HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna)

Bremen, Alemania, diciembre de 1933.

I

Kataryna y su familia enfilaron una senda estrecha de un solo carril que se cubría con rapidez de nieve en un pequeño bosque en las afueras de Bremen. Montados en un par de corceles de patas gruesas y peludas, marchaban con lentitud, y de vez en cuando, blancos cúmulos caían de las ramas que se extendían por encima de sus cabezas.

Suspiró decepcionada y algo desanimada. Aún no podía aceptar por completo que su plan de llegar a Sudamérica se había visto abruptamente interrumpido al momento de presentarse en el puerto y pretender adquirir los boletos para abordar uno de los barcos que zarparía en pocos días.

Todo el dinero con el que contaba, todo el sacrificio que le llevó ahorrarlo no había servido de nada. Ni el Karbovanets ucraniano, ni el Rublo soviético era aceptado en Alemania. El maldito fajo de billetes que había cargado durante tanto tiempo en su alforja no servía siquiera para encender una hoguera.

Quiso gritar de desesperación y frustración en aquel momento. Su rostro se transformó en una mezcla de desamparo y angustia tal, que el empleado de la boletería se apiadó de ellos y les convino a que se presentaran en un hotel para que le dieran hospedaje por un par de días.

_Dígale a la mujer de la recepción que Maximilian los envía_ dijo el hombre de cabellos tan rubios que casi parecían blancos.

El estrecho camino por donde cabalgaban se hallaba cubierto de arbustos secos, sus ramas desnudas llevaban encima una fina capa de hielo. Se bifurcaba bordeando un elevado muro de piedra gris, que se hundía en más matorrales secos que alcanzaba hasta la altura de la cintura.

Kataryna pensó que aquel debía ser el lugar en donde pasaría el resto del invierno y tal vez parte de la primavera.  Volvió a suspirar y el vaho de su aliento se extendió frente a su rostro. Hacía frío, y si lo pensaba con más calma, necesitaba un lugar caliente y seco en donde pasar el resto del invierno. Por un momento, la razón se impuso a sus deseos. Debía reconocer que había sido una suerte encontrarse con gente que les tendió la mano en momentos de desamparo y necesidad.

Aún no olvidaba la primera impresión que le había causado la mujer que los recibió en el hotel al que Maximilian los había enviado. Se hallaba sentada detrás del mostrador de recepción, leía un periódico, tenía la frente ceñuda, con el rostro rojo y no levantó la vista cuando Igor le habló.

_Maximilian no deja de enviarme gente_ se quejó sin levantar la vista y con tonillo que Kataryna había calificado de desprecio en la voz, pero en un perfecto ruso_ cree que soy la caridad.

La mujer de escrúpulos inalterables y de rostro que asemejaba un puño apretado, se dignó a lanzarles una mirada de desdén, para luego volver a prestar atención al periódico que tenía entre las manos.

Kataryna dirigió su mirada a su esposo con visible desaliento, este le devolvió otra igual, pero no se movieron, no sabían que hacer o a donde ir.

El puño apretado del rostro de la mujer se cerró aún más al ver que Kataryna e Igor no se movían. Consultó el reloj que se hallaba colgado en la pared detrás de ella con gesto elocuente y se puso de pie con intención de irse. Pero se detuvo por completo, profundamente sorprendida ante la inesperada presencia de Daryna quien se sostenía de la cintura de su madre y sollozaba quedamente.

Su frente ceñuda desapareció, el rostro cerrado como puño se ablandó de inmediato y se mostró apenada. No tardó mucho rato en darles de comer y preparar una habitación para que descansaran.

 Erika era su nombre y una vez que Kataryna entabló conversación con ella, notó de inmediato que se había hecho una idea equivocada sobre su persona.

_Tengo una cabaña en las afueras de la ciudad_ dijo la mujer_ pertenecía a mi abuelo. Está abandonada y necesita arreglos. Dejaré que se queden en ella con la condición de que le den mantenimiento hasta que pase el invierno y usted consiga trabajo_ agregó mirando a Igor.

Kataryna sacudió la cabeza y regresó a la realidad cuando una brisa helada la golpeó en el rostro.

 Detrás del muro se hallaban parcialmente ocultos altos y antiguos abetos que debían de haber sido sembrados mucho antes de que la cabaña fuera construida. Las raíces ya habían comenzado a abrirse paso hacia los cimientos de la muralla.

 No había ningún portón o algo parecido que impidiera el paso dentro de la propiedad. La franja de nieve blanca se extendía entre los árboles y se vía lo justo para orientarse por la estrecha carretera que descendía, torcía a la izquierda y volvía a descender y luego terminaba a encausándose.

Las ramas de los árboles en aquel punto parecían agolparse sobre la carretera como invitados a una gran fiesta. Los caballos parecían figuras oscuras recortadas sobre el manto blanco que avanzan a través de ella.

La cabaña se levantaba cerca de un arroyuelo que se hallaba congelado. El césped que casi había desaparecido se encontraba completamente desgreñado, descuidado y se veían hoyos en la línea de abetos que danzaban como fantasmas impulsados por el viento a ambos lados de la cabaña. El perfil del tejado presentaba un aspecto singularmente asimétrico. Igor intentó por un momento descubrir el motivo. Una chimenea se levantaba en el extremo sur, debía haber existido otra en el lado norte pero no había ninguna. Al abuelo se le habría ocurrido eliminarla en algún momento, pensó. Pero había sido una mala idea estéticamente hablando.

La construcción de piedra era extravagantemente grande para haber servido como cabaña de caza. Desmontaron y se acercaron a la puerta con cierto recelo, pero a la vez con intensa curiosidad. La puerta, que alguna vez habría sido de un extraño color rojizo, ahora se veía deslustrado y desvaído, estaba rodeada de una gruesa cadena de cuyos extremos colgaba un viejo y oxidado candado.

Igor extrajo la llave de su abrigo y la abrió. Empujó la puerta y en un principio graznó, pero no se movió. Lo intentó de nuevo y esta vez, se abrió con un chirrido de goznes viejos. Una capa fina de polvo cayó a su alrededor. Un manto tejido de tela araña quedó colgando de la puerta.

Entraron despacio, observando todo a su alrededor. La cabaña apestaba a humedad, madera vieja y telas mohosas. Había polvo y tela de araña por doquier. Los muebles estaban cubiertos por un forro que alguna vez debió de haber sido blanco, pero que ahora presentaba un deslucido tono amarillento. La escasa luz que ingresaba por alguna que otra rendija que las oscuras cortinas que colgaban de las ventanas habían dejado sin cubrir.  Kataryna las corrió una por una, estornudando con el polvo que se había acumulado en ellas, hasta que los rayos verticales de la luz del medio día, ingresaron sutilmente dentro de la cabaña. Levantó los forros de los muebles en medio de una nube de polvo que los hizo estornudar. El mobiliario estaba algo estropeado por la acción del tiempo y la humedad.

En el salón principal había un magnífico venado macho con su cornamenta extendida como si se tratara de las ramas de un viejo árbol, justo encima de una impresionante chimenea de piedras rojas y negras. Los cuernos del animal estaban envueltos entre apretados filamentos de tela de araña.

Frente a la chimenea se extendía la piel de un colosal oso pardo completamente cubierto de una gruesa capa de polvo.  A pesar de lo sucio que se encontraba, Igor no pudo dejar de admirar lo quedaba del animal. Pensó que el abuelo de Erika había cazado quizás uno de los últimos animales de aquella especie, ya que el oso pardo, se consideraba extinto en Alemania desde mediados del siglo diecinueve.

A la izquierda había un gigantesco armero cuyos estantes de pino silvestre estaban recubiertos con rifles en sus respectivos soportes y pistolas colgadas de ganchos herrumbrosos.

A la derecha, adosado a la pared había un aparador de madera de abeto en el que se hallaban en forma algo desordenada, unas veinte botellas de bebidas alcohólicas, muchas de ellas vacías, otras con el sello inalterado. Kataryna pensó que debía ocuparse de esconder las botellas antes de que a su esposo se le ocurriera hacer las veces de catador.

Los muebles eran antiguos como había de esperarse, disparejos. Un par de mullidos y profundos sillones y un descomunal sofá completaban los enceres del salón. Justo en la pared, frente a la chimenea, las cabezas de tres peces disecados colgaban como extraños trofeos de guerra.

Igor se acercó a la boca de la chimenea, observó con atención en su interior. Tomó un anillo oxidado que colgaba y tiró de él. Se oyó un fuerte crujido, luego una pausa y después una densa nube oscura de tizne descendió sobre él con un incómodo sonido sordo. Dio un par de pasos hacia atrás, tosiendo y sacudiendo los brazos delante de su rostro. Sus pies tropezaron con la piel del oso y estuvo a punto de caer al suelo. Una gruesa capa de cenizas se acumulaba sobre su cabeza, su cuello y sus hombros. Intentó sacárselo de encima con movimientos rápidos de las manos como si intentara espantar a un enjambre de abejas asesinas.

Kataryna y Daryna lo miraron con los ojos bien abiertos intentando ahogar la risa. Era la situación más graciosa que habían presenciado en muchísimo tiempo. Una pequeña curvatura se vislumbró en los labios de Kataryna, pero Daryna no pudo contenerse, se echó a reír presa de intensos espasmos, mientras se sujetaba el estómago con ambos brazos.

Igor la miró primero con el ceño fruncido detrás de la máscara negra que cubría su rostro, enseguida, empezó también a reír. Kataryna no pudo evitar unírseles. Era la primera vez en mucho tiempo que se sentían en total seguridad y libertad para dar rienda suelta a sus emociones. Kataryna pensó, que, por primera vez, parecían una familia normal.

II

El arroyuelo cercano, comenzó ya a deshelarse, y el suave sonido del agua que fluía confería cierto encanto a la mañana. Algunos residuos de madera que Igor había cambiado del tejado de la cabaña floraban corriente abajo con cierta gracia, como si se tratara de patinadores desarrollando una difícil rutina. La antigua estructura de la cabaña había soportado una vez más el largo invierno con pocas dificultades y se mantenía tan firme como hace casi un siglo atrás.

La mañana era radiante, la helada en el bosque había empezado a derretirse, una vaga neblina se esfumaba en el aire. Faltaban solo un par de semanas para la primavera, pero el deshielo había empezado hacía apenas dos días. En el patio trasero quedaban escasos rastros de escarcha debajo de los árboles.

La fachada de la cabaña aún lucía algo deslucida, pero con la llegada de la primavera Kataryna podría iniciar con los trabajos de renovación. Una limpieza a las paredes de piedra y una buena mano de pintura en la puerta la dejarían como nueva.

 El interior era harina de otro costal, las largas horas en la que Daryna y su madre pasaron encerradas solo habían contribuido a devolverle a la casa, su antiguo esplendor.

Los pisos de madera fueron lustrados, los muebles barnizados y la piel de oso lavada y cepillada cuidadosamente. A pesar del trabajo que representó la limpieza de la cabaña, Kataryna tenía que reconocer que le agradó pasar aquellos meses en aquel lugar, alejada de los problemas, alejada de la realidad.

 Por su parte, Igor pasó poco tiempo con su familia, había conseguido un trabajo en el puerto, que no le permitía regresar muy seguido a la cabaña. En un esfuerzo conjunto, la familia había conseguido el dinero necesario para comprar sus pases en el siguiente barco que zarparía a Sudamérica.

Kataryna se llenó de sentimientos encontrados, deseaba tanto emprender la última parte de su viaje, pero al mismo tiempo, deseaba quedarse en aquella cabaña que había aprendido a amar como si fuese su hogar.

La espesa oscuridad que había envuelto sus vidas se abría lentamente como si de un telón se tratara, para dar paso a la brillante luz del día, colmada de esperanzas e ilusiones de un próspero porvenir.

Embarcaron en el Antonio Delfino por una resbaladiza rampa dos semanas después, rumbo al puerto de Buenos Aires, en un viaje que les llevaría veintidós días. La mayoría de los doscientos sesenta pasajeros de primera clase, los trescientos quince pasajeros de segunda clase y los mil ochocientos veintidós pasajeros de tercera, eran ucranianos o rusos que huían del régimen en busca de una mejor vida.

 Los pasajeros se apostaron en la cubierta del barco poco antes de que zarpara. Muchos de ellos observaron con lágrimas en los ojos el puerto mientras el barco se alejaba hasta que los edificios de la ciudad se convirtieron en siluetas parecidas a trazos hechos al carbón en una hoja de papel.

Poco a poco, la muchedumbre se fue dispersando, algunos se retiraron a los camarotes, otros a los comedores. Igor tomó la mano de su hija y se unió a un grupo reducido de ucranianos provenientes de Kiev.

Kataryna se quedó sola contemplando el vasto océano, mientras se despedía por última vez de aquellas tierras a las que nunca más regresaría.

CASA 110 (fragmento)

III

La casa 110 estaba repleta de policías, forenses y personal de la empresa. Laura y Alejandro observaban desde cierta distancia, mientras levantaban el piso y retiraban el cadáver de debajo de la casa. La psicóloga sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, cruzó los brazos sobre el pecho tratando de protegerse. Alejandro puso su mano izquierda sobre el hombro de Laura procurando darle apoyo. Laura levantó los ojos y le dedicó una leve sonrisa, pero tenía una mirada algo seria y preocupada. No tenía idea de lo que sucedería luego de que retiraran el cadáver. Quería creer que al sepultar el cadáver terminarían las apariciones y los sueños, pero no estaba segura de ello. Por otra parte, esperaba que la historia que inventaron de cómo habían encontrado el cuerpo fuera lo bastante creíble para que no los metiera en problemas. Después de todo, el cuerpo tenía varias décadas bajo el piso de la casa como para que les causara dificultades

Dos hombres vestidos con mamelucos azules y cascos blancos tomaron infinidad de fotografías y luego levantaron el bulto envuelto con la sábana con mucho cuidado. Había pasado tanto tiempo que era difícil pensar que podrían encontrar rastros de ADN o pistas que llevaran al culpable de aquel asesinato, pero los peritos no escatimaron esfuerzos. Recolectaron todo lo que creyeron que les podía ser de utilidad.

_Señora Brown, señor Quesada_ dijo el policía encargado sacando a Laura de su ensimismamiento _necesitamos que se apersonen a la comisaría a declarar. A pedido expreso de la gerencia de la empresa, algunos especialistas de la DIRINCRI[1] están llegando desde Lima y quieren hacerles algunas preguntas.

_Desde luego, allí estaremos_ contestó Alejandro.

Cuando el agente os dejó solos, Alejandro le recomendó a Laura no decir mucho, le pidió que dejara todo en sus manos.

Ambos salieron de la casa y enfilaron en silencio el camino hacia el lugar en donde se encontraba estacionado el Toyota de Alejandro. El abogado abrió la puerta para Laura. Ella se lo agradeció con una sonrisa, se sentó en el asiento del copiloto y cerró la puerta. Quesada rodeó el vehículo, abrió la puerta del piloto y antes de ingresar al carro echó una ojeada a la casa 110 y al ajetreado grupo de investigadores que se arremolinada en ella. Suspiró pesadamente y subió al vehículo cerrando la puerta. Encendió el motor y puso en marcha el vehículo. Cruzaron el puente en silencio y el vehículo se dirigió al cruce Tarma.  Alejandro no había dicho una sola palabra desde que subiera al carro y Laura estaba preocupada. Lo miró de soslayo y pudo ver que tenía el ceño fruncido y los ojos entrecerrados, estaba concentrado en sus pensamientos. Quiso decirle tantas cosas, pero prefirió guardar silencio. Recorrieron el serpenteante camino rumbo a la comisaría en donde les tomarían sus declaraciones. La tarde estaba cayendo y el sol se ocultaba lentamente por detrás de la montaña, en pocos minutos llegaría la noche y la temperatura descendería.

_No quiero que hagas esto_ dijo ella después de mucha deliberación.

Alejandro la miró a los ojos por unos segundos y luego volvió su mirada a la carretera.

_Ya hablamos de eso_ contestó él.

_La verdad no lo hemos hablado, fuiste tu quien lo decidió_ dijo ella suspirando incómoda. _ No quiero que hagas esto_ volvió a repetir.

Se acercaban a la comisaría y no era momento para ponerse a discutir. Alejandro estacionó su vehículo a solo dos cuadras y fijó su atención en la psicóloga.

_Laura, hasta ahora te he apoyado en todo_ empezó diciendo y ella lo interrumpió.

_Es por eso por lo que no puedo pedirte que hagas esto_ dijo con ademanes nerviosos.

Alejandro frunció los labios y levantó una mano indicándole que dejara de hablar.

_Déjame terminar_ le pidió.

Laura trató de protestar, pero se percató por la mirada del abogado que sería mejor guardar silencio.

_Hasta ahora he hecho todo lo que estuvo a mi alcance para ayudarte, incluso te he dejado bajar a aquel sótano cuando no he estado de acuerdo con ello. Ahora te pido que confíes en mi y nos ciñamos a lo que hablamos. _ dijo y dejó escapar un suspiro nervioso.

Laura no estaba muy convencida al respecto, pero él tenía razón, Alejandro era el abogado después de todo y tenía que confiar en él. Se mordió el labio inferior nerviosa, preocupada y confusa, pero asintió poco después.

_Haré lo que creas mejor_ contestó.

_Perfecto, entonces déjame hablar a mí.

Ella asintió en silencio y Alejandro volvió a poner el vehículo en marcha. Se estacionó poco después, frente a la comisaría y ambos se apearon en silencio. Laura levantó la mirada y observó el disco perfecto de la luna, plateada y brillante, le recordó la luna llena de aquel sueño en donde se le fue revelado el macabro homicidio de Linda. Suspiró inquieta mientras Alejandro sostenía la puerta para que ella ingresara.

 Los recibió una mujer baja y algo subida de peso. Tenía los ojos pequeños y muy juntos, lo que le daban una expresión algo cómica. Un cartel detrás de la recepcionista rezaba “DENUNCIA EL MALTRATO ANIMAL” junto con la imagen de un hombre que acariciaba a su perro. Laura pensó que el cartel era irónico ya que Linda había sufrido maltrato físico durante años y los responsables de denunciar lo ocurrido fueron cómplices del maltrato y probablemente de su homicidio.

_El comandante les espera en su oficina_ dijo la mujer señalando una puerta algo maltrecha a su derecha.

Ambos asintieron y se dirigieron al lugar indicado. Tocaron a la puerta y una voz grave y gruesa les pidió que pasaran. Alejandro abrió la puerta y Laura ingresó primero. El abogado hizo lo propio y cerró la puerta a sus espaldas. El hombre que se encontraba en la oficina se percató de inmediato de la cojera de Laura.

_Señorita Brown, señor Quesada, soy el comandante Julio Gutiérrez, tomen asiento por favor _ dijo el hombre sentado detrás de un escritorio algo despintado y sucio, que parecía haber salido de alguna venta de garaje.

El hombre de unos cincuenta años, de pelo corto y canoso, era poseedor de una amplia y prominente nariz, unos ojos negros muy expresivos y un inusual bigote a lo Hulk Hogan.

La pareja se sentó frente al comandante en un sillón verde olivo, algo viejo pero confortable, Alejandro pensó que, el uniforme del policía se arecía bastante al tapis del mueble. Detrás del escritorio de Gutiérrez había solo tres objetos, dos banderas y una fotografía. A su derecha, la bandera roja y blanca del Perú, a su izquierda, la bandera verde olivo de la Policía Nacional del Perú. La fotografía del presidente de turno con la banda presidencial, sonreía detrás de Gutiérrez.

_Quería tomarles su declaración_ dijo el policía.

_Estamos a sus órdenes_ contestó Alejandro.

_Necesito que vuelva a explicarme como fue que encontraron ese cadáver_ dijo el hombre al tiempo que se inclinaba y cruzaba sus manos sobre su escritorio, paseando la mirada entre la pareja que se hallaba frente a él.

_Como le expliqué más temprano a sus agentes, la amiga de la señorita Brown vivió en esa casa hasta hace unos meses atrás. Ella falleció y nos encargamos de enviarle a su familia sus pertenencias. Esta mañana salí a pasear a mi perro, pasé frente a la casa y me percaté de que había una fuga de agua.

_Déjeme aclarar este punto_ dijo el comandante con un ademan de su mano. _ ¿Cómo es que supo que había una fuga?

_Pues, mi perro Andy, corrió hasta la casa, obligándome a dejar la calle y bajar las gradas en su búsqueda. Estaba escarbando muy cerca a la casa. Me acerqué a la ventana y se me ocurrió mirar dentro. Fue allí donde vi que el piso estaba húmedo. Fui por la llave a mi casa y en ese momento Laura me vio, me preguntó a donde iba y le expliqué lo de la fuga.

Alejandro se había encargado de aflojar uno de los tubos de agua para que no quedaran dudas de la supuesta fuga. Sin embargo, se aseguró de que el agua no causara daños en la escena del crimen.

_ ¿Por qué no llamaron a mantenimiento? ¿Por qué entraron ustedes a la casa? ¿Por qué tenía usted la llave? _ profirió en preguntas el policía.

_Es domingo, mantenimiento no trabaja los domingos. Pensé que si lo dejábamos hasta el lunes la humedad terminaría destrozando la madera y con respecto a la llave, la tomé prestada hace algún tiempo y olvidé devolverla.

_Así que no encontró mejor idea que levantar el piso del comedor_ dijo el policía enarcando las cejas incrédulo.

Laura estaba en silencio oyendo atenta las explicaciones que Alejandro le daba al policía, quien se mostraba poco convencido. Gutiérrez dirigía su mirada una vez al abogado otra a la psicóloga.

_Tenía que hacerlo, usted sabe que la empresa cuenta con poco personal y soy responsable de varias áreas_ explicó Alejandro.

_Y la señorita Brown lo ayudó_ dijo entrecerrando los ojos no muy convencido.

_Ella estuvo conmigo cuando levanté el piso, pero no me ayudó a hacerlo.

_ ¿Cómo se hizo esos raspones en la cara, y a que se debe la pronunciada cojera de su pierna izquierda, señorita Brown? _ preguntó el policía con ojos escrutadores.

El corazón de la psicóloga se aceleró, sintió que el rubor se le subía al rostro. Trató de tranquilizarse y de responder con naturalidad.

_ Tropecé con las gradas y caí al piso_ respondió ella de inmediato sin pensar mucho en lo que decía.

_ ¿Sucedió en la casa 110? _ preguntó Gutiérrez.

_No, fue en mi casa_ contestó ella.

El policía asintió, se llevó la mano a la barbilla y se la rascó, sopesando las respuestas de Laura.

_Les voy a ser totalmente sincero_ dijo el policía con una expresión que a Alejandro le pareció un tanto arrogante y a la vez condescendiente_ no creo que las cosas hayan sucedido como me las están contando. Pero tampoco tengo motivos para pensar que ustedes están involucrados en algo ilegal. No sé como supieron de la existencia de ese cadáver, pero estoy convencido de que sabían muy bien lo que estaban buscando. _ dijo mirando a Alejandro a los ojos.

El abogado sostuvo firmemente la mirada del policía mientras respondía.

_Entonces, ya no nos necesita.

El policía lo pensó por unos segundos antes de responder.

_No, ya no los necesito, al menos por el momento. Imagino que querrán saber si averiguamos algo sobre el cadáver.

_Nos gustaría mucho_ contestó Laura.

_Muy bien, estaremos en contacto_ agregó Gutiérrez.

_Muchas gracias_ contestó Alejandro mientras se ponía de pie y le tendía la mano a Laura.

Mientras se la tomaba, Laura agradeció con un suspiro que la entrevista haya sido respetuosa y de bajo perfil.

IV

Laura Brown no podía dormir, estaba sentada en penumbras frente a la chimenea de la sala con una copa de vino entre las manos. Solo las llamas de la madera crepitante iluminaban su rostro. Rememoraba todos los detalles en su mente, habían sido demasiadas emociones juntas. Serpentear bajo el piso de una casa, encontrar un cadáver, estar a punto de morir asfixiada y ser rescatada justo a tiempo, y como si eso fuera poco, ser requerida por la policía todo en un mismo día. Era mucho con lo cual lidiar.

Acercó la copa a sus labios y sorbió un largo trago, que le hizo arder la garganta y calentó su estómago. Cerró los ojos y suspiró. Cuando los abrió de nuevo, no pudo evitar dirigir la mirada en dirección a la casa de Alejandro. Las luces estaban apagadas, pensó que el abogado dormía, y de nuevo la culpa la arrasó como cuando un sunami arrasa todo a su paso. No podía seguir involucrando a Alejandro, no era justo. Pero era egoísta, lo quería cerca, lo necesitaba y no solo por el apoyo moral que le daba sino porque no podía siquiera imaginarse la vida sin él. Se sentía confundida, preocupada y estresada con todo lo que estaba viviendo. Pensó que cuando encontrara el cadáver se sentiría mejor, que podría probar que no se estaba volviendo loca, pero ahora, con el cadáver fuera de la casa y con las investigaciones de la policía, la situación para ella no había cambiado. Tal vez, cuando la policía tenga respuestas y entierre el cadáver las cosas mejoren se dijo a si misma, pero no estaba muy convencida.

 Dejó la copa sobre la mesa y se levantó del sillón que ocupaba. Un leve mareo hizo que perdiera un poco el equilibrio, tuvo que sostenerse de la chimenea para no caer. Creyó que se había puesto de pie muy deprisa y que su cuerpo no asimiló de inmediato el cambio de posición. Sintió el calor de las llamas sobre su rostro y se quedó oyendo el crepitar por unos segundos hasta que se recobró.

Le dio la espalda a la chimenea y se dirigió con pasos lentos a su habitación. Se desvistió, y se enfundó en su pijama favorito. Destendió la cama y se introdujo en ella. Se cubrió con la manta y dirigió su mirada al techo. La luz de uno de los alumbrados de la calle ingresaba a través de la ventana formando cientos de ondas en el cielo raso, que se esparcían en círculos concéntricos, como si fuera un lago al que se le acababa de arrojar una piedra. Suspiró y se puso de costillas acurrucándose sobre su cuerpo.

“Estás enamorada y no lo quieres aceptar” oyó de nuevo en su mente, con una voz que no le pertenecía, con la voz de alguien más. Una voz que creía era la de Linda. Se sentía confundida, Alejandro le gustaba, y mucho, le encantaba que él estuviera cerca, y creía que ella no le era indiferente. Recordó que Alejandro había intentado en varias ocasiones hablar de ello, pero no se lo había permitido. La eterna excusa de no estar interesada en una relación, la mantenía alejada y creía que era lo mejor. Suspiró cansinamente y volvió a ponerse de espaldas.

 El rostro de Richard, su exesposo le llenó la mente. A veces, aún lo extrañaba, aún lo recordaba. Cuando se casó con él, creyó estar enamorada y tal vez lo estuviera, pensó que el sentimiento era recíproco, pero el matrimonio no fue lo que esperaba. Se respetaban, siempre lo hicieron, pero no se comprendían, las discusiones eran constantes y fuertes. Nunca se ponían de acuerdo y llegó a pensar que no tenían nada en común más que el gusto por los libros. Sintió alivio cuando se separaron, pero no pasaba más de una semana sin que se hablaran. A veces, era él quien la llamaba, otras, era ella quien lo hacía. Eso no había cambiado después de tantos años separados y después de las parejas que habían tenido. Nada serio desde luego, era una especie de pacto no hablado, podían tener relaciones con las personas que quisieran con tal de que no fueran serias. A veces pensaba que tarde o temprano volverían a intentarlo, pero desechaba aquella idea de inmediato.

 Sacudió esos recuerdos de su mente. Se sentó en la cama, bajó los pies al suelo despacio, con precaución, se quedó de pie al lado de la cama por un momento, y luego se dirigió cojeando al cuarto de baño. Su pierna izquierda se sentía tensa de cierta forma y sus pulmones aún le dolían. Encendió la luz y se miró al espejo, las magulladuras en la mejilla estaban rojas y tenía los ojos cansados e inflamados. Ocupó el retrete y luego regresó a su cama. Trataría de conciliar el sueño, o de lo contrario no podría ir a trabajar al día siguiente.


[1] División de investigación criminalística.

Historias Entrelazadas (Kataryna)

VI

No solo Kataryna y su familia abordaron el tren que se dirigía a Gdanks, más de veinte otros pasajeros también lo hicieron. La mayoría de ellos, con la esperanza de tomar un barco que los sacara de la convulsionada Europa y los trasportara hasta Sudamérica, considerada un paraíso para muchos que ya habían logrado su cometido.

El viaje no pareció representar mayor problema, les llevaría unas ocho o nueve horas llegar a Gdanks.

Karatyna sentía una fuerte e increíble sensación de libertad que hacía mucho tiempo no experimentaba. Estaba convencida que al fin volvían a ser seres humanos con decisión y voluntad propia. Pensó que aquella era la mejor sensación del mundo.

Desembarcaron sin contratiempos en Gdanks y de inmediato compraron los boletos hacia Bremen. El tren saldría en dos días, así que decidieron conocer un poco la ciudad. Caminaron por la calle Dluga, la vía Real, en donde los hombres de negocios marítimos ostentaban su dominio económico ornamentando con los mejores materiales y obras de arte sus propiedades. Elaborando de esta manera, una suerte de competencia tácita entre ellos. Kataryna admiró los bellos detalles en las paredes de las mansiones, las impresionantes puertas y las increíbles estatuas que adornaban la calle.

Se detuvieron frente a una torre de ochenta y dos metros de altura que contaba con cuarenta y cuatro campanas de color plata justo en el momento en que empezó a sonar el carrillón. Igor levantó la mirada admirado. Kataryna se echó a reír, mientras Daryna se llevaba las manos a los oídos en un intento por amortiguar el sonido que distaba mucho de ser desagradable. El centro de Gdanks siempre lucía aquella banda sonora de fondo, era algo así como una insignia distintiva, característica de la ciudad.

Cuando el espectáculo se detuvo, siguieron calle abajo descubriendo el escudo heráldico[1] de la ciudad, que ostentaba dos cruces teutónicas[2] y dos leones que miran en dirección a la Puerta Dorada, la entrada acostumbrada de los reyes.

Los caballeros teutónicos fueron los responsables de la construcción de la catedral, de muchos de los canales que circulan la ciudad, como así también de la muerte de muchos polacos.

Prosiguieron su paseo hasta la fuente de Neptuno, el símbolo de la ciudad. Gdanks le debía su prosperidad al agua, por ese motivo, Neptuno era el encargado de protegerla.

Detrás de la fuente hallaron la Corte de Artus construida en honor al personaje del Rey Arturo. Enfrente se hallaba una invaluable, pero a la vez casi velada joya, el primer termómetro y barómetro construido por Farenheit, quien a pesar de haber vivido casi toda su vida en Holanda había nacido en aquel puerto al norte de Polonia.

Terminaron el recorrido comiendo en una de las lecherías, restaurantes en pleno auge en donde se almorzaba comida polaca con poco dinero. Dieron buena cuenta de la sopa bigos[3] y los periogies[4]. Con el estómago lleno, regresaron al hotel de viajeros con las esperanzas renovadas a la espera de que la siguiente etapa de su aventura comenzara.

VII

Subieron al tren temprano bajo la mortecina luz del alba, mientras una niebla gris y helada se apoderaba de todo lo que se hallaba en su camino. El viento invernal barría las calles de la ciudad como si se tratara de un arado en medio del campo. El frío era intenso y amenazaba con agravarse.

 Se arrellanaron en sus asientos y la vieja madera crujió debajo de ellos. El viaje de dieciséis horas parecía largo, pero luego de todo por lo que habían pasado en los últimos meses, parecía ser un juego de niños.

Igor se mostró mucho más animado, su rostro presentaba mejor semblante, y su actitud era mucho más desenvuelta a la vez que determinada. Kataryna estuvo a punto de apostar de que parecía verse contesto. Al fin de cuentas, si no llegaban a tomar el barco para Sudamérica, quedarse en Bremen era desde ya una gran perspectiva.  Pero fue una suerte para ella que no lo hiciera, porque de seguro hubiese perdido aquella apuesta, ya que la mente y el alma de Igor eran un gran enigma que nunca nadie podría resolver.

Daryna se hallaba sentada junto a su madre, del lado izquierdo del vagón, mientras que su padre se ocupaba en el lado derecho.

Alguien subió al vagón, y se dispuso a observar detenidamente, como si tratara de determinar en donde sentarse. Kataryna lo saludó apenas hicieron contacto visual. El barrigudo hombre al que el cabello sucio le colgaba sobre las orejas la observó al pasar, pero no le devolvió el saludo. Kataryna se encogió de hombros, pero no intentó tomar la actitud del hombre en forma personal, aunque la mayoría de las veces, era más fácil decirlo que hacerlo.

 Poco después, le siguieron un par de mujeres y un niño de brazos. La primera de ellas era delgada y esbelta, se apartó la pañoleta que cubría su cabeza descubriendo ensortijados cabellos cobrizos. Kataryna pensó de inmediato que se parecía a alguna actriz o cantante de ópera. La segunda, la que cargaba al niño en brazos era algo regordeta y tenía el rostro tan expresivo como la luna llena en una espléndida noche de verano. Ambas mujeres se sentaron un par de bancos delante de Kataryna.

Los pasajeros subían deprisa y tomaban inmediata posesión de los asientos que los acompañarían por el resto del día.

Una mujer de pequeños ojos azules y cuerpo rollizo subió al vagón seguida de su esposo un hombre alto, flaco y desgarbado que llevaba un abrigo de lana. Un cigarrillo le colgaba de la comisura de sus labios. Llevaba unas graciosas gafas sin montura, con aros de acero. Su arrugada cara, típica de los habitantes del norte de Ucrania, se iluminó con la luz de la lámpara que colgaba de una de las paredes del vagón. Ambos saludaron antes de acomodarse en sus asientos. Kataryna pensó que era la pareja más extraña que había visto en su vida.

La locomotora se puso en marcha mientras el viento aullaba afuera. Todos los pasajeros se veían animados, entusiasmados y alegres. Las primeras conversaciones parecían solo lejanos murmullos al principio, para convertirse en un ruidoso alboroto poco después. Afuera, el viento pareció lanzar un agudo grito como queriendo acoplase a la algarabía de los pasajeros.

Kataryna intranquila, levantó la cabeza, y miró a través del vidrio de la ventana, que se empañó de inmediato debido a su aliento. Limpió el cristal con la manga de su abrigo y se detuvo a observar ensimismada. Pasaron junto a hileras de casitas durante unos minutos, para luego avanzar a través de un estrecho espacio en medio del bosque que durante el verano moldearía un hermoso sombreado de árboles, pero que ahora se hallaban completamente desnudos. Minutos después, se vio rodeada de amplios pero yermos campos grises.

La bulla ensordecedora desapareció y dirigió su atención a un grupo de pasajeros que contaban anécdotas divertidas, otras interesantes, otras intrigantes sobre Sudamérica.

_Mi hermana dice que en esas tierras todo crece sin mucho trabajo. “Cae un grano de maíz o de trigo y en un nos días tienes una planta”, escribió en una de sus cartas_ dijo la rechoncha mujer que cargaba en brazos al niño.

_Eso es ridículo_ dijo el hombre larguirucho con voz áspera y escabrosa_ toda semilla necesita de cuidados_ agregó.

_Dicen que la gente puede comer carne todos los días_ agregó la mujer pelirroja. Los pasajeros observaban con los ojos abiertos como platos, mientras se oían susurros de incredulidad.

El hombre larguirucho echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada ronca_ Esas son sandeces_ espetó.

Al igual que la voz, la risa era áspera y escabrosa que Kataryna asoció de inmediato al vodka y al cigarrillo, ya que le recordaba mucho a su esposo.

_ ¡Todo lo que decimos es verdad! _ exclamó la mujer que cargaba al niño con un dejo de indignación en la voz.

_ Es cierto lo que dicen_ interrumpió el hombre de los sucios cabellos, mientras levantaba una mano e intentaba acicalarse la rebelde cabellera con gestos toscos. _ Mi cuñada escribió diciendo que el clima es benigno, que el frío en Sudamérica se parece a nuestros veranos. Los niños crecen sanos y felices.

Kataryna volvió su mirada de nuevo a la ventana y observó que la lluvia caía mansa sobre una curiosa hondonada boscosa en cuyas profundidades umbrías gemía el viento.

_Mi prima escribió diciendo que cuando llegó a Argentina, vio a una familia que vivía debajo de un viejo vagón de tren. Estaban preparando carne asada en una improvisada parrilla. Mi prima no podía dar crédito a lo que veía, “¡Tanta carne junta!” Había escrito en una de sus cartas.

_Los lugareños no se inmutaban en juntar los granos de trigo desperdigados, mientras su mi prima juntaba todo lo que veía desperdigado en el suelo_ fue el cometario de un hombre de ojos enormes, oscuros y relucientes.

El hombre entrelazó los dedos y dobló las manos para hacer crujir los nudillos en gesto nervioso.

_Todos sus estúpidos comentarios no sirven de nada_ dijo Igor con tono de desprecio en la voz, para luego lanzar una ronca carcajada_ Piensan que Sudamérica es el paraíso, pero no existe paraíso alguno más que Ucrania.

Igor pronunció aquellas palabras en un tono inflexible, insolente e intolerante tan característico de él y que tanto irritaba a Kataryna, quien bajó la cabeza avergonzada. De inmediato, la mirada de Igor regresó a su habitual mirada de mezquindad y soberbia.

Muchos de los pasajeros prorrumpieron en exclamaciones de protestas que se fueron apagando lentamente hasta quedar en silencio, algunos molestos, otros sorprendidos por las palabras de aquel desagradable hombre.

El hombre de los enormes ojos tenía una extraña expresividad en su mirada y no dejaba de apretarse los nudillos hasta dejarlos blancos como si se sintiera ofendido por las palabras de Igor. Enseguida, levantó el mentón en un intento por desentumecerse los músculos del cuello y a continuación se pasó la mano por él produciendo un sonido áspero.

Kataryna prefirió concentrarse en el exterior. Observó un maltrecho camino de tierra que se extendía en forma perpendicular a la línea del ferrocarril y se internaba en un pequeño bosque oscuro en donde los árboles parecían inclinarse como si se saludaran unos a otros. La lluvia empezó a caer densa y persistente poco después. Caía a raudales y sobre el horizonte oeste se veían relámpagos que brillaban con destellos apagados, mientras el viento arreciaba con fuerza.

La lluvia amainó poco después de las diez de la mañana. Pero después del mediodía la nieve tomó su lugar. Sin embargo, el viento no había hecho más que empeorar.

Igor había estado de un humor inestable y desagradable durante todo el día, por lo que Kataryna lo evitó todo el tiempo.

El tren inició un suave descenso por una curva de poca pendiente, mientras la nieve se desparramaba por las llanuras circundantes y en las bases de las lejanas colinas. La nieve era barrida a ambos lados en dirección a un torbellino extrañamente negro, al mismo tiempo que las ventanas se batían con fuerza. El tren avanzaba con tal lentitud que se podía oír el tosco sonido de la maleza seca y helada al chocar con los bajos del vagón.

Kataryna sintió que el temor se adueñaba de ella, haciendo que su corazón se tornara de repente más pesado, oscilante y precipitado. Odiaba el efecto que la tormenta ejercían sobre ella.

La ventana traqueteaba con más fuerza, amenazante. Los pálidos rostros de los pasajeros se veían tensos y vigilantes, mientras la locomotora proseguía su penoso avance a causa de la tormenta y la nieve.

Los árboles contraídos, retorcidos y marchitos parecían acercarse más y más al vagón, como fantasmagóricas figuras de una obra de terror.

Se sintió de pronto una fuerte sacudida y el agravado crujir que anunciaba la fractura total de la madera. Kataryna dio un respingo al recibir el fuerte bandazo. El vagón se inclinó hacia la derecha. Las ventanas trepidaron con más fuerza, una de ellas se hizo añicos, lanzando una nube de fragmentos afilados y el viento ingresó por el vagón con estrépito. Hizo crujir los bancos de madera y esparció decenas de hojas de periódico por todo el vagón, mientras alguien lanzaba un chillido, un sonido largo y agudo que sobresaltó a todos. La locomotora terminó por detenerse con un agudo chirrido de frenos.

Daryna inhaló el aire helado que ingresaba a través de la ventana rota, le congeló la garganta y la hizo toser. Kataryna trató de cubrirla con su cuerpo.

El hombre de los cabellos sucios retrocedió a rastras hasta la parte trasera del vagón prorrumpiendo en alaridos desesperados. Tambaleante, chocó con la puerta y cayó al suelo mientras seguía gritando.

Igor se puso de pie como por efecto de una descarga eléctrica y se abalanzó en dirección al hombre que profería alaridos desgarradores. Por alguna extraña razón incomprensible, todos los demás pasajeros permanecieron petrificados por unos segundos en consternado silencio, contemplando con horrorizada fascinación.  

Igor se detuvo a medio camino del pasillo, la ráfaga que ingresaba por la ventana le alborotó el cabello. Profundas líneas atravesaban su frente y las comisuras de su boca al observar atónito que uno de los ojos del hombre que yacía en el suelo sangraba profusamente. Retrocedió un paso, su labio superior subía y bajaba con rapidez en un gruñido inconsciente. Reanudó sus pasos apresurado y se arrodilló junto al hombre intentando determinar que le había ocurrido. Era la primera vez en mucho tiempo que Igor parecía pisar tierra y mostrarse preocupado por alguien más que no sea él mismo. Examinó al herido que no dejaba de gritar mientras la sangre manchaba sus mechones lacios en finos ribetes.

Daryna lloraba presa de incontenibles sollozos, mientras se aferraba al borde del banco.

 La mujer regordeta pareció contagiarse de la desesperación de la niña y gruesas lágrimas le rodaron por las rechonchas mejillas.

 Kataryna permaneció sentada, contemplando con espanto aquel inimaginable espectáculo, sosteniendo los hombros de su hija, paralizada, atenazada por dentro. La escena le recordó por alguna extraña razón a una obra trágica, de aquellas que su padre solía leerle cuando ella era niña.

_ ¡Que alguien me ayude! _ gritó Igor a los aterrorizados testigos_ ¡necesito algo para detener la hemorragia!

En aquel momento, se desató el caos y el pandemonio más absolutos. La gente empezó a correr de un lado a otro, gritando, llorando. Pareció como si una chispa de electricidad saltara alrededor de las cabezas de los espectadores poniendo a todos los cabellos de punta.

 Daryna se puso a temblar, dominada por una terrible sensación de miedo y angustia. Kataryna intentó calmarla, temía que aquellos hechos terribles quedarían marcados en ella para siempre.

No hubo mucho que Igor pusiera hacer por el hombre, los chillidos agudos fueron bajando de tono, hasta que solo emitió ahogados quejidos. Pronto, cesaron por completo. Igor pudo entonces comprobar que un fragmento de vidrio roto había cercenado el ojo del hombre llegando probablemente hasta alguna parte del cerebro. El horrendo espectáculo no duró más de cinco minutos, pero para los horrorizados espectadores supuso una eternidad.

Bajo la mortecina luz roja de las bombillas de emergencia instaladas en las esquinas del vagón, Kataryna vio que una figura oscura se agitaba y rompía los cristales de la puerta. La figura salió despedida a través de ella, aterrizó sobre la nieve con un golpe sordo, rodó sobre sí mismo. Kataryna pudo comprobar que se trataba del hombre larguirucho. Poco después, el maquinista y el fogonero ingresaron al vagón y retiraron el cadáver ayudados por Igor.

La pesada nieve se convirtió en aguanieve, ya al atardecer, cuando la noche se acercaba. Había caído desgarrando las ramas de los árboles con un sonido crepitante como de disparos de madera seca.

Igor parecía turbado y confundido cuando regresó a su asiento sacudiéndose la nieve, haciendo que una cascada de polvo rojo y fino brillara por un momento en la oscuridad bajo las bombillas de emergencia.

Los pasajeros se mantuvieron arremolinados en el fondo del vagón intentando mantener el calor hasta que alguien viniera a rescatarlos. Las luces de las bombillas de emergencia se reflejaban afuera accidentalmente, sobre la nieve helada y a través de la ventana destrozada.

Cuando al fin los rescataron, la aguanieve se había helado formando sólidas figuras de singulares formas.

 Las nubes fueron abriéndose. Entre las que quedaban todavía en el cielo se filtraban los rayos fríos y azulados de la luna llena cuando reemprendieron la marcha.

 La turbación de Igor se alargó por algún tiempo, y terminó trasportándolo a un estado de enfrascamiento todavía más profundo.

Debajo de la luz tenue cuando la oscuridad del amanecer empezó a decolorarse, Kataryna observó los bodes de una casa y una alameda por un camino de grava lisa que circulaba una plantación. La casa se erguía al resguardo de ancestrales y venerables abetos. Contra la lastimera luz anaranjada del alba, la casa parecía salida de un cuento de hadas.

El tren se detuvo en la estación de Bremen poco después. Cuando desembarcaron, los primeros rayos del sol reptaban por entre las chimeneas de los edificios que se alzaban delante de ellos. La calle principal cubierta por una capa de hielo brillaba como la superficie de un metal.


[1] Heráldica: es la ciencia del blasón. Y como blasón se entiende el arte de explicar y describir los escudos de armas de cada linaje de cada ciudad o cada persona.

[2] Teutónico: relativo a una orden militar o religiosa creada por peregrinos alemanes en el siglo XII, o a los caballeros de esta.

[3] Bigos: especie de chucrut o col fermentada ácida con trozos de carne y salchicha.

[4] Periogies: Pasta parecida a los varenyky en su versión polaca.

Casa 110 (fragmento)

II

 Cuando estuvieron frente a la puerta de la casa, sus miradas se cruzaron, no pudieron evitar verse a los ojos profundamente. Alejandro la bajó con cuidado, abrió la puerta y dejó que ella pasara. Laura se encaminó a la cocina con dificultad, al flexionar las piernas, sentía un dolor punzante y rítmico en las rodillas. Los codos no estaban mejor. Sentía los músculos de su cuerpo tensos y pesados, debido a la sobrecarga a la cual los expuso. Le dolía el cuello, lo tenía un poco rígido al igual que los hombros. Movió la cabeza de un lado a otro y se masajeó la parte posterior del cuello con una de sus manos. De inmediato, su rostro se tensó en una mueca de dolor. El codo se encontraba bastante lacerado y adolorido.

_ No deberías estar caminado _ dijo el abogado_ necesitas acostarte.

_Necesito tomar algo_ dijo ella_ estoy sedienta, tengo la garganta seca y adolorida.

Alejandro la observó con el ceño fruncido y los brazos en jarra.

_ Era de esperarse, estuviste a punto de morir_ dijo con voz grave. _ No entiendo cómo puedes restarle importancia.

_No le resto importancia, pero no deseo que me veas como una víctima, estoy bien dentro de lo que cabe.

Alejandro suspiró resignado.

_ Te prepararé un café y algo de comer. Te tomarás un baño, te curaré las heridas, luego hablaremos de lo que viste y después decidiremos que hacer_ dijo en tono firme pero dulce, transfiriéndole tranquilidad, como si una madre estuviera corrigiendo a algún hijo algo travieso.

Laura no pudo objetar nada, se quedó viéndolo con los labios separados y los ojos bien abiertos.

_Ahora, siéntate aquí_ dijo retirando una de las sillas de la cocina.

Laura se sentó despacio intentando que sus adoloridos músculos no sufrieran demasiado. Emitió un leve suspiro y observó al abogado de espaldas moviéndose en la cocina, preparando café y un sándwich de queso para ella. No era la primera vez que veía a Alejandro en la cocina, pero todas las veces eran para ella como la primera. El abogado estaba acostumbrado a vivir solo, lo había hecho desde muy joven, y no le molestaba en absoluto los quehaceres de la casa. Laura sonrió para sí misma al verlo concentrado en lo que hacía. Era agradable tenerlo cerca y saber que podía contar con él siempre que lo necesitara. Alejandro cortó unas fetas de queso. Luego tomó el pan y lo partió en medio con un cuchillo. Preparó el sándwich y lo puso en un plato. Volteó y se encontró con Laura quien exhibía una media sonrisa en los labios y lo observaba con atención.

_ ¿Sucede algo? _ preguntó él.

Ella sacudió la cabeza negando.

_No sucede nada_ dijo y se levantó apoyando las palmas de ambas manos sobre la mesa para ayudarse _ me lavaré las manos_ agregó mientras se acercaba al lavabo de la cocina.

Abrió el grifo y metió las manos debajo del chorro. La tibieza del agua la relajó un poco. Se lavó las manos y luego se las secó con un secador de cocina. Volvió al asiento que ocupaba y se sentó en él. Tomó el sándwich con ambas manos y le dio un buen mordisco. Mientras tanto, Alejandro le sirvió una taza recién hecha de café. Se la puso enfrente, ella tomó un sorbo y cerró los ojos disfrutando del aroma y el sabor tan reconfortantes. Suspiró algo más aliviada y luego abrió los ojos y se encontró con la mirada penetrante y escrutadora de Alejandro.

_No me gusta verte molesto_ dijo ella.

_No lo estoy_ contestó el abogado.

_No parece_ dijo ella y bajó la mirada algo avergonzada.

_No lo estoy, contigo_ aclaró.

Laura levantó los ojos de nuevo tratando de comprender lo que él quería decir.

_Estoy molesto conmigo mismo por dejarte bajar a ese hueco_ dijo consternado.

_No tienes porque, no soy una niña, tomo mis propias decisiones_ dijo mientras daba buena cuenta del resto del sándwich.

_ Lo sé, lo sé_ dijo frustrado levantando las palmas de ambas manos como si estuviera rindiendo. _ Pero eso no quita que estuvieras a punto de morir, por algo que no vale la pena.

Alejandro la observó con aire triste y afligido. Odiaba verla de esa forma, su pelo era una maraña pegajosa y sucia. Su rostro estaba cubierto de polvo y en una de sus mejillas tenía varias magulladuras. Sin contar que estuvo a punto de morir asfixiada.

_Quisiera tomarme un baño_ dijo ella tratando de cortar la discusión.

_Desde luego, tómate el tiempo que necesites, luego voy a curar tus heridas_ dijo.

Laura asintió y volvió a levantase, caminó despacio hacia su cuarto sintiendo las piernas enervadas como dos palos de madera, se detuvo en la puerta del baño y se volvió a observar a Alejandro que caminaba nervioso de un lado a otro de la sala. Laura suspiró avergonzada, pensó que no tenía derecho de hacerlo pasar por todo eso y el pecho se le oprimió de tristeza.

 Ingresó al baño y cerró la puerta. Se desvistió con dificultad, le dolía todo el cuerpo, sentía como si un tren le había pasado encima. Se observó los codos y las rodillas sucias y ensangrentadas. Abrió la llave de la ducha y sostuvo una mano debajo del agua para constatar la temperatura. Entró en la ducha, ajustó el agua hasta que estuviera todo lo caliente que su cuerpo pudiera soportar y luego tomó el jabón. Lavó de nuevo sus manos, estaba vez con sumo cuidado, fregándolas hasta eliminar todo rastro de suciedad incluso por debajo de sus uñas, luego se lavó el pelo tarareando en voz baja, casi en un susurro una canción de cuna que su madre solía cantarle cuando era niña y estaba asustada. Recordó los terribles momentos en aquel estrecho pasaje que estuvo a punto de convertirse en su tumba. Si Alejandro no hubiese estado allí, pensó, y la opresión en su pecho se agudizó y empezó a sollozar.

Salió cinco minutos después, mucho más relajada y algo más tranquila. El llanto la ayudó a calmarse y a balancear su estado de ánimo. Se secó y su cuerpo empezó a sentirse como el suyo de nuevo y no como un edificio construido con pedazos de cristales rotos. Se vistió con una camiseta mangas cortas y el pantalón de uno de sus pijamas. Recordó lo que Alejandro le había dicho sobre curar sus heridas. Se peinó frente al espejo y pudo observar con detenimiento las magulladuras en su rostro. Pensó que no dejarían marcas permanentes. Se secó el pelo con la secadora. Fue un trabajo arduo y lento, porque le dolían la espalda, los hombros y los brazos. El agua caliente la había ayudado, pero desde luego distaba mucho de estar repuesta. Cuando volvió a mirarse en el espejo, el reflejo la dejó con los ojos exaltados, vio el rostro relajado y los ojos agradecidos de Linda. Volteó de inmediato y como era de esperarse, no había nadie detrás de ella.

_Espero que esto signifique que apruebas lo que hice_ dijo en voz alta como si hablara consigo misma cuando en realidad se dirigía a Linda.

Salió del baño y fue hasta la sala. Alejandro la esperaba ansioso y preocupado, si bien le había dicho que se tomara su tiempo, estuvo a punto de entrar en su habitación y tocar la puerta del baño para cerciorarse de que estuviera bien.

_Ven, siéntate aquí_ le dijo señalándole uno de los sillones de la sala.

Laura obedeció sin protestar, se sentía culpable por arrastrar a Alejandro a tamaña locura. Se percató de que, si hubiese muerto bajo aquella casa, Alejandro hubiese cargado con la culpa de su muerte y los problemas legales que eso le acarrearía.

El abogado se había hecho con algunos medicamentos del botiquín de emergencia de su casa mientras Laura se tomaba la ducha. Tomó un trozo de algodón y lo mojó con un desinfectante.

_Probablemente esto te arda un poco_ dijo tomando el brazo derecho de Laura limpiando la herida del codo.

La curó con sumo cuidado tratando de no lastimarla más de lo que ya estaba. Bajo su mano sintió la tersa y suave piel de la psicóloga, los dedos de Alejandro, la acariciaban con suavidad mientras la curaba. Sabía que lo mejor sería no dejarse llevar, no permitirse sentir lo que estaba sintiendo, pero no podía evitarlo.

 Laura lo observaba hacer con atención, tenía sentimientos encontrados. Por un lado, pensaba de que estaba convencida de no querer involucrarse con “nadie” sentimentalmente. Pero, por otro lado, una parte de su mente le decía que Alejandro no era “nadie”, que él era especial, que se lo había demostrado infinidad de veces, apoyándola en toda la locura en la que se había convertido su vida en los últimos meses.

_Déjame ver el otro brazo_ dijo el abogado una vez que terminó con el primero.

Laura obedeció como si fuera una niña pequeña acatando las ordenes de un adulto. Alejandro tomó la muñeca de Laura con su mano izquierda. Laura sintió la calidez de sus dedos serpenteando sobre su piel, haciéndola estremecer. Alejandro la miró a los ojos mientras recorría su brazo lentamente. Laura no pudo sostenerle la mirada, temía que él leyera en su rostro mucho más de lo que ella estaba dispuesta a revelarle.

_Flexiona el brazo_ dijo.

Laura hizo lo que él le había pedido.

Alejandro detuvo su atención en el codo magullado. Había sangrado un poco, pero la sangre ya se había coagulado. Tomó otro algodón y repitió el mismo procedimiento que con el codo anterior. Limpió la herida con pequeños toques suaves y lentos, hasta que se dio por satisfecho.

_Está listo, ahora déjame ver las rodillas_ pidió.

Laura se arremangó el pantalón y dejó expuestas las rodillas. Alejandro emitió un suspiro angustiado, pero no dijo nada. No quería parecer posesivo con ella. Después de todo, Laura no era más que una amiga y estaba seguro de que nunca habría nada más profundo entre ellos, aunque la idea le producía cierta amargura. Observó con detenimiento las heridas, la lesión en la rodilla derecha no parecía muy grave. Por el contrario, la de la rodilla izquierda era profunda, y había sangrado profusamente.

_Creo que deberías ir al hospital tal vez necesites sutura_ dijo el abogado algo preocupado.

Laura se examinó la herida con detenimiento. Tenía unos cinco o seis cortes poco profundos en la parte superior de la rodilla, pero el de la parte inferior era más amplia y profunda, podría volver a sangrarle si hacía algún esfuerzo. Pero pensó que no era necesario suturar.

_Solo necesito proteger la rodilla y no ensuciarla para que no se infecte_ dijo.

Alejandro asintió y le limpió ambas rodillas, con sumo cuidado. Tomó esparadrapo y gasa y cubrió la rodilla. Después fijó su atención en el rostro de Laura. Los rasguños no eran profundos y no dejarían secuelas. Limpió la herida sin dejar de observarla. Laura tenía la mirada fija en algún punto sobre el hombro de Alejandro, para evitar mirarlo a la cara.

_No tienes que preocuparte por estas magulladuras, se curaran pronto_ dijo dejando todo a un lado y poniéndose de pie.

Se quedó parado frente a Laura sopesando que hacer. Tenía dos opciones, obligarla a acostarse y descansar o esperar a que ella empezara a hablar sobre lo que había encontrado debajo en el l sótano. Decidió dejar a que ella tomara la iniciativa.

Alejandro recogió los medicamentos que había traído desde su casa, esperando a que ella se decidiera a hablar. Laura lo miraba de soslayo mientras él colocaba el desinfectante en un pequeño maletín con medicamentos de primeros auxilios.

_Puedo darte un calmante para que te relajes y disminuyan las molestias_ dijo sin mirarla cuando terminaba de arreglar las cosas.

_Gracias_ dijo ella y volvió a sentir aquella opresión cada vez más recurrente.

Se sentía muy sensible, la experiencia que había vivido fue extrema. Cuando Alejandro la sacó del sótano, no estaba preparada para enfrentar la dura realidad. Pero ahora, después de un tiempo, su mente empezaba a asumir lo que había sucedido y a percatarse de que estaba actuando riesgosa e irracionalmente. Sentía a Alejandro algo distante y molesto, eso la perturbaba. Separó los labios y aspiró profundamente antes de susurrarle a Alejandro algo que él no entendió. El abogado la miró interrogante y antes de repetir lo que había dicho se aclaró la garganta un par de veces.

_Perdóname_ dijo acongojada.

_ ¿Perdonarte? No tengo nada que perdonarte_ dijo confuso.

_Me he comportado de forma insensible contigo, he estado absorta con todo lo que me estaba sucediendo que no quise darme cuenta de que te arrastraba conmigo a toda esta locura. Solo pensé en mí, me agradaba tenerte a mi lado, que me apoyaras en esto, y no pensé en ti. Si hubiese muerto en ese agüero_ dijo titubeando_ te hubieras culpado por mi muerte, cuando en realidad, la única culpable habría sido yo misma.

_No tienes que pedirme disculpas, si hago esto es porque me importas, no me arrastras a nada_ dijo y guardó silencio por un momento antes de continuar_ si estoy contigo es porque así lo quiero. _ dijo penetrándola con sus expresivos ojos.

Laura bajó la mira de inmediato, se sentía vulnerable frente a él. Todo lo que le decía la afectaba profundamente. Alejandro levantó una de sus manos, titubeó por un segundo y luego acarició la mejilla de Laura al tiempo que ella bajaba la mirada.

_Mírame Laura_ dijo y el corazón de la psicóloga dio un vuelco.

Su voz era suave, tierna, pero a la vez atrayente y sensual.

_Una vez te dije que haría lo que fuera por ti, y lo dije en serio_ declaró con los ojos brillantes.

Laura tragó saliva con dificultad y se obligó a regalarle una sonrisa confiada, cuando en realidad toda la seguridad de la cual alguna vez hizo alarde se había desmoronado como un castillo de naipes. Trató de asimilar lo que él acababa de decirle, pero su mente lo encontró difícil de hacerlo, la idea era como una voluminosa pieza de mueblería que no cabía por una estrecha puerta. Trataba de encontrar el ángulo adecuado para que finalmente cupiera. Se preguntó si lo que estaba sintiendo por Alejandro era amor. Trato de convencerse de lo contrario. Levantó la mano lentamente a su rostro tratando de desaparecer esa idea, pero una voz en el fondo de su mente, respondió la pregunta con inquietante alarma. “Estás enamorada, pero no quieres aceptarlo”

_Será mejor que vaya a la policía y ponga la denuncia_ dijo ella evitando tener que oír a aquella voz en el interior de su cabeza.

Alejandro suspiró, Laura volvía a evitar el tema, se sentía frustrado, pero no podía hacer nada al respecto.

_Primero, será mejor que me digas lo que encontraste y luego tendremos que ponernos de acuerdo en lo que le diremos a la policía_ contestó.

Laura suspiró asintiendo y luego le contó todo a Alejandro.

HISTORIAS ENTRELAZADAS ( Kataryna)

IV

Como el hombre de los labios rojos prometiera, consiguieron los caballos a precio inmejorable. Emprendieron el viaje a tempranas horas del siguiente día, que prometía ser apacible y relajante.

_Pónganse cómodos, nos espera una larga marcha hasta el siguiente pueblo_ fue todo lo que Kostchy dijo durante todo el día, con una sonrisa que Kataryna consideró extrañamente lastimera.

Aún no había amanecido, pero delante de ellos se esbozaba ya el perfil oscuro del horizonte. En los desnudos árboles gorjeaban algunos pájaros, que se arriesgaban tenazmente a hacer frente a la frígida atmósfera. Probablemente charlaban de las gélidas heladas de la noche anterior o de sus planes para el inminente nuevo día.

Daryna sintió una corriente de aire gélido que la hizo estremecer y se ovilló en los brazos de su progenitora.

A poco más de las diez de la mañana, el sol fulguraba ya en el cielo dando la impresión de que el crudo invierno se estaba alejando al fin, cuando, por el contrario, solo acababa de iniciarse.

Igor mantenía la mirada fija en la carretera y le pareció que ésta se había convertido en una vil serie de cuestas sin sus correspondientes bajadas. De seguir así, deberían detenerse para que los caballos descansaran. Fue eso exactamente lo que determinó el conductor pocos minutos después.

Dos horas después, reanudaron la marcha. La carretera inició su lento descenso poco después, al tiempo que notaron la compañía silenciosa de las acequias que bordeaban la carretera. El agua fluía apenas debajo de una delgada capa de hielo.

 Poco después de la cinco de la tarde, les quedaba por recorrer algo así como catorce kilómetros para el siguiente pueblo. El aire crepuscular, helado parecía empezar a condensarse alrededor de los caballos, llenándose de algo muy parecido al humo. La niebla baja espesa se enroscaba con apariencia lechosa entre las acequias y los troncos de los árboles.

Las conversaciones entre Daryna y Kataryna se fueron apagando con la caída de la oscuridad. Pronto, el silencio resultó opresivo. Las sombras eran cada vez más profundas, la niebla se enroscaba en pequeños cuajos, aglomerándose. Todo parecía absolutamente sobrenatural, cuando en realidad era completamente natural.

La niebla baja se esparcía por la carretera en quebradizos jirones. La lámpara que Kostchy había encendido para ayudarse a avanzar a través de la pronunciada tiniebla confería a la silueta de la tartana el aspecto de un islote oscuro, que de algún modo parecía navegar a la deriva en un mar oscuro y tenso.

Divisaron las primeras farolas del pueblo media hora después, parecían sacudirse y titilar como si les dieran la bienvenida. Daryna pareció animarse al verlas y reinició una charla alegre y divertida con su madre.

Los días y los pueblos se sucedían uno de tras de otros. El siguiente al que llegaron era algo más de lo mismo. Se trataba más bien de una suerte de asentamiento humano más que de un pueblo, con una sola calle cuyas casas podían contarse con los dedos de sus manos, además de una plaza con un monumento a los soldados caídos durante la Primera Guerra Mundial.

Frente a él, estaba una mujer con un ramo de flores que Kataryna trató de imaginar de donde lo había sacado en pleno invierno. Tenía los ojos cerrados y parecía estar rezando.

 Un muchachito de unos nueve o diez años, sentado en una de las tres frías bancas, daba cuenta de un bocadillo, que de inmediato les hizo agua la boca. Y como para confirmar la situación, el estómago de Daryna gruñó sonoramente. En su mirada asomó una expresión algo avergonzada pero risueña.

_Descansaremos aquí y comeremos algo_ dijo el conductor como si contestara a alguna pregunta no formulada.

Kataryna volvió a dirigir su atención hacia el lugar en donde poco antes estaba la mujer, pero esta había desaparecido. Sin embargo, el muchachito, dejó de lado su bocadillo por un momento y alzó la vista desde detrás del cabello negro y graso que caía sobre sus ojos para prestar atención a la tartana que se movía con lentitud a través de la calle. Se levantó de un salto y espetó a voz en cuello en dirección a los recién llegados.

_ ¡La taberna de Adelaida es el mejor lugar para comer!

Kataryna se echó a reír de buena gana.

_Linda forma de promoción_ dijo.

_Adelaida es su madre_ contestó el conductor encogiéndose de hombros_ y no necesita promocionarlo, ya que es la única taberna del pueblo_ agregó.

Se apearon poco después, y en pocos minutos estaban sentados frente a un humeante plato de sopa de centeno, que, a pesar de no ser extraordinaria, le supo a gloria.

Reemprendieron la marcha poco después de la dos de la tarde, los antiguos arboles de olmo quedaron atrás y los campos desnudos tomaron su lugar. El agua en las acequias discurría ahora con más facilidad dejando oír su suave murmullo.

El siguiente pueblo al que llegaron, era hasta aquel momento, el más grande de todos por los que habían transitado. A la derecha, poco antes del arco de entrada que rezaba “Bienvenidos a Skierniewice” en letras negras y mayúsculas, observaron una vieja cabaña que presentaba un aspecto triste y abandonado con el pórtico cerrado y con las yerbas que el verano anterior había crecido sin control sin segar, entre los astillados escalones de piedra del porche.

_La cabaña podría ser muy agradable si alguien se tomara la molestia de arreglarla_ dijo Kataryna.

Se percató que había expresado sus pensamientos en voz alta cuando las palabras escaparon de sus labios.

_Los dueños han muerto, a los herederos no les interesa mantenerla, se mudaron a Varsovia_ contestó el conductor.

Kataryna lo observó sorprendida, era la primera vez que conversaba abiertamente con ella.

Pasaron por debajo del arco y se internaron en la calle principal ancha y perfectamente adoquinada. Pasaron ante un pequeño restaurante cerrado con un gran cartel algo oxidado en la parte delantera que rezaba: “Restaurante Skierniewice” en letras rojas deslucidas. Kataryna pensó que las desteñidas letras rojas se veían en cierta forma algo siniestras, como si de sangre escurrida se tratara.

A la derecha, observó a dos hombres que caminaba por la acera. El primero era pequeño y bastante rápido, de rostro ceñudo, y ojos inquietos. Sus rasgos eran afilados y fuertes. Sus manos también pequeñas y de brazos delgados pero fuertes. Poseedor de una nariz delgada y hasta se podía decir que algo huesuda.

 Detrás caminaba el segundo, su antítesis, un hombre enorme, con una luna llena por rostro, de ojos pequeños y pálidos. Hombros anchos y encorvados, que caminaba pesadamente, arrastrando los pies como un oso. Sus brazos colgaban a los costados laxos.

Más adelante, frente a un edificio rectangular pintado de celeste, decenas de niños salieron corriendo y se dispersaron a ambos lados de la calle. Llevaban en sus manos libros y cuadernos de apuntes. Dos de ellos se detuvieron justo frente a la puerta de entraba. Uno de ellos hacía girar una resortera en un patrón que Kataryna consideró bastante complicado. El otro sonreía en forma graciosa, que la hizo pensar en uno de aquellos payasos de circo que solía hacerla reír cuando era pequeña. El niño volvió a sonreír, pero al igual que aquellos payasos de circo, la sonrisa no llegó hasta sus ojos.

Se detuvieron diez minutos después, frente a una taberna muy concurrida, los lugareños los escrutaron con mirada de curiosidad.

_Nos quedan dos días de viaje hasta Varsovia_ dijo Kostchy_ mi trabajo termina allí.

Kataryna asintió mientras llevaba a la boca el último bocado de su almuerzo.

_Una vez en Varsovia, tendrán que abordar el tren hasta Bremen_ continuó el conductor.

Esta vez fue Igor quien asintió con un suspiro largo y profundo. Su largo viaje estaba lejos de culminar.

Cuando dejaron atrás el pueblo y los campos tomaron de nuevo su lugar, observaron un camino de tierra a la derecha que partía de la carretera principal. Junto al camino vieron a un agricultor que los contemplaba con detenimiento. Era un hombre anciano con el rostro lleno de hondas arrugas y con un abultado abrigo de lana.

Daryna le dirigió un saludo, pero el campesino no respondió, ni sonrió, ni frunció el ceño, parecía completamente indiferente. Solo se limitó a seguir observando. A Igor le recordó a un espantapájaros, de aquellos que plantaban en los campos para espantar a las aves que amenazaban con terminar con los cultivos.

El hombre anciano quedó atrás y Kataryna casi se alegró de ello, se había sentido juzgada e indeseada.

Más adelante, pasaron por una confluencia de caminos flanqueados por una multitud de olmos, que les hizo pensar que volverían a internarse en el bosque. Pero pronto,

los campos se impusieron de nuevo.

Al final de la tarde, la carretera se inclinó suavemente tras una curva cerrada y apareció a lo lejos las primeras casas del nuevo pueblo. Las ruedas de la tartana surcaron la calle de tierra del pequeño pueblo cuando la única farola se encendía. Al atravesar el claro de luz, la silueta de la tartana formó en el suelo, una sombra alargada y fantasmal. A lo lejos se oyó el graznido de una lechuza.

Kataryna se puso a pensar en que los recuerdos eran como aquel rastro que dejaba atrás la tartana sobre el suelo. Cuanto más se alejaba, más confusa e imprecisa se hacía hasta que finalmente no quedaba más que el suelo liso y un telón negro, la nada absoluta de donde todos habíamos aflorado. En cierto modo, los recuerdos eran como aquella calle, ahora era palpable y real. En cambio, la carretera que habían recorrido temprano en la mañana de aquel mismo día quedaba remoto en el abandono de la mente.

V

A las doce menos veinte de aquel día, dos de diciembre, la tartana se deslizó con lentitud por una de las calles más concurridas de Varsovia.

Kostchy los dejó frente a la estación del tren y se despidió de la familia con una sorpresiva sonrisa cargada de buenos deseos.

Kataryna tenía la cabeza confusa y algo inquieta. Los ojos enrojecidos y el cuello bastante rígido.

Igor llevaba las dos piernas pesadas y tensas como palos. Los músculos adoloridos y languidez en el estómago. Se sentía aturdido y agotado.

Por su parte, Daryna soportaba punzadas en la parte trasera de la cabeza y llevaba las mejillas extrañamente pálidas.

Un reducido grupo, que consistía en dos hombres de mediana edad y una mujer que aparentaba haber celebrado recientemente su primera centuria, los observaban con interés desde el otro lado de la calle.

 El primer hombre era delgado y alto. Los ojos azules parecían confiables y francos. Llevaba un abrigo largo y negro de piel de oveja que le llegaba hasta los tobillos.

 El segundo hombre algo más bajo, llevaba una gorra para protegerse la cabeza completamente calva.

 La anciana, cuyo rostro semejaba algún antiguo pergamino, llevaba la cabeza cubierta por una pañoleta con bellos diseños florales.

Ninguno de los tres miembros de la familia se había percatado de la atención que suscitaban en aquel insólito grupo. Seguían de pie en el mismo lugar en donde se habían apeado, incapaces de decidir cuál sería su siguiente movimiento.

Un niño de unos diez u once años se acercó a los dos hombres y a la mujer con paso rápido. Se puso de puntillas y le habló al hombre de los ojos confiables. Acto seguido, los cuatro se pusieron en movimiento acercándose a la familia. Cuando se hallaron solo a unos pasos, la mujer fue la primera en hablar.

_Disculpen la intromisión_ dijo en un perfecto ruso.

Kataryna e Igor giraron sobre sus talones al oír aquella seca y acartonada voz. Mientras que Daryna fijó su atención en el niño que le sonreía amistosamente.

Kataryna no pudo evitar fijar su atención en el rostro ajado y marchito de la mujer con inquieta fascinación. Al mismo tiempo, Igor observó al hombre de ojos confiables y francos extender una sonrisa que se le pareció demasiado ancha y distendida para ser provechosa.

_Los hemos visto bajar de la tartana, y pensamos enseguida que vienen de Ucrania_ dijo la mujer.

El cerebro de Igor que hasta completamente detenido desde que se había apeado de la tartana de improviso engarzó de nuevo y en sus ojos empezó a disiparse la expresión de aturdimiento inicial.

_Venimos a la estación todos los días, esperando por ucranianos que necesiten asistencia_ dijo el hombre de la gorra con una sonrisa que a Kataryna le pareció agradable.

_No necesitamos ayuda_ contestó Igor al mismo tiempo que levantaba sus pocas pertenencias del suelo e intentaba alejarse arrugando la nariz como si percibiera un mal olor.

_No nos mal interprete_ dijo la anciana adelantándose un paso_ no buscamos dinero, solo queremos ayudar. Hemos visto a muchas personas que intentan ir a Bremen o que desean quedarse aquí. Intentamos ayudarlos eso es todo.

_Le repito, no necesitamos ayuda_ espetó Igor en un tono algo ácido.

Daryna pareció alarmarse al oír a su padre, pero el niño se acercó a ella, rebuscó algo en el bolsillo de su abrigo para luego acercárselo a la niña. Se trataba de un bocadillo envuelto en un trozo de papel. Daryna, a quien a la vista del bocadillo se le hizo agua la boca, paseó su mirada entre su padre y su madre tratando de definir si era correcto aceptar el obsequio. Al ver que ambos progenitores se hallaban enfrascados en aquella extraña conversación con los extraños, decidió que estaba bien aceptar el bocadillo. La expresión de alarma desapareció sin más de sus ojos y tomó el obsequio con una sonrisa de agradecimiento. De inmediato le dio un gran mordisco.

_Necesitamos llegar a Bremen_ dijo Kataryna desatendiendo la mirada de cautela de su esposo.

_Podemos ayudarlos. El tren no sale hasta dentro de una semana. Necesitan donde dormir y donde comer_ dijo el hombre de los ojos confiables.

Acto seguido, Daryna hizo una declaración un tanto pueril, que hizo reír a todos menos a su desconfiado padre.

_ ¡Está delicioso! ¿Tienes otro más escondido en tu bolsillo?

_Puedes comer todo lo que gustes si nos acompañan_ dijo la anciana que se inclinó dificultosamente frente a la niña.

_Me llamo Misha_ dijo el de los ojos confiables_ y él es Sergey_ agregó señalando a su compañero.

_Yo soy Lena_ dijo la anciana con una sonrisa_ Solo nos interesa ayudar a nuestros compatriotas. ¿Cómo te llamas preciosa? _ preguntó dirigiéndose a la niña.

_Daryna_ contestó la niña mientras terminaba el último bocado del apetitoso obsequio.

_Soy Kataryna_ dijo la joven madre.

Todos posaron su mirada en el hombre de la familia, a quien no le quedó más remedio que responder.

_Soy Igor_ dijo con algo de desdén en la voz.

_Tenemos una pequeña fábrica de ollas aquí en Varsovia, contratamos ucranianos que desean quedarse a intentar suerte aquí, o los ayudamos a que lleguen a Bremen si desean tomar algún barco. Nos va bien y queremos retribuir en algo.

Una chispa de envidia envenenada saltó en la cabeza de Igor y ardió un fuego que se extendió enseguida en su corazón. Antes de los rojos jamás habría tenido que aceptar la caridad de nadie. Gracias a aquellos desgraciados, ahora se veía en la obligación de aceptar limosnas.

_ ¿De dónde vienen? _ preguntó la mujer dirigiéndose a Kataryna.

Antes de que la muchacha pudiera responder, Igor la hizo callar con un gesto de su mano.

_Venimos de Kiev_ respondió.

_Les ayudaremos a llegar a un hospedaje económico.

_ ¿No les representará algún problema? _ preguntó Karatyna.

 _ Ninguno. Pero si no tienen dinero para pagar, podemos conseguirles un trabajo temporal si deciden dirigirse a Bremen_ dijo el de la gorra.

_Podemos pagar el hospedaje_ contestó Igor.

_ ¿Piensan quedarse y probar suerte? _ preguntó la anciana.

_No, nos vamos a Bremen_ respondió Igor.

A medida que dejaban la estación, Igor siguió respondiendo a las preguntas de la anciana con escrupulosa concisión, no deseaba darle más información de la necesaria. Con parsimonia siguió adelante por la calle, mirando el escaparate de alguna barbería o examinando el género en alguna sastrería.

El niño que los acompañaba empezó a correr delante de ellos de tal modo que el aire frío le apartaba el flequillo de la frente. Daryna quiso imitarlo, pero su madre la detuvo de inmediato.

_El tren sale en una semana, va hasta Gdanks y allí deberán tomar otro que va hasta Bremen_ explicó el de los ojos confiables.

_Tenía entendido que el tren salía cada dos o tres días_ dijo Kataryna.

_Normalmente, pero la última locomotora de descarriló hace un par de días debido a las fuertes nevadas que han azotado esta parte del país_ dijo la anciana.

_Es una suerte que el clima haya decidido darnos un respiro_ agregó el hombre de la gorra.

Igor seguía inspeccionando tiendas y mirando escaparates obligando a todos a detenerse de tanto en tanto.

Quince minutos después el hombre alto se detuvo frente a un pequeño edificio de una planta que se asemejaba a una iglesia de pueblo. Kataryna pensó que solo le faltaba la cruz y el campanario.

Sergey, el hombre de la gorra sostuvo la puerta para que todos pasaran. Kataryna se mostró algo insegura, pero la calidez de la sonrisa apergaminada de la anciana le dio cierta confianza.

Dentro, en el letrero colgado sobre el mostrador de recepción se leía: “Dobro pozhalovat’, brat’ya”[1]

Convinieron un precio razonable con el dueño del hospedaje que se mostró encantado de poder ayudar a unos compatriotas.

Enseguida, los hombres y la anciana se despidieron de la familia, se alejaron con la promesa de regresar por la mañana para ver cómo se encontraban.

Kataryna y Daryna se apresuraron en ocupar las primeras camas que encontraron en la larga habitación que compartirían con las demás mujeres que se hospedaban en albergue, mientras que Igor recorrió parsimoniosamente el corredor hacia la habitación en donde dormían los hombres.

La cama que ocupaba Kataryna se hallaba cerca de una de las cuatro ventanas de la habitación. A aquellas horas del día no había nadie más, todas las mujeres se encontraban trabajando. Quiso abrir la ventana para que la estancia se aireara un poco. La ventana se deslizó hacia arriba con un chirrido de madera vieja y una lluvia de polvo ingresó en la habitación. Se apresuró a cerrarla de nuevo, lo mejor sería asearse y comer algo pensó.


[1] Bienvenido hermano, en ruso.

CASA 110 (El CUERPO)

I

Regresó a la casa 110, mientras Laura dormía. Cuando estuvo dentro, se quedó pensando en los sucesos de la noche anterior. Hubo algo que lo impulsó a salir de Lima lo más rápido posible. Ese algo fue también el responsable de que fuera a la casa 110 apenas llegó a La Oroya. Y estaba convencido de que ese algo fue quien se encargó de que la puerta estuviera abierta a su llegada. Todo parecía una locura, pero estaba convencido de que fuerzas extrañas y desconocidas intentaban ejercer alguna especie de control sobre la vida de Laura y eso lo inquietaba sobremanera.

Se dirigió a la habitación de visitas y encontró todo tal y como lo habían dejado la noche anterior. Observó el falso piso algo levantado, se arrodilló frente a él y lo abrió por completo. Definitivamente, había un sótano allí. El espacio era muy pequeño, con su altura y sus anchos hombros, le sería imposible bajar por las gradas. Suspiró y se acarició la barbilla, pensativo. Era una locura creer que podía haber un cadáver en aquel lugar, pero, sin embargo, estaba allí, dispuesto a entrar y descubrirlo.

No había estado en la casa más de veinte minutos, cuando oyó a Laura que hablaba a sus espaldas.

_Iré yo_ no creo que puedas entrar allí.

Alejandro volteó a verla asombrado.

_ ¿Qué haces aquí? Deberías estar durmiendo.

_No puedo hacerlo, necesito entrar allí y saber que es lo que hay.

Alejandro se puso de pie al tiempo que sacudía la cabeza de un lado a otro.

_No pienso dejar que bajes allí. ¿Te has vuelto loca? Es probable que nadie haya entrado allí en décadas.

Laura le dedicó al abogado una sonrisa tensa.

_Lo he pensado muchas veces_ dijo ella_ y antes de que en verdad pierda la cordura, quiero saber que es lo que hay allí abajo.

_Entonces, entraré yo_ dijo él poniendo los brazos en jarra.

_Te lo agradezco, en verdad, pero no podrás entrar allí, el espacio es pequeño. Williams era mucho más bajo y delgado que tu y lo hizo con mucha dificultad.

Alejandro suspiró frustrado, no sabía que hacer, no quería que ella bajara, pero sabía que no había forma de hacerla cambiar de opinión tan fácilmente. Se pasó la mano por el pelo mientras pensaba. Se movía de un lado a otro nervioso, con el ceño fruncido. Parecía un animal enjaulado, desesperado y a punto de saltar sobre alguien.

_Pienso que será mejor que hablemos con la policía y que baje alguien preparado, con equipos adecuados.

Laura se acercó al abogado y lo retuvo de uno de sus brazos. Alejandro tuvo que detenerse y mirarla a los ojos con atención.

_No podemos ir con nadie ¿Qué se supone que diremos? No nos prestaran atención si le vamos con la historia de que sé que hay un cadáver aquí abajo porque lo soñé. Pensarán que estoy loca por sugerirlo y que lo estás por seguirme la corriente.

Alejandro suspiró con los ojos puestos en el techo, frustrado e impotente.

_Por favor, deja que baje, te prometo que tendré cuidado. Además, estarás aquí por si pasa algo_ dijo ella.

_ ¿De qué sirve que esté aquí si no puedo bajar si pasa algo? _ preguntó el abogado bastante preocupado.

_No pasará nada.

_No puedes estar segura de eso_ dijo él volviendo a pasarse la mano por el pelo.

_Tendré cuidado_ dijo Laura esperanzada de que él estuviera de acuerdo.

_Está bien_ dijo Alejandro después de unos interminables y tensos segundos. _ Pero al menor indicio de peligro quiero que subas de inmediato.

Ella le regaló una gran sonrisa, los ojos le brillaron.

_A su orden mi capitán_ dijo dedicándole a Alejandro el saludo militar.

_No es gracioso_ dijo él levantando ambas cejas_ no es gracioso que quieras arriesgar tu vida de esa forma.

Laura lo tomó de la mano y le dio un leve apretón.

_No pasará nada, si John me quisiera muerta o si pudiera matarme ya lo habría hecho.

_Eso no me hace sentir mejor y tampoco debería hacerte sentir mejor a ti_ dijo mientras la rodeaba entre sus brazos y la sostenía contra su cuerpo.

Laura suspiró profundamente mientras situaba su cabeza en el hueco del cuello del abogado. Alejandro se inclinó para estar a la altura de su rostro. Aspiró el aroma que emanaba de su pelo cerrando los ojos. Se quedaron así por un par de segundos, luego, se separaron despacio y se miraron a los ojos. Laura pudo percibir en la mirada del abogado temor, preocupación, desazón. Le oprimió el pecho saber que ella era la causante.

_ Será mejor que busque una linterna, es lo único con lo que contarás allí abajo_ dijo Alejandro y la dejó sola en la habitación.

Mientras que Alejandro se dirigía a su casa en busca de la linterna, Laura se sacó el abrigo quedándose solo con un polo mangas cortas, se acercó a la entrada en el piso, y observó las viejas gradas de madera que debía bajar para ingresar al sótano. Eran cinco, y si bien no podía ver mucho, por la oscuridad reinante, pensó que el espacio era muy reducido. Examinó con cuidado el lugar y llegó a la conclusión de que la entrada medía menos de un metro de profundidad. Debería arrodillarse para poder moverse dentro. Alejandro había encontrado los planos originales de la casa y debajo se hallaban las tuberías de desagüe y de agua potable. Los trabajadores ingresaban al sótano cuando debían arreglar alguna cañería. Le parecía increíble que nadie haya encontrado el cadáver o no se hayan producidos olores de descomposición que hubieran alertado al residente de turno.

El abogado regresó en pocos minutos con una linterna bastante potente, un par de guantes de jardinero y una pala. Laura lo miró interrogativa.

_ No creo que me sirva de mucho_ dijo.

_Lo sé, solo se me ocurrió traerla, por si acaso_ dijo con desasosiego.

_Alejandro, no quiero que estés preocupado.

_Es difícil no estarlo_ contestó mientras le acercaba la linterna y los guantes.

Laura le sujetó el rostro con ambas manos y lo acarició con la gema de los pulgares suavemente. Alejandro se quedó inmóvil, sorprendido, era la primera vez que ella le dedicaba una caricia tan intima.

_Voy a estar bien, porque sé que tu estas aquí_ dijo ella para luego exhalar un suspiro profundo.

Él solo atinó a asentir sin poder emitir palabra alguna. Ella le sonrió, se puso los guantes y tomó la linterna.

_Escucha_ dijo Alejandro mientras la detenía por uno de sus antebrazos_ según me informaron en mantenimiento de viviendas, los planos originales probablemente no concuerden con lo que hallarás abajo. Se hicieron múltiples modificaciones con el paso de los años.

Laura solo asintió y le dedicó una leve sonrisa con la intensión de tranquilizarlo, pero el resultado fue todo lo opuesto.

Ingresó al closet, apuntó la linterna dentro y observó por primera vez el interior. No se veía nada más que el suelo de tierra de un tono café oscuro. Laura pudo ver la maraña de tubos metálicos oxidados que recorrían el interior. Observó las gradas, la madera estaba bastante gastada, pero pensó que resistiría su peso. Dejó la linterna en el piso, volteó dándole la espalda a la pared del closet   y situó el pie derecho en la primera grada, esta hizo un sonido crujiente y sordo de la madera que está a punto de ceder, pero no sucedió. Con sumo cuidado, situó el pie izquierdo en la segunda grada. Laura oyó otro crujido intenso y la sensación de que la madera cedía ante su peso. Perdió el equilibrio, pero se sujetó del borde de la entrada. Alejandro se sobresaltó, y se precipitó hacia ella.

_No te preocupes, estoy bien_ dijo.

La psicóloga, bajó el pie derecho despacio sobre la tercera grada, el pie izquierdo tanteó la cuarta grada mientras sus manos se sujetaban de las gradas superiores. Finalmente, su pie derecho pisó la quinta grada y luego el izquierdo descansó suavemente en el suelo del sótano.

_Estoy dentro_ anunció con voz firme.

Alejandro se acercó a la entrada y la miró con ojos atentos e inquietos, mientras ella observaba cada centímetro del espacio que la contenía. Se sentó en cuclillas y dirigió el foco de la linterna hacia el pequeño túnel que tenía delante y por el que tendría que adentrase. A ambos lados pudo observar los tubos de bronce, enredados unos con otros sin ningún orden previo. No se habían tomado muchas molestias al instalarlos.

_Tenías razón con respecto al sótano, el espacio es mucho más pequeño de lo que se veía en el plano. Tendré que arrastrarme de rodillas para poder avanzar_ dijo tratando de demostrar tranquilidad, cuando en verdad estaba hecha un manojo de nervios.

_Por favor, ten cuidado_ repitió el abogado.

Ella solo asintió, dejando la linterna en el suelo y poniéndose a gatas. Allí, con el rostro muy cerca al suelo pudo notar que el aire se ponía algo más denso. Aspiró profundamente y dirigió la linterna hacia el pequeño túnel de sesenta centímetros de altura y a penas cincuenta centímetros de ancho. Levantó la mirada y muy cerca de su cabeza, vio el antiguo piso de madera. Regresó la mirada al frente y a un par de metros de distancia, pudo divisar un montículo de basura y hojas secas, pensó que tal vez había alguna rendija por donde habían ingresado provenientes del jardín. Además, observó tres rocas de mediano tamaño que los constructores habrían olvidado retirar. Avanzó despacio, no solo por temor a lo desconocido, sino también a que se le dificultaba andar en aquella posición, se apoyaba en las rodillas y en los codos arrastrándose, con movimientos parecidos a los de una serpiente. De pronto, su mente se llenó de los peores recuerdos de su niñez, recuerdos que pensó que había olvidado por completo.

 Tenía unos siete u ocho años, cuando jugaba a las escondidas con un grupo de niñas, en el granero abandonado de una granja, a unas calles de la casa de su abuela, en un pequeño pueblo de Maine. Era muy común en aquella época que los niños jugaran fuera de casa, explorando, sin mucha supervisión, eran otros tiempos, en donde la seguridad no era un problema y los niños agradecían la libertad de la que disfrutaban.

_¡…ocho, nueve, diez! _Oyó Laura decir mientras se apresuraba a esconderse en la parte trasera del granero.

Vestía un pantalón azul, blusa blanca y dos trenzas con moños azules en los extremos, que se balanceaban a medida que ella corría. Se quedó muy quieta y en silencio en un rincón del granero. El suelo estaba cubierto de paja seca. Desde su escondite, vio a una de sus amigas buscando a las demás. Laura se puso en cuclillas para evitar que la vieran. La niña observó a su alrededor un par de veces y salió del granero. Laura se echó a reír con una risita sofocada, tapándose la boca con una de sus manos. No la habían descubierto, pero sabía que tarde o temprano lo harían. Observó el lugar en donde se encontraba tratando de hallar un escondite mejor. Observó a su derecha y vio una pequeña portezuela metálica en el suelo. Se acercó a gachas, observando de tanto en tanto la entrada del granero, esperando ver de nuevo a la niña que la buscaba. Abrió la portezuela metálica y descubrió una abertura estrecha y compacta. Se metió en ella de inmediato y cerró la puerta sobre su cabeza. El espacio era pequeño, pero suficiente para que la contuviera. Al principio, no vio mucho, hasta que sus ojos se ajustaron a la oscuridad. Un estrecho túnel se abría a su derecha.

_ ¡Laura! _ oyó que la llamaban.

Oyó pasos sobre su cabeza, la estaban buscando. Se adentró en silencio en el túnel, arrastrándose.

_ ¡Laura! _ volvió a oír.

Pero esta vez no solo oyó su nombre sino también el chirriante sonido de algo que se arrastraba. La niña que la buscaba, en su afán por encontrarla, había arrastrado una pesada caja de madera para subirse sobre ella y revisar los altos del granero. Había situado la caja sobre la portezuela sin percatarse de ella. Cansada de buscar, salió del granero y se reunió con las demás niñas. Laura, permaneció en silencio por varios minutos, hasta que pensó que la niña se había ido. Intentó entonces salir del túnel, pero entró en pánico al ver que no podía abrir la portezuela sobre su cabeza. La empujó con todas sus fuerzas un par de veces sin éxito. Su corazón se aceleró, estaba muy asustada. Gritó los nombres de todas sus amigas, pero no obtuvo respuesta, el silencio era profundo y atemorizante. Intentó de nuevo abrir la portezuela, pero solo consiguió que un puñado de tierra cayera sobre ella. Un poco de polvo le irritó el ojo derecho y las lágrimas se acumularon en él de inmediato. Se restregó el ojo con la mano, lo cual empeoró la situación, sintió que algo le raspaba el iris, casi no veía con el ojo derecho y las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Se sintió indefensa y aterrorizada. Se lanzó a llorar desesperada mientras gritaba una y otra vez. Pronto, el aire se volvió denso y asfixiante, respirar se hacía cada vez más difícil. Empezó a sentirse soñolienta, pensó que nunca más saldría de allí, su mente empezó a divagar, mientras que su respiración se hacía cada vez más pausada y lenta. No supo muy bien cuanto tiempo estuvo allí encerrada, pero sus padres le dijeron que fueron más de cuatro horas. La rescataron solo minutos antes de que muriera asfixiada. Fueron los peores momentos de toda su vida.

Ahora estaba de nuevo, metida bajo tierra, en un lugar oscuro y asqueroso, tratando de encontrar un cadáver que probablemente no existía, al menos eso le decía la razón, pero el corazón le decía otra cosa. El aire era cada vez más denso y rancio, y sus pulmones trabajaban al máximo, las inspiraciones eran rápidas y profundas. Sintió una gota de sudor en la sien izquierda, a punto de escurrírsele por la mejilla, a pesar de la baja temperatura atmosférica. Los guantes la ayudaban con el helado suelo bajo sus manos, pero empezaba a sentir un leve dolor en los codos.

Levantó la cabeza y sintió un golpe seco. Había olvidado la poca altura del túnel. Se detuvo por unos segundos a que remitiera el dolor y luego siguió avanzando. Se detuvo cerca de las rocas que había visto unos minutos atrás, no podía pasar sobre ellas, tuvo que hacerlas a un lado para seguir avanzando. Le fue difícil moverlas, tenía los brazos débiles debido a que llevaba unos minutos sosteniéndose sobre ellos. Trató de mover la más pequeña, con la mano derecha, apoyando todo el peso de su cuerpo sobre el brazo izquierdo, pero no pudo hacerlo. La respiración se le aceleró, el aire denso y asfixiante le laceraba los pulmones, en sintonía con su esforzado y palpitante corazón. Sintió que se le nublaba la vista, temió perder la conciencia allí abajo y que terminar asfixiada. Tosió un par de veces, trató de enfocar la vista, y respirar pausadamente para aprovechar mejor el poco oxígeno que tenía el aire en aquel estrecho pasaje, ignorando todas las incomodidades lo mejor posible y mantuvo la mente fija en su objetivo. Se cuidó de no volver a golpear la cabeza contra el piso de madera. Se dijo a si misma que tenía que concentrarse en cada inhalación y cada exhalación. Cuando pudo relajarse, vio todo con claridad de nuevo.

Intentó mover la roca por segunda vez con todas sus fuerzas, extendió la pierna derecha y luego la izquierda. Buscó a tientas con el pie derecho un punto de apoyo sólido. Hurgó con inseguridad en el pequeño espacio en el que se encontraba. El pie se introdujo entre dos caños y se le quedó atrapado, quiso sacarlo con desesperación, lo que aceleró de nuevo su respiración. El sudor le corría por el rostro y se le introducía en los ojos. Levantó la mano derecha y se la pasó por la cara. El guante áspero le magulló la piel. Cerró los ojos por unos segundos y se concentró en relajar su acelerada respiración, cuando lo consiguió, concentró su atención en liberar el pie. Lo movió para abajo sin suerte, luego lo hizo para arriba y el pie quedó libre al fin. Volvió a tantear con cuidado, encontrando la pared derecha. Apoyó el pie en ella con fuerza, descansando todo el peso del cuerpo sobre el brazo izquierdo y utilizó la mano derecha para intentar mover la roca. Presionó con fuerza y esta vez, consiguió moverla unos centímetros. En aquel momento, un calambre paralizante le hundió los músculos de su muslo derecho, amarrándolos desde la parte posterior de la rodilla hasta la nalga derecha.

 No pudo seguir, tuvo que detenerse, apoyándose en el brazo izquierdo y masajeando la pierna con la mano derecha. La posición requería de un gran esfuerzo del lado izquierdo de su cuerpo para equilibrase. Al principio, fue como amasar piedra, gimió suavemente para no alertar a Alejandro y en su boca se dibujó una mueca temblorosa de dolor. Trabajó en los músculos de su pierna hasta que finalmente empezaron a aflojarse. Extendió la pierna todo lo que pudo, esperando que el calambre regresara, pero no lo hizo. Decidió avanzar con precaución, se dispuso a mover la segunda piedra, esta vez lo logró en el primer intento, siguió con la tercera.

_ ¡Laura, habla conmigo!

Era la voz preocupada de Alejandro desde la entrada al sótano.

_Estoy bien, pero es difícil seguir, me tomará algún tiempo recorrer esto.

_Está bien, pero al menor indicio de algo extraño, sales de inmediato_ dijo.

_Está bien_ gritó ella, cada palabra era un suplicio porque necesitaba utilizar más oxigeno del que tenía.

La realidad era, que no tenía idea de como diablos saldría si llegaba a estar en problemas, pero no pensaba decírselo a Alejandro. Cuando John hizo aquel mismo recorrido jalando el cadáver de su esposa, el sótano se extendía por completo de bajo de la casa, en cambio con los años lo habían convertido en un estrecho pasaje. Inhaló profundamente procurando llenar sus pulmones de aire mientras intentaba convencerse a sí misma de que hallaría la forma de salir.

Siguió avanzando lentamente, arrastrándose, como si se tratara de un niño que empezaba a gatear. Sus brazos se resistían a seguir sosteniéndola, le temblaban un poco, pero estaba casi segura de que, si seguía así por más de diez minutos, colapsaría. Cada vez que movía sus rodillas, sentía un agonizante dolor que subía por su pierna, seguía por su espalda, hasta llegar a su tenso cuello.

Un poco más adelante, se encontró frente a frente con una enorme rata gris y peluda. No pudo evitar emitir un grito ahogado que sobresaltó al abogado quien estuvo a punto de caer de cabeza por la entrada del sótano cuando intentó ver dentro. Tener a un animal tan cerca, en un espacio tan reducido, sin probabilidades de escape, era una terrible experiencia.

_ ¡Laura! _ gritó asustado mientras su corazón daba un vuelco y volvía a latir, solo que esta vez lo hacía aceleradamente.

_ ¡Estoy bien! ¡Solo ha sido una enorme rata! _ gritó entre jadeos.

_ ¡Ten cuidado! _ gritó a su vez el abogado.

Laura estuvo equivocada al pensar que a casi cuatro mil metros de altura no encontraría roedores. Suspiró aliviada al comprobar que la rata había huido internándose entre la maraña de caños.

 Se sentía cada vez más cansada. El aire no solo se había vuelto más pesado y húmedo, sino que también caliente contra toda lógica. Sudaba profusamente lo que hacía que se le pegara a la piel como una capa grasienta. Se sostuvo con el brazo izquierdo y se pasó el guante por la frente para despejar el pelo húmedo, esta vez con sumo cuidado para no volver a lastimarse. Volvió a dirigir la linterna hacia el estrecho pasillo que tenía por delante y divisó un bulto bastante grande a unos dos metros de distancia. No tenía idea bajo que parte de la casa se hallaba y después de todo qué importancia tenía.

 Las rodillas le dolían al igual que los codos, era un dolor lacerante, intenso, pero aún soportable, no obstante, sabía que la piel estaba en carne viva y a punto de sangrar. La delgada tela de su pantalón no le servía mucho de protección. Avanzó lo más deprisa que pudo, tratando de no aspirar demasiado aire, lo necesitaría para su regreso. A medida que se acercaba al bulto, su cuerpo parecía pesar más, los brazos y las piernas parecían soportar el doble de su peso, por lo cual avanzaba mucho más lento de lo que hubiese querido.

Al fin estuvo frente a un bulto amarrado, estaba envuelto en una sábana que alguna vez fue blanca y que ahora presentaba manchas marrones, debido a los años en que había estado sometido a la acción de la naturaleza. Trató de sentarse para poder examinar el paquete, pero era imposible, el espacio no era suficiente. Decidió abrirlo, pero solo podía hacer uso de una mano. La correa estaba gastada, el tiempo y la naturaleza la habían desgastado, por lo que fue fácil abrirlo. Introdujo la mano derecha debajo de la sábana, y descubrió el bulto lo mejor que pudo. A pesar de la certeza que tenía de su contenido, se sobresaltó al ver un pie torcido en una horrenda posición. La piel estaba seca y retraída, pegada al esqueleto, casi momificada. La cruda realidad que quedó al descubierto, la dejó sintiéndose asqueada y aterrorizada. El misterio que la había envuelto como una densa niebla, empezaba a despejarse, pero descubrió que no la hacía sentirse mejor, por el contrario, volvió a preguntarse porque la habían escogido a ella para que hiciera tan macabro descubrimiento.

De pronto, sintió un estallido ahogado de dolor en la espalda que la hizo gritar, fue como si alguien la golpeara con un martillo en la columna. Su corazón se disparó, trató de introducir aire a sus pulmones, oyó un agudo sonido que salía de su boca, era el sonido del aire que entraba por su garganta y luego salía de nuevo en una serie de pequeños y efervescentes jadeos, pero eso no cambiaba la sensación de que se estaba asfixiando.

El dolor en la espalda era tan fuerte, que le restó importancia al problema de la respiración. El dolor parecía tragarla viva, como cuando una boa constrictora tragaba a una de sus presas. No recordaba haber sufrido un dolor tan profundo como el dolor que ahora estaba sintiendo. Ni siquiera cuando tenía quince años y había salido por el campo en bicicleta. Un alce se le cruzó en frente, trató de desviarlo chocando contra un árbol, sufriendo una fractura expuesta del brazo izquierdo que no recibió atención médica inmediata. Tuvo que regresar a casa caminando, porque la rueda delantera de su bicicleta quedó inutilizada. Tardó dos horas en llegar, el brazo se había inflamado casi al doble de su tamaño, el dolor era terrible, el hueso sobresalía a través de la piel y cada leve movimiento que daba era un suplicio. Pero esto era peor.

 Cerró los ojos y resopló varias veces esperando que el dolor remitiera.

_¡¡Laura!!_ gritó Alejandro al oírla quejándose de dolor.

El abogado intentó definir de donde provenía la voz de Laura, se percató que la psicóloga había logrado moverse varios metros desde la entrada, había salido de la habitación y estaba ahora debajo del comedor.

_¡¡Laura!!_ gritó de nuevo al no recibir respuesta.

_Estoy… bien_ respondió entre jadeos.

En realidad, no lo estaba, se concentraba en su respiración y en mantener la cabeza levantada. Su pie izquierdo chocó con un tubo, sintió un terrible dolor que luego se convirtió en un calambre que tardó unos segundos en desaparecer. El corazón se le aceleró de nuevo al igual que la respiración. Sus pulmones respiraban con dificultad, cuando se llenaban le producían un dolor agudo y al expirar producían un sonido ahogado. Arriba, Alejandro hacía crujir sus dedos en forma nerviosa, se oían como las bisagras de una vieja puerta que no se ha abierto en mucho tiempo. Sentía que el corazón le latía en la garganta en lugar de en el pecho. Estaba desesperado por que ella saliera de aquella tumba.

 Mientras tanto, la situación de Laura iba empeorando, sentía una creciente explosión de calor en la espalda, parecida a una bola de fuego. El aire había disminuido tanto y estaba a punto de perder la conciencia. Se esforzaba al máximo por introducir algo de aire a los pulmones, aspiraba con la boca abierta, la visión se le había nublado por completo. Hizo un último esfuerzo desesperado y golpeó la madera sobre su cabeza con uno de sus puños. Alejandro se puso de rodillas, intentando determinar con exactitud el lugar en el que ella se encontraba. Oyó otro golpe, esta vez muy débil. Desesperado, hizo a un lado un par de sillas que cayeron al suelo, empujó con fuerza la mesa que fue a dar contra el armario. Retiró la alfombra que cubría el piso con movimientos de creciente angustia, tomó la pala y con ella hizo palanca contra una de las maderas del piso, pero no logró que se moviera. Levantó la pala sobre sus hombros y la estrelló contra la madera con una fuerza extraordinaria de la que no tenía idea de que fuera capaz. La angustia y la desesperación llenaban su sangre, que circulaba violentamente a través de sus venas. La madera cedió unos centímetros, retiró la pala y la volvió a estrellar contra la madera por tercera vez, haciendo palanca con la pierna derecha. Con un crujido grave, los clavos de la madera cedieron dejando un pequeño espacio en donde introdujo ambas manos. Levantó la madera con un esfuerzo asombroso, haciendo que se partiera en dos. Divisó la parte inferior del cuerpo de Laura. El torso y la cabeza aun se encontraban debajo del piso. Volvió a hacer palanca contra la madera, esta vez las cosas fueron más fáciles y enseguida retiraba el piso que cubría la parte superior del cuerpo de la psicóloga. Hizo la pala a un lado y se arrodilló junto a ella.

_¡¡Laura!! ¡Háblame por favor! _ gritó desesperado.

La psicóloga seguía sin moverse y sin responder. Alejandro la tomó en brazos y la situó de espaldas sobre el piso. Tenía el rostro violáceo, y no estaba respirando. Le levantó la barbilla, le separó los labios y se aseguró de que nada obstruyera la tráquea. Acercó sus labios a los de Laura para darle respiración boca a boca. Apretó su nariz y sopló dentro de su boca. Se había preguntado más de una vez en cómo sería besarla, pero jamás imaginó una situación como aquella.

Se separó de ella, situó sus manos sobre el esternón y aplicó compresiones fuertes y rápidas sobre su pecho. Volvió a darle respiración boca a boca y se detuvo a observarla.

_ ¡Vamos preciosa, puedes hacerlo! _ dijo y siguió con las compresiones, luego con la respiración.

Alejandro entró en pánico, creyó que la perdería, las lágrimas de desesperación empezaron a anegarle los ojos y le nublaban la vista. Se detuvo solo unos segundos para limpiarse los ojos y luego se inclinó de nuevo sobre ella para darle respiración. Antes de que volviera a hacerlo, Laura tosió un par de veces y sus pulmones volvieron a funcionar. El sonido agudo de los pulmones en actividad supuso para Alejandro la mejor melodía del mundo. Laura abrió los ojos poco después, estaba algo confundida y bastante conmocionada, pero al ver a Alejandro le sonrió lo mejor que pudo. Tenía la ropa mugrienta, algo embarrada. El pantalón roto a la altura de las rodillas, la izquierda le sangraba levemente. El rostro magullado y sudoroso. El cabello apelmazado y sucio. Pero para Alejandro era la visión más hermosa que había visto en mucho tiempo. Laura observó a su alrededor con los ojos aturdidos de un minero que, al contrario, a todas las predicciones, sobrevivió a un terrible derrumbe.

_Te debo mi vida_ dijo ella_ en un susurro.

_No debí dejar que bajas_ contestó con ojos acongojados.

Ella volvió a sonreír y levantó la mano derecha acariciando la mejilla sudorosa de Alejandro.

_Gracias_ dijo ella.

Alejandro la examinó con detenimiento, primero las rodillas, luego los codos y por último las magulladuras en la mejilla izquierda. Le acarició el rostro con ternura y Laura se hundió en la mirada del abogado.

_No debiste hacerlo, no debí dejarte hacerlo_ dijo afligido.

Ella le sonrió con dulzura.

_Estoy bien, voy a estar bien, lo encontré Alejandro, encontré el cuerpo_ contestó.

_Debo llevarte al hospital_ dijo él levantándola en brazos sin prestar atención a lo que ella había dicho, lo último que le importaba ahora era el cuerpo de una mujer muerta hace siete décadas.

Laura rodeó el cuello del abogado con sus brazos en una respuesta casi instantánea.

_No necesito ir al hospital_ se apresuró a decir_ estoy bien puedo caminar.

_ ¡Claro que necesitas ir al hospital! _ dijo consternado mientras caminaba con grandes pasos rumbo a la puerta.

_Por favor, Alejandro, no quiero ir al hospital_ dijo con firmeza.

Alejandro se detuvo antes de llegar a la puerta y la observó con atención, tenía el ceño fruncido, la miraba angustiada y apesadumbrada.

_Por favor, no puedo ir al hospital, debo sacar el cadáver de aquí.

_Ha estado allí por más de setenta años, puede seguir allí un tiempo más, tu necesitas que te curen esas heridas.

_Puedo curármelas yo misma. Ahora tenemos que llamar a la policía_ dijo decidida.

Alejandro suspiró frustrado, cuando a Laura se le metía algo en la cabeza, no había forma de hacerla cambiar de opinión, pero esta vez, Alejandro no cedió.

_Te llevaré a casa entonces, curaré tus heridas y luego decidiremos cual será nuestro siguiente paso_ dijo muy serio.

Laura trató de protestar, pero el abogado la interrumpió de inmediato.

_No quiero discutir contigo, por favor, solo has lo que te pido_ le dijo con ojos serios y preocupados que desarmaron a la psicóloga.

 Laura asintió sin decir más.

Alejandro la sacó de la casa, cuando estuvieron fuera, Laura levantó la mirada al cielo desde los brazos del abogado y observó el descolorido azul del cielo, las nubes habían desaparecido durante el tiempo en el que estuvo en aquel sótano, y el día estaba ahora luminoso y cálido. Alejandro bajó la mirada hacia la mujer que sostenía en brazos y pudo ver su rostro húmedo de sudor y lágrimas agradecidas. Laura pensó que nunca había respirado un aire tan dulce en toda su vida.

HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna)

En algún lugar de Polonia, noviembre de 1933.

I

Los fugitivos buscaron la seguridad del bosque mientras dejaban atrás su país, su familia y su pasado. Estaban exhaustos, asustados y húmedos, pero parecían no percatarse de ello. Sus sentidos estaban alertas ante la aparición de cualquier peligro. Después de casi media hora de marcha ininterrumpida, el corazón se les fue sosegando y golpe de adrenalina desapareció casi por completo. Empezaron a percibir el intenso frío en todo el cuerpo que los hacía temblar como hojas secas en la rama de algún árbol. Sus labios se veían morados sobre sus pálidos rostros.

_No debemos estar lejos_ dijo Kataryna. Trató de infundir ánimo a sus palabras, pero no lo consiguió.

La noche invernal era preocupante, podría acabar con ellos en cualquier momento, dejarlos petrificados en el suelo y nadie se percataría de ello.

Minutos después, hallaron el camino de tierra del que Dimitry les había hablado.

Igor divisó la luz de una lámpara a poco más de cincuenta metros de distancia.

_ ¡Hey! _ gritó mientras agitaba las manos sobre su cabeza.

_Shii no grites que pueden oírnos_ dijo Kataryna sobresaltada.

_Ya no estamos en Ucrania, ya nadie nos persigue_ dijo Igor con una verdadera sonrisa de alivio.

En aquel momento Kataryna cayó en la cuenta de que al fin eran libres e imitó a su esposo que seguía gritando y agitando las manos en dirección a la luz de la lampara. Enseguida percibieron que la luz se movía, es más, les pareció que se acercaba, bamboleándose de un lado a otro como si un fuerte viento lo sacudiera. Poco después, vislumbraron la silueta de una tartana tirada por dos caballos.

Los ojos de Kataryna se anegaron de lágrimas de felicidad. No podía creer que al fin estaban lejos del régimen.

En seguida, la tartana se detuvo frente a ellos y el conductor les habló con voz áspera y seca.

_ ¿Son los que Petrov envió? _ preguntó.

_ Si, soy Kataryna, ella es mi hija…

_ No me interesa saber sus nombres, no pienso hacer relaciones sociales con ustedes, mi trabajo es sacarlos de aquí y llevarlos a Varsovia. Suban a la tartana_ contestó en forma brusca y poco amistosa.

Kataryna y su familia obedecieron, subieron a la tartana, y se acomodaron debajo de una especie de carpa que hacía las veces de techo del estrecho carromato.

_ Hay ropa seca en esa bolsa_ dijo el hombre señalando con el dedo pulgar por encima de su hombro sin mirarlos.

Kataryna abrió la bolsa y sacó las prendas y ayudó a su hija a cambiarse, mientras Igor hacía lo propio. Luego, le tocó el turno a ella. La muchacha pensó que viajar sentados y contar con ropa seca era algo increíble después de los interminables días de marcha a pie y de inclementes climas. Pero, aun así, el camino no era sencillo, la tartana daba tumbos a cada tanto, el camino estaba cubierto por baches que las tormentas, la nieve y las heladas habían ayudado a crear y que el conductor no podía sortear. Sus cuerpos se sacudían de un lugar a otro, cada vez que una de las ruedas se colaba dentro uno de ellos.

_El trayecto hasta Varsovia es de unos 390 Km_ dijo el conductor sin voltear a verlos_ nos llevará unos quince días si el clima nos lo permite, pero es poco probable.

El hombre no dijo mucho más el resto de la noche. Solo ladró un par de palabras para ordenarles que comieran el contenido de una pequeña canasta. No quería enfermos que lo retrasaran por falta de fuerzas, dijo. Ni siquiera se molestó en decirles su nombre.

Al despuntar el alba, pasaron junto a una apacible laguna casi perfectamente ovalada y cubierta de una ligera bruma. Parecía el espejo de mano empañado de alguna burguesa. En la misteriosa espesura de plantas que cubría la orilla, un lobo lanzó su ronco aullido.

Los desnudos y vetustos árboles de fresno, robles, olmos y carpes retrocedieron lentamente y el estrecho camino se ensanchó dando paso a lo que en algún otro tiempo debió ser una carretera principal, pero que aun así era un mustio cúmulo de dejadez.

Se detuvieron una vez durante la mañana y otra al medio día en el borde de la carretera para alimentarse.

Los taladrantes y desconfiados ojos del conductor proyectaban una mirada penetrante sobre ellos, poseían una tonalidad idéntica a la del cielo, gris como la panza de un burro.

 Kataryna lo escrutó sin disimulo. El pelo blanco y desgreñado, que necesitaba un lavado con urgencia, colgaba en mechones sobre sus ojos. Su rostro resplandecía de sudor, a pesar del frío. Llevaba la ropa sucia y hecha jirones, daba la impresión de ser un prisionero que acababa de escapar de su reclusión luego de una década de estar encarcelado. Observó a demás su rostro, la piel de las mejillas le colgaban flácidas y muertas, pálida como la harina que fabricaba en el molino de su casa, pero se hallaba bien plantado con los pies separados en el suelo, con postura firme. Una brisa le echó el cabello para atrás y pudo vislumbrar una vieja cicatriz en la frente.

 En seguida, el conductor se acercó a la tartana con una forma de caminar similar a la de un animal al acecho, arrastrando los pies, con la cabeza levantada y el cabello largo ocultando sus ojos y sus orejas y meciéndose contra sus flácidas mejillas. Pudo notar también, sus nudosas manos, algo retorcidas, tal vez por la artritis.

Por la tarde, el viento empezó a soplar desde el este. El conductor se llevó las manos a la cabeza y se removió lentamente el pelo con los dedos, otorgándole un aspecto más desaliñado que nunca. Escuchaba el sonido del viento pasando justo por sus orejas mientras observaba el cielo con preocupación.

El último tramo del recorrido estaba flanqueado por centenarios olmos de una considerable altura. Se detuvieron poco después y levantaron la carpa.

_ Aquí no hay peligro_ dijo_ a nadie le importa los ucranianos que cruzan la frontera. Pero temo que el clima no nos ayudará esta noche.

Encendieron una fogata frente a carpa y se deleitaron con el calor de las llamas sobre su rostro.

El viento sopló con más fuerza después de la cena, lo que los obligó a refugiarse en la tienda. El conductor se ovilló sobre su cuerpo y en pocos minutos se iniciaron los ronquidos estentóreos. Parecía inmune a los aullidos del viento que se sucedían en extrañas ráfagas sobre el techo de la tienda.

Fuera, el viento arreciarte y helado profirió un leve chillido y luego se normalizó a un gemido bajo y constante. La fogata terminó por extinguirse y todo se sumió en la oscuridad, mientras la ventisca parecía haber amainado un poco. Pero no duró mucho, el viento gélido volvió a soplar, esta vez con tanta fuerza que algo golpeó con un ruido sordo contra la tartana. Los caballos relincharon asustados.

Kataryna abrazó a su hija con fuerza, mientras emitía un suspiro nervioso.

 Igor, sentado en el suelo con las piernas separadas y las manos entrelazadas parecía observar a la nada.

 La joven mujer aún no se habituaba a la carencia de empatía de su esposo y pensó que probablemente jamás lo haría.

El viento rugió en el cielo vacío, el frío se recrudeció.

Daryna tiritó de arriba abajo entre los brazos de su madre. Le castañeaban los dientes. Karatyna la estrechó con más fuerza, pero le temblaban las manos y tenía los ojos empañados en lágrimas.

Un par de horas después, el chillido de la ventisca se había reducido a un zumbido. En algún momento, madre e hija se sumieron en el letargo de un descanso que fue profundo y reparador y no turbado por pesadillas o ansiedades.

Por la mañana, se inició sin contratiempos, a pesar de que el cielo seguía amenazantemente gris. La tartana seguía su incesante traqueteo dando tumbos de rato en rato. Un par de horas antes del crepúsculo subieron una interminable cuesta larga y empinada, desde donde vislumbraron un valle salpicado por olmos y robles aquí y allá. Frente a ellos, avistaron una cabaña que se hallaba en la ladera que conducía a una colina, que durante el verano se teñía de verde esmeralda. Por doquier, aparecían campos con la tierra de labranza preparada para descansar durante el largo invierno hasta el inicio de la siguiente primavera.

_No nos detendremos_ dijo el conductor con voz autoritaria adivinando los pensamientos de sus pasajeros_ continuaremos durante la noche.

Nadie intentó protestar, se mantuvieron en silencio mientras la noche caía sobre ellos.

Igor clavó su mirada en el horizonte en donde algunas oscuras colinas se encontraban con la negrura del firmamento carente de estrellas. El silencio era inquietantemente sepulcral, reinaba una oscuridad cavernosa casi maligna. Una niebla baja y espesa se enroscaba con aspecto lechoso entre las ruedas de la tartana. La luz de la lámpara de queroseno que el hombre mantenía encendida bañaba la niebla baja con luz ligera dándole un aspecto perlado y tornasolado. El aire era húmedo, frío y desapacible.

La niebla resbalaba lentamente entre las patas de los animales cuando pasaron cerca de un pequeño arroyuelo, era apacible y lo cubría una especie de bruma fantasmagórica.

Poco después de medianoche, un fuerte tirón, un golpe y el relincho agónico de uno de los caballos sobresaltó a los pasajeros que dormían en la parte trasera de la tartana. El conductor bajó del carromato de un salto e inspeccionó a los animales.

Kataryna e Igor también bajaron de la carreta con sendas miradas de preocupación.

El conductor se acercó a ellos con una expresión impenetrable.

_Uno de los caballos se roto una pata, tengo que sacrificarlo_ dijo para luego voltear sobre sus talones y buscar su arma.

Kataryna subió a la tartana y buscó a Daryna que dormía despreocupadamente. La levantó en brazos y se alejó a tientas en la oscuridad. No deseaba que despertara sobresaltada cuando oyera el disparo que pondría fin a la vida del animal.

Minutos después, la estentórea detonación de la escopeta del conductor resonó en el silencio de la noche.

II

El único caballo que les quedaba avanzó despacio, hasta podría decirse que con solemnidad a través de la maltrecha carretera hasta que el cansancio lo hizo detenerse cabeceando y resoplando.

Tuvieron que salir de la carretera para que el animal bebiera y reposara. Los descansos eran cada vez más frecuentes, con un solo un caballo el camino se hacía mucho más dificultoso y para colmo de males, el animal se empeñaba en ir deteniéndose de trecho en trecho a mordisquear cada arbusto seco que encontraba en su camino.

Cuando intentaron retomar la marcha, el conductor sacudió las riendas e hizo chasquear la lengua contra el paladar y el caballo empezó a moverse. Esta vez, la fluidez de su paso lo mantuvo en el rastro de la derecha y su placidez indicó que no presentaba extrema fatiga.

Como a las dos de la tarde, el cielo se oscureció y los primeros copos de nieve empezaron a caer como pétalos de cerezo en el mes de abril.

_No quería detenerme en el pueblo, pero será mejor que lo hagamos_ dijo el conductor con rostro de resignación_ esta noche tendremos una tormenta de nieve.

Dos horas después, les adelantaron dos carretas y una biga tirada por un caballo, cada una transportaba a un par de hombres que de seguro se dirigían apresurados a sus casas para evitar la nevada. Eran las primeras personas que veían desde que habían cruzado la frontera a excepción del desagradable conductor.

La nieve se arremolinaba alrededor de la tartana cuando avistaron el pequeño pueblo, que contaba con una calle principal y no más de media docena de callecitas perpendiculares.

La calle principal era ancha y adoquinada, aunque la capa inferior de tierra afloraba en muchos puntos, allí donde el pavimento estaba desintegrándose, debido probablemente a las fuertes heladas. Terminaría por desaparecer por completo antes de que trascurrieran pocos años si alguien no se decidía a darles mantenimiento.

Mientras avanzaban a través de ella se oyeron espesos y ensordecedores ladridos y de inmediato una jauría rodeó la tartana. Todos los pasajeros observaron el extraño recibimiento con curiosidad y cierta alarma.

Una mujer envuelta en un abrigo de pieles salió de una casa de dos plantas y les gritó algo a los perros, quienes de inmediato se alejaron. Ostentaba cierta apariencia mística de pie en el umbral de la puerta mientras la nieve se concentraba a su alrededor.

Un hombre a caballo que avanzaba en sentido contrario a la tartana se detuvo frente a la mujer y le gritó algo que Kataryna no pudo oír. Acto seguido, prosiguió su camino sin prestarles atención a los recién llegados.

_Es aquí_ dijo el conductor_ apéense, voy a guardar al caballo en el establo y los alcanzo.

El hospedaje era minúsculo, en la primera planta funcionaba una pequeña taberna y en la segunda, la pensión, que contaba con solo tres habitaciones. Una de ellas estaba ocupada por un matrimonio mayor proveniente de Rzeszów que se dirigía a Varsovia.

 La mujer que había dispersado a los perros le entregó la llave de una de las habitaciones vacías a Kataryna y otra a Igor, mientras les hablaba en un casi perfecto ruso.

_Las mujeres ocuparán una habitación, los hombres la otra_ dijo_ cuando estén listos pueden bajar a comer_ agregó.

 Acto seguido giró sobre sus talones y bajó la rechinante escalera de madera que se hallaba a su espalda.

Se sentaron frente a un humeante plato de sopa mientras el fuego rugía salvajemente en la chimenea proveyéndolos de un aletargante y agradable calor. La sensación del alimento caliente descendiendo por sus gargantas fue increíble e indescriptible.

Un agudo y penetrante aullido desde el exterior se unió a los crujidos de la madera crepitante. El vendaval zarandeaba las copas desnudas de los árboles, aislando completamente en sus hogares a los habitantes del pueblo, mientras prorrumpía en largos y penetrantes bramidos.

La puerta del hospedaje se abrió de golpe y el gélido viento irrumpió amenazante. La dueña de la pensión se apresuró a cerrarla mientras el viento gritaba y quebraba las secas ramas de los árboles con un ruido ensordecedor.

El resplandor del fuego proyectó un extraño perfil de Igor, tonificado un lado de su rostro, marchito el otro que sobresaltó a Kataryna. Su imagen era fantasmal y espeluznante. Le dio la sensación de que el fuego fue capaz de desvelar la esencia fundamental de la dualidad de su carácter.

El viento que ya superaba la fuerza de un vendaval, la sacó de sus observaciones, un alarido fantasmal se había originado al soplar a través de las vigas entrecruzadas del techo de la segunda planta.

El vendaval arreciante continuó ululando alrededor del hospedaje cuando los fugitivos y el conductor se retiraron a sus habitaciones.

III

El sol se levantó sobre las nubes teñidas de amarillo y naranja, ajeno por completo a la interminable noche tormentosa.

 Les tomó algún tiempo salir del hospedaje después del desayuno ya que la nieve se había acumulado hasta una altura considerable.

 El conductor se dirigió al establo a ver al caballo, mientras que la pequeña familia esperaba frente al edificio de dos plantas.

Igor pudo reparar en algunos detalles interesantes de aquel pequeño pueblo.

 La calle principal se extendía por apenas unos quinientos o seiscientos metros. Al final de esta se levantaba un modesto campanario que sin dudas pertenecía a la iglesia. El hospedaje era una antigua construcción de piedra con techo a dos aguas en donde al parecer anidaban las palomas migratorias provenientes de África durante el verano. Un sinfín de nidos colgaban descuidadamente de los aleros del techo. Sin duda, la pensión necesitaba de un buen mantenimiento. Una pequeña placa situada al lado derecho de la puerta, que había pasado desapercibida la tarde anterior rezaba en polaco la frase: “Hospedaje y Taberna Buena Ventura” en letras doradas y brillantes. Las edificaciones que rodeaban al hospedaje eran en su mayoría de una sola planta con excepción de tres o cuatro que constaban de dos o hasta tres plantas dispuestas ordenadamente en el borde de una estrecha calzada.

Igor observó a un hombre delgado, alto y algo encorvado que cruzaba la calle una y otra vez con paso extrañamente rápido a pesar de la cantidad de nieve acumulada. Llevaba las manos detrás de su espalda, como un capitán en el puente de mando de su barco, mientras los observaba con disimulo, como si estuviera decidiendo si los recién llegados eran o no de confianza.

El conductor regresó pocos minutos después, se detuvo frente a ellos y se restregó los ojos, antes de apartarse el cabello de la frente, en un gesto que Kataryna había llegado a conocer muy bien (a pesar no saber siquiera su nombre) y que denotaba cansancio e inquietud.

_ ¿Quién es ese hombre? _ preguntó Igor antes de que el conductor pudiera decir algo.

_Es el hombre que se encarga de los caballos. Es algo extraño y desconfiado, pero hace un buen trabajo_ contestó el conductor.

_ ¿Cómo encontró al animal? _ preguntó Kataryna.

_Está descansado, ha comido y bebido, está listo para continuar con el viaje_ contestó, pero un dejo de preocupación en su voz lo delató.

_ ¿Pero? _ preguntó Kataryna.

_Pero si continuamos viajando con un solo caballo, no llegaremos nunca y el clima se pondrá peor_ contestó el hombre mientras se mecía los cabellos.

Kataryna asintió.

_ ¿Qué sugiere? _ preguntó Igor.

_Deberíamos comprar al menos un caballo más, si fueran dos sería mejor_ respondió.

_No tenemos mucho dinero para eso_ dijo Kataryna preocupada.

_Lo imagino, estoy dispuesto a pagar por uno, de todas formas, necesito reponer al que perdí, pero nos vendría bien tener otro más.

Kataryna observó a su esposo en forma interrogante, pero solo obtuvo un encogimiento de hombros de su parte.

_ ¿Cuánto nos costará? _ preguntó poco después.

_Deberíamos hablar con el dueño de los caballos_ contestó el conductor.

Se dirigieron a los establos en donde el hombre delgado y de espalda encovada cepillaba a un hermoso ejemplar azabache.

_ ¿Es ese el dueño de los caballos? _ preguntó Kataryna en un susurro.

_No, el solo se encarga de cuidarlos_ contestó el conductor.

_ ¡Apoloniusz! ¡Buscamos a Jakov!

El que respondía al nombre de Apoloniusz mantuvo la cabeza gacha mientras hacía un gesto con la mano y se dirigía al interior del establo con paso rápido casi como si corriera.

Kataryna e Igor se dirigieron miradas de extrañeza, pero no hicieron ningún comentario al respecto.

Enseguida, un corpulento hombre de mediana edad que usaba unas graciosas gafas que parecían pertenecerle a una de sus hijas se acercó con pasos cansinos, arrastrando su voluminoso cuerpo. No solo sus extrañas gafas llamaban la atención sobre su persona, sino también sus insólitos labios rojos.

_Buenos días_ dijo el robusto hombre y se inclinó hacia Kataryna para escrutarla con sus ojos de color gris verdoso a través de sus extraños lentes, mientras sus labios rojos se desplegaban en una sonrisa ancha que dejaron sus dientes amarillos a la vista.

_Buenos días_ contestó Kataryna algo intimidada por la presencia del hombre.

_ ¿En qué puedo servirles Adek Kostchy? _ preguntó el corpulento hombre con otra sonrisa mucho más ancha que la anterior.

Adek Kostchy, pensó Kataryna, con que ese era el nombre del hombre con quien viajaban.

_Ayudo a esta familia a llegar hasta Varsovia_ empezó diciendo el conductor_ pero uno de mis caballos ha muerto.

_ ¿Ayudas a estas personas o estas ganando dinero con ellas? _ preguntó Jakov con una sonrisa sarcástica.

Adek se removió incómodo y se meció los cabellos con ambas manos antes de continuar.

_Eso no viene al caso. Necesitamos dos caballos_ dijo con voz seca.

La perspicaz sonrisa dibujada en sus labios rojos advertía que lo entendía a la perfección, y como si de una obra de teatro se tratara y aquella frase fuera el pie para su entrada en escena, Jakov exclamó a gritos: “¡Apoloniusz, muestrales los caballos!” al mismo tiempo que se quitaba los lentes y empezaba a limpiarlos con el fondillo de su camisa.

Cuando el hombre terminó de limpiarlos y levantó la mirada, vio congoja y preocupación en los ojos de Kataryna.

_No se preocupe, no pienso aprovecharme de ustedes_ dijo.

Jakov había visto a decenas de ucranianos que huían del régimen, utilizando el pueblo como lugar de descanso, pero aun así le costaba imaginar el grado de desesperación que debía impulsarlos a huir en aquellas terribles condiciones.

CASA 110 (Fragmento)

VII

Estaba cansada, la falta de sueño y el trabajo la habían agotado por completo. No le fue difícil quedarse dormida aquella noche, ovillada sobre su cuerpo para entrar en calor. Pronto, estaba soñando.

Se encontraba en una fiesta, llevaba un vestido largo, verde como el color de sus ojos. Descubrió a Alejandro entre los asistentes a la fiesta y le sonrió. El abogado le devolvió la sonrisa y la saludó con un gesto de su mano. Ella hizo lo mismo. Ambos caminaron en dirección al otro, pero antes de que se encontraran frente a frente, el escenario desapareció junto con Alejandro. Laura ya no se encontraba en el salón, sino en un espacio abierto y oscuro. Sus sentidos se llenaron con el perfume del verano en Maine, tan suave e increíblemente poderoso que la abrumó. El más fuerte de aquellos aromas era el del Jasmín de medianoche. Laura podía oír los grillos cantando muy cerca y a las luciérnagas encendiendo la noche con su brillante luz. Cuando miró hacia el cielo, vio la moneda plateada y pulida de la cara de la Luna, por encima de su cabeza. Pinceladas frías de luz de luna brillaban en su rostro. Su blanco brillo reflejaba en todas partes, transformando la niebla que brotaba de las hierbas enredadas alrededor de sus piernas desnudas, en el aire claro y diáfano del amanecer. Levantó sus manos con los dedos extendidos, enmarcando el satélite como si estuviera tomando una fotografía. Y cuando el viento de la noche acarició sus desnudos brazos sintió que su corazón se hinchaba, primero de amor y felicidad y luego se contraía de miedo y de horror. Percibió una sensación salvaje y terrorífica, en la perfumada espesura, adormilada por alguna fuerza en contraposición. Laura oyó una voz susurrante detrás de su espalda y volteó asustada. “Lauraaa, help mee”. Se sobresaltó y su corazón latió desbocado, aquella voz, estaba segura, era la voz de Linda.  Nuevas y terroríficas imágenes se sucedieron ante sus ojos, como si de una vieja película se tratara, pero esta vez vio la escena completa. Un hombre discutía acaloradamente con una mujer quien le increpaba algo que Laura no pudo oír. Las imágenes poco nítidas, se sucedían delante de Laura como a través de una cortina de humo, como si fuera una película de cine mudo. El hombre movió las manos gesticulando amenazante. El rostro de la mujer denotaba miedo, pero a pesar de ello no cedió, siguió increpando al hombre. Laura estaba segura de que se trataba de los esposos Williams. El hombre se acercó amenazante a la mujer, una mueca desagradable se dibuja en sus labios en lo que se suponía era una sonrisa. Sus ojos estaban sedientos, poseídos por cierto poder maligno, su mirada cruel le heló la sangre a Laura.

 La mujer tenía la mirada de pánico, los ojos sobresaltados, el rostro pálido y horrorizado. El hombre, que Laura suponía era John Williams, se lanzó sobre su esposa y le propinó una tremenda bofetada que la dejó postrada en el piso semi inconsciente, un hilillo de sangre se le escurría por la comisura derecha de sus labios. En ese momento, la escena se aclaró a los ojos de Laura, fue como si el humo desapareciera y el sonido regresara.  John se quedó de pie observando a su esposa con los ojos llenos de ira. Linda tardó unos segundos en recuperarse y se apoyó en su brazo derecho al levantase. Sus piernas la amenazaban con ceder. Cuando estuvo de pie, enfrentó con valentía a su esposo. “Ya no te temo, ya no importa lo que me suceda, ya no voy a callar” La mujer intentó salir de la casa, pero John giró hacia ella colocando su cadera al costado de la mujer y luego la hizo voltear a su izquierda. Las piernas de Linda se extendieron, luego se cerraron y el vestido blanco que llevaba puesto, no tuvo ninguna oportunidad, se partió en la espalda y en la cintura con un sonido que a Laura le recordó la crepitante leña en su chimenea. El movimiento funcionó a la perfección, la cadera del hombre se convirtió en un rodillo y Linda, impotente voló a través de él, su expresión decidida y valiente, se convirtió en una mirada de shock. Chocó de cabeza contra una de las sillas del comedor que se volteó y cayó sobre ella. Retiró la silla con dificultad, de su frente cayó una gota de sangre, pero su nariz chorreaba como un caño de agua que acababa de romperse. Su vestido blanco quedó rápidamente cubierto con una franja roja. Con un alarido histérico y los ojos desorbitados, John se lanzó sobre ella como si de un luchador libre se tratara. Pesaba mucho, setenta kilos o más, y los esfuerzos de Linda por ponerse de pie cesaron de inmediato. Sus brazos colapsaron como las patas de una mesa de té a la que le pidieron que sostuviera un automóvil. Su nariz herida volvió a estrellarse contra el piso de madera, entre la mesa del comedor y la silla que se encontraba en el suelo. Uno de sus brazos quedó debajo de uno de los reposa pies sintiendo un dolor paralizador. Trató de gritar, su rostro se veía como el de una mujer que estaba gritando, pero solo emitió un sibilante sonido.  Ahora John se sentaba sobre ella y tenía un fuerte dolor en la espalda. El hombre usó las rodillas para abrirse camino sobre el maltrecho cuerpo de su esposa, con la mirada llena de rabia e ira. Empuñó su mano derecha, la levantó sobre su cabeza y luego la descargó con todas sus fuerzas sobre el riñón derecho de Linda.  Laura emitió un sonido desgarrador, quería ayudar a Linda, pero solo era una espectadora en una función que había terminado de exhibirse hace setenta años atrás. Linda gritó y trató de deshacerse de él a pesar del terrible dolor que sentía. John se levantó y la dejó tirada en el suelo, pensó que ella había tenido suficiente. Linda se incorporó lentamente, primero sobre sus rodillas y luego sobre sus manos en una posición en la que parecía un gato viejo y maltrecho. Apoyó el pie izquierdo en el suelo, se sujetó de la pata de la mesa con ambas manos y se impulsó poniéndose de pie. La sangre seguía cayendo a raudales de su nariz rota.  Volvió a amenazarlo con ir a la policía, John pensó que se había vuelto loca, ¿no había tenido suficiente? Pero Linda no pensaba retroceder. Le dio la espalda, enseguida se percató de que había sido un error, quiso dirigirse a la puerta, pero John la detuvo de uno de sus hombros con una fuerza insólita y la tiró de espaldas al suelo. La parte trasera de su cabeza golpeó contra el duro piso con un sonido de huesos que se rompen. John la miró con ojos enardecidos, como un demente a punto de cometer una insania. Se acercó a ella y rodeó su garganta con ambas manos. Ella emitió un llanto estrangulado que pretendía ser un grito y arremetió hacia adelante con una sorprendente y vigorosa fuerza. Los ojos azules de Linda se veían más azules que nunca, miró a John con un horror impronunciable, luego abrió la boca y chilló con sonido ahogado, en el proceso de perder la vida estrangulada por las manos largas y poderosas de John. Lo golpeó en el pecho a través de la empapada tela de su camisa. El rostro pálido de Linda, se coloreó de azul violáceo en pocos segundos. Apenas luchaba, había perdido todas las fuerzas, solo intentaba respirar y cuando inspiraba dificultosamente, su garganta emitía un quejido aterrador. Tosía y se atragantaba, esforzándose por cada aliento. Hacía un terrible sonido como si un molino estuviera triturando su garganta. Laura no quiso seguir presenciando la escena, pero no podía moverse. Linda daba manotazos débiles en el piso de madera, los ojos amenazaban con salírsele de las cuencas, como si fueran canicas de cristal. John oyó el rápido traqueteo de sus pies, luego un ruido sordo, luego nada. Se había quedó inmóvil por completo.  Laura observó la expresión de la mujer que yacía frente a ella, su boca dibujaba un rictus horrendo, con la lengua sobresaliendo de ella. John apretó su cuello por un tiempo que a Laura le pareció muy largo, trataba de asegurarse de que estuviera realmente muerta. Se levantó del suelo, tomó los brazos de su esposa y la arrastró hasta el cuarto de visita. Fue hasta el depósito que tenía en la lavandería y regresó con una bolsa de cal y una soga. Tomó una sábana blanca del closet y la envolvió con ella, asegurándose de cubrir el cuerpo con una generosa cantidad de cal. Amarró el cuerpo con la soga. Laura fijó su atención en el closet. John encendió la luz jalando de una pita amarrada al foco. Se agachó y levantó un falso piso. Laura pudo sentir el olor del aire rancio que provenía del sótano. John salió del closet y arrastró el cuerpo de su esposa hasta la entrada del pequeño sótano. Bajó unos escalones y arrastró el cuerpo detrás de él con mucha dificultad. Introdujo primero los brazos, la cabeza y el tórax. John jaló del cuerpo, pero las caderas quedaron trabadas. Tiró con fuerza y Laura pudio oír el desgarro de la sábana en donde había envuelto A Linda. John volvió a jalar, el esfuerzo lo hizo emitir un sonido cargado de ira y fatiga. Laura oyó el desagradable y sordo sonido de los huesos al romperse, esta vez, John no encontró obstáculos y el cuerpo desapareció. Laura no pudo ver más, no hasta que John volvió a salir del sótano mugriento y con raspones en el rostro y en el dorso de las manos.  En aquel momento, Laura sintió que ya no era solo una espectadora en aquella escena, sino que formaba parte de ella. John frunció el ceño enfurecido al verla. Por un momento, Laura se quedó donde estaba, se encontraba congelada en su lugar, cada músculo de su cuerpo parecía estar bloqueado, mientras John corría hacia ella gritando. Trató de estrangularla como a su esposa, pero no pudo, cada vez que intentaba rodear el cuello de la psicóloga con sus manos, la atravesaba por completo. Estaba formado por materia incorpórea y difícilmente podían unirse el plano astral y el plano físico. Eso hacía que Laura tuviera una leve ventaja, pero no impedía que estuviera aterrada, horrorizada de lo que acababa de ver y de lo que le podía suceder. Quería correr, gritar, escapar, pero no podía moverse, ni emitir palabra alguna.  John intentó algo diferente, levantó una mano y la tocó en la frente utilizando toda la fuerza mental de la que disponía. Laura sintió una terrorífica corriente que le recorrió el cuerpo y la obligó a levantar los ojos al techo. Sobre su cabeza, giraban fuertes luces intermitentes a cámara lenta, como en una discoteca. Se sintió como si estuviera bajo los efectos de algún potente alucinógeno, que la estaba haciendo perder la conciencia. Percibió que su cerebro se apagaba poco a poco sin que ella pudiera evitarlo. Pero de pronto, la adrenalina inundó su corteza cerebral, se le aceleró el ritmo cardiaco, y su cerebro le ordenó la más antigua de las decisiones innatas, presentar batalla. Intentó moverse, sacudir sus manos y mover los pies, no lo consiguió, aquella fuerza la seguía reteniendo. Trató de gritar, su garganta estaba seca y le dolía como si hubiese estado alentando a gritos a su equipo de fútbol favorito. Lo intentó de nuevo y esta vez un grito de desesperación casi animal escapó de su garganta y la fuerza que la retenía desapareció con él. Laura se movió al fin, su respiración estaba agitada, la noche recobró la calma, como si una tormenta hubiese amainado sorpresivamente. Miró a su alrededor, dio unos pasos y trastabilló, cayó sentada en la alfombra y tuvo que sostenerse con un brazo cuando la visión se le nubló. En seguida, perdió el conocimiento. En los segundos que precedieron a la pérdida de conocimiento, la habitación desapareció, dando lugar de nuevo al salón de fiesta. Laura sonreía en aquel bello vestido verde mientras caminaba al encuentro de Alejandro.

Se despertó sobresaltada, su respiración era dificultosa y se sorprendió al descubrir que las lágrimas bañaban sus mejillas. El sueño había sido tan sorprendentemente real que la dejó petrificada por unos segundos. Sus conjeturas y suposiciones habían alcanzado el punto más elevado, como una bomba que está a punto de estallar y si no se cuidaba, le estallaría en la cara. Sintió que un arrebato de desesperación empezaba a hacer mella en ella. Con mucha dificultad evitó emitir un grito, no quería alertar a nadie, aunque no había a muchos a quienes alertar, no tenía más vecinos que Alejandro y él no se encontraba en su casa. Había viajado a Lima por trabajo, aunque lo hizo de manera renuente, no quería dejarla sola por mucho tiempo dada las circunstancias.

Se sentó en el borde de la cama y bajó los pies al suelo, suspiró consternada mientras se secaba la mejilla con el dorso de su mano. El ciprés vecino, mecido por el viento, desprendía suaves murmullos, que la sobresaltaron. Pensó que, desde hace algún tiempo, todo la sobresaltaba y volvió a suspirar inquieta. Se mantuvo allí por unos minutos sopesando su siguiente paso, quería ir de inmediato a la casa 110, abrir aquel falso piso y bajar al sótano. Estuvo equivocada todo el tiempo al pensar que el cadáver estaría en su propia casa, pero ahora lo sabía y no tenía dudas, el cadáver estaba en la casa 110. Se levantó de un salto, como si la cama en donde estaba sentada, estuviera repleta de agujas, se cambió de prisa y salió rumbo a la casa que había pertenecido a Melinda. Pero cuando estuvo en la calle, caminó despacio al principio, abrochándose el abrigo y frotándose las manos para entrar en calor. Se obligó a mover los pies más deprisa, su paso se hizo más ágil y su mente más perspicaz.

 Cuando estuvo frente a la casa, recordó que ya no contaba con las llaves, Alejandro las había devuelto con la esperanza de mantenerla alejada del lugar y por ende segura. Al menos eso era lo que él suponía. Con lo que no contó el abogado, fue que todas las fuerzas del universo se confabulaban para hacer que Laura entrara a la casa. La puerta se abrió sola con un chirrido macabro, como invitando a la psicóloga a que pasara. Ella dudó por unos segundos, y no fue consciente de como ingresó en la vivienda, fue como si sus pies se movieran solos. Apenas estuvo dentro, la puerta se cerró con un golpe violento. Laura dio un respingo, su corazón se aceleró y volteó de inmediato, pensó que alguien o algo la había cerrado, pero no encontró nada. Suspiró tomando valor para seguir, tenía la agobiante certeza de que volvería a ocurrir algo malo.

Caminó despacio atravesando la sala de camino al comedor, se detuvo frente a la mesa y observó escudriñando la oscuridad. No había nada, no había susurros, no había apariciones, no había visiones. Por un momento llegó a pensar, que nada sucedería después de todo. Pero de todas formas siguió caminando hasta la habitación de visitas, quería corroborar que dentro del closet existía realmente el falso piso que había visto en el sueño. Cuando estuvo frente al closet, tomó la perilla del picaporte y antes de que pudiera girarla y menos aún abrirla, sintió una fuerte descarga eléctrica que le subió por el brazo y se extendió por su columna vertebral. Intentó apartarse, pero no pudo. Tenía los músculos comprimidos. En seguida, vio caras y cuerpos inmateriales transparentes, podía ver a través de ellos. Oyó risas diabólicas, luego llantos. Percibió varias emociones mezcladas, miedo, maldad, ira, terror. Los rostros se movieron mirándola como si quisieran discutir algo con ella. Todo sucedió muy rápido, luego se desvaneció. La descarga desapareció de forma brusca, tal y como había aparecido.

 Cuando recobró la conciencia, estaba recostada de espalda contra la puerta, con la respiración agitada y un terrible dolor de cabeza. Se puso de pie, a pesar de que le temblaban las piernas y éstas amenazaban con ceder en cualquier momento. Con temor, volvió a tocar la perilla, pensando que de nuevo sentiría la descarga, pero esta vez no sucedió nada. Laura pudo abrir la puerta. Buscó a tientas el interruptor de la luz, cuando lo encontró, la encendió. Observó el pequeño espacio iluminado, estaba vacío, desde luego, ¿Qué se suponía que encontraría allí? Bajó la mirada al piso y para su sorpresa, no había nada que indicara la existencia de un falso piso o alguna entrada a algún sótano. Suspiró frustrada, por un momento pensó que realmente se estaba volviendo loca. Sintió el impulso de salir de allí y regresar de inmediato a su casa, pero algo más fuerte que ella la retuvo. Dio un paso, e ingresó al closet. Levantó la mirada sobre su cabeza, hurgando cada rincón, luego observó a su derecha primero, y a su izquierda después. El pequeño closet medía unos dos metros de ancho por metro y medio de largo y unos dos metros y medio de alto. No encontró nada fuera de lo normal y se dispuso a salir.

 Cuando se movió, oyó un crujido bajo sus pies, como si el lugar en donde se encontraba parada fuera hueco. Volvió a moverse y de nuevo oyó aquel crujido. Salió del closet y se arrodilló en el suelo para observarlo mejor. Examinó con atención el piso y se percató que las líneas de las baldosas de linóleo no coincidían. Pasó sus dedos por las líneas formando un rectángulo de poco más de metro y medio de ancho y metro de largo. Creía haber descubierto el falso piso, pero no tenía idea de cómo abrirlo. Volvió a ingresar al closet, pisó el centro del rectángulo un par de veces, esperando que tal vez se abriera con la presión del pie, pero no sucedió nada. Emitió un suspiro inquieto y frustrado. Lo pensó por unos segundos y luego, pisó el borde superior derecho de lo que ella suponía era el falso piso. Oyó un sonido parecido a un click, y la puerta cedió de golpe. Volvió a presionar el borde y esta vez, el falso piso se levantó. Laura no pudo evitar sonreír, a pesar de la inquietante sensación de que se estaba metiendo en terreno peligroso. Volvió a arrodillarse en el piso fascinada por su descubrimiento.  Pensó que ahora podría levantar el falso piso, como si de una escotilla se tratara. Situó sus manos en los bordes y trató de levantarlo, antes de tener la posibilidad de hacerlo, la luz del closet se apagó y la psicóloga sintió que la temperatura en la habitación bajaba estrepitosamente.

 Se levantó del suelo asustada, sus sentidos se pusieron en alerta de inmediato, recorrió la habitación con los ojos bien abiertos, estaba pálida y muy asustada. En ese instante, la habitación completa se iluminó con una luz brillante, que no supo identificar de donde provenía. Los reflejos eran tan deslumbrantes, que la obligaban a cerrar los ojos y protegerse el rostro consternado y confuso, con uno de sus brazos. Segundos después, la luz se apagó, y la habitación quedó de nuevo a oscuras. La temperatura descendió de nuevo, su aliento formaba una nube a su alrededor. Laura pensó que terminaría congelándose en aquella habitación y nadie lo sabría. Su cuerpo temblaba con violentos espasmos producto del frío. Trató de salir, pero una sensación terriblemente helada le recorrió la espalda, como si las manos de un hombre de nieve la acariciaran. De improviso, sintió que algo muy fuerte la sacudía, trastabilló y casi perdió el equilibrio. Sus ojos se dilataron por la desagradable sorpresa. Una segunda sacudida la tomó desprevenida y cayó de espaldas al piso. Sintió un dolor profundo y lacerante en el centro de la espalda que la retuvo en el suelo por unos segundos. Antes de que pudiera siquiera pensar en levantarse, la fuerza desconocida, la hizo volar hacia delante, Laura levantó el brazo derecho para evitar aterrizar de cara contra la blanca pared de la habitación. Intentó levantar el brazo izquierdo, pero lo tenía adormecido desde el hombro hacia abajo. No pudo protegerse la cabeza, sintió un dolor agudo, intenso y pulsante como si su cabeza le fuera a estallar. Rebotó, se tambaleó y después cayó de rodillas frente a la pared. La oscuridad se apoderó de ella como si hubiera caído en un agujero negro, estaba perdiendo la consciencia.

Lo siguiente que recordó fue a Alejandro sosteniéndola entre sus brazos, tenía una lágrima en el ojo derecho, brillante y perfecta. Los ojos locos de desesperación y angustia. La cara pálida y el rostro desencajado.

_¡¡Laura, Laura!! ¿Estás bien? ¿te duele algo? ¿puedes moverte? _ prorrumpió en preguntas apresuradamente.

_Estoy bien. Solo estoy algo asustada_ respondió_ y se sobresaltó al oír el sonido de su propia voz.

Era mentira, desde luego, pero lo dijo con bastante ímpetu. Claro que ella no podía ver lo que estaba escrito en su rostro.

Alejandro suspiró, pero ella no supo si de alivio, resignación o desesperación. Los brazos del abogado, fueron para ella, como agua fresca en un día caluroso, o tal vez lo más correcto sería decir que fueron como una taza de chocolate caliente en una noche fría.

_ ¿Cómo se te ocurre venir sola? _ preguntó inquieto.

_ ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas en Lima_ dijo ella.

Alejandro no pudo evitar poner los ojos en blanco, se sentía consternado por haberla encontrado inconsciente y sola en aquella casa que no hacía más que causarle a ella problemas.

_Terminé el trabajo a las ocho y decidí venir porque no quería que estuvieras sola por mucho tiempo. Cuando llegué a casa, sentí el impulso alocado de venir hasta aquí. La puerta estaba abierta, así que entré de inmediato, sabía sin lugar a dudas que estabas aquí y que algo te había sucedido. ¡¿Qué diablos hacías aquí a esta hora?! ¿Cómo entraste?

_La puerta se abrió para mí_ respondió ella mientras se incorporaba llevándose una mano a la cabeza. Aún le dolía un poco.

_No te toques la frente_ dijo Alejandro_ tienes un buen golpe, te llevaré a casa, necesitas descansar.

Alejandro la ayudó a llegar hasta su casa, los primeros rayos del alba ingresaban a través de las persianas de su habitación cuando se acostó en la cama. Laura le narró con lujo de detalles lo que vio en la casa, la forma en que John había asesinado a su esposa y en donde había escondido el cuerpo.

_ ¿Cómo pudo seguir con él después de haberla golpeado tantas veces? _ se preguntó Alejandro_ tenía que suponer que tarde o temprano él terminaría matándola.

_Algunas mujeres resisten_ dijo Laura_ algunas supongo por pura y vieja terquedad. Pero principalmente lo hacen para mostrarle al mundo un rostro neutral y serio como si en realidad no pasaran por terribles e indescriptibles momentos. Siguen, no solo para convencer a los demás que tienen una vida grandiosa sino para convencerse a si mismas de que su vida podría ser peor allá afuera. Es difícil romper con esa cadena que te aprisiona, no sabes vivir de otra manera, eso es todo lo que conoces. Muy pocas pueden romperla y al fin vivir sus vidas, es como cuando a un esclavo lo liberan al fin, no sabe que hacer con su vida.

Alejandro asintió en silencio, sopesando las palabras de Laura.

_Iremos a inspeccionar el sótano después de que duermas unas horas_ sentenció poco después.

Ella necesitaba descansar, tiempo que él dedicaría a hacer sus propias indagaciones.

HISTORIAS ENTRELAZADAS ( Kataryna)

VI

La terrible y tormentosa noche los había agotado por completo. El viento que soplaba helado y los acompañaba sin descanso. Parecía uno de aquellos visitantes indeseados que se sienten tan a gusto mientras el dueño de casa no ve la hora de que se despida y salga de la casa.

Kataryna llevaba una expresión sombría y se la veía cansada, pero con fuerzas suficientes para concluir el día de la mejor manera posible.

 La niña seguía los pasos de su madre arrastrando sus pequeños pies, pero sin emitir queja alguna.

Petrov volteó la cabeza sobre su hombro derecho para comprobar la situación de los caminantes. Dimitry vio su propio vaho blanco y espeso y también otra cosa que llamó su atención. Igor se encontraba varios metros por detrás de Kataryna y la niña. Caminaba con una fatiga casi cadavérica. Parecía que había envejecido diez años en el trascurso de unas horas. Parecía senil y marchito. Llevaba el rostro sofocado con un tono levemente violáceo.

Lo que Petrov no podía saber era que además sufría de palpitaciones e hinchazón en los tobillos lo cual le dificultaba caminar.

Dimitry reconoció no solo el estrés del agotamiento físico sino también la abstinencia alcohólica con la cual estaba muy familiarizado. Aquel rostro demudado y pálido lo había visto demasiadas veces reflejado en su propio espejo luego de su accidente y su posterior abrupta salida del ejército, cuando ahogaba las penas y decepciones en una buena botella de vodka. Bueno, en realidad, en dos o tres botellas al día.

Le preocupó que el hombre terminara cayendo al suelo en cualquier momento y en el mejor de los casos los retrasara, lo cual no faltaba mucho para que sucediera.

Decidió acortar sus pasos en un intento por ayudar a Igor a recuperar los suyos.

Igor se tambaleó como una hoja en una tempestad y cayó al suelo. Se sostuvo con el brazo derecho y se levantó de inmediato. Intentó dar unos pasos, pero esta vez cayó de bruces, cuando volvió a ponerse de pie, tenía rasguños en la frente, posteriormente explicaría que una rama había sido la causante de aquellas magulladuras.

 Petrov decidió restarle importancia al asunto, Igor parecía haberse repuesto admirablemente. Miró al frente y siguió caminando.

Al día siguiente, Petrov volvió a abastecerse de alimentos y algo más. Cuando regresó con la nueva bolsa repleta de alimentos y se sentó frente a la familia que esperaba ansiosa su llegada, no solo les entregó sus raciones, sino que les puso al tanto de las noticias. Un grupo de bolcheviques recorría la zona en busca de fugitivos.

Igor y Kataryna se miraron descorazonados.

_No sabemos a quienes buscan_ se apresuró en explicar el exsoldado_ no podemos seguir por estos bosques, debemos escondernos por algún tiempo.

Kataryna parecía confundida y desconcertada ¿Dónde se suponía que se esconderían?

_A unos pocos kilómetros de aquí hay una cabaña en donde podemos esperar hasta que la guardia se canse de buscar_ dijo Petrov como si acabara de leerle el pensamiento.

Kataryna asintió para luego estrechar a su hija entre sus brazos, era una acción inconsciente que realizaba cada vez que se sentía atemorizada.

Poco antes de que el sol cayera definitivamente por el oeste llegaron hasta una pequeña cabaña rodeada de grandes arboles desnudos. Igor se preguntó como diablos habían construido aquella casa encajonada entre aquellos inmensos árboles.

Petrov tomó el tirador de la puerta, la cual se abrió con un chirrido que Daryna consideró extrañamente terrorífico. Entraron en un habitáculo rectangular con paredes de madera desnudas y suelo de tierra, pero asombrosamente limpia. La estancia no era grande y la iluminación procedía de un par de ventanas estratégicamente situadas para aprovechar la escasa luz que se filtraba entre las ramas de los árboles. Unas mantas grises colgadas de un dintel de madera constituían las improvisadas cortinas. Una espectral chimenea de piedra se erguía en el centro de la estancia. En el techo se entrelazan gruesas vigas ennegrecidas por el humo de la leña quemada en la chimenea a lo largo de los años. Apostados al lado derecho de la estancia, se hallaba una desvencijada mesa y cuatro sillas en el mismo estado calamitoso. En el centro de la mesa se observaban dos lámparas de keroseno y una caja de fósforos. En el lado derecho situadas una al lado de la otra se observan cuatro catres. Sus pies estaban formados por dos listones de madera cruzados unidos por una articulación y cuya superficie elástica hecha de un grueso tejido hacía las veces de colchón. A pesar de ello Kataryna pensó que sería maravilloso dormir en ellos después del duro y gélido suelo en el que habían pasado las noches.

Daryna soltó la mano de su progenitora y con una risita juguetona se dirigió a uno de los catres y se dejó caer en él con los brazos y las piernas extendidas.

La cabaña no contaba con más mobiliario, pero a la familia le pareció un hotel de lujo digno de algún rey europeo.

_Aquí pasaremos un tiempo hasta que sea seguro volver a salir. Pónganse cómodos y descansen. Voy a poner unas trampas esta noche tal vez tengamos suerte y mañana encontremos algún animal_ dijo Petrov antes de salir.

Kataryna imitó a su hija casi de inmediato y emitió un suspiro de alivio cuando su cansada espalda pudo relajarse contra el catre.

Igor se dejó caer pesadamente en otro de los camastros, en pocos segundos emitía fuertes y estridentes ronquidos que retumbaban en las paredes de la casi desnuda habitación.

Daryna se ovilló sobre su cuerpo y luchó con sus pesados parpados que la amenazaban con cerrarse. Su respiración se hizo lenta, acompasada y enseguida el sueño la envolvió por completo.

Kataryna la observó por unos minutos y a pesar de que deseaba dormir, se obligó a incorporarse y ponerse de pie. Se acercó a la niña y le quitó los zapatos que aún llevaba puestos. La arropó con la manta que encontró al pie del camastro y le arregló un mechón de pelo que le cubría la cara.

Una fuerte ráfaga de viento sacudió las ventanas. Karatyna levantó la cabeza y miró a través de una de ellas llevándose una mano al pecho. La noche había caído por completo sobre el bosque y no veía más allá de su nariz. Solo el sonido quejumbroso del viento llegaba hasta ella.

Decidió inspeccionar un poco la reducida estancia.

 Se acercó a la mesa y encendió unas de las lámparas. No había mucho que ver, no era en absoluto una vivienda sino un refugio para fugitivos.

Al final de la estancia, había otra puerta que conducía a la parte trasera de la cabaña. La abrió y el gélido viento le heló el rostro de inmediato. A su derecha pudo comprobar una buena cantidad de leña apilada contra la pared exterior de la cabaña. Pensó que podía utilizarlas para encender la chimenea. A su izquierda, descubrió un pequeño cuarto rudimentariamente construido, abrió la puerta e iluminó el espacio con su lámpara. Como había supuesto, era una letrina.

Las comisuras de sus labios se elevaron formando una gran sonrisa. Se sintió como la ganadora de algún gran sorteo. No tendría que esconderse tras algún árbol cada vez que quisiera ir al baño. Bueno, al menos por unos días.

Cerró la puerta y tomó unos leños consigo y volvió a la casa.

Igor y Daryna seguían durmiendo.

La puerta delantera de la cabaña se abrió con otro chirrido. La oscura figura de Petrov ingresó al recinto. Cerró la puerta a sus espaldas, pero se quedó observando a Kataryna quien aún sostenía la lámpara en su mano.

_He puesto las trampas, ahora debemos esperar_ dijo el exsoldado con voz grave.

Kataryna asintió sin decir palabra.

Petrov vaciló por unos segundos, como si sopesara algo. Pronto caminó hasta la mesa, se sentó en una de las sillas para luego sacarse los guantes y la gorra.

_Hay leña en la parte de atrás. ¿Podemos encender la chimenea? _ preguntó la joven madre.

_Puede hacerlo, después de medianoche, cuando los soldados estén descansando. No es conveniente hacerlo antes porque el humo puede llamar su atención.

Kataryna volvió a asentir.

_Venga, siéntese, será mejor que coma algo_ dijo Petrov mientras rebuscaba algo de comida en su bolsa.

Kataryna dudó por unos instantes.

_Debería despertarlos_ dijo paseando la mirada por a su esposo e hija.

Petrov sacudió la cabeza.

_No, déjelos descansar, despertarán cuando tengan hambre.

Kataryna pareció sopesar sus palabras por unos segundos para luego acercarse a la mesa. Se sentó frente a Petrov, mientras este deslizaba frente a ella un trozo de carne seca, pan y una cantimplora.

_Hay un arroyo cerca, llené dos cantimploras_ dijo_ mañana me llevaré a su esposo y llenaremos el resto.

Kataryna le agradeció con una sonrisa.

El exsoldado se detuvo por primera vez en la joven, la estudió cuidadosamente con ojos penetrantes.

Kataryna se sintió algo incómoda al notar que los ojos inquisidores del exsoldado no se despegaban de ella.

_No quiero incomodarla_ dijo Petrov al notarla inquieta_ pero creo que se ve algo más repuesta. Cuando la conocí estaba muy delgada y pálida.

Kataryna se sonrojó y bajó la mirada antes de contestar.

_ Pasamos hambre, estuve segura de que moriríamos si no salíamos_ se explicó.

_Lo sé, no tiene que explicarme nada, se perfectamente lo difícil de la situación.

Kataryna asintió. Desde luego que lo sabía pensó, después de todo había ayudado a salir a muchas personas de Ucrania.

_ ¿Ha visto morir a alguien? _ preguntó ella de repente.

Petrov frunció el ceño sin comprender su pregunta.

_ ¿Alguna de las personas que ha sacado de Ucrania ha muerto antes de cruzar la frontera? _ se explicó mientras sus ojos azules se posaban sobre los de Petrov.

Dimitry suspiró un par de veces antes de responder. Tenía tres opciones: primero, podía evitar la pregunta, segundo, mentir y tercero decirle la verdad. Tal vez lo más sencillo sería mentirle, pero por algún motivo ajeno a su comprensión necesitaba ser sincero con aquella mujer.

_Dos, he perdido a dos personas_ se sorprendió respondiendo.

Karatyna notó de inmediato la aflicción que aquello le causaba al hombre que tenía enfrente.

_La primera, fue una mujer mayor, estaba enferma cuando salió de Kiev y las penosas circunstancias del viaje solo empeoraron su condición. El segundo fue un hombre joven. Cayó al río y se ahogó, no pude evitarlo.

Kataryna lo miró con compasión. Pensó que, aunque Petrov demostraba insensibilidad en realidad era solo una máscara que usaba frente a los demás ya que en aquel momento se mostraba genuinamente acongojado por la pérdida de aquellas vidas.

_No se preocupe por mi_ dijo al ver el rostro de Kataryna_ debería preocuparse por usted y por su hija.

_Lo hago, todo el tiempo_ dijo ella_ mucho más de lo que usted se imagina.

Él sonrió en forma condescendiente antes de tomar un sorbo de agua de la cantimplora.

_ ¿Qué le parece gracioso? _ preguntó Kataryna un poco fastidiada.

_Créame, su situación me causa muchas cosas, pero entre ellas no hay nada divertido.

Kataryna endureció la mirada.

_ ¿Qué es lo que trata de decir? _ preguntó con voz severa.

Petrov pensó que había ido demasiado lejos, nunca se inmiscuía en la vida de las personas a las que había ayudado a huir y no entendía porque estaba haciendo una excepción con esta mujer. Pero sentía que tenía algún tipo de deber con ella.

_No tome a mal mis palabras, en verdad me preocupa usted y su hija_ dijo, luego desvió la mirada a sus manos al tiempo que sopesaba lo que debía decir.

Kataryna pensó que había pasado una eternidad antes de que Petrov volviera a hablar.

_ Se que se trata de su esposo, pero no me gusta su actitud. Debería pensar en su seguridad y la de su hija.

Kataryna se puso en guardia de inmediato, no entendía porque Petrov se tomaba atribuciones que no le correspondía.

_Señor Petrov, le agradezco su preocupación, pero le pago para que nos saque de aquí y no para que opine sobre mi familia_ dijo con voz pétrea antes de levantarse de la silla y dirigirse hacia los camastros.

Petrov se quedó sentado por unos minutos sintiéndose completamente fuera de lugar, avergonzado y desconcertado por su propia actitud. Jamás debió decirle a ella lo que pensaba.

VII

Petrov caminaba entre los árboles del bosque cauteloso y solapado. El musgo que cubría de verde los troncos durante el húmedo otoño, se había transformado, dando paso a un color amarillo grisáceo. El viento que se cribaba a su alrededor sonaba como un ser vivo en un calvario de dolor.

Un sonido de revoloteos se unió al estremecedor alarido del viento. Dimitry levantó la mirada hacia la copa de unos árboles en el preciso momento en que una bandada de aves negras como el ébano levantaba vuelo.

 El sonido del viento escaló hasta transformarse en un silbido, y algunas ramas secas empezaron a desprenderse de los árboles cercanos y cayeron alrededor de Petrov. Tenía la cara entumecida y los labios morados, pero no pensaba regresar a la cabaña hasta que terminara de inspeccionar todas las trampas que había dejado la noche anterior. Hasta el momento no había tenido suerte, pero no había perdido las esperanzas. Les vendría muy bien un poco de carne fresca.

Por debajo del zumbido del viento le pareció oír el chillido de un animal en agonía. Apresuró el paso en dirección a la última trampa que le quedaba por inspeccionar. Se detuvo a pocos metros y observó a un pequeño cervatillo que luchaba por librar su pata de los terribles dientes metálicos que lo mantenían cautivo.

Petrov sacó su cuchillo y se acercó al jadeante animal que lo miraba con los ojos desorbitados y las fauces abierta. Un hilillo de saliva se extendía a través ellas. No podía disparar, el estampido de un arma podría alertar a cualquiera que los estuviera buscando. Temía que desde la seguridad del bosque y las hierbas altas vigilaran sus movimientos.

Se puso en cuclillas frente al animal, tomó su cabeza con una mano y con la otra le rebanó el pescuezo con un movimiento firme y preciso. Había realizado aquella práctica incontables veces. El cervatillo se agitó debajo de su mano por unos segundos. Tensó las patas y se sacudió mientras la sangre se escurría de su cuerpo, teñía el suelo de rojo y la vida se le escabullía del cuerpo.

De pronto, el viento se condensó en una colosal mano gélida asentada en el centro de su espina, como si el espíritu del animal le exigiera que le devolviera la vida que acababa de serle arrebatada.

Lamentó quitarle la vida a un animal tan pequeño, pero en aquel momento, las vidas de varios seres humanos dependían de él.

Liberó al cervatillo, lo levantó sobre su hombro y regresó con pasos apresurados a la cabaña.

VIII

Luego de una semana, la respuesta del informante de Petrov seguía siendo la misma, los bolcheviques aún patrullaban la zona. Estaba preocupado porque los primeros copos de nieve empezaron a caer en espiral desde el cielo blanco hasta el suelo, pronto un manto blanco cubriría el bosque y la caminata se haría mucho más dura e implacable.

Regresó a la cabaña con un nuevo cargamento de alimentos. Durante su estancia en la cabaña había prescindo de la carne seca para alimentarse por lo que contaban con una buena provisión para cuando reemprendieran la larga marcha.

Ingresó a la cabaña y dejó la bolsa sobre la mesa. Igor y Kataryna lo interrogaron con la mirada. Sacudió la cabeza en respuesta. Giró sobre sus talones y salió de nuevo. Igor se dejó caer sobre una de las sillas mientras Kataryna tomaba su abrigo y salía en busca del exsoldado.

Se sentaron sin mediar palabra en un árbol caído bajo la creciente nevada. Petrov observó como la nieve se escarchaba en el pelo de Kataryna y se posaba en sus mejillas. Tenía en los labios un leve tono azulado y se frotaba las manos. Había olvidado ponerse los guantes. El aire helado azotaba cada vez con más fuerza amedrentándolos.

Kataryna sintió que el crudo aire no solo le congelaba las manos sino también las palabras. Se le hacía difícil conversar con Petrov luego del pequeño exabrupto que habían tenido. Se obligó a buscar algunas en su cerebro que en aquel momento parecía un antiguo baúl cubierto de tela de araña y polvo. Se encargó de sacudirlo antes de abrirlo.

_ ¿Qué fue lo que le dijeron? _ preguntó poco después.

_Aún siguen recorriendo la zona_ contestó sin mirarla a los ojos.

Para Dimitry también era difícil comunicarse con ella después del malentendido. Le había dirigido la palabra en contadas ocasiones durante toda la semana.

_No nos abandonará ¿o sí? _ preguntó Kataryna observando la nieve que se empezaba a acumular alrededor de sus pies y sobre su abrigo.

Petrov levantó los ojos y la miró con sorpresa.

_No, desde luego que no_ contestó con un tomo incrédulo_ no pensará que soy capaz de abandonarlos a su suerte.

_Espero que no_ dijo ella con una risita nerviosa_ pero no puedo esperar que arriesgue su vida.

_Nos hemos retrasado, el clima no nos ayudará, pero los sacaré de aquí de un modo o de otro_ sentenció con una certidumbre seca pero tal vez poco objetiva, que apaciguó en algo el atribulado espíritu de Karatyna.

IX

Reemprendieron la marcha, tres días después. Los soldados habían atrapado y fusilado a un desertor y desaparecieron tan rápido como habían llegado.

Mucho más descansados y con el espíritu en alto marcharon a través del frío intenso e implacable que se arremolinaba alrededor de ellos. La nieve blanca cubría por completo el suelo y las ramas de los árboles. El sol se reflejaba en ella hiriéndolos en los ojos con su intenso resplandor. Pero al marcar el mediodía por el contrario de lo que se esperaba, su fulgor fue decreciendo a medida que jugaba a las escondidas detrás de alguna que otra nube que viajaba despacio hacia el este.

Tres horas después, alcanzaron una elevación y desde ella, se detuvieron a observar un río ancho que se deslizaba lentamente como peltre bajo el cielo ahora nublado que permanecía aún en calma. Pero un solitario corredor de nubes negras se movía a un ritmo constante hacia ellos.

Petrov que casi siempre mantenía la calma sintió que un desacostumbrado pesar se elevaba desde el fondo de su corazón mientras observaba las colinas arboladas que descendían suavemente hacia la otra orilla. Pensó en el tiempo, que parecía una huella de agua, y como el gran río delante ellos, no hacía más que manar.

Comenzaron a descender la colina despacio, la nieve que se había acumulado y les llegaba hasta la pantorrilla.

Daryna caminaba con dificultad de la mano de su padre, arrastrando pesadamente los pies. Tropezó con un tronco camuflado entre la nieve y fue a para al suelo. Cayó de lleno sobre el estómago y hundió la cara en la blanca nieve. Prorrumpió en un grito de dolor y se llevó la mano al tobillo.

Kataryna se acercó a ella alarmada. El corazón le palpitaba tan fuerte que lo sintió en todo el cuerpo. A pesar del intenso frío, el sudor emanó de ella como si fuera un pozo petrolífero.

_ ¡Daryna! _ gritó mientras la levantaba del suelo.

La niña no dejaba de gritar mientras intentaba alcanzar el tobillo lastimado.

Aquellos gritos hicieron que a Kataryna se le erizara el pelo de la nuca.

_ ¡Me duele el tobillo!

Las palabras brotaron en pequeños jadeos producto del intenso dolor.

Petrov se acercó a la niña y la examinó con sumo cuidado.

_No está roto, solo se torció el tobillo_ sentenció.

Inmovilizó el pie con un improvisado vendaje y procedió a cargarla sobre su espalda.

Kataryna descubrió otro aspecto de Petrov que hasta entonces el exsoldado había custodiado con esmero.

_No tiene que cargarla, yo puedo hacerlo_ dijo la joven madre.

Petrov la observó de soslayo sin dejar de caminar.

_No se preocupe, la cargaré por un par de horas luego puede hacerlo su esposo.

Igor rumió sus palabras y a continuación asintió lentamente con la cabeza como para afirmarlas.

Descendieron la colina y marcharon a orilla del río rumbo al sur. Kataryna se detuvo unos segundos, se agachó y recogió una piedra de mediano tamaño y la lanzó al río haciéndola revotar una, dos y tres veces hasta que se hundió en el medio del rio como tantas otras veces. Sonrió para sí misma, no había perdido la destreza. Apresuró sus pasos para alcanzar a los demás que ya se habían alejado casi cien metros por delante de ella.

Media hora después, el cause se torcía hacia el sureste obligándolos a alejarse de la ribera e internarse de nuevo en el bosque.

Eran las tres de la tarde cuando las oscuras nubes cubrieron por completo el cielo, lóbregas e irritadas. Los primeros copos de aguanieve cayeron sobre ellos, pequeños, fríos y húmedos. El viento soplaba en fuertes ráfagas azotándolos.

Minutos después la aguanieve se arremolinaba alrededor de ellos impidiéndoles ver más allá de sus narices.

Kataryna se ajustó el abrigo al cuello y se caló el gorro hasta las orejas. El objeto sobre su cabeza le confería una expresión algo graciosa, pero ni Igor ni Petrov se habrían tomado la molestia de percibir algo así en aquel momento.

Igor cubrió a su hija con una manta, Petrov aún la cargaba en su espalda.

_No la ayudará mucho_ dijo casi gritando para dejarse oír por encima del chillido del viento.

Igor se encogió de hombros sin decir palabra.

La aguanieve pronto se convirtió en una fina llovizna que les caló hasta los huesos.

Petrov observó a Kataryna con el rabillo del ojo, que caminaba a su derecha con pasos pesados. En los últimos tres días no hacía más que pensar el ella y en el futuro que le esperaba una vez que lograra cruzar la frontera. Estaba convencido de que su vida no mejoraría después de abandonar Ucrania, todo lo contrario.

Seguía dando vueltas a aquellos pensamientos cuando la lluvia se intensificó ligeramente.

Igor caminaba con la cabeza hundida en el pecho y las manos en el bolsillo en un intento por protegerse de la lluvia, demasiado exhausto para pensar con claridad, aunque, a decir verdad, la lucidez siempre le había sido esquiva. A pesar de que estaban a pocos días de alcanzar su objetivo, Igor se sentía extenuado física y mentalmente y se hubiese detenido por completo en aquel momento y dejarse rendir de no ser por su pequeña.

Los pensamientos turbulentos y alborotados no dejaban su mente, era como una caldera hirviendo que alguien habría de tanto en tanto para evitar que explotara. Había días en que no hablaba con nadie y se sumergía en los recuerdos de días mucho más prósperos. En aquellos días, no pensaba en nadie más que en sí mismo, olvidaba que tenía una esposa y una hija. Otros días como aquel, pensaba en la niña como lo único importante en su vida y aquello lo hacía seguir, dar un paso, tras otro y otro más hasta que conseguía llegar a otro atardecer.

 Esquizofrenia, habría sido el diagnóstico de un psiquiatra en el caso de que hubiese acudido a alguno.

Daryna se sujetaba con fuerza de los hombros de Petrov mientras escondía el rostro en su cuello. La manta con la que su padre la había cubierto cayó pesadamente al suelo, estaba empapada. Kataryna la recogió y se la echó al hombro, la necesitaría más adelante.

Los pasos del exsoldado se hacían cada vez más pesados y difíciles, el viento lo hacía tambalear de tanto en tanto, lo que lo obligaba a tantear el suelo a cada paso. Pronto, ordenó que se detuvieran, estaban exhaustos y no tenían más remedio que levantar la carpa mucho antes del atardecer.

La intensidad de la lluvia disminuyó poco después de que se detuvieran y desapareció por completo una hora después.

Las nubes se abrieron como si de telones de un gran teatro se trataran, dejando al descubierto millares de centelleantes estrellas.

Hacía frío, pero extrañamente resultaba agradable.

 Daryna e Igor se durmieron poco después de comer. Por el contrario, Kataryna a pesar del cansancio que arrastraba, no podía dormir. Salió de la tienda y se sentó sobre un tronco a pocos metros de la carpa. No tenía idea del paradero de Petrov.

Suspiró pesadamente y su aliento se condensó frente a sus labios en una nubecilla. Una semana más, pensó, una semana más y llegarían a la frontera. No podía creer lo cerca que estaban de conseguir su objetivo y a la vez lo lejos que sonaba.

Se restregó las manos enguantadas y se arregló el cabello. Deseaba poder tomarse un largo baño caliente, pero aquello estaba muy lejos de que sucediera.

Levantó la mirada al cielo y admiró lo apacible de la noche.

Oyó a un búho ululándole a la luna, luego el aleteo de un ave, después, el sonido de unos pasos acercándose. Se sobresaltó y se puso de pie de un salto. El borde de su abrigo quedó atrapado en una rama y cuando intentó salir corriendo se desgarró con un sonido sordo.

Petrov apareció por detrás de unos árboles y se acercó a ella con una sonrisa tranquilizadora. Llevaba en las manos las cantimploras. Al parecer se había encargado de llenarlas.

_Lo siento no quise asustarla_ se disculpó al ver sus ojos abiertos como platos.

Kataryna pareció relajarse y a continuación dedicó su atención al abrigo desgarrado. Se alegró al notar que podría arreglarlo con facilidad.

Petrov se arrellanó en el tronco con total comodidad como si se tratase de un mullido sillón para luego indicarle a la joven con un gesto que lo acompañara.

Kataryna dudó por un instante y luego se sentó a su lado con movimientos lentos y relajados.

_Quisiera que me perdonara por haberme tomado el atrevimiento de hablarle de su familia la última vez_ fue lo primero que dijo con los ojos fijos en algún punto de la negra noche.

_No tiene porque, no debí exaltarme de aquel modo con usted_ respondió ella también sin mirarlo.

_Estaba en su derecho_ replicó Petrov pasándose la mano por el pelo. Seguía con la mirada fija en algún punto.

Kataryna no supo cómo continuar aquella extraña e incómoda conversación, así que hizo lo mejor en esos casos, guardar silencio.

_No fue mi intensión incomodarla, es solo que me preocupa su seguridad y la de su hija_ continuó Petrov. Esta vez la miró con ojos penetrantes. Ella tenía la cabeza gacha.

_Se a lo que se refiere. Pero no es su obligación preocuparse por nosotras_ contestó.

Petrov asintió y emitió un suspiro pesado. Ella tenía razón, no era su obligación, pero, aun así, no podía dejar de preocuparse.

_Ahora lo único que me importa es salir de aquí, luego tendré oportunidad de preocuparme por lo que venga_ dijo.

Esta vez levantó la mirada y enfrentó la de Petrov.

Este asintió de nuevo y le regaló una cálida sonrisa que hizo estremecer el corazón de Kataryna.

_ Solo falta una semana y estaremos en la frontera_ anunció_ no podemos cruzarla por el puesto fronterizo, deberemos rodearlo y buscar un lugar que no esté muy vigilado_ explicó Petrov.

Kataryna asintió, pero sintió una punzada de miedo.

_ Quiero que sepa que de todas las personas a las que he sacado del país, usted es por lejos una de las más valientes y decididas. La admiró muchísimo_ agregó con los ojos centelleantes.

Una sonrisa se dibujó en los labios de la joven mujer, en verdad agradecía las palabras de aquel hombre. Eso le daba fuerzas para seguir adelante. Además, el sentimiento era sinceramente recíproco.

Para Petrov, era mucho más que admiración, pero no necesitó decirlo, lo llevaba escrito en la cara.

Kataryna sintió un remolino de emociones, estaba a punto de conseguir cruzar la frontera, lo cual la tenía en constante exaltación, pero, por otro lado, sabía que una vez que cruzara hacia Polonia, nunca volvería a ver a aquel hombre que la había ayudado a cambiar su vida. Petrov lo había dejado claro desde un principio, Kataryna y su familia eran solo un negocio más para el exsoldado, aunque la joven lo percibiera de otra manera.

Kataryna pensó que nunca en su vida había sentido amor, y se preguntaba si esto que sentía por Petrov era algo parecido al amor. Decidió que no era el momento, ni el lugar para sopesar la respuesta a esa pregunta.

Un intenso chorro de luz que emanaba de una increíble luna llena iluminó el rostro de Petrov, confiriendo a sus facciones una apariencia más suave, rejuvenecida y agradable. Las densas sombras a su alrededor provenientes de los árboles del bosque le otorgaban un marco surrealista.

Kataryna sintió una fría ráfaga de aire proveniente del sur y se estremeció.

_ ¿Tiene frío? Puedo dejarle mi abrigo_ dijo Petrov mientras se ponía de pie y se disponía a quitarse el abrigo.

_ No, no es necesario, es hora de que me vaya a dormir_ dijo ella poniéndose de pie.

Dio un par de pasos, se detuvo y volteó sobre sus talones.

_Agradezco lo que hizo por mi hija_ dijo con una sonrisa.

_Lo hice con mucho gusto_ contestó.

Kataryna asintió y se despidió del exsoldado con un gesto de su mano.

X

Al rayar las diez de la mañana en aquel día inusualmente cálido de invierno, atravesaron una antigua vía de ferrocarril. Petrov explicó que se encontraba abandonado desde hace un par de años. Los rieles presentaban una pátina cobriza producto de la oxidación y las hierbas que crecieron durante el pasado verano entre los maderos se hallaban ahora secos y cubiertos de nieve.

Kataryna se tropezó y hubiese terminado en el suelo si la prodigiosa mano de Petrov no lo hubiera evitado. La joven madre le agradeció el gesto con una cálida sonrisa.

Solo les quedaba once kilómetros por recorrer para llegar a la frontera, pero no podrían cruzarla hasta que cayera la noche.

A las dos y media de la tarde coronaron su objetivo, una pequeña colina desde donde se divisaba un arroyo que discurría con rapidez. Esperarían agazapados entre el matorral del bosque hasta el anochecer.

A las cuatro y media, el sol destacaba por sus bordes dorados bajo las escasas nubes. Los rayos oblicuos de última hora de la tarde daban color a la habitual y deslucido bosque blanquecino tiñéndolo de un color amarillo enfermizo.

El sol terminó por esconderse por el oeste y la penumbra cubrió el gélido paisaje.

Cuando se disponían a dejar su escondite, a lo lejos, hacia el noroeste, se oyó un ruido bajo y pesado, una detonación árida. Hubo una pausa, luego se oyó un segundo estallido. Lo siguieron varios más, y luego una perfecta descarga de artillería avanzando en su dirección.

Kataryna sujetó a su hija con fuerza, una sensación de pánico le atenazó la garganta. De pronto tuvo la espantosa seguridad de que acababa de presenciar la última puesta de sol, la última de su vida.

Igor miró alrededor con expresión aturdida.

_ ¡Vamos debemos apresurarnos! _ dijo Petrov con voz alarmada.

Entonces echaron a correr en dirección contraria a las detonaciones. Se abrieron paso entre los árboles bajando la última cuesta.

Igor se deslizó arrastrando el trasero por el húmedo suelo.

Daryna rodó un par de metros hasta que Petrov la detuvo.

 El pie de Kataryna terminó atascado entre un par de troncos y perdió el equilibrio, cayó de bruces con un sonido sordo. Se incorporó de inmediato y siguió corriendo. Su corazón estaba a punto de estallarle.

 Llegaron a la orilla en pocos segundos con una expresión delirante en sus rostros.

Kataryna cojeaba y arrastraba la pierna cuando alcanzó la orilla. En ese momento pudo comprobar que la caída de su hija tuvo consecuencia. Tenía una herida en la frente y le sangraba el labio superior, pero no tenía tiempo para aquello ahora.

_ ¡Deben cruzar ahora! _ apremió Petrov_ ¡Los soldados no tardarán en llegar!

Karatyna extrajo un fajo de billetes de su alforja y se la entregó a Petrov. Este la observó por unos segundos sin decidirse a tomarlo.

Kataryna lo animó a hacerlo con la mirada.

_Gracias por todo_ dijo una vez que Petro tomó el dinero.

El exsoldado solo asintió sin decir palabra.

En ese momento, se oyó un disparo muy cercano y el viento arrastró el inconfundible olor a pólvora.

_ ¡No se muevan! _ ordenó una voz grave.

Todos voltearon sobre sus talones al oírla.

Un hombre se acercaba a ellos apuntándolos con su arma. Se detuvo a pocos metros de los fugitivos.

 Petrov reaccionó en el acto y de un manotazo lo obligó a soltar el arma. Le asestó una patada en la entrepierna y cuando el soldado se dobló por la cintura, le volvió a propinar otra patada paralizadora en la cara. El soldado quedó inconsciente, con la mitad del cuerpo dentro del agua y la otra mitad en la orilla. Enseguida, Petrov apremió a la familia a que se metiera al agua.

Igor cargó en brazos a su hija y se metió al arroyo emitiendo un grito de sorpresa. En el fragor de la huida no se le había ocurrido pensar en la temperatura del agua.

Kataryna tuvo tiempo de dedicarle a Petrov una última mirada antes de introducirse al agua detrás de su esposo.

El agua estaba tan fría que Igor pensó que se le congelaría la sangre y se le detendría el corazón en cualquier momento.

Kataryna luchó contra el frío y la corriente, su cuerpo se estremecía en fuertes espasmos y sus pasos se hacían cada vez más lentos. Sus labios se habían puesto morados solo segundos después de entrar al agua y ahora sus dientes chasqueaban sin control.

La cantimplora de Igor se desprendió del cinturón y se alejó corriente abajo en solo segundos. De todas formas, no podía hacer nada para recuperarla ya que cargaba a la niña en brazos.

Mientras tanto, en la orilla, se oyeron varios disparos. El fuego iluminó la noche. El sonido de las detonaciones superpuestas resultó ensordecedor.

Karatyna e Igor voltearon asustados y dirigieron sus miradas hacia la orilla en donde estaba Petrov.

Un soldado de mirada salvaje y despiadada avanzaba hacia Dimitry esgrimiendo un arma. Petrov realizó un disparo y la expresión del soldado se trasformó. Se tambaleó a través de la nieve, hundido hasta las pantorrillas. Sus ojos se abrieron de par en par en una expresión de incredulidad al sentir que algo parecido a una hoguera ardiente le quema en medio del estómago. Bajó la mirada, soltó el arma y se llevó las manos al área en donde ardía la hoguera, luego prorrumpió en un grito de dolor, pero sobre todo sorpresa cuando descubrió que un torrente de sangre tibia le manaba del estómago.

Kataryna dio un respingo al tiempo que el soldado intentaba alejarse con los ojos y la boca muy abiertos en una expresión de pánico.

Se oyó un crujido escalofriante cuando otra bala le perforó el hombro y se deslizó boca abajo por la nieve con los brazos extendidos a los costados como un títere abandonado después de terminado el espectáculo.

_ ¡Vamos! _ gritó Igor sacándola del trance en el que había caído.

Se apremiaron a cruzar a la otra orilla mientras Kataryna pensaba que podrían haber muerto en aquel momento y que el universo seguiría girando constante e impertérrito.

Un par de minutos después se dejaron caer sobre la nieve acumulada en la orilla, respiraban agitadamente y sus cuerpos tiritaban mucho más.

Contra todos los pronósticos, habían culminado la parte más difícil de un viaje asombrosamente peligroso.

CASA 110 ( fragmento)

V

Habían pasado una par de horas desde que Alejandro regresó a su casa, luego de que discutieran una y otra vez lo que Laura había experimentado en aquella aterradora visión. A pesar de que estaba cansada, no podía dormir, ya pasaba de la media noche, por lo que decidió tomarse una pastilla que la ayudara. Se levantó renuente, tenía frío y sabía que la cocina lo estaría aún más. No encendió las luces, la casa estaba en penumbras, la luz del farol que ingresaba a través de las ventanas de la casa la iluminaba tenuemente. Caminó descalza sobre la mullida alfombra, pero cuando llegó a la cocina, sintió el frío subiendo a través de sus pies. Se apresuró en llevarse la pastilla a la boca y pasarla con un poco de agua. Observó a través de la ventana en dirección a la casa de Alejandro, todo estaba a oscuras, probablemente estaría durmiendo, pensó. Suspiró, él estaba tan cerca, pero a la vez tan lejos. Se sentía cada vez más atraída hacia él, pero estaba decidida a no dar rienda suelta a sus sentimientos. No deseaba que las cosas salieran mal entre ellos y terminara destruyendo la amistad que tenían.

Sonrió para sí misma mientras recordaba el día en que lo había conocido, pensó que por primera vez en su vida sus instintos le jugaron una mala pasada. No le había caído del todo bien cuando lo conoció, pero el abogado resultó ser todo lo opuesto a lo que ella se había imaginado. Alejandro era un hombre atento, amable, asertivo, muy prudente y respetuoso con los demás. Laura lo consideraba, además, generoso y comprometido con su trabajo y las personas que lo necesitaban. Pero no podía olvidar, que era un hombre muy atractivo, sus bellos ojos marrones eran francos y sinceros, su sonrisa ladeada le detenía el corazón, y su cuerpo, debajo de la ropa que usaba dejaba adivinar unos bien desarrollados músculos que parecían puntos de referencias geográficos. Se echó a reír de su ocurrencia sacudiendo la cabeza.

 De pronto, oyó unos sonidos que la sacaron de aquellos pensamientos, pensó sonaron a madera que cruje. Al principio no supo de donde provenía, pero se quedó quieta y en silencio en actitud vigilante. Volvió a oírlo, tres o cuatros crujidos que parecían provenir del piso del comedor. Caminó despacio intentando hacer el menor ruido posible. Se quedó parada en el umbral de la puerta que daba al comedor y aguzó el oído. Lo oyó de nuevo, pensó que eran pasos sobre el piso de madera. Era muy común oírlos por la noche cuando la madera se contraía por el frío, pero prestando mayor atención, pudo comprobar que el sonido era diferente. “No son pasos”, pensó. Sonaba como si alguien estuviera arañando el piso de madera, algo así como cuando Andy arañaba la puerta en busca de atención, pero esta vez estaba segura de que no se trataba del perro de Alejandro. Emitió un sonoro suspiro que no pudo evitar, al parecer, los extraños fenómenos, no pensaban darle tregua, se sentía exhausta y sumamente aturdida, pero no le quedaba más opción que seguir hasta descubrir lo que sucedía.

Los rasguños siguieron, pero parecían cambiar de lugar, como si alguien debajo del piso se arrastrara ayudándose de sus manos sobre la madera. Laura caminó despacio, siguiendo los extraños arañazos hasta la habitación de visitas. Las cortinas estaban corridas y la luz de la luna ingresaba de lleno a través de la ventana. Los sonidos se detuvieron y todo volvió a quedar en silencio.

Laura se quedó parada frente a la puerta del closet perpleja, pensó que los arañazos la habían llevado hasta allí, como queriendo indicarle algo. Sintió de pronto una corriente helada arremolinándose alrededor de sus pies descalzos y en su columna vertebral que la hizo estremecerse. Los inquietantes murmullos volvieron como si alguien acabara de encender algún equipo de sonido. Los oyó detrás de su espalda. Laura volteó sobre sus talones asustada. Tenía los ojos bien abiertos, respiraba con los labios separados intentado que el aire le llegara a los pulmones. El corazón se le había acelerado y latía desbocado. Sintió que el sudor se resbalaba desde su frente y recorría su mejilla derecha. Se secó el rostro con el dorso de la mano y tragó saliva con dificultad.

_” Lauraaa… Lauraa help me” _ dijo una voz susurrante y fantasmal, la misma que Laura había escuchado antes en casa de Melinda.

La psicóloga gimió, empapada y sofocada. Frente a ella, se materializó Linda, la que alguna vez fuera la mujer de Williams. Laura dio un paso atrás instintivamente, mientras que la aparición extendía una de sus manos como si intentara tocar a Laura. Ella dio otro paso atrás, y después otro. Su espalda chocó contra la puerta del closet y ya no tuvo lugar a donde huir. La aparición se acercó despacio y la atravesó, en realidad fue como si se metiera en el cuerpo de Laura dejándola petrificada. Sintió súbitamente, como una fuerza primitiva le atravesaba el cuerpo como si de un fluido se tratara.

 En su mente se agolpaban una tras otra, imágenes horripilantes sin ningún sentido aparente como si un proyector, arrojara las imágenes en su mente al azar. Observó a Linda sonriendo con un vestido blanco muy hermoso, un hombre que creyó era John Williams con una pipa en la boca, Linda con una mueca de terror en el rostro, los ojos desorbitados y el rostro violáceo. Las imágenes siguieron incansables en la mente de Laura, un chico trabajando en el jardín de la casa 110, una gran roca bañada en sangre y lo que parecían ser restos de cuero cabelludo y pelo.

Se sintió aterrorizada, completamente espantada, pero no podía moverse ni emitir sonido alguno. Su corazón no paraba de correr, se le hacía difícil respirar, sus pulmones se esforzaban al máximo, pero no podía introducir suficiente aire en ellos. Pensó que se desmayaría en cualquier momento. El pavor la recorría en oleadas subiéndola cada vez más desenfrenadamente como si la sacudiera. Las imágenes siguieron proyectándose en su cerebro una tras otra, cada vez más rápido que no podía entenderlas, pero antes de que se detuvieran por completo, lo vio, un cadáver enterrado debajo del piso de madera. Fue allí cuando al fin pudo moverse y respirar de nuevo.

 Se llevó una mano al cuello, se había esforzado tanto en respirar que tenía la garganta lacerada y seca. Estaba aturdida, la última imagen había sido muy clara, un cadáver envuelto en sábanas blancas, enterrado en un pequeño sótano debajo de un piso de madera. Bajó la mirada y observó el piso alrededor de sus pies. Acababa de ser una espectadora inocente en tan misterioso episodio. Estaba casi segura de que si cavaba debajo de sus pies encontraría el cadáver de Linda. Se sintió cansada, desanimada tras la terrible experiencia vivida. Creyó que no estaba a la altura de la tarea que ella misma se había encomendado, aunque si lo pensaba mejor, aquella tarea se la había encomendado alguien más.

VI

Alejandro nunca perdió la costumbre de observar a Laura a través de la ventana de su casa, por el contrario, ahora lo hacía con mayor frecuencia, preocupado por su seguridad y por su estado emocional.  Con una taza de café humeante en la mano, aquella mañana observaba a su vecina de cabellos cobrizos, moverse de un lado a otro de la cocina, sosteniendo el teléfono en el oído izquierdo, hablando monótonamente a su interlocutor invisible. Segundos después, la observó llevarse la mano libre a la cabeza en gesto de fastidio. Habló por unos segundos más antes de cortar la llamada al tiempo que suspiraba profundamente. Puso los brazos en jarra y sacudió la cabeza frustrada.

 Alejandro supo de inmediato que ella necesitaba hablar, así que dejó la taza sobre la mesa sin siquiera haber probado el café, y se dirigió a su casa.

Laura seguía algo nerviosa cuando él llegó, pero trató de disimularlo con una sonrisa que no le llegó a los ojos. Llevaba puesto un polo azul, que decía MAINE en letras amarillas y mayúsculas.

_ ¿He llegado en mal momento? _ preguntó Alejandro.

_No Alejandro, nunca llegas en mal momento_ contestó ella _ Estuve hablando con mi madre, está preocupada por mí, me nota algo estresada y distante desde que Melinda murió. Quiere que regrese a casa.

_Para serte sincero, he llegado a pensar que tal vez sería buena idea que vayas a tu casa por un tiempo_ dijo el abogado esperado la reacción de su vecina.

_No hablarás en serio_ replicó Laura en tono sorprendido_ tu más que nadie sabes que no voy a irme sin saber la verdad.

_Lo entiendo, en verdad, pero temo que suceda algo que no puedas manejar_ dijo con ojos preocupados, al tiempo que se acercaba a ella y la tomaba de los brazos con ambas manos. Se inclinó un poco para que sus ojos quedaran a la misma altura que los de ella.

_Tal vez puedas irte a Maine por un tiempo, no sé, tal vez puedas pedir unas semanas alegando que tienes problemas familiares, mientras tanto, puedo seguir investigando por mi cuenta_ intentó convencerla.

Laura sacudía la cabeza de un lado a otro con vehemencia a medida que él hablaba.

_No voy a irme y a dejarte a ti hacer todo el trabajo. Es más, es a mi a quien han revelado esas pistas. Tengo que estar aquí, no me cabe duda al respecto.

Alejandro se alejó frustrado, no sabía qué hacer para mantenerla segura. Le preocupaba que ella se metiera cada vez más profundo en todo ese misterio. Caminó nervioso de un lado a otro de la sala pasándose la mano por el pelo una y otra vez como si intentara aliñarse el pelo.

_Terminarás gastando la alfombra y tendrás que comprarme otra_ dijo ella tratando de romper la tensión que había entre ellos.

Él se detuvo, y puso los ojos en blanco.

_Vamos Alejandro, por favor, no te pongas así, no quiero que cargues esto sobre tus hombros, soy adulta, sé lo que hago.

_A veces creo que en realidad no sabes muy bien en lo que te estás metiendo_ dijo en un susurro_ y eso no me deja tranquilo.

Laura se acercó a él y acarició su rostro con ternura. Alejandro no pudo evitar dejarse llevar por su suave tacto y suspiró observándola a los ojos.

_Por favor, confía en mí, estoy bien, no me va a pasar nada malo_ dijo con los ojos nublados, las lágrimas se le estaban agolpando.

_ ¡Por Dios! Quieres levantar el piso de la habitación de visitas ¿y quieres que no me preocupe? ¡Piensas que hay un cadáver debajo! ¿y quieres que no me preocupe?

Laura bajó la mirada algo avergonzada. Se sentía muy emocional.

_Si lo dices de esa forma, suena a que estoy loca_ dijo con una media sonrisa triste.

_No pienso eso Laura_ dijo Alejandro de inmediato sujetándola de los hombros para evitar que se alejara.

_Sé que no lo dices en voz alta, pero es probablemente lo que piensas. Y no te culpo, cualquiera pensaría lo mismo, a veces, hasta yo misma lo pienso_ dijo tratando de sonreír, pero le fue imposible.

_Óyeme bien, no pienso que estés loca, yo mismo he visto cosas que no tienen explicación, puedo intentar darte opiniones hiperbólicas, seudocientíficas, religiosas o filosóficas, pero en realidad no sé qué diablos está pasando, y no puedo estar tranquilo sabiendo que piensas seguir adelante pase lo que pase.

_Alejandro, te estaré agradecida el resto de mi vida, me has apoyado desde el inicio y has hallado mucha información que yo no hubiese siquiera donde buscarla. Pero no puedo pedirte que sigas con esto, sé que te está desgastando y no quiero que salgas perjudicado_ dijo con la voz quebrada.

_Ni lo sueñes_ contestó decidido y hasta se podía decir que algo consternado por las palabras de ella_ no pienso dejarte y me duele que quiera que me aleje ahora.

_No quiero que lo hagas_ replicó Laura con los ojos brillantes, las lágrimas la amenazan_ pero no te juzgaré si lo haces, lo entendería.

_Pues estamos de acuerdo entonces_ dijo él_ estamos juntos en esto hasta el final.

Laura asintió conmovida.

_” La tortuga no puedo ayudarnos”[1] _ dijo Laura sacudiendo la cabeza y rompió en angustioso sollozo.

_Pues tendremos que ayudarnos solos_ contestó Alejandro y la abrazó contra su pecho.


[1] Hace referencia a una frase del libro It de Stephen King