pero primaria de algún lugar del nuevo mundo, pintado por alguien con inmenso talento, pero poca instrucción, pensó. Mostraba el bosque con una cascada de agua al fondo, bajo el cielo azul interrumpido por al menos una docena de impactantes aves multicolores en pleno vuelo que lo transportó por un instante a ese inmenso mundo desconocido para él, como si le permitiera percibir una pequeña parte de la historia de aquel maravilloso lugar.

Cerró la puerta y se acercó al cuadro, lo observó con atención mientras se pasaba una mano por la insipiente barba. Suspiró cansinamente, recordando a los hombres que había dejado en el frente, a los que había perdido y a los que estaban perdiendo las esperanzas. Era difícil mantener la moral alta en las terribles condiciones en que se encontraban. El cuadro parecía la tierra prometida, un lugar en donde los hombres cansados y desesperanzados podían encontrar al fin paz.

De pronto, oyó el inconfundible sonido de los suaves pasos de Tatiana y su corazón dio un salto. La puerta se abrió con un chirrido. Una figura espigada y esbelta entró a la habitación en penumbras. La silueta emitió un gemido de sorpresa y temor al verlo. Frunció el ceño y abrió los ojos de par en par mientras daba dos pasos vacilantes. Observó incrédula al hombre que tenía delante, plantado frente al cuadro con los brazos cruzados sobre el pecho y una alegrísima sonrisa en sus labios. Un intenso haz de luz plateada lo iluminaba, confiriendo a su rostro una apariencia algo surrealista, y por un instante pensó que su desesperado anhelo estaba jugando con su imaginación.

Alexander mantenía aquella sonrisa en sus labios, pero ella no pudo reaccionar, estaba atónita e incapaz de pronunciar palabra.

_Tati, al fin llegas_ dijo con voz profunda que hizo que la piel de la baronesa se le escarapelara.

_ ¡Alex! _ pudo articular mientras corría a los brazos de Ivanov.

 Alexander se permitió fijarse un momento en su perfil, en la curva que describió su cabello cobrizo al escurrírsele hacia la mejilla mientras corría hacia él y en la forma sexy con que lo apartó de su rostro. Llamó su atención, además, el balanceo del colgante en forma de M en su cuello.

Alexander la rodeó en sus brazos mientras hundía su rostro en el cuello de ella. Aspiró su esencia cerrando los ojos, disfrutando de aquel momento tan añorado

_Tati, preciosa, no tienes idea de cuánto te he extrañado_ dijo con la voz algo diluida por la emoción. La ternura en su voz fue sobrecogedora para ambos.

Tatiana hundió su rostro en el pecho del teniente, tenía un nudo en la garganta y los ojos se le habían llenado de lágrimas. No pudo detenerlas, pronto estaba sollozando, la angustia emocional a la que estuvo sometida por tanto tiempo la hizo sucumbir.

_ ¡Tati, Tati!, ¿qué sucede, preciosa? _ preguntó Alexander preocupado mientras se separaba de ella solo un poco para poder verla a los ojos.

Ella sacudió la cabeza de un lado a otro, no podía emitir palabra. Alexander le acarició el rostro y secó sus lágrimas.

_Nada_ dijo al fin_ ¡me alegra tanto verte aquí! _ agregó con expresión de alivio y la chispa de emoción en sus ojos sugirieron que verlo era como si una gran roca cayera de sus hombros.

Alexander volvió a sonreír mientras la observaba fijamente con los ojos brillantes. Aquella sonrisa iluminó el corazón de la baronesa. Alexander volvió a abrazarla, cobijándola entre sus brazos. La mantuvo así por un par de minutos y luego volvió a fijar su mirada en los ojos de la baronesa. No esperó a que se estabilizara el huracán de emociones que sacudía su interior. Se inclinó despacio y tomó su boca en una combinación de intensidad y gentileza, a la vez que de adoración y pasión. Era emocionante dejarse llevar y sentirse libre por unos momentos para disfrutar de ella. Los besos pronto se volvieron apasionados y frenéticos, Alexander quería llenarse de su sabor.

Tatiana jadeó sobre la boca de su antiguo amante, su respiración pesada llenó la habitación como una cacofonía de placer. Alexander se separó un poco y la miró con ojos ardientes y una sonrisa seductora. Sintió los senos de Tatiana y el calor de su cuerpo a través de la holgada camisa que llevaba, ella desprendía una fragancia fresca y natural. Alexander se estaba volviendo loco, la necesitaba. Los días en las trincheras se hacían eternos y las noches insoportables sin ella. Ahora estaba a su lado y no quería seguir esperando.

La levantó en brazos y la llevó a la cama, la desvistió despacio, no debía apresurarse, quería recordar cada detalle, cada sensación, queda expresión de su rostro. Recorrió suavemente con las yemas de sus dedos su sedosa piel. Ella se estremeció y sintió un agradable cosquilleo en el bajo vientre.

Ivanov quería recordar las curvas de sus senos, la suavidad de su piel, los trazos de su sexo y el sabor de su cuello. Se detuvo de pronto en sus ojos, la miró con adoración y con una necesidad absolutamente imprescindible. Sus ojos estaban llenos de una convicción casi dogmática, estuvo a punto de susurrarle todos sus sentimientos más profundos, pero el temor lo detuvo, el temor de que ella pensara en lo absurdo e insensato de aquellos sentimientos. Pero ella pudo leerlos en aquellos ojos azules mientras él se hundía en ella, reclamándola.

Cuando ella se quedó dormida entre sus brazos exhausta, examinó los ángulos relajados de su rostro, iluminado por un rayo de luna que se colaba por el ventanal. Se sintió completo de nuevo, pero aquella sensación no tardó en desaparecer, dando paso a la angustia y a la desagradable sensación de pérdida muy conocida para él. La sola idea de separarse de nuevo de Tatiana se le hizo insoportable. Se frotó la frente, nervioso, intentando borrar aquel pensamiento. Tatiana se removió sobre su pecho, llevó una mano a su cuello y acarició el colgante, pronto abrió los ojos.

_ ¿Qué sucede? _ preguntó al ver cierto desasosiego en los ojos de su amante.

_Nada, preciosa_ respondió Alex con aquella sonrisa ladeada que Tatiana amaba tanto.

Tatiana se incorporó en la cama observándolo con detenimiento.

_ ¿Por qué no me dijiste que vendrías? _ preguntó.

_Quería darte una sorpresa_ contestó_ espero que no te haya molestado encontrarme aquí_ agregó un poco preocupado.

_No, desde luego que no_ contestó ella con una bella sonrisa_ pero me hubiese gustado estar preparada para cuando llegaras.

Alexander levantó una mano y le acarició el rostro. Tatiana emitió un suave suspiro mientras cerraba los ojos y se hundía en la mano que la acariciaba.

_ ¿Cómo está tu familia? _ preguntó ella sin abrir los ojos. No quería hablar de ese tema, pero pensaba que era rudo no preguntárselo.

_Todavía no he visto a mis padres, pero Galina y mi hijo están bien_ contestó sin dejar de acariciar su rostro.

Tatiana se obligó a abrir los ojos y mirarlo. Sonrió lo mejor que pudo, e intentó cambiar de tema de inmediato.

_ ¿Cuánto tiempo te quedas?

_Dos semanas_ contestó, parecía resignado y algo triste.

Ella emitió un suspiro pesado y sonoro, pero fue a penas consciente de ello. Alexander en cambio, presintió que algo la preocupaba. Se incorporó a su lado y tomó una de sus manos entre la suya.

_ ¿Tenías otros planes? _ preguntó él, en su voz se oía una leve nota de inquietud.

_No, desde luego que no. Pero me gustaría saber cuáles son los tuyos_ preguntó esperanzada.

_Quiero pasar el mayor tiempo posible contigo_ contestó Ivanov con los ojos brillantes.

Ella le dedicó una sonrisa de alivio.

_ ¿Qué hay de tu familia? _ preguntó bajando la mirada.

_Puedo pasar el día con mi hijo y las noches contigo_ contestó con una mirada cargada de deseo.

_No creo que a tu esposa le guste mucho que pases las noches fuera de tu casa_ contestó ella y se arrepintió de inmediato, sonaba a reproche y a celos mal disimulados.

_No me importa mucho lo que ella piense_ contestó Alexander_ sabía a qué atenerse cuando se casó conmigo.

Tatiana no podía dejar de reconocer que se sentía muy bien oírselo decir, pero eso no cambiaba el hecho de que ella seguía siendo su amante y Galina su esposa. Y que no era correcto lo que estaban haciendo, aunque muy poco le importaba con tal de tener la oportunidad de estar con Alexander.

_No está bien lo que hacemos_ dijo ella después de sopesar las cosas por unos segundos.

_No quiero que te sientas mal con esto_ contestó Alexander_ es lo último que quiero, en verdad.

_Ella vino a verme poco después de que naciera Yuri, me pidió que dejara de verte_ dijo Tatiana algo vacilante.

Alexander la miró con sorpresa y una marcada indignación.

_ ¿Vino a verte? ¿Por qué no me lo dijiste antes?

_No quería que tuvieras otra cosa de que preocuparte, además, ¿Qué podrías haber hecho?

Alexander se levantó de la cama parecía enfadado. Se paseó de un lado a otro de la habitación.

_ ¡No tenía derecho a hacerlo! _ dijo bastante sulfurado.

_Está en su derecho_ contestó Tatiana_ es tu esposa yo solo soy tu aman…

Alexander la interrumpió de inmediato con una mirada severa.

_No te atrevas a decirlo_ dijo dedicándole una mirada de advertencia_ eres la mujer más importante de mi vida, eso es lo que eres.

En aquellas palabras, Tatiana percibió ondas emociones contenidas, los ojos se le llenaron de lágrimas, se sentía susceptible y confundida, los sentimientos que la embargaban eran avasalladores pero contradictorios. Por un lado, sabía que debía dejar de ver a Alexander, como su esposa le había exigido, pero por otro lado se le hacía absolutamente imposible imaginar su vida sin él.

_Sé que soy importante para ti, tú lo eres para mi_ contestó ella_ pero Galina tiene derecho a exigirme que me aleje.

La tristeza acompañó cada palabra que dijo a pesar de la forzada sonrisa que esbozaban sus labios.

Alexander se frotó la frente antes de contestar, como si quisiera despejar algún pensamiento difícil o como si intentara encontrar las palabras adecuadas para que ella entrara en razón.

_Galina es mi esposa, sí, pero ella supo desde el día en que nos conocimos que no la amaba y que nunca lo haría, no tiene nada que exigirte.

Tatiana hizo un gesto de asentimiento que no convenció mucho a Alexander.

_Pienso pasar todas las noches contigo_ agregó mientras ponía los brazos en jarra y la miraba fijamente.

Tatiana pensó que se vía arrolladoramente apuesto, mucho más que cuando lo conoció. Había madurado, se había convertido en todo un hombre. Allí parado frente a ella completamente desnudo se veía irresistible y con una personalidad alucinante y portentosa. No podría alejarse de él, aunque quisiera, tenía que reconocer que se conformaría con lo que él pudiera darle, aunque se tratara solo de vagas promesas. Estaba enamorada de él, aunque sonara a locura. Enamorada de un hombre casado, con un hijo, mucho más joven que ella, pero esa era la realidad.

Se levantó de un salto, llevándose la mano al cuello y acariciando la joya, tenía la inveterada costumbre de llevarla siempre consigo. A Alexander no le pasó desapercibido aquel gesto.

_No quiero que discutamos por esto_ dijo ella mientras se situaba frente a él.

_Yo tampoco_ contestó él_ solo quiero que disfrutemos de los pocos días que tenemos para estar juntos.

Ella sintió, Ivanov tenía razón, tenían pocos días y se volverían a separar, no tenía idea por cuanto tiempo.

Alexander le acarició el rostro, luego bajó la mano hasta el colgante en su cuello.

_Lo sigues usando_ dijo.

_No pienso quitármelo_ respondió ella.

Aquellas palabras lo conmovieron profundamente. Pensó que tal vez no estuviera enamorada de él, pero de seguro era importante para ella.

Historias entrelazadas ( Fragmento)

Frente Occidental, marzo de 1915.

I

No tenían idea de qué hora era, solo que pasaba de la media noche. la falta de sueño y el cansancio abatía a las tropas. Caía una fuerte nevada que estaba convirtiendo el suelo de las trincheras en un inmenso lodazal helado y húmedo. La vida en las trincheras se había transformado en una prueba de resistencia humana, una batalla mucho más dura de la que estaban librando contra sus enemigos. Una gran prueba no solo física sino también psicológica. Muchos de ellos se sentían deprimidos, agotados y con ánimos apenas de vivir y seguir luchando. Lo único que los mantenía era la esperanza de volver a ver a sus familias nuevamente.

Aquellas zanjas clavadas en la tierra en forma zigzagueante, bordeados de sacos térreos, se habían convertido en el hogar de miles de soldados. Era el peor lugar del mundo, pero era lo único que los mantenía a salvo del ataque de artillería del enemigo.

La trinchera estaba protegida en la primera fila por alambres de púas, cortadores profundos y obstáculos que protegían a los soldados. En puntos estratégicos se apostaban centinelas y tiradores, lo cual hacía casi imposible alguna incursión enemiga.

La tonalidad lúgubre del Do sostenido menor se oía alto y claro a pesar de que el piano del general Beláivev se encontraba debajo de las trincheras en un refugio y puesto de guardia para oficiales, además de los almacenes. El motivo cadencial no ayudaba a elevar el ánimo de los soldados, pero ponía en alerta a los centinelas y a los tiradores. El preludio en Do sostenido menor del gran Serguéi Rajmáninov seguía su curso, mientras algunos de los soldados trataban de descansar sus adoloridos cuerpos en algunos de los pasadizos de comunicación entre las trincheras.

El ritmo del piano se aceleró, haciendo lo mismo con el corazón de los desalentados hombres que trataban de calentarse en improvisados fogones. La temperatura probablemente alcanzaba los veinte grados bajo cero y la nieve no pensaba darles tregua.

Alexander recorría las trincheras tratando de despejar la mente y el corazón. Llevaba una barba rubia muy larga y descuidada. Sus ojos brillaban intensamente y tenía los labios cuarteados por el frío. La guerra no era un buen lugar para mantener la buena apariencia. Levantó el cuello de su abrigo y se restregó las manos enguantadas tratando de hacerlas entrar en calor. Lo cual era difícil en un hueco del infierno como ese, bueno, si al infierno se le apagara el fuego y se transformara en una cueva blanca y gélida.

Tenía las botas metidas en el fango y lo amenazaban con llegarle a las rodillas. Se movía con bastante dificultad y lentitud. Estaba preocupado por los hombres, si pasaban demasiado tiempo en aquella zanja cubierta de agua y lodo, sufrirían de lo que los militares llamaban “pies de trinchera”. Era el inicio de la gangrena. Pensó en cortar algunos árboles y construir un camino con ellos sobre el fango. Pero era difícil abandonar la trinchera con el amanecer, cientos de proyectiles caían sobre ella durante el día. Se dijo que hablaría de ello con el general cuando este acabara la pieza musical.

Muchos de los soldados pensaban que la obsesión del general por su piano iba más allá de una extraña extravagancia, que rayaba en algún que otro desorden mental. Lo cual era bastante común en muchos soldados expuestos a situaciones inhumanas como aquella maldita guerra que no tenía cuando acabar.

Ivanov observó a tres hombres dormitando, sentados en el fango uno al lado del otro, sus rostros se veían pétreos y pálidos. Mal alimentados, mojados y embarrados, confinados en un lugar reducido y helado. El del centro emitió una tos seca y persistente. Ivanov suspiró descorazonado, tuberculosis, pensó de inmediato. Habían tenido varios casos de tuberculosis en el último mes y no había forma de detener la enfermedad.

El de la izquierda se rascaba la cabeza con ambas manos con ímpetu. Probablemente era el resultado de la infestación con piojos o pulgas, otros de los grandes problemas en las trincheras.

Observó al hombre de la derecha, bajó la mirada, distinguiendo un movimiento confuso, en zigzag de algo que podía haber sido una cola, pero se encontraba demasiado lejos como para asegurarlo, hasta que dos enormes ratas se dejaron ver con claridad. Intentaban subir por el torso del hombre. Alexander se movió lo más rápido que pudo para tratar de ahuyentarlas, pero el soldado despertó y trató de quitárselas con bruscos movimientos de sus manos. Los animales se escabulleron de inmediato por uno de los pasadizos, pero otro soldado alcanzó a una de ellas con su bayoneta. El animal quedó clavado como un pollo al asador. Su compañero logró huir a algún lugar más seguro.

Alexander pensó en la seguridad de los alimentos, había ratas por todas partes y era muy probable que los roedores contaminaran los suministros.

La interpretación del general terminó y Alexander supo que era hora de buscar al general. Pero antes, recorrió la primera fila de trincheras en donde un olor fétido en aire lo hizo dar un respingo. Eran los cadáveres en descomposición de muchos de los soldados que murieron al frente de las trincheras. Se tapó el rostro con el brazo derecho, mientras observaba a los centinelas muy cerca de él. No tenía idea de cómo hacían aquellos hombres para permanecer durante horas en sus puestos con semejante hedor.

Regresó sobre sus pasos y bajó al puesto subterráneo en donde se encontraba el general. Cuando ingresó por la improvisada puerta construida de finos troncos, se encontró con Andréi y Vlademir que sostenían una conversación casual con el general. Se cuadró delante de él haciendo el saludo militar, pero el general le hizo señas para que descanse.

Beliávev estaba sentado detrás de su piano con los antebrazos apoyados sobre la tapa que lucía algunos raspones y manchas de lodo, la pintura lucía algo deslucida. Sus compañeros utilizaban dos barriles vacíos de pólvora como asientos. Los tres hombres al verlo entrar en el reducido recinto que hacía las veces de enfermería, depósito, oficina y sala de concierto le pidieron que los acompañara.

_ Teniente Segundo Ivanov_ dijo el general acomodándose los lentes sobre la curvatura de su larga nariz_ ¿Por qué no nos acompaña? La noche está poco ajetreada debido al frío, esperamos el informe del teniente Arvakian, sobre su misión de reconocimiento, sabemos que pronto estará de regreso.

Alexander asintió mientras se acomodaba cerca a sus dos amigos que mantenían las manos dentro de los bolsillos de sus abrigos. Los ojos les brillaban, como si estuvieran afiebrados, parecían cansados e incómodos.

_General quería hablar con usted sobre la situación de los soldados_ dijo Alexander rascándose la barba.

De inmediato pensó que tal vez ya había caído presa de la infestación de los indeseados piojos.

_Adelante_ contestó haciendo un ademán con las manos.

_He hecho un reconocimiento completo de las trincheras, como me lo ordenó. El suelo ya no solo está húmedo, se ha convertido en un lodazal que amenaza con llegar a las rodillas_ explicó y guardó silencio por unos momentos esperando ver la reacción del general.

Beliávev le hizo un gesto con la cabeza para que continuara hablando mientras tomaba nota en el cuaderno de apuntes de estrategia operacional que yacía sobre la mesa tan sobrecogedoramente ordenada del general.

_ Se me ocurrió que podríamos aprovechar la oscuridad de la noche, cortar algunos árboles y construir con los troncos unos pisos provisionales, para evitar que los soldados se mantengan mojados. Hay que ser muy cuidadosos con los “pies de trinchera” _ dijo muy preocupado.

El general se levantó de la butaca y se acercó a Alexander y sus amigos con las manos cruzadas a su espalda y la mirada gacha como si sopesara la idea del Teniente Segundo. Enseguida levantó la mirada hacia Alexander.

_Si bien es una buena idea, estoy seguro de que es consciente de que estamos muy cerca de nuestros enemigos y que dejar las trincheras puede ser muy peligroso.

_Lo estoy general, pero tenemos que hacer algo o muchos sufrirán de gangrena muy pronto_ dijo observando a Andréi y a Vlademir alternativamente como si tratara de conseguir que sus amigos lo apoyaran.

_No creo que sea buena idea arriesgar a los soldados de esa manera, hace semanas que estamos paralizados, esperando ver quién de los dos da el primer paso y se decide a atacar de verdad. Por eso es importante la información que pueda darnos el teniente Arvakian.

_Señor no quiero faltarle el respeto, pero perderíamos a muchos soldados si las cosas empeoran, no solo está el problema de los “pies de trinchera” y la posterior gangrena, la humedad también afecta a los pulmones de los hombres. Hay muchos casos de gripe, pulmonía e incluso tuberculosis. El piso de madera ayudaría a que los soldados estuvieran más cómodos_ explicó Alexander.

_Disculpe general, ¿podría permitirme la palabra? _ interrumpió Andréi.

_Adelante_ lo instó el general.

_Podríamos salir mañana por la noche si la tormenta amaina e internarnos en el bosque detrás de las trincheras. Talar la mayor cantidad de árboles posibles y transportarlos hasta aquí. Construiríamos el piso durante el día_ dijo Andréi bastante animado.

_Señor, conozco un sendero que conduce a un centenar de árboles delgados que serían fáciles de cortar y trasportar. Están como a quinientos metros de distancia. Solo usaríamos serruchos. Los del otro lado de la trinchera no se enterarán están muy lejos. Además, aunque lo hicieran sus artillerías no nos alcanzarían_ dijo Vlademir.

El general observó a sus tres oficiales con una media sonrisa.

_Veo que tiene en quienes apoyarse Ivanov_ dijo mientras se volvía a ajustar los lentes sobre el puente de la nariz.

_Uno para todos_ dijo Andréi levantando la mano derecha extendida en el aire_ y todos para uno contestaron Alexander y Vlademir al unísono mientras juntaban sus manos con la de Andréi.

El general se echó a reír. Había llegado a apreciar a Alexander y sus amigos como si fueran sus propios hijos. Eran hombres valientes, leales y honorables, a los que había entrenado personalmente apenas los había conocido.

_ ¿Cuántos hombres necesitan? _ preguntó Beliávev.

Alexander frunció el ceño y caminó de un lado a otro de la estancia, pensando.

_Creo que con veinte hombres será suficiente. Pero deben estar en buen estado de salud, será una tarea pesada.

_Muy bien, busque a sus veinte hombres y vean lo que pueden hacer.

Alexander asintió y volteó a ver a sus amigos con una mirada de agradecimiento. Enseguida fijo de nuevo su atención en el general.

_Hay otro problema general.

_Dígame cual

_Las ratas, las trincheras están llenas de ratas, se reproducen rápidamente y están invadiéndonos. He visto ratas caminando sobre los soldados y muchas otras en los almacenes. Se alimentan de nuestras reservas y pueden llegar a contaminar los alimentos.

_Tendremos que deshacernos de ellas_ afirmó Beliávev.

_Necesitamos trampas para ratas, no podemos utilizar veneno por la cercanía a los alimentos.

Beliávev asintió mientras volvía a sentarse detrás de su piano y escribía unas anotaciones.

_Pediré que nos envíen algunas trampas y una buena cantidad de gatos, ellos serán mucho más efectivos que cualquier otra cosa.

_Esa es una buena idea_ dijo Vlademir.

_ El éxito de la guerra depende no solo de las grandes acciones, sino también de los pequeños detalles.

En aquel momento se oyó un golpe en la puerta.

_ ¡Adelante! _ dijo el general en voz alta.

La puerta se abrió y Krikor Arkavian ingresó al recinto. Llevaba el cuerpo completamente embarrado de pies a cabeza, solo sus dos ojos brillaban detrás del fondo achocolatado de su rostro. Su respiración estaba agitada, parecía que había tomado parte en alguna carrera a campo traviesa.

_Disculpe que me presente de esta forma ante usted general, pero necesito informarle de inmediato lo que he averiguado_ dijo el oficial mientras su pecho subía y bajaba al ritmo de su agitada respiración.

Andréi le acercó un poco de vodka, que Krikor se lo bebió de un trago, estaba agotado y congelado por lo que la bebida le cayó de maravillas a su estómago.

_Vamos Teniente, porque no se sienta, se tranquiliza un poco y luego nos cuenta_ aconsejó el general.

Vlademir le acercó una caja de madera para que se sentara, mientras Andréi le servía otro trago de vodka. Se quedó en silencio por unos segundos tratando de acallar a su enloquecido corazón. Pronto aspiró profundamente y se dispuso a hablar.

_Señor, me fue difícil llegar a las trincheras enemigas, pero pude hacerlo. Me arrastré por el fango con lentitud y nadie me vio. Para mi suerte, uno de los centinelas que debería mantenerse en su puesto de escucha para detectar patrullas enemigas, se había quedado dormido, así que ingresé sigilosamente por el costado oeste.

Hizo una pausa mientras ingería la bebida de inmediato, sintiendo el ardor en la garganta y en el estómago.

_Los soldados son muchos, tal vez cien o ciento cincuenta más que nosotros, pero la mayor parte de ellos están enfermos, pulmonía, tuberculosis tal vez. No están en condiciones de una incursión.

El general parecía complacido con la información que estaba recibiendo, pero notó algo de preocupación en los ojos del armenio.

_ ¿Qué más sabe? _ preguntó.

Krikor metió su sucia mano dentro del abrigo de su uniforme y extrajo un documento cuidadosamente doblado y se le entregó al general.

Beliávev desplegó el papel que se encontraba manchado de barro y leyó frunciendo el ceño con suma atención. Luego se quedó pensando por un momento, que a los oficiales les pareció una eternidad.

_Se arriesgó mucho entrando en la oficina del general_ dijo_ pero esto confirma mis sospechas. En dos semanas llegaran trescientos hombres para relevar a los caídos y los enfermos.

Los cuatro amigos se miraron con preocupación y desconcierto. El enemigo, pensaba refrescar sus tropas, mientras que el Zar no daba señales de hacer lo mismo con su ejército.

_Señores, deben descansar, en especial usted teniente Arkavian, su trabajo ha sido invaluable. Ahora me toca a mí hacer mi trabajo_ dijo despidiendo a los cuatro amigos con un gesto de su mano.

II

La tormenta había prácticamente desaparecido dando paso a un tímido sol amarillento que trataba de colarse a través de algunas nubes esparcidas en el cielo. Los soldados empezaban a tomar sus puestos y a mantenerse alerta. De día su rango de acción disminuía drásticamente ya que eran visibles a varios cientos de metros de distancia desde las líneas enemigas.

Uno de los soldados utilizaba un periscopio para observar los lejanos movimientos de sus enemigos. Otro de ellos situado a la derecha del primero, preparaba su fusil que se encontraba situado sobre una extraña especie de montura que le permitiría utilizar el fusil de ser necesario, sin tener que levantar la cabeza por encima de la línea de fuego.

A pocos metros, otros dos soldados se encontraban sentados matando el tiempo, posiblemente pensando en casa o imaginando estar en la cama con sus mujeres o sus prometidas. Sus fusiles con las bayonetas caladas se apoyaban despreocupadamente contra una de las paredes cercanas.

Otro soldado levantó un casco situado en la punta de su fusil para comprobar que no había francotiradores. Pero de inmediato, se oyó un disparo y en el casco se pudo apreciar un pequeño orificio. El soldado se agazapó de inmediato para ponerse a resguardo.

Durante el día, los soldados eran sometidos a disparos constantes de francotiradores y de la artillería. Apenas trascurrieron tres horas desde el amanecer y los disparos no cesaban. El lodo les llegaba hasta la altura de las rodillas y les era extremadamente difícil movilizarse.

El soldado del periscopio seguía examinando los alrededores sin descanso, cuando divisó un movimiento inusual en las primeras filas de las líneas enemigas. Los soldados enemigos, se preparaban para una ofensiva mayor que solo disparos al azar de francotiradores.

_ ¡Atención! ¡Artillería enemiga preparándose para atacar! _ gritó con toda la fuerza de la que fue capaz.

Tenía el cuerpo repleto de adrenalina y la sensación de que los ojos iban a salírsele de sus órbitas. El soldado situado a su derecha se removió inquieto en su lugar e hizo crujir los nudillos.

Los soldados se procuraron un lugar en donde guarecerse, era difícil porque no había mucho lugar en donde esconderse, sus movimientos se tornaban bastante pesados y lentos a causa del lodo. Algunos caían en el lodazal embarrándose completamente, en su afán por buscar un lugar seguro. En seguida se oyeron una sarta de interminables estruendos como los zumbidos de miles de abejas en un colmenar, solo que mucho más fuertes y mortíferos.

La artillería enemiga destruyó la primera fila de la trinchera, el alambre de espino y produjo cinco bajas, que se sumarían a los cuerpos en descomposición frente a las trincheras. Por la noche, cuando la oscuridad les permitiera entrar en actividad de nuevo, los soldados tendrían que reparar los destrozos y dar mantenimiento a los alambres de púas.

III

Alexander Ivanov se guardó suspirando pensadamente, la última carta que había recibido después de releerla un par de veces. Se llevó la mano a la barba y se la restregó un par de veces, seguía pensando que los piojos habían encontrado un nuevo hogar en su desarreglada barba, pensó que debería afeitarse y terminar de una buena vez con el problema. Suspiró, los piojos eran el menor de sus problemas después de todo.

La carta que acababa de leer estaba remitida por su esposa Galina, anunciándole que daría a luz a su primogénito en cuatro meses. Considerando que la carta demoró tres meses en llegar hasta sus manos. Eso significaba que el bebé estaría a punto de nacer. Se sentía repleto de una extraña sensación mezcla de orgullo e incertidumbre; de alegría, pero a la vez confusión.

Cuando se casó con Galina, tenía muy claro que en algún momento llegarían los hijos, pero jamás pensó que ocurría aquel milagro en su noche de bodas. Volvió a suspirar, le ilusionaba ser padre, pero no bajo las circunstancias actuales. Tardaría meses en conocer a su hijo y tal vez años en enseñarle a cabalgar o a cazar. La guerra apenas había empezado y no había indicios de que acabaría pronto.

Por otro lado, siempre estaba el recuerdo de Tatiana. En sus noches más solidarias y penosas la recordaba. Imaginaba sus largas conversaciones en algún hotel y sus aún más largas secciones de amor. La extrañaba, jamás dejaría de extrañarla. Lo que sentía por ella no lo había sentido por nadie más.

De pronto experimentó, una opresión muy fuerte en el pecho, que lo obligó a aflojarse el abrigo. Sentía que le faltaba el aire y empezó a respirar entrecortadamente. Su mente se llenó de recuerdos. Recuerdos de la última vez que había visto a Tati. Fue la noche antes de su boda con Galina. Recordaba lo que sucedió en aquella oportunidad con una extraña y total claridad. Estaba ataviada con un vestido celeste como el cielo, su pelo ondulado y cobrizo le enmarcaba el rostro a la perfección. Llevaba una preciosa sonrisa que no se ajustaba a los ojos brillantes y tristes que lucía.

Siempre supieron que no había ninguna opción para ellos, pero era difícil aceptar que aquella noche fuese la última noche juntos. Hicieron el amor con una mezcla de confusión y desesperación.

Antes de separarse a la mañana siguiente, Alex rodeó su cuello con un collar, se lo abrochó y observó con complacencia cómo la mano de Tatiana bajaba hasta su garganta y por un instante lo acariciaba con sus dedos. La joya era singular: una delicada cadena de oro con la inicial de su nombre. Pero lo que distinguía a aquel colgante era la presencia de diminutos diamantes que rodeaban la T de Tatiana.

_Es para que me recuerdes_ dijo.

_No necesito algo para recordarte, nunca podré olvidarte_ le contestó ella con lágrimas en los ojos.

Aquella escena aún lo atormentaba. Se sintió cobarde, poco hombre, por no enfrentarse a su padre y negarse a casarse con la mujer que había escogido para él y que apenas conocía. Pensó que siempre se sentiría de la misma forma. Suspiró, cerró los ojos y vio el bello rostro de la mujer que amaba, que había amado siempre, que había amado desde el día en que la vio por primera vez.

IV

A pesar de que Alexander insistió en que Krikor se quedara en la trinchera y descansara un poco, el armenio insistió en salir con él en busca de los troncos para el piso de la trinchera. Se había lavado y cambiado el uniforme y parecía algo más descansado que la noche anterior. Sostenía el escarpín de su hijo Ari en su mano derecha. En su frente se mostraba una inmensa hendidura justo encima de la ceja izquierda, producto del ataque enemigo hace seis meses atrás. Vlademir y Andréi los acompañaban, tenían cada uno cinco hombres a su cargo, dispersándose para abarcar más terreno.

Como Alexander había previsto, pronto se encontraron con una colina que aparecía revestida de largas y delgadas coníferas cubiertas de blanca y brillante nieve, que no serían muy difícil de echarlas abajo y cargarlas hasta las trincheras. Utilizaban el serrucho tratando de evitar hacer demasiado ruido, aunque era difícil que sus enemigos los oyeran ya que se hallaban a más de dos kilómetros de distancia.

Habían trabajado por espacio de varias horas, cortando y trasladando la madera hasta la trinchera. La nevada de la noche anterior se estaba derritiendo lentamente y los fragmentos de luz de luna que atravesaban las copas de los árboles brillaban sobre el agua estancada de los charcos.

 Alexander se había quedado solo, casi todos los hombres habían bajado la colina cargando algunos troncos. En la oscuridad que antecede al amanecer, le pareció divisar el movimiento de unas sombras entre los árboles. Al principio pensó que podría tratarse de algunos de sus soldados, pero algo en su interior le advirtió que tuviera cuidado. Se acercó un poco más para ver las sombras, difusas y borrosas a causa de la tenue luz de la luna que se terminaba de filtrar a través de las hojas de los árboles.

De un modo absolutamente repentino, oyó voces, hombres que hablaban en alemán. De inmediato, se tiró al piso. Sintió un fuerte dolor en la espalda cuando su cuerpo se topó con una gran piedra, dura y puntiaguda. Pero, aun así, se tendió cuan largo era sobre el frío y húmedo suelo detrás de un montículo de nieve, con el corazón a punto de estallar. Estaba solo en medio de aquel bosque a merced de un número indefinido de enemigos.

Los hombres siguieron hablando y dando vueltas alrededor de los árboles que acababan de cortar.

Alexander permaneció tendido, sintiendo largas y lentas oleadas de pánico que se reflejaban en su terrible dolor de espalda, con los ojos bien abiertos, como si eso lo ayudara de algún modo a oír mejor y, sobre todo, a entender lo que aquellos hombres decían.

Pensamientos confusos y delirantes poblaban su mente mientras se preguntaba como diablos iba a salir de aquel lugar sin que lo detectaran.

Mientras tanto, la luna se iba alejando por el oeste y una coloración naranja pálida iba cubriendo el cielo por el este, lo que le dejaba poco tiempo para actuar sin ser visto. Pero se obligó a permanecer inmóvil con la mirada clavada en el cielo, hasta que el dolor en la espalda remitiera un poco.

Paralizado por el pánico y el terrible dolor en el suelo helado del bosque, le trajo a la memoria una de las últimas batallas cuerpo a cuerpo que había enfrentado con sus amigos.

Se encontraban en medio de un bosque muy parecido a aquel. Sobre los grupos de infantería y caballería cayeron cientos de granadas y ráfagas de ametralladoras que diezmaron sus filas en cuestión de minutos.

El bosque estaba cubierto de un manto blanco y opaco por la niebla. El suelo parecía extenderse más allá de las copas de los árboles como largos tentáculos albos que apuntaban al cielo, mientras Alexander avanzaba lentamente buscando a los sobrevivientes de la terrible masacre. A medida que se internaba en la espesura, la nieve iba tomando tintes rojizos y los cuerpos de los soldados fallecidos o heridos de muerte se diseminaban por todas partes.

Ivanov observaba la terrible escena con ojos atormentados. Desesperado, buscaba encontrar a alguien con vida. La carnicería era atroz, cuerpos mutilados, miembros esparcidos. Pero lo peor de todo era el silencio. No se oía nada, ni el trinar de algún ave, ni la briza del aire, ni gritos de dolor o tan siquiera un gemido desesperado.

Todos estaban muertos, todos.

 Centenares de hombres muertos en pocos minutos.

Alexander se dejó caer de rodillas sobre la nieve, agobiado con tanta muerte innecesaria, observando todo a su alrededor con el rostro tenso en una mueca de incredulidad y desazón.

 El desaliento le carcomía las entrañas, cuando le pareció oír un suave gemido. Sus sentidos se pusieron en alerta, aguzando sus oídos.

 Escrutó el amplio espacio con los ojos entornados tratando de ver más allá de a donde alcanzaba su vista. Su mirada se trasformó de inmediato, se volvió despejada y alerta. Volvió a oír el mismo gemido a su derecha, justo detrás de unos arbustos bañados de nieve blanca y ahora que la niebla comenzaba a disiparse brillaba con los primeros rayos de sol.

Se incorporó despacio y blandió su arma mientras se dirigía al lugar de donde provenían los gemidos. Detrás de los arbustos vio más cuerpos, tres de ellos esparcidos en forma desordenada.

 La niebla había terminado por disiparse, lo que dejaba evidenciar la magnitud del desastre.

Un hombre yacía con el cuerpo desparramado en medio de un charco de sangre que iba creciendo, con las piernas y los brazos abiertos como si hubiesen tratado de huir cuando las ráfagas los alcanzaron.

 Otro soldado muy cerca al primero yacía de espaldas, con las piernas torcidas en un ángulo imposible, lo cual indicaba traumatismos graves.

 En la entrepierna del tercero, se evidenciaba una mancha oscura de orina. Alexander suspiró pesadamente y pudo ver su propio vaho. Fue una horrenda situación en donde todos pensaron que perderían la vida y no estuvieron equivocados, pensó. Aquel hombre tenía el rostro, o lo que quedaba de él, untado de sangre. Había perdido parte de su nariz y casi todo el labio superior. Sus dientes quedaban expuestos en una mueca inanimada.

El espectáculo era aterrador.

 Otros cuatro soldados se encontraban unos sobre otros, como si se los pretendiera enterrar en alguna fosa común. Las piernas de dos de ellos sobre las cabezas de los demás.

Alexander se aseguró de que no hubiera algún enemigo cerca buscando terminar con los que habían sobrevivido, luego, se arrodilló al lado de los cuerpos tratando de encontrar algún signo vital.

Observó que los abrigos y los pantalones de dos de ellos estaban desgarrados, con los cuellos y hombros llenos de hematomas oscuros, pero ningún signo vital. Probablemente tenían el cuello roto, traumatismos vertebrales a causa de las explosiones, probablemente lesiones internas y solo dios sabe que más.

Volvió a oír el gemido, esta vez más cerca y más fuerte. Se acercó de inmediato al grupo de cuatro cuerpos y los separó con cuidado. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio a Krikor debajo de todos aquellos cuerpos, inconsciente pero aun respiraba. Sostenía el escarpín en su mano izquierda. Sus signos vitales eran débiles. Tenía una enorme fisura sobre la frente izquierda y sangraba profusamente tiñendo la nieve de un color escarlata. Su rostro pálido y desfigurado semejaba a un títere de alguna puesta de escena de terror.

Auscultó el cuerpo de su amigo por más heridas, tenía la pierna izquierda rota y un corte en el brazo izquierdo que no resultaba de gravedad. Vendó la herida de la frente con un retazo de su propio pantalón, para evitar que se siguiera desangrando, guardó el arma en su cinturón y cargó al armenio sobre su espalda para sacarlo de aquel horrendo lugar. Necesitaba atención médica inmediata, no le preocupaba mucho que a su amigo le quedara una marca visible en la frente por el resto de su vida, sino que presentara algún trauma cerebral o algo parecido.

Tomó el escarpín de su mano y se lo guardó en el bolsillo. Se lo entregaría cuando ambos estuvieran a salvo.

Cargó al armenio por más de diez kilómetros sobre mantos de nieve de más de medio metro de altura entre tremendas punzadas de dolor en la espalda que se extendían como apéndices hasta sus piernas.

Cuando llegó al campamento y lo recostó sobre una cama de lona en una enfermería improvisada, le explicó al médico de turno en tono sereno, en qué condiciones había encontrado a su amigo, haciendo caso omiso del terrible dolor de espalda que lo atormentaba.

El doctor le explicó horas después que había salvado la vida del armenio cuando decidió cargarlo hasta el campamento. Difícilmente hubiese sobrevivido en aquel helado bosque otra hora más.

Ahora tendido en el suelo, la agonía apenas insoportable que le había azotado la espalda cuando se había golpeado con la piedra remitió hasta convertirse en un latido sordo y constante. Oyó que las voces se acercaban a su improvisado escondite, este hecho, le facilitó la tarea de incorporarse sobre sus piernas y tratar de escabullirse.

Alexander, alzó la cabeza con brusquedad y de sus labios escapó una pequeña exclamación involuntaria de dolor, pero siguió avanzando, eludiendo a sus enemigos.

Pensó que lo había conseguido, cuando de repente, una voz profunda, se alzó justo detrás de él. El dueño de la voz estaba tan cerca que Ivanov percibió su cálido aliento sobre su nuca. Se volvió con brusquedad, con el rostro pálido, ignorando la punzada de dolor que le acometió en la espalda.

_Wo denkst du gehst du hin?[1]_ dijo blandiendo su revolver a la altura del rostro de Ivanov.

Alexander entendió perfectamente la pregunta, pero no pensaba detenerse a responderle a aquel hombre. Es más, debía encontrar la forma de desacerde de él antes de que alertara a sus demás compañeros. Su mente trabajaba con rapidez, zumbando como un tren expreso.

El soldado alemán siguió hablando con voz siniestramente tranquila. No obstante Alexander podía percibir cierto temor oculto en sus palabras, un temor controlado con dureza.

_Warum fällen sie Bäume?[2]

Alexander se mantuvo en silencio y buscó su arma escondida entre los pliegues de su abrigo con disimulo. Antes de que el alemán pudiera volver a hacer otra pregunta, Ivanov disparó el arma directo al estómago del soldado quien cayó al suelo. La nieve a su alrededor se tornó de inmediato roja mientras en el rostro del joven soldado se pintaba una expresión de sorpresa y pánico.

Ivanov huyó de inmediato, mientras oía a los demás soldados gritar alborotados. En pocos minutos, el sol iluminó todo a su alrededor, lo cual lo ayudó a bajar la colina rápidamente olvidándose momentáneamente del dolor en la espalda.

Cuando estuvo a salvo en la trinchera, se echó a reir como si alguien le hubiese contado el chiste más divertido del mundo. Pensó que el azar actuaba de manera misteriosa todo el tiempo. El arma con la cual acababa de disparar al soldado, era la misma que le había arrebatado a otro soldado alemán durante la batalla de Tannemberg el 29 de agosto del año 1914.


[1] ¿A dónde crees que vas?

[2] ¿Por qué cortan árboles?

Tatiana

I

Tatiana se removió incómoda en su sillón de terciopelo azul cielo mientras un anciano Patriarca de larga barba hablaba en el famoso cementerio de Novodevichy, la última morada de los aristócratas y personajes más importantes del imperio. Paseó la mirada inquieta de un lugar a otro observando los impresionantes panteones y espectaculares tumbas con grandes esculturas y obras de arte en donde los pudientes nobles no escatimaban en gastos, del mismo modo que su ahora difunto esposo había encargado en vida una estatua suya en donde su juventud y vitalidad permanecerían para la posteridad.

Los asistentes al sepelio estaban resguardados por grandes paraguas negros sostenidos por sus sirvientes, que paradójicamente no los protegían de la lluvia sino de un inclemente y persistente sol de mediodía que se abría paso inoportunamente entre la concurrencia. El calor era insoportable, probablemente aquel sería el día más caloroso del año, que presagiaba el próximo inicio de un cruento invierno.

La mayoría de los asistentes era ancianos vestidos con oscuros y gruesos trajes que parecían estar a punto de encenderse bajo el sol del mediodía y algunos de ellos, sostenían entre sus artríticas manos algún que otro bastón con empuñadura de oro o plata.

Tatiana sintió una imperiosa necesidad de desabotonarse el negro, ajustado y vaporoso vestido negro que llevaba puesto. Se secó el sonrosado rostro con un pañuelo blanco bordado y al mirar alrededor pensó: “No tardarás mucho en reunirte con tus amigos de toda la vida”. Luego detuvo su mirada sobre el ataúd de cedro traído de medio oriente, que se distinguía por una gran cruz y un cristo enchapados en oro que cubrían la totalidad de la tapa cerrada del féretro. Desde luego, un lujo que solo un aristócrata como el barón podía darse.

El Patriarca, vestido también de negro para la ocasión, algo bajo y obeso que se luchaba duramente contra el sudor que se acumulaba sobre su frente y su apretado cuello debajo de su larga barba, levantó de pronto la voz.

_En polvo eres y en polvo te convertirás, para luego resurgir de nuevo a través de la divinidad y la devoción a la diestra de Dios padre todo poderoso.

La voz del obeso religioso era grave y áspera. Las palabras parecían desgarrar el aire denso e inmóvil.

Los ojos de Tatiana recorrieron la extensión del cielo azul brillante, buscando alguna acumulación de nubes que pudiese anticipar alguna tormenta y el alivio de una lluvia persistente. A su izquierda, a lo lejos encontró lo que buscaba, pero las negras nubes tardarían aún algunas horas en llegar. Con suerte la lluvia llegaría al finalizar el día. Inhaló profundamente, sus pulmones se llenaron de aire caliente y denso como el vapor que despide una tetera al hervir el agua.

Cerca de la última fija de los congregados, Alexander estaba sentado solo, con expresión hierática. Tatiana aún no había advertido su presencia. Pero él podía verla de espaldas con total claridad, sentada, con la espalda rígida y tensa. La baronesa estaba perfectamente consciente de que estaba siendo observada por todos los presentes y que esperaban cualquier movimiento en falso para echarse sobre ella como lobos hambrientos.

 Alexander acomodó su anillo con movimientos nerviosos mientras observaba a sus padres entre los presentes oyendo con suma atención las palabras del religioso. Su madre estrujaba un pañuelo blanco de lino en la mano, que alternativamente utilizaba para secarse los ojos y el sudor de su rostro. El barón había sido muy amigo de su padre, lo conocía desde muy niña y lo tenía en alta estima.

 El padre de Alexander sostenía una de las manos de su madre y de tanto en tanto le prodigaba suaves apretones para confortarla. De vez en cuando, su madre dejaba el pañuelo sobre su regazo y tomaba un abanico que movía ante ella para darse aire en un vano intento por mitigar el sofoco.

Alexander observó que la mayoría de los presentes mantenían sus blancas cabezas inclinadas durante la bendición del Patriarca.

Los hijos del barón, Mijaíl el mayor y Dimitry el menor, pero mucho mayores que Tatiana acompañaban el servicio fúnebre alejados de la viuda. Tatiana nunca les cayó bien, desde un principio vieron en ella a la usurpadora del lugar de su madre muerta y a una arribista aprovechada.

Mijaíl había estado secretamente interesado en Tatiana y cuando se enteró de que su padre se casaría con ella enloqueció. No encontró mejor manera de vengarse de ella, haciéndole la vida un infierno. No perdía ocasión para faltarle el respeto en público con comentarios hirientes e insultantes, hasta que su padre el barón, lo convino a abandonar el palacio en el que vivían por el bien de una convivencia pacífica.

Mijaíl entonces decidió cambiar de táctica, hostigó y acosó incansablemente a la baronesa tratando de convencerla de que se convirtiera en su amante, pero ella lo rechazó con vehemencia hasta el punto de amenazarlo con contárselo todo al barón.

Antes de sentarse junto a su hermano, Mijaíl había mirado por encima del hombro en dirección a Tatiana, sus ojos se habían encontrado brevemente y ella pudo percibir en ellos aquel loco deseo de poseerla, pero esta vez, con la seguridad de que su padre ya no estaba para arruinar sus planes.

_Todos sentimos la pérdida inestimable de este gran caballero, como pocos. Gran benefactor de la iglesia.

El sermón proseguía su curso como era de esperarse.

Tatiana apartó la mirada del hijo mayor de su ahora esposo muerto y siguió escudriñando a los asistentes. Inconscientemente buscaba a Alexander, aunque creía que era imposible que él estuviera allí, aun así, lo necesitaba, hacía meses que no se veían, aunque se mantenían en contacto a través de cartas que unos pocos amigos en común les hacían llegar. Suspiró resignada, no estaba segura si la nueva situación en la que se encontraba, le sería provechosa o si por el contrario le traería más problemas.

Las palabras del religioso parecieron reflejarse en el calor del mediodía.

_El barón vivió su vida de la forma en que Dios lo dispuso para él y a pesar de los sentimientos dolorosos de sus seres queridos les dificulte aceptar los designios del señor…

Alexander echó otro vistazo a su alrededor, esperaría a que todos los dolientes presentaran sus respetos antes de hacerlo él mismo. Hasta el momento, Tatiana y él se habían cuidado muy bien de mantener su relación en la más absoluta reserva y lo más sensato era que todo siguiera igual.

Exhaló el aire contenido en sus pulmones lentamente. Sentía una mezcla de sensaciones que le eran difíciles de controlar. Por un lado, un gran alivio al saber que Tatiana al fin se había librado del decrépito de su esposo y podría empezar a vivir su vida como mejor le pareciera, pero, por otro lado, la frustración crecía dentro de él ya que jamás formaría parte de la vida de Tatiana de la forma en la que le hubiese gustado. Estaba comprometido con la hija del socio de su padre y pronto se casaría.

En la primera fija junto al ataúd, el nieto menor del difunto de unos dos o tres años no dejaba de moverse inquieto intentando tomar una de las flores de la corona funeraria, mientras el religioso pronunciaba su sermón. La madre del niño trataba de que volviera a su lugar sin mucho éxito. El religioso le dirigió una mirada de advertencia a la madre tras una pequeña pausa y luego continuó hablando.

_El barón era un hombre que consiguió tantos logros en su vida, un hombre de extraordinaria devoción y de supremo amor al próximo. Deberíamos aprender más sobre este extraordinario hombre para así aprender las lecciones de la vida.

Tatiana sintió un apremiante deseo de poner los ojos en blanco, pero tuvo que contenerse como tantas otras veces y fingir lo que en realidad no pensaba ni sentía. El barón siempre fue un hombre miserable y tacaño, no solo con su familia sino también con los más necesitados.

Alexander observó de nuevo a Tatiana. A pesar de que el funeral estaba abarrotado de gente, ella se encontraba sola. Quiso acercarse a ella y tomarla de la mano, decirle que estaba allí por ella, pero eso era algo que no podía hacer.

El Patriarca de la larga barba blanca, terminó por fin su sermón y los presentes empezaron a presentar sus respetos a los hijos y a la viuda del fallecido.

Alexander se puso al final de la interminable fila de quienes iban a dar el pésame. Esperaba el momento oportuno, quería que fuera más que un simple segundo, deseaba pronunciar más que un simple murmullo de consuelo. Quería confortarla, quería tomarla en sus brazos y confortarla. Esperó pacientemente mientras los amigos del barón presentaban sus respetos, observó a uno de ellos acercarse a Tatiana, lucía una hirsuta melena gris que le caía por encima de las orejas, usaba unas gafas de montura de oro acomodadas en la punta de su nariz. Se inclinó levemente hacia adelante y antes de hablar, se mesó la gris mata de pelo con ambas manos. Tatiana le dedicó una leve sonrisa. Alexander pensó que el lugar parecía un mausoleo viviente, se asombró ligeramente de su irreverente ocurrencia. Otro anciano de piel apergaminada, mirada vacía, ojos turbios y blancos, nubosos por las cataratas se acercó a la familia del difunto con bastante dificultad.

Cuando le llegó el turno, la mayoría de los asistentes se habían retirado, incluidos sus padres. Los pocos que quedaban se iban dispersando rumbo a la salida del cementerio. Primero, se acercó a los hermanos y a sus familias para que luego de la presentación de los pésames de rigor, lo dejaran solo con Tatiana.

 Mijaíl estrechó la mano de Alexander y agradeció su presencia pronunciando las palabras con seca precisión y cierto desprecio. Mijaíl dejó de inmediato a Alexander y pasó al lado de Tatiana tocándola en la espalda, alargando el momento intencionalmente, luego se alejó con indiferencia. La boca de Alexander se torció hacia abajo cuando vio eso, sabía que Mijaíl solo le traería problemas a la baronesa, pero cuando ella lo vio, no pudo evitar demostrar la emoción que sentía y él olvidó todo en ese momento. Alexander habló solo para ella desentendiéndose por completo de los demás, pero manteniendo la formalidad que requería la situación. Tatiana se sintió susceptible y abrumada, su corazón latía desbocado y los ojos se le llenaron de lágrimas.

_Baronesa_ dijo tomando su mano derecha entre las suyas_ lamento mucho su pérdida, estoy seguro de que el barón está en un lugar mejor.

Sintió que su cálida mano temblaba levemente entre las suyas y en aquel preciso momento sitió ganas de estrecharla contra su cuerpo.

_Le agradezco mucho que esté aquí presentando sus respetos a mi esposo_ dijo con la voz entrecortada, cuando en realidad quería decirle que agradecía que estuviera allí para ella.

Alexander apretó suavemente su mano e hizo una inclinación leve de cabeza antes de despedirse y alejarse de ella.

II

Cuando Tatiana recibió el mensaje de Alexander suplicándole que se encontrara con él en el lugar de siempre, no perdió tiempo y envió una respuesta positiva. Necesitaba verlo, oír sus palabras de aliento y sentir sus brazos alrededor de su cuerpo. Desde luego, sabía que no era correcto correr a los brazos de su amante, cuando hacía apenas unas horas había enterrado a su fallecido esposo, pero no le importaba, tal vez solo tendría unas pocas horas para compartirlas con Alexander y no las desaprovecharía.

Se desvistió de inmediato, sacándose el horrendo vestido que había usado durante todo el día y que olía a sudor y muerte. Se dio un baño y trató de relajarse y calmar su acelerado y emocionado corazón. Poco después, se vistió y se observó en el espejo y no le gustó lo que vio, el luto no le sentaba bien, pensó que el color negro no se amalgamaba para nada con la mata de pelo cobrizo que siempre había sido su sello particular. No le dio vueltas al asunto, lo único que quería era salir de la casa lo antes posible y ver a Alexander.

Bajó las escaleras con el corazón latiendo rápidamente y con pasos acelerados con dirección a la puerta de salida cuando oyó la voz de un hombre proveniente del salón que la detuvo en seco e hizo que su rostro demudara de inmediato.

_ ¿A dónde vas tan apurada? _ preguntó la voz en un tono que Tatiana consideró demasiado familiar.

Tatiana giró la cabeza sobre su hombro derecho lentamente, antes de tener al hombre a la vista, pudo sentir la pesada mirada lasciva de Mijaíl. Tatiana forzó una tensa sonrisa al verlo, de inmediato se sintió amedrentada por su presencia.

_No sabía que vendrías, pensé que pasarías el resto de la tarde con tu familia_ dijo ella evitando contestar la pregunta de Mijaíl.

El hijo mayor de su fallecido esposo se acercó a ella con movimientos calculados, acechándola, tratando de intimidarla mientras ella dejaba escapar un suspiro de desconsuelo y desconcierto.

_No contestaste a mi pregunta_ dijo con aire autoritario.

_No tengo porque_ replicó ella tratando de demostrar seguridad, aunque en realidad se sentía atemorizada.

Mijaíl la tomó del brazo derecho firmemente. Tatiana levantó las cejas en señal de desagradable asombro mientras que Mijaíl percibía que la mujer que sostenía estaba asustada y deseaba salir huyendo. Tatiana se quedó anonadada por unos segundos hasta que pudo reaccionar liberándose de la mano que la sostenía.

_ ¡Cómo te atreves a tratarme de esta forma! _ dijo con voz tensa. En aquel momento luchaba contra el temor que la atenazaba por dentro.

_Ya es hora de que te dejes de jugar a la mojigata_ dijo mientras la volvía a tomar del brazo con más fuerza _ mi padre está muerto y no hay nadie que evite que seas mía.

El rostro de Tatiana se mostró angustiado a la vez que perturbado y sumamente asombrado por la insolencia del hombre. Siempre supo que, al morir el barón, Mijaíl le acarrearía problemas, pero nunca se imaginó que podría llegar a acosarla de aquella manera. No podía dejarle saber lo aterrada que se encontraba por lo que se irguió con elegancia, levantó la barbilla desafiante con resoluto estoicismo y lo instó a que la soltara.

Mijaíl la miró con condescendencia, rio entre dientes, indiferente a lo que ella estaba sintiendo y volvió a asediarla.

_Está bien no voy a tocarte, aún_ aclaró_ ya vendrás a buscarme tu misma.

Tatiana, frenética, muerta de miedo disimuló lo mejor que pudo.

_ ¡No pienso convertirme en tu amante! ¡Te exijo respeto! _ dijo con una voz que casi no reconoció como propia.

_ ¿Respeto? _ preguntó soltando una desagradable carcajada_ Te cásate con mi padre por interés, te vendiste al mejor postor ¿y quieres hablar de respeto?

_ ¡No te permito que me hables de esa forma! _ espetó la joven.

_Te hablo de la forma que me da la gana y harás exactamente lo que te diga si quieres conservar algo de la herencia de mi padre. Puedo encargarme de que te quedes en la calle.

_No conseguirás nada amenazándome, me casé con tu padre así que tengo derecho a parte de la herencia_ dijo tratando de mantener un tono de voz confiado.

Trató de salir de la casa, pero Mijaíl la detuvo de nuevo, pero esta vez con una advertencia.

_Ya vendrás a mi rogando cuando te des cuenta de que puedo dejarte en la calle.

Tatiana giró sobre sus talones y le dedicó a Mijaíl un gesto de patente disgusto con una fuerte carga de desprecio. En seguida salió de la casa dando un portazo sin saber si sentirse aliviada por haberse zafado de Mijaíl o asqueada por lo que pudiera llegar a pasar.

ALEXANDER Y LOS MOSQUETEROS EN CASA DE LOS ARKAVIAN

Cuando la luna se levantaba a medio camino sobre el horizonte, poco antes de llegar a una cuesta, observaron a unos quinientos metros por delante del sendero por donde transitaban, que el pasaje se transformaba de forma drástica, convirtiéndose en un amplio camino gris cubierto de adoquines tan ancho como cualquier carretera de alguna ciudad importante. A sus espaldas, a lo lejos, se dibujaba con trazos suaves las montañas del Cáucaso.

Los cuatro jinetes se detuvieron frente a la casa de dos pisos con techos a dos aguas construida de piedras grises enclavada en una pequeña elevación desde donde se podía observar a lo lejos un tupido bosque de árboles retorcidos. Bellos motivos florales adornaban la fachada de la construcción. Detrás de la casa, se extendía interminables las tierras que por más de un siglo habían pertenecido a los Arvakian.  La casa parecía una joya perfecta engarzada en la cima de una colina rodeada de campos por un lado y bosques por el otro.

Dikran Arvakian, el padre de Krikor era uno de los más importantes terratenientes de la zona y tenía a su cargo más de trescientos obreros a quienes administraba en las labores del campo. Hombre de estatura media, ojos negros, barba y bigote muy bien cuidados al igual que el pelo que lo tenía blanco como la nieve. De carácter apasionado, intuitivo y de mucho coraje, pero a la vez tolerante y con una marcada comunicación asertiva.

Cuando las puertas de la casa se abrieron frente a los recién llegados, una comitiva de al menos una docena de personas entre niños, hombres y mujeres los recibieron mientras los amigos desmontaban de sus corceles.

Dikran Arvakian lucía una túnica bordada y un pantalón ancho, tradicional vestimenta de la zona que era confeccionada enteramente por las mujeres de la casa, utilizando la lana de las ovejas que se criaban en el campo.

Krikor se acercó a su padre seguido a cierta distancia de sus tres amigos. Dikran abrazó a su hijo dándole la bienvenida como era costumbre entre los armenios, para luego cederle espacio a la madre quien recibió al hijo prodigo con lágrimas de alegría en los ojos. Luego le tocó el turno a la esposa, Krikor la besó en la mejilla y luego acarició su abultado vientre.

_ ¿Qué fue lo que les pasó? _ preguntó la mujer acariciando el rostro amoratado de Krikor.

_Solo nos divertimos un poco_ contestó con una sonrisa.

Luego de las presentaciones de rigor, ingresaron a la casa en donde las mujeres habían dispuesto una cena de bienvenida. Los hombres se sentaron alrededor de una larga mesa de madera, repleta de platos típicos como el pan de Lavash[1], el khorovats[2], el ghapama [3] , rojik[4] entre muchos otros. Las mujeres vestidas con sus trajes típicos (vestidos largos de corte recto, adornados con bellos bordados) servían a los hombres sin que participaran directamente de la cena. Todas las paredes de la acogedora casa estaban ricamente adornadas con mosaicos en forma de coloridas figuras geométricas y grandes frescos con escenas que recreaban la vida del campo.

Luego de la cena se dirigieron a un salón adornado con inmensos tapices y mullidas alfombras, en donde los hombres se acomodaron en sendos sillones tapizados con cuero y remaches metálicos, mientras algunas de las mujeres les sirvieron coñac desde una garrafa de cristal labrado.

Una joven de ojos castaños y sonrisa seductora se acercó a Alexander con una copa de coñac. Ivanov le agradeció con una inclinación de cabeza. La joven se alejó situándose a pocos metros de los hombres a la espera de que la necesitaran.

_ ¿Cómo están las cosas por Moscú? _ preguntó Dikran Arvakian mientras tomaba su pipa y la llenaba con un tabaco.

Ninguno de los amigos supo cómo responder a esa pregunta.

Dikran los observó detenidamente mientras encendía una cerilla.

_Por aquí las cosas están cambiando y mucho_ dijo mientras que la cerilla que acababa de encender permanecía pendida sobre la pipa como una llama misteriosa, alumbrando su pálido rostro que revelaba preocupación e incertidumbre.

_ ¿Qué fue lo que sucedió? _ preguntó Krikor con aire inquieto.

La llama de la cerilla quemaba la madera tornándola oscura. El fósforo entre los dedos de Dikran se volvió grisáceo y se engarzó.

_Hemos tenido que detener un par de intentos de levantamientos de los campesinos_ contestó el padre de Krikor mientras por fin hundía la cerilla en la pipa para luego aspirarla.

Alexander se movió algo inquieto en su asiento y bebió un trago largo de su copa, mientras elucubraba en silencio. Una parte de su mente le insistía en que esos sucesos carecían de importancia y que probablemente existían explicaciones simples para ellos. Pero la otra parte, la más racional y analítica y que cada vez sonaba con más fuerza, le advertía que el caldero en el que se había convertido el imperio estaba a punto de hervir y que el agua salpicaría no solo al Zar sino a todos ellos.

_Dicen que están descontentos, cansados de trabajar para que los ricos se llenen los bolsillos, mientras ellos mueren de hambre. Quieren sus propias tierras_ continuó explicando Dikran para luego aspirar de nuevo su pipa.

Exhaló una cortina de humo azulado que se elevó sobre su cabeza y se extendió como una delicada red de pescador. Dejó a un lado la pipa y observó con atención a los jóvenes mientras se balanceaba en su sillón con los dedos entrelazados sobre el estómago.

Krikor le dirigió a Alexander una mirada inquisidora. En respuesta, Ivanov se encogió de hombros.

_Veo que mi hijo piensa que sabes algo_ dijo Dikran dirigiéndose a Alexander.

_No es que sepa algo en concreto_ contestó Alexander_ pero tengo ciertas corazonadas que no son muy alentadoras.

Dikran se inclinó hacia adelante con la mirada fija en Ivanov mientras se frotaba las manos con expresión preocupada.

La preocupación que revelaba el rostro de su padre no tranquilizó en absoluto a Krikor.

_ ¿Por qué no compartes conmigo tus pensamientos? _ preguntó Dikran.

Alexander pensó que ninguna respuesta sería apropiada, pero estaba claro que el hombre esperaba conocer sus ideas. Terminó su bebida y se restregó la nuca antes de empezar a hablar.

_Creo que el Zar no está prestando atención a las exigencias de la gente_ dijo, de inmediato se alzó un murmullo de asentimiento entre los hombres reunidos en el salón.

Dikran llamó a la joven de los ojos castaños con un gesto de su mano y la instó a llenar la copa de Ivanov. La joven obedeció de inmediato. Alexander le agradeció con una sonrisa.

_ Pienso que el Zar no está viendo el panorama completo, el descontento de la gente es grande_ siguió diciendo.

Se oyó otro murmullo de asentimiento entre los asistentes.

_ ¿Piensas que puede haber una revolución? _ preguntó Vlademir mientras daba buena cuenta de su bebida.

_Creo que puede suceder_ contestó Alexander asintiendo.

_No sería la primera vez_ contestó Dikran_ pero el Zar sabrá como aplacar a la gente.

_Lo que temo es que las cosas sean mucho más graves de lo que el gobierno piensa y que la situación termine saliéndosele de control del Zar_ dijo Alexander.

_Vamos Alex, no hemos venido hasta aquí a llenar de dudas la casa de Krikor_ dijo Andréi.

_No se preocupen por mí, quiero estar preparado para lo que pueda pasar_ contestó Dikran.

_Pues si en verdad desea saber lo que pienso, creo que estos descontentos y protestas son solo los primeros eslabones en los que estoy empezando a considerar como una cadena de acontecimientos muy importantes que podrían cambiar el futuro del imperio.

El padre de Krikor volvió a apoyar la espalda contra el respaldar del sillón mientras asentía.

_Agradezco tu sinceridad_ dijo_ voy a tomar todas las medidas necesarias para evitar que esos cambios nos tomen desprevenidos.

Dikran tomó de nuevo su pipa y volvió a aspirar profundamente.

_ ¡Lori! _ llamó poco después.

La joven de ojos castaños se apresuró a acercarse.

_Trata con deferencia y atención a los amigos de mi hijo_ le dijo a la joven quien inclinó la cabeza en señal de respeto.

Alexander la observó esta vez con mayor atención. La joven era muy atractiva. Su cabello negro y lustroso enmarcaba su rostro de rasgos finos. Ivanov imaginó su cuerpo delgado pero esbelto debajo del vestido que usaba.

Cuando Alexander se retiró a la habitación que le asignaron para pasar la noche. Se sacó las botas y permaneció sentado frente a la única ventana durante un largo tiempo, con la mirada fija en el oscuro campo que se extendía delante de él. Solo apreciaba la cadena montañosa del Cáucaso, que parecían triángulos de piedra moldeados por escultores y pintados con pinceladas blancas aquí y allá, embellecidas por las estrellas brillantes a su alrededor. Suspiró mientras su mente se deslizaba hacia los recuerdos de la baronesa. La extrañaba, la necesitaba y no tenía la menor idea de cuando la volvería a ver. Temía que esos recuerdos se terminaran convirtiendo en cenizas ahuyentadas por el viento.

Sintió una punzada de dolor en la nariz y se llevó una mano al rostro para reconocer los daños que le habían ocasionado durante el enfrentamiento en la taberna. Pensó que al día siguiente tendría hematomas muy visibles en todo el rostro.

Volteó al oír que alguien llamaba suavemente a su puerta y de inmediato vio que se abría con un leve chirrido. En el umbral de la puerta observó a la joven de ojos castaños. Llevaba los ojos relucientes y los labios abiertos en torno a dientes inmaculadamente blancos en una sensual sonrisa.

Alexander la miró con ojos inquisitivos. La muchacha ingresó a la habitación y cerró la puerta a su espalda.

_ ¿Qué haces aquí? _ preguntó Alexander sin levantarse de la silla que ocupaba.

La muchacha se acercó despacio deteniéndose a tan solo un par de metros de Ivanov con una sonrisa invitante. Llevó las manos al bode de su vestido y lo levantó por encima de la cabeza, descubriendo una mata densa de vello castaño oscuro que se abría bajo la pálida colina de su vientre.

_No tienes que hacer esto_ dijo él tratando de declinar el ofrecimiento con toda delicadeza.

Ella le sonrió con condescendencia.

_Quiero hacerlo_ contestó mientras se sentaba a horcajadas sobre él.


[1] Pan de Lavash: pan plano, suave y delgado echo de harina agua y sal.

[2] Khorovats: carne asada típica de Armenia servido en banquetes

[3] Ghapama: sopa de calabaza con frutas típicas de Armenia.

[4] Rojik: dulce tradicional del Cáucaso en forma de salchicha.

HISTORIAS ENTRELAZADAS

ALEXANDER IVANOV Y LOS MOSQUETEROS.

Al caer la tarde y antes de que la temperatura bajara bruscamente, montaron sus caballos y se dispusieron a seguir el sendero rumbo al pueblo. La verdosa llanura se extendía hasta donde alcanzaba la vista en el horizonte, pero a lo lejos, si se prestaba especial atención, se veían pequeños bosquejos desdibujados que Krikor señaló como una aldea de campesinos y granjeros. Cada vez que Ivanov veía los rojos destellos del sol reflejados en los tejados, o en los cristales rectangulares de las lejanas ventanas que parecían despedir llamaradas de fuego, recordaba el cobrizo cabello de Tatiana esparcido sobre las almohadas de la cama que compartían de tanto en tanto.

A medida que se acercaban al caserío, les daban la bienvenida, zelkovas[1] venerables de más de treinta metros al igual que antiguas cabañas, con ruinosos y destartalados tejados. Se detuvieron varias veces a contemplar la extensa comarca dorada y perfecta, inundada por la luz sesgada del sol poniente.

Minutos antes de que el sol desapareciera por completo desmontaron sus caballos frente a una ruinosa taberna de paredes rocosas y ventanas con cristales que parecían haber evitado el agua y el jabón durante meses. Un desvencijado letrero de madera en donde rezaba una extraña e inusual leyenda: “Posada y taberna del muerto”, parecía estar a punto de venirse abajo.

Los mosqueteros se miraron perplejos a la vez que intrigados.

_ ¡Vaya nombre para una taberna! _ exclamó Vlademir.

_Es el mejor lugar del pueblo_ dijo Krikor encogiéndose de hombros.

_Entremos, por unos tragos que tengo la garganta seca_ dijo Andréi mientras abría la puerta que emitió un chirrido estridente antes de que sus compañeros pudieran objetar alguna cosa.

Los demás lo siguieron en silencio.

El lugar estaba acinado y poco iluminado. A la derecha, un grupo de hombres bebía en una mesa de madera cuyo único ornamento consistía en una lámpara a queroseno y al menos media docena de botellas de vodka. En la mal llamada barra, que consistía en un tronco astillado y algo deforme, reían a carcajadas cinco hombres que parecían haber salido de alguna fosa cubierta de estiércol. A la izquierda, observaron dos mesas: sobre la primera, dormían dos hombres que al parecer pretendían hacer volar el techo de paja de la posada con sus terribles ronquidos. Sin duda, habían bebido durante todo el día y prefirieron echarse una siestecita en la taberna antes que regresar a casa y enfrentar la furia de sus mujeres. Detrás de los bellos durmientes, los amigos encontraron la única mesa vacía del lugar.

Andréi fue el primero en abrirse paso dificultosamente entre los dos hombres dormidos que tenían las piernas extendidas a través del estrecho pasillo. Pronto los demás mosqueteros lo siguieron. Krikor le hizo señas a un mesero barrigón y calvo, que llevaba un mandil deslucido y sucio amarrado a la cintura. Este se acercó con movimientos lentos y cansados.

_Dos botellas de vodka_ dijo Krikor mientras buscaba el escarpín en el bolsillo de su chaqueta.

_Que sean tres_ corrigió Andréi con una sonrisa parecida a la de un niño que está a punto de recibir su esperado regalo de navidad.

Los hombres de la barra dirigieron sus miradas hacia la mesa de los recién llegados. Uno de ellos sonrió en forma sarcástica mientras le susurraba algo a su amigo de la derecha.

Los mosqueteros estaban cansados y no dieron importancia a la actitud poco amable de los pueblerinos. Poco después, el rechoncho mozo dejaba sobre la mesa las tres botellas de vodka y tres vasos.

_Oiga, somo cuatro por si no lo había notado_ dijo Vlademir.

El hombre lo observó con ojos inexpresivos para luego darles la espalda y dejarlos solos.

_No hay problema_ dijo Andréi con una sonrisa_ yo puedo beber directamente de la botella.

Tomó una de ellas con una mano y se la acercó a los labios. Bebió un trago largo y profundo.

Los demás amigos solo se echaron a reír mientras Alexander servía los tres vasos.

_ ¡Salud! _ dijo Alexander_ por el gusto de que nos recibas en esta tu tierra_ agregó mientras los cuatro chocaban sus vasos (y la botella).

_ ¡Salud! Por el placer de tenerlos aquí_ dijo Krikor mientras volvían a chocar los vasos y la botella.

De pronto llegó hasta ellos, el sonido estridente de carcajadas, risas brillantes, incontenibles, risas completamente irónicas y mordaces. Los cuatro amigos dirigieron sus miradas hacia el lugar de donde provenía tan cáustica demostración. Todos los presentes hicieron silencio y concentraron la mirada en los forasteros. Alexander pensó que se apreciaba una suerte de hipocresía en el ambiente, algo que nunca antes había sentido. Un sonriente silencio en presencia de los soldados del Zar. Una suerte de desprecio silencioso con miradas torvas, que le resultaba molesto e inquietante.

 Los demás mosqueteros pensaban lo mismo. Vlademir exhaló un suspiro y miró a Krikor quien puso los ojos en blancos.

_Son armenios_ dijo encogiéndose de hombros, como si con esa actitud pudiera explicarlo todo.

_La gente tiene un montón de prejuicios irracionales_ fue el comentario de Andréi.

Los demás asintieron en silencio.

_Pero ese no es motivo para dejar de beber_ agregó con una sonrisa que a los demás les pareció graciosa.

Siguieron bebiendo, recordando la terrible resaca de Andréi y advirtiéndole que no se excediera esta vez porque debían llegar a cenar a casa de Krikor.

El hombre de la barra, el de la sonrisa sarcástica no dejaba de observarlos con fijeza y de pronto, otra pequeña sonrisa mordaz empezó a dibujársele de nuevo en la comisura de sus labios.

Alexander lo estudió con detenimiento, tenía los ojos de un color castaño oscuro, como el lodo que yace en el fondo de una fosa séptica. Un rostro alargado, curtido, sucio y lleno de una notabilísima carencia de inteligencia que procuraba esconder detrás de una mirada desafiante y burlona. Llevaba la camisa negra, rota a la altura del hombro izquierdo en forma de una boca redonda y diabólica.

El hombre giró la cabeza hacia su derecha y volvió a susurrarle algo a su amigo, quien de inmediato dirigió su mirada hacia la mesa de los mosqueteros.

Este segundo hombre, tenía el rostro tan inexpresivo como la luna llena en una noche invernal, dotado de un cuello ridículamente corto, sobre el que su desproporcionada cabeza se asemejaba a una extraña calabaza a punto de estallar.

Vlademir sentía una especie de inquietante rabia que iba creciendo dentro de su cuerpo a medida que las demostraciones de sarcasmo y desprecio iban aumentando en la taberna.

_ ¡Qué diablos estás mirando! _ espetó de repente dirigiéndose al hombre de los ojos castaños y la camisa rota.

Alexander situó una mano sobre el brazo de su amigo tratando de que se relajara. Aquel exabrupto podría conllevar a consecuencias nefastas.

_Nada_ repuso el hombre sin dejar de sonreír.

_ ¡Regresa a lo tuyo! _ gritó Vlademir mientras apresuraba su bebida.

El hombre no contestó, pero siguió sonriendo.

Vlademir se sentía cada vez más inquieto y molesto, la actitud burlona e irrespetuosa del hombre estaba sacándolo de quicio.

Krikor quiso intervenir antes que las cosas pasaran a mayores, conocía a los lugareños y como tratarlos. Se levantó de la mesa y se dirigió hacia la barra sorteando las piernas de los hombres que aún seguían dormidos. Se detuvo a unos metros de la barra, aún llevaba el escarpín en su mano derecha.

_Hemos viajado mucho y estamos cansados, solo queremos beber un poco sin molestar a nadie_ intentó explicar a aquellos ignorantes de forma bastante condescendiente.

La sonrisa del hombre de la camisa negra se hizo más amplia y burlona, al mismo tiempo que otro de sus amigos dejaba su vaso sobre la improvisada barra y se ponía de pie con aire desafiante.

Tenía el rostro macilento y demasiado delgado, con una expresión sardónica. Sus ojos relucían de un modo inquietante. Al prestarle mayor atención Krikor se percató que su brazo izquierdo parecía un garfio que había quedado retorcido a mitad de camino.

_Déjanos en paz, solo nos estamos divirtiendo un poco_ dijo con voz aflautada, que de inmediato produjo una tremenda carcajada en Andréi.

Un cuarto hombre se puso en guardia con los puños apretados y el ceño fruncido en una expresión que Alexander consideró algo salvaje. Tenía los ojos color verde grisáceo muy abiertos, relucientes en una mezcla de sarcasmo y rabia.

_Somos soldados del Zar_ explicó Krikor esperando que los rostros de los hombres se contrajeran, esperando la aparición de cierta mirada de consternación y temor. En lugar de ello, la sonrisa del hombre de los ojos castaños oscuros como lodo se ensanchó aún más, hasta mostrar los dientes carcomidos y amarillos.

_Nos importa un demonio quienes sean_ dijo en tono impávido levantándose de su lugar un quinto hombre mientras se rascaba con mugrosas uñas la barbilla mal afeitada.

Este último era alto y fornido, de ojos inyectados en sangre. Llevaba una cicatriz en forma de zigzag que se iniciaba en la sien derecha e iba hasta la comisura de su labio derecho.

_Es más, será mucho más divertido destrozarles la cara a los soldados del Zar_ dijo con una sonrisa que se curvó en la comisura de su labio izquierdo, por efecto de la terrible cicatriz.

Alexander y Vlademir se pusieron de pie de un salto y se acercaron con grandes zancadas a Krikor. Alexander se situó a su derecha y Vlademir a su izquierda. Mientras tanto Andréi permanecía sentado bebiendo de su botella con la mirada más divertida que alguno de sus amigos le hubiera visto nunca.

Los cinco hombres rodearon a los mosqueteros con las manos empuñadas, la mirada asesina y listos para abalanzarse sobre ellos.

El de la cicatriz no esperó mucho, se abalanzó sobre Krikor encorvando un poco el cuerpo, agachó la cabeza como un carnero que busca golpear a su oponente con la cabeza. Krikor se hizo un poco a su izquierda chocando con Vlademir. El escarpín fue a parar al suelo debajo de una de las mesas. El de la cicatriz cayó de bruces a los pies de uno de los durmientes, pero se levantó de inmediato.

Mientras tanto, el de los ojos verde grisáceos levantó los puños y le insertó un derechazo a Alexander en la mejilla. No pudo evitar el golpe y este cayó de rodillas al suelo. Le colgaba la cabeza y le sangra los labios y la nariz.

_ ¡Vamos amigos, muéstrenles a estos desgraciados de los que están hechos! _ exclamó Andréi con una expresión entre alarmada y divertida mientras hacía girar la botella de vodka entre sus manos.

El del brazo como garfio, sostuvo a Alexander del cuello con el brazo sano, mientras que el de la cara de luna llena se acercaba a él, sus ojos brillaban con el destello de la demencia que Alexander conocía tan bien. Le asestó otro golpe con rapidez vertiginosa, esta vez en el estómago. Alexander dejó escapar un gemido sin que pudiera evitarlo. El del brazo de garfio lo soltó e Ivanov cayó de bruces en el suelo. Durante un instante, quedó cegado, inmerso en un gran destello blanco.

 Mientras esto ocurría, Vlademir asestaba al hombre de los ojos castaños un puñetazo en la boca. El hombre cayó sobre una silla medio atolondrado, un hilillo de sangre emanó por la comisura de su labio y se extendió por la barbilla y el cuello.

Poco a poco el dolor que sentía Alexander fue remitiendo y pudo ponerse de pie mientras se llevaba las manos al estómago. La sangre le brotaba de la nariz a raudales y le recordó la cascada en donde había estado pocas horas antes.

Krikor tendido en el suelo, luchaba por desprenderse del hombre de la cicatriz que le aferraba la tráquea con los pulgares. Buscó a tientas algo que lo ayudara a deshacerse de su oponente. Andréi al verlo desesperado hizo rodar la botella de vodka que ya estaba vacía en dirección de su amigo. Krikor asió la botella y asestó un tremendo golpe sordo a la mandíbula del hombre. El de la cicatriz lanzó un grito de sorpresa y dolor y soltó el cuello de Krikor. El armenio inhaló una profunda y convulsa bocanada de aire y oyó un sonido que le recordó al aullido de una tetera lista para ser retirada del fuego.

Se incorporó lo más rápido que pudo y cuando el de la cicatriz estuvo a punto de abalanzarse de nuevo sobre él, volvió a asestarle otro golpe con la botella en la frente. La botella se rompió y le produjo un profundo corte, de inmediato la herida sangró con profusión. Una expresión de sorpresa tan exagerada que resultó cómica cruzó su rostro por un instante, provocando una estruendosa carcajada por parte de Andréi que seguía sentado bebiendo una nueva botella de vodka mientras tomaba partido por sus amigos.

_ ¡Esa cicatriz en la frente combinará a la perfección con la de tu cara! _ gritó en medio de estruendosas carcajadas.

Krikor tenía la boca contraída en un rictus de dolor, los tendones del cuello tensos como alambres.

El hombre de los ojos castaños como lodo seguía sentado en la silla, intentó levantarse y sintió un fuerte mareo así que se dejó caer otra vez en la silla, el mundo se le volvía borroso y las piernas las tenía como gelatinas.

Los ojos verdes grisáceos estaban clavados en Alexander con la furia de un demente en su mano derecha empuña una daga. Se abalanzó de pronto sobre Ivanov y a pesar del dolor que sentía aún en el estómago pudo apresarlo por la muñeca segundos antes de que intentara asestarle una puñalada. Alexander se la retorció con toda la fuerza de la que fue capaz. Esta se partió con un crujido parecido al de una rama que se rompe en una tormenta, el arma resbaló y cayó al suelo. El de los ojos verde grisáceos emitió un grito desesperado de dolor y se alejó de inmediato de Alexander.

Acto seguido, llegó hasta Vlademir un sonido sordo y el ruido de vidrios rotos y chirridos de metal. Levantó la mirada y vio al hombre con el brazo de garfio empuñando una botella rota en su mano sana, mientras que el de la cara de luna llena empuñaba la daga que se le había caído a su amigo el de los ojos verdes grisáceos.

_ ¡Vamos muchachos acábenlos de una vez! _ gritó Andréi. Poco antes de terminar con la botella de vodka que sostenía en su mano derecha.

Vlademir sintió que se le erizaban los pelos de la nuca en una respuesta primitiva.

El del brazo de garfio se le abalanzó encima con abrumadora fuerza para su escuálido cuerpo, pero Vlademir se hizo a un lado y lo tiró al suelo por la espalda, la botella rota que sostenía en su mano rodó por el suelo y fue a parar de bajo de la mesa que ocupaban los bellos durmientes, que hasta ahora no se han percatado de todo el escándalo dentro de la taberna. Vlademir apoyó una de sus rodillas sobre la espalda del hombre del brazo de garfio atenazándole el cuerpo y aplastándole los pulmones.

Volvió a llegar hasta ellos el chirrido de metal procedente de la derecha, seguido de un chasquido. Alexander observó alarmado cuando el mozo regordete y calvo extraía un rifle de debajo de la improvisada barra y retiraba el seguro del arma. A pesar del dolor que aún sentía, dio dos grandes saltos en dirección al hombre que portaba el arma de fuego, sujetándolo con ambas manos y forcejeando con el arma. Alexander era mucho más joven y estaba mucho mejor preparado físicamente que el mozo calvo, así que pudo hacerse con el arma. Le dedicó la peor de sus miradas antes de golpearlo con el puño derecho en la mejilla izquierda. El hombre ahogó un grito de dolor y sorpresa mientras se llevaba la mano a la mejilla. Alexander le propinó el golpe tan fuerte que el leopardo de Amur de su anillo quedó estampado en el rostro del mozo.

Mientras esto ocurría, Krikor enfrentó al hombre de la cara de luna llena y a su daga. Tenía los ojos asustados e inquietos, era el único que quedaba en pie. A pesar del dolor que atenazaba al armenio, esbozo una sonrisa sarcástica bastante parecida a la que les había dedicado aquellos hombres apenas entraron a la taberna.

_Puedes bajar el arma y salir de aquí corriendo_ dijo.

Ahora que ya estaba algo más “animado”, el acento armenio había aparecido en su voz como un niño que sale de un recóndito escondite.

Pero el hombre de la cara de luna llena cerró los ojos con fuerza y mientras emitía un grito parecido al de un indio en pie de guerra, se abalanzó sobre Krikor. Este se hizo a un lado levantando las manos sobre su cabeza y asestándole un duro golpe en la espalda a su adversario.

El hombre de la cara de luna llena cayó pesadamente con el rostro debajo de la mesa de los durmientes. La botella rota que se había desplazado hasta allí segundos antes se le incrustó en la mejilla. El hombre emitió un chillido de horror y por unos instantes vio el mundo a través de manchas rojas y latidos de corazón desbocados.

El hombre de cara de luna llena parecía ahora una luna cuarto menguante.

Los demás se vieron obligados a alejarse con un siseo de dolor e indignación.

_ ¡Victoria! _ exclamó Andréi elevando los brazos sobre su cabeza en un tono tan alegre que rayaba la demencia para luego mecerse los cabellos al igual que algún genio loco.

Krikor recogió el escarpín del suelo, lo sacudió y se lo metió al bolsillo.

Los cuatro amigos abandonaron la taberna poco después, mientras los bellos durmientes despertaban de su pacífico sueño y observaban perplejos a su alrededor. Al salir a la calle contemplaron como la luna se alzaba cada vez más en el cielo y las brillantes e impresionantes estrellas a través de las altas zelkovas. Montaron sus caballos con dificultad, con excepción de Andréi que se veía exuberante de energía y se dirigieron a casa de Krikor. A sus espaldas se oyó el sonido de más cristales al romperse.

_Parece que la diversión sigue_ dijo Andréi.

Alexander, Krikor y Vlademir lo observaron con aire de reproche.

_ ¿Qué? ¿Por qué me miran así? _ preguntó inocentemente.

_Pudiste darnos una mano allí dentro_ dijo Alexander.

_ ¿Para qué? no la necesitaban_ contestó con una suave carcajada.

_Ahora comprendo perfectamente el nombre de la taberna_ dijo Vlademir.

Los cuatro se miraron y se echaron a reír a carcajadas.


[1] Árbol que crece en China, Taiwán y el este de Asia continental.

Historias Entrelazadas (fragmento)

Un poco más de Alexander Ivanov y sus amigos.

Los cuatro jinetes cabalgaban contemplando los preciosos parajes repletos de pinos, abedules y abetos que descendían hacia un hermoso lago donde los jilgueros conversaban al ponerse el sol. Cabalgarían un par de horas más antes de detenerse y acampar bajo las estrellas. Aún hacía algo de frío, pero como avezados soldados, aquello no les representaba problema alguno. El sol terminó por esconderse detrás de una fila interminable de árboles, mientras la luna menguante maravillosamente perfecta, se elevaba por el este.

Krikor Arvakian levantó la mano derecha empuñada, indicando que era hora de detenerse en lo alto de una exuberante cima con una loma de gran pendiente que se hallaba cubierta de árboles por todos lados. Los cuatro jinetes desmontaron ágilmente y se dispusieron a levantar un pequeño campamento alrededor de una fogata.

Vlademir Soreki se encargó de preparar las truchas que habían pescado por la mañana, mientras que Andréi Savonikov se encargaba de los caballos.

Alexander escribía en las hojas de lo que parecía ser un diario ayudado por las llamas de la fogata que se sacudían como monjes derviches en una danza demencial sacudidas por la fuerte brisa del viento. Se preguntaba cómo podría adoptar aquellos parajes como residencia eterna, de manera que nunca más tuviera que volver a su mundo insípido, pueril y falto de colores nuevos y exuberantes.

Mientras se hundía en esas cavilaciones, recordó a Tatiana, hacía tiempo que no la veía, su corazón se estremeció ante su recuerdo. La baronesa era la única persona en el mundo que era capaz de pintar sus días con colores brillantes y magníficos. Suspiró, a pesar de la distancia y la total quietud, la monotonía del paisaje lo llenó de una tranquilidad indescriptible. Levantó la mirada al cielo y la luz de millones de estrellas que delineaban a la perfección sus constelaciones parecían saludarlo con su fuerte parpadeo.  Pensó que el encanto de la vida no obedecía a ninguna ley específica en el inmenso cosmos, más que a las leyes que él mismo escribía y por las cuales se gobernaba.

No gobernaban su vida, los delirios premeditados de equidad, independencia e indiferencia que gobernaban a los demás, ya que consideraba que aquellos principios eran volubles y contradictorios como los dioses a los que veneraban sus padres. Alexander Ivanov era un hombre digno, de amplio sentido común y de mente abierta.

Krikor se acercó a la fogata y se sentó al lado de Alexander ofreciéndole una cantimplora, para luego introducir su mano en el bolsillo de su chaqueta y extraer de ella un escarpín de bebé. Su esposa Zabel se lo había dado el día en el que se enteró que estaba embarazada y desde entonces el pequeño amuleto lo acompañaba a todas partes.

Ivanov cerró el diario y lo dejó a un lado para luego tomar la cantimplora y acercarla a sus labios. Bebió un trago largo de buen vodka que lo hizo entrar en calor de inmediato, para luego ofrecérsela a Vlademir.

La luna ahora en el cenit brillaba de manera maravillosa y palpitante sobre los cuatro amigos. El viento no daba tregua y Alexander pensó que el vodka los ayudaría a permanecer calientes mucho más que aquella fogata que amenazaba con extinguirse.

Andréi puso a buen resguardo a los animales luego de alimentarlos y darles de beber. Pronto, se acercó a sus tres amigos y con gesto vehemente de su mano exigió un poco de vodka.  Alexander le acercó la bebida, mientras Andréi se sentaba frente a la fogata completando el círculo. El muchacho bebió un trago largo, la manzana de Adán bajaba y subía a ritmo constante mientras el licor ingresaba a su estómago. Krikor meneó la cabeza mientras una leve sonrisa se le dibujaba en los labios.  Todos sabían que después de la tercera copa, o a veces después de la segunda, Andréi se arrojaba a un pozo oscuro y no volvía a salir de él hasta que despertaba al día siguiente con una terrible resaca. No era el lugar más adecuado para sus exabruptos, pero ¿cómo evitarían que bebiera?

_Vamos Andréi, deja algo para los demás_ dijo Vlademir.

Andréi separó los labios de la cantimplora de cuero y le dedicó una mirada penetrante a su amigo antes de acercarle el líquido.

Andréi era el más joven de los cuatro amigos, y al igual que Alexander había nacido en Moscú, pero a diferencia de este, su familia no poseía espectaculares palacios ni grandes negocios. Sus ojos marrones, siempre brillantes y muy expresivos no dejaban nada al azar. El pelo castaño rojizo algo largo le caía sobre la frente de una forma muy poco común para un soldado del zar. De temperamento alegre y confiado, pero a la vez extremadamente impulsivo y emocional.

Vlademir provenía de una de las más importantes familias de Odessa y se había unido al ejército del zar por el mismo motivo que sus demás compañeros, con la firme intención de servir al vasto imperio. No solo sobresalía por su alta estatura, sus ojos azules e inquisidores sino también por su gran valentía en los campos de batalla. El sobrenombre con el que lo conocían entre sus amigos era Aramis. Dotado de un gran corazón, de carácter amable y arraigados sentimientos pero que muchas veces no sabía cómo gobernarlos, eso era algo que aún debía aprender.

Krikor Arvakian provenía del Cáucaso, su sobrenombre era Porthos ya que era el único casado entre los cuatro amigos y estaba a punto de ser padre. Era algo más bajo que sus demás amigos, de ojos negros y una gran fuerza física. Había crecido en aquellas tierras algo salvajes y agrestes moldeándolo para las duras pruebas, no solo de la vida sino también de la guerra. Sus amigos reconocían en él, cierta cualidad de aberrante inflexibilidad, pero a la vez su sensatez y su gran respeto por los demás.

Alexander era muy apreciado por sus amigos y compañeros del ejercito por su solidez de juicio y la serenidad con la que actuaba ante los conflictos, a pesar de que muchas veces reprimía sus sentimientos y sus opiniones para no herir a los demás. El anillo que siempre llevaba consigo, con el símbolo del leopardo de Amur fue un obsequio de los mosqueteros.

Después de meses prestando servicio militar, al fin tenían unas semanas de licencia. Krikor invitó a todos a la casa que compartía con sus padres, sus hermanos y su esposa. Los mosqueteros aceptaron la invitación de muy buen agrado. Ahora en medio de las escarpadas montañas del Cáucaso, sacudidos por el aire frío de la noche bebían mientras contaban anécdotas de sus años mozos.

_Alexander me invitó a asistir a una de las representaciones del ballet Bolshoi_ explicó Andréi con un ademán bastante cómico, como si emulara a alguna bailarina.

Krikor emitió una leve carcajada ante el gesto ocurrente de su joven amigo, mientras jugueteaba con el escarpín.

Vlademir sacudía la cabeza al tiempo que esbozaba una sonrisa.

_Desde luego vestí mi mejor uniforme_ siguió diciendo Andréi_ estaba seguro de que conocería a alguna muchacha soltera e interesante.

Alexander enarcó ambas cejas y observó detenidamente a su amigo esperando ver a donde llevaba aquella historia.

_Pero tonto de mi_ dijo Andréi con exagerados gestos de sus manos_ las mujeres no tenían ojos más que para D’Artagan.

Los tres camaradas posaron sus ojos en Alexander. Este se encogió de hombros mientras sonreía.

_Está exagerando_ quiso defenderse mientras se pasaba la mano por el rubio pelo.

_ ¡Exagerar! ¡me quedo corto! Cada vez que intentaba entablar una conversación con alguna joven doncella, todas terminaban preguntándome por mi atractivo amigo.

Krikor y Vlademir lanzaron una carcajada breve y extrañada al ver el rostro indignado y consternado de Andréi.

_No te preocupes Andréi, en mi pueblo las muchachas estarán encantadas de hacerte feliz_ dijo Krikor tratando de sofocar la risa.

_ ¡Eso espero! _ espetó Andréi_ creo que ya he olvidado como se ve una mujer en la cama.

Una salva de carcajadas se oyó luego de la última ocurrencia del más joven de los mosqueteros.

Se despidieron poco después, debían descansar, retomarían el viaje antes del amanecer. Alexander echó un último vistazo a los caballos, mientras la intensa luz de la luna vertía misteriosos reflejos sobre los árboles. El viento había amainado y solo se oía un leve murmullo. En aquellos parajes la mente perdía el aspecto del tiempo y del espacio, ambos se hacían estériles e irreales.

Se dirigió a su tienda de campaña, se tendió sobre su manta, cerró los ojos y la nubosa neblina de los sueños lo envolvió de inmediato.

Despertó una hora antes del amanecer, salió de su tienda de campaña y se estremeció al sentir el viento que soplaba entre los troncos de los árboles. Observó a Andréi que se alejaba apresurado del campamento rumbo a unos arbustos con la espalda algo encorvada, las manos en el estómago y mascullando un juramento. Lo vio arrodillarse en el suelo con ademanes pesados, se inclinó y todo emergió de su estómago en una corriente espesa y repugnante. Una parte le salpicó en la cara mientras otra descendía sobre sus rodillas en manchas amarillas.  Andréi olió la trucha que había comido la noche anterior, junto con el vodka, un olor rancio y nauseabundo.

Trató de incorporarse sosteniéndose de una rama, pero antes de lograrlo, vomitó de nuevo despidiendo una especie de gruñido que recordaba a una de esas ametralladoras sobrecargadas a punto de estallar. Se quedó petrificado, inmóvil, con las manos sobre los muslos, el cuello, la boca, la nariz y las fosas nasales espesas por el sabor y el olor a trucha podrida, observando cómo todo daba vueltas a su alrededor, se sentía como en uno de esos carruseles de feria después de varias vueltas.

Se levantó poco después con suma dificultad, tenía los ojos rojos e irritados a causa de la resaca. Se aseó lo mejor que pudo, mientras sus amigos lo observaban divertidos. Pero como era de esperarse, luego de aquel episodio Andréi esbozó una sonrisa radiante, ensilló su caballo y lo montó de inmediato.

 Los demás lo imitaron poco después y enfilaron un serpenteante y empinado sendero bordeado de árboles de pinos, que se iban diluyendo a medida que se acercaban a la cima, como si algún dibujante perezoso olvidó seguir haciendo los bosquejos. La sorpresa fue mayúscula cuando los cuatro alcanzaron la cumbre de la loma y vieron del otro lado un inmenso llano cuya extensión no podían definir porque aún no lo iluminaba el sol. La monotonía eterna de la llanura ondulante producía en todos ellos una leve quietud.

Descendieron la serpenteante cuesta lentamente, disfrutando del paisaje, del sonido aullante del viento que recorría la interminable llanura y del aroma extraordinario del campo. Sus sentidos se vieron infectados por avalanchas de empapado verdor y el aroma frágilmente impreciso de la tierra y la vegetación impregnadas por una suave lluvia.

Se detuvieron en la ladera de la colina y observaron en todas direcciones, Krikor encabezó la caravana hacia la derecha en donde se extendía una amplia pradera de verdes pastizales que invitaba a correr.

Andréi se lanzó a galope con un grito de euforia que contagió a sus demás amigos quienes lo siguieron de inmediato, mientras los caballos relinchaban alborozados. El mágico panorama de colinas onduladas y prados cercados de piedra, invitaban a saltar a lomo de sus caballos. Atravesaron un valle lejano de laderas cubiertas por pequeños bosques, recorrieron una serpenteante carretera de piedras, pasaron junto a abrigadoras granjas, de donde los campesinos salían a saludar a los recién llegados. Cruzaron puentecillos de madera y piedra, rodearon un pequeño meandro de aguas cristalinas y se detuvieron sorprendidos a los pies de una impresionante cascada.

_Es la cascada de Shaki_ explicó Krikor_ Estamos muy cerca.

Andréi desmontó su caballo de un salto y una carcajada de alegría, mientras les daba la espalda a sus amigos y se desvestía apresurado, bajo la lívida luz de la primavera, motivado por un impulso que le resultó difícil de entender.

 Krikor, Vlademir y Alexander contemplaron la escena con curiosidad y diversión al ver a Andréi rascarse de forma despreocupada el blanco trasero de bebé que exhibía.

_Es la mejor idea que has tenido en meses_ dijo Vlademir con una carcajada_ al fin dejaremos de oler a vómito.

Andréi volteó sobre su hombro, arrugó la nariz al mismo tiempo que esbozaba una pequeña sonrisa torva, para después zambullirse en las aguas del río Shaki. Segundos después salió a flote.

_ ¡Qué esperan! _ gritó.

_El agua estará helada_ dijo Krikor.

_ ¡Se siente increíble! _ volvió a gritar Andréi.

Krikor, Alexander y Vlademir se miraron con perplejidad.

_ ¡Vamos muchachos, se arrepentirán si no hacen esto! _ gritó emulando el tono de voz del general Beliávev cuando tomaba una resolución decisiva para el desenlace de alguna batalla.

Los demás mosqueteros se echaron a reír.

_Lo imitas muy bien_ dijo Alexander.

_Vamos muchachos_ insistió.

Krikor, empezó a desnudarse y Vlademir lo siguió de inmediato. Alexander lo pensó por unos segundos y terminó sucumbiendo a las insistencias de Andréi. Vlademir fue el segundo en zambullirse en las frías aguas del Shaki con un grito grave de desagradable sorpresa al comprobar la temperatura del agua. Le siguieron Krikor y Alexander poco después.

_Estamos locos por seguirte a este charco helado_ dijo Vlademir.

_Es solo la primera sensación ya verán que pronto no sentirán frío_ dijo Andréi.

Y tenía razón poco segundos después los cuatro nadaban al pie de la cascada, dejando que el agua que caía con fuerza desde una altura de dieciocho metros masajeara sus adoloridas espaldas.

Luego de dejar las cristalinas aguas de la cascada, Alexander y Andréi retozaron al sol, mientras que Vlademir y Krikor escalaban una empinada pendiente hasta llegar a la cima de la cascada desde donde observaron el increíble paisaje.

Alexander cerró los ojos y dejó que los cálidos rayos de sol acariciaran su rostro mientras se relajaba. Andréi por su parte, arrancó un palillo de paja y se la metió a la boca, para luego calzarse las botas.

_ ¿Qué te preocupa Amur? _ preguntó mientras que el palillo que sostenía entre los dientes rodó de una comisura a la otra.

_ ¿Por qué crees que me preocupa algo? _ preguntó Alexander a su vez sin mirar a su amigo.

_Te conozco, estas algo estresado y muy pensativo. ¿Tiene algo que ver con la baronesa o con tu inminente matrimonio? _ preguntó sin darle mucho interés al asunto.

Ivanov volteó la cabeza y detuvo su mirada con gesto pensativo sobre Andréi quien se entretenía balanceando el palillo sobre su labio inferior y por un angustioso momento, Alexander sintió algo que solo se podría describir como claustrofobia psicológica acompañada de una extrema frustración. Se sentía acorralado en un cerco cada vez más elevado y compresivo, que el mismo había permitido que lo cercara poco a poco. Vivía un secreto desafío frente a los obstáculos que para siempre lo separarían del objeto de sus más intensas emociones.

Se encogió de hombros, intentó esbozar una sonrisa mientras miraba a Andréi con los ojos brillantes y el ceño fruncido.

_No importa mucho lo que piense_ contestó.

_Claro que importa, es tu vida, tu futuro después de todo_ contestó Andréi para luego escupir el palillo en el suelo.

Ivanov se incorporó y recogió las piernas hasta su pecho, rodeando las rodillas con sus brazos entrelazados.

_ ¿Qué puedo hacer? Tengo que casarme ahora más que nunca, la situación en Moscú no mejora, al contrario, lo más probable es que empeore, estamos a las puertas de una guerra y por el bien de mis padres debo casarme_ contestó son la mirada fija en algún punto del horizonte en donde el sol descendía lentamente como una bola de fuego ardiente.

_ ¿Qué hay de tus sentimientos y los de Tatiana? _ preguntó Andréi.

_ ¿Qué hay con ellos? En nuestra posición, no podemos darnos el lujo de guiarnos por los sentimientos. Además, entre Tati y yo solo hay una relación de codependencia_ contestó Alexander.

Andréi se echó a reír.

_No convences a nadie con ese discurso. No necesitas fingir conmigo, somos amigos_ dijo apoyando una mano sobre el hombro de Ivanov.

Alexander tomo aliento antes de responder.

_No hay nada que podamos hacer, no puedo exponerla al escándalo, ni abandonar a mis padres a su suerte.

_ ¿Qué piensa ella al respecto?

Alexander se encogió de hombros y le brillaron los ojos.

_Ella cree que casarme es lo correcto.

Andréi suspiró con un aire de resignación que a Alexander le produjo cierta gracia a pesar de las circunstancias.

_Actúas como si fueras tu quien se tiene que casar a pesar de no estar de acuerdo_ dijo sonriendo.

_Solo pensaba que la vida de los privilegiados no lo es tanto, por el contrario, parece ser muchas veces un calvario_ dijo Andréi.

_Tienes suerte, puedes darte el lujo de enamorarte y casarte con la mujer que ames_ contestó Alexander dándole una palma a Andréi en la espalda.

_Supongo que si_ contestó el mosquetero con la mirada pensativa_ si es que alguna vez encuentro una mujer que me quiera como esposo_ agregó.

Alexander lanzó una carcajada mientras Vlademir y Krikor se acercaban a él.

_ ¿Qué es tan gracioso? _ preguntó el armenio.

_Con Andréi, la vida siempre es mucho más divertida_ contestó Alexander.

Pero de pronto lo asaltó una fuerte premonición: aquella estrecha amistad desaparecería pronto y él no podría hacer nada para evitarlo. Intentó convencerse de que no tenía sentido y era pura superstición, pero no lo consiguió del todo.

Bienvenidos a mi Sitio.

Mi nombre es Milena Arano y acabo de publicar dos libros. Me gustaría presentártelos:

Historias Entrelazadas y Casa 110.

Son dos historias completamente diferentes, pero que te llenarán de intriga y dejarán volar tu imaginación.

Historias Entrelazadas: Alexander Ivanov y Kataryna Weleczuk

Narra la vida de dos personajes completamente puestos entre si desde el Imperio Ruso, el nacimiento de la Unión Soviética hasta la inmigración europea a Sudamérica. Es una historia a veces aterradora, otras conmovedora.

Casa 110:

Se desarrolla en los andes peruanos a casi 4000 metros sobre el nivel del mar y narra los extraños y terroríficos acontecimientos que vive una asistenta social en una vetusta Empresa Metalúrgica que se resiste a morir.

Suscribirte a mi blog para recibir actualizaciones, fragmentos de los libros y mucho más.