Historias entrelazadas (fragmento)

Oberá, Argentina, agosto de 1934.

I

Había pasado por todos y cada uno de los círculos y asociaciones de mujeres que funcionaban dentro de la hacienda. El círculo de costura, en donde cosió un par de cortinas y unas sábanas completamente a mano ya que ninguna de las mujeres tenía una máquina de coser. De todas formas, estaba acostumbrada a hacerlo, su madre le había enseñado, pero al cabo de dos semanas creyó que era tiempo de hacer algo nuevo. Probó suerte en el círculo de tejido, ya que era invierno y no le vendría mal a Daryna un abrigo de lana. Cuando terminó el abrigó tejió unas medias, pero aquello también le parecía aburrido. Las conversaciones le parecían banales, en realidad las mujeres se juntaban no tanto para tejer sino para sentirse en libertad de explayarse en cotilleos, cuyos personajes principales resultaban ser siempre Alexander y Galina. En el tiempo que llevaba en Oberá, había visto a Alexander en contadas ocasiones, casi siempre cuando iba a la casa en busca de Igor. Mientras que a Galina solo la había visto una vez, durante aquella inesperada e incómoda visita. Pero al parecer los problemas maritales entre los Ivanov era de dominio público. Decidió entonces, que se había cansado de oír chismes, y que probaría suerte en el grupo de Planificación Estratégica para Granjas Familiares, un nombre que Kataryna consideró algo rimbombante. En realidad, podrían haberlo llamado simplemente cría de Aves de Corral. Sea como sea, terminó cuajando en aquel círculo a la perfección, le sirvió para afianzar sus conocimientos y adquirir otros nuevos, como la prevención de nuevas enfermedades que atacaban a las aves en aquellas tierras.

No había día en que no pensara en la familia que había dejado en Ucrania, en su madre, en su padre y sus hermanas. No tenía idea de si estaban aún con vida, ni como comunicarse con ellos. Los inmigrantes que habían llegado mucho antes que ella, no habían logrado aún comunicarse con los familiares que había dejado atrás. Al parecer el régimen interceptaba sus cartas y estas nunca llegaban a destino.

Acababa de preparar la tierra en el lugar en donde sembraría una huerta con semillas de lechuga, tomate, repollo, cebollas, ajos, remolachas y zanahorias. Esperaría a que el aire se templara un poco para proceder con la siembra.

Se dirigió al pozo, que se hallaba rodeado de un muro de ladrillos rojos de unos ciento veinte centímetros de altura, tomó el balde que se hallaba amarrado a una soga de cáñamo que rodeaba la roldana. Lanzó el balde al pozo y detuvo su caída deslizando la soga entre sus manos. Cuando el balde tocó la superficie del agua se oyó un sonido sordo y a continuación un retumbo. Dejó que el balde se llenara de agua y luego jaló de la soga con fuerza colocando una mano delante de la otra en una serie de movimientos que hicieron que el balde se elevara hasta la altura de su cintura. Tomó el balde y lo depositó sobre el muro de ladrillos, inclinó el rostro sobre el balde y bebió directamente de él. El agua estaba fresca y agradable. A pesar del frío, realizaba aquella práctica cada vez que terminaba algún trabajo extenuante.

Se incorporó, se secó los labios con el dorso de su mano derecha y levantó los ojos en dirección al campo delante de ella. La tierra, se hallaba cubierta de un manto verde brillante. Sonrió, era increíble volver a ver campos cubiertos de trigo germinado, le producía una sensación indescriptible. Un día no había nada y al siguiente la tierra se cubría de pinceladas zigzagueantes salpicadas aquí y allá, como si un pintor inexperto intentara crear alguna obra vacilante. Otro día más y la obra parecía tomar forma, otro más y la creación más bella del mundo quedaba terminada.

Regresó sobre sus pasos tomó una pala y se dirigió a un lado de la casa en donde había sembrado un pequeño jardín, removió la tierra, luego regó las semillas.

 Sobaka apareció del otro lado de la casa moviendo la cola, llevaba algo en el hocico que al principio Kataryna no supo de qué se trataba. Cuando estuvo frente a ella, dejó caer lo que tenía en el hocico, era una rata de considerable tamaño.

_ Buen chico_ dijo Kataryna mientras acariciaba su cabeza. No necesitaría de un gato mientras tuviera a Sobaka.

Le dio agua al perro, luego se deshizo de la rata, lanzándola dentro de un hoyo de considerable tamaño que Igor había cavado detrás de la casa y que lo utilizaban como basurero. Se lavó las manos y la cara. En vez de entrar en la casa y descansar, decidió que debía dar un paseo más allá de los campos. Llevaba en la hacienda tres meses y aún no conocía el lugar.

El sol parecía suspendido a medio camino hacia el cenit, no soplaba brisa alguna que agitara las quebradizas hojas de los árboles. Observó la vasta extensión de terreno cubierto por la alfombra verde brillante y decidió ver hasta donde llegaba. Caminó por un sendero lo bastante ancho como para que cupiera una carreta, a ambos lados se extendían los cultivos, la seguía Sobaka que se detenía de tanto en tanto a olisquear el terreno, en busca tal vez de otra rata que atrapar.

Llevaba caminando casi media hora y no había visto más que trigo germinado por donde mirase, hasta que delante de ella divisó una muralla verde de vegetación que se elevaba a poco más de un kilómetro de distancia. Se detuvo unos segundo a considerar si seguía o se regresaba a casa. Sobaka la observó con ojos interrogantes como si también estuviera considerando lo mismo que ella. Kataryna se inclinó y le rascó la cabeza por unos segundos para luego incorporarse y observar el cielo. El sol se había escondido detrás de unas nubes lo que produjo una considerables baja de temperatura. Pero el cielo no parecía amenazante, lo más probable era que se despejara en poco tiempo, pensó. Se abrochó el abrigo al cuello y continuó adelante. Sobaka la siguió segundos después de inspeccionar un agujero en donde hacía poco tiempo se había ocultado una araña.

El camino no representaba una dificultad, el campo era uniforme y los trabajadores se habían asegurado de que el sendero fuera accesible. A pesar del frío, la caminata la había hecho entrar en calor, obligándola a desabrocharse el abrigo por completo. Llegó al final del campo y delante de ella se alzaba la muralla verde que a primera viste le pareció impenetrable. Observó asombrada la maraña de vegetación que crecía en todas partes. Cuando estuvo a punto de devolverse observó un angosto y casi invisible sendero que se internaba dentro del bosque, debajo de inmensos árboles de cedro, palo santo, lapachos y carandays. No lo pensó dos veces y penetró la selva a través del serpenteante sendero bajo la copa de los árboles que se cernían sobre ella. Le dio la impresión de que parecían invitados que se acercaban a una larga mesa de recepción. Se detuvo de pronto y volteó sobre su hombro en busca de Sobaka, quien se hallaba al pie del sendero sentado sobre sus cuartos traseros, con la lengua afuera observándola. Al parecer había dictaminado que no era buena idea internarse por aquellos parajes inexplorados casi vírgenes.

_Vamos Sobaka, vamos_ lo llamó con un suave batido de palmas.

El perro pareció vacilar por unos momentos, pero de inmediato la siguió de cerca. Al poco rato, era Sobaka quien encabezaba la expedición. Kataryna empezó a deslizarse lentamente por el sendero de aquel profundo bosque. El aire parecía mucho más ligero dentro del monte, la fragancia balsámica de los árboles le pareció arrebatadoramente delicioso. Aspiró profundamente llenando sus pulmones de aire y reteniendo la respiración por unos segundos para luego exhalarlo lentamente. Repitió el proceso un par de veces y luego siguió caminando. El paisaje le pareció maravilloso. Sobaka se detenía de tanto en tanto a olisquear el suelo. Kataryna intentó adivinar qué era lo que olfateaba el perro, parecía estar siguiendo algún tipo de rastro, de seguro el olor de algún animalillo, pensó.

El sendero pareció desaparecer de pronto cubierto por la mala hierba, se había tornado desigual y estrecho, en varios puntos tuvo que agachar la cabeza para evitar toparse con alguna rama baja. El sendero cubierto de maleza continuaba inexorable adentrándose cada vez más en el monte. Dudó un instante, pensó que lo más sensato sería regresar sobre sus pasos o de lo contrario probablemente terminaría perdiéndose y no estaba segura si podía confiar en las habilidades del perro para regresar a casa. Después de todo, pensó, Sobaka era un perro callejero, citadino y no de campo. Sin embargo, Sobaka parecía saber exactamente a donde dirigirse y contra todas las advertencias que recibía por parte de su cerebro siguió adentrándose más y más en el bosque.

Pensó que los árboles que se cernían sobre ella cada vez más parecían ahora espectadores curiosos y enfermizos de alguna tragedia. Pensó que, si el sendero se llegara a estrechar aún más, las ramas de los árboles y los arbustos terminarían por arañar sus brazos y piernas o incluso producirle alguna herida de gravedad.

 De pronto, le pareció oír un murmullo creciente de agua que discurre. Sobaka se echó a correr y la obligó a apretar el paso. El sendero terminaba en la vertiente de un arroyo que discurría entre piedras corriente abajo. Kataryna observó a Sobaka que bebía agua desde la orilla. Se quedó admirada de la belleza del arroyuelo que no tendría más de tres metros de anchura.

El agua discurría murmurante entre rocas de considerable tamaño enclavadas en el curso. Sobaka emitió un par de ladridos y cruzó el arroyo utilizando las rocas como improvisado sendero. Kataryna no intentó detenerlo, por el contrario, se sentó en una roca a orilla del arroyo e introdujo una de sus manos en la corriente. El agua estaba fría, pero se sentía muy bien. Contempló las sombras que las nubes altas proyectaban sobre el agua, formando extrañas figuras, un conejo con las ojeras caídas, la rama de una planta de eneldo, incluso la figura desdibujada de una gallina. Se percató de pronto del silencio que reinaba en aquel lugar, pensó que era hermoso, un silencio que no se veía interrumpido por las conversaciones de las personas, ni el rugido de algún motor, ni siquiera por el traqueteo de alguna carreta, pero al mismo tiempo tenía algo inquietante y atemorizador. Incluso los sonidos que oía, el canto de los pájaros en las copas de los árboles, el susurro del agua discurriendo, el murmullo del viento entre las ramas de los árboles, enfatizaban la cerca de silencio a su alrededor.

Percibió de repente un vago, pero persistente aroma a café. Pensó que le engañaban sus sentidos, pero se incorporó apoyando las manos en unas rocas para no perder el equilibrio. Vaciló por unos instantes y a continuación vadeó el arroyo utilizando las mismas rocas que Sobaka había utilizado minutos antes y volvió a internarse en el bosque. Esta vez el sendero que siguió se halla perfectamente definido, como si alguien acabara de limpiarlo, deshaciéndose de la maleza que crecía en él. El persistente aroma a café parecía ahora más cerca.

A través de la espesura le pareció vislumbrar el bosquejo de una cabaña en medio de un claro. Se acercó un poco más hasta que estuvo frente a ella. Las paredes eran de madera virgen, el techo de tejas que en algún momento habían sido de un tono anaranjado brillante muy semejantes a la de la Casa Grande, pero la luz del sol de al menos diez u once años había caído implacable sobre el techo sin protección, ahora presentaba un aspecto desvaído en algunas zonas, al igual que manchas negruzcas en otras. Una chimenea se alzaba al fondo del tejado, un humo gris se escurría a través de ella. Se preguntó a quién pertenecería aquella cabaña y porque se hallaba en medio del bosque.

Sobaka la sacó de sus elucubraciones cuando apareció corriendo y ladrado desde el bosque a sus espaldas. La puerta de la cabaña se abrió con un chirrido agudo y Kataryna se quedó asombrada y a la vez algo asustada al ver a la persona que la observaba desde el umbral de la puerta.

II

Al mismo tiempo que Kataryna empezaba a poner orden en la pequeña vivienda que le había sido asignada, Alexander debía lidiar con los comentarios mordaces y corrosivos de su esposa. Cuando esto ocurría, cada vez con mayor frecuencia había que agregar, Alexander prefería alejarse de la Casa Grande y desaparecer. Odiaba tener que oír comentarios desagradables e hirientes por parte de Galina, sus continuas quejas de tener que vivir en los confines del mundo junto a una manga de indígenas salvajes que no hablaban si quiera el español. Galina jamás apreció lo que Alexander había logrado construir lejos de su patria, lejos de sus raíces y sus más anhelados recuerdos.

Cuando Alexander regresó de Figueres, luego de aquel extraño encuentro con el sacerdote en el cementerio, intentó no darle importancia a lo ocurrido, asumiendo que había sido algo así como un sueño. Pero a medida que pasaba el tiempo, los extraños sucesos seguían ocurriendo. A veces soñaba con Tatiana, sueños en que la veía rebosante de salud y de felicidad. Sueños en los que tenían largas conversaciones tomados de la mano mientras que caminaban por campos cubiertos de flores. En otras ocasiones pensaba que la oía, alertándolo de algún peligro, como la vez en que una Yararacussú[1] lo mordió en el brazo izquierdo mientras deambulaba recogiendo frutos silvestres por el bosque. Tuvo tiempo de admirar al animal, tenía algo más de dos metros de largo, la cabeza triangular, los ojos oblicuos de iris dorado. El cuerpo de fondo negro muy oscuro y rayas amarillas en forma de rombos. Terminó escondiéndose entre los matorrales después de morderlo.

Alexander intentó regresar a casa, pero los efectos del veneno no se hicieron esperar. Primero sintió el entumecimiento del brazo, un minuto después le siguieron las extremidades inferiores. Intentó seguir caminando, pero la inflamación en las piernas le dificultaban la marcha. Intentó sacarse las botas, pero los brazos no le respondieron. Cayó de bruces cinco minutos después de la mordida. El brazo herido, se llenó de ampollas sanguinolentas en los minutos siguientes. Perdió el conocimiento poco después y cuando regresó en sí, vio a Tatiana sentada a su lado acariciando su pelo. Le hablaba al oído con palabras relajantes y confortantes.

Cuando despertó por completo en su habitación de la Casa Grande, observó al Chaman de la tribu humedecerle los labios con una bebida amarga, a base de hierbas medicinales, además percibió un emplaste de hojas y algún tipo de barro sobre la mordedura. Se percató, que la presencia de Tatiana solo había sido producto de su mente.

Volvió a ocurrir en aquella batalla infernal en el Chaco cuando estuvo a punto de desistir, de dejarse vencer, de dejarse morir. La voz de Tatiana imperiosa, lo obligó a seguir.

Todo aquello no podía ser solo producto de su imaginación. Sabía que había algo extraño en él, siempre lo había sabido y había luchado con sus dementes emociones toda su vida.

Pero esto era diferente.

La percepción cambia cuando trasciende lo natural. Y estaba convencido de que había sido testigo de ciertos portentos que nada tenían que ver con lo natural. Alexander consideraba que la mayoría de la gente era demasiado ceñida de pensamiento, como para reflexionar flemática e inteligentemente sobre algunos fenómenos aislados que permanecen profundamente ocultos más allá de lo cotidiano o lo normal y que solo pueden ser avizorados y reparados por algunas pocas personas sensibles o tal vez especiales.

Al parecer Alexander era una de ellas, y estaba seguro de que, si intentaba explicar aquellos eventos a alguien más, simplemente pensarían que estaba loco. Pero, por el contrario, eran aquellos extraños eventos los que aún lo mantenían cuerdo.

A menudo se preguntaba si existiría alguien que entendiera que no hay una verdadera diferencia entre lo que parece real o lo que parece fantástico. Las cosas aparecen como son, dependiendo de lo que el observador y sus frágiles sentidos físicos y mentales considere verdadero o apócrifo. Pero el pragmatismo de la mayoría atribuye como locura a todo lo que en apariencia se presenta como extraño y diferente.

Pensó que se hallaba mucho más relajado y sosegado desde que había aceptado que nada era producto de su imaginación y que Tatiana, de algún modo que no entendía, seguía a su lado y permanecería allí hasta que le tocara abandonar este mundo material para reunirse en un plano espiritual con ella.

Pero aún se hallaba desprovisto de la facultad de sentir y expresar emociones.

Pero el espíritu es un ente separado de la carne y de sus necesidades físicas. Cuando estas apremiaban, Alexander buscaba consuelo en diferentes y desconocidos brazos, en rostros extraños con quienes no tuviera que formar lazos ni emociones.

Oleg, su último hijo había nacido siete años atrás, producto de alguna noche de borrachera, de desesperación y soledad. Se había mantenido desde entonces alejado de la cama de Galina comprendiendo que sus necesidades solo contribuían luego a la amargura de su esposa. Y se enfocó en buscar alivio físico en otros lechos.

Se concentraba todo lo que podía en el trabajo y cuando el dolor y los recuerdos lo apremiaban, se esfumaba de la Casa Grande a algún lugar desconocido para su Galina y sus hijos. Desaparecía en algún lugar que solo era suyo, en donde podía lidiar con sus recuerdos, su desazón y su dolor. Regresaba luego de unos días y continuaba con su vida como había prometido.

Pero el extraño y deplorable comportamiento de Alexander, solo exacerbaba el agrio y severo carácter de su esposa quien se lamentaba el haber abandonado Moscú por seguir a su excéntrico y patético esposo según sus propias palabras.


[1] Serpiente venenosa distribuida en Misiones.

CASA 110 (Fragmento)

V

No podía dormir, esta sería una de aquellas noches en que desgranaría las horas lentamente, sentada frente a la chimenea. Ya se estaba acostumbrando a ello y no le preocupaba mucho. El viento soplaba en fuertes ráfagas, y azotaba la copa de los árboles, emitiendo ásperos sonidos.  

Se sentía más tranquila después de resolver sus diferencias con Alejandro, bueno, casi todas, después de todo, aún existían temas inconclusos entre ellos, pero esperaba que con paciencia y una buena dosis de comunicación llegarían a solucionarlo todo.

 Se acercó a la ventana, el viento aullaba afuera, levantó la mirada suspirando y observó la brillante y argentada moneda montada en una morada nube en el oscuro cielo. Suspiró, jamás en su vida había disfrutado de tan especial espectáculo. Abrió los ojos sorprendida, la luz de la Luna ingresaba a través de la ventana, iluminando la pálida piel de su rostro.

Se sintió abrumada con los sentimientos que, experimentada por Alejandro, por la esperanza que estaba creciendo dentro de ella y por la incertidumbre de a donde la llevaría todo eso. Se sintió indefensa y vulnerable.

 Ladeó la cabeza para no perder de vista al satélite cuando una nube empezó a cubrirlo, pero al contrario de lo que habría esperado, la luz crecía en intensidad a medida que el astro se escondía detrás de la nube.

A pesar de no tener sueño, se sentía cansada. Estiró sus entumecidos miembros mientras la luna desaparecía por completo detrás de la morada nube, iluminada por los reflejos de luz que la Luna, al igual que un espejo proyectaba.

De improviso, cuando el astro desapareció, se sintió abrumada, angustiada y perturbada hasta un límite inimaginable, recordó al jovencito con la cabeza destrozada y la sangre que emanaba sobre su hombro. La escena aún la perseguía y no le daría tregua hasta que descubriera lo que le había sucedido. Los detalles horribles de la muerte del chico la sobrepasaban y sumían sus pensamientos en una espantosa confusión que no le daba respiro. Sus ojos reflejaban el brillo de una idea pavorosa, el presagio de que algo tomaba forma confusa en su mente, algo que no se atrevía a trasladar en palabras. Una sensación errática y desagradable dentro de ella le advertía que John terminaría reclamando venganza y que se la cobraría en donde más le doliera.

Sacudió la cabeza, no dejaría que nada le sucediera a él, así tuviera que morir por ello, pensó.

Mientras sus pensamientos se iban transformando en una cada vez más afligida y lúgubre sensación, los rugidos de las ráfagas del viento se fueron distorsionando hasta convertirse en un leve quejido. Disminuyó el colérico zumbar de las ramas de los árboles contra los vidrios de las ventanas, hasta que se convirtió en un leve repiqueteo y todos los ruidos de la calle fueron apagándose uno tras otro: los ladridos de Andy; el sonido del motor del vehículo de guardia del hospital; hasta los apresurados pasos de las enfermeras rezagadas fueron exterminándose en la distancia mientras se acercaban al hospital.

El fuego vivaz que ardía en la chimenea la atrajo. Se sentó frente a ella con una sensación muy agradable, el calor le alivió el cuerpo y también el espíritu. Se quedó allí hasta que el fuego terminó por consumirse. La invadió entonces un sentimiento de soledad oprimente y desgarrador. Los cambios drásticos en su estado anímico la preocupaban, pero no podía hacer nada al respecto.  

Se levantó y se dirigió a su habitación, se desvistió moviéndose sigilosamente, como si estuviera rodeada por niños dormidos a quienes no quería perturbar. Eso le recordó las imágenes de los niños internados en el área de pediatría del hospital. Se arropó bajo las mantas y se quedó escuchando el sonido del viento contra los árboles, así como el leve rechino de la madera debajo de su cama, lo que la sobresaltó. Tardó buen tiempo en quedarse dormida.

 No supo cuanto tiempo durmió, despertó de repente, sumida en una agitada expectación.   Todo se encontraba en silencio, ni el viento, ni los árboles, ni el crujido de la madera interrumpían el silencio hueco y sepulcral de la noche, excepto los latidos de su corazón, los cuales podía escuchar.

Sin previo aviso, la manta de la cama salió despedida, como si alguien la hubiese lanzado por los aires. No pudo moverse, solo un pensamiento la asaltó en ese momento. “Aquí vamos de nuevo”. Abrió los ojos alerta. La frente se le llenó de sudor y gimió presa del miedo. Oyó unos pesados pasos que no parecían humanos, sino los de un animal salvaje y de gran tamaño, tal vez los de un elefante o un hipopótamo, pensó. Se acercaban a ella con rapidez, haciendo crujir el piso. La sangre abandonó sus mejillas y su aliento se convirtió en jadeos. De improviso, todo volvió a quedar en silencio. Se quedó escrutando la noche y tratando de escuchar. Poco después, oyó un sonido chirriante, como cuando se arrastra un cuerpo pesado. El atenuado sonido de puertas que se cierran en la parte más alejada de la casa, llegó hasta ella. Se oían los ruidos que producían unos furtivos pasos que recorrían la casa de un extremo a otro. A veces los pasos se aproximaban a ella con rapidez, amedrentándola y luego desaparecían. Seguía en alerta, estaba convencida de que algo pasaría en cualquier momento. Escuchó el leve resonar de algo pesado al arrastrarse, como si fuera un saco lleno de piedras en algún punto remoto de la casa, luego oyó que se acercaba trabajosamente y cómo se acentuaban cada uno de los movimientos con el sonido de las piedras, que repicaban al caer cuando el espectro avanzaba. Oyó frases susurradas, gritos abortados que parecían asfixiarse con violencia. Exhalaciones y lamentos alrededor de su cama, así como misteriosos murmullos. No era la primera vez que oía murmullos, pero las voces, no eran las de siempre.

Sobre el techo aparecieron, cinco pequeñas esferas que iluminaban tenuemente el blanco cielo raso, justo sobre su cabeza, pensó que se debían a las luces de los faroles de la calle, pero refulgieron un segundo y luego se abatieron sobre su rostro. Las cinco detonaron y se trasformaron en un líquido levemente caliente y viscoso. Se sentó asqueada y se llevó una mano al rostro. Al observar su mano, notó que era sangre. En ese instante, vio el rostro lívido de un jovencito, estaba convencida de que era Kuntur. En aquel momento, observó unas manos blancas que emergían etéreas en el aire y se acercaban al cuello del chico. Luego, todo desapareció, cesaron los susurros, al igual que las voces, los sonidos y las apariciones.

Por algún tiempo, esperó, mientras escuchaba. Se sentía débil por el miedo. A pesar de todo lo que había visto y vivido en los últimos nueve meses, aún no se habituaba a aquellos sucesos sobrenaturales, y estaba segura de que nunca lo haría.

Se sentó en el borde de la cama lentamente, se sentía frágil y desgastada, como si una energía negativa la hubiese envuelto. Encendió la luz, la mano le temblaba, como si hubiese envejecido de repente. Fue al baño y se miró el rostro al espejo. No había rastros de sangre. Regresó a su habitación, volvió a oír los pasos de aquel animal gigante frente a su habitación. La puerta se abrió y observó con ojos fascinados y a la vez aterrorizados aquella presencia enorme y gaseosa frente a ella. Presentaba un tamaño descomunal. Sus neblinosos pliegues fueron tomando forma poco a poco. Aparecieron primero los brazos y luego las piernas, después el cuerpo y por fin el rostro demencial e histérico de John. Se acercó a ella en un parpadeo. Su rostro amenazador se situó solo a centímetros de ella.

_No vas a salirte con la tuya, si no dejas esto voy a matarlo_ dijo con voz de ultratumba para luego desaparecer de inmediato.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (fragmento)

VII

Cuando la luz tenue del amanecer se levantaba por el este, y los altos árboles se recortaban contra el cielo cada vez más claro. llegaron a la estación de Apóstoles, la primera parada en Misiones. Descendieron para un rápido desayuno que consistió en pan y café caliente, para luego retomar el viaje. Según Ivanov, llegarían a Oberá a eso del medio día. El exsoldado se sentó entonces en medio de las cuatro familias que lo acompañaban y les narró la historia del pequeño pueblo en el que vivirían. Les explicó que, durante el reinado de Alejandra la grande, la zarina había convencido a un grupo de alemanes para que inmigraran a la zona del río Volga para que lo colonizaran, con la promesa de que podrían mantener sus costumbres y su cultura intactas. Lo consiguieron por cierto tiempo, pero una vez que Alejandra la grande falleció, sus descendientes no cumplieron con la promesa hecha por la zarina y los alemanes fueron perseguidos, por lo que se vieron obligados a volver a inmigrar, así fue como llegaron a Argentina hacía muchos años.

 La vida de aquellos primeros inmigrantes fue muy difícil, en el mejor de los casos, recibieron carpas de parte del gobierno, otros tuvieron que contentarse con refugios hechos de ramas y paja. La exigencia primordial del gobierno era que civilizaran el entorno, cortando los enmarañados bosques y sembraran las tierras, de lo contrario, el gobierno les sacaba las tierras y dejaba a los inmigrantes en total desamparo.

En un principio, fue muy difícil dominar la densa selva, debieron talar árboles y cortar inmensos montes. Estuvieron expuestos a alimañas y animales salvajes a los que desconocían por completo, algunos murieron de fiebre amarilla o malaria, otros recibieron infinidad de picadas de insectos los cuales les producía alergias e intenso escozor. Muchos de los inmigrantes desistieron durante los primeros meses y decidieron regresar a Alemania a probar suerte. Otros persistieron, construyeron pequeñas viviendas y prepararon los campos con plaguicidas e insecticidas que el gobierno les vendía a plazos. Los calores adormecedores y sofocantes fueron otro de los problemas que tuvieron que enfrentar en el verano y las heladas durísimas que quemaban los cultivos en el invierno. El gran esfuerzo que realizaron estos pioneros era intangible, todo por salir adelante.  Si bien para los nuevos inmigrantes las cosas no serían fáciles, no podían compararse con lo que vivieron aquellos primeros pioneros.

Poco después de las doce del mediodía, desembarcaban en Oberá. Karatyna observó el pequeño pueblo cuyas calles carecían de adoquines o empedrados, pero que llamaban la atención por lo polvorientas, serpenteantes y su intenso color rojizo. Las herraduras de los caballos retumbaban y traqueteaban las carretas repletas de hortalizas, granos o ganado.

Un par de aquellas carretas tiradas por bueyes los esperaba, guiados por hombres vigorosos y de tez cetrina. Las cuatro familias se repartieron en ellas. En la primera viajaban Kataryna, Igor y Daryna cuyo perro no la perdía de vista, viajaban con ellos una pareja con tres hijos. En la segunda carreta iba Ivanov acompañado por una pareja con dos hijos y un matrimonio cuyo hijo estaba en camino. Kataryna no podía imaginarse lo difícil que habría resultado el viaje para aquella joven en avanzado estado de gravidez. Al menos, pensó, su bebé tendría alguna posibilidad de sobrevivir en aquellas tierras.

 Iniciaron el lento y tumultuoso avance hacia la hacienda, la carreta de Ivanov encabezaba la corta caravana. A pesar de ser otoño, el sol calcinaba aun con fuerza, pero la suave brisa que soplaba del sur significó un alivio para los viajeros. Cuarenta o cuarenta y cinco minutos después, las carretas se detuvieron frente a grandes portones de madera sobre los cuales rezaba un proverbio que Kataryna conocía muy bien “Sin esfuerzo no se puede sacar al pez del estanque”.

Ivanov que viajaba sentado al lado de uno de los conductores, se apeó de un salto, y abrió los portones que chirriaron a modo de bienvenida. Las carretas la atravesaron despacio entre tumbos. Ivanov volvió a cerrar los portones y subió a la carreta. Los conductores guiaron a los bueyes por la ancha avenida de grava roja. Por donde miraran, se veían pastizales verdes y cientos de ganado vacuno que pastaba apaciblemente. Minutos después divisaron la casa de paredes blancas y techo de tejas rojas. Se hallaba bordeada de flores de diversos colores y flanqueada por árboles que trasmitían frescura y sombra a los alrededores. Entre las copas de los árboles se cobijaban decenas de pájaros que gorjeaban al unísono en una especie de orquesta sinfónica alada.

Las carretas de detuvieron frente a la vivienda, los recién llegados no dejaban de admirar el lugar que Alexander había logrado construir a baje de esfuerzo y tesón a cientos de miles de kilómetros de la tierra que lo había visto nacer. Les parecía increíble ver tanta prosperidad luego de muchos años de escasez y luchas por sobrevivir.

Ivanov les instó a que desembarcaran de las carretas. Un joven delgado y moreno, que no tendría más de veinticinco años, los esperaba. Llevaba unos lentes sin montura y aros de acero cuyos cristales reflejaron la luz del sol bajo su cetrina e increíblemente pequeña frente. Alexander se dirigió a él.

_ ¿Está listo el almuerzo? _ preguntó.

El hombre que respondía al nombre de Juan asintió con un movimiento de cabeza.

_Acompáñalos al tinglado y asegúrate de que tengan todo lo que necesitan.

El hombre, que al parecer no era muy aficionado a las palabras volvió a asentir e hizo señas a los recién llegados para que los siguiera.

Ivanov subió unas cortas escalinatas hacia la puerta de ingreso a su vivienda no sin antes asegurarles a los nuevos trabajadores y sus familias que les daría alcance en poco tiempo.

Kataryna captó un movimiento proveniente de una de las ventanas de la casa con el rabillo del ojo. Volteó la cabeza y pudo notar la presencia de una mujer que los observaba a través de los cristales, con expresión medio desdeñosa, medio soberbia. La mujer llevaba los cabellos entrecanos recogidos en un rodete. No podía distinguir con exactitud que llevaba puesto, desde donde estaba, pero una cosa era segura, se hallaba pulcramente vestida y arreglada. Tenía los ojos pretenciosos y arrogantes. Por completo carentes de humildad y generosidad. Actuaba como si fuese la dueña de la casa, por lo tanto, debía ser la esposa de Ivanov, pensó Kataryna. No le dio tiempo para más ya que Daryna la tomó de la mano y la instó a seguir a los demás.

Debajo del tinglado, habían dispuesto una mesa larga, un tablón sostenido sobre dos caballetes y dos bancos largos colocados a ambos lados de la improvisada mesa. El hombre moreno les indicó que se sentaran. Al parecer Ivanov se había encargado de enseñarle una que otra frase en ruso. De inmediato, dos mujeres les sirvieron el almuerzo, que consistió en un guisado de res, pan y un el jugo de una fruta que Kataryna no pudo identificar.

Ivanov regresó poco después de que terminaran de almorzar. Les dio la bienvenida formalmente y les explicó que el hombre de la frente cetrina los llevaría a lo que de ahora en más serían sus viviendas. Les daría a los hombres dos días libres para que se adaptaran y ayudaran a sus esposas a organizarse. A continuación, en lugar de desearles suerte en esta nueva etapa de sus vidas, les recordó que el porvenir no dependía de la suerte sino del empeño, el trabajo y el empuje de cada uno de los individuos y sus familias.

VIII

Fueron acomodados en una casita de adobe encalada con techo de paja y piso de cemento. Constituida de dos habitaciones, una cocina que hacía las veces de comedor y un pequeño recibidor.  Los servicios higiénicos se encontraban fuera de la casa, consistía en una letrina y un espacio que podían utilizarlo como cuarto de aseo. A un costado de la casa, había un pozo de agua. No medían más de cinco metros de profundidad y se extraía a mano mediante un balde y una roldana. La casita se hallaba rodeada de media docena de altos árboles y una veintena de otros mediados que según Juan florecerían poco antes de la primavera.

Por delante de la casa se extendían inmensos campos arados listos para el cultivo, Karatyna no supo decir de cuantas hectáreas se trataban, llegaban hasta donde alcanzaba la vista y más allá. Observó a su derecha y luego a su izquierda en un intento por divisar la casa de algún vecino, pero no vio nada.

_Su vecino más cercano se encuentra a unos ochocientos metros de distancia_ dijo Juan como si le leyera la mente en un perfecto ruso que sorprendió a Kataryna.

Las casas de los trabajadores se hallaban distanciadas ya que se encargaban de una parcela de terreno de tres hectáreas que le había sido asignada y tenía a su cargo un grupo de lugareños que los ayudaba con el trabajo.

Juan los dejó solos para que se instalaran. Igor recorrió la pequeña vivienda con expresión de fastidio, estaba claro para Kataryna que no era lo que esperaba. En el recibidor se alzaban cuatro mecedoras de mimbre y una pequeña mesa de centro. En la cocina Kataryna halló una estufa a leña, tres ollas, una tetera, y trastos de metal para cuatro personas. Una mesa de madera con cuatro butacas del mismo material, y una fiambrera completaban el mobiliario. En la primera habitación hallaron un ropero, una cama matrimonial y dos mesitas de noche. En la segunda, dos camas individuales con sus respectivas mesas de noche y un ropero. No había cuadros, o algún tipo de adorno. Kataryna pensó que aquello era en cierta forma una suerte, ya que le permitiría poner su toque personal al lugar, por pequeño que este fuera. Buscó entre sus escasas pertenencias el crucifijo que le había regalado su madre y lo colgó de un oxidado clavo sobre la cabecera de la cama que compartiría con Igor. Se quedó observándolo con las manos en jarra, recordando la última vez que vio a su madre, la última vez que la abrazo, la última vez que oyó su voz. Suspiró profundamente intentando disipar el sentimiento de pérdida que la embargaba.

Daryna se posesionó del segundo dormitorio de inmediato, era agradable no tener que compartir la habitación con nadie más que con su nuevo amiguito. O al menos eso era lo que ella pensaba. Su padre no tardo mucho tiempo en sacar al perro de la casa, a pesar de sus airadas protestas.

_El perro puede dormir en el corredor de la casa_ sentenció Igor.

La primera semana se pasó en un abrir y cerrar de ojos, entre la limpieza de la casa y la construcción de un gallinero. Detrás de la casa halló un buen número de postes de madera y mallas algo oxidadas pero que le sirvieron en la construcción. La preparación de la tierra para la huerta debería esperar hasta la próxima primavera.

 Igor se había integrado al trabajo, salía poco antes de amanecer y regresaba a casa extenuado antes del atardecer. Se había iniciado el periodo de siembra del trigo y los trabajadores se encontraban muy ocupados. Igor con su acostumbrado carácter cáustico, llenaba las noches de sobremesa de comentarios irónicos y sarcásticos en los que decía que la ayuda de Ivanov hacia los inmigrantes en realidad era un modo camuflado de utilizar mano de obra barata hasta convertirlos prácticamente en esclavos.

_Que casualidad que fuera en busca de inmigrantes desesperados justo antes de la siembra, de seguro traerá otro grupo de tontos para las cosechas_ decía.

Kataryna intentaba parecer indiferente y evitaba hacer comentario alguno al respecto. Tal vez Igor se hallará descontento, pero eso no aplicaba a ella. Al fin tenían un lugar donde vivir, al menos tres comidas al día, a veces hasta comían alguna que otra cosilla entre alimentos, y podían vivir en paz, sin la preocupación de que les quitaran lo poco que tenían o que despertara una mañana y encontrara a su hija muerta debido a la inanición.

Daryna se integró también a la escuela del pueblo. Una carreta proveniente de la Casa Grande, como los inmigrantes llamaban a la vivienda de Alexander, se encargaba de llevar a los niños hasta el pueblo y recogerlos al final de la jornada. La preocupación principal de Alexander era la educación de los niños. De igual modo, sin una buena alimentación, no puede darse una buena educación. Sin educación decía, no hay futuro, no hay desarrollo. Ivanov ponía especial interés en que los niños que asistían a la escuela del pueblo llevaran una dieta balanceada. Los dos docentes que atendían la escuela comunitaria se encargaban de que los niños recibieran un vaso de leche y algún cereal en las mañanas, mientras que para el almuerzo les servía algún guisado con legumbres y carne.

Durante la segunda semana en Oberá Kataryna empezó a pensar que necesitaba ocupar su tiempo en algo más que la limpieza de la casa. Terminaba sus quehaceres como a las diez de la mañana y no tenía nada más que sentarse frente a la casa en compañía de la mascota de Daryna que la observaba con expresión aburrida.

_Tampoco tienes nada que hacer Sobaka[1]_ dijo Kataryna restregando la cabeza del animal.

Curiosamente Daryna había escogido para su amiguito el nombre de “Perro”. Lo cual había hecho que sus padres se echaran a reír. Ambos le aconsejaron que escogiera algún nombre más tradicional como Sharic o Timur, pero la niña se había empecinado en que se llamara Sobaka (perro).

Sobaka pareció animarse un poco al sentir las agradables caricias de la mujer con la que asociaba la comida. Sacudió la frondosa cola y levantó el hocico y las orejas en forma de mariposa. Sobaka, parecía ser una cruza entre un Collie y un Epagneul papillón, ostentaba un pelaje blanco, algo largo, con manchas negras. Kataryna acarició su lomo y Sobaka sacudió la cabeza en señal de agradecimiento.

Decidió que aceptaría la invitación de algunas de las mujeres que vivían en la hacienda y se integraría a algunos de los grupos que se formaban por las tardes para aprender algún oficio o simplemente pasar el tiempo. Si, eso era lo que haría, al menos hasta la llegada de la primavera, cuando se dedicaría a la huerta, mientras tanto, debía ocuparse en algo más, pensó.

Regresó a la casa a pesar de la insistencia de Sobaka para que continuara rascándole la cabeza. Se sentó en una de las mecedoras del recibidor y observó a través de los cristales de la ventana que acababa de lavar. El otoño en aquella parte del mundo se mostraba entre las pocas hojas que aún persistían en los árboles y las copas blancas rosáceas de las Pezuñas de Buey[2] en flor, a la espera de las primeras heladas, que aún tardarían algo en llegar. El suelo estaba tapizado de hojas muertas, el cielo se alternaba entre el celeste y el gris, mientras que el campo vacío estaba a la espera de la siembra. No hacía frío ni calor, aunque el sol seguía entibiando el aire, se percibía una brisa fuerte que soplaba sobre los campos recientemente arados, levantando el rojizo polvo transformándolos en remolinos danzantes. Partiendo en dos la tierra como cuando una madre peina a su hija para luego trenzar sus cabellos. De camino al norte, volaban bandadas de pájaros en extrañas formaciones geométricas.

Kataryna se removió algo inquieta en la mecedora, se restregó los ojos un par de veces y suspiró.

Recordó la inesperada visita de la orgullosa y despectiva mujer de la ventana. Galina, se llamaba, y si, era la esposa de Alexander.

No había tenido tiempo de arreglarse, si siquiera de peinarse. Se hallaba limpiando el gallinero cuando vio llegar una carreta tirada por dos hermosos caballos azabaches.  Dejó lo que estaba haciendo, se secó el sudor de la frente con la manga de su blusa y se acercó a ver quién la visitaba. Se sorprendió al comprobar que se trataba de la misma mujer que había observado en la ventana de la hacienda el día de su arribo a Oberá. La saludó con cortesía mientras esperaba a que se apeara de la carreta. Pero para su sorpresa, la mujer no se dignó a hacerlo. Se presentó, como la esposa de Alexander Ivanov y dijo que se llamaba Galina. La mujer poseía una pomposa rigidez como si perteneciera a la aristocracia. Sus ojos azules tenían una extraña combinación de desconfianza y recelo, pero al mismo tiempo de desdén y arrogancia. Y tal y como Kataryna lo había supuesto, se hallaba pulcramente vestida, llevaba un vestido fresco, pero la tela parecía ser costosa. Los cabellos entrecanos alguna vez habían sido castaños, la nariz respingada y los labios delgados hacían suponer que en su juventud habría sido agraciada. Estaba sola, ella misma dirigía a los caballos, llevaba las manos enguantadas y a pesar de su soberbia y aire aristocrático parecía saber muy bien cómo manejar a los animales.

_Mi esposo me pidió que viniera a verla_ dijo y se la quedó mirando con una suerte de cansada resignación en el rostro.

Kataryna se mostró sorprendida.

_Es decir, me pidió que pasara a ver a las recién llegadas_ se corrigió.

Kataryna asintió. Eso tiene sentido pensó, pero para la mujer el pedido de su esposo le parecía extravagante y no tenía sentido alguno. ¿Qué se suponía que tenía que hacer ella con aquellos campesinos que se seguro apenas sabían leer y escribir, si es que siquiera sabían hacerlo?

_Espero que su hija esté yendo a la escuela_ dijo con aire altivo_ es un requisito esencial para mi esposo que los niños estudien.

_Sí, mi hija está allí ahora_ contestó Kataryna con una media sonrisa algo forzada.

La mujer se comportaba con extrema arrogancia. No pretendía ocultar lo desagradable que le parecía la tarea que su esposo le había encomendado.

_Muy bien_ dijo_ si necesita algo Juan está para ayudarla, pero que no se le haga costumbre, no somos la beneficencia_ espetó.

Kataryna la observó con ojos desconcertados, nunca había conocido a una mujer tan desagradable como aquella.

Galina azuzó a los caballos dio vuelta la carreta y regresó por donde había venido sin siquiera despedirse.

Kataryna se meció con los pies apoyados en el piso de cemento, las manos cruzadas sobre su regazo. Suspiró ante aquel recuerdo incómodo y se preguntó cómo era posible que alguien tan agradable como Alexander tuviera como esposa a una mujer tan fría y hasta se atrevería a decir, inhumana como Galina. La vida era bastante injusta, pensó, unía, no, unir no era la palabra adecuada, amarraba. Amarraba a personas que no deberían estar juntas por toda una vida de desesperanza, hastío y muchas veces de infelicidad absoluta. Volvió a suspirar y pensó en su propia vida.


[1] Sobaka: perro en ruso.

[2] Pezuña de Buey o Patas de vaca: árbol oriundo de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.

CASA 110 (fragmento)

IV

Laura había tenido todo el día para pensar en lo que había sucedido, en la forma tan inusual como se estuvo comportando con Alejandro durante toda la semana. Se suponía que ella era la psicóloga, se suponía que era ella quien daba consejos a los demás, cuando en realidad no podía aconsejarse a sí misma. Llegó a pensar que alejaba al abogado para protegerlo, para evitar que siguiera metiéndose en problemas por su culpa, cuando en realidad lo que hacía era alejarlo por que tenía miedo. Estaba completamente aterrada de los sentimientos que experimentaba hacia él y mucho más asustada de salir lastimada.

Suspiró frustrada y apesadumbrada, no podía evitar sentirse como la peor persona del mundo. Alejandro siempre se había preocupado por ella, siempre la había puesto en primer lugar, ante todo, incluso antes que él mismo y ella le pagó de la peor manera posible.

Observó los tamales que había comprado en la mañana y volvió a sollozar.  Se había pasado el día entero culpándose por todo y gran parte del día llorando. Era una suerte que no hubiera mucha gente en la oficina y nadie había preguntado por ella.

Al final del día se cercioró de que no quedara nadie en el edificio antes de salir de la oficina. Asomó la cabeza furtivamente a través de la puerta de entrada y se aseguró de que el Corola no estuviera estacionado enfrente. Suspiró aliviada al comprobar que no estaba. Alejandro ya se ha ido, pensó y le dio un vuelco al corazón. Hacía días que no hacían juntos el trayecto de regreso a casa. Se había asegurado de salir antes que el abogado para no encontrase con él, pero esta vez fue Alejandro quien se fue sin siquiera esperarla o peguntar si estaba lista para irse.

_Tu te lo buscaste_ se dijo a si misma en un susurro y volvió a suspirar mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

Salió a la calle y el viento helado le dio de inmediato la bienvenida. Cruzó corriendo la calle y esperó pacientemente a que llegara la combi que se dirigía a Paccha. Cuando el vehículo se detuvo frente a ella, emitió un sonido de fastidio, estaba lleno, ya no cabía un solo alfiler dentro, debería viajar parada. Al menos la puerta se cerró detrás de ella, muchas veces tenía que viajar colgada en la estribera. Si su padre la viera en ese momento, se moriría de indignación, pensó. Su hijita viajando como ganado hacia el matadero. Sacudió la cabeza y sonrió levemente ante la idea.

Uno de los pasajeros que viajaba frente a ella le dio en la cara con la mochila que colgaba de su espalda. La sonrisa se le desdibujó de inmediato. A pesar de las incomodidades, no cambiaria todo esto por nada del mundo, pensó.

Tuvieron que bajar tres pasajeros para que Laura pudiera apearse. Apenas lo hizo, subieron de inmediato al vehículo que arrancó sin perdida de tiempo. Suspiró algo más aliviada cuando vio a la combi alejarse. Se encaminó lentamente hacia el puente para cruzar el río rumbo a su casa. El guachimán la saludo con un gesto de su mano, ella le correspondió con otro gesto igual. Subió la pequeña cuesta con pasos lentos y cansados, y con el pensamiento fijo en Alejandro. Tenía que pedirle disculpas por la manera tan grosera con la que le había tratado, pero eso no significaba que fuera una tarea fácil. Probablemente, no quiera siquiera escucharla, pensó.

Cuando estuvo dentro de su casa, no pudo evitar observar a través de la ventana. La casa del abogado, tenía las luces encendidas, pero no había rastros de él. Tampoco oía a Andy ladrar, lo cual, le pareció extraño. El animal ladraba siempre que ella llegaba a casa. Pensó que tal vez el perro y su amo, habían salido a caminar. Dejó su cartera sobre la mesa de la sala y de pronto se sintió nerviosa e inquieta, necesitaba ver a Alejandro y pedirle perdón o no podría dormir esa noche. Fue hasta su habitación y se tomó una ducha rápida. Se vistió con ropa deportiva, pensando salir a caminar por la zona, con la esperanza de ver a Alejandro. Se calzó un par de zapatos deportivos y salió de inmediato a la calle. Bajó la cuesta que poco tiempo antes la había llevado hasta su casa y cuando se encontró frente al puente, se le ocurrió preguntar al guardia si había visto al abogado corriendo en compañía del perro. El joven se mostró encantado de poder serle de utilidad.

_Está en el gimnasio ahora_ le contestó con una cortés sonrisa.

El corazón de Laura se aceleró, se sentía muy nerviosa y algo inestable emocionalmente. Le agradeció al guardia e ingresó al Club del Golf, pero en vez de ir al salón principal que se encontraba a su izquierda, tomó una senda a su derecha que bordeaba la parte trasera del salón y se internaba en el patio. Bajando una pequeña cuesta se encontraba una construcción de un solo piso con paredes blancas en donde se hallaba el gimnasio. Trató de no hacer mucho ruido cuando abrió la puerta.

 Lo vio de espaldas ejercitando los músculos de su dorso. Se quedó petrificada no solo por el temor que sentía de ser rechazada por el abogado, sino por el espectáculo que observaba. La amplia espalda de Alejandro se contraía y se extendía a medida que sus increíbles brazos levantaban un peso que Laura considero excesivo, pero que para el abogado no representaba problema alguno. Se quedó allí por unos minutos incapaz de moverse, totalmente absorta en el hombre que tenía delante. De pronto, el abogado terminó su rutina y dejó el aparato que utilizaba. Se volteó buscando algo que Laura no supo identificar que era y con el rabillo del ojo, Alejandro percibió una presencia. Levantó la mirada para saber de quien se trataba y sus ojos se oscurecieron de inmediato al ver a Laura parada frente a él a tan solo unos metros de distancia. No dijo nada, se dirigió con pasos rápidos hacia el otro extremo del gimnasio para evitar tener que hablar con ella. Para Laura fue el peor de los golpes, Alejandro estaba realmente molesto con ella, y se le formó un nudo en la garganta que la amenazó de inmediato con impedirle respirar.

 El abogado se enfundó unos guantes y empezó a darle fuertes golpes a la bolsa de boxeo que se encontraba colgada del techo en un rincón del gimnasio. Se sentía dolido, ofuscado y herido en su orgullo. Daba derechazos e izquierdazos como si estuviera disputando el campeonato mundial. Quería eliminar todas sus frustraciones dando golpes a la bolsa y evitar así volver a discutir con Laura.

La psicóloga quiso salir corriendo, pero algo la tenía sujeta en su sitio sin poder moverse, las cosas estaban peor de como ella las había imaginado. Él no le había dicho siquiera una palabra. En aquel momento se percató, de que el rechazo de Alejandro le dolía y mucho, se dio cuenta de que era la peor sensación del mundo y que no podría vivir con ello.

Se obligó a dar un par de pasos acercándose a él. Lo llamó con voz trémula, pero el abogado pareció no oírla. Esta vez levantó un poco más el tono de su voz, no había forma de que él no la oyera. Sin embargo, Alejandro no se detuvo, siguió dando golpes cada vez más frenéticos.

_ ¡Alejandro por favor! _ dijo esta vez y su voz sonó algo desarticulada.

El abogado se detuvo de inmediato al oírla de aquella manera. Pero no volteó a verla. Se sentía aturdido, decepcionado y a la vez desconcertado con la actitud de la psicóloga.

_Por favor, necesito que hablemos_ dijo ella, su voz sonó suplicante. Alejandro no pudo evitar girar sobre sus talones y mirarla a los ojos.

El rostro de Laura era una mezcla de culpa, vergüenza, sufrimiento y temor.

Se dio coraje a si misma y avanzó algunos pasos, acercándose más a Alejandro quien la miraba con ojos inquietos e interesados. Se situó a solo un par de metros del abogado, quien, en ese momento, se sacaba los guantes y los dejaba caer al suelo. Respiraba agitado, no solo por el esfuerzo físico que había realizado, sino también por la inquietante e inesperada presencia que tenía frente a él. Inspiraba grandes bocanadas de aire con los labios separados, sus ojos le brillaban, la insipiente barba le dibujaba el rostro de una manera muy sensual, el pelo desordenado y sexy completaban su impresionante imagen.

_Lo siento_ dijo entre jadeos_ no tengo tiempo ahora.

Su voz sonó grave y bastante impersonal. Laura sintió que el nudo en su garganta se había movido ahora hasta su estómago. Suspiró profundamente antes de volver a hablar.

_Por favor solo serán unos minutos y luego voy a dejarte en paz.

El corazón de Alejandro estaba a punto de estallar, parecer indiferente era la tarea más difícil y dolorosa que le haya tocado realizar. Inclinó un poco su cabeza para adelante en un gesto claro que le indicaba a Laura que hablara.

_Sé que mi comportamiento no tiene excusa_ dijo bajando la mirada_ se que te he tratado mal, estoy arrepentida de ello. Necesito que me perdones_ dijo con la voz entrecortada.

Alejandro la observó detenidamente tratando de entender a donde quería ella llegar, ya que por la mañana le había dejado muy claro que no lo quería cerca.

_Disculpas aceptadas_ dijo y trató de dejarla sola.

Laura se interpuso de inmediato en su camino.

_Por favor, Alejandro_ dijo situando su mano derecha sobre el pecho del abogado quien se detuvo de inmediato al sentir aquella cálida mano a través de la tela de su camiseta.

Se quedó estático, sorprendido de las emociones que ella era capaz de causarle. A pesar de lo dolido que se encontraba, aquel simple gesto lo hacía perder el control de la situación.

_Sé que estoy extraña y algo fuera de control, sé que te lastimé y me odio por ello_ dijo y el verde de sus ojos brillaron al llenarse de lágrimas. _ no sé qué diablos pasa conmigo, pensé que todo se resolvería al enterrar a Linda, pero las cosas no mejoran.

Alejandro frunció el ceño preocupado. La vio tan triste y desvalida, tan vulnerable que lo único que quiso en ese momento fue tomarla entre sus brazos y acunarla. Pero no lo hizo, no podía dejarle saber a ella lo mucho que lo afectaba.

_Lo siento tanto, desde que te conocí solo me has dado lo mejor de ti y yo…_ no pudo continuar porque los sollozos ganaron la batalla y no pudo emitir otra palabra más.

Aquello partió el corazón de Alejandro, lo desarmó por completo.

_Por favor, no llores_ dijo de inmediato y esta vez no pudo luchar contra el deseo de abrazarla.

La enredó entre sus brazos y la acercó a su pecho. Laura recostó su cabeza en el hueco del cuello del abogado y se sintió en casa. Pero los sollozos no la abandonaron de inmediato. Alejandro acaricio su espalda lentamente tratando de tranquilizarla. Acercó su rostro al de Laura y cerró los ojos aspirando su esencia.

_Por favor, preciosa no llores_ dijo de nuevo_ no soporto verte llorar.

_Se que no me lo merezco, pero por favor perdóname_ repitió ella mientras las lágrimas caían por sus mejillas.

_No tengo nada que perdonarte, aún si quisiera estar molesto contigo, no podría.

Laura levantó la mirada y se encontró con los ojos dolidos de Alejandro.

_No estoy molesto contigo, solo decepcionado, pensé que confiabas en mí.

_Lo hago, desde luego que lo hago, pero ya no quería seguir arrastrándote a esto. Me siento culpable por todo lo que sucede.

_No deberías, te lo dije más de una vez, si estoy contigo en esto es por que así lo quiero. Haría cualquier cosa por ti. _ dijo mientras secaba las lágrimas de la mejilla de Laura con la palma de su mano derecha.

Alejandro la miró fijamente a los ojos, ella se sentía incapaz de apartase de él. Estaba a punto de sucumbir a la necesidad que sentía. El abogado se inclinó un poco más, acercó su rostro a solo centímetros de ella. Sus adorables ojos se dilataron asombrados y cuando estuvo a punto de besarla, oyeron a Andy ladrando y rascando la puerta del gimnasio.

 Se separaron de inmediato, como si los hubiesen descubierto haciendo algo ilícito Alejandro vaciló ligeramente y luego habló con cautela.

_Te llevaré a casa_ dijo, tomándola del brazo.

Hicieron el camino de regreso en silencio, no volvieron a hablar de lo que había pasado. Cuando Alejandro intentó despedirse, Laura tomó valor y lo invitó con el tamal y el café. El abogado aceptó de buen agrado, le sonrió y dejó que ella lo guiara hasta la cocina.

Historias Entrelazadas (Alexander y Kataryna) Fragmento

IV

Por la mañana, la intensa luz del sol pareció aprobar y hasta incrementar el estado de optimismo de Kataryna, pero al mediodía el sol solo era un bosquejo detrás de un cúmulo de nubes y para el atardecer, al mismo tiempo que las preocupaciones de Kataryna se redoblaban, el día se oscureció y empezó a caer una fina llovizna.

A medida que los días transcurrían el número de huéspedes del hotel iba disminuyendo, mientras que la frustración y la rabia de Igor iba en aumento. No conseguía trabajo lo cual solo contribuía a sentirse fracasado y sumamente decepcionado. Descargaba su frustración en Kataryna quien intentaba cada vez con mayor dificultad no dejarse llevar por los comentarios hirientes de su esposo. Intentaba evitarlo la mayor parte del tiempo reuniéndose con las demás mujeres en los jardines del hotel o en el patio de juego. Luego de la cena buscaba refugio en el dormitorio.

Cuatro días después de su desembarco, se hallaba consternada y desesperanzada, tenían que dejar el hotel e Igor aún no conseguía trabajo. El mismo Igor se sentía abatido y había perdido el interés en pelear con Kataryna.

_Salgamos a dar una vuelta_ le pidió a su esposo, quien accedió sin poner resistencia. Necesitaba despejar la mente y relajarse un poco.

Se sentaron en un banco a orillas del rio y observaron a la gente pasar. Un perro callejero de largas orejas se acercó a ellos, movía la cola de un lugar a otro y la lengua le colgaba a un costado del hocico. Daryna se sentó en el suelo y llamó al animal. El can se acercó vacilando al principio, pero pronto tomó confianza y dejó que la niña le acariciara el morro.

Kataryna depositó sus manos cruzadas sobre su regazo con un suspiro. Sus pensamientos se sucedían a gran velocidad buscando algo que pudiera ayudarla a encontrar trabajo. Pensó que tal vez les permitirían pernoctar en el dormitorio del hotel a cambio de que trabajara como limpiadora o lavando los platos en el comedor. Solo hasta que pudieran encontrar algo más estable. Mientras tanto, Igor tenía la mente en blanco. Si Kataryna hubiese podido entrar en él y leer sus pensamientos no habría hallado nada.

 La niña se había hecho con un trozo de madera y se lo enseñaba al perro que se erguía sobre sus patas traseras intentando tomarlo.

Un hombre los observaba con interés desde el otro lado de la calle. Llevaba allí un par de minutos, estudiándolos, intentando dilucidar si era conveniente acercarse a ellos. Pensó en la expresión de la mujer, se veía aturdida y sumamente preocupada. El hombre por su parte parecía estar bajo los efectos de algún trance hipnótico. Pensó que lo mejor sería regresar sobre sus pasos y evitar entablar conversación con ellos. No supo con exactitud qué, pero algo, en el rostro de la mujer hizo que decidiera abordarlos. Ni Kataryna ni Igor se percataron de su presencia hasta que lo vieron en cuclillas acariciando al perro y sonriéndole a Daryna. Kataryna lo observó con cierto recelo, hasta que se puso de pie, clavando sus ojos azules de penetrante mirada primero en Kataryna y luego en Igor.

_ Me llamo Alexander Ivanov_ dijo en ruso tendiéndole la mano a Igor.

Ambos se estrecharon las manos mientras que Igor se presentaba. Entonces, Ivanov prestó atención a Kataryna.

_Ella es mi esposa Kataryna_ explicó Igor_ ella es nuestra hija Daryna_ agregó.

La niña seguía jugando con el perro, lanzaba el trozo de madera y el perro corría a recogerlo. Se acerca con el improvisado juguete en el hocico, pero cuando estaba a centímetros de que la niña, salía corriendo en dirección contraria.

_Imagino que acaban de llegar_ dijo Ivanov.

_Tenemos aquí cuatro días_ contestó Igor.

_ ¿Ha conseguido trabajo? _ preguntó Alexander.

Igor sacudió la cabeza. Con el rabillo del ojo Alexander pudo observar que en el rostro de la mujer se dibujaba una expresión de desaliento.

_Estoy pensando que lo mejor será que regresemos a Ucrania_ dijo Igor. Hablaba en tono sereno y confiado en apariencia, pero no obstante bajo la superficie dejaba intuir desesperación.

La expresión de desaliento de Kataryna dio paso a otra de desconcertada estupefacción. Desplazó el peso de su cuerpo de un pie a otro, sin pronunciar palabra, pero a todas luces existía un conflicto interno dentro de ella. Cruzó los brazos ante el pecho y ahuecó las manos en torno al codo, en un gesto para reconfortarse que, con el tiempo, Alexander llegaría a conocer muy bien.

_Muchos han regresado según me han comentado, el calor es muy fuerte en verano y produce enfermedades en los niños. Hay muchos insectos, en especial los mosquitos que trasmiten la fiebre amarilla_ intentó justificarse Igor.

Alexander asintió, se llevó una mano a la barbilla y reflexionó por unos segundos. Tiempo en el que Kataryna reparó en una gran cicatriz que recorría una de las mejillas de aquel hombre. Pensó que era misterioso y algo sombrío, pero al mismo tiempo interesante y atractivo.

_Entiendo_ dijo poco después_ tengo una hacienda a unas horas de aquí, trato de llevarme conmigo a todos los compatriotas que pueda. Los ayudo a empezar, a adaptarse a este país y ellos me ayudan a mantener a flote mi granja. Si deciden quedarse, son bienvenidos.

_ ¿De dónde es? _ preguntó Kataryna con verdadero interés, parecía ser un hombre de mundo y muy inteligente.

_ Soy de Moscú, pero hace muchos años que salí de Rusia.

_Hábleme del trabajo_ dijo Igor_ que es lo que haría.

Igor esperó con el semblante de un buen jugador de cartas las explicaciones de Alexander.

Al parecer Daryna y el perro se habían aburrido de jugar y ahora descansaban tendidos en el suelo como si reposaran sobre verdes campos bajo un cielo azul.

_ El lugar se llama Misiones, se localiza a un poco más de mil cien kilómetros de aquí. El pueblo en sí se llama Oberá, que en la lengua nativa significa “que brilla”.

_ Está muy lejos de aquí_ dijo Igor de inmediato_ si decidiera regresar a Ucrania el viaje sería muy largo.

_ Sé que está lejos de Buenos Aires, pero la mayoría de los inmigrantes están colonizando esas tierras.

_ ¿Dónde viviríamos? _ preguntó Kataryna.

Alexander fijó su atención en ella. Pensó que era una mujer bonita, e inteligente pero que había pasado por situaciones extenuantes.

_Puedo proveerles de una pequeña vivienda si su esposo decide trabajar para mí_ respondió con una encantadora sonrisa que puso algo incómoda a Kataryna.  Aquel hombre no solo era atractivo, sino que también era poseedor de una personalidad magnética.

_ Si deciden quedarse y trabajar para mí podrán ahorrar dinero y acceder a las tierras que el estado destina a los inmigrantes.

Los ojos de Kataryna brillaron, tal vez aquel hombre era la respuesta a todas sus plegarias.

_ Miren, no tienen que responderme ahora, pero imagino que no podrán seguir quedándose mucho tiempo más en el hotel. Tendrán que decidir qué hacer pronto. Yo salgo para Oberá en dos días, llevaré conmigo a tres familias, y son bienvenidos si lo desean. Estaré aquí mañana a esta misma hora, por si deciden viajar conmigo.

_Le agradecemos su interés en nosotros_ dijo Igor_ le avisaremos de nuestra decisión_ contestó con una mirada que a Alexander le pareció algo desconfiada.

Alexander hizo un gesto de inclinación con la cabeza y esbozó una leve sonrisa antes de alejarse de la familia.

Se encaminaron al hotel, los esposos iban en silencio, cada uno de ellos absorto en sus propios pensamientos. Daryna caminaba delante de sus padres con el perro pegado a sus talones.

_No pensarás en regresar a Ucrania después de todo lo que hemos sufrido para llegar hasta aquí_ dijo Kataryna dirigiéndose a su esposo.

_No, al menos no en este momento.

Kataryna pareció más relajada.

Daryna y el perro se detuvieron a pocos metros de la entrada del hotel. Esperaron a que sus padres la alcanzaran. Cuando estuvieron frente a ella Igor le ordenó que se deshiciera del perro.

La niña se quedó al principio petrificada, lo observó con los ojos bien abiertos con expresión aterrada, enseguida las palabras, le brotaron a borbotones.

_ ¡No, es mi amigo y quiero que duerma conmigo en mi cama! _ dijo frunciendo el ceño. Kataryna pensó que se veía exactamente igual a su padre cuando se enfadaba.

Igor se arrodilló frente a la niña y tomó sus manos.

_No permiten animales en el hotel_ le dijo con voz tranquila pero firme.

_ ¡Es mi amigo!¡No voy a dejarlo en la calle! _ gritó y se zafó de las manos de su padre.

_Se que es tu amigo_ dijo Igor_ pero no podemos dejar que entre al hotel o de lo contrario tendríamos que dormir en la calle con tu amiguito.

Kataryna pensó que Igor era una persona completamente diferente cuando de Daryna se trataba.  Un hombre más comprensivo y hasta se podría decir que bondadoso.

La niña comenzó a sollozar y se abrazó a su peludo amigo.

_Mañana podrás buscarlo de nuevo_ dijo su madre_ puedes traerle un trozo de pan del desayuno.

El sollozo de Daryna se convirtió en un llanto agudo y lastimero. Se separó del animal y con la cabeza gacha recorrió airada el camino de acceso. Ya en arcén se echó a correr, con aquella indignación impotente e intensa que solo los niños son capaces de sentir. Ascendió presurosa por la ancha escalinata de granito y se perdió entre el gentío. Kataryna apretó el paso detrás de ella, pero Igor la detuvo.

_Ya se le pasará a la hora del postre_ dijo no tanto para tranquilizar a su esposa sino a sí mismo.

Avanzaron lentamente por el camino de acceso, vieron a Daryna que jugaba con un par de niñas, parecía que había olvidado el pequeño altercado con sus padres. Los niños eran volátiles, un segundo el mundo se les caía encima al siguiente jugaban felices como si nada más importara.

Kataryna detuvo a Igor cuando intentaba subir la escalinata. La luna acababa de salir, anaranjada y llena, reflejada sobre las aguas del río.

_ ¿Qué piensas de ese hombre? _ aventuró Kataryna luego de un largo silencio.

_ No confío en él_ respondió Igor.

_ ¿Qué es lo que te hace dudar? _ insistió ella.

Igor suspiró pesadamente y lo pensó por unos segundos.

_ No lo conocemos eso es todo_ respondió.

_No conocemos a nadie aquí, recuerda eso, debemos tomar una decisión y creo que deberíamos acompañarlo, no tenemos otra opción.

Igor cambió de expresión en un segundo y Kataryna se arrepintió de inmediato de haber expresado lo que pensaba en voz alta.

_ ¡Piensas que es mi culpa no haber conseguido trabajo! _ dijo levantando la voz, se veía muy molesto

Kataryna retrocedió un paso y abrió los ojos sorprendida por su reacción.

_ No lo estoy haciendo, solo digo que deberíamos probar suerte, porque no podemos seguir quedándonos en el hotel_ intentó defenderse.

_ ¡¿Y si nos vamos a ese lugar y resulta que no es lo que pensábamos?! ¡¿Cómo se supone que regresaremos a Buenos Aires?! _ preguntó Igor con el ceño fruncido y casi gritando.

_ No regresaremos, aquí no hay trabajo para nosotros, somos campesinos, debemos estar en el campo. Si las cosas no resultan como pensamos, buscaremos donde emplearnos en Oberá o en algún otro lugar cercano.

_ ¡Debería ser yo quien decidiera lo que esta familia debe hacer, tú siempre te inmiscuyes en todo! _ dijo blandiendo un puño enérgico en el aire. Kataryna retrocedió otro paso_ Vine a este país debido a tu insistencia, ahora quieres decidir donde debo trabajar­
_ dijo Igor dando un paso en dirección a ella, con expresión testaruda que disimulaba a duras penas la incertidumbre que lo embargaba.

Pero esta vez Kataryna no retrocedió, enfrentó a su esposo. Lo miró con los ojos entornados como desafiando a que se atreviera a golpearla.

_ Te dije que, si no querías venir, estaba bien por mí, no te presioné.

_ ¿Eso crees? ¡Amenazaste con llevarte a Daryna si no te acompañaba! _ espetó Igor, al tiempo que baja la mano y lo dejaba colgando a su costado.

_ No te amenacé_ contestó ella haciendo un gesto de disgusto con los labios_ solo te informé de mis planes. ¿Qué pensabas? ¿Qué dejaría a mi hija contigo? ¿Qué vendría sola a América?

Igor se removió inquieto y se pasó la mano por el pelo airado.

_Soy el hombre de esta familia, seré yo quien decida qué diablos haremos_ dijo y se marchó dejando sola a Kataryna.

 Suspiró frustrada, se quedó allí con la mirada fija en el anillo brillante de la luna. No podía obligar a Igor a que aceptara el trabajo, pero si decidía no hacerlo tendría que buscar alguna forma de ganar dinero.

Minutos después, se dirigió al comedor y buscó a su familia. Comieron en silencio, un silencio tenso que se hizo incómodo. Cuando terminaron se dirigieron a los dormitorios.  Cuando la niña se durmió. Kataryna se tendió sobre la cama y entrelazó sus manos sobre su vientre con la mirada vuelta hacia el techo. Pensó en el hombre que acababa de conocer, a pesar de las desconfianzas de su esposo, ella tenía otra impresión. El hombre era culto y distinguido, eso era seguro. Además, parecía amable y empático. Suspiró, pensó que Alexander Ivanov era solo una nebulosa posibilidad, algo parecido a encontrase un bote salvavidas en medio de un océano tempestuoso.

Cuando desembarcó en Buenos Aires se había sentido henchida de orgullo, por haber escapado de un mundo que en realidad no era menos sólido que en el que ahora vivía. Solamente había cambiado la certera fatalidad por la incertidumbre y la desesperanza. Volvió a suspirar, decidió que nada podía resolverse aquella noche y que lo mejor que podía hacer era dormir.

Igor se tendió en su litera poco después de que Kataryna se durmiera, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. A aquellas horas no se advertía movimiento alguno en el hotel. Pensó en Ivanov. No confiaba en él, tenía un aire a aristócrata venido a menos y unas ínfulas de desmedida grandeza a las que el muy imbécil pretendía llamarle generosidad, cuando en realidad era ambición y codicia. Ya que no hacía otra cosa más que aprovecharse de las necesidades de los inmigrantes por un techo y un trabajo.

Se quedó tendido en su cama durante un tiempo. Luego se levantó y se paseó entre las filas de literas. Pensando en sus posibilidades, que desde luego no eran tantas como hubiese querido.

Se dirigió a uno de los ventanales y observó la oscuridad de la noche bañado por el brillo de la luna llena. Tuvo que reconocer que, a pesar de sus reservas, no le quedaba más opción que aceptar la propuesta de Ivanov. Apoyó ambas manos sobre el frío cristal y arqueó la espalda mientras que fijaba los ojos en sus pies descalzos.

Contrariado y renuente decidió probar suerte en Oberá.

V

Kataryna y la niña se hallaban en el comedor desayunando, cuando vieron a Igor acercándose con aire resignado y sin mucha convicción. De inmediato pensó que había decidido no aceptar la propuesta de Ivanov y se le formó un nudo en la boca del estómago. Igor se detuvo frente a ella y se mantuvo en silencio por unos momentos, se pasó la mano izquierda por el pelo, parecía nervioso.

_Lo estuve pensando anoche y creo que lo intentaremos_ dijo.

Kataryna fue incapaz de hablar, se le había pegado la lengua al paladar, estaba sorprendida. Había llegado a convencerse de que Igor no aceptaría trabajar para Ivanov. Asintió con una leve inclinación de cabeza. Igor dio media vuelta y fue en busca de su desayuno.

Por la tarde se dirigieron al lugar de encuentro. Ivanov estaba conversando con un par de hombres cuando ellos llegaron. Se despidió de ellos y se acercó a Igor y Kataryna con pasos lentos, en su rostro se dibujaba una leve sonrisa.

Observó el rostro de Igor y sintió una punzada de advertencia. Parecía un ser pesimista y amargado, vacío e incompleto. Pero a la vez parecía estar en guardia y al mismo tiempo al acecho. Pensó que tarde o temprano le acarrearía problemas. Suspiró y se negó a que aquel pensamiento cobrara forma de premonición y sin embargo no podía evitarlo. Cuando estuvo frente a ellos, esperó a que Igor tomara la palabra.

_Necesitamos el trabajo_ dijo Igor sin siquiera saludarlo_ pero no hemos quedado en las condiciones.

Kataryna intentó ensayar una sonrisa de disculpa, pero decidió que lo mejor sería no interferir.

_Tiene razón, el trabajo de por si es muy exigente. Las plantaciones son extensas, pero sé que está acostumbrado al trabajo. No ocurre lo mismo con los indígenas de la zona. Necesito de gente que sepa cómo manejarlos. Es difícil trabajar con ellos, beben mucho y no se presentan a trabajar.

_ ¿Cómo sabe que estoy calificado? _ preguntó Igor sin mirarlo directamente a la cara. No lo había hecho desde que había llegado.

_En realidad no puedo estar seguro de ello, pero lo intuyo_ contestó.

Kataryna se mordió el labio inferior al oír las palabras de Ivanov. Tal vez había sido mala idea presionar a Igor a que aceptara el trabajo. Probablemente, terminarían despidiéndolo en el trascurso de la primera semana, cuando descubrieran que se unía a los indígenas para beber.

_ Se le pagará el sueldo del mercado, se les dará una pequeña vivienda y víveres que le será entregado cada mes. Pueden plantar una huerta para uso familiar, así como criar aves de corral y cuando tengan algo de dinero hasta pueden comprarse una vaca.

Igor observó a Alexander a la cara por primera vez desde que empezaran a hablar, con el ceño fruncido y expresión seria. Pero nada digna de confianza.

Alexander pensó en soldados preparándose para una batalla, conscientes de que no tenían muchas posibilidades de salir con vida de ella. Esa era la expresión en el rostro de Igor, sabía que no tenía ninguna otra posibilidad más que aceptar las condiciones de Alexander, que en realidad eran muy generosas.

_ Los víveres que se les entregarán son aceite, azúcar, algo de yerba mate que es lo que más se consume por aquí, entre otras cosas. Lo demás depende del empeño que ustedes le pongan.

_ ¿Qué tipo de plantación posee? _ preguntó Igor.

_ Plantamos trigo y maíz en su mayoría. Pero también hacemos un poco de ganadería. Necesitamos más tierras para el pastoreo, por lo que debemos abrirnos paso a través de la selva cuando el número de cabezas va en crecimiento.

Igor se quedó en silencio por un momento, con expresión pensativa.

_Muy bien ¿cuándo nos vamos? _ preguntó poco después.

_ El tren sale mañana temprano, sé que no tienen dinero por lo que yo compraré los pasajes y se les descontaré de su sueldo en seis partes.

_ Eso significa que ya estamos amarrados con usted por al menos seis meses_ dijo Igor con el rostro contrariado.

_ Si encuentra otra manera mejor, solo me lo hace saber_ contestó Ivanov con una sonrisa algo irónica. No le gustaba para nada la actitud de aquel hombre. Pero contra todas sus propias advertencias estaba a punto de contratarlo.

VI

Ivanov los esperaba en la estación de Retiro. Una impresionante construcción inaugurada en 1915. Tal y como había anunciado, otras tres familias esperaban con él. Se veían algo aturdidos, nerviosos y bastante preocupados. Kataryna llevaba de la mano a su hija que sollozaba con voz queda. Alexander se acercó a la niña y le preguntó porque lloraba. De inmediato intentó ocultarse detrás de su madre.

_No quiere dejar al perro_ explicó Kataryna.

Alexander asintió con una sonrisa.

_Puedes llevar a tu amigo_ dijo Alexander con una sonrisa.

La niña salió de su improvisado escondite y lo miró con sorpresa.

_Podemos comprarle un boleto. Lo pondrán dentro de una jaula y podrá viajar a Oberá contigo.

Alexander paseó la mirada entre los miembros de la familia como si intentara conseguir su aprobación. Kataryna le dedicó la mejor de sus sonrisas, mientras que Igor tuvo que reconocer que era un increíble gesto.

_Si están todos de acuerdo, la niña puede buscar a su amigo y yo comparé el boleto para el perro.

Kataryna e Igor asintieron, mientras que la niña daba saltos y palmeaba al mismo tiempo.

En seguida Alexander se dirigió a la boletería, mientras Kataryna acompañaba a Daryna a buscar al perro que los observaba con ojos tristes desde cierta distancia.

Lo pusieron dentro de una jaula proporcionada por un agente y lo instalaron en uno de los vagones que trasportaba otros animales. Tendrían que bajar del tren y darle agua y comida en alguna de las estaciones ya que el viaje sería largo.

Abordaron el vagón y se acomodaron en los bancos de madera con desbordada expectación. Un pitido largo y agudo anunció la inminente salida del tren. Los cilindros se pusieron trabajosamente en marcha mientras que el vapor ingresaba con fuerza y movía el pistón, para luego escapar por la chimenea. Las bielas se empezaron a mover lentamente produciendo un traqueteo lento. El olor a leña quemada inundó el aire y fue como si el tren les diera la bienvenida.

La algarabía de algunos niños que corrían saludando a los pasajeros hizo sonreír a Kataryna y a su pequeña hija. No hacía falta mucho para que un niño fuera feliz. El saludo de otro niño y un perro callejero era todo lo que se necesitaba. Madre e hija saludaron a los niños con un ademán mientras el tren se alejaba de la estación. Cerca se alzaba una asta, las franjas albicelestes y el sol ondulaban débilmente en la suave brisa otoñal.

El retumbo de los vagones y el fastidioso chirrido de las ruedas sobre los rieles señaló el inicio del viaje, seguido de un imperioso y largo pitido.

Los hombres se sentaron en la parte delantera del vagón incluido Ivanov. Mientras que las mujeres y los niños lo hicieron en la parte trasera en donde iniciaron una animada charla.

Kataryna observó a través de la ventana unos rieles que se bifurcaban a la derecha, presentaban unas láminas de oxido y crecían hierbajos entre los travesaños. Divisó también un furgón y vagones abandonados.

Dejaron atrás un grupo de edificios que alguna vez habían sido blancos, pero que ahora presentaban rastros de moho y humedad en sus fachadas. Parecía que nadie se había tomado la molestia de pintarlos en mucho tiempo. A eso siguieron un campo descuidado, invadido por las hiervas, de lo que Ivanov llamó “futbol”, un deporte muy popular entre los argentinos, fueron sus palabras. Media hora más tarde el tren pasó junto a una plaza en donde los niños jugaban. Al cabo de unos minutos más dejaron a tras unos terrenos vacíos.

La animada charla de las mujeres fue bajando de intensidad, muchas dormitaban con sus niños en brazos, algunas conversaban en voz baja y otras, como Kataryna disfrutaban observando a través de sus ventanas.

Daryna se acercó a su padre y recostó la cabeza en su regazo, este le sonrió y acarició la cabeza de su pequeña. La niña no tardó mucho en quedarse dormida.

Al cabo de unos minutos Kataryna tuvo ante sí un sector mucho más dinámico de la ciudad. Vio tiendas, aceras, grandes carteles que anunciaban seguramente alguna venta especial, una gasolinera, probablemente de las primeras con las que contaba el país, vio un par de automóviles que en ese momento se surtían de combustible. Todo era para ella tan asombroso como lo había sido ver el puerto desde el barco mientras navegaba por el río.

Observó a su hija que dormía despreocupadamente en el regazo de su esposo, luego lo observó a él. Tenía el mentón clavado en el pecho, los ojos cerrados y la boca entreabierta. También se había quedado dormido. De pronto sintió cansancio como si su familia dormida le hubiera contagiado una especie de soñolencia. Apoyó la cabeza contra el cristal de la ventana y cerró los ojos. Se halló enseguida bajo una especie de sopor, era consciente de los traqueteos del tren, las voces susurrantes de un par de mujeres detrás de ella, el olor a madera quemada que se escurría por la chimenea del tren. De pronto sintió que el tren reducía la velocidad entre traqueteos y chirridos, luego una serie de pitidos largos. Los pitidos cesaron y fue sustituido por el rechinido metálico y el desmesurado estampido hueco. Levantó la cabeza, se restregó los ojos y observó por la ventana. El tren se había detenido en una estación. El cartel de madera pintado de blanco rezaba: “General Sarmiento _ San Miguel” en letras negras.

Subieron un par de pasajeros, una joven mujer y un hombre alto y enconado. Se acomodaron al fondo del vagón sin decir palabra. Minutos después, el tren volvía a ponerse en marcha.

Daryna e Igor no se percataron de la pequeña demora, siguieron durmiendo en la estación General Sarmiento y en la de Toro ubicada en la localidad de presidente Derqui, pese a las sacudidas del tren cada vez que subían o bajaban pasajeros, cada vez que retiraban o añadían vagones. Aún dormían cuando el tren se detuvo en Pilar.

Ivanov se acercó a Kataryna y le explicó que el tren se detendría por media hora y que tal vez sería conveniente ver si el perro necesitaba agua o algo de comer.

Kataryna asintió, se puso de pie y echó una rápida ojeada a su esposo y su hija, se apeó del tren después de Ivanov y lo siguió hasta el vagón de carga. Bajó al perro y se aseguró de que bebiera agua, mientras Ivanov iba por algo de comer. Enseguida estuvo de regreso con algo que llamó empanada. Kataryna pensó que se parecía bastante a un varenyky cocido al horno. Alexander le acercó uno al perro quien lo devoró al instante.

El pitido del tren los alertó de que se reiniciaría el viaje en pocos minutos. Subieron al perro y regresaron a su vagón.

 Igor y Daryna seguían dormidos.

_ Le molesta que la acompañe_ preguntó Alexander luego de que el tren empezara a moverse.

Kataryna lo miró sorprendida, pero le señaló el asiento libre a su lado.

Alexander le dedicó una sonrisa y tomó asiento.

_Todos duermen_ dijo paseando su mirada por el vagón_ tal vez le gustaría conversar un rato.

Kataryna asintió sin decir palabra y observó que la ciudad se alejaba dando paso a un denso bosque.

_El bosque parece un laberinto enmarañado_ dijo ella poco después_ lleno de colores por todas partes.

_Así es, eso es lo primero que llama la atención cuando uno se adentra en el campo_ contestó Alexander.

Observó con detenimiento a la mujer que tenía al lado. Era mucho más joven que él, pero estaba seguro de que había sufrido casi tanto o tal vez más que él. Y no solo se refería al sufrimiento físico sino también el emocional.

_ ¿Cómo se llama ese árbol?, el de las flores amarillas_ preguntó Kataryna señalando un frondoso árbol que se levantaba imponente muy cerca de las vías del tren.

_Se llama Ybyrá Pytá_ respondió Ivanov.

_Ibira pita_ trató de repetir Kataryna.

Alexander se echó a reír. Se sorprendió al hacerlo, hacía mucho tiempo que no lo hacía con tanta naturalidad.

_ No se burle de mi_ dijo ella algo avergonzada mientras cruzaba los brazos sobre su pecho en forma protectora.

_ Lo siento_ se excusó de inmediato_ es normal que no pueda pronunciarlo al principio, es la lengua indígena, el guaraní. Ybyrá Pytá significa árbol colorado, porque si se fija bien, el tronco del árbol es de este color.

Kataryna asintió mientras volteaba sobre su hombro intentando observar el árbol mientras el tren se alejaba.

_ ¿Y aquel árbol de flores rosadas que se ve algo torcido? _ dijo señalando con su dedo índice.

_Oh ese es el Palo Borracho, si se fija, se parece a un hombre que ha bebido más de la cuenta y que está tratando de mantener el equilibrio.

Esta vez fue Kataryna quien se echó a reír, con una risa clara y brillante.

_ Si es verdad, creo que los indígenas son muy observadores a la hora de poner los nombres a las cosas_ dijo ella.

_ De hecho es exactamente como lo describe, ya irá descubriendo eso por usted misma.

Por primera vez Kataryna lo miró a los ojos y le dedicó una sonrisa relajada.

_El palo borracho puede tener flores rojas, ese es un indicador muy importante de la fertilidad de la tierra_ explicó Ivanov.

Kataryna asintió.

_ También vi un árbol con flores moradas o azuladas_ dijo.

_ Ese es el Jacarandá, es un espectáculo verlos a todos en flor, adornan los bosques de una amanera increíble. Pero lo mejor de todo son los lapachos, los hay en amarillo, diferentes tonalidades de rosado y algunos son blancos, florecen en primavera así que tendrá que esperar para disfrutarlos_ dijo con un entusiasmo que hacía mucho tiempo no sentía.

Ella volvió a sonreírle, sus ojos brillaron. Alexander volvió a observarla y de pronto le pareció mucho más joven de lo que aparentaba.

_ Espero que no sea impertinente de mi parte preguntarle su edad_ dijo Ivanov.

_Tengo veintisiete años_ respondió ella_ ¿y usted?

_ Cuarenta y uno.

Kataryna asintió con un gesto que Ivanov no supo interpretar muy bien, tal vez pensaba que era un anciano se dijo y luego sacudió aquel pensamiento de su cabeza.

_ ¿Hace cuánto tiempo que vive aquí? _ preguntó ella.

Alexander se inclinó hacia delante con las manos sobre sus muslos y Kataryna notó el guardapelo que le colgaba del cuello. Cuando Ivanov se irguió de nuevo notó la mirada inquisitiva de la mujer. De inmediato se guardó el guardapelo dentro de la camisa, como si nadie más que él tuviera el derecho de ver el objeto. Kataryna desvió la mirada a sus manos incómoda y no hizo comentario alguno sobre el guardapelo. Pensó que sería de muy mal gusto hacerlo ya que el hombre lo guardaba con recelo.

_Llevo más de una década viviendo entre Argentina y Paraguay_ contestó Alexander algo incómodo. Notó de inmediato el efecto que había causado en Kataryna su actitud recelosa.

_ ¿Paraguay? _ preguntó ella frunciendo el ceño.

_Misiones está cerca de la frontera con Paraguay. Regresé hace como seis meses. Participé en la guerra que Paraguay sigue librando contra Bolivia.

_ ¿Estuvo en la guerra? _ peguntó ella con un dejo de interés en la voz.

Alexander suspiró pesadamente, levantó la mirada al techo como si recordara cada batalla, cada guerra en la que había participado.

_Me temo que he participado en demasiadas guerras_ contestó.

Kataryna pensó que aquella cicatriz se debía probablemente a alguna de aquellas guerras, pero no se atrevió a preguntar. Observándolo mejor notó también un suave surco que le atravesaba el lado derecho de la cabeza, apenas y se advertía, pero estaba allí eso era seguro.

_Una de esas guerras es la que actualmente sigue librado Paraguay.

_ ¿Qué paso? ¿Por qué decidió dejarla? Es más ¿Por qué estuvo en la guerra? ¿A caso obligan a los extranjeros a enlistarse?

_No, no obligan a los extranjeros a enlistarse_ dijo_ me alisté porque….

Se quedó de pronto callado, rebuscó en su mente alguna explicación del motivo que lo había llevado a enlistarse, podía decirle que se debía a que se lo pidió el general Beliávev, porque quería ayudarlo, o porque deseaba contribuir en algo con el país que le había abierto las puertas. Pero en realidad la respuesta era completamente distinta, pero no podía decírselo, no podía decirle que se había enrolado en busca de otra guerra que esta vez terminara con su sufrimiento, que esta vez terminara por matarlo.

Kataryna se quedó mirándolo, esperando a que continuara.

_Quise apoyar con mis conocimientos militares al país que me acogió_ dijo finalmente, pero la explicación le sonó simple y anodina. Pero tal vez ella no lo notara.

_ ¿Por qué decidió dejar la guerra? _ preguntó, al parecer no había notado su reverenda mentira.

_Hace como ocho meses atrás, mientras peleaba sufrí graves heridas_ contestó_ Estaba en medio del campo y el enemigo lanzaba un ataque feroz. Las balas de los cañones, y los morteros zumbaban como un enajenado enjambre de abejas sobre nuestras cabezas. De pronto vi un cuerpo que volaba a mi izquierda, me dio la impresión de que se trataba de un espantapájaros en algún campo de trigo, de inmediato sentí algo, un enorme peso me aplastaba las piernas, sentí que me las trituraba. Me sentí confuso al principio, pero luego comprendí que el tronco de un árbol había caído sobre la parte inferior de mi cuerpo. Intenté moverme, pero oí un chasquido semejante al de los huesos al romperse. Intenté moverme de todas formas y al cabo de unos segundos, sentí que el peso desaparecía de mi cuerpo, pero fue sustituido por un dolor agudo. Un par de indígenas habían retirado el tronco, pero mi pierna izquierda se había partido en dos partes. Uno de ellos me cargó sobre su espalda y se internó en el bosque a través de una pequeña picada. Me salvo la vida. Me evacuaron a Asunción y poco después regresé a Oberá, mi familia vive allí_ esbozó entonces una sonrisa algo avergonzada cuando terminó.

Lo que no dijo fue que había llegado a Oberá sin fuerzas y menoscabado por la guerra. Atormentado, sumido en profundas depresiones que de tanto en tanto lo azoraban como si tratara de un barco a la deriva en una gran tormenta. Pero a pesar de todo brillaba dentro de él un rayo de compasión, bondad y redención. Decidió retomar su trabajo en la granja con renovado vigor. Construyó la primera escuela en donde los hijos de sus trabajadores estudiaban, así como una pequeña posta médica.

Kataryna lo había observado con interés durante todo el relato. Pensó que el hombre además de ser inteligente era valiente.

_Lo siento_ dijo_ no tenía por qué darle tanta información.

_No se disculpe_ contestó con una sonrisa_ me pareció un relato escalofriante, pero a la vez interesante.

Alexander le dedicó una sonrisa y en aquel momento Kataryna sintió que el corazón le daba un vuelco. Fue una extraña sensación que nunca había sentido antes.

El tren empezó a aminorar la velocidad. Notaron el traqueteo al superar un cruce de vía, poco después, se detuvo. No se habían percatado del tiempo que llevaban conversando, llevaban horas haciéndolo y a ambos les pareció que solo habían trascurrido minutos.

_ Esta es la estación de Concordia. Estamos en Entre Ríos_ anunció Alexander al ver a través de la ventana_ aquí podemos comer algo.

Se puso de pie y despertó a los que seguían durmiendo, entre ellos Igor y Daryna, que aún adormilada esbozó una sonrisa vacua, permaneció en silencio sin comprender muy bien que estaba pasando.

Bajaron a la estación y comieron algo parecido a un guisado que el vendedor llamó puchero. Los desperdicios fueron a parar a la jaula del perro, después de acercarle un poco de agua. Para ser un perro callejero, el chucho se comportaba bastante bien, hasta el momento había soportado el viaje con bastante entereza canina. Poco después, el tren volvió a ponerse en marcha con una leve sacudida, primero despacio, con un crujido cada vez que pasaba por un cambio de agujas y luego aceleró la marcha.

Daryna se acomodó junto a su madre e Ivanov se sentó junto al grupo de hombres que ahora hablaba animadamente luego de aquel estimulante almuerzo. En realidad, era algo tarde para considerarlo un almuerzo ya que eran casi las cuatro de la tarde. El tren se detenía de tanto en tanto, bajando o subiendo pasajeros entre sacudidas bruscas cuando se acoplaban o desacoplaban vagones. A eso de las seis de la tarde, el sol se expandió en el horizonte, grande y anaranjado, arrojando su vivo reflejo sobre aquellas lejanas tierras, distinguiéndose hacia el oeste, bosques regados de luz crepuscular. Las luces del vagón se encendieron y proyectaron su luz macilenta.

Daryna volvió a dormirse, esta vez en el regazo de su madre, bajo la luz débil y evanescente. Kataryna se volvió sobre su hombro y recorrió la parte trasera del vagón con ojos inquietos. Detuvo su mirada sobre Alexander por unos segundos antes de fijar la mirada en el extenso bosque que se extendía fuera de su ventana. El vagón de aquel tren la trasportaba a través de aquel mundo salvaje, desconocido, mientras el bosque, completamente en reposo dormía bajo su acostumbrada manta oscura repleta de estrellas.

CASA 110 (fragmento)

La elección

I

Hacía varios días que no veía a Alejandro, inventaba excusas para no verlo. En realidad, se estaba alejando de todos, se encontraba inmersa dentro de un caparazón y no dejaba que nadie entrara. Estaba penetrando en un periodo algo depresivo, estaba extenuada, distante y muy vulnerable. Pasaba horas sentada frente a la chimenea, pensando y cuando no lo hacía, salía a caminar. Llevaba días haciendo el recorrido desde su casa hasta La Oroya antigua temprano en la madrugada. Tomaba desayuno en algún comedor en el mercado y luego iba a su trabajo.

Alejandro se había mostrado preocupado, había intentado de todo por llegar a ella y ayudarla, pero no había sido capaz de derribar las barreras que ella había levantado a su alrededor.

Aquella mañana como otras, salió antes del amanecer, caminó bajando la cuesta en dirección al puente, lo cruzó deprisa sintiendo en su rostro el aire helado que se arremolinaba sobre la pasarela de madera extendida sobre el río Mantaro. El guardia dormitaba en la garita de control, envuelto en un poncho de lana, con la barbilla apoyada sobre su pecho. No se percató de su presencia.  Salió a la carretera y tomó el camino de la izquierda. Caminó por una estrecha senda de tierra que bordeaba la carretera. A aquella hora de la mañana, el sol aún se encontraba dormitando detrás de las altas montañas y los innumerables camiones de carga pasaban a gran velocidad muy cerca de ella. El viento que zumbaba con el paso de aquellos vehículos la hacían a veces tambalear, otras estremecer, otras enredaban su cobriza cabellera que revoloteaba alrededor de ella como llamas en una hoguera.

A su izquierda, en la penumbra, observó el lugar en donde las mujeres lavaban ropas por encargo a la rivera del río. Desde luego, a aquella hora no había nadie, solo se oía el murmullo del río corriendo aguas abajo. Siguió deprisa, hacía mucho frio, sentía las mejillas pétreas y heladas. Llevó las manos a sus labios y sopló sobre ellas tratando de entrar en calor. No tuvo mucho éxito. Se metió las manos en los bolsillos de su abrigo y siguió su camino. Su aliento se condensaba en una pequeña nube alrededor de su rostro cada vez que respiraba. Tosió un par de veces, el aire que ingresaba a sus pulmones era tan frio que le irritaba la garganta.  Pasó frente al pueblo joven El Porvenir, todo estaba aún a oscuras, pensó que los pobladores seguían durmiendo al ver las calles desiertas. Solo oyó los ladridos de un par de perros que se alborotaron con su presencia.

 El sol empezó a levantarse vacilante por el este, un rayo le iluminó el rostro, pero distaba mucho de poder darle algo de calor. Apresuró el paso acercándose al Sesquicentenario. El edificio que alguna vez estuvo vacío, ostentaba ahora algunas luces encendidas. Poco a poco, la fundición empezaba a albergar nuevos trabajadores que le daban vida al lugar.

 Divisó el puente en el cruce Trama y se detuvo de inmediato al observar a tres hombres bebiendo en la esquina. Se encontraban a pocos metros de ella. Cuando los hombres se percataron de su presencia, se sintió de pronto inquieta y algo asustada. Sabía que debía evitarlos, pero le sería imposible, tenía que pasar frente a ellos para dirigirse por la avenida Horacio Zevallos Gámez, rumbo a La Oroya Antigua. Sintió que el frio abandonaba sus mejillas y deba paso a una oleada de calor. Uno de los hombres le sonrió lascivamente mientras le hacía señas a otro de ellos, señalando en dirección a la psicóloga. Sus ojos se ensancharon en respuesta a la desagradable sorpresa. Tomó aire profundamente y levantó el mentón tratando de parecer indiferente y segura de sí misma. Siguió caminando, cuando llegó hasta los hombres, trató de abrirse paso, pero uno de ellos la retuvo por el brazo derecho.

_ ¿A dónde vas hermosa? ¿Por qué no te quedas a hacernos compañía? _ dijo el de la mirada lasciva.

Laura lo miró atemorizada, su corazón latió desbocado. Intentó zafarse de la mano que la sujetaba, pero el hombre la sostuvo con firmeza. Forcejeó por unos segundos, pero el hombre no pensaba soltarla. Se preparó para gritar, cuando estuvo a punto de hacerlo, oyó un rugido estridente detrás de ella. Giró el rostro y pudo observar, el inconfundible Corola celeste que se detuvo bruscamente con un chirrido de frenos, con las ruedas izquierdas sobre la vereda, amedrentando a los hombres. Estaba en la calzada opuesta invadiendo el carril, pero eso poco le importó al conductor del vehículo, que bajó hecho una furia. Tenía la mirada atemorizante, los ojos inyectados en rabia, los labios apretados en una fina línea y puños levantados.

Laura sintió un gran alivio al ver a Alejandro que con grandes zancadas tomaba del cuello del abrigo al hombre que la sostenía del brazo y lo empujaba con fuerza contra la valla de alambre que los separaba de las turbulentas aguas del río Mantaro, que corría raudo a treinta metros bajo sus pies. Los otros dos hombres quisieron intervenir, pero Alejandro fue mucho más rápido que ellos. No dejó de sujetar al hombre que tenía acorralado contra la valla con la mano izquierda. Con la derecha, amenazó a otro de ellos que se acercaba con intenciones de golpearlo.

_No te atrevas, has bebido demasiado y soy mucho más rápido que tu_ dijo empuñando la mano.

El segundo de ellos no lo pensó mucho, inclinó un poco el cuerpo hacia adelante y avanzó como un carnero de montaña que defiende su territorio, dispuesto a asestarle un cabezazo al abogado en el estómago. Alejandro lo esquivó magistralmente y el hombre terminó golpeando a su amigo quien seguía sujeto contra la valla. Se oyó un crujido sonoro y un grito ahogado a continuación. El golpe en el estómago lo dejó sin aire, cayó de rodillas en el suelo. Mientras tanto, su amigo quedó bastante aturdido por el golpe que acababa de dar. Se tambaleó un par de veces y cayó sentado sobre la vereda. El tercer hombre fue más listo y se alejó corriendo rumbo a La Oroya Antigua.

 Alejandro fijó su atención en Laura que respiraba agitadamente producto de la alborotada escena. La tomó del brazo y la hizo entrar en el vehículo sin darle tiempo a replicar. En pocos segundos, Alejandro ponía el vehículo en marcha y retornaba al carril derecho. Laura lo miraba con aquellos ojos verdes brillantes y encendidos que tanto atraían al abogado. Su mejilla tenía un color delicioso y sus labios estaban rojos e invitantes. El abogado tuvo que emitir un suspiro profundo y cerrar los ojos por unos segundos para eliminar de su mente los pensamientos delirantes que tenía en ese momento.

 Detuvo su vehículo frente al edificio de recursos humanos y la enfrentó. Se sentía irritado, ofuscado y perturbado por lo que acababa de pasar. Le dedicó una mirada disgustada, se quedó en silencio unos segundos esperando a que ella dijera algo. Pero para su sorpresa, Laura abrió la puerta del vehículo e intentó apearse sin decir una palabra. Alejandro la detuvo de inmediato sosteniéndola del brazo izquierdo.

_No pensarás bajarte del carro si decir nada_ dijo contrariado.

_ ¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres que te lo agradezca? Está bien, gracias_ dijo en un tono que al abogado le pareció muy sarcástico.  A continuación, Laura intentó de nuevo apearse.

Alejandro le dedicó la mirada más dura y contrariada que ella le haya visto hasta ahora.

_ ¿Qué diablos te está pasando? _ preguntó perplejo mientras cerraba la puerta con la mano izquierda para impedir que ella se bajase.

_Estás acosándome_ profirió ella y le dedicó una mirada fría y reprobadora.

_Yo… ¿estoy acosándote? _ dijo enarcando las cejas en incredulidad.

_Sí, tú_ respondió ella desafiante_ no dejas que me baje.

Alejandro puso los ojos en blanco, bien por impaciencia o por franca resignación.

_ ¡No estás dimensionando lo que acaba de suceder! _ dijo levantando la voz y haciendo gestos exagerados con las manos.

_ ¡No tienes derecho a gritarme! _ dijo ella con los ojos cada vez más brillantes.

_No, tienes razón, no lo tengo, pero que dios me ayude porque tengo ganas de ponerte sobre mis rodillas y darte un par de buenas nalgadas.

Laura lo miró pasmada e indignada.

_ ¡¿Cómo te atreves a hablarme así?!_ dijo casi en un grito.

_ ¡¿Cómo te atreves a poner en riesgo tu vida todos los días caminando al borde de la carretera en plena noche?! ¡¿Cómo te atreves a arriesgarte a que te roben o lo que es peor, que te asalten sexualmente como estuvo a punto de suceder hoy?! _ dijo iracundo.

Laura lo miró con los labios separados y los ojos bien abiertos en indiscutible incredulidad.

_ ¡¿Has estado siguiéndome?! _ preguntó con enfado.

_He estado protegiéndote, ya que has perdido todo atisbo de racionalidad_ su voz sonó decepcionada, pero a la vez mortificada.

_ Eres tú quien me sigue ¿y dices que soy yo quien ha perdido la razón?

_Tenía que hacerlo_ se defendió_ ¿crees que puedo dormir tranquilo sabiendo que sales a la calle a las cuatro de la mañana?

Laura lo miró de reojo, no podía mirarlo directamente a los ojos.

_He querido darte espacio, alejarme de ti ya que no querías verme, no lo entiendo, pero lo respeto. Pero el que quieras arriesgarte de la forma en que lo estas haciendo no tiene sentido. Te seguí, sí, pero mantuve la distancia, te dejé sola. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien.

_No debiste seguirme_ dijo sacudiendo la cabeza de un lado a otro con aire molesto.

_ ¡Desde luego que debía hacerlo, no quiero ni imaginar que hubiese pasado si no llegaba a tiempo!

_Agradezco lo que hiciste por mí, en verdad, pero será mejor que te alejes de mi_ dijo abriendo la puerta y saliendo del vehículo.

Alejandro la vio alejarse sorprendido y mortificado, no entendía que le sucedía. Habían compartido todo desde que se conocieron y ahora ella insistía en hacerlo a un lado. No tuvo el valor de bajar del Corola y seguirla, ya había hecho demasiado asediándola, estaba claro que ella no quería tenerlo cerca. Suspiró frustrado, se apeó del vehículo, la observó por unos segundos más mientras se dirigía deprisa rumbo al mercado. Bajó la mirada hacia sus pies, apretó la mandíbula dolido y luego se dirigió a su oficina.

II

Laura se hallaba llena de sentimientos encontrados. Por un lado, se sentía molesta, indignada y avasallada por la actitud de Alejandro. Pensaba que se comportaba en forma vanidosa y soberbia, con grandilocuentes actitudes que la incluían a ella. Bufó frustrada y molesta. Pero, desde otro rincón de su mente, oía una voz interna que le decía que debía reconocer el alivio que sintió al verlo durante aquel episodio desagradable, su presencia le devolvió el alma a su cuerpo. Tenía que reconocer que Alejandro realmente se preocupaba por ella. Su ira pareció aplacarse un poco cuando enfilaba la entrada al mercado. Pensó que no debió comportase como una adolescente inmadura con él, pero cada día le era más difícil mantenerse alejada, pretender que no le importaba por temor a lastimarlo. Cuando en realidad lo que lo lastimaba era su actitud mezquina y desconsiderada. Suspiró abatida, y derrotada.

Se sentó en el primer puesto de comida que encontró y pidió un desayuno. Pronto le sirvieron un plato humeante de Cau Cau, acompañado de arroz graneado, pan y café. Estaba hambrienta, la caminata de más de una hora y los sobresaltos le habían abierto el apetito. Comió de prisa y se dispuso a hacer el camino de regreso hasta el edificio de Recursos Humanos. Un jovencito la detuvo descubriendo la canasta que sostenía con el antebrazo izquierdo.

_Me compra tamales, señora_ dijo con una sonrisa.

Laura no pudo evitar devolverle la sonrisa.

_Gracias, pero ya desayuné_ dijo.

_Por favor, señora, solo un tamalito_ insistió el niño.

_Está bien, dame, dos_ dijo_ de inmediato pensó que invitaría a Alejandro a tomarse un café con tamal después del trabajo. Pero se sintió desecha al percatarse que había hecho de todo para alejar al abogado.

Pagó por los tamales y siguió su camino, se sentía triste y llena de culpa. Cuando llegó al edificio, se metió de inmediato a su oficina y por primera vez desde que había llegado a La Oroya cerró la puerta a sus espaldas, se sentó detrás de su escritorio, apoyó los codos sobre el mueble, el rostro sobre sus manos extendidas y se puso a llorar.

III

Alejandro observó la puerta cerrada en la oficina de Laura, bajó la mirada

dolido. Para él era una clara señal del rechazo de su vecina. Tendría que aprender a resignarse y a aceptar la realidad, las cosas ya no serían como antes. Suspiró cansinamente y regresó a su trabajo.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (KATARYNA)

Buenos Aires, mayo de 1934.

I

Soplaba una brisa fresca y el aire olía a mar, mientras el Antonio Delfino, inició su ingreso lento por el Rio de la Plata. Desde allí, los pasajeros que se congregaban en grandes oleadas en la cubierta divisaron la ciudad que parecía una leve mancha en medio de una gran hoja de papel gris.  Las miradas sonrientes y esperanzadas eran contagiante saltaban de un rostro a otro como si alguna corriente eléctrica se los trasmitiera.

Los pasajeros se habían despojado de sus pesados ropajes hacía varios días, sentían la brisa de otoño que soplaba sobre sus rostros. Era una brisa fresca y agradable, que parecía darles la bienvenida. Un niño de unos ocho o nueve años daba saltos de un lugar a otro desbordado de emoción. Los largos mechones rubios de su cabello se elevaban y caían pesadamente sobre sus ojos al compás de sus brincos. Una niña que no contaba más de cuatro años sostenía los bordes de su vestido a sus costados y ejecutaba una especie de danza hipnótica al girar una y otra vez alrededor de su madre quien observaba maravillada los edificios de la ciudad. Daba la sensación de que el barco permanecía quieto y era la ciudad la que se acercaba con lentitud como si estuviera bajo un conjuro mágico. Muchos cantaban alguna que otra melodía alegre que les recordaba a casa. Otros daban gracias a Dios por aquella segunda oportunidad en sus vidas.

Karatyna emitió un suspiro pesado y los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintió un nudo espeso en la garganta. Contra todas predicciones estaba a punto de culminar el más inverosímil de los viajes y la más increíble de las aventuras.

Cuando el barco al fin se detuvo y ancló, la multitud prorrumpió en vítores y aplausos espontáneos. La euforia se había apoderado de todo el mundo. Nadie sabía lo que le esperaba una vez que desembarcaran, pero no era momento de pensar en ello, sino de saborear el objetivo alcanzado.

El puerto era una especie de conglomerado de edificios de dos y tres plantas construido enteramente de ladrillos rojizos y techos a dos aguas. En la entrada, se habían dispuesto en una línea, decenas de mesas en la que se hallaban esperando un agente del gobierno argentino y un médico, quienes serían los encargados de empadronar a los recién llegados antes de acomodarlos en forma gratuita en el hotel de inmigrantes ubicado muy cerca al puerto de Buenos Aires. Los expatriados podían quedarse en el hotel por cinco días mientras conseguían algún tipo de trabajo. El objetivo del hotel era el de acomodar, orientar, alojar y ubicar a todos los inmigrantes que llegaban de Europa. Los pasajeros se formaron en fila frente a las mesas con sus escasas pertenencias, en espera de que los agentes empezaran los trámites.

Kataryna, Daryna e Igor esperaban ansiosos en una de las filas. Kataryna trasladaba el peso de su cuerpo de uno a otro pie, mientras el corazón le latía desbocado. Igor observaba atento el procedimiento efectuado con los pasajeros que se hallaban delante de ellos.

Una mujer y sus tres hijos entregaron sus documentos. El agente de migraciones observó con el ceño fruncido y una mueca de confusión los papeles que tenía delante. Los dejó sobre la mesa y se puso de pie, levantando el brazo derecho sobre su cabeza. Sus ojos parecían buscar a alguien. Pronto, se acercó a él un joven alto de buen porte. Igor podría haber apostado que se trataba de algún militar. El agente le entregó los papeles y el joven lo leyó. En seguida, se acercó al agente y le dijo algo que Igor no pudo oír. El representante del gobierno se sentó de nuevo y escribió en sus registros. El joven habló unas palabras con la mujer, parecía agradable y afable. Minutos después, le tocó el turno al médico que auscultó a la mujer y a los niños. Primero los ojos y los oídos, luego el pecho y la garganta. Enseguida pareció dar su visto bueno. El agente llamó a gritos a una joven baja y algo rechoncha quien guio a la mujer y a sus hijos en dirección a unos camiones. Igor observó que en ellos se acomodaban trabajosamente entre de otros inmigrantes que esperaban en medio de bulliciosas conversaciones.

_ ¡El siguiente! _ gritó el agente haciendo ademanes con su mano.

Una pareja que al parecer no tenía hijos se acercó a la mesa. La mujer alta, de complexión delgada, con el pelo enmarañado, rostro mortecino y ojos hundidos depositó un atado sobre el suelo. Igor imaginó que en aquel atado llevaba todas sus pertenencias. Las posesiones de toda una vida reducidas a lo que parecía ser un mantel y lo que cabía dentro de él. El hombre bajó una maleta de tamaño regular y presentó los documentos. El agente les hizo unas preguntas, que el joven de aspecto militar ayudó a traducir, para luego escribir en su gran libro de registro hasta que la mujer empezó a toser. El agente levantó la mirada y clavó sus ojos en ella. Acto seguido, llamó al doctor, su voz sonó como un graznido. El médico la auscultó con detenimiento para luego fijar su atención en el que parecía ser su esposo. Cuando terminó, habló unas palabras con el agente y luego sacudió la cabeza con expresión que Igor consideró algo afligida. El joven entabló una pequeña conversación con la pareja. La mujer se lanzó a sollozar, el que parecía su esposo intentó consolarla mientras el joven seguía hablando con absoluta empatía. El agente terminó de escribir en sus registros y llamó a la joven rechoncha para que acompañara al hombre de la maleta hacia los camiones, mientras el doctor intentaba arrastrar a la mujer hacia uno de los edificios situados a la izquierda. La mujer empezó a gritar desesperada, mientras el esposo la sujetaba de uno de los brazos. El joven de buen porte intentaba infructuosamente tranquilizar a la pareja explicando algo que Igor no pudo entender. Pero no necesitaba que nadie le tradujera para comprender lo que estaba sucediendo, separaban a los inmigrantes que estaban enfermos. Tal vez los pusieran en una especie de cuarentena o algo semejante, pensó.

_ ¡El siguiente! _ volvió a gritar el agente.

Para entonces, Igor ya se había hecho una idea de lo que significaba aquella frase que el agente repetía de tanto en tanto.

Un hombre de cabellos castaños y ojos increíblemente azules que destellaban de miedo e incertidumbre se acercó a la mesa. Estaba acompañado de su esposa y dos hijos que no tendrían más de seis años.

_Nombres, documentos_ dijo el agente.

El joven de aspecto militar pareció traducirle al hombre las palabras del agente. El hombre se encogió de hombros y habló en voz baja casi en un susurro. El joven intérprete le dirigió unas palabras al agente, quien observó por unos segundos impertérrito, al inmigrante que tenía enfrente para luego voltear la cabeza sobre sus hombros y llamar al que parecía ser un policía. La familia estaba nerviosa y el intérprete les regaló una sonrisa tranquilizadora mientras el policía los acompañaba a otro de los edificios del puerto. Al parecer también separaban a los que no poseían documentos, pensó Igor. Muchas de las personas que habían huido de Rusia o Ucrania no poseían documentos, por lo que complicaba la situación de los inmigrantes.

II

El hotel de inmigrantes era una edificación vanguardista ya que estaba construida enteramente de hormigón, y formado por varios pabellones muy bien distribuidos, que se destinaban al alojamiento de los inmigrantes. Kataryna observó asombrada las altísimas paredes revestidas de azulejos blancos y las inmensas y altas escalinatas. Los espacios eran enormes y pensó que se asemejaba más a un hospital que a un hotel. Los arquitectos, habían optado por los azulejos en las paredes ya que eran fáciles de limpiar y por ende evitaban la propagación de enfermedades. Las instalaciones tenían una increíble iluminación, debido a los grandes ventanales que daban al exterior, en donde los inmigrantes podían apreciar los jardines y el río. En la parte trasera, los niños podían disfrutar de un área de juegos rodeado de bancos de madera en donde las madres podían verlos jugar mientras charlaban animadamente.

La fila en el depósito de equipajes era tan larga como la del puerto. Todos, sin excepción debían registrar sus equipajes ya que en los dormitorios no había suficiente espacio para que albergara a las personas junto con sus pertenencias. Al cumplir con el requisito de equipajes, procedían a acomodarlos en un sector especial del hotel en donde funcionaban los dormitorios y el comedor. El sector de dormitorios constaba de cuatro pisos que podían albergar hasta tres mil inmigrantes a la vez. Las literas no contaban con colchones, sino con lonas de cuero para evitar la propagación de la pediculosis y la sarna, ya que los colchones propician la reproducción de estos insectos y su propagación. Las mesas del comedor eran de mármol de Carranza y podían alimentar a mil personas a la vez. En el hotel operaba, además, un hospital, una oficina de correo y telégrafos, y la oficina de colocaciones de trabajo. El hotel se manejaba con casi mil empleados, entre celadores, cocineros, médicos entre otros.

Luego de un baño agradable y el desayuno que consistió en café con leche y pan recién horneado en la panadería del hotel, Karatyna y Daryna se dirigieron a sus habitaciones y se instalaron en sus literas para descansar un poco.  Muchos de los recién llegados se sentían algo desorientados debido a los largos días en alta mar y al cambio repentino de su situación.

Igor, recorrió las instalaciones del hotel haciendo un reconocimiento inicial. En realidad, no tendría mucho tiempo para realizar un reconocimiento más profundo ya que solo podían permanecer en el hotel por cinco días.

Por la tarde, se iniciaron las entrevistas de trabajo, siempre con la ayuda de un intérprete. Los más solicitados eran aquellos que poseían alguna profesión o estudios especializados. Maestros, ingenieros, militares y científicos eran seleccionados rápidamente.  El idioma era el principal obstáculo para los inmigrantes, por lo que en el hotel se dictaban además de cursos sobre historia y cultura argentina un curso de idiomas.

Igor se formó en una de las filas frente a la oficina de colocaciones. Calculó que había unas cien o ciento cincuenta personas delante de él. Suspiró frustrado. Estaba agotado, abrumado y algo aturdido, pero en lo último en que pensaba era en demostrar lo asustado que estaba. Se quejó un par de veces en voz alta del tiempo que perdía esperando en aquella larga fila, hasta que uno de los traductores, un hombre de rostro surcado por largas arrugas que empezaban en la base de los ojos y se extendían hasta su barbilla se acercó a él enfadado.

_Tiene que esperar su turno_ espetó con cierta amabilidad, pero con autoridad_ como ve hay mucha gente aquí que necesita un trabajo_ agregó señalando la larga fila.

Igor quiso replicar, pero decidió que lo mejor era guardar silencio. Apretó los labios formando una delgada línea.

Dos horas después, cuando el sol se escondía por el oeste y teñía las nubes de tonos violeta le llegó el turno a Igor. Se mostró displicente, arrogante e impaciente durante la entrevista. El agente pensó que el hombre que tenía enfrente parecía enfadado y conflictivo.

_No tenemos nada para usted, inténtelo mañana_ le dijo por intermedio del traductor.

Igor se exaltó de pronto como si alguno de los presentes le hubiera propinado una bofetada. Gritó un par de improperios hasta que un par de agentes lo tuvieron que sacar del lugar a empujones. La brisa del atardecer le dio de lleno en el rostro, hizo volar sus cabellos exponiendo su ancha frente. Jadeaba rápidamente, se sentía impotente y lleno de rencor. No podía entender como alguien con tantos conocimientos de agricultura no había conseguido al menos el puesto de capataz en alguna hacienda. Se sentó en el borde de un pequeño muro que bordeaba el río, cruzó los brazos sobre su pecho. Los labios le temblaban de rabia. Intentó calmarse, pensando que mañana sería otro día y que algo mejor lo estaba esperando. Sí, algo mucho mejor que todos aquellos imbéciles que se habían conformado con ser peones de algún estúpido terrateniente. Él sabría esperar.

III

Durante las tardes, familias enteras paseaban por las serpenteantes veredas del malecón, admirando el extenso rio, que parecía ser tan ancho como el océano. Los faroles bordeaban el camino y cuando el sol se escondía por completo, se iluminaban guiando los pasos de los caminantes. Observaban con interés, la convergencia armónica de dos mundos, lo antiguo con lo moderno, las carretas tiradas por caballos y los primeros automóviles que circulaban por las calles del puerto. Las damas argentinas llevaban modernos vestidos emulando la moda en Paris.  Eran admiradas por las féminas expatriadas que apenas vestían algunas prendas donadas por almas caritativas al hotel de inmigrantes, ya que la mayor parte de la poca ropa que traían durante el viaje eran demasiado pesadas para usarlas en aquellas tierras.

Tres hombres sentados en un banco bebían algo que sorbían de una especie de pajita metálica mientras conversaban animadamente en un acento que a Kataryna le pareció algo ridículo, mientras que gesticulaban desmedidamente como si estuvieran discutiendo. No tenía idea de lo que hablaban, pero llegó a pensar que terminarían propinándose trompadas cuando uno de ellos abrazó y besó en la mejilla a sus dos acompañantes antes de alejarse con rumbo desconocido. Los otros dos prosiguieron su conversación gesticulando y hablando en voz muy alta como si intentaran que todos a su alrededor les prestaran atención. Pero aquella actitud parecía no ser de relevante interés para los demás transeúntes que no perdían el tiempo en detenerse a observarlos.

Cincuenta metros más adelante, un grupo de niños jugaba en el suelo sobre el charco de luz que proyectaba uno de los faroles. Hacían rodar unas canicas de cristal hasta alcanzar a otra de mayor tamaño intentado moverla. Mientras tanto, sus padres los observaban desde cierta distancia al mismo tiempo que exhalaban el humo de sus cigarrillos. A un costado, cuatro niñas con bellos vestidos cantaban en una ronda y de tanto en tanto se sentaban en cuclillas tomadas de la mano. Daryna las observó con una sonrisa. Tenía ganas de unirse al grupo, pero se sentía avergonzada porque no entendía ni una sola palabra de lo que decían. Se sujetó de la cintura de su madre y las observó con atención mientras las pequeñas seguían absortas en su juego.

Un policía caminaba con pasos despreocupados mientras hacía girar su porra con increíble destreza. Dibujaba complejos patrones en el aire como si de un avezado malabarista se tratara y aquella calle fueran la interminable pista de circo.

_Mama tengo hambre_ dijo Daryna.

Kataryna bajó la mirada y sonrió a la niña. Regresaron sobre sus pasos rumbo al hotel de inmigrantes en donde una suculenta cena los esperaba.

CASA 110 (fragmento)

VII

El sol calentaba tímidamente los alrededores de la casa de Laura, cuando salió al jardín. Se quedó parada frente al porche de su casa por unos minutos con la sensación de un intenso dejavú. Escarbó en su memoria y de pronto recordó el sueño que había tenido la noche anterior. Ya no experimentaba las exaltadas sensaciones de su sueño, pero la naturaleza seguía regalándole sus colores y aromas. Los pensamientos llenaban el jardín de coloridos matices mientras las abejas zumbaban a su alrededor. El espectáculo era indescriptible, era vida que explotaba por todas partes, y que pronto se adormecería con la llegada de las heladas.

Subió las gradas que daban a la calle y se encaminó en decisión al hospital, subiendo la leve cuesta. El guardia de seguridad la saludó con un gesto de su mano, abriéndole la puerta de vidrio para que ingresara.  Una vez dentro, observó el largo pasillo por el que tantas veces Melinda recorrió durante el corto tiempo en que trabajó en el hospital. Suspiró, su corazón se entristeció al recordar la forma tan trágica en la que murió su amiga.

Oyó voces a su derecha, provenían de una amplia habitación que ostentaba un letrero que rezaba la palabra EMERGENCIA. La puerta se abrió y una enfermera baja y extremadamente delgada le sonrió. Laura le devolvió la sonrisa. La mujer le preguntó si estaba allí por una emergencia. Laura negó con la cabeza, preguntó por el doctor Rosales. En seguida la enfermera le pidió que pasara a la habitación.

Era la sala de emergencias en donde Melinda había pasado gran parte del poco tiempo en que trabajó en el hospital. Laura observó todo a su alrededor con ojos inquisitivos. Quería encontrar algo, que la ayudara a determinar qué fue lo Melinda experimentó para que la alterara tan profundamente, llevándola incluso, a la muerte.

Pronto, un hombre de unos cuarenta y cinco o cincuenta años, vestido con un mandil blanco se acercó a ella. Tenía el pelo completamente blanco y unos ojillos confiados.

_Buenos días, me dijo la enfermera que quería verme_ dijo el hombre tendiéndole la mano.

_Buenos días, soy Laura Brown, trabajo en el área de desarrollo a las comunidades_ se presentó ella agitando suavemente la mano del médico.

_Usted debe ser la amiga que Melinda mencionó_ dijo él doctor bajando la mirada apesadumbrado.

_Así es_ confirmó Laura.

_Además, usted es una de las personas que encontró el cadáver en casa de Melinda_ agregó el galeno.

Laura asintió sin decir más.

_Dígame ¿cómo puedo ayudarla? _ preguntó señalándole a Laura una silla.

Laura le dedicó una leve sonrisa al doctor mientras se sentaba.

_Verá doctor, sé que usted fue una de las últimas personas que Melinda vio aquí en el hospital antes de que renunciara.

El médico suspiró y se pasó la mano por la barbilla antes de empezar a hablar.

_Sabe, me arrepiento de haberle contado aquellas historias de apariciones y fantasmas de las que se hablan en el hospital. A veces pienso que se sugestionó tanto con esas historias que pensó ver cosas que no estaban allí. _ comentó y permaneció unos segundos en silencio.

Laura esperó pacientemente a que el galeno continuara hablando.

_Le afectó tanto_ dijo mientras hacía sonar los nudillos de sus dedos.

Laura pensó que se veía pálido y nervioso. Sus ojillos brillaron con un halo de tristeza.

_ Por eso renunció. Pero la muerte que tuvo fue tan inesperada y extraña. Nunca dijo que padeciera de epilepsia_ continuó diciendo el médico.

_No la padecía_ confirmó Laura.

_Pues eso lo hace más extraño aún_ dijo el doctor mirando a Laura con el ceño fruncido.

_Lo sé_ contestó ella.

_Dígame ¿cómo puedo ayudarla? _ volvió a preguntar Rosales.

_Me gustaría que me mostrara el lugar en donde Melinda creyó ver las apariciones.

El doctor la miró intrigado y algo sorprendido.

_No creerá usted que en verdad ella vio fantasmas_ dijo el médico con cierto aire de incredulidad.

Laura intentó esbozar una sonrisa que pretendía confirmar su incredulidad al respecto, cuando en realidad era todo lo contrario. Pero no pensaba decirle al galeno que todo lo que Melinda había visto era real.

_Solo quiero recorrer un poco los lugares en los que ella pasó sus últimos días_ dijo Laura.

El médico asintió sin entender muy bien la obsesión de la mujer que tenía enfrente con lo que le había pasado a su amiga.

_ Muy bien, sígame_ dijo luego de un segundo.

Laura se levantó de la silla que ocupaba y siguió a Rosales. Salieron al pasillo por donde ella había entrado y se adentraron en el edificio. El lugar estaba casi vacío, solo un par de pacientes esperaban en las bancas de madera a que algún especialista los atendiera. No había carteles, ni cuadro en las paredes blancas. Una corriente de aire helada calaba a todos hasta los huesos.

_Aún no contamos con calefacción_ explicó el médico al percatarse de que Laura se estremecía.

Ella solo asintió y siguió caminando. Poco antes del final del pasillo, divisó una bifurcación a la izquierda y otra a la derecha. A la izquierda observó tres consultorios y a la derecha el pasillo seguía por unos veinte metros más y terminaba en una pared azul brillante. “Falta de recursos” pensó Laura al observar aquel color tan poco adecuado para un hospital. El galeno tomó el pasillo de la derecha y Laura lo siguió muy de cerca. Caminaron unos metros y a la derecha se encontraron con una escalera en donde el médico se detuvo.

_En el segundo piso_ dijo el galeno señalando las escaleras con su dedo índice. _ Fue allí en donde ella pasaba parte de sus guardias y en donde dijo ver las apariciones.

_Se lo agradezco doctor_ dijo Laura.

_Puede subir y tomarse el tiempo que desee, el segundo piso no está en funcionamiento.

Laura asintió y se dispuso a subir las gradas.

_Debo dejarla sola, tengo pacientes que atender.

_No se preocupe doctor, le agradezco su tiempo_ dijo ella.

Cuando el médico la dejó sola. Subió las gradas despacio, sosteniéndose de la barandilla, esperando sentir algo extraño. Pasó por un oscuro rincón de la escalera, le rozó el rostro una invisible y tenue telaraña, sobresaltándola. La telaraña, se quedó adherida a su mejilla y tuvo que luchar un poco para librarse de ella. Terminó de subir la primera parte de la escalera y observó que se desviaba hacia la izquierda. Siguió subiendo, pronto estuvo en el segundo piso.

El lugar era amplio, la luz del sol que se metía a través de las ventanas, inundaba todo a su alrededor, pero pensó que se vería tétrico por la noche. Divisó un mural a su izquierda y se acercó a observarlo. De pronto, sintió un fuerte dejavú.  Nunca había estado en el hospital antes, a pesar de vivir frente a él, nunca lo había necesitado. Es más, nunca había estado en el segundo piso de aquel extraño lugar, pero tenía la sensación de haber observado aquel mural antes. Pero la primera vez, pensó, lo había visto en penumbras, tal vez había sido de noche.

 Frunció el ceño, se mordió el labio inferior y se pasó los dedos de la mano derecha por una de sus cejas, pensando. Volvió a ponerse en marcha, hacia el segundo mural que se encontraba a unos metros del primero. Se detuvo a observarlo, tenía la misma sensación, creyó que ya lo había visto antes, pero estaba segura de que nunca había estado en aquel segundo piso. Su corazón se aceleró, se sentía consternada, confusa y abrumada. Sintió la creciente necesidad de voltear. Giró sobre sus talones, de tras de ella, se encontraba una puerta. Se acercó a ella con pasos lentos, se sentía algo asustada y nerviosa. Miró a través de la puerta de vidrio y allí pudo ver el mural infantil. De pronto lo entendió, ella nunca había visto aquellos murales, era Melinda quien los había visto. Ahora Laura veía a través de los ojos de su amiga muerta. Su corazón dio un salto al descubrir esta nueva revelación, pero no se amilanó.

 Tomó el picaporte y la puerta se abrió con un chirrido agudo que la sobresaltó. Ingresó despacio, recorrió el enorme salón con la mirada. Contempló con ojos incrédulos, imágenes de niños llorando, otros jugando. Imágenes desdibujadas, como si estuviera viendo a través de una niebla espesa y difusa. Laura se sentía cada vez más confusa y aturdida. Los niños desaparecieron tal y como habían llegado, dando paso a Melinda parada delante de ella. Pensó que si daba unos pasos y levantaba la mano la podría tocar, pero algo muy dentro de ella le recordó que Melinda estaba muerta y que probablemente estaba soñando despierta.

Se quedó quieta, observando a Melinda, se veía muy asustada, casi en estado de pánico. Frente a Melinda se materializó un jovencito, vestido con un mameluco, tenía hundida una parte de la cabeza y sangraba profusamente, tiñendo una de sus mejillas y su hombro de rojo intenso. Ahora lo entendía, estaba siendo testigo de lo que Melinda había visto en aquel salón unos días antes de morir. Aquel jovencito era Kuntur Huamán. Laura oyó un sonido estridente que la alertó y la sacó del trance en el que se encontraba. Volteó sobre sus talones, pero no encontró nada, volvió a voltear, pero Melinda y el chico habían desaparecido. Todo estaba vacío, igual a como lo habían dejado hace décadas atrás.

 Suspiró, sentía una sensación lúgubre e inquietante. Salió de la zona pediátrica y bajó las escaleras de inmediato. Salió del hospital sin siquiera despedirse de Rosales. Ahora recordaba todo lo que Melinda le había contado, todo, cada uno de los detalles que por alguna razón no había podido recordar antes.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna)

Océano Pacífico, abril de 1934.

I

La vida en alta mar no estaba del todo mal. Las raciones de alimentos que se les proporcionaba a los pasajeros de tercera clase, en donde Kataryna y su familia viajaba, era variada. El desayuno consistía en gachas de avena con leche; (la leche era un lujo que hacía tiempo habían perdido); arenque ahumado; huevos con jamón; pan recién horneado; te o café. Para el almuerzo y la cena podían escoger entre sopa de arroz; cerdo asado; cerdo en salsa; sopa de repollo; papas cocidas y de nuevo el infaltable pan fresco. Podían disfrutar del placer de un postre de donde podían escoger galletas; budín de frutas o frutas frescas. Pero eso no era todo, ofrecían carne fría; pepinillos y queso fresco como acompañamiento. La familia tenía la sensación de que habían llegado al cielo. Kataryna pensó que no veía tanta comida junta desde su boda.

Los comedores también servían como sala de entretenimientos todas las noches. Los pasajeros hacían las mesas y bancas a un lado e improvisaban una pista de baile. En un rincón se congregaban todos aquellos pasajeros que poseían algún instrumento musical como Banduras[1], Sopilksas[2], Tarogatos[3] y además un par de violines y una especie de pandereta. Afinaban sus instrumentos en un conglomerado de notas disonantes al principio, para luego de unos minutos iniciar las notas acompasadas de “Un cosaco cabalgó más allá del Danubio”.

La voz grave del cantante se vio casi opacada cuando un grupo de mujeres se le unió durante el coro.

¡Espera, espera, Cosaco

Tu chica está llorando

Cómo me puedes abandonar

¡Sólo piénsalo!

El resto de los pasajeros danzaban en una pista improvisada impulsados por el ritmo alegre y las esperanzas renovadas en una nueva vida.

A “Un cosaco cabalgó…, le siguió el Hopak, mucho de los hombres estimulados por el licor, se atrevieron a demostrar sus dotes, dando saltos y haciendo piruetas. El Hopak era una danza social que se había desarrollado como diversión y como entrenamiento militar entre los cosacos. Cuando llegaban victoriosos de alguna batalla, se reunía a los músicos y tocaban melodías mientras los demás participaban con el baile. Era una danza típica de los hombres, ya que se inició en un entorno masculino, los pasos eran improvisados ya que los soldados no eran bailarines profesionales. Los jóvenes bulliciosos, manifestaban de esta manera su virilidad, su heroísmo y su fuerza. La danza se extendió por toda Ucrania, es especial en Kiev y Poltava. Ahora, aquellos inmigrantes, al igual que muchos otros, extenderían aquella cultura por otras partes del mundo.

El vodka corría como agua entre los participantes, y pronto todos terminaban bastante macerados como para seguir haciendo piruetas. Algunos trastabillaban con sus propios pies y terminaban cayendo de bruces. Pocos se ponían de pie e intentaban de nuevo, la mayoría quedaba tendido en el suelo.

Era en esos momentos en que las mujeres decidían dispersarse y regresar a los camarotes ya que como decían, a la mayoría de los hombres cuando se les mete el licor dentro se les corre el telón sobre sus mentes. Era una suerte que las mujeres durmieran separadas de los hombres.

Kataryna se retiraba silenciosamente llevando consigo a su hija, mientras Igor se quedaba bebiendo hasta que el cansancio y el alcohol lo obligaban a retirarse a su camarote zigzagueando y dando tumbos.

II

Las apáticas ráfagas de aire caliente y húmedo que habían soplado durante toda la mañana se habían convertido en pocos minutos en una fuerte ventisca que soplaba amenazadora. El capitán del barco intentó restarle importancia a la situación diciendo que la estación de huracanes había terminado. La mayoría de los pasajeros se hallaban sobre la cubierta intentando refrescarse un poco. El calor agobiante que se sentía en el ambiente era algo completamente nuevo para ellos. Hacía unos días que habían abandonado por completo sus gruesos abrigos, sus guantes y sus gorros.

Kataryna observaba con atención las gruesas nubes que se acumulaban por el este al mismo tiempo que escudriñaba el mar amenazador. Llevaba un vestido raído, pero limpio que se sacudía como una vela tendida de un mástil.

Una familia: el padre y la madre se encontraban sentados en los sillones descascarados de madera dispuestos para el descanso de los pasajeros, mientras que los tres hijos todos ellos varones, se hallaban correteando de un lado a otro de la cubierta.

Una mujer de barriga generosa y larga cabellera cana enrollada en un simple rodete cubierto de un velo blanco y trasparente, se sujetaba de la barandilla con la cabeza gacha observando el paso del barco a través de las aguas embravecidas. En sus labios se dibujaba una sonrisa confiada y alegre. Su rostro surcado por profundas arrugas no exteriorizaba ningún atisbo de ansiedad.

Kataryna sintió envidia de ella.

El viento dejaba oír un aullido quejumbroso y golpeaba con fuerza el barco. El aullido que producía, cuando se introducía entre las chimeneas del barco, creaba en Kataryna una sensación escalofriante.  Como el viento que aullaba fuera del barco, los recuerdos se abalanzaban sobre ella, arrasándola con fuerza.

 Lo que aún quedaba del sol, desapareció para dar paso a densas nubes oscuras que cubrían ahora el horizonte por completo, mientras se mezclaban con las alargadas humaredas que emanaban del barco al surcar el vasto océano atlántico. El sonido atronador de un trueno, la hizo dar un respingo, sintió su corazón latir con fuerza. Un relámpago iluminó el cielo como si de un tridente azul se tratara. Kataryna sintió una punzada de pánico.

Observó de nuevo a la mujer, el viento hacía revolotear su velo de manera inquietante y extraña. Entonces, su boca se curvó en lo que podía haber sido otra sonrisa. Kataryna no podía imaginar a alguien que estuviera disfrutando de aquella situación. Sin duda ella no lo estaba haciendo.

Observó a su alrededor, los tres niños seguían corriendo de un lado a otro como si el viento los incitara a hacerlo con más rapidez.

 Los truenos se sucedían en el cielo uno tras otro como el estruendo de viejos cañones.  El mar empezaba a sacudir el barco produciendo en Kataryna una considerable y desagradable sensación de nausea y mareo que la obligó a sujetarse con fuerza de la barandilla.

Las detonaciones en el cielo sonaban ahora más cerca al barco, y el aire, aunque todavía caliente, había adquirido una extraña cualidad espesa. Muchos de los pasajeros empezaron a enfilar el camino a los camarotes.

 El viento progresivamente más fuerte hacía ondular las perneras de los pantalones y los vestidos de las mujeres. Silbaba violentamente haciendo que las espumas blancas de las encrespadas olas del tumultuoso océano parecieran un manto cubriéndolo todo a su alrededor.

Un sobresalto de pánico le atenazó la garganta, volvía a revivir uno de los peores momentos de su vida. Kataryna observaba el fenómeno con los ojos abiertos de par en par, pero fue incapaz de moverse.

Una ola se levantó amenazante como una gran pared de cemento que está a punto de caer encima aplastándolo todo a su paso. La cresta se acercaba larga y empinada, parecía la cabeza de un hacha a punto de caer sobre un tronco. Se oyó un sonido hueco y seco y una fuerte sacudida, seguido de gritos de pánico.

Kataryna giró la cabaza sobre su hombro y observó el caos a su alrededor.

El hombre que hasta hace unos momentos se hallaba reposando en uno de los sillones de madera, trepó por encima de un grupo de cajas y sillas esparcidas en desorden sobre la cubierta. Chocó con su mujer que intentaba dirigirse hacia el lugar de donde provenían los gritos de sus inquietos hijos.

La mujer se tambaleó hacia atrás. Intentó mantener el equilibrio, pero tropezó con una silla y cayó sentada.

 Su esposo hincó una rodilla en el piso de la cubierta y luego se incorporó con dificultad, los ojos desorbitados, el cabello largo echado hacia atrás en una maraña de mechones.

 Los tres niños corrieron hacia sus progenitores. La presión del viento los soltó con brusquedad y ambos cayeron de espaldas.

Se produjo una explosión gutural, carraspeante, cuando un rayo violeta y electrificante cayó muy cerca de la proa del barco. Un par de tablones de madera cedieron ante el viento y salieron volando hacia el oeste entre más descargas de municiones. Karatyna observó uno de los sillones del área de descanso, girando y ascendiendo hacia las oscuras nubes.

La madre de los niños emitió un chillido de sorpresa y dolor. Algo le había producido un corte en la sien y una delgada cinta de sangre corría por un lado de su rostro, sus ojos brillaban en pánico y desesperación. Su esposo la ayudó a ponerse a resguardo seguidos de sus tres hijos.

Kataryna estaba petrificada, ya no quedaba nadie en la cubierta. Pensó en la mujer del velo y la buscó con la mirada. Había desaparecido, probablemente estaría dentro al igual que todos, al igual que Igor y Daryna.

De pronto, el viento tiró de ella como una mano invisible. El pulso empezó a martillarle en la sien, su corazón amenazaba con salírsele por la boca. La lluvia empezó a caer con fuerza sobre el barco. El agua inundó la cubierta en segundos y la dejó empapada, pero aún seguía fija en su lugar como si alguien la hubiera clavado al piso, con el rostro pétreo, los labios apretados en una fina línea para evitar que le temblaran.

 Con los ojos en blanco, empezó a recordar los terribles momentos que había vivido hacía unos años atrás en una situación semejante. Pero esto era peor, el barco se tambaleaba amenazando con zozobrar. De las oscuras nubes caían uno detrás de otro los rayos, que llegaban hasta las aguas embravecidas como si fueran raíces de árboles luminiscentes. El espectáculo era aterrador.

Igor la vio parada en medio de la cubierta. Tenía los brazos colgados a los costados y temblaba. La llamó un par de veces, pero el espectáculo de explosiones y luces en el cielo le impidieron hacerse oír. Su peculiar inmutabilidad había desaparecido por completo, en ese momento se hallaba reamente preocupado. Dejó la seguridad que le brindaba el comedor y salió a la cubierta. El viento y la lluvia lo azotaron con fuerza, estuvo a punto de caer al piso. Se acercó con dificultad a su esposa, alargó el brazo y solo consiguió atrapar el puño de su vestido, que desgastado por tantas lavadas en demasiados riachuelos se desgarró. Lo intentó de nuevo y sus dedos largos se cerraron en torno a la muñeca de Kataryna, se limitó a tirar de ella hacia dentro. Ambos cayeron despatarrados en el piso. Igor la llamó por su nombre y ella pareció despertar de su aturdimiento. Observó con ojos consternados primero a su esposo y luego a su alrededor.

Vio a su hija en brazos de una mujer que llevaba un improvisado vendaje alrededor de la cabeza. El vendaje no disimulaba en su totalidad la herida que tenía en su frente. Se puso de pie con rapidez, dejando un charco de agua en el lugar. Se acercó a ella y extendió sus brazos en dirección a su hija. La niña se lanzó a ellos al tiempo que empezaba a llorar.

Arreció el viento, impulsando las olas en avanzada. Los niños gimieron y se refugiaron en los brazos de sus padres.

La mayoría de las mujeres y niños se retiraron a sus camarotes, aquello amenazaba ser una noche larga y beligerante. El viento y la lluvia siguieron gimiendo durante toda la noche en las troneras. Pero cuando el amanecer despejó la densa oscuridad. El cielo lució azul y brillante.


[1] Bandura: Una especie de guitarra que combina elementos de la cítara y el laúd, por lo general tiene entre doce y sesenta y ocho cuerdas.

[2] Sopilksa: perteneciente a la familia de los instrumentos musicales de viento. Posee entre seis y diez agujeros. Una clase especial de Sopilka posee una lengüeta que vibra imitando perfectamente varios sonidos de la naturaleza, como aves o insectos.

[3] Tarogato: instrumento de viento típico de Ucrania.

CASA 110 (fragmento)

V

Ya habían pasado dos semanas desde que descubrieran el cuerpo, la noticia había corrido como reguero de pólvora por todo el país, incluso, lo había mencionado la CNN. La madre de Laura, la llamó alterada. Le costó trabajo convencerla de que todo estaba bien, cuando en realidad, ella sabía que nada de eso era cierto.

Gutiérrez los había citado de nuevo en la comisaría, Alejandro se tomó esto muy en serio, sabía que el policía no dejaría las cosas como estaban. Sabía que trataría de sonsacarles más información, por lo que decidió que sería buena idea mostrarle los documentos que había descubierto, sin mencionar por supuesto, las apariciones y los sueños. Convenció a Laura de que no dijera mucho, que lo dejara a él tomar las riendas del asunto, después de todo, fue él quien había descubierto esos documentos.

Julio Gutiérrez, encendió un cigarrillo sin molestarse siquiera en preguntar primero. Cruzó sus piernas y les echó una ojeada a Laura Brown y Alejandro Quesada, dos personas que sufrían de un clásico caso de enfermedad de amor. Cada vez que se miraban a los ojos, Gutiérrez casi podía leer AMOR impreso en sus rostros. El único problema pensó, es que estos dos no se habían decidido a dar rienda suelta a sus sentimientos.

Gutiérrez, se encontraba sentado detrás de su escritorio, con el codo izquierdo apoyado sobre el mueble y la barbilla descansando sobre su mano izquierda, con la derecha sostenía el humeante cigarrillo. Desde esa posición los observó detenidamente sopesando varias posibilidades, ninguna de las cuales terminaba por convencerlo.

_Una pieza está fuera de lugar y está jodiendo todo el rompecabezas_ dijo al fin.

Laura y Alejandro se miraron algo aturdidos.

 Gutiérrez, supo de inmediato que había una complicidad entre ellos, lo que no sabía con exactitud, era que estaban escondiendo. Había algo allí, estaba seguro de ello. Algo que no le estaban diciendo. Se concentró en unos documentos que tenía sobre su escritorio, pasó las páginas tomándose su tiempo, esperando que ellos se pusieran un poco nerviosos. Lo cual no ocurrió con ninguno de ellos. Lo sorprendió la actitud de la psicóloga, podía permanecer inmóvil, inalterable, sin mostrar signos de inquietud. Laura se estaba conteniendo, tal y como Alejandro le había enseñado.

_Veamos_ dijo el comandante sacudiendo sus manos disgustado en cuanto estuvo seguro de que ninguno de los dos iba a hablar.

Alejandro y Laura lo miraron atentamente.

_Ya que ustedes no quieren hablar, seré el primero en hacerlo. El informe está listo_ dijo sacando un folder de uno de sus cajones. _ Del cadáver de quien en vida fuera Linda Williams_ agregó.

Laura y Alejandro se miraron algo conmocionados.

_Creíamos que les sería imposible determinar la identidad del cadáver_ dijo Alejandro incrédulo.

_Tuvimos suerte al hacer los análisis, llegaron a la conclusión de que el cuerpo pertenecía a una mujer, mediante la determinación sexual por inspección del cráneo y la mandíbula, al igual que por inspección de la cintura pélvica. Es allí donde descubrimos que la mujer estuvo embarazada al menos una vez.

Laura y Alejandro se miraron muy sorprendidos, no podían creer lo que oían ya que ese dato no figuraba en los archivos.

_La mujer era una adulta joven, tenía entre 21 y 30 años, según la secuencia de erupción dentaria, y más concretamente según los cambios en la sínfisis púbica, estaba en la fase 4, es decir podría haber tenido entre 27 y 30 años cuando murió_ agregó el comandante con aire experto y profesional, antes de darle una calada a su cigarrillo.

_Todo esto es muy interesante, pero ¿cómo determinaron quién era? _ preguntó Laura ansiosa por saber los detalles.

Antes de volver a hablar, el policía exhaló el humo contenido en sus pulmones lentamente.

_El cadáver estaba levemente momificado, los órganos internos estaban deteriorados, pero la cal con la que el asesino la cubrió para evitar los olores ayudó también a presérvalo en cierta forma. Desde luego, el ambiente seco de la zona contribuyó un poco. El cadáver tenía gran parte de la piel apergaminada y seca adherida a los huesos_ dijo para luego darle otra profunda calada a su cigarrillo.

Laura lo recordaba a la perfección, aquel pie dislocado, torcido en una posición aberrante e imposible, tenía la piel de color pardo, pero estaba casi intacta.

_Fue de allí que tomamos muestras de ADN. Para nuestra suerte, funcionó a la perfección. Ahora solo necesitábamos encontrar a alguien con quien compararla. Estuvimos indagando quienes vivieron en esa casa y en la zona allá por los años cincuenta. Ya que el cadáver llevaba bajo la casa aproximadamente setenta años. _ dijo Gutiérrez.

 Los observó de nuevo por unos segundos tratando de encontrar algo en ellos que le indicara lo que estaban escondiendo. No vio nada más que incredulidad y aturdimiento.

 _No fue difícil saber por dónde teníamos que dirigirnos, ya que una mujer desapareció de esa casa en 1952_ continuó diciendo_ Ahora debíamos cerciorarnos buscando a algún pariente. Sabíamos que era difícil después de tantos años, pero todo fue como la seda. Hallamos a una de sus sobrinas que aún vive e hicimos la prueba. Como era de esperarse en este caso comparten el 12,5 por ciento de la carga genética, es lo mejor que teníamos. Además, nos proveyó de varias fotografías de Linda comprobando que ella era su tía. _ dijo con aire de suficiencia.

Laura estaba fascinada, al fin estaba obteniendo respuestas.

_La sobrina nos contó también, la larga lista de maltratos a la que su tía fue sometida por su esposo, John Williams, al parecer todos en la familia estaban enterados, pero nadie hizo nada al respecto. En aquella época era común que el esposo disciplinara a la mujer algo descarriada_ dijo haciendo gestos de comillas con sus dedos, mientras las cenizas de su cigarrillo caían sobre el escritorio _ Esto lo comprobamos con las innumerables fracturas que sufrió la mujer a lo largo de su vida. Sin contar con las fracturas que sufrió el día de su muerte y al ser arrastrado su cuerpo por ese estrecho pasaje en el que se convirtió su tumba por setenta años.

Alejandro se puso de pie, de pronto se sentía agobiado e inquieto, eran muchas revelaciones juntas.

Gutiérrez continuó con su relato. Estaba disfrutándolo de la situación.

 _Con esto estamos casi seguros de que Williams la asesinó. De lo que no estamos seguros es cual fue el motivo. Lo más probable es que se le pasara la mano, y en la desesperación no encontró mejor idea que meterla bajo la casa y decir que ella lo había abandonado.

Laura y Alejandro se miraron por unos segundos pasmados con las nuevas revelaciones.

_Lo malo es que William ya no está para poder encararlo_ dijo Laura.

_ ¿Cómo sabe que William está muerto? _ preguntó Gutiérrez mirándola fijamente a los ojos.

Laura se alarmó y de inmediato se puso en guardia. No le diría a Gutiérrez que sabía que Williams estaba muerto, porque su fantasma la perseguía hasta en sueños.

_Por lógica, si aún viviera tendría más de cien años_ dijo ella.

Gutiérrez asintió en silencio.

_Bueno, les dije todo lo que sé_ dijo el policía_ ahora les toca a ustedes.

Alejandro suspiró un par de veces antes de entregarle a Gutiérrez un folder con todos sus descubrimientos.

_Esto es lo que tenemos_ dijo.

El policía lo miró con el ceño fruncido sin comprender.

_En ese folder encontrará todo lo que sabemos sobre Linda Williams.

_ ¿Eso quiere decir que ustedes sabían a quién pertenecía el cuerpo? _ preguntó sorprendido.

_No estábamos seguros, pero teníamos nuestras sospechas_ confirmó Alejandro.

El policía estudió detenidamente, toda la documentación que tenía entre sus manos.

_Hay mucha información aquí, veo que algunas de ellas concuerdan con el informe del forense. Como las fracturas, pero no dice nada de que Linda estuviera embarazada y menos que diera a luz.

_Tal vez lo estuvo antes de llegar al Perú_ aventuró Laura.

_Su sobrina no recuerda que ella hubiese estado embarazada o que perdiera algún bebé_ dijo Gutiérrez.

Laura suspiró confusa.

_Lo que no entiendo es porque tenían toda esta información, y de donde la sacaron_ dijo el policía.

_Tengo algo de tiempo libre y descubrí un enorme sótano debajo de las oficinas de la compañía_ explicó Alejandro_ Allí hay un sin número de documentos archivados desde varias décadas atrás. Un día me puse a leer algunos y me percaté de que al encargado de los archivos le gustaba hacer su propia investigación y tenía sus sospechas sobre lo que le había pasado a Linda. Fue así como supusimos que ella no había desaparecido.

_Entiendo, pero hay algo que aún no me explica_ dijo Gutiérrez mientras apagaba la colilla de su cigarrillo en un cenicero con forma de pulmones que descansaba sobre el escritorio a su derecha. Las cenizas daban una idea bastante clara de como se vería el interior de los verdaderos pulmones del policía.

Alejandro y Laura se volvieron a mirar, parecían algo nerviosos.

_ ¿Qué más desea saber? _ preguntó Laura.

_ ¿Cómo supieron dónde estaba escondido el cadáver?

_Solo fue intuición_ mintió el abogado_ si ella no se había ido con un amante como dijo el esposo, lo más probable era que haya sido asesinada a manos de Williams. Además, si nadie lo vio trasportando un cadáver ¿Dónde cree que la habría escondido?

_Dentro de su misma casa_ contestó el policía.

_Ahí lo tiene_ dijo el abogado extendiendo las manos como si fuera un mago que acababa de hacer un prodigioso acto de magia.

_Perfecto, pero no entiendo porque no acudieron antes a la policía, ¿por qué esperar a levantar el piso?

_Porque nadie nos iba a tomar en serio si íbamos con esta loca historia_ contestó Laura_ además, era un asesinato que ocurrió hace setenta años ¿A quién le importaría? Habiendo tantos casos actuales que necesitan atención.

Gutiérrez asintió pensativo. Alejandro pensó que el policía por fin había quedado satisfecho con sus explicaciones.

_ Debo reconocer que han hecho un excelente trabajo desentrañando esto_ dijo el comandante.

_Eso se debe a Alejandro_ dijo ella con una sonrisa agradecida y orgullosa_ yo solo lo apoyé en lo que podía.

_Está bien, creo que ya no tengo preguntas. Solo queda una cosa.

Alejandro y Laura observaron al policía esperando a que se explicara.

 _Nunca sabremos lo que pasó con el bebé de Linda. Aunque es probable que lo haya perdido por los maltratos de su esposo y lo calló llevándose el secreto a la tumba.

Ambos asintieron en silencio.

_ ¿Qué será del cadáver? _ preguntó Laura.

_Su sobrina la sepultó en su pueblo natal, ya descansa en paz.

Laura asintió y en ese momento, su corazón se sintió liberado y ligero.

_Señor Quesada_ dijo el policía.

Alejandro lo miró interrogante.

_Arruinó el piso por gusto_ dijo con una sonrisa divertida.