HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna)

III

Poco antes del mediodía del tercer día de viaje, Petrov dio la orden de detenerse. Una extraña figura salió cautelosa de entre unos arbustos. Resultó ser una mujer de unos treinta y cinco años envuelta en un abrigo negro, llevaba la cabeza cubierta por una pañoleta y una gran bolsa en la espalda.

Petrov les ordenó que se quedaran dónde estaban, luego se acercó a la mujer. Conversó un rato con ella e intercambiaron bolsas de viaje. De inmediato la mujer se alejó por donde había venido.

Cuando Dimitry regresó junto a la familia Kataryna lo interrogó con curiosidad y algo de recelo.

_ ¿Quién es la mujer?

_ Su nombre no importa, ella me provee de lo que necesito y yo le pago, eso es todo lo que necesita saber_ contestó Petrov.

Poco después se pusieron en movimiento.

Kataryna marchaba con paso constante y firme. Llevaba la cabeza levantada y el brazo izquierdo se balanceaba ligeramente. Con la mano derecha sujetaba a Daryna quien caminaba unos pasos por detrás de su madre.

Pronto, la niña apretó el paso con la cabeza levemente inclinada hacia adelante, y los labios entreabiertos con el afán de alcanzar a su progenitora.

A pesar de que los dos primeros días habían sido duros para la niña se había adaptado con rapidez, entereza y valentía al ritmo de los adultos.

Igor por su parte, seguía en la retaguardia con paso variable a veces retrocediendo otras rezagándose. Arrastraba una casi imperceptible cojera debido a una ampolla en el talón.

Petrov continuó caminado solo a la cabeza del grupo, no les dirigía la palabra, solo se comunicaba por señas cuando lo creía necesario.

Kataryna reflexionó sobre la extraña actitud del hombre. A veces parecía ser un hombre razonable y agradable, otras en cambio, parecía autoritario e insensible.

Se preguntó si su actitud tenía algo que ver con ella o si aquel extraño comportamiento era parte de su personalidad. Su rostro era una máscara pétrea difícil de descifrar. A pesar de ello, llevaba la mirada despejada y alerta.

El bosque parecía interminable y el sendero empezaba a elevarse en una suave cuesta casi imperceptible al principio y que se hizo evidente con el transcurrir de las horas. La caminata se volvió difícil y pesada. Guardaron silencio para mantener un buen ritmo respiratorio durante el ascenso.

Igor se sacó el abrigo y se lo colgó en el hombro. A pesar de que soplaba una fresca brisa, tenía calor y le sudaba la frente.

El sol se iba poniendo lentamente en el horizonte, y todos observaron perplejos como el cielo iba tomando un color amarillo enfermizo. Kataryna pensó que aquello parecía ser un mal presagio. Petrov interpretó la mirada de preocupación de la mujer y se apresuró en explicar el fenómeno.

_ Es algo común en esta época del año que el cielo tome ese color, sé que no es algo natural, pero suelo suceder_ dijo_ no hay de qué preocuparse.

Kataryna asintió aún perpleja y pronto reanudaron la marcha, ya no quedaba mucho para que se detuvieran a descansar.

 Luego de levantar la carpa y se sentarse en el suelo, Igor se dispuso a quitarse el calzado e inspeccionar la ampolla en el talón izquierdo. No se veía tan mal como había pensado.  

Se dispusieron a comer su ración de alimentos. llevaban las manos y la cara sucia, pero en aquel momento solo les importó saciar su apetito.

 Mientras comían, Kataryna paseó la mirada primero por su hija, (la notó bastante sucia y desaliñada), luego por su esposo que no se encontraba mejor y por último por sus manos y su ropa. Pensó que nunca se había visto tan desarreglada. Parecía que acababa de salir de un campo de batallas. Su ropa se encontraba arrugada, sucia y desaliñada. Tenía el cabello desgreñado, lleno de polvo y hierbas que se le adherían cuando se acostaba en el suelo a descartar,

_ ¿No hay un lugar en donde podamos asearnos de verdad? _ preguntó dirigiéndose a Petrov_ hace días que solo nos lavamos la cara y las manos.

_ En dos días más llegaremos a un pequeño río, allí podremos bañarnos y lavar la ropa que llevamos puesta. Tendremos que esperar hasta el mediodía para que el sol caliente. El lugar es tranquilo, nunca vi a ningún soldado dando vueltas por allí, pero de todas formas deberemos vigilar, mientras las mujeres se bañan, los hombres vigilaremos. Y luego esperaremos la misma cortesía de parte de ustedes.

Kataryna asintió con un suspiro, en verdad necesitaba darse un buen baño y lavar su ropa. Agradeció que aún disfrutaban de un buen clima.

IV

La idea de llegar al rio y disfrutar de un reconfortante baño era el mayor de los alicientes para los viajeros. Kataryna se sentía sumergida en una especie de extraña excitación y pensó que era ridículo sentirse de aquella forma solo por la idea de poder tomar un baño. Sonrió para sí misma, no solo era la idea del baño sino también la idea de que había tomado la decisión correcta y que la libertad estaba cada día más cerca. Pensó en su pequeña y en la oportunidad de que viviera una vida mejor, alejada de toda la desgracia que rodeaba a su pueblo. Su padre siempre había dicho que las semillas que se plantaban en la niñez echaban raíces profundas. No deseaba que aquellas raíces fueran de desgracia, atrocidades y maldad. Deseaba que Daryna echara raíces en un lugar en donde pudiera desarrollarse, en donde no tuviera que luchar día a día por algo que llevarse a la boca, en un lugar en donde pudiera vivir en paz.

Pasaron ante un inmenso tronco que se extendía sobre el sendero. Admiraron el anciano árbol que había soportado siglos, el reinado de varios zares, innumerables batallas e incontables pesares y dolor. Les tomó cinco minutos rodearlo y volver al sendero. Minutos después, cuando Kataryna giró sobre su hombro, el tronco había desaparecido de su vista.

Igor se fue rezagando poco a poco. La cojera que el día anterior apenas era notoria se había pronunciado. No solo le dolía la ampolla, sentía además la pierna algo tiesa y el músculo de la corva de la pierna izquierda tensa como una cuerda de violín a punto de soltarse.

De pronto experimentó un aguijonazo, un impetuoso azote en la pantorrilla, tuvo la sensación de que le habían dado una estocada. Dejó escapar un grito tanto de agonía como de desconcierto y se inclinó de inmediato para masajearse el bulto pulsátil en un intento por eliminarlo o cuando menos aligerarlo un poco. Sus facciones delgadas y graves presentaban unas arrugas de absoluta concentración y su mirada estaba fija en su pantorrilla izquierda, a la que prestaba solícitos cuidados.

Todos los que caminaban delante de Igor se detuvieron en seco al oír su grito y voltearon alarmados.

Ivanov regresó sobre sus pasos observando a Igor con el ceño fruncido. Lo obligó a sentarse en el suelo a pesar de sus protestas y lo ayudó masajeando la zona paralizada. Igor lo miró con expresión dolorosa y molesta a través de los mechones de pelo que le caían desordenadamente entre los ojos. Pareció encogerse en su sitio. Tenía las manos entrelazadas en el regazo, tan tensas que se le blanquearon los nudillos mientras musitaba algo entre dientes. Sintió una mezcla de disgusto y rencor. Sabía que era un sentimiento mezquino, pero ¡diablos! No le importaba.

_Le guste o no tengo que masajear la zona de lo contrario no podrá volverse a poner en pie_ dijo Petrov consciente de la repulsión que le causaba a Igor.

Minutos después, se puso de pie desdeñando la ayuda que el exsoldado le prestó. Renqueó los primeros minutos, pero el dolor en la pantorrilla era solo un murmullo distante. Poco después, desapareció por completo y volvió a caminar con normalidad.

A eso de las once de la mañana llegaron a un pequeño claro en donde observaron un puentecillo. Petrov explicó que debían cruzar a la otra orilla en donde había una pequeña playa en donde podían bañarse.

Cruzaron el increíblemente delgado puente de troncos, bajo el cual discurría gorgoteando el riachuelo. El mismo Petrov lo había construido para facilitar el cruce a la otra orilla.

Daryna se inclinó y estuvo a punto de caer al agua. Igor la sujetó del hombro justo a tiempo. La pequeña tuvo tiempo de observar la imagen distorsionada de su atemorizado rostro.

Cuando al fin estuvieron del otro lado, se sentaron en la suave arena y esperaron las instrucciones de Ivanov.

_ Sé que tienen ganas de meterse al agua_ dijo Dimitry_ y es eso lo que haremos, pero les pido que tengan mucho cuidado, la corriente no es muy fuerte, pero no podemos descuidarnos de alguna mirada indiscreta.

Kataryna asintió mientras sujetaba a Daryna para que no intentara meterse al agua.

_ Desvístanse, báñense y laven la ropa lo más rápidamente que puedan, aquí tengo un poco de jabón. Una vez que terminen, debemos continuar hacia el oeste y este es el único camino_ explicó señalando una pequeña elevación justo a sus espaldas.

Los hombres subieron la colina y se alejaron para darles privacidad a madre e hija. Kataryna se aseguró que estuvieran fuera de la vista de los caballeros antes de desvestirse y hacer lo mismo con la niña. Se introdujeron en el agua. Estaba algo fría al principio, pero pronto les pareció el mejor baño que habían tomado en su vida. Los músculos de sus adoloridos cuerpos se relajaron de inmediato.

Kataryna lavó sus vestidos y se vistieron con su ropa de recambio. Tendió la ropa recién lavada en las ramas de un viejo olmo y esperó a que los rayos del sol del mediodía hicieran su trabajo.

_ Estamos listas_ dijo Kataryna y Dimitry volteó a verlas.

_ Muy bien, ahora nos toca a nosotros_ dijo mientras ambos hombres bajaban la colina.

V

 Los monótonos y agotadores días se sucedían uno tras otro como soldados desesperanzados por el final de la guerra. Los caminantes habían imaginado que lo peor de aquella empresa sería el agotamiento físico y el hambre, pero con lo que no contaban era que la pesadez de la rutina los conduciría al aburrimiento mental.

El viento gélido e impetuoso que anunciaba el inicio del invierno empezó a soplar del norte directo desde el Polo muy tonificante, llevando consigo los últimos vestigios del olor del bosque, a madera húmeda y enebro. Advertía el tan deseado cambio en aquella monotonía de bosques cada vez más grises y sombríos. Pero aquel anuncio no significaría precisamente condiciones favorables para los viajeros, todo lo contrario.

El fuerte viento se levantó de repente en furiosas ráfagas. Las ramas azotaron las nubes que se oscurecían a pasos agigantados. El corazón de Kataryna se estremeció, levantó la mirada al cielo y observó las danzantes nubes que se tornaban cada vez más oscuras. Sintió cierta inquietud que trató de ocultar de inmediato.

Petrov dejó de caminar y observó inquieto el cielo, sopesó rápidamente las opciones que tenían mientras el viento sacudía las perneras de sus viejos pantalones militares, que sonaban como ráfagas de ametralladora.

_Una tormenta se acerca y no son abuenas noticias. Tendremos que levantar la carpa lo antes posible. Pero les advierto que no nos ayudará mucho_ dijo sin despegar la mirada del firmamento en donde las nubes se volvían cada vez más espesas, su voz adquirió una extraña dureza metálica.

Kataryna lo miró con desasosiego, su corazón empezó a latir rápida e intensamente. Pensó que eran en aquellos momentos cuando se situaban en primer plano los revoltosos pensamientos y las ideas pesimistas. Suspiró pesadamente mientras intentaba prestar atención a Ivanov y olvidar la inquietud que sentía.

_ Tienen que hacer lo que les digo, sin cuestionar absolutamente nada_ ordenó el exsoldado.

Igor y Kataryna asintieron. No estaban en condiciones de discutir.

Una rama se rompió con un crujido seco y Petrov se agachó para esquivarla cuando pasó silbando muy cerca de su cabeza.

Igor levantó a la niña en brazos estrechándola contra su pecho.

El viento azotaba con fuerza cuando al fin terminaron de armar la carpa y se metieron en ella. Se sentaron en el suelo en el centro de la carpa formando un círculo apretado. Kataryna rodeó a su hija con los brazos y la estrechó contra su cuerpo. Había dejado de sentir solo inquietud, ahora tenía, además, miedo.

De pronto se oyó un trueno y la línea quebrada de un relámpago iluminó el interior de la tienda. Kataryna dio un respingo. Su corazón dio un vuelco y empezó a correr de prisa. Se le erizó el vello de la nuca, y tuvo la sensación de que el aire estaba electrificado. Le costaba respirar como si estuviera realizando un gran esfuerzo físico. Como si intentara empujar una gran roca por una pendiente empinada Se sintió vulnerable y atemorizada, como otras veces antes y como se sentiría otras más en un futuro no muy lejano. A pesar de que ya había empezado a desarrollar un incipiente caparazón de protección alrededor de sí misma, aún necesitaría un par de lustros para que se convirtiera en el fuerte e impenetrable revestimiento del cual haría ostentación.

 Inmediatamente recordó la terrible experiencia que había vivido cuando aquella gran tormenta la alcanzó estando sola en su casa.

 El resplandor de un relámpago cruzó el cielo, seguido del estampido del trueno. El viento empezó de nuevo a soplar en fuertes ráfagas y dejaba oír su aullido quejumbroso y golpeaba violentamente contra la carpa de campaña agitándola con un traqueteo de huesos.

 Petrov observó las suaves facciones de la mujer que ahora estaban difuminadas y pálidas y pudo olfatear el pánico que despedía a oleadas. Era como el aroma de alguna fruta recién cortada, acida y penetrante.

 En ese momento se oyó el sonido estentóreo de un rayo que cayó muy cerca de la carpa.  Kataryna dio un respingo y se agitó. Sus ojos azules se le saltaron de pronto de las cuencas. Sintió una intensa punzada de miedo y sostuvo con más fuerza a su hija como si con aquella acción pudiera escapar de aquel lugar y ponerla a salvo.

Pronto, la tormenta se abatió sobre ellos. Kataryna miró a Dimitry con pánico y consternación, esperando que aquel hombre hiciera algo para aliviar su temor.

 Otro poderoso estampido de truenos resonó en sus oídos y se quedó petrificada. Tenía la cara pálida y los ojos aterrorizados. Se abrazaba fuertemente a su pequeña, mientras su esposo parecía estar en otro mundo, uno totalmente ajeno a las necesidades de su esposa e hija.

Igor seguía sentado en el suelo con la cabeza gacha, los hombros encorvados y las manos colgando entre sus muslos.

La carpa se movía violentamente de un lado a otro con cada ráfaga de viento que amenazaba con destrozarla.

Kataryna sintió algo húmedo y frío que se le escurría desde el nacimiento de los cabellos hasta la frente. Se llevó una mano hasta la sien y comprobó que era agua. La tienda no era impermeable después de todo, pensó.

Dos horas después, la tormenta iba amainando, los truenos se oían cada vez más lejanos y los relámpagos dejaron de iluminar el cielo.

CASA 110 (Fragmento)

III

_No me siento muy bien sabiendo que pasas otro sábado metido en este sótano_ dijo Laura algo avergonzada, mientras daba buena cuenta del sándwich que había traído desde su casa.

 Alejandro caminaba con una ruma de papeles amarillentos entre sus brazos, que le llegaban hasta el pecho.

_No te preocupes, esto me intriga y quiero llegar al meollo del asunto_ dijo el abogado mientras dejaba la pila de documentos sobre un desvencijado escritorio que tal vez llevaba en aquel sótano más de medio siglo.

_Podrías estar en Lima pasando un día agradable con tu familia o con alguien más_ dijo ella removiéndose inquieta en su asiento, su voz sonó algo vacilante.

No le agradaba pensar que el abogado pasara el sábado con alguien más pero no podía decirle eso. Alejandro se sentó frente al montón de papeles y empezó a hojearlos uno por uno.

_No quiero pelear con mi padre_ dijo_ y no hay nadie más con quien quiera pasar el sábado_ aclaró mirándola con aquella sonrisa ladeada que a ella le gustaba tanto.

Laura se aclaró la garganta, se sentía algo incómoda cuando él le hablaba de esa forma, pero a la vez le gustaba, se sentía bien saber que Alejandro prefería estar con ella en un sótano abandonado con una cantidad incalculable de documentos amarillentos y mohosos, que con alguna despampanante mujer en algún bar de Lima.

_ ¿Recuerdas alguna cosa que Melinda te haya mencionado con respecto al niño que vio en el hospital? _ preguntó Alejandro y la sacó de sus cavilaciones.

_He estado pensando mucho al respecto últimamente, incluso en los detalles sobre lo que vio en la casa, pero no recuerdo muy bien, es como si tuviera un velo frente a mi rostro y viera las cosas en forma difusa. Me parece extraño, porque ella me contó todo con lujo de detalles. Cuanto más lo intento, menos recuerdo. Es como si algo impidiera que recuerde con claridad.

Alejandro se quedó sopesando las palabras de Laura por unos segundos. Luego, dedicó su atención a unos documentos que tenía en un folder. Se detuvo en el historial médico del chico muerto.

_Este jovencito Kuntur Huamán, es la clave de todo_ dijo tamborileando el escritorio con el dedo índice.

_ ¿Qué te hace estar tan seguro? _ preguntó Laura.

Alejandro sonrió y sacudió la cabeza suspirando.

_ No lo sé, es solo un presentimiento, hay anotaciones a mano en su expediente médico.

_Creo que estás obsesionado con los apuntes a mano que has encontrado_ dijo Laura con una sonrisa algo divertida antes de darle otro mordisco a su sándwich.

_ En realidad, el encargado de este archivo estaba obsesionado con todo esto, trabajó aquí por casi cincuenta años.

_ ¿Te tomaste la molestia de investigar al encargado de archivos? _ preguntó incrédula.

_Tenía que hacerlo para entender todo esto. Mira, el hombre trabajó aquí desde muy joven, entró como ayudante y terminó siendo el encardado. Tenía a su disposición información de cada una de las personas que trabajó aquí, su historia médica, su información personal, si tenían cargos policiales, problemas judiciales, todo, lo único que le faltaba saber es que comían y a qué hora se bañaban. Sabía todo, le gustaba investigar y creo que le encantaba resolver conspiraciones en su tiempo libre.

Laura observaba con seriedad a Alejandro, pensó que el abogado se estaba tomando las cosas muy en serio y no podía estar más agradecida por ello.

_ ¿Cómo se llamaba? _ preguntó Laura.

_ ¿Quien?

_El investigador encargado de archivos_ preguntó_ si nos está ayudando debemos saber al menos su nombre.

_Cesar Arias_ dijo Alejandro_ murió en el año dos mil dos. Trabajó aquí hasta mil novecientos ochenta y siete.

_Muy bien, dame más detalles de las actividades de Cesar_ dijo Laura.

_Mira, aquí en el expediente médico del chico, Cesar escribió algo interesante_ explicó mientras le acercaba unos papeles a la psicóloga.

Laura tomó el documento que sostenía Alejandro y leyó: “Niño probablemente asesinado por algún empleado del complejo”

_ ¡Vaya! No se iba por las ramas, ¿pero que le hizo pensar eso?

_Aquí_ dijo señalando otro de los papeles_ en este documento policial dice que fue John Willians el que lo encontró, cerca de su casa, bajando la colina a orillas del río. Esa zona se llama Tortilla. Estuve por allí la semana pasada paseando con Andy. El lugar está lleno de piedras que arrastra el río. Imagino que sería igual hace setenta años atrás.

Laura asintió y se quedó pensativa por unos segundos.

_ ¿Crees que el que lo mató utilizó alguna piedra del rio para golpearlo?

_Creo que sí, y además creo que Cesar también lo creía.

_Tal vez debería ir a dar una vuelta por la zona_ dijo Laura.

_ ¿Crees que puedas sentir o ver algo si estás ahí? ¿Crees que puedas verlo?

_No lo sé, es solo una idea_ dijo la psicóloga.

_Pero nunca has visto al chico, ¿no es así?

_No, nunca, solo el rostro de aquella mujer.

Alejandro se quedó en silencio por unos momentos.

_ ¿La recordarías si la vieras? En una fotografía quiero decir_ preguntó luego.

_ ¡¿Tienes una fotografía de la mujer de Williams?! _ preguntó sorprendida.

_ La tengo_ dijo Alejandro un tanto receloso.

_ ¡Muéstramela! ¿Por qué no me lo dijiste antes? _ preguntó algo desconcertada.

_Temía que te afectara_ dijo preocupado.

Laura lo miró con ternura, sintió un pequeño cosquilleo en el corazón, se sentía tan bien tener a alguien que se preocupara por ella.

_Te lo agradezco_ dijo_ pero estaré bien.

Alejandro se quedó en silencio unos segundos mirándola fijamente a los ojos, pensando si sería lo correcto.

_Está bien_ dijo al fin_ esto es lo que haremos, pondré sobre el escritorio cinco fotografías, una de ellas pertenece a Linda Williams_ dijo haciendo a un lado los documentos que tenía regado sobre la mesa y colocando las fotografías una al lado de la otra.

Laura se acercó al escritorio y observó las fotografías tomándose su tiempo. Todas las mujeres eran caucásicas muy parecidas entre sí. Tomó la primera y la observó por unos segundos. La mujer en la fotografía era delgada y alta, tal como recordaba a la mujer de la aparición, pero usaba el pelo más corto. Su mirada era alegre y confiada, no, definitivamente no se trataba de la mujer que había visto. Dejó la fotografía en donde la encontró, con el resto de los retratos. Repitió el procedimiento con la segunda. No se detuvo mucho tiempo en observarla, esta mujer, no tenía la estatura ni el peso adecuado, pensó, y dejó la fotografía sobre la mesa de inmediato. Cuando tomó la tercera su rostro se transformó.

_¡¡Es ella!! ¡Es la mujer que vi en casa de Melinda!

La mirada de la mujer era la misma, los ojos tristes y atribulados, tenía los labios dibujados en una fina línea.

_Tomate tu tiempo, no has visto siquiera las otras dos que quedan.

_No hace falta, ¡Es ella! _ dijo con los ojos abiertos y exaltados.

Alejandro suspiró pesadamente antes de confirmarle a Laura que tenía razón.

_No sé que pensar, todo esto es una locura_ dijo ella pasmada.

_Tomemos las cosas con calma, nos estamos acercando a algo que no tiene precedentes, debemos ir despacio.

Laura asintió, pero, aunque quiso estar de acuerdo con él, se sentía exaltada, confusa y desesperada por saber que diablos estaba pasando y porque le ocurría a ella.

_ ¿Qué te parece si vamos al río después de que terminemos aquí? _ preguntó el abogado.

_Me parece bien_ contestó ella, pensó que lo mejor sería dejar que Alejandro llevara la investigación a su manera. Ella no se encontraba en condiciones de hacerlo

IV

Faltaba poco más de una hora para el atardecer cuando salieron del sótano y se dirigieron en dirección al Toyota aparcado frente a las oficinas. Laura había estado muy callada el resto de la tarde, sumida en sus pensamientos. Alejandro no quiso obligarla a hablar, por lo que no la presionó. Ahora, dentro del vehículo, rumbo a Tortilla, intentó entablar algún tipo de comunicación con ella. Necesitaba saber si se encontraba bien.

_ ¿Estás segura de que quieres ir al río? Puedo hacerlo yo solo si te parece mejor.

Laura lo observó detenidamente, lo vio algo cansado y preocupado.

_Estoy bien Alejandro, no te preocupes_ respondió dedicándole una sonrisa relajada. _ Quiero entender porque veo estas apariciones, y por qué Melinda las veía, que fue lo que ocasionó su muerte, estoy segura de que el ataque no fue casual. Estoy segura de que alguna de esas apariciones le causó el ataque.

Alejandro suspiró con desasosiego, temía por ella y se sentía impotente porque no podía hacer más por Laura de lo que estaba haciendo.

_Lo sé yo también he pensado en ello, pero no sé qué responderte.

Laura descansó una mano sobre el brazo de Alejandro y se lo apretó con suavidad, tratando de confortarlo.

_Alejandro no te preocupes tanto, has hecho mucho por mí.

El abogado la miró a los ojos antes de hablar.

_ No hago lo suficiente y no quiero que te suceda nada. No podría vivir con ello.

_Alejandro, nada de esto es tu culpa, si llegara a sucederme algo, no tendrías nada que ver con ello.

El abogado le dedicó una sonrisa de angustia.

_Es fácil decirlo, pero no de aceptarlo. No podría vivir en paz si algo te sucediera.

Laura lo observó conmovida pero no supo que decir, hicieron el resto del camino en silencio, para ambos era difícil exteriorizar lo que sentían. El Corolla celeste, enfiló la serpenteante carretera mientras el sol entregaba sus últimos rayos brillantes y rojizos. No había una sola nube en el cielo que interrumpiera el espectáculo. Las laderas de las montañas que circundaban la carretera se cubrían con pinceladas amarillas mientras el sol descendía. El Toyota cruzó el puente y bajó la colina. El viento arrullaba las copas del cinturón de cipreses. Laura levantó los ojos y los últimos rayos del día se colaron entre las hojas formando círculos de luz entre la nube verdosa que se levantaba por encima del automóvil.

Alejandro se detuvo a unos metros del río, se apearon lentamente y observaron como el sol desaparecía detrás de una montaña. El frío tomó su lugar de inmediato. El abogado señaló un lugar a su izquierda y caminaron con pasos lentos.

_Según el informe, este es el lugar en donde lo encontraron_ dijo.

Laura dirigió su mirada primero a su derecha y luego a su izquierda, haciendo un esfuerzo por escudriñar todo a su alrededor. El río corría a pocos metros de donde se encontraban. Las gaviotas andinas que habían estado reposando sobre las rocas levantaron el vuelo para ponerse a resguardo de las bajas temperaturas. Por donde se miraba, se observaba gran cantidad de rocas de diversos tamaños, la mayoría de ellas, cantos rodados, pero también una serie de rocas pesadas y de buen tamaño. Alejandro tendió su mano para que Laura se sujetara y se internaron lentamente en dirección al agua. No solo se hacía difícil avanzar por la infinidad de rocas esparcidas por el suelo, sino también por lo resbaladizas que estaban. Caminaban tanteando el terreno. Alejandro era mucho más alto que Laura por lo que sus pasos eran largos y seguros. Laura dio un paso largo y decidido y se deslizó tambaleándose. Emitió un gritito de sorpresa. Alejandro la sostuvo entre sus brazos de inmediato para evitar que cayera.

_Despacio, no quiero que termines en el agua_ dijo con aquella sonrisa ladeada.

Sus rostros estaban muy cerca y se miraron con intensidad a los ojos. La cercanía era agradable, pero a la vez extraña e inquietante.

_Es exactamente aquí donde lo encontraron. Tenía la cabeza destrozada. La sangre había manchado su ropa desde el hombro hasta el pecho. Estaba boca arriba con los ojos desorbitados mirando al cielo y la boca entreabierta, como si hubiera dejado de respirar poco antes de pedir auxilio.

_ Esa es una imagen increíblemente aterra…_ dijo y dejó la frase inconclusa.

Su expresión cambió por completo, había estado oyendo las explicaciones de Alejandro con suma atención, pero sus ojos inquisitivos se transformaron dando lugar al pánico. Experimentó una especie de terror mezclado con desconcierto y la sensación de que el tiempo de algún modo, se había extrañamente detenido como un chirriar de frenos. En realidad, pensó que retrocedió en el tiempo. Perdió la noción de todo a su alrededor, ya no veía a Alejandro, y la lenta oscuridad que empezaba a cubrir todo con su manto oscuro, dio paso a una mañana lluviosa y fría. Laura podía sentir el agua escurriéndose por su cuerpo, el cabello se le pegaba al rostro empapado, tiritaba de frío. Se observó las manos rojas y heladas, trató de calentárselas frotándolas una con otra, pero pensó que aquellas no eran sus manos, sino las de alguien más. La ropa que usaba, tampoco era suya, llevaba puesto un vestido blanco, manchado de barro. Caminó con pasos firmes hacia la orilla y allí vio el cadáver de Kurtun, tal y como Alejandro se lo había descrito, estaba totalmente empapado como ella y la mueca en su rostro era aterradora. Tenía las piernas extendidas, el brazo derecho cruzado sobre su pecho y el izquierdo a un lado de su cuerpo. La sangre de la herida en la cabeza había formado un charco a su alrededor y empezaba a fluir hacia el rio. Se llevó una mano a la boca para evitar emitir un grito de desesperación, sintió profunda repulsión y espanto. Su respiración se agitó y su corazón latía con tanta fuerza que pensó que se podía detener en cualquier momento. Se puso rígida, quería apartarse, pero no podía moverse, estaba paralizada por el aterrador espectáculo. A lo lejos oyó que alguien la llamaba, pero estaba tan absorta en lo que estaba viendo que no prestó atención.

_ ¡Laura! ¡Laura, despierta! _ dijo Alejandro y la sacudió de los hombros con fuerza.

La psicóloga salió del trance en el que se encontraba, los ojos vidriosos que habían desesperado a Alejandro volvieron a cobrar vida y con ello le regresó el alma al abogado.

_ ¿Qué, ¿qué fue lo que paso? _ preguntó ella bastante aturdida, profiriendo un suspiro desconsolado.

Era la viva imagen de la desorientación y el miedo.

_No lo sé, un instante estabas hablando y en el siguiente te quedaste petrificada, sumida en un estado casi catatónico. Será mejor que salgamos de aquí_ dijo Alejandro y la ayudó a regresar al Toyota sosteniéndola contra su cuerpo.

_ ¡Alejandro, lo vi! _ dijo luego de unos minutos, tiempo que necesitó para asumir lo que había experimentado_ fue mucho peor de como lo describiste_ dijo con la voz ahogada.

_ Creo que esto no fue una buena idea_ dijo angustiado_ jamás debí sugerir que vinieras.

Laura se detuvo obligando a Alejandro a hacer lo mismo.

_ No, fue lo correcto, ahora sabemos que la muerte del chico tiene algo que ver con los Willians.

_ ¿Qué fue lo que viste? _ preguntó preocupado.

_Estaba aquí pero no en nuestro ahora, fue como si regresara en el tiempo, era este lugar, pero en otra época, era de día y llovía mucho, estaba empapada de pies a cabeza, caminé hacia la orilla y vi el cadáver del chico. Fue una escena aterradora. Era como si mi cuerpo no me perteneciera, como si hubiese estado metida en el cuerpo de alguien más.

_ ¿A qué te refieres? _ preguntó Alejandro bastante consternado.

_ No se como explicarlo, fue una sensación bastante inquietante, pero no tuve tiempo para pensarlo, de inmediato vi al chico.

_Vamos, sube al vehículo, voy a llevarte a tu casa, estás helada_ dijo.

En aquel momento, Laura se percató de que se estremecía, tiritaba. de lo que no estaba segura era de si se debía al frío o al miedo que sentía.

Historias Entrelazadas (Kataryna)

II

Aun no amanecía cuando se pusieron en movimiento. Dimitry encabezaba el reducido grupo, seguido de Kataryna quien llevaba a su hija tomada de la mano. Igor marchaba en la retaguardia. El ruido de sus pisadas sobre la alfombra de hojas era poco menos que estruendoso e inquietante en el silencio de la noche poco antes del amanecer.

Kataryna sintió el alocado y repentino impulso de detenerse y pensar mejor las cosas. Suspiró profundamente un par de veces y la suave brisa otoñal que soplaba la relajó un poco y le despejó la mente.

Igor metió las manos en los bolsillos y se mantuvo alerta oteando el inminente amanecer.

El aleteo de un ave sobresaltó a Kataryna que levantó la cabeza e intentó ver algo en la oscuridad.

Caminaron en silencio como si la oscuridad profunda antes del amanecer les impidiera decir palabra alguna para no perturbar la tranquilidad del bosque.

Cuando la luz ámbar del amanecer empezó a descorrer el velo de la noche, Kataryna se sintió más cómoda. A pocos metros delante, Petrov caminaba con pasos seguros, como si conociera aquellos senderos de toda la vida. El hombre no les había vuelto a dirigir la palabra desde que partieron. Parecía distante y desapegado. Desligado de cualquier tipo de emoción. Le llamó la atención su ancha espalda y el brazo izquierdo que parecía colgar a un lado de su cuerpo, casi inerte.

De pronto se detuvo y levantó la mano derecha por encima de su hombro. De inmediato todos se detuvieron.

Kataryna le indicó a su hija que se mantuviera en silencio mientras la atraía hacia su cuerpo en una innata reacción protectora. Llevó su mano libre a la bolsa de viaje con un gesto apremiante e intentó encontrar el crucifijo de su madre, como si aquel objeto inanimado fuera capaz de protegerla.

Se oyeron voces distantes, parecían reír y vociferar.

El corazón le dio un vuelco, un profundo terror se abatió sobre Kataryna. Pensó que terminarían muertos apenas iniciado el viaje.

Las voces parecían alejarse lentamente hasta que desaparecieron por completo.

Petrov giró sobre su hombro y les dedicó un gesto reconfortante que les proporcionó seguridad. Pronto, volvió a ponerse en marcha.

Cuando el sol terminó de levantarse por el este y aquel velo terminó por disiparse por completo, Kataryna le entregó la niña a su padre y se acercó con pasos apresurados a Petrov. Se situó a poca distancia del exsoldado.

_ ¿Quiénes eran los hombres que oímos más temprano? _ preguntó.

El camino a través del espeso bosque les resultaba bastante difícil e Igor empezó a dudar de que pudieran recorrer 24 kilómetros al día como se había propuesto Petrov.

Caminaban a paso regular por unos senderos serpenteantes que habían sido esculpidos en el suelo del bosque debido al tránsito de personas y animales de carga que intentaban esquivar a la guardia del partido.

Petrov la observó por encima de su hombro por un par de segundos para luego fijar su atención en el sendero.

_Probablemente eran soldados. A veces se reúnen en el bosque a beber.

Habían caminado por espacio de tres horas y Kataryna sentía los pies algo pesados y adoloridos. Trató de olvidar las molestias de lo contrario sucumbiría a la desazón al recordar que apenas iniciaban la más alocada idea del mundo.

Petrov se movía con paso seguro y firme. Kataryna pensó que no presentaba indicios de cansancio. Desde luego, estaba acostumbrado a hacer aquel trayecto.

_Señora, será mejor que regrese con su familia_ le advirtió sin despejar los ojos del sendero_ es muy importante que se mantengan concentrados en conservar la calma, en especial durante los primeros días, hasta que se habitúen.

Kataryna lo observó con sus cansados ojos azules y asintió con la cabeza.

Se detuvo por un momento hasta que Igor estuvo cerca de ella. Tomó a la niña de la mano y siguió la marcha.

Para cuando el sol se levantaba a medio camino hacia el cenit, sus pasos eran cada vez más pesados, lo que obligaba a Daryna a arrastrar levemente los pies. Una pequeña nubecilla de polvo se levantaba con cada uno de sus pasos.

_ ¿Usted marcó este sendero? _ preguntó Kataryna dirigiéndose a Petrov.

_Se fue marcando por los pasos de las personas que saqué del país y por otras que huyeron por su cuenta_ contestó.

_ ¿A cuanta gente ha ayudado?

_ No se confunda señora, esto para mí es un negocio, no me dedico a la caridad_ dijo Dimitry tratando de parecer duro. Pensaba que lo mejor era evitar las conexiones emocionales con la gente a quienes ayudaba.

La respuesta no le cayó muy bien a Karatyna. Emitió un suspiro pesado, empezó a pensar que relacionarse con Petrov sería una tarea difícil.

_ ¿A cuanta gente ha sacado del país? _ se corrigió. Lo mejor sería seguirle la corriente, después de todo dependían completamente de aquel hombre y sus cambios de humor. Aunque si lo pensaba con cuidado, su sequedad y seriedad no habían variado en ningún momento.

_ A unas sesenta o setenta_ respondió el exsoldado.

_ ¿Cuántas veces ha hecho este trayecto?

_ Unas 25 veces_ respondió.

Kataryna asintió. Pensó que el hombre tenía experiencia y que estaban en buenas manos. De todas formas, el mismo Petrov se exponía con llevarlos hasta la frontera.

La fresca brisa del otoño desprendía las escasas hojas secas que quedaban en los árboles y terminaban acompañando a las demás en la alfombra dorada que no dejaba de crujir a cada paso.

Caminaron en silencio por espacio de una hora más, antes de que Daryna empezara a sentir los estragos del hambre y el cansancio.

Solo se detuvieron para que Kataryna cargara con el morral de su esposo, mientras que él hacía lo propio con Daryna.

El corazón de Kataryna latía algo acelerado acompañado de una respiración dificultosa y jadeante.

Igor no estaba mejor, la falta de alimentos lo había debilitado mucho y pronto tuvo que devolver a su hija al suelo.

_ No puedo seguir cargándote_ dijo_ tendrás que caminar, ya falta poco para que descansemos.

La niña asintió con desconsuelo, pero no se quejó. Igor cargó de nuevo con su morral y Kataryna sintió cierto alivio.

Avanzaron en silencio, estaban agotados. Les latía los pies y les dolían las piernas.

Algunos minutos después, Dimitry daba la orden de detenerse a descansar, aunque a la familia le pareció que estuvieron caminando por horas.

 Se sentaron debajo de unos abetos. Sus largas y retorcidas ramas parecían observarlos como espectadores semidesnudos en una obra algo fantasmagórica.

Kataryna tenía las piernas entumecidas y rígidas como palos. Recostó la espalda contra el tronco y extendió sus extremidades. Los pies le palpitaban como si estuvieran a punto de reventar.

 Lo primero que hicieron fue beber agua, bajo la atenta mirada de Dimitry que les recordó no beber más que unos tragos cada vez que se detuvieran. Les advirtió de nuevo que no podrían rellenar el recipiente hasta el siguiente día.

Tenían hambre, pero no podían comer hasta el descanso del medio día. Kataryna que había guardado un pequeño trozo de pan en el bolsillo de su abrigo, se lo entregó a su hija quien lo recibió con una gran sonrisa de agradecimiento.

_Debería haber comido su ración completa_ dijo el exsoldado_ perderá fuerzas si no se alimenta. Terminará enfermando y eso nos retrasará.

Kataryna lo observó con ojos retadores. No entendía porque actuaba de forma tan insensible con la niña.

_Es mi hija, tiene hambre, no puedo verla pasar hambre si puedo evitarlo_ contestó con tono molesto.

Igor pensó que el exsoldado se comportaba de manera tosca y desagradable, pero no tenía fuerzas para intervenir en una discusión sin sentido.

Dimitry no replicó.

Al terminar la hora de descanso volvieron a ponerse en marcha. Avanzaban despacio, concentrados en cada paso, tropezando de tanto en tanto cuando sus zapatos se enredaban en algunas raíces o cuando pisaban terreno poco firme.

Daryna tiró del abrigo de su madre para llamar su atención.

Kataryna se detuvo y se arrodilló frente a ella con expresión interrogante.

_Tengo sed_ dijo.

Kataryna destapó su cantimplora y la acercó a los labios de su hija. La niña tomó un largo sorbo de agua, luego se pasó la lengua por los labios.

Petrov se detuvo unos metros más adelante y observó la escena con desaprobación.

_ ¿Te sientes mejor? _ preguntó la madre a la hija.

La niña asintió.

Volvieron a ponerse en marcha y cuando llegaron hasta Petrov, este le habló con rudeza.

_ ¡Le dije que racionara el agua!

Kataryna sintió que le hervía la sangre.

_ ¿Qué se supone que haga? ¿Dejar que mi hija sufra? _ preguntó airada.

_Se pondrá peor cuando no tenga nada que beber y no podrá hacer nada para solucionarlo.

_Pues dejaré de beber para que a ella no le falte_ respondió desafiante.

Petrov hizo un gesto de fastidio y volvió a ponerse en marcha. Siguió el sendero que se bifurcaba a la derecha. Luego de unos veinte minutos dejaron atrás el espeso bosque y caminaron por una senda de tierra. Eso les aligeró el paso.

El sol estaba a punto de coronar el cielo, el día era bastante agradable. Kataryna sintió el tibio calor del astro rey sobre su rostro.

A la una de la tarde, se internaron de nuevo un poco en el bosque y volvieron a descansar.

Dimitry les ordenó alimentarse.

_Señora coma toda su ración_ no es una sugerencia, es una exigencia_ dijo_ no quiero retrasos por debilidad o enfermedad.

Kataryna asintió algo molesta. No le gustaba la forma en que Petrov la trataba, pero no estaba en condiciones de protestar. Dependían totalmente de aquel hombre. Comieron en silencio y luego se recostaron en la seca hierba por unos minutos antes de continuar.

La niña se durmió de inmediato, estaba exhausta y Kataryna decidió dejarla descansar. La observó por un momento. Su respiración se hizo cada vez más pausada, desplazaba los ojos bajo los párpados cerrados. Pensó que soñaba, deseó que sus sueños no estuvieran plagados de pesadillas. Acarició su cabello e intentó descansar un poco. La espalda le dolía, al igual que las piernas y los pies.

Igor empezó a especular sobre la distancia recorrida. ¿diez, doce kilómetros?

Cuando estuvieron a punto de dejarse llevar por los brazos de Morfeo, oyeron la voz de Petrov que los apremiaba a ponerse de pie.

Pasaron debajo de una interminable fila de olmos perfectamente alineados. Parecía que algún jardinero de alguna muy antigua generación se hubiese tomado la molestia de sembrarlos siguiendo algún patrón militar.

Volvieron al camino de tierra, pero con el transcurso del tiempo el suelo se volvió arenoso y pesado. Trataron de caminar por el arcén, pero esto no les facilitó la marcha, tenían que luchar con la gravilla y los guijarros sueltos.

_No continuará así por mucho tiempo_ explicó Dimitry_ en media hora más regresaremos al camino de tierra.

  Hicieron otra parada cuando los rayos oblicuos del sol descendían por el oeste, confiriéndole al bosque una apariencia surrealista. Descansaron bajo la sombra de unos árboles y emprendieron la marcha una hora después.

 La pequeña empezaba a sentir el desgaste del esfuerzo físico. Igor tuvo que volver a cargarla luego de la primera hora de caminata. Empezó a dudar de que podrían lograr tamaña empresa.

Apenas quince minutos después, tuvo que entregársela a su esposa. Kataryna hizo un esfuerzo, pero solo la pudo llevar en brazos por diez minutos.

_Daryna, ya no puedo cargarte_ dijo depositándola en el suelo mientras respiraba hondo para luego enjugarse las mejillas húmedas de sudor.

La niña miró a su madre con ojos consternados.

_ Estoy cansada_ dijo con los ojos anegados en lágrimas_ ya no puedo seguir caminando.

_ ¿Podemos descansar por favor? _ preguntó Kataryna dirigiéndose a Dimitry.

_En media hora más podrán descansar_ contestó.

Kataryna sintió que la rabia se encendía dentro de sus entrañas envolviéndola por completo en pocos segundos como cuando las llamas de un incendio envuelven sin remedio a una pila de leña seca.

_ ¡No entiendo como puede ser tan insensible! _ lo increpó levantando un poco la voz.

Dimitry le dedicó una mirada fulminante y habló con voz autoritaria y grave.

_Le dije que esto sería difícil para la niña, e insistió en que lo podían hacer, aún no terminamos el primer día y ya se está quejando. Piénselo bien, aún están a tiempo de echarse para atrás.

Kataryna lo miró sorprendida. El hombre la observaba con rostro pétreo, con los brazos cruzados moviendo la cabeza de vez en cuando, como si esperara que ella reaccionara de nuevo, pero Kataryna no replicó, por el contrario, se inclinó hasta quedar a la altura de su hija y trató de hablarle con calma.

_Daryna, querida, sé que estas cansada, pero trata de caminar unos minutos más y luego papa y yo volveremos a cargarte.

La pequeña se secó las lágrimas con una de sus manitas y asintió.

Volvieron a ponerse en marcha, caminaban con la cabeza gacha, las manos hundidas en los bolsillos arrastraban no solos los pies cansados sino también sus miedos. Avanzaban a paso lento, se les hacía difícil soportar el agreste esplendor del terreno. No faltó mucho para que Dimitry ordenara con aspereza que era hora de descansar.

Tenían hambre, pero deberían esperar hasta levantar la carpa en donde pasarían la noche antes de poder probar bocado. Bebieron unos sorbos de agua e inmediatamente guardaron el líquido elemento. Petrov les recordó con voz áspera que no podrían surtirse de él hasta al día siguiente al mediodía.

_ Será mejor que nos adentremos un poco en el bosque_ dijo Petrov.

Cuando creyó conveniente se detuvo y dio la orden de armar la carpa.

_No podemos encender una fogata_ dijo_ tendrán que conformarse con la luz de la luna esta noche.

Se sentaron en el duro suelo dentro de la carpa, formando un círculo, luego Dimitry dio la orden de alimentarse con la ración acostumbrada de carne seca y pan. Todos dieron buena cuenta de los alimentos y volvieron a beber algo de agua.

Pronto la pequeña se quedó dormida en brazos de su padre.

Kataryna improvisó para ella una cama con uno de los abrigos y recostó allí a la niña.

_Kataryna usted hará el primer turno de la guardia_ espetó Petrov _ empezará a las ocho y terminará a las once. Luego puede dormir. El segundo turno lo hará Igor, entre las once y las dos de la mañana. Yo tomaré el último turno hasta el amanecer.

Ambos asintieron en silencio, ninguno de ellos se atrevía a contradecirlo.

 Kataryna abandonó la seguridad que le proporcionaba la carpa y se sentó en el tronco de un árbol caído. Poco después, Dimitry la siguió.

_ Su esposo no ha tardado en quedarse dormido_ dijo.

Kataryna lo observó con detenimiento. No terminaba de hacerse una idea del hombre que tenía enfrente. Durante el día la había tratado con sequedad y ahora parecía más tranquilo y sosegado.

_ ¿Sabe usar un arma? _ preguntó Petrov.

Ella asintió en silencio. Su padre le había enseñado a disparar cuando apenas tenía trece años. Por su seguridad le había dicho.

Petrov desenfundó uno de los dos revólveres que llevaba en la cintura y se lo entregó a Kataryna.

_ Solo asegúrese de apuntar en el lugar correcto_ dijo_ Recordará que es simple, lo toma con ambas manos y apunta, luego jala el gatillo.

Kataryna suspiró inquieta y preocupada. A pesar de haber aprendido, nunca se había visto en la necesidad de usar un arma.

_ Esperemos que no tenga que usarlo_ dijo Petrov_ pero si es necesario no dude en hacerlo. Quizás nuestras vidas dependan de ello.

Kataryna notó que el hombre hacía una mueca de dolor al levantar el brazo izquierdo.

_ ¿Qué le sucedió? _ preguntó señalando el brazo del exsoldado.

_ Un accidente_ se limitó a decir_ aún ciento molestias cuando el clima está a punto de cambiar. No falta mucho para que empiece el invierno.

Kataryna percibió cierta reticencia en Petrov y decidió no insistir.

_Voy a descansar, si ve u oye algo extraño, no dude en despertarme_ dijo mientras se retiraba.

Kataryna suspiró nerviosa y desolada. A pesar de la fría luz de la luna sobre su cabeza, el boque parecía algo tenebroso. Se abrochó el abrigo y se caló hasta las orejas un gorro. Aún no hacía mucho frío, pero como Petrov había dicho, el invierno no tardaría en presentarse.

Estaba cansada, temía quedarse dormida y que alguien los sorprendiera. Una densa niebla empezó a cubrir el espeso bosque, que se enroscaba alrededor de sus pies. Kataryna tuvo que agudizar la vista para mantener la vigilancia por los alrededores de la carpa.

 Un par de horas después, la niebla se despejó y pudo observar la aparición de las estrellas muy brillantes con su frío parpadeo. Aspiró el aire fresco de la noche y dejó que sus pulmones se llenaran de él. Exhaló lentamente y cerró los ojos. Un movimiento en la tienda la alertó. Era Igor quien llegaba a relevarla.

CASA 110

Las Señales

I

Laura no podía dormir pensando en los descubrimientos de Alejandro, le parecía increíble todo lo que estaba desvelando. La idea más lógica era pensar que John había tenido que ver con la muerte de Kuntur y que tal vez su esposa sabía al respecto y por eso se encontraba tan angustiada, por lo que tuvieron que recetarle barbitúricos. Sacudió la cabeza en la oscuridad de la noche. Todo aquello era una locura y sin embargo ella había experimentado algo sobrenatural, pero a la vez tan real. Intentó de recordar los detalles de lo que Melinda le había confiado. Le habló de la presencia de un jovencito en el hospital. Mencionó que le había hablado, pero Laura no recordaba muy bien los detalles.

_John tiene la culpa_ dijo en voz alta y su voz retumbó en la habitación.

Sí, ahora lo recordaba, Melinda le había mencionado que la aparición dijo “John tiene la culpa”. Era demasiada coincidencia para no estar relacionado. Trataba de ordenar mentalmente las piezas del rompecabezas. Se removió inquieta en la cama y se pasó la mano por el rostro incrédula. Se sentía sobrecogida.

_Me estoy volviendo loca_ dijo _ ¿cómo puedo estar pensando en espectros y apariciones? Y lo peor del caso es que estoy arrastrando a Alejandro en esto.

Alejandro, sonrió al pensar en él, los sentimientos que albergaba por el abogado sí que eran reales pensó, aunque no le gustara admitirlo. No tenía caso seguirse mintiendo a si misma. Siempre había pensado que después de su divorcio, permanecería sola. Se había casado enamorada, pero la relación con su exesposo no había llegado a buen puerto. Siguió enamorada de él, años después de que se divorciaran. De aquello había pasado mucho tiempo, ya no lo amaba, al menos eso creía. Suspiró resignada, no quería arruinar las cosas con Alejandro, pero se le hacía cada vez más difícil ocultar sus sentimientos por él. Pensó que el abogado correspondía a sus sentimientos, pero no estaba segura de que tan profundos eran aquellos sentimientos, y tampoco quería intentar nada con él porque si no funcionaba, se odiaría a si misma por haber arruinado aquella maravillosa amistad que compartían. El último pensamiento coherente que tuvo antes de quedarse dormida, fue para el abogado.

II

Despertó sobresaltada cuando el televisor se encendió de repente. El volumen estaba muy alto y los canales saltaba de uno a otro como si algún espectador aburrido estuviera haciendo zapping. Se levantó de un salto y trató de entender que era lo que sucedía. Buscó el control remoto y apretó el botón de apagado. El televisor seguía su rauda carrera de canal en canal. Se sorprendió avanzando lentamente hacia el aparato, expectante y con el rostro perplejo. De pronto, el televisor se detuvo en un canal. Era solo una imagen, Laura la reconoció de inmediato, era el de un antiguo talk show, el de la Doctora Laura Bozzo. En la pared, detrás de la conductora se leía la palabra LAURA. Su corazón dio un vuelco, y luego empezó una marcha alocada. Los canales volvieron a sucederse uno tras otro por unos segundos que a Laura le parecieron eternos, las imágenes en el televisor se mezclaban, como cartas barajadas por las manos invisibles de un crupier. El televisor se detuvo de nuevo en la imagen con el nombre LAURA. Segundos después, los canales volvieron a pasar uno tras otro, esta vez, la psicóloga observó un niño llorando, un programa de cocina, un hombre dando las noticias, pensó que era Fernando del Rincón de la CCN en español, hasta que se detuvo. La imagen era la de Ringo Starr tocando la batería, la canción HELP sonó de inmediato y la palabra HELP apareció en la pantalla coloreada de rojo con ribetes azules. Laura observó con cara de desconcierto, como los canales volvían a sucederse uno de tras de otro. Vio a Tom correr detrás de Jerry, de inmediato saltó a Jorge el curioso observando por un binocular. Luego, Lady Gaga cantando algo que no supo identificar y de nuevo se detuvo. Era el presidente Kennedy diciendo: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país.” Laura frunció el ceño confundida, trataba de entender que era lo que estaba pasando. Los canales corrieron uno detrás de otro de nuevo, se detuvieron en la imagen del talk show, luego saltó a la canción de los Beatles, luego al discurso de John F Kennedy. Laura emitió un gemido de asombro, de pronto lo supo con súbita y alarmante claridad, era un mensaje. Los canales volvieron a sucederse aceleradamente, Laura no prestó atención a las imágenes que relevaban una tras otra frente a sus ojos, esperó a que se detuvieran. Cuando lo hizo la palabra “IS” en color amarillo fosforescente abarcó toda la pantalla. Los canales volvieron a sucederse uno tras otro.

_Laura, John is…_ dijo la psicóloga con voz temblorosa y los ojos abiertos como platos.

El televisor se detuvo de nuevo y Laura observó el tráiler de la película THE GUILTY con Jake Gyllenhaal.

_Laura, John is guilty_ dijo y se llevó una mano a la boca para ahogar un grito de desesperación. Su cara era de quien no da crédito a sus ojos.

En ese momento, el televisor se apagó, como si comprendiera que el mensaje había sido entregado al destinatario. Laura retrocedió de espaldas y se topó con la cama, se sentó en ella perpleja e incrédula. Alejandro tenía razón, John Willians tenía algo que ver con lo que estaba sucediendo. Estaba asustada, no sabía en que se estaba metiendo, pero quisiera o no, aquella fuerza sobrenatural la inducía a participar en lo que fuera que estaba ocurriendo.

Se levantó de la cama minutos después, caminó con pasos lentos hasta el closet, su mente en cambio corría como una locomotora a vapor. Se puso el abrigo sobre los pijamas y se dirigió a la casa de Alejandro. Al salir al jardín sintió que una gota le recorría la frente. Llevó una mano a su rostro, tenía la frente perlada de sudor a pesar de que afuera hacía cuatro grados bajo cero y que el agua del aspersor se había congelado formando largas agujas de hielo. Caminó de prisa, su rostro estaba decidido, casi severo. Su paso era ligero y su mente se hacía más lucida al sentir el aire fresco sobre su rostro. Cuando estuvo frente a la puerta del abogado, tocó con fuerza, su corazón aún latía con rapidez.

Alejandro se levantó sobresaltado de la cama al oír que golpeaban insistentemente a su puerta, el primer pensamiento coherente que tuvo fue que a Laura le había sucedido algo grave. Cuando llegó a la puerta y encendió la luz, Andy se encontraba rascando la puerta y ladrando sin descanso.

Laura observó el rostro preocupado del abogado e intentó esbozar una sonrisa para tranquilizarlo. Apenas entró, se dedicó a reconocerla con detenimiento.

_ ¿Estás bien? ¿Qué sucedió? ¿Quieres sentarte? _ prorrumpió en preguntas mientras llevaba una mano al rostro gélido de Laura.

_Estoy bien_ contestó ella.

Se sentaron en la sala y Laura le narró el extraño acontecimiento mientras él sostenía una de sus manos y la observaba con la boca abierta en una mezcla de incredulidad y asombro.

_Es difícil de asimilar y de comprender_ dijo él al fin.

_ Lo sé_ dijo la psicóloga con una mirada confusa, reflexiva y algo nerviosa.

Alejandro le frotó suavemente la espada, la calidez de su mano hizo más para calmar el nerviosismo de Laura, que cualquier cosa que él pudiera haber dicho. Lo miró a los ojos buscando ver en ellos, algo que le dijera lo que pasaba en ese momento por su mente.

_Sé que es difícil de creer, pienso que un día de estos me dirás que estoy loca y que ya no quieres nada conmigo_ dijo con una sonrisa nerviosa y algo triste.

_No digas eso, no estás loca, sé que esto no tiene una explicación lógica, pero sé que pasa algo extraño_ dijo.

Su mano volvía a descansar en la espalda de Laura reconfortándola.

_No voy a dejarte sola con esto_ dijo con firmeza.

Laura suspiró y recostó su rostro en el hombro de Alejandro. Nunca antes habían estado tan cerca y ambos agradecieron aquel gesto de intimidad.

Alejandro la acompañó hasta su casa y se aseguró de que estuviera bien antes de desandar el camino recorrido. Los faroles de la calle se apagaron unos segundos y el abogado hizo un esfuerzo por escrudiñar la noche, segundos después los faroles se volvieron a encender.

_Solo ha sido un apagón_ se dijo a si mismo, pero eso no evitó que volteara sobre sus talones y observara la casa de Laura, ella le sonrió desde la ventana y lo saludó con la mano.

Alejandro hizo lo mismo, antes de retomar el camino a su casa.

Historias Entrelazadas (Kataryna)

República Socialista Ucraniana, setiembre de 1933.

I

En la madrugada del 13 de setiembre de 1933, iniciaron la marcha hacia la libertad. Kataryna preparó las mudas de ropa y de botas que Petrov le había indicado y situó el crucifijo de su madre en el fondo de su bolsa de viaje de cuero. Se aseguró de llevar abrigos y gorras confortables ya que el invierno los azotaría con fuerza cuando llegara. Antes de salir de la casa, la recorrió por última vez con la mirada. Tenía muchos recuerdos de aquel lugar, la mayoría de ellos no muy agradables, pero de todas formas se le formó un nudo en la garganta.

Fue allí donde tomó la decisión que desencadenaría una serie de acontecimientos que cambiarían su vida para siempre. Para bien o para mal, estaba segura de ello. Dio un resoplido tratando de controlar sus emociones que se encontraban a flor de piel. Sabía que debía ser fuerte y mantenerse siempre en control de la situación, no podía derrumbarse antes de empezar.

Tenía 28 años y nunca había salido de su pueblo, al que siempre consideró su hogar, pero ahora tenía que dejar todo atrás y procurarse una nueva vida.

Igor, Daryna y Kateryna salieron de la casa y enfilaron en silencio el camino hacia el lugar pactado por Petrov. No les fue difícil llegar hasta allí, nadie controlaba los caminos a aquellas horas, pero prefirieron asegurarse transitando por los serpenteantes caminos del bosque bañados por la tenue luz de la luna que los ayudó a orientarse. Las estrellas brillaban con fuerza en el cielo y los invadió una repentina quietud.

_ Todo saldrá bien_ dijo Kataryna con convicción, dedicándole a su esposo una leve

sonrisa.

Igor solo atinó a asentir.

 El exsoldado se hallaba sentado en el suelo debajo de un gran árbol de roble. Estaba inclinado hacia adelante, con las manos entre las rodillas separadas. Al oír movimientos, levantó la cabeza.

Kataryna y su familia se detuvieron frente a Dimitry.

Petrov desplazó alternativamente la mirada del rostro de Kataryna al de Igor, para luego observar detenidamente a la niña por unos segundos. Luego se puso de pie.

 Era la primera vez que Dimitry e Iván se veían. El ucraniano observó con desconfianza al exsoldado, a diferencia de Kataryna que lo saludó con una leve inclinación de cabeza.

Petrov le dedicó una amable y reconfortante sonrisa.

_Señor Petrov, este es mi esposo Igor_ dijo ella presentando a los hombres.

Igor le estrechó la mano con cierto recelo que Dimitry intuyó de inmediato.

_Ella es mi hija Daryna_ continuó Kataryna.

Petrov se inclinó hasta quedar a la altura de la niña dibujando en sus labios una leve sonrisa.

_ Mucho gusto Daryna_ dijo el exsoldado y volvió a incorporarse.

Petrov decidió enfrentar a Igor de inmediato, pensaba que sería mejor dejar las cosas en claro desde el principio.

_Igor, sé que tiene reservas con respecto a mí, no me lo tomo en forma personal. Quiero que sepa que el menor de sus problemas soy yo. Tendría que preocuparse por el largo y difícil trayecto que realizaremos y por los soldados del régimen que podemos encontrarnos en el camino.

Igor pensó en la certera intuición del hombre, estaba claro que tenía mucha experiencia analizando a las personas. Sopesó las palabras de Petrov, pero no supo si podía confiar en él, o si debía estar en guardia permanentemente.

_ ¿Intenta intimidarme? _ preguntó Igor receloso.

_ No, intento que tome consciencia de quienes son sus enemigos, y yo no soy uno de ellos _ contestó Petrov imperturbable.

Igor quedó impresionado, pero a la vez un poco amedrentado con la presencia del hombre que tenía enfrente. Pero decidió que no era buena idea iniciar el viaje con el pie izquierdo, por lo que solo asintió.

Kataryna abrió uno de los bolsillos de su bolsa de viaje y sacó un fajo de billetes que le entregó a Petrov.

_Ahí encontrará la mitad de lo que acordamos_ dijo ella.

Petrov tomó el dinero, y lo guardó en una alforja.

_ ¿No piensa contarlo? _ preguntó Kataryna.

_ No, confió en usted_ respondió Dimitry.

Kataryna e Igor se miraron algo extrañados. En aquellos tiempos, nadie confiaba en la gente.

_ Lo primero antes de salir es que se alimenten_ dijo mientras volvía a sentarse en el suelo y abría su bolsa de viaje.

Extrajo tres raciones de carne seca y pan y se las entregó a Kataryna y su familia.

_Vamos, coman, voy a buscar un poco de agua del río_ dijo mientras se alejaba con cuatro cantimploras.

Petrov sintió de pronto cierta inquietud mientras caminaba rumbo al río. La niña era pequeña y los padres no se encontraban en las mejores condiciones físicas, habían perdido mucho peso y parecían pálidos y ojerosos. Además, Igor le producía cierta aversión. Se veía hostil y receloso.

Mientras cargaba las cantimploras, decidió no darle muchas vueltas al asunto. Cuando acordó ayudar a Kataryna sabía que este viaje sería peligroso debido a la presencia de la pequeña. Había ayudado a huir del imperio a muchas personas, pero a nadie tan joven como Daryna.

Regresó sobre sus pasos y en poco tiempo estuvo de regreso. La familia estaba dando buena cuenta de la comida que Petrov les había ofrecido. Se acercó a ellos con pasos firmes, tenía aquella creciente sensación de inquietud que no entendía muy bien de donde provenía. Se sentó frente a Igor, y les entregó una de las cantimploras.

_ Ahora mientras comen, voy a explicarles las reglas de este viaje, deben seguirlas al pie de la letra si quieren salir del país en una pieza. Antes que nada, nunca desatiendan mis instrucciones_ dijo con voz autoritaria.

Kataryna e Igor lo miraban con atención mientras masticaban un buen trozo de carne. Daryna por su parte, bebió un largo trago de agua.

_ Deben hacer lo que les diga, sin reclamos ni preguntas. Conozco los caminos que transitaremos casi como la palma de mi mano. He hecho este trayecto infinidad de veces. Casi siempre puedo intuir la presencia de soldados a tiempo para escondernos. Pero no siempre soy infalible y es en ese momento en donde deben hacer lo que les digo de inmediato.

 Kataryna asintió mientras seguía comiendo. Igor por su parte, se había quedado con la mirada fija en Petrov. Los ojos llenos de desconfianza.

_ Debemos caminar al menos 8 horas al día, con intervalos de descanso de 1 hora cada dos horas andadas. Si fuéramos solo adultos caminaríamos más tiempo, pero la niña nos retrasará. Antes de que anochezca deberemos internarnos profundamente en el bosque y levantar una carpa para protegernos de las inclemencias del tiempo. Durante la noche haremos guardia por turnos. Nos pondremos en marcha al amanecer.

Dimitry hizo una pausa y miró primero a Kataryna y luego a Igor.

_ Si lográramos caminar las 8 horas diarias a paso regular, nos llevará unos 27 o 28 días llegar a la frontera_ agregó_ Eso si contamos con buen clima, y no nos encontramos con soldados.

Kataryna suspiró descorazonada, era mucho más tiempo del que ella había estimado. La empresa que estaba a punto de iniciar sería extremadamente difícil. Sacudió los pensamientos negativos de su mente y se propuso iniciarla de la mejor manera posible. Con esfuerzo y sacrificio lo difícil no sería imposible.

_ Tienen que hablar con la pequeña, explicarle que debe hacer el menor ruido posible_ dijo mirando a la niña. _ En especial si vemos soldados.

_Ella está acostumbrada, acompañaba a su padre al campo mientras trabajaba. Sabe mantenerse fuera de la vista de los soldados_ explicó Kataryna.

_ Está bien, pero no está de más que conversen con ella. Deben advertirle de los riesgos y las dificultades_ continuó diciendo el exsoldado.

Ambos padres asintieron.

_ Muy bien, cuando terminen de comer nos pondremos en marcha, trataremos de evitar los caminos cercanos a las plantaciones, nos internaremos en los bosques cercanos. Los soldados siempre recorren a caballo las zonas de cultivo buscando a cualquiera que intente robar.

El exsoldado se levantó, rebuscó entre sus pertenencias y extrajo unos cinturones de cuero de donde colgaban unas lonas que contenían alimentos para tres días. Lugo les acercó las cantimploras que acababa de llenar.

_Es importante racionar el agua_ explicó_ no tendremos oportunidad de llenar las cantimploras hasta mañana al mediodía.

Kataryna e Igor se pusieron de pie y sujetaron las cantimploras a los cinturones para luego asegurar las hebillas a sus cinturas.

_Tendrán que compartir el agua y la comida con la niña_ agregó mientras sujetaba su propio cinturón alrededor de su cintura. Situó la bolsa y la cantimplora en la parte baja de su espalda, cuidando de dejar libre las armas que llevaba en sus fundas a ambos lados de su cintura.

Daryna, que aún permanecía sentada en el suelo, rodeada de una cama amarilla verdosa y crujiente de hojas de olmo, se puso de pie a la señal de su padre.

En aquel instante, Kataryna se puso más pálida de lo que ya estaba. Le sudaban las palmas de las manos, trató de sonreírle a su hija, pero no pudo conseguirlo. Su corazón empezó a latía con fuerza y un nudo se le había formado en la boca del estómago. Pensó que debió estar loca cuando tomó la decisión de huir del país.

Bajó la mirada hasta sus pies, nunca en su vida se había puesto a pensar en ellos y sin embargo su vida estaba a punto de depender de ellos. Se cuestionó si en algún momento se inmovilizarían y terminarían por dejar de obedecer a su cerebro o si por el contrario la llevarían a descubrir la libertad en tierras desconocidas.

Observó a su pequeña Daryna y se cuestionó si la niña fuera capaz de soportar la larga marcha.

Se preguntó si Petrov cumpliría con el trato o si terminaría abandonándolos si eran descubiertos.

Se preguntó si sobrevivirían.

Los tres viajeros levantaron los ojos y los fijaron en Petrov, como si fueran soldados a la espera de la orden de su comandante.

Petrov paseó su mirada por cada uno de los miembros de la reducida familia una y otra vez como si quisiera encontrar un motivo válido para echarse atrás y evitar lo que estaba a punto de empezar. Aquella sensación de inquietud lo azotaba ahora con más fuerza.

Igor empezó a turbarse después de unos segundos que le parecieron minutos interminables. Estuvo a punto de gritar “¡Qué diablos estamos esperando!” pero se contuvo.

Recordó que por más que le disgustara la situación, no estaba al mando. En aquel momento, hubiese dado su mano derecha por una botella de vodka.

El rostro de Petrov seguía inexpresivo a pesar de la inquietud que bullía dentro de él. Pensó que no era la primera vez que hacía aquello y que tampoco sería la última. Al menos eso quería creer.

_ ¡En marcha! _ ordenó con voz firme.

Casa 110.

X

La sopa que le había servido Laura, le cayó de maravilla, estaba hambriento, había olvidado almorzar, porque estaba muy interesado en unos documentos que había hallado en el sótano. Luego, fue al gimnasio porque necesitaba despejar un poco la mente y se le había hecho tarde para recoger a Laura.

_Sobre ese video_ dijo la psicóloga, y Alejandro dejó la cuchara que sostenía en la mano.

_ ¿Qué hay con él?

_Preferiría que lo borraras_ dijo sin mirarlo.

_ ¿Por qué?

_No sé, me siento algo incómoda.

_No entiendo porque, bailas muy bien. Bueno, aunque para serte sincero, te veías increíble la última vez que…

Laura levantó la mirada y lo miró sin entender.

_ ¿Qué última vez? _ preguntó.

Alejandro quiso retroceder el tiempo, que le tragara la tierra, pero no había marcha atrás. Se la quedó mirando sin saber que decir.

_ ¿De que estas hablando? ¿Qué última vez? _ volvió a preguntar.

Alejandro se removió inquieto en su asiento, pero no dijo nada. Laura observó que sus mejillas se teñían de un tono rojizo intenso.

_ ¿Alejandro?

_ Yo… este…

_ ¿Quieres explicarme de qué diablos estás hablando? _ dijo algo molesta y confundida.

_ Poco después de que te mudaras a esta casa, yo estaba observando a través de la ventana de mi sala y te vi_ dijo sin mirarla a los ojos.

_ ¿Me viste haciendo qué? _ preguntó, pero de inmediato le cayó como un baldazo de agua fría percatarse de que Alejandro la había visto bailando, y esta vez, fue ella quien se sonrojó.

_Te vi bailando y cantando_ dijo él confirmando las sospechas de Laura.

_ ¡Oh por Dios! ¡Qué vergüenza! _ dijo cubriéndose el rostro con ambas manos.

_Lo siento, no es que te estuviera espiando, pero me gusta observar por la ventana. No tienes que ponerte así, lo hacías muy bien_ dijo y se echó a reír nervioso.

Ella no podía mirarlo, se moría de vergüenza. Suspiró profundamente antes de animarse a volver a mirarlo.

_Por favor, borra ese video_ dijo muy seria.

Alejandro asintió tomando su teléfono y eliminando el video.

_Gracias_ dijo ella. Seguía sin poder mirarlo a los ojos.

Siguieron comiendo en silencio, Alejandro la miraba de tanto en tanto y ella rehuía su mirada, la situación se había vuelto bastante incómoda. Cuando terminaron, fueron a la sala y Alejandro tomó el folder con los documentos que había encontrado. Esa sería la mejor forma de olvidar lo que había pasado.

_Estuve investigando todo el fin de semana_ dijo_ encontré algunas cosas interesantes.

Laura le prestó atención muy interesada en lo que él tenía que mostrarle.

_La casa 110, albergó a mucha gente a lo largo de los años, pero me llamó la atención una pareja que habitó la vivienda en el año 1947_ dijo enseñándole a Laura un documento.

_John y Linda Williams_ leyó Laura y luego miró interrogante a Alejandro_ ¿Qué tienen de especial?

_Es un caso extraño_ empezó diciendo_ John trabajó en el laboratorio analítico de la fundición. Vivieron en la casa por cinco años hasta que Linda desapareció en 1952. Un año después, John dejó la empresa y regresó a Georgia de donde era originario.

_ ¿Desapareció? _ preguntó Laura.

_Sí, John dijo que su mujer lo abandonó por otro hombre. Pero la verdad, todo parece muy extraño y si te fijas en este documento_ dijo entregándole otro papel amarillo y bastante arrugado_ hay una anotación a lápiz.

Laura intentó leer lo que decía, pero la caligrafía era mala y el carbón estaba algo borroso.

_ No entiendo muy bien, parece decir: “Linda no desp…”

_Dice: “Linda no desapareció”

Laura observó a Alejandro intrigada.

_Es una anotación a mano en un papel que tiene varias décadas_ objetó ella.

_ Lo sé, pero algo me dice que esas anotaciones son correctas_ dijo señalando con el dedo índice la anotación a mano_ no es la primera que encuentro. Alguien, que tenía mucho tiempo libre, se dedicó a investigar a todas las personas que pasaron por el complejo. Así que, decidí seguir mis instintos y averigüé más sobre Linda.

Alejandro le entregó esta vez, una serie de papeles que parecían formar parte de un historial médico.

_Esta es la historia clínica de Linda Williams_ explicó_ durante los cinco años en que vivió en La Oroya, visitó múltiples veces el hospital. Como veras, era asidua_ dijo señalando el extenso archivo.

_ Tenía suerte de tener el hospital tan cerca_ dijo Laura.

Alejandro se encogió de hombros al tiempo que en su rostro se dibujaba una expresión de suspicacia.

_ Como podrás ver, visitó el hospital varias veces por problemas respiratorios, un par de veces por alergias, otras tantas por problemas intestinales.

_ No veo nada extraño en esto_ dijo Laura_ imagino que, para personas como Linda, vivir aquí era difícil, lejos de su país y fuera de su ambiente.

_Lo extraño está aquí_ dijo Alejandro señalando varias anotaciones encerradas en círculo con lápiz rojo.

_” Fractura de húmero izquierdo” _ leyó Laura.

_Mira la fecha_ dijo el abogado señalando unas anotaciones en el papel.

_”15 de julio de 1947”.

_Solo cinco días después de que se instalaran en la casa_ dijo Alejandro mostrándole a Laura el inventario de la casa que estaba firmado por John Williams en la fecha en que ocuparon la vivienda.

_ Lee la causa_ le instó.

_” Caída de las escaleras del jardín” _ leyó _Sigo sin entender_ dijo entrecerrando los ojos y frunciendo la frente.

_ Sigue leyendo las anotaciones encerradas en circulo_ dijo él.

Laura hojeó el historial hasta que halló lo que Alejandro le decía.

_” Fractura de Cubito y Radio derecho” _ dijo y buscó la fecha de la atención médica_ “10 de diciembre de 1947” _ Buscó la causa_ Torcedura de pie y caída_ Laura empezaba a entender a donde quería llegar Alejandro.

Hojeó presurosa las páginas.

_” Fractura de fémur izquierdo” “8 de marzo de 1949” “Caída”

Laura levantó la mirada y buscó a Alejandro.

_ Sí que es raro, cualquiera pensaría que esta mujer estaba siendo víctima de abuso doméstico.

Alejandro asintió.

_ Sigue leyendo_ la animó.

_” Esguince de hombro” “23 de junio de 1949” “Esfuerzo al levantar peso”

Alejandro le señaló otra hoja.

_ “Fractura de Falange distal, dedo índice, mano derecha” “24 de diciembre 1949” En esta ni siquiera figura la causa.

_El médico que la atendía tenía que saber lo que estaba pasando con Linda_ dijo Alejandro_ es muy probable que fuera cómplice de su esposo.

_ “Golpe abdominal” _ siguió leyendo_ Causa: “Asalto” _ leyó “30 de mayo de 1950”

_ No hay registro policial sobre algún asalto_ aclaró Alejandro_ Ya lo corroboré. Además, hay otras visitas al hospital, contusiones, golpes, fracturas, hasta el 15 de enero de 1952 en donde se supone que abandona a su esposo y se va.

_Bueno, no sería extraño después de todo esto, tal vez se cansó del maltrato que recibía y decidió irse, no necesariamente con otro hombre_ dijo Laura.

_Revisé todo su historial médico, la última vez que la atendieron fue el 13 de enero de 1952, se presentó en el hospital porque presentaba ataques de ansiedad_ dijo Alejandro y le enseñó el documento a Laura.

_Le prescribieron fenobarbital_ dijo ella.

_Estaba ansiosa y angustiada según lo que dice allí_ dijo Alejandro señalando el documento.

_ ¿Y desapareció dos días después? _ preguntó Laura.

_ Eso dice el parte policial_ dijo él entregándole un documento.

_ ¡Por Dios! ¿De dónde sacaste todo esto? _ preguntó tomando el documento.

_ Al parecer, la persona que trabajaba en archivos tenía cierta obsesión con recaudar todo lo que podía sobre cada una de las personas que pasaron por aquí.

_Es una suerte para nosotros_ dijo ella sonriendo.

_ Lo es.

_Aquí dice que Linda dejó a su esposo y se llevó toda su ropa, según las declaraciones de John_ dijo Laura.

_ La pregunta es ¿por qué estaba ansiosa y angustiada?

_Su esposo la maltrataba_ contestó Laura de inmediato.

_Lo extraño es que, según esta lista de empleados, los Williams tenían un jardinero que se llamaba Kuntur Huamán, de catorce años. Era de la localidad de Chacapalpa.

_ ¡Vaya! Imagino que en aquella época era muy difícil desplazarse desde Chacapalpa hasta La Oroya.

_ Sí, el jovencito trabajó por dos años para la pareja hasta que falleció cinco días antes de que Linda desapareciera_ dijo Alejandro haciendo gestos con los dedos de ambas manos como si se trataran de comillas.

Laura levantó ambas cejas y se mordió el labio inferior.

_Eso si es muy extraño. ¿Cómo murió el niño? _ inquirió.

_Según este documento_ dijo el abogado entregándole un mugriento papel a la psicóloga_ dice que el jovencito murió de ruptura de cráneo a causa de un fuerte golpe.

_ ¡Vaya! ¿eso es todo lo que dice?

_ Eso es todo, lo extraño es que lo atendieran en este hospital ya que él no era trabajador de la empresa, sino un simple poblador que se dedicaba a ganarse unas monedas haciendo jardinería. Lo lógico hubiese sido que lo llevaran al centro de salud.

_ Tal vez fue un accidente de trabajo y Williams lo llevó al hospital más cercano_ aventuró Laura.

_Según esto, en el momento en que lo trasladaron al hospital, se encontraba trabajando en casa de Williams, pero el documento no explica lo que le sucedió. No soy médico_ dijo el abogado_ pero según esto tuvo hundimiento del parietal y murió desangrado.

_ ¿Qué fue lo que le paso? _ se preguntó Laura a sí misma. _ Solo puedo imaginar que alguien lo golpeara con un objeto pesado y contundente, como una roca de gran tamaño. Pero eso no sería un accidente sino un intento de homicidio.

_ Eso fue lo que yo pensé. Lo extraño es que la muerte de este niño sea tan cercana a la desaparición de Linda.

_ Si todo es muy extraño_ concordó la psicóloga.

_Seguiré buscando a ver que más encuentro_ dijo el abogado_ pero tengo la extraña sensación de que la muerte de este niño y la desaparición de Linda están relacionados.

_Se te da muy bien esto de ser detective_ dijo Laura con una sonrisa que a Alejandro le pareció algo preocupada. _ Te agradezco mucho todo lo que estás haciendo por mí. Dedicas mucho tiempo a esto.

Alejandro la miró con ternura, levantó una mano y le acarició el rostro.

_Haría lo que fuera por ti_ dijo.

Historias Entrelazadas (Kataryna)

VI

 Dimitry ejerció de inmediato una extraña fascinación sobre Kataryna. Tal vez fuera el temor a algo nuevo, desconocido, misterioso e impreciso.  Pensó en el hombre de mirada dura y ojos inescrutables, pero a la vez de trato suave y agradable lo que le resultaba extrañamente antagónico. Le pareció de inmediato inteligente, sutil y secretamente bondadoso y lo más importante, le daría el pasaporte a la libertad.

_ Normalmente hago todos los tratos con el hombre de la casa_ dijo Petrov

_Pues esta vez tendrá que hacer el trato con una mujer, mi dinero es igual de bueno que el de un hombre_ dijo Kataryna, no dejaría que Dimitry viera lo asustada e intimidada que se sentía.

_ ¿Cuántos son? _ preguntó luego de un par de segundos sopesando la situación.

_ Tres, mi esposo, mi hija de seis años y yo.

El rostro de Petrov se contorsionó de repente adquiriendo una expresión imposible de descifrar, al tiempo que levantaba su larga mano instándola a callar.

_ El viaje es muy difícil para una niña de esa edad_ sentenció.

_ Lo sé, pero si nos quedamos aquí terminaremos todos muertos. Usted es nuestra única salida_ dijo Kataryna.

_ Demoraríamos mucho tiempo en llegar a la frontera, la niña no podrá caminar mucho por sus propios medios.

_ Lo entiendo, nos turnaremos para cargarla_ dijo ella.

Dimitry la miró por un largo tiempo y le dedicó una media sonrisa condescendiente.

_No quiero faltarle el respeto señora, pero no creo que esté en condiciones de caminar por más de unas horas antes de tener que tomar un descanso, mucho menos cargar en brazos a su hija de seis años.

El comentario tomó a Kataryna desprevenida, en realidad no se había puesto a pensar que no estaba en condiciones físicas para la empresa que deseaba realizar. Pero habló con una repentina inyección de firmeza.

_ Haré lo que tenga que hacer para sacar de este infierno a mi hija_ contestó_ solo dígame cuanto me va a costar.

Kataryna contuvo la respiración esperando que su voz haya sonado convincente.

_ Señora, admiro lo que trata de hacer por su familia_ dijo el exsoldado, sus ojos reflejaban serenidad _ pero debe estar completamente segura, porque pasaremos momentos muy difíciles y peligrosos, en especial ustedes porque no están en condiciones físicas para este largo viaje.

_ Lo entiendo, pero como le mencioné no me queda otra salida, prefiero morir en el intento que esperar a que la muerte me llegue mientras duermo.

Dimitry asintió, sus ojos reflejaban admiración por la joven mujer que tenía enfrente. Cruzó los brazos sobre su pecho, y con la cabeza gacha sopesó la situación. Luego de unos minutos que a Kataryna le parecieron eternos, levantó la cabeza y la miró a los ojos.

_ Está bien_ contestó_ pero le saldrá el doble debido a que demoraremos más días en llegar y necesito tener alimentos extra.

Kataryna asintió con un suspiró pesado, a pesar de comprender la situación no estaba segura de que el dinero que guardaba fuera suficiente.

_ Entonces, saldremos en tres días, prepare solo unas prendas de recambio para cada uno. Llévelos en una bolsa de viaje, no olvide los abrigos y las botas. Es muy probable que necesite otro par después de caminar la mitad del trayecto. Yo me ocuparé de los alimentos y de una pequeña tienda de campaña. No cargue cosas innecesarias que solo nos atrasarían. Nada de recuerdos familiares. No olvide que una vez que salga de Kiev, toda su vida pasada quedará atrás.

Kataryna asintió con la mirada perdida. Acababa de percatarse de que una vez emprendida la marcha nunca más vería a su familia.

_ Me dará la mitad del dinero el día que salgamos y la otra mitad cuando hayan cruzado la frontera_ manifestó Dimitry.

Kataryna permaneció en silencio mientras asentía con un gesto de su cabeza.

_Muy bien, creo que eso es todo. Nos vemos de nuevo aquí en tres días antes del

Amanecer.

_Señor Petrov, muchas gracias_ dijo con sinceridad en la mirada.

_ Aún no me lo agradezca, hágalo cuando haya cruzado la frontera y sea libre_ contestó Dimitry.

VII

 Cuando Iván se acercó a la ventana de su casa y observó a Kataryna y a su nieta Daryna, comprendió de inmediato que sería la última vez que las vería. Soltó un suspiro procurando no perder la calma. Se dirigió a la puerta y la abrió. Kataryna sonrió al verlo, caminó erguida, con el mentón ligeramente levantado, no con arrogancia, sino con fuerza, para demostrarle a su familia que no tenían de que preocuparse, aunque en el fondo de su ser se encontraba asustada e intimidada. Su padre le devolvió la sonrisa lo mejor que pudo. A penas la tuvo a su alcance la atrajo hacia él y la abrazó con fuerza. Luego levantó a la niña en sus brazos.

_Pasa, tu madre las está esperando_ dijo Iván.

Kataryna asintió e ingresó a la casa en la que había nacido y donde había crecido. Recorrió la vivienda con ojos nostálgicos. Siempre tendría buenos recuerdos de aquella pequeña casa. A pesar de que había perdido la niñez rápidamente debido a las constantes guerras y rebeliones, que hicieron que tuviera que madurar rápidamente, jamás olvidaría aquella casa, a sus hermanas y sus padres.

Al ver a su madre, los ojos se le llenaron de lágrimas. Se le formó un nudo en la garganta y trató por todos los medios de mantener la compostura. Lo último que deseaba era que sus padres se preocuparan por ella.

Anastasia abrazó a su hija y besó su frente. Luego sonrió a la pequeña Daryna y la levantó en brazos.

_ Mama, papa aún hay tiempo, tengo dinero suficiente para que ustedes nos acompañen_ dijo Kataryna.

Ambos padres sacudieron la cabeza mientras mantenían una sonrisa resignada en los labios.

_Somos viejos y estamos débiles, seríamos un estorbo, además necesitaran ese dinero una vez que crucen la frontera_ dijo Iván.

Kataryna sintió que se derrumbaría en cualquier momento, pero estaba logrando mantener un delicado equilibrio con suma elegancia.

 Iván le dirigió a su hija una sonrisa reconfortante.

_ No te preocupes por nosotros_ dijo Anastasia_ estaremos bien. Seguiremos luchando como hasta ahora, imagino que en algún momento esto se debe terminar_ dijo con una sonrisa distante. No tenía idea que aquello se prolongaría por décadas.

Kataryna apretó los labios para evitar que le temblaran. No era nada fácil dejar a su familia y a la única clase de vida que conocía e internarse hacia lo desconocido.

_ Sé que no debes cargar con cosas innecesarias, pero quiero que tengas esto_ dijo

Anastasia dirigiéndose a la cama que ocupaba desde que se había casado con Iván.

Se puso de puntillas y descolgó el crucifico que había heredado de su madre. El crucifijo hecho de madera de roble labrado con pequeños adornos en forma de cuña, cubierto con un rushnyk[1] , era todo lo que Anastasia podía darle a su hija.

_ Mama no puedo aceptar esto_ dijo_ te pertenece, además le correspondería a Iryna por ser la mayor.

_ Yo decido a quien dárselo y quiero que tú lo tengas. Es lo único que tendrás de mi para recordarme, y quiero que se lo entregues a tu hija cuando creas necesario.

Anastasia le tendió el crucifijo a Kataryna y ella la tomó entre sus manos emocionada. Luego, abrazó a su madre y le dio un beso en la mejilla.

_ Gracias mama, lo voy a cuidar siempre_ dijo con lágrimas en los ojos.

_Necesitamos encontrar una forma de comunicarnos una vez que lleguen a América_ dijo Iván_ pensamos que tal vez puedas enviarnos alguna fotografía sin tener que escribir, ya que todo lo que llegue del nuevo continente será interceptado por el régimen.

_ Sí, tienes razón ¿en qué estaban pensando? _ preguntó Kataryna.

_ Tal vez si enviaran una fotografía en donde aparecen parados podría significar que se encuentran bien, nosotros intentar tratar de hacer lo mismo si las cosas mejoran. Y si envían una fotografía en donde se encuentran sentados significaría que las cosas no están muy bien.

Kataryna sintió que su corazón estallaría de tristeza en cualquier momento, tal vez no había pensado muy bien las cosas y estaba cometiendo un gran error. Pero no podía echarse para atrás a hora.

_ Está bien, utilizaremos ese sistema para comunicarnos_ contestó casi en un murmullo.

Una repentina sensación de desamparo la embargó. Su cuerpo se llenó de una confusa mezcla de expectación y temor. Pero a pesar de todas las emociones que estaba experimentando, consiguió esbozar una sonrisa.

 Anastasia la retuvo entre sus brazos por largo rato, luchando contra las lágrimas que la amenazaban.

Kataryna no recordaba en qué momento salió de la casa de sus padres, se encontraba con el corazón en un puño, totalmente abrumada y sobrecogida. Sus piernas parecían moverse por voluntad propia, ya que su cerebro se encontraba muy ocupado tratando de procesar todos los eventos que se sucedían a ritmo acelerado.

VIII

El enorme árbol que se inclinaba sobre el crecido cause del riachuelo más de un año atrás, semejaba ahora una gran mole suspendida sobre un reducido hilo de agua después de la larga sequía que había experimentado la región. Parecía que la hambruna no solo había llegado hasta los pobladores sino también sobre la madre tierra.

Kataryna llegó hasta la orilla bajando por las piedras con pasos vacilantes. Había perdido peso y con él estabilidad y fuerza, temía caer al agua o lo que era peor caer al suelo y golpearse la cabeza con una roca y terminar muerta en aquel lugar. Por otro lado, se arriesgaba mucho con desenterrar el dinero a plena luz del día, pero no podía hacerlo de noche ya que en su condición física era mucho más peligroso.

Cuando estuvo debajo del árbol, se detuvo para recuperar el aliento. Observó con detenimiento la otra orilla del riachuelo en busca de ojos indiscretos. Cuando estuvo segura de que nadie la veía, empuñó la pala y empezó a cavar. Pronto, encontró lo que estaba buscando. Escondió el paquete dentro de su bota y cerró el hoyo de nuevo.

Ahora estaba a un paso de emprender la huida. Aquel pensamiento la sacudió como si se tratara de una hoja seca que pende de un árbol en medio de una tormenta. Aspiró profundamente por última vez el aire de aquel bosque que había amado tanto y regresó a su casa.


[1] Pieza de tela bordada con símbolos y criptogramas, utilizado en rituales sagrados.

CASA 110

La casa

VII

Durante toda la semana, había dedicado unas horas a reconocer los documentos que contenían los archivadores del sótano. Encerraban demasiada información, muchas de ellas sin importancia, pero otras tal vez lo ayudaran a descubrir algunos secretos sobre la casa y sus anteriores habitantes. Había una lista completa de ellos desde que se fundara La Oroya hasta el año dos mil, año en que se inició el uso de archivos digitales.

Los primeros habitantes de la casa 110 fueron una pareja de norteamericanos y su pequeño hijo de tres años, los Smith. Vivieron en ella durante cuatro años, hasta que regresaron a los Estados Unidos. Alejandro cotejó datos de la pareja y el niño en los archivos correspondientes al hospital, que, por alguna razón, de la cual no tenía idea, también se encontraba en aquel sótano.  A los Smith, les siguió una pareja sin hijos los McDowell, se fueron tres años después. Luego ocupó la casa un ingeniero metalúrgico soltero, Phil Klein, que presumiblemente tenía gustos sexuales extravagantes para la época (según unos apuntes escritos a mano sobre su expediente), dejó La Oroya diez años después.

Alejandro estaba exhausto, y no había conseguido nada relevante que lo ayudara a desvelar lo que le sucedía a Laura. Decidió dejar todo para el día siguiente, sería domingo y tendría más tiempo. Había convencido a Laura de que viajara con algunas compañeras de trabajo a Huancayo por el fin de semana. No había experimentado nada extraño durante los últimos días por lo que pensó que estaría bien que saliera de la ciudad.

Regresó a su casa y sacó a pasear a Andy. El perro se mostró feliz, había estado todo el día encerrado y esperaba ansioso la llegada de su amo. Andy caminaba delante de Alejandro, se detenía de vez en cuando a olisquear alguna roca o el tronco de algún que otro árbol. No había otros animales cerca por lo que no tenía mucha necesidad de marcar territorio a cada paso. Alejandro caminaba con los ojos fijos en la casa 110, mientras su mente divagaba por algunos escenarios posibles. ¿Fantasmas? ¿Espíritus? ¿Poltergeist? Todo parecía inverosímil, pero él claramente había presenciado algo inexplicable.  De pronto, Andy llamó su atención, se había quedado completamente inmóvil con una de las patas delanteras levantada, la cola tensa y gruñía mirando la puerta de la casa 110, como si presintiera alguna presencia extraña o tal vez peligrosa. El abogado acarició al perro tratando de tranquilizarlo y decidió echar un vistazo a través de las ventanas. No tenía la llave, le había pedido a Laura que se la diera para devolvérsela al encargado. El vidrio que había roto ya lo habían repuesto y todo parecía estar en calma.

_Vamos Andy_ dijo y retornaron al camino.

Pensó en Laura mientras caminaba, esperaba que ella estuviera divirtiéndose, que olvidara un poco la locura en la que se había convertido su vida en las últimas semanas. Bajó una pequeña cuesta serpenteante que lo conducía al río Mantaro, se quedó allí lanzando piedras al río mientras Andy olisqueaba el terreno y tomaba un poco de agua. La noche empezó a caer y con ella llegó el frío. En el horizonte, observó una ondulada meseta de nubes iluminada con los últimos rayos de sol.

_Hora de ir a la casa_ dijo Alejandro y el perro ladró dos veces en señal de asentimiento.

Andy subió la cuesta corriendo, con la lengua colgada a un costado de su boca, movía la cola alegremente. Alejandro pensó en el increíble carácter de los perros, olvidaban las preocupaciones y el peligro, segundos después de que ocurrieran. En cambio, los seres humanos se hundían en los problemas y les era difícil salir a flote. Alejandro apuró sus pasos para alcanzar a su mascota, pronto, estuvieron dentro de la casa, dando cuenta de su cena.

VIII

Los rayos oblicuos de la tarde daban color a la campiña, parecían hondos y oscuros surcos que cubrían las faldas de las montañas. El sol había casi desaparecido y teñía las nubes de un color anaranjado rojizo. Laura sonrió ante el increíble espectáculo que observaba. El gélido aire empezaba a soplar y estaba desabrigada, pero quiso permanecer unos minutos más observando todo. Las mujeres que la acompañaban en su viaje, subían lentamente al vehículo que las llevaría a su hotel en el centro de la ciudad. Habían pasado un magnífico día en el campo, pero debían regresar, tenían programado asistir a un show folclórico por la noche y se hacía tarde.

_ ¡Vamos Laura, se hace tarde! _ gritó una de las mujeres.

Laura le dedicó una sonrisa resignada y se encaminó hacia el mini bus que la esperaba. El día había sido perfecto, no tuvo tiempo de pensar en nada de lo que le había sucedido y se sentía bien. Se sentó al lado de la secretaria de Alejandro, Mónica. Era una joven agradable y muy solícita.

_ ¿Habías estado antes en Huancayo? _ le preguntó.

_ No, es la primera vez_ contestó Laura con una sonrisa.

_ ¿Qué te ha parecido?

_ Me ha gustado, en especial la gente, es muy amable. ¿De qué parte del Perú eres?

_ Nací en Huancavelica, pero mis padres y yo nos mudamos a Lima cuando yo tenía diez años. Pero cada vez que puedo regreso a mi tierra a recargar energías. Creo que nunca me acostumbraré al caos de la ciudad.

Laura asintió, sabía perfectamente a que se refería Mónica.

_ ¿Cómo es Alejandro como jefe? _ preguntó la psicóloga, quería saber más de él, desde la perspectiva de otra persona.

Mónica sonrió de forma ensoñadora, lo que inquietó extrañamente a Laura.

_Alejandro es una buena persona, y un buen jefe, trata a todos con bastante aprecio y respeto, eso es lo que más me gusta de él, aparte de que es muy atractivo_ dijo y se echó a reír.

Laura esbozó una sonrisa incómoda.

_ Lo siento, no quiero que te molestes, sé que Alejandro y tú son muy cercanos_ dijo la joven.

_Oh no me molesta en absoluto_ mintió_ solo somos buenos amigos.

_ Pensé que eran pareja y que mantenían cierta distancia ya que trabajan juntos.

_ No, entre él y yo no hay nada más que una profunda amistad_ dijo Laura.

Mónica no pareció muy convencida, pero no quiso seguir insistiendo. Los había visto interactuar muchas veces y estaba segura de que entre Alejandro y Laura había mucho más que una simple amistad.

_Alejandro es una persona muy empática, trata siempre de ponerse en el lugar de los demás_ continuó la secretaria.

_Sí, lo he notado_ dijo ella con una media sonrisa.

_Imagino que sabes lo que hizo apenas llegaste a La Oroya_ dijo Mónica_ de seguro te lo habrá contado.

Laura frunció el ceño pensando, pero no se le ocurrió nada en particular.

_No sé a qué te refieres_ dijo.

_La muralla, frente al Hotel Junín_ dijo Mónica.

Seguía sin entender, la miró con el rostro interrogante, tenía las cejas levantadas, arqueadas en una forma graciosa que hizo reír a la secretaria.

_Frente al Hotel Junín hay una muralla cruzando la avenida, es la valla que separa la calle de la estación de tren.

Laura asintió, sabía de que hablaba la secretaria, pero aún no entendía adonde quería llegar con eso.

_Bueno, no sé si lo notaste, pero en esa muralla habían escrito una frase no muy agradable en letras grandes y rojas_ dijo ella extendiendo los brazos para que Laura se hiciera una idea del tamaño de las letras.

Laura hizo un gesto de asentimiento, ahora entendía de lo que hablaba Mónica.

_Pues, Alejandro pidió que pintaran la muralla_ explicó.

Laura abrió los ojos sorprendida.

_La gerencia dijo que no era una prioridad pintar la muralla, así que él puso dinero de su propio bolsillo para que la pintaran_ dijo Mónica.

_No tenía idea_ dijo Laura muy sorprendida.

_Alejandro no habló de esto con nadie en la oficina, pero soy su secretaria y a veces oigo algunas cosas_ dijo encogiéndose de hombros.

Laura asintió con una sonrisa. Sabía por experiencia que las secretarias escuchaban mucho más de lo que debían.

_Sé que lo hizo porque le preocupaba que te sintieras incómoda cada vez que pasaras por allí. Aunque desde luego, la pinta no estaba dirigida a ti.

_Mónica, te agradezco que me lo hayas contado_ dijo Laura sinceramente conmovida.

_ ¿Te gusta bailar? _ preguntó Mónica cambiando drásticamente de tema.

_ Si, me gusta_ dijo ella.

_Pues esta noche en la cena show podrás hacerlo.

Laura se echó a reír.

_ No soy muy buena bailando Huaylas.

_ Puedes aprender, yo te enseño_ dijo Mónica.

_Está bien ¿Por qué no? _ respondió.

IX

Alejandro llevaba unos minutos con la espalda apoyada contra el Corolla celeste, acababa de salir del gimnasio, tenía los brazos cruzados sobre su pecho y los músculos parecían querer salirse de las mangas de su camiseta. Llevaba el pelo algo desordenado y cuando el autobús se detuvo frente a él y Laura lo vio, sintió que su corazón se saltaba un latido.

_Wow se ve muy atractivo esta tarde_ dijo Mónica con una sonrisa.

Laura no dijo nada, pero no le gustaba mucho que se fijaran en él. Dejó que todas se adelantaran, ella fue la última en bajar del vehículo. Alejandro le dedicó una de sus mejores sonrisas al verla. Laura no pudo evitar sonreír con él.

_Pensé que decidiste quedarte en Huancayo_ dijo él y en sus labios se dibujaron una sonrisa ladeada.

Ella se echó a reír.

_Aquí me tienes_ contestó y le dedicó una sonrisa algo nerviosa.

Ya no podía seguir negando las sensaciones que el abogado le provocaba. Una extraña mezcla de seguridad, calidez, ternura, apego e intenso afecto.

_ Déjame ayudarte con eso_ dijo él tomando la pequeña maleta que Laura sostenía en su mano.

Abrió la maletera y la guardó dentro. La psicóloga lo observaba con los ojos brillantes y una media sonrisa en los labios.

_ Vamos, te llevaré a casa_ dijo al tiempo que abría la puerta para ella.

Laura subió al vehículo y Alejandro cerró la puerta. Mientras rodeaba el Toyota, Mónica lo saludo con la mano y una sonrisa coqueta. Laura sintió una corriente inexplicable que le recorrió el cuerpo y se alojó en su estómago. Alejandro le devolvió el saludo a su secretaria y subió al carro. Puso el motor en marcha y se integró al tráfico.

_Anoche, Mónica me envió un video_ dijo poco después.

Laura lo miró con las cejas levantadas. Alejandro se echó a reír.

_ No es lo que piensas, el video era tuyo_ dijo mirándola a los ojos.

Ella parecía perpleja.

_ Anoche fueron a un show de música folklórica_ dijo él.

_ Sí_ contestó ella con cautela.

_En el video estás bailando_ dijo él mirándola con una sonrisa.

_ Voy a matar a Mónica_ contestó ella.

Alejandro se echó a reír.

_No entiendo porque, se te ve muy contenta, parece que lo disfrutaste, además bailas muy bien.

_No seas condescendiente conmigo, no bailo muy bien el Huaylas, es más nunca lo había bailado antes.

_ Pues para no haberlo bailado nunca, lo haces muy bien. Yo tengo dos pies izquierdos, no soy muy bueno bailando.

_Quiero ver ese video ¿dónde tienes el teléfono? _ dijo Laura mientras buscaba el abrigo del abogado en todas partes

Alejandro se echó a reír.

_No está en el abrigo, ¿no tienes frío? _ dijo Laura mientras observaba con detenimiento al abogado. Paseó sus ojos con interés por los bíceps del abogado por más tiempo del que creía conveniente.

_Cuando salí del gimnasio tenía calor, pero ahora está haciendo un poco de frío_ dijo_ El teléfono está en la guantera_ agregó.

Laura abrió la guantera y tomó el teléfono del abogado.

_ ¿La clave? _ preguntó mientras encendía el móvil.

_ No tiene clave, no tengo nada que esconder_ dijo y le dedicó una sonrisa.

Laura se la devolvió y luego buscó el video en cuestión, pronto se vio zapateando, saltando y moviendo las manos con frenesí como si sostuviera los bordes de una falda invisible. La psicóloga se echó a reír. Alejandro la observó, parecía tranquila y relajada, pensó que había hecho bien en animarla a hacer aquel viaje.

_Creo que ayer tomé unas copas de más_ dijo ella.

_Creo que te vino bien el viaje_ contestó él.

_Sí, te agradezco que insistieras, me siento mejor.

_Me alegra oír eso_ dijo el abogado mientras detenía el vehículo frente a la casa de Laura.

La psicóloga le entregó el teléfono y antes de apearse, situó una mano sobre el brazo de Alejandro. Sintió su piel cálida y su mirada penetrante.

_Quería agradecerte_ dijo ella mirándolo con ojos brillantes.

_No tienes porque, puedo recogerte cuando quieras_ dijo él sonriendo.

Ella sacudió su cabeza negando.

_No es por eso por lo que quiero agradecerte_ dijo y él la miró intrigado. _Mónica me dijo que fuiste tú quien pintó la pared en donde estaba aquella frase en la que me halagaban.

Alejandro se echó a reír.

_Bonita forma de expresarlo_ dijo. _ No necesitabas saberlo_ agregó.

Ella le sonrió, sus ojos parecieron brillar en la penumbra del carro.

_Gracias _ volvió a decir y le dio un beso en la mejilla.

El corazón de Alejandro se aceleró de inmediato. Laura abrió la puerta, se apeó, obligando a Alejandro a hacer lo mismo. Hacía frío, Laura levantó el cuello de su abrigo.

_Estas desabrigado_ dijo ella.

_ No te preocupes, voy a la casa. Si no estás muy cansada, me gustaría mostrarte lo que encontré este fin de semana.

Ella abrió los ojos y separó un poco los labios.

_ ¿Encontraste algo? _ preguntó sorprendida, no había tenido muchas esperanzas de que Alejandro descubriera algo entre tantos papeles.

_ Creo que sí, de eso quería hablarte.

_ Voy a preparar algo caliente para comer mientras regresas_ dijo ella.

Alejandro asintió y bajó la maleta de Laura. Quiso llevarla hasta su puerta, pero Laura lo detuvo.

_ Lo puedo llevar sola, no pesa mucho_ dijo.

Él volvió a asentir y le entregó la maleta.

_ Gracias Alejandro, gracias por todo_ dijo, mirándolo con ternura.

HISTORIAS ENTRLAZADAS (KATARYNA)

República Socialista Ucraniana, 1933 (Segunda parte)

IV

Los días se sucedían cada vez más lentamente, parecía que el tiempo incluso se hubiese detenido, como si el relojero del universo descuidadamente hubiera olvidado darle cuerda al reloj de la vida.

Kataryna no dejaba de pensar en la urgencia de escapar del régimen y la hambruna que estaba a punto con cobrarles la vida. Estaba perfectamente consciente de que la enorme empresa que deseaba llevar a cabo sería casi imposible si las condiciones climáticas empeoraban.

 Corrían los últimos días del otoño y era imprescindible iniciar el viaje lo antes posible. La huida sería muy riesgosa, en especial con una niña de seis años, pero estaba convencida de que escapar de Ucrania era su única esperanza de sobrevivir.

Las hojas de los árboles alfombraban el suelo del bosque, cuando se encaminó a casa aquella tarde. El cielo gris se amalgamaba completamente a su espíritu sumido en una terrible tiniebla de desesperanza y ansiedad. Pensó que debía tomar una determinación aquel mismo día o sería muy tarde. No podía seguir esperando a que Igor tomara aquella decisión trascendental por ella. Se estremeció ante la idea. Nunca había tomado una elección por sí misma, y temió asumir la responsabilidad de las consecuencias de aquellas decisiones. La vida de Daryna estaba en sus manos, pero sabía en lo profundo de su ser que no había otro camino que tomar. En aquel momento, con valentía, entereza y denuedo tomó la inapelable determinación de huir, aunque su esposo no estuviera de acuerdo con ella.

De pronto, una pequeña chispa de esperanza entibió su desalentado corazón, como cuando los tenues rayos del sol iluminan las oscuras nubes de otoño en el crespúsculo.

Cuando regresó a casa, encontró a su esposo sentado en la cocina sumido en un doloroso ensimismamiento. Con la mirada fija en algún punto del suelo.

Kataryna se sacó la pañoleta que llevaba alrededor de su cabeza, la dejó sobre la mesa y se sentó frente a él. Lo observó en silencio por unos segundos y luego le habló con voz clara, suave pero firme.

_Igor, he dejado que pasara algún tiempo, imagino que ya habrás pensado en la propuesta que te hice.

Igor levantó la mirada y le dedicó a su esposa una mirada de desconcierto. Intuyó una perpleja y desconfiada expectación en el rostro de su esposa. Pero se limitó a guardar silencio. Estaba abatido, ya no era el duro Igor de otros tiempos.

_ ¿Igor?

_ Si lo he pensado_ dijo al fin_ y no estoy de acuerdo.

El rostro de Kataryna se tiñó de un gesto de fastidio y frustración.

_ Igor tengo el dinero, lo he guardado por varios años, y solo yo sé dónde está escondido. Si decides no hacer este viaje, tomaré a Daryna y me la llevaré_ amenazó.

Igor la observó con el ceño fruncido, pero no tenía fuerzas para discutir con su esposa. Por el contrario, Kataryna tenía los sentidos alertas, y se encontraba en actitud expectante.

Igor exhaló un largo suspiro antes de volver a hablar.

_Imagino que estás al tanto de que no podrás tomar una carreta o unos caballos y simplemente dejar la ciudad_ dijo.

_ Lo sé, tendremos que caminar hasta la frontera con Polonia_ respondió ella.

_ Sabes que si nos descubren los bolcheviques tienen orden de dispararnos_ dijo Igor.

Kataryna se removió inquieta en su silla antes de responder.

_ Sí, lo sé_ contestó.

Igor volvió a exhalar otro suspiro esta vez más sonoro, que a Kataryna le sonó a desesperación. Miró a su esposa a los ojos y sintió la firmeza de su voluntad.

_ Está bien_ dijo Igor después de unos segundos_ si es eso lo que quieres, hagámoslo.

Kataryna exhaló un suspiro de alivio.

_ Ahora dame los detalles_ exigió.

Kataryna se levantó exaltada de la silla y empezó a caminar de un lado a otro de la cocina mientras le explicaba a Igor todo lo referente al viaje que emprenderían con la intención de huir de su natal Ucrania. Su rostro denotaba una mirada satisfecha, saturada de suficiencia.

_ Tendremos que salir lo antes posible_ comenzó diciendo_ el invierno está por llegar y eso nos dificultará la marcha.

Igor asintió y le hizo un gesto con la cabeza para que continuara hablando.

_Caminaremos hasta Medyka, es una ciudad fronteriza con Ucrania, se encuentra a 640 kilómetros de Kiev.

Igor la observó incrédulo.

_ ¿Cómo se supone que caminaremos con la niña 640 kilómetros? _ preguntó con desasosiego _ eso implicaría caminar más de quince días.

_ Si, tal vez 20 o 22 días, dependiendo de Daryna, y eso si la buena fortuna nos acompaña y no nos encontramos con soldados bolcheviques en el camino.

Igor pensó que todo aquello era una locura, jamás llegarían siquiera a la frontera. Pero decidió sacudirse el pesimismo del pensamiento y seguir escuchando a su esposa.

_ Luego ¿qué?

_Descansaremos unos días allí, hasta que estemos en condiciones de volver a seguir con el viaje. Desde Medyka a Varsovia seguiremos en carreta, son casi 400 kilómetros.

Igor suspiró, no contestó, se limitó a esperar.

_ Desde Varsovia seguiremos hasta Gdanks, son un poco más de 400 kilómetros.

Una repentina mirada de desaliento asomó al rostro de Kataryna.  Acababa de asimilar lo difícil que sería la marcha solo después de expresar en voz alta sus pensamientos.  Aspiró una bocanada profunda de aire antes de continuar.

No se dejaría amilanar, nada había sido fácil en su vida, y como todo lo demás, estaba segura de que lo superarían.

_ Desde Gdanks iremos a Bremen en Alemania y desde allí, podremos embarcar a Sudamérica.

Igor volvió a asentir, seguido de un sonoro suspiro.

_ La parte más difícil será cruzar la frontera_ dijo ella_ será peligroso. Pero una vez que lleguemos a Polonia las cosas serán más fáciles.

_ Que se supone que comeremos mientras sigamos en Ucrania_ preguntó Igor_ son más de veinte días de caminata y ya casi no nos quedan alimentos y menos aún, fuerzas.

_ El hombre que nos ayudará se encargará de los alimentos.

Igor volvió a fruncir el ceño, le dirigió a su esposa una mirada de incertidumbre.

_ ¿Quién es ese hombre? ¿cómo se supone que conseguirá alimentos? _ preguntó.

Kataryna cruzó los brazos sobre su pecho tratando de protegerse.

_Su nombre es Dimitry Petrov, él es un bolchevique_ contestó asustada esperando la reacción de su esposo.

Las palabras de Kataryna quedaron flotando por un instante en el aire antes de que Igor las asimilara. Todo lo que Kataryna le decía le parecía inconcebible. Se sentía flotar dentro de una de una pesadilla. Una pesadilla en la que llevaba casi dos años sumergido.

_ ¡No puedes estar hablando en serio! _ dijo sacudiendo la cabeza de un lado a otro _ No hay nada como proporcionar un arma a nuestro verdugo. ¡¿Estás fuera de tus cabales?! _ dijo levantando bastante la voz. _ ¿No se te ha ocurrido que este hombre puede entregarnos a las autoridades? _ preguntó con un gesto de incredulidad.

La observó con los ojos abiertos como platos y con absoluta desaprobación en la mirada.

Kataryna se acercó rápidamente a Igor, lo miró a los ojos y habló con vehemencia y total seguridad.

_ Él no nos entregará, así como no entregó a decenas de familias que han huido del país. Él solo está interesado en el dinero.

Perturbado, Igor la miró con gravedad.

_ No puedes estar segura de eso.

Kataryna sintió un leve escalofrío y exhaló un mudo suspiro. Se sintió aturdida por un momento, pero se recuperó con rapidez.

_ Tenemos que correr el riesgo_ contestó.

_ Está bien, si estás decidida, no voy a impedírtelo_ dijo Igor_ haremos ese maldito viaje y que Dios nos ampare.

V

Dimitry Petrov, respiró hondo, retuvo el aire en los pulmones e intentó levantar la rueda de madera que con terquedad permaneció en su sitio. Lo intentó de nuevo, pero su brazo izquierdo se negó a obedecerlo. Lo que obtuvo en cambio, fue una fuerte punzada en el cuello y la espalda. Se levantó la camisa, y se miró el hombro, lo tenía rojo y palpitante, como si una lumbre ardiente lo acabara de abrasar. El corazón le latía con tanta fuerza que ante sus ojos veía puntos negros pulsátiles y por un instante temió perder el conocimiento.

Trató de relajarse, pensando en algo más que no fuera la frustración que sentía por la discapacidad que acarreaba su cuerpo. Sintió que sus sentidos se le agudizaban por unos segundos, creyó oír el murmullo amplificado del riachuelo que circulaba entre las rocas y las raíces retorcidas de los árboles, muy cerca de él; además de la briza de la mañana sobre su piel sudorosa, como si fueran cientos de gélidas agujas que se clavaban en su cuerpo.

 Poco después, se le despejó la cabeza, pero el corazón le martillaba aún con más fuerza que antes, y le temblaba el brazo izquierdo. Se sentía algo aturdido y se percató de repente de que parte del problema radicaba en que se había olvidado de respirar. Se obligó entonces, a aspirar una bocanada de aire para oxigenar su aturdido cerebro, pero lo invadió entonces un fuerte vértigo cuando inhaló el aire fresco y húmedo del campo. Se tambaleó un poco y extendió las manos hacia la carreta para mantener el equilibrio.

Se apremió a reconocer, que poco después del ataque, el brazo le temblaba tanto que no podía sostener con la mano, nada más pesado que su abrigo. Había transitado por un largo y tortuoso camino antes de poder utilizar de nuevo aquel apéndice que llegó a considerar inservible, pero aún no había alcanzado su antigua capacidad. Probablemente nunca lo haría, pero se había encomendado la tarea de rehabilitarlo lo mejor posible.

Hizo un alto para enjugarse la frente que tenía embarduna de tierra y sudor. A continuación, hizo un esfuerzo febril por levantar la rueda, exigiendo al hombro un arduo sacrificio. Emitió un gruñido de dolor mientras le temblaba violentamente el brazo. Las venas moradas debajo de la piel parecían a punto de estallar. Los músculos cuidadosamente entrenados amenazaban con romper la delgada tela de su camisa.

Con un último y memorable esfuerzo consiguió su objetivo, introducir la masa[1] de la rueda en el eje de la carreta. Se sintió totalmente extenuado, pero a la vez frenético y exaltado. Se sentó entonces sobre una roca de considerable tamaño hasta que advirtió que se le acompasaban de nuevo los latidos del corazón y desaparecía el aturdimiento. Observó el riachuelo, quedaba bajo el cielo abierto, y el agua con el sol justo encima, relucía como la seda brillante.

Abajo, en la orilla, saltaba de piedra en piedra una rana, sin mojarse apenas las ancas.

Se quedó allí, observando la naturaleza a su alrededor, recordando los años como soldado bolchevique y sus deseos de aportar de algún modo a la construcción de una nueva nación en donde reinara la igualdad social para todos. Desde joven había tenido sólidas convicciones sobre lo que estaba bien y lo que no lo estaba. Pero el bien y el mal solo se le serían revelados con la madurez de la experiencia, el dolor de la evidencia y la veracidad de los hechos.

Dimitry, hombre de edad media, agraciado, de facciones bien definidas, pelo castaño claro y ojos cafés con una inquietante expresión severa y adusta que distaba mucho de la realidad de su carácter. El color pardo oscuro de su vello facial contrastaba marcadamente con la palidez de sus mejillas. Era alto de estatura, musculoso y andaba siempre erguido, a pesar de que muchas veces el dolor trataba de doblegarlo. Llevaba siempre la ropa bien cuidada, aunque no hubiera mujer en su vida que se ocupara de ello.

Sus delgados labios se apretaron de tal forma que casi desaparecieron detrás de su boca, en una mueca de nostalgia, o tal vez fuera de resignación, al recordar su vida como soldado. Durante un breve tiempo las cosas se sucedieron deprisa, para luego empezar a sucederse con una extraña lentitud. Aunque no tendría que sorprenderse ya que las cosas malas duraban para siempre como solía decir su abuela, que en paz descanse.

Los días de un soldado destacado en un fuerte en el medio del infierno gélido de Siberia, no son muy atractivos o fascinantes como la mayoría de los civiles pensaría. Allí en aquellos confines olvidados del mundo, en donde los copos de nieve eran arrastrados por el vendaval que aullaba, en donde los vientos sepulcrales barrían las descoloridas estrellas y las hacían parpadear muy bajas. Era en aquel lugar en donde los soldados acababan atormentados, casi demenciales donde la mayoría se enterraba a la enajenación. Zona de pesadilla de la que, una vez que se entraba, pocas veces había regreso.

Lo que llevaba a que, en los días de franco, la mayoría de los soldados se desbandaran bebiendo hasta caer inconscientes o despertaran en prostíbulos desplumados como pavos en el día de navidad.

Pensó que las consecuencias habrían sido mejores para él, de haber decidido ir a emborracharse a un bar o a dejarse desplumar en algún burdel, en vez de pasar el fin de semana en casa.  No era la primera vez que la mente de Dimitry discurriera en aquellas cavilaciones, pero cada vez que regresaba por aquel camino largo y sinuoso, plagado de frustraciones, reveces y desengaños se convencía aún más de que el destino había tenido que ver con su suerte. Como si el universo se hubiera confabulado para echar las cartas que decidirían su futuro. ¡Y vaya que le había tocado un par de malas manos!

Aquella fatídica mañana de verano, se levantó temprano de la pequeña habitación que arrendaba en el segundo piso de una casa de huéspedes, en alguna parte del mundo menos hostil y más hospitalaria que la Siberia. La dueña de la pensión, una inmensa mujer con pechos enormes y rebosantes, de cabellera rubia desgreñada le sirvió el desayuno con una extravagante sonrisa. Dimitry no pudo evitar devolvérsela. El rostro de la mujer asemejaba al de un perro pequinés con el pelo greñudo y la lengua colgando de un costado del hocico.

Cuando terminó de comer, se dirigió a la tienda de herramientas y abarrotes que se encontraba a pocas cuadras de la casa de huéspedes. Saludó al dependiente, un hombre de tes amarilla, ojos caídos como los de un cachorro apaleado y de labios extremadamente anchos. Sonrió para sí mismo, pensó en la dueña de la pensión y la comparó con el dependiente. Muy diferentes uno del otro, pero a la vez de aspectos extrañamente hilarantes. Escrutó por un buen rato toda la tienda con atención. No buscaba nada especial, pero le gustaba visitar los almacenes ya que realmente no tenía nada mejor que hacer.

Echó una mirada a los estantes de abarrotes y más adelante a los estantes de herramientas. La tienda contaba con una buena colección de hachas, las encontró de varios tamaños y para trabajos específicos. Hachas de tala, hachas de corte, hachas de filo ancho, hachas de una mano, más pequeñas que las anteriores, hachas de carpintero, hachas de ranurado y quien sabe cuántos tipos más. Dimitry no tenía idea de que existiera una gama tan grande de aquella herramienta, tan indispensable para un leñador.

Desde el estante de las hachas oyó al dependiente levantar la voz mientras conversaba con otro cliente. Prestó atención al recién llegado. Lo primero que llamó su atención eran sus musculosos brazos y sus labios extrañamente azules, como uno de aquellos cadáveres congelados que había visto incontables veces en las estepas Siberianas.

El hombre se tambaleaba de tanto en tanto mientras amenazaba al dependiente señalándolo con el dedo índice y gritando improperios. Dimitry pensó que estaba ebrio, pero podía estar equivocado. Después de todo solo eran las nueve de la mañana.

Frente al hombre de los labios azules, sobre el mostrador, se alineaban algo así como una docena de botellas de vodka y otros licores. Detrás del mostrador, el hombre de los ojos de cachorro apaleado intentaba disuadir al recién llegado de que abandonara la tienda.

Dimitry se acercó al mostrador con cautela, mientras lleva la mano derecha a su cintura en busca de su arma. Se sintió consternado al percatarse de que no la llevaba consigo, ni si quiera llevaba puesto su uniforme. Observó al recién llegado, intentando determinar si se encontraba armado.

El dependiente lanzó una mirada de desesperación por encima del hombro y vio a Dimitry al mismo tiempo que el hombre de los labios azules advirtió su presencia con el rabillo del ojo. El recién llegado, dejó de prestar atención al dependiente y giró de inmediato en dirección al soldado. Dimitry tuvo tiempo de pensar, que los movimientos del hombre eran rápidos para pertenecer a un borracho. Pero como para contradecir sus pensamientos, el hombre trató de acercarse, pero se detuvo en seco, agitando los brazos violentamente en el aire, y de inmediato empezó a retroceder tambaleante mientras llevaba una de sus manos hasta el mostrador. El hombre de los labios morados tomó una de las botellas de licor y la blandió sobre su cabeza como si fuera un garrote. Dimitry se detuvo en seco al observar las intenciones del hombre, levantando las palmas de las manos en un intento por demostrarle que no tenía intención de buscar problemas.

_No quiero pelea_ profirió frunciendo el entrecejo y observando cautelosamente al hombre.

Lo que Dimitry no sabía era que el de los labios morados llevaba un arma de fuego escondida en la cintura de su pantalón, cubierta por el faldón de su camisa.

Labios morados volvió a tambalearse y dejó caer la botella al piso que se hizo añicos con un estallido, esparciendo todo su contenido. El olor fuerte y penetrante del licor colmó de inmediato el aire y lo volvió sofocante.

Dimitry se vio de repente sumergido en un peligro inminente.

El dependiente aprovechó el momento y se escabulló fuera de la tienda. Dimitry pensó que era lo mejor, porque la cosas acabarían poniéndose peor. En ese preciso instante el hombre de los labios morados tomó otra botella del mostrador y la lanzó en dirección a Dimitry, pero este lo esquivó con facilidad. La nueva botella compartió de inmediato el mismo final que la primera. El olor en la tienda se volvió mucho más intenso y asfixiante.

Dimitry sintió tal furia que ni siquiera pensó en reprocharle algo a aquel hombre. Simplemente se abalanzó sobre él en un intento por tirarlo al piso. Lo consiguió, pero con cierta dificultad. A pesar de que el de los labios morados estaba ebrio, su cuerpo robusto y sus increíbles músculos lo hacían un adversario de cuidado.

_ ¡¿Qué diablos está pensando?!_ gritó Dimitry mientras ambos hombres rodaban en el suelo.

El hombre de los labios morados le respondió con un rodillazo en el estómago. Dimitry chilló de sorpresa y dolor. El asaltante aprovechó el momento y se levantó ágilmente del suelo e intentó tomar otra de las botellas.

 Dimitry adivinó sus intenciones y a pesar del dolor, le lanzó una patada que le dio de lleno en la pantorrilla. El dolor fue tan intenso que lo paralizó por unos segundos. Labios morados tuvo que agacharse para intentar masajearse la zona.

Dimitry se levantó rápidamente y tomó otra de las botellas. En un instante pasó por su mente la idea de que, si seguían de la misma forma, terminarían rompiendo todos los licores de la tienda. Entonces, sintió un escalofrío que no era inherente al templado verano, pero que no le era ajeno, era la familiar sensación de la adrenalina que le recorría el cuerpo en momentos de peligro.

El de los labios morados se incorporó justo en el momento en que Dimitry le lanzaba la botella. Él no se lo esperaba, y a pesar de su borrachera al ver el objeto volando hacia él dio un respingo y se volvió ligeramente a su izquierda de modo que la botella lo alcanzó en el hombro.

Labios morados emitió un gruñido, más de rabia que de dolor y se abalanzó sobre Dimitry que seguía ajeno al arma que el hombre guardaba en la cinturilla de su pantalón. Dimitry se hizo a un lado mientras que giraba el cuerpo ciento ochenta grados, tomaba otra botella del mostrador y la sujetaba sobre su cabeza del mismo modo en que labios morados lo había hecho anteriormente. Dimitry no perdió el tiempo y se abalanzó sobre labios morados, pero tropezó con una caja de clavos, se tambaleó y cayó sobre sus rodillas.

Labios azules tomó el arma de su cintura, la empuñó y apuntó contra Dimitry. De inmediato se oyó un disparo, la detonación en aquel lugar cerrado y atestado de mercaderías sonó atronador. La bala le pasó tan cerca que por poco le vuela una oreja. El olor a pólvora quemada anegó el establecimiento, era un olor muy familiar, pero no por ello agradable.

Dimitry, que aún sostenía la botella, la arrojó contra labios azules y lo golpeó en la barbilla.

El hombre lanzó un alarido, retrocedió tambaleante y chocó con un estante repleto de platos desperdigando su contenido en medio de agudos sonidos metálicos.

Dimitry deseó en ese instante no haber dejado su arma en su habitación, pero no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Corrió hacia el estante de hachas que había visto más temprano. Sujetó la primera que alcanzó por la cabeza y sintió dolor cuando se le enterró en la mano, pero apenas tuvo tiempo de ser consciente de ello.

El hombre lo siguió con el arma empuñada y se dispuso a disparar de nuevo. En una fracción de segundo, Dimitry pensó que podría forcejear con el hombre y lograr desarmarlo, pero una mesa con sendos canastos repletos de martillos los separaba, por lo que decidió lanzarle el hacha. El arma giró mientras surcaba el aire con dirección a labios morados.

Labios morados gritó y se agazapó mientras levantaba la mano que sostenía el arma intentando protegerse el rostro. La pistola salió volando rebotó en una de las estanterías y cayó al suelo. Se disparó y se oyó algo parecido a un golpe seco. En seguida Dimitry sintió un dolor agudo y un líquido caliente que bajaba como un torrente por el brazo izquierdo.

El hombre se arrastró hacia el arma con el pelo sobre sus ojos y un hilillo de sangre en el mentón, donde Dimitry le había golpeado con la botella.

Dimitry tuvo tiempo de pensar que labios morados era alarmantemente rápido, para estar ebrio. Parecía una serpiente que intentaba huir de algún depredador. Pero, Dimitry calculó con rapidez y pensó que labios azules se le adelantaría. Sopesó sus posibilidades en fracción de segundos. La posibilidad de que pudiera tomar al hombre del brazo antes de que lo apuntara con el arma y disparase era muy escasa, pero debía arriesgarse o de lo contrario terminaría muerto, eso era seguro.

Labios morados alcanzó el arma, giró sobre su cuerpo apoyando la espalda contra el piso y apuntó de nuevo. Al mismo tiempo, Dimitry se abalanzó sobre labios morados y forcejeó con él. La herida en el hombro le dolía horriblemente, sentía como si alguien le estuviera metiendo el dedo en la llaga y estuviera retorciéndolo dentro. Intentó no pensar en ello. Trató de olvidar el dolor, o de lo contrario sería su último pensamiento. Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luchó con desesperación.

Sostuvo las muñecas del hombre con ambas manos y las levantó apuntando el arma al techo. Las manos le temblaban por el esfuerzo y el terrible dolor. Le palpitaban las sienes y la sangre salía a borbotones de la herida.

Labios morados no se encontraba mejor, estaba a punto de perder el dominio de la situación.

Con dificultad, Dimitry logró apoyar una rodilla sobre el estómago del hombre haciendo que este perdiera el aliento. Su garganta emitía sonidos graves cada vez que intentaba inhalar. Los músculos de sus brazos se debilitaron. Dimitry ganó terreno obligándolo a soltar el arma que se deslizó por el piso y terminó debajo del estante de enlatados. De inmediato, Dimitry, le asestó un puñetazo en la cara dejándolo inconsciente.

Dimitry se sentó sobre una de las cajas de madera que poblaban la tienda para recuperar el aliento lanzando inquietas miradas en dirección a la puerta, esperando la intervención de los agentes del gobierno en cualquier momento. Le palpitaba el hombro debido al maldito disparo, a la vez que la cabeza, pero el cerebro le funcionaba a la perfección.

De repente, el panorama cambió completamente, todo le daba vueltas en la cabeza, se sentía como si estuviera montado en una atracción de feria, como en una pesadilla.

Bajo la caja, alrededor de sus pies, el charco carmesí se hacía cada vez más grande. Tenía el brazo entumecido y aunque su cerebro le ordenaba que lo moviera, permanecía obstinadamente inmóvil. En un repentino esfuerzo, se levantó y por un momento el dolor era tan intenso que el mundo a su alrededor se volvió blanco, pero con dificultad consiguió conservar la conciencia agarrándose de un estante con el brazo sano.

Lo hospitalizaron poco después, y su recuperación fue dolorosa y lenta. La bala había destruido los tendones del hombro y al contrario de lo que se esperaba, como recompensa a su valentía y heroísmo el ejercito lo dio de baja y el partido nunca se ocupó de darle una pensión digna o un trabajo acorde para que pudiera sobrevivir con dignidad.

La desilusión que le causó la actitud del partido le dolió muchísimo más que la herida en el hombro o la pérdida de la movilidad del brazo izquierdo. Fue entonces cuando comprendió que la igualdad social que tanto pregonaban los bolcheviques distaba mucho de ser una realidad. Mientras él debía mendigar por algún empleo por debajo de sus capacidades solo para poder sobrevivir, otros le restregaban en la cara sus palacios usurpados y sus tierras confiscadas.

Con el trascurrir del tiempo, la venda que había llevado alguna vez sobre sus ojos terminó cayéndose por completo. La colectivización había sido una de las peores ideas de Stalin, y el peor modo de castigo contra los que como él, no querían plegarse a los deseos del partido. Decidió probar suerte en Ucrania, cambiar por completo su vida, darle algún sentido a lo que le había sucedido. Fue así como descubrió que podía hacer la diferencia, tal vez no salvaría al mundo, pero podría salvar un par de almas atormentadas por los “socialistas”.

Decidió poner sus conocimientos militares al servicio de las familias que deseaban huir del yugo del partido. Y que mejor manera de hacerlo que sacándolos de la unión. No lo hacía por el dinero, aunque no podía negar que vivía de ello. Sino que lo hacía como una forma de resarcir el daño que la ideología que alguna vez apoyó causaba en el pueblo ucraniano y, por otro lado, lo hacía para ir en contra del partido que lo había abandonado.

Ahora después de veinticinco viajes y más de setenta personas, se preparaba para una nueva y peligrosa aventura. Se puso de pie, observó el riachuelo que discurría a sus pies. Se masajeó el brazo izquierdo desde la muñeca hasta el hombro y pidió a Dios que le diera fuerzas para seguir haciendo lo que hacía, hasta que Él decidiera lo contrario.


[1] Masa: Pieza redondeada de la rueda, que sirve como soporte del eje.

CASA 110

LA CASA ( parte 2)

III

Alejandro dejó a Laura en su casa muy a su pesar, hubiese preferido quedarse con ella aquella noche. Estaba muy preocupado, a pesar de que ella al fin se había abierto a él. Lo que le había confiado, no lo dejaba más tranquilo, por el contrario, no sabía muy bien cual sería el siguiente paso de Laura y eso lo desvelaba.

Se tendió en su cama y situó uno de sus brazos detrás de su cabeza. La lampara en el techo hacía que la tenue luz que se filtraba por las persianas de su ventana formase pequeños círculos sobre el blanco cielo raso. Sopesó las palabras de la psicóloga y llegó a la conclusión de que Laura tenía razón en cierta forma, algo extraño estaba pasando. No tenía sentido pensar en que ambas mujeres se habían sugestionado con las historias que se contaban. Creyó que sería conveniente hacer sus propias indagaciones y ver si conseguía alguna información. Suspiró frustrado, estaba claro de que le sería difícil conciliar el sueño por lo que decidió levantarse de la cama y se dirigió a la sala. Aquel acto fue algo completamente inconsciente, quería constatar que ella estuviera durmiendo y no sentada frente a la chimenea sumida en sus pensamientos. No vio nada, la casa estaba a oscuras, aquella comprobación la realizó varias veces durante el resto de la noche antes de quedarse dormido casi antes del amanecer.

IV

Laura parecía algo más relajada a la mañana siguiente. Había dormido sin interrupciones la noche anterior, después de desahogarse con Alejandro. No había ocurrido lo mismo con el abogado, que no pudo conciliar el sueño en toda la noche. No obstante, lo tranquilizo verla radiante cuando la recogió en su casa para llevarla al trabajo.

 Apenas se despidió de ella, fue al archivo que tenía en el sótano de su oficina. Sabía que en el lugar estaban los documentos que las empresas que sucedieron a la Cerro de Pasco Corporation nunca se tomaron la molestia de pasarlas a archivos digitales. Desde luego, era un trabajo tedioso que le demandaría tiempo y probablemente no encontraría nada que le sirviera. Al abrir la puerta sintió un soplo de aire helado y húmedo que olía a guardado y a hojas de papel antiguo, tal y como huele un libro que tiene décadas sin ser abierto. Todo estaba a oscuras, por lo que antes de bajar las escaleras, tanteó en la pared en busca del interruptor de la luz. Cuando lo halló, lo encendió al mismo tiempo que emitía un sonoro suspiro de asombro.  Cinco largas filas de archiveros se hallaban dispuestos ordenadamente en aquel frío sótano. Bajó las gradas de concreto despacio, pensando que en aquellos archiveros habría demasiada información que sería muy difícil de cotejar. Se detuvo delante de los archiveros con los brazos en jarra y el rostro perplejo. Pensó que el sótano tendría unos treinta metros de largo y que albergaba al menos unos cien archiveros. Suspiró resignado, si quería información sobre la casa de 110, sobre el hospital y sus antiguos pacientes, tendría que dedicarle tiempo a la interminable fila de archiveros.

V

Un sonido ensordecedor la despertó de un sobresalto, se sentó en la cama y trató de sacudirse el sueño que la envolvía. Se pasó las manos por los ojos y bajó los pies al suelo. Esperó atenta a que se sucediera otro sonido, pero no oyó nada, todo estaba en silencio como de costumbre. En la sierra, a aquella altura, ni siquiera había grillos que cantaran rompiendo la paz de la noche. Se sintió confundida, estaba segura de que la había despertado un gran estruendo muy cerca a ella. Suspiró y cuando se proponía volver a dormirse, oyó con claridad que alguien la llamaba por su nombre. Frunció el ceño perpleja, al principio pensó que era la voz de Alejandro y creyó que tal vez el abogado se encontraba en problemas, o tal vez enfermo, pero desechó esa idea de inmediato, cuando oyó su nombre por segunda vez.

Era la voz de una mujer.

Las sienes empezaron a palpitarle con fuerza, y sintió el impulso irrefrenable de dirigirse a la casa que había ocupado Melinda.

Se levantó de la cama y se vistió de prisa, buscó las llaves de la casa 110 en su mesa de noche. Se puso el abrigo y salió de su casa sin siquiera molestarse en cerrar la puerta, con una idea fija en la cabeza, la casa la estaba llamando. Escuchó los ladridos de un perro a lo lejos, pero no le prestó atención. Caminó con pasos inseguros hasta la casa, introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Todo estaba a oscuras, pero sin embargo ella podía ver todo con tanta claridad como cuando los reflectores iluminan el escenario de un teatro. Incluso pudo percatarse del gran hueco de bordes negros en medio de la alfombra azul de la sala, producto del cigarrillo que Melinda había dejado caer durante aquella terrorífica aparición que experimentó poco antes de renunciar.

No tuvo que cerrar la puerta porque fue como si alguien la cerrara por ella.  De pronto, le pareció como si el mundo se moviera en cámara lenta. Oyó de nuevo la voz de mujer que la llamaba, repitió su nombre dos veces arrastrando la última vocal.

“Lauraaaa, Lauraaa”

Se sobresaltó, abrió los ojos como platos y su corazón latió desbocado. Su respiración era superficial y dificultosa, pero no se detuvo, algo la impulsaba a seguir avanzando. Caminó despacio hasta el comedor. Las luces seguían iluminando todo a su paso, no entendía de donde provenían, pero no tenía tiempo de pensar en eso ahora. Volvió a oír que la llamaban, parecía provenir de la habitación de visitas. Algo la impulsaba a seguir, pero su instinto de supervivencia le decía que se quedara dónde estaba. Pero la fuerza pudo más.  Volvió a ponerse en movimiento, buscó el sitio de donde provenía la voz.

VI

Los ladridos desesperados de Andy lo despertaron. Suspiró molesto y se levantó de un salto de la cama, pensó que había olvidado sacar al perro para que hiciera sus necesidades. Andy no ladraba de aquella forma si no necesitaba salir al patio. Caminó de prisa hacia la lavandería en donde el perro tenía su cama. Mientras caminaba por la sala, desvió la mirada en dirección a la casa de Laura como tantas otras veces, pero se sobresaltó al ver la casa a oscuras, pero con la puerta abierta de par en par. Regresó a su habitación dando grandes zancadas y tomó su abrigo.

_ ¡Andy! _ gritó y el perro corrió hasta su preocupado dueño sin dejar de emitir sus desesperados ladridos.

Cuando Alejandro abrió la puerta, el can salió corriendo rumbo a la casa de Laura. El abogado pensó lo peor, algo le había sucedido a ella por eso el perro se encontraba tan alterado. Corrió detrás de Andy y cuando se disponía a bajar las gradas que daban al jardín, vio que el perro no de detuvo en casa de Laura, sino que siguió corriendo rumbo a la casa 110. Se quedó helado cuando notó una intensa luz en la vivienda y aceleró sus pasos. Su corazón latía desbocado, de pronto se sintió aterrado por lo que pudiera pasarle a Laura. Andy se detuvo frente a la puerta y empezó a rascarla con las patas delanteras. Sus ladridos ya no sonaban desesperados, sino que ahora parecían angustiados y al mismo tiempo desquiciados. Alejandro intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada.

_ ¡Laura! _ gritó, pero nadie le respondió.

Se caminó apresurado en dirección a las ventanas de la sala. Acercó el rostro a una de ellas y miró dentro. La luz era tan intensa que podía ver todo con claridad. La sala estaba vacía. Se apresuró hacia las ventanas del comedor y allí la vio, caminaba con pasos muy lentos, como si algo tirara de ella rumbo a la habitación de huéspedes.

_¡¡Laura!!_ volvió a gritar y golpeó el vidrio de la ventana con sus puños.

Su corazón le latía ruidosamente, estaba espantado, no entendía que era lo que ella hacía allí y de donde provenían esas luces. Los ladridos de Andy sonaban enloquecidos y eso era lo que más lo asustaba. Sabía que los animales tenían los sentidos mucho más desarrollados que los seres humanos y el perro claramente presentía que Laura estaba en inminente peligro.

_ ¡¡Laura!!_ volvió a gritar, pero la mente de la psicóloga se encontraba en otro lugar, a años luz de distancia.

De pronto, la vio detenerse y le pareció que se debatía en la duda, pero pronto volvió a ponerse en marcha. El abogado sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, fue un aviso de que algo malo sucedería si no lograba detenerla. Recorrió el jardín con la mirada, encontró una roca de considerable tamaño y la lanzó contra el vidrio de la ventana, haciendo que los cristales se rompieran en pedazos.

Laura no reaccionó, estaba ya dentro de la habitación con la mirada dirigida hacia el techo, observando algo que el abogado no pudo determinar que era.

 Alejandro metió la mano entre los restos de cristal sin cuidarse mucho de ellos y levantó el pestillo abriendo la ventana. Dio un salto y se metió a través de la ventana abierta. Andy hizo lo propio cuando vio a su amo.

_ ¡Laura! _ volvió a gritar con voz grave e imperiosa, pero ella estaba con la mente en otra parte, parecía estar bajo los efectos de alguna especie de trance hipnótico.

Alejandro la tomó del brazo y la sacudió.

_ ¡Laura! _ la llamó y ella pareció regresar a la realidad.

En ese preciso instante, las luces desaparecieron y la casa quedó sumida de nuevo en la oscuridad de la noche. Andy dejó de ladrar y se paró sobre sus patas traseras sujetándose del cuerpo de la psicóloga con la ayuda de sus patas delanteras. Laura se veía bastante desorientada. No recordaba como había llegado hasta la casa, ni que había sucedido.

_ ¿Qué hacemos aquí? _ preguntó desconcertada.

_Vamos, te llevaré a casa_ contestó el abogado rodeándola con uno de sus brazos para ayudarla a caminar.

Cuando estuvieron fuera, pudo observarla bajo la luz de los faroles, tenía los ojos verdes enrojecidos y vidriosos, los labios azules y temblorosos. La abrazó contra su pecho y la sostuvo allí por algún tiempo. Alejandro se sintió totalmente alterado, desconcertado y aterrado. No sabía que había sucedido, pero estaba seguro de que si no hubiese llegado a tiempo algo terrible le hubiera sucedido a ella.

_ Alejandro, ¿Qué hacemos aquí? _ preguntó de nuevo desde el pecho del abogado.

Alejandro se separó de ella, pero le puso una mano en el hombro y la condujo hacia su casa.

_ Vamos, vayamos a tu casa y allí hablaremos_ dijo mientras la guiaba.

Mientras caminaban lentamente por la calle en penumbras bordeada de grandes y antiguos cipreses que parecían observarlos, Laura empezó a recordar lo que había sucedido. Cuando llegaron a su casa, Alejandro la ayudó a tenderse en la cama y se aseguró de que bebiera un té caliente. Ella aún se sentía confundida, algo desorientada.

_ ¿Te encuentras mejor? _ preguntó el abogado.

_ Mejor_ contestó ella, parecía distante.

_ ¿Recuerdas lo que paso? _ preguntó el abogado con una mirada de angustia.

_ Al principio no recordaba nada. Cuando me sacaste de aquel trance no entendía que hacíamos en casa de Melinda. Pero empecé a recordarlo todo poco después.

Alejandro la animó a que hablara, ella le explicó lo que había sucedido y aquella extraña sensación de que la casa la llamaba.

_ ¿Qué fue lo que veías en el techo cuando te sacudí? _ preguntó el.

_ Era el rostro sombrío de una mujer. Me llamó por mi nombre y cuando me sacudiste, pude oír que decía: “El chico necesita tu ayuda”. Lo dijo en inglés, es decir no lo dijo con palabras, pero lo oí en mi mente.

Alejandro emitió un sonoro suspiro cargado de confusión, desconcierto e impotencia. Laura pensó de inmediato que el abogado no creía una palabra de lo que ella le estaba diciendo.

_ Sé que es difícil creer en lo que te estoy diciendo_ dijo ella.

_No se que es lo que está pasando, pero lo he visto con mis propios ojos y me preocupas. No quiero que vuelvas a ir a esa casa_ dijo muy serio.

_No depende de mí, fui hasta allí inconsciente de lo que hacía.

Alejandro sopesó la situación, estaba preocupado y a la vez asustado de lo que pudiera pasar.

_ Creo que lo mejor será que salgas de aquí, tal vez sea buena idea que vayas a ver a tus padres por un tiempo_ dijo.

Laura sacudió la cabeza con vehemencia.

_ ¡No pienso irme, debo descubrir qué diablos pasa aquí, se lo debo a Melinda! _ dijo levantándose de la cama.

_Eres muy testaruda, deberías irte de aquí ahora mismo_ dijo él pasándose la mano por la barbilla con expresión preocupada.

_ No me iré_ contestó ella_ algo extraño está pasando y pienso descubrir que es.

Alejandro suspiró frustrado e impotente, pero si ella se empecinaba en querer descubrir lo que sucedía, él no pensaba dejarla sola.