HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna) (fragmento) III

República Socialista Soviética Ucraniana, 1933.

I

Para el inicio de la primavera de 1933 unas veinticinco mil personas morían cada día en Ucrania.

Kataryna, Igor y la pequeña Daryna, habían soportado la situación con cierta dificultad, pero no hubiese sido justo protestar al observar la realidad de muchos de sus vecinos, familiares o amigos. El racionamiento de los alimentos que Kataryna había escondido en el bosque los había ayudado a pasar el invierno.

Los adultos se limitaban a comer dos veces al día una pequeña ración que les ayudaba a burlar al estómago. Dejaban que su hija Daryna se alimentara lo mejor posible dada las circunstancias. Los vegetales encurtidos y la carne seca les había ayudado bastante, pero sus reservas estaban llegando a su fin.

Los estragos de la falta de alimentos empezaban a ser patentes en Kataryna e Igor. Tenían los pómulos y los ojos hundidos. Las uñas quebradizas y amarillas.

Frente a un plato de sopas de coles encurtidos Igor y Kataryna conversaban en vos baja.

_Hay rumores de que uno de los niños Kozel ha muerto esta mañana _ dijo Kataryna mientras un escalofrío recorría su cuerpo.

Su rostro se tornó blanco como el papel antes de volver a hablar. Igor levantó la mirada del plato que tenía enfrente y observó a su esposa. Le hizo un gesto con los ojos para que continuara hablando.

_Dicen…_ suspiró y se pasó la mano por el rostro cada vez más delgado con bastante nerviosismo. _ Dicen que los demás miembros de la familia aprovecharon su cadáver para alimentarse. Se estremeció de nuevo al terminar de hablar.

Igor hizo una mueca de disgusto para luego suspirar profundamente.

_ No son rumores_ dijo_ es verdad. Metieron el cadáver en el horno.

Los ojos de Kataryna se abrieron en señal de terror. El pánico le atenazó la garganta.

_ ¡Todo lo que está pasando es aterrador! _ dijo _ no creo que el infierno sea peor que esto.

_ No podemos descuidarnos_ dijo Igor_ secuestran a los niños que encuentran deambulando por los caminos, para comérselos.

Kataryna emitió un sonido de terror indescriptible. Se llevó la mano a la garganta aterrorizada. Todo lo que sucedía era peor que las historias de terror que se leían en los libros.

_ No podemos descuidarnos de Daryna_ agregó Igor muy perturbado.

Kataryna asintió suspirando pesadamente, no se sentía capaz de emitir palabra alguna.

_No debemos juzgar a los Kozel, no estamos en su situación, no me imagino lo desesperante que debe ser ver a tus hijos pasar hambre_ dijo Igor pasándose una mano por la cabeza. Se veía muy nervioso.

_ Tienes razón, pero aun así es horrible saber lo que la gente está haciendo por sobrevivir_ dijo Kataryna en un susurro casi inaudible.

_ Nosotros tampoco estamos muy bien_ dijo Igor_ hemos bajado mucho de peso, y ya no tenemos alimentos. No podemos siquiera buscar suerte en otras regiones porque nos matarían si intentamos salir de Kiev. Está terminantemente prohibido migrar a otras regiones bajo pena de muerte.

Kataryna se quedó sopesando las palabras de su esposo. Cuando las cosas empeoraron y tuvo que hacer uso de las reservas que tenía guardadas, se vio en la necesidad de confiarle a Igor el escondite de los alimentos, no sin antes asegurarse de esconder el dinero que tenía ahorrado. Ahora, creía que se hacía necesario confiarle ese secreto.

_ ¿Qué sucede? _ preguntó Igor al verla ensimismada en sus pensamientos.

_ Igor, tengo algo que decirte_ dijo mientras sostenía la mirada de su esposo.

Igor la observó intrigado y luego la animó con la mirada a que continuara.

_ Tengo dinero guardado, tal vez puedas conseguir algo de comida_ dijo.

Igor no la recriminó, no la cuestionó, no era el momento para hacerlo.

_ Es prácticamente imposible, no hay nada que pudiéramos comprar_ se limitó a decir.

_ ¿Qué se supone que haremos entonces? _ preguntó Kataryna muy nerviosa.

_ ¿Cuánto tiempo más podremos soportar con los alimentos que tienes escondido? _ preguntó Igor.

_ Tal vez un mes más_ respondió Kataryna.

Igor se levantó del lugar que ocupaba y empezó a caminar de un lado a otro de la cocina como si fuera un animal enjaulado.

_ Tu padre me dijo que hay un puesto de empleada en casa de uno de los agentes bolcheviques, tal vez consigas el puesto. Te pagarían con trigo_ dijo poco después.

A Kataryna se le iluminó el rostro como en un amanecer de verano. Era una buena oportunidad.

_ Iré mañana mismo_ contestó.

_Esta mañana grupos armados llegaron a proteger las tierras de cultivo, seguiré trabajando para el partido, al menos me podré mantener vivo con las raciones ínfimas que me darán. Tienen orden de matar a cualquiera que se haga con un solo grano de trigo.

_ ¿Qué haremos con Daryna? No podemos dejarla sola y mis padres no pueden cuidarla. Apenas pueden sobrevivir. Mi padre trabajaba en los campos manejando un tractor, le han encomendado la preparación de cereales para los cerdos que luego envían a Alemania. Todos los días se llevaba a casa un poco de ese cereal y mi madre lo mezcla con aserrín de madera y se alimentan con eso_ dijo Kataryna angustiada.

_ La llevaré conmigo al campo y me aseguraré de que esté bien_ contestó Igor.

A Kataryna no le gustó mucho la idea.

_ ¿Y si la secuestran? ¿O si llegara a tocar algo de las plantaciones? _ dijo asustada.

_ No pasará nada, yo me encargaré de que esté bien_ dijo Igor.

Kataryna suspiró insegura. Pero no le quedaba más remedio que aceptar la palabra de su esposo. Tenían que sostenerse de lo que pudieran. Se sentía perdida, como en un naufragio en una tormenta. Flotando sobre un tronco en un océano tempestuoso.

II

Las muertes siguieron durante la primavera. La escasez de alimentos llevaba a la gente a alimentarse de pasto y vegetales verdes. Muchos morían envenenados.

Durante los tres siguientes meses Kataryna y su familia se alimentaron del trigo con el que le pagaban en su trabajo como empleada doméstica. Lo consumían hervido o preparaban pan.  Si el trigo escaseaba preparaba el pan con heno.  Pero la malnutrición les estaba pasando factura. La falta de vitaminas y otros nutrientes les produjo úlceras alrededor de la boca. Kataryna sufría de amenorrea e Igor de impotencia debido a las alteraciones hormonales.

Kataryna pensó que, en medio de tantas tragedias, la hambruna había dejado algunas cosas buenas: Igor había dejado de beber hacía más de un año, no porque hubiera tomado la decisión de hacerlo, sino porque no había forma de conseguir alcohol. Además, la mala nutrición y las largas horas de trabajo hacían que Igor llegara a la casa cansado y sin fuerzas para pensar en sexo. Si, definitivamente: “No hay mal que por bien no venga”, pensó antes de echarse a reír con una risita algo histérica mientras sacudía la cabeza ante tamaña ocurrencia.

III

Igor se dejó caer pesadamente en una de las sillas de la cocina, acaba de acostar a su hija Daryna en su habitación. Se hallaba completamente agotada después del extenuante día que había pasado en el campo al lado de su padre.

Igor suspiró derrotado, ya no sabía cómo sobrevivirían, cada día se hacía mucho más difícil y su cuerpo ya no le respondía como antes. Sentía que había envejecido veinte años en pocos meses.

 El chirriante sonido de la puerta de entrada lo sacó de sus cavilaciones. Pronto, Kataryna se sentó frente a él en la cocina.

_ ¿Cómo estuvo tu día? _ preguntó Igor?

_ No muy bien, hoy rompí un par de platos y me lo descontaron del trigo que debía recibir _dijo Kataryna descorazonada. _ ¿Dónde está Daryna? _ inquirió.

_ Está dormida, llegó cansada, le es difícil estar todo el día en el campo.

Kataryna suspiró descorazonada, se le llenaron los ojos de lágrimas y un nudo se le formó en la garganta.

_ Hoy fui al pueblo a recoger el pan para la esposa del agente en donde trabajo_ explicó_ en la panadería del partido, había un par de niños tratando de robar alguna hogaza de pan. El panadero descubrió a uno de ellos y lo mató a golpes.

Kataryna guardó silencio mientras recordaba como la mano del panadero había caído sobre el niño tan certeramente como si se tratara de las manos del destino. Tal vez fuera así, pensó, tal vez ese era el destino de todos los ucranianos, morir a manos de los detestables rusos.

_ Esto es terrible, ¿por qué se ensañan con unos niños? _ preguntó Igor, pero la pregunta parecía dirigida a sí mismo.

Kataryna emitió un suspiro pesado.

_ Solo tengo trigo para que Daryna coma hoy. Apenas me dieron una ración_ dijo mientras soltaba a llorar desesperadamente.

Kataryna había mantenido la calma durante demasiado tiempo y ya no soportaba el maltrato de sus empleadores y todos los horrores que había presenciado. Era demasiado para cualquier persona.

_ Trabajo largas horas y apenas me dan de comer, y el poco trigo con el que me pagan no alcanza para sobrevivir_ dijo mientras las lágrimas corrían libremente por sus mejillas y su cuerpo se remecía en fuertes espasmos.

Igor la miraba con ojos vidriosos parecía que en realidad no veía nada. El hombre siempre había sido poco afectivo con su esposa, pero durante los duros tiempos que estaban atravesado, se había vuelto mucho más indiferente y desapegado.

El cambio físico también era notorio. Sus formas parecían haberse estirado por la tremenda pedida de peso. Su piel parecía ahuecada y reseca a causa de la deshidratación que estaba sufriendo en los campos. Sus ojos se encontraban hundidos en sus cuencas.

Kataryna se secó las lágrimas con la palma de la mano derecha. Buscó un pañuelo y se limpió la nariz. Bajo la tenue luz que emanaba de las velas que alumbraban la cocina, el rostro de la mujer se veía fantasmagórico, casi cadavérico. Sus ojos abatidos y vidriosos estaban enmarcados por dos negras ojeras. Los pómulos se le habían hundido peligrosamente formando dos profundas cavidades que le conferían a su otrora hermoso rostro, un aspecto espectral. Sus cabellos ya sin brillo se veían quebradizos y desgastados. La pérdida de grasa corporal, debida a la mala nutrición, llevó a su organismo a consumir sus músculos. La ropa le colgaba del cuerpo, parecía la viva imagen de un espantapájaros.

Kataryna suspiró varias veces tratando de que el oxígeno le llegara al cerebro y que su extenuado corazón se relajara un poco.

_Igor, no soportaremos mucho más, no me importa mucho lo que me pase, pero sí me importa el futuro de nuestra hija_ dijo con voz casi inaudible.

Se sentó de nuevo frente a su esposo y trató de elevar un poco más la voz y sonar segura y decidida.

_Mi padre me habló hace unos días de un hombre que en forma clandestina saca a la gente de Kiev y las lleva hasta la frontera con Polonia.

Igor la miró con gesto interrogativo.

_ De allí van hasta Bremen, y toman un barco que va a Sudamérica_ explicó la mujer.

Igor frunció el ceño y trató de entender lo que su esposa le estaba diciendo.

_ Creo que es nuestra única salida_ dijo Kataryna_ Stalin no piensa darnos de comer contradiciendo el consejo de sus asesores y aunque lo haga, tardaremos mucho tiempo en recuperarnos. No quiero seguir viviendo como una esclava_ dijo con los ojos desesperanzados_ ¿Te imaginas qué futuro le espera a Daryna?

_ ¿Que se supone que haremos? ¿Dejar las tierras que pertenecieron a mi padre a manos del partido? _ preguntó Igor en tono indignado.

_ Esas tierras ya no te pertenecen y jamás te las regresaran_ dijo ella en tono seco.

_ Si llegáramos hasta Sudamérica ¿qué se supone que haríamos allí? No hablamos el idioma, ni conocemos a nadie.

_ Mucha gente está huyendo, todo el que tiene dinero para pagarle a este hombre está saliendo del país. Hay un grupo grande de inmigrantes que puede ayudarnos a conseguir trabajo. ¡No hay otro lugar peor que este Igor! ¡No quiero que mi hija tenga que seguir pasando por esto! _ dijo en tono vehemente mientras sacudía las manos frente a ella.

Igor se pasó la mano por el rostro indeciso.

_ No creo que sea buena idea dejar las tierras_ insistió_ en algún momento las cosas deben mejorar.

_ ¡No te das cuenta de que para que mejoren las cosas pasaran años! ¡No tenemos años Igor! ¡Dentro de unos meses no tendremos fuerza para trabajar ni hacer este viaje! _ dijo en tono desesperado.

_ Este viaje que pretendes que hagamos es una locura_ dijo sacudiendo la cabeza de un lado a otro, pero sin mirarla a los ojos.

_ Se que será difícil, pero creo que es nuestra única esperanza_ dijo ella con ojos suplicantes_ Tengo el dinero, lo he guardado por tanto tiempo y creo que esto es lo que debemos hacer.

Igor la miró sin pestañear con ojos inescrutables. Se sentía físicamente agotado y emocionalmente exhausto. Profirió un suspiro antes de hablar.

_ Déjame pensar esto por un par de días_ dijo_ sé que estas ansiosa de que te dé una respuesta, pero no podemos tomar una decisión como esta de un momento a otro. Piensa, dejarás a tu familia y será difícil que alguna vez los vuelvas a ver.

_ Lo sé_ contestó Kataryna con el corazón en un puño. _ Está bien, pero por favor no tardes mucho porque de lo contrario él tomará a otra familia y nos quedaremos aquí a seguir sufriendo.

Igor asintió, se levantó de la silla que ocupaba y dejó a su esposa sola con sus pensamientos.

 Kataryna había meditado la posibilidad de huir por largo tiempo, creía que era la única salida que le quedaba a su familia. Le daría unos días a Igor, pero ya había tomado una decisión, si él no accedía a irse, tomaría a su hija y huiría del país.

IV

Los días se sucedían cada vez más lentamente, parecía que el tiempo incluso se hubiese detenido, como si el relojero del universo descuidadamente hubiera olvidado darle cuerda al reloj de la vida.

Kataryna no dejaba de pensar en la urgencia de escapar del régimen y la hambruna que estaba a punto con cobrarles la vida. Estaba perfectamente consciente de que la enorme empresa que deseaba llevar a cabo sería casi imposible si las condiciones climáticas empeoraban.

 Corrían los últimos días del otoño y era imprescindible iniciar el viaje lo antes posible. La huida sería muy riesgosa, en especial con una niña de seis años, pero estaba convencida de que escapar de Ucrania era su única esperanza de sobrevivir.

Las hojas de los árboles alfombraban el suelo del bosque, cuando se encaminó a casa aquella tarde. El cielo gris se amalgamaba completamente a su espíritu sumido en una terrible tiniebla de desesperanza y ansiedad. Pensó que debía tomar una determinación aquel mismo día o sería muy tarde. No podía seguir esperando a que Igor tomara aquella decisión trascendental por ella. Se estremeció ante la idea. Nunca había tomado una elección por sí misma, y temió asumir la responsabilidad de las consecuencias de aquellas decisiones. La vida de Daryna estaba en sus manos, pero sabía en lo profundo de su ser que no había otro camino que tomar. En aquel momento, con valentía, entereza y denuedo tomó la inapelable determinación de huir, aunque su esposo no estuviera de acuerdo con ella.

De pronto, una pequeña chispa de esperanza entibió su desalentado corazón, como cuando los tenues rayos del sol iluminan las oscuras nubes de otoño en el crespúsculo.

Cuando regresó a casa, encontró a su esposo sentado en la cocina sumido en un doloroso ensimismamiento. Con la mirada fija en algún punto del suelo.

Kataryna se sacó la pañoleta que llevaba alrededor de su cabeza, la dejó sobre la mesa y se sentó frente a él. Lo observó en silencio por unos segundos y luego le habló con voz clara, suave pero firme.

_Igor, he dejado que pasara algún tiempo, imagino que ya habrás pensado en la propuesta que te hice.

Igor levantó la mirada y le dedicó a su esposa una mirada de desconcierto. Intuyó una perpleja y desconfiada expectación en el rostro de su esposa. Pero se limitó a guardar silencio. Estaba abatido, ya no era el duro Igor de otros tiempos.

_ ¿Igor?

_ Si lo he pensado_ dijo al fin_ y no estoy de acuerdo.

El rostro de Kataryna se tiñó de un gesto de fastidio y frustración.

_ Igor tengo el dinero, lo he guardado por varios años, y solo yo sé dónde está escondido. Si decides no hacer este viaje, tomaré a Daryna y me la llevaré_ amenazó.

Igor la observó con el ceño fruncido, pero no tenía fuerzas para discutir con su esposa. Por el contrario, Kataryna tenía los sentidos alertas, y se encontraba en actitud expectante.

Igor exhaló un largo suspiro antes de volver a hablar.

_Imagino que estás al tanto de que no podrás tomar una carreta o unos caballos y simplemente dejar la ciudad_ dijo.

_ Lo sé, tendremos que caminar hasta la frontera con Polonia_ respondió ella.

_ Sabes que si nos descubren los bolcheviques tienen orden de dispararnos_ dijo Igor.

Kataryna se removió inquieta en su silla antes de responder.

_ Sí, lo sé_ contestó.

Igor volvió a exhalar otro suspiro esta vez más sonoro, que a Kataryna le sonó a desesperación. Miró a su esposa a los ojos y sintió la firmeza de su voluntad.

_ Está bien_ dijo Igor después de unos segundos_ si es eso lo que quieres, hagámoslo.

Kataryna exhaló un suspiro de alivio.

_ Ahora dame los detalles_ exigió.

Kataryna se levantó exaltada de la silla y empezó a caminar de un lado a otro de la cocina mientras le explicaba a Igor todo lo referente al viaje que emprenderían con la intención de huir de su natal Ucrania. Su rostro denotaba una mirada satisfecha, saturada de suficiencia.

_ Tendremos que salir lo antes posible_ comenzó diciendo_ el invierno está por llegar y eso nos dificultará la marcha.

Igor asintió y le hizo un gesto con la cabeza para que continuara hablando.

_Caminaremos hasta Medyka, es una ciudad fronteriza con Ucrania, se encuentra a 640 kilómetros de Kiev.

Igor la observó incrédulo.

_ ¿Cómo se supone que caminaremos con la niña 640 kilómetros? _ preguntó con desasosiego _ eso implicaría caminar más de quince días.

_ Si, tal vez 20 o 22 días, dependiendo de Daryna, y eso si la buena fortuna nos acompaña y no nos encontramos con soldados bolcheviques en el camino.

Igor pensó que todo aquello era una locura, jamás llegarían siquiera a la frontera. Pero decidió sacudirse el pesimismo del pensamiento y seguir escuchando a su esposa.

_ Luego ¿qué?

_Descansaremos unos días allí, hasta que estemos en condiciones de volver a seguir con el viaje. Desde Medyka a Varsovia seguiremos en carreta, son casi 400 kilómetros.

Igor suspiró, no contestó, se limitó a esperar.

_ Desde Varsovia seguiremos hasta Gdanks, son un poco más de 400 kilómetros.

Una repentina mirada de desaliento asomó al rostro de Kataryna.  Acababa de asimilar lo difícil que sería la marcha solo después de expresar en voz alta sus pensamientos.  Aspiró una bocanada profunda de aire antes de continuar.

No se dejaría amilanar, nada había sido fácil en su vida, y como todo lo demás, estaba segura de que lo superarían.

_ Desde Gdanks iremos a Bremen en Alemania y desde allí, podremos embarcar a Sudamérica.

Igor volvió a asentir, seguido de un sonoro suspiro.

_ La parte más difícil será cruzar la frontera_ dijo ella_ será peligroso. Pero una vez que lleguemos a Polonia las cosas serán más fáciles.

_ Que se supone que comeremos mientras sigamos en Ucrania_ preguntó Igor_ son más de veinte días de caminata y ya casi no nos quedan alimentos y menos aún, fuerzas.

_ El hombre que nos ayudará se encargará de los alimentos.

Igor volvió a fruncir el ceño, le dirigió a su esposa una mirada de incertidumbre.

_ ¿Quién es ese hombre? ¿cómo se supone que conseguirá alimentos? _ preguntó.

Kataryna cruzó los brazos sobre su pecho tratando de protegerse.

_Su nombre es Dimitry Petrov, él es un bolchevique_ contestó asustada esperando la reacción de su esposo.

Las palabras de Kataryna quedaron flotando por un instante en el aire antes de que Igor las asimilara. Todo lo que Kataryna le decía le parecía inconcebible. Se sentía flotar dentro de una de una pesadilla. Una pesadilla en la que llevaba casi dos años sumergido.

_ ¡No puedes estar hablando en serio! _ dijo sacudiendo la cabeza de un lado a otro _ No hay nada como proporcionar un arma a nuestro verdugo. ¡¿Estás fuera de tus cabales?! _ dijo levantando bastante la voz. _ ¿No se te ha ocurrido que este hombre puede entregarnos a las autoridades? _ preguntó con un gesto de incredulidad.

La observó con los ojos abiertos como platos y con absoluta desaprobación en la mirada.

Kataryna se acercó rápidamente a Igor, lo miró a los ojos y habló con vehemencia y total seguridad.

_ Él no nos entregará, así como no entregó a decenas de familias que han huido del país. Él solo está interesado en el dinero.

Perturbado, Igor la miró con gravedad.

_ No puedes estar segura de eso.

Kataryna sintió un leve escalofrío y exhaló un mudo suspiro. Se sintió aturdida por un momento, pero se recuperó con rapidez.

_ Tenemos que correr el riesgo_ contestó.

_ Está bien, si estás decidida, no voy a impedírtelo_ dijo Igor_ haremos ese maldito viaje y que Dios nos ampare.

Historias Entrelazadas (Kataryna) (fragmento II)

República Socialista Ucraniana, 1932.

I

 Cuando las cuotas se hicieron imposible de cumplir, el gobierno recurrió a la confiscación de todos los productos de las granjas colectivas, incluyendo todos los granos de las cosechas y las semillas que los campesinos habían acumulado para la próxima siembra. Las personas estaban total y completamente extenuadas y desamparadas. La experiencia se volvió traumática, dolorosa y desesperanzadora.

Entre marzo y abril, miles de personas habían muerto de hambre.

 Kataryna no le había dicho a nadie que escondía alimentos en el bosque, ni siquiera a su madre. Seguiría así hasta que se agotaran completamente los recursos.

Igor se internaba cada noche en el bosque colocando trampas para cazar algún animal que pudiera servir de alimento para su familia. Antes del amanecer, regresaba por las trampas con la esperanza de que la buena fortuna le dejara algo para el desayuno.

Aquella mañana, Igor se detuvo en seco al descubrir que en una de sus trampas se encontraba un alce atrapado de una de las patas delanteras, la cual aparecía totalmente destrozada. Igor supuso que el animal habría estado sufriendo durante gran parte de la noche.

Al animal le martilleaba el corazón y resollaba aterrorizado. El dolor en la pata era atroz e Igor supuso que la bestia no duraría mucho tiempo más. Tenía la lengua flácida colgando por el lado derecho de la boca abierta, mientras un hilillo de saliva caía al suelo. Los ojos los tenía abiertos con una expresión de terror que no requería de traducción.

 El cazador observó a su presa con expresión desolada, pero a la vez esperanzada. Este animal llevaría alimento a su familia por algún tiempo. Agazapado en la oscuridad, escrutó al animal y preparó su escopeta para darle el tiro de gracia. Pareció vacilar por un momento, pero enseguida disparó un tiro certero al cuerpo del animal, que cayó al suelo sobre la pata herida. De inmediato se oyó un ruido sordo, característico del hueso al romperse. Igor se acercó lentamente al alce. Asqueado apartó la vista, el cuerpo del animal se encontraba en malas condiciones debido al sufrimiento que había padecido durante tantas horas.

 En medio del silencio del bosque, Igor sintió el martilleo de su propio corazón. Tomó el cuchillo de caza de la funda que colgaba de su cinturón. Se arrodilló frente a la bestia y lo degolló.

Aquel animal llevó algo de sosiego a la familia por un par de semanas, pero la mayoría de los vecinos pasaban grandes penurias porque no tenía nada que llevarse a la boca. Algunos empezaron a alimentarse de ratas, víboras, ranas o gatos, todo lo que encontraban y a los que le lograban dar caza.

La gente preparaba un remedo de sopa con algunas raíces que podían rescatar del intenso frío. Los que tenían algo de dinero compraban piezas de cuero de caballo y lo ponían a secar, luego, lo cortaban en pequeñas tiras y se lo daban a los niños para que los mordisquearan y chuparan durante horas en un intento por engañar al hambre que los consumía. También era una práctica común las infusiones de las hojas del árbol de albaricoque.

La situación era insoportable, la mayoría de los niños tenían aspecto cadavérico, los ojos hundidos y el abdomen hinchado, porque bebían mucha agua tratando de mantener el estómago lleno, pronto se les hinchaban las manos y los pies y adquirían un color grisáceo. Muchos morían uno de tras de otro como si alguna peste los aniquilara.

Los paseos por el pueblo habían dejado de ser agradables desde hacía tiempo, por el contrario, se había convertido en un calvario. Los cadáveres se acumulaban en las calles. Los niños que habían quedado huérfanos caminaban completamente desnudos por la nieve, tenían el estómago tan hinchado que parecían que se habían tragado una bola. Pedían que alguien se apiadara de ellos y les diera algo de comida. Era una situación increíblemente aterradora, mucho peor que la propia guerra.

Mientras al este despuntaba un frío y gris amanecer, Kataryna se dirigió al pueblo con pasos lentos e inseguros. Hubiese preferido quedarse en la casa antes que tener que ir al pueblo, pero necesitaba conseguir algo de aceite y trigo. Esperaba tener suerte y hacer un trueque con algunas de las latas de conserva que había escondido. La situación era preocupante, solo le quedaba la mitad de sus reservas y no había indicios de que las cosas mejoraran pronto, por el contrario, el panorama se veía increíblemente aterrador.

Las personas caían desmayadas en las aceras o en las calles, tuvo la impresión de andar a tientas entre tumbas y de turbar el descanso de los muertos. Cuando en realidad, la visión de tanta gente muerta o agonizando perturbaba el estado emocional y mental de los vivos. El hedor a cuerpos en descomposición erra terrible y penetrante.

Se detuvo en seco al encontrase con uno de los cadáveres, tenía las extremidades retorcidas en una posición extremadamente trastornada. El rostro petrificado en una mueca de horror. Los ojos abiertos y vidriosos hundidos en sus cuentas.

Hundió la barbilla en el pecho con el rostro espantado y continuó su camino. Una joven mujer que llevaba a un bebé en brazos que no tardaría en engrosar la lista de fallecidos, le suplicó un poco de pan dedicándole una sonrisa plagada de tristeza, revelando la ausencia de un par de dientes.

 La pérdida de dentadura era uno de los efectos de la hambruna. Kataryna no tenía nada que ofrecerle, si se detenía y le entregaba uno de los frascos que llevaba de seguro se armaría el caos y se arriesgaría a que la asaltaran. Decidió que lo mejor era seguir andando.

Mientras caminaba, oyó a alguien proferir sonidos inarticulados y con el rabillo del ojo captó un movimiento. Se giró de inmediato y observó que un niño caía de rodillas en el pavimento congelado. Trató de incorporarse, pero no pudo, las fuerzas se habían escapado por completo del cuerpo del infortunado niño. Enseguida, cayó de bruces y ya no se volvió a levantar.

Del otro lado de la calle, en la panadería del partido, una mujer logró hacerse con una hogaza de pan. Antes de que pudiera siquiera pensar en escapar, un hombre se acercó a ella y le asestó un puñetazo con tanta fuerza que su cabello se alborotó en todas direcciones antes de caer sentada. El hombre le arrebató la hogaza y de inmediato se dio a la fuga. Mientras corría, se llevó la hogaza a la boca mostrando una dentadura erosionada que no contenía ni un ápice de compasión.

 La compasión era un sentimiento muy difícil de experimentar en aquellos momentos. Todo lo que la gente sentía era el instinto de preservación personal. Kataryna deseó con cada fibra de su corazón acongojado poder aliviar el sufrimiento de toda esa gente, pero era algo que no estaba en sus manos.

Fue el peor invierno en siglos, muchas personas murieron, los agentes del gobierno entraban a las casas y cargaban a los muertos en carromatos uno sobre otros y luego los apilaban fuera del pueblo antes de depositarlos en fosas comunes. Muchas veces, se llevaban a gente agonizante, que ya no tenía posibilidades de sobrevivir y los depositaban en las fosas comunes junto con los muertos. A veces agonizaban entre los cadáveres por días antes de morir.

Historias Entrelazadas (Kataryna) (fragmento)

República Socialista Ucraniana, 1930.

I

En un principio, la mayoría de los campesinos había celebrado la idea de la colectivización de Stalin. Pero cuando el Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética forzó la colectivización en tierras y hogares cambiaron de opinión de inmediato, en especial los campesinos de las zonas productoras de grano, es decir, Ucrania.

Los funcionarios del partido de la OGPU o Directorio Político Unificado del Estado llegaban a los campos en brigadas de siete personas para obligar a los campesinos a unirse a las granjas colectivas lo que significaba abandonar su parcela privada de tierra, además de sus ganados y equipos agrícolas. La mayoría de los campesinos eran amedrentados para unirse a las granjas colectivas, pero muchos se resistieron.

La preocupación iba en aumento para Igor y su padre. Muchos de sus amigos habían sido obligados a unirse a las granjas colectivas y temían que les llegara el turno en cualquier momento. Josep Gorodetsky no tenía la intención de entregar sus vastas extensiones de tierra al partido. Juró por la tumba de su padre que jamás les entregaría sus tierras a los malditos Soviéticos según sus palabras textuales.

Igor se sentía consternado ya que su padre parecía no entender la gravedad de la situación. Los Soviéticos habían asesinado a algunos de sus detractores frente a sus familias. Otros habían sido ejecutados o enviados a campos de trabajos forzados con la excusa de pertenecer a grupos contrarrevolucionarios. Muchos de ellos fueron deportados a Siberia con sus familias en donde morían de frío o de inanición. Por último, se encontraban los más afortunados, a quienes se los despojaba de sus viviendas y sus tierras que pasaban a propiedad del estado para después enviarlos a trabajar a colonias controladas.

Kataryna acababa de terminar la cena cuando su esposo llegó a la casa. Lo notó cabizbajo e inquieto cuando se sentó frente a la mesa de la cocina. Le sirvió la cena en silencio, esperando que Igor se decidiera o no a hablar. Su capacidad de comunicación no había mejorado con los años, aún le costaba entablar conversaciones con Kataryna.

Igor tomó un bocado de su sopa y masticó despacio mientras seguía inmerso en sus preocupaciones. Pero si no hablaba, si no se desahogaba estaba convencido de que terminaría enloqueciendo.

_ He conversado con mi padre_ dijo poco después_ no piensa entregar sus tierras al partido_ agregó mientras se pasaba la mano por el pelo con expresión alterada.

Kataryna lo observó con aprehensión, pensó con cuidado lo que le iba a decir, no quería decir algo que lo fastidiara y terminara molesto y ofuscado. Su carácter no había mejorado después de la muerte de su hija, por el contrario, lo había vuelto mucho más retraído y ausente.

Kataryna tomó su labor de punto e intentó tejer buscando la forma de mantenerse tranquila.

_Están desterrando a los que se oponen_ dijo preocupada _ He visto con mis propios ojos a miembros del partido arrastrar a la gente a vagones de tren para animales. Los suben con lo que tienen puesto y se los llevan a Siberia. He oído que los dejan abandonados a su suerte en donde mejor les plazca, con absolutamente nada. Algunos lugareños los ayudan y eventualmente tratan de regresar a sus lugares de origen, otros mueren de hambre o de frío.

_ Lo sé_ contestó Igor, se encontraba visiblemente perturbado_ no sé qué hacer, tarde o temprano nos buscarán.

_ Han llegado a casa de mis hermanas, sus esposos se unieron, no querían arriesgar sus vidas, ni las de sus familias _ explicó Kataryna con expresión de ansiedad creciente.

Kataryna era consciente de la relación poco disfuncional de Igor con su padre. Sabía que su esposo era capaz de todo por encontrar la aprobación de Gorodetsky. Le aterraba la idea de que Igor antepusiera los alocados deseos de su padre antes que la seguridad de su familia, en especial la seguridad de a su pequeña hija Daryna.

 Kataryna sopesó sus opciones, quedarse callada o hablar. No sabía muy bien lo que debía hacer. Dejó su labor a un lado sobre la mesa y se sentó frente a su esposo.

_ Una ola de levantamientos campesinos se ha iniciado en los campos _ explicó Igor_ mi padre piensa que deberíamos unirnos, y así enfrentar al partido.

Kataryna le dedicó una mirada consternada, sus ojos brillaban de indecisión, angustia y desesperación.

_ Están amenazando a mi padre_ dijo Igor_ la policía secreta lo persigue porque posee buenas y bastas tierras, lo acusan de ser uno de los incitadores en las protestas.

Kataryna se restregó el rostro con ambas manos para luego emitir un suspiro afligido. Con expresión torturada intentó en vano hablar, pero las palabras se negaron a salir de su boca.

_ Ayer encarcelaron a dos líderes de las revueltas y han desterrado de Ucrania a dos más_ siguió diciendo Igor.

La joven se removió inquieta en su silla. De pronto la invadió un oscuro presagio, ¿Qué diablos sería de ella y de Daryna si su esposo se negaba a entregar sus tierras e intentaba levantarse contra el gobierno? Probablemente, se apropiarían de todos sus bienes después de todo y de todas maneras terminarían exiliados. Se aclaró la garganta un par de veces y se obligó a hablar.

_ ¿Y aun así tu padre pretende seguir oponiéndose a entregar sus tierras? _ preguntó en una oleada de conmoción y desorientación que la azotó como una tormenta tropical.

_ No quiere ceder_ contestó Igor_ Le han puesto un apelativo. Kulak[1]_ continuó diciendo. Stalin anunció la extinción de los Kulaks.

Kataryna no salía de su asombro. Se tapó la boca impresionada. Tembló y se estremeció, estaba aterrada por lo que podía venir.

_ No. Igor, no es prudente, imagina que tomen represalias en tu contra. ¿Qué sucedería con nosotras? _ preguntó angustiada.

_ ¿Qué piensa tu padre de todo esto? _ preguntó Igor.

_ Mi padre se unió a las granjas colectivas, dice que ya tuvo suficiente en la guerra como para inmiscuirse en levantamientos.

_ ¡No podemos entregar lo que es nuestro por derecho propio, sin siquiera pelear! _ dijo Igor con vehemencia.

_ Por favor, Igor, piensa en nuestra hija Daryna_ dijo Kataryna con ojos suplicantes.

_ Lo hago pensando en ella.

Una ola de decepción y frustración le inundó el cuerpo. Se sentía acorralada, y lo peor era que no podía hacer nada al respecto. Observó a Igor aturdida e impotente. Se levantó de la silla que ocupaba con lentitud y abandonó la cocina. Salió de la casa dando un portazo que en otras circunstancias le habría valido una amonestación por parte de su esposo. No le importaba, no le importaba lo que él pensara ahora. Tenía que preocuparse por su seguridad y la de la única hija que le quedaba. Nunca había odiado tanto a Igor como en aquel momento. Una compleja mezcla de sensaciones la atormentaban: rencor, aversión, odio, rabia todo en uno.

Aspiró el agradable aire de un hermoso atardecer de julio tratando de relajarse para luego enfilar el camino al patio trasero de la vivienda con pasos rápidos. Se sentía amenazada y no precisamente por el gobierno sino por la estupidez de su esposo. Cruzó el huerto y en pocos minutos estuvo frente a los establos. Se detuvo de pronto como si alguien la obligara a hacerlo. Paseó su mirada primero por la amplia construcción de madera, y luego por los animales que pronto dejarían de pertenecerles. Aspiró una bocanada de aire y lo retuvo dentro de sus pulmones por unos segundos. Después exhaló pesadamente para luego reanudar su marcha con dirección al bosquecillo cercano. Cuando estuvo en el linde en donde termina la propiedad de Igor y se inicia el bosquecillo volvió a suspirar. Sentía que tenía un nudo en el pecho que le dificultaba respirar.

Se internó en el bosque poco después. Necesitaba estar a solas, y que mejor lugar que en el bosque en donde le gustaba pasear, para recobrar fuerzas y relajarse.

El murmullo inquieto de los pájaros que se alistaban para pasar la noche le dio la bienvenida. Levantó la mirada y divisó a un par de ellos, emitiendo sus trinos agudos y melodiosos. Extendían sus cuellos levantando sus cabezas hacia el cielo, mientras sacudían sus alas en un intento por que sus gorjeos se oyeran a mucha distancia.

El suelo estaba revestido de musgo y a medida que avanzaba hacia el medio del bosquecillo se volvía cada vez más compacto y espeso, las constantes lluvias solo contribuían a aglomerarlo y aparecía como una mullida alfombra verde. La tarde caería en poco tiempo, pero ella no se percataba de ello, lo que no podía obviar era la creciente ansiedad y desesperación que sentía. Se detuvo poco después en la profundidad de la espesura y se restregó los ojos con la mano, sentía que las lágrimas se le agolpaban en los ojos.

 En seguida, siguió caminando hasta que sus oídos percibieron el riachuelo cuyas aguas parecían gemir al discurrir entre las abultadas y retorcidas raíces de los árboles y las grandes rocas que lo bordeaban mientras el crepúsculo se extinguía. Grandes rocas cubiertas de líquenes se alzaban aquí y allá, bajo la luz difusa y entre los troncos inmensos y retorcidos del encantador bosquecillo. El nivel del río había subido y se veía consumido y mustio con grandes manchas ambarinas.

Lanzó unas cuantas piedras, después de sentarse sobre el tronco de un árbol caído. Las pequeñas llegaron hasta las manchas ambarinas y se hundieron en las profundidades oscuras del riachuelo, formando ondas concéntricas. Las grandes la traspasaron hasta la otra orilla. Luego prestó atención al cielo por un rato. A pesar de que el atardecer estaba a punto de sumir todo en la oscuridad observó las nubes grandes y vaporosas que se desplazaban de norte a sur. Una aparecía como un conejo en pleno salto, con las orejas largas y erguidas. Otra era un delfín que parecía surcar algún océano tropical y la última asemejaba a un oso de peluche recostado de espaldas con las patas levantadas hacia el aire, una sonrisa se dibujaba en la boca del animal.

Oyó un leve ruido a tierra que se despeña a su derecha, esto la distrajo. Al voltearse vio que una porción en saliente de la rivera, reblandecida después de más de diez días de lluvias incesantes se había desmoronado, dejando a la vista las raíces de un inmenso árbol que se inclinaba peligrosamente sobre el riachuelo. El espacio que se había formado por el desmoronamiento parecía haber dejado a la vista una especie de gruta.

Kataryna se acercó al árbol, se agarró de una de las ramas cubiertas de exuberantes hojas verde esmeralda y se inclinó lo mejor que pudo para intentar ver en el interior. El espacio era grande, pensó que dentro podrían caber hasta seis personas sentadas. Y como si un rayo le hubiese pegado en la cabeza se le ocurrió una idea que al principio de pareció descabellada, pero que cobraba más fuerza en su mente segundo a segundo.

En aquel lugar debía esconder todos los alimentos en conserva que cupiera, además de la carne seca y desde luego, lo más importante, todo el dinero que había logrado ahorrar durante los años que llevaba casada con Igor.

Tal vez no lograra hacer cambiar de parecer a su esposo, tal vez no lograría que entregara voluntariamente sus tierras al partido, pero podía poner a resguardo todo el alimento que pudiera, además del dinero. Porque de algo estaba segura, las cosas no tardarían en empeorar, lo sabía, sentía una extraña sensación en las entrañas y cuando esto sucedía, pocas veces se equivocaba.

Descendió por una pequeña rampa de tierra muy cerca del corrimiento, hasta la rivera del rio por medio de improvisados peldaños de rocas, poniendo especial atención en no resbalar, de lo contrario terminaría de cabezas en el rio y completamente empapada. Las rocas se encontraban húmedas y cubiertas en su mayor parte por líquenes. Cuando estuvo bajo el lugar en donde se produjo el deslizamiento, se inclinó y puso las manos entre los muslos. En aquella postura trató de comprobar el estado de la cueva y sus dimensiones.

Sus botas se hundieron en la suave tierra de la rivera y el borde de su vestido acariciaba el barro en la orilla. Kataryna apenas fue consciente de ello, se hallaba completamente fascinada por su descubrimiento.

 La noche había terminado de cubrir con su manto de oscuridad el bosquecillo y a pesar de que la luna llena comenzaba a alzarse por el este, no había luz suficiente para que iluminara el interior de la gruta. Se incorporó con gesto reflexivo y en pocos segundos tomó una decisión. Regresaría por la mañana con alguna herramienta adecuada. 

La luz argentada de la luna se filtraba entre el techo de hojas iluminando tenuemente su camino de regreso a casa. Al llegar se dirigió a la habitación que ocupaba su hija, la encontró dormida. Se acercó a ella y depositó un suave beso en su frente.

Regresó sobre sus pasos rumbo al cuarto de aseo. Se sacó las botas y el vestido antes de lavarse. El agua fresca la reconfortó de inmediato. Luego, se dirigió a la habitación que compartía con su esposo vestida solo en su tradicional ropa interior, que consistía en un pantalón bombacho hasta las rodillas y una blusa con encajes en las mangas, ambos de lino blanco. Se quedó parada en el umbral de la puerta con expresión de desagrado. Un fuerte olor rancio la golpeó en el rostro. Era el olor característico que acompañaba a Igor como un estigma. El estigma que el mismo se había impuesto, desde luego.

El desagradable olor a alcohol inundaba la habitación, mientras Igor embriagado dormía tendido en la cama boca arriba, con la boca abierta, emitiendo ronquidos que se asemejaban a los gruñidos de un motor que intentaba arrancar en una mañana helada de invierno.

Kataryna puso los ojos en blanco, había estado ausente de la casa solo dos horas, tiempo suficiente para que Igor se embriagara y se quedara dormido. Giró sobre sus talones y enfiló el camino a la habitación de Daryna. Se tendió al lado de la niña observando el techo de la habitación a oscuras. Su mente se sumergió en la idea apremiante de esconder los alimentos cuanto antes y la manera en que los trasportaría hasta el lugar del corrimiento sin llamar la atención de nadie. En aquellos momentos, no podía confiar ni siquiera en su sombra y menos en su esposo a quien se le iba la lengua y se ponía a hablar más de lo necesario en el pueblo cuando se encontraba inundado en copas.

 Le costó un poco conciliar el sueño, pero cuando lo logró su sueño fue intranquilo y perturbador.

Por la mañana, después de que Igor se fuera a trabajar al campo cargando a cuestas una terrible resaca, dejó a la niña en casa de su madre. De inmediato, regresó a su vivienda y se dirigió directamente al depósito de herramientas de Igor. Apoyada en la pared encontró una pala, la tomó y la sostuvo frente a ella sobre su pecho. Semejaba a un soldado con su arma a cuestas en un desfile militar. Salió del depósito y enfiló el camino que la llevaba al bosque.

Cuando estuvo frente al viejo árbol, levantó los bordes de su vestido y se lo amarró en la cintura, dejando al descubierto su ropa interior; de este modo evitaría que el vestido se volviera a mojar como había ocurrido la noche anterior.

Descendió con facilidad hasta el riachuelo utilizando los peldaños de rocas improvisados. Se inclinó poniéndose en cuclillas para escudriñar la cueva. El espacio era extraordinariamente grande Calculó que tendría unos tres metros de largo por dos de largo y más de un metro de alto.

El hoyo estaba enmarañado de raíces, pero eso no representaría problema alguno, podría cortarlas con la pala facilitando la entrada a la cueva. Además, estaba segura de que le serviría para esconder casi todos los alimentos que tenía en su despensa e incluso una buena cantidad de carne seca que pensaba preparar de inmediato.

Solo necesitaba encontrar la manera de trasportar todo hasta la gruta que había descubierto por accidente, hasta se atrevería a decir que la había encontrado por un milagro. Además del trasporte, debía asegurarse de que la humedad no destruyera los alimentos. Una vez que estuviera todo en la cueva se aseguraría de volver a tapar el hoyo con la tierra del deslizamiento y cubrirla con algunas rocas de la ribera del río.

“Vayamos paso a paso”, pensó, mientras atacaba la maraña de raíces a punta de pala. En poco más de media hora dejó la cueva limpia. Se sintió algo cansada pero satisfecha.

Regresó a su casa sopesando las posibilidades del traslado de las conservas, ese era un problema que aún no había resuelto, tenía que hacerlo rápido, porque estaba segura de que no disponía de mucho tiempo.

II

Los campesinos de las regiones cercanas a Polonia decidieron marchar hacia la frontera, intentando escapar de la colectivización. Pueblos enteros migraron escapando de la alocada campaña del partido. Kataryna hubiese deseado vivir cerca de la frontera para poder huir con su hija, pero aquello no era algo fácil de hacer.

Mientras Igor seguía trabajando, tratando de ignorar el peligro inminente en el que se encontraban, Kataryna dedicó todo su tiempo a salar delgados trozos de cerdo y a ahumar el pescado que pescaba ella misma en el riachuelo en donde se encontraba el árbol caído. Envasó la carne en frascos de vidrio y los trasportó junto con las conservas de verduras a lomo de caballo durante interminables viajes a lo largo de toda una semana.

Fue una empresa agotadora y estresante ya que el paraje estaba cubierto de árboles y maleza que dificultaba el tránsito del caballo. Kataryna no se dejó amilanar, sabía que era lo único que podía hacer para proteger a su hija de un futuro bastante incierto. Dispuso todo el dinero con el que contaba en una bolsa de cuero y lo amarró con un listón. Lo escondió debajo de algunos de los frascos de forma que cuando lo necesitara no tuviera que vaciar la cueva para encontrar el paquete.

Cuando terminó su cometido, cubrió la entrada de la cueva con tierra y luego con piedras de la orilla del riachuelo.

Se quedó observando el viejo árbol con las manos en jarra y decidió que no estaría de más agregar una maraña de troncos y ramas sueltas encima, solo por si a algún curioso se le ocurría escudriñar por el bosque. Lo creía improbable, pero no estaba de más tomar algunas precauciones. Satisfecha con lo que había logrado, regresó a casa.

Dos días después, Kataryna se encontraba tendiendo la ropa que acababa de lavar, y divisó a Igor que se acercaba a la casa con pasos cansinos, la espalda arqueada y la cabeza gacha. Pensó que se veía completamente desolado y se preocupó de inmediato. El hombre parecía haber envejecido en el lapso de unas horas. Pasó frente a su esposa sin decir una sola palabra y se dirigió a la casa. Karatyna lo siguió de cerca. Igor ingresó en ella y se desplomó sobre una de las sillas de la cocina. Situó los codos sobre la mesa y hundió el rostro entre las palmas extendidas.

_ ¿Qué sucedió? _ preguntó Karatyna con el corazón acelerado.

Igor levantó los ojos levemente y observó a su esposa por encima de sus manos.

_ El partido asesinó a mis padres y a mi hermano Borys_ contestó con una expresión desorientada y confusa. Como si acabara de despertar de una terrible pesadilla y no terminara de entenderla.

Kataryna abrió los ojos aterrorizados y llevó una de sus manos hasta su boca para evitar un grito ahogado.

_ Mi padre enfrentó a los miembros del partido y lo asesinaron de un tiro en la cabeza y luego hicieron lo mismo con mi madre y con Borys quien intentó defenderlos_ explicó.

Igor fijó su mirada en algún punto detrás de Kataryna y ella notó la mirada vacía en los ojos de su esposo. Pensó que todo era extrañamente desconcertante y aterrador, que el destino se había quedado en pausa solo para darle tiempo a que terminara lo que se había propuesto antes de que se iniciara el caos. Ella aún no lo sabía, pero en aquello tenía toda la razón.

 Estaba petrificada por la noticia, quería gritarle a Igor, decirle que se lo había advertido, que todo eso era culpa de su padre, pero se contuvo. No podía decirle eso ahora, no era el momento. Se acercó a él tratando de consolarlo, pero en realidad estaba aterrorizada. Temía que su familia fuera la siguiente si no entregaban sus tierras.

_ No contestos con matarlos destrozaron la casa, todo lo que había dentro y luego le prendieron fuego. Fue una advertencia para los demás terratenientes_ dijo Igor, las manos le temblaban al igual que los labios.

_ Lo siento mucho Igor, sé que estás pasando por un mal momento, pero debemos entregar las tierras_ dijo Kataryna.

Igor la miró a los ojos con cierto desprecio. Kataryna lo notó de inmediato, pero no le importó.

_ Mis padres están muertos ¿y tú te preocupas por las tierras? _ dijo Igor incrédulo.

Kataryna percibió que algo profundo y ardiente crecía dentro de ella y que amenazaba con explotar en cualquier momento. No podía entender la insondable estupidez de su esposo.

_ ¡Desde luego, no quiero que terminemos como tus padres!¡¿es eso lo que quieres para tu hija?!_ dijo con vehemencia.

Era la primera vez en mucho tiempo que Kataryna le levantaba la voz, pero ya no tenía intención de seguir sumisa y relegada.

 Igor la observó con sorpresa, fue como si acabara de recibir una bofetada por parte de ella.

_ No, no es eso lo que quiero para ella_ contestó en un susurro.

_ Se que lo que les pasó a tus padres es horrible, pero debemos pensar en nosotros ahora_ dijo la joven situando una mano sobre el hombro de su esposo intentando tranquilizarlo y al mismo tiempo intentando sosegarse ella misma. No tenía caso que se pusieran a discutir en ese momento, debía actuar como un equipo si querían salir de esta con vida.

Igor asintió y apoyó ambas manos sobre la mesa para ponerse de pie. Se tambaleó un poco cuando sintió que la cabeza le daba vueltas. Notó que le costaba mantenerse de pie y alargó una mano en busca de estabilidad. Kataryna extendió la suya e Igor la tomó para apoyarse en ella.

Aquella noche, ninguno de los dos pudo conciliar el sueño, cada vez que se quedaban dormidos soñaban que el partido enviaba a sus soldados a arrebatarles la casa en medio de la noche, quemaban sus pertenencias y los asesinaban como a animales.

Por la mañana, sus pesadillas se hicieron realidad. Los enviados del partido forzaron su ingreso a la casa exigiendo que entregaran sus tierras.

Igor concedió todas sus demandas sin poner resistencia, mientras un nudo de rabia e impotencia le crecía en el estómago.

Seguirían viviendo en la casa, gracias a la “benevolencia” del régimen, pero ya no les pertenecía.

Nada les pertenecía, sus tierras, su casa, su ganado ahora le pertenecían al partido.

III

Con el trascurrir de los meses, muchos de los campesinos optaron por la resistencia pasiva, y se negaron a sembrar más granos de lo necesario para la supervivencia. Además, sacrificaron a los animales domésticos para evitar que el estado se los confiscara.

 Stalin los acusó de sabotaje, de tratar de matar de hambre a las ciudades y debilitar la fuerza de la industrialización.

Las autoridades dijeron que los campesinos escondían granos y exigieron mayores cuotas de producción para la colectivización para aquellos que se negaron a unirse a las granjas colectivas.

Igor y Kataryna trabajaban el doble para cumplir con todos los requisitos del partido y así poder vivir en paz y tener algo que llevarse a la boca. La joven temía que los miembros del partido descubrieran su escondite y además de confiscar todos los alimentos que tenía, la encarcelaran como forma de escarmiento.

Muchos de los campesinos ya habían sufrido las consecuencias de enfrentarse al partido. Eran desterrados a la Siberia, y otros asesinados como los padres de Igor.

El partido, hacía uso de mano de obra ucrania para la construcción de la presa Dniprohes sobre el rio Dniéper se encontraba en su máximo apogeo. El número de trabajadores que construía la presa y la estación de energía eléctrica se había triplicado en los últimos años. Para ello se movilizaron a los campesinos fuera de sus lugares de orígenes para emplearlos en la construcción de la presa. Muchos de los amigos y de los vecinos de Igor y Kataryna fueron arrancados de sus casas, como resultado de la colectivización forzada del gobierno que expulsó a los campesinos de sus hogares y poder así exprimir todos los recursos posibles.

 Igor temía que el partido lo expulsara y lo enviara a trabajar a la presa, si eso ocurría, su familia quedaría completamente desamparada, por lo que se esforzaba tenazmente en la producción de la tierra cumpliendo con la cuota exigida por el gobierno. Evitando así el trabajo en la presa. Muchos de los trabajadores en la represa terminaban con heridas graves o en muchas ocasiones perdían la vida.

Pero a pesar de todos los esfuerzos que realizaban apenas tenían para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación. En aquel momento, Kataryna se alegró de haber tomado la decisión de esconder las conservas, las brigadas del estado ingresaban casa por casa a requisar todo alimento que los campesinos guardaran. Rompían paredes en busca de alimentos. Si los encontraban en el sótano y no podían sacarlos le derramaban querosene para echar a perder los alimentos.

A los que no podían cumplir con la cuota exigida por el gobierno, les cortaban los suministros básicos, incluyendo los fósforos y el querosene.  Debido a las altas cuotas que los campesinos pagaban al gobierno, que iba aumentando sin miramientos, se hacía cada vez más difícil alimentarse. Muchos campesinos empezaron a sentir los estragos del hambre, en especial durante el invierno.

Pero las dificultades no solo eran económicas sino también sicológicas. La terrible muerte de los padres de Igor, en especial la de su padre, lo afectó en forma profunda y permanente. Se sintió de pronto perdido, abandonado y estéril. La necesidad de aprobación de su padre, la que había cultivado enfermizamente durante tantos años lo trastornaba por completo. El hombre por quien había vivido y desarrollado su existencia ya no estaba y no tenía idea en donde volcar toda esa necesidad. Las emociones de Igor siempre contradictorias e incoherentes como su propio espíritu se hacían cada vez más profundas. A medida que el tiempo trascurría se hundía cada vez más en sórdidos pensamientos y se aislaba del mundo. El hombre seguro de sí mismo, manipulador y ambicioso había casi desaparecido dando paso a un ser desesperanzado, abatido y completamente desprovisto de motivaciones.

Kataryna notó los cambios en su esposo. Si bien aún sentía cierto temor hacia él, se había percatado que podía enfrentarlo de manera solapada e indirecta lo que la fortalecía de cierta manera. Experimentaba una sensación extrañamente extraordinaria a medida que la estabilidad emocional de Igor se extinguía y la suya empezaba a brillar con luz propia.


[1] Kulaks: agricultores zaristas que poseían propiedades y contrataban trabajadores.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (fragmento)

Oberá, febrero de 1935.

I

El verano siguió su curso, caluroso e indomable, mientras Alexander salía del abismal y oscuro océano en el que se había sumergido.

En aquella época estival, el bosque rezumaba belleza, los rayos brillantes de sol acariciaban las copas verdes de los árboles, las cigarras interpretaban su característica banda sonora, que se aceleraban con el aumento de la temperatura. Hacía calor, un calor viscoso como el aceite, espeso y vicioso que muchas veces dificultaba la respiración.

 Pero a pesar de la alegría que exudaba la tierra, el rostro de Kataryna había adoptado una casi perpetua expresión de desconsuelo, llevaba los ojos hinchados y rojos, que le confería un aspecto cansado y fantasmal. Aquel cansancio se debatía en su interior con el temor.

 Los días que siguieron al terrible ataque no fueron fáciles para ella. Pasó noches insomnes, acometida por la terrible idea de que Alexander no sobreviviría, su estado la preocupaba hondamente. La blanca luz de la luna de verano penetraba por la ventana y se reflejaba en sus ojos cuando se persignaba delante del crucifijo que le había dado su madre y rezaba pidiéndole a Dios que no abandonara a Alexander. Las dudas, los miedos, las luchas internas de las cuales era objeto la mantenían en una situación angustiante y de incertidumbre constante que intentaba disimular cuando Daryna estaba cerca.  En aquel estado de gran tribulación, su único consuelo consistía en atravesar el compacto bosque impregnado de oleosa humedad que se le pegaba al cuerpo como un ceñido corsé, ir hasta la cabaña de Alexander y refugiarse en ella por unas horas, confiando en que alguna vez volverían a verse. Sabía que no le quedaba más que esperar y ver si sobrevivía o sucumbía.

Intentaba ocupar su mente en otra cosa que no fuera Alexander, pero el hilo de sus pensamientos volvía de inmediato a tejer terribles y enmarañadas reflexiones. A veces, se quedaba dormida en el camastro que compartía con Ivanov y se despertaba agitada, temblando y bañada en sudor presa de algún terrible sueño, con la mirada fija en las pequeñas ventanas de la cabaña. Otras, se quedaba tendida en la hamaca del corredor de su casa, dejando que el pegajoso aire nocturno la cubriera, hasta que la luna se elevaba en el cielo cubierto de estrellas que brillaban como si fueran pequeños diamantes. Parecían burlarse de ella con su vivaz chisporroteo. Luego, entraba a la casa y se movía sigilosamente como si fuera un alma en pena, cuidando de no despertar a Daryna. Entonces, una parte de su mente quedaba a oscuras, mientras que la otra solo podía pensar en Alexander. En aquellos momentos, tragaba saliva, sintiendo de pronto reseca la garganta y agarrotado el estómago de dolor.

Una noche, cuando la luna estaba ya lo suficientemente alta para penetrar por la ventana y hacer que su luz de plata iluminara el interior de la casa, vio acercarse por el sendero a Juan con pasos firmes y una expresión animada y relajada. Le informó que Alexander había despertado y que, a pesar de hallarse aún convaleciente, se recuperaría. Kataryna emitió un suspiró de evidente alivio al tiempo que demostraba una emoción desmedida muy poco característica. Luego de aquel afortunado anuncio, visitó la cabaña con mayor afán, esperando el día en que pudiera volver a reencontrase con Alexander.

II

 A primera hora de una mañana de lo que prometía ser un día sofocantemente caluroso de pleno verano, ingresó con pasos lentos y cansinos a la cabaña. Paseó la mirada por el sitio con la absurda esperanza de que Alexander estaría en algún rincón esperándola. Pero como otras tantas veces no halló nada. Suspiró desanimada, su corazón se encontraba envuelto en una densa incertidumbre que no le daba un minuto de sosiego. Las dudas la corroían, cubrían sus días de desmedidas aflicciones y sus noches de intenso agobio. Pensaba que luego de la terrible experiencia por la que Alexander hubo atravesado, había decidido enrumbar el curso de su vida hacia su familia, hacia su esposa. Por lo que en aquella ecuación no figuraba ella. Se sentía molesta con ella misma por haberse dejado dominar por la presencia y la personalidad de aquel hombre, que no estaba dispuesto a darle nada, solo unos encuentros clandestinos en una cabaña en medio del bosque.

Era en aquellos momentos en que sacudía la cabeza y suspiraba pesadamente en un intento por pensar racionalmente y olvidarse de Alexander y seguir con su incierta vida, pero le era completamente imposible. Pensaba que algo ocurría en su interior, algo nuevo, algo peligroso, nocivo. Alexander era algo así como un arbusto ponzoñoso que había echado raíces, que había crecido y que se extendía en todas direcciones dentro de ella. Algo así como una enredadera que la rodeaba, que la cercaba y la sofocaba, pero a la vez, contradictoriamente la avivaba.

Se dirigió a la cocina y preparó algo de café, la mañana era clara y aún el aire era fresco, pero no permanecería de aquella forma por mucho tiempo. Los últimos días del verano eran los más cálidos, como si la naturaleza deseara desbordar su calor sobre el bosque antes de marcharse y suspender al mundo en un suave letargo.

Se sentó en el sillón con el pocillo en la mano. Tenía las ideas revueltas, confusas y dando bandazos en su cabeza como si se hallara en una carreta tirada por bueyes. Detestaba sentirse de aquella forma, detestaba que un hombre le arrebatara la quietud, el sosiego. Pero le gustara o no debía reconocer que la afectaba profundamente.

Sorbió un poco de café, cerró los ojos y pensó en Igor. Hacía bastante tiempo que no recibía noticias suyas. Al principio le escribía una escueta nota cada semana, pero las comunicaciones se hicieron cada vez más esporádicas, hasta que desaparecieron por completo hace tres semanas. No tenía idea de la situación de su esposo o de los planes que tenía. De lo que sí estaba segura era de que aparecería por la hacienda tarde o temprano.

Oyó el pestillo y abrió los ojos sobresaltada. Se puso de pie de un salto como si algún resorte la impulsara. La puerta se abrió y observó la figura de Alexander en el umbral la puerta. La expresión de alegría y de asombro de Kataryna fue infinita, pero no pudo moverse. Alexander ingresó a la cabaña y cerró la puerta. Llevaba una especie de bastón con el que se ayudaba a caminar, cojeaba levemente de la pierna izquierda. De pronto, Kataryna se sintió agitada, su corazón latió acelerado y la garganta se le contrajo, abriéndose y cerrándose, en un dulce regocijo. ¡Alexander estaba bien! Se veía bastante bien considerando lo ocurrido. Pero extrañamente, permanecía indiferente.

 Alexander se detuvo a pocos metros de Kataryna y le sonrió, la miró con expresión tranquila y solemne, sin mostrar desmedida emoción. Y como si Kataryna acabara de recibir un baldazo de agua fría, se sintió de pronto completamente fuera de lugar, usurando un lugar que no le correspondía, cuando el propietario parecía incómodo con su presencia. Kataryna sonrió algo avergonzada y nerviosa. Tuvo completa consciencia de que se sintió defraudada. Había fantaseado infinidad de veces con ese reencuentro y nada la había preparado para aquel pasivo y casi indiferente recibimiento. Kataryna cambió su avergonzada sonrisa inicial por una mirada cautelosa. Hubo un silencio embarazoso a través del cual se oyeron solo los sonidos del bosque. La mujer de cabellos rubios sintió en el pecho un dolor tan agudo, tan físico, y pensó por un instante que se trataba tal vez de un ataque cardiaco.

_Lo siento, no debía venir_ se excusó bajando la mirada_ pero me alegra mucho verte en pie.

Alexander dio unos pasos en dirección a Kataryna, el bastón emitía sonidos sordos contra el piso de la cabaña.

_No tienes que disculparte, te dije que podías venir cuando quisieras.

La sonrisa avergonzada había vuelto a aparecer en el rostro de Kataryna.

_No necesitas ser amable. Creo que no esperabas verme aquí_ dijo sintiendo la súbita e insensata urgencia de salir corriendo.

Lo miró fugazmente, pero ella no pudo interpretar en la expresión de su rostro lo que sus palabras le habían causado. Alexander era un hombre terriblemente desconcertante y complicado.

Alexander se situó frente a ella, si levantaba la mano podía tocar su rostro.

_Me alegra mucho haberte encontrado aquí_ dijo mirándola fijamente a los ojos y sonriendo de soslayo, como si se tratara de una marioneta al cual el titiritero obligara a sonreír tirando de unos hilos unidos a las comisuras de sus labios.

Kataryna lo observó con la boca entreabierta y el ceño fruncido, confusa.

_Pues no parece_ le increpó ella.

Alexander acercó su boca a la oreja de ella, dirigiendo sus pensamientos hacia el interior de la cabeza de Kataryna, con una voz espesa y grave, la clase de voz que usaba siempre con ella.

_Nunca te engañé Kataryna, y tampoco pienso hacerlo ahora. Tal vez no sea la clase de hombre del que se escribe en las novelas románticas, aquel que corre desesperado a los brazos de su amada, pero en verdad me alegra verte.

El corazón de Kataryna palpitó acelerado, tenía los ojos muy abiertos y la mirada suplicante. Alexander se separó un poco de ella y le acarició el rostro.

_ Quiero volver a estrecharte entre mis brazos si así lo deseas_ dijo en tono sereno pero sus palabras surgieron con una seguridad aplastante como una roca lanzada desde una catapulta.

Kataryna abrió la boca para responder, pero pareció quedarse sin habla y no salió ningún sonido de su boca.

Alexander se hallaba consciente de la forma en que se entretejían sus procesos mentales y su cuerpo físico. Sentía la mente desempolvada y limpia, con las ideas claras, como si acabara de renacer.

Kataryna lo miró abriendo mucho los brillantes ojos, estaba helada con una expresión de incredulidad en el rostro. Estaba casi segura de que Ivanov le pediría terminar con aquella absurda relación y ahora ocurría todo lo contario. Alexander se acercó despacio a ella estudiando sus reacciones. Se inclinó y la besó con urgencia.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (fragmento)

IV

Iván Ivanov era un joven de dieciocho años, de estatura mediana, de ojos azules como los de su padre, iluminados con un perpetuo destello de curiosidad. De cejas levantadas y hoyuelos en la comisura de sus labios. Ladeaba la cabeza de forma peculiar cuando sonreía y siempre llevaba en la mirada una expresión mesurada, tranquila y bondadosa. Su frente ancha era como una ventana abierta a través de la cual enfocaba sus pensamientos hacia todo aquel que quisiera conocerlo. De aire despreocupado que se transformaba fácilmente en armoniosa afabilidad. Su buen humor se mantenía inalterable. Era perspicaz y de memoria eidética. Muchas veces su comprensión y el discernimiento de las personas y las cosas rodeaban la lógica de su pensamiento y procedían directamente de su corazón. Era compasivo, espontáneo y dulce, en otras palabras, un alma que se acercaba mucho a la superioridad.

Iván advertía que el corazón de su padre era insondable, tan profundo, tan enigmático, que difícilmente llegaría a alcanzar sus profundidades, su esencia, comprender sus ideas, y sus sentimientos. Sabía que jamás llegaría a desentrañar sus misterios, pero se sentía conforme con ello. El descenso hasta el alma de su padre era infinitamente dificultoso, porque el sendero que conducía a sus emociones era resbaladizo y muchas veces Iván sentía temor de deslizarse hacia aquel abismo que consideraba muchas veces pantanoso y turbio. Pero se mantenía constante, se dejaba conducir por su instinto. Una escasa luminosidad a veces se dejaba filtrar desde alguna grieta en el espíritu de su padre, que lo conducían lentamente hacia él. Así iba descendiendo poco a poco, con cautela, con esperanza y sin claudicar jamás de su objetivo, conocer a su padre, aprender a comprenderlo y acercarse a él.

Iván entendía a pesar de su escasa experiencia de que todos los hombres tienen pesadillas, pero que la mayoría de ellos saben gobernarlas. No obstante, aquello no sucedía con su padre, por el contrario, se dejaba conducir y gobernar por ellas. La paternidad demandaba la mayor de las habilidades para crear una obra de arte a partir de unas pocas pinceladas. Y desde luego Alexander Ivanov no se consideraba por completo un artista.

Su hermano Yuri Ivanov, de diecinueve años, era por mucho su personaje antagónico. Alto, de hombros anchos, rostro agraciado. El cabello de un fino color castaño claro. Los ojos pardos escrutadores coronados con unas cejas espesas y atractivas. Dibujaban sus labios una sonrisa a veces pétrea, otras amarga. Carecía de la habilidad de su hermano Iván para formar vínculos de empatía, para entender las necesidades espirituales de todo aquel que no fuera su madre. Al mismo tiempo, celebraba su intolerancia como prueba de sus convicciones. Era de carácter irreflexivo e impulsivo. Las decisiones que a lo largo de su existencia tomara su padre, desencadenaron en Yuri una serie de acontecimientos que lo arrastraron a las profundidades de un abismo colmado de animadversión y resentimiento. Se sentía como uno de esos antiguos caños de cobre que se van oxidando por el paso del tiempo y las sustancias químicas. Sus emociones apenas podían pasar por las pequeñas hendiduras, como si se trataran de filtraciones de agua turbia y llenas de grumos. El caño se iba taponando, amenazando con explotar en cualquier momento y esparcir todo el contenido de rencor y dolor que se había estado acumulando durante años de indiferencia y abandono moral.  Jamás vio a su padre como todo niño debía verlo: noble, integro, trasparente y perfecto, sino como a través de un vidrio sucio, turbio e impreciso, como si los ojos a través de los cuales lo observaba lo asomaban a una realidad perturbarte, enfermiza, llena de remolinos y revuelos. Como cuando se mira un río que arrastra deshechos luego de una tormenta.

Yuri sentía una mezcla detonante de emociones negativas hacia su padre: rencor, displicencia y un alto grado de desdén que sofocaba lo mejor que podía. Lo acusaba de la tristeza de su madre mientras lo amenazaba mentalmente con su dedo admonitorio. A veces sentía la ira subiendo por su garganta como si se tratara de un líquido viscoso y caliente, que en cualquier momento llegaría a alcanzar el punto de ebullición y terminaría salpicando por todas partes. Su mente parecía un gran lienzo con un gran agujero quemado en medio. La repulsión hacia su padre se fue acrecentando cuando encontró mucho que cuestionarlo, pero poco para enaltecerlo. Su asco se hizo más intenso cuando descubrió los abandonos, las indiferencias, las infidelidades.

Nadia era una joven de dieciséis años, delgada, de noble semblante. Sus cabellos castaños formaban ensortijadas cascadas que caían sobre sus menudos hombros. Con ojos pardos serenos y brillantes. Los labios rojos contrastaban marcadamente con la palidez de su rostro. Figura delicada de caderas estrechas casi ausentes. Casi siempre empleaba un tono de voz suave y fluido con un leve atisbo de ánimo al hablar. Se parecía físicamente a su madre, los mismos ojos, la misma nariz, pero denotaba mayor serenidad y profundidad de sentimientos. Completamente carente de prejuicio y egoísmo. Intentaba evitar presenciar los cada vez más impetuosos intercambios de criterios entre sus padres y más aún, evitaba tomar partido por uno de ellos. Porque con cada disentimiento, se templaba mucho más la enmarañada trama de aquel matrimonio, y estaba casi segura de que uno de aquellos días terminaría rompiéndose del todo.

 Oleg el menor de los hermanos, contaba con siete años. De figura enjuta y menuda, casi esquelética. Sus pantalones cortos dejaban vislumbrar sus delgadas piernas que asemejaban dos palos. Sus cabellos rubios casi blancos formaban un casco de apretados rizos. Bajo el macizo de cabellos ensortijados se esbozaba una frente ancha que en la adultez le conferiría cierto aire de erudición. En su mirada se mezclaba la fascinación y la inocencia propias de la infancia. Una sonrisa se dibujaba en sus labios en forma habitual, pero cuando contraía el labio superior dejaba al descubierto dos espacios oscuros y vacíos que le conferían cierto aspecto jocoso. Arrugaba la nariz en un modo bastante ostensible en lo que su madre consideraba un tic nervioso. Era despreocupado, casual y espontáneo como todo niño. Entretenía, rebosaba entusiasmo. Recorría cada rincón de la hacienda cuando no estaba en la escuela. Animado soltaba estridentes risotadas acompañadas de un revoloteo de manos a la altura de la cabeza de forma extravagante. Amaba a su padre, aunque no comprendiera la mayoría de las veces su comportamiento errático y distante.

V

El sol lucía lúgubre bajo las nubes de bordes anaranjados y grises cuando los hombres irrumpieron en la Casa Grande, cargando el magullado cuerpo de Alexander.  Parecía que el cielo estaba en sintonía con el hombre herido de muerte que cargaban.

Galina se dejó caer en uno de los sillones de la sala sin mostrar emoción alguna, al tiempo que los hombres tendían a Alexander en la cama, para luego retirarse en silencio con la mirada gacha y pesarosa.

Yuri se situó cerca a su madre, sus ojos brillaban, sintió una punzada de satisfacción como una llama encendida, mientras pensaba que su padre se lo tenía bien merecido.

Juan se aseguró de que Alexander estuviera cómodo y de inmediato salió de la casa, tomó un caballo y galopó como el viento al tiempo que Iván caminaba con pasos apresurados y expresión alarmada e inquieta hacia la habitación en donde acomodaron a su padre.

Nadia observó desde el umbral de la puerta con la mirada turbada.

Oleg vacilando se acercó a su hermana. Su pequeño rostro estaba pálido y asustado, la boca abierta y los ojos inertes de terror.

_ ¿Se podrá bien? _ preguntó a su hermana con voz aguda. Sus labios siempre sonrientes se encogieron hasta tomar la apariencia de un pimpollo.

Nadia lo apremió a guardar silencio con un gesto de su mano.

El médico llegó minutos después y tras auscultar al herido, no concedió muchas esperanzas de recuperación, a pesar de que los indígenas habían conseguido detener las hemorragias con una mezcla de medicina ancestral y sus rezos a Tupá[1].

El herido profería sonidos ininteligibles y entrecortados. El sudor le recorría el cuerpo, estaba pálido, y demacrado. Mantenía los ojos cerrados y los labios abiertos.

Cuando el médico se retiró, Nadia y Oleg entraron a la habitación en silencio. La muchacha fue a arrodillarse en un rincón e hizo que el niño también se arrodillara a su lado. Oleg no dejaba de temblar he imitar a su hermana cuando se santiguaba. Nadia se mordía los labios e intentaba contener las lágrimas. Después de todo su padre aún seguía vivo.

Un Pope[2] de cabellos blancos cuyos mechones disparaban en todas direcciones apareció en el umbral de la puerta una hora después. Se había presentado para otorgarle al herido la extremaunción.

Alexander se hallaba inmerso en una especie de denso delirio incapaz de percibir lo que ocurría a su alrededor.

_No se moleste en concederle el perdón_ dijo con frialdad en el corazón Galina desde el umbral de la puerta_ él no es creyente.

El sacerdote la observó con extrañeza, pero de inmediato siguió son sus rezos.

Galina dio media vuelta y regresó hasta el sillón que había estado ocupando. Tenía una expresión flemática y seca. Su egoísmo y epicureísmo emergieron de inmediato, preguntándose cómo afectaría la muerte de su esposo a su bienestar económico. Por lo que no fue una sorpresa que Galina no se uniera con gran entusiasmo a la perturbadora aflicción general por el desafortunado incidente del que fue objeto Alexander. Su presunción y su orgullo la habían convertido en insensible y egoísta. Se mantuvo en aquel increíble estado de codiciosa ambición durante todo el tiempo en que Alexander estuvo entre la vida y la muerte.

Cuando el sacerdote terminó de ofrecer los sacramentos al herido, Iván volvió al lado de su padre.

_Yo cuidaré de él_ dijo con voz firme_ será mejor que salgan de la habitación, mi padre necesita descansar.

Nadia y Oleg dejaron el cuarto luego de depositar un beso en la mejilla de su padre. Nadia seguía mordiéndose el labio mientras que Oleg sollozaba quedamente.

Iván cuidó de su padre con una dedicación extraordinaria, asegurándose de mantener la fiebre a raya, mojando sus labios con agua para mantenerlo hidratado, cambiándole la ropa y suministrándole sus medicamentos.

Galina se desatendió por completo de la salud de su esposo, esperando que Iván apareciera en cualquier momento para informarle de que Alexander había muerto.

 Mientras, en la oscuridad de las noches en vela, Iván oía la respiración ansiosa y entrecortada de su padre, y un quejido sordo que lo perturbaba. Mantenía los ojos cerrados casi todo el tiempo, pero de tanto en tanto los abría y murmuraba palabras ininteligibles. Eran en aquellos momentos en que veía sus ojos hundidos, que parecían dos canicas azuladas de cristal fracturado y opaco. A veces parecía surgir un pequeñísimo brillo en ellos y una sonrisa de alivio. En seguida volvía a cerrarlos y la sonrisa desaparecía dando paso de nuevo a la respiración agitada.

Cuando después de casi dos semanas Alexander despertó de la más larga de sus pesadillas, Iván estuvo allí para ayudarlo a incorporarse sobre las almohadas. Alexander se veía bastante delgado y adolorido, pero había recuperado el color en sus mejillas.

_ ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? _ fue lo primero que Alexander preguntó.

_Catorce días_ respondió el joven con evidente alivio al ver que su padre estaba consciente y hablando coherentemente.

Alexander se llevó una mano a la frente en una expresión de sorpresa. Había deseado con tanto fervor estar muerto, pero el universo seguía confabulándose en su contra. Pero ahora que se hallaba despierto se sentía en cierta forma satisfecho de seguir vivo. Como si al fin comprendiera que, a pesar de sus deseos, a pesar de lo que hiciera, estaba destinado a esperar el momento justo, a esperar su hora. Llevaba con él una cierta tranquilidad de espíritu que hasta aquel momento no había logrado conseguir.

_Estábamos preocupados por ti_ dijo Iván.

Alexander intentó incorporarse, pero las laceraciones en el lado derecho se lo impidieron. Se dejó caer pesadamente sobre las almohadas con una terrible mueca de dolor.

_No te apresures papá, ve despacio, acabas de despertar.

Alexander observó los ojos bondadosos y preocupados de su hijo y asintió agradecido.

Le llevaría otros dos días dejar la cama y otra semana en dejar la casa y ocuparse de la hacienda. Los daños que le ocasionaron las heridas sanaron por completo, pero dejaron huellas indelebles en su cuerpo, que se sumaron a las ya existentes.


[1] Tupá: en guaraní dios.

[2] Sacerdote de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

Historias Entrelazadas (fragmento)

II

Durante todo el día Kataryna se había sentido atormentada por pensamientos perniciosos y desmoralizadores. Por más que intentaba sacudirse las imágenes perturbadoras que agitaban su mente, regresaban a ella una y otra vez sin posibilidad de librarse de ellas. Un fuerte nudo se le había alojado en la garganta apenas Alexander y sus hombres habían dejado la hacienda, y que con el trascurso del día se había trasformado en algo parecido a un pesado trozo metálico que le dificultaba la respiración.

La noche había caído sobre aquella parte del mundo y las brillantes estrellas tomaron el lugar del sofocante sol. La luna llena despedía su macilenta luz sobre el campo cuando Kataryna se sentó en una hamaca en el corredor de la casa. Se impulsó con los pies y se meció con suavidad intentando que el suave movimiento de vaivén la relajara.

La frenética actividad de Daryna durante todo el día no le había permitido un minuto de descanso. Si no la llenaba de curiosas preguntas, cuestionaba todas sus órdenes al tiempo que saltaba y corría sin descanso por toda la casa seguida de su peludo amiguito. Al fin del día, el cansancio la había vencido y se había quedado dormida. Ahora podía disfrutar de algún tiempo de silencio.

Sobaka giraba sobre sí mismo en círculos cerrados y rápidos persiguiendo su propia cola bajo el cielo estrellado. Al parecer aún tenía suficiente energía que gastar. Mientras observaba al perro jugar, recostó la espalda en la hamaca y levantó los pies del suelo, cerró los ojos y suspiró.

Desde que Igor se fue, las cosas habían mejorado para ella. Ya no vivía inmersa en la incertidumbre, esperando que en cualquier momento él llegara borracho y la sometiera como decenas de veces, o intentara matarla como la última vez.

 Alexander le había enseñado un mundo completamente desconocido para ella. Un mundo en el que era correcto tener ilusiones, deseos y aspiraciones. Aunque sabía con certeza de que él no la amaba, al menos no de la forma en que había amado a Tatiana, apreciaba el tiempo, el cariño y el interés que Alexander le otorgaba. Su afecto había alcanzado el corazón escondido y malherido de ella, lejos de su patria, brutalmente separada de su estirpe, de su cielo de sus campos y su familia. Su afecto había limado el encallecimiento de su alma, había ahogado el fuego de su espíritu.

Él no le había hablado mucho de Tatiana. Había impuesto un límite inexpugnable en cuanto a aquella parte de su pasado se refería. La curiosidad por ver su fotografía escondida en el guardapelo del cual no se separaba nunca la importunaba constantemente, pero aquello no le concernía y, sobre todo, debía respetar los deseos de privacidad de Alexander. A veces, lo veía sumirse en la melancolía y la tristeza y en aquellos momentos ella se alejaba concediéndole algo de espacio, aguardando a que emergiera de sus más lúgubres tinieblas. Era como si entrara de un estado de trance, como si saliera de su cuerpo e ingresara a otra realidad. Kataryna estaba casi segura de que, durante aquellos trances, Alexander pensaba en Tatiana.

Galina y sus hijos también representaban una profunda culpa en ella, que en la mayoría de las ocasiones la atormentaba. Intentaba encontrar una excusa diciéndose a sí misma que Alexander y Galina ya estaban separados antes de que ella llegara a su vida, pero los hijos no encajaban en aquella pueril excusa. Podría pensar que merecía un poco de tranquilidad, algo de respeto y aprecio después de años de maltratos y carencias, que era “justo” que lo tuviera. Pero, por otro lado, ¿acaso no era justo que Galina y sus hijos tuvieran todo el amor y la comprensión de Alexander?

Pero ¿qué es la justicia? Y ¿Quiénes pueden impartirla? La auténtica justicia solo la imparten las personas admirables, dotadas de humildad y piedad, de sensatez, discernimiento y desinteresada comprensión. Y a pesar de que Kataryna era una persona sensata, desprovista por completo de soberbia o vanidad, distaba mucho de ser un ser superior y en muchas ocasiones se dejaba llevar por las pasiones humanas. La mayoría del tiempo se hallaba en una constante lucha interna, con una mezcla de sentimientos encontrados. A veces le repugnaba la indiferencia que sentía con su egoísta proceder, otras, se llenaba de emociones tortuosas de culpabilidad, al mismo tiempo que su espíritu atormentado por tantos años, parecía atravesar un periodo sosegado y sereno. Su dilema estaba entre la felicidad y la desdicha, entre lo importante y lo frívolo, entre lo justo y lo improcedente. Las emociones humanas eran algo enigmático y misterioso que muchas veces no podían ser analizadas en los hechos, sino en los sueños, las ilusiones y las fantasías.

Se incorporó de nuevo con otro profundo suspiro. Apoyó los pies descalzos sobre el suelo y volvió a mecerse, al tiempo que su mente divagaba por diversos escenarios posibles: el regreso precipitado de Igor y los problemas que aquello representaría, la espantosa sensación de que algo le había sucedido a Alexander, el dolor que su relación con Alexander pudiera causarle a Galina y sus hijos, la tristeza y la desolación acumulados en ella.

Al parecer Sobaka al fin había llegado al límite de sus fuerzas y yacía enroscado sobre sí mismo durmiendo.

Observó el vasto campo frente a ella, la luz amarilla de la luna parecía marcar un lánguido sendero sobre el cultivo, como si le intentara señalar alguna ruta, alguna trayectoria.

Pensó de nuevo en Alexander y en cómo se encontraría. Había salido de la hacienda hacía casi diecisiete horas y no había noticias de él o de alguno de sus hombres. El nudo en la garganta pareció retorcerse y apretar por unos segundos para luego aflojarse nuevamente. Aquella sensación infausta la agobiaba de nuevo, como fantasmas silenciosos que salían de su interior para atormentarla sin darle un solo respiro. Se llevó la mano a su rubio y largo pelo frotándoselo un par de veces en forma inquieta, para luego ponerse de pie, observar una vez más el sendero de luz desvaído que la luna proyectaba sobre el campo y después ingresar a la casa.

Pasó el resto de la noche nerviosa y agitada, hasta que el gorjeo de los pájaros la despertaron antes de que el sol empezara a levantarse por el este. Algunos grillos aún emitían su estridente grillar cuando se incorporó en la cama. Se llevó una mano a la nuca y lo masajeó intentando apaciguar un terrible dolor de cabeza.  Sentía los hombros rígidos y entumecidos. Bajó los pies al suelo y se puso de pie lentamente, la cabeza le latía en un dolor sordo y retumbante. Se vistió despacio, se sentía cansada y algo desanimada. Daryna seguía durmiendo y tardaría aún unas horas en despertar. Decidió ir a la cocina y preparar algo de café. Encendió la cocina a leña y situó la tetera sobre la estufa. Salió al jardín y aspiró profundamente el aire fresco de aquella mañana veraniega, junto con las perfumadas flores de jazmín. El sol se levantaba por detrás de unas nubes, iluminando el horizonte con pinceladas naranjas, amarillas y violetas.

Su corazón golpeó con fuerza cuando avistó a Juan caminando con rapidez con dirección a la casa. Vislumbró en su mirada preocupación y una silenciosa y secreta señal que aseguraba conocer la verdad de lo que ocurría entre ella e Ivanov. En aquel momento pensó que había un abismo en la edad que figuraba en la partida de nacimiento de Juan y la que cargaba a cuestas como resultado de las desgracias, las responsabilidades y las obligaciones. Por un segundo se afligió por él, pero de inmediato aquel sentimiento dio paso a la desesperación.

Juan sintió la penetrante mirada de Kataryna clavada en él. Se veía turbada y confusa. Se detuvo frente a ella y la saludó con una leve inclinación de cabeza. Parecía cansado y desalentado. Se quitó las gafas, pasó la mano por la frente cetrina y se frotó los ojos. Llevaba una línea roja marcada en el puente de la nariz en el lugar en donde se apoyaba las gafas.

_ ¿Dónde está Alexander? _ peguntó Kataryna.

Su corazón latía tan fuerte que parecía escucharlo en sus oídos. Cruzó los brazos sobre su pecho, buscando de algún modo protegerse.

Juan se veía pálido y ojeroso, con la espalda levemente encorvada, se balanceaba casi imperceptiblemente de un lado a otro como si no fuera lo suficientemente capaz de mantener el equilibrio. Con las manos en los bolsillos traseros de su pantalón de faena, respondió:

_Está en la Casa Grande, muy mal herido.

Kataryna se llevó el dorso de la mano hasta su boca como si con ello pudiera impedir que se le escapara algún sollozo, luego apartó la cara hacia un lado como si rechazara contemplar aquella terrible noticia. Se dejó caer en la hamaca, aturdida. Un profundo abatimiento se apoderó de ella. Sin que interviniera su voluntad consciente, sintiendo que su corazón estallaría en cualquier momento, le preguntó si sobreviviría.

_Solo Dios lo sabe_ respondió Juan con pesar y desconsuelo.

III

Alexander Ivanov descendía con rapidez hacia el abismo de su inconsciente. Hacia aquel espacio entre la vida y la muerte, en dónde todo le parecía mucho más real, en donde su existencia parecía mucho más verdadera. Se encontró de pronto en un lugar sombrío y lúgubre. Un campo de batalla. Cuerpos de soldados muertos por todas partes. Tropezaba con ellos mientras intentaba avanzar. Sentía frío, tenía los pies descalzos, helados y entumecidos. A lo lejos oía el atronador sonido de los cañones. Estaba solo, parecía ser el único sobreviviente. Se sentía aturdido, atemorizado y horrorizado. Intentó gritar, pero de sus labios solo salió un murmullo ininteligible. Llevaba una expresión de perplejidad y agitación en el rostro y respiraba con dificultad. Oyó una voz que flotaba hasta él, como si llegara desde muy lejos. Una voz que reconocería en cualquier parte. Repetía palabras que se habían pronunciado en otro lugar, en otro tiempo. Una voz que lo confortaba, que lo sosegaba. Era una voz sedosa, apacible y relajante. Se oía como un eco lejano, rebotaba en su mente como un recuerdo anhelado. Una calurosa noche de verano, en alguna orilla escondida del río Moscova, unos ojos verdes y brillantes, el pelo cobrizo que caía como cascada sobre su rostro. Gemidos y jadeos que parecían cada vez más cercanos. La voz tenía aquella entonación suave y exquisita que él amaba.

_Estoy feliz de tenerte en mi vida_ susurró la voz muy cerca de su oído.

El río Moscova desapareció detrás de una densa capa de niebla y de pronto se encontró en medio de una espesa floresta. Frunció el ceño intentado recordar donde estaba. Oyó unos pasos anhelantes que se acercaba y entonces recordó. El invernadero de su madre. Oyó de nuevo aquella voz

_No te preocupes de eso ahora_ al tiempo que sentía unas suaves caricias en su mejilla.

El invernadero desapareció como por arte de magia y ahora se hallaba de nuevo en el campo de batalla. Los estruendos de los cañones volvían a oírse amalgamado con la confusión y el tumulto.

_Aún no llegó tu hora_ dijo la voz.

“Estoy cansado, deseo dejar de resistir”, quiso decir él. Quería explicar a la voz, pero no podía articular palabra.

_Prométeme que vivirás tu vida_ susurró la voz.

Antes de que él pudiera pensar en responder, se hizo silencio. Los ecos se apagaron. Buscó con la mirada en todas direcciones, intentando hallar de nuevo aquella voz, pero no tuvo suerte. Después de algún tiempo volvió a avanzar a tientas a través del campo, con la misma sensación de pánico y pesadumbre. Vio soldados despellejados por el fuego y el calor, con los cuerpos destrozados. Más adelante algunos de ellos estaban desollados. La piel de sus brazos, arrancados desde los codos colgaban hasta la punta de los dedos, como si de un par de guantes se tratara. Intentó gritar, con la esperanza de que la voz regresara y lo sacara de aquel horrendo lugar, pero de sus labios solo brotó un sonido ahogado. La voz se oyó de nuevo pero muy débil, como si hablara desde otro lugar, desde otro tiempo, como si se redujera al eco de otro eco. Luego desapareció de nuevo. La sensación de soledad y desesperación se acrecentó en su espíritu. Ahora se hallaba completamente solo y debía atravesar aquel lúgubre y tenebroso campo de batalla. Empezó a pensar que todo aquello no era un sueño, ni una alucinación. Era como si hubiera entrado al infierno por algún misterioso y estrecho pasaje que unía el mundo de los muertos con el mundo de los vivos. Y no tenía idea hacia donde se dirigía. Los recuerdos regresaban, inquietantes y perturbadores. Parecían fantasmas vacilantes que lo atravesaban, se colocaban frente a él, lo rodeaban en una formación tétrica. Llenaban sus ojos de recuerdos del pasado. Había una lucha, un arma blanca y la herida zigzagueante en su rostro. ¿Quién lo había herido? No lo recordaba. Después vio fuego, una bola de fuego increíblemente calcinante que devoraba el bosque, los soldados gritaban y corrían despavoridos en todas direcciones, al tiempo que un violín zumbaba enajenado. Se vio a si mismo tendido en el suelo sosteniendo el guardapelo, esperando a que la muerte lo alcanzara al fin. Oyó la voz de nuevo, la voz que conocía tan bien.

_ ¡Levántate! _ lo apremió.

El campo de batalla se iluminó de pronto. Pensó que estaba en un sueño dentro de otro sueño. La luz se hizo tan fuerte que lo cegó por completo por unos instantes. Toda aquella experiencia resultaba demasiado delirante, demasiado onírica. La luz desapareció de pronto, dejando sólo un par de motas oscuras en su retina, las que desaparecieron poco después. El brillante color de la luz dio paso al color anaranjado del crepúsculo en una tarde tibia en Moscú. Ya no estaba en un campo de batalla, sino en una habitación de hotel, parecía que observaba a través de una película brumosa, algo así como si viera a través de una ventana sucia. Ahora oía de nuevo la voz, cerca, como si estuviera detrás suyo. Unas manos acariciaron su torso desnudo, mientras él entonaba “Enebro, enebro mío”.  Aquellas manos lo llenaron de dicha, de placidez. Giró sobre sus talones y vislumbró una silueta brillante, radiante, que al principio carecía de rostro, pero sabía perfectamente de quien se trataba. Se movía a su alrededor, se inclinaba sobre él. La silueta parecía un ángel, su propio ángel guardián. Su rostro empezó a aclararse lentamente. Vio a Tatiana que se inclinaba sobre él y susurraba con voz clara, al tiempo que le regalaba aquella sonrisa que él tanto amaba.

_Aún no es hora Alex. Aún te queda mucho por vivir.

Se alejó de pronto de espaldas sin dejar de sonreírle, como si flotara sobre la densa neblina de sus recuerdos. Enseguida vio a su padre, caminaba de un lado a otro molesto, colérico. Alexander le suplicaba que dejara todo y escapara a Francia. Su padre se negó rotundamente a hacerlo y declaró con vehemencia que no abandonaría sus posesiones a manos de unos viles extremistas. Vio otros rostros, oyó otras voces, que se aproximaban cada vez más. Ahora estaba en la casita en la que había pasado sus últimos días Tatiana. Aquel recuerdo lo consternó, lo llenó de desasosiego. Caminó con pasos lentos hacia la habitación. Sintió temor, vaciló un par de veces, su corazón latía con fuerza. Sintió que el sudor corría por su frente. Se detuvo frente a la puerta de la habitación, estaba a punto de abrirla. Pronto deseo dar media vuelta y echar a correr, evitar ver lo que con certeza encontraría detrás de aquella puerta. Quería internarse en la oscuridad en donde no veía, en donde no sentía nada. La oscuridad no era algo bueno, pero era mejor que aquella sensación de angustia, de aflicción y de pérdida inminente. Se volvió de espaldas, allí estaba la oscuridad absoluta. Negro, la ausencia de memoria, negro, el color del no querer recordar, el lugar que sospechaba era el olvido, la muerte. El lugar en el que estaba Tatiana. Pero aquello no tenía sentido, sabía que si empujaba la puerta hallaría a Tati con los ojos hundidos en sus cuencas, demacrada, agonizante. No comprendía porque debía rememorar los acontecimientos más dolorosos de su existencia. No entendía porque lo atormentaban como fantasmas diabólicos. La casa se desvaneció a su alrededor como si fuera el truco de un gran prestidigitador. De pronto se encontró de nuevo en el bosque acechado por los yaguaretés. En un abrir y cerrar de ojos se abalanzaron sobre él. Sintió de nuevo el dolor agudo de unos zarpazos, la tibieza de la sangre que se escurría de su cuerpo y el sabor metálico de la sangre en su boca. Deseó de nuevo estar muerto. Tatiana se materializó delante de él, sus ojos verdes brillaban y su pelo cobrizo parecía danzar alrededor de su rostro angelical. Llevaba un vestido blanco que parecía flotar en el aire. Levantó la mano como si intentara acariciarlo. El zafiro en su dedo emitió un destello.

_Esperaré por ti hasta que sea el momento, pero ahora debes regresar_ susurró mientras se inclinaba sobre él y lo besaba en los labios.

La sensación de desasosiego recrudeció más fuerte, más intensa, y estaba asociada con Tatiana, no quería que desapareciera, no quería volver a quedarse solo. Volvió a mirar el lugar oscuro, quiso internarse en él para evitar aquella sensación desesperante, pero el lugar oscuro había desaparecido, en su lugar veía una pared borrosa y gris. Trató de enfocar la mirada y descubrir algo más. Veía todo a través de una película algo brumosa. Intentó mover la cabeza a la izquierda, pero de inmediato sintió un agudo dolor en el pecho. Esto pareció despejar un poco su mente abotagada. Se llevó la mano derecha a los ojos y se los frotó un par de veces. Tanía la garganta seca y los labios cuarteados. Intentó humedecerse los labios con la lengua, pero también la tenía seca. Ajustó los ojos e intentó mover la cabeza de nuevo a la izquierda esperando sentir aquel lacerante dolor en el pecho. La tenue luz del amanecer apenas iluminaba la estancia. Observó una silueta desdibujada despatarrada en una silla de uno de los rincones de la habitación en donde se encontraba. Frunció el ceño intentando enfocar la vista. Segundos después, la silueta cobró forma y pudo ver a su hijo Iván. La lucidez pareció entrar en su mente como un torrente de agua helada. Estaba en su habitación, en la Casa Grande. Al volver en sí se sintió como si surgía de entre los escombros, destrozado y abatido. Dentro de él, bullía una mezcla de emociones de lo más extrañas: amor, desasosiego, desilusión, pesar, y la soledad profunda que sólo aquellos que han deseado la muerte y no la consiguieron conocen. Por alguna inexplicable y extraña razón seguía vivo, a pesar de su ferviente deseo de estar muerto. Algo, alguna fuerza sobrehumana que algunos llaman Dios había decidido seguir atormentándolo no sabía por cuánto tiempo más.

Historias Entrelazadas (Fragmento)

Oberá, diciembre de 1934.

I

Alexander había encontrado una solución temporal para mantener alejado a Igor el mayor tiempo posible. Lo había conseguido transferirlo a otra hacienda muy distante para que trabajara como capataz mientras encontraba una solución permanente. La distancia lo mantendría alejado de Kataryna por un largo periodo. Igor aceptó el traslado con desconfianza, algo en su interior le seguía diciendo que Ivanov había echado el ojo a su esposa, y tal vez algo más, pero por el momento se conformó con el incentivo económico que recibiría. Aquel nuevo trabajo le ayudaría a ahorrar el dinero que necesitaba para pagar su pasaje de retorno a Ucrania.

Mientras tanto, los encuentros entre Alexander y Kataryna era mucho más constantes. A pesar de la serenidad y la quietud que Alexander experimentaba al lado de Kataryna aún pensaba en Tatiana casi a diario. Generalmente durante las largas horas vacías de la noche en que recordaba con exactitud las facciones de su rostro, los detalles de su piel y el sonido de su voz. Aún la amaba y tenía la certeza de que nunca dejaría de amarla. Aunque podía aprender a vivir con lo que experimentaba con Kataryna, tal vez no era feliz, pero se acercaba a ello.

Ahora que Igor había dejado de ser un problema, al menos de momento, había otra cosa que le preocupaba. Algunos de sus trabajadores habían manifestado haber oído lejanos rugidos y encontrado huellas de yaguareté[1] en el bosque, que se acercaban peligrosamente al ganado.

El felino, al que se le consideraba el rey de la selva sudamericana, se mantiene alejado de las poblaciones y evita a la gente, por lo que aquel comportamiento extraño alertó de inmediato a Alexander. El robusto animal era capaz de cazar al ganado y con sus fuertes mandíbulas podía arrastrar a un toro por varios metros.

Organizó una expedición, pensaba rastrear cada palmo del bosque, hasta dar caza al animal. Congregó a cuatro capataces de su total confianza entre los que se encontraba Juan, su mano derecha, además de dos indígenas familiarizados con los bosques y las costumbres de los Yaguaretés.

El primero de los hombres era corpulento y el abdomen se le escapaba por encima de la cinturilla de su bombacha de gaucho. Ancho de hombros y con unos brazos como troncos. Se estaba quedando calvo, pero se aseguraba de cubrir su cabeza con un sombrero. Tenía un aire lacónico que resultaba inquietante, mientras tomaba mate de un jarro enlosado.

El segundo, era delgado pero atlético y acababa de recortarse el bigote espeso y canoso. Parecía haberse peinado para atrás con una especie de gomina, dejando al descubierto su vasta frente. Llevaba unas gafas de montura negras y enormes, y al hablar le temblaban levemente los labios como si estuviera tiritando de frío.

El tercero, un hombre menudo y robusto provisto de una calva estilo franciscano y con un labio inferior que parecía estar anclado en una sonrisa extrañamente curvada, que le dotaba de una expresión algo amenazadora.

Los indígenas, no se diferenciaban mucho uno del otro, imberbes, altos con el pelo negro como la noche que le caían en cascada sobre los hombros, la piel cetrina y los ojos marrones muy expresivos. Cuando sonreían, lo cual resultaba ser muy frecuente, mostraban los dientes cariados, amarillentos y con protrusión. Uno de ellos respondía al nombre de Arapy[2], mientras que el segundo respondía al nombre de Vy’a [3]

Juan se caló el sombrero de cuero hasta las orejas cubriendo por completo su frente cetrina. Se ajustó el lente sin monturas sobre el puente de la nariz y se dispuso a cumplir las órdenes de Ivanov que en ese momento se hallaba repartiendo las armas sobre una deteriorada mesada de madera que otrora fuera utilizada para las faenas de vacunación del ganado. Debajo crecía hileras de malezas y hierbajos que acolchaban el suelo.

Cargaron en sus hombros cada uno con una escopeta, con excepción de los indígenas que prefirieron sus arcos y flechas. Alexander pensó que sería conveniente llevar también una pistola y que lo más adecuado sería llevarla en una pistolera. La verdad no le gustaba metérsela a la espalda bajo la cintura del pantalón, como si se tratara de un asaltante.

Los siete hombres salieron cuando la luz del sol había adquirido el tono delicado y encantadoramente anaranjado de un esplendoroso amanecer de verano. Siguieron las pistas dejadas por el animal hasta el sitio en donde se alzaba la valla coronada de alambre de púas que delimitaba la propiedad. A lo largo de la valla, se sucedían postes a intervalos de unos tres metros. Alexander observó con profunda preocupación, las huellas que demostraban que el animal había estado merodeando, acechando al ganado con la intensión de cazar.

Los indígenas señalaron el camino que debían seguir y se pusieron en marcha poco después sorteando las altas hierbas a punta de machetazos. Vy’a y Arapy habían adquirido un estilo de rastreo escrupuloso, pero a la vez fastidioso, que los obligaba a detenerse constantemente analizando las ramas rotas y la hierba aplastada.

Dispuestos en fila india, con Vy’a y Arapy a la cabeza, le seguía el hombre de la sonrisa curvada. El cuarto en la fila era el de los brazos como troncos, le seguía el de aspecto atlético. Cerraban la fila en la retaguardia, Juan y por último Ivanov.

Se internaron en la espesura por un estrecho pasaje que los grandes árboles bordeaban, formando un increíble túnel natural apenas penetrable. La luz del sol atravesaba escasamente el verde techo de hojas de luminosidad tan viva, de colores tan puros y realzados. El serpenteante y enmarañado sendero iba subiendo una cuesta poco elevada al igual que el calor de la media mañana. Sendero invisible a los ojos poco adiestrados de los inmigrantes, pero que los indígenas reconocían fácilmente.

La verde penumbra era alegrada por el gorjeo de los pájaros, mientras los hombres aspiraban con fuerza el aroma de la tierra húmeda y del vibrante bosque atraída por la brisa intensa arrojada por la vegetación, olvidándose por unos segundos lo que los había llevado hasta allí.

Pasaron un par de veces junto a acumulaciones de ramas, y troncos caídos. Al parecer algún grupo de taladores ilegales había estado haciendo de la suyas por aquella parte del bosque y tuvieron que abandonar la madera apresuradamente. Quizás porque estuvieron a punto de ser descubiertos. Alexander sospechó que la deforestación podría haber empujado al Yaguareté a acercarse a la hacienda y sus alrededores en busca de alimento.

El sol, que ahora brillaba con voracidad entre el follaje colgante, evaporaba la humedad, se bosquejaba como uno de los días más cálidos y sofocantes de todo el verano.

Juan escudriñó entre los arbustos y los tronco caídos en busca de alguna pista que los llevara a los responsables. El sudor se les resbalaba por la cara y el cuello y le ardían los ojos. Se sacó las gafas y se pasó la manga de la camisa por el rostro en un intento por eliminar el sudor. Segundos después volvió a colocarse las gafas ajustándoselas sobre el puente de la nariz. Acto seguido, se acercó a una maraña de arbustos bastante espesa cuando un brillo peculiar llamó su atención. Su sombra se arrojó sobre las marañas de árboles caídos salpicados por las hojas. Se agachó y escarbó debajo de los arbustos. Enseguida se incorporó con un objeto metálico en la mano. Se acercó a Ivanov extendiendo la mano para que observara lo que sostenía.

Alexander frunció el ceño al mismo tiempo que toma un encendedor yesquero muy peculiar de la mano de Juan, era circular con grabados en forma de caracol en la parte frontal, cuyo combustible era la bencina, además sabía perfectamente a quien pertenecía.

_Al parecer Wozniak el polaco y sus hijos estuvieron por aquí_ dijo acariciando la particular pieza de plata.

El de la calva estilo monje se acercó de inmediato, le siguieron de cerca el corpulento y el de porte delgado pero atlético. Los indígenas decidieron inspeccionar los rastros que el animal había dejado cerca. Por el aspecto de las heces, el yaguareté había estado en aquel lugar hacía unas dos horas.

_Tendremos que ocuparnos de los Wozniak, o terminarán taladrando todo el bosque_ dijo el del porte atlético.

_Me gustaría ocuparme personalmente de ello_ dijo Juan con aire decidido.

Alexander vaciló por unos segundos, pensó que debía ocuparse personalmente de ese problema, pero luego decidió que Juan era perfectamente capaz de hacerlo por sí mismo. Asintió con un vaivén de la cabeza y le entregó el encendedor que le serviría de prueba.

Alexander confiaba plenamente en Juan, lo conocía desde que era niño y lo había educado e instruido personalmente. Lo quería como a un hijo. Tal vez mucho más según decía Galina.

 Juan agradeció con una significativa mirada la confianza que Ivanov depositaba en él. Respetaba y admiraba profundamente a Alexander, le recordaba a su amado padre quien había fallecido cuando él era apenas un niño.

El recuerdo de su padre le produjo a Juan un sentimiento de tristeza y soledad que intentó alejarlo de inmediato, no era momento de recordar aquella etapa desdichada de su vida. Intentó concentrarse en el bosque y sus sonidos.

La madre de Juan murió el mismo día de su nacimiento, por lo que fue criado por su padre, un obrero del puerto de Buenos Aires. Vivían en una casita de fachada estrecha y ventanas protegidas por barrotes verdes olivo. La puerta estaba reforzada con planchas de hierro y varios cerrojos, para resguardarse de los ladrones que pululaban como moscas. La casa tenía una apariencia de lúgubre fortificación militar, pero de todas formas amaba aquel lugar en donde había pasado su tierna infancia. Pero cuando apenas contaba con siete años la vida volvía a ensañarse con él. Su padre contrajo una enfermedad que lo postró en cama lo que obligó a Juan a dejar la escuela para cuidarlo y ocuparse de la casa. La enfermedad fue larga y dolorosa, durante aquellos años subsistieron solo gracias a la misericordia de los amigos incondicionales de su padre. Cuando le dio cristiana sepultura, gracias a la caridad de la iglesia, se quedó completamente solo y sin un centavo en el bolsillo, ya que su padre había adquirido una fuerte deuda, que el banco se encargaría de cobrarle. Una mañana cuando aún el cuerpo de su padre no había terminado de enfriarse en su tumba, recibió unos documentos. Con un temor que consideró después completamente premonitorio, desplegó el amarillento papel, vaciló por un momento y después recorrió la elegante caligrafía con los dedos como si de un ciego leyendo braille se tratara. Desde luego no tenía la menor idea de lo que significaba. Dos días después lo desalojaron de la que había sido hasta ese momento su casa.  Contaba solamente con diez años. Empezó a vagabundear por los mercados y por los alrededores del puerto. Los amigos de su padre se habían mudado o habían muerto y no deseaba estar bajo la tutela de la iglesia o del estado. Se las arreglaba para salir huyendo cuando veía algún curita insistente o a algún agente del gobierno, aunque cada vez eran menos frecuentes. Dormía en los parques cuando el buen clima se lo permitía o aguardaba a que algún guardia portuario se quedara dormido en los días de frío o lluvia para escabullirse dentro del puerto y dormir bajo el amplio tinglado que servía de recepción a los pasajeros de los barcos que salían o llegaban a la ciudad. Estaba acostumbrado a observar todo tipo de gente que desembarcaban de aquellos barcos, aventureros, reales barones, pero también apócrifos, profesores, profesionales y militares, famosas bailarinas de valet y condesas. Su padre le decía que algunas de las que llegaron durante la primera guerra hacían espionajes, algunas voluntariamente otras no tanto. De la forma que fuera, no tenía idea de cómo se las había arreglado para no formar parte de alguna banda de ladronzuelos o estar bajo la tutela de algún estafador que utilizaba niños para engañar a la gente y vaciarles los bolsillos. Alexander lo halló pidiendo limosnas, que era lo que frecuentemente hacía para poder llevarse algo a la boca, en una esquina del puerto. Se veía sucio y harapiento. Lo invitó a comer y se ganó la confianza del atemorizado y huidizo jovencito que no llegaba a cumplir los once años. Luego de interiorizarse de su situación y de asegurarse de que no tuviera algún pariente que lo reclamara, lo llevó a su hacienda, le enseñó a leer y escribir, lo educó, le enseñó todo lo que sabía sobre la hacienda y su administración. Alexander le había dado rumbo a su vida y le estaría completamente agradecido por el resto de sus días.

Ahora en medio de aquel vasto y salvaje bosque obtenía una vez más la confianza del hombre que probablemente le había salvado la vida. No lo defraudaría.

Dejaron atrás los troncos caídos y avanzaron a tientas internándose en el espeso bosque que volvía a levantarse delante de ellos. A eso del mediodía se encontraban agotados y muy hambrientos para seguir. Se detuvieron debajo de unos árboles sobre los que se retorcían como tentáculos unas danzantes ramas. El aire era insanamente sofocante, Alexander recostó la espalda contra el tronco de un árbol, echó la cabeza hacia atrás y se pasó la mano por el pelo. Llevó la otra a la nuca y se secó parte del sudor acumulado en ella. Lo vencía el cansancio. Intentar pensar en aquellas circunstancias era como tratar de ver a través de un cristal cubierto de polvo.

Juan se sentó frente a él y levantó su mirada hacia el techo verde sobre su cabeza, el sol del mediodía que se escurría a través de las hojas se reflejó en los cristales de sus gafas. Sintió una suave punzada en los ojos y se quitó los lentes de inmediato. Se los guardó en los bolsillos de la camisa y se frotó los ojos cansados.

Los demás hombres hicieron lo propio, acomodándose en donde mejor les parecía, aguardaban que el sol se apiadara de ellos y se encondiera detrás de alguna nube.

El hombre con el pelo engominado luchaba con los mechones desordenados de su cabello. Al parecer la laca había perdido sus propiedades adherentes y ahora el indomable pelo caía alrededor de su cuello y sus ojos en forma apelmazada y desordenada. Se quedó dormido poco después con los bazos cruzados sobre su pecho y las piernas extendidas. No tardó mucho en empezar a roncar con un resuello rítmico y sonoro. Sus compañeros pensaron que aquellos resoplidos harían huir a cualquier animal que se encontrara a veinte metros a la redonda incluido al yaguareté que buscaban afanosamente. Minutos después, sobresaltó a todos cuando dejó escapar una sucesión de gritos agudos y palpitantes, al tiempo que se sacudía a manotazos centenares de hormigas que deambulaban por su cuerpo, a medio camino entre la confusión y la consternación.

Los rostros de sus compañeros mostraron primero estupefacción e incredulidad, luego se echaron a reír de buena gana. El hombre de la gomina no mostró miedo, solo cierta concentración colérica.

Poco después de que el hombre de la gomina eliminara por completo a sus indeseables visitantes, Alexander se puso a la cabecera y enfiló por un estrecho sendero, por donde avanzaron despacio entre los árboles. Una brisa sorprendentemente cálida le alborotó el cabello y una desagradable sensación le recorrió la espina. Tuvo el presentimiento de que algo malo pasaría, pero desechó aquella idea de su cabeza de inmediato. No era momento para vacilaciones y malos augurios. Necesitaba estar en completo dominio de la situación.

Empezaron a subir un cerro siguiendo un sendero casi invisible, cubierto por una intrincada maraña de vegetación de cocoteros, guayabas e yvapurũs[4] que cubrían sus tortuosos troncos de escasas ramas de frutos morados y negros, como si de tumores cancerosos se trataran. Más su pulpa blanca, jugosa y agridulce era el deleite de todo aventurero. Sumergidos por los matorrales se abrían paso siempre al filo de los machetes.

Vy’a detuvo a Ivanov sujetándolo de uno de sus hombros y le hizo un gesto con la mano. Un animal de regular tamaño avanzaba vertiginosamente entre los árboles. Por el sonido que producía al desplazarse era lo bastante grande para ser el yaguareté. Todos sus sentidos se pusieron en alerta y se agazaparon en segundos blandiendo sus armas. Vy’a sacudió la cabeza al mismo tiempo que pronunciaba solo una palabra.

_ Ndaha’ei[5]

Alexander pensó que Vy’a tenía razón, las pisadas del animal no correspondían al del yaguareté, siempre sigiloso y solapado, asechando, esperando el momento adecuado para atacar a su presa. Probablemente se trataba de algún mboreví[6] o un taguá[7]

Vy’a y su compañero tomaron de nuevo la cabecera y avanzaron en silencio concentrados en los sonidos que producía el bosque.

Arapy señaló de pronto una zona de hierba alta y arbustos frente a él. Levantó la mirada desde el lecho de hierba enmarañado y compacto. El yaguareté había estado allí hacía poco tiempo.

Vy’a se sentó en cuclillas y examinó el lecho de hierbas compactada. Al parecer había utilizado ese pequeño espacio para descansar, del mismo modo que lo habían hecho sus cazadores hacía apenas unas horas atrás.

Se pusieron de nuevo en marcha de inmediato, necesitaban moverse con mayor rapidez para aprovechar las pocas horas de luz que les quedaba. El sudor pegajoso en las axilas era desagradable e incómodo. Les goteaba por la frente y se les resbalaba por la mejilla para caer finalmente de la barbilla al pecho. Era un sudor irritante provocado por el cansancio y el aire húmedo y caliente.

Media hora más tarde, Vy’a se detuvo frente a un matorral de arbustos y les indicó mediante señas de que lo rodearan. Los hombres asintieron y se desviaron hacia la derecha. A la izquierda, en una rama baja, una enorme serpiente de cascabel se hallaba enroscada y suspendida. Medía casi dos metros, de cuerpo castaño grisáceo y vientre amarillo, los asechaba con sus ojos color ámbar con las pupilas negras como oscuras grietas, agitando amenazante el cascabel de su cola. Los listones de su lengua hendida emergieron de su boca, sacudiéndose en el aire, para luego desaparecer emitiendo un sonido inquietante.

La tarde trajo consigo una brisa algo más fresca y relajante que secó el sudor de sus cuerpos. A lo lejos se oía un sonido, una especie de murmullo, como el del viento sobre la copa de los árboles. La maraña de arbustos y hierbas era tan espesa que por un momento pensaron que no podrían seguir avanzando, pero cuando lograron abrirse paso se hallaron frente a una quebrada poco profunda, en cuyo fondo corría un angosto arroyo. Habían transitado por una vasta extensión de tierra salvaje durante todo el día, un territorio que podía compararse con una gran carpa verde oscura que se confundía con el negro. Más una rajadura la atravesaba, como si una navaja la hubiera surcado para revelar un cristalino forro debajo de ella.  Helechos de todas clases y tamaños crecían alrededor del arroyo. Se detuvieron por unos segundos, el aire que los envolvía estaba cargado de sonidos de la selva: pájaros que gorgoteaban preparándose para la noche, el lejano chirrido de las cigarras, el rumor del arroyo frente a ellos. El sol se escondía por el oeste y proyectaba sus rayos sobre el cuerpo de agua. Las tonalidades verde amarillentas se iban oscureciendo, pasando por el verde esmeralda y el verde oscuro que anunciaba la inminente noche veraniega.

Vy’a no necesitó de muchas palabras para explicar que el animal había cruzado a la otra orilla. Debían buscar un lugar seguro para vadear el arroyo. No había sendero, y el espacio entre el bosque y el arroyo era tan estrecho y con cierta inquietante pendiente, tanto que, tuvieron que sujetar sus armas a sus espaldas y caminar de costado sosteniéndose a las ramas de los árboles para no caer al agua. Se detuvieron cuando no podían seguir andando. No había forma de retroceder. Vy’a lo pensó por un par de segundos y se metió al agua. Los demás lo siguieron de cerca. A pesar de que la noche caía sobre ellos, la frescura del agua les supuso un alivio.

Cuando estuvieron del otro lado, se ayudaron de las ramas del bosque para salir del cauce. Los indígenas intentaron seguir la pista del animal, pero el sol estaba a punto de desaparecer detrás de la copa de los árboles y la noche se cerniría sobre ellos como un manto oscuro, incierto y sombrío.

 El arroyo reflejaba la luz ondulada de las estrellas y la luna llena cuando encendieron sus linternas. Serpenteantes, ondularon y parecieron rociar la superficie del agua como si el artista del universo decidiera pintar las ondulantes corrientes con luces eternas.

Volvieron a internarse en el bosque alumbrando el tortuoso camino con sus linternas hasta que llegaron hasta un pequeño risco.

Alexander Ivanov y su grupo descendieron por la peña en forma de resbaladera hasta una explanada que probablemente se había formado hacía miles de años atrás. Les pareció sorprendente, ya que todo a su alrededor estaba cubierto por el denso bosque con aquella rocosa excepción. Algo parecido a un gran lunar en el medio de la vasta selva.

Vy’a indicó que estaban en el lugar correcto y les advirtió que el animal podía estar asechándolos. Blandieron sus armas se concentraron en los sonidos de la noche.

El yaguareté agazapado, los asechaba desde la oscura espesura, con aquella capacidad que tienen los felinos para controlar, aún en la oscuridad, los movimientos más sutiles de su presa, para advertir ruidos que para cualquiera pueden pasar desapercibidos, para calcular el indicio de actividad más ligera del enemigo. Extendió sus formidables garras y reptó sobre su vientre sigiloso.

Ivanov se quedó solo frente a la explanada, de espalda a la peña. Oyó que algo se movía entre las hojas de los árboles e intentó alertar a los demás hombres, pero ya era tarde, estaban fuera del alcance del haz de su linterna.

El yaguareté gruñó, el característico sonido del flemático desgarre del satén. Enseguida, lo vio salir de entre la tupida vegetación, supo de inmediato que se trataba de una hembra. El animal lo observó amenazante, el haz de luz de la linterna sobre sus ojos lo obligó a emitir otro gruñido irritado.

A Alexander le martillaban los oídos por la adrenalina. Respiraba entrecortadamente bocanadas aceleradas y superficiales de aire. Pensó en apagar la linterna, pero al parecer mantenía al animal a raya. Volvió su rostro consternado y los ojos desorbitados hacia el lugar por donde se habían alejado los demás hombres, pero no encontró nada. Sintió crecer en su estómago el miedo y el aturdimiento. Sostuvo la linterna por debajo del cañón de la escopeta y la apuntó. Vaciló por unos segundos y disparó. No hubo ningún atronador sonido, solo el clic que produjo el gatillo al jalarlo. No se atrevió a moverse, se hallaba petrificado mientras su cerebro ideaba alguna manera de escape.

A sus espaldas oyó un irritado rugido, pero no intentó voltearse, sabía perfectamente de que se trataba, otro yaguareté, probablemente un macho que lo acechaba desde la cumbre de la peña.

Cuando el ser humano presagia la llegada del peligro, se adueñan los cambios fisiológicos en su cuerpo. La adrenalina inunda la corteza cerebral, se precipita el ritmo cardiaco y el cerebro ordena la más antigua de las decisiones innatas, presentar resistencia.

Alexander se sintió de pronto indefenso, impotente y a la vez estúpido por no haber comprobado el funcionamiento de su arma antes de salir de la hacienda. El corazón le martillaba en la garganta, el vello de la nuca se le había erizado, la frente y los brazos estaban llenos de un sudor frío y penetrante. El miedo hizo presa de él, un miedo sofocante y cálido como aquel implacable día de verano. Un miedo solo comparable a las más cruentas batallas de las que había formado parte.

La hembra se acercó a él lentamente, acechándolo, emitió un gruñido y exhibió los filosos dientes amarillos. Jamás se había sentido tan asustado en toda su vida, pero descubrió que el primer paso era el más difícil. Una vez que consiguiera vencer la parálisis de su cuerpo, el miedo ya no tendría importancia. Después de todo, lo peor que podía pasarle era terminar destrozado por las garras y los colmillos de aquel animal. Y la muerte acabaría con aquella interminable sensación de que en su mente se desarrollaba una perpetua tempestad.

A pesar de tener la certeza de que a sus espaldas tenía al macho listo para lanzarse sobre él, Ivanov retrocedió dos pasos hacia la pared. Los animales lo tenían acorralado. Soltó la linterna sobre la esplana que emitió un sonido hueco y osciló iluminando intermitentemente a la hembra y a la oscura espesura a su alrededor. Giró la escopeta lentamente y la sostuvo del cañón. Sino podía disparar con ella la utilizaría para golpear al animal con la culata. Miró con ojos desorbitados primero a la hembra, y luego sobre su hombro al macho. Intentó dilucidar cual debía ser su siguiente movimiento. Movió los ojos a su izquierda y con voz enérgica, desesperada gritó en su nativo ruso al tiempo que hizo el intento de correr hacia el bosque.

_Oni zagnali menva v ugo![8]

Pero la hembra le cerró el paso acorralándolo. Se hallaba a menos de dos metros de Alexander, con las patas flexionadas lista para atacarlo.

El de la calva estilo monje, el de la complexión atlética y Juan llegaron en pocos segundos y se quedaron petrificados, contemplando la perturbadora situación, tan atentamente como si de espectadores de teatro se trataran.

En aquel momento pareció que todo se desenvolvió en ralentí, más todo ocurrió en unos pocos segundos.

Soltaron las linternas que zigzaguearon en el suelo acompañando a la de Alexander, se asemejaron a reflectores en un escenario, iluminado a los personajes de una obra teatral aterradoramente dramática. Juan empuñó su escopeta con manos temblorosas, con una rodilla apoyada en el suelo entre la alta hierba que lo rodeaba. Aquella posición lo hacía mucho más vulnerable frente al agresor, pero aquello ni siquiera se le pasó por la cabeza. Se oía con espeluznante claridad, la hierba murmurando con sequedad al rozar contra la brillante piel del animal al moverse despacio acorralando cada vez más a su presa. Alexander oyó las escopetas bramando una tras otra con un sonido metálico y mortífero. Los tres hombres habían apuntado a la hembra sin percatarse de que el macho se encontraba en la cima de la peña a punto de atacar a Ivanov.

Solo uno de los disparos hirió a la hembra en el lomo, dejó escapar un agudo e inquietante chillido de sorpresa y dolor e inclinó la cabeza hacia adelante. Se dispuso a atacar a los hombres, olvidándose por completo de Ivanov. Se oyeron una salva de disparos y la hembra cayó abatida de lado con la cabeza destrozada a centímetros del hombre de la calva estilo monje que observó al animal con ojos desorbitados por el miedo, las piernas le temblaban, las sentía débiles como si fueran de caucho. El pelo de la nuca humeando y el olor a pelos chamuscados le revolvió el estómago.

La cola se movió un par de veces y el de la calva estilo monje descargó otro tiro más para cerciorarse de que en verdad estuviera muerta. El animal convulsionó en el suelo por última vez y luego quedó inmóvil.

Hubo un momento de silencio seguido de un gruñido, los cuatro hombres levantaron la mirada atónitos. El animal que coronaba la peña se abalanzó sobre Ivanov con una potencia arrolladora, al tiempo que a Alexander se le escurría la escopeta de las manos y se cubría el rostro con sus brazos, en una especie de improvisado escudo. El felino se encaramó sobre las patas traseras, presionando las delanteras sobre el pecho de Ivanov.

 Alexander sintió un abrazador dolor en el costado derecho, en donde las zarpas del animal lo habían alcanzado. Cayó de espaldas en el suelo con el animal atenazándole el cuerpo y aplastándole los pulmones. Sintió un golpe seco en la frente, que quedó eclipsado por otro dolor atroz, profundo y lacerante, esta vez en el muslo izquierdo. De sus labios escapó un graznido ahogado. Al mismo tiempo, los colmillos del animal buscaban desgarrar su cuello. Sin embargo, mantenía los brazos cruzados sobre su rostro, los codos y los antebrazos sobre el torso del animal.

Los colmillos alcanzaron su brazo izquierdo hundiéndoselos en la piel. Alexander sintió un dolor ardiente, palpitante y terrible de músculos desgarrados. El animal le asestó otro zarpazo que desgarró la camisa, luego la piel, después la carne de su pecho. A pesar de esto, siguió protegiéndose del felino con los brazos cruzados sobre el pecho. Las garras del animal se habían clavado profundamente en el cuerpo de Alexander, Juan vio manchas rojas extendiéndose por debajo de lo que quedaba de la camisa. El animal agitaba violentamente el rabo.

Juan, con ojos alucinados observó la escena de pesadilla a través de sus absurdas gafas sin montura, que en aquel momento parecían completamente inapropiadas. Se dirigió a los hombres gritando con voz ronca y aterrada.

_ ¡Disparen, disparen ahora!

Juan giró un poco la cabeza y apretó el gatillo. Los disparos sonaron atronadores y terroríficos. Una de las balas pasó silbando muy cerca de la oreja izquierda de Ivanov, dos de ellas terminaron levantando esquirlas de roca, otra rozó al animal en la piel salpicada de rosetas causándole una hendidura extensa pero poco profunda, que lejos de disuadir al animal parecían estimularlo en su ataque.

La sangre proveniente de la herida del costado derecho de Alexander sangraba profusamente. Sentía un dolor sordo y profundo en la herida de la pierna derecha.

Los demás hombres, alertados por los gritos de Alexander, emergieron del bosque blandiendo sus escopetas.

Alexander respiraba con dificultad, jadeaba en busca de aire. Tenía que hacer algo, porque de lo contrario le quedarían pocos segundos de vida. De pronto recordó, la pistola sujeta a su cintura. Pero ¿cómo haría para sacarla de la pistolera sin que el animal le desgarrara el cuello? Necesitaba alejar los colmillos de su rostro si quería tener una oportunidad.  Echó la cabeza hacia un lado y forcejeó con él. Intentó arrojarlo a un lado, pero el animal seguía aferrado a él. Parecían interpretar una perversa y aturdida danza. Empujó el hocico del animal con sus manos y con la pierna sana presionó el abdomen del animal. Un dolor profundo y palpitante le subió por el muslo herido, pensó que terminaría perdiendo el conocimiento antes de alcanzar el revolver.

Los hombres se prepararon para volver a disparar, pero temían herir a Alexander. Juan apuntó la linterna junto con su arma contra el animal, sus brazos le temblaban ligeramente. Se oyó un disparo. El animal emitió un gruñido, era una mezcla entre confusión y dolor. La cabeza del yaguareté se sacudió hacia atrás, apartándose de la garganta de Ivanov, sus dientes brillaron como si se trataran de preciosas perlas.  El disparo de Juan le había herido en uno de los cuartos traseros. Alexander no desaprovechó el momento, tanteó la pistolera con la mano derecha, estuvo a punto de asirla un par de veces, pero la sangre que se escurría de la herida le dificultaba la operación. Lo intentó una vez más y al fin se hizo con ella. La extrajo con mucha dificultad, el peso del animal era apenas soportable, amenaza con romper sus costillas en cualquier momento y asfixiarlo. Blandió el arma y sujetó el cañón contra el estómago del yaguareté y disparó dos veces. El animal lanzó un bramido agónico y desgarrador antes de caer inerte sobre Alexander que pugnó por deshacerse del espantoso y sofocante peso. Los hombres se acercaron de inmediato y lo liberaron.

Alexander rodó de lado como si aun sintiera el peso del animal sobre su cuerpo. Lanzó una exhalación profunda y resonante al tiempo que se llevaba la mano al pecho húmedo en donde se mezclaban su sangre y la sangre de su agresor. Su cuerpo parecía nadar en un inmenso charco escarlata. Encontró lo que buscaba, el relicario, lo sujetó entre sus dedos y pensó que el fin estaba cerca. Las patas del animal se movieron espasmódicamente unos segundos más y luego se detuvieron para siempre.

Los hombres contemplaron la electrificante escena, con ojos desorbitados. Habían presenciado acontecimientos espeluznantes durante sus vidas, pero aquello sobrepasaba por completo todos ellos. 

Juan fue el primero en auscultar el cuerpo de Ivanov. Terminó por desgarrar la camisa y la pernera del pantalón.  Las heridas sangraban profusamente y temieron que terminara desangrado. Presentaba, además, el lado izquierdo de la cara ensangrentado, en donde empezaba a formársele una contusión morada en los contornos de una fisura abierta por encima de la ceja izquierda. Al parecer el golpe que sintió al caer al piso había sido en realidad un zarpazo del animal.

Alexander emitía gruñidos amortiguados cada vez que respiraba. Sus brazos se agitaban como si una corriente eléctrica circulara a través de ellos. Notó, que la adrenalina desaparecía y que un agotamiento generalizado se apoderaba de él, paralizándole primeros las piernas y los brazos para después hacer mella en su mente. Primero vio todo a través de una nube de niebla opaca. Luego, la nube se convirtió en puntos negros flotando delante de sus ojos.  El mundo comenzó a oscurecerse y alejarse como si de un navegante solitario penetrando en las tinieblas se tratara.  Su mente adormilada empezó a desviarse de la realidad. Sus ojos se veían enrojecidos y vidriosos, sus labios pálidos y temblorosos. Era como si su cuerpo se apagara poco a poco, arrullado por una fuerza invisible que lo incitaba a dormir. Intentó decir algo, emitió un balbuceo ahogado e ininteligible. La última sensación consciente que experimentó fue calor en la parte superior del cuerpo mientras que se desangraba, en la parte inferior cuando no pudo reprimir el contenido de su vejiga. Enseguida, la oscuridad devoró el universo, Alexander se zambulló en ella y desapareció.

En los minutos que siguieron a la pérdida de conocimiento albergó pensamientos gélidos, deprimentes y desalentadores, en aquella zona de penumbra existente entre la mente consciente y el subconsciente.


[1] Yaguareté:  del guaraní “Yaguar” que significa fiera y “ete” que significa verdadero. En español jaguar. Es el mayor felino de América.

[2] Arapy: Universo en guaraní.

[3] Vy’a: Alegría en guaraní

[4] Yvapurũ: Jaboticaba árbol nativo del Norte de Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia Oriental.

[5] Ndaha’ei: no es, en guaraní.

[6] Mboreví: Tapir, en guaraní.

[7] Taguá: Especie de cerdo salvaje.

[8] ¡Me tienen acorralado!

CASA 110 (fragmento final)

IV

Las cosas habían vuelto a la normalidad después de aquel sueño, los acontecimientos que habían mantenido en vilo a Laura terminaron tal solo un mes atrás, luego de que descubriera el motivo que llevó al demente de Williams a asesinar a Kuntur y a su esposa Linda. Pero los recordaba en forma difusa, como si mirara a través de un enorme colchón de nubes, como si solo fueran parte de los recuerdos de alguien más. Tal y como Alejandro le asegurara, John no intentó vengarse cuando Laura descubrió todo y lo hizo público.

Terminó de arreglarse frente al espejo, sonrió al ver su reflejo, relajado, confiado, sus ojos brillaban. No recordaba haberse visto tan bien desde hace mucho tiempo. Salió del cuarto de baño y buscó su abrigo en el closet.

Era la primera vez que asistiría a una fiesta desde que empezara a trabajar en La Oroya. Había que celebrar, al fin el complejo operaba al cien por ciento de su capacidad y la ciudad empezaba a sentir los efectos positivos de la reactivación. Fue un proceso largo y difícil que llevó casi cuatro años, pero que al fin se hacía realidad.

Alejandro se ofreció a llevarla en el Corolla, pero ella declinó el ofrecimiento, prefería caminar los doscientos metros que separaban a su casa del Club el Golf. Caminó despacio, sin prisas ya que llevaba tacones y hacía tiempo había perdido la costumbre de caminar con ellos. Aspiró el aire fresco de la noche y observó las estrellas sobre su cabeza y cuando estuvo frente a la casa 110, se detuvo unos minutos recordando a Melinda.

Nunca la olvidaría, nunca se acostumbraría a que ya no estaba, pero al menos tenía un cierre en aquel capítulo difícil de su vida y ahora iniciaba otro, llena de desbordantes expectativas.

 Llegó al puente, lo cruzó observando debajo de sus pies las turbulentas aguas del río Mantaro, y cuando ingresó por la puerta del Club, su corazón no pudo evitar latir con fuerza. No recordó muy bien quien la recibió, ni quien tomó su abrigo, solo se vio caminando despacio, internándose en el salón y buscando ávida con la mirada. Se detuvo cuando lo vio de espaldas conversando con algunos compañeros de trabajo.

 De pronto, lo vio voltearse sobre sus talones como si presintiera su presencia. Cuando la vio, con aquel vestido verde como el color de sus ojos, le dedicó una sonrisa encantadora. Ella le devolvió la sonrisa y tuvo una sensación muy intensa de dejavú. Caminaron uno al encuentro del otro, y mientras lo hacían, ella recordó la escena, recordó el sueño, pero esta vez, Alejandro no se desvaneció, se acercó a ella y le tendió la mano. Ella se la tomó con los ojos brillantes y la mejor de sus sonrisas.

_ ¡Te ves increíble! _ dijo él con aquella media sonrisa que hacía latir deprisa el corazón de Laura.

_Tu tampoco estás nada mal_ dijo mordiéndose el labio inferior inconscientemente.

Alejandro se quedó mirándola extasiado por unos segundos.

_ ¿Estás segura de que vienes sola? _ preguntó con una sonrisa juguetona_ no quisiste que te trajera y te ves hermosa.

Ella le regaló una sonrisa paralizadora. Alejandro no pudo evitar dedicarle toda su atención.

_En realidad, estoy acompañada_ dijo ella enarcando la ceja izquierda.

El abogado la miró aturdido. Ella se echó a reír al ver su expresión.

_Estoy en tu compañía_ aclaró y los ojos le brillaron.

Alejandro la miró con ojos profundos y le acarició la mejilla suavemente. De inmediato, se percató que se encontraban a la vista de todo el mundo.

_ ¿Te gustaría salir al jardín un rato? _ preguntó el abogado.

Ella asintió.

El abogado situó su mano derecha en la parte baja de la espalda de Laura y la guio hasta la puerta que daba al patio. Caminaron en silencio, conscientes de que las cosas estaban a punto de cambiar entre ellos.

_Hace frío_ dijo él cuando estuvieron fuera, mientras se sacaba el saco y se lo ofrecía a Laura.

_No tengo frío_ dijo ella y era verdad, tenía las mejillas rojas y calientes.

Su corazón latía tan rápido y se encargaba de que la sangre calentara todo su cuerpo.

Alejandro cubrió los hombros de la psicóloga con su saco y la acercó a él, observando su reacción. Ella no pareció inquietarse y eso lo relajó.

_Todos están muy entretenidos allí dentro_ dijo Alejandro.

_Es comprensible, es la primera fiesta que organiza la empresa y todos han contribuido para que al fin se reactive por completo el complejo.

Alejandro asintió, Laura pudo notar el brillo de orgullo en sus ojos.

_ ¿Qué dijo tu padre? ¿Ha cambiado de parecer con respecto a tu trabajo? _ inquirió ella.

_Umm creo que empieza a aceptarlo y a respetarme por ello_ dijo el abogado.

_Sabía que solo era cuestión de tiempo_ dijo ella.

Ambos sonrieron y se quedaron de pronto en silencio, mirándose a los ojos, como esperando el siguiente paso.

_Se que te lo he dicho varias veces, pero necesito decírtelo de nuevo_ dijo ella poco después.

Alejandro la miró intrigado.

_Quiero agradecerte por todo lo que hiciste por mí, por el tiempo que me dedicaste, por la paciencia que tuviste conmigo. Sin ti, nunca lo hubiese logrado, tal vez estaría en un manicomio ahora_ dijo con una risita nerviosa.

_No tienes que agradecérmelo. En más de una oportunidad te dije que estaba dispuesto a hacer lo que sea por ti_ dijo él y la miró primero a los ojos y luego a los labios y de nuevo a los ojos.

Laura emitió un pesado suspiro. Alejandro la acercó un poco más a él. Levantó la mano y acarició su rostro, observando sus suaves rasgos y sintiendo su cálida piel.

_Creo que he hecho de todo para que te dieras cuenta de lo que siento por ti_ dijo_ me queda solo una cosa por hacer.

Laura separó los labios, su corazón le latía en la garganta, sentía mariposas en el estómago. Alejandro no estaba mejor. Trató de leer en los ojos de ella, trató de encontrar una respuesta, pero se dijo a si mismo que solo la obtendría cuando se decidiera a dar el siguiente paso. Inclinó su rostro muy cerca al de ella, la miró con deseo y la besó en los labios suavemente. Laura cerró los ojos y se dejó llevar, emitiendo un gemido bajo y dulce.

Alejandro se separó un poco de ella, la miró a los ojos y obtuvo la respuesta que estaba esperando. La siguiente vez que los labios de Alejandro tocaron los de Laura fue en un beso desbordante y apasionado. Se separaron poco después solo para embarcarse en un abrazo profundo y reconfortante.

A pocos metros de ellos, una sombra se materializó entre la espesura. Los ojos demenciales y la sonrisa malévola de Williams los acechaba en la oscuridad de la noche.

HISTORIAS ENTRELAZADA (Kataryna y Alexander)

III

Bajo la suave luz solar de la mañana, atravesó apresurada los campos de trigo. Se percibía un olor agradable y balsámico, pero no prestó mucha atención, se sentía nerviosa y angustiada. El cuello le escocía, cardenales amoratados le recorrían la piel, pero cuando tragaba le ardía la garganta como si le hubieran aplicado un hierro encendido.

Volteaba la cabeza sobre el hombro de tanto en tanto, intentando determinar si alguien la seguía. Después de cruzar el campo, se detuvo frente al lindero del bosque. El corazón le latía con rapidez, se pasó el dorso de la mano por la frente en un intento por deshacerse del sudor que se le escurría por el rostro. Tenía empapado el cuello y los hombros de la blusa. Escudriñó entre la maraña de hierbas hasta hallar el sendero que se internaba en el bosque. Se introdujo en él unos metros para luego dirigir su mirada nerviosa a través del campo. Su pequeña casa aún resultaba parcialmente visible a su espalda a través de las primeras ramas entrelazadas de la selva.

Su mente deambulaba en interminables y preocupantes conjeturas. Preguntándose cómo se había enterado Igor de sus encuentros furtivos con Alexander. Su mente estaba tan ocupada hilvanando ideas, formulando hipótesis, reuniendo suposiciones y no advirtió que se desviaba del sendero que conducía al arroyo. Minutos después, notó que no había matorrales que atravesar, los que tenía enfrente eran árboles vetustos, que habían crecido imponentes creando una gruesa capa de hojas secas en el suelo.

Se detuvo asustada, se había extraviado y ahora debía encontrar el camino de regreso e intentar de nuevo encontrar el sendero que conducía al arroyo.

Regresó sobre sus pasos hasta encontrar la intrincada maraña de maleza y arbustos. Partió una rama y agitó otra sobre su cabeza cuando no encontró suficiente espacio por donde transitar. Tropezó con un tronco caído y cayó de bruces. El extremo de una rama o tal vez fuera la maraña de arbustos, se le clavó en la mejilla derecha y gruñó de dolor. Se quedó tirada en el suelo por un momento recobrando el aliento.

Se incorporó poco después y se llevó la mano a la herida. Un hilo se sangre le escurría por la mejilla. Se puso en movimiento y enseguida vislumbró el sendero. Oyó el murmullo del agua corriente abajo y se apresuró a llegar a la orilla.

Se detuvo asombrada al observar a Alexander que yacía tendido de cara al sol en la otra orilla. Acababa de tomar un baño, llevaba el torso descubierto. Kataryna observó con avergonzada satisfacción los anchos hombros, y los desarrollados músculos que destacaban a pesar de las cicatrices que surcaban su pecho y su abdomen.

Alexander se incorporó al notar su presencia y la vio cansada, terriblemente asustada. Aparentaba más edad de la que tenía como si hubiese envejecido en el trascurso de unos días.

_ ¿Qué sucede? _ preguntó contrariado al tiempo que tomaba su camisa y se vestía.

Kataryna vadeó el arroyo y se acercó presurosa a Alexander quien se sentía cada vez más preocupado. Observó la herida en el rostro de Kataryna y la inspeccionó con cuidado.

_ ¿Qué fue lo que te sucedió? _ preguntó.

_Me caí en el bosque_ explicó ella.

En ese instante observó los cardenales al rededor del cuello. Frunció el ceño alarmado.

_Esto no te lo hiciste en el bosque_ sentenció con seriedad.

La miró a los ojos esperando una explicación.

_De eso vine a hablarte, pero por favor, vayamos a un lugar seguro para conversar.

Temía desmoronarse al oír su voz que sonaba débil, vacilante, turbada.

Alexander quiso presionarla para que hablara, pero decidió hacer lo que le pedía.

La guio hasta cabaña con el brazo alrededor de su hombro. Parecía tan frágil e indefensa y a punto de desmayarse.

Cuando estuvieron dentro, Kataryna se dejó caer pesadamente sobre el viejo sillón que emitió una especie de queja con un chirrido. Aspiró profundamente un par de veces, a medida que la ansiedad de Ivanov iba en aumento.

Los ojos de Kataryna estaban enrojecidos producto de la mala noche y el llanto. Tenía un fuerte nudo en la garganta y por más que lo intentó no pudo evitar estallar en sollozos. Se tapó la boca con una mano, como si quisiera evitar pronunciar lo que tenía que decir.

Alexander se sentó a su lado y la rodeó con sus brazos en un intento por tranquilizarla.

_Dime que ha sucedido_ le pidió en tono suave intentado infundirle seguridad.

_Igor amenazó con matarme si descubre que nos estamos viendo_ logró decir.

Las mejillas de Kataryna estaban surcadas de lágrimas y su voz era un susurro de terror.

Alexander la miró pasmado, consternado por lo que aquello podría implicar.

_ ¿Fue él quien te hizo esto? _ preguntó tocando levemente el cuello de Kataryna.

Ella solo atinó a asentir con la mirada terriblemente asustada.

El odio reverberó en el interior de Alexander. Siempre pensó que Igor sería un problema, pero jamás pensó que se atrevería a lastimar a su esposa.

_Cuéntame todo_ exigió con voz pétrea.

_Ayer cuando regresé de la fiesta de Olga, lo encontré en la casa ebrio. Me acusó de haber estado contigo, de verte a escondidas. Le dije que no era cierto, pero me tomó del cuello e intentó estrangularme. Me dijo que me mataría si descubría que me veía contigo.

Cuando le dijo eso pareció desbordarse algo en su interior y las palabras brotaron a borbotones de su boca.

Le contó todo lo que había estado ocultando por años, la terrible noche de bodas, los continuos abusos, los maltratos.

Alexander experimentó primero el más terrible de los aborrecimientos y el más feroz de los desprecios, luego, una cálida sensación de sublime afecto por ella, al ver su sufrimiento, por todo lo que había pasado al lado de aquel desgraciado, sintió una urgente necesidad de protegerla, de mantenerla segura, algo que no había sentido en muchos años y que quebrantaba su natural esencia de mantenerse ajeno a los sentimientos, a las emociones. Quiso salir en aquel momento y matarlo a golpes, librarla de aquel depravado que había arruinado su vida, pero ella le suplicó que no lo hiciera, le rogó que pensara en Daryna y en sí mismo. Él accedió luego de sus súplicas, pero con mucho recelo y desconfianza. Tendría que buscar alguna forma de mantener a Igor lejos de Kataryna el mayor tiempo posible antes de buscar alguna solución permanente pensó.

Karatyna lo miró a los ojos y supo con total certeza que estaba enamorada de él, pero al mismo tiempo sabía que Alexander jamás sentiría lo mismo por ella, pero se conformaba con lo que él podía darle que era mucho más de lo que había recibido durante muchos años.

Alexander vislumbró lo que había en el interior de Kataryna y se debatió en profundas y turbulentas deliberaciones. No se mentía a sí mismo, sentía una profunda atracción por ella, pero sabía que podía dañarla mucho más de lo que le había dañado Igor, ya que no podría darle lo que ella anhelaba. Las deliberaciones internas de Alexander fueron interminables. Kataryna le dirigió una sonrisa candorosa y tierna.

_No puedo darte lo que necesitas_ dijo al tiempo que acariciaba sus manos.

_No te pido algo que no puedas darme_ contestó ella. Su voz sonó mucho más segura de lo que pensaba.

Alexander percibió que la certidumbre de ella permanecía inalterable en sus ojos. Para él fue fascinante. Vaciló unos segundos, luego despacio, la tomó entre sus brazos y se dejó llevar. Fue confusamente consciente de la apariencia de su cuerpo, del tamaño de sus senos y el sabor de su boca mientras se hundía en ella con una pasión primaria, casi primitiva, puramente instintiva y que ella recibió con idéntica expectación.

CASA 110 (fragmento)

II

Alejandro se alejó de la casa dejando a ambas mujeres solas por unos momentos. Killasisa y Laura lo observaron caminando lentamente por el sendero que lo conducía de regreso a la alcaldía.

_ ¿Nunca se casó? _preguntó Laura de repente.

La anciana le dedicó una sonrisa serena.

_Sí, me casé a los dieciocho años, pero mi esposo murió poco después. Nunca volví a casarme. No tuvimos hijos, no tuvimos tiempo_ dijo con una sonrisa resignada.

_ ¿Por qué no volvió a casarse? _ preguntó la psicóloga y luego se arrepintió de meterse en lo que no le llamaban.

_Pensé que debía mantenerme fiel a mi esposo, lo amaba, ¿sabe? Ahora creo que cometí un error. Estaba equivocada al pensar que casándome de nuevo dejaría de amarlo.

Laura asintió.

_Eso va para usted_ dijo levantando la barbilla en dirección a Alejandro que se alejaba cada vez más.

Laura la miró interrogante.

_No lo deje ir_ dijo_ usted en verdad le importa. No estaría aquí si no fuera así. Lo que haya sucedido en su pasado, allí quedó. Las dudas que alguna vez tuvo, no tienen que ver con él_ dijo señalando a Alejandro esta vez con su dedo índice.

Laura solo atinó a sonreír nerviosa.

_No le cierre las puertas al amor, la vida es tan corta, no sabemos cuando nos llegará la hora. No podemos darnos el lujo de esperar.

_Es difícil_ dijo ella bajando la mirada.

_No mi niña, en realidad no lo es. Usted lo ama, él la ama, no hay nada complicado en eso.

Laura se sonrojó, pero no dijo nada.

_En cuanto a mí, ya puedo morir tranquila, sé que ustedes harán lo posible para que todo esto salga a la luz.

_ ¿Por qué escogieron a Melinda? ¿Por qué me escogieron a mí? _ preguntó Laura aún perpleja y confundida.

_ Bueno, la sensibilidad de las personas es importante para que los espíritus las escojan. Imagino que su amiga poseía un poco de lo que se necesita. Creo que usted es mucho más sensible y más fuerte que ella. Creo que la eligieron porque a usted realmente le importa. Tal vez, porque su interés en nosotros es real. Tal vez, porque vieron en su alma algo que solo ellos pueden ver. Y aunque probablemente lo dude, usted tiene la fortaleza necesaria para afrontarlo.

_Melinda, no la tuvo_ dijo entristecida.

_Lo siento por su amiga, en verdad_ dijo la anciana acongojada.

Laura suspiró con tristeza.

_Tal vez, usted lo está afrontando porque lo tiene a él_ dijo la anciana mirando a Alejandro que tenía la espalda apoyada contra el Toyota celeste, los brazos cruzados sobre su pecho y observaba atentamente en dirección a Laura.

_Sí, es posible, jamás hubiese podido afrontarlo sin Alejandro. _ dijo ella con una mirada dulce.

Se despidió de la anciana, y bajó despacio la cuesta, su corazón se aceleraba cada vez que se acercaba al abogado. Suspiró varias veces tratando de calmar a su alocado corazón. Aquel hombre, que había hecho lo inimaginable por ella, seguía allí, a pesar de todo.

 Alejandro le dedicó una amplia sonrisa al verla, mientras se incorporaba y esperaba a que ella diera los últimos pasos hasta llegar a él. Pero a pesar de su sonrisa, tenía una mirada seria. Era una expresión complicada de entender. Lo que más impresionó   Laura no fue su dulzura, que lo hacía verse más joven, sino la franqueza de su mirada, que lo hacía verse de alguna forma mucho mayor.

 Con un agradable cosquilleo en el estómago pudo reconocer al fin, que era Alejandro el que fecundaba su espíritu, su pensamiento y su corazón.

III

Linda y Kuntur observaron las negras nubes acumulándose rápidamente sobre sus cabezas. Pronto llovería y les impediría seguir conversando en el jardín. No se percataron de la prematura llegada de John. Cuando este los vio, los ojos se le inyectaron en rabia, eran los ojos de un cazador, acechantes, que están a punto de caer sobre su presa. Corrió hacia ellos hecho un demonio, empujó a Linda que se encontraba de pie junto a Kuntur. El chico oyó cuando Williams lo maldecía y lo amenazaba con matarlo si no se alejaba de su esposa. Los ojos del muchacho se abrieron incrédulos al ver que el hombre se acercaba a él con los puños en alto. John le asestó un golpe en la mandíbula izquierda y cayó de espaldas sobre el césped. Linda gritó asustada. Kuntur trató de escabullirse usando sus manos y sus rodillas. Trató de levantarse, casi lo consiguió, pero cayó de nuevo, viendo a John con ojos aterrados y oscuros. En ese momento cayó la lluvia, fría, rápida y electrificante. John volvió a darle otro golpe al chico con el puño cerrado en plena nariz, tan fuerte que lo dejó algo aturdido. Linda aprovechó el momento y se abalanzó sobre su esposo intentando alejarlo del chico. Pero este era más fuerte y volvió a empujarla, esta vez, contra la pared de la casa. La mujer quedó sentada estupefacta y adolorida, con el pelo mojado pegado al rostro, mientras el vestido blanco se embarraba en el suelo. La lluvia caía a raudales, lo que dificultaba los movimientos del chico. Se levantó luego de un par de intentos y salió corriendo como un animal en medio de una estampida rumbo al rio. John corrió detrás de él, no iba a permitir que el chiquillo se saliera con la suya. Kuntur llegó empapado y jadeando de desesperación a la orilla del río. John le dio alcance, el chico gritó al sentir una mano sobre su hombro derecho. El sonido salió de su garganta, frenético como el grito de un actor en una película de terror y cuando otra mano le tomó la parte superior de su brazo izquierdo y lo hizo girar sobre sus talones, volvió a gritar, mientras veía con el rabillo de su ojo, la silueta de Williams. Trató de huir de nuevo, pero los fuertes brazos de Williams lo envolvieron por la espalda, trató de gritar por tercera vez, pero los brazos lo apresaron y su aliento se precipitó compitiendo con las ráfagas de viento de la tormenta. Levantó el pie derecho y pateó con fuerza hacia atrás golpeando a John en la pantorrilla y este emitió un grito de dolor. Williams no tuvo más remedio que soltarlo, Kuntur trató de que su aliento se normalizara, intentando que sus pulmones funcionaran con normalidad de nuevo. Su garganta emitió un sonido ahogado y antes de que pudiera alejarse, John tomó las mejillas del chico, colocando sus grandes palmas debajo del delicado ángulo de su mandíbula. La lluvia caía sobre su rostro desesperado, John no mostró misericordia, e hizo girar la mandíbula. Se oyó un solo sonido como cuando se forma una grieta en el suelo durante un terremoto. Kuntur cayó primero de rodillas y luego de espaldas, se quedó con las piernas abiertas y tendidas. John escudriñó los alrededores con rapidez asesina y tomó la piedra más grande que encontró, y le asestó un terrible golpe en la cabeza. El cráneo se le hundió de inmediato y empezó a sangrar profusamente formando un charco rojo a su alrededor. La sangre se mezcló con el agua del río y la lluvia, dándole un aspecto aterrador. John lo observó por unos segundos con expresión demencial, luego lavó la piedra en el agua y la tiró lo más lejos que pudo. Un grito desgarrador lo hizo voltearse sobre sus talones y se encontró con su esposa que había presenciado la horrible escena.

Laura despertó sobresaltada, tenía la piel pálida y sudorosa, acababa de encontrar la última pieza del rompecabezas.