HISTORIAS ENTRELAZADAS (KATARYNA Y ALEXANDER)

(Fragmento)

Oberá, noviembre de 1934.

I

Galina había crecido en el seno de una familia aristocrática, acostumbrada a que todos a su alrededor cumplieran el más insignificante de sus caprichos. Odiaba la insolencia, la zafiedad, y la inferioridad. Y por inferioridad entendía todo aquel que no hubiera crecido con los lujos y oportunidades de las que ella había gozado. Provista de los ostentosos rasgos de petulancia, soberbia y el más punzante carácter.

A pesar de haber dejado su adorada Moscú hacía más de una década no podía decirse que se había adaptado a aquellos parajes olvidados de Dios como ella solía llamarlo, utilizando toda la educación y la exquisitez de la que era capaz para evitar agregar a sus palabras todo tipo de adjetivos nada elegantes y distinguidos.

A Galina todos en aquel pueblucho le parecían ignorantes e incultos, sin ningún refinamiento intelectual. El desconocimiento de la gente común en los asuntos más corrientes, no le pasaban inadvertidos. Por lo que no había podido entablar amistad con ninguna de las mujeres del pueblo o de las demás haciendas de los alrededores.

Vivía embutida en su propia casa con algún que otro esporádico roce social, que la mayoría de las veces se debía a las exigencias de su esposo. Por el contrario, a Alexander no le era difícil relacionarse con todo tipo de gente, trátese de ignorantes peones, analfabetos indígenas o acomodados hacendados o gobernantes. Pero a pesar de la aparente facilidad de Alexander de relacionarse con la gente, Galina sabía que él escondía de los demás sus más profundas emociones y pensamientos. Para ella, la aparente fluidez y desenvoltura de trato de su esposo era algo parecido a una cortina de humo con la que intentaba esconder su verdadera personalidad. Como Philippe Pinel[1] diría, un maniaco sin delirio:  el encanto superficial, la personalidad inestable, la frialdad emocional. En un primer momento pensó que Alexander terminaría suicidándose y así utilizar aquel acto como un gesto grandilocuente y a la vez trascendental, pero había llegado a la conclusión de que el suicidio se enfrentaba con su diagnóstico inicial.

Consideraba a Alexander, hipócrita y falso al mismo tiempo que se consideraba a si misma clara y completamente franca de carácter, desde luego no se consideraba irritante por su arrogancia, al contrario de lo que pensaban los que la rodeaban.

En cada una de sus acciones había tenido la oportunidad de demostrar a todo aquel que la conociera, la escasa consideración por el bienestar de los demás de la que estaba dispuesta. Podía ser capaz de una impensable perversidad si alguien osaba inmiscuirse en sus asuntos. Odiaba la vulgaridad, la curiosidad y la impertinencia de los indígenas a su servicio, que, según su perspectiva poseían rostros de natural y zafia futilidad. Los infortunados debían enfrentarse constantemente a la vehemencia de su más histérica irritabilidad. Se conducía casi siempre con rebuscada jactancia y estudiada indiferencia.

Su carácter se hacía cada vez más amargo y duro, al mismo tiempo que crecían su soledad, su tristeza y una intensa sospecha de que Alexander vivía alguna nueva aventura.

Las ausencias de su esposo que solían ser esporádicas se hacían cada vez más frecuentes. Trascurría semanas completas fuera de la hacienda y no tenía idea de donde pasaba las noches. Intentaba no darle demasiada importancia al asunto, ya que, a pesar de sus infidelidades, nunca la había desamparado. Había abandonado el lecho conyugal hacía tiempo, pero nunca había desatendido económicamente ni a ella ni a sus hijos.

Con los años, Galina había llegado a detestar a su esposo, su falta de cariño, su apatía, su falta de empatía, su desconexión con todo lo que ella representaba. Lo culpaba de su desdicha, de su amargura.

Necesitaba desvelar el secreto que escondía su esposo, identificar el objeto de sus pretensiones y deseos ya que nadie lo había alejado por tanto tiempo de la casa familiar desde hacía más de una década.

Recordó a Tatiana y la obsesión de su esposo por aquella mujer que ante sus ojos era una simple trepadora. Nunca había pensado en ella como alguien importante en la vida de Alexander y sin embargo estuvo a punto de abandonar todo por ella. Solo su muerte pudo devolverle a su esposo, y aun así se lo devolvió deteriorado y herido sin posibilidad de arreglo.

Tendría que aprender a convivir con ello, ya había perdido las esperanzas de que su esposo retirara la venda que llevaba sobre sus ojos y por vez primera la viera como lo que era, su esposa y no como un obstáculo en su camino.

II

Igor se tambaleaba dando tumbos como una de aquellas carretas tiradas por bueyes al avanzar por un sendero cubierto por baches. Oía el ruido de los grillos y el ululato de una lechuza sobre su cabeza. En el fondo de su garganta percibió el sabor rancio del licor, y eructó, subiéndole hasta la boca una sustancia de sabor ácido. Empezó a temblar y se agarró las rodillas con las manos con el propósito de evitar las constantes arcadas que estaba sintiendo. El sudor le corría por el rostro y la espalda. Volvió a incorporarse cuando se convenció de que no terminaría vomitando.

Pensó en Kataryna, se veía diferente, era una mujer completamente nueva la que había aflorado desde las viejas cenizas que el dolor, la necesidad y él mismo habían agitado tan cruelmente.  La sentía cada vez más inalcanzable. Por años había logrado dominarla, doblegarla, someterla, pero desde que había llegado a Oberá se resistía cada vez con más ímpetu y vehemencia. No solo a sus exigencias sexuales sino también a sus deseos u órdenes.

Desde un principio había pensado que era una mala idea aceptar el trabajo del presumido de Ivanov, y en los dos últimos meses le rondaba en cabeza, cada vez con más frecuencia, la idea de regresar a Ucrania y reclamar sus tierras así tuviera que declararse fiel al régimen. Le exigiría a Kataryna que acatara sus órdenes o de lo contrario se llevaría a Daryna con él. Utilizaría la misma táctica que había usado ella cuando decidió abandonar Kiev.

Pero había otra cosa que lo inquietaba más profundamente, los hombres hablaban de las prolongadas y reiteradas ausencias de Ivanov. Ya no supervisaba a los capataces ni a los peones, delegaba sus obligaciones a Juan, su brazo derecho. Los cuchicheos entre capataces sugerían alguna nueva aventura de Ivanov y atribuían a ello sus continuas desapariciones. Pensó en las prolongadas ausencias de Kataryna, pero su mente se negó a aceptar aquella posibilidad. Su esposa estaba dañada, siempre lo había pensado. Era imposible que le sirviera de algo a otro hombre y si se diera el caso, que creía imposible, pero de darse, estaba seguro de que la mataría a golpes y se iría a Ucrania con su hija. Hacía mucho tiempo que Igor le había consentido a un impulso destructivo que había formado parte de sí mismo tal vez desde el mismo día de su nacimiento. Y no tenía intención de doblegar a aquel impulso, todo lo contrario.

La lechuza ululó de nuevo, fue un sonido soñoliento y lejano. Las luciérnagas despedían destellos en la oscuridad como si fueran chispas en una chimenea ardiente.

Llegó a la casa y la encontró a oscuras. Recordó que Daryna se hallaba en el campamento de verano junto con los niños de su escuela.

Se preguntó dónde diablos estaría su esposa y una fuerte desconfianza arrasó su mente como una terrible tormenta de verano. Su mente se llenó de interrogantes, y sospechas.

¿Y si Kataryna fuera la amante de Ivanov? ¿Y si ambos se estuvieran riéndose a sus espaldas? ¿Dónde diablos se encontraban aquellos malditos?

Se acercó a la puerta y la abrió con rudeza. Aún se balanceaba sobre sus goznes cuando rechinaba y se cerraba de un portazo. La luz de la luna llena, blanca y brillante ingresaba por la ventana de la salita. Encendió una vela de sebo y la situó sobre la mesa de la cocina. La borrachera que traía encina se había disipado por completo ante la idea de la infidelidad de su esposa. Empezó a remover los trastos de la cocina, tiró ollas y platos al suelo, hasta encontrar lo que estaba buscando. Tomó tres botellas de caña y las situó sobre la mesa. Volvió a remover los trastos hasta que encontró un jarro de aluminio esmaltado. Tomó una de las botellas y la descorchó con los dientes. Vertió el líquido en el jarro y se lo llevó a los labios, vaciando el contenido de un trago. Depositó el jarro sobre la mesa con un golpe.

Su mente seguía imaginando situaciones que parecían absurdas pero que tal vez no lo eran tanto. Las excusas de Kataryna para sus continuas ausencias, las desapariciones de Ivanov, el cambio en el comportamiento de su esposa.

Se llevó la botella a su boca y la empinó. Bebió un trago largo luego sacudió la botella y la observó a través de la frágil luz de una vela. Estaba vacía la dejó sobre la mesa al lado de las demás botellas.

Sobaka cruzó la salita al trote y se coló cautelosamente debajo del sillón. Igor, quien odiaba tener metido el perro en la casa apenas notó su presencia ocupado en descorchar la siguiente botella. Suspiró y volvió la cabeza hacia la ventana de la cocina, de tal forma de que la luz ribeteó sus rasgos oblicuos: los pómulos marcados, los labios gruesos, la fuerte mandíbula.

Esta vez no se molestó en buscar el jarro esmaltado, volvió a empinar la botella y bebió como si fuera un hombre perdido en el desierto y que acababa de encontrar agua. Dejó la botella sobre la mesa y se tambaleó un poco. Se sujetó del borde de la mesa en un intento por mantener el equilibrio. La luz de la luna bañaba la cocina, revestía todas las superficies con una tonalidad argentosa, colmaba las botellas vacías sobre la mesa. Las ollas centellearon. La latona que fungía de fregadero era una resplandeciente oquedad. Inclusive el suelo de cemento parecía brillar.

Igor se apoyó contra la mesa, asemejaba un esbozo infantil recortado contra la plateada luz. El suelo a sus pies estaba recubierto por pequeños círculos de luz derramados por todas partes. En la mesa sobresalían las botellas repletas de luz de luna.

Se sobresaltó al abrirse la puerta con aquel chirrido tan irritante. En el umbral de la puerta se hallaba Kataryna con los ojos abiertos y la mirada atemorizada.

_ ¡¿Dónde diablos estabas?!_ fueron las palabras de recibimiento de Igor.

_En casa de Olga_ contestó con la voz entrecortada.

No necesitaba entrar a la casa pasa saber que su esposo había bebido más de la cuenta.

_ ¿Olga? _ preguntó, la cabeza le daba vueltas y no pensaba con claridad.

_Hoy es su cumpleaños e invito a unas amigas a cenar. ¿Recuerdas que te lo comenté esta mañana? _ preguntó temerosa.

_ ¡Que esperas para entrar en la casa! _ gritó al tiempo que se sostenía de la mesa para no perder el equilibrio.

Sobaka salió sigiloso de debajo del sillón y huyó al trote de la casa antes de que Kataryna cerrara la puerta. Lo mejor sería estar la más lejos que pudiera del mal humor de Igor.

Kataryna se acercó con pasos lentos a la mesa de la cocina. Recorrió el lugar con la mirada y descubrió estupefacta el caos que Igor había creado. Trastos regados por todas partes; botellas de licor vacías; un charco de bebida derramada sobre la mesa y el piso.

_ ¿Dónde estabas? _ volvió a preguntar Igor con voz pétrea.

_Ya te dije en casa de Olga, nos invi…

Igor no la dejó continuar.

_ ¡Estabas con Ivanov! _ gritó Igor al tiempo que intentaba sujetarla de la muñeca.

Kataryna retrocedió con una incuestionable expresión de asombro dibujada en su rostro.

_ ¿Ivanov? Desde luego que no_ respondió luego de titubear por unos segundos.

Su corazón latía acelerado como si estuviera tomando parte en una carrera. No tenía idea de dónde había sacado Igor aquella idea. Tal vez no había estado con Alexander aquella noche, pero eso no le quitaba a Igor cierta certeza en sus palabras.

_ ¡Te encuentras con Ivanov a escondidas! _ volvió a gritar.

El corazón de Kataryna dio un vuelco y dio dos pasos hacia atrás como si se estuviera preparando para huir en cualquier momento. Se sentía acorralada, desesperada y aterrorizada por la reacción de Igor. Si bien nunca la había golpeado, con una repentina y horrible punzada de desesperación de dio cuenta de que era capaz de hacerlo.

A pesar del agudo estado de ebriedad de Igor, no le pasó inadvertida la actitud de Kataryna. La mirada esquiva, el vistazo a la izquierda, la demora en sus respuestas, el nerviosismo, la vacilación, todo lo que delataba a un mentiroso, pensó.

De repente, con una rapidez inimaginable en una persona ebria, se lanzó sobre ella y la tomó de la garganta. La empujó y la obligó a retroceder hasta que se topó contra la puerta de entrada golpeándole la cabeza con fuerza.

Kataryna intentó gritar, pero le fue imposible. Los dedos de Igor se hundieron profundamente en su piel. Kataryna sintió que se ahogaba, emitió sonidos asfixiados. Se aferró a los dedos de Igor con una mano, sus uñas le hendieron las muñecas. La otra, con la palma abierta empujó contra su rostro. Sin embargo, él era más fuerte, a pesar del grado de ebriedad, era más fuerte y le sostuvo la muñeca con fuerza a un lado de la cabeza, y cerró los dedos en torno a su cuello gruñendo como un animal salvaje que está a punto de matar a su presa.

La visión empezó a nublársele. Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Estaba perdiendo la consciencia. Y cuando pensaba que aquel sería su último día, Igor terminó por soltarla. Kataryna se desplomó jadeando. Igor se elevó por encima de ella. Kataryna pensó que se preparaba para golpearla y se encogió sobre sí misma. Intentó gritar, pero su garganta solo alcanzó a emitir un chillido.

_Si descubro que te estás viendo con Ivanov voy a matarte_ dijo con voz escabrosa.

Kataryna se arrastró sobre sus manos y pies e intentó buscar refugio debajo de la mesa. Igor abrió la puerta y salió de la casa dando un portazo. Kataryna se rodeó con sus brazos, en un intento por protegerse. Se tocó el cuello con una mano mientras que la otra se afianzaba a sus rodillas. En seguida, arrugó la cara y empezó a estremecerse con unos sollozos que gorgoteaban en lo más profundo de su alma, al tiempo que su cuerpo se mecía de un lado a otro en desesperación.

Pasó la noche insomne, aterrorizada de que Igor decidiera regresar y concluir con su amenaza.

Al amanecer observó a su alrededor, el desorden, las botellas que ahora relucían al sol, las sillas separadas de la mesa de la cocina evidenciando la lucha de la noche anterior, Sobaka que lloriqueaba desde el otro lado de la puerta exigiendo atención. Observó las partículas de polvo que deambulaban abúlicas atrapadas en la luz, al igual que ella se encontraba atrapada en aquel horrendo matrimonio.

No tenía idea de lo que haría, pensó primero en evitar a Alexander, pero luego razonó y decidió que debía alertarlo. Debía advertirle de que no se acercara a ella, que evitara buscarla o hablar con ella.


[1] Philippe Pinel: Acuñó el término manía sin delirio lo que más tarde se conocería como psicopatía.

CASA 110

La revelación (fragmento)

I

A Richard no le hizo mucha gracia saber que Laura prefería quedarse en La Oroya antes que regresar con él a Maine. Mucho menos, confirmar sus sospechas sobre los sentimientos de la psicóloga por el abogado. Pero no le quedó más remedio que aceptarlos y regresar solo a los Estados Unidos.

Sentada en el Corola celeste rumbo a Chacapalpa, Laura recordaba el rostro de resignación de su exesposo mientras dejaba su casa. Suspiró renovada, aclarar las cosas con Richard le había traído cierta tranquilidad y hasta se podría decir que le había dado paz, paz mental y emocional. Había estado ligada a Richard por años, a pesar de la distancia y el divorcio. Inconscientemente, había rechazado relaciones serias por el recuerdo de Richard, por la esperanza de que alguna vez reanudaran su relación y esta vez funcionara.

Alejandro había cambiado eso, él había dado un nuevo rumbo a su vida, no solo por el constante apoyo que recibía de su parte, sino también por la forma en que la trataba, por la forma en que le hablaba y en especial, por la forma en que la miraba, haciendo latir a su corazón desbocado. Podía perderse en aquellos ojos, en su sonrisa y al fin estaba dispuesta a aceptarlo.

El abogado la sacó de sus cavilaciones cuando le señaló el puente sobre la margen derecha del río Mantaro que debían cruzar para llegar al pueblo.

_Llegamos_ dijo.

Ella solo asintió.

Detuvieron el Toyota frente a la alcaldía, un edificio de tres pisos bastante moderno que contrastaba con el resto de las pequeñas edificaciones de la localidad. Se apearon y no pudieron evitar asombrase con las elevadas e impresionantes montañas que rodeaban al pequeño pueblo de poco más de setecientos habitantes. El verde intenso de los cerros con los que Laura se había maravillado la primera vez que visitó el centro poblado, había desaparecido, dando paso a tonos más áridos y amarillentos, aún así lucían imponentes.

Se dirigieron a la municipalidad en donde un hombre de baja estatura, que ostentaba un chullo con colores muy vistosos les dio la bienvenida. Quisieron entrevistarse con el alcalde, pero el hombre les informó que se encontraba fuera del pueblo en una reunión.

El abogado le explicó que necesitaban entrevistarse con los pobladores mayores de ochenta años. El hombre le comunicó con una sonrisa que eso sería muy sencillo, ya que solo había diez pobladores que cumplían con ese requisito y se mostró feliz de llevarlos hasta ellos.

Las primeras tres personas, dos hombres y una mujer, que sobrepasaban los noventa años, no recordaban haber conocido a ningún Kuntur Huamán. El primer hombre había perdido la vista debido a una catarata que lo dejó ciego hacía casi diez años atrás. El segundo, no oía muy bien con el oído izquierdo, pero aún mantenía su buen sentido del humor, como Alejandro y Laura pudieron comprobar. La mujer, se encontraba en mejor estado de salud, a pesar de su edad.

El hombre que los acompañaba, les explicó que sería difícil que alguna de estas personas recordase a un jovencito que murió hace setenta años ya que, con el paso del tiempo, no solo se presentaban problemas de visón y de audición, sino también de demencia y pérdida de la memoria.

La cuarta persona que conocieron, fue una mujer de ochenta y nueve años que abrió sus pequeños ojos al oír el nombre Kuntur.

_Fue el hermano de Killasisa_ dijo de inmediato.

Laura dirigió su sorprendida mirada al abogado.

_La conozco_ dijo_ hablé con ella la primera vez que estuve aquí.

Alejandro sonrió esperanzado.

Recorrieron el camino rumbo a la casa de la anciana en silencio, ambos estaban expectantes, tenían la esperanza de que la mujer pudiera darles algunas respuestas. Subieron una empinada colina por un sendero serpenteante hasta llegar a una pequeña casita blanca de dos habitaciones, con techos de calamina en donde el sol centelleaba con ases amarillos e intensos.

Killasisa reconoció a Laura de inmediato, y le dedicó una sonrisa amable y acogedora. Los hizo ingresar a su morada y los invitó a que se sentaran frente a una desvencijada mesa, único mueble que ostentaba la pequeña sala en donde se encontraban, que hacía las veces de recibidor, comedor y cocina. Las paredes estaban manchadas de negro producto del hollín que emanaba de la cocina a hichu con la que cocinaba la anciana, se extendían como nubes oscuras sobre la pared como si presagiaran una tormenta.

Killasisa observó a Laura y luego a Alejandro con curiosidad. Entrelazó los arrugados dedos de sus manos sobre la mesa y les sonrió.

_ ¿Qué puedo hacer por usted señorita? _ dijo Killasisa con aquella entonación tan peculiar de la población andina.

_ ¿Tuvo usted un hermano que se llamó Kuntur? _ preguntó la psicóloga con cautela.

Killasisa le dedicó a Laura una sonrisa nostálgica antes de responder.

_Sí, murió cuando tenía catorce años_ dijo.

Laura emitió un suspiro sonoro y observó a Alejandro quien le hizo una señal con la cabeza para que continuara.

_ ¿Podría contarnos que fue lo que pasó con él?

La anciana se quedó en silencio por unos momentos, sopesando lo que debía decir. Había pasado mucho tiempo desde la muerte de su hermano. Si bien, siempre tuvo fuertes sospechas de lo que le había ocurrido, nunca dijo nada por temor a lo que podía pasarle.  Su rostro apergaminado, se veía serio y reflexivo.

_Creo que he callado por mucho tiempo, es hora de que diga lo que sé_ dijo mostrando una sonrisa algo desdentada.

Lo pensó por unos segundos más y luego inició su relato.

_Mi hermano Kuntur trabajaba de jardinero en casa de una pareja extranjera. Linda y John se llamaban. Mis padres habían fallecido cuando Kuntur tenía doce años y yo catorce. No teníamos más parientes que se ocuparan de nosotros, o al menos no querían hacerlo_ dijo con una sonrisa triste_ Kuntur tuvo que trabajar, mientras yo me quedaba en casa y cuidaba de las ovejas que nos dejaron nuestros padres.

_ ¿Cómo murió? _ preguntó Laura al ver que ella se detenía.

_La policía dijo que un ladrón entró en casa de los Williams, así se apellidaba la pareja en donde él trabajaba, y el ladrón al ver a mi hermano, salió huyendo hacia el río. Intentaba cruzar el río hacia la otra orilla según dijeron. Pero mi hermano le dio alcance y antes de que lo atrapara, el ladrón lo golpeó con una piedra en la cabeza_ dijo la anciana y sus pequeños ojos se llenaron de lágrimas.

_Lo siento_ dijo Laura acariciando una de sus manos_ no quería alterarla.

La anciana sacudió la cabeza y le dedicó una sonrisa triste.

_No se preocupe, señorita, usted no es quien me pone triste, sino todo lo que sufrió mi hermano.

_Según acaba de decir, esa es la versión de la policía_ dijo Alejandro_ ¿hay alguna otra versión? _ aventuró a preguntar.

_Si, joven, tengo otra versión_ contestó la anciana.

_ ¿Podría contárnosla?

Ella asintió y aspiró una bocanada de aire antes de continuar.

_Creo que John Williams mató a mi hermano_ dijo en un murmullo sordo.

Laura la miró con sorpresa, eso era lo último que esperaba oír de la anciana.

_Por favor continúe_ pidió el abogado ya que la psicóloga se encontraba atónita.

_Kuntur me contaba todo sobre los Williams, no teníamos a nadie más. Él solía decir que John maltrataba a su esposa. Mi hermano había presenciado varios de esos maltratos, pero no podía decirle nada a nadie. Los médicos del hospital que se encontraba frente a la casa de los Williams se encargaban de esconder los golpes que ella recibía. Al menos eso decía mi hermano.

Laura asintió, estaban al corriente de eso.

_Linda, la esposa de Williams no tenía en quien confiar, no podía ir con sus amigas y contarles todas las atrocidades de que era capaz su esposo y no encontró consuelo más que en mi pobre hermano. Cuando John iba a trabajar, Linda se desahogaba con mi hermano. Él era solo un niño, pero había madurado rápidamente debido a la muerte de nuestros padres. No podía hacer mucho por ella, solo escucharla y abrazarla cuando perdía las esperanzas y lloraba.

La anciana se detuvo de nuevo y llevó ambas manos a su rostro surcado por las marcas de los duros años vividos.

_Linda quedó embarazada_ dijo la anciana.

Alejandro y Laura se miraron fijamente, estaban a punto de descubrir algo importante eso era seguro.

_Se lo contó a Kuntur. Mi hermano se alegró mucho por ella, pensó que tal vez ese niño haría entrar en razón a Williams, pero se equivocó. Linda le ocultó a su esposo su embarazo hasta que fue evidente. Williams se puso iracundo, dijo que ese hijo no era suyo. La desesperación la embargó, le aseguró a su esposo que el niño era suyo. Pero en su ceguera, Williams creyó lo que quería creer. Amenazó a su esposa con deshacerse del niño. Estaba aterrada, no sabía que hacer, tenía siete meses de embarazo. En uno de aquellos arranques de rabia Williams le propinó tremenda paliza que la dejó sangrando. El hombre la dejó en el suelo tirada, mientras entraba en labor de parto. Mi hermano la encontró desesperada, llorando de dolor, miedo y rabia. No podía ir al hospital, sabía que los médicos se encargarían de esconder todo e incluso de deshacerse de su bebé. Kuntur la ayudó a dar a luz. Mi hermano no sabía nada de traer niños al mundo, solo había asistido a mi padre en el nacimiento de un par de carneros. Pero dijo que ella había gritado de dolor. Creo que Kuntur no solo salvó al bebé, sino que la salvó también a ella.

_ ¿Qué? _ preguntaron ambos al unísono.

_ ¿El bebé se salvó? _ preguntó Laura con los ojos bien abiertos.

_Kuntur envolvió al bebé en una manta, era muy pequeño, no tenía cejas ni pestañas. Se podía ver a través de su piel blanca como la leche. Su madre lo sostuvo por unos minutos contra su pecho, lo besó en la frente y se lo entregó a mi hermano. Él no necesitó que ella dijera nada, entendía la gravedad de la situación. Si el niño se quedaba con ella, de seguro moriría a manos de su demente padre. Kuntur tomó al niño y lo envolvió con la manta en la que transportaba sus herramientas. Lo colocó en su espalda y salió sin llamar la atención de los guardias, después de asegurarse de que Linda se encontraba bien dentro de lo que cabía. Trajo al niño a la casa. Era la cosita más linda que había visto en mi vida. No tenía ni un solo pelo en su pequeña cabeza. No abría aún los ojos, pero estaba casi segura de que los tenía del mismo color que el de su madre. Miré a mi hermano apenada. Sabía que no podíamos quedarnos con el niño. Llamaría la atención y podría llegar a oídos de Williams.

_ ¿Qué hizo con él? _ preguntó Laura, su voz sonó amortiguada, casi etérea.

_Se lo entregué a una familia de Huancayo que no podía tener hijos. Era una familia bastante acomodada.

_ ¿Volvió a saber de él?

_Sí, me mantenían informada, tuvo una vida feliz, nunca supo por lo que su madre pasó para que él naciera.

_ ¿Ha muerto? _ preguntó Alejandro.

_Está enfermo, tiene cáncer terminal. No le queda mucho tiempo de vida.

_ ¿Piensa que Williams se enteró de que su hermano se llevó al niño? ¿Cree que por eso lo mató? _ preguntó la psicóloga.

_No, Williams nunca sospechó que el niño estaba vivo. Linda le dijo que perdió el bebé después de la golpiza que le dio y que había enterrado el feto cerca al río.

_Entonces, ¿Qué fue lo que le sucedió a su hermano? _ inquirió el abogado.

_John no solo era un abusador, sino también era alcohólico. Bebía todos los días después del trabajo y empezó a reclamarle a su esposa el tiempo que pasaba con mi hermano en el jardín. No le gustaba que ella tuviera alguien con quien conversar. Pienso que durante una de aquellas discusiones terminó matando a mi hermano.

_ ¿Cómo puede estar segura de ello? _ preguntó el abogado.

_No puedo estarlo con certeza, pero pienso que ustedes están aquí porque mi hermano se les apareció al igual que lo hizo conmigo.

Laura la observó pasmada, le parecía increíble lo que estaba oyendo.

_ ¿Qué le dijo su hermano cuando se le presentó? _ preguntó Laura.

_Dijo “John es culpable”. No necesité más explicaciones.

Laura asintió.

_Han pasado setenta años_ dijo la anciana_ pensé que moriría sin que se supiera la verdad, pero de alguna forma, mi hermano se ha encargado de que ustedes la supieran, creo que puedo morir tranquila después de esto.

Historias Entrelazadas (fragmento)

Oberá, Setiembre de 1934.

I

Los árboles albergaban a los gorjeantes pájaros, los verdes retoños deslumbraban bajo la brillante luz del sol, las flores fragantes centelleaban en el rocío primaveral. Y como si fuera un mágico prodigio, el bosque se tiñó de amarillo para ensalzar los ojos de aquellos que lo disfruten.

Por las noches, la luna, las estrellas y Kataryna contemplaban las flores en el tapiado jardincito aledaño a la casa. Sentada en la grada al pie de la puerta, levantaba la mirada al cielo y observaba el resplandor de las estrellas recordando y anhelando a los que lejos dejó. Esperando que su madre hiciera aquel mismo ejercicio cada noche para sentirse conectadas de algún modo.

Pensó en Alexander y en su extraña actitud, hacía un par de semanas que no tenía noticias suyas. No había regresado a la cabaña, ni se había vuelto a cruzar con él. Supuso que era lo mejor, ya que una amistad entre el dueño de la hacienda y la esposa de uno de sus trabajadores no era lo más adecuado, estaba segura de que solo le acarrearía problemas. Pero por más que intentaba convencerse a sí misma de todo aquello, no dejaba de anhelarlo. Alexander había llegado a ser para ella algo así como un confidente, alguien a quien había confiado algunos de sus sentimientos, algo de su vida, aunque se había cuidado de guardarse para si algunos detalles muy escabrosos.

Abrió los labios con un gran suspiro que trató de contener, pero no pudo hacerlo. Comenzó a sollozar quedamente. Daryna e Igor dormían y no quería despertarlos en especial a Igor que había regresado a la casa ebrio, no deseaba fustigar su mal humor.

Sobaka se acercó a ella meneando la cola, tenía el rostro contrariado como si comprendiera por lo que ella estaba pasando. Tocó su brazo con el hocico y luego le lamió la mano, arrancándole a Kataryna una triste sonrisa. Le acarició la cabeza y luego el lomo. Sobaka saltó, catapultándose sobre sus patas traseras, mientras movía la cola de un lado a otro, intentando llamar la atención de su dueña. Kataryna exhibió esta vez una amplia sonrisa al tiempo que se secaba las lágrimas con el dorso de sus manos. Acarició al perro por unos minutos mientras se apaciguaban en su interior todos sus temores y dudas.

II

Alexander Ivanov era un hombre consciente de sus extraños cambios emocionales y su complicada existencia. Se le hacía difícil confiar en la gente luego de que sus padres, sus amigos y la mujer que amaba, murieran en tan terribles circunstancias. No tenía grandes aspiraciones, a pesar de que quien viera lo que había logrado en Oberá lo tomara que era un hombre ambicioso y pujante. Para él todo lo que hacía era solo un medio de sobrevivir un día a la vez, ocupando su tiempo en cualquier cosa que le ayudara a mantener su mente lejos de sus deseos de terminar con su azorada vida. Intentando cumplir con una promesa que se le hacía más difícil cada día.

Alexander tenía una extraña claridad mental cuando de su salud psicológica se trataba. Sabía con certeza que algo no estaba del todo bien, pero intentaba con mucho esfuerzo sobrellevar sus altos y bajos y seguir adelante. A veces cuando salía de aquellos trances en los que su mente lo sumergía hasta tocar las oscuras aguas de la desesperación, se echaba a reír ya que le parecía antagónico que un enajenado fuera consciente de su locura. Como bien dicen: “Un loco nunca sabe que está loco”, tal vez eso debería ser un consuelo para sí mismo.

Se había hecho más cauto con la gente después de la guerra, después de perder a Tatiana. Intentaba no conectarse con la gente, evitaba intimar. Le sorprendió sobre manera el interés que había caudado Kataryna en su persona, fue como si una fresca y balsámica brisa le soplara en un día caluro de verano. Si bien al principio se sintió a gusto con ella, luego de analizarlo todo como era su costumbre, decidió que lo mejor que podía hacer era evitarla. La consideraba inteligente, aunque no tuviera roce social ni fuera una mujer instruida y de mundo, y a pesar de que pensaba que era fuerte y valiente, temía que fuera inexperta, ingenua e inocente. En resumen, no deseaba herirla.

No intentó buscarla, verla o hablar con ella desde entonces, aunque anhelaba completamente lo contrario y cuando la vio en LA MERCANTIL entendió que no le sería tan fácil suprimir aquella rara atracción que ella ejercía sobre él. Pero a pesar de esto, se limitó a saludarla en forma cortes, pero distante.

No ocupaba su mente continuamente del modo en que Tatiana aún lo hacía, pero iba creciendo dentro como una pequeña gota de tinta que mancha una hoja de papel y que se va extendiendo poco a poco. Formando intrincadas estrías, enraizándose despacio, pero con firmeza.

No, no lo permitiría, no le causaría a ella más que daño. Un hombre dañado, no puede causarle a una mujer más que daño.

Se pasaba gran parte del día en aquellas cavilaciones, suplicándole a Tatiana en sus ruegos que lo ayudara a olvidarse de esa locura y continuar con su vida como hasta ahora, alejado de toda emoción de todo sentimiento.

Pensaba que esta vida que creía vivir no era real. No era más que una especie de obra de teatro sombría y se alegraría cuando las luces se apagaran y se corriera el telón por última vez. En la total oscuridad todas las sombras y los fantasmas desaparecen.

La noche lo rodeó y sus pensamientos daban vuelta y más vueltas, como Sobaka cuando intentaba agarrarse la cola. Cuando al fin se quedó dormido en el sillón de la biblioteca, soñó con Tatiana.

Al principio se halló en una casa vacía, con viejas y podridas vigas y aire vociferante. El techo se hundió de pronto con un lastimero gemido que crepitó en él, que lo avasalló. Lo arrastró después, mientras una de sus manos arañaba las paredes de ladrillo desnudo y la otra se precipitaba hacia el vacío. Enseguida, todo dio vueltas a su alrededor, vio el verde intenso de las hojas de los árboles del bosque arremolinase frente a él, el suelo rojizo parecía girar como si estuviera parado en un carrusel. Una luz intensa parecía apuntar hacia una mujer vestida con una túnica blanca y brillante. Su visión se tornó desteñida, deslucida, hasta que el blanco que emana la vestimenta de la mujer anegó sus ojos formando una ciénaga de luz, abismal, espesa e insondable. Intentó gritar, pero cayó de bruces y su rostro tocó el suelo. Notó el sabor de la tierra. Sus brazos y piernas se movieron como aspas de molino. Sintió que el suelo se contraía, el bosque se contraía, el aire se contraía. En el desorden de su mente intentó controlarse, intentó ponerse de pie. Oyó la voz de la mujer de blanco, aquella voz conocida y amada que recordaría hasta el último día de su existencia. Todo dejó de dar vueltas y él pudo ponerse de pie. Fijó su atención en la figura que tenía enfrente y pudo ver primero su cobriza cabellera y luego su anhelado rostro que le sonreía con ternura.” No luches Alex, solo déjate llevar” la oyó decir y luego desapareció tal y como había aparecido. El bosque apareció oscuro y silencioso, solo el ulular de una lechuza y el titilar de las estrellas sobre su cabeza.

Despertó sobresaltado y nervioso al tiempo que pronunciaba el nombre de Tatiana con voz ahogada. Se llevó la mano a la frente como si se estuviera tomando la temperatura, mientras respiraba agitadamente. Notó que el corazón le palpitaba con rapidez en el pecho. Se pasó los dedos por la mejilla bajo su ojo derecho y por la humedad que notó, se percató de que había llorado.  Observó con ojos muy abiertos las vigas del techo. Se incorporó en el sillón y bajó pesadamente sus pies descalzos al el piso. Miró a su alrededor en la penumbra de la habitación, contemplando por un instante las paredes revestidas de madera. Apoyó los codos sobre sus rodillas y hundió su rostro entre sus manos abiertas.

Se sentía alterado y confuso, como cada vez que soñaba con ella. Sus sueños siempre parecían constar de dos partes, la primera, algo inquietante y turbadora, la segunda, cuando aparecía Tatiana, mucho más confortadora y apaciguadora.

Si bien los sueños habían aminorado con los años, parecían haber tomado fuerzas de nuevo desde que había conocido a Kataryna.

Se puso de pie minutos después, cuando su corazón encontró de nuevo el ritmo normal. Se acercó a la ventana con pasos lentos, se oía el suave murmullo de las perneras de sus pantalones al rozarse. Se quedó mirando durante largo tiempo a la sutil y grisácea luz de la ligera noche que entraba por la ventana, intentando dilucidar las palabras de Tatiana y el extraño sueño.

III

El día era claro, firme y brillante, y la temperatura unos veintisiete grados invitaba a dar un paseo. Caminar por el bosque y llegar hasta el arroyo era el deseo de Kataryna desde hacía unos días, pero no tomaba la resolución de hacerlo. No estaba muy convencida de que fuera lo adecuado, además no estaba segura de poseer la entereza de evitar vadear el arroyo y caminar hasta la cabaña. Resolvió entonces dar un paseo por el campo y tomar algo de aire puro. Observó el ganado que pastaba apacible y libremente en las praderas. Divisó a lo lejos un par de hombres que trabajaban dando mantenimiento del tajamar, de donde el ganado saciaba la sed. Un tercero se sentaba sobre una roca, cebó un mate, chupó profundamente y se quedó pensativo, mirando hacia el tajamar. Todos aquellos eran hombres vigorosos y de entereza, hombres de buen proceder y gran esfuerzo. Un poco más adelante observó a Alexander que hablaba con un hombre grueso que llevaba pantalones y camisa de trabajo gris con bolsillos laterales. Kataryna pensó que se trataba de algún representante del gobierno que veía a fiscalizar la hacienda. Alexander se hallaba muy abstraído en su conversación para poder notar su presencia. Se dirigieron al área de carga y descarga de animales. Atravesaron la entrada y se abrieron paso entre camiones y cercos.

Kataryna decidió que sería mejor regresar, evitar encontrase frente a frente con él, pero antes de que pudiera poner en práctica aquella idea, Alexander salió de entre los camiones y fue muy tarde para salir huyendo. Ivanov se acercó con pasos rápidos con la mirada sostenida y los labios ligeramente separados. Sus dedos se abrieron paso por su pelo como si estuvieran labrando un campo. Apuesto, garboso, con sus anchos y esbeltos hombros, su rostro con aquella mandíbula angulosa y cuadrada, sin olvidar sus ojos azules. Kataryna no pudo evitar emitir un suave suspiro. Sintió que la sangre se le agolpaba en las mejillas y que su corazón le latía como un tambor. Se detuvo frente a ella con los brazos en jarra y la mirada fija en ella.

_ ¿Qué haces aquí? _ preguntó sin siquiera saludarla. De aquella cortesía y caballerosidad muy características en él no quedaban nada. Sonó lacónico y bastante seco.

En su rostro se pintaba una expresión que Kataryna no fue capaz de descifrar. ¿Sería molestia, contrariedad, hastío, fastidio? O las cuatro cosas.

_ ¿Qué haces aquí? ¿Buscas a alguien? _ volvió a preguntar.

Kataryna no tenía alguna respuesta específica que ofrecer y fue incapaz de buscar alguna. Se mostró temerosa e inquieta ante las preguntas y la actitud de Alexander.

_Lo siento, no sabía que no podía caminar por aquí_ se excusó.

Ivanov se humedeció los labios y no se le ocurrió como continuar. El temor de Kataryna lo había puesto inquieto y susceptible. Jamás pretendió ejercer aquel tipo de emociones negativas en ella.

Alexander la vio cansada, nerviosa y aturdida debajo de la pañoleta azul que usaba amarrada debajo de la barbilla y que escondía sus rubios cabellos. Pensó que se estaba comportando descortésmente con ella. Sacudió la cabeza con lentitud.

_No, soy yo quien lo siente, claro que puedes caminar por aquí. Pensé que tal vez buscabas a tu esposo.

_No, solo deseaba dar un paseo_ explicó_ Espero que no esté molesto conmigo.

Alexander la observó con detenimiento se veía incómoda y algo turbada.

_Pensé que habíamos quedado en tutearnos_ dijo él.

Kataryna evitó mirarlo a los ojos, se sentía intimidada y algo atemorizada por su abrupto cambio de conducta hacia ella.

_Pensé que ya no estaba interesado en que mantuviéramos nuestra amistad_ contestó ella.

En el interior de Alexander se arremolinaban una serie se emociones algunas de ellas contradictorias, la necesidad de acercarse a ella, de entablar una relación, sus caprichos, la obligación de mantener la distancia y la correcta forma social. Emitió un suspiro pesado, se mordió el labio inferior al tiempo que levantaba la mirada al cielo como si estuviera reflexionando sobre una situación muy complida. Dejó caer los brazos a sus costados como si se estuviera dando por vencido, rindiéndose de algo que Kataryna no ´podía comprender, o prefería no hacerlo.

_Lo siento, no era mi intención parecer tan petulante y descortés. Por favor discúlpame. Podría intentar explicarte todo si es que decides que vale la pena oírme. Estaré en el arroyo mañana a las diez de la mañana.

Kataryna no supo que responder se quedó perpleja observándolo por unos segundos.

_Me tengo que ir, estoy atendiendo a un agente del gobierno y no puedo seguir haciéndolo esperar. Si me disculpas…

Hizo una inclinación de cabeza y regresó por donde había venido dejando a Kataryna mucho más desconcertada y confusa que cuando había llegado.

IV

Intentó luchar contra la urgencia de ir hasta el arroyo y volver a verlo y oír lo que tenía que decir. No lo consiguió y pronto se vio sobre el sendero serpenteante del bosque y la bóveda verde de las copas de los árboles sobre su cabeza. Se sentía ansiosa e inquieta. Su mente daba vueltas imaginando un sinfín de escenarios y conversaciones posibles. Ensayaba múltiples respuestas a sus preguntas y ninguna de ellas eran convenientes para ella. No entendía la obstinación que sentía en buscar a Alexander y mantener una relación cercana con él. La única explicación posible era que estuviera enamorada de él, pero a la vez ¿que sabía ella del amor? ¿Por qué un hombre como él tendría interés en ella?

Como decía aquel dicho: “Pueblo chico, infierno grande”. Alexander y sus problemas maritales era el tema de conversación preferido no solo en la hacienda sino en todo Oberá. Era muy bien conocido por todos, la mala convivencia que mantenía con su esposa y sus infidelidades. Entonces ¿Por qué deseaba con tanta fuerza seguir viéndolo? Lo más probable era que terminaría siendo una más en la lista de mujeres que pasarán por la vida de Alexander y con ello se comprometería su honra y su dignidad. Podría meterse en graves problemas con Igor y no sabría como ver a Daryna a la cara después de eso.

A pesar de todas aquellas cavilaciones se encontró de pronto frente al arroyo que discurría entre suaves canturreos corriente abajo. Desde la otra orilla, Alexander la esperaba impaciente. Cuando se vieron a los ojos no pudieron evitar sonreír. Alexander pensó que hacía muchos años no tenía una reacción tan espontánea. Concretamente desde que Tatiana había muerto. Se apresuró a vadear el arroyo, utilizando las rocas para no mojarse los zapatos. Cuando estuvo del otro lado volvió a sonreír, ella le devolvió la sonrisa sonrojándose. Alexander pensó que era tímida e inexperta y volvió a sentir en su interior la fuerte sensación de que cometía un terrible error acercándose a ella. Pero sacudió aquella idea de la cabeza de inmediato.

Se sentaron debajo de los árboles en silencio por unos segundos. Ambos pensaban como iniciar aquella charla, se sentía cierta tensión entre ellos y era necesario cortarla de alguna forma. Fue Alexander quien lo hizo finalmente.

_Quiero volver a disculparme contigo_ dijo mientras arrancaba una ramita de Daze[1] Azul y la hacía girar en su mano.

Las flores en forma de campañillas se sacudían de un lado a otro.

_Nunca fue mi intención mostrarme descortés, en verdad me interesa conocerte, saber tu historia, conocer más sobre ti. Pero al mismo tiempo me di cuenta de que esta amistad te puede ocasionar problemas.

Se detuvo por unos segundos, antes de seguir. Depositó la rama de flores en el suelo y la miró a los ojos.

_Ambos estamos casados_ dijo_ como si lo que acababa de decir fuera suficiente explicación.

Kataryna bajó la mirada a sus manos y jugó con sus dedos como si aquella acción pudiera aliviar la incómoda situación entre ellos.

_No es necesario de que alguien sepa que nos vemos_ dijo ella en un susurró que Alexander consideró de una fragilidad quebradiza.

Kataryna se sorprendió cuando las palabras salieron de su boca, fue como si estuviera aceptando mantener una relación clandestina con aquel hombre que apenas conocía y que guardaba demasiados secretos.

Alexander consideró con mucho cuidado aquella propuesta y las implicaciones que podrían acarrearles. En realidad, no se preocupaba mucho por lo que pudiera significarle, pero si le preocupaba la integridad de ella. Después de todo, Kataryna perecía ser una mujer inexperta e inocente.

_ ¿Estás segura de esto? _ preguntó poco después con el ceño fruncido. Como si estuviera evaluándola, evaluando cada gesto, cada palabra que saliera de su boca.

_Si_ contestó, esta vez viéndolo directamente a los ojos. _ Me gustaría que fuéramos amigos_ agregó como si con ello quisiera dejar en claro que no se convertiría en su amante.

Alexander asintió con una enigmática sonrisa. Al parecer la palabra “amigos” dejaba las cosas claras entre ellos.

Kataryna se distrajo observando el guardapelo que colgaba del cuello de Alexander. Aquel objeto representaba para ella una gran interrogante y mucha curiosidad. Alexander se llevó la mano al pecho y lo tomó con la mano. De inmediato Kataryna notó cierta alteración en la expresión de su rostro. Sus ojos brillaron con una extraña mezcla de tristeza y añoranza, pero al mismo tiempo cierta necesidad de hablar al respecto, aunque fuera difícil para él hacerlo.

Vaciló por unos segundos y luego se atrevió a formular la pregunta que hacía tiempo la intrigaba.

_ ¿Por qué no me hablas del guardapelo? Me atrevería a apostar que, a pesar de tu reticencia a hablar de él, necesitas hacerlo.

Alexander levantó los ojos y enfrentó la curiosa mirada de la mujer. Pensó que ella tenía cierta razón en lo que decía, había guardado con recelo el recuerdo de Tatiana por mucho tiempo. Nunca había hablado de ella con nadie y en cierta forma aquel silencio lo corroía por dentro.

_El guardapelo perteneció a una mujer muy importante para mí. Dentro me quedan los únicos recuerdos que tengo de ella. Una fotografía y un mechón de sus cabellos_ dijo con voz distante y neblinosa como si su mente vagara por otros lugares y otros tiempos.

Tiempos en los que Kataryna supuso por la expresión de Alexander, fueron más dichosos. Había en su rostro una desencantada exteriorización muy particular que parecía escasamente soportable en su interior.

_Si te es difícil hablar de ello, no tienes que hacerlo_ se apresuró ella en decir. Notaba con claridad sus emociones arremolinándose dentro de su mente y su alma.

_No, está bien_ contestó con una amarga sonrisa_ creo que es tiempo de hacerlo.

Kataryna no replicó, se quedó en silencio esperando que Alexander ordenara sus ideas y empezara a hablar.

_ Su nombre era Tatiana_ empezó diciendo y Kataryna notó de inmediato como se le iluminaban los ojos cuando pronunció su nombre.

Era como si por años aquel nombre hubiese estado prohibido para él y al fin podía utilizarlo en voz alta de nuevo. Kataryna notó de inmediato que aquella mujer no solo había sido importante para él sino algo mucho más profundo, algo que ella desconocía por completo.

_No quiero entrar en detalles, porque todo eso es muy personal y no deseo compartirlo, te diré solamente que ella fue… es decir_ se corrigió_ es el amor de mi vida.

Kataryna lo miró con calma, como si hubiese estado esperando algo como eso desde un principio.

 Alexander sintió una especie de extraña exultación cuando pronunció aquellas palabras que había estado guardando durante años dentro de él, como si de un prohibido secreto se tratara y al fin quedaba descubierto.

_La amé desde que la conocí y la seguiré amando hasta el día que muera.

A medida que hablaba fue adoptando una actitud más reflexiva. Se llevó una mano al guardapelo al tiempo que dijo:

_Esto es lo único que me queda de ella.

Kataryna asintió en silencio y lo miró a los ojos exhortándolo a que siguiera hablando.

_Me casé con Galina porque mi padre así lo dispuso, en aquel entonces no podía contradecirlo y, a decir verdad, era lo más sensato ya que Tatiana ya estaba casada con otro hombre cuando la conocí. Nuestra relación siempre fue clandestina y jamás pensamos que sería tan importante como lo fue. Mi relación con Tatiana siempre había sido una quimera hasta que al fin tomé la decisión de revelarle a ella lo que sentía. Su esposo murió y después de la guerra pensé que ya era tiempo de hacerlo.  Llevábamos años viéndonos a escondidas y yo deseaba más. Para mi suerte ella sentía lo mismo y a pesar de las reticencias iniciales ella decidió que nos debíamos una oportunidad.

De pronto se detuvo, y suspiró profundamente. El suspiro fue tan amargo que casi sonó a sollozo.

_Era muy tarde, estaba enferma y murió en mis brazos poco después_ dijo, las palabras salieron de sus labios entrecortadas.

Kataryna lo observó con pesar, el rostro de aquel hombre que tenía enfrente se había trasformado de nuevo parecía una viva máscara de aflicción y desconsuelo, como si de un momento a otro estuviera reviviendo los dolorosos momentos que al parecer aún lo atormentaban. Sintió profunda compasión por él. Tal vez nunca haya experimentado un amor como aquel, pero entendía a la perfección aquel sentimiento de pérdida.

_Esa es a grandes rasgos la historia del guardapelo_ dijo volviendo a tomarlo en su mano_ Los detalles y lo que hay dentro me los reservo para mí.

Kataryna volvió a asentir.

_Siento mucho tu pérdida y si bien no puedo decir que se exactamente lo que sientes, en cierta forma pienso que te entiendo. Perdí a dos hijos y sé lo que duele.

Alexander trató de ensayar una sonrisa, la cual no resultó como él la esperaba.

Kataryna se percató de que él le acababa de contar algo muy importante, algo así como una pista escondida en una de las páginas de la historia de su vida, y que más adelante terminaría comprendiendo su importancia.

_ ¿Estás enamorada de tu esposo? _ preguntó Alexander de repente.

Kataryna se sonrojó de inmediato y bajó la mirada a sus manos que descansaban sobre sus piernas.

_No tengo la menor idea de lo que es el amor. Cuando era joven me gustaba leer novelas románticas. Pero pronto mi madre mi hizo poner los pies sobre la tierra, sacándome de la cabeza la idea del amor de los cuentos de hadas. Me casé con Igor porque…

Se quedó en silencio mordiéndose el labio inferior y con el ceño fruncido, como si intentara con gran esfuerzo encontrar en su interior algún motivo.

_No tengo idea de porque me casé con él, puedo atribuirles esa decisión a mis padres, pero en realidad nadie me obligó a hacerlo.

_He notado que Igor bebe mucho_ dijo él.

Kataryna volvió a sonrojarse como si ella fuera responsable del comportamiento de su esposo. Pero la verdad era que se avergonzaba de ello y al mismo tiempo le preocupaba que la bebida influyera en el desempeño de su trabajo y por ende los afectara a todos.

_A veces se comporta con prepotencia y arrogancia con los trabajadores_ siguió diciendo al ver que ella no intentó explicar el comportamiento de su esposo.

_Sé que a veces se comporta de esa manera, pero verás, está frustrado porque el régimen asesinó a su familia y se quedó con sus tierras. Aquí siente que trabaja para ti, cuando por justicia piensa que él debía ser el dueño de sus propias tierras_ se apresuró a explicar.

_En cierta forma lo entiendo, todos perdimos demasiado, pero debemos ganarnos ahora lo que otros nos arrebataron. Los peones no tienen la culpa de lo que le sucedió a Igor.

Kataryna bajó la mirada avergonzada mientras asentía con una leve inclinación de cabeza.

_Pero no mencioné esto para reprochártelo, lo que en verdad quería saber es si Igor te trata con respeto.

Kataryna levantó la mirada y lo vio a los ojos algo desconcertada.

_Lo que intento decir es que cuando un hombre bebe de más muchas veces maltrata a su esposa y a sus hijos. Solo quiero asegurarme de que estés bien_ dijo buscando los ojos de ella.

_Las cosas no van bien cuando te casas con alguien a quien no amas_ dijo ella. Alexander comprendía perfectamente aquello_ las cosas no van bien cuando bebe y encima es indiferente_ siguió diciendo ella_ Las cosas se vuelven realmente mal cuando…

Dejó la frase sin concluir, no era el momento de revelar su más terrible secreto.

_ ¿Qué sucede? _ preguntó esperando a que ella continuara hablando.

_Lo que quiero decir es que Igor no es un príncipe azul, tiene mal carácter, bebe y es indiferente conmigo, pero eso ya no me afecta.

Alexander asintió, aunque aquella respuesta no lo dejaba muy convencido. Kataryna había evitado contestar la pregunta dando rodeos.

Aquellos clandestinos encuentros, ya sea en el arroyo o en la cabaña se harían bastante frecuentes durante la primavera y el verano. Significaban un alivio para sus atormentadas existencias, una forma de escape en donde por unas horas encontraban sosiego y quietud.


[1] Daze Azul: Nombre científico Evolvulus Glomeratus. Planta de porte rastrero con flores azules.

Casa 110 (fragmento)

XIII

Richard decidió ir a Tarma por unos días para dejar que Laura pensara en su propuesta y resolviera lo que tenía pendiente con el abogado. Por que de algo estaba seguro, había un enorme elefante entre ellos, no sabía exactamente de qué se trataba, pero definitivamente era algo grande, pensó. La renuencia de Laura a hablar sobre el tema, fue lo que lo convenció de ello. Estaba intentando proteger algo que era muy importante para ella.

Laura no esperó mucho para buscar a Alejandro después de que Richard se fuera. Eran las diez de la mañana de un magnífico día de domingo y consideró que el abogado ya había dormido lo suficiente antes de enfrentarla. Tocó a su puerta decidida, pero solo los ladridos de Andy le respondieron. Suspiró nerviosa y volvió a golpear a la puerta. Oyó ruidos en la habitación de Alejandro y su corazón se aceleró, poco después, el abogado abría la puerta y la miraba con ojos vacíos. Tenía el pelo negro alborotado, la barba crecida de dos días le enmarcaba el rostro a la perfección. Sus ojos estaban rojos por la resaca, pero le brillaban intensamente. Solo vestía un par de shorts y una camisera mangas cortas que dejaban adivinar sus músculos debajo de la tela. Se veía arrebatadoramente sexy, que olvidó por completo para que había ido a buscarlo.

_ Pensé que estabas ocupada con tu esposo _ dijo él y de inmediato se arrepintió de lo que dijo. Sonaba celoso y enfadado.

_Exesposo_ aclaró ella_ Viajó a Tarma por unos días.

Alejandro asintió frunciendo los labios. Se veía distante e indiferente.

_Necesito hablar contigo_ dijo ella_ ¿puedo pasar?

_La verdad es que me despertaste, llegué tarde anoche y necesito descansar. _ dijo, su voz sonaba áspera y algo ruda.

Laura bajó la mira a sus pies, él la trataba con tanta indiferencia que las lágrimas se le agolparon en los ojos de inmediato.

_ ¿Dónde estuviste anoche? _ se oyó preguntando.

_Salí con unos amigos de la oficina_ respondió él.

_Llegaste muy tarde_ dijo ella _ estaba preocupada, te llamé varias veces y tenías el teléfono apagado.

_ No pensé que querrías hablar conmigo, estabas muy ocupada con tu esposo.

_Exesposo_ dijo ella sin mirarlo a los ojos, las lágrimas la amenazaban.

_No me pareció eso ayer_ dijo y volvió a arrepentirse de lo que dijo.

_Lo que viste, no es lo que parece_ dijo ella con la voz entrecortada.

_La verdad, no tienes que explicarme nada_ dijo él y sintió un enorme peso en el pecho.

_Por favor, ¿puedo pasar? _ preguntó en un susurro.

Alejandro hizo un gesto de resignación con las manos y se hizo a un lado. Quería parecer indiferente con ella, pero la realidad era que estaba a punto de desplomarse, no se encontraba preparado para enfrentarla en ese momento. Ella no se sentó, él tampoco le ofreció asiento. Se quedaron parados en medio de la sala, uno frente al otro.

_Mi madre le pidió a Richard que viniera a verme_ explicó_ está preocupada por mí, me siente distante y retraída, dice que he cambiado desde que estoy aquí.

_Es comprensible_ respondió él.

_Richard quiere que regrese a casa_ dijo concentrándose en sus manos.

_Tal vez sea lo mejor_ respondió Alejandro poco después.

Laura lo miró a los ojos solo unos segundos y luego volvió a concentrarse en sus manos.

_Lo estoy considerando seriamente_ dijo_ pero creo que también deberías irte.

Él le dedicó una media sonrisa triste e incrédula.

_No tengo porque irme_ contestó_ ya no tengo motivos para irme_ agregó y le dedicó una mirada fría y triste.

_Por favor, Alejandro, créeme, lo mejor sería que te fueras.

Alejandro suspiró frustrado y puso los ojos en blanco.

_Si es eso todo lo que viniste a decirme, me gustaría regresar a la cama_ dijo señalándole la puerta.

Laura ya no pudo con el peso que cagaba y empezó a sollozar. Alejandro se quedó paralizado, perplejo y aturdido, de pronto la vio vulnerable y muy susceptible.

_Por favor no llores_ dijo cuando pudo reaccionar.

Como respuesta, cayeron más lágrimas, lentas, lacerantes y calientes por la mejilla de la psicóloga.

_Lo siento, no puedo evitarlo_ dijo tratando de secarse las lágrimas con el dorso de su mano derecha.

No dejó de llorar mientras Alejandro la rodeaba entre sus brazos acunándola, pero entonces, el abogado pareció vacilar, debió haber recordado algo, su expresión era el de un hombre que había presenciado una escena no muy agradable hacía poco tiempo.

_ ¿Aún lo amas? _ preguntó, reteniendo el aire en sus pulmones.

Laura no pudo moverse, ni responder de inmediato. Sabía muy bien la respuesta a esa pregunta, no temía dársela, pero si temía la pregunta que vendría a continuación.

_No_ respondió poco después aún entre sollozos_ hace mucho tiempo que dejé de amarlo.

Alejandro bajó la mirada buscando los ojos de Laura.

Ella adivinó en los ojos del abogado, una chispa de fuego ardiente de esperanzas.

_Pero aún así, estuvo a punto de besarte_ dijo él.

Laura se sintió culpable, no pudo mirarlo a los ojos.

_Me dijo que no me había olvidado, que quería volver a intentarlo_ explicó ella.

_Y estuviste de acuerdo_ aseveró el abogado con un gesto de desconsuelo.

Ella negó con la cabeza.

_Andy llegó justo en el momento en que iba a decirle que yo…_ y dejó la frase inconclusa.

Empezó de nuevo a llorar, estaba hecha un lío, su vida era una locura, y ya no podía con todo lo que sucedía. Alejandro la volvió a abrazar contra su pecho, no podía evitarlo, sentía debilidad por ella.

_Odio llorar_ dijo_ siempre me consideré una mujer fuerte e independiente, pero todo esto me sobrepasa.

_No tiene porque ser todo una tragedia_ dijo él_ tal vez si aceptas la verdad las cosas mejoren para ti.

_ ¿De qué verdad me estás hablando? _ preguntó ella confusa.

_Tal vez sigues enamorada de Richard_ contestó Alejandro con la voz entrecortada_ es por ello por lo que nunca has querido rehacer tu vida con otra persona.

Laura se separó de él bruscamente, como si alguien hubiese acercado a ella un metal al rojo vivo. Se veía alarmada e inquieta.

_ ¡No estoy enamorada de él! _ dijo enfática.

Alejandro encogió los hombros desconcertado. Laura se movió inquieta de un lado a otro, con una mano en la cintura y la otra sobre sus labios.

_Hay cosas que aún no estoy dispuesta a decir, pero quiero que te quede muy claro que no estoy enamorada de Richard_ volvió a repetir.

Alejandro asintió lentamente, no dijo nada, pero por su expresión quedaba claro que le alegraba mucho oírlo.

_Entonces, ¿te irás con él? _ preguntó.

Ella suspiró profundamente, estaba cansada física y emocionalmente.

_Debería hacerlo_ dijo casi en un gemido.

_Laura te siento extraña, ¿porque no me dices que sucede? _ le pidió.

Laura levantó la mirada y observó los ojos desconcertados de Alejandro. Se dejó caer en el sillón de la sala y empezó a sincerarse.

XIV

_No me pasará nada_ dijo el abogado después de que ella le confiara su mayor temor.

_No puedes estar seguro de eso_ contestó ella.

_Claro que lo estoy, una vez dijiste que si John pudiera hacerte daño ya lo habría hecho. Solo está tratando de amedrentarte.

_Recuerdo que te dije eso, fue justo antes de que casi muriera asfixiada debajo de la casa 110_ dijo ella con ojos perturbados.

_Eso no tuvo nada que ver con John_ dijo Alejandro_ fuiste tu quien decidió meterse debajo de la casa. Y casi mueres asfixiada por falta de oxígeno. No tuvo nada que ver con John_ volvió a repetir.

Laura se quedó en silencio sopesando las explicaciones de Alejandro, pensó que él tenía razón, pero no podía arriesgarse.

_De todas maneras, no pienso correr el riesgo_ dijo ella.

Alejandro le dedicó una de sus mejores sonrisas ladeas, que aceleró el corazón de su vecina.

_Soy yo quien toma esa decisión_ contestó.

Ella quiso protestar, pero él levantó el dedo índice de su mano derecha en señal de silencio.

_Si es eso lo que te preocupa, quiero que tengas en claro que no pienso irme, me quedaré aquí e investigaré mientras tú regresas a Maine.

_No voy a irme dejándote solo aquí_ dijo ella.

_Pues está decidido entonces_ dijo el abogado_ nos quedamos.

HISTORIAS ENTRELAZADAS ( Fragmento)

VII

Corrían los últimos días de agosto y con el final del mes se esperaban también el lento desandar del invierno y sus gélidos días. Algunos árboles exhibían ya minúsculos pero brillantes brotes verdes que se extenderían rápidamente por todo el bosque dando la bienvenida a la primavera. Los pajarillos volaban de aquí allá en busca de pajas secas y pequeñas ramillas, apresurados en edificar sus nidos a la espera de la nueva vida que estaba por llegar. Los huertos se preparaban para recibir las nuevas semillas, mientras que el ganado daría a luz a la nueva descendencia. 

Las mujeres se reunían una vez por semana para viajar hasta el pueblo y abastecerse de víveres y cualquier otra cosa que necesitaran, además de aprovechar ese tiempo para distraerse un poco de los largos días de confinamiento en la hacienda. Hacían el recorrido en una traqueteante carreta que discurría por la brecha de rojiza tierra abierta en medio del bosque. Las nubes grises se habían convertido en pedazos de algodón dispersas en forma desordena sobre el manto de cielo azul profundo. El viento soplaba fuerte y daba la sensación de que las nubes se movían con rapidez sobre sus cabezas. El sol apenas era un círculo brillante y lejano, sus rayos no alcanzaban a calentar el aire.

A medida que la carreta se alejaba de la hacienda, los amplios bosques se iban reduciendo a pastizales algo amarillentos salpicados con pequeñas casitas de paredes blancas y techos de paja. Unos kilómetros más adelante, los campos fueron menguando y las casitas aparecían ahora cada vez más seguido, aunque distaban mucho de constituir un centro poblado.

Las cinco mujeres que formaban parte de aquella pequeña excursión charlaban alegremente de sus actividades cotidianas y de lo que pretendían hacer una vez que estuvieran en el pueblo.  El frío parecía no tener efectos sobre ellas, o tal vez las ganas de alejarse por unas horas de sus obligaciones le ganaban la partida.

 Kataryna quien formaba parte del grupo, sonreía de tanto en tanto e intervenía con palabras lacónicas y monótonas, su mente se hallaba sumida en los dos encuentros que había sostenido con Alexander y en el impacto que habían representado en ella. Había pasado una semana desde su última entrevista y no había vuelto a saber nada de él. Por un lado, pensaba que era lo más sensato, pero por otro lado deseaba intensamente volver a verlo.

La brecha se había convertido en un sendero más amplio, y las casitas se acomodaban ahora una al lado de la otra en forma mucho más ordenada. Había que pasar frente a casas muy modestas y luego andar alrededor de quinientos metros antes de que el sendero se transformara en una amplia avenida desde donde partían una serie de calles perpendiculares que se extendían a lo largo y ancho del pueblo.

La carreta pasó frente a una pequeña barbería cuyo dueño, un hombre alto y enjuto las observaba a través de la ventana. Dejaron atrás al delgado barbero para recorrer la calle observando pequeños negocios como el del prestamista del pueblo o el del ferretero. Un jovencito algo encorvado y desaliñado caminaba con parsimoniosa lentitud. Una mujer tiraba de la mano a un chiquillo que probablemente era su hijo que lloraba a moco tendido. Un poco más adelante, un hombre regordete luchaba con una mula que se empecinaba en conducirlo en otra dirección. Los ojos de Kataryna se toparon con el carnicero que cargaba sobre sus hombros una pierna completa de res. Una viejecita pulcramente vestida salía de una tienda con un canasto de lleno de verduras después de hacer las compras. Dos perros peleaban por un hueso en una esquina. Tres niños haraganeaban frente a la vitrina de la panadería como si quisieran devorarse el pan de maíz.

 Se detuvieron frente a un edificio de dos plantas, era el único lugar en todo Oberá en donde podían comprar desde harina y tomates, pasando por serruchos y palas, hasta paños de algodón de vistosos diseños e incluso zapatos. El edificio ostentaba un gran cartel que rezaba “LA MERCANTIL”.  Se apearon al tiempo que se frotaban las manos, en un intento por entrar en calor, el viento se había encrespado, parecía una mano helada que acariciaba sus cuerpos. Enfilaron el camino de ingreso en medio de entusiastas charlas. Abrieron la puerta e ingresaron apresuradas, el cambio de temperatura fue evidente y bien recibido por todas. De inmediato, revolotearon de un lado a otro del establecimiento mientras admiraban las nuevas telas provenientes de Buenos Aires, los elegantes zapatos que de seguro no necesitaban y algunas pequeñas baratijas como pulseras, aretes y sortijas.

El lugar era regentado por un hombre entrado en años, bastante corpulento, de rostro redondo como una luna, pero rojo como un tomate maduro. Sus ojillos verdes parecían dos canicas de cristal. Su cabeza carente por completo de pelo parecía uno de aquellos melones que solía vender, que orgullosamente decía provenía de Brasil a modo de publicidad que le garantizaba obtener algún veneficio monetario extra.

Pawel se llamaba y provenía de Polonia y a pesar de su carácter algo amargo e irritable, tenía cierta debilidad por las guayabas, por lo que Kataryna intentaba hacerse con algunas cada vez que iba a LA MERCANTIL. Aquella vez no fue la excepción, mientras las demás mujeres apreciaban la nueva colección de paños, Kataryna se acercó a Pawel extrajo del bolsillo de su abrigo un par de guayabas envueltas en un pañuelo y se las entregó junto con la mejor de sus sonrisas. El rostro de Pawel se iluminó, sus ojillos se abrieron de par en par, y sus ya de por si delgados labios formaron una fina línea curva cuando sonrió. Su rostro se tornó mucho más rojo y ya no solo parecía una luna llena, sino que ahora parecía una luna llena escarlata.

El viento aullaba afligido afuera y sacudía amenazante la puerta de la tienda.

Las mujeres contemplaban las vitrinas con ojos admirados y exaltados como si contemplaran a través del viejo y gastado vidrio una parte de sus anhelos y esperanzas.

La puerta de abrió de repente sobresaltando a todos, el viento helado ingresó sin invitación.  El hombre de la cara de luna se apresuró a cerrarla con un portazo. Las mujeres regresaron a sus parloteos mientras Kataryna se les unía observando todo con ojos interesados. Mirar no contaba nada y hacerse ilusiones tampoco, pensó.

De pronto oyeron un chasquido metálico y luego un chirrido de goznes oxidados y la puerta volvió a abrirse. Todas las miradas se dirigieron hacia la puerta, al parecer llegaba un nuevo cliente.

Alexander entró a la tienda, con refinada lentitud, como si se tratara de algún emperador o algún rey y a continuación cerró la puerta tras de sí con todo cuidado, a pesar de que afuera el viento parecía debatirse en una batalla consigo mismo.

Hizo una pausa, y recorrió el establecimiento con la mirada, deteniéndose en Kataryna y contemplándola con los ojos entornados y relucientes de interés. Mientras que ella alzó la vista hacia los ojos azules de Alexander que relucían como gemas en su montura lustrada y de pronto no solo sintió deseo de hablarle sino una urgente necesidad de hacerlo. Oyó risitas ahogadas a sus espaldas e intentó de serenarse. Volteó despacio y observó a sus compañeras de excursión cuchicheando como colegialas. Alexander tenía aquel efecto en todas las mujeres a su alrededor.

Pawel saludó al nuevo cliente con efusivas palabras. La inmensa luna que tenía por rostro parecía francamente alegre de verlo. Alexander respondió a su saludo con una inclinación de cabeza y ambos intercambiaron unas palabras amistosas. Luego, recorrió el establecimiento observando herramientas. Saludando con caballerosidad a las damas cuando se topaba con ellas. Kataryna mantuvo cierta distancia, su corazón latía acelerado y el rubor se le había subido a la cabeza.

Alexander se fue acercando a ella con disimulo hasta que se situó a su lado. La saludo con un cortés, pero distante buenos días para luego acercarse de nuevo a Pawel y decirle algo que Kataryna no pudo oír. En seguida, salió del recinto y Kataryna lo perdió de vista, dejándola perpleja y confusa. Al mismo tiempo, las mujeres reanudaron sus bulliciosas pláticas, regateando con el hombre con cara de luna alguna baratija o algunos metros de paños.

Cuando retornaban a la hacienda, se hizo el silencio, algunas pensaban en cómo explicarles a sus esposos los gastos en los que habían incurrido, otras en el vestido que se confeccionarían con el nuevo género que adquirieron, mientras que Kataryna pensaba en la actitud fría y distante de Alexander.

CASA 110 (Fragmento)

XI

Laura no dejaba de ver a través de la ventana, estaba nerviosa y a la vez ansiosa. Hacía horas que Alejandro había salido en el Corola, faltaba poco para que amaneciera y ella se sentía preocupada y alterada. Había intentado llamarlo en varias ocasiones y en todas ellas solo obtenía como respuesta la grabación de la contestadora.

Richard dormía en la habitación de huéspedes ajeno a las preocupaciones de Laura, mientras ella no dejaba de culparse por lo que había sucedido, sabía que Alejandro los había visto a punto de besarse y aquel error no la dejaba descansar. Cuando su exesposo llegó y la tomó entre sus brazos, se sintió en casa, acogida y protegida. Y cuando él le pidió que regresara a Maine, llegó a pensar que era lo más sensato que podía hacer. Y cuando él se acercó a sus labios y le dijo que no la había olvidado, pensó que estaba a punto de cometer una locura, pero no le dio tiempo de negarse porque oyó a Andy rascando la puerta.

Si aún pensaba que podía seguir amando a Richard, toda duda desapareció en el momento en que Alejandro se presentó en su casa cuando su exesposo estuvo a punto de besarla.

Ya no amaba a Richard, es más tenía la ineludible certeza de que amaba a Alejandro más que a nada en el mundo.

Ahora, cuando faltaba poco para el amanecer, quería retroceder el tiempo y borrarlo todo. Suspiró impotente y preocupada.

_ ¿Dónde diablos puede estar? _ se preguntó a si misma con voz susurrante.

Sintió que su corazón estaba a punto de explotar, la sensación de estar a oscuras, de no tener idea de lo que estaba pasando la estaba matando lentamente.

Se dirigió a la cocina y preparó la cafetera. Sabía que, aunque lo intentara, no podría pegar un ojo, así que no se molestaría en regresar a la cama. Escrutó la calle desde la ventana de la cocina y le pareció percibir el murmullo lejano de un motor. Se quedó esperando a que el vehículo se acercara. Sabía a quién pertenecía, podría reconocer ese sonido entre miles si fuera necesario.

 Su corazón se aceleró de nuevo, vio al Corola detenerse frente a la casa de Alejandro, pero nadie se apeó de inmediato. Interminables minutos después, se abrió la puerta y vio al abogado descender despacio. Parecía desorientado, llevaba el pelo desarreglado y el fondillo de la camisa fuera del pantalón, no llevaba puesto su abrigo, a pesar de que afuera hacía un frío espantoso. Se tambaleó un poco, pero pronto recuperó el equilibrio. Cerró la puerta de su carro y subió con dificultad las gradas que se dirigían a la puerta de entrada. Buscó en el bolsillo de su pantalón por unos segundos que a Laura le parecieron interminables, hasta que encontró lo que buscaba. Extrajo la llave de la casa e intentó introducirla en el ojo de la cerradura sin mucho éxito. Laura pudo ver con claridad que el abogado se había pasado de copas. Luego de varios intentos, al fin pudo abrir la puerta. Se metió dentro y cerró la puerta a sus espaldas. No se molestó en encender las luces, ya casi estaba amaneciendo. Se dirigió a su habitación y Laura no pudo ver más. Echó la cabeza para atrás y cerró los ojos, sintió una opresión en el pecho, de culpabilidad y dolor.

XII

_ ¿Qué haces allí parada en penumbras? _ preguntó Richard haciendo que Laura diera un respingo.

_ ¡Por Dios me asustaste! _ dijo llevándose una mano al pecho.

_Lo siento_ se excusó Richard con una sonrisa_ ¿En que estas tan concentrada? _ agregó acercándose a la ventana y hurgando a través de ella.

Richard cambió de expresión de inmediato, se puso serio y pensativo.

_ ¿Si te pregunto algo, me contestarás con la verdad? _ preguntó.

Laura pensó de inmediato que había cosas que no deseaba responderle a su exesposo. Richard no esperó su respuesta.

_ ¿Tienes algo con ese abogado? _ preguntó y la miró fijamente a los ojos.

Laura pensó que la respuesta a esa pregunta era sencilla.

_No_ contestó.

_ ¿Por qué me parece que no me dices la verdad?

_No tengo porque mentirte, no hay nada entre nosotros, solo somos amigos_ respondió algo incómoda.

_ Pareces incómoda. Si no hay nada entre ustedes no debería molestarte.

_Lo que me molesta es que quieras saber cosas intimas sobre mí.

_Pensé que siempre hablábamos de nuestras relaciones_ dijo Richard algo confundido.

_Lo hacemos, pero entre Alejandro y yo no existe nada_ dijo y se le quebró la voz.

_Ya veo_ dijo Richard_ ese es el problema.

_No hay ningún problema_ se apresuró ella a decir.

_Entiendo, mi propuesta de llevarte a Maine sigue en pie, creo que te vendría bien estar en casa por un tiempo, eso tranquilizaría a tu madre.

_Te lo agradezco Richard, lo voy a pensar, solo dame un par de días_ contestó.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (KATARYNA Y ALEXANDER) (Fragmento)

VI

La mañana era fría pero los débiles rayos de sol la iluminaban con su amarillo mortecino. Kataryna no había dormido muy bien la noche anterior pensando en el inusual encuentro que había sostenido con Alexander Ivanov. En aquellos momentos en que se dirigía de nuevo rumbo a la cabaña en el medio del bosque, su corazón latía acelerado, le latía en la garganta como si estuviera a punto de salírsele por la boca. Había algo en aquel hombre que no solo la desconcertaba, sino que la atraía, y aquella podía ser una combinación peligrosa.

Cruzó con pasos rápidos el campo, se introdujo por el estrecho sendero del bosque deslizándose a través de él con pasos decididos y seguros. Se detuvo unos segundos frente al arroyo para dejar que su corazón se sosegara un poco y luego lo cruzó con pasos sólidos y certeros. Siguió andando y a medida que se acercaba a la cabaña, su corazón volvió a acelerársele y a latirle no solo en el pecho sino también en los oídos.  Cuando divisó la cabaña y observó que la chimenea lanzaba su acostumbrada humareda gris sintió un profundo alivio, ya que temía que al llegar pudiera hallarla vacía.

La puerta se abrió despacio, y el chirrido de goznes oxidados volvió a darle la bienvenida. Levantó la mirada llena de perplejidad al observar la sonrisa relajada de Alexander. Se sentía confusa por su forma de proceder. Era completamente consciente de que su forma de conducirse no era la adecuada. No era correcto que se empeñara en buscar aquel encuentro.

Alexander la sacó de sus titubeantes pensamientos al acercarse a ella.

_Buenos días, me alegra mucho que haya regresado_ dijo y la animó a que entrara a la casa con un gesto de su mano.

A Karatyna le pareció uno de aquellos gestos de saludo a la realeza, una leve inclinación de cuerpo, la mano extendida hacia adelante.

Las piernas de Kataryna se movieron de inmediato como si obedecieran una imperceptible y misteriosa orden. Aunque la luz del sol era maravillosa tenía la sensación de estar a punto de entrar en un lugar a oscuras sin saber si sería capaz de encender alguna luz y poder atravesarla sin contratiempos.

No pudo decir que hiciera calor en la cabaña, por el contrario, a pesar de que la chimenea estaba encendida, podía vislumbrar los halos de vapor que se escabullía de su boca cuando respiraba. De pronto comprendió a que se debía, las ventanas de la cabaña estaban abiertas de par en par.

_Lo siento_ se disculpó Alexander_ estaba ventilando la cabaña, no es conveniente que permanezca cerrada siempre.

Se apresuró a cerrar las ventanas y la temperatura mejoró de inmediato.

_Siéntese por favor_ dijo Alexander, con unos modales que Kataryna consideró en extremo corteses.

Imaginó que aquel hombre provenía de una familia adinerada y con mucha educación. No sería el primero ni el último, había oído algunos casos de hombres y mujeres de la aristocracia que habían huido de Rusia luego del derrocamiento del zar.

_ ¿Le gustaría un café? Aún no lo preparo, pero puedo hacerlo si gusta.

_No quiero ocasionarle problemas_ contestó, era lo primero que decía desde que había llegado.

_No es un problema. Ahora mismo lo preparo_ dijo y se dirigió a la pequeña cocina. Situó una tetera sobre la plancha de su cocina a leña que al parecer permanecía encendida.

Kataryna pensó, que tal vez había pasado la noche allí y que se disponía a tomar desayuno cuando ella llegó.

_Le gustaría algo de comer, tal vez unos huevos_ lo oyó decir.

_No gracias ya desayuné_ contestó_ con el café está bien.

_Espero que no le moleste que prepare algunos para mí, todavía no he desayunado.

Karatyna se puso blanca como el papel y pareció turbada.

_Lo lamento, debí saber que era muy temprano_ dijo_ será mejor que lo deje solo.

Intentó desandar los pasos y salir por la puerta lo más rápido que los pies le permitían, pero Alexander era mucho más veloz. La detuvo cuando pretendía abrir la puerta.

_No se vaya por favor. Estaba deseando que viniera. No se vaya.

Kataryna se quedó viéndolo confusa y apenada, pero a la vez atraída y fascina por la presencia de aquel misterioso hombre.

Alexander le sonrió afectuosamente y le señaló el desvencijado sillón morado. Kataryna caminó hasta él y se dejó caer pesadamente mientras emitía un suave y casi imperceptible suspiro. Esta vez no había olvidado la pañoleta y se debatió por unos segundos entre sacársela o dejársela puesta. Resolvió que era una tontería dejársela puesta ya que estaba dentro de la cabaña. Se la desamarró, terminó sacándosela y la dejó a un lado. Se pasó la mano por el prolijo pelo recogido en un rodete.

Alexander se dirigió a la cocina y se frio unos huevos mientras interrogaba a Kataryna.

_Ayer me contó todo sobre su huida de Ucrania y sobre las dificultades que experimentó su familia para llegar hasta aquí. Pero salió apresuradamente y no tuve la oportunidad de preguntarle si le gusta el lugar, si ha sido fácil para usted adaptarse.

Kataryna pareció sopesar sus preguntas.

_Creo que no he tenido tiempo de pensar mucho en ello_ dijo con una sonrisa algo avergonzada_ desde que llegamos no he hecho más que trabajar. Pero imagino que cualquier lugar es mejor que Ucrania en estos momentos.

_Vaya, creo que no está muy convencida de que haya sido buena idea haber venido a Oberá_ dijo Alexander con una sonrisa tensa e incómoda.

_No me mal interprete_ se apresuró ella a decir_ no quise decir que este lugar me desagrade. Todo lo contrario, aquí tenemos lo suficiente para comer, Daryna puede salir con libertad, jugar con sus amigos e ir a la escuela.

Guardó silencio por unos segundos, sopesando sus siguientes palabras. Quiso sentirse en libertad de decirle que su esposo odiaba tener que trabajar para él, que odiaba sentirse despojado de todo y que no dejaba de fastidiarla con su falta de gratitud, su orgullo y su soberbia. Pero decidió que era mejor no decir nada más.

_No me haga caso, sé que con un poco más de empeño las cosas se encaminaran.

Alexander sirvió los huevos en un plato de hojalata y tomó un tenedor de la repisa. Se acercó a ella y se sentó en la silla forrada de cuero.

_Sé que es difícil al principio_ dijo mientras se inclinaba hacia ella con el plato en una mano y el tenedor en la otra, con la cabeza levantada hacia arriba _ pero sé que se acostumbrará y terminará por gustarle. Pero si necesita algo en lo que pueda ayudarla no deje de hacérmelo saber.

_Se lo agradezco_ dijo mientras se sonrojaba.

Alexander empezó a comer con aparente apetito mientras Kataryna se removía inquieta en el sillón. La situación era algo extraña e incómoda. Intentó decir algo para romper aquel estado de tensión palpable, rebuscó en su mente algún tema de que conversar hasta que la pregunta nació sin mucho esfuerzo de sus labios.

_ Es un anillo interesante. Parece importante para usted. ¿De qué animal se trata?

Alexander levantó la mirada hacia el techo de tejas desvaídas como si recordara algo agradable. Una pequeña sonrisa se le dibujó en los labios. En seguida fijó sus ojos en Kataryna.

_Fue un regalo de unos amigos. Lo llevo hace muchos años. Es el leopardo de Amur.

_Lo aprecian mucho_ dijo ella.

Alexander la miró con el entrecejo fruncido como si no comprendiera lo que ella acababa de decir.

_Sus amigos lo deben apreciar mucho_ se explicó.

_Lo hicieron_ contestó.

La sonrisa de Alexander se torció al pronunciar aquellas palabras convirtiéndose en una mueca amarga y triste.

_Todos están muertos_ agregó_ murieron durante la guerra. Soy el único que queda con vida.

La amarga y triste sonrisa reapareció en el rostro de Alexander.

_Lo siento_ dijo ella.

_Gracias. Pero, aunque sea difícil de comprender, supongo que así es como debía ser_ dijo y se llevó algo más de comida a la boca.

Masticó lentamente mientras recordaba a cada uno de sus amigos. Los buenos y malos momentos compartidos. También recordó a sus padres y desde luego a Tatiana.

_ Ayer me pidió que le hablara de mi historia, ¿quiere hacer lo mismo? _ dijo Kataryna sacándolo de sus cavilaciones.

Tan pronto como hubo formulado la pregunta, se dio cuenta que había entrado en un terreno regido por el dolor y el recuerdo, oscuro por los bordes, negro como el cielo sin estrellas en lo profundo.

Ivanov la miró a los ojos y aquella sonrisa amarga y triste volvió a curvar sus labios. Apuró lo que quedaba en el plato. En aquel momento la tetera empezó a emitir su sibilante aullido. Alexander se puso de pie y se dirigió a la cocina, dejó el plato sobre la repisa, retiró la tetera del fuego y vertió el agua hirviendo sobre los granos de café molido, dejó la tetera en la repisa y se dirigió de nuevo hacia el sillón que ocupaba Kataryna.

_No creo que sea buena idea que deje la tetera sobre la repisa de madera, puede terminar quemándola_ dijo ella.

Alexander le regaló una sonrisa algo avergonzada. Regresó sobre sus pasos, tomó la tetera y la situó de nuevo sobre el calentador.

_ ¿Así está mejor? _ preguntó al tiempo que volvía a sonreír.

Kataryna pensó que aquella sonrisa triste y amarga había desaparecido al menos de momento.

_Mejor_ contestó ella y se echó a reír.

_No soy muy bueno en esto_ dijo a modo de disculpa.

_Lo hace usted bastante bien para ser hombre_ dijo ella mientras se echaba a reír de nuevo.

Alexander pensó que Kataryna era una mujer bastante atractiva dueña de una sonrisa agradable que ella se encargaba de mantener escondida.

_Tomaré eso como un cumplido entonces_ dijo él sonriendo ampliamente.

Se acercó de nuevo a Kataryna y volvió a ocupar su lugar.

_El café estará listo en unos minutos_ informó.

Kataryna asintió con una media sonrisa.

Alexander suspiró profundamente antes de empezar a hablar.

_ Creo que tiene razón, usted me contó su historia y ahora me toca a mí hacerlo. Desde que dejé Rusia nunca lo he hablado con nadie. No soy muy bueno para hablar de mi con los demás.

_Pero es muy bueno para escuchar a los demás y para hacerlos hablar.

Esta vez fue Ivanov quien se echó a reír, inclinando la cabeza para atrás y emitiendo una leve carcajada.

_No sé si eso es un cumplido o, todo lo contrario.

_En realidad es un cumplido, conozco pocas personas a quienes les importa lo que los demás tengan que decir.

Alexander se quedó en silencio unos segundos, apoyó los antebrazos sobre sus muslos, cruzó los dedos de sus manos, fijó los ojos en el suelo y empezó a hablar. Le contó con lujo de detalles los aspectos de su vida, omitiendo claro estaba los detalles referentes a Tatiana y no porque quisiera ocultárselo, sino porque solo le pertenecían a él y a nadie más. Tatiana era ahora un ser omnipresente para él, algo así como su dios personal.

Por momentos su voz se convertía en un susurro que parecía tener vibración propia, en otros se volvía débil y carente de inflexiones parecía la voz de un hombre que aún no despertaba de la terrible pesadilla de la guerra. En todo momento los ojos de Kataryna estuvieron fijos en él, había perdido la cuenta de las veces en que lo vio vacilante y confuso. Alexander contuvo las emociones que parecían arremolinarse en su interior con mucha dificultad.

  Kataryna pensó que la vida de ambos se había convertido en una suerte de extraña neblina que apenas ahora empezaba a disiparse. Una cálida y vertiginosa sensación le recorrió el cuerpo. Se sintió confusa y alarmada.

Alexander se levantó de súbito con la excusa de buscar el café, cuando en realidad no podía seguir hablando. Se dirigió a la cocina y filtró el café. Lo sirvió en dos tazas al tiempo que le preguntaba a Kataryna cuantas cucharadas de azúcar quería con el café. Ella levantó la mano y sostuvo dos dedos, el índice y el corazón en alto mientras hacía la señal de la victoria. Alexander agregó el azúcar a una de las tazas, no agregó azúcar a la otra. Se acercó de nuevo con las tazas en la mano. Extendió una en dirección a Kataryna. Ella la tomó agradeciendo con una leve inclinación de cabeza. El café estaba algo frío, pero prefirió no hacer comentario alguno al respecto.

_No ha sido fácil_ dijo él_ pero me siento extrañamente tranquilo, liberado en cierta forma.

Kataryna dejó la taza sobre la mesilla de centro y sonrió.

_Me sentí de la misma manera ayer cuando terminé de hablar con usted.

_Creo que luego de tantas confesiones es tiempo que nos tuteemos_ dijo él esperando en que ella estuviera de acuerdo.

Había algo en aquella mujer que lo hacía confiar, lo hacía sentirse seguro. Nunca había confiado sus más profundos sentimientos y emociones a nadie más que a Tatiana. Tenía sentimientos encontrados, por un lado, se alegraba de haber encontrado a alguien con quien compartir algunos aspectos de su vida, pero por otro lado sentía que traicionaba a Tatiana en cierta forma.

_Estoy de acuerdo_ la oyó decir con una sonrisa.

_Entonces ahora que estamos de acuerdo podemos conversar con más libertad_ dijo Alexander pensando en que deseaba preguntarle algunas cosas sobre su esposo.

Estaba seguro de que sus continuas borracheras no pasaban desapercibidas para ella. Pero Kataryna tenía otros planes.

_No te molesta que te pregunte algunas cosas, ¿no es así? ¿cómo te hiciste la cicatriz que tienes en el rostro? parece profunda. También he notado que tienes otra en la palma de la mano. ¿y el guardapelo que llevas contigo a todas partes? ¿te lo dio tu esposa? ¿para recordarla cuando están separados?

Alexander levantó una ceja ante la rápida batería de preguntas al mismo tiempo que sus labios se dibujaba una sonrisa nerviosa.

_Las cicatrices son producto de la guerra_ dijo guardó silencio por unos momentos antes de seguir_ el guardapelo no me lo dio mi esposa, pero me recuerda a alguien que ocupa un lugar muy especial en mi corazón.

Kataryna notó que los ojos de Alexander se trasformaban, habían perdido aquel brillo, parecía del color del cielo cuando las nubes la oscurecían. Decidió que no debía insistir, era evidente que al igual que ella, Alexander tenía secretos que no deseaba revelar.

CASA 110 (fragmento)

IX

Cuando al fin pudo terminar el trabajo que su padre le había encomendado, suspiró aliviado. Decidió que era tiempo de regresar a casa de Laura y terminar la charla que habían dejado pendiente. Llevaría a Andy con él ya que no lo había sacado en toda la tarde y ya pasaban de las diez de la noche. El perro movía la cola entusiasmado, tenía un sexto sentido perruno cuando se trataba de Laura, y en ese momento, sabía a la perfección que su amo iría a verla. Alejandro abrió la puerta y Andy apretó la carrera en dirección a la casa de Laura. El abogado sonrió divertido, Andy nunca se cansaba de ver a Laura. “Igual que su dueño”, pensó. Esta vez, Alejandro no se quedó atrás, corrió detrás de su perro para entrar en calor. En lugar de utilizar las gradas para bajar las escaleras que conducían a la casa de la psicóloga, saltaron la valla de piedras, y aterrizaron en el jardín.

 Alejandro solo necesitó un segundo para pensar que la luz del porche estaba apagada. Pero había una lámpara de mesa encendida en una esquina de la sala, lo cual le pareció extraño. Laura siempre encendía la luz del porche cuando apenas oscurecía. El abogado iba a solo un metro detrás de su perro, traía una sonrisa tonta en los labios, pero se quedó petrificado al ver a través de la ventana. Su sonrisa se heló y se volvió amarillenta, evocaba a una de aquellas bandas de cimbreante y retorcida lava que se amontonan en los niveles bajos del cráter de algún volcán. Un hombre rodeaba a Laura por los hombros, se hallaban sentados en el sillón de la sala, de espaldas a la ventana a través de la cual observaba Alejandro. El hombre se inclinó y estuvo a punto de besarla cuando Andy empezó a ladrar y a rascar la puerta de su vecina. Se sintió asombrado, perplejo y definitivamente fuera de lugar.

_ ¡Andy! _ dijo Laura sobresaltada y se paró de un salto.

Volteó hacia la ventana y lo primero que vio fue el rostro aturdido, contrariado y confuso del abogado, y quiso que la tierra se la tragara. Alejandro intentó regresar sobre sus pasos, pero ya era tarde. Laura abría la puerta con el corazón acelerado y un enorme nudo en la garganta. De inmediato, el perro ingresó a la casa, pero esta vez, no le prestó atención a Laura, se acercó de inmediato a Richard y le dedicó un gruñido de advertencia. A Alejandro no le quedó más remedio que ingresar a la casa y detener a su mascota.

_Andy, ven aquí_ dijo sujetando al perro de la correa.

Laura lo miraba con ojos avergonzados, se sentía nerviosa y arrepentida. Los ojos oscuros y escrutadores de Alejandro descendieron sobre Richard y luego se posaron en el rostro de Laura. Tenía el semblante adusto y serio.

_Lo siento_ se excusó con ella_ no quise interrumpir, no sabía que estabas con alguien.

Antes de que Laura pudiera responder, el hombre que seguía sentado en el sillón, se puso de pie, le tendió la mano a Alejandro y se dirigió a él en un masticado español.

_Soy Richard, esposo de Laura_ dijo.

_Exesposo_ corrigió la psicóloga de inmediato.

Alejandro asintió y estrechó la mano del hombre, para luego concentrar de nuevo su atención en Laura.

_Lamento la interrupción_ se excusó de nuevo y la miró con ojos dolidos.

Todo el color había desaparecido de sus mejillas y unas manchas oscuras debajo de sus ojos tomaron su lugar, líneas de dolor corrían por la comisura de sus labios.  Era la expresión más desgarradora que Laura había visto en él después del día en que le salvara la vida. Alejandro trató de salir de la casa, pero Laura lo detuvo de inmediato.

_No tienes que irte_ dijo_ Richard y yo íbamos a comer algo, ¿quieres quedarte? _ preguntó esperanzada.

_No gracias, ya cené_ contestó y le ofreció una sonrisa hueca, que la inquietó mucho más que sus desilusionados ojos.

_Espero que su estancia en La Oroya sea agradable_ dijo dirigiéndose a Richard y su voz sonó demasiado formal.

Richard se lo agradeció con una inclinación de cabeza. El abogado salió de inmediato de la casa, estaba a punto de perder los papeles. Laura lo vio alejarse desesperada.

X

Cuando Alejandro salió del lugar, arrojó un suspiro de desconsuelo sin siquiera percatarse de ello. Se dirigió deprisa rumbo a su casa sin voltear, el perro corría a su lado mirándolo con cierto aire de tristeza. Se detuvo, bajo uno de los cipreses que se alzaban alrededor de su casa para esperar a que se le calmara el corazón que le latía a toda velocidad. Sacudió la cabeza, ¿por qué tendría que estar sorprendido?, pensó, parte de él siempre supo que no iba a ser fácil hacer que ella se enamorara de él, pero al mismo tiempo se sentía amargamente decepcionado y dolido.

En ese instante, tres cosas lo golpearon en sucesiones rápidas. Primero, ella no lo necesitaba. Segundo, ella aún amaba a su exesposo y tercero, ella nunca sería suya. Apoyó la mano derecha contra el tronco de un antiguo árbol e inclinó el cuerpo hacia delante, como si acabara de correr una Maratón y necesitara algún apoyo para recuperarse. Aspiró profundamente un par de veces. Decidió que ya era tiempo de dejar de guardar esperanzas, porque era eso lo que lo había mantenido al lado de Laura hasta ahora, esperanzas. Esperanzas de que ella en algún momento abriera los ojos y viera al hombre que tenía enfrente, viera al hombre que estaba dispuesto a todo por ella, viera al hombre que la amaba por sobre todas las cosas. Se sintió traicionado, aunque tenía que reconocer que ella le había dicho desde un principio que no buscaba una relación, que estaba conforme con la vida que llevaba. Lo tenía que haber supuesto, pensó, no estaba preparada para ninguna relación, porque aún seguía enamorada de su exesposo.

Se irguió con un suspiro sonoro e ingresó a su casa. Se tomó una ducha larga, necesitaba reconfortarse, relajar los músculos que se le habían puesto como rocas. El agua caía sobre su ancha espalda, mientras él, con los ojos cerrados decidía que hacer. Salió poco después, se vistió sin siquiera percatarse lo que estaba haciendo, tenía el corazón destrozado y la mente fija en la imagen de Laura en brazos de otro hombre.

Salió de su casa y subió al Corola, puso el vehículo en marcha y se dirigió a Marcavalle. Sus compañeros de oficina siempre lo invitaban a tomar unos tragos los sábados, pero nunca accedía. Prefería pasar las noches de sábado con Laura, pero ya no más, pensó, ella tiene a alguien más con quien pasar el sábado.

 No supo muy bien como llegó al bar, era en realidad, una suerte de pub, en donde se oía algo de música y se podía tomar unos tragos. Ingresó al lugar vacilando, no sabía muy bien que era lo que hacía allí. Pero antes de que tuviera tiempo de arrepentirse, oyó a alguien que lo llamaba por encima de la estridente música.

_ ¡Alejandro qué bueno que viniste! _ era Mónica que le daba la bienvenida con una cálida sonrisa.

El abogado solo atinó a devolverle la sonrisa.

_Ven acércate, estamos sentados en el fondo del bar_ dijo, luego se detuvo como si hubiese olvidado algo_ ¿Dónde está Laura? _ preguntó.

Alejandro le sonrió de forma lastimera.

_Está con su exesposo_ contestó.

Mónica cayó en la cuenta de inmediato.

_Vamos, tomemos unos tragos_ dijo y tomó al abogado del brazo.

Alejandro se dejó guiar, como si fuera un niño extraviado e indefenso.

HISTORIAS ENTRELAZDAS (Kataryna y Alexander) Fragmento

III

Al mismo tiempo que Kataryna preparaba la casa, el gallinero y más tarde el huerto, y Alexander lidiaba con Galina y los dolorosos recuerdos de Tatiana, Igor no solo se ajustaba a su nuevo trabajo como capataz, sino también empezaba a frecuentar las chozas de los indígenas en busca de alcohol y ocasionalmente, alguna que otra compañía femenina, ya que la mayoría de las veces era a Kataryna a quien prefería para saciar sus más bajos instintos.

Tres o hasta cuatro veces por semana, se tambaleaba un poco de camino a casa a la luz de la luna, bajo la persistente lluvia o con el frío arreciante. Y no se tambaleaba precisamente a causa del cansancio.

Se sentaba frente a la mesa de la cocina de la misma manera que lo había hecho por años en su natal Ucrania. Nada había cambiado, y no es que Kataryna lo esperase precisamente, pero no imaginaba que volvería a su estado serio y abúlico tan rápido. Tampoco había cambiado su forma de actuar, a veces mezquina, egoísta, otras cruel.

Intentaba mitigar el vicio pagando a sus peones o a los indígenas por algo de caña. Evitaba ir al pueblo ya que bien lo decía el dicho “Pueblo chico, infierno grande”. No era buena idea que Ivanov se enterara de que bebía. Lo que Igor no sabía era que Alexander conocía todos sus movimientos y lo vigilaba. Sabía de sus andanzas, pero había decidido no confrontarlo, mientras cumpliera con su trabajo no tenía por qué inmiscuirse en los asuntos de otros.

El ucraniano no estaba contento trabajando para Ivanov, le parecía arrogante y déspota, cuando no había nada más alejado de la realidad. Igor por naturaleza era incapaz de hacerse de una opinión imparcial de los demás, ya que todo aquel que aparentara encontrase en una posición superior que la suya, se hacía de inmediato acreedor a sus más altos descalificativos.

No se había hecho de amigos, ninguno de los inmigrantes que trabajaba para Ivanov lo soportaba. Sus comentarios despectivos hacia los demás no le ayudaban en nada a formar vínculos de ningún tipo. Se mantenía solo durante el almuerzo, mientras los demás comían juntos, todos sentados en un círculo debajo de algún árbol que les diera sombra. Igor se alejaba de todos mascullando entre dientes, blasfemando en contra de Dios y de la suerte que le había tocado.

Los indígenas lo recibían en sus chozas, no porque les cayera bien, sino porque pagaba por el alcohol, y ocasionalmente por alguna mujer.

Desde que había pisado tierra en el puerto de Buenos Aires, no había dejado de pensar que fue una mala idea hacer aquel viaje hasta el confín del mundo. Mucho peor, haber decidido aceptar aquel trabajo. Ya buscaría la manera de regresar a Ucrania apenas pudiera se decía a sí mismo cada vez que se sentía frustrado o desilusionado con la vida, lo cual ocurría mucho más frecuentemente de lo que le hubiera gustado.

IV

El hombre parado en el umbral de la puerta la observaba con indiscutible curiosidad. Llevaba dibujado en sus labios una leve sonrisa, como si lo que estuviera viendo le causara cierta hilaridad. Estaba vestido con unos pantalones y camisa de color caqui, y unas botas negras que le llegaban a media pierna. Kataryna tuvo la impresión de que estaba a punto de salir a algún tipo de expedición. Sus ojos azules la escrutaron profundamente. Sintió que su corazón latía desbocado y tuvo la certeza de que había irrumpido en un lugar privado. Intentó desandar sus pasos, pero la voz del hombre la detuvo.

_ ¿Le gustaría tomar un café? Acabo de prepararlo_ dijo con una sonrisa ladeada.

Kataryna no supo que responder, no podía articular palabra, se sentía avergonzada de haber penetrado en un lugar en el que no debía estar. Se mordió el labio inferior, pareció buscar alguna respuesta. Sobaka respondió por ella. Ladró un par de veces, y se acercó corriendo a Alexander. Este se puso en cuclillas y acarició la cabeza del animal, en seguida se puso de pie y se acercó con pasos lentos hasta Kataryna.

_Lo siento, no sabía que había una cabaña, y que usted estuviera dentro, no quise molestarlo, no era mi intensión irrumpir en zona privada_ dijo atropelladamente mientras se movía de un lado a otro como si se tratara de una pato en una zona de tiro.

Alexander se echó a reír, su risa fue clara y espontánea, se sorprendió haciéndolo ya que hacía mucho tiempo que no le sucedía. De pronto recordó que la última vez que había reído de aquella forma fue en el tren mientras hablaba con ella.

_No se preocupe, nunca ha llegado nadie hasta aquí, usted es la primera_ repuso Alexander y lanzó otra risa espontánea.

Kataryna se quedó mirándolo algo desconcertada, aún no entendía que hacía una cabaña en medio de la nada, y aún más que hacía Alexander allí. Pero si lo pensaba bien, él era el dueño de todo aquello y podía estar donde le viniera en gana, por el contrario, ella no debería estar allí.

Alexander se inclinó un poco en dirección a Kataryna que lo miraba con una mezcla de confusión y fascinación.

_ ¿Qué hace aquí en medio de la nada? _ se oyó de pronto preguntando. De inmediato se sonrojó. _ Lo siento, no es de mi incumbencia_ se disculpó volviendo a sonrojarse.

_Digamos que es mi lugar de escape_ repuso Alexander al tiempo que se encogía de hombros.

Volvió a sorprenderse respondiéndole con sinceridad a aquella mujer que apenas conocía.

_Vamos acompáñeme por un café_ dijo haciendo un ademán con la mano indicando el camino a la cabaña.

Kataryna no fue consciente de cómo llegó hasta la cabaña, al parecer sus piernas decidieron por ella. Pero se hallaba sentada en un viejo sillón con una taza de café humeante en la mano. Alexander se movía de un lado a otro de una pequeña cocina buscando algo para el perro que al parecer se había prendado de los encantos de aquel misterioso hombre. Luego de unos segundos, halló lo que buscaba, un trozo de carne asada. Se la acercó al perro quien lo tomó entre sus fauces con los ojos casi desorbitados y la cola sacudiéndose a tal velocidad, que si hubiese sido un par de alas lo más probable era que saliera volando. Kataryna tenía la certeza de que el animal nunca había tenido entre sus dientes un trozo tan apetecible.

Sobaka se alejó hasta una esquina antes de que el hombre cambiara de opinión y exigiera la devolución de tamaño aperitivo.

Alexander tomó la taza que se hallaba sobre la mesa de la cocina y se acercó a Kataryna. Se sentó frente a ella sobre una silla de madera tapizada en piel vacuna, que aún mantenía el pelaje negro con manchas alvinas. La mirada intensa de Ivanov la puso nerviosa. Desvío la mirada y recorrió la cabaña con interés en un intento por evitar los ojos de Alexander.

El espacio en donde estaba era una suerte de sala multifunción, al parecer servía de cocina, comedor y una especie de recibidor, aunque según lo que había mencionado Ivanov, no recibía visitas. La cocina era muy básica, un par de ollas colgadas de unos ganchos metálicos en la pared. Unos platos, vasos y tazas en una pequeña repisa a un lado del calentador. La mesa era pequeña, tal vez cupieran dos personas a lo sumo. El desvencijado sillón de un chocante color morado parecía haber salido de algún basurero. Le recordó una gran berenjena recién cosechada. Dos sillas de madera tapizadas en cuero y una mesilla que le hacía juego. Pensó que tal vez el mismo Ivanov las había construido con algún árbol del bosque y el cuero de alguno de sus ganados. No había cuadros ni ningún tipo de ornamentos, solo las llamas que consumían crepitantes la leña en el interior de la chimenea. A un costado pudo divisar dos puertas, supuso que una daba a la parte trasera de la cabaña y la otra tal vez a un dormitorio.

_El ambiente es mucho más cálido aquí adentro ¿no le parece? _ dijo Ivanov sacándola se sus cavilaciones.

_Si, está tibio aquí dentro_ contestó ella con un amague de sonrisa.

_ ¿Qué hacía por aquí sola? Y con ropa inadecuada.

_ ¿Inadecuada? _ preguntó ella bajando la mirada para observar su atuendo.

Por un momento pensó que llevaba la blusa desabrochada o algo parecido. Luego se pasó la mano por el pelo. No llevaba pañoleta ya que jamás se había imaginado que durante su pequeña aventura hallaría a alguien.

_Va a llover_ repuso_ y no lleva calzado adecuado.

Kataryna volteó la cabeza sobre sus hombros y observó las espesas nubes que se cernían en el cielo. ¿De dónde habían salido? _ pensó algo preocupada.

_Será mejor que regrese_ dijo intentando ponerse de pie.

Ivanov la detuvo con un gesto de su mano.

_Debe quedarse, si sale ahora, de seguro le alcanzará la tormenta.

_ ¿Tormenta? _ preguntó asustada antes de volver a clavarse profundamente en el viejo sillón. _ No sobrellevo bien las tormentas.

_Tome el café, charlemos un poco y cuando pase la tormenta podrá regresar a casa_ sentenció Ivanov en un tono que extrañamente sonó a orden y al mismo tiempo a una agradable invitación.

Kataryna se removió inquieta en su asiento mientras se llevaba la taza a los labios. Bebió un trago que le quemó la garganta.

En su mente persistían continuas disquisiciones y una gran variedad de especulaciones, y no abandonaban su rostro las expresiones de perplejidad e incredulidad.

_Siento haberle interrumpido_ dijo de pronto.

_No se preocupe, me sorprendió un poco verla aquí, como le dije no recibo visitas. Pero me alegra poder conversar con usted. ¿Cómo fue que llegó hasta aquí?

_Quise dar un paseo, atravesé el campo de trigo frente a la casa, llegué al lidero del bosque, vislumbré algo que parecía un sendero. Lo seguí, pero se hizo más difícil a medida que avanzaba. Quise regresar, pero Sobaka se internó en el monte y tuve que seguirlo. Terminé frente al arroyo. Fue ahí que olí el café_ explicó.

Alexander la miraba con sus oscuros y penetrantes ojos azules. Jamás se imaginó que su debilidad por el café llegaría a delatar su refugio.

_Pues es una agradable sorpresa_ replicó con una sonrisa visible y una voz perfectamente sosegada.

No parecía molesto pensó Karatyna.

_Espero que no sea impertinente de mi parte, pero ¿qué es lo que hace aquí? _ preguntó_ este lugar está alejado de todo.

Se arrepintió de inmediato las palabras salieron de su boca. Lo que hacía Ivanov dentro de su propiedad no era asunto suyo. Pero al parecer a su interlocutor no le había molestado la pregunta.

_Como le dije, este es mi refugio, mi lugar de escape. Pero le pido que no se lo diga a nadie. Vengo aquí cuando necesito estar solo_ dijo y Kataryna observó que su anterior sonrisa se transformaba, su rostro se volvió triste y anhelante.

Lo vio llevase una mano al pecho, fue totalmente inconsciente de ello, fue como si buscara algo debajo de su camisa. De inmediato, Kataryna recordó el guardapelo que había escondido en el tren. También notó el anillo que usaba siempre, llevaba la figura de un tigre o tal vez fuera un leopardo.

Permaneció sentado y en silencio por unos segundos, parecía estar hurgando en sus recuerdos en busca de algo que ya no podía poseer.

Empezó la lluvia que humedeció el bosque y los senderos llenos de su manto de hojas secas. Pronto, aquellos senderos se llenarían también de arcilloso fango.  La lluvia amenazaba con convertirse en una gran tormenta, de aquellas que Kataryna odiaba. A lo lejos los primeros rayos violetas se recortaban contra el cielo gris como si se trataran gigantes arpones de caza.

_Cuénteme su historia_ dijo Ivanov de repente como si despertara de un sueño_ todos tenemos una, me gustaría conocer la suya.

Kataryna vaciló al principio, luego inició su relato, le habló de su familia, de sus padres y sus hermanas. Le habló también de los problemas políticos en Ucrania.

Alexander la oía con total concentración y marcado interés. Todos los inmigrantes que trabajaban para él llevaban a cuestas sus propias historias, historias que los definían y que los marcaban, que los trasformaban en cierta manera. El propio Alexander tenía una historia intrincada y confusa que lo había marcado para siempre.

_ ¿Daryna es su única hija? _ preguntó.

El rostro de Kataryna se trasformó y Alexander notó un extraño desaliento dibujado en sus ojos. Vaciló por unos instantes y luego le habló de las hijas que perdió y el desconsuelo que aún sentía pero que había aprendido a soportar por la pequeña que le quedaba.

Alexander pensó en Tatiana y en el dolor que le había ocasionado su pérdida, pero desde luego no se comparaba con el dolor de una madre. Se puso algo taciturno y silencioso. Kataryna pensó que algo en sus palabras lo habían afectado hondamente, llevándolo hasta recuerdos ingratos e inclusive dolorosos.

_Siento lo de sus hijas_ dijo poco después y ensayó una sonrisa que a Kataryna le pareció triste.

_Gracias_ fue todo lo que ella contestó.

De inmediato desvió la mirada hacia la ventana para no tener que lidiar con aquella sonrisa devastada y desecha. El bosque se vislumbraba desdibujado a través del cristal densamente empañado mientras la lluvia seguía cayendo espesa.

_Por favor siga contándome_ le pidió.

Kataryna le habló del horror de la hambruna y de la decisión de abandonar Ucrania.

_La comida escaseaba, siempre teníamos hambre y frío. Cada mañana, al despertar en lo primero que pensaba era que tal vez sería el último día en que vería a mi hija.

Alexander la miraba con ojos comprensivos a la vez que la compasión crecía en su interior.

Kataryna relató las penurias por las que tuvieron que pasar para llegar a Buenos Aires, pero omitió hablarle de Igor y la horrenda noche de bodas. No tenía intención de que un extraño se enterara de su vida íntima. Cuando finalizó con su relato se percató de que la lluvia había cesado por completo. La tan temible tormenta no llegó hasta ellos y ahora se dirigía hacia el norte.  

Kataryna se puso de pie de un salto y dirigió a su anfitrión con el rostro sonrojado y el corazón palpitante.

_Me tengo que ir, se hace tarde.

_Estaré aquí mañana_ dijo Ivanov_ por si quisiera volver a hablar.

Kataryna no supo que contestar, pero de todos modos asintió. Se veía completamente inapropiado aquel encuentro, sin embargo, había algo de atrayente en ello.

_Gracias por todo_ dijo ella mientras se acercaba a la puerta.

Llamó a Sobaka que después de comer se había echado una siesta. Luego, dirigió una última mirada a Alexander que ahora se apoyaba contra la repisa de piedra de la chimenea en donde solo quedaban cenizas.

_Hasta mañana_ la oyó decir antes de salir de la cabaña.

Casa 110 ( Fragmento)

VI

Alejandro la vio sentada en el césped debajo del gran ciprés que flanqueaba su casa. Estaba absorta y distante. Solo atinó a reaccionar cuando Andy se abalanzó sobre ella atacándola a lengüetazos. El abogado estaba preocupado por ella, no tenía idea de que hacer para ayudarla y sacarla del abismo en el que caía cada vez más profundamente. Se detuvo a unos metros de ella y se quedó observándola sin encontrar las palabras precisas para aliviar en algo su atormentada mente.

Cuando Laura pudo rehuir la efusiva demostración de afecto del perro, vio al abogado en medio de la calle, con una mirada abatida y confundida. Sus ojos llenos de un brillo de inquietud y abstraimiento.

_ ¿Alejandro? _ lo llamó con voz suave.

El abogado dirigió su atención de inmediato hacia ella. Le dedicó una sonrisa forzada que Laura no pudo dejar de advertir.

Alejandro saltó la valla de piedra que separaba el jardín de Laura de la calle y se sentó junto a ella sobre el verde césped.

_Veo que las hermanas han hecho un estupendo trabajo en tu jardín_ dijo intentando romper el hielo.

Laura solo asintió y se dibujó una leve sonrisa en sus labios.

_ ¿Te encuentras bien? _ preguntó él con el ceño fruncido mientras acariciaba la espalda de Andy que también se había tendido en el césped entre la psicóloga y el abogado.

_Dentro de lo que cabe_ dijo ella sin mirarlo a los ojos.

_ ¿Por qué no me dices que es lo que sucede? _ preguntó.

_No quiero arruinarte el fin de semana_ contestó ella.

_Quisiera ayudarte a resolver todo, pero tal vez solo pueda apoyarte escuchándote_ dijo él.

Dejó de acariciar a Andy, el perro se levantó y corrió al otro lado del jardín en medio de estridentes ladridos. Alejandro se acercó a Laura y tomó una de sus manos entre las suyas.

_Laura habla conmigo_ le pidió.

La psicóloga levantó la mirada y se encontró con los ojos cafés de su vecino. Aspiró profundamente y luego empezó a hablar con voz vacilante, pero pronto tomó confianza y le narró los acontecimientos de la noche anterior. Desde luego, se cuido muy bien de no decirle que el fantasma de John la había amenazado con matarlo.

_He estado investigando, he puesto de cabezas el archivo de la empresa, pero no he vuelto a encontrar nada relevante_ explicó el abogado una vez que ella había terminado de hablar.

Laura lo miró sorprendida, no tenía idea de que el abogado aún siguiera investigando.

_Pensé que habías dejado todo_ dijo ella.

Él negó con la cabeza.

_Mientras sigas obsesionada con esto, no pienso darme por vencido_ sentenció.

_ No es cuestión de obsesión_ dijo ella y separó su mano de la de Alejandro algo incómoda. _ No tengo opción, no me dejan tranquila y la verdad no tengo idea de porque me escogieron a mí. No tengo idea de porque se ensañan conmigo_ dijo algo perturbada.

_No sé qué decirte_ contestó Alejandro con un nudo de pesar en el corazón.

_No espero que digas nada, ni que lo comprendas, ni yo misma lo entiendo. Pero así son las cosas.

_He estado pensando que tal vez sea buena idea hacer una visita a Chacapalpa y preguntar si alguien recuerda al chico_ dijo Alejandro.

_Es difícil, recuerda que murió hace setenta años. Solo quedan un par de ancianos, pero dudo que alguno recuerde algo_ dijo la psicóloga.

_ Como dice el dicho: “No hay peor gestión que la que no se intenta” _ contestó Alejandro con una media sonrisa.

_Esta bien, creo que es lo mejor que tengo_ contestó algo desanimada.

_Que tenemos_ aclaró el abogado mirándola fijamente a los ojos.

Se quedó en silencio por unos segundos pensando como plantearle a Laura lo que tenía en mente.

_Estaba pensando en algo más_ dijo vacilante.

Laura esperó a que él se explicara.

_Pienso que sería buena idea de que te alejaras de aquí por unas semanas, mientras, yo seguiré investigando. Cuando encuentre algo concreto, te lo haré saber, y decidirás si regresas o no.

Laura lo miró contrariada, no podía irse y dejarlo solo en ese lugar cuando sabía que John buscaría vengarse de ella haciéndole daño a Alejandro. Por un momento estuvo a punto de negarse rotundamente, pero lo pensó mejor, tal vez si se alejaba de La Oroya, John dejaría de amedrentarla y por consiguiente dejaría de acechar a Alejandro. No tuvo necesidad de sopesar sus posibilidades, Alejandro era su principal prioridad. Levantó la cabeza y lo miró a los ojos.

_Esta bien, me iré_ dijo_ pero con una condición.

Alejandro la miró sorprendido, jamás pensó que ella accedería tan fácilmente.

_ ¿Qué condición? _ preguntó confuso.

_Que dejes La Oroya conmigo_ dijo muy seria.

_Si me voy contigo, no habrá quien investigue_ dijo él.

_Salgamos de aquí, dejemos las cosas como están_ dijo suplicante.

_Es la primera vez que quieres dejar las cosas como están, ¿acaso no querías resolver este misterio?

_Ya no estoy tan segura_ contestó consternada sacudiendo la cabeza de un lado a otro.

_Laura, creo que hay algo que no me estás diciendo_ dijo mirándola fijamente.

Laura le dedicó una mirada nerviosa.

_Solo salgamos de aquí_ volvió a decir.

El teléfono de Alejandro sonó precipitando la culminación de la charla. El abogado se excusó, era una llamada de su padre y tendría que atenderla. Se dirigió a su casa con el ceño fruncido y el rostro tenso. Sabía que la conversación no sería corta y tampoco agradable.

 La psicóloga dejó el jardín y regresó a su casa, esperaba que Alejandro aceptara su propuesta, no le importaba mucho si no lo volvía a ver, con tal de saberlo seguro.

VII

Caía la tarde cuando se sirvió una humeante taza de café. Se acercó a la ventana de la sala y observó la casa del abogado. No había regresado después de la larga llamada que sostuvo con su padre, ni siquiera la había telefoneado. Suspiró algo intranquila. Necesitaba convencerlo de abandonar La Oroya, de abandonar el trabajo que amaba para regresar a Lima y suplicarle a su padre que lo aceptara de regreso en el bufete. Pensó que Alejandro no necesitaba suplicarle a nadie para conseguir un trabajo y menos a su padre, pero de seguro su progenitor pensaría que su renuncia significaba un fracaso. Se sentía culpable, todo lo que sucedía era por su culpa y de nadie más. Había arrastrado a Alejandro hasta el límite y ahora le pedía que dejara todo por lo que había trabajado y regresara a casa, sin nada en las manos.

Un golpe en la puerta, la hizo regresar a la realidad. En un primer momento se le pasó por la cabeza que se trababa de Alejandro, pero no lo había visto salir de la casa. Dejó la taza sobre la encimera de la chimenea y se dispuso a abrir. Antes de tener oportunidad de hacerlo, se quedó estupefacta al observar a través de la ventana los ojos azules y penetrantes de Richard. Le costó un poco reaccionar, y cuando lo hizo, caminó despacio hasta la puerta y la abrió. Richard le sonrió de inmediato. Ella lo miró con sus hermosos ojos verdes abiertos con una inconfundible expresión incrédula.

_ ¿Qué hace aquí? _ preguntó algo aturdida.

_A mí también me da gusto verte_ contestó su exesposo rodeándola entre sus brazos.

Laura reconoció una sensación familiar de seguridad y calidez que la desarmó de inmediato. Suspiró un par de veces, y el peso que tenía cargando por semanas pareció desvanecerse de inmediato.

_ ¿Qué haces aquí? _ volvió a preguntar desde el pecho de Richard.

_Vine a llevarte a casa_ fue todo lo que respondió, mientras cerraba la puerta a sus espaldas.

VIII

La relación entre Alejandro y su padre seguía tensa y bastante deteriorada. A pesar de que Alejandro había dejado el bufete hacía casi dos años, hasta el momento, no habían arreglado sus diferencias.  La llamada de su padre supuso un incómodo momento para el abogado, pero no podía eludirla, hacía semanas que no hablaba con él.

Caminó deprisa rumbo a su casa, se aclaró la garganta un par de veces antes de deslizar su dedo índice sobre el icono verde de aceptar llamadas.

_Hola papá_ dijo con voz clara.

_Hola hijo, espero que no te esté interrumpiendo.

_Estoy algo ocupado_ contestó, aunque sabía que eso no haría que su padre desistiera.

_Tenemos problemas en el bufete_ continuó, como si no hubiese oído lo que acababa de decirle su hijo.

Alejandro puso los ojos en blanco exacerbado mientras abría la puerta de su casa y se introducía en ella, seguido muy de cerca por Andy.

El señor Quesada, siguió hablando por unos minutos que a Alejandro le parecieron eternos. Entendió poco de lo que oyó, su mente estaba fija en Laura durante todo el tiempo.

_ ¿Alejandro? ¿Oíste lo que acabo de decirte? _ preguntó su padre poco después.

_Papá envíame los documentos por e mail, yo los revisaré y luego te llamo.

_Está bien_ convino su padre.

Alejandro cortó la llamada emitiendo enseguida un sonoro suspiro de impaciencia. Buscó su portátil y la encendió. Fue hasta la cocina y preparó la cafetera, mientras esperaba a que su padre enviara los documentos. Sabía que tendría varias horas de trabajo por delante.