HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, Paraguay, abril 1955.

I

Sentado en la sala de espera de la consulta médica, Alexander se hallaba ensimismado en sus pensamientos. El continuo dolor que lo había llevado hasta allí seguía, pero ahora se hallaba inmerso en otro tipo de aflicción. Una nueva y persistente noción de culpa se alojaba en su mente, como si se tratara de una hilacha de carne metida entre dos muelas molares. De un tiempo a esta parte se recriminaba constantemente por las faltas y omisiones que había cometido con sus hijos. Aunque sabía que ya era tarde para remediarlo, todos ellos estaban casados y quizá ya tenían sus propios hijos de quienes hacerse cargo. A pesar de ello algo dentro de él le decía que podía haber hecho las cosas de otra manera. Podría haber manejado la situación con Galina de forma madura. Tal vez lo correcto habría sido no haberse casado con ella en primer lugar. Su vida hubiese sido muy distinta si hubiera tomado la decisión correcta. Por otro lado, no había hecho un mejor papel con Kataryna y se preguntaba si habría logrado una mejor comunicación con sus hijos menores. Veía mucho de sí mismo en Felipe y una insistente sensación le decía que a Felipe le esperaba un futuro algo más solitario que el suyo. Podía buscar vacuas excusas diciendo que había cumplido con advertirle a Kataryna sobre sus problemas emocionales y del incondicional amor que le tenía a Tatiana. Pero, aun así, podría haber evitado involucrarse con ella, podía haberla amparado, ayudado a salir adelante sin que ella se sintiera obligada a mantenerse a su lado, dicho sea de paso, por alguna extraña razón que él aún desconocía.

De pronto, el estómago le dio una punzada de aviso, intuyendo que el doctor iba a anunciarle que le habían detectado una gran ulcera. Debería empezar a poner más cuidado en su alimentación, pensó.

Una puerta azul cielo se abrió y el doctor lo saludó desde el resquicio. Alexander no sabía cuáles eran los resultados de los exámenes, pero por la expresión del médico, no podía ser nada bueno. Alexander se puso de pie con un suspiro casi inaudible y con absoluto estoicismo se encamina en dirección al consultorio.

El doctor apenas lo saludó manteniendo en todo momento aquella expresión formal que Alexander empezó a considerar odiosa. Cerró la puerta y se sentó detrás de su escritorio al tiempo que le pedía a Alexander que hiciera lo mismo frente a él.

Cuando el doctor le explicó que lo que sentía como un pedazo gigante de braza ardiendo en el estómago no era una úlcera, sino que era cáncer, de inmediato evocó a Tatiana y sus últimos y tormentosos días. Luego, esbozó una leve sonrisa y pensó en lo irónica que resulta ser la vida.  Intentó recordar cuantos cigarrillos se había fumado durante su vida. ¿Mil, dos mil, diez mil? Esta vez se echó a reír y el doctor lo miró con expresión perpleja. Si, la vida era una ironía constante, los cigarrillos habían matado a Tatiana y sus pulmones al parecer podían seguir empapándose de negros y cancerígenos humos sin que les sucediera nada. En cambio, se había alimentado bien durante toda su vida, no se había dado a la bebida y se mantenía en buen estado físico, pero su estómago al parecer no había recibido el memorándum al respecto.

Sus facciones se relajaron un poco y dejó que el médico terminara de darle el informe. Conservó la calma. Una calma extraordinaria, pensó el galeno. Hasta se podía decir que estaba estimulado o emocionado por alguna extraña razón que no comprendía, supuso que tal vez se debía al shock. La verdad era que íntimamente, Alexander ya había llegado a un diagnóstico semejante hacía algún tiempo, pero ahora que tenía la certeza se sentía en completo dominio, lleno de serenidad y coraje. Alexander pensó que era extraño y a la vez perfectamente comprensible que las punzadas y los dolores desaparecieran por completo cuando recibió el dictamen final, como si el malestar se tomara un descanso para que él pudiera hacerse a la idea y aceptara lo que vendría.

El médico le aconsejó que se operara de inmediato, le explicó que los tumores se desarrollaban a un ritmo diferente en cada paciente. Algunos podían vivir un par de años si se operaban a tiempo y se aplicaba la terapia adecuada. Le habló de una técnica experimental que se desarrollaba en Buenos Aires.

Alexander dijo que no se operaría. Su postura fue inflexible.

El galeno le explicó que si no se operaba era lógico pensar que viviría entre cuatro y seis meses.

Alexander asintió y lo que el galeno vio en sus ojos no fue resignación o sacrificio sino consentimiento y aprobación.

Alexander estrechó la mano del médico y salió del consultorio con el corazón desbocado, y no precisamente porque se sintiera desolado o preocupado, todo lo contrario, su espíritu se encontraba insólitamente en paz y armonía como si acabara de confesar todos los pecados cometidos y les fueran enteramente perdonados.

Historias Entrelazadas (Kataryna y Alexaner)

San Lorenzo, Paraguay marzo de 1955.

I

Alexander tuvo un par de meses relativamente buenos, si lo comparaba con los anteriores claro está. Aún no había visitado al médico y había llegado a pensar que no necesitaría hacerlo después de todo. Un par de veces llegó a pensar que no le pasaba nada en realidad, pero el sabor amargo en su boca lo contradecía.

Pero aquel día no quería pensar en nada más que no fuera la visita de su hijo Felipe. Hacía meses que había dejado la casa para ir a vivir a Encarnación en donde trabajaba como técnico de radio.

De pie junto a la ventana, lo vio acercarse por el sendero bordeado de árboles de mango y se apresuró a abrir la puerta para recibirlo.

Felipe atravesó el sendero con rápidas zancadas y abrazó a su padre. Lo estrechó con fuerza, pero se apresuró a soltarlo al ver que hacía una mueca de dolor.

La desagradable flecha encendida no lo había abandonado después de todo, pensó Alexander.

De todas formas, apremió a su hijo a que ingresa a la casa, en donde su madre y su hermana menor lo esperaban ansiosas. El dolor afloró de nuevo, tres intensas palpitaciones. Apretando los dientes, aguardó a que remitiera e intentó convencerse sin éxito de que serían las últimas. Respiró hondo, lo que reavivó el dolor.

Se sentó junto a su familia a comer, si es que así era como se llamaba a llevarse a la boca dos o tres cucharadas de sopa. Después de que terminaron de almorzar le dedicó un par de horas al hijo pródigo.

Cuando se fueron a sus habitaciones a descansar, a eso de las ocho de la noche, los tentáculos del dolor ya le alcanzaban hasta los huesos y debió hacer un esfuerzo para tenderse sobre la cama sin que Kataryna notara el estado en el que se hallaba.

Es hora de que vaya a ver al médico, pensó entonces. Debía dejar de buscar excusas para no hacerlo.

II

La visita al médico no había estado tan mal después de todo. A pesar de que intentó obtener algún tipo de diagnóstico inicial por parte del galeno, este se mostró reservado con respecto a sus hipótesis y dejó en claro que no se apresuraría en emitir conjetura alguna hasta no tener los resultados de los análisis a los que se había sometido. Alexander intentó hallar alguna pista examinando con cuidado el rostro del médico, pero fue un callejón sin salida. El rostro profesional e inmutable del hombre que tenía enfrente no le dejó vislumbrar absortamente nada. Los resultados tardarían algunos días, pero al menos había dado el primer paso.

La brisa soplaba del norte algo tibia para esa época del año, pero muy agradable. Se sentía mucho mejor emocionalmente y disfrutó de la larga caminata desde el pórtico de metal algo oxidado y descolorido de la Escuela hasta la casita en la que habitaba junto a Kataryna y Tina. Las hojas se sacudían en las ramas de los árboles, luego caían y eran arrastradas por la corriente con movimientos ondulantes, antes de caer a los pies de Alexander. El sendero que meses atrás estuviera cubierto de mangos amarillos estaba ahora cubierto por una alfombra de hojas cafés y secas, que crujían bajo los zapatos de Ivanov.

Parecía que el dolor ardiente y lacerante que había estado sintiendo durante los dos últimos meses había decidido darle una tregua. En su lugar, de tanto en tanto, sentía un leve murmullo bajo y sordo bastante llevadero.

Cuando llegó a su casa encontró a Kataryna sentada a la mesa de la cocina, frente a ella, sobre la mesa, descansaba abierto el Diario “El País” vocero del Partido Colorado. El diario “Patria” a un lado de la mesa. Al parecer Kataryna llevaba algún tiempo buscando información y Alexander creía intuir de que tipo de información se trataba.

 El sol radiante del medio día entraba sesgado por la ventana y confería al rostro de la mujer, un extraño aspecto que denotaba al mismo tiempo, estupefacción, conmoción e intensa aberración. Tenía la cara encendida y los ojos brillantes. Parecía exaltada hasta se podía decir que furiosa. Nunca antes la había visto de aquella forma. Por un momento, un atisbo de inquietud apareció en los ojos azules de Alexander y luego observó con atención el periódico que se meneó levemente son la brisa que ingresó a través de la puerta abierta.

“Prosigue la Investigación Policial en Torno a los Colonos Eslavos en Contacto con Moscú”

Rezaba el titular sobre un artículo que ocupaba tan solo una columna en la parte central derecha entre otras noticias “poco interesantes”. Las columnas de textos estaban impresas contra un fondo blanco y líneas negras en zigzag la separaban del resto de los artículos por arriba y por el costado izquierdo. Bajo el titular en letras negras y pequeñas se leía:

“Un Copioso Material de Propaganda Soviética Está en Poder de Nuestras Autoridades”.

Bajo el subtítulo, unas letras más pequeñas atribuían el artículo a Ángel Peralta Arellano.

Alexander pudo confirmar sus suposiciones iniciales y podía apostar a que el artículo del diario Patria tenía un titular muy similar.

Sus ojos abandonaron el periódico y se concentraron en Kataryna, esperando a que fuera ella quien trajera el asunto a colación.

_ ¡Han atacado a los colonos de Fram! _ dijo ella con una fuerte nota de indignación en la voz.

_Lo sé_ contestó Alexander mucho más tranquilo de lo que Kataryna se hubiese imaginado.

Aquella tranquilidad que emanaba Ivanov la dejó perpleja y su indignación se trasformó en enfado.

_ ¿Lo dices así tan tranquilo? _ preguntó ella elevando un poco la voz. Su rostro se tornó rojo y le temblaron levemente los labios.

Alexander le dedicó una sonrisa indulgente que Kataryna recibió como una ofensa. A pesar de que no había recibido una educación superior no se consideraba una mujer tonta y odiaba cuando la trataban como una. La indignación la volvió a invadir, una indignación contra el prejuicioso pensamiento de Alexander.

Tomó el periódico que se hallaba doblado y se lo mostró a Ivanov. El titular declaraba:

“Sorprendente Insurrección de Colonos Comunistas en la Zona de Itapúa”

_ ¡Los llaman comunistas! _ dijo y su voz estuvo a punto de quebrarse de indignación.

Alexander tomó el periódico de las manos de Kataryna y le echó un vistazo, no se detuvo particularmente en algo específico ya que había leído con detenimiento todo lo referente a aquel penoso acontecimiento mucho antes que su exaltada compañera. Dejó el diario sobre la mesa y se cruzó los brazos sobre el pecho. Gesto que Kataryna consideró una ofensa directa hacia ella.

_ ¿Cómo puede ser que tomes esto a la ligera? _ preguntó irritada.

La indignación y la humillación resurgieron en su ser, acompasados con los latidos sordos de su corazón.

_No tomo nada de esto a la ligera dijo señalando los periódicos extendidos sobre la mesa _ pero debemos ser cautelosos.

_No te entiendo, pensé que estabas dispuesto a defender las causas justas y esto es justamente lo opuesto_ dijo ella.

Sus manos habían empezado a abrirse y cerrarse con fuerza, respiraba con inspiraciones y expiraciones rápidas.

Alexander suspiró y sopesó la reacción de Kataryna y las consecuencias que aquella catálisis podía acarrearles.

_Intenta relajarte, siéntate y hablaremos de esto_ dijo Alexander como voz relajada y persuasiva como si intentara razonar con un niño.

Kataryna lo observó con ojos fríos y escrutadores antes de acceder a su petición. Se sentó en la silla que ocupaba antes de que Alexander llegara.

_Voy a narrarte los hechos de lo que estoy al tanto, de muy buena fuente, por cierto_ dijo Alexander al tiempo que se sentaba frente a Kataryna y hacía los periódicos a un lado. _ Los colonos de Fram se preparaban para la celebración de una Vestavka[1] en el Club de Inmigrantes. El salón estaba decorado con colores azul y amarillo.

_Los colores de la bandera de Ucrania_ dijo Kataryna en un susurro, los colores de su bandera le traían recuerdos contradictorios, por un lado, añoranza y por otro el sentimiento de desazón y desdicha.

Alexander asintió en silencio antes de proseguir con su relato.

_Los colonos se sentían a gusto con la asunción de Stroessner a la presidencia a pesar de que había llegado al poder a través de un golpe de estado. Stroessner es descendiente de inmigrantes alemanes resientes en Itapúa después de todo. Por lo que los pobladores recibieron al comisario de la Policía Abraham Benítez como invitado especial aquella noche. Pero algunos de los colonos se sentían bajo vigilancia, pensaban que el comisario abría las correspondencias que provenían de Europa en busca de algo que les implicara con los comunistas.

_No entiendo porque el gobierno piensa que puede encontrar comunistas entre los colonos. Si salieron de Ucrania es justamente porque no estaban de acuerdo con el comunismo_ lo interrumpió Kataryna.

_Puede que tengas razón, pero no puedes poner las manos al fuego por todos los colonos. El gobierno cree que puede haber infiltrados_ repuso Alexander.

Kataryna lo atravesó con la mirada. Sus ojos centelleaban. Alexander se inquietó con lo que vio en su rostro, algo que no había estado allí antes: la profundidad oscura de una hendidura ignorada en los pastizales sudamericanos, una opacidad en la que no crecían las hierbas y en la que una caída sería larga hasta llegar al suelo.

Kataryna tenía un temperamento escondido, pensó Alexander, todos tenemos un temperamento escondido después de todo se dijo así mismo. Pero debía asegurarse de que aquel temperamento no aflorara en ella en los momentos menos oportunos. Algo muy dentro de él le decía que vendrían tiempos complicados y lo mejor sería agachar la cabeza y pasar desapercibidos.

_No todo el que parece inocente lo es, ni todo el que parece culpable resulta ser un infractor.

_No estoy de acuerdo_ insistió ella.

De pronto tuvo un pensamiento extraño y furioso: Alexander era un Ruso Blanco, un soldado del Zar, por lo tanto, era un enemigo de los soviéticos. Había peleado en la Guerra del Chaco y tal vez formaba parte del grupo anticomunista que había acusado a los colonos de ser espías soviéticos.

_ ¿Tienes tú algo que ver con lo que pasó? _ preguntó airada para luego golpear la mesa con el puño en un gesto perentorio.

Alexander intentó guardar la calma, no tenía caso que llegara a acalorarse y terminaran en medio de una discusión sin sentido. Negó con la cabeza, apoyada en su pecho.

_Si bien creo que habrá algún que otro simpatizante soviético entre los colonos, no estoy de acuerdo con que sean espías. Mucho de los colonos se subscribieron a las publicaciones soviéticas que les llegaban desde la Embajada en Buenos Aires, como único medio para recibir noticias de la patria y no precisamente porque crean en los medios propagandísticos. Otros solo son culpables de poseer libros de Gorki, Tolstoi o Dostoievski.

_ ¿De qué hablas? _ preguntó Kataryna perpleja.

_Durante la fiesta, los colonos cantaron el himno ucraniano y oyeron a Chaikovski. Algunos jóvenes hasta danzaron al son de las melodías rusas, pero al parecer esto no le causó ninguna gracia al comisario Benítez, cuyo pensamiento retrógrado era que los colonos debían olvidar sus raíces una vez que llegaban al país.

Alexander hizo una pausa, suspiró pesadamente y enseguida sintió una leve punzada en la base el estómago.

_Luego de la fiesta, el comisario empezó con las primeras detenciones_ continuó diciendo, haciendo caso omiso del leve malestar que acababa de sentir. Después de todo, no era nada comparado con las flechas ardientes que había sentido anteriormente_ alegaba que recibían publicaciones soviéticas y que eso era prueba de que eran comunistas. Durante la madrugada del día siguiente los colonos oyeron una serie de ráfagas de fusil automáticos, luego una serie de gritos desesperados. Entre setenta y ochenta militares armados tomaron la única calle del pueblo. Ingresaron a las casas a la fuerza revisándolo todo. Los soldados golpeaban con sus armas tanto a hombres como a mujeres, incluso algunos niños. Requisaron cualquier tipo de literatura que estuviera en ruso como prueba de que eran comunistas.

Kataryna lo oía estupefacta, con los ojos bien abiertos y los labios separados formando una “o”.

_Se por una fuente cercana que las supuestas pruebas eran nada más y nada menos que Math[2] de Máximo Gorki, Ucrainskii Kalendar[3] , Noródnaia[4] y otros títulos inocentes.

_Entonces ¿cómo puedes estar de acuerdo con lo que sucedió? _ preguntó Kataryna cada vez más indignada y perpleja.

_No estoy de acuerdo, pero no puedo hacer nada al respecto. No podemos exponernos a que piensen que estamos implicados.

Kataryna desvió la mirada hacia la ventana que tenía al lado como si quisiera evitar mirarlo a los ojos. Luego, se giró para mirarlo, mientras que con la palma de las manos se apartaba de la cara los mechones de cabello gris. Sus mejillas parecían rosas rojas que florecían sobre su pálida piel.

_No podemos darles la espalda a nuestros amigos, a nuestros paisanos_ dijo ella_ ¡no podemos cerrar los ojos ante esta injusticia!

Alexander intentó explicarse, pero ella agitó una mano con impaciencia y él comprendió que era mejor no interrumpirla y dejar que se desahogara.

Kataryna expuso con vehemencia sus pensamientos y razonamientos por espacio de varios minutos, mientras Alexander solo la miraba con una conmovedora expresión de perplejidad. Después de tantos años compartiendo sus vidas, jamás imaginó que Kataryna pudiera dejarse arrastrar con tanta pasión ante sus convicciones.

_No podemos correr riesgos, yo ya no soy joven y no tengo la misma fuerza de antes. Felipe es adulto y ya está haciendo su vida, pero Tina es aún muy pequeña. ¿Qué sería de ella si nos arrestaran? Debemos ser sensatos, no podemos ponernos en contra del gobierno.

_Hablaste de una fuente confiable. ¿de quién estabas hablando? _ preguntó ella con creciente curiosidad.

_El General Beliávev

Kataryna se mostró aún más sorprendida.

_Entre los agentes anticomunistas se encuentran varios ex militares del Zar. El general es el comandante. Me ofreció un puesto importante, pero me negué, le mentí diciendo que estaba enfermo y que debía hacerme una serie de tratamientos. En verdad es en lo último que quiero meterme, no voy a ayudar a reprimir a mi gente.

_No le mentiste_ dijo ella antes de que se hiciera entre ellos un silencio confuso y ligeramente ofendido.

Kataryna tenía que reconocer que Alexander tenía razón, no podían ir por allí enfrentándose al gobierno, no podían exponer sus ideas opositoras a los cuatro vientos y poner en peligro su libertad y su integridad física.

_Tengo un fuerte presentimiento_ dijo Alexander después de que notara que Kataryna se había sosegado un poco_ y no es bueno. Algo me dice que Stroessner será la perdición del país. Las cosas no pintan muy bien desde ahora, no quiero imaginarme siquiera de lo que será capaz más adelante.

Alexander no tenía idea de que su corazonada no estaba muy alejada de la realidad, sus presentimientos se avecinaban con pasos agigantados, pero no viviría lo suficiente para poder contemplarlos con horror y asco.


[1] Fiesta Comunitaria

[2] madre

[3] Almanaque ucraniano

[4] Historia Universal

Historias Entrelazadas (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, enero de 1955.

I

Los interludios depresivos de Alexander estaban volviéndose cada vez más largos. Pero a pesar de esto, se las arreglaba para salir de ellos, aunque cada vez con más dificultad. Con el trascurrir de los años no habían mermado sus deseos de abrir aquella puerta que en sus sueños aparecía indefectiblemente cada noche, atormentándolo, dejándolo angustiado y atribulado. Había intentado hallar una forma de cruzar la puerta, pero aún no lo había conseguido.

En sus sueños, se dejaba flotar a la deriva a través de un túnel de oscuras paredes de arbustos verdes, sin imaginarse lo que hallaría al final en el otro extremo. Pero en todas las ocasiones llegaba hasta la puerta y sus muros de piedra. Lo arrullaba el dulce bordoneo de aquella voz que nunca olvidaría, le recordaba su objetivo, traspasar la puerta.

“Debo cruzar la puerta”, pensaba.

Se dijo que si lograba cruzar la puerta hallaría lo que más había anhelado durante toda su vida. Aquel proyecto bullía en su espíritu en el estado de vago ensueño.

Abrir la puerta, encontrar a la dueña de aquella voz.

Intentaba entonces, primero abrirla, estudiando cada milímetro de aquella mole de metal, intentando dilucidar algún mecanismo oculto que pudiera abrirla. Desde. Resignado de no hallarlo, intentaba escalar la muralla, pero todos sus intentos terminaban en estrepitosos fracasos.

Se resignaba entonces a que el tiempo le mostrara el camino hacia el otro lado de aquella puerta.

No hacía mucho tiempo, descubrió que algo había cambiado en aquellos sueños, algo pequeño, casi imperceptible, pero a la vez importante, una cerradura.

Había una llave, debía haber una llave, pensaba inmerso en aquellos sueños. Debía hallarla y abriría la puerta. Entonces se lanzaba en desesperadas búsquedas, entre los matorrales que rodeaban los muros, entre los árboles del bosque. Pero siempre terminaba con las manos vacías e inmerso en una inmensidad angustiosa.

Si había una llave, no tenía idea de cómo encontrarla. Entonces la emoción lo tomaba por sorpresa, una emoción tan vehemente e intensa que le hacía doler el pecho y lo obligaba a clavar las uñas en las palmas de las manos. Para Alexander todo aquello solo significaba un espantoso tormento mental que al parecer nunca llegaría a su fin.

La puerta que se hallaba rodeada por el sinuoso muro de pierdas, lo esperaría cada noche en sus sueños, hasta que descubriera como abrirla.

Todavía no creía realmente en Dios, al menos no en un ser supremos que planifica nuestras vidas y nos utiliza como si fuéramos peones en un juego de ajedrez para delegarnos tareas, a algunos simples a otros complejas, como si fuéramos soldados empeñados en ganar una guerra. La guerra de la vida. Pero tampoco creía que lo que le sucedía era producto del azar. Pensaba que los sucesos, las personas que conocía, con las que compartía, con la que había tenido algún tipo de relación, por más ínfima que fuera lo ayudaban a hilar y luego a entrelazar los más intrincados tejidos de su existencia. Y de alguna extraña manera tenía la certeza de que aquella puerta le llevaría hasta Tatiana. Ella era el hilo que lo sujetaba todo.

II

Unos golpes a la puerta obligaron a Alexander a levantarse de la cama golpe, lo que le provocó una punzada de dolor en la parte alta del abdomen que apenas advirtió, pero que estaba allí, asechándolo desde hace algún tiempo. Tenía molestias estomacales desde hace un par de meses. Al principio, era solo una opresión, que se trasformó en algo de dolor. Era evidente que había perdido algunos kilos, pero no le dio importancia. Por el contrario, se sentía a gusto con ello ya que con los kilos desapareció también su insipiente estómago.

Aquel día, los trastornos del estómago no sugirieron ser tan fatigosos, quizás porque sustituyó el café negro por un mate de anís. Pero notaba que se sentía algo más cansado que antes. Debía recostarse durante sus horas de descanso, antes de que Kataryna le sirviera el almuerzo. Se dijo que aquello se debía a que ya no era tan joven y que, con los años, la fatiga golpea a la puerta mucho más a menudo que cuando uno es joven.

Kataryna había insistido hasta el cansancio que fuera al médico, pero aún no tomaba la decisión de hacerlo. Pensaba que los malestares desaparecerían de un momento a otro, tal como habían aparecido.

Otro golpe, esta vez más insistente lo puso en movimiento. Tomó el pantalón que se hallaba sobre una silla y se vistió de prisa. Se abrochó la camisa mientras cruzaba el estrecho pasillo rumbo a la puerta.

Del otro lado de la puerta se hallaba el cartero cuya mirada de compasión fue todo lo que Alexander necesito para descubrir lo que debía saber. Por tercera vez, la carta que había escrito a sus hijos que vivían en Argentina había sido devuelta sin abrir.

El rostro del cartero mostró entonces conmoverse profundamente al observar el rostro atribulado y desilusionado de Alexander. Le entregó la carta sin mediar muchas palabras, después de todo ¿Qué se suponía que debía decirle para que se sintiera mejor? Luego se alejó por un sendero dibujado entre dos hileras rectas de árboles de mangos.

Alexander lo miró alejarse como si esperara que en cualquier momento recordara que tenía una carta de alguno de sus hijos para él, como de Iván, por ejemplo, girara sobre sus talones y regresara para entregársela. Pero el cartero se alejó sin siquiera mirar atrás.

Ivanov cerró la puerta poco después de que el cartero dejara de ser visible. Suspiró profundamente al tiempo que observaba la carta que tenía entre sus manos. Se acababa de dar por vencido, ya lo había intentado todo, incluso viajar hasta la hacienda en Oberá, pero como era de esperarse, no consiguió ver a ninguno de sus hijos. Ya todos estaban casados y habían abandonado la hacienda. Galina había rechazado verlo y se negó a darle información sobre sus hijos, que, dicho sea de paso, no deseaban relacionarse con él. Iván era el único de los hermanos que había buscado contacto con Alexander y su nueva familia, pero no había vuelto a saber nada de él desde que dejara Puerto Casado en un viaje de evangelización por toda Argentina.

Alexander empezó a pasearse por la cocina sacudiendo la carta contra su mano izquierda. Sintió una leve punzada y se llevó la mano libre al centro del estómago como para contener el dolor. Fue solo un segundo y luego la punzada desapareció de nuevo.

Kataryna observó a Alexander desde el resquicio de la puerta de su habitación y sintió pesar. Hacía meses que Alexander buscaba retomar algún tipo de relación con sus hijos mayores y al parecer no tendría suerte en aquella dificultosa empresa. Resolvió no tocar aquel tema espinoso con él y servirle el almuerzo. Caminó hacia la cocina y calentó la comida en silencio.

El Borsch con abundante carne y crema era el platillo preferido e Alexander, pero al verlo frente a él, pensó que su estómago no lo aceptaría muy bien. Pero de todas maneras lo comió para no desairar a Kataryna que lo había preparado especialmente para él. De un tiempo a esta parte ha tenido poco apetito incluso cuando el estómago no lo atormentaba.

Había comido apenas la mitad del plato cuando sintió un dolor creciente en el centro del estómago que extendía sus tentáculos hacia la izquierda y hacia la espalda. Empujó el plato hacia el centro de la mesa y Kataryna lo observó por unos segundos algo preocupada.

_ ¿Otra vez el estómago? _ preguntó con el ceño fruncido.

_Creo que he comido muy rápido_ mintió intentando esbozar una sonrisa.

Kataryna no dijo nada, pero retiró el plato de la mesa.

Cuando el dolor remitió un poco se puso de pie y fue a la salita por sus cosas. Tenía que dictar una clase en veinte minutos por lo que debía apresurarse. Se despidió de Kataryna y salió de la casa con pasos apremiantes. Caminó por el sendero por donde el cartero había pasado hacía poco más de media hora. Los árboles de mango estaban repletos de frutas y amenazaban con lanzarlas sobre cualquier transeúnte distraído como si de bombas se trataran. Todos los días a las seis de la mañana, un obrero de la escuela debía limpiar aquel sendero que amanecía cubierto con una alfombra de mangos amarillos, de lo contrario las moscas minaban el sendero buscando alimentarse y aparearse.

A Alexander aún le parecía increíble que tuvieran que tirar las frutas a los cerdos ya que nadie se detenía a comérselas. Cosas que solo se dan en esta parte del mundo, pensaba.

Otra punzaba lo azuzó por unos largos cinco segundos y luego lo abandonó de inmediato. El malestar que sufría desde hacía algún tiempo era soportable, y a estas alturas ya era casi un viejo amigo para él. Sintió otra punzada que quedó eclipsada por el golpe de un mango justo sobre su frente. Se le nubló momentáneamente la vista y unos puntos de colores parecieron bailar frente a él por unos segundos.

_ ¡Maldición! _ dijo cuando pudo recuperarse de la desagradable sorpresa. Se restregó la frente un par de veces y continuó caminado.

Dictó la clase entre obstinadas punzadas que parecían flechas ardientes, pero logró acabar la clase sin que ninguno de sus alumnos notara algo extraño. Todos los alumnos se retiraron con excepción de Matías que permaneció de pie junto a la mesa de Ivanov. Se lo veía serio e impaciente.

Alexander le preguntó en que podía ayudarlo.

Matías dejó sobre la mesa su cuaderno de anotaciones y empezó a interpelarlo con respecto a algunos conceptos que Ivanov había mencionado en la clase. Ivanov se inclinó sobre la mesa, al doblarse le aumentó la sensación de calor en el estómago. Situó ambas manos a los costados del cuaderno mientras lo leía. Sentía que le palpitaba toda la cintura, tuvo la sensación de haber ingerido brazas en vez del Borsch.

Por más que intentó suprimirlo, por más que intentó no darle importancia al malestar, Matías advirtió un leve gesto de dolor en su rostro.

_ ¿Se encuentra bien profesor? _ preguntó.

Alexander asintió con la cabeza y se irguió de nuevo. Diablos, incluso eso le dolió. Intentó darle una explicación rápida y concisa, para luego regresar a su casa lo más rápido que le permitían sus pies y el maldito dolor.

Cuando llegó a la casa se sentía un poco mejor, pero estaba cansado, de nuevo cansado. Pensó que tal vez se debía a que no había terminado su almuerzo, pero se preguntó si en verdad era eso o si intentaba minimizar lo que le estaba sucediendo.

Se tendió en la cama en posición fetal por unos minutos sopesando todas aquellas ideas, luego extendió las piernas e intentó levantarse. La flecha encendida volvió y prendió fuego en su interior. El sudor empezó a resbalar por su rostro.

Debía seguir la recomendación de Kataryna, debía ir a ver a un médico. Aquello no podía ser bueno, pero quizá no era del todo malo, de seguro se trataba de una ulcera y si era así, no se curaría por si sola, pensó.

El dolor fue remitiendo poco a poco hasta que solo fue un leve susurro. El cansancio lo venció y una niebla espesa empezó a cubrir lentamente su adormilada mente hasta que no quedó nada más que oscuridad.

 En la oscuridad emergió una luz clara y potente que lo cegaba por completo. Levantó una mano e hizo visera, arrugó la frente y encogió los ojos intentando protegerse de aquella intensa luz.

Lentamente, la luz pareció disminuir de intensidad como si alguien atrás de un reflector gira una perilla invisible.

Se sintió flotar, y aquello le produjo una sensación de exaltación. Cruzó el túnel de arbustos verdes y supo lo que hallaría al final. La puerta rodeada de la sinuosa muralla de pierdas.

Se detuvo frente a ella y una fuerza sobrenatural lo hizo descender hasta que sus pies descalzos alcanzaron el suelo. Aquella voz dulce y melodiosa que tanto amaba lo llamaba desde el otro lado de la puerta.

Su corazón se aceleró e intentó desesperadamente abrir la puerta. Pero como otras tantas veces, no pudo hacerlo. De pronto, la puerta que hasta ahora había sido de bronce, empezó a transformarse. ¡Podía ver a través de ella! La puerta parecía un enorme bloque de cristal trasparente en donde la luz del sol que se elevaba detrás de ella no la atravesaba, sino que se reflejaba en los colores del arcoíris, como si se tratara de un prisma.

De pronto, ya no solo oía aquella voz, sino que podía ver a quien pertenecía. ¡Podía verla a través de la puerta! Vio a Tatiana que caminaba lenta, parsimoniosamente. Se veía hermosa, sus ojos brillaban y su cobrizo pelo parecía flotar alrededor de su cabeza. La brisa atrapó el borde de su vestido verde esmeralda y la hizo ondular.

El corazón de Alexander dio un vuelco antes de latir con furia. Se acercó a la puerta y la golpeó con ambos puños en un desesperado intento por llamar la atención de ella. Gritó una y otra vez su nombre, pero Tatiana parecía no verlo ni oírlo.

La baronesa se arrodilló junto a las flores de un impresionante jardín de rosas, margaritas y claveles. Pareció vacilar por unos segundos como presintiendo la presencia de alguien del otro lado de la puerta, luego fijó de nuevo su atención en las flores. Tocó una rosa roja, dejó que las yemas de sus dedos se deslizaran lentamente sobre los pétalos.

El viento se deslizó suavemente entre los árboles que parecían arder detrás de ella. Una hoja revoloteó a través del cielo azul intenso y se posó distraídamente sobre su hombro.

Alexander no paraba de gritar y de golpear la puerta, hasta que Tatiana se puso de pie y empezó a alejarse.

Ivanov desesperado buscó una piedra e intentó romper el cristal en el que se había convertido la puerta. Golpeó con todas sus fuerzas, un hilillo de sangre le corría por entre los dedos. Sintió de pronto un dolor agudo en el estómago y soltó la piedra. La puerta de cristal desapareció, convirtiéndose de nuevo en el bronce de siempre.

Otro dolor como no había sentido hasta ese momento surgió atravesándolo desde el abdomen hasta el pecho. Alexander intentó sumergirse de nuevo por debajo del dolor y seguir en el sueño, pero la realidad tiró de él sin descanso hasta que por fin lo obligó a salir al exterior y a abrir los ojos. Buscó a tientas el reloj despertador de la mesilla de noche y vio que eran las tres de la mañana. Suspiró y pensó que no podría volver a dormirse. Observó a Kataryna dormida en el lado derecho de la cama, ajena a sus padecimientos.

Se incorporó con las piernas colgando al costado de la cama. Pensó en el sueño y reconoció los cambios que se habían producido en él. Sonrió al recordar a la Tatiana del sueño. Era la misma que había conocido cunado apenas era un adolescente, y de la que se había enamorado. Su corazón se estremeció, sintió de pronto que no faltaba mucho para que, al menos en sueños, pudiera abrir aquella puerta.

Se puso de pie, fue lentamente hasta la cocina, abrió una gaveta y extrajo tres pastillas de Geniol para el dolor. Se sirvió un poco de agua fresca del cántaro y se tragó las pastillas con un largo sorbo de agua. Luego se inclinó esperando comprobar si su estómago los aceptaba o los rechazaba. Al parecer esta vez su estómago no tiene ninguna objeción con retener las pastillas. Se planteó regresar a la cama, pero temió que la flecha encendida regresara cuando estuviera en posición horizontal. Decidió pasar el resto de la noche sentado en el sillón de la salita.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, Paraguay, invierno de 1954.

I

Llevaban viviendo en la Escuela de Agronomía poco más de un año. Felipe estudiaba electrónica y en sus tiempos libres se dedicaba a su primera pasión, la música. Alexander parecía encantado con su nuevo trabajo, tenía una inclinación natural hacia la docencia. Pensó que su vida hubiese trascurrido por un rumbo diferente si hubiera descubierto mucho antes la inmensa satisfacción que le proporcionaba.

A Kataryna también le gustaba la escuela. Llevaba una vida austera, pero sin sobresaltos. Se ocupaba de la casa, su propia huerta y un pequeño corral de animales. Valentina, con solo cuatro años, seguía siendo la luz que iluminaba sus días.

Kataryna no tenía muchos amigos, nunca se había caracterizado por ser una mujer muy sociable. Escogía con sumo cuidado en quien depositar su confianza. Esto no la hacía una persona desagradable, pero sus constantes sufrimientos la habían convertido en una persona precavida, observadora y analítica, cubierta por una dura coraza protectora.

El nuevo año lectivo había comenzado con un poco de retraso ese año, y los alumnos de primer año iniciarían sus rondas de vigilancia por las instalaciones de la Escuela en pocos días. Eran treinta jóvenes que pasaban de los dieciocho años. Jóvenes llenos de ímpetu y deseos de superación y desarrollo, no solo propio, sino tal vez lo que era mucho más importante, el del porvenir de su patria.

Uno de aquellos estudiantes llamó de inmediato la atención de Kataryna, no solo por su situación familiar sino también por su aspecto demacrado y enjuto. Presentaba vestigios de acné y no aparentaba más de quince años, aunque él jurase que tenía dieciocho. El joven, que respondía al nombre de Matías Alsina era delgado, de estatura baja. Siempre vestía con pantalones y camisas limpios y planchados, pero estos exhibían una extraordinaria colección de parches. Cabellos negros, cortos y peinados con una raya en el costado derecho. Sus rasgos finos y enfermizos no pasaban desapercibidos, pero se perdía cuando en su rostro simpático se dibujaba una sonrisa apacible. Sus ojos bordeados de largas pestañas eran negros y grandes. Su mirada cubierta siempre de una gruesa capa de inocencia. A veces, en su mirada se alternaban el brillo de la inteligencia y el entusiasmo con una expresión de preocupación e incertidumbre que Kataryna no alcanzaba a comprender.

Kataryna tenía cierta predilección por él, tal vez fuera por su difícil niñez. Provenía de una familia numerosa. Su padre los había abandonado y su madre tuvo que ocuparse de los niños sola. Matías se dedicó a la venta ambulante de chipa desde los seis años hasta que ingresó a la Escuela de Agronomía. A pesar de sus carencias, era un estudiante sobresaliente y prometedor. Dicen por ahí que el que haya superado necesidades y sufrimientos pone en evidencia una inteligencia insigne y un corazón generoso, y en el caso de Matías Alsina no había nada más cierto.

Kataryna se preguntaba si el chico podría con la carga que representaba las noches de guardia y las rondas a través de las trescientas hectáreas de la escuela, en especial durante los crudos inviernos y las noches de lluvia. Bueno, ya el tiempo lo diría, pensó.

II

Matías Alsina ensilló el manso caballo bayo que Kataryna le proporcionó. Montó con algo de dificultad. Sintió que sus piernas temblaban, pero pensó que se debía al frío. Le correspondía la vigilancia del lado sur de la Escuela. Un viento gélido soplaba desde el sureste, ajustó su desvaído abrigo antes de ponerse en marcha. Pasaría toda la noche haciendo guardia, cuidando que los amigos de lo ajeno no se robaran los animales de la granja. Nunca había poseído una salud envidiable, pero desde hace un par de meses atrás había empeorado. Sufría de ataques de epilepsia, pero se encargó muy bien de ocultárselo a las autoridades de la Institución. Esta era su oportunidad de cambiar su destino y el de su familia y no pensaba perderla con nimiedades como su débil salud.

Un estremecimiento febril le sacudió el cuerpo, pero no le prestó atención. Se dijo que se pasaría en cuanto se pusiera en movimiento. Empezó el recorrido con un suave trote del animal aguzando los ojos en busca de algún movimiento extraño. El cielo estaba despejado y las estrellas brillaban frías en el firmamento. Pensó que aquella noche iba a helar y el abrigo que llevaba no sería suficiente para mantenerlo caliente. Pero no podía hacer nada al respecto, solo tenía aquel viejo y enorme abrigo que había pertenecido a su abuelo, el padre de su madre, quien había fallecido tres años atrás.

La cabeza le empezó a dar vueltas, sus ojos encendidos, y el rostro flaco y demacrado parecía el de un cadáver. El estremecimiento febril que sintió poco antes volvió a apoderarse de él. Exhaló profundamente y el vaho rodeó su rostro. Aquella sería una noche larga y fatigosa. Se resignó a ello mientras jalaba las riendas del caballo para que disminuyera la marcha. El animal avanzó con suaves pasos por los senderos que se internaban en los campos de pastoreo iluminados por una espectral luna blanca.

De pronto, las facciones del joven se alteraron como si estuviera a punto de sufrir una convulsión. Se tambaleó sobre su montura y estuvo a punto de caer al suelo. Se sujetó con fuerza del cuello del animal mientras intentaba acallar los latidos de su corazón y palidecía intensamente.

Desmontó con cuidado, pero sintió de pronto que sus piernas flaqueaban y que por su espalda corría un escalofrío. Durante un segundo, su corazón sufrió una especie de síncope empezando a latir con una violencia asombrosa. Se sujetó de las riendas para no caer. Su rostro se congestionó, parecía a punto de sufrir una apoplejía. El caballo emitió un suave relincho presintiendo que algo no estaba bien. Sacudió la cabeza como si intentara llamar la atención del joven.

Matías perdió por completo las fuerzas en las piernas, se tambaleó y cayó sentado en el frío suelo, pero no perdió el conocimiento. Se mantuvo en el suelo por varios minutos hasta que su rostro pálido y desencajado se coloreó de súbito. Aspiró con fuerza el aire frío de la noche como si estuviera estuvo a punto de ahogarse y alguien lo acabara de sacar de un profundo lago. El gélido aire le quemó los pulmones, pero pareció ayudarlo a recobrarse.

Se puso de pie despacio, y volvió a montar al bayo rogando para que no vuelva a sufrir otro ataque. Avanzó lentamente en la inmensidad del campo convenciéndose a sí mismo de que podía domar a la enfermedad, que podía domar al mundo entero si era necesario.

III

La fría tarde, se hacía patente en la fina garúa y el viento gélido que soplaba desde el sur. El cielo mostraba una espesa capa de nubes grises y compactas. No se vislumbraba un cambio inmediato de las adversas condiciones meteorológicas por el resto del día, e incluso de la noche. Valentina jugaba sentada en el piso de la cocina en donde su madre había adecuado una frazada de lana de oveja a modo de improvisada alfombra para que la niña se protegiera de la humedad y del frío. Sobre la frazada, una batería de ollas y sartenes se desperdigaban en forma desordenaba. Valentina los apilaba con habilidad y destreza hasta que la torre tambaleaba y caía con estruendoso estrépito. La niña mostraba una cara de cómica sorpresa antes de volver a iniciar el mimo procedimiento. De cuando en cuando, dejaba lo que estaba haciendo y corría hasta la ventana en donde había situado con bastante descuido una silla, subía a ella con agilidad y observaba el húmedo patio. Su madre le repetía que no podía salir porque seguía lloviendo, a lo que Tina fruncía el ceño al mismo tiempo que los labios en una expresión molesta, pero a la vez divertida. Luego bajaba de la silla, con sus cortas piernecitas regresaba corriendo con pequeños saltos hasta la batería de ollas y sartenes.

Kataryna zurcía un par de medias cuando la vio echarse de espaldas en la frazada. Las ollas la rodeaban como si se trataran de puestos de vigilancia de una importante ciudadela. Dejó la costura a un lado y se acercó a la niña. Tenía los ojos entrecerrados y los labios separados. El pelo fino y rubio como la luz de la luna le caía sobre la mejilla. Se acababa de quedar dormida.

Su madre le acomodó el mechón detrás de la pequeña oreja y procedió a levantarla en brazos. La llevó a su habitación y antes de tenderla en la cama, se aseguró de apartar un pequeño cuadro que enmarcaba una fotografía que la niña había dejado descuidada sobre la frazada a rayas de vivos colores. Arropó a Tina y le dio un beso en la frente. Kataryna observó la fotografía con cierta nostalgia. Aquella imagen era el único recuerdo que le quedaba de Puerto Casado. Se la habían tomado un par de días antes de dejar el pueblo. Tina se hallaba parada sobre una silla, llevaba un vestido largo y blanco como uno de esos vestidos que se usan en los bautismos. Su madre la sostenía de la mano, mientras que Felipe, vestido con pantalones cortos, camisa blanca y tirantes se ubicaba de pie junto a la niña. Alexander se erguía con desenvoltura y elegancia al lado de su hijo. Observaban con atención a la cámara que inmortalizaría aquel momento.

Recordó que se sintió al principio algo extraña, posando frente a una caja grande y negra. Era su primera fotografía al igual que para sus hijos. Alexander en cambio parecía cómodo y a la vez complacido. Desde luego, aquella no era su primera fotografía, pero si la primera vez desde que dejara Moscú.

Tina adoraba aquella fotografía, la observaba por largos espacios de tiempo como si se concentrara intentando resolver una complicada ecuación matemática. Luego señalaba a cada una de las personas de la fotografía diciendo sus nombres:

_ “Mama, Feipe, Papa, Tina” _ decía, luego se echaba a reír mientras batía palmas.

“Ipe” había dado paso a “Feipe”. Su hermano pensaba que en unos meses más la niña terminaría pronunciando su nombre correctamente.

Kataryna dejó la fotografía sobre la cómoda de la niña y salió de la habitación cerrando la puerta detrás de ella. Regresó a la cocina y se sentó a la mesa, y continuó zurciendo.

Cuando Tina despertó de un sueño placentero y relajante, llevaba el rostro sonrosado, casi febril. Tenía el pelo revuelto y los ojos soñolientos. Bajó de la cama sosteniéndose de la cabecera, suspendiendo los pies hasta tocar el suelo. Llevaba los pies descalzos, y el frío piso la hizo estremecer. Se pasó una manito por los ojos intentando desprenderse del leve letargo que la envolvía. Levantó la mirada hacia la cómoda y observó la fotografía que descansaba peligrosamente en el borde del mueble, como un objeto que se encuentra suspendido en lo alto de un precipicio y amenaza con caer.

_Foto_ dijo la niña y aquello pareció terminar de despertarla.

Se acercó a la cómoda y se puso de puntilla alargando uno de sus brazos con la manito extendida. Intentó alcanzar el objeto, pero sus dedos apenas lo rozaron. Pareció frustrada y molesta, pero no se dio por vencida. Giró sobre sus talones y recorrió la habitación con ojitos inquietos como si buscara algo. Al parecer lo halló porque sus ojos se iluminaron en un segundo. Se acercó con rapidez hasta una silleta y la arrastró hasta la cómoda. Situó el pie derecho sobre el mueble al tiempo que se sujetaba al tirador de uno de los cajones. Apoyó todo su peso sobre el pie derecho e intentó elevarse, pero con el rabillo del ojo observó algo que se acercaba a ella.

Dirigió su atención al objeto peludo y negro que se movía hacia ella. Al principio se sintió extrañada e interesada. Descendió el pie derecho al suelo lo estudió con atención. Tenía el cuerpo de color marrón claro cubierto por completo de pelos, y un escudo dorsal de color cobrizo. Sus ocho patas eran de color marrón oscuro y unos anillos amarillos los rodeaban. Abrió los ojos como platos, y como respuesta ocho ojos le devolvieron la mirada.

El cuerpo de la araña pollito[1], así era como los lugareños la llamaban, medía poco menos de diez centímetros, sus patas alcanzaban los veinte centímetros y se acercaba peligrosamente a la niña.

Tina intentó gritar, pero el grito quedó atascado en su garganta. Estaba aterrorizada. Las lágrimas se acumularon en sus ojos de inmediato y rodaron por sus mejillas, pero su garganta se negaba a emitir sonido alguno. Retrocedió un paso al tiempo que el visitante indeseable avanzó con acelerados movimientos de sus patas que parecían soldados marchando en el frente de batalla. La niña retrocedió dos pasos más y otros dos hasta que se topó con la cama. La araña movió las patas con espeluznante rapidez y la niña se vio obligada a redirigir su escape. Siguió retrocediendo hasta que esta vez se topó con la pared a su espalda. La araña la arrinconó al tiempo que se acercaba a ella. Cuando estuvo a escasos pasos se levantó sobre sus patas traseras, blandiendo las extremidades delanteras, enseñando sus colmillos en actitud amenazante.

La respiración de Tina se había vuelto rápida y entrecortada. Un sonido débil y sibilante escapó de su garganta. Se había quedado petrificada si oportunidad de huir o presentar batalla. Gotas de lágrimas le colgaban de la barbilla como si fueran sudor después de un día extenuante de trabajo.

La puerta se abrió de pronto y Kataryna observó con pavorosa turbación aquella escena salida de las peores pesadillas. Se apresuró a rescatar a su hija que parecía al borde del colapso. Intentó aplastar al gigantesco arácnido, pero se percató de que su cuerpo era fuerte y sólido como si estuviera provisto de algún tipo de esqueleto, aunque sabía que aquella idea era descabellada. Comprimió el enorme cuerpo con más fuerza hasta que oyó un sonido sordo. Podría haber jurado que sonaba como huesos al romperse. Pisoteó el cuerpo una y otra vez hasta que quedó satisfecha. Enseguida se acercó a la niña y la levantó en brazos. La estrechó contra su cuerpo y percibió los estremecimientos de su cuerpo. Tina la rodeó del cuello con los brazos y finamente se echó a llorar.

Era extraño como ciertas situaciones o algunos episodios que a algunos podría parecerles poco peculiares, terminaban marcando de forma permanente e irremediable a otros.  Aquel episodio terrorífico sería una de las marcas que quedaría en la memoria de Tina hasta el último de sus días.

IV

La luminosidad del cielo comenzaba a desvanecerse, amenazadas por nubes negras y púrpuras que avanzaban desde el sureste. Los relámpagos se veían aún muy lejanos, pero Kataryna estaba segura de que no tardarían en acercarse. Las nubes alcanzaron el débil sol de agosto y lo ocultaron. La temperatura comenzó a descender de inmediato. Aquello presagiaba una de las últimas tormentas de invierno y el panorama no se veía alentador.

Kataryna salió de la casa, ya soplaba una brisa persistente y sintió el frío que anunciaba la inminente lluvia. Empezó a recoger la ropa que había dejado en el tendedero cuando sonó el primer trueno seguido de un luminoso relámpago que se reflejó en el techo de aluminio del gallinero y lo hizo brillar como un bracero. Se apresuró a recoger lo que quedaba de la ropa depositándola dentro de una latona y cuando tomó la última prenda se oyó otro trueno. Kataryna miró hacia arriba y vio que las nubes se extendían sobre la porción de cielo que cubría los galpones de la escuela. Los relámpagos que descendían le recordaron las horquillas con las que sujetaba su pelo.

Regresó a la casa con la pila de ropa sin doblar y antes de cerrar la puerta con un pie volvió a echar un vistazo al cielo cubierto por nubarrones negros, pero no tenebrosos. Lo que parecía tenebroso, era el cielo amarillo mortecino al este.

 Depositó la ropa sobre el sillón de la pequeña sala y se llevó la latona al depósito de la cocina.

_ ¿Mama? _ oyó a su espalda, era Tina que la miraba desde hueco de la puerta de su habitación con ojitos asustados.

_Va a llover, eso es todo_ dijo su madre con una sonrisa tranquilizadora.

La niña se restregó los ojos un par de veces antes de acercarse a su madre.

Se oyó otro trueno, aún al sureste, pero cada vez más cercano. El relámpago pareció atravesar las nubes negras como un grafio. La niña se sobresaltó. Kataryna le acarició la cabeza. Luego, se dispuso a doblar la ropa.

En poco menos de una hora, llegarían los tres estudiantes de turno y debía entregarles los caballos para la ronda. Aquella noche sería larga, desagradable y bastante húmeda para los jóvenes.

Hizo una pausa, dejó la prenda que tenía en la mano sobre el sillón y se pasó lentamente una mano por la frente, como si quisiera aliviar un insipiente dolor de cabeza.

Un trueno, esta vez más cercano la hizo estremecer. A pesar de que había logrado controlar con bastante éxito su fobia a las tormentas, aún no le agradaban y estaba segura de que nunca le agradarían. Terminó de doblar la ropa y notó que la luz se desvanecía deprisa y se recordó que si empezaba a llover debía asegurar las ventanas.

Fue hasta la cocina, tomó la plancha de hierro, abrió la puerta y las bisagras emitieron una sorda queja. La llenó con brazas incandescentes, cerró la puerta y le echó el cerrojo. Depositó la plancha sobre una base metálica y fue en busca de la ropa.

Se oyó otro trueno y Tina se apretó contra la pierna de su madre impidiéndole caminar. Kataryna sostenía entre sus brazos la pila de ropa doblada.

_Deja que ponga esto sobre la mesa_ dijo observando a la niña que la miraba con ojos preocupados.

Tina la dejó ir, pero la siguió muy de cerca. Kataryna depositó la ropa sobre la mesa y se arrodilló frente a la niña.

_ ¿Por qué tiene que hacer tanto ruido? Me asusta_ dijo la niña, no lloraba, pero su voz sonaba temerosa y ahogada.

_No tengas miedo, es solo lluvia. Al cielo le gusta hacer mucho ruido para anunciar que está por llegar la lluvia, para que todos entren a sus casas y no se mojen.

Tina exhaló un suspiró sonoro antes de asentir con la cabeza. Se oyó otro trueno tan poderoso y cercano que Tina se sacudió, pero no se quejó.

_ ¿Por qué no me pasas la ropa mientras yo la plancho?

Tina volvió a asentir, su rostro estaba pálido y atemorizado, pero hizo lo que le pedía su madre. Tomó una de las camisas de su padre y se la entregó a su madre.

Sobre la mesa se hallaba preparada una improvisada tabla de planchar confeccionada con una frazada cubierta por un lienzo blanco y pulcro. Kataryna situó la prenda sobre ella y procedió a plancharla con sumo cuidado. No podía quedar una sola arruga en la camisa que Alexander usaría al dictar sus clases en la Escuela.

Y entonces sonó otro trueno, el más fuerte hasta entonces, tanto que Valentina gritó asustada. Las primeras gotas de lluvia cayeron sobre el techo de la casa, sonando como cartuchos de balas.

_No te asustes_ dijo Kataryna al tiempo que intentaba sonreír confiada.

Kataryna terminó de planchar la camisa, la dobló y la depositó a un lado. Dirigió su mirada a la niña quien comprendió de inmediato y le acercó una nueva prenda a su madre.

Nuevas gotas de lluvia, esta vez más gruesas comenzaron a caer contra los cristales de las ventanas. Un relámpago muy cercano tiñó momentáneamente el cielo de un tétrico color violeta, le siguió un trueno semejante a una descarga de cañón, el viento comenzó a azotar las ventanas.

Oyó un par de golpes en la puerta. Dejó la plancha sobre la base metálica y se dirigió a abrir. Del otro lado, algo empapados se hallan los tres estudiantes dispuestos a iniciar la guardia, entre ellos Matías Alsina que en la penumbra parecía mucho más enfermo que de costumbre. Kataryna dispuso el caballo bayo para Matías y dos ardientes caballos pardos para los otros estudiantes.

_Será mejor que ustedes mismos vayan al establo a sacarlos_ ordenó_ no puedo dejar sola a la niña.

Los tres estudiantes asintieron y se alejaron de inmediato rumbo al establo mientras Kataryna regresaba a sus quehaceres aguardando que la tormenta pasara de largo y se dirigiera a otro lugar a causar estragos.

V

Los tres estudiantes montaron sus respectivos caballos y se despidieron con un gesto de sus manos antes de dirigirse a sus puntos de vigilancia mientras Kataryna los observaba desde el umbral de la puerta.

Matías suspiró profundamente rogándole a dios y a todos los santos para que lo guardasen en aquella noche que presagiaba ser larga e incómoda. Oyó un trueno pavoroso y sintió las gotas de lluvia que le golpeaban con fuerza en el rostro y el cuello. Apremió a su caballo con los talones mientras destellaban los relámpagos y rugían los truenos.

 En poco menos de un minuto, la lluvia se deslizaba por su pálido rostro como lágrimas exageradas en alguna obra dramática. Sus labios completamente blancos, temblaban ligeramente. Sus negros cabellos estaban en desorden y mojados. Su cuello ceñido por una bufanda que su madre le había tejido parecía tirar de él obligándole a arquear levemente la espalda para mantener el equilibrio y la noche apenas se iniciaba.

Un relámpago dibujó una línea zigzagueante en el cielo, como una grieta brillante en una cueva profunda, a continuación, se oyó un trueno.

 La lluvia era tan intensa que había formado un manto de niebla que no le permitía ver hacia donde se dirigía. Se oyó un trueno hacia el este y se levantó un viento fuerte, azotando con violencia la lluvia contra su rostro. Su corazón latía con fuerza y sintió de pronto que le faltaba el aire.

_No por favor, Dios mío, no dejes que me dé un ataque ahora_ suplicó en voz alta, pero apenas audible por encima del tumulto de la lluvia.

En ese instante, una larga alabarda de electricidad atravesó el cielo y cayó a tierra junto con la lluvia sobresaltando de tal manera al caballo. Relinchó y sacudió a su jinete que se tambaleó por un segundo. Sostuvo con fuerza las riendas al tiempo que otro trueno ensordecedor sofocaba su grito.

Debía desmontar, buscar un lugar medianamente seguro alejado de los árboles, amarrar al caballo a alguna rama para evitar que escapara. Pero estaba a mitad del bosque y aquel era el sitio más peligroso de todos. Los grandes árboles se sacudían con fuerza sobre su cabeza al compás de aquella danza ensordecedora.

Esta vez sonó otro trueno lo bastante fuerte como para hacerlo estremecer y contener el aliento. El tamborileo de la lluvia sobre su cabeza sonaba tan fuerte en los oídos de Matías, le recordó a infinidad de dardos clavándose en una diana.

Desmontó del caballo, caminó a través del bosque con las riendas en la mano, seguido del temeroso caballo. Un fulgor blanco amarillento iluminó el oscuro cielo. Antes de que el resplandor comenzara a desvanecerse, un trueno desgarró el cielo, tan fuerte que sonó a una explosión. El caballo relinchó y se alzó sobre sus patas traseras, obligando a Matías a soltar las riendas. El caballo corrió asustado dejándolo completamente solo y desprotegido. Su corazón latía desbocado como el caballo que acababa de abandonarlo. Vio una nube de puntos blancos que flotaban delante de sus ojos y tuvo la certeza de que estaba a punto de desmayarse. Tras un instante de estupefacto y vertiginoso desconcierto cayó al suelo empapado de espaldas.

El cielo enmudeció por unos segundos y luego emitió un estruendoso retumbo. Como si aquel trueno hubiese sido una señal, Matías abrió los ojos de par en par, arqueó la espalda, emitió un largo sonido gutural, se mordió la lengua y comenzó a temblar de pies a cabeza. Su torso se elevaba y luego caía, al tiempo que sus nalgas apretaban y se relajaban. Las manos le temblaban nerviosamente a los costados de su cuerpo. Una lágrima se le escurría del ojo derecho y por su apelmazada patilla. Sus pies sonaban como matracas contra el suelo. Matías sacudió la cabeza golpeándola con fuerza contra el suelo. De uno de sus orificios nasales salía un hilillo de sangre tan fino como un hilo de seda que de inmediato se mezcló con la lluvia que caía sobre su rostro. Segundos después, emitió una especie de chillido susurrante, se sacudió un par de veces más y luego permaneció inmóvil. Sonó otro trueno, esta vez más débil como si la tormenta al fin decidiera alejarse.

VI

Kataryna se sobresaltó al oír el relincho de un caballo y un galope desesperado. Se acercó a la ventana y vislumbró el desdibujado perfil del caballo que le había asignado a Matías. Desde luego, no había rastros del jinete. Supo de inmediato que algo malo le había sucedido al muchacho.

Estaba sola con la niña, y no tenía forma de advertir a alguien más de lo sucedido. Se apresuró a la habitación de la Tina quien al fin dormía tranquila, la arropó y depositó un beso en su frente esperando que la niña no se despertara o sufriera alguno de sus episodios de sonambulismo. Debía buscar al chico, algo muy dentro de ella le repetía que se hallaba en peligro.

Oyó el ruido de los truenos retirándose hacia el este, lo que le resultó un alivio. Vistió su abrigo, tomó una frazada del ropero y una lámpara a keroseno del armario. Salió de la casa y encontró al caballo de Matías apostado en el establo en su lugar habitual. El animal estaba cansado, empapado y asustado. Tomó otro caballo más fresco, lo montó a pelo, no tenía tiempo que perder. Se dirigió al galope en dirección al puesto de vigilancia del chico. El aire parecía acariciar con sus dedos gélidos el rostro de Kataryna.

Las nubes empezaban a disiparse y se disputaban el cielo con las palpitantes estrellas. El viento soplaba su gélido aliento, pero la lluvia había amainado. Las gotas de lluvia caían de las hojas de los árboles mientras se preguntaba que le había ocurrido al chico.

Unos minutos después percibió una silueta tendida en el suelo. Levantó la lámpara frente a ella, su corazón dio un salto y luego latió desbocado. Pensó que el chico estaba muerto y se precipitó al suelo. Se arrodilló junto a él y pudo comprobar que respiraba con rápidos y violentos resuellos. A la luz de la lámpara, su cara tenía una palidez pavorosa y Kataryna pensó que no aparentaba más de diez años.

_ ¡Matías! _ dijo al tiempo que lo sacudía de los hombros.

El chico abrió los ojos con dificultad e intentó enfocar la vista. Al parecer no tenía idea de donde estaba o lo que había acontecido.

_ ¿Qué sucedió? _ preguntó aturdido mientras se llevaba una mano a la frente.

_Eso mismo iba a preguntarte_ respondió Kataryna al tiempo que lo ayudaba a incorporarse.

El chico se levantó como si se tratara de un viejo muñeco a cuerdas con los engranajes oxidados. Permaneció sentado en el lodoso suelo por unos minutos con la mirada perpleja y turbada. Respiraba con profundos e irregulares resuellos que no sonaban tranquilizadores a los oídos de Kataryna. Pensó que en cualquier momento podía dejar de respirar.

Poco a poco, la claridad se impuso sobre la neblina que cubría su mente y recordó lo que había sucedido. Un ataque eso fue lo que le sucedió, pero no podía decirle eso a ella. Su cara seguía pálida como el papel y sus ojos brillaban ahora de miedo. Miedo a que lo obligaran a dejar la escuela y sus sueños de superación.

Se sentía intimidado y avergonzado, pero debía cuidarse de demostrar cualquiera de aquellas emociones frente a la mujer del profesor Ivanov.

_ ¿No recordás nada de lo que pasó? _ preguntó Kataryna con la mirada inquisitiva y visiblemente consternada.

_Creo que el caballo se encabritó y me tiró al suelo_ dijo en tono tranquilo que desmentía la extrema palidez de su rostro.

Kataryna supo de inmediato que había algo más, pero pensó que no era momento de insistir. Lo asistió para ponerse de pie y lo rodeó con la frazada. Se inclinó, cruzó los dedos de sus manos con las palmas hacia arriba para ayudarlo a montar. Matías logró subir al caballo con cierta dificultad, por un momento pensó que terminaría de nuevo en el piso.

_ ¿Cómo subirá usted? _ preguntó Matías.

_No te preocupes voy a regresar caminado_ respondió Kataryna, sujetó las riendas con una mano y la lámpara con la otra e inició el regreso.

Cuando estuvieron en la casa, Kataryna suspiró aliviada al ver a la niña durmiendo sosegadamente. Buscó en la cómoda de Alexander algo de ropa para el chico y lo dejó solo en la habitación que compartía con su esposo para que se cambiara. Unos minutos después, Matías regresó a la cocina y al verlo Kataryna no pudo evitar sonreír. Se veía bastante cómico dentro de las prendas de Alexander, dos o tal vez tres tallas más de las que el chico necesitaba.

La casa estaba iluminada solamente por la lámpara a queroseno y un par de velas ubicadas sobre una mesita de madera a un costado de la salita.

_Sentate_ le ordenó_ necesitás comer algo y entrar en calor.

El muchacho obedeció con la mirada gacha como si se tratara de una mascota obedeciendo las ordenes de su amo.

Kataryna puso frente a él un plato de una humeante sopa que le hizo a Matías agua la boca. Tenía hambre, frío y estaba cansado. Apuró la sopa después de agradecer a la mujer que probablemente le acababa de salvar la vida.

Kataryna lo observó con detenimiento, sus facciones, desfiguradas por una extraña sonrisa, expresaban la más dolorosa desesperación.

_Mientras que comés, ¿por qué no me contás lo que sucedió en realidad? _ preguntó Kataryna.

Matías dejó la cuchara suspendida a medio camino hacia su boca y luego volvió a depositarla dentro del plato.

_Lo que le conté es exactamente lo que pasó_ contestó el chico. Kataryna pensó que respondía con una excesiva precaución en la voz.

_Matías, quiero ayudarte, pero no puedo hacerlo si no me decís la verdad_ insistió.

El muchacho desvió la mirada hacia la ventana que se hallaba a escasos centímetros de él, como si buscara alguna salida al problema en el que estaba metido. La lánguida luz de una farola iluminaba tenuemente una tela de araña que se extendía a lo largo del marco y unas gotas colgaban de los hilos como pequeñas piedras preciosas y temblorosas.

El muchacho se perdió en sus pensamientos, intentando encontrar una salida, intentando hallar una respuesta que dejara satisfecha a aquella mujer que lo había rescatado. Jamás podría haber regresado a pie hasta el establo del profesor en aquellas condiciones. El frío y la lluvia habrían influido quizás a que le sobreviniera otro ataque que podría haber sido fatal.

La tela de araña de la ventana tembló, dejando escapar minúsculas gotitas de agua.

_ ¿Matías?

El aludido fijó la mirada en Kataryna por primera vez desde que habían regresado y ella pudo ver con claridad lo asustado que estaba. Sonó un trueno muy muy lejano y una lechuza emitió su aletargado ululato.

Matías bajó de nuevo la mirada, por unos segundos pareció sopesar lo que diría, suspiró y empezó a hablar.

_Sufro de epilepsia_ dijo el muchacho, su voz sonó débil y apagada_ tuve un ataque allá afuera_ continuó_ si la dirección de la escuela se entera de esto me echarán a la calle.

Mientras hablaba parecía contemplar fijamente sus manos entrelazadas, pero luego volvió a alzar los ojos y la miró con una mezcla de aprensión y desesperación.

Kataryna no olvidaría nunca sus facciones pálidas como esculpidas en piedra. Se mostró consternada pero no sorprendida. Desde que conoció al chico pensó que tenía un aspecto enfermizo y débil, aquello solo confirmaba sus suposiciones iniciales.

_Doña Kataryna, por favor_ dijo con ojos suplicantes_ le prometo que no volverá a suceder, no puedo perder una oportunidad como esta.

_Matías esto ha sido una advertencia, no podés subir a un caballo y salir a las rondas solo. La próxima vez puede ser fatal.

_No habrá próxima vez_ contestó el chico cada vez más angustiado.

_Matías, esto no es algo que podés controlar.

El chico parecía completamente descorazonado, a punto de lanzarse a llorar como un niño pequeño.

Durante un momento Kataryna contempló aquel rostro sumamente expresivo y agónico, sopesando complejas e intrincadas formas de poder ayudarlo, hasta que una simple y factible idea le atravesó la mente con la velocidad de un rayo.

_No voy a decir nada sobre este incidente, pero vas a dejar de hacer rondas.

Matías la observó más perplejo que nunca. ¿Cómo se suponía que dejaría de hacer las rondas, sin que nadie se enterara?

_Yo voy a hacerlas por vos_ dijo ella respondiendo a su pregunta no formulada.

_ ¿Qué? _ preguntó incrédulo.

_Si, voy a hacer las rondas por vos.

El rostro de Matías se iluminó por completo, sus ojos brillaron con un halo de esperanza. Su rostro, hasta hace unos segundos, pálido, tomó un tono sorpresivamente rosado.

_Pero ¿Qué dirá el profesor Ivanov de todo esto? _ preguntó algo inquieto por las repercusiones que todo aquello podría causar.

 _No te preocupes, yo me encargo de él_ contestó ella con una sonrisa.

_No tiene idea de lo que esto significa para mí_ dijo Matías con una amplia y agradecida sonrisa, al tiempo que se ponía de pie_ Doña Kataryna no sé si algún día podré pagarle lo que está haciendo por mí.

_No busco que me pagues Matías, solo quiero que puedas estudiar. Te has esforzado mucho para llegar hasta aquí y no sería justo que tuvieras que renunciar a todo porque no puedes hacer rondas nocturnas.

_ ¡Gracias Doña Kataryna! No tengo palabras para expresarle lo que esto significa para mí. Le juro que voy a aprovechar esta oportunidad_ dijo besando su dedo índice en señal de compromiso.

_Sé que vas a hacerlo_ contestó ella_ ahora termina tu sopa mientras yo preparo el sillón para que duermas.

_Pero si el profesor me encuentra aquí se preguntará que me sucedió y tendré que decirle todo_ contestó mientras una neblina de incertidumbre cubría sus ojos.

_El profesor no vendrá a dormir esta noche. Está en Hernandarias haciendo unos trabajos para la Escuela, regresa en dos días.

Matías parecía más tranquilo y un poco más optimista.

Kataryna buscó unas sábanas, una almohada y una frazada. Preparó la improvisada cama y esperó a que Matías terminara de comer. El muchacho se deshizo en agradecimientos una vez más antes de tenderse en el sillón y abrigarse con la frazada. El espíritu de Matías se fue relajando poco a poco y finalmente, cayó en una especie de letargo adormecedor.

Kataryna lo dejó solo poco después y se dirigió a su habitación. Había sido una noche larga, húmeda y agobiante. Se tendió en su propia casa y observó el techo suspirando en la penumbra de la noche. Pensó que la vida de las personas se hallaba intrincadamente ligadas de extrañas maneras y se peguntó sí aquella decisión de ayudar al chico acarrearían consecuencias importantes en el futuro. Se respondió que sí, ayudar a la gente siempre acarrea consecuencias importantes y positivas. Le había sucedido a ella más de una vez. Recordó su huida de Ucrania, a Dimitry Petrov, a Adek Kostchy el polaco que a pesar de su desagradable carácter había contribuido a que su familia llegara hasta Bremen. Recordó a la mujer que les había hospedado en la destartalada cabaña en donde pasaron el invierno. Recordó a Alexander que los había recogido del hotel de inmigrantes y les había dado trabajo. Suspiró, se removió en la cama y recordó a su pequeña Daryna y su terrible muerte. Pensó de nuevo en Alexander, y la vida que le ofreció, tal vez no haya sido perfecta, pero le dio una nueva oportunidad, dos hijos y una historia que a pesar de su altos y bajos era algo memorable de recordar. Pensó que con aquella simple acción contribuiría con un granito de arena para forjar el futuro que el chico necesitaba desesperadamente construir. Volvió a suspirar, se dijo a si misma que solo el tiempo se lo diría.


[1] Tipo de tarántula sudamericana.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Asunción, 4 de mayo de 1954

I

Alexander dejó el Lido bar poco antes de la ocho de la noche y se dirigió hacia la estación del tranvía ubicado a pocos pasos de la Plaza Uruguaya. Con las manos embutidas en los bolsillos de su pantalón caminó sin prisa. El tranvía saldría en poco más de cuarenta minutos. El cielo estaba estrellado y la luna menguante le recordó a la sonrisa del gato Cheshire. Su madre le había regalado el libro con ilustraciones cuando apenas había aprendido a leer. Tal vez Alicia, en cierta forma le había servido de inspiración, deseando conocer exóticos lugares y personajes fantásticos. Observaba maravillado las ilustraciones de las grandes aventuras de la niña. Pensó que, en cierta forma, aquel libro había modelado su vida. Vivía en un país exótico después de todo.

A un lado el Panteón Nacional de los Héroes había una tarima de teatro sostenida por tubos metálicos algo oxidados. A su alrededor, el suelo estaba cubierto de basura. La brisa otoñal barría los envoltorios rotos y los papeles en tal cantidad que en algunos lugares la tierra estaba completamente cubierta. Al parecer, hubo alguna especie de celebración, y como era costumbre, una costumbre que Alexander detestaba, por cierto, olvidaron limpiar la vereda y la calle luego de los festejos. A su espalda y sobre su cabeza, la luz mortecina de un farol confería a la calle una sensación nefasta y de abandono, que por un segundo sintió que un escalofrío le recorría la espalda, como si su subconsciente intentara darle una advertencia.

En la esquina, a su izquierda se levantaba el antiguo edificio de la Farmacia Catedral. Le dolía la cabeza y le hubiese gustado poder detenerse y comprar un Geniol[1], pero la farmacia estaba cerrada.  Sacó una mano del bolsillo y le la llevó a la frente. Apretó un par de veces, masajeando la arrugada piel como si intentara paliar el dolor de aquella forma y siguió avanzando.

No había mucha gente caminando por la calle, a pesar de que aún era temprano. Observó una pareja a pocos metros delante de él, que caminaba abrazados. Un hombre bastante obeso al otro lado de la calle y oyó las risas de unos jóvenes unos metros detrás.

La pareja se detuvo unos segundos después y cuando Alexander pasó junto a ellos, pudo observar a la mujer de unos veinte o veinticinco años, de tes blanca y labios rojos sonreírle a su acompañante mientras este se apoyaba una rodilla en el suelo y se amarraba uno de los zapatos. Alexander no pudo evitar recordar a Tatiana, aún la extrañaba, aún deseaba volver a verla como el primer día después de su muerte.

Cuando se internaba en lo más profundo de sus sueños, aún flotaba hasta aquella puerta de bronce rodeada de un elevado muro de piedras. Cada vez que llegaba hasta ella, intentaba hallar alguna manera de abrirla, pero después de tantos años, no encontraba como hacerlo. Intentó escalar la muralla muchas veces, y cuando pensaba que estaba a punto de lograrlo, resbalaba y caía al suelo, otras veces simplemente despertaba cuando faltaban centímetros para llegar a la cima. Pero a pesar de todo, no se daba por vencido, sabía que algún día lo lograría, que cruzaría esa puerta y hallaría a Tatiana esperándolo, como había prometido.

Suspiró, sus ojos brillaron en la penumbra de la noche y una sonrisa triste se dibujó en sus labios. Fijó su atención en la calle, avistó la estación a poco más de cien metros frente a él. Un potente rectángulo de luz iluminaba el suelo, como el reflector de una obra de teatro. Era el faro de uno de los tranvías que acababa de llegar a la estación, que lo obligó a entrecerrar los ojos para evitar que la luz le lastimara la vista.

De pronto, oyó fuertes traqueteos, el suelo parecía vibrar bajo el peso de pesados camiones. Alexander se detuvo, los estremecimientos provenían de algún lugar detrás de su espalda. Giró sobre sus talones con ojos alarmados. La pareja que había dejado atrás también aguardaba con expresión asustada y expectante. Un gran contingente de camiones, carros de asalto y soldados avanzaron por la Calle Palma, tomando varios puntos neurálgicos del centro de la ciudad. Los soldados gritaban a los pocos transeúntes que se resguardaran en sus casas. El contingente se dirigió hacia el norte. La pareja corrió despavorida hacia el lado opuesto. Los jóvenes que pocos segundos antes estaban en un estado de desmedida alegría se habían quedado mudos y observaban todo con ojos perplejos. El hombre obeso se dirigió a la estación con pasos presurosos. A Alexander le causo gracia su forma cómica de mover las piernas, como la de los payasos en la arena de un circo.

Alexander corrió en dirección a la bahía siguiendo una calle paralela por la que avanzaba el contingente. No fue consciente del momento en que tomó aquella decisión, pero en cuestión de minutos oyó primero un zumbido agudo seguido de una fuerte explosión que sacudió los edificios a su alrededor como si se trataran de construcciones de cartón sacudidas por el viento. La sacudida lo obligó a tenderse boca abajo en el suelo. Su rostro estaba pálido y desencajado, los labios entreabiertos y los ojos desorbitados.

Se preguntó qué diablos estaba pasando, y como si un rayo le hubiera pegado en la cabeza comprendió que se trataba de un golpe de estado. Estaban atacando la Comandancia de la Policía Nacional. Al parecer, las tensiones políticas entre el gobierno y el Partido Colorado habían llegado al punto más álgido.

 Se arrastró lentamente sobre sus codos y sus rodillas hasta alcanzar la esquina. Observó con denodado asombro a decenas de soldados atacar las instalaciones policiales a punta de disparos. Permaneció tendido boca abajo por unos instantes, mudo de estupefacción y pálido como un muerto, intentando dilucidar como saldría de aquel embrollo. Tenía la boca seca, el pulso acelerado en el pecho y los oídos le sonaban como si alguien corriera sobre una alfombra. Oyó el tableteo de varias metralletas y el olor a pólvora quemada llenó la noche y el suave viento se encargó de llevárselo hasta él.

La comandancia de policía ardía en medio de largas lenguas de fuego y humo que se elevaban hacia el cielo. Los heridos intentaban escapar y eran capturados por los golpistas, otros no corrían con tanta suerte, les disparaban por la espada o en la cabeza.

Un automóvil pasó muy cerca de Alexander cuando giró en la esquina con las ruedas de la izquierda sobre la vereda. Describió una trayectoria curva como si el conductor estuviera en estado de ebriedad. Era un “Escarabajo” de un llamativo color amarillo. Alexander se sobresaltó, no por el hecho de que el vehículo estuviera a punto de arrollarlo, sino porque se dirigía directamente hacia el contingente en lo que parecía ser una suicida maniobra. En una fracción de segundo se oyó otro zumbido tan agudo que estremeció a Alexander, luego otra explosión y el “Escarabajo” ardió en una intrincada llamarada amarillo-anaranjada en medios de gritos de desesperación y terror.

Vio a un hombre tendido de espaldas en el piso a pocos metros del automóvil que ardía sin control. Estaba desmadejado y la sangre que manaba de su cabeza se encharcaba en el suelo. Debía sacarlo de allí antes de que los soldados terminaran por matarlo. Pero ¿cómo hacerlo sin que lo descubrieran? Se acercó despacio, ocultándose detrás de los árboles y los vehículos estacionados en fila a lo largo de la acera. La luz de las llamas se reflejaba en las ventanillas confiriendo a los automóviles un aspecto grotesco.

Cuando tuvo a pocos metros del herido, observó que la sangre empapaba su pelo y resbalaba por su mejilla entre el asomo de barba, pero no tenía tiempo para examinar su estado. Gemía y miraba a Alexander con pánico en sus ojos negros.  El calor de las llamas era intenso y podía producirse otra explosión en cualquier momento. Alexander tomó al hombre por los brazos e intentó arrastrarlo detrás de los vehículos estacionados. El hombre, lo ayudó empujándose débilmente con los pies, se arrastró despacio, primero por la calle, luego por la vereda, dejando un rastro de sangre como si se tratara de una babosa. El hombre miró a su alrededor, sus ojos desorbitados, con expresión de pánico, tras el follaje de su pelo sucio ensangrentado y enmarañado. Alexander pudo observarlo mejor. Un girón de piel le cubría una de sus cejas. Tenía la mejilla izquierda abierta, y la parte izquierda del labio inferior roto de modo que la comisura se curvaba hacia abajo en un gesto de tristeza.

Alexander dio un tras pie, y sintió un intenso dolor en la parte baja de la espalda, fue como si lo hubieran golpeado con un gigantesco mazo. Recordatorio perenne de sus años de soldado que se presentaba siempre en los momentos menos oportunos.

_ ¡Escóndase debajo del vehículo! _ le ordenó al hombre, pero quedó consternado al sentir el temblor de su propia voz.

El hombre tenía las mejillas rojas, pero sus ojos aparecían hundidos en sus cuencas. Tiritaba a pesar de que estaba abrigado. Respiraba entrecortadamente, pero pareció comprenderlo e hizo inmediatamente lo que Alexander le había ordenado.

Los soldados parecían estar muy ocupados en la Comandancia de Policía, y había perdido por completo el interés en el automóvil amarillo que ardía sin control. Alexander decidió acercarse de nuevo al “Escarabajo” amarillo. Estaba seguro de que el hombre que acababa de rescatar no era el conductor del vehículo, sino que se trataba de un transeúnte con muy mala suerte.

Se acercó agazapado por detrás del vehículo en llamas sin ser visto, debía apresurarse y comprobar si el conductor seguía vivo, aunque no tenía esperanzas de que así fuera. El calor era abrazador. Las llamas parecían lamer su rostro. Oteó en dirección a la Comandancia y comprobó todos estaban ocupados en el asalto. Se puso de pie, a pesar de la insistente advertencia de su cerebro de salir de aquel lugar de inmediato.  Observó al conducto que tenía medio cuerpo asomando por la ventana, con la cabeza hacia abajo y los brazos colgando. Había intentado huir, pero no tuvo oportunidad de hacerlo. El olor a carne chamuscada le revolvió el estómago, comprendió que no podía hacer ya nada por él.

 Se refugió entonces detrás de un árbol, me mantuvo agazapado oyendo las sirenas que emitían su largo aullido de guerra en todas direcciones. Desde su escondite, no lograba divisar lo que ocurría en la Comandancia de la Policía, pero al parecer, los disparos y explosiones acabaron tan rápido como empezaron.  En sus mejillas destacaban dos manchas de piel enrojecida, pero por lo demás estaba fatalmente pálido.

Oyó gritos y gemidos que provenían de la fila de automóviles en donde se había ocultado el hombre que acababa de rescatar. Al parecer lo habían descubierto. Una ambulancia se detuvo a pocos metros de su escondite. La luz estroboscópica del vehículo parecía teñir las paredes de los edificios de un color rojo brillante.

Poco después, se llevaron al herido entre gemidos de dolor y desconcierto. El asalto, la confusión y el desorden no se había prolongado más de diez minutos.

Cuando creyó que no había peligro atravesó la calle corriendo y se dirigió a la estación del tranvía. Con un poco de suerte, los militares no habrían tenido tiempo de tomarla o en el peor de los casos intentaría esconderse en algún vagón abandonado en el predio del ferrocarril.

Los militares no eran tontos después de todo, tanto así, que la estación del tren como la del tranvía estaban tomadas. Por lo que no le quedó más remedio que seguir su plan B.

Sus mejillas estaban más encendidas que nunca como abrazadas por una intensa fiebre que intentaba carcomerlo por dentro. Tenía sangre en las mangas de su camisa y en pecho. Sangre del hombre que había rescatado, pero si alguno de los soldados lo descubría harían muchas preguntas que lo podrían poner en serios aprietos. Después de todo, aquellos golpistas considerarían enemigos a cualquier persona bañada en sangre.

 Esperó oculto, agazapado detrás de un gran tronco de lapacho por unos instantes y después echó a andar silenciosamente a través del patio de la estación conteniendo la respiración y cuidando de no producir el menor ruido al andar. Lo cual era difícil ya que las altas hierbas musitaban contra las perneras de su pantalón. Llegó hasta el lugar en donde se almacenaban los vagones y una antigua locomotora. Alexander pensó en deslizarse por el resquicio entre uno de los vagones y la locomotora, pero en aquel lugar reinaba un gran ajetreo y muchos militares. Decidió evitarlos y se internó de nuevo en la oscuridad de la noche. La escasa iluminación procedía de farolas resguardadas con redes metálicas que proyectaban sombras y conferían a los vagones un repulsivo aspecto carcelario.

Llegó hasta una zona del patio en donde se amontonaban en forma desordenada, viejos vagones de carga en desuso. Abrió la puerta de madera corredizas solo un poco para que su cuerpo pudiera deslizarse dentro. El vagón estaba oscuro, destartalo y sucio, pero confiaba en que le serviría de escondite. Cerró la puerta y se agazapó en un oscuro rincón. Una tenue luz mortecina se escurría a través de un par de intersticios de la agrietada madera. El lugar olía a madera húmeda y a podrido. Pero eso era mejor que terminar en manos de los soldados. Se acostó de lado en el húmedo piso de madera y flexionó las piernas hasta la altura de su pecho. Se preguntó si esa era la forma en que los nonatos se ajustaban en el vientre de su madre. Después de todo, aquel vetusto vagón hacía las veces de útero claustrofóbico para él. Trascurrieron horas, antes de que Alexander se sumiera en un inquieto duermevela.

Despertó poco antes del amanecer, el silencio solo fue roto por el gorjeo de los pájaros que se aprestaban para el inicio del día. Se incorporó y el dolor en la parte baja de la espalda lo asaltó de nuevo. Eran fuertes punzadas, como si se le incrustaran vidrios entre las costillas. Tuvo que dejar de respirar por unos segundos hasta que las punzadas se convirtieron en un leve murmullo.

 Deslizó la puerta solo un poco para otear el patio. Al parecer no había nadie, todo estaba en calma. Paseó luego los ojos por el espacio que lo había cobijado y pudo notar largas telas de arañas colgadas en todos los rincones, como hamacas tendidas entre ramas de los árboles en una tarde de verano. La sangre en su ropa se hacía secado y ahora presentaba un tono opaco y oscuro.

Fijó de nuevo su atención en el patio y terminó de abrir la puerta corrediza y descendió del vagón. Alerta, recorrió el lugar con la mira antes de decidirse a salir, para luego seguir las líneas del tren. No se molestó en cerrar la puerta ya que no tenía caso hacerlo. No podía arriesgarse a salir de la estación ya que podrían verlo y preguntarse qué diablos hacía allí.

Le esperaba un largo camino de regreso a casa, seguiría las líneas del tren hasta que sintiera que era seguro tomar algún camino alterno.


[1] Nombre comercial de la aspirina.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

San Lorenzo, Paraguay, abril de 1953.

                                                                                I

El sol de poniente convertía los rieles del ferrocarril en líneas ardientes de color rojo anaranjado y parecía encuadrar el cartel que tenían justo delante.

“Estación Central del Ferrocarril de Asunción”

“Bienvenidos a Asunción”

“Población: 210.745 habitantes”

La luz del crepúsculo cayó sobre los ojos azules de Alexander y pareció incendiarlos con una súbita exaltación.

Kataryna lo observó con disimulo, pero no pudo dejar de vislumbrar en él aquella intensa mirada de entusiasmo.

La decisión de Alexander de abandonar Puerto Casado, y aceptar un puesto de catedrático en el Colegio Nacional de Agronomía había complacido secretamente a Kataryna. Felipe acababa de terminar la secundaria y necesitaba encaminar su futuro. Además, luego del accidente de Tina y su rápida recuperación precisaba de un apremiante cambio. Pesaba sobre sus hombros los años, que se hacían cada vez más evidentes, en sus cabellos grises, en los fatigados músculos, en los quilos de más.

Luego de que Tina se recuperar sin secuelas aparentes, pensó que era tiempo de buscar un lugar propio en donde establecerse y envejecer en calma y sosiego. Se juró a si misma que sería la última vez que se marchaba, aunque Alexander resolviera lo contrario. Tenía algún dinero guardado y pensaba buscar alguna porción de tierra en donde en el futuro, pudiera construir una casa. Y que mejor lugar que en San Lorenzo. Hablaban maravillas de aquella ciudad que distaba solo dieciocho kilómetros de la capital, pero en el que se podía aún disfrutar de grandes espacios verdes, agradables atardeceres, y sobre todo paz y sosiego.

Descendieron del tren y se dirigieron al área de desembarque de pasajeros en donde Kataryna y Tina esperaron a que Felipe y Alexander desembarcaran sus escasas pertenencias. Les llevó media hora conseguir alquilar una carreta que las trasladara hasta San Lorenzo y otra media hora más en embarcarse en el tranvía que los trasportaría a ellos hasta su nuevo hogar. El suave y aletargado vaivén del tranvía adormiló a Tina de inmediato, y permitió a su madre disfrutar de lo que quedaba de aquel largo y trajinado viaje.

La escuela funcionaba en lo que posteriormente se convertiría en el campus de la Universidad Nacional de Asunción.  La escuela estaba enclavada en medio de unas trescientas hectáreas de terreno casi en su mayoría en estado silvestre. El capataz de la granja experimental, un hombre alto de tes cetrina y ojos oscuros como la noche, los recibió. Llevaba un par de botas de cuero y un sombrero pirí, aunque hacía unas horas que el sol se había puesto. Sostenía una lámpara a keroseno en su mano derecha y en la izquierda, un manojo de llaves.  Al parecer era un hombre de pocas palabras, se limitó a entregarle las llaves a Alexander, y la lámpara a Kataryna para luego retirarse con una leve inclinación de cabeza.

La casa era pequeña, de paredes probablemente blancas. Sin embargo, la tenue luz que emanaba de la lámpara no era suficiente para poder asegurarlo. Alexander introdujo la llave en el cerrojo y giró la llave, pareció atascarse, pero lo intentó de nuevo y cedió con un sonido sordo. Abrió la puerta y los goznes emitieron un chirrido agudo. Definitivamente la puerta necesitaba con urgencia algo de grasa.

La casa era completamente diferente a “La Chaqueña”. La primera impresión era de austeridad completa. La primera habitación era una suerte de cocina, comedor y recibidor, bastante reducido. Había una mesa deslucida y cuatro sillas frente al fogón de la cocina. Un sillón ajado y sucio, una mesita y un espejo adosado a la pared entre dos ventanas, un grabado sin valor artístico, representando a una campesina arando la tierra. A esto quedaban reducidos los muebles de aquella habitación.

Kataryna acostó a la niña que aún dormía en el sillón y caminó detrás de Alexander por un estrecho pasillo que llevaba a las dos únicas habitaciones con que contaba la casa. Alexander levantó la lámpara por encima de su cabeza para iluminar el recinto. En la primera habitación no había casi muebles. En el rincón de la derecha había una cama y una silla. En el mismo lado había una mesa de madera café cubierta por un roñoso tapete rojo; al lado de la mesa había dos sillas de cañas. Del otro lado de la habitación, contra la pared se hallaba una cómoda de madera sin barnizar. A esto se reducía todo el mobiliario. Kataryna no quiso imaginar en qué consistía el mobiliario de la habitación adicional. La pared blanca y deteriorada había adquirido en todos los rincones unos tonos negros verduzcos, debido a la humedad. No había cortinas en las ventanas.

Kataryna suspiró, al menos está en mejores condiciones que la casa de la hacienda de Puerto casado, pensó resignada. Al menos, esta vez dormirían dentro de la casa y no en una tienda de campaña.

II

No concilió el sueño aquella noche. Tina dormía ovillada en el desvencijado sillón de la cocina. Sobre la mesa, un cabo de vela ardía en un candelabro de latón deformado. Kataryna fue a vigilar su sueño tantas veces que había perdido la cuenta. Temía que la niña se despertara asustada o en el peor de los casos fuera presa de uno de sus continuos episodios de sonambulismo, abriera la puerta y saliera a caminar por el campo y se extraviara.

Valentina siempre había sido una niña inquieta y con enorme energía. Pero después del accidente con el machete, su actividad se había duplicado. Ya no eran suficientes sus constantes actividades físicas durante el día, sino que también juga dormida. Se levantaba en medio de la noche, recorría la casa dando saltos o corriendo, se echaba a reír y hablaba como si estuviera despierta.

Durante la primera manifestación de lo que el doctor explicó, era un severo caso de sonambulismo, Kataryna recibió el susto de su vida. Despertó una noche y observó aterrorizada una figura que la observaba con los ojos bien abiertos y brillantes. Cuando comprendió que era Valentina, la convino a que regresara a su cuna, pero la niña se limitó a sonreír de una extraña forma que erizó los pelos de la nuca de su madre. Luego, giró sobre sus talones y regresó a su habitación.

Kataryna no pudo explicarse cómo había conseguido descolgarse por los altos barrotes de su cuna sin que sufriera ninguna lesión. Decidió seguirla, y descubrió su pequeño secreto. La niña apilaba un par de cilindros de aceite y como una extraordinaria acróbata mantenía un débil equilibrio sobre su improvisada torre para luego contorsionarse en la parte alta de los barrotes y serpentear dentro de su cuna y quedarse inmóvil casi de inmediato, como si lo que acabara de hacer no era más extraño que darse un par de vueltas sobre el colchón de la cama para acomodarse y seguir durmiendo.

La segunda vez que Kataryna se percató de que su hija parecía caminar dormida, fue cuando la niña logró abrir el cerrojo de la puerta y salir al patio. Caminó apresurada hasta el deslizadero que su padre le había construido. Subió los peldaños y se deslizó como toda una experta. Repitió aquella operación tres veces antes de Kataryna pudiera llegar hasta ella y persuadirla de que era hora de entrar a la casa. La niña la observó con los ojos bien abiertos y volvió a regalarle a su madre aquella extraña sonrisa que le recordaba a un muñeco mecánico.

El médico le explicó que no había nada malo en ella, todos los episodios se debían, dijo, a su excesiva energía. La niña no alcanzaba a desfogarla por completo durante el día, por lo que su cuerpo se negaba a descansar por las noches. A medida que creciera, los episodios se harían más esporádicos, agregó el médico, y desaparecerían cuando se hiciera adulta. La principal recomendación era no despertarla de golpe, ya que crearía en ella cierta confusión y aturdimiento y desde luego asegurarse de que no saliera de la casa mientras experimentaba algunos de esos episodios.

_No tienes de que preocuparte_ la tranquilizó Alexander_ mi padre sufría de este tipo de episodios cuando era niño.

Kataryna intentó no hacerlo desde luego, pero encontrar a alguien contemplándote a pocos centímetros de tu rostro mientras duermes con una sonrisa poco menos que atemorizante no ayudaba.

Poco antes del amanecer, cuando fue a vigilar su sueño por última vez, se sentó a su lado en el viejo sillón y acarició su rubio pelo. La cicatriz en la cabeza no pasaba desapercibida. Habían rasurado la zona antes de la sutura y el pelo apenas y estaba creciendo. Pero por fortuna, aquel recuerdo de una tarde de juegos en el parque quedaría sepultada por completo bajo la que sería en el futuro una mata larga de cabello castaño claro.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Puerto Casado, primavera de 1952.

I

Valentina crecía con los rasgos encantadores que rebosan en los niños de dos años: articulación imperfecta y jocosa, el inalterable deseo de hacer siempre su voluntad, incansables travesuras, enredos y alborotos a montones, desbordante y contagiosa alegría.

Tenía los ojos pardos brillantes y vivaces, la cabeza cubierta de una delgada mata de pelo tan rubio que daba la impresión de que en realidad era blanco. Gobernaba a su hermano Felipe a su antojo y era la alegría indiscutible de su madre. A pesar de los continuos estados disociativos de su padre, lograba casi siempre arrancarle una sonrisa. En otras palabras, se había adueñado del corazón de su corta familia.

Era una niña incansable e inquieta, lo que los especialistas llamarían una niña hiperactiva. Se enfrascaba en todo tipo de juegos, pero su preferido, al igual que el de su hermano Felipe cuando era niño, era el caballito. La pequeña diferencia radicaba en que Valentina (a la que su familia llamaba Tina) prefería utilizar a su hermano como montura.

Apenas Felipe llegaba a casa del colegio, Tina apresaba su mano entre sus débiles dedos y tiraba de él exigiendo “Balito, balito” una especie de diminutivo de caballito. Una expresión de exagerada sorpresa cruzaba en esos momentos fugazmente por las facciones de Felipe, como si aquel requerimiento fuera algo inesperado o extraño. Después, la expresión se eclipsaba y se mostraba dispuesto y hasta encantado de conceder los deseos de la niña de ojos pardos. En vez de sentirse atosigado, se sentía complacido y predispuesto a hacer feliz a su pequeña hermana. A pesar de que Felipe contaba ya con diecisiete años, no dudaba en apoyar las rodillas y las manos en el suelo y pasear a la niña por toda la casa.

Kataryna no comprendía el poder que la Tina ejercía sobre su hermano, pero debía reconocer que le agradaba. La niña poseía una influencia positiva en él.  Su temperamento se había trasformado y ahora era mucho más afable y cariñoso.

Cuando no jugaban al caballito, Felipe interpretaba animadas melodías con la guitarra. Tina batía palmas e intentaba torpemente seguir el ritmo (por más esfuerzos que realizara, en realidad nunca se convertiría en una buena bailarina)

Durante las cálidas tardes, Felipe la llevaba a pasear por el pueblo o hasta el puerto en donde Tina disfrutaba observando la llegada de alguna embarcación y el ajetreo que con ello experimentan los habitantes de Puerto Casado. Se tendían sobre el verde y brillante pasto y observaban el cielo.

_Mira el cielo Tina_ decía Felipe señalando el firmamento_ el cielo es azul.

_Zul_ repetía Tina y batía palmas cuando Felipe aprobaba sus palabras.

Luego, se incorporaba y se sentaba a horcajadas sobre el pecho de su hermano mayor y saltaba dando tumbos, como si cabalgara. Emitía estridentes chillidos con los ojos alegres y brillantes. Cuando el cansancio la vencía se tendía de nuevo junto a Felipe y observaba las nubes pasar.

_Ipe_ decía señalando con su pequeño dedo índice las nubes blancas como algodón de azúcar sobre el impresionante cielo azul. No sería capaz de pronunciar correctamente el nombre de su hermano hasta que cumpliera cuatro años.

_Nube_ decía Felipe

_Be_ repetía ella y sonreía.

Una templada tarde de primavera, cuando el sol iniciaba apena su recorrido hacia el oeste y los pájaros gorjeaban alegres sobre las copas de los árboles, Tina y Felipe salieron en su acostumbrado paseo. Recorrieron las calles del pueblo disfrutando de la brisa cálida que traía el viento. Se detuvieron en la pequeña plaza del pueblo y se sentaron en uno de los escasos bancos. Estaba algo húmedo debido a la lluvia de la mañana, pero Felipe se las arregló para secarlo con las hojas de un viejo periódico.

Dos perros callejeros se disputaban lo que al parecer eran los restos de un mbeyú[1] Estaban famélicos, sus costillas sobresalían a través de la delgada piel.

_Peito_ dijo Tina señalando con el pequeño dedo índice para luego dirigir su mirada a su hermano como si esperara su aprobación.

Felipe quien se había convertido en todo un experto en el nuevo lenguaje que él denominaba “Valentinismo” asentía siempre con una sonrisa.

_Si son perros_ respondió Felipe_ y tienen hambre.

Tina cambió su expresión alegre en un segundo mostrando en sus facciones una angustia casi cómica, como solo los niños de esa edad pueden expresar.

Los dos animales compitieron por el apetitoso bocado entre ladridos y gruñidos hasta que uno de ellos, un perro de pelo blanco y orejas cafés se alzó con la recompensa y echó a correr. Al parecer, su contrincante no tenía las fuerzas necesarias para perseguirlo. Se quedó mirando con ojos triste y la cola entre las patas traseras, cómo su cena se alejaba con rapidez.

_Peito_ repitió Tina con una expresión de exagerada sorpresa. Una expresión tan graciosa que Felipe no pudo evitar echarse a reír.

Un grupo de niños que probablemente ocupaban probablemente el rango completo de edades de la niñez se acercaba entre gritos ensordecedores y conversaciones alborotadas e ininteligibles. Valentina los observó sorprendida e interesada. No tenía muchas oportunidades de jugar con otros niños.

 Una niña cargaba sobre su cadera derecha a un bebé de unos ocho o nueve meses. Felipe pensó que la pequeña difícilmente tendría más de siete años. La niña llevaba el pelo enmarañado y sucio. Felipe pensó que probablemente llevaba sin lavárselo más de una semana. Iba descalza al igual que el bebé que cargaba. Caminaba a su lado un niño de piel cetrina, ojos redondos y asustados. Llevaba la cara sucia y un hilillo de moco le colgaba sobre el labio superior. Tenía la cabeza rapada. “Piojos”, fue lo primero que a Felipe le vino a la cabeza. Otras dos niñas con los pies descalzos caminaban por detrás. Apresuraron sus pasos y se situaron a la derecha de la niña que cargaba al bebé. Felipe pensaba que tendrían entre cuatro o cinco años. Desde el otro lado del parque se acercaron al grupo dos niños de entre ocho y nueve años. Uno de ellos llevaba un machete en la mano derecha. Tina los contemplaba con aire de fascinación. Tenía el ceño fruncido y el labio superior algo fruncido, la expresión característica de interés y concentración que la acompañaría por el resto de su vida.

Felipe perdió interés y se concentró en una tela de araña que pendía de las ramas de un árbol. Unas gotas de lluvia brillaban sobre ella como perlas. La propietaria de aquel intrincado tejido permanecía inmóvil en el centro. Estaba muy quieta, como petrificada. Felipe pensó que estaba muerta.

Los niños, al otro lado del parque emitían estridentes chillidos y estrepitosas carcajadas. Tina bajó del banco como una serpiente escurridiza.

_Nene_ articuló con claridad.

Mama, papa, nene y nena eran las únicas cuatro palabras que pronunciaba a la perfección.

Felipe seguía absorto en la tela de araña y en su ocupante. De pronto, la araña se movió en el centro de su tela y trepó por uno de los hilos de seda hasta desaparecer entre las hojas del árbol. No estaba muerta después de todo.

_ ¡Hola Felipe! _ oyó decir a una voz conocida que lo sacó de sus cavilaciones.

Volteó la cabeza sobre su hombro izquierdo y pudo constatar que la voz pertenecía a uno de sus amigos con quien solía encontrarse para tocar la guitarra. El joven, cinco años mayor que Felipe extendió la mano para que se la estrechara su amigo.

_Hola Luis. ¿Qué haces por aquí? _ preguntó_ pensé que te ibas por unos días a Argentina.

_Cambio de panes. Tengo una fiesta esta noche y me invitaron a tocar la guitarra.

Felipe volteó en dirección a su hermana que seguía ensimismada en los niños que correteaban de un lado a otro. El del mache, blandía el arma con las dos manos de atrás hacia adelante con una extraña rapidez para un niño de su edad, como si atacara a un enemigo invisible al tiempo que su garganta prorrumpía en una cacofonía de sonidos entre los que se destacaban agudos zumbidos y golpes secos.

Felipe volvió su atención al joven que tenía cerca.

_ ¿Por qué no me acompañas? _ preguntó el recién llegado_ hace algún tiempo que no tocamos juntos.

Felipe pareció sopesar la propuesta de Luis. Tenía razón hacía tres semanas que no se reunía con sus amigos a tocar. Valentina lo mantenía muy ocupado y no es que se quejara, le gustaba pasar tiempo con la niña, pero extrañaba la compañía de sus amigos.

Valentina dio dos pasos vacilantes y se detuvo a contemplar a los niños que jugaban entre risas y gritos eufóricos. Se llevó un dedo a la boca, pero no se lo chupó. En vez de eso, pareció explorar los espacios vacíos de sus encías como si quisiera comprobar la presencia de algún nuevo diente. Volvió a dar unos pasos cautelosos. Perdió el equilibrio al tropezar con su propio pie. Se tambaleó, pero antes de que cayera de bruces, apoyó las manitos en el suelo. Se incorporó y observó con atención al niño del machete que ahora asestaba golpes al abultado tronco de un Ombú. La hoja emitió un destello cuando la luz del sol se reflejó en ella. Valentina sonrió, como si acabara de descubrir un nuevo e interesante juguete mucho más divertido que jugar al caballito con su hermano “Ipe”. Se acercó un poco más y volvió a detenerse. Giró sobre sus talones y observó a su hermano enfrascado en una conversación con su amigo. Volvió su atención al niño del machete.

Mientras Tina contemplaba fascina al niño del machete, Felipe sopesaba la invitación de Luis y olvidaba por completo la presencia de Valentina.

_Está bien, me dará gusto ver a…

Se interrumpió al oír un grito desgarrador. Se puso de pie de un salto como si acabara de sentarse sobre una afilada daga. Sus ojos desesperados recorrieron el parque hasta que halló a su hermana tendida en el suelo. Corrió hasta ella con los ojos desorbitados. Luis pareció no entender lo que, acabada de suceder, pero luego de unos segundos de vacilación siguió a su amigo que ya se hallaba arrodillado al lado de su hermana, que tenía los ojos desencajados, las facciones pálidas con excepción de la mejilla derecha chorreada en sangre. En un primer momento, Felipe no comprendió lo que había sucedido, pensó que la niña había caído y se había hecho un corte en la frente o algo parecido. Tina lo miraba con los ojos vidriosos, pero parecía no verlo.

Los niños que jugaban en el parque se quedaron petrificados alrededor. Observaban la escena sumamente consternados y atemorizados.

_Tina ¿estás bien? ¿dónde te duele? _ preguntó con voz temblorosa.

La niña no respondió. Intentó levantarla y fue en ese momento en donde vislumbró una gran herida en el centro de su cabeza.

Felipe levantó la mirada y sus ojos reflejaron un brillo desesperación y culpabilidad. Vio al niño del machete corriendo como alma que lleva el demonio hacia el lado este del pueblo y el machete ensangrentado a pocos metros de su hermana. El corazón le latía con tanta fuerza que pensó que se le saldría por la boca. Una crispación de terror le cruzó el rostro.

La mitad derecha del rostro de Valentina estaba cubierta del líquido escarlata caliente y viscoso que se escurría por su cuello y lo manchaba, se deslizaba por el hombro y dejaba una franja roja sobre su vestido blanco. Su pelo se cubría también de escarlata enfermizo.

_ ¡Tina! _ gritó e intentó sacudirla cuando no respondió, pero Luis lo detuvo apoyando una mano sobre su hombro.

_ ¡No Felipe! ¡No debes moverla! Voy a buscar ayuda_ agregó y salió corriendo rumbo al hospital.

Los gritos y alborotos llamaron la atención de algunos de los transeúntes. Un par de mujeres que acaban de regresar del hospital se acercaron y rodearon a la niña. Valentina mantenía los ojos abiertos, pero sus ojos parecían sin vida. Su respiración era agitada y emitía suaves resuellos cuando exhalaba.

La niña oía voces, las voces estaban lejos. Las voces estaban sobre las nubes. Sobre las nubes blancas, las nubes que veía pasar junto a su hermano “Ipe”. Todo estaba sobre las nubes.

No entendía que era lo que estaba sucediendo, su mente aún no contaba con la madurez suficiente para interpretar los acontecimientos. Algo había silbado junto a su oído. Luego una mano invisible le dio una sacudida en la cabeza. Entonces el filo del machete le abrió un surco en el centro de la cabeza y la despidió hacia atrás como si se tratara de una muñeca de trapo. Lo que Tina no era capaz de imaginar era que la mano invisible que le había sacudido le trazó una raya ardiente sobre su cuero cabelludo.

_” Balito” _ dijo entre resuellos.

El caballito estaba sobre las nubes. Todos estaban sobre las nubes: mama, papa, “Ipe”, menos ella. Tina estaba debajo de las nubes y se alejaba cada vez más rápido. Entonces, el cielo ya no era azul y las nubes ya no eran blancas, un velo rojo brillante empezó a correrse delante de su ojo derecho. Su cuerpo se estremeció, corroyéndole como descargas eléctricas. Luego, se quedó inmóvil por completo sobre el charco de su propia sangre.

II

Kataryna se hallaba sentada frente a la ventana de la sala. Sobre sus rodillas descansaba una pequeña blusa celeste con margaritas bordadas alrededor del cuello. Aquella prenda era la preferida de Tina. Se lo había regalado Valentín al cumplir dos años y desde que la recibió no dejaba de exigirle a su madre que se la pusiera. No se la quitaba ni para ir a dormir. Cuando estaba sucia y su madre intentaba sacársela antes de darle un buen baño, se ponía a llorar de impotencia y rabia.

Por la mañana, apenas había despertado se acercó a su ropero, se puso de puntillas e intentó abrir la puerta. Su madre adivinando sus intenciones, la tomó en brazos y la acercó al tirador de la puerta. Valentina lo sujetó con ambas manos y tiró de ella con todas sus fuerzas. Su rostro se tiñó de rojo por el esfuerzo, pero logró su cometido.

Kataryna la dejó en el suelo y la niña empezó a hurgar entre toda la ropa hasta hallar lo que buscaba. La sostuvo en alto mientras que una gran sonrisa se dibujaba en sus delgados y rojos labios. Luego le mostró el preciado objeto a su madre, quien la ayudó a vestirse con la prenda.  Salió al patio dando pequeños saltos y llevándose las manos al pecho observando la blusa satisfecha.

En el patio trasero, Alexander había construido una pequeña resbaladera de madera. La había pintado de rojo con los bordes de blanco. Era el lugar preferido de la niña cuando su hermano se hallaba ausente. No se cansaba de subir los cinco peldaños que la separaban de la cima, sentarse, impulsarse con los brazos y las piernas, y resbalar hasta llegar al suelo. Podía deslizarse por más de una hora sin mostrar signos de agotamiento. Cuando se aburría de la rodadera, intentaba subir por la rampa sujetándose de los pasamanos y escalando con las rodillas. Avanzaba con dificultad hasta tres cuartas partes de la resbaladera. Los músculos de sus piernas temblaban y se rendían. Terminaba con el torso sobre la rampa y se deslizaba hasta el suelo. No es necesario decir que volvía a intentarlo una y otra vez hasta que el cansancio la obligada a sentarse a un lado de la resbaladera, tenderse luego sobre el pasto y luchar contra los párpados que la amenazaban con cerrarse. Cada una de las veces sucumbía al cansancio, su madre la recogía y la regresaba a la casa para una reparadora siesta.

Aquella mañana en uno de aquellos deslizamientos el fondo de la blusa quedó enganchada a la saliente de un clavo. Valentina intentó liberarse sacudiendo el cuerpo de un lado a otro hasta que la blusa se desgarró con un ruido que le recordó a una de sus constantes flatulencias. El desgarre iba hasta la mitad de la espalda y cuando su madre se lo hizo notar se puso a llorar desconsolada.

_Piooo_ dijo la pequeña encogiendo los hombros y levantando las palmas de las manos abiertas y una expresión de desconsuelo en los ojos.

_Sí, se rompió_ le contestó su madre_ voy a sacarte la blusa y te la voy a coser.

_Si, “ser” _ contestó la niña.

_Coser_ corrigió la madre.

_ ¡Ser! _ repitió la niña.

Kataryna se echó a reír y la niña rio con ella.

Ahora le daba las últimas puntadas y terminaría de remendarla. Desde luego no quedaría como al principio, pero al menos Tina tendría de vuelta su blusa preferida. Remató la costura y cortó el hilo. Dejó la costura a un lado y prestó atención a la calle. Vio a Felipe que se acercaba por el sendero que conducía a la casa. Estaba solo, tenía la expresión desmejorada y penosamente azarosa. La luz anaranjada del atardecer lo iluminaba de una forma despiadada que le confirió un aspecto infausto.

Kataryna se puso de pie alarmada. Su corazón dio un salto, se detuvo por un segundo y luego inició una carrera despavorida. Corrió hasta la puerta, la abrió y antes de que su hijo pudiera siquiera llegar hasta ella preguntó aterrorizada:

_ ¡¿Dónde está Valentina?!

Felipe se detuvo frente a ella con la expresión de trémula aflicción. Intentó explicarle a su madre lo que había sucedido, pero su lengua se empeñaba en desobedecer las órdenes de su cerebro.

_ ¡¿Dónde está tu hermana? ¿Qué fue lo que pasó?!_ siguió interrogando cada vez más nerviosa.

Felipe aún no podía articular palabra alguna. Solo la miraba con los ojos agonizantes. La mezcla de preocupación, culpa y desesperación que Kataryna percibió en el rostro demacrado de su hijo la aterrorizó.

Felipe aspiró una bocanada profunda de aire y empezó a hablar con voz trémula. Vaciló y estuvo a punto de quebrarse, pero pudo terminar.

_Está en el hospital ahora_ explicó.

Kataryna no pudo moverse, era como si alguien le hubiese extraído por completo la energía. Se sintió como uno aquellos juguetes a los que se le ha terminado la cuerda. Una lágrima rodó lentamente por su mejilla izquierda. Felipe estiró un dedo y se la enjugó.

_Lo siento mama, yo tengo la culpa. Me distraje solo unos segundos.

Kataryna no supo que decir, podía percibir la culpabilidad en los ojos y la voz de su hijo. Sabía que él buscaba su absolución, pero simplemente no pudo articular palabra.

Intentó moverse. Su cerebro envió la orden a sus piernas, pero estas no obedecieron. Hizo un esfuerzo, se obligó a mover la pierna derecha y luego la izquierda y salió de la casa sin dirigirle otra palabra a su hijo. Felipe se quedó de pie en el umbral de a puerta por unos minutos intentando dilucidar lo que debía hacer. Su padre estaba en Buenos Aires en un curso de capacitación y no tenían a nadie más a quien acudir. De pronto, pensó en Valentín. Sí, Valentín podría ayudarlos. Cerró la puerta de la casa y se dirigió corriendo hasta la casa del amigo de su padre.

 El crepúsculo se cernía sobre Puerto Casado y el cielo anaranjado rojizo estaba a punto de dar paso al negro de la noche. No hacía mucho calor, pero se sentía extenuado por el esfuerzo físico y emocional. El sudor resbalaba por su frente y sus mejillas cuando llegó a casa de Valentín.  El hombre quedó turbado al observar la fisonomía azorada y despavorida del joven. Tenía el rostro blanco como el papel, con el cabello castaño revuelto, como si se hubiera intentado arrancarlo o al menos frotando, y un temblor enfermizo en los labios entreabiertos. Valentín se apresuró a interrogarlo y cuando terminó, se apresuró a acompañarlo al hospital.

III

Kataryna se hallaba sentada en una silla de respaldar incómodo al lado de la cama en donde descansaba su pequeña. La niña lucía una venda que cubría gran parte de su cabeza. Las luces del pabellón del hospital estaban amortiguadas y le daban un aspecto mortecino y lúgubre que estremeció a Kataryna. La niña había perdido mucha sangre, y seguía inconsciente. Estaba asustada, temía que su cuerpo no resistiera. La sometieron a una trasfusión sanguínea con la esperanza de que se recuperara, pero los médicos no ponían las manos al fuego cuando de daños cerebrales se trataba.

La mente de Kataryna deseó examinar posibilidades que habría sido mejor excluir. ¿Y si su pequeña moría? Sacudió la cabeza con vehemencia. No, no debería pensar en eso. Pero en aquel momento revivió las terribles circunstancias en las que había perdido a sus tres primeras hijas y sintió pavor. Pavor de que ocurriera de nuevo, pavor de que Dios le arrancara a su pequeña. Aquella idea la arrastró como si fuera un peso inerte y deseó ser ella quien estuviera en aquella cama de hospital en vez de su hija.

 ¡Y si sobrevivía y terminaba con una lesión en el sistema nervioso? ¿Y si acaba necesitando atención el resto de su vida?

Se abrió la puerta y se presentó el médico de guardia. Era un hombre menudo, pulcro, que usaba gafas de lentes gruesos, zapatos de buena calidad y una bata tan blanca que lastimaba los ojos. Sus tupidas cejas salpicadas de blanco estaban fruncidas en una expresión algo abstraída como si no encontrara las palabras adecuadas para comunicarle a aquella sufrida madre la situación de su pequeña. Kataryna lo miró pálida y asustada. El tono azul de sus ojos se había oscurecido. Estaban desmoralizados y afligidos como si el mundo estuviera a punto de estallarle en el rostro y no pudiera hacer nada al respecto. El médico se acercó a ella, la contempló por unos segundos antes de hablar. Por unos segundos, que parecieron eternos, en la habitación reinó el silencio, turbado solo por el zumbido de un reloj suspendido de una de las paredes. Kataryna entrelazó las manos fuertemente y las apretó como si de esa forma le fuera más fácil soportar las malas noticias que el médico estaba a punto de darle. Se concentró en las manos del menudo hombre, en sus pulcras y cuidadas uñas intentando no ponerse a llorar. El hombre de las gafas de lentes gruesos evitó las palabras extravagantes y rebuscadas, fue claro y conciso. En suma, no había cambios en la niña. Seguía estable, pero en estado crítico. No quedaba más remedio que esperar.

La conversación no demoró más de cinco minutos, si es que se podía llamar así al soliloquio que sostuvo el médico. Cuando este salió de la habitación con un rictus pétreo en el rostro, Kataryna sintió que la soledad y la congoja se abalanzaban sobre ella como dos aves de rapiña, listas para pelear para ver quien de las dos se quedaba con ella. Fijó su atención en el reloj de la pared. Debía dejar de contemplar a la niña o sucumbiría en los brazos de la desesperación y la locura que intentaba ahora ganarle de mano a la soledad y la congoja. El zumbido del reloj era constante, monótono e hipnótico. Por su mente se sucedían toda clase de imágenes, recuerdos dolorosos que a pesar del tiempo estuvieron latentes en un rincón escondido y que ahora volvían a aflorar, a azotar, a castigar, a herir. Recuerdos que llevaban a emociones que prefería olvidar para siempre. El tiempo parecía devanar su interminable madeja de perturbadores recuerdos con lentitud, con perversidad sin que pudiera de alguna forma escapar de él. Las lágrimas cayeron por sus mejillas, sin que ella fuera consciente de ello.

  No supo por cuanto tiempo estuvo en aquel estado, cuando con el rabillo del ojo percibió una presencia en el umbral de la puerta. Giró la cabeza en esa dirección y levantó la vista, con sus ojos azules más refulgentes que nunca, anegados por las lágrimas. Se secó las mejillas con el dorso de su mano derecha al tiempo que veía a Felipe que la observaba con incertidumbre y culpa desde el hueco de la puerta. Kataryna no lo culpaba, había sido un accidente que podría haberle sucedido a cualquiera. Ahora lo único que le preocupaba era que su pequeña se recuperara. Kataryna le pidió a su hijo que entrara.

Felipe ingresó a la habitación con pasos vacilantes y la cabeza gacha. Detrás de él, se asomó Valentín. Sus pequeños y redondos ojos lucían apacibles y serenos. Kataryna se puso de pie al verlo. Valentín la estrechó entre sus brazos y le habló controlando cuidadosamente su voz para mantenerla serena y segura, garantizándole que Tina se pondría bien. Y que mucho antes de lo que ella se imaginaba, estaría correteando por la casa de nuevo. 

Valentín continuó con la misma voz serena y confortadora mientras que el tiempo insoportable y agobiante avanzaba. Kataryna agradecía su presencia y sus esperanzadoras y consoladoras palabras. Pero no sería hasta un par de años después que llegaría a comprender la importancia de aquellas palabras durante ese particular momento de incertidumbre y ansiedad. Valentín la ayudó a permanecer cuerda en un momento en que estaba a punto de perder la cordura y dejarse llevar por las aguas de la insensatez y la enajenación. No pensó en la ausencia de Alexander, no tenía tiempo para ello. No era la primera vez que estaba ausente cuando lo necesitaba, pero por alguna extraña razón, no podía reprochárselo. En cierta forma, comprendía que había sido ella quien decidió seguir a su lado cuando todo indicaba que era mejor alejarse. No había espacio en su mente ahora más que Tina, ya se ocuparía de lo demás después.


[1] Mbeyú: Comida típica, una especie de panqueque hecha a base de almidón de mandioca y queso.

HISTORIAS ENTREAZADAS (Kataryna y Alexander)

Puerto Casado, Paraguay 1950.

I

Las paredes del despacho de “La Chaqueña” aparecían cubiertas de libros. A un lado había una chimenea de piedra alta bruñida, recortada contra la pared, como un signo hecho con una tiza negra sobre una pizarra blanca. En el interior ardía el hogar al tiempo que crepitaba la madera. En el centro una gran mesa de escritorio, la cual tenía una magnífica lámina de caoba. Encima, había unos documentos desperdigados. Frente al escritorio un hombre sorbía mate desde una bombilla.

 Kataryna se hallaba de pie frente la ventana y observaba nerviosa el sendero que conducía a la entrada de la casa. Afuera, el atardecer había dado paso a las sombras que se extendían sobre el sendero. Habían adquirido ese peculiar tono gris que es característico de las sombras invernales. El viento se mecía entre los árboles y las hojas acariciaban el tejado de la casa.

Se restregó las manos, no precisamente porque deseara entrar en calor, sino por la inquietud que la agobiaba. Cargó el peso de su cuerpo alternativamente en una y otra pierna, como una niña que necesita urgentemente ir al baño.

_Él llegará en cualquier momento_ dijo el hombre que bebía mate.

Kataryna giró sobre sus talones, exhibiendo un prominente abdomen. Dirigió su mirada en dirección a Iván Ivanov quien le devolvió la mirada con una sonrisa condescendiente y afectuosa, ladeando la cabeza en forma peculiar.

Ambos se quedaron contemplando el fuego por un rato. Iván se bebió otro mate.

_Felipe actúa a veces de manera…_ dijo ella poco después, pero dejó la frase inconclusa mientras que acariciaba su abdomen.

Las facciones de su rostro parecían taciturnas y marcadas. Iván pensó que probablemente se debían a las malas noches que anteceden al nacimiento. Volvió a ofrecerle otra sonrisa indulgente.

En el poco tiempo que tenía viviendo en casa de su padre había aprendido las rarezas y manías de su medio hermano. Estaba casi totalmente convencido de que aquellas extravagancias lo hacían mucho más parecido a su padre que ninguno de sus demás vástagos.

Iván salió de Argentina en busca de su padre, luego de más de un año de no haber oído una sola palabra sobre su paradero. Llegó a pensar que, si llegaba a tener noticias suyas, lo hallaría a dos metros bajo el suelo. Le tomó un par de meses ubicarlo, luego de largas pesquisas. Manifestó genuina alegría al verlo y decidió pasar un tiempo con la nueva familia de su padre luego de que Kataryna lo invitara a quedarse.

El joven de expresión mesurada, despejada y bondadosa había dado paso a un hombre de corazón cálido y de naturaleza cariñosa, que Kataryna apreciaba no solo por su temple sino también en cierta forma, porque llevaba el mismo nombre que su padre Iván Weleczuk. Era inquietamente atractivo, con facciones heredadas de su padre en donde la influencia de la madurez, y la elegancia combinaban en forma extraordinaria. Un hombre de grandes habilidades sociales e intelectuales, dotado de una imaginación rápida, un espíritu vivaz y de modales sinceros y afables.  Proveído de una disposición naturalmente sincera, honesta y sensible hacia los sentimientos de los demás. Dejando de lado muchas veces sus propias emociones concentrándose ante todo en las necesidades de sus semejantes.

Iván era miembro activo de una iglesia cristiana, y aspiraba convertirse en Pastor. Su máxima aspiración en la vida era ayudar a las personas a conocer el camino que conducía a Cristo. Para alcanzar ese objetivo tendría que alejarse de su familia y toda la vida como la conocía hasta entonces para fortalecer su espíritu y fe para luego trasmitir la sabiduría a sus futuros feligreses. Ese fue el motivo que lo impulsó a buscar a su padre. Necesitaba pasar un tiempo con él antes de alejarse de la vida mundana y consagrarse a Dios. Su preparación lo alejaría de la vida social por un par de años y no tenía idea de cuando volvería a reencontrase con él.

_Estoy seguro de que sigue absorto en sus clases de guitarra_ dijo Iván_ pero si te deja más tranquila puedo ir a buscarlo.

Se oyó crujir un artejo, se elevaron chispas hacia la oscura garganta de la chimenea que pareció tragarlas. Las llamas se asentaron y el hogar murmuró.

_Será mejor que vaya yo, no estoy segura de cómo reaccionará si vas tu. No le gusta sentirse controlado.

Iván se sirvió otro mate y chupó a través de la bombilla hasta vaciar su contenido emitiendo un característico sonido. Se puso de pie dispuesto a acompañar a Kataryna.

_Yo voy contigo, no es bueno que salgas sola en tu estado. No falta mucho para que des a luz_ sentenció.

Kataryna asintió al mismo tiempo que acariciaba su abultado abdomen y sus labios se curvaban en una sonrisa. La amabilidad, y la sincera preocupación que Iván demostraba hacia ella la conmovían profundamente.

Dejaron la casa y se internaron en la calle cubierta ya por la implacable oscuridad. El frío los atravesó como si fuese filosas cuchillas mientras el vaho de la respiración surgía de sus bocas. Una farola que había un poco más adelante despedía su débil luz mortecina, formando un charco de claridad sobre un profundo lago de oscuridad.

A lo lejos, se oyó el motor de un camión, pertenecía probablemente a la flotilla de la fábrica. Gruñó sin acabar de arrancar, produjo un fuerte bombazo, pareció sacudirse y al fin arrancó con un bramido áspero y convulso.

 Kataryna pensó en Alexander y en las interminables horas que pasaba en la fábrica, desconectándose de la casa, sus hijos y de ella misma. Se dijo a si misma que debía dejar de pensar en Alexander y en cambio ocuparse de Felipe. El jovencito había encontrado un pasatiempo que lo absorbía por completo. Ocupaba todo su tiempo libre en la guitarra que ya dominaba como un experto. Su habitual disposición para las explosiones de exabrupto, sus intensas confrontaciones o sus prolongadas apatías se habían reducido casi por completo, con excepción de algunos esporádicos episodios. Sin embargo, Felipe desaparecía cada vez con más frecuencia de la casa en busca de soledad en compañía de su inseparable guitarra.

Kataryna tenía una fuerte sospecha de dónde podría hallarse. Hasta se atrevería a apostar. No le preocupaba que se enfrascara tocando la guitarra todos los días, lo que le inquietaba era que en aquellas bohemias reuniones no solo circulaban melancólicas melodías y versos poéticos, sino que también el alcohol en grandes cantidades. Y a pesar de que tenía quince años y muchos de los jovencitos empezaban a beber, algo muy profundo dentro de ella le advertía que aquello podría llegar a ser la perdición de Felipe.

El ruido del motor empezó a languidecer para convertirse en un lejano murmullo. La noche era clara pero dolorosamente helada. Una fría luna en forma de costra colgaba en el cielo por encima de sus cabezas. A Iván le recordó uno de los recortes de papel que hacía cuando era niño. Las estrellas brillaban exuberantemente. El viento era gélido y cortante, obligó a Kataryna a hacer una mueca de incomodidad. Se vio obligada a entrecerrar los ojos para evitar que le lagrimearan. Sin lugar a duda aquella noche helaría.

Una figura larguirucha apareció de pronto como un fantasma en la oscuridad. Caminaba por la acera con el andar lánguido típico de un adolescente, con los hombros caídos, resoplando y sacando vaho por la boca. Con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo la guitarra por el delgado mango. Las cuerdas parecieron brillar bajo la tenue luz de una farola.

Felipe era guapo con un mentón prominente, ojos grandes, profundos y oscuros, a Kataryna le recordaban los ojos de su padre Iván.

Felipe se detuvo frente a su madre y su medio hermano con una expresión de asombro en el rostro.

_ ¿Por qué tardaste tanto? _ lo recriminó su madre.

Felipe puso los ojos en blanco. Empezó a decir algo, pero se interrumpió, sacó la mano del bolsillo y se la llevó a una de las mejillas, como si intentara contener las palabras que amenazaban con desbordarse de su boca. La miró con expresión de enfado y malestar.

_ Mamá ya no soy un niño_ le respondió poco después.

_No eres un niño, pero tampoco eres un adulto_ dijo ella con ojos angustiados.

_ ¿Qué puede asarme? Ni siquiera tengo forma de salir de aquí, así que no entiendo porque te preocupas.

_Felipe, tu madre solo quiere lo mejor para ti_ dijo Iván interviniendo en la conversación entre la madre y el hijo.

Felipe le dirigió una mirada de advertencia al hombre que acompañaba a su madre antes de responder.

_Creo que nadie te dio vela en este entierro.

Iván levantó las manos en señal de rendición mientras sus labios esbozaban una sonrisa cálida. No se tomó aquella respuesta en forma personal, sabía por propia experiencia que los jovencitos de aquella edad tomaban las cosas muy a pecho.

_Felipe, regresemos a casa, este no es lugar para conversar.

_ ¡Estoy harto de que me sigas a todas partes, de que me digas que hacer! Dijiste que estabas feliz de que al fin encontrara algo que me gustara y ahora te molestas cuando paso tiempo con mis amigos y con mi guitarra_ dijo con desconsideración y hostilidad en el tono de su voz, pero en sus palabras hubo también una cierta y cansada perplejidad.

Kataryna sintió un abatimiento tan amargo y oscuro como el sabor del primer sorbo del mate al escuchar las palabras de su hijo. Expiró, como el aire que se escapa de un globo. No se había percatado de que estaba reteniendo el aire.

_Felipe, tal vez tienes razón en que no tengo derecho a opinar sobre tu vida, pero creo que tu madre no se merece que le hables en ese tomo_ dijo Iván en un tono de voz que resultaba relajante y reconciliador.

Felipe se quedó en silencio, como si sopesara las palabras de su hermano. Su fastidio pareció disiparse como la niebla cuando empieza a calentar el sol.

_Lo siento mamá_ se disculpó_ tienes razón, regresemos a casa.

Kataryna asintió, las comisuras de sus labios se curvaron para arriba, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

II

Sentado en un banco a la sombra de un viejo árbol cerca del camino de tierra que conduce al hospital, se encontraba Alexander. Sostenía un cigarrillo encendido entre sus dedos índices y corazón. Sus ojos azules, una mezcla de inquietud e impaciencia. Un manto negro cubría el cielo en su ausencia de luna y las estrellas destellaban con su frío parpadeo.  El viento gélido soplaba con fuerza y le helaba las mejillas, pero él parecía no percatarse de ese pequeño detalle. Había llovido por la mañana y los charcos de agua opacas aún cubrían en forma desordenada el sendero de tierra. Extrañamente, aquellos charcos le recordaron las manchas del yaguareté del que fue víctima.  

 Kataryna había iniciado labores de parto y llevaba esperando en aquel banco poco más de media hora. Sentía que los músculos de su espalda y su abdomen estaban tensos y agarrotados como si hubiese pertenecido a algún batallón del ejercito que acabara de perder alguna larga batalla. Las palpitaciones de su corazón le rugían en los oídos.

Estaba nervioso, eso era todo. Nunca antes, había sentido inquietud alguna por el nacimiento de alguno de sus hijos, y no entendía porque se sentía diferente ahora.

El viento sopló su frío aliento y Alexander se estremeció. Dirigió la mirada a la entrada del hospital que pocos minutos antes se hallaba muy ajetreada. Pacientes, visitantes, médicos y enfermeras, se apresuraban a abandonar o ingresar a las instalaciones con la intención de evadir las bajas temperaturas. Pero ahora todo estaba en silencio y solo percibió la figura de un hombre en el umbral. La lámpara que pendía del techo lo alumbraba de forma tal que parecía encontrarse sumergido en una neblina luminiscente y dorada. La figura permaneció en el umbral por unos segundos, acto seguido bajó las cuatro gradas que lo separaban del sendero y se acercó a Alexander con pasos ligeros.

_ ¡Felicidades, papá, Kataryna dio a luz a una saludable niña! _ dijo Iván con una genuina sonrisa de alegría al tiempo que una nubecilla de vaho rodeó su rostro.

Luego, lo estrechó en un fuerte abrazo que a Alexander lo tomó por sorpresa. Titubeó por un momento antes de rodear a su hijo con sus brazos. El cigarrillo seguía entre sus dedos. Despedía un humo blanco que se agitaba con cada ramalazo de viento.

_Adelántate, enseguida te alcanzo_ dijo separándose de su hijo con una sonrisa nerviosa en sus labios morados por el frío.

Iván asintió y regresó sobre sus pasos con las manos embutidas en los bolsillos de su abrigo, sorteando los charcos de agua.  Alexander aspiró una última bocanada de su cigarrillo antes de lanzar la colilla en el charco más cercano, donde chisporroteó brevemente y luego se apagó. Se quitó las gafas, se las limpió con el bajo de su camisa y volvió a ponérselos. Otra ráfaga gélida de aire invernal pareció atravesarlo hasta las costillas y por primera vez desde que llegó sintió frío. Lo primero que pensó fue “¿Por qué diablos vine sin abrigo? Pero borró aquella idea de su mente y con pasos rápidos sorteó los charcos como en una competencia de obstáculos. Ingresó al hospital, buscó la habitación de Kataryna. Se detuvo unos segundos detrás de la puerta. Se oían voces animadas y alegres que elogiaban y felicitaban. Aspiró profundamente antes de tomar el mango de la puerta y abrirla. Una expresión de radiante felicidad atravesaba el rostro de Kataryna. Sostenía en brazos a la pequeña al tiempo que le acariciaba la mejilla con el dedo índice. La rodeaban Iván, Felipe y dos enfermeras. La imagen le inspiró dicha y melancolía al mismo tiempo. Una niña, pensó, una niña que de alguna manera significará un apósito en el corazón de Kataryna.

La madre levantó la mirada y observó a Alexander que aún se hallaba en el umbral de la puerta. Kataryna lo animó a acercarse con una sonrisa al tiempo que observaba sus ojos azules. Había algo nuevo en sus ojos. Algo que no había estado allí antes. Parecía complacido.

Alexander se acercó con pasos lentos a la cama. Kataryna lo animó a que tomara a la niña en sus brazos. Alexander la sostuvo con delicadeza. Tenía los ojos cerrados. Descubrió su pequeña cabeza, desprovista completamente de pelos. La concurrencia impuso un respetuoso silencio durante el primer encuentro entre padre e hija. Todas las miradas se hallaban fijas en Alexander. Se paseó por la habitación, resonaron sus pasos en el suelo y el aleteo de su pantalón. Sonrió al verla llevarse torpemente un uno de sus deditos a la boca sin éxito. Minutos después se la devolvió a su madre. Y como si aquello fuera una señal, los presentes retomaron la animada conversación.

_ ¿Puedo cargarla mamá? _ preguntó Felipe. Sus oscuros ojos rebosantes de curiosidad e interés, encendidos de ternura.

Kataryna le entregó a la niña. Felipe sonrió primero a su madre, luego a su padre. Asomó a sus ojos un resplandor que sus padres casi nunca veían. A pesar de que Felipe era introvertido y emocionalmente inestable como su padre, tendría de ahora en adelante cierta debilidad por su pequeña hermana.

Iván observaba toda aquella escena con absoluta fascinación. Su carácter afectuoso y la bondad de su corazón no le permitía menos. Poseedor de una memoria eidética recordaría aquel acontecimiento a la perfección por el resto de su vida.

_ ¿Cómo se llamará? _ preguntó el jovencito que mecía torpemente a su nueva hermanita.

_Valentina_ respondió Karatyna.

Alexander la observó con extrañeza. Ciertamente no habían hablado al respecto. En realidad, no habían hablado mucho en los últimos meses.

_En honor a Valentín_ se explicó_ Lo aprecio como a un padre, y se alegró mucho al saber que estaba embarazada.

Alexander asintió complacido. También apreciaba a Valentín, lo consideraba un gran amigo y mejor persona.

Aquel gesto conmovería a Valentín de un modo que fue incapaz de describir.

Historias Entrelazadas(Kataryna y Alexander)

Puerto Casado, Paraguay 1949.

El cielo había adquirido un color índigo que pronto se tornaría violeta mientras el crepúsculo se cernía sobre Puerto Casado, cuando Alexander dejó la fábrica y se encaminó a su vivienda. Una suerte de caserón de singular arquitectura, con ocho anchas y largas columnas de color azul claro y rojo que sostenían el techo del pórtico, junto con otras catorce más pequeñas que formaban la galería que bordeaba la casa. Residencia amplia y cómoda en donde José Félix Estigarribia habitó junto a su familia mientras se desempeñó como Comandante de División de Infantería antes de la Guerra del Chaco. Permaneció desocupada por varios años, hasta que le fuera cedida por José Casado a favor de Alexander y a su familia como parte del acuerdo de trabajo. “La Chaqueña” la llamaban los pobladores más antiguos de Puerto Casado.

 Pasó frente al enorme árbol de quebracho colorado que se levantaba imponente frente a las oficinas de administración. Aquel majestuoso árbol tendría entre cien y ciento veinte años, por lo que cada vez que lo veía, agradecía el hecho de que le perdonaran la vida. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón y caminó lentamente por el sendero de tierra blanca. Llevaba la espalda algo encorvada y parecía cansado y cabizbajo.

Las calles estaban casi desiertas, la mayoría de los mil trabajadores, seiscientos de los cuales eran indígenas, estarían ya descansando en sus casas, en compañía de sus esposas e hijos, mientras que Alexander buscaba alguna excusa para prolongar el regreso a casa.

 Las entretejidas palmeras de Karanday sobre su cabeza parecían espesarse, como si intentaran rodearlo, cubrirlo. Las sombras se alargaban con rapidez como si desearan retenerlo.  Se detuvo por unos segundos, pareció sopesar algo, vaciló, pero en lugar de regresar a su casa, tomó un pequeño desvío que llevaba hasta la orilla del rio.  Observó la luna llena que empezaba a asomarse sobre la planta de pomelo de una antigua vivienda. Los grillos desgarraban el ocaso con sus desacordes notas. Las luciérnagas se encendían como chispas que trasporta el viento. Una nube de mosquitos le rodeaba la espalda y amenazaba con lanzarse sobre él.

 Se detuvo frente al río y se sentó en uno de los troncos que la corriente arrastró hasta una pequeña playa. Desde allí contempló los restos del crepúsculo, mientras el violeta se difuminaba y las estrellas se mostraban en el cielo en aquella templada noche de noviembre. Situó los codos sobre sus rodillas flexionadas y hundió el rostro entre sus manos. El guardapelo quedó oscilando pendido de su cuello. Los mosquitos zumbaban alrededor de su oído, pero él parecía no percibirlos.

_Te extraño_ dijo en voz alta pero entrecortada, como si intentara que aquellas palabras llegaran hasta la persona a quien iban dirigidas, aunque ya no estuviera para oírlas.

Suspiró profundamente, y se le formó un nudo en la garganta que le dificultaba respirar.

_A pesar del tiempo, no logro que tu ausencia duela menos.

Una suave brisa llegó desde el río y lo envolvió acariciando su fatigado rostro.

Alexander levantó la mirada y oteó el río como si intentara hallar a alguien entre la cada vez más oscura noche.

_Tati, ¿eres tú? _ preguntó al vacío.

Y como para responder su pregunta un familiar céfiro sopló sobre su mejilla. Cerró los ojos y disfrutó de él. Podría haber jurado que era la mano de Tatiana la que acariciaba su rostro. Solo duró un par de segundos y luego desapareció. Todo quedó en calma, no había brisa, ni sonido alguno, como sí alguna mano mágica detuviera la aguja de un reproductor de discos. Como si el mundo se hubiera detenido por completo, como si la energía que había necesitado Tatiana para llegar hasta a él, hubiese alterado de algún modo el funcionamiento del universo.

Alexander observó su alrededor con los ojos bien abiertos, extrañado y la vez pasmado. Segundos después, los grillos reanudaron sus desacordes notas, las luciérnagas relucían con sus diminutas chispas sobre el río, entre los árboles y los mosquitos zumbaron alrededor de Alexander.

Se puso de pie, buscó en el bolsillo de su camisa, sacó un cigarrillo, lo encendió y regresó sobre sus pasos, hasta el sendero que conducía a su casa. Pero esta vez, su corazón iba más ligero, su mente algo más repuesta y con la esperanza renovada. Aquella brisa, de algún extraño e incomprensible modo era Tatiana. Irguió su espalda y apresuró los pasos mientras daba una profunda calada a su cigarrillo, sostenía el humo en sus pulmones por unos segundos para luego exhalarlo.

Aquella noche fue presa de uno de aquellos sueños extraños y fatigosos en donde recorrió flotando primero una atmósfera siniestra que lo helaba hasta lo más profundo, que se adueñaba del silencio omnímodo y de la yerma vastedad. Un silencio completamente diferente al que había experimentado frente al río. Un silencio perverso, aterrador. Observó incendiarse el sol en una bóveda negra y pérfida. Cuando salió de aquellas tinieblas vio las estrellas. Flotó después, recorriendo una hondonada y un bosque sombrío. Llegó hasta un antiguo muro de lo que parecía ser un templo cubierto de hiedra. Un resplandor llegaba desde el otro lado e iluminaba su rostro. Siguió acercándose expectante. Le llegaba el sonido de lejanas campanas que tañían de tanto en tanto como si anunciaran su llegada. Muy oculta, halló una gran puerta de bronce. Buscó el cerrojo, algo le decía que, del otro lado del muro, detrás de aquella puerta, se hallaba la meta de sus quimeras. Y que, del otro lado del muro, no solo todo era eterno, sino también apacible y radiante. Deseaba llegar hasta ella, del otro lado de aquella puerta sin retorno. Intentó abrir la puerta, pero el cerrojo estaba echado. Buscó la llave por los alrededores de la puerta, recorrió el contorno del muro, pero sin suerte. Necesitaba aquella llave para poder traspasar aquel muro. La expectación inicial se trasformó en decepción y desesperanza. Poco a poco el sueño se desvaneció como la luz de una lámpara tras apagarla en una habitación a oscuras.

Alexander despertó sobresaltado, se enjugó la frente brillante de sudor, mientras esperaba que los latidos acelerados de su corazón se acompasaran.

 Siempre pensó que era libre, libre de decidir qué batallas pelear, libre de abandonar lo que no lo hacía feliz, libre de decidir lo que consideraba mejor para él. Pero solo podría llegar a ser libre de verdad cuando fuera capaz de librarse de las emociones que lo embargaban, que lo arrasaban como una tormenta en medio del inmenso océano. Solo sería libre cuando estuviera listo para sacrificar lo que más amaba.  Comprendió en aquel instante que jamás estaría listo para ello. Comprendió que jamás sería completamente libre.

II

Las pinceladas naranjas degradadas a amarillo teñían el atardecer y las nubes parecían recortadas contra aquel colorido fondo, cuando Kataryna y Felipe dejaron la fiesta de cumpleaños a la que habían asistido. Felipe cargaba con un gran pedazo de torta e incontables golosinas. Pero su rostro se mantenía impasible y serio a diferencia de los demás niños que jugueteaban, charlaban e intercambiaban golosinas de camino a casa. El semblante del chico permanecía cerrado como la escotilla de un submarino soviético.

Felipe no tenía muchos amigos, su carácter reservado, hosco y muchas veces irritable no contribuían mucho a la hora de sociabilizar. Kataryna se sentía apesadumbrada por la soledad que veía muchas veces en su hijo. Pero no sabía cómo lidiar con su extraña naturaleza. Los propios orígenes de Felipe eran de por si una marca indeleble.

Kataryna, quien intentaba ver siempre las cosas de la mejor manera posible tenía un refrán que decía algo así como: “Lo que no puede arreglarse hay que sobrellevarse”.

Atravesaron la plazuela en donde unas niñas giraban en una ronda cantando “Arroz con leche”[1] Un poco más adelante tren niños jugaban a las canicas. Felipe los observó pensativo. Conocía a aquellos niños, los había visto los domingos, cuando acompañaba a su madre a la iglesia.

_ ¿Por qué aquellos niños no van a la misma escuela que yo? _ preguntó de repente.

_Son hijos de obreros, ellos tienen su propia escuela_ contestó Kataryna.

_ ¿Pero porque tiene que ir a otra escuela? ¿Por qué no fueron invitados a la fiesta? _ preguntó mirándola con los ojos muy abiertos e inocentes.

_Los hijos de empleados y obreros no van a la misma escuela ni a las mismas fiestas_ contestó Kataryna.

Felipe se detuvo en seco y golpeó el suelo con uno de sus pies, como si estuviera a punto de tener una pataleta.

_ ¡Pero todos vamos a la misma iglesia!

La mirada inocente desapareció del rostro del chico y fue sustituido por otra de exasperación mientras el muchacho fruncía el entrecejo y se negaba a seguir caminando antes de recibir una explicación satisfactoria a sus preguntas.

Kataryna lo miró por unos segundos desconcertada y aturdida por la actitud tan vehemente de su hijo.

_Esas son las reglas del dueño de la fábrica_ le explicó.

_No me gustan esas reglas_ dijo exclamó Felipe en tono desdeñoso mientras miraba a Kataryna con el ceño fruncido.

Kataryna se detuvo un segundo y vislumbró en el muchacho, que era demasiado joven para afeitarse, la efervescencia de sus futuras convicciones, una madurez enterrada en lo más profundo de su ser, hibernando, esperando. Se preguntó qué era lo que estaba esperando. ¿Destapar sus emociones más profundas, su compasión hacia los demás, su entrega en la defensa de otros? No tenía idea, pero estaba segura de que algo pugnaba por surgir. Pero lo que no sabía era que lo que surgiría en algún futuro no muy lejano, era completamente diferente a lo que ella imaginaba.

_No tiene por qué gustarnos, solo tenemos que obedecer.

La expresión de exasperación se acentuaba cada vez que su madre refutaba sus ideas.

_ ¡No estoy de acuerdo! ¡Los niños somos iguales!

_Puede que tengas razón, pero en la práctica, las cosas no funcionan de esa forma.

De pronto se interrumpió al ver la expresión más extraña en su rostro. Como si una gran nube de tormenta se cerniera sobre el chico. No cabía dudas de que era la expresión más extraña que le había visto hasta ahora.

Todo sucedió en un segundo, dejó caer todo lo que llevaba en las manos, levantó las palmas abiertas a ambos lados de su rostro, se inclinó un poco hacia delante y lanzó un frenético grito que retumbó en la apacible noche, para luego salir disparado rumbo a su casa. Kataryna permaneció clavada al suelo con el corazón palpitando aceleradamente. Los constantes cambios en la personalidad de Felipe la mantenían angustiada y preocupada. Cruzó los brazos ante el pecho, un gesto para reconfortarse. Segundos después, intentó seguirlo, pero la asaltó un repentino mareo, se tambaleó y tuvo que sujetarse del primer árbol que halló. Como desde hace unos días, la acometió la inquietante sospecha de que estaba embarazada, y aquella idea la estremeció.

Alexander había permanecido mucho tiempo alejado de ella. Dormían juntos, pero mantenía sus manos a respetable distancia. Tal vez Kataryna fuera una mujer simple pero no se consideraba una mujer tonta. Sabía que su compañero buscaba consuelo de tanto en tanto en diferentes brazos. Había noches en que se ausentaba por completo de la casa y cuando regresaba a la mañana siguiente no daba explicación alguna. Kataryna tampoco lo interrogaba ya que no pretendía recibir excusas superficiales como falaces. Tenía la certeza de que pasaba aquellas noches en compañía de alguna indígena de cimbreante cintura, en alguna toldera en medio del bosque. En aquella etapa de su vida, no sentía el más mínimo deseo de enfrentarlo, de pedirle algún tipo de justificación. Además, no era una práctica poco común entre los hombres de Puerto Casado.

Kataryna se mostró sorprendida cuando Alexander la besó en los labios una noche tormentosa de setiembre, acariciando su piel con manos ansiosas. Ella lo recibió con una dulce satisfacción secreta y la inquietud de su bajo vientre.

 No había sopesado la posibilidad de quedar embarazada, tenía cuarenta y dos años y creía que aquello era imposible.

 Al principio solo había sentido una sensación de vacío en el estómago, pero pronto experimentó también nauseas.

 Era la incertidumbre la que la carcomía por dentro y necesitaba disipar cuanto antes esa incertidumbre.

III

Cuando desapareció la incertidumbre y cuando la sospecha se convirtió en certeza, Kataryna se sintió primero más horrorizada que extrañada. Apenas pudo dejar el consultorio del médico antes de que se lanzara a llorar con tal desesperación que pensó que acabaría sufriendo un soponcio. Se sentía confusa y llena de miedo.  Se sintió a punto de desmoronarse ¿Cómo se suponía que diera a luz a un bebé a su edad? ¿y si moría durante el alumbramiento? ¿Quién se ocuparía de su recién nacido? Alexander no podría hacerse cargo, eso era seguro y no tenía nadie más quien cuidara de Felipe. Y si aun así todo salía bien, se haría anciana en pocos años y no tendría fuerzas para cuidar a un niño. Terminaría muriendo antes de que cumpliera quince años, con suerte llegaría a vivir hasta que el niño cumpliera los veinte años. La expectativa de vida de Alexander no era mejor que la suya. Además, ¿Cómo tomaría Alexander aquel inesperado embarazo? No es que le preocupara lo que él pensara al respecto, lo que le preocupaba era cómo afectaría aquella noticia a su inestable condición emocional. Quizás esta vez saldría huyendo, abandonándolos a su suerte.

Las lágrimas caían raudas por sus mejillas, mientras se alejaba del pueblo y se internaba en un pequeño bosque de palmeras de Karanday que sacudían sus hojas con el viento de la tarde como si intentaran levantarle el ánimo con su danza exótica.

 Al mismo tiempo en que Kataryna salía apresurada del consultorio del doctor, Valentín se apeaba de uno de los camiones de la empresa frente al hospital. Sonrió al verla, pero cambió de expresión al notar que lloraba. Kataryna, inmersa en su desesperación, no se percató de la presencia del hombre. Valentín la vio alejarse con pasos presurosos, por el sendero que conducía al bosquecillo de Karanday y decidió seguirla.

La encontró sentada a la orilla del río con las rodillas encogidas contra su pecho y los brazos alrededor. Lloraba desconsoladamente y por un segundo Valentín pensó que alguien había sufrido un grave accidente. Estaba pálida y cuando Kataryna levantó la mirada, Valentín vio que sus ojos mortecinos y ribeteados traslucían una mezcla de desesperanza y angustia que le pesó en el corazón.

Quería a Kataryna como una hija, le recordaba a la que había perdido hacía muchos años, cuando era aún una niña. Habría tenido unos años menos que Kataryna si es que no hubiese terminado acribillada por las pústulas de la viruela que acabaron con su vida.

Alexander había conocido a Valentín en Buenos Aires, poco después de que llegara a Sudamérica, habían congeniado y se hicieron buenos amigos. Fue Valentín quien se encargó de contactar a Alexander con José Casado antes de que consiguiera el puesto de administrador de la estancia.

_ ¿Te encuentras bien? Te vi salir apresurada del hospital. ¿Alguien está enfermo? _ preguntó el hombre de ojos redondos e inquietos.

Kataryna se enjugó las lágrimas y le dedicó una sonrisa cargada de tristeza y desconsuelo.

_Todos estamos bien_ respondió mientras volvía hacia él su rostro consternado y los ojos desesperados.

Valentín la observó frunciendo el ceño con expresión cada vez más inquieta. Nunca había visto a Kataryna en un estado semejante, siempre la había considerado como una mujer inteligente, mesurada, prudente y muy fuerte.

_Se que no debería meterme donde no me llaman, pero sabes que te aprecio como a una hija. Si hay algo en lo que pueda ayudarte…

Kataryna le dedicó otra sonrisa cargada de tristeza y Valentín sintió cómo el corazón se le hacía más pesado.

_Me preocupas muchacha_ dijo al tiempo que se sentaba con mucha dificultad a su lado. Los músculos ya no le obedecían como cuando era joven. Su rostro enrojeció debido al esfuerzo y una fina película de sudor le cubrió la frente a pesar de la agradable brisa que soplaba.

_Estoy embarazada_ dijo ella sin mirarlo a los ojos. Mantenía la mirada en algún punto cercano al suelo, como si confesara un terrible crimen, del cual estaba profundamente arrepentida.

De inmediato sintió un nudo en la garganta que la amenazaba con obligarla a volver a echarse a llorar.

_ ¡Esa es una magnífica noticia! _ dijo Valentín en tono genuinamente alegre. La expresión inquieta de sus ojos desapareció dando lugar a otra de júbilo.

_No es una buena noticia para mí_ objetó ella_ soy demasiado mayor para traer otro hijo al mundo_ apenas terminó la frase y las lágrimas volvieron a invadir sus mejillas.

Valentín la observó con una extraña expresión de compasión pintada en su rostro reluciente por el sudor. Se secó la frente con el dorso de su mano mientras intentaba encontrar las palabras para consolarla.

_ Este bebé será el mejor regalo que Dios te dará en la vida_ dijo con convicción.

_Tengo miedo de morir en el parto y dejar abandonado al niño_ dijo con la voz entrecortada.

_ ¿Ya se lo has dicho a Alexander?

Hundió la cabeza entre los hombros y negó con la cabeza. En aquel momento Valentín pudo vislumbrar el aspecto que tendría Kataryna veinte años más tarde. Aspecto que estaba seguro no alcanzaría a ver.

_Acabo de confirmarlo_ agregó enjugándose las mejillas con la palma de la mano.

_Estoy seguro de que estará contento con la noticia_ dijo Valentín.

_No estoy segura de cómo reaccionará_ dijo Kataryna con incertidumbre.

Valentín se detuvo un momento para ordenar sus pensamientos, mientras tamborileaba los dedos sobre su muslo derecho.

_ Se que Alexander tiene un comportamiento algo excéntrico la mayor parte del tiempo, pero estoy seguro de que estará feliz con la noticia_ dijo mientras apoyaba una de sus manos sobre la de ella en señal de apoyo_ Además, algo muy dentro de mí me dice con certeza de que este hijo será tu compañía en la vejez. Este bebé te dará muchas satisfacciones.

Los labios de Valentín se curvaron en la sonrisa bondadosa y confiada que Kataryna conocía muy bien. Los ojos del anciano despedían un extraño destello que la llenaron de sosiego y esperanza.

_No temas hija, Dios sabe lo que hace_ continuó el anciano_ solo ponte en sus manos y confía en él.

Y como para puntuar sus palabras se oyó el potente y extraño croar de una rana.

Kataryna suspiró profundamente intentando eliminar sus temores y tomar las palabras de Valentín como certeras, y el croar de aquella rana como un presagio. Tal vez Valentín tenía razón y aquel niño sería el mejor regalo que Dios le daría. Tal vez era la manera que Dios había encontrado de devolverle un poco de todo lo que se había llevado.

Ayudó a Valentín a ponerse de pie, le agradeció por sus palabras, por sus consuelos, y luego se dirigió a su casa a enfrentar a Alexander con aquella nueva realidad.

En lugar de caminar, tenía la sensación de que los árboles, las casas, las calles retrocedían debajo de sus pies y a su alrededor, al igual que el curso de un arroyo en torno a un gran obstáculo.

Cuando llegó, permaneció frente a la casa un instante, con la mirada clavada en la puerta. Estaba entornada y arrojaba un abanico de luz amarilla sobre el suelo del pórtico. Inspiró profundamente y enfiló el sendero de entrada.

Alexander la vio acercarse con pasos inseguros y supo de inmediato que algo la inquietaba. Dejó que entrara a la casa y la observó esperando a que tomara valor para hablar. Cuando las palabras salieron de la boca de Kataryna, su corazón pegó un salto, como si lo impulsara un resorte. Pensó que se elevaba hasta su garganta antes de caer de nuevo en el sitio que le correspondía. Enseguida, la velocidad de sus latidos se multiplicó por dos, al mismo tiempo que se dibujaban en sus labios una sonrisa.


[1] Juego infantil que data del siglo XIV de autor desconocido.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Puerto Casado, Paraguay 1948.

I

Una garza blanca descendió en el río. Se irguió junto a la orilla y permaneció inmóvil como si sus patas fueran las manecillas de un reloj detenidas luego de marcar las seis y media. Fijó sus ojos inquietos en Kataryna quien oteaba la rivera sentada en el verde césped con una extraña melancolía en la mirada. Sus ojos que escudriñaban la mañana se hallaban impregnados de un dolor nostálgico por su familia que nunca dejaría de extrañar, por las hijas que nunca dejaría de llorar.

La garza permaneció con aquel aspecto petrificado y fatigado por unos minutos antes de que levantara el vuelo como si algún conjugo mágico la pusiera en movimiento. Kataryna suspiró pesadamente antes de apartar la horquilla que sujetaba el rodete y liberal su largo cabello entrecano que cayó sobre sus hombros como una de aquellas tantas cascadas que salpicaban de aquí a allá su nueva patria. Aunque no había visto ninguna, desde que vivía en Puerto Casado. Aquellas tierras eran llanas de suelos blancos con pocas elevaciones. Los bosques parecían secos la mayor parte del tiempo debido a los periodos de largas sequias, pero que al llegar las torrenciales lluvias tomaban diversos matices de brillante verde.

Situó las manos en la hierba a ambos lados de su cuerpo e inclinó el torso hacia atrás, con las piernas extendidas hacia delante. Dejó que el sol de la mañana entibiara su rostro, mientras la agradable brisa alborotaba su pelo. Aquella sensación la sobrecogió, a pesar de los años que tenía viviendo en Paraguay aún le sorprendía la benignidad del clima. En Ucrania el aire habría estado tan frío que le corroería la punta de la nariz, pero en Paraguay era como una caricia.

 El césped de un impresionante verde parecía rasgado, dejando al descubierto el blanco suelo que se compaginaba con las algunas nubes que manchaban el intenso cielo azul.

Rememoró sus cuarenta y un años de vida, sus temores, sus secretos y sus triunfos. Los lugares que conoció, las pérdidas que sobrellevó y catástrofes que soportó con valentía y coraje.

Durante casi quince años, su nueva patria y el mundo habían padecido una serie de estremecimientos convulsivos, que Kataryna apenas lo había notado, se hallaba totalmente extasiada por su capacidad de adaptación y por el alivio que le producía comprobar que podía habituarse a todo lo que se le presentaba.

Había trascurrido más una década de acontecimientos políticos y económicos de los cuales se sentía desligada como si hubiesen ocurrido en otro lugar, en otro tiempo. Acontecimientos que le parecían lejanos, tal vez porque no tenía caso preocuparse de ellos ya que no podía hacer nada al respecto: la prohibición de los partidos políticos y la suspensión de la constitución por el dictador de turno Higinio Morínigo, las revueltas estudiantiles y huelgas generales producto de las resistencias, la victoria aliada de la Segunda Guerra Mundial; la consecuente expulsión del eje Nazi Paraguayo; la posterior coalición de gobierno entre el Partido Colorado y el Partido Concentración Revolucionaria Febrerista; la Guerra Civil entre el Partido Liberal y el Partido Clorado apenas un año antes, que había dejado unos treinta mil muertos, y la emigración de muchos paraguayos a la Argentina.

Flexionó las piernas y las rodeó con las manos, volvió a suspirar oteando el rio Paraguay. La corriente discurría lenta y sosegada en aquella parte del puerto, trasportando decenas de camalotes para luego depositarlos en la orilla en donde sus ramilletes morados la embellecían.

  Una pequeña embarcación etérea pareció flotar sobre el agua. Procedía de Asunción, se detendría por espacio de media hora, desembarcando algún visitante y las provisiones de la semana antes de continuar su travesía hasta San Lázaro. Kataryna evocó su larga travesía desde Villa Encarnación a Puerto Casado cinco años atrás y el recuerdo de la inquietante sorpresa al descubrir las intenciones de Alexander de dejar todo atrás y empezar de nuevo en otro lugar, volvió a producir en ella la misma sensación de desesperanza.

La embarcación se dibujó con claridad contra el cielo azul, algunos pasajeros se reunieron en la proa a medida que la nave se acercaba al puerto.

 Un ave Espátula Rosada, se posó en la orilla. Aleteó pesadamente en el soleado río, con la cabeza metida en el agua, su cuerpo parecía fundirse con el agitado resplandor del sol que trasformaban las aguas en rosa.

Un niño pasó corriendo delante de Kataryna con un grito potente, un auténtico bramido digno de ser recordado. Segundos después una mujer que podría ser su madre, lo alcanzó, lo detuvo y lo obligó a regresar con ella con un fuerte jalón de orejas.

La embarcación ingresaba con lentitud en el puerto, cuyo muelle no era más que un puente de madera clavada al suelo. De inmediato un par de hombres sujetaron las amarras para atracar la embarcación. Segundos después bajaron un hombre, una mujer y dos pequeños. Una nueva familia pensó Kataryna, una nueva familia que vendió su vida a los Casado. La escasa tripulación de la embarcación procedió a iniciar la descarga de los víveres de la semana, entre los que se podía contar con productos tan dispares como: combustible; ropa; calzado y hasta medicina. Para ello debían llegar hasta la bodega que se hallaba debajo del falso piso de madera en donde los asientos se disponían en una especie de piezas de un extraño rompecabezas. En cada puerto, los pasajeros se veían obligados a dejar sus asientos o sus hamacas (que se rentaban por una suma adicional si se deseaba pasar la noche algo más cómodo) para permitir a la tripulación acceder a la bodega.

Pronto, el desfile de equilibristas se inició. En fila los cargadores bajaban sacos de diversa índole como de: harina; azúcar; yerba mate; almidón o harina de maíz utilizando un delgado y bamboleante puente de madera.

La nave de pequeño porte estaba construida enteramente de madera, en el mástil ondeaba la bandera tricolor al compás de la brisa cálida de noviembre. Su arribo propició un batiburrillo: gritos de vendedores ofreciendo sus productos; quejas de clientes insatisfechos; regateos de precios y los más diversos aromas que ser humano pudiera imaginar en un mismo lugar.

Treinta y cinco minutos después, no quedaba nadie en los alrededores del improvisado puerto y la embarcación se alejaba, trazando una estela de espuma sobre las aguas del río.

 Kataryna pareció sacudirse de su abstracción, como si acabara de presenciar el final de una obra de teatro intensa e interesante. Volvió a quedarse sola en compañía de la inmensidad del rio Paraguay frente a ella.

A unos treinta metros de distancia, una niña se paseaba despreocupadamente en la orilla mientras se comía lo que parecía ser alguna fruta. El dobladillo de su desvaído vestido amarillo flameaba a su alrededor. A Kataryna le recordó las llamas de una hoguera en un día frio de invierno.

 En algún lugar del pueblo un guitarrista interpretaba una guarania en compás de seis por ocho, desgranando cada una de las melancólicas notas con sorprendente precisión. Aquella melodía envolvió su alma y la llenó de sobrecogimiento. Parecía imposible no sucumbir a aquellas notas nostálgicas que emanaban del sufrimiento, del desamor, del sentir del pueblo paraguayo. Y mientras aquellas notas se elevaban hacia el cielo y se extendían a lo largo y ancho del pueblo, la mente de Kataryna retrocedió en el tiempo, para recordar el momento exacto en que Alexander la estremeció con la noticia de que había decidido abandonar sus tierras y buscar suerte en otros parajes.

Alexander llevaba sumido en uno de sus estados depresivos por un periodo mucho más largo de lo acostumbrado. Aquello preocupó profundamente a Kataryna, pero tenía la esperanza de que él terminaría saliendo de ese estado como siempre lo había hecho. Pero cuando Alexander llegó un día con la noticia de que dejaría Villa Encarnación para ir a probar suerte a Puerto Casado, (un lugar del que Kataryna no tenía idea de donde quedaba), por un momento indescriptible e inquietante se sobrecogió, pero pronto, tomó una bocanada de aire, lo expulsó y asintió con la cabeza como si lo que Alexander le comunicaba fuera la cosa más natural del mundo.

En realidad, debería haber esperado algo así, en realidad Alexander le había advertido que ocurriría en algún momento, pero después de verlo luchar día tras días, noche tras noche para levantar la hacienda luego de que la manga de langostas arrasara con todo, supuso que estaría dispuesto a mantener la estabilidad de sus propiedades y sus negocios. Pero Kataryna supo que debería haberlo advertido, en sus gestos, en sus silencios, en su ensimismamiento, en su mirada oprimida.

Alexander le ofreció la oportunidad de quedarse con parte de la hacienda y llevarse consigo solo lo necesario para poder empezar de nuevo, tal y como había hecho con Galina.

El sentimiento que la embargó en aquel momento no fue miedo, sino una suerte de impaciencia de sabor metálico. Pero a pesar del peso que su corazón y sus emociones parecían estar revestidos, logró esbozar una sonrisa. Intentó no sonar conmocionada cuando habló.

_Felipe y yo iremos a donde decidas ir_ contestó mientras un nudo le atenazaba la garganta.

Alexander le devolvió la sonrisa sin mucha convicción, como si en realidad estuviera deseando que ella aceptara su propuesta de quedarse. Luego, salió de la casa y se dirigió hacia el corral dejándola completamente sola y vacía.

Aquella noche yació contemplando el techo, con las manos sobre su pecho, oyendo el estacionario soplido del viento y los latidos de su corazón que latían casi con tanta fuerza como las ramas de los árboles que azotan las ventanas en una noche tormentosa. Aquella noche fue larga y penosa para ella, no fue capaz de pegar un ojo hasta después de medianoche, mientras que Alexander dormía relajado y tranquilo por primera vez en meses.

Cuando ella despertó poco antes del amanecer, fue consciente de que su cabeza estaba inclinada en un extraño y doloroso ángulo. Se había adueñado de ella una curiosa lasitud. Aún se imponía en ella la sensación onírica de cuando uno despierta en mitad de la noche y no sabe muy bien en donde se encuentra. De pronto, captó un movimiento con el rabillo del ojo y volteó la cabeza a su izquierda para ver a Alexander removerse en la cama y continuar durmiendo.

En los días posteriores a la revelación de Alexander, Kataryna tenía los nervios a flor de piel, pero no se quejó, ni hizo comentario alguno al respecto.

Alexander se apresuró a malbaratar sus propiedades, el camión, la mayoría de las colecciones de sus libros, casi todas las armas que poseía con excepción de unas cuatro o cinco. Solo se quedó con el cofre que el mismo Zar le había obsequiado, el anillo que desde su juventud llevaba con orgullo y el guardapelo en donde llevaba los únicos recuerdos que le quedaban de su amada.

Felipe no entendió que pasaba, dos hombres entraron a la casa y cargaron con los libros, la radio, los muebles y algunos de sus juguetes preferidos. Rompió a llorar, con fuertes e incontrolables sollozos como descargas de electricidad, y sus palabras salieron entrecortadas:

_ ¡Mi caballito no! ¡Mi caballito! _ gritó extendiendo sus manitas en dirección al hombre que se la llevaba.

Kataryna intentó consolarlo, pero el niño corrió detrás del hombre que ya había salido de la casa y se hallaba cargando todo en una carreta tirada por dos bueyes.

Alexander no había comprendido el apego de Felipe por sus juguetes hasta que presenció aquella escena y fue como si la neblina que cubría su mente se disipara y lo dejara ver al fin.

_El caballito se queda_ dijo al tiempo que bajaba el juguete de la carreta y la depositaba en suelo.

Felipe, cuyo rostro estaba inundado por las lágrimas se lanzó sobre el caballito de madera y lo arrastró con rapidez hacia la casa.

Dejar Villa Encarnación, significo para Kataryna y Felipe una experiencia traumática e inquietante. El viaje hasta Asunción y su posterior desplazamiento hasta Puerto Casado fue arduo y agotador.

Alexander había aceptado un empleo de administrador en la hacienda ganadera de José Casado, el hijo de un multimillonario español que en el año mil ochocientos ochenta y nueve adquirió seis millones quinientas mil hectáreas de tierras públicas. Casado se dedicaba también a la explotación forestal y era dueño de una fábrica de tanino.

Kataryna no entendía que había alentado a Alexander a abandonar sus propias tierras para ocuparse de las tierras de alguien más. Pero cuando decidió acompañarlo, renunció a la posibilidad de objetar sus resoluciones.

La empresa Carlos Casado Sociedad Anónima, les proveyó en usufructo una casa vetusta y ruinosa con la condición de que la repararan y que la devolvieran en buenas condiciones el día en que el contrato de Alexander expirara. De ser propietarios, habían pasado a ser una especie de pensionistas obligados a reparar y mantener una propiedad que no les pertenecía.

La hacienda, muy distante del pueblo, contaba con varios centenares de cabezas de ganado, en tierras deforestadas en medio de boques tropicales secos, cuyos arboles preponderantes eran los quebrachos rojos y blancos al igual que altas palmeras de Karanday. El camino que los llevó hasta allí era arenoso, trascurría por pantanales inundados por las lluvias, en cuyo suelo crecía hierbas altas que servían de alimento al ganado, rodeado de árboles en donde se refugiaban aves acuáticas, y bandadas de locos que alegraban el día con sus parloteos. El trazado de los caminos, constituido por rectas interminables hechas a punta de machetes y la desigual erosión de la lluvia ponía a prueba la paciencia y la pericia de cualquier boyero[1] quien se veía obligado a sortear baches y depresiones en el terreno.

Una verja de hierro se erguía medio oxidada y abierta delimitando los alrededores de una casa cuya puerta estaba orientada hacia el este. En la fachada se observaban dos ventanas cuyos vidrios estaban empolvados y sucios. El techo de tejas que alguna vez fueron rojas presentaba manchas negras debido al paso del tiempo y la falta de mantenimiento. Alexander contempló el tejado y pensó que se parecía a la boca de un hombre viejo y descuidado, se percibía la ausencia de algunos dientes, mientras que los demás se hallaban manchados y sucios. Había mucho trabajo que hacer en aquel vetusto tejado. Las paredes también estaban sucias, pero una buena mano de cal solucionaría aquel problema. La casa estaba rodeada de troncos de madera que hacían las veces de pilares, rodeaban la casa formando un pequeño corredor jere, que haría las noches de verano más agradables y plácidas.

Se acercaron a la puerta y Alexander la abrió, los goznes produjeron un estridente chillido. El olor que brotó al abrir la puerta fue como un soplido frío, oscuro y húmedo. Alexander se echó a reír, y volvió a pensar en la casa como la boca de un viejo. Un antiguo pero impresionante escritorio de nogal norteamericano de finales de siglo se situaba sobre un charco de agua sucia y pestilente. Alexander pensó que habría pertenecido al encargado anterior que según le habían informado dejó aquellas tierras hace un par de años.

 Echó un vistazo al techo aspirando el hedor a humedad y encontró un gran hueco en el tejado. Definitivamente aquel hueco era el causante del charco de agua. Atravesó la parte mojada del suelo con grandes y cuidadosas zancadas mientras Kataryna y Felipe observaban atónitos el estado de la casa. 

Adherido a una de las vigas de la ruinosa casa había un enorme panal de avispas algo ennegrecido. A un costado de lo que se suponía era la sala de la casa se erguía un nido de termitas de forma acampanada de unos setenta centímetros de altura y cincuenta centímetros de diámetro sobre las combadas tablas de lo que alguna vez formara parte del piso de aquella escalofriante vivienda.

 Kataryna echó un vistazo a su alrededor con los ojos y la boca muy abiertos en clara señal de incredulidad. La casa parecía respirar fría y húmeda a su alrededor. El sol del atardecer ingresó por la puerta e incidió de forma sutil sobre el incrédulo y descorazonado rostro de Kataryna, encendiendo en Alexander una culpa apenas soportable, el remordimiento por lo que había hecho lo corroyó por dentro, pero todo aquello le duró unos escasos segundos.

Pasaron la noche frente a la casa debajo de una carpa provisoria. Aquello le recordó a Kataryna las interminables noches en los bosques mientras huía de Ucrania.

La vida en la estancia fue dura durante el primer año. Las sequías, el polvo, la escasez de agua, las alimañas, las nubes grises de mosquitos que parecía atraídos como imanes a los recién llegados que punzaban la piel hasta dejarla como una especie de colador encarnado. Todo esto dificultaba la adaptación a aquellas tierras lejanas de la civilización.

Las tolderías de los indígenas se hallaban desperdigadas monte adentro, en las proximidades de los obrajes, pero también en los alrededores de la estancia y a lo largo de la vía férrea. Los obrajes eran asentamientos en donde vivían los leñadores y sus familias, y en donde se aglomeraban los palos de quebracho derribados en medio de estruendos, para después trasportarlos por vía férrea, o barco hasta la fábrica de tanino.

  La principal mano de obra era la indígena. Eran dóciles al mandato del patrón, sobrios, fuertes, serviciales, conocedores de aquellas tierras, indispensables al mismo tiempo que económicos, tanto así que Casado los trababa poco menos que como esclavos, pagándoles su trabajo en especias.

Las tolderías estaban conformadas por unas veinte o treinta carpas pequeñas y asfixiantes durante los veranos calorosos que podían sobrepasar los cuarenta grados centígrados, en donde el olor desagradable se imponía. El hacinamiento de los miembros de la familia era tal que era complicado moverse.

Kataryna había aprendido mucho de las costumbres de las tribus indígenas, de las plantas de la zona, del manejo de los frutos silvestres y al mismo tiempo intentó enseñar a las mujeres a preparar los cultivos, pero sin mucho éxito. Los indígenas gustaban de la caza y la pesca y no se inclinaban por la siembra o la cría de animales domésticos. Estaban muy predispuestos a las fiestas y si lograban echar mano de algún licor, mucho mejor. Una vez al mes llegaban desde el pueblo los víveres que les eran entregados para su manutención. Ese mismo día iniciaban una gran fiesta, y no paraban hasta que el último grano del último saco se acabara. Los indígenas no tenían el concepto de previsión o de ahorro. Kataryna intentó infructuosamente enseñarles esos conceptos junto con el de evitar el despilfarro, pero aquellas semillas no cayeron en tierra fértil. La mentalidad indígena era vivir el momento y ver cómo sobrevivir al día siguiente.

Kataryna y su familia visitaban el pueblo cada dos meses recorriendo los sitios de interés que no eran pocos.  Puerto Casado representaba para el gobierno una importante fuente de ingresos y centenares de puestos de trabajo para los paraguayos. Al mismo tiempo había representado un enclave muy importante durante la Guerra de Chaco como puerta de ingreso de los soldados paraguayos, ya que el ferrocarril de trocha angosta construido por la empresa para trasportar los troncos había prestado ciento treinta y cinco mil viajes trasportando tropas; heridos; armas; municiones; víveres; combustible; medicina y lo más importante, agua.

 El Paraguay estaba en deuda con los Casados, una deuda que el gobierno tendría que pagar durante décadas. Puerto Casado fue, además, el único pueblo bombardeado durante la guerra. Una cuadrilla boliviana de seis aviones arrojó unas veinticinco bombas matando a cuatro civiles. Aún perdura uno de los cráteres producidos por aquel bombardeo, en el que pueden permanecer algo más de cincuenta hombres cómodamente sentados.

Puerto Casado era uno de los pueblos más pujantes del país. El alma del complejo industrial era un motor norteamericano que servía para producir vapor que hacía funcionar la fábrica que además generaba energía eléctrica que era distribuida entre los barrios de los empleados y los administrativos que en su mayoría eran extranjeros. El pueblo contaba también con dos tanques de agua potable sostenidas en lo alto de largos soportes de acero que asemejaban las patas de dos gigantescos arácnidos.

La iglesia de San Ramón Nonato, obra misionera salesiana, estaba orientada a la civilización de los indígenas, construida de ladrillos, pintada de rojo y blanco elevaba su cruz hacia un cielo azul brillante. Su campanario soportaba tres campañas cuyo singular tañido anunciaba el inicio de la misa.

 A pesar de que la diferencia de clases era muy notoria en Puerto Casado (los empleados y administradores vivían en una parte del pueblo separada del resto de los pobladores y trabajadores) todos asistían juntos a misa. La ubicación de la iglesia era estratégica, se situaba en el límite entre ambas partes. Karatyna intentaba asistir a misa cada vez que iban al pueblo, mientras Alexander paseaba con Felipe por las calles blancas que contrastaban con el cielo azul intenso y el verde de la hierba.

Cuando la misa terminaba, solían escalar una de las pocas elevaciones existentes, el cerro Galván de trescientos veinticinco metros de altura y observar desde allí el magnífico escenario.

En una de aquellas visitas al pueblo, se produjo un desperfecto en el sistema de ciclones de la trituradora, en donde se convierten los árboles de quebracho colorado en aserrín del que posteriormente se extraerá el tanino. Debido a este desperfecto, un polvo fino y denso en suspensión cubrió todo el pueblo amenazando con convertir el aire en irrespirable. El mecánico se hallaba de vacaciones, y no había nadie que lo remplazara. Se hizo necesario suspender la producción para evitar problemas respiratorios especialmente en los niños. El pueblo entero quedó sorprendido, era la primera vez en varias décadas que ocurría algo como eso.

Mientras aquello sucedía, Alexander y su familia disfrutaban de un paseo por el pueblo. Eran algo más de las tres de la tarde, estaban cansados, tenían los pies adoloridos. Se dirigieron hasta un banco de piedra debajo de un gigantesco árbol de Guayaibí cuya copa parecía unos enmarañados risos. El árbol situado al lado de la comisaría extendía sus ramas en todas direcciones e invitaba a descansar debajo de su sombra. Se dejaron caer sobre el banco al tiempo que se enjugaban el sudor de sus frentes.

Alexander vislumbró la figura de un hombre algo subido de peso acercándose a ellos con pasos extenuados, jadeaba y se enjugaba la frente de tanto en tanto. Su prominente barriga parecía escapársele por encima de la cinturilla de su pantalón. Llevaba un sombrero de paja sobre su cabeza que cubría gran parte de su rostro por lo que Alexander no lo reconoció en un primer momento. Cuando estuvo a escasos metros de la comisaría, Alexander extrajo sus lentes del bolsillo de su camisa y se los ajustó sobre las orejas. En aquel momento no le quedó dudas, se trataba de Valentín Sokolov su amigo y compatriota, quien se encargaba del área administrativa y de exportación del tanino que se producía en la fábrica.

Alexander se puso de pie cuando el hombre estuvo frente a ellos. Se saludaron con efusividad ya que no se veían desde hacía algún tiempo.

Valentín era un hombre de estatura mediana, ojos azules, brillantes, pequeños y redondos debajo de una enmarañada mata de canosas cejas dignas de alguna historia de terror. Debajo del sombrero pirí[2] escondía una profunda y reluciente calvicie. De labios delgados casi inexistentes, pero de expresión bonachona, cálida y cordial.

Luego de saludar a Alexander, le dedicó una sonrisa a Kataryna, sus labios desaparecieron por completo para formar una perfecta curva convexa, al mismo tiempo que alborotaba el pelo de Felipe cariñosamente.

El aprecio entre Valentín y Kataryna era mutuo, en cierta forma lo veía como al padre al que se vio obligada a abandonar en Ucrania. Le gustaba oírlo contar historias y anécdotas, en especial las que tenía como protagonista a Alexander ya que los amigos se conocieron poco antes de la Guerra del Chaco.

Luego de los saludos de rigor, Valentín fue directo al grano, ya que la situación lo ameritaba.

_Uno de nuestros paisanos me dijo que te vio paseando por el pueblo. ¿Por qué no me buscaste? Podría haberlos invitado a almorzar.

_No quisimos causarte molestias, sé que estas ocupado, más aún con el paro imprevisto de la fábrica.

_Te estuve buscando por todas partes, José Casado quiere verte_ dijo Valentín, Alexander pensó que se veía preocupado.

_ ¿De qué se trata? _ preguntó Ivanov algo inquieto, no era normal que el dueño de todo en aquel pueblo quisiera verlo, menos en su día de descanso.

Kataryna y Alexander intercambiaron miradas de perplejidad.

_No estoy autorizado para decírtelo, el jefe quiere hacerlo. No hay de qué preocuparse_ dijo Valentín con otras de sus peculiares sonrisas.

Alexander asintió, para luego encaminarse en compañía de Valentín hacia la fábrica. Kataryna y Felipe se mantuvieron al amparo de la sombra del Guayaibí cuyas hojas se sacudían suavemente con la brisa que acababa de entrar por el norte.

El sendero de entrada a la fábrica descendía en forma recta hasta las oficinas de administración, pero antes se debía transitar por el depósito de los troncos de quebrachos que se alzaban a ambos lados del sendero, una especie de muro que medía entre diez a quince metros de altura. Al terminar el sendero de troncos de quebrachos, se alzaba la fábrica a la izquierda y el edificio de administración a la derecha. En el área de estacionamiento, se hallaba estacionada una cuadrilla de entre doce o quince camiones con las palabras PUERTO CASADO S.A. estampadas en los costados color verde musgo.

Antes de ingresar por las puertas que en ese momento se encontraban abiertas de par en par, Alexander captó un movimiento en una de las ventanas del segundo piso con el rabillo del ojo. Levantó la mirada hacia la ventana situada a la su izquierda. Sobre el camino de acceso, vio a José Casado que lo observaba con el ceño fruncido y se preguntó de que querría hablar el jefe con él.

En el edificio había tanto ajetreo como hormiguero en día de verano. Los empleados se movían de un lado a otro, llevando papeles, enviando telegramas, desesperados por solucionar el problema de los ciclones.

Subieron por las escaleras hasta el segundo piso. Antes de que Valentín tuviera ocasión de informarle a la secretaria de Casado que había encontrado a Alexander.

_Don José los está esperando_ se apresuró en contestar la mujer con una mirada que Alexander consideró de alivio.

Tocaron a la puerta y un apremiante “Adelante” les aseguró el ingreso.

Casado se hallaba de pie frente a la ventana que ofrecía una buena vista de los depósitos de quebrachos y el sendero, por lo que había advertido la presencia de ambos hombres apenas ingresaron a las instalaciones de la fábrica. Giró sobre sus talones y observó a los dos hombres que tenía delante.

Casado era un hombre de tes blanca, pelo castaño, de severo semblante, de cabeza noble sobre un cuerpo delgado y elegante. Sus ojos cafés parecían siempre estar evaluando a todo aquel que cayera en su radio de visión.

Invitó a ambos hombres a que se sentaran frente a su impresionante y moderno escritorio inglés al tiempo que agitaba una mano con ademán vago. Alexander reparó en un portarretratos ubicado al lado derecho del escritorio. La fotografía mostraba a una mujer de perfil que probablemente era la esposa de Casado. Una pintura de la fábrica de tanino destacaba sobre una de las paredes y directamente frente a esta, se distinguía otra en donde se representaba la primera estación del ferrocarril de Puerto Casado.

. El líder de aquella fábrica se mantuvo de pie detrás del escritorio. Se dirigió a Alexander explicándole el motivo por el cual había requerido su presencia.

_Valentín me habló de usted y de su habilidad para reparar cualquier cosa_ dijo.

Alexander mostró cara de perplejidad. No tenía la menor idea de lo que pasaba por la cabeza del propietario de la fábrica.

_Me gustaría que intentara arreglar el ciclón_ se explicó Casado.

Alexander dirigió su mirada a José Casado y luego a su amigo Valentín Sokolov con una expresión de absoluta incredulidad en su rostro y se quedó mudo de asombro. Tenía que reconocer que aquella idea no se le habría pasado por la cabeza ni en un millón de años.

_Si bien tengo cierta habilidad con las máquinas, no soy mecánico. Mis conocimientos son limitados_ respondió Alexander.

_Mire Ivanov, no cuento con nadie más que se atreva a intentarlo. La pregunta es ¿lo intentará usted? De lo contrario tendremos la fábrica detenida por al menos una semana hasta que consiga que alguien venga desde Buenos Aires.

_Podría echarle un vistazo, pero no puedo asegurarle que resuelva el problema_ contestó la rasposa voz de fumador de Alexander.

Aquella respuesta era una respuesta diplomática ya que jamás había visto un ciclón en su vida y no tenía idea de cómo funcionaba.

El hombre detrás del escritorio permaneció impertérrito y en silencio después de oír las palabras de Alexander.

_Tengo algo que proponerle_ dijo poco después_ si logra que la fábrica vuelva a arrancar, pienso hacerle jefe del departamento mecánico.

Ivanov parpadeó en incredulidad, pero luego se detuvo a considerar aquella alocada y desesperada propuesta. Estaba satisfecho con el puesto que tenía en la estancia y no había pensado en la posibilidad de trabajar en el pueblo. Titubeó unos instantes antes de contestar.

_Voy a intentarlo, pero no porque desee el puesto que me ofrece, sino porque me gustan los retos_ contestó Alexander.

_Muy bien, pero mi ofrecimiento sigue en pie_ dijo mientras desviaba la mirada por un segundo hacia un lado, como si intentara comprobar si la fotografía seguía en su lugar. Alexander pensó que aquel gesto era el gesto típico de un embustero y que Casado no cumpliría con su palabra.

Esta vez Alexander estuvo equivocado. Un día después de que logara poner en funcionamiento el sistema de ciclones, Alexander recibía una propuesta formal de la empresa que no podía rechazar.

Los arpegios de la lejana guitarra desaparecieron dejando solo el susurro que arrastraba la corriente del río. Kataryna suspiró profundamente antes de ponerse de pie. Recoció su largo pelo en un rodete, lo ajustó con la horquilla y se encaminó por el sendero que conducía a su nueva casa.


[1] Boyero: término utilizado por los Casadeños que se le atribuye a la persona que dirige una carreta tirada por bueyes.

[2] Pirí: tejido de origen guaraní que se realiza con hojas de la palmera Karanda’y