San Lorenzo, Paraguay, invierno de 1954.
I
Llevaban viviendo en la Escuela de Agronomía poco más de un año. Felipe estudiaba electrónica y en sus tiempos libres se dedicaba a su primera pasión, la música. Alexander parecía encantado con su nuevo trabajo, tenía una inclinación natural hacia la docencia. Pensó que su vida hubiese trascurrido por un rumbo diferente si hubiera descubierto mucho antes la inmensa satisfacción que le proporcionaba.
A Kataryna también le gustaba la escuela. Llevaba una vida austera, pero sin sobresaltos. Se ocupaba de la casa, su propia huerta y un pequeño corral de animales. Valentina, con solo cuatro años, seguía siendo la luz que iluminaba sus días.
Kataryna no tenía muchos amigos, nunca se había caracterizado por ser una mujer muy sociable. Escogía con sumo cuidado en quien depositar su confianza. Esto no la hacía una persona desagradable, pero sus constantes sufrimientos la habían convertido en una persona precavida, observadora y analítica, cubierta por una dura coraza protectora.
El nuevo año lectivo había comenzado con un poco de retraso ese año, y los alumnos de primer año iniciarían sus rondas de vigilancia por las instalaciones de la Escuela en pocos días. Eran treinta jóvenes que pasaban de los dieciocho años. Jóvenes llenos de ímpetu y deseos de superación y desarrollo, no solo propio, sino tal vez lo que era mucho más importante, el del porvenir de su patria.
Uno de aquellos estudiantes llamó de inmediato la atención de Kataryna, no solo por su situación familiar sino también por su aspecto demacrado y enjuto. Presentaba vestigios de acné y no aparentaba más de quince años, aunque él jurase que tenía dieciocho. El joven, que respondía al nombre de Matías Alsina era delgado, de estatura baja. Siempre vestía con pantalones y camisas limpios y planchados, pero estos exhibían una extraordinaria colección de parches. Cabellos negros, cortos y peinados con una raya en el costado derecho. Sus rasgos finos y enfermizos no pasaban desapercibidos, pero se perdía cuando en su rostro simpático se dibujaba una sonrisa apacible. Sus ojos bordeados de largas pestañas eran negros y grandes. Su mirada cubierta siempre de una gruesa capa de inocencia. A veces, en su mirada se alternaban el brillo de la inteligencia y el entusiasmo con una expresión de preocupación e incertidumbre que Kataryna no alcanzaba a comprender.
Kataryna tenía cierta predilección por él, tal vez fuera por su difícil niñez. Provenía de una familia numerosa. Su padre los había abandonado y su madre tuvo que ocuparse de los niños sola. Matías se dedicó a la venta ambulante de chipa desde los seis años hasta que ingresó a la Escuela de Agronomía. A pesar de sus carencias, era un estudiante sobresaliente y prometedor. Dicen por ahí que el que haya superado necesidades y sufrimientos pone en evidencia una inteligencia insigne y un corazón generoso, y en el caso de Matías Alsina no había nada más cierto.
Kataryna se preguntaba si el chico podría con la carga que representaba las noches de guardia y las rondas a través de las trescientas hectáreas de la escuela, en especial durante los crudos inviernos y las noches de lluvia. Bueno, ya el tiempo lo diría, pensó.
II
Matías Alsina ensilló el manso caballo bayo que Kataryna le proporcionó. Montó con algo de dificultad. Sintió que sus piernas temblaban, pero pensó que se debía al frío. Le correspondía la vigilancia del lado sur de la Escuela. Un viento gélido soplaba desde el sureste, ajustó su desvaído abrigo antes de ponerse en marcha. Pasaría toda la noche haciendo guardia, cuidando que los amigos de lo ajeno no se robaran los animales de la granja. Nunca había poseído una salud envidiable, pero desde hace un par de meses atrás había empeorado. Sufría de ataques de epilepsia, pero se encargó muy bien de ocultárselo a las autoridades de la Institución. Esta era su oportunidad de cambiar su destino y el de su familia y no pensaba perderla con nimiedades como su débil salud.
Un estremecimiento febril le sacudió el cuerpo, pero no le prestó atención. Se dijo que se pasaría en cuanto se pusiera en movimiento. Empezó el recorrido con un suave trote del animal aguzando los ojos en busca de algún movimiento extraño. El cielo estaba despejado y las estrellas brillaban frías en el firmamento. Pensó que aquella noche iba a helar y el abrigo que llevaba no sería suficiente para mantenerlo caliente. Pero no podía hacer nada al respecto, solo tenía aquel viejo y enorme abrigo que había pertenecido a su abuelo, el padre de su madre, quien había fallecido tres años atrás.
La cabeza le empezó a dar vueltas, sus ojos encendidos, y el rostro flaco y demacrado parecía el de un cadáver. El estremecimiento febril que sintió poco antes volvió a apoderarse de él. Exhaló profundamente y el vaho rodeó su rostro. Aquella sería una noche larga y fatigosa. Se resignó a ello mientras jalaba las riendas del caballo para que disminuyera la marcha. El animal avanzó con suaves pasos por los senderos que se internaban en los campos de pastoreo iluminados por una espectral luna blanca.
De pronto, las facciones del joven se alteraron como si estuviera a punto de sufrir una convulsión. Se tambaleó sobre su montura y estuvo a punto de caer al suelo. Se sujetó con fuerza del cuello del animal mientras intentaba acallar los latidos de su corazón y palidecía intensamente.
Desmontó con cuidado, pero sintió de pronto que sus piernas flaqueaban y que por su espalda corría un escalofrío. Durante un segundo, su corazón sufrió una especie de síncope empezando a latir con una violencia asombrosa. Se sujetó de las riendas para no caer. Su rostro se congestionó, parecía a punto de sufrir una apoplejía. El caballo emitió un suave relincho presintiendo que algo no estaba bien. Sacudió la cabeza como si intentara llamar la atención del joven.
Matías perdió por completo las fuerzas en las piernas, se tambaleó y cayó sentado en el frío suelo, pero no perdió el conocimiento. Se mantuvo en el suelo por varios minutos hasta que su rostro pálido y desencajado se coloreó de súbito. Aspiró con fuerza el aire frío de la noche como si estuviera estuvo a punto de ahogarse y alguien lo acabara de sacar de un profundo lago. El gélido aire le quemó los pulmones, pero pareció ayudarlo a recobrarse.
Se puso de pie despacio, y volvió a montar al bayo rogando para que no vuelva a sufrir otro ataque. Avanzó lentamente en la inmensidad del campo convenciéndose a sí mismo de que podía domar a la enfermedad, que podía domar al mundo entero si era necesario.
III
La fría tarde, se hacía patente en la fina garúa y el viento gélido que soplaba desde el sur. El cielo mostraba una espesa capa de nubes grises y compactas. No se vislumbraba un cambio inmediato de las adversas condiciones meteorológicas por el resto del día, e incluso de la noche. Valentina jugaba sentada en el piso de la cocina en donde su madre había adecuado una frazada de lana de oveja a modo de improvisada alfombra para que la niña se protegiera de la humedad y del frío. Sobre la frazada, una batería de ollas y sartenes se desperdigaban en forma desordenaba. Valentina los apilaba con habilidad y destreza hasta que la torre tambaleaba y caía con estruendoso estrépito. La niña mostraba una cara de cómica sorpresa antes de volver a iniciar el mimo procedimiento. De cuando en cuando, dejaba lo que estaba haciendo y corría hasta la ventana en donde había situado con bastante descuido una silla, subía a ella con agilidad y observaba el húmedo patio. Su madre le repetía que no podía salir porque seguía lloviendo, a lo que Tina fruncía el ceño al mismo tiempo que los labios en una expresión molesta, pero a la vez divertida. Luego bajaba de la silla, con sus cortas piernecitas regresaba corriendo con pequeños saltos hasta la batería de ollas y sartenes.
Kataryna zurcía un par de medias cuando la vio echarse de espaldas en la frazada. Las ollas la rodeaban como si se trataran de puestos de vigilancia de una importante ciudadela. Dejó la costura a un lado y se acercó a la niña. Tenía los ojos entrecerrados y los labios separados. El pelo fino y rubio como la luz de la luna le caía sobre la mejilla. Se acababa de quedar dormida.
Su madre le acomodó el mechón detrás de la pequeña oreja y procedió a levantarla en brazos. La llevó a su habitación y antes de tenderla en la cama, se aseguró de apartar un pequeño cuadro que enmarcaba una fotografía que la niña había dejado descuidada sobre la frazada a rayas de vivos colores. Arropó a Tina y le dio un beso en la frente. Kataryna observó la fotografía con cierta nostalgia. Aquella imagen era el único recuerdo que le quedaba de Puerto Casado. Se la habían tomado un par de días antes de dejar el pueblo. Tina se hallaba parada sobre una silla, llevaba un vestido largo y blanco como uno de esos vestidos que se usan en los bautismos. Su madre la sostenía de la mano, mientras que Felipe, vestido con pantalones cortos, camisa blanca y tirantes se ubicaba de pie junto a la niña. Alexander se erguía con desenvoltura y elegancia al lado de su hijo. Observaban con atención a la cámara que inmortalizaría aquel momento.
Recordó que se sintió al principio algo extraña, posando frente a una caja grande y negra. Era su primera fotografía al igual que para sus hijos. Alexander en cambio parecía cómodo y a la vez complacido. Desde luego, aquella no era su primera fotografía, pero si la primera vez desde que dejara Moscú.
Tina adoraba aquella fotografía, la observaba por largos espacios de tiempo como si se concentrara intentando resolver una complicada ecuación matemática. Luego señalaba a cada una de las personas de la fotografía diciendo sus nombres:
_ “Mama, Feipe, Papa, Tina” _ decía, luego se echaba a reír mientras batía palmas.
“Ipe” había dado paso a “Feipe”. Su hermano pensaba que en unos meses más la niña terminaría pronunciando su nombre correctamente.
Kataryna dejó la fotografía sobre la cómoda de la niña y salió de la habitación cerrando la puerta detrás de ella. Regresó a la cocina y se sentó a la mesa, y continuó zurciendo.
Cuando Tina despertó de un sueño placentero y relajante, llevaba el rostro sonrosado, casi febril. Tenía el pelo revuelto y los ojos soñolientos. Bajó de la cama sosteniéndose de la cabecera, suspendiendo los pies hasta tocar el suelo. Llevaba los pies descalzos, y el frío piso la hizo estremecer. Se pasó una manito por los ojos intentando desprenderse del leve letargo que la envolvía. Levantó la mirada hacia la cómoda y observó la fotografía que descansaba peligrosamente en el borde del mueble, como un objeto que se encuentra suspendido en lo alto de un precipicio y amenaza con caer.
_Foto_ dijo la niña y aquello pareció terminar de despertarla.
Se acercó a la cómoda y se puso de puntilla alargando uno de sus brazos con la manito extendida. Intentó alcanzar el objeto, pero sus dedos apenas lo rozaron. Pareció frustrada y molesta, pero no se dio por vencida. Giró sobre sus talones y recorrió la habitación con ojitos inquietos como si buscara algo. Al parecer lo halló porque sus ojos se iluminaron en un segundo. Se acercó con rapidez hasta una silleta y la arrastró hasta la cómoda. Situó el pie derecho sobre el mueble al tiempo que se sujetaba al tirador de uno de los cajones. Apoyó todo su peso sobre el pie derecho e intentó elevarse, pero con el rabillo del ojo observó algo que se acercaba a ella.
Dirigió su atención al objeto peludo y negro que se movía hacia ella. Al principio se sintió extrañada e interesada. Descendió el pie derecho al suelo lo estudió con atención. Tenía el cuerpo de color marrón claro cubierto por completo de pelos, y un escudo dorsal de color cobrizo. Sus ocho patas eran de color marrón oscuro y unos anillos amarillos los rodeaban. Abrió los ojos como platos, y como respuesta ocho ojos le devolvieron la mirada.
El cuerpo de la araña pollito[1], así era como los lugareños la llamaban, medía poco menos de diez centímetros, sus patas alcanzaban los veinte centímetros y se acercaba peligrosamente a la niña.
Tina intentó gritar, pero el grito quedó atascado en su garganta. Estaba aterrorizada. Las lágrimas se acumularon en sus ojos de inmediato y rodaron por sus mejillas, pero su garganta se negaba a emitir sonido alguno. Retrocedió un paso al tiempo que el visitante indeseable avanzó con acelerados movimientos de sus patas que parecían soldados marchando en el frente de batalla. La niña retrocedió dos pasos más y otros dos hasta que se topó con la cama. La araña movió las patas con espeluznante rapidez y la niña se vio obligada a redirigir su escape. Siguió retrocediendo hasta que esta vez se topó con la pared a su espalda. La araña la arrinconó al tiempo que se acercaba a ella. Cuando estuvo a escasos pasos se levantó sobre sus patas traseras, blandiendo las extremidades delanteras, enseñando sus colmillos en actitud amenazante.
La respiración de Tina se había vuelto rápida y entrecortada. Un sonido débil y sibilante escapó de su garganta. Se había quedado petrificada si oportunidad de huir o presentar batalla. Gotas de lágrimas le colgaban de la barbilla como si fueran sudor después de un día extenuante de trabajo.
La puerta se abrió de pronto y Kataryna observó con pavorosa turbación aquella escena salida de las peores pesadillas. Se apresuró a rescatar a su hija que parecía al borde del colapso. Intentó aplastar al gigantesco arácnido, pero se percató de que su cuerpo era fuerte y sólido como si estuviera provisto de algún tipo de esqueleto, aunque sabía que aquella idea era descabellada. Comprimió el enorme cuerpo con más fuerza hasta que oyó un sonido sordo. Podría haber jurado que sonaba como huesos al romperse. Pisoteó el cuerpo una y otra vez hasta que quedó satisfecha. Enseguida se acercó a la niña y la levantó en brazos. La estrechó contra su cuerpo y percibió los estremecimientos de su cuerpo. Tina la rodeó del cuello con los brazos y finamente se echó a llorar.
Era extraño como ciertas situaciones o algunos episodios que a algunos podría parecerles poco peculiares, terminaban marcando de forma permanente e irremediable a otros. Aquel episodio terrorífico sería una de las marcas que quedaría en la memoria de Tina hasta el último de sus días.
IV
La luminosidad del cielo comenzaba a desvanecerse, amenazadas por nubes negras y púrpuras que avanzaban desde el sureste. Los relámpagos se veían aún muy lejanos, pero Kataryna estaba segura de que no tardarían en acercarse. Las nubes alcanzaron el débil sol de agosto y lo ocultaron. La temperatura comenzó a descender de inmediato. Aquello presagiaba una de las últimas tormentas de invierno y el panorama no se veía alentador.
Kataryna salió de la casa, ya soplaba una brisa persistente y sintió el frío que anunciaba la inminente lluvia. Empezó a recoger la ropa que había dejado en el tendedero cuando sonó el primer trueno seguido de un luminoso relámpago que se reflejó en el techo de aluminio del gallinero y lo hizo brillar como un bracero. Se apresuró a recoger lo que quedaba de la ropa depositándola dentro de una latona y cuando tomó la última prenda se oyó otro trueno. Kataryna miró hacia arriba y vio que las nubes se extendían sobre la porción de cielo que cubría los galpones de la escuela. Los relámpagos que descendían le recordaron las horquillas con las que sujetaba su pelo.
Regresó a la casa con la pila de ropa sin doblar y antes de cerrar la puerta con un pie volvió a echar un vistazo al cielo cubierto por nubarrones negros, pero no tenebrosos. Lo que parecía tenebroso, era el cielo amarillo mortecino al este.
Depositó la ropa sobre el sillón de la pequeña sala y se llevó la latona al depósito de la cocina.
_ ¿Mama? _ oyó a su espalda, era Tina que la miraba desde hueco de la puerta de su habitación con ojitos asustados.
_Va a llover, eso es todo_ dijo su madre con una sonrisa tranquilizadora.
La niña se restregó los ojos un par de veces antes de acercarse a su madre.
Se oyó otro trueno, aún al sureste, pero cada vez más cercano. El relámpago pareció atravesar las nubes negras como un grafio. La niña se sobresaltó. Kataryna le acarició la cabeza. Luego, se dispuso a doblar la ropa.
En poco menos de una hora, llegarían los tres estudiantes de turno y debía entregarles los caballos para la ronda. Aquella noche sería larga, desagradable y bastante húmeda para los jóvenes.
Hizo una pausa, dejó la prenda que tenía en la mano sobre el sillón y se pasó lentamente una mano por la frente, como si quisiera aliviar un insipiente dolor de cabeza.
Un trueno, esta vez más cercano la hizo estremecer. A pesar de que había logrado controlar con bastante éxito su fobia a las tormentas, aún no le agradaban y estaba segura de que nunca le agradarían. Terminó de doblar la ropa y notó que la luz se desvanecía deprisa y se recordó que si empezaba a llover debía asegurar las ventanas.
Fue hasta la cocina, tomó la plancha de hierro, abrió la puerta y las bisagras emitieron una sorda queja. La llenó con brazas incandescentes, cerró la puerta y le echó el cerrojo. Depositó la plancha sobre una base metálica y fue en busca de la ropa.
Se oyó otro trueno y Tina se apretó contra la pierna de su madre impidiéndole caminar. Kataryna sostenía entre sus brazos la pila de ropa doblada.
_Deja que ponga esto sobre la mesa_ dijo observando a la niña que la miraba con ojos preocupados.
Tina la dejó ir, pero la siguió muy de cerca. Kataryna depositó la ropa sobre la mesa y se arrodilló frente a la niña.
_ ¿Por qué tiene que hacer tanto ruido? Me asusta_ dijo la niña, no lloraba, pero su voz sonaba temerosa y ahogada.
_No tengas miedo, es solo lluvia. Al cielo le gusta hacer mucho ruido para anunciar que está por llegar la lluvia, para que todos entren a sus casas y no se mojen.
Tina exhaló un suspiró sonoro antes de asentir con la cabeza. Se oyó otro trueno tan poderoso y cercano que Tina se sacudió, pero no se quejó.
_ ¿Por qué no me pasas la ropa mientras yo la plancho?
Tina volvió a asentir, su rostro estaba pálido y atemorizado, pero hizo lo que le pedía su madre. Tomó una de las camisas de su padre y se la entregó a su madre.
Sobre la mesa se hallaba preparada una improvisada tabla de planchar confeccionada con una frazada cubierta por un lienzo blanco y pulcro. Kataryna situó la prenda sobre ella y procedió a plancharla con sumo cuidado. No podía quedar una sola arruga en la camisa que Alexander usaría al dictar sus clases en la Escuela.
Y entonces sonó otro trueno, el más fuerte hasta entonces, tanto que Valentina gritó asustada. Las primeras gotas de lluvia cayeron sobre el techo de la casa, sonando como cartuchos de balas.
_No te asustes_ dijo Kataryna al tiempo que intentaba sonreír confiada.
Kataryna terminó de planchar la camisa, la dobló y la depositó a un lado. Dirigió su mirada a la niña quien comprendió de inmediato y le acercó una nueva prenda a su madre.
Nuevas gotas de lluvia, esta vez más gruesas comenzaron a caer contra los cristales de las ventanas. Un relámpago muy cercano tiñó momentáneamente el cielo de un tétrico color violeta, le siguió un trueno semejante a una descarga de cañón, el viento comenzó a azotar las ventanas.
Oyó un par de golpes en la puerta. Dejó la plancha sobre la base metálica y se dirigió a abrir. Del otro lado, algo empapados se hallan los tres estudiantes dispuestos a iniciar la guardia, entre ellos Matías Alsina que en la penumbra parecía mucho más enfermo que de costumbre. Kataryna dispuso el caballo bayo para Matías y dos ardientes caballos pardos para los otros estudiantes.
_Será mejor que ustedes mismos vayan al establo a sacarlos_ ordenó_ no puedo dejar sola a la niña.
Los tres estudiantes asintieron y se alejaron de inmediato rumbo al establo mientras Kataryna regresaba a sus quehaceres aguardando que la tormenta pasara de largo y se dirigiera a otro lugar a causar estragos.
V
Los tres estudiantes montaron sus respectivos caballos y se despidieron con un gesto de sus manos antes de dirigirse a sus puntos de vigilancia mientras Kataryna los observaba desde el umbral de la puerta.
Matías suspiró profundamente rogándole a dios y a todos los santos para que lo guardasen en aquella noche que presagiaba ser larga e incómoda. Oyó un trueno pavoroso y sintió las gotas de lluvia que le golpeaban con fuerza en el rostro y el cuello. Apremió a su caballo con los talones mientras destellaban los relámpagos y rugían los truenos.
En poco menos de un minuto, la lluvia se deslizaba por su pálido rostro como lágrimas exageradas en alguna obra dramática. Sus labios completamente blancos, temblaban ligeramente. Sus negros cabellos estaban en desorden y mojados. Su cuello ceñido por una bufanda que su madre le había tejido parecía tirar de él obligándole a arquear levemente la espalda para mantener el equilibrio y la noche apenas se iniciaba.
Un relámpago dibujó una línea zigzagueante en el cielo, como una grieta brillante en una cueva profunda, a continuación, se oyó un trueno.
La lluvia era tan intensa que había formado un manto de niebla que no le permitía ver hacia donde se dirigía. Se oyó un trueno hacia el este y se levantó un viento fuerte, azotando con violencia la lluvia contra su rostro. Su corazón latía con fuerza y sintió de pronto que le faltaba el aire.
_No por favor, Dios mío, no dejes que me dé un ataque ahora_ suplicó en voz alta, pero apenas audible por encima del tumulto de la lluvia.
En ese instante, una larga alabarda de electricidad atravesó el cielo y cayó a tierra junto con la lluvia sobresaltando de tal manera al caballo. Relinchó y sacudió a su jinete que se tambaleó por un segundo. Sostuvo con fuerza las riendas al tiempo que otro trueno ensordecedor sofocaba su grito.
Debía desmontar, buscar un lugar medianamente seguro alejado de los árboles, amarrar al caballo a alguna rama para evitar que escapara. Pero estaba a mitad del bosque y aquel era el sitio más peligroso de todos. Los grandes árboles se sacudían con fuerza sobre su cabeza al compás de aquella danza ensordecedora.
Esta vez sonó otro trueno lo bastante fuerte como para hacerlo estremecer y contener el aliento. El tamborileo de la lluvia sobre su cabeza sonaba tan fuerte en los oídos de Matías, le recordó a infinidad de dardos clavándose en una diana.
Desmontó del caballo, caminó a través del bosque con las riendas en la mano, seguido del temeroso caballo. Un fulgor blanco amarillento iluminó el oscuro cielo. Antes de que el resplandor comenzara a desvanecerse, un trueno desgarró el cielo, tan fuerte que sonó a una explosión. El caballo relinchó y se alzó sobre sus patas traseras, obligando a Matías a soltar las riendas. El caballo corrió asustado dejándolo completamente solo y desprotegido. Su corazón latía desbocado como el caballo que acababa de abandonarlo. Vio una nube de puntos blancos que flotaban delante de sus ojos y tuvo la certeza de que estaba a punto de desmayarse. Tras un instante de estupefacto y vertiginoso desconcierto cayó al suelo empapado de espaldas.
El cielo enmudeció por unos segundos y luego emitió un estruendoso retumbo. Como si aquel trueno hubiese sido una señal, Matías abrió los ojos de par en par, arqueó la espalda, emitió un largo sonido gutural, se mordió la lengua y comenzó a temblar de pies a cabeza. Su torso se elevaba y luego caía, al tiempo que sus nalgas apretaban y se relajaban. Las manos le temblaban nerviosamente a los costados de su cuerpo. Una lágrima se le escurría del ojo derecho y por su apelmazada patilla. Sus pies sonaban como matracas contra el suelo. Matías sacudió la cabeza golpeándola con fuerza contra el suelo. De uno de sus orificios nasales salía un hilillo de sangre tan fino como un hilo de seda que de inmediato se mezcló con la lluvia que caía sobre su rostro. Segundos después, emitió una especie de chillido susurrante, se sacudió un par de veces más y luego permaneció inmóvil. Sonó otro trueno, esta vez más débil como si la tormenta al fin decidiera alejarse.
VI
Kataryna se sobresaltó al oír el relincho de un caballo y un galope desesperado. Se acercó a la ventana y vislumbró el desdibujado perfil del caballo que le había asignado a Matías. Desde luego, no había rastros del jinete. Supo de inmediato que algo malo le había sucedido al muchacho.
Estaba sola con la niña, y no tenía forma de advertir a alguien más de lo sucedido. Se apresuró a la habitación de la Tina quien al fin dormía tranquila, la arropó y depositó un beso en su frente esperando que la niña no se despertara o sufriera alguno de sus episodios de sonambulismo. Debía buscar al chico, algo muy dentro de ella le repetía que se hallaba en peligro.
Oyó el ruido de los truenos retirándose hacia el este, lo que le resultó un alivio. Vistió su abrigo, tomó una frazada del ropero y una lámpara a keroseno del armario. Salió de la casa y encontró al caballo de Matías apostado en el establo en su lugar habitual. El animal estaba cansado, empapado y asustado. Tomó otro caballo más fresco, lo montó a pelo, no tenía tiempo que perder. Se dirigió al galope en dirección al puesto de vigilancia del chico. El aire parecía acariciar con sus dedos gélidos el rostro de Kataryna.
Las nubes empezaban a disiparse y se disputaban el cielo con las palpitantes estrellas. El viento soplaba su gélido aliento, pero la lluvia había amainado. Las gotas de lluvia caían de las hojas de los árboles mientras se preguntaba que le había ocurrido al chico.
Unos minutos después percibió una silueta tendida en el suelo. Levantó la lámpara frente a ella, su corazón dio un salto y luego latió desbocado. Pensó que el chico estaba muerto y se precipitó al suelo. Se arrodilló junto a él y pudo comprobar que respiraba con rápidos y violentos resuellos. A la luz de la lámpara, su cara tenía una palidez pavorosa y Kataryna pensó que no aparentaba más de diez años.
_ ¡Matías! _ dijo al tiempo que lo sacudía de los hombros.
El chico abrió los ojos con dificultad e intentó enfocar la vista. Al parecer no tenía idea de donde estaba o lo que había acontecido.
_ ¿Qué sucedió? _ preguntó aturdido mientras se llevaba una mano a la frente.
_Eso mismo iba a preguntarte_ respondió Kataryna al tiempo que lo ayudaba a incorporarse.
El chico se levantó como si se tratara de un viejo muñeco a cuerdas con los engranajes oxidados. Permaneció sentado en el lodoso suelo por unos minutos con la mirada perpleja y turbada. Respiraba con profundos e irregulares resuellos que no sonaban tranquilizadores a los oídos de Kataryna. Pensó que en cualquier momento podía dejar de respirar.
Poco a poco, la claridad se impuso sobre la neblina que cubría su mente y recordó lo que había sucedido. Un ataque eso fue lo que le sucedió, pero no podía decirle eso a ella. Su cara seguía pálida como el papel y sus ojos brillaban ahora de miedo. Miedo a que lo obligaran a dejar la escuela y sus sueños de superación.
Se sentía intimidado y avergonzado, pero debía cuidarse de demostrar cualquiera de aquellas emociones frente a la mujer del profesor Ivanov.
_ ¿No recordás nada de lo que pasó? _ preguntó Kataryna con la mirada inquisitiva y visiblemente consternada.
_Creo que el caballo se encabritó y me tiró al suelo_ dijo en tono tranquilo que desmentía la extrema palidez de su rostro.
Kataryna supo de inmediato que había algo más, pero pensó que no era momento de insistir. Lo asistió para ponerse de pie y lo rodeó con la frazada. Se inclinó, cruzó los dedos de sus manos con las palmas hacia arriba para ayudarlo a montar. Matías logró subir al caballo con cierta dificultad, por un momento pensó que terminaría de nuevo en el piso.
_ ¿Cómo subirá usted? _ preguntó Matías.
_No te preocupes voy a regresar caminado_ respondió Kataryna, sujetó las riendas con una mano y la lámpara con la otra e inició el regreso.
Cuando estuvieron en la casa, Kataryna suspiró aliviada al ver a la niña durmiendo sosegadamente. Buscó en la cómoda de Alexander algo de ropa para el chico y lo dejó solo en la habitación que compartía con su esposo para que se cambiara. Unos minutos después, Matías regresó a la cocina y al verlo Kataryna no pudo evitar sonreír. Se veía bastante cómico dentro de las prendas de Alexander, dos o tal vez tres tallas más de las que el chico necesitaba.
La casa estaba iluminada solamente por la lámpara a queroseno y un par de velas ubicadas sobre una mesita de madera a un costado de la salita.
_Sentate_ le ordenó_ necesitás comer algo y entrar en calor.
El muchacho obedeció con la mirada gacha como si se tratara de una mascota obedeciendo las ordenes de su amo.
Kataryna puso frente a él un plato de una humeante sopa que le hizo a Matías agua la boca. Tenía hambre, frío y estaba cansado. Apuró la sopa después de agradecer a la mujer que probablemente le acababa de salvar la vida.
Kataryna lo observó con detenimiento, sus facciones, desfiguradas por una extraña sonrisa, expresaban la más dolorosa desesperación.
_Mientras que comés, ¿por qué no me contás lo que sucedió en realidad? _ preguntó Kataryna.
Matías dejó la cuchara suspendida a medio camino hacia su boca y luego volvió a depositarla dentro del plato.
_Lo que le conté es exactamente lo que pasó_ contestó el chico. Kataryna pensó que respondía con una excesiva precaución en la voz.
_Matías, quiero ayudarte, pero no puedo hacerlo si no me decís la verdad_ insistió.
El muchacho desvió la mirada hacia la ventana que se hallaba a escasos centímetros de él, como si buscara alguna salida al problema en el que estaba metido. La lánguida luz de una farola iluminaba tenuemente una tela de araña que se extendía a lo largo del marco y unas gotas colgaban de los hilos como pequeñas piedras preciosas y temblorosas.
El muchacho se perdió en sus pensamientos, intentando encontrar una salida, intentando hallar una respuesta que dejara satisfecha a aquella mujer que lo había rescatado. Jamás podría haber regresado a pie hasta el establo del profesor en aquellas condiciones. El frío y la lluvia habrían influido quizás a que le sobreviniera otro ataque que podría haber sido fatal.
La tela de araña de la ventana tembló, dejando escapar minúsculas gotitas de agua.
_ ¿Matías?
El aludido fijó la mirada en Kataryna por primera vez desde que habían regresado y ella pudo ver con claridad lo asustado que estaba. Sonó un trueno muy muy lejano y una lechuza emitió su aletargado ululato.
Matías bajó de nuevo la mirada, por unos segundos pareció sopesar lo que diría, suspiró y empezó a hablar.
_Sufro de epilepsia_ dijo el muchacho, su voz sonó débil y apagada_ tuve un ataque allá afuera_ continuó_ si la dirección de la escuela se entera de esto me echarán a la calle.
Mientras hablaba parecía contemplar fijamente sus manos entrelazadas, pero luego volvió a alzar los ojos y la miró con una mezcla de aprensión y desesperación.
Kataryna no olvidaría nunca sus facciones pálidas como esculpidas en piedra. Se mostró consternada pero no sorprendida. Desde que conoció al chico pensó que tenía un aspecto enfermizo y débil, aquello solo confirmaba sus suposiciones iniciales.
_Doña Kataryna, por favor_ dijo con ojos suplicantes_ le prometo que no volverá a suceder, no puedo perder una oportunidad como esta.
_Matías esto ha sido una advertencia, no podés subir a un caballo y salir a las rondas solo. La próxima vez puede ser fatal.
_No habrá próxima vez_ contestó el chico cada vez más angustiado.
_Matías, esto no es algo que podés controlar.
El chico parecía completamente descorazonado, a punto de lanzarse a llorar como un niño pequeño.
Durante un momento Kataryna contempló aquel rostro sumamente expresivo y agónico, sopesando complejas e intrincadas formas de poder ayudarlo, hasta que una simple y factible idea le atravesó la mente con la velocidad de un rayo.
_No voy a decir nada sobre este incidente, pero vas a dejar de hacer rondas.
Matías la observó más perplejo que nunca. ¿Cómo se suponía que dejaría de hacer las rondas, sin que nadie se enterara?
_Yo voy a hacerlas por vos_ dijo ella respondiendo a su pregunta no formulada.
_ ¿Qué? _ preguntó incrédulo.
_Si, voy a hacer las rondas por vos.
El rostro de Matías se iluminó por completo, sus ojos brillaron con un halo de esperanza. Su rostro, hasta hace unos segundos, pálido, tomó un tono sorpresivamente rosado.
_Pero ¿Qué dirá el profesor Ivanov de todo esto? _ preguntó algo inquieto por las repercusiones que todo aquello podría causar.
_No te preocupes, yo me encargo de él_ contestó ella con una sonrisa.
_No tiene idea de lo que esto significa para mí_ dijo Matías con una amplia y agradecida sonrisa, al tiempo que se ponía de pie_ Doña Kataryna no sé si algún día podré pagarle lo que está haciendo por mí.
_No busco que me pagues Matías, solo quiero que puedas estudiar. Te has esforzado mucho para llegar hasta aquí y no sería justo que tuvieras que renunciar a todo porque no puedes hacer rondas nocturnas.
_ ¡Gracias Doña Kataryna! No tengo palabras para expresarle lo que esto significa para mí. Le juro que voy a aprovechar esta oportunidad_ dijo besando su dedo índice en señal de compromiso.
_Sé que vas a hacerlo_ contestó ella_ ahora termina tu sopa mientras yo preparo el sillón para que duermas.
_Pero si el profesor me encuentra aquí se preguntará que me sucedió y tendré que decirle todo_ contestó mientras una neblina de incertidumbre cubría sus ojos.
_El profesor no vendrá a dormir esta noche. Está en Hernandarias haciendo unos trabajos para la Escuela, regresa en dos días.
Matías parecía más tranquilo y un poco más optimista.
Kataryna buscó unas sábanas, una almohada y una frazada. Preparó la improvisada cama y esperó a que Matías terminara de comer. El muchacho se deshizo en agradecimientos una vez más antes de tenderse en el sillón y abrigarse con la frazada. El espíritu de Matías se fue relajando poco a poco y finalmente, cayó en una especie de letargo adormecedor.
Kataryna lo dejó solo poco después y se dirigió a su habitación. Había sido una noche larga, húmeda y agobiante. Se tendió en su propia casa y observó el techo suspirando en la penumbra de la noche. Pensó que la vida de las personas se hallaba intrincadamente ligadas de extrañas maneras y se peguntó sí aquella decisión de ayudar al chico acarrearían consecuencias importantes en el futuro. Se respondió que sí, ayudar a la gente siempre acarrea consecuencias importantes y positivas. Le había sucedido a ella más de una vez. Recordó su huida de Ucrania, a Dimitry Petrov, a Adek Kostchy el polaco que a pesar de su desagradable carácter había contribuido a que su familia llegara hasta Bremen. Recordó a la mujer que les había hospedado en la destartalada cabaña en donde pasaron el invierno. Recordó a Alexander que los había recogido del hotel de inmigrantes y les había dado trabajo. Suspiró, se removió en la cama y recordó a su pequeña Daryna y su terrible muerte. Pensó de nuevo en Alexander, y la vida que le ofreció, tal vez no haya sido perfecta, pero le dio una nueva oportunidad, dos hijos y una historia que a pesar de su altos y bajos era algo memorable de recordar. Pensó que con aquella simple acción contribuiría con un granito de arena para forjar el futuro que el chico necesitaba desesperadamente construir. Volvió a suspirar, se dijo a si misma que solo el tiempo se lo diría.
[1] Tipo de tarántula sudamericana.