Historias Entrelazadas (Kataryna)

República Socialista Ucraniana, 1932.

I

 Cuando las cuotas se hicieron imposible de cumplir, el gobierno recurrió a la confiscación de todos los productos de las granjas colectivas, incluyendo todos los granos de las cosechas y las semillas que los campesinos habían acumulado para la próxima siembra. Las personas estaban total y completamente extenuadas y desamparadas. La experiencia se volvió traumática, dolorosa y desesperanzadora.

Entre marzo y abril, miles de personas habían muerto de hambre.

 Kataryna no le había dicho a nadie que escondía alimentos en el bosque, ni siquiera a su madre. Seguiría así hasta que se agotaran completamente los recursos.

Igor se internaba cada noche en el bosque colocando trampas para cazar algún animal que pudiera servir de alimento para su familia. Antes del amanecer, regresaba por las trampas con la esperanza de que la buena fortuna le dejara algo para el desayuno.

Aquella mañana, Igor se detuvo en seco al descubrir que en una de sus trampas se encontraba un alce atrapado de una de las patas delanteras, la cual aparecía totalmente destrozada. Igor supuso que el animal habría estado sufriendo durante gran parte de la noche.

Al animal le martilleaba el corazón y resollaba aterrorizado. El dolor en la pata era atroz e Igor supuso que la bestia no duraría mucho tiempo más. Tenía la lengua flácida colgando por el lado derecho de la boca abierta, mientras un hilillo de saliva caía al suelo. Los ojos los tenía abiertos con una expresión de terror que no requería de traducción.

 El cazador observó a su presa con expresión desolada, pero a la vez esperanzada. Este animal llevaría alimento a su familia por algún tiempo. Agazapado en la oscuridad, escrutó al animal y preparó su escopeta para darle el tiro de gracia. Pareció vacilar por un momento, pero enseguida disparó un tiro certero al cuerpo del animal, que cayó al suelo sobre la pata herida. De inmediato se oyó un ruido sordo, característico del hueso al romperse. Igor se acercó lentamente al alce. Asqueado apartó la vista, el cuerpo del animal se encontraba en malas condiciones debido al sufrimiento que había padecido durante tantas horas.

 En medio del silencio del bosque, Igor sintió el martilleo de su propio corazón. Tomó el cuchillo de caza de la funda que colgaba de su cinturón. Se arrodilló frente a la bestia y lo degolló.

Aquel animal llevó algo de sosiego a la familia por un par de semanas, pero la mayoría de los vecinos pasaban grandes penurias porque no tenía nada que llevarse a la boca. Algunos empezaron a alimentarse de ratas, víboras, ranas o gatos, todo lo que encontraban y a los que le lograban dar caza.

La gente preparaba un remedo de sopa con algunas raíces que podían rescatar del intenso frío. Los que tenían algo de dinero compraban piezas de cuero de caballo y lo ponían a secar, luego, lo cortaban en pequeñas tiras y se lo daban a los niños para que los mordisquearan y chuparan durante horas en un intento por engañar al hambre que los consumía. También era una práctica común las infusiones de las hojas del árbol de albaricoque.

La situación era insoportable, la mayoría de los niños tenían aspecto cadavérico, los ojos hundidos y el abdomen hinchado, porque bebían mucha agua tratando de mantener el estómago lleno, pronto se les hinchaban las manos y los pies y adquirían un color grisáceo. Muchos morían uno de tras de otro como si alguna peste los aniquilara.

Los paseos por el pueblo habían dejado de ser agradables desde hacía tiempo, por el contrario, se había convertido en un calvario. Los cadáveres se acumulaban en las calles. Los niños que habían quedado huérfanos caminaban completamente desnudos por la nieve, tenían el estómago tan hinchado que parecían que se habían tragado una bola. Pedían que alguien se apiadara de ellos y les diera algo de comida. Era una situación increíblemente aterradora, mucho peor que la propia guerra.

Mientras al este despuntaba un frío y gris amanecer, Kataryna se dirigió al pueblo con pasos lentos e inseguros. Hubiese preferido quedarse en la casa antes que tener que ir al pueblo, pero necesitaba conseguir algo de aceite y trigo. Esperaba tener suerte y hacer un trueque con algunas de las latas de conserva que había escondido. La situación era preocupante, solo le quedaba la mitad de sus reservas y no había indicios de que las cosas mejoraran pronto, por el contrario, el panorama se veía increíblemente aterrador.

Las personas caían desmayadas en las aceras o en las calles, tuvo la impresión de andar a tientas entre tumbas y de turbar el descanso de los muertos. Cuando en realidad, la visión de tanta gente muerta o agonizando perturbaba el estado emocional y mental de los vivos. El hedor a cuerpos en descomposición erra terrible y penetrante.

Se detuvo en seco al encontrase con uno de los cadáveres, tenía las extremidades retorcidas en una posición extremadamente trastornada. El rostro petrificado en una mueca de horror. Los ojos abiertos y vidriosos hundidos en sus cuentas.

Hundió la barbilla en el pecho con el rostro espantado y continuó su camino. Una joven mujer que llevaba a un bebé en brazos que no tardaría en engrosar la lista de fallecidos, le suplicó un poco de pan dedicándole una sonrisa plagada de tristeza, revelando la ausencia de un par de dientes.

 La pérdida de dentadura era uno de los efectos de la hambruna. Kataryna no tenía nada que ofrecerle, si se detenía y le entregaba uno de los frascos que llevaba de seguro se armaría el caos y se arriesgaría a que la asaltaran. Decidió que lo mejor era seguir andando.

Mientras caminaba, oyó a alguien proferir sonidos inarticulados y con el rabillo del ojo captó un movimiento. Se giró de inmediato y observó que un niño caía de rodillas en el pavimento congelado. Trató de incorporarse, pero no pudo, las fuerzas se habían escapado por completo del cuerpo del infortunado niño. Enseguida, cayó de bruces y ya no se volvió a levantar.

Del otro lado de la calle, en la panadería del partido, una mujer logró hacerse con una hogaza de pan. Antes de que pudiera siquiera pensar en escapar, un hombre se acercó a ella y le asestó un puñetazo con tanta fuerza que su cabello se alborotó en todas direcciones antes de caer sentada. El hombre le arrebató la hogaza y de inmediato se dio a la fuga. Mientras corría, se llevó la hogaza a la boca mostrando una dentadura erosionada que no contenía ni un ápice de compasión.

 La compasión era un sentimiento muy difícil de experimentar en aquellos momentos. Todo lo que la gente sentía era el sentido de preservación personal. Kataryna deseó con cada fibra de su corazón acongojado poder aliviar el sufrimiento de toda esa gente, pero era algo que no estaba en sus manos.

Fue el peor invierno en siglos, muchas personas murieron, los agentes del gobierno entraban a las casas y cargaban a los muertos en carromatos uno sobre otros y luego los apilaban fuera del pueblo antes de depositarlos en fosas comunes. Muchas veces, se llevaban a gente agonizante, que ya no tenía posibilidades de sobrevivir y los depositaban en las fosas comunes junto con los muertos. A veces agonizaban entre los cadáveres por días antes de morir.

República Socialista Soviética Ucraniana, 1933.

I

Para el inicio de la primavera de 1933 unas veinticinco mil personas morían cada día en Ucrania.

Kataryna, Igor y la pequeña Daryna, habían soportado la situación con cierta dificultad, pero no hubiese sido justo protestar al observar la realidad de muchos de sus vecinos, familiares o amigos. El racionamiento de los alimentos que Kataryna había escondido en el bosque los había ayudado a pasar el invierno.

Los adultos se limitaban a comer dos veces al día una pequeña ración que les ayudaba a burlar al estómago. Dejaban que su hija Daryna se alimentara lo mejor posible dada las circunstancias. Los vegetales encurtidos y la carne seca les había ayudado bastante, pero sus reservas estaban llegando a su fin.

Los estragos de la falta de alimentos empezaban a ser patentes en Kataryna e Igor. Tenían los pómulos y los ojos hundidos. Las uñas quebradizas y amarillas.

Frente a un plato de sopas de coles encurtidos Igor y Kataryna conversaban en vos baja.

_Hay rumores de que uno de los niños Kozel ha muerto esta mañana _ dijo Kataryna mientras un escalofrío recorría su cuerpo.

Su rostro se tornó blanco como el papel antes de volver a hablar. Igor levantó la mirada del plato que tenía enfrente y observó a su esposa. Le hizo un gesto con los ojos para que continuara hablando.

_Dicen…_ suspiró y se pasó la mano por el rostro cada vez más delgado con bastante nerviosismo. _ Dicen que los demás miembros de la familia aprovecharon su cadáver para alimentarse. Se estremeció de nuevo al terminar de hablar.

Igor hizo una mueca de disgusto para luego suspirar profundamente.

_ No son rumores_ dijo_ es verdad. Metieron el cadáver en el horno.

Los ojos de Kataryna se abrieron en señal de terror. El pánico le atenazó la garganta.

_ ¡Todo lo que está pasando es aterrador! _ dijo _ no creo que el infierno sea peor que esto.

_ No podemos descuidarnos_ dijo Igor_ secuestran a los niños que encuentran deambulando por los caminos, para comérselos.

Kataryna emitió un sonido de terror indescriptible. Se llevó la mano a la garganta aterrorizada. Todo lo que sucedía era peor que las historias de terror que se leían en los libros.

_ No podemos descuidarnos de Daryna_ agregó Igor muy perturbado.

Kataryna asintió suspirando pesadamente, no se sentía capaz de emitir palabra alguna.

_No debemos juzgar a los Kozel, no estamos en su situación, no me imagino lo desesperante que debe ser ver a tus hijos pasar hambre_ dijo Igor pasándose una mano por la cabeza. Se veía muy nervioso.

_ Tienes razón, pero aun así es horrible saber lo que la gente está haciendo por sobrevivir_ dijo Kataryna en un susurro casi inaudible.

_ Nosotros tampoco estamos muy bien_ dijo Igor_ hemos bajado mucho de peso, y ya no tenemos alimentos. No podemos siquiera buscar suerte en otras regiones porque nos matarían si intentamos salir de Kiev. Está terminantemente prohibido migrar a otras regiones bajo pena de muerte.

Kataryna se quedó sopesando las palabras de su esposo. Cuando las cosas empeoraron y tuvo que hacer uso de las reservas que tenía guardadas, se vio en la necesidad de confiarle a Igor el escondite de los alimentos, no sin antes asegurarse de esconder el dinero que tenía ahorrado. Ahora, creía que se hacía necesario confiarle ese secreto.

_ ¿Qué sucede? _ preguntó Igor al verla ensimismada en sus pensamientos.

_ Igor, tengo algo que decirte_ dijo mientras sostenía la mirada de su esposo.

Igor la observó intrigado y luego la animó con la mirada a que continuara.

_ Tengo dinero guardado, tal vez puedas conseguir algo de comida_ dijo.

Igor no la recriminó, no la cuestionó, no era el momento para hacerlo.

_ Es prácticamente imposible, no hay nada que pudiéramos comprar_ se limitó a decir.

_ ¿Qué se supone que haremos entonces? _ preguntó Kataryna muy nerviosa.

_ ¿Cuánto tiempo más podremos soportar con los alimentos que tienes escondido? _ preguntó Igor.

_ Tal vez un mes más_ respondió Kataryna.

Igor se levantó del lugar que ocupaba y empezó a caminar de un lado a otro de la cocina como si fuera un animal enjaulado.

_ Tu padre me dijo que hay un puesto de empleada en casa de uno de los agentes bolcheviques, tal vez consigas el puesto. Te pagarían con trigo_ dijo poco después.

A Kataryna se le iluminó el rostro como en un amanecer de verano. Era una buena oportunidad.

_ Iré mañana mismo_ contestó.

_Esta mañana grupos armados llegaron a proteger las tierras de cultivo, seguiré trabajando para el partido, al menos me podré mantener vivo con las raciones ínfimas que me darán. Tienen orden de matar a cualquiera que se haga con un solo grano de trigo.

_ ¿Qué haremos con Daryna? No podemos dejarla sola y mis padres no pueden cuidarla. Apenas pueden sobrevivir. Mi padre trabajaba en los campos manejando un tractor, le han encomendado la preparación de cereales para los cerdos que luego envían a Alemania. Todos los días se llevaba a casa un poco de ese cereal y mi madre lo mezcla con aserrín de madera y se alimentan con eso_ dijo Kataryna angustiada.

_ La llevaré conmigo al campo y me aseguraré de que esté bien_ contestó Igor.

A Kataryna no le gustó mucho la idea.

_ ¿Y si la secuestran? ¿O si llegara a tocar algo de las plantaciones? _ dijo asustada.

_ No pasará nada, yo me encargaré de que esté bien_ dijo Igor.

Kataryna suspiró insegura. Pero no le quedaba más remedio que aceptar la palabra de su esposo. Tenían que sostenerse de lo que pudieran. Se sentía perdida, como en un naufragio en una tormenta. Flotando sobre un tronco en un océano tempestuoso.

II

Las muertes siguieron durante la primavera. La escasez de alimentos llevaba a la gente a alimentarse de pasto y vegetales verdes. Muchos morían envenenados.

Durante los tres siguientes meses Kataryna y su familia se alimentaron del trigo con el que le pagaban en su trabajo como empleada doméstica. Lo consumían hervido o preparaban pan.  Si el trigo escaseaba preparaba el pan con heno.  Pero la malnutrición les estaba pasando factura. La falta de vitaminas y otros nutrientes les produjo úlceras alrededor de la boca. Kataryna sufría de amenorrea e Igor de impotencia debido a las alteraciones hormonales.

Kataryna pensó que, en medio de tantas tragedias, la hambruna había dejado algunas cosas buenas: Igor había dejado de beber hacía más de un año, no porque hubiera tomado la decisión de hacerlo, sino porque no había forma de conseguir alcohol. Además, la mala nutrición y las largas horas de trabajo hacían que Igor llegara a la casa cansado y sin fuerzas para pensar en sexo. Si, definitivamente: “No hay mal que por bien no venga”, pensó antes de echarse a reír con una risita algo histérica mientras sacudía la cabeza ante tamaña ocurrencia.

III

Igor se dejó caer pesadamente en una de las sillas de la cocina, acaba de acostar a su hija Daryna en su habitación. Se hallaba completamente agotada después del extenuante día que había pasado en el campo al lado de su padre.

Igor suspiró derrotado, ya no sabía cómo sobrevivirían, cada día se hacía mucho más difícil y su cuerpo ya no le respondía como antes. Sentía que había envejecido veinte años en pocos meses.

 El chirriante sonido de la puerta de entrada lo sacó de sus cavilaciones. Pronto, Kataryna se sentó frente a él en la cocina.

_ ¿Cómo estuvo tu día? _ preguntó Igor?

_ No muy bien, hoy rompí un par de platos y me lo descontaron del trigo que debía recibir _dijo Kataryna descorazonada. _ ¿Dónde está Daryna? _ inquirió.

_ Está dormida, llegó cansada, le es difícil estar todo el día en el campo.

Kataryna suspiró descorazonada, se le llenaron los ojos de lágrimas y un nudo se le formó en la garganta.

_ Hoy fui al pueblo a recoger el pan para la esposa del agente en donde trabajo_ explicó_ en la panadería del partido, había un par de niños tratando de robar alguna hogaza de pan. El panadero descubrió a uno de ellos y lo mató a golpes.

Kataryna guardó silencio mientras recordaba como la mano del panadero había caído sobre el niño tan certeramente como si se tratara de las manos del destino. Tal vez fuera así, pensó, tal vez ese era el destino de todos los ucranianos, morir a manos de los detestables rusos.

_ Esto es terrible, ¿por qué se ensañan con unos niños? _ preguntó Igor, pero la pregunta parecía dirigida a sí mismo.

Kataryna emitió un suspiro pesado.

_ Solo tengo trigo para que Daryna coma hoy. Apenas me dieron una ración_ dijo mientras soltaba a llorar desesperadamente.

Kataryna había mantenido la calma durante demasiado tiempo y ya no soportaba el maltrato de sus empleadores y todos los horrores que había presenciado. Era demasiado para cualquier persona.

_ Trabajo largas horas y apenas me dan de comer, y el poco trigo con el que me pagan no alcanza para sobrevivir_ dijo mientras las lágrimas corrían libremente por sus mejillas y su cuerpo se remecía en fuertes espasmos.

Igor la miraba con ojos vidriosos parecía que en realidad no veía nada. El hombre siempre había sido poco afectivo con su esposa, pero durante los duros tiempos que estaban atravesado, se había vuelto mucho más indiferente y desapegado.

El cambio físico también era notorio. Sus formas parecían haberse estirado por la tremenda pedida de peso. Su piel parecía ahuecada y reseca a causa de la deshidratación que estaba sufriendo en los campos. Sus ojos se encontraban hundidos en sus cuencas.

Kataryna se secó las lágrimas con la palma de la mano derecha. Buscó un pañuelo y se limpió la nariz. Bajo la tenue luz que emanaba de las velas que alumbraban la cocina, el rostro de la mujer se veía fantasmagórico, casi cadavérico. Sus ojos abatidos y vidriosos estaban enmarcados por dos negras ojeras. Los pómulos se le habían hundido peligrosamente formando dos profundas cavidades que le conferían a su otrora hermoso rostro, un aspecto espectral. Sus cabellos ya sin brillo se veían quebradizos y desgastados. La pérdida de grasa corporal, debida a la mala nutrición, llevó a su organismo a consumir sus músculos. La ropa le colgaba del cuerpo, parecía la viva imagen de un espantapájaros.

Kataryna suspiró varias veces tratando de que el oxígeno le llegara al cerebro y que su extenuado corazón se relajara un poco.

_Igor, no soportaremos mucho más, no me importa mucho lo que me pase, pero sí me importa el futuro de nuestra hija_ dijo con voz casi inaudible.

Se sentó de nuevo frente a su esposo y trató de elevar un poco más la voz y sonar segura y decidida.

_Mi padre me habló hace unos días de un hombre que en forma clandestina saca a la gente de Kiev y las lleva hasta la frontera con Polonia.

Igor la miró con gesto interrogativo.

_ De allí van hasta Bremen, y toman un barco que va a Sudamérica_ explicó la mujer.

Igor frunció el ceño y trató de entender lo que su esposa le estaba diciendo.

_ Creo que es nuestra única salida_ dijo Kataryna_ Stalin no piensa darnos de comer contradiciendo el consejo de sus asesores y aunque lo haga, tardaremos mucho tiempo en recuperarnos. No quiero seguir viviendo como una esclava_ dijo con los ojos desesperanzados_ ¿Te imaginas qué futuro le espera a Daryna?

_ ¿Que se supone que haremos? ¿Dejar las tierras que pertenecieron a mi padre a manos del partido? _ preguntó Igor en tono indignado.

_ Esas tierras ya no te pertenecen y jamás te las regresaran_ dijo ella en tono seco.

_ Si llegáramos hasta Sudamérica ¿qué se supone que haríamos allí? No hablamos el idioma, ni conocemos a nadie.

_ Mucha gente está huyendo, todo el que tiene dinero para pagarle a este hombre está saliendo del país. Hay un grupo grande de inmigrantes que puede ayudarnos a conseguir trabajo. ¡No hay otro lugar peor que este Igor! ¡No quiero que mi hija tenga que seguir pasando por esto! _ dijo en tono vehemente mientras sacudía las manos frente a ella.

Igor se pasó la mano por el rostro indeciso.

_ No creo que sea buena idea dejar las tierras_ insistió_ en algún momento las cosas deben mejorar.

_ ¡No te das cuenta de que para que mejoren las cosas pasaran años! ¡No tenemos años Igor! ¡Dentro de unos meses no tendremos fuerza para trabajar ni hacer este viaje! _ dijo en tono desesperado.

_ Este viaje que pretendes que hagamos es una locura_ dijo sacudiendo la cabeza de un lado a otro, pero sin mirarla a los ojos.

_ Se que será difícil, pero creo que es nuestra única esperanza_ dijo ella con ojos suplicantes_ Tengo el dinero, lo he guardado por tanto tiempo y creo que esto es lo que debemos hacer.

Igor la miró sin pestañear con ojos inescrutables. Se sentía físicamente agotado y emocionalmente exhausto. Profirió un suspiro antes de hablar.

_ Déjame pensar esto por un par de días_ dijo_ sé que estas ansiosa de que te dé una respuesta, pero no podemos tomar una decisión como esta de un momento a otro. Piensa, dejarás a tu familia y será difícil que alguna vez los vuelvas a ver.

_ Lo sé_ contestó Kataryna con el corazón en un puño. _ Está bien, pero por favor no tardes mucho porque de lo contrario él tomará a otra familia y nos quedaremos aquí a seguir sufriendo.

Igor asintió, se levantó de la silla que ocupaba y dejó a su esposa sola con sus pensamientos.

 Kataryna había meditado la posibilidad de huir por largo tiempo, creía que era la única salida que le quedaba a su familia. Le daría unos días a Igor, pero ya había tomado una decisión, si él no accedía a irse, tomaría a su hija y huiría del país.

CASA 110

LA CASA( Parte 1)

I

Laura tuvo que sentarse en las gradas de la entrada de su casa cuando recibió la noticia de la muerte de Melinda. Estaba devastada, no podía creer que ella ya no estaba, tenía la expresión, grave, reflexiva y muy triste. Observó el sol que descendía como un disco de sangre anaranjado, al mismo tiempo que las lágrimas descendían por sus mejillas. El color de la luz le daba un aspecto fantasmal, distante y sombrío. Cuando Alejandro la vio, se sobresaltó por el estado en que se encontraba. Se apresuró en alcanzarla y se arrodilló frente a ella.

_ ¡Laura! ¿Qué fue lo que ocurrió? _ preguntó con inquietud en los ojos.

La psicóloga lo miró con expresión ausente y aturdida.

_Melinda ha muerto_ dijo y las lágrimas volvieron a inundar su rostro.

Laura y Alejandro Intercambiaron miradas de aturdimiento y confusión.

_ ¿Qué dices? ¿Cómo ha sucedido?

_Su madre acaba de llamarme, dijo que fue un ataque epiléptico, aunque ella nunca sufrió ninguno.

_ No lo puedo creer_ dijo el abogado bastante afectado.

_Yo tampoco, no tiene sentido. Su madre dijo que se estaba sintiendo mucho mejor desde que dejó el trabajo y anoche sufrió este ataque. No lo entiendo_ dijo poniendo cara de incredulidad.

Alejandro se puso de pie y tomó la mano de Laura, ella se levantó, moviéndose como autómata. El abogado acarició el rostro de la psicóloga y ella lo miró a los ojos. Estaba deshecha.

_Se que esto es difícil, pero no hay nada que puedas hacer al respecto_ ensayó el abogado. ¿Qué más podía decirle en una situación como aquella?

_Tal vez es mi culpa_ declaró Laura_ no hice lo suficiente por ella_ agregó con un tono amargo en la voz de la que ella misma se sorprendió.

_ ¡Esto no es tu culpa, sácate eso de la cabeza! _ aseveró Alejandro con vehemencia.

Laura se sorprendió al oírlo, se quedó confundida, aturdida, pálida y silenciosa. Alejandro la tomó entre sus brazos y la sostuvo allí por unos minutos. La calidez de aquellas manos sobre su espalda fue un bálsamo para ella.

II

Alejandro estaba cada vez más preocupado por Laura, la observaba a menudo a través de la ventana, sentada frente a la chimenea pensando. Evitaba verlo y pasar tiempo con él. No dejaba que la visitara los sábados por la mañana y ya no organizaba los almuerzos los domingos, con la excusa de que estaba muy ocupada. No quería presionarla, no deseaba imponerle su presencia, pero al verla allí sentada en la alfombra mirando fijamente las llamas de la chimenea se percató de que algo en sus ademanes, expresiones y conducta, revelaban un conflicto, una grieta entre lo que demostraba públicamente y lo que realmente sucedía dentro de ella. Supo que no podía seguir indiferente, tenía que hacer algo al respecto, tenía que ir a buscarla y hablar con ella. Ofrecerle apoyo, consuelo o ambas cosas.

 Salió de su casa, y se dirigió con pasos ágiles y resueltos hasta la vivienda de Laura. Tocó a la puerta y ella se levantó renuente, al verlo hizo un gesto de incomodidad que a Alejandro le dolió, pero eso no le impediría enfrentarla.

_Alejandro, ahora no puedo atenderte_ dijo ella de inmediato.

_También me da gusto verte_ dijo el abogado, su propia voz le sonó algo sarcástica.

_Lo siento_ dijo ella_ también me da gusto, pero ahora estoy algo ocupada.

_Laura, sé muy bien que no quieres verme, pero tendrás que escucharme_ dijo e ingresó a la vivienda sin invitación.

A Laura no le quedó más remedio que cerrar la puerta y prestarle atención.

_ ¿Qué es eso tan urgente que tienes que decirme? _ preguntó ella mientras se sentaba junto a Alejandro, quien ha había tomado asiento de nuevo sin invitación.

_En realidad quisiera que me dijeras que es lo que te preocupa, estas muy distante, te pasas horas pensando y estoy preocupado por ti.

_No entiendo porque lo dices.

Alejandro suspiró, sabía que se iba a delatar, pero no le quedaba más remedio que hacerlo.

_Te observo_ dijo sin mirarla a los ojos_ te observo a través de la ventana, pasas horas sentada en la alfombra frente a la chimenea. Te noto tensa cuando vamos al trabajo, no hablas conmigo.

_No es lo que piensas, no tengo nada contra ti_ se defendió.

_ Pensé que éramos amigos_ dijo él.

_ Lo somos, pero no tengo tiempo ahora_ contestó ella con la mirada fija en algún punto sobre la cabeza de Alejandro.

_Si fuéramos amigos, me dirías que es lo que te preocupa_ insistió.

Laura se sintió acorralada, quería decírselo, pero temía que pensara que se estaba volviendo loca.

_Vamos Laura, confía en mí_ agregó con la voz más dulce de la que fue capaz.

_No pasa nada_ contestó ella_ no tengo nada.

Alejandro se sintió frustrado, dolido y fuera de lugar, pidiéndole que confiara en él cuando claramente no quería hacerlo. Se puso de pie de un salto y se dirigió a la puerta mientras decía:

_Pensé que confiabas en mí, lo siento, no voy a volver a fastidiarte.

_Alejandro, por favor, no te molestes conmigo_ dijo ella y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Él la miró abrumado, lo último que quería era hacerla sentir peor de lo que estaba.

_No estoy molesto_ se apresuró a decir_ estoy dolido porque me haces a un lado. Quiero ayudarte.

Ella sopesó la situación, se sentía insegura, no quería que él pensara que estaba perdiendo la razón, pero no tenía a nadie más con quien hablarlo, es decir, no había nadie más en quien confiara más que en él.

_Está bien_ dijo al fin emitiendo un fuerte suspiro.

Alejandro la miró desconcertado. Ella se puso de pie, se acercó a Alejandro, lo tomó de la mano e hizo que se volviera a sentar a su lado. Se quedó en silencio por unos segundos que a Alejandro le parecieron eternos.

_Aún no puedo sacarme de la cabeza de que tuve algo que ver con la muerte de Melinda_ dijo al fin.

Alejandro la observó contrariado, pero no quiso interrumpirla.

_ Sé que me dijiste que dejara de culparme, pero no puedo dejar de hacerlo. Por las noches me pregunto que fue lo que pasó, como pudo llegar a creer que su casa estaba embrujada y la muerte inesperada que tuvo. Intento convencerme de que no estuvo en mis manos ayudarla, pero termino culpándome.

_ No puedes seguir culpándote, eso no te hace ningún bien_ dijo el abogado mirándola a los ojos.

_Lo sé, la razón me dice eso, pero no puedo evitar sentirme de esa forma.

_Laura, ¿no te has puesto a pensar que Melinda tenía problemas psicológicos de los cuales no estabas enterada?

_Sí, lo pensé, pero ahora no estoy muy segura de eso.

_ ¿A qué te refieres? _ preguntó con extrañeza.

Ella se levantó y caminó inquieta por la sala, parecía un animal enjaulado. Cruzó los brazos sobre su pecho en un infructuoso intento por protegerse.

_No quería decirte esto, porque no quiero que pienses que me estoy volviendo loca.

_ ¿Qué dices? Jamás pensaría eso_ contestó con una mirada tierna.

_ No seguirás pensando igual después de que termine de hablar, pero tengo que hacerlo de lo contrario estoy segura de que terminaré perdiendo la razón_ dijo pasándose una mano por su hermoso pelo cobrizo.

Alejandro notó que la mano le temblaba levemente. Estaba nerviosa y aquello aumentó su preocupación.

_ Vamos Laura, me estas asustando_ dijo el abogado bastante angustiado por la actitud de psicóloga.

_Voy a contártelo, pero necesito que me escuches sin interrumpirme y sin juzgarme.

Alejandro asintió fijando con atención sus ojos en ella.

_ La primera semana después de la muerte de Melinda, me sentía muy atribulada, pensaba mucho en ella, en nuestra amistad. La apreciaba mucho, pero creo que me comporté en forma mezquina con ella. Cuando te la presenté, ella demostró cierto interés en ti, yo la animé, pensé que ustedes dos estaban solos y tal vez se llevarían bien.

Alejandro la miró con el ceño fruncido y trató de argumentar, pero Laura le hizo un gesto con la mano para que la dejara terminar.

_Ella pensó que yo me sentía incómoda con la idea de que ustedes…_ hizo una pausa, aspiró una bocanada profunda de aire, lo soltó lentamente como si deseara ganar tiempo para poner sus ideas en orden_ de que ustedes intimaran porque rompería la amistad que teníamos_ dijo sin mirarlo a los ojos.

Esperó unos segundos a que Alejandro objetara algo, pero esta vez el abogado no intentó interrumpirla.

_ Desde luego le expliqué que eso no era así_ continuó diciendo_ pero Melinda insistió en que lo mejor era alejarse, fue por eso por lo que dejó de asistir a los almuerzos. En ese momento no le di mucha importancia, pero luego de su muerte pensé que tal vez eso la afecto en cierto sentido.

Alejandro no dijo nada, pero negó con la cabeza mientras apretaba los labios en desacuerdo.

_En uno de aquellos días en que más la extrañaba fui hasta su casa, fue una decisión inconsciente, como si algo me atrajera hacia allí. Caminé alrededor de la casa, observé a través de las ventanas, todo parecía estar como ella lo había dejado. Cuando quise regresar, me pareció ver a alguien dentro. Me quedé rígida, no pude moverme, pero luego de unos segundos la lógica me dijo que me lo había imaginado, que no podía haber nadie dentro.

Laura se sentó de nuevo al lado de Alejandro y observó su reacción, el abogado estaba muy atento oyéndola.

_Entonces regresé_ continuó diciendo_ pero todas las tardes, desde aquel día siento que la casa me llama. Es una sensación dentro de mi cuerpo que me obliga a ir hasta ella. Traté de evitarlo, y lo logré un par de veces, pero hace unos días volví a ir. Esta vez, abrí la puerta, con la llave que Melinda me entregó y que olvidé devolver al encargado de las viviendas.

Alejandro frunció el ceño y la miró con ojos inquietos, Laura pudo notar en el rostro del abogado, la serie de emociones que se mezclaban dentro de él en aquel momento: preocupación, confusión, temor, todo en uno.

_ Abrí la puerta, entre a la casa_ siguió diciendo_ recorrí todas las habitaciones y terminé sentándome en la sala, esperando algo que no sabía que era. Sabes, la casa es muy parecida a esta_ dijo recorriendo la sala con la mirada como si buscara algo. _ En el aire había una sensación de electricidad estática, tenía un efecto poderoso y un poco atemorizante. Era algo que nunca había sentido antes, algo inexplicable.

Suspiró pesadamente, tratando de encontrar dentro de ella el valor para proseguir con su relato.

_Empecé a oír voces_ dijo_ al menos eso me pareció, eran murmullos, pero no entendía lo que decían. Mi lado analítico me dijo enseguida que estaba sugestionada con lo que le había pasado a Melinda y que nada de lo que sucedía podía ser verdad. Pero los murmullos no cesaban así que me levanté y caminé despacio tratando de determinar de dónde venían.

Alejandro la observaba perplejo, pero no se atrevía a decir nada, no hasta que ella terminara su relato.

_Llegué hasta la habitación de visitas, allí los susurros se oían más fuertes, pero no comprendía lo que decían, traté de prestar atención, pero en ese momento sonó mi teléfono y los susurros desaparecieron.

Alejandro suspiró profundamente sopesando lo que ella acababa de decirle.

_Sé lo que piensas_ dijo ella.

Él la interrogó con la mirada.

_Piensas que La Oroya no se parece en nada a Maine y que esto no tiene nada que ver con alguna historia de Stephen King.

Alejandro no pudo evitar echarse a reír, al menos ella había conseguido disminuir la tensión tan palpable en el rostro de Alejandro.

_No estoy loca Alejandro, aunque a veces creo que puedo perder los estribos de un momento a otro, algo extraño está pasando_ dijo y se echó a reír con una risa medio histérica que le gorgoteó de pronto en la garganta como si fuera gas en un vaso de gaseosa.

_No entiendo esto muy bien, pero estoy seguro de que no estás loca_ dijo el abogado acariciando la mejilla de Laura.

_A veces pienso que es este lugar_ dijo paseando la mirada a su alrededor _ han pasado muchas cosas aquí de las cuales no tenemos ni idea, han muerto muchas personas. No soy muy creyente, pero estoy segura de que algo tiene que pasar cuando morimos.

_ ¿En verdad piensas que son fantasmas? _ preguntó Alejandro con incredulidad en la voz.

_ No sé que es, pero hay una energía intensa en esa casa_ dijo con miedo, incertidumbre y desazón en la voz.

_ No sé que decirte, no sé qué pensar al respecto_ dijo el abogado.

_Te entiendo, me siento de la misma forma.

_Quisiera ayudarte, pero no sé cómo_ dijo algo inquieto.

Laura suspiró profundamente y lo miró a ojos.

_Aunque no lo creas, hablar contigo me ha ayudado mucho. Ya no tengo que cargar sola con esto.

Alejandro la miró con preocupación, temía por ella, pero no quiso que lo supiera. La abrazó contra su pecho y se guardó sus inquietudes.

Historias Entrelazadas (Kataryna)

República Socialista Ucraniana, 1930.

I

En un principio, la mayoría de los campesinos había celebrado la idea de la colectivización de Stalin. Pero cuando el Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética forzó la colectivización en tierras y hogares cambiaron de opinión de inmediato, en especial los campesinos de las zonas productoras de grano, es decir, Ucrania.

Los funcionarios del partido de la OGPU o Directorio Político Unificado del Estado llegaban a los campos en brigadas de siete personas para obligar a los campesinos a unirse a las granjas colectivas lo que significaba abandonar su parcela privada de tierra, además de sus ganados y equipos agrícolas. La mayoría de los campesinos eran amedrentados para unirse a las granjas colectivas, pero muchos se resistieron.

La preocupación iba en aumento para Igor y su padre. Muchos de sus amigos habían sido obligados a unirse a las granjas colectivas y temían que les llegara el turno en cualquier momento. Josep Gorodetsky no tenía la intención de entregar sus vastas extensiones de tierra al partido. Juró por la tumba de su padre que jamás les entregaría sus tierras a los malditos Soviéticos según sus palabras textuales.

Igor se sentía consternado ya que su padre parecía no entender la gravedad de la situación. Los Soviéticos habían asesinado a algunos de sus detractores frente a sus familias. Otros habían sido ejecutados o enviados a campos de trabajos forzados con la excusa de pertenecer a grupos contrarrevolucionarios. Muchos de ellos fueron deportados a Siberia con sus familias en donde morían de frío o de inanición. Por último, se encontraban los más afortunados, a quienes se los despojaba de sus viviendas y sus tierras que pasaban a propiedad del estado para después enviarlos a trabajar a colonias controladas.

Kataryna acababa de terminar la cena cuando su esposo llegó a la casa. Lo notó cabizbajo e inquieto cuando se sentó frente a la mesa de la cocina. Le sirvió la cena en silencio, esperando que Igor se decidiera o no a hablar. Su capacidad de comunicación no había mejorado con los años, aún le costaba entablar conversaciones con Kataryna.

Igor tomó un bocado de su sopa y masticó despacio mientras seguía inmerso en sus preocupaciones. Pero si no hablaba, si no se desahogaba estaba convencido de que terminaría enloqueciendo.

_ He conversado con mi padre_ dijo poco después_ no piensa entregar sus tierras al partido_ agregó mientras se pasaba la mano por el pelo con expresión alterada.

Kataryna lo observó con aprehensión, pensó con cuidado lo que le iba a decir, no quería decir algo que lo fastidiara y terminara molesto y ofuscado. Su carácter no había mejorado después de la muerte de su hija, por el contrario, lo había vuelto mucho más retraído y ausente.

Kataryna tomó su labor de punto e intentó tejer buscando la forma de mantenerse tranquila.

_Están desterrando a los que se oponen_ dijo preocupada _ He visto con mis propios ojos a miembros del partido arrastrar a la gente a vagones de tren para animales. Los suben con lo que tienen puesto y se los llevan a Siberia. He oído que los dejan abandonados a su suerte en donde mejor les plazca, con absolutamente nada. Algunos lugareños los ayudan y eventualmente tratan de regresar a sus lugares de origen, otros mueren de hambre o de frío.

_ Lo sé_ contestó Igor, se encontraba visiblemente perturbado_ no sé qué hacer, tarde o temprano nos buscarán.

_ Han llegado a casa de mis hermanas, sus esposos se unieron, no querían arriesgar sus vidas, ni las de sus familias _ explicó Kataryna con expresión de ansiedad creciente.

Kataryna era consciente de la relación poco disfuncional de Igor con su padre. Sabía que su esposo era capaz de todo por encontrar la aprobación de Gorodetsky. Le aterraba la idea de que Igor antepusiera los alocados deseos de su padre antes que la seguridad de su familia, en especial la seguridad de a su pequeña hija Daryna.

 Kataryna sopesó sus opciones, quedarse callada o hablar. No sabía muy bien lo que debía hacer. Dejó su labor a un lado sobre la mesa y se sentó frente a su esposo.

_ Una ola de levantamientos campesinos se ha iniciado en los campos _ explicó Igor_ mi padre piensa que deberíamos unirnos, y así enfrentar al partido.

Kataryna le dedicó una mirada consternada, sus ojos brillaban de indecisión, angustia y desesperación.

_ Están amenazando a mi padre_ dijo Igor_ la policía secreta lo persigue porque posee buenas y bastas tierras, lo acusan de ser uno de los incitadores en las protestas.

Kataryna se restregó el rostro con ambas manos para luego emitir un suspiro afligido. Con expresión torturada intentó en vano hablar, pero las palabras se negaron a salir de su boca.

_ Ayer encarcelaron a dos líderes de las revueltas y han desterrado de Ucrania a dos más_ siguió diciendo Igor.

La joven se removió inquieta en su silla. De pronto la invadió un oscuro presagio, ¿Qué diablos sería de ella y de Daryna si su esposo se negaba a entregar sus tierras e intentaba levantarse contra el gobierno? Probablemente, se apropiarían de todos sus bienes después de todo y de todas maneras terminarían exiliados. Se aclaró la garganta un par de veces y se obligó a hablar.

_ ¿Y aun así tu padre pretende seguir oponiéndose a entregar sus tierras? _ preguntó en una oleada de conmoción y desorientación que la azotó como una tormenta tropical.

_ No quiere ceder_ contestó Igor_ Le han puesto un apelativo. Kulak[1]_ continuó diciendo. Stalin anunció la extinción de los Kulaks.

Kataryna no salía de su asombro. Se tapó la boca impresionada. Tembló y se estremeció, estaba aterrada por lo que podía venir.

_ No. Igor, no es prudente, imagina que tomen represalias en tu contra. ¿Qué sucedería con nosotras? _ preguntó angustiada.

_ ¿Qué piensa tu padre de todo esto? _ preguntó Igor.

_ Mi padre se unió a las granjas colectivas, dice que ya tuvo suficiente en la guerra como para inmiscuirse en levantamientos.

_ ¡No podemos entregar lo que es nuestro por derecho propio, sin siquiera pelear! _ dijo Igor con vehemencia.

_ Por favor, Igor, piensa en nuestra hija Daryna_ dijo Kataryna con ojos suplicantes.

_ Lo hago pensando en ella.

Una ola de decepción y frustración le inundó el cuerpo. Se sentía acorralada, y lo peor era que no podía hacer nada al respecto. Observó a Igor aturdida e impotente. Se levantó de la silla que ocupaba con lentitud y abandonó la cocina. Salió de la casa dando un portazo que en otras circunstancias le habría valido una amonestación por parte de su esposo. No le importaba, no le importaba lo que él pensara ahora. Tenía que preocuparse por su seguridad y la de la única hija que le quedaba. Nunca había odiado tanto a Igor como en aquel momento. Una compleja mezcla de sensaciones la atormentaban: rencor, aversión, odio, rabia todo en uno.

Aspiró el agradable aire de un hermoso atardecer de julio tratando de relajarse para luego enfilar el camino al patio trasero de la vivienda con pasos rápidos. Se sentía amenazada y no precisamente por el gobierno sino por la estupidez de su esposo. Cruzó el huerto y en pocos minutos estuvo frente a los establos. Se detuvo de pronto como si alguien la obligara a hacerlo. Paseó su mirada primero por la amplia construcción de madera, y luego por los animales que pronto dejarían de pertenecerles. Aspiró una bocanada de aire y lo retuvo dentro de sus pulmones por unos segundos. Después exhaló pesadamente para luego reanudar su marcha con dirección al bosquecillo cercano. Cuando estuvo en el linde en donde termina la propiedad de Igor y se inicia el bosquecillo volvió a suspirar. Sentía que tenía un nudo en el pecho que le dificultaba respirar.

Se internó en el bosque poco después. Necesitaba estar a solas, y que mejor lugar que en el bosque en donde le gustaba pasear, para recobrar fuerzas y relajarse.

El murmullo inquieto de los pájaros que se alistaban para pasar la noche le dio la bienvenida. Levantó la mirada y divisó a un par de ellos, emitiendo sus trinos agudos y melodiosos. Extendían sus cuellos levantando sus cabezas hacia el cielo, mientras sacudían sus alas en un intento por que sus gorjeos se oyeran a mucha distancia.

El suelo estaba revestido de musgo y a medida que avanzaba hacia el medio del bosquecillo se volvía cada vez más compacto y espeso, las constantes lluvias solo contribuían a aglomerarlo y aparecía como una mullida alfombra verde. La tarde caería en poco tiempo, pero ella no se percataba de ello, lo que no podía obviar era la creciente ansiedad y desesperación que sentía. Se detuvo poco después en la profundidad de la espesura y se restregó los ojos con la mano, sentía que las lágrimas se le agolpaban en los ojos.

 En seguida, siguió caminando hasta que sus oídos percibieron el riachuelo cuyas aguas parecían gemir al discurrir entre las abultadas y retorcidas raíces de los árboles y las grandes rocas que lo bordeaban mientras el crepúsculo se extinguía. Grandes rocas cubiertas de líquenes se alzaban aquí y allá, bajo la luz difusa y entre los troncos inmensos y retorcidos del encantador bosquecillo. El nivel del río había subido y se veía consumido y mustio con grandes manchas ambarinas.

Lanzó unas cuantas piedras, después de sentarse sobre el tronco de un árbol caído. Las pequeñas llegaron hasta las manchas ambarinas y se hundieron en las profundidades oscuras del riachuelo, formando ondas concéntricas. Las grandes la traspasaron hasta la otra orilla. Luego prestó atención al cielo por un rato. A pesar de que el atardecer estaba a punto de sumir todo en la oscuridad observó las nubes grandes y vaporosas que se desplazaban de norte a sur. Una aparecía como un conejo en pleno salto, con las orejas largas y erguidas. Otra era un delfín que parecía surcar algún océano tropical y la última asemejaba a un oso de peluche recostado de espaldas con las patas levantadas hacia el aire, una sonrisa se dibujaba en la boca del animal.

Oyó un leve ruido a tierra que se despeña a su derecha, esto la distrajo. Al voltearse vio que una porción en saliente de la rivera, reblandecida después de más de diez días de lluvias incesantes se había desmoronado, dejando a la vista las raíces de un inmenso árbol que se inclinaba peligrosamente sobre el riachuelo. El espacio que se había formado por el desmoronamiento parecía haber dejado a la vista una especie de gruta.

Kataryna se acercó al árbol, se agarró de una de las ramas cubiertas de exuberantes hojas verde esmeralda y se inclinó lo mejor que pudo para intentar ver en el interior. El espacio era grande, pensó que dentro podrían caber hasta seis personas sentadas. Y como si un rayo le hubiese pegado en la cabeza se le ocurrió una idea que al principio de pareció descabellada, pero que cobraba más fuerza en su mente segundo a segundo.

En aquel lugar debía esconder todos los alimentos en conserva que cupiera, además de la carne seca y desde luego, lo más importante, todo el dinero que había logrado ahorrar durante los años que llevaba casada con Igor.

Tal vez no lograra hacer cambiar de parecer a su esposo, tal vez no lograría que entregara voluntariamente sus tierras al partido, pero podía poner a resguardo todo el alimento que pudiera, además del dinero. Porque de algo estaba segura, las cosas no tardarían en empeorar, lo sabía, sentía una extraña sensación en las entrañas y cuando esto sucedía, pocas veces se equivocaba.

Descendió por una pequeña rampa de tierra muy cerca del corrimiento, hasta la rivera del rio por medio de improvisados peldaños de rocas, poniendo especial atención en no resbalar, de lo contrario terminaría de cabezas en el rio y completamente empapada. Las rocas se encontraban húmedas y cubiertas en su mayor parte por líquenes. Cuando estuvo bajo el lugar en donde se produjo el deslizamiento, se inclinó y puso las manos entre los muslos. En aquella postura trató de comprobar el estado de la cueva y sus dimensiones.

Sus botas se hundieron en la suave tierra de la rivera y el borde de su vestido acariciaba el barro en la orilla. Kataryna apenas fue consciente de ello, se hallaba completamente fascinada por su descubrimiento.

 La noche había terminado de cubrir con su manto de oscuridad el bosquecillo y a pesar de que la luna llena comenzaba a alzarse por el este, no había luz suficiente para que iluminara el interior de la gruta. Se incorporó con gesto reflexivo y en pocos segundos tomó una decisión. Regresaría por la mañana con alguna herramienta adecuada. 

La luz argentada de la luna se filtraba entre el techo de hojas iluminando tenuemente su camino de regreso a casa. Al llegar se dirigió a la habitación que ocupaba su hija, la encontró dormida. Se acercó a ella y depositó un suave beso en su frente.

Regresó sobre sus pasos rumbo al cuarto de aseo. Se sacó las botas y el vestido antes de lavarse. El agua fresca la reconfortó de inmediato. Luego, se dirigió a la habitación que compartía con su esposo vestida solo en su tradicional ropa interior, que consistía en un pantalón bombacho hasta las rodillas y una blusa con encajes en las mangas, ambos de lino blanco. Se quedó parada en el umbral de la puerta con expresión de desagrado. Un fuerte olor rancio la golpeó en el rostro. Era el olor característico que acompañaba a Igor como un estigma. El estigma que el mismo se había impuesto, desde luego.

El desagradable olor a alcohol inundaba la habitación, mientras Igor embriagado dormía tendido en la cama boca arriba, con la boca abierta, emitiendo ronquidos que se asemejaban a los gruñidos de un motor que intentaba arrancar en una mañana helada de invierno.

Kataryna puso los ojos en blanco, había estado ausente de la casa solo dos horas, tiempo suficiente para que Igor se embriagara y se quedara dormido. Giró sobre sus talones y enfiló el camino a la habitación de Daryna. Se tendió al lado de la niña observando el techo de la habitación a oscuras. Su mente se sumergió en la idea apremiante de esconder los alimentos cuanto antes y la manera en que los trasportaría hasta el lugar del corrimiento sin llamar la atención de nadie. En aquellos momentos, no podía confiar ni siquiera en su sombra y menos en su esposo a quien se le iba la lengua y se ponía a hablar más de lo necesario en el pueblo cuando se encontraba inundado en copas.

 Le costó un poco conciliar el sueño, pero cuando lo logró su sueño fue intranquilo y perturbador.

Por la mañana, después de que Igor se fuera a trabajar al campo cargando a cuestas una terrible resaca, dejó a la niña en casa de su madre. De inmediato, regresó a su vivienda y se dirigió directamente al depósito de herramientas de Igor. Apoyada en la pared encontró una pala, la tomó y la sostuvo frente a ella sobre su pecho. Semejaba a un soldado con su arma a cuestas en un desfile militar. Salió del depósito y enfiló el camino que la llevaba al bosque.

Cuando estuvo frente al viejo árbol, levantó los bordes de su vestido y se lo amarró en la cintura, dejando al descubierto su ropa interior; de este modo evitaría que el vestido se volviera a mojar como había ocurrido la noche anterior.

Descendió con facilidad hasta el riachuelo utilizando los peldaños de rocas improvisados. Se inclinó poniéndose en cuclillas para escudriñar la cueva. El espacio era extraordinariamente grande Calculó que tendría unos tres metros de largo por dos de largo y más de un metro de alto.

El hoyo estaba enmarañado de raíces, pero eso no representaría problema alguno, podría cortarlas con la pala facilitando la entrada a la cueva. Además, estaba segura de que le serviría para esconder casi todos los alimentos que tenía en su despensa e incluso una buena cantidad de carne seca que pensaba preparar de inmediato.

Solo necesitaba encontrar la manera de trasportar todo hasta la gruta que había descubierto por accidente, hasta se atrevería a decir que la había encontrado por un milagro. Además del trasporte, debía asegurarse de que la humedad no destruyera los alimentos. Una vez que estuviera todo en la cueva se aseguraría de volver a tapar el hoyo con la tierra del deslizamiento y cubrirla con algunas rocas de la ribera del río.

“Vayamos paso a paso”, pensó, mientras atacaba la maraña de raíces a punta de pala. En poco más de media hora dejó la cueva limpia. Se sintió algo cansada pero satisfecha.

Regresó a su casa sopesando las posibilidades del traslado de las conservas, ese era un problema que aún no había resuelto, tenía que hacerlo rápido, porque estaba segura de que no disponía de mucho tiempo.

II

Los campesinos de las regiones cercanas a Polonia decidieron marchar hacia la frontera, intentando escapar de la colectivización. Pueblos enteros migraron escapando de la alocada campaña del partido. Kataryna hubiese deseado vivir cerca de la frontera para poder huir con su hija, pero aquello no era algo fácil de hacer.

Mientras Igor seguía trabajando, tratando de ignorar el peligro inminente en el que se encontraban, Kataryna dedicó todo su tiempo a salar delgados trozos de cerdo y a ahumar el pescado que pescaba ella misma en el riachuelo en donde se encontraba el árbol caído. Envasó la carne en frascos de vidrio y los trasportó junto con las conservas de verduras a lomo de caballo durante interminables viajes a lo largo de toda una semana.

Fue una empresa agotadora y estresante ya que el paraje estaba cubierto de árboles y maleza que dificultaba el tránsito del caballo. Kataryna no se dejó amilanar, sabía que era lo único que podía hacer para proteger a su hija de un futuro bastante incierto. Dispuso todo el dinero con el que contaba en una bolsa de cuero y lo amarró con un listón. Lo escondió debajo de algunos de los frascos de forma que cuando lo necesitara no tuviera que vaciar la cueva para encontrar el paquete.

Cuando terminó su cometido, cubrió la entrada de la cueva con tierra y luego con piedras de la orilla del riachuelo.

Se quedó observando el viejo árbol con las manos en jarra y decidió que no estaría de más agregar una maraña de troncos y ramas sueltas encima, solo por si a algún curioso se le ocurría escudriñar por el bosque. Lo creía improbable, pero no estaba de más tomar algunas precauciones. Satisfecha con lo que había logrado, regresó a casa.

Dos días después, Kataryna se encontraba tendiendo la ropa que acababa de lavar, y divisó a Igor que se acercaba a la casa con pasos cansinos, la espalda arqueada y la cabeza gacha. Pensó que se veía completamente desolado y se preocupó de inmediato. El hombre parecía haber envejecido en el lapso de unas horas. Pasó frente a su esposa sin decir una sola palabra y se dirigió a la casa. Karatyna lo siguió de cerca. Igor ingresó en ella y se desplomó sobre una de las sillas de la cocina. Situó los codos sobre la mesa y hundió el rostro entre las palmas extendidas.

_ ¿Qué sucedió? _ preguntó Karatyna con el corazón acelerado.

Igor levantó los ojos levemente y observó a su esposa por encima de sus manos.

_ El partido asesinó a mis padres y a mi hermano Borys_ contestó con una expresión desorientada y confusa. Como si acabara de despertar de una terrible pesadilla y no terminara de entenderla.

Kataryna abrió los ojos aterrorizados y llevó una de sus manos hasta su boca para evitar un grito ahogado.

_ Mi padre enfrentó a los miembros del partido y lo asesinaron de un tiro en la cabeza y luego hicieron lo mismo con mi madre y con Borys quien intentó defenderlos_ explicó.

Igor fijó su mirada en algún punto detrás de Kataryna y ella notó la mirada vacía en los ojos de su esposo. Pensó que todo era extrañamente desconcertante y aterrador, que el destino se había quedado en pausa solo para darle tiempo a que terminara lo que se había propuesto antes de que se iniciara el caos. Ella aún no lo sabía, pero en aquello tenía toda la razón.

 Estaba petrificada por la noticia, quería gritarle a Igor, decirle que se lo había advertido, que todo eso era culpa de su padre, pero se contuvo. No podía decirle eso ahora, no era el momento. Se acercó a él tratando de consolarlo, pero en realidad estaba aterrorizada. Temía que su familia fuera la siguiente si no entregaban sus tierras.

_ No contestos con matarlos destrozaron la casa, todo lo que había dentro y luego le prendieron fuego. Fue una advertencia para los demás terratenientes_ dijo Igor, las manos le temblaban al igual que los labios.

_ Lo siento mucho Igor, sé que estás pasando por un mal momento, pero debemos entregar las tierras_ dijo Kataryna.

Igor la miró a los ojos con cierto desprecio. Kataryna lo notó de inmediato, pero no le importó.

_ Mis padres están muertos ¿y tú te preocupas por las tierras? _ dijo Igor incrédulo.

Kataryna percibió que algo profundo y ardiente crecía dentro de ella y que amenazaba con explotar en cualquier momento. No podía entender la insondable estupidez de su esposo.

_ ¡Desde luego, no quiero que terminemos como tus padres!¡¿es eso lo que quieres para tu hija?!_ dijo con vehemencia.

Era la primera vez en mucho tiempo que Kataryna le levantaba la voz, pero ya no tenía intención de seguir sumisa y relegada.

 Igor la observó con sorpresa, fue como si acabara de recibir una bofetada por parte de ella.

_ No, no es eso lo que quiero para ella_ contestó en un susurro.

_ Se que lo que les pasó a tus padres es horrible, pero debemos pensar en nosotros ahora_ dijo la joven situando una mano sobre el hombro de su esposo intentando tranquilizarlo y al mismo tiempo intentando sosegarse ella misma. No tenía caso que se pusieran a discutir en ese momento, debía actuar como un equipo si querían salir de esta con vida.

Igor asintió y apoyó ambas manos sobre la mesa para ponerse de pie. Se tambaleó un poco cuando sintió que la cabeza le daba vueltas. Notó que le costaba mantenerse de pie y alargó una mano en busca de estabilidad. Kataryna extendió la suya e Igor la tomó para apoyarse en ella.

Aquella noche, ninguno de los dos pudo conciliar el sueño, cada vez que se quedaban dormidos soñaban que el partido enviaba a sus soldados a arrebatarles la casa en medio de la noche, quemaban sus pertenencias y los asesinaban como a animales.

Por la mañana, sus pesadillas se hicieron realidad. Los enviados del partido forzaron su ingreso a la casa exigiendo que entregaran sus tierras.

Igor concedió todas sus demandas sin poner resistencia, mientras un nudo de rabia e impotencia le crecía en el estómago.

Seguirían viviendo en la casa, gracias a la “benevolencia” del régimen, pero ya no les pertenecía.

Nada les pertenecía, sus tierras, su casa, su ganado ahora le pertenecían al partido.

III

Con el trascurrir de los meses, muchos de los campesinos optaron por la resistencia pasiva, y se negaron a sembrar más granos de lo necesario para la supervivencia. Además, sacrificaron a los animales domésticos para evitar que el estado se los confiscara.

 Stalin los acusó de sabotaje, de tratar de matar de hambre a las ciudades y debilitar la fuerza de la industrialización.

Las autoridades dijeron que los campesinos escondían granos y exigieron mayores cuotas de producción para la colectivización para aquellos que se negaron a unirse a las granjas colectivas.

Igor y Kataryna trabajaban el doble para cumplir con todos los requisitos del partido y así poder vivir en paz y tener algo que llevarse a la boca. La joven temía que los miembros del partido descubrieran su escondite y además de confiscar todos los alimentos que tenía, la encarcelaran como forma de escarmiento.

Muchos de los campesinos ya habían sufrido las consecuencias de enfrentarse al partido. Eran desterrados a la Siberia, y otros asesinados como los padres de Igor.

El partido, hacía uso de mano de obra ucrania para la construcción de la presa Dniprohes sobre el rio Dniéper se encontraba en su máximo apogeo. El número de trabajadores que construía la presa y la estación de energía eléctrica se había triplicado en los últimos años. Para ello se movilizaron a los campesinos fuera de sus lugares de orígenes para emplearlos en la construcción de la presa. Muchos de los amigos y de los vecinos de Igor y Kataryna fueron arrancados de sus casas, como resultado de la colectivización forzada del gobierno que expulsó a los campesinos de sus hogares y poder así exprimir todos los recursos posibles.

 Igor temía que el partido lo expulsara y lo enviara a trabajar a la presa, si eso ocurría, su familia quedaría completamente desamparada, por lo que se esforzaba tenazmente en la producción de la tierra cumpliendo con la cuota exigida por el gobierno. Evitando así el trabajo en la presa. Muchos de los trabajadores en la represa terminaban con heridas graves o en muchas ocasiones perdían la vida.

Pero a pesar de todos los esfuerzos que realizaban apenas tenían para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación. En aquel momento, Kataryna se alegró de haber tomado la decisión de esconder las conservas, las brigadas del estado ingresaban casa por casa a requisar todo alimento que los campesinos guardaran. Rompían paredes en busca de alimentos. Si los encontraban en el sótano y no podían sacarlos le derramaban querosene para echar a perder los alimentos.

A los que no podían cumplir con la cuota exigida por el gobierno, les cortaban los suministros básicos, incluyendo los fósforos y el querosene.  Debido a las altas cuotas que los campesinos pagaban al gobierno, que iba aumentando sin miramientos, se hacía cada vez más difícil alimentarse. Muchos campesinos empezaron a sentir los estragos del hambre, en especial durante el invierno.

Pero las dificultades no solo eran económicas sino también sicológicas. La terrible muerte de los padres de Igor, en especial la de su padre, lo afectó en forma profunda y permanente. Se sintió de pronto perdido, abandonado y estéril. La necesidad de aprobación de su padre, la que había cultivado enfermizamente durante tantos años lo trastornaba por completo. El hombre por quien había vivido y desarrollado su existencia ya no estaba y no tenía idea en donde volcar toda esa necesidad. Las emociones de Igor siempre contradictorias e incoherentes como su propio espíritu se hacían cada vez más profundas. A medida que el tiempo trascurría se hundía cada vez más en sórdidos pensamientos y se aislaba del mundo. El hombre seguro de sí mismo, manipulador y ambicioso había casi desaparecido dando paso a un ser desesperanzado, abatido y completamente desprovisto de motivaciones.

Kataryna notó los cambios en su esposo. Si bien aún sentía cierto temor hacia él, se había percatado que podía enfrentarlo de manera solapada e indirecta lo que la fortalecía de cierta manera. Experimentaba una sensación extrañamente extraordinaria a medida que la estabilidad emocional de Igor se extinguía y la suya empezaba a brillar con luz propia.


[1] Kulaks: agricultores zaristas que poseían propiedades y contrataban trabajadores.

CASA 110

El Hospital ( última parte)

IX

Melinda tenía dos días de descanso médico por recomendación de Laura. Se quedaría en casa a reposar. La psicóloga le había recetado un tranquilizante leve, mientras se quedaba en casa y se recuperaba de lo que fuera que le había sucedido. Durmió casi todo el día sin sobresaltos, se levantó mucho más recuperada, decidió tomarse un baño y arreglarse un poco, ya que al mirarse al espejo vio lo desmejorada que se notaba, aunque pensaba que se veía mucho mejor que el día anterior. Se metió en la tina y se relajó rápidamente al contacto con el agua caliente. Cerró los ojos, pero de inmediato la asaltaron los recuerdos del día anterior. Su corazón dio un vuelco y latió desbocado. Las imágenes del jovencito, con la cabeza destrozada la volvieron a hacer entrar en pánico. Tomó bocanadas de aire profundas un par de veces tratando de tranquilizarse. La cabeza le daba vueltas y sintió una leve sensación de nausea. Salió de la tina más rápido de lo que esperaba. Se vistió de prisa, había olvidado encender la calefacción y sentía frío.

Fue hasta la cocina y se tomó uno de los tranquilizantes que le recetó Laura. Tenía una opresión en el pecho y en la garganta que le dificultaba la deglución. Se obligó a tragar la pastilla con un trago largo de agua. El mareo se había convertido en un dolor de cabeza intenso en solo minutos. Decidió no tomar ningún analgésico, pensó que podía resultar contraproducente mezclado con el tranquilizante.

Fue hasta la ventana de la sala desde donde podía ver el hospital en la cima de la colina. Aquel lugar le producía una sensación tan desagradable e incómoda. Sabía que era absurdo, que la lógica le decía que era imposible lo que había experimentado, sin embargo, ¿qué más podía haber sido? Se estremeció, se le escarapeló todo el cuerpo, fue como una advertencia. Una corriente estática circulaba por todo su cuerpo y eso la alteró de nuevo. Sintió aquella corriente helada en su cuello, y se sobresaltó. Giró de inmediato sobre sus pies y sus ojos se abrieron en pánico. Recorrió la sala con ojos aterrorizados, pero no vio nada. Creyó que se imaginaba cosas, las apariciones solo ocurrían en el hospital, pensó. Trató de relajarse, buscó la caja de cigarrillos en su mesa de noche, tomó uno y regresó a la sala.

 Encendió el cigarrillo, no se molestó en salir de la casa. Desfiló de un lado a otro de la habitación sobre la gran alfombra azul de la sala, mientras las cenizas de su cigarrillo caían sobre ella dejando pequeñas manchas grises. Volvió a sentir aquel aire helado, esta vez en su rostro. Se quedó petrificada, sabía que algo estaba por suceder, lo podía sentir en su estómago en donde de pronto, sintió un dolor lacerante. No podía moverse, sentía como si algo muy pesado la mantuviera sujeta con una fuerza paralizadora. Las luces de la sala se apagaron en ese momento, solo una tenue luz proveniente del alumbrado de la calle ingresaba a través de su ventana.

El cuerpo etéreo de una mujer delgada y rubia, apareció frente a sus ojos. El cigarrillo que sostenía se deslizó de entre sus dedos y terminó sobre la azul alfombra.

 La translúcida figura llevaba puesto un camisón blanco. Parecía estar suspendida en el centro de la mesa del comedor. La escena era tan lóbrega que Melinda quiso gritar, pero no pudo emitir palabra alguna. Su corazón latió tan rápido que temió sufrir un ataque cardiaco. Sus ojos se le llenaron de lágrimas que pronto caían por sus mejillas inundándolas, pero aún no podía moverse. Contempló con la visión turbia, cómo la mujer se llevaba las manos a la garganta, se le retraían los labios y los ojos se le desorbitaban, como si alguien la estuviera estrangulando.

Melinda pugnó con la fuerza sobre humana que la tenía retenida, pero no logró moverse. El aire helado se convirtió en suaves ráfagas que hacían ondular su pelo. Trató de nuevo y esta vez pudo dar un paso al frente. La mujer levantó las manos haciéndole señas para que se acercara a ella. Melinda caminó despacio hacia la mesa. Las suaves ráfagas se convirtieron en un viento fuerte y constante. Era ridículo, ya que tenía todas las ventanas cerradas, no podía haber viento dentro de la casa. Pero allí estaba, un viento gélido y escalofriante que le helaba la sangre.

El terror que le atenazaba iba en aumento, hasta que se tornó insoportable cuando estuvo frente a la aparición. Los ojos de la mujer le sobresalían de sus orbitas presa de lo que Melinda consideró un frenético horror. El viento se levantó en furiosas ráfagas que la hicieron tambalear de un lugar a otro. Le era difícil mantenerse en pie. Pronto, los libros acomodados pulcramente en los estantes, empezaron a volar por los aires y a estrellase con fuerza en el suelo, en las paredes del comedor y contra el cuerpo de Melinda quien intentaba cubrir su rostro con los brazos. A pesar del terror y la confusión de su mente, un pensamiento la golpeó como un látigo, allí estaba de nuevo, estaba sucediendo de nuevo, pero esta vez, ella estaba allí como testigo forzado de los hechos.

 Ahora no solo los libros volaban, también las pocas vajillas que le quedaban. El viento era tan fuerte que trastabilló con uno de sus pies y cayó al suelo. Permaneció allí en posición fetal tratando de cubrirse el rostro para evitar que algo le cayera encima. No sabía que hacer, no tenía idea de como detener aquel ataque.

Minutos después, el viento amainó, observó con ojos desesperados a su alrededor. Parecía que los objetos habían dejado de volar por toda la casa. Se levantó con mucha dificultad, sentía su cuerpo pesado como una gran bolsa de papas. Apenas se puso de pie, volvió a caer, esta vez de bruces, cuando se levantó tenía rasguños en la frente. No sabía contra que se había golpeado. Pensó que todo había acabado al fin, cuando un zumbido ensordecedor la obligó a taparse los oídos. Parecía que todo un panal de abejas se había congregado en su cabeza. Intentó cubrirse los oídos con las manos ya que el subido amenazaba con hacerle estallar los tímpanos. No supo cuanto tiempo siguió allí en el suelo hasta que el zumbido desapareció, tal y como había llegado.

Enseguida, vio materializarse otra aparición delante de ella, esta vez era un hombre, vestido con lo que ella pensó era un mandil blanco, parecido a los que se usaban en el laboratorio del hospital. Tenía una repulsiva mueca en el rostro, la cara pálida y los ojos hundidos inyectados en sangre. Melinda lo miró con pánico y terror crecientes, creyó que aquel show terrorífico nunca terminaría. La mujer del camisón blanco apareció de nuevo muy cerca al hombre, ambos se miraron, esta vez, la mujer mostraba la piel agrietada y reseca, y los ojos hundidos en sus cuencas, como si hubiese envejecido cuando en realidad Melinda sabía que eso era imposible. El hombre enfureció, mostró unos dientes carcomidos en un terrible gesto. Levantó una mano en dirección a Melinda. La enfermera sintió un dolor pulsante en el pecho y una fuerza sobre humana que la empujaba contra la pared, en donde recibió un golpe que la dejó seminconsciente.

No supo cuánto tiempo demoró en volver en sí, pero cuando despertó tenía el cabello desgreñado, lleno de polvo y sudor, u ropa estaba desaliñada y arrugada. Se puso de pie con dificultad y salió de su casa lo más rápido que pudo. La arrasó una revelación, simple, pura, devastadora que rompía con todos sus esquemas preestablecidos. La casa y el hospital estaban embrujados. Lo que no entendía era porque aquellos espíritus se ensañaban con ella. No sabía qué hacer, estaba desorientada y aturdida.

No supo muy bien como llegó a casa de Laura quien se sobresaltó al verla en aquel estado. Cuando Melinda pudo hablar había una nota de histeria en su voz. Laura vio en sus ojos pánico y terror.

_ ¡Creo que me estoy volviendo loca! _ dijo_ No puedo seguir aquí.

Laura la tomó del brazo y la obligó a entrar a su casa, pensó que la enfermera se desmayaría en cualquier momento.

_ ¡Mañana mismo renuncio, no puedo seguir un minuto más aquí! Sé que piensas que estoy loca, pero es real Laura.

La voz de Melinda se había convertido en un ronco susurro.

X

Andy corría ladrando como un poseso rumbo a la casa de Laura, el perro había esperado todo el día (al igual que su dueño) para visitar a la mujer de cabellos cobrizos y sonrisa encantadora que vivía a unos metros de su casa. Cuando abrió la puerta, Andy se lanzó sobre ella y le dedicó largos y cálidos lengüetazos.

_ ¡Andy, Andy! _ gritó Alejandro mientras lo sostenía para evitar que la psicóloga cayera al suelo.

_ También me da gusto verte_ dijo ella mientras sobaba la cabeza del perro.

_ Lo siento_ se excuso Alejandro con una sonrisa avergonzada_ cuando se trata de ti no hay forma de detenerlo.

Laura se encogió de hombros y levantó las cejas haciendo un gesto de resignación.

_Ya estoy acostumbrada, lo mejor es acariciarlo así se apacigua.

La psicóloga se arrodillo en la mullida alfombra y abrazó al perro mientras le daba palmadas en la espalda. Andy sacudía incesantemente la cola mientras disfrutaba de las caricias de Laura.

_ ¿Te gustaría ir a tomar algo de sol? _ preguntó ella _ hace mucho frío dentro de la casa.

_Está bien, pero será mejor que te pongas los lentes_ dijo mientras él hacía lo propio.

Ella asintió y fue a la habitación por sus lentes. Se dirigieron al jardín y se sentaron en las gradas que daban a la carretera mientras Andy corría ansioso por el jardín, deteniéndose de tanto en tanto a olisquear el suelo o algún tronco. Alejandro introdujo la mano dentro del bolsillo de su abrigo y extrajo una pelota de tenis. De inmediato se la lanzó al perro. Andy dio un gran salto, atrapando la pelota en el aire. Se acercó a Laura y le entregó el trofeo.

_ Creo que te prefiere a ti_ dijo Alejandro fingiendo sentirse ofendido.

Ella se echó a reír.

_ No te molestes conmigo, yo no tengo la culpa_ contestó Laura.

_Lo que sucede es que se hace imposible no sucumbir ante tu arrebatadora personalidad_ dijo el abogado.

La sonrisa de Laura se desdibujó de inmediato. Se sonrojó y se puso algo nerviosa. Cada vez que Alejandro trataba de encaminar su relación hacía algo más que una simple amistad, ella se ponía en guardia. El abogado no supo que decir, se sintió fuera de lugar.

_ No hace falta que seas sarcástico_ dijo ella, su voz sonó tensa cuando habló.

Alejandro se quitó los lentes, se frotó los párpados y volvió a mirarla.

_ No lo soy_ dijo_ eres una mujer muy intensa, que disfruta de su trabajo, que se entrega por completo a las personas que la necesitan, exsudas confianza y felicidad y tu entusiasmo es contagioso_ dijo él mirándola con ojos admirados_ además, eres muy hermosa.

Los ojos de Alejandro la atravesaron. El corazón de Laura dio un vuelco y le fue difícil sostener la mirada del abogado a pesar de tener los lentes puestos. Bajó los ojos en dirección a sus zapatos. Alejandro trató de acariciarle la mejilla, pero su mano quedó suspendida a unos centímetros del rostro de su vecina. Vaciló por unos segundos, pero se armó de valor y paseó la yema de sus dedos suavemente por el rostro de Laura, haciendo que se estremeciera.

_Soy sincero cuando hablo, no tengo la costumbre de utilizar el sarcasmo contigo. Me resulta imposible_ dijo.

Laura levantó la mirada y Alejandro advirtió que ella apreciaba sus palabras.

_Eres un buen amigo_ fue todo lo que ella pudo decir.

Alejandro le dedicó una sonrisa algo triste. “Amigo, pensó, no me considera más que su amigo”.

Andy escarbaba en el jardín a pocos metros de distancia, pero Laura y Alejandro se hallaban demasiado absortos en la conversación para percatarse de aquella travesura perruna.

_Olvidé decirte que Melinda renunció_ dijo ella cambiando drásticamente de tema.

_ ¿Qué sucedió? ¿Por qué se va? _ preguntó Alejandro sorprendido.

_No está bien, está convencida de que hay fantasmas en el hospital y en su casa.

Alejandro emitió un suspiro pesado.

_No entiendo, cuando la conocí parecía ser una persona razonable_ dijo el abogado.

_Siempre lo fue_ contestó la psicóloga_ me siento culpable por no poder ayudarla.

Su voz sonaba dolida y desconcertada. Alejandro no pudo ver sus ojos, pero suponía que la psicóloga se sentía mal por su amiga.

_ No te sientas así, has hecho lo que ha estado en tus manos. Probablemente estará mejor en Lima. Necesita de especialistas que la ayuden. Tú no puedes hacer mucho por ella aquí.

Laura aspiró una bocanada profunda sintiéndose frustrada.

_Lo sé, no puedo dedicarle tiempo, además no tengo experiencia.

_No te sientas mal por esto, se pondrá mejor en Lima_ volvió a repetir el abogado.

Laura asintió no muy convencida.

XI

Melinda regresó a Lima derrotada y molesta, pero a la vez temerosa y vulnerable. La extraña experiencia que había vivido en La Oroya la tenía sobresaltada y tensa, pero pensó que era lo mejor que podía hacer. Estaba dispuesta a esforzarse para recuperar la cordura y luego, buscar un nuevo empleo. Llevaba tres días en la capital, y a pesar de que se había propuesto buscar un especialista e iniciar las terapias de inmediato, no lo había hecho, porque los episodios terroríficos y extraños que había vivido habían desaparecido apenas salió de La Oroya. Estaba convencida de que eran espíritus que habitaban en aquella casa y en el hospital. Como ya no pensaba regresar, imaginó que allí se terminaban sus problemas. En eso se equivocaba.

Salió de su departamento y fue a hacer unas compras, aspiró profundamente hasta que sus pulmones se llenaron del contaminado aire de la ciudad. Levantó los ojos hacia el cielo observando el abultado manto gris que lo cubría. No le importó, era agradable estar de nuevo en el caos de Lima mientras eso la ayudara a recuperar la cordura y la lucidez mental que pensó había perdido. Caminó sin prisa por el supermercado mirando las góndolas distraídamente, comparando precios o viendo productos nuevos. Se distrajo observando a un pequeño niño de ondulados cabellos pasear con un carrito de compras. Sonrió, el pequeño cargaba con bolsas de dulces y las depositaba en el carrito. Se dirigió a la zona de frutas y admiró la gran variedad que tenía delante. Los carteles anunciaban los precios rebajados.

“Manzana nacional: s/ 2,10”

“Manzana Israel: s/ 2,95”

“Pero Manzana: s/ 2,80”

Observó con cuidado las opciones y cargó en una bolsa cuatro manzanas nacionales. Pensó que le vendría muy bien un pie de manzana, lo prepararía en la tarde y lo acompañaría con un café.

Regresó a su casa, se sentía mucho mejor de lo que se había sentido en días. Definitivamente renunciar había sido la mejor idea. Preparó el almuerzo y se sentó a comerlo frente al televisor, no era algo que comúnmente hiciera ya que pensaba que era una mala costumbre ver la televisión mientras se come, pero con todo lo que había pasado, creyó que un poco de compañía, aunque solo fuera la caja boba no le vendría mal. Comió con bastante apetito y se encontró riendo de los malos chistes de una pareja de cómicos, se sentía ella misma de nuevo.

Apagó el televisor, lavó los platos y horneó el pie. Lo dejó sobre la mesa para que se enfriara y decidió tomarse una siesta. Estaba cansada, las intensas experiencias que había vivido no la habían dejado descansar apropiadamente. Se tendió en la cama, pensó unos momentos en los sucesos que la habían hecho huir de su trabajo y suspiró. Cerró los ojos, su respiración se hizo lenta y acompasada, oyó las sirenas de una ambulancia a lo lejos, no le prestó atención, vivía muy cerca de dos hospitales por lo que estaba acostumbrada a ello. Las imágenes en su mente se fueron diluyendo poco a poco y pronto se quedó dormida.

 No llevaba más de quince minutos durmiendo, cuando empezó a soñar.

 Estaba de pie frente al Hospital de Chulec, era de día, el sol estaba en lo alto y brillaba sobre su cabeza. Observó el edificio con detenimiento, estaba bastante descuidado, la pintura se descascaraba como si fuera una serpiente cambiando su vieja piel por una nueva, pero en este caso, el edificio dejaba al descubierto, capas de las antiguas pinturas. Melinda ingresó al edificio, todo estaba en ruinas, un par de camillas sucias y oxidadas le impedían el paso. Las rodeó y siguió internándose en el pasillo. Los instrumentos médicos, estaban tirados en el piso y el polvo lo cubría todo a su alrededor. No había luz eléctrica, solo los rayos del sol ingresaban por las ventanas e iluminaban los abandonados pasillos. Quiso sentarse, pero los desvencijados bancos de madera de la zona de espera parecían a punto de desintegrarse. Una ráfaga de viento ingresó por la puerta que había dejado abierta de par en par y con él, regresó el murmullo. De inmediato, la invadió una sensación de impotencia muy conocida. Quiso regresar sobre sus pasos y salir de aquel lugar, pero no pudo, una fuerza invisible la obligaba a seguir adelante, era como si sus músculos no la obedecieran y actuaran por voluntad propia. Dio unos pasos y pudo entender con claridad lo que las voces decían. Por un momento se quedó paralizada.

“Ayúdame, John tiene la culpa”

Melinda frunció el ceño, no entendía de que se trataba todo aquello, quien le pedía ayuda y quien era John. Prestó atención a las voces, tratando de entender algo más de lo que decían, pero desaparecieron. En su lugar, una corriente helada la atravesó, haciendo que el bello de la nuca se le erizara. Cerró los ojos presa del terror, incapaz de respirar. El corazón le martillaba en la garganta, en ese momento supo, que se trataban de dos espectros diferentes. Los murmullos le pedían ayuda y aquella corriente helada trataba de aterrorizarla. Las lágrimas le anegaron los ojos y se deslizaron por sus mejillas.

En ese momento, despertó sobresaltada, oyó en su garganta el sonido áspero de las lágrimas. No pudo evitarlo, y esta vez lloró presa de la desesperación, ante la onda realidad que se abatía imponente sobre ella, atravesándola, aquellas apariciones, no pensaban dejarla en paz, no habían desaparecido. Se sentía desorientada, atemorizada e impotente. Cuando al fin pudo calmarse, se percató que estaba a oscuras, se levantó de la cama con dificultad y se acercó a la ventana, el cielo estaba cubierto de estrellas, la luna, un perfecto circulo, iluminado de amarillo. Experimentó una terrible inquietud, aquel espectáculo en el cielo limeño era extraño e inusual.

 Cruzó sus brazos sobre su cuerpo, tratando de protegerse, sus ojos se inundaron de confusión e incertidumbre. De pronto, el televisor de la sala se encendió, el volumen del aparto estaba muy alto que la sobresaltó. Giró sobre sus talones y se dirigió de inmediato a la sala con el corazón acelerado. Los canales se sucedían unos a otros como si un visitante invisible estuviera jugando con el control remoto. Melinda sintió que la sangre se le agolpaba en el rostro. Buscó el control remoto desesperada pero no lo encontró. Se acercó al televisor y jaló el cable de alimentación eléctrica y lo desconectó. Para su sorpresa, el aparato no se apagó, siguió su carrera alocada, cambiando de canal uno tras otro. Se llevó las manos a la cabeza aturdida, no sabía que hacer o que decir. En ese momento, oyó un atronador sonido, parecido a una multitud de fuegos artificiales estallando. Su rostro se puso blanco y pálido, sintió una desesperación absoluta, un escalofrío que iba en aumento. De pronto, fue como si un boxeador invisible acabara de propinarle un puñetazo en el vientre. Profirió un grito ahogado y gutural mientras su cuerpo se doblaba en dos. El panorama se tornaba más aterrador que nunca. Su cuello se dobló hacia atrás, cuando la energía invisible le dio un golpe en la frente con una fuerza rápida y avasalladora. Se tambaleó y cayó de espaldas, con el rostro desfigurado por el horror. Una expresión terrorífica se esparcía por su rostro como si fuera una mancha. Tenía los ojos dilatados, la frente y los brazos cubiertos de sudor, la piel fría y el aliento agitado. Sintió que algo le atenazaba el cuerpo y le aplastaba los pulmones. Profirió un grito desesperado que no pudo escapar de su garganta. Luchó con todas las fuerzas para tratar de liberarse de aquella fuerza invisible. La respiración se le hacía cada vez más difícil, trataba por todos los medios de llevar aire a sus pulmones, temblando de terror. Su garganta emitía sonidos graves, estaba a punto de ahogarse, cuando de pronto la presión en los pulmones desapareció y ella pudo moverse de nuevo. Se puso de costillas y tosió mientras el aire ingresaba de nuevo a sus agotados pulmones. Se quedó así por unos minutos, empapada de sudor y paralizada por el miedo.

Cuando al fin pudo levantarse, lo hizo con mucha dificultad, sosteniéndose de la mesa de la sala. Su garganta aún emitía extraños sonidos mientras ella respiraba. De pronto, sintió un dolor muy fuerte en el pecho que se replicó en la cabeza. Su cuerpo se estremeció con fuertes espasmos y volvió a caer al suelo, producto de un ataque. Se removió y se convulsionó espantosamente. Agitó las extremidades y dio golpes con ellos en el suelo. Se mordió la lengua y un hilo de sangre se extendió por la comisura izquierda de su boca. Los ojos se quedaron en blanco dejando al descubierto el globo ocular. De pronto, se detuvo, recuperó levemente la conciencia, y pudo observar la habitación, los objetos se iban desdibujando, quedando reducidos a manchas, era como si su cuerpo se apagara despacio, arrullado por una fuerza invisible que la instaba a dejarse llevar. En pocos segundos, todo había terminado.

Historias Entrelazadas (Kataryna)

Kiev, República Socialista Ucraniana, invierno de 1926.

I

El invierno cubría con su manto crudo y gélido la ciudad, el viento arrancaba lastimeros gemidos a las descubiertas ramas de los árboles mientras el cielo gris y denso amenazaba con una tormenta. Kataryna terminaba de preparar la cena mientras observaba con una sonrisa de orgullo a sus dos pequeñas hijas que jugaban en el salón de la casa muy cerca de ella.

En la chimenea, la leña ardía bien y emitía un agradable calor aletargante. En la penumbra tras la estufa de la cocina, gorgoteaba la sopa. Afuera, una rama golpeaba el vidrio de la ventana movida por el inquietante aire invernal.

 Olena, la mayor de las niñas, corría de un lado a otro con la muñeca de trapo que su padre le había regalado al cumplir un año. Mientras tanto, Daryna, que apenas tenía ocho meses se esforzaba por alcanzar a su hermana en un intento de gateo que en realidad se asemejaba más al movimiento de un reptil.

Kataryna dejó lo que estaba haciendo y se sentó a contemplar a sus hijas, recordó de pronto, los duros momentos que vivió durante su primer año de matrimonio, el abuso y la indiferencia de su esposo, así como también la muerte de su primera hija.

Suspiró, las cosas habían mejorado con el nacimiento de Olena. Igor adoraba a su pequeña, se desvivía por darle cariño. Todo el cariño que nunca fue capaz de darle a su esposa. Kataryna ya no pensaba en ello, le había sido difícil asimilar la realidad de la situación, pero una vez que lo consiguió y aprendió a convivir con ella, las cosas se hicieron más fáciles. Es más, en aquella etapa de su vida hasta podría haber sugerido que era feliz. ¿Cómo no serlo al ver a Olena al lado de su padre? Todas las tardes después del trabajo, lo primero que hacía Igor era levantar a la niña en brazos y girar con ella como si fuera un carrusel humano. La niña disfrutaba de los juegos con Igor. Olena reía a carcajadas y su rostro enrojecía como un tomate, sus ojos azules brillaban de felicidad, mientras giraba en brazos de su padre.

El aullido del viento la volvió a la realidad, fijó su mirada en la ventana y se distrajo unos segundos pensando que la tormenta de nieve no demoraría mucho en empezar.

Olena depositó la muñeca de trapo en el piso e intentó trepar a la silla que se encontraba frente a su madre. Era una niña impetuosa, temeraria y que no se rendía con facilidad ante los obstáculos. Situó sus brazos sobre la silla y levantó su pie derecho buscando apoyo en uno de los travesaños, pero tenía la pierna demasiado corta.

Kataryna la observó interesada, quería saber cómo lograría la pequeña solucionar aquel impase.

Olena se apoyó en el pie izquierdo, se puso de puntillas e intentó de nuevo. Levantó el pie derecho y pudo encontrar el travesaño. Se impulsó con toda la fuerza de la que fue capaz mientras cerraba los ojos y emitía un pequeño gruñido como si con ello encontrara la fuerza que necesitaba para lograr su cometido. Pronto, tenías piernas sacudiéndose en el aire. Su rostro enrojeció hasta el nacimiento de su delgado cabello.

Kataryna quiso intervenir, se acercó a ella para ayudarla, pero se detuvo en el último instante. Si la tomaba en brazos y la sentaba en la silla, su pequeña armaría tal alboroto que los llantos y las pataletas no terminarían hasta que se quedara dormida.

Olena se contrariaba con facilidad. A pesar de su corta edad, era orgullosa y se exasperaba si no conseguía algo por sí misma. Kataryna tenía que reconocer en su hija algo del carácter de su padre.

La niña se removió zigzagueando las piernas en el aire como si fuera una culebra que se arrastra por la hierba, hasta que consiguió apoyar las rodillas en la silla. Se sujetó de los reposabrazos con sus pequeñas manos y a continuación se incorporó, no sin dificultad.

Kataryna emitió un suspiro de alivio y acarició el pelo de la triunfante niña.

Olena dio un par de palmadas mientras reía frenética, parecía uno de aquellos escaladores que acababa de llegar a la cima de una montaña escarpada e increíblemente alta.

Daryna, mientras tanto, sentada a los pies de su madre, intentaba llamar su atención con suaves quejidos.

Kataryna la levantó del suelo y la cobijó entre sus brazos.

Si bien Kataryna estaba convencida del amor de Igor por Olena, cuando este vio a Daryna por primera vez, se quedó prendado de ella. La niña tenía el pelo castaño claro y los ojos de su padre. Era idéntica a él. La sostuvo en sus brazos y caminó con ella por la habitación sonriendo como un tonto, embelesado.

_ Su pelo, es igual al mío_ había dicho poco después.

_ Sí, también tiene tus ojos, en realidad se parece mucho a ti_ le había contestado ella.

 Kataryna recordaba con total claridad los ojos orgullosos y la sonrisa brillante que esbozó Igor aquella noche en que nació Daryna.

El viento batía las ramas de los árboles contra el techo de la casa despidiendo un ruido sordo y a veces casi violento. El corazón de Kataryna se aceleró de pronto, no le gustaba el aullido del viento quejumbroso casi fantasmagórico.

Olena le exigió a su madre algo de comer, al parecer aquella pequeña aventura le había abierto el apetito. De inmediato la joven olvidó la tempestad y sirvió la cena a las niñas. Supuso que su esposo no tardaría en llegar a casa ya casi estaba oscureciendo.

Igor regresó del trabajo, poco después, entró a la casa con pasos cansinos, el rostro desencajado, y una persistente tos. Su cuerpo se estremecía de escalofríos, y la congestión era severa. Kataryna notó que además tenía los ojos rojos y brillantes.

 La joven posó una mano sobre la frente de su esposo y de inmediato constató que sus suposiciones eran ciertas, tenía fiebre.

_ Será mejor que no te acerques mucho a las niñas_ le advirtió a su esposo_ no quiero que se contagien con lo que sea que tienes.

Igor se limitó a mirarla con ojos amarillentos y desvaídos como si estuviera meditando lo que diría.

_ Dormiré en el cuarto de las niñas, ellas pueden dormir contigo_ contestó con voz grave poco después.

Kataryna asintió algo preocupada. El invierno no era el mejor momento para que las niñas cayeran enfermas.

Igor Gorodetsky tosió un par de veces, hizo una mueca de dolor, se oprimió con las manos el pecho antes de enfilar el pasillo rumbo a la habitación de sus hijas con la espalda algo encorvada y arrastrando los pies. Se sentía realmente mal, apenas podía respirar no solo por la congestión nasal, sino porque el aire llegaba con dificultad a sus pulmones. Le palpitaba la cabeza como si tuviera una mole de piedra en torno a ella. La tos era persistente, le dolían los músculos del abdomen al igual que la garganta. Intentó desvestirse y se percató que no solo eran los músculos del abdomen los que le dolían, sino todo el maldito cuerpo. Se sacó el abrigo y la camisa con mucha dificultad, sentía un dolor atroz en los brazos. Cuando intentó sacarse las botas, percibió que no podía mantener el equilibrio en las piernas y que el dolor se recrudecía. Tuvo que sentarse para terminar de sacárselas. Se paró con dificultad, y se sacó los pantalones, dejando que se le deslizaran por las piernas. Le dolía cada uno de los músculos de su cuerpo. Se dejó caer pesadamente sobre la cama. Su respiración se había acelerado como si acabara de correr una maratón. Trató de relajarse aguardando que la respiración se le normalizara.

  Kataryna entró a la habitación poco después con un plato de sopa caliente. Igor se incorporó con dificultad en la cama apoyado en ambas manos. Reclinó la espada contra la cabecera mientras Kataryna le entregaba el plato.

 Igor apenas comió, la tos no le dejaba tragar bocado. Con cada inspiración y exhalación sus pulmones emitían un desconcertante silbido. Kataryna se alarmó, aquellos síntomas no eran normales, pensó que podía ser algo más que una simple gripe. Necesitaba que un médico lo auscultara, pero no podía dejar a las niñas, ni llevárselas con ella, la noche había caído por completo sobre el campo y con ella también la nevada.

Decidió que lo mejor sería pedir ayuda a sus suegros. Observó a través de la ventana la nieve que ya se arremolinaba frente a ella, auguraba el principio de un gran temporal.

Cuando las niñas se durmieron, salió al encuentro del interminable abismo negro de la noche. De inmediato sintió como se le erizaban los pelos de su cuello y los brazos. El aire era frío y húmedo. Una ráfaga de viento le heló el rostro de inmediato. Se levantó el cuello del abrigo mientras intentaba ver en la oscuridad, pero por más que lo intentaba no podía ver absolutamente nada. No había nada que la guiara en el camino, solo los copos de nieve que danzaban en el aire y que parecían desafiar la gravedad frente a la luz de la lámpara a queroseno que llevaba en la mano y que amenazaba con apagarse debido a las fuertes ráfagas de viento que la hacía oscilar una y otra vez. Su sombra se alargaba sobre la helada capa de nieve como si de un fantasma se tratara. Se la veía pálida bajo la luz de la lámpara que ilumina tenuemente su rostro.

 Se internó de inmediato en la oscuridad. Caminó lo más rápido que pudo sobre la gruesa alfombra de nieve que cubría el suelo, no quería dejar a las niñas solas mucho tiempo ya que Igor no estaba en condiciones de hacerse cargo de ellas. La nieve parecía acariciar su rostro como si se tratara de gélidos dedos, cubriéndole los párpados y las pestañas.

Luego de incontables minutos, observó el tenue destello de unas luces, a no más de cincuenta metros a través de la cortina de nieve.

_Es la casa de mis suegros_ dijo en voz alta, como si oír su propia voz la ayudara a llegar deprisa.

Aceleró sus pasos, siguió caminando por un rato que le pareció excesivamente largo, mientras avanzaba por la frígida oscuridad con la rapidez que la nieve se lo permitía.

Las luces se hicieron más intensas y entonces supo que estaba cerca. Suspiró y su aliento formó una pequeña neblina blanca a su alrededor debido al frío de la noche la cual se hizo patente debido a la luz de la lampara.

Cuando al fin recorrió el tramo final que la llevaba hasta la casa suspiró aliviada. Se detuvo en el linde del claro que rodea la casa tratando de recuperar el aliento. Poco después, tocó a la puerta un par de veces antes de que alguien se dignara a abrirla.

_ ¿Kataryna que haces aquí con este clima? _ preguntó su suegro alarmado al verla, recordaba a la perfección la última vez que Kataryna estuvo allí en similares condiciones y las cosas no habían terminado muy bien para ella.

La muchacha no se quitó el abrigo, ni se puso cómoda.

_ Igor está muy enfermo, necesita un médico, no puedo quedarme mucho porque dejé a las niñas solas_ dijo atropelladamente.

Su tono de voz delataba su creciente inquietud. Los padres de Igor se alarmaron de inmediato.

_ ¿Qué es lo que tiene mi hijo? _ preguntó la madre en tono vacilante.

_ Parece una gripe, pero tiene mucha fiebre y respira con mucha dificultad, sus pulmones hacen un ruido extraño_ explicó la muchacha.

_ Iré a buscar al médico _ anunció su padre mientras tomaba su abrigo y se preparaba para salía de la casa.

_ Tengo que regresar_ dijo Kataryna_ me preocupa las niñas.

_ Yo iré contigo_ dijo la madre de Igor.

_ Será mejor que te quedes en casa_ contestó el padre con voz autoritaria_ no sería prudente que te expusieras a lo que tiene Igor.

La mujer no intentó protestar, le temía mucho más a Gorodetsky que a la enfermedad que aquejaba a su hijo.

 Gorodetsky fue en busca del médico, mientras Kataryna emprendió el regreso a casa de inmediato.

 El viento silbaba con fuerza a su alrededor, haciendo tambalear la lámpara que llevaba en la mano derecha. Tenía que detenerse cada tanto para sostenerla con ambas manos. La inquietud se apoderó de ella y su corazón empezó a latir aceleradamente. Sintió que el rostro le ardía, no solo por el frío sino por la terrible sensación de que algo muy malo iba a suceder. Un turbio torrente de pensamientos le bullía en la cabeza, lo cual la hizo acelerar el paso alejándose de la casa de sus suegros a toda prisa.

De pronto, sintió que su pie derecho se topaba con algo grande y duro. Trastabilló y cayó de rodillas en el helado suelo. Kataryna dejó escapar la lámpara, en un intento por amortiguar la caída, utilizando ambas manos para sujetarse y no caer de bruces. La lámpara se hizo trizas al llegar al suelo extinguiéndose así, el último atisbo de luz. La negrura que rodeó a la muchacha fue absoluta.

Se levantó con dificultad, el dolor en ambas rodillas era considerable. Cuando estuvo de pie, se encontró totalmente desorientada. Giró sobre sus talones buscando la luz que le indicara la dirección de la casa de sus suegros, pero ya se había alejado lo suficiente y no pudo encontrarla.

Sintió una inesperada punzada de inquietud. Un miedo glacial le removió el estómago. Respiró profundamente tratando de ignorar aquella sensación sumamente desagradable. Pensó que sería tragada por la amplitud de la oscuridad. El miedo la invadió y no supo hacia dónde dirigirse. Temió que pudiera ser presa de algún animal salvaje o que cayera de nuevo al suelo y se torciera un tobillo. Volvió a respirar profundamente un par de veces, apartó todos aquellos pensamientos negativos de su cabeza y siguió adelante. No se dejaría amilanar por la situación, debía regresar a casa junto a sus niñas.

Avanzaba a tientas en la oscuridad con los brazos extendidos, tratando de protegerse en caso de que se encontrara con algún obstáculo, como un árbol, por ejemplo. Sus pasos eran vacilantes y muy lentos. Sus pupilas se dilataron tratando de ajustarse a la oscuridad, pero no veía absolutamente nada. Un ruidoso graznido proveniente de algún punto cercano a ella la sobresaltó y se detuvo de golpe. Permaneció absolutamente inmóvil por largos segundos, tratando de aguzar el oído. Respiraba dificultosamente, con los labios entreabiertos. La situación era suficientemente amenazante.

 Se frotó los ojos con ambas manos como si eso la ayudara a ver con mayor claridad. Volvió a emprender la marcha lentamente procurando no volver a trastabillar. El dolor en sus rodillas era cada vez más intenso, pero trataba de restarle importancia. Mantenía su mente ocupada en encontrar el camino de regreso a casa. Actuaba únicamente por instinto, mientras que caminaba a tientas por el campo y se internaba profundamente en la desolada oscuridad.

Volvió a detenerse y escrutó a su alrededor. Giró la cabeza, primero a la izquierda y luego a la derecha y se quedó mirando fijamente la negrura de la noche. La interminable extensión de frío bajo sus pies le parecía un inmenso espejo congelado. Volvió a ponerse en marcha lentamente hasta que, a lo lejos a su derecha, divisó en destello.

El corazón de Kataryna volvió a acelerarse. Aquella pequeña luz apareció ante sus ojos como si fuera un brillante faro en un vasto océano negro. Con cada paso el resplandor se hacía más intenso. Pronto pudo divisar la casa y se sintió aliviada. Avanzó por el sendero con grandes zancadas.

Abrió la puerta apresurada y entró en la vivienda. No se sacó el abrigo y fue directamente a la habitación en donde se encontraban sus hijas. Las niñas seguían dormidas. Arropó con cuidado a sus hijas y luego se dirigió a la habitación que ocupaba su esposo. Lo encontró sudando profusamente a causa de una elevada fiebre, con la respiración entrecortada y retorciendo su cuerpo como si fuera una serpiente a quien acababan de cortarle la cabeza.

_ Igor, pronto estará aquí el doctor, tu padre fue por él_ dijo la joven.

Igor se encontraba en un estado semi inconsciente y no podía oírla.

El terrible silencio en la habitación solo fue roto por golpeteo de las ramas contra la ventana y el aullido del viento.

 Kataryna no podía hacer nada más que mojar un paño en agua y colocárselo sobre la frente, en un intento por bajar la fiebre y disminuir así los espasmos que sufría.

 Le dolían las rodillas producto de la caída, pero ahora no tenía tiempo de pensar en aquello.

Gorodetsky llegó poco después acompañado del médico del pueblo. Kataryna los acompañó a la habitación que ocupaba en ese momento el enfermo. Esperó expectante en el umbral de la puerta de la habitación, lo que el médico tenía que decir.

_ Tiene neumonía_ afirmó el médico con la mirada vacilante_ le daremos tratamiento, esperemos que no sea muy tarde.

El padre de Igor trató de ahogar un gemido de horror. Kataryna solo pensó en sus hijas.

_ Doctor tengo dos niñas pequeñas_ dijo asustada.

_ Trate de mantenerlas alejadas, pero si usted va a cuidar de él, lo mejor será que saque a las niñas de la casa y las hospede con algún familiar.

Kataryna miró alternativamente primero a su suegro y luego al médico.

_ Pero tendrá que hacerlo mañana después de la tormenta_ agregó el galeno.

Kataryna asintió.

El doctor dejó instrucciones precisas para el tratamiento del paciente. La mortalidad a causa de la neumonía era muy elevada. Kataryna debía prepararle a su esposo una infusión de 6 dientes de ajo y media cebolla, a los que se le añadiría 250 ml de agua y dos cucharadas de miel. El enfermo debía beber la infusión cada vez que la tos le dificultara la respiración. Además, debía beber un extracto de hoja de olivo. Esta infusión ayudaba al cuerpo a luchar contra la infección atacando la neumonía. La alimentación debía ser liviana tratando de evitar en lo posible alimentos de origen animal si es que el paciente llegaba a comer algo.  Las compresas de agua fría eran muy importantes para tratar de mantener a raya a la fiebre. El médico le advirtió a la joven que la calentura subiría por las noches y después del almuerzo. El proceso de la enfermedad sería largo y tedioso y si tenía suerte, el paciente sobreviviría.

Kataryna suspiró sobrecogida una vez que su suegro y el médico salieron de la casa. Sus hijas seguirían expuestas mientras se mantuvieran en la vivienda.

La noche fue larga y agotadora, las compresas frías parecían no surtir efecto. Igor tenía los labios secos y agrietados, Kataryna trataba de mantenerlo hidratado acercándole de vez en cuando un recipiente con agua para que bebiera. Igor apenas lo hacía, estaba bastante desorientado.

Como el médico le indicó, le dio de beber a pequeños sorbos la infusión de hojas de olivo. Igor tragaba con dificultad, la tos le dificultaba poder deglutir.

 Susurraba palabras ininteligibles, y luego volvía a sumirse en aquel letargo que preocupaba cada vez más a Kataryna.

Luego de una noche agitada e interminable, Igor se fue relajando y se quedó dormido. Kataryna notó que la fiebre había bajado, pero no había desaparecido del todo. Necesitaba descansar antes de que las niñas despertaran. Se dirigió hasta la pequeña sala que solía utilizar para bordar y coser. Se hundió pesadamente en un antiguo pero mullido diván que había pertenecido a la abuela de Igor, dejando escapar un fuerte suspiro.

 Le ardían las rodillas heridas, le palpitaban como si fueran dos muelas cariadas.

A través de la ventana, Kataryna pudo contemplar, que la oscuridad de la noche se diluía poco a poco, dando paso a una claridad neblinosa.

 De pronto, sintió frío como así acabara de percatarse que afuera probablemente el termómetro había descendido al menos treinta grados. Se levantó del diván y buscó algo con que cubrirse los hombros. Aún soplaba una gélida briza que azotaba las ramas de los árboles cuando se acercó a la ventana para seguir contemplando el amanecer.

 Pronto la espesa neblina, se disipó y la luz amortiguada del día tomó su lugar.  En el horizonte, entre los árboles, el cielo se tiñó de colores rojos y naranjas. Kataryna suspiró mientras cruzaba los brazos sobre su pecho para tomar sus hombros con sus manos, un gesto de autoprotección. Al fin había terminado aquella terrible noche.

II

Kataryna observó con un extraño e inquietante nudo en el estómago la carroza que se alejaba de su casa, llevándose a sus dos hijas con ella. Su madre Anastasia se haría cargo de ellas hasta que Igor estuviera fuera de peligro. La sensación de que algo malo sucedería crecía en ella a medida que la carroza se alejaba. Se sintió de pronto sumergida en una soledad espantosa. El nudo estaba ahora también en su garganta, las lágrimas se agolparon en sus ojos, amenazantes. Aspiró una bocanada profunda de aire frío e ingresó a la casa.

III

Diez días después, la fiebre de Igor había remitido considerablemente, pero aún no había desaparecido por completo. Las secreciones seguían fastidiando a Igor, pero podía respirar un poco mejor. Se mantenía consciente todo el tiempo y solo se dormía cuando lo vencía el cansancio. Su apetito también había mejorado. Kataryna consideraba que aquella era la mejor señal de su mejoría.

Mientras Igor daba buena cuenta de un humeante plato de sopa, Kataryna salió al patio caminando sobre la gruesa capa de nieve que se había acumulado. Debajo de sus pies, la nieve crujía a cada paso. Se sentó debajo de un gran árbol con ramas desnudas y retorcidas que se extendían hacia el cielo con una extraña apariencia espectral.

 El suelo estaba increíblemente frío, pero a Kataryna no le importó, necesitaba aquel tiempo a solas. Sentir el aire helado sobre su rostro la ayudó a relajarse. Observó el vaho que desprendía su aliento en la fría mañana. Emitió un suspiro sonoro, recostando la cabeza contra el tronco del viejo árbol. Sintió que su corazón se estremecía de repente como si aquello fuera alguna advertencia de que algo malo estuviera a punto de suceder de un momento a otro. Se levantó inquieta y regresó a la casa con paso cansino y la cabeza gacha. No tenía idea de que le sucedía, estaba nerviosa y no tenía ningún motivo para ello. Fue a la habitación que ocupaba Igor, recogió el plato de la sopa y lo miró con desasosiego. Igor lo notó, pero no dijo nada.  Se sintió frustrada, era increíblemente difícil comunicarse con él. Se sentía sola todo el tiempo como si no tuviera a nadie en el mundo.

Unos insistentes golpeteos en su puerta interrumpieron sus pensamientos. Volvió a dedicarle a su esposo una mirada algo triste y luego salió de la habitación. Dejó el plato en la cocina y fue a abrir la puerta. Encontró a su madre Anastasia con los ojos consternados y la mirada aturdida. La sonrisa inicial de Kataryna se esfumó rápidamente, dando paso a una mirada abrumada y sofocada.

_ ¿Qué fue lo que pasó? _ preguntó de inmediato sin siquiera saludar a su madre.

_ Es Olena, ha caído enferma. La he traído, no es aconsejable que esté cerca de su hermana _ dijo Anastasia.

Kataryna miró a su madre con expresión confusa. Luego observó por encima del hombro de Anastasia hacia la carreta que esperaba a cierta distancia de la puerta. Los ojos de la muchacha seguían confusos, como si no estuviera segura de donde estaba o que estaba pasando. Se sintió de pronto atemorizada, murmuró algo inaudible y caminó dando grandes zancadas hasta el carruaje.

Kataryna pudo ver a su hija arropada en brazos de Iván, su padre. Él la miró con tristeza.

_ Dame a mi hija_ fue todo lo que pudo articular con voz angustiada.

Iván le entregó a la niña.

 Kataryna la abrazó contra su pecho, giró sobre sus talones y enfiló el camino de regreso a la casa. Cuando estuvo frente a su madre, le rogó que cuidara de la menor de sus hijas.

Anastasia asintió desolada mientras Kataryna ingresaba a la vivienda.

Trató de que la niña estuviera lo más cómoda posible. La fiebre la consumía y la hacía delirar. Hablaba de montar un pony blanco que la perseguía en el campo.

 La tos no se hizo esperar y las convulsiones la siguieron de cerca.

IV

El sudor bañaba a la niña, llevaba el pelo enmarañado y apelmazado, los labios cuarteados, el rostro enrojecido y los ojos vidriosos. Karatyna trató de hidratar a la niña, pero no pudo conseguir que bebiera.

_ ¡Kataryna! _ gritó Igor desde la otra habitación.

La joven entornó los ojos frustrada, arropó a la niña y se dirigió a la habitación que ocupaba su esposo. Se quedó de pie en el umbral de la puerta esperando con los brazos cruzados sobre su pecho.

_ ¿Quién tocó a la puerta? _ preguntó intrigado.

_Era mi madre, trajo a Olena, también ella ha caído enferma_ contestó con voz desarticulada.

Kataryna no pudo reconocer su propia voz que sonó distante y ajena.

Igor abrió los ojos de par en par, mientras de su garganta escapaba un gemido desolado.

_ Tendrás que arreglártelas solo_ agregó Kataryna_ debo cuidar de Olena.

Igor asintió apesadumbrado, sabía que la niña corría peligro, era muy pequeña y la enfermedad siempre se ensañaba con los pequeños y con los ancianos.

Kataryna salió de la habitación y una oleada de desesperación arrasó su cuerpo. La angustia estalló en su vientre con un dolor insoportable que la dobló en dos. Gimió profundamente, ni en sus peores pensamientos se había imaginado algo así. Tembló de miedo, se llevó una mano a la boca tratando de amortiguar sus gemidos. Se le nubló por un momento la vista y entró en pánico. Su respiración se volvió irregular y agitada. Trató de tranquilizarse y a tientas se acercó a una ventana y la abrió con dificultad. La fría briza le dio de lleno en el rostro y respiró profundamente par de veces.

Tenía los ojos abiertos de par en par, pero todo a su alrededor, todo, era oscuridad absoluta. Aspiró de nuevo una bocanada de aire helado y la negrura se fue despejando lentamente hasta que al fin pudo ver con claridad. Un ataque de pánico no la ayudaría en nada a afrontar lo que se le venía encima.

Regresó al lado de su hija, su corazón inundado de preocupación, angustia, sufrimiento e incertidumbre. Sintió una oleada de rabia en su interior, culpaba a su esposo de lo que le estaba pasando a su hija.

La visita del médico solo le acarreó mayores angustias. Las esperanzas eran escasas. La niña estaba muy grave.

_ ¿Qué puedo hacer por ella doctor? _ preguntó. En su voz se hizo evidente el cansancio y se le fue apagando mientras hablaba.

_ Intente bajar la fiebre_ contestó el galeno sin mucha convicción.

Kataryna asintió y le dedicó una sonrisa teñida de tristeza. Se sentía confusa y preocupada.

La noche fue larga y agotadora, la niña se durmió un par de horas antes del amanecer luego de que la fiebre remitiera. Kataryna pensó que lo peor había pasado y que su hija mejoraría. Se ovilló al lado de la niña y se quedó dormida.

Despertó sobresaltada cuando sintió que Olena convulsionaba de nuevo. La fiebre arrasaba su pequeño cuerpecito. Kataryna trató de sujetarla para que no se hiciera daño mientras le decía frases reconfortantes y tranquilizadoras que la niña distaba mucho de poder oírlas. Levantó una de sus manitas y luego la dejó caer con fuerza sobre la cama. Se sacudió un par de veces y luego permaneció completamente inmóvil.

Un silencio mortal se hizo en la habitación.

 La desesperación llenó por completo a Kataryna y sacudió a su hija que yacía muerta en la cama.

_ ¡Olena, Olena! _gritó tratando de encontrar alguna respuesta.

Un suspiro de abatimiento escapó de sus labios. Volvió a sacudir a su hija repitiendo su nombre una y otra vez. Sintió que un escalofrío recorría su cuerpo lo cual la hizo aceptar la nueva revelación, simple, dura y devastadora. Su hija estaba muerta.

El mundo se transformó de pronto, en un zoom de cámara lenta, que acercaba y alejaba las terribles imágenes con cada latido de su desbocado corazón. Dejó escapar un grito ahogado y empezó a llorar.

Su mente intentaba procesar la información, su hija había muerto, dos de sus tres hijas estaban muertas. Ahora solo le quedaba una. Sintió que le sobrevenía una fuerte nausea y se apresuró a salir de la habitación, pero no pudo salir a tiempo, vomitó en una de las esquinas del cuarto sin poder evitarlo. La cabeza le daba vueltas y no supo que hacer.

Igor se dirigió apresurado a la habitación que ocupaba su hija al oír el grito desgarrador de su esposa. Vislumbró lo que había dentro y se le escapó un grito ahogado. Su hija yacía muerta en la cama, con los ojos en blanco, la piel muy pálida y el cuerpo cubierto de sudor. Su esposa lloraba con desesperación arrodillada en el frío suelo de cemento. Igor no pudo pronunciar palabra, se quedó helado por la terrible visión que tenía delante.

Poco después, Igor se armó de valor y entró a la habitación, fue directo a la cama y cerró delicadamente los ojos de su hija. Acarició su rostro con suavidad para luego cubrir su cuerpo con una manta.

Estaba desolado, sus hijas lo eran todo para él, los cabos que lo sujetaban a tierra. En aquel momento lo único en lo que pensaba era en beber, beber hasta caer rendido y olvidar, olvidar aquella desgracia. Pero algo muy dentro lo obligó a voltear sobre sus talones y enfrentar a su esposa, ella también estaba sufriendo, ella también acaba de perder a una de sus hijas. Se acercó a Kataryna, apoyó una mano sobre su hombro con firmeza. Kataryna reaccionó de inmediato al sentir la pesada mano de Igor sobre su hombro. Levantó los ojos y le dedicó a su esposo una mirada desafiante, cruda y furiosa.  Se hizo a un lado para que él no la tocara y se levantó del suelo de inmediato. Quiso acercarse de nuevo a su hija muerta, pero sintió que unos brazos tiraban de ella y la alejaban de la habitación.

Al principio no opuso resistencia, se sentía cansada y muy dolida para protestar, pero cuando Igor la llevó a la cocina, reaccionó. Se libró de su agarre y lo empujó en el pecho con todas sus fuerzas. Como Igor aún se encontraba convaleciente, trastabilló y cayó sobre una de las sillas de la cocina. Se sujetó firmemente de la mesa para no terminar en el suelo.

_ ¡Esto es tu culpa! _ gritó ella_ tú trajiste esta maldita enfermedad a la casa.

Los intensos ojos de Kataryna lo desafiaron. La idea que acudió a su mente era demasiado compleja, repleta de una horrible mezcla de ira y congoja para poder expresarla con palabras.

 Igor ya se sentía suficientemente culpable para ponerse a discutir con ella por lo que guardó silencio, bajó la mirada y dejó que su esposa siguiera desahogándose, prorrumpiendo en acusaciones en medio de gritos y llantos desgarradores.

V

En las horas que siguieron a aquellos espantosos sucesos, los padres de la pareja llegaron a la casa para encargarse de los preparativos del funeral. Kataryna se mantenía en el diván de la salita de costura, sumida en sus pensamientos. Cada tanto la desesperación la azotaban y empezaba a sollozar como lluvia que cae intempestivamente.

Igor ingresó a la habitación unas horas después, ella le lanzó una mirada feroz. El joven la miró con ojos desolados, él también había perdido a una hija. Kataryna volvió a sentir náuseas, trató de evitarlas respirando grandes bocanadas de aire. Igor la dejó sola y fue en busca de su suegra.

 Anastasia se sentó al lado de su hija. La tomó del hombro atrayéndola hacia ella. Al principio, Kataryna trató de resistirse, pero luego se hundió en el hueco del cuello de su madre, cerrando los ojos. El dolor que sentía era atroz, quiso dar todo lo que poseía por librarse de él. Emitió un grito ahogado de pena y desesperación.

Anastasia permaneció en silencio, mientras consideraba por un momento las palabras que le diría a su hija. Dejó que ella diera rienda suelta a su tristeza mientras la abrazaba con fuerza. Kataryna se encontraba atrapada en una pesadilla que no lograba comprender.

_ Se que esto es muy difícil_ dijo Anastasia poco después_ pero debes ser fuerte por la hija que te queda.

Kataryna levantó la cabeza y fijó sus ojos sobre su madre.

_ No tienes idea de lo que se siente perder a un hijo, no puedes imaginarte lo que significa que un hijo muera en tus brazos_ respondió con brusquedad.

Anastasia la observó pacientemente mientras acariciaba una de sus manos.

_Tal vez no lo sepa, pero eso no significa que no esté sufriendo al igual que tú, o quizás más que tú_ respondió.

Kataryna le dedicó una mirada cargada de frialdad.

_ ¿Más que yo? _ preguntó desafiante.

_ Sí_ contestó Anastasia, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. _ sufro porque mi nieta ha muerto y sufro por ti que eres mi hija. Como madre, hubiera dado lo que fuera para que no tuvieras que vivir este momento. Una madre no debería tener que enterrar a un hijo y ciertamente, una abuela jamás debería vivir más que sus nietos. Si hubiese podido, hubiera intercambiado lugares con Olena. Yo ya he vivido, ella recién empezaba a hacerlo.

El corazón de Kataryna se estremeció, las lágrimas cayeron por su rostro de nuevo, no entendía porque tenía que pasar por tantas desgracias, no comprendía porque dios se había ensañado de aquella forma con ella.

_ Tu vida se ha visto salpicada de tantas tragedias y aún eres muy joven_ dijo su madre.

Kataryna trató de secarse las lágrimas con el dorso de su mano y se dirigió a la ventana. Una luz amortiguada entraba a través de ella, pero aun así le hizo daño en los ojos. Los entornó, vio que de nuevo empezaba a nevar y arrastrando los pies se dirigió de nuevo al lado de su madre.

_Desde el día en que naciste, supe que tu vida no sería sencilla. Se que tus hermanas te contaron algo del día en que viniste al mundo. Pero solo yo sé lo difícil que fue que nacieras. Sufrí muchísimo para darte a luz y cuando al fin lo hice, no respirabas. Pensé lo peor, pero desde el primer día has sido una luchadora y lo seguirás siendo porque es parte de tu naturaleza, nunca te dejarás amilanar.

Las palabras de Anastasia siempre habían dejado una marca indeleble en el alma de Kataryna y esta vez no sería la excepción.

_ La vida continua y tienes a otra niña por quien luchar, por quien vivir_ dijo.

Kataryna volvió el rostro en busca de los ojos de su madre.

_ Sé que en este momento te sientes mentalmente inestable, piensas que tu esposo es el culpable de la muerte de Olena, pero no es así. Nadie podría haber previsto esto. Sé que preferirías estar lejos de él, pero también está sufriendo, a su manera, pero está sufriendo.

Anastasia situó una paciente mano sobre el hombro de su hija.

_ Además, piensas que no podrás seguir adelante, pero lo harás, lo harás ahora y lo harás las veces que sea necesario porque eres fuerte. Sé que lo eres.

Por un momento Kataryna tuvo la mente en blanco, tal vez fuera por la desesperación o quizás su mente buscaba una manera de protegerse, de no perder la razón No sintió nada, cerró su corazón al dolor.

Lentamente los pensamientos regresaron a su mente cansada y mortificada, miró de nuevo a su madre quien esperaba angustiada a que su hija dijera algo.

_ Tienes razón mama_ dijo_ debo seguir, pero eso no hace las cosas más fáciles.

_ Vamos, tienes que comer algo_ dijo Anastasia_ no puedes seguir así.

Comer era lo último que quería, seguía con una considerable sensación de náusea, pero se sentía demasiado cansada emocional y físicamente para protestar.

VI

Enterraron a Olena junto a la tumba de su hermana mayor, quien había nacido muerta.

 Kataryna había llorado hasta el cansancio durante el entierro. Los padres de Igor temieron que la muchacha hubiera perdido el juicio.

No llevaba puesto el abrigo y el aire invernal zarandeaba su cuerpo como si de un pedazo de papel se tratara.

 Aquello pareció devolverla a la realidad. Sintió una fuerza invisible en su interior que la sacudía y de pronto se percató que el dolor estaba actuando como un estimulante, agudizando la capacidad de su mente para pensar con mayor claridad. Vio un repentino destello de luz al final del oscuro túnel en el que había estado su mente hasta ese momento. Debía continuar, debía hacerlo por la única hija que le quedaba.

CASA 110

El hospital ( continuación)

VI

La semana había transcurrido bastante tranquila en emergencia, Habían atendido hasta el momento, tres pacientes. Uno de ellos, un chico de diez años con una fractura de tibia acababa de salir de la sala de emergencias. Melinda no tenía mucho en que entretenerse durante su turno de amanecida por lo que decidió leer un libro. El doctor se retiró a la sala de descanso luego de atender al chico. Trataría de dormir un par de horas, Melinda le avisaría si había otra emergencia. El libro era bastante adictivo, la tenía despierta y en vilo hacía ya un par de horas, pero el cansancio la fue venciendo y fue muy difícil sostener la cabeza.  Pronto tuvo el mentón clavado en el pecho solo por unos segundos, hasta que una potente detonación resonó en medio de la noche alterándola. Abrió los ojos como platos y su corazón se aceleró de inmediato. Estaba casi segura de que aquel sonido había venido del segundo piso del hospital. Se quedó allí, alerta, esperando oír algo más, pero todo estaba en silencio, en ese momento pensó, que tal vez solo había sido el “Síndrome de la cabeza que explosiva”[1] y que se lo había imaginado al quedarse dormida. Trató de volver a leer, pero ya no recordaba en donde se había quedado.

Decidió salir a tomar algo de aire fresco, a pesar del frío que reinaba en el exterior, pensó que tal vez eso le despertaría el cansancio. Afuera, el viento helado pronto la hizo tiritar, su halito formaba una nube a su alrededor. Se frotó las manos y luego sopló su cálido aliento sobre ellas tratando de hacerlas entrar en calor. Olvidó ponerse el abrigo para salir y estaba sintiendo los efectos del gélido aire de los Andes.

Desde la puerta, tenía una vista privilegiada. Observó la calle rodeada de cipreses y de retamas que durante el día dejaba apreciar sus coloridas y vistosas flores amarillas. No se veía a nadie, todo estaba desierto, echó un vistazo a su reloj y vio que eran un poco más de las tres de la mañana. Aún le quedaban varias horas por delante para que terminara su turno. Levantó la vista al cielo, la temporada de lluvias había terminado y ahora el frío se había recrudecido. Observó impresionada el disco óseo de la luna, parecía partir por detrás de una nube, con bordes recubiertos de plata. El cielo estaba envuelto de estrellas, pero no reconoció ninguna de las constelaciones que formaban, tampoco era experta en ellas.

Otro poderoso estampido estentóreo la sobresaltó y la hizo voltear y dirigir su atención al segundo piso del hospital. Una luz iluminó una de las habitaciones, pero enseguida volvió a quedar a oscuras, sintió un incómodo escalofrío, como si algo la pusiera sobre aviso. Regresó al hospital, se paró en el umbral de la puerta de la sala de emergencias y observó el interior, no había nadie. Se dirigió por el pasillo principal a la sala de descanso donde el doctor dormía sin sobresaltos. Pensó en subir al segundo piso, tal vez alguna de las ventanas estaba abierta y el viento estaba batiéndola, pero vaciló y se detuvo. De pronto, oyó de nuevo aquellos incesantes murmullos, sintió que algo tiraba de ella, algo que la atraía al segundo piso. Su mente era una confusa mezcla de expectación y temor, pero no pudo evitar subir lentamente las escaleras, sujetándose de la barandilla con tanta fuerza que sintió que la sangre dejaba de circular por su mano.

Los murmullos se hacían cada vez más fuertes, pero entendía poco de lo que decían. Las punzadas de miedo recorrían su corazón, avanzaba nerviosa, la tensión había invadido las venas de la enfermera como si se llenaran de clavos. Cuando estuvo en la parte de arriba, cesaron los murmullos por completo y una oleada de tenso silencio se extendió por toda la estancia. Era un silencio inquietante, como si todo estuviera muerto en el lugar, como si se encontrara dentro de un mausoleo gigante. El pulso le martillaba en la sien y supo sin lugar a dudas que terminaría su turno con un terrible dolor de cabeza.

Observó el largo y oscuro pasillo, había olvidado encender las luces y trató de ajustar sus ojos a la oscuridad reinante. Observó que una fina neblina cubría el piso, no supo identificar de donde provenía. La niebla de aspecto lechoso se enroscaba entre sus piernas. Los murmullos volvieron, Melinda creyó que venían de la sala de pediatría, caminó despacio, algo tiraba de ella como una mano invisible. Sintió la neblina helada en torno a sus pies. El miedo hizo presa de ella, un miedo sofocante y cálido que le recorría el cuerpo. Apretó los labios para evitar que le temblaran.

 Se detuvo frente a la puerta de pediatría, tomó el pomo con una mano y el tirador con la otra, esta vez, se abrió al primer intento. Ingresó lentamente y cuando estuvo dentro, la puerta se cerró de un portazo. Ella dio un salto como si un resorte la impulsara. Una sensación de pánico le atenazó la garganta. Su respiración se había acelerado, su corazón latía con fuerza. Un viento frío le heló el cuello, giró sobre sus talones abriendo los ojos en pánico.

“Ayudaa”, oyó muy cerca de su oído, y volvió a girar aterrada. Buscó con desesperación en las tinieblas cada vez más pronunciadas. Observó con confusión y desesperación crecientes, una figura saliendo de entre la niebla. Contuvo la respiración al advertir que era el niño de sus sueños, su presencia incorpórea la perturbó, podía ver a través de él. Parecía un poco confuso y alterado.

“Ayúdame” volvió a repetir extendiendo sus encallecidas manos hacia Melinda, mientras sentía crecer en su estómago el miedo y el aturdimiento. La enorme herida en la cabeza del chico sangraba profusamente, astillas de hueso sobresalían de su negro cabello, mientras una sustancia viscosa y gris se pegaba a su mejilla. Todo pareció enlentecerse entonces. El chico llevó una mano a su cabeza y la introdujo en la herida. “Fue culpa de míster John” dijo moviendo la boca con mucha dificultad. El chico se acercó más a Melinda, quien sintió una especie de terror paralizante que le impedía moverse. Su corazón se había acelerado tanto que le dificultaba la respiración, sus pupilas estaban dilatadas, un sudor frío recorría su rostro pálido. El ser fantasmal se acercó tanto a Melinda que pudo olerlo, era una mezcla de grass, estiércol, tierra húmeda y sangre. Pasó a través de ella y desapareció, cuando Melinda pudo al fin emitir un grito desesperado.

El doctor que se encontraba aún durmiendo en el primer piso, se levantó de un salto y se le heló la sangre al oír aquel grito desgarrador. Se dirigió de prisa a las escaleras, trató de encender la luz, pero el interruptor no funcionaba. Subió las gradas a trompicones y cuando estuvo en lo alto, buscó las luces de emergencia y las encendió. Las brillantes luces lo cegaron por unos segundos, pero pronto sus ojos se adaptaron, caminó por el pasillo con inseguridad, vio la puerta de pediatría y se acercó a ella, la abrió con algo de temor, su corazón latía expectante. Encontró a Melinda arrodillada en el piso con el rostro hundido en sus manos. Se balanceaba sobre su cuerpo una y otra vez.

_ ¡Melinda! _ dijo el médico mientras intentaba sacarla del trance en que se encontraba.

La enfermera se sobresaltó y emitió otro grito al sentir las manos del doctor sobre su hombro.

_ Melinda soy el doctor Rosales_ dijo_ no te alteres.

_ ¿Doctor?

_ Sí soy yo_ dijo él medico totalmente consternado ante la escena que estaba presenciando.

Melinda se abrazó a él mientras lloraba de desesperación y terror. El doctor Rosales, jamás olvidaría la expresión de pánico que había visto en los ojos de la enfermera.

_ ¡¿Qué fue lo que paso?!_ preguntó el galeno.

_Creo que es verdad_ contestó ella con la voz entrecortada.

El doctor la miró sin comprender de qué hablaba.

_Creo que las historias que le contaron son verdad_ se explicó.

_ ¿Qué fue lo que viste? _ la interrogó mientras la ayudaba a ponerse de pie.

Melinda caminó con mucha dificultad sujeta por el doctor, sus piernas parecían de goma y amenazaba con ceder. Bajaron las escaleras, pero Melinda no había dicho aún una palabra. Rosales la ayudó a recostarse en una camilla de la sala de emergencias y le sirvió una taza de mate de anís. Melinda bebió de prisa, tenía la garganta y los labios secos, el corazón acelerado y el rostro sudoroso como si hubiese tomado parte en una carrera. El doctor la miraba aturdido, desconcertado y preocupado.

_ ¿Te encuentras mejor? _ preguntó poco después.

Melinda asintió sin mucha convicción.

_ ¿Qué fue lo que paso? _ volvió a preguntar el galeno.

Melinda emitió un suspiro profundo, sabía que lo que iba a decir parecería algo inverosímil en aquel momento bajo las luces de los fluorescentes de la sala de emergencia, ella misma comenzaba a pensar que lo que había visto probablemente era producto de su imaginación. De todas maneras, le contó al médico los terroríficos acontecimientos de esa noche. Melinda pudo ver en los ojos del hombre un brillo de escepticismo e incredulidad. Cuando terminó, se quedó en silencio, sopesando cada palabra que había salido de su boca, ella misma no podía creerlo, pero percibió en su mente, un insondable respeto por aquello que sobrepasa la comprensión humana.

_ Creo que te has sugestionado con todo lo que te conté_ sentenció el doctor luego de unos segundos.

_No estoy tan segura, pero de todas formas no hay explicación lógica para lo que vi, tal vez estaba cansada y con sueño.

Tal vez, su mente adormilada se desvió de la realidad, pensó.

_Sí, lo más probable es que estuvieras algo dormida. ¿Has tenido episodios de sonambulismo?

Melinda se echó a reír a pesar de que seguía aterrada.

_No que yo sepa doctor, pero la verdad no podría asegurarlo, no duermo acompañada_ dijo.

_ Quizás estas pasando por momentos tensos y eso desencadenó un episodio de sonambulismo, estuviste inmersa en una pesadilla que te pareció muy real.

Melinda lo meditó por un momento, probablemente esa era la explicación más lógica. Pareció relajarse un poco con esta explicación mucho más lógica que aceptar la existencia de fantasmas.

_Será mejor que vayas a casa a descansar_ dijo el médico.

_Falta poco para que termine el turno, preferiría quedarme_ dijo ella_ de todas maneras será difícil que duerma ahora.

El doctor asintió algo preocupado por ella.

_Estamos con escases de personal, no hay un psicólogo en el hospital, pero creo que sería conveniente que veas a uno_ aconsejó el doctor Rosales.

_Conozco a una, es una amiga que trabaja con las comunidades_ dijo Melinda recordando a Laura.

_Entonces sería bueno que hablaras con ella.

Melinda asintió.

_ Lo haré mañana por la tarde antes de regresar a la guardia_ dijo.

_Creo que sería conveniente que te quedaras en casa mañana.

_No me hace sentir mejor, vine a trabajar, no a quedarme en casa_ contestó.

_Está bien, dejemos que sea tu amiga quien decida qué es lo mejor.

Poco a poco, la luz del día fue imponiéndose sobre la tierra con lentitud, al igual que en la mente nublada de Melinda.

VII

La enfermera se sorprendió al ver que había dormido casi diez horas ininterrumpidas. No tuvo sobresaltos, ni recordó haber soñado. Se sentía algo más tranquila, pero las manos le temblaban levemente. Se dirigió a casa de Laura, luego de comer un sándwich. No faltaba mucho para que oscureciera.

Cuando la psicóloga la vio no pudo evitar pensar que algo raro estaba pasando con su amiga. Melinda siempre se había preocupado de su aspecto personal, le gustaba cuidar su hermosa cabellera, larga y negra, pero ahora la veía algo desgarbada, con el pelo despeinado y envuelto en una maraña. Su rostro estaba pálido y sus labios rojos habían desaparecido dando paso al color amarillo desvaído típico de un enfermo. Tenía dos grandes ojeras debajo de sus ojos y su rostro parecía haber envejecido de repente. Creyó que había perdido peso. Bajo la mortecina luz del atardecer su rostro parecía fantasmagórico. La refinada belleza de la mujer había desaparecido dando paso a una joven fatigada y casi cadavérica. Laura la miró con desconcierto y preocupación.

 _ ¿Estás bien? _ preguntó sabiendo que era una pregunta estúpida, claro que no estaba bien.

_ No mucho_ dijo la enfermera con una sonrisa bastante forzada.

_ ¿Quieres entrar a la casa para que hablemos?

_ Se que está empezando a hacer frío, pero necesito un cigarrillo_ dijo sacando uno del bolsillo de su abrigo.

_ No te preocupes, podemos quedarnos aquí afuera_ dijo Laura mientras se sentaba en las gradas de ingreso a la casa.

Melinda no la imitó, necesitaba quedarse parada mientras fumaba. Encendió el cigarrillo y le dio una profunda calada. Intentaba buscar valor para contarle todo a su amiga. Saboreó la tibieza del humo a medida que se introducía en sus pulmones. Retuvo el humo dentro por varios segundos, antes de exhalarlo. Laura notó que el cigarrillo temblaba levemente entre los dedos de Melinda.

_No sabía que fumabas_ dijo.

_Lo dejé cuando tenía veintitrés años, porque una tía muy querida había muerto de cáncer en los pulmones_ explicó.

Laura la miró con el ceño fruncido.

_ ¿Qué te hizo volver a fumar? _ preguntó algo confundida.

Melinda la observó con rostro sombrío.

_Necesito algo que me relaje, y esto es lo único que he conseguido.

_ ¿Qué está sucediendo? _ preguntó la psicóloga_ te noto extraña y nerviosa.

_ Volvió a suceder_ dijo vacilante_ anoche volví a ver al niño de mis sueños, solo que esta vez, estaba despierta, al menos eso creo_ agregó.

Laura la observó con atención, no entendía muy bien lo que ella estaba diciendo, pero pudo ver la oscuridad que había en sus ojos. Tenía la mirada insegura y errática. Melinda le narró los acontecimientos con voz trémula. Se detuvo varias veces, parecía que no podía hilar muy bien sus ideas.

_ El doctor Rosales me dijo que sería bueno que hablara con un psicólogo_ dijo con una sonrisa abatida luego de terminar de narrarle los hechos. _ Tu eres la única psicóloga por aquí, además, sigues siendo mi amiga, al menos eso creo_ agregó tirando la colilla del cigarrillo antes de que le quemara los dedos.

_Claro que soy tu amiga_ se apresuró a decir Laura poniéndose de pie y acercándose a Melinda. Le frotó la espalda esperando que ese gesto la ayudara a relajarse.

_Espero que no sigas resentida conmigo por lo de Alejandro_ dijo Melinda con una sonrisa algo triste y avergonzada.

_Creo que no es momento para hablar de Alejandro_ contestó Laura

_No quería incomodarte. Cuando dijiste que no había nada entre ustedes, pensé que así era_ se excusó la enfermera_ Pero cuando los vi interactuar, me di cuenta de que entre ustedes hay algo muy fuerte.

_Olvídate de eso, entremos a la casa y hablemos de lo que te está sucediendo_ dijo Laura.

Melinda asintió y caminó hasta la sala, seguida muy de cerca por Laura.

VIII

Laura Brown subió al Toyota celeste y le dedicó una leve sonrisa al conductor. De inmediato, él se percató de que algo la preocupaba, pero no quiso presionarla. Hicieron el camino al trabajo en silencio, Laura se encontraba sumida en sus pensamientos mientras observaba con ojos afligidos a través de la ventana del automóvil.

_Laura, ¿te encuentras bien? _ preguntó Alejandro.

La psicóloga despertó de su ensimismamiento y le dedicó una sonrisa lánguida.

_Lo siento, estoy bien, pero estoy preocupada por Melinda.

_ ¿Qué sucede con ella? _ preguntó el abogado frunciendo el ceño y observando por un par de segundos a Laura.

Laura le explicó a grandes rasgos lo que sucedía con Melinda. Alejandro le dedicó una mirada escéptica.

_ Lo sé, lo sé, es difícil de creer, pero algo grave sucede, y no tengo idea de cómo ayudarla_ dijo levantando las manos en señal defensiva.

_ ¿Quieres que hable con ella? _ preguntó.

_ No sé, tal vez no es buena idea que ella sepa que te he comentado esto. Técnicamente, estoy violando los principios éticos al contártelo.

Alejandro asintió.

_Tienes razón, no quiero meterte en problemas.

Ella le sonrió con los ojos brillantes.

_Agradezco que me hayas escuchado, ella es mi amiga, y se hace difícil tratarla como si fuera un paciente más. Además, nunca ejercí la psicología como terapia. He trabajado siempre en el sector social.

_No te preocupes, pienso que está estresada y se ha sugestionado con las historias que le contaron sobre el hospital.

_Estoy de acuerdo, solo espero que pronto se recupere y vuelva a ser ella misma_ dijo Laura, pero su voz no sonó muy convencida.

IX


[1] Trastorno del sueño raro en la que el paciente siente ocasionalmente un sonido muy fuerte que describen como un estallido.

CASA 110

El Hospital ( tercera parte)

IV

Fue Laura quien la asistió, la encontró sentada con los ojos vacíos e inexpresivos, sus manos temblaban ligeramente.

_ ¿Melinda? _ dijo con voz suave.

La enfermera levantó la mirada y se encontró con los ojos de Laura que la miraba con desconcierto.

_No entiendo que le ven de divertido a todo esto_ dijo Melinda_ lindo recibimiento que tenían para mí.

_Será mejor que duermas hoy en casa, te ves cansada_ dijo Laura mientras apoyaba una mano sobre el hombro de su amiga.

_Lo estoy, tengo que regresar a la guardia esta noche.

_Gladys y Celia están afuera, ellas arreglaran tu casa mientras tú duermes en la mía. Yo tengo que regresar al trabajo. Tendrás toda la casa para ti sola_ dijo Laura mientras intentaba esbozar una sonrisa confiada.

_ Gracias, de verdad_ dijo Melinda y se dirigió a casa de Laura seguida de cerca por la psicóloga.

No tardó en quedarse dormida una vez que Laura la dejara sola. Cuando despertó se sentía mejor físicamente, pero en su mente se arremolinaban pensamientos agitados e inquietantes.

Regresó a su casa a las seis de la tarde. Las hermanas habían limpiado y ordenado la casa.

_ Gracias, no sé que haría sin ustedes_ dijo Melinda con una sonrisa agradecida.

_ No es nada señorita_ dijo Gladys.

_ ¿Cree que esto fue hecho por algunos chicos? _ preguntó Celia.

_ ¿Quién más pudo hacerlo? _ preguntó Melinda mientras observaba a las hermanas acomodar las escobas en la lavandería.

Las hermanas se miraron por unos segundos de una forma que a Melinda le pareció extraña.

_Por que no me dicen que es lo que piensan que pasó aquí.

Las hermanas volvieron a mirarse como si estuvieran decidiendo si hablar o callar.

Melinda puso sus brazos en jarra y posó sus inquisitivos ojos primero en Gladys, que era una mujer de estatura alta y delgada, luego observó a Celia que a diferencia de su hermana era más bien baja y de cuerpo triangular, con la parte inferior más ancha que la superior.

_ Vamos, estoy esperando, si saben algo quiero que me lo digan.

Celia se acercó a Melinda que esperaba de pie en el comedor, seguida de su hermana Gladys.

_ No es que sepamos algo_ dijo Gladys.

_En realidad es una tontería, son sandeces que habla la gente_ dijo Celia.

_Quiero oír esas sandeces_ dijo Melinda y obligó a las hermanas a que se sentaran con ella en la sala.

Las hermanas volvieron a mirarse por unos segundos, luego desviaron la mirada, una a sus manos y la otra a sus pies, como si fueran dos chiquillas a las que se les ha descubierto haciendo algo indebido.

 Celia y Gladys, trabajaron por muchos años en el Chulec, ofreciendo sus servicios de limpieza y jardinería a los residentes, hasta que la crisis del complejo metalúrgico las obligó a probar suerte en Lima. Por algún tiempo, estuvieron trabajando en la capital en lo que mejor podían. No les gustaba mucho Lima, era una ciudad muy grande, cara y ajetreada. Cuando apenas pudieron, regresaron a La Oroya. Fue Gladys quien se animó a hablar primero.

_Empezamos a trabajar aquí hace unos treinta o treinta y cinco años atrás, ya no recuerdo muy bien_ dijo_ en esta casa vivía una familia. El ingeniero, su esposa y sus dos hijos, una niña y un niño.

Melinda la observaba con atención, algo en el rostro de la mujer, no sabía si sus labios cuarteados por el frío o sus ojos cansados la hacían verse mucho mayor de lo que realmente era.

_La señora decía que la casa estaba embrujada_ dijo Celia.

Las hermanas se miraron de nuevo y luego suspiraron. Melinda pensó que se sentían incómodas dándole aquella inverosímil información.

_ ¿En verdad creen eso? _ preguntó la enfermera con una sonrisa algo escéptica.

_ Nunca lo vimos, no podemos decir que sea cierto o no, pero hasta ahora conservamos la costumbre de la ceremonia de lavado de ropa de nuestros difuntos, al igual que la preparación de alimentos en su honor. Se tiene la creencia de que, si no se realizan ambas cosas, el alma del muerto no podrá realizar el largo viaje al más allá y puede quedar vagando en la tierra_ explicó Celia.

Melinda se quedó pensando, pero por más explicaciones que le dieran, eran solo creencias, costumbres arraigadas que no tenían sentido, se dijo a sí misma.

_Todo eso solo son costumbres_ dijo, pero su voz no sonaba muy convencida de sus propias palabras.

_Tal vez_ dijo Gladys_ la verdad no nos consta, nunca vimos nada en esta casa, más que el desorden, igual a lo que usted encontró esta mañana.

_Entonces, ¿no es la primera vez que ven esto? _ preguntó la enfermera frunciendo el ceño.

_ No_ contestó Celia.

Observó a su hermana, antes de continuar hablando, como esperando que ella lo aprobara.

_Tres veces arreglamos la casa, la encontramos de la misma forma que ahora, la señora dijo que los espíritus lo hicieron. Ella lo tomaba bastante bien, decía que los espíritus habitaban esta casa, que, en días normales, veía a fantasmas pasease por la casa. Pero a veces se enojaban y tiraban todo lo que encontraban a su paso.

Melinda suspiró, en circunstancias normales no hubiera prestado atención a las historias de las hermanas, pero lo que había experimentado no era para nada normal, pensó.

_ ¿Cómo eran los espíritus que veía? ¿Se los comentó alguna vez? _ preguntó.

Gladys asintió.

_Dijo que un de ellos era el de una mujer joven, esbelta y elegante, rubia de largos cabellos. Dijo que se paseaba por la casa vestida con un camisón blanco largo que cubría sus tobillos.

_ El otro era el de un hombre de unos cuarenta años, pensaba que ambos eras extranjeros por sus aspectos_ explicó Celia.

Melinda no supo por qué, pero tembló levemente y luego se estremeció, como si una corriente fría la hubiera envuelto de repente.

_ Estos dos se dejaban ver todos los días_ dijo Gladys_ pero a veces aparecía otro, un jovencito de unos catorce o quince años, pero él era diferente, dijo que tenía aspecto serrano. Esas fueron sus palabras.

Melinda se sobresaltó, sintió un leve golpe en el corazón, aquella parecía la descripción del niño de su sueño. Sacudió la cabeza, lo cual llamó la atención de las hermanas. No tenía sentido, solo debía ser una coincidencia.

_ Señorita no queremos preocuparla_ dijo Celia_ solo son historias, nunca vimos nada entre estas paredes_ se apresuró a decir al ver el rostro pálido de Melinda.

_ ¿Dónde está esa mujer ahora, la que vivía en esta casa? _ preguntó la enfermera mientras se retorcía las manos inquieta.

_Hace veinte años que se fue, se cansó de vivir en esta casa, muchas veces llamaba a su esposo al trabajo diciéndole que todo estaba revuelto, que los espíritus habían tirado todo lo que había a su alrededor.

_ ¿Ha vuelto a vivir alguien aquí, después de que ella se fue?

_ No, nadie_ contestó Gladys_ estuvo vacía por un tiempo, luego se vino la crisis y la gente se fue, usted es la primera que vive aquí desde hace mucho tiempo.

Melinda asintió, pensó que lo más sensato sería irse a descansar antes de que tuviera que regresar a trabajar y olvidar aquella locura. Recordó que la teoría más simple tiene más probabilidades de ser la correcta. Así que despidió a las hermanas y fue a tomarse un largo baño de agua caliente en la tina.

V

Alejandro salió de la oficina y cuando estuvo a punto de subir a su carro, observó a Laura del otro lado de la vereda corriendo detrás de la combi que iba a Paccha. Pero el chofer no la vio y siguió su marcha dejando a la psicóloga molesta y consternada. Alejandro sonrió y la llamó un par de veces antes de que ella se percatara de su presencia. Cuando lo vio, su rostro se transformó por completo, Alejandro pensó que sus ojos brillaban y que su sonrisa era clara y genuina. Sacudió la cabeza, pensó que se imaginaba cosas.

_ Laura no quiere nada conmigo_ dijo en voz baja casi en un murmullo y su corazón se entristeció.

Levantó la mano y le hizo gestos para que se acercara. Laura cruzó la calle apresurada.

_Gracias, siempre estás sacándome de apuros_ dijo ella mientras abría la puerta y se introducía de inmediato dentro del Corolla.

Alejandro hizo lo mismo y puso el vehículo en marcha y se incorporó al tráfico.

_Somos vecinos ¿no es así? _ preguntó el abogado.

Laura levantó ambas cejas y lo miró de reojo con una media sonrisa.

_Eso era lo que pensaba_ respondió y se echó a reír.

_Trabajamos en el mismo edificio_ continuó él.

_Sí_ respondió intentado adivinar a dónde quería llegar el abogado.

_Tenemos el mismo horario de trabajo.

_Técnicamente_ respondió ella cada vez más intrigada.

_Entonces no entiendo que tiene de malo que hagamos el trayecto juntos.

Laura inspiró profundamente pero no respondió.

_No entiendo porque te niegas a venir al trabajo conmigo_ dijo Alejandro con aire ofendido.

_No quiero molestarte, he pensado en comprarme un carro_ contestó ella.

_No te he pedido que compres un carro, puedo traerte al trabajo todos los días, hago ese recorrido de todas maneras.

_No quiero molestarte_ volvió a repetir ella_ te agradezco que me saques de apuros de vez en cuando, pero no quiero que te sientas en la obligación de hacer de chofer.

_ No es ninguna obligación, me gusta pasar tiempo contigo, y creo que a ti también.

_ Me gusta_ admitió ella_ pero no quiero abusar o terminaras aburriéndote de mí.

_Lo dudo_ dijo él muy serio y la observó por unos segundos.

Laura se puso nerviosa, tragó saliva, no sabía cómo actuar cuando él la miraba de aquella forma. Alejandro sopesó las cosas por unos segundos antes de volver a hablar.

_Somos amigos ¿no es así?

_ Claro_ dijo ella.

_Entonces, ¿contestarías con sinceridad?

_ ¿Qué quieres saber? _ preguntó ella algo inquieta.

_ ¿No quieres que te vean mucho conmigo porque hay alguien que te interesa? _ preguntó y retuvo el aire en los pulmones mientras esperaba a que ella respondiera.

Laura se echó a reír, su risa parecía una cascada y eso relajó a Alejandro.

_No, no hay nadie, no es por eso_ contestó ella.

_ Entonces ¿De qué se trata? _ preguntó.

Laura sabía perfectamente de que se trataba, pero no pensaba decírselo.

_No quería molestarte eso es todo, tal vez a mi no me interese nadie, pero no quiero que piensen que estamos juntos.

A Alejandro no le gustó mucho aquella respuesta. Sus ojos se oscurecieron y a Laura le pareció que se ponía algo triste.

_No es por mí_ se apresuró ella en aclarar_ no quiero que malinterpreten nuestra amistad, puede perjudicarte en tu vida privada.

_ ¿Qué es lo que tratas de decir? _ preguntó Alejandro y su voz sonó algo amarga.

_Si alguien te interesara, no te ayudaría en nada que te vieran mucho conmigo_ se explicó.

_ No me interesa nadie_ contestó.

Laura se sintió aliviada, por un lado, pero por otro, sintió desilusión porque acababa de decirle indirectamente que ella no le interesaba como mujer.

_ Mira Laura, no le des más vueltas al asunto, yo me sentiría feliz de poder llevarte al trabajo y a traerte a casa_ dijo mientras se estacionaba frente a la vivienda de Laura.

_ Bueno si en verdad no te molesto, me encantaría, me sacarías un problema de encima. Pero sabes que muchas veces me paso de la hora de salida, en especial cuando voy a las comunidades y no quiero crearte problemas.

_ Para eso está el teléfono, si vas a demorarte, me llamas y yo te espero o regreso a recogerte.

_ Ni pensarlo_ dijo Laura sacudiendo la cabaza de un lado a otro_ no pienso hacer eso.

_ ¿Por qué no? _ preguntó Alejandro con desconcierto.

_ Cómo se te ocurre que te haría esperar o regresar por mí_ dijo ella.

_Lo dices como si fuera algo malo.

_Te lo agradezco, de verdad, pero no puedo pedirte eso. Acepto de muy buen agrado que me lleves al trabajo y que me regreses a casa cuando coincidamos en el horario, pero no puedo dejar que me esperes como si fueras mi chofer_ dijo enfática.

Alejandro emitió un gran suspiro de frustración, pero decidió que era mejor no seguir insistiendo, al menos tenía la posibilidad de llevarla al trabajo ahora.

_ Está bien como gustes_ dijo.

_Gracias Alejandro, de veras_ dijo Laura con una sonrisa y le dio un beso en la mejilla antes de bajar.

Historias Entrelazadas (Kataryna)

República Socialista Ucraniana, invierno de 1924.

I

Kataryna se levantó de la cama tan rápido como le permitieron sus piernas y corrió al cuarto de aseo. Las náuseas que la habían atormentado durante toda la semana se habían acrecentado. Vomitó violentamente en la palangana de peltre, salpicando incluso el aguamanil, y a continuación retrocedió dando tumbos acuciada todavía por fuertes arcadas.

Observó asqueada todo el desorden que había causado y esto le provocó más arcadas.

Volteó el rostro y se limpió los labios con una toalla.

 Las náuseas volvieron a adueñarse de ella, tomó la palangana, la colocó en piso y se arrodilló delante de ella.

Volvió a vomitar, pero ya no quedaba otra cosa en su estómago más que bilis.

 Tuvo que salir al patio trasero en busca de agua ya que el aguamanil presentaba pequeños trozos de lo que había sido su cena a medio digerir. Poco después, se enjuagó la boca y regresó a la habitación.

 Sintió un fuerte mareo y tuvo que sujetarse del marco de la puerta para no caerse. Se le nubló la visión por unos instantes. Respiró profundamente un par de veces para recuperarse. Lentamente, volvió a recobrar la visión y el mareo fue cediendo.

Caminó despacio hasta su cama y se sentó en ella. Las inhalaciones y exhalaciones profundas la ayudaron a regresar a la normalidad.

Se hallaba segura ahora, estaba embarazada de nuevo.

Una placentera sensación le recorrió el cuerpo y se alojó en su pecho. Se sintió gratamente sorprendida, aunque sabía que tarde o temprano podía volver a ocurrir, pero a la vez una sensación de turbación pugnaba por sobrecogerla. A pesar de ello no pudo evitar que una suave sonrisa adornara su rostro.

Pero la sonrisa se le desdibujó inmediatamente, todos los recuerdos de su primer embarazo la sacudieron como una tormenta de verano. Los dolores, la indiferencia de Igor cuando más lo necesitó, la difícil caminata hasta la casa de sus suegros, el nacimiento prematuro de su bebé y la terrible desazón que sintió al enterarse de que la niña había nacido muerta. El pánico se apoderó de ella rápidamente. El miedo de la muchacha parecía algo físico, espeso y asfixiante.

 ¿Y si volvía a perder al bebé?

Sacudió la cabeza fuertemente tratando de eliminar los malos pensamientos. No tenía por qué volver a suceder. Pero no podía evitar sentirse apesadumbrada, y confundida. Con el rostro terriblemente desencajado, incapaz de mantenerse en pie, se volvió a sentar en la cama y a continuación se hundió en ella con un pesado suspiro.

Los largos y gélidos tentáculos del temor y la duda parecieron perforarle justo debajo del pecho.

II

Kataryna vivía en una casa amplia, de moderna construcción comparada a las de sus vecinos y amigos. Ubicada en una pequeña loma cubierta de pastizales. La casa contrastaba completamente a la vivienda en donde había nacido y crecido. El patio era de buen tamaño y detrás de él se extendía un bosquecillo de abetos, un pequeño arroyo lo bordeaba.

En el patio trasero delante de los establos, tenía un huerto que cuidaba con esmero. Tenía toda clase de verduras de estación: coles, zanahorias, remolachas, papas, cebollas, tomates y pepinos.

Le gustaba recorrer el bosquecillo en busca de setas en los veranos húmedos, entre los árboles de troncos más viejos y la hierba más larga.

Preparaba los vegetales encurtidos en botellas de vidrios y los acumulaba en una gran despensa de puertas de madera altas y anchas en el fondo de la cocina. La técnica se la había enseñado su madre, una forma muy eficiente de guardar alimentos para el invierno, o en época de escases, como había ocurrido durante la gran guerra.

Kataryna era solo una niña cuando la hambruna tocó las puertas de los ucranianos durante los terribles años de la gran guerra, cuando su padre tuvo que servir en el ejército mientras su madre y las niñas se quedaron solas en casa.

Anastasia tuvo que trabajar en una fábrica de uniformes para el ejército para poder sacar a sus hijas adelante. Durante aquellos años se alimentaron casi exclusivamente de los vegetales encurtidos y la carne seca que la familia había almacenado.

“Todo lo que sobre, ahora, servirá para mañana”, era el lema de su madre y no se cansaba de repetirlo una y otra vez. Aquellas palabras habían calado hondo en la joven y desde luego, seguía los consejos de su madre al pie de la letra.

 Si bien no le faltaba nada, ya que las tierras que Igor había recibido de sus padres producían buenos ingresos, sabía que la vida daba muchas vueltas y un día se podía estar arriba y al siguiente abajo.

Ocurrido muchas veces en Ucrania y desde luego, no había que descartar la posibilidad de que ocurriese de nuevo.

Los meses se sucedieron uno tras otros, y Kataryna se sentía cada vez más nerviosa, ansiosa y preocupada. Alguna vez había llegado a acunar esperanzas de que aquella invariable frialdad en la conducta de su esposo podría llegar a transformarse en algo parecido al cariño y el respeto.  Sin embargo, aquella leve esperanza había desaparecido por completo.

Igor seguía alejado y cada vez más abstraído, bebía sin descanso y casi no se dirigían la palabra a no ser que se vieran obligados a que hacerlo. Cuando llegaba a la casa con el dinero de la venta de los granos o de los animales, separaba un monto para la única actividad que al parecer le causaba placer, la bebida y el resto se lo entregaba íntegramente a su Kataryna, por lo que ella daba gracias al cielo, ya que le permitía ahorrar. Guardaba el dinero en un lugar secreto, debajo de un tronco viejo e inclinado cerca a la orilla del arroyuelo en el bosquecillo detrás de su casa.

Se preguntó muchas veces que motivaba a Igor a que dejase su dinero en manos de Kataryna ya que no era costumbre que los hombres delegaran el trabajo de administración a sus esposas. Pero nunca se animó a preguntárselo, no quería que se molestara y cambiara de opinión.

Debido al embarazo y las preocupaciones, dormía poco, sus pensamientos siempre la llevaban inexorablemente a la terrible noche en donde su ya desagradable vida se convirtió en una terrible tragedia. Era algo de lo que no podía hablar con su esposo, ni con su madre. Kataryna siempre se mostraba reservada con su familia y las pocas amistades a las que frecuentaba.

La noche anterior, como tantas otras, Igor llegó a la casa en un estado lamentable, se tambaleaba de un lado a otro y profería una sarta de palabras ininteligibles. Kataryna le ofreció un plato de comida, pero Igor lo rechazó con vehemencia, moviendo la cabeza de un lado a otro haciendo que su desordenado cabello se sacudiera como si se tratara de un trapeador aseando el piso. Pese a ello, tomó a su esposa de uno de sus brazos y la arrastró hasta la habitación pretendiendo que ella se acostara en la cama.

 Kataryna, quien llevaba ya 8 meses de gestación sintió que la indignación y la rabia la quemaban por dentro, anidando en su estómago y en su pecho. Sintió que la mejilla le ardía y que su corazón latía no de temor, sino esta vez, de una cólera sofocante y electrizante que le circulaba por todo el cuerpo. No podía seguir de la misma forma, no podía dejar que Igor siguiera asaltándola en forma violenta, no, no se dejaría intimidar. Miró a Igor a los ojos levantando la barbilla en una actitud claramente desafiante, e hizo caso omiso de lo que le exigía.

_ ¡Te dije que te acostaras en la cama! _ le espetó.

Kataryna frunció el ceño y negó con la cabeza mientras apretaba los labios. Aquella negativa pareció despejar la alcoholizada mente de Igor, quien perdió los papeles y de un empujón la tendió de espaldas en la cama. Pronto, Karatyna tenía a su esposo encima intentando obligarla a separar las piernas, empeñado en lo que quería alcanzar.

La joven le dedicó a su esposo una expresión de consternación que no requería de traducción, la furia acumulada durante tanto tiempo resbalo sobre Igor como una terrible tormenta. La joven emitió un grito turbulento y alborotado, mientras lo golpeaba con los puños.

El primer golpe le cayó justo en la nariz. Igor prorrumpió un grito mezcla de dolor y sorpresa. Antes de que pudiera reaccionar el segundo golpe cayó en la nuez de Adam haciendo que dejara de respirar por un segundo. Trató de articular algo, pero solo pudo emitir unos balbuceos ahogados. Kataryna le lanzó esta vez un manotazo en la mejilla izquierda mientras seguía profiriendo gritos perturbadores y desesperados.

 Igor se detuvo, se incorporó y Kataryna pudo percibir en su rostro un indiscutible asombro.

 El rostro ceñudo de Kataryna había enrojecido hasta el nacimiento de su fino cabello. Una furia amarga la inundaba.

_ ¡¿Qué diablos te pasa?! _ preguntó Igor con la voz pastosa aún bajo los efectos del alcohol y los golpes que había recibido.

_ ¡No te atrevas a tocarme!_ gritó la joven en tono frío y brusco_ mi embarazo está muy avanzado y puedes lastimar al bebé! _ gritó ella con gesto despectivo, apartándose con ímpetu de su esposo todo lo que le fue posible.

Igor la tomó del brazo con fuerza, Kataryna sintió sus uñas clavándosele en la piel, como si fueran las garras de un ave de rapiña. Pugnó unos segundos y se soltó de su agarre con un movimiento brusco, quedando plantada delante de él con otra mirada mucho más desafiante que la primera.

 Igor la miró con expresión insólita. Farfulló protestas como un poseso, pero Kataryna no pudo entender nada de lo que decía. No se dejó intimidar. Habló con vehemencia, con las manos extendidas.

_ ¡No voy a dejar que me toques hasta que el bebé haya nacido! _ dijo resuelta_ ¡y si te importo algo y si te importa algo este bebé vas a respetar mi decisión!

Igor pareció serenarse un poco. Se pasó la mano por el pelo, parecía avergonzado y bastante aturdido, no pudo mirar a su esposa a los ojos.

La joven tenía la respiración acelerada, y los ojos inyectados en rabia.

 Igor se encogió de hombros y levantó las manos en señal de rendición.

 Kataryna lo miró con frialdad, o tal vez fuera furia, Igor no supo distinguir.

 Con grandes zancadas, bueno tan grandes como un embarazo de ocho meses le permitía, Kataryna se dirigió a la cocina buscando alejarse de Igor y a la vez tratando de tranquilizarse. No le haría nada bien al bebé que ella siguiera nerviosa.

 Igor se quedó en la habitación confundido y turbado. Se sentía conmocionado por la nueva actitud de su esposa. Se pasó la mano por el pelo un par de veces mientras trataba de comprender lo que acababa de pasar.

¿Desde cuándo ella gritaba de esa forma? Siempre había utilizado una voz suave y baja cuando se dirigía a él, en especial desde su noche de bodas. Había notado este cambio de inmediato. Si bien, Kataryna nunca le levantó la voz, siempre se había mostrado muy segura de sí misma. Pero se produjo un cambio en ella la noche de bodas después de que mantuvieran relaciones sexuales por primera vez. Igor se pavoneó de aquello, se dijo a si mismo que ese era el efecto que un hombre causaba en una chiquilla inexperta como ella. Pero esto, esto era nuevo, jamás se imaginó siquiera que ella pudiera retarlo como lo había hecho.

Se sentó en la cama confundido, se restregó la barba de dos días y se mesó los cabellos con ambas manos.

 ¿Y si decidía dejarlo? ¿Y si decidía irse? Sacudió la cabeza.

No, no, no, jamás se iría, jamás lo dejaría porque ¿a dónde demonios iría? ¿con su familia? Sus padres se avergonzarían de ella si regresaba a casa. Además, él jamás dejaría que se llevara al niño que lleva en su vientre, después de todo era hijo suyo.

 Sus pensamientos se volvieron cada vez más sombríos. Si bien pensaba que Kataryna se había vuelto loca por desafiarlo de esa forma, una leve brisa de arrepentimiento le atenazó las entrañas. Una oleada de aprehensión recorrió su columna de arriba abajo.

_ ¡No! _ dijo con vehemencia_ no se atreverá a dejarme nunca.

III

Los hijos son el reflejo de sus padres, dice un dicho y si bien no en todas las ocasiones se cumple este apotegma en el caso de Igor Gorodetsky se cumple y excede las expectativas. Aprendió de su padre, quien encontraba en su hijo una audiencia inagotable, la manipulación y el mangoneo. Ejercido por el hombre sobre su madre, quien siempre se mostró sumisa y obediente. Desde luego, en aquella retorcida mente, tenía la ferviente convicción de que aquel era el papel que todas las mujeres debían cumplir frente a sus esposos. Complacerlos en todo, respetarlos y por sobre todas las cosas obedecerlos.

El viejo Josef Gorodetsky era un hombre corpulento, con la cabeza estrecha (en armonía con su mente) y unos ojos verdes pálido. Mantuvo a su esposa bella y silenciosa, pero a la vez sufrida y maltratada, en una sumisión de dolor y miedo durante décadas.

_Las mujeres deben obedecer a sus esposos, al fin y al cabo, son de su propiedad una vez que abandonan la casa de sus padres. Eso sí, debes enseñarles a respetarte, pero jamás la golpees. Las mujeres son delicadas como pétalos de girasol. Flores que alegrarán tus días en la cama_ sentenció para luego emitir una carcajada estruendosa mientras se apoyaba en el quicio de una puerta para evitar caer al suelo.

Como tantas veces se pasaba de copas y en esos momentos lo primero que hacía era irse de bocas.

Igor oía con atención cada detalle, cada palabra y lo guardaba profundamente dentro de él como cimentando las bases de la desastrosa y retorcida construcción en la que se convertiría su vida. Josef era un padre autoritario, distante la mayoría de las veces y sobre todo exigente. Era un hombre muy difícil de complacer. A veces particularmente cruel y despiadado. Nunca le había golpeado, pero sus palabras podían herir mucho más que sus porrazos. Sentía el mismo miedo que su madre y a veces hasta lo odiaba un poco, pero también lo amaba.

Pero Igor percibía una cierta predilección de su padre por su hermano Borys, lo que le causaba una desagradable sensación de inquietud, que en realidad eran celos y envidia muy mal disimulados.

Borys era mayor, alto, fuerte y apuesto, más inteligente, honesto y de buen carácter. El viejo Gorodetsky sentía cierta debilidad por él a pesar de que el joven no comulgaba con muchas de las ideas de su padre.

Igor se preguntaba a que se debía aquella predilección y buscaba secretamente la clave para lograr la aprobación y el afecto de su padre.

Josef era conocido en Kiev por ser uno de los terratenientes más importantes y prósperos, pero a la vez por ser ambicioso, manipulador y voraz. Utilizaba todos los recursos de los que disponía para conseguir lo que se proponía.

Se había apropiado por medios poco legítimos de las tierras aledañas a las suyas justo al principio de la gran guerra. Mientras la mayoría se encontraban preocupados por lo golpeada que se encontraba la economía y los hijos que habían perdido durante los enfrentamientos. Gorodetsky planeaba meticulosamente como apropiarse de todo lo que podía echar mano.

Una mañana de mediados de setiembre, la última de las nevadas se había transformado en una lluvia torrencial propiciando de inmediato la formación de inmensos lodazales que entorpecían el desplazamiento.

Los campesinos tenían por tradición enfrentar a los jóvenes en una pelea cuerpo a cuerpo en donde probaban su fuerza y valentía. Si ganaban, eran considerados como adultos, pero si perdían eran el hazmerreír de toda la comunidad.

Aquella mañana lodosa de setiembre Gorodetsky presentó a su hijo Igor de trece años como oponente de un joven mucho mayor y por lo tanto mucho más alto y corpulento. Igor se sentía nervioso y asustado, nunca había tomado parte en una pelea y su intranquilo corazón se preguntaba que pretendía su padre con todo aquello.

Llegaron con dificultad hasta el establo en donde habían acondicionado un ring para la pelea. La carreta en la que viajaban se quedó atracada en el barro un par de veces. El corazón de Igor latía desbocado, su cara iba cubierta de sudor y no tardó en ponerse roja.

Pronto su contrincante subió al improvisado ring. Los ojos de Igor se abrieron de par en par al ver al joven de poco más de dieciséis años que le llevaba al menos veinte centímetros. Observó sus brazos, los músculos amenazaban con romper la tela de su camisa. Sintió pánico, sin poder evitarlo miró nerviosamente hacia atrás por encima del hombro a su padre. Este solo le hizo un gesto con la cabeza indicándole que prosiguiera y se enfrentara a su destino, el cual era una mole con veinte kilos más que él.

Los espectadores que se habían congregado para presenciar la pelea rodearon el ring con las miradas sedientas de acción y violencia. Todos los ojos estaban fijos en Igor. Sabían que era una prueba a la que Gorodetsky sometía a su hijo. No había forma de que el muchacho ganara aquella pelea y sin embargo allí estaba, en el ring, enfrentando a aquel mastodonte. Había que reconocer que el chico tenía agallas, otro en su lugar ya estaría corriendo de regreso a casa.

De repente, se oyó el tañer claro de una campana y a continuación Igor sintió que unos brazos fuertes y áridos lo rodeaban. Emitió un sonido desarticulado, áspero como un chillido. El mastodonte lo hizo girar sobre sus talones y a continuación le asestó un golpe contundente a la altura del riñón derecho. Igor cayó de bruces pesadamente sobre la lona mientras oía los gritos enajenados de los espectadores. Su nariz chocó de lleno contra el piso y pudo percibir claramente el sonido sordo de los huesos al romperse.

La muchedumbre gritaba enardecida mientras contaban a voz en cuello.

_ ¡Odna, dvi, try…[1]!

Igor trató de incorporarse, pero el dolor en la espalda era terriblemente paralizante.

_ ¡Chotyry, p’’yqat’, shist’…[2]!

El dolor lo envolvía por completo, tuvo que dejar de respirar por unos segundos ya que cada inspiración era un terrible suplició.

_ ¡Sim, visim, dev’yat’, …[3]!

Sus ojos se llenaron de lágrimas de dolor, indignación y vergüenza.

_ ¡Desyat’[4]! _ gritó la muchedumbre.

Declararon ganador a la mole mientras Igor seguía tirado en el frío suelo y el dolor lo cercenada en fuertes oleadas.

La muchedumbre se alejó en poco tiempo mientras Igor trataba de volver a respirar con normalidad. El dolor había remitido un poco y se había convertido en roncos latidos en la parte baja de la espalda.

Cuando todos se alejaron se incorporó con mucho esfuerzo apoyando las manos en el suelo y utilizándolas para levantarse. Las lágrimas recorrían por su rostro, al igual que la sangre que le salía a borbotones de la nariz y le manchaba la camisa, mientras soltaba un terrible rugido de dolor y rabia frustrada.

Levantó la mirada mientras se llevaba a la frente una mano, que le temblaba pesadamente. Se encontró con la mirada de su padre, que se mostró consternado al principio, pero de inmediato se puso furioso. Sin dirigirle si quiera la palabra, lo sacó fuera del establo a rastras a pesar de las quejas de Igor. Lo dejó sentado en medio del lodazal con la peor mirada de reproche que Igor le haya visto jamás.

El jovencito se levantó despacio, el suelo estaba muy resbaladizo. Sintió que todo le daba vueltas como si estuviera metido en un carrusel, con los pies hundidos en el barro hasta las pantorrillas.

_ Me das vergüenza _ dijo al fin su padre, su voz sonaba firme pero tranquila.

Igor sabía a la perfección que aquello no seguiría así por mucho tiempo. Tenía muy claro que debería desaparecer lo antes posible, pero le era muy difícil mantenerse en pie en aquel momento.

_ Me das asco _ dijo levantando un poco más la voz, pero aún seguía bastante tranquilo.

El mareo había remitido y retrocedió dos pasos dirigiendo ligeras y prudentes miradas a derecha e izquierda buscando una posibilidad de huir, aunque sabía que lo mejor era enfrentar a su padre que salir corriendo. Tal vez fuera el instinto de supervivencia lo que lo impulsaba a hacerlo, aunque aquel mismo instinto debería advertirle que lo mejor era quedarse y enfrentar la ira de su padre.

_ ¡Eres un inútil, una mujercita miedosa! _ vociferó esta vez mientras sus ojos se inyectaban en sangre.

Igor se preparó para correr, desvió los ojos a la izquierda y giró su cuerpo en esa dirección, su padre captó la idea de inmediato y se arrojó hacia Igor tan rápida y acentuadamente que Igor no tuvo tiempo de echarse atrás, pero sí de pensar que habría escapado con facilidad de no ser por el barro que estaba tan resbaladizo que cayó de rodillas. Antes de que si quiera tuviera oportunidad de levantarse, Josef cayó sobre él.

Los ojos de Igor se dilataron como si fueran a salírsele de las órbitas y su espalda chocó con el suelo lodoso.

_ ¡Vas a aprender que si pierdes trae consecuencias! _ gritó su padre en una especie de trance religioso mientras lo hacía rodar por el lodo.

El barro se le metió por la espalda, por los brazos y las piernas, pensó que tenía barro hasta en los zapatos. Las lágrimas regresaron cuando su padre le untó la cara con barro. El dolor en la nariz rota pasó a segundo plano, el dolor de la humillación era mucho más fuerte.

Gorodetsky le frotó el pelo con lodo y durante aquel trance de éxtasis en el que se encontraba no percibió que le desgarraba la camisa.

_Ahora_ dijo mientras trataba de que su respiración agitada se relajara un poco_ vas a regresar a casa caminando y vas a pensar en lo que pasó hoy.

Igor yacía en el barro, mientras una fina llovizna empezó a caer. Sus ojos desorbitados estaban fijos en el gris cielo de invierno. Josef se puso de pie, también estaba embarrado pero su mente no percibía nada más que su rabia en aquel momento.

_Y tendrás que encontrar la manera de que reviertas lo que ha ocurrido_ agregó mientras se limpiaba las manos sobre los pantalones, para luego subir a la carreta y ponerse en marcha.

Igor se quedó tumbado con las piernas abiertas sobre el suelo cubierto de lodo, con la nariz rota y sangrando, sin poder levantase, con un vasto eco de tristeza en su interior. No sentía rabia sino una terrible tristeza. Aquella sensación de soledad, de distancia, de gran vacío entre él y su padre y la respuesta pareció brotar a través de aquella oscuridad personal. “Tengo que revertir esto a como dé lugar”.

Trató de levantarse un par de veces, pero se resbaló en cada intento y terminó de nuevo en el lodo. En aquel momento se encontraba totalmente cubierto por una gruesa capa de lodo, lo único que se distinguían eran sus ojos y el parpado blanco cada vez que cerraba los ojos.

Trató de levantarse de nuevo y esta vez lo consiguió, le fue difícil caminar porque el lodo agregaba peso a su ropa y sus zapatos. En el camino de regreso a casa tuvo que atravesar un par de granjas, pero por el contrario de lo que esperaba, los habitantes de esas casas lo miraron con lástima y piedad.

Cuando al fin llegó a casa, su madre quiso protestar, pero Josef la hizo callar de inmediato explicándole que todo era por el bien del muchacho. En aquellos tiempos, las mujeres tenían confianza en sus esposos y a pesar de los malos tratos, ella nunca había tenido motivos para dudar de su marido. Así que le dijo a Igor que le prepararía un baño. En realidad, durante el tercero, el agua seguía tiñéndose de marrón.

Pasaron dos años antes de que Igor pudiera volver a tener la oportunidad de enfrentar a la mole. Dos años en los que entrenó todos los días con lluvia o con nevadas intensas. Dos años en los que fue alimentando un odio infinito por aquel mastodonte que lo había derrotado en dos segundos. Esta vez estaba listo, era mayor, mucho más corpulento y desde luego con más experiencia.

Pocos minutos antes de que la pelea de revancha se llevara a cabo, Igor se sentía dominado por una gran excitación y su orgullo esta vez era mucho más fuerte que los golpes que había recibido años atrás. Las sensaciones de inquietud, impaciencia en cierta forma alegría, y una euforia tensa en todo el cuerpo lo embargaban por completo.

Cuando estuvo frente a la mole, advirtió que era mucho más alto que él y casi tan corpulento. Sintió una extraña excitación, unida a un sentido de urgencia. Pero se dijo a si mismo que debía disfrutar cada segundo de aquella pelea y no apresurarse en que llegara el final.

Cuando la campaña emitió su frío tañido, Igor se abalanzó sobre su oponente, lo tiró al suelo y con una rodilla le aplastó el pecho mientras que lo estrangulaba con ambas manos. Lo había tomado por sorpresa y aquel descuido le podía salir muy caro.

Igor apretó con fuerza, mientras los ojos de la mole se desorbitan y su garganta emitía ásperos sonidos intentando respirar.

La muchedumbre empezó a gritar, las cosas se salían de control rápidamente. Era una pelea sin reglas, pero Igor había llevado las cosas a otro nivel. Apretó un poco más y luego lo dejó ir. Se puso de pie y observó a la mole haciendo grandes esfuerzos para tratar de ingresar aire a sus pulmones. Tenía en el cuello las marcas de los dedos de Igor rodeándolo. Igor le sonrió con desdén mientras esperaba que se pusiera en pie. La mole lo hizo antes de que terminara la cuenta, al tiempo que Igor espera ansioso a que se reanudara la pelea.

Esta vez, dejó que fuera el mastodonte quien diera el siguiente golpe. Este se abalanzó sobre Igor emitiendo un grito desesperado, pero solo alcanzó a asestar un suave golpe en el mentón de Gorodetsky, quien de inmediato le devolvió el golpe con un gancho izquierdo. La mole se tambaleó un poco, pero no se cayó. Se recuperó en seguida y volvió a atacar a Igor. Trató de golpearlo, Igor se movió ágilmente a la izquierda y la mole no pudo alcanzarlo.

Igor aprovechó la oportunidad y lo golpeó en el estómago con tanta fuerza que el mastodonte cayó de rodillas en el suelo con un calor sordo que le cubría el vientre como si un fuego se acabara de encender dentro.

_ ¡¿Quieres más?!_ vociferó Igor en tono triunfal, mientras le daba otro golpe en el estómago.

La mole se llevó ambas manos al estómago mientras caía de espaldas sobre el piso y un hilillo de sangre caía por la comisura de su labio inferior. Detuvieron la pelea al notar que estaba inconsciente y declararon ganador a Igor.

La pelea había durado dos minutos, mucho más que la primera, pero no lo suficientemente larga para que Igor disfrutara de su victoria.

Cuando Josef Gorodetsky descubrió lo ocurrido, le dio un par de fuertes palmadas en la espalda y le sirvió un vaso de vodka. Era la primera vez que Igor tomaba alcohol y relacionó su sabor con emociones positivas como la victoria, la aprobación y el cariño. Tal vez, aquel día fue el inicio de su adicción, que estuvo latente, escondida debajo de su piel como un asaltante agazapado detrás de las sombras, esperando el momento justo para atacar. Poniéndose de manifiesto poco tiempo después de su matrimonio, tal vez, debido a su incapacidad de lidiar con las verdaderas emociones.

_ ¡Brindemos por un gran trabajo! _ había sentenciado su padre.

Tintinearon sus vasos y bebieron su contenido.

Borys se enteró de la gran hazaña de su hermano y lo recriminó de inmediato.

_ ¡Estuviste a punto de matarlo! _ le dijo bastante ofuscado_ ¿Qué pensabas?

Igor lo miró con aire condescendiente.

_No pensaba matarlo_ contestó_ solo darle algo de su propia medicina. Además, papá me ha felicitado. Lo que sucede es que te molesta que ahora yo sea su preferido.

_ ¿Preferido? ¿Es eso lo que te preocupa? ¿Quieres congraciarte con papá? _ preguntó Borys perplejo. _ Estas equivocado. Si haces algo que sea porque lo deseas no para congraciarte con nadie.

Igor se echó a reír de una forma algo extraña y a Borys se le heló la sangre.

_Yo hago siempre lo que quiero_ le contestó con una mirada siniestra, mientras desafiaba el silencio helado de su hermano, que no ocultaba para nada su desaprobación.

IV

Igor se dirigió con pasos pesados y lentos hacia la puerta de la habitación en donde su esposa descansaba. Llevaba la espalda algo encorvada y la cabeza gacha. Cuando estuvo frente a la puerta, se quedó helado, inmóvil frente a la puerta, con la mano derecha encallecida por el trabajo en el tirador de hierro. Se obligó a colocar la mano sobre él y la puerta se abrió con un chirrido que sobresaltó a Kataryna.

Una ráfaga de aire húmedo y frio invadió la habitación haciendo que la joven cubriera con una manta a la pequeña niña que sostenía entre sus brazos.

El trabajo de parto había sido corto y había dado a luz sin inconvenientes. Su madre y la partera del pueblo la habían asistido. Al principio estuvo algo nerviosa, pero pronto se sintió más segura cuando al fin oyó el llanto fuerte y persistente de su bebé.

Anastasia la envolvió en una manta y se la puso entre sus brazos. Al verla, Kataryna se sintió desborda, con emociones encontradas, por un lado, la felicidad de que su bebé había nacido con bien y por otro la tristeza que aún llenaba su corazón por la pérdida de su primera hija.

_ Este es un momento especial_ dijo Anastasia_ no dejes que lo pasado eclipse la felicidad que sientes en estos momentos.

Kataryna levantó la vista y vio a los ojos a su madre mientras asentía. De inmediato dedicó de nuevo su atención a la niña que tenía en brazos.

_ Te esperé por mucho tiempo Olena. Ese es tu nombre. Ya tebe lyublyu[5] _ dijo besando la frente de la pequeña.

Pronto ambas mujeres dejaron sola a la nueva madre para que descansara, mientras iban en busca del padre y entregarle la buena nueva.

Ahora Igor se hallaba de pie, expectante en el umbral de la puerta sin poder mirar a los ojos a su esposa. Se hizo un silencio frío entre ambos, mucho más frío que la ráfaga que acababa de penetrar en la habitación. Igor quedó completamente paralizado, los músculos de sus piernas se negaron a obedecer. Apretó la mandíbula y permaneció en silencio con la cabeza gacha.

 Kataryna se le quedó mirando fijamente sopesando sus opciones. Notó que el rostro de su esposo había palidecido de repente.

Igor sintió un poderoso impulso de dar vuelta y huir, pero la voz suave y resuelta de Kataryna lo detuvo.

_ Igor, acércate y conoce a tu hija_ dijo ella.

Gorodetsky levantó la mirada, dudó por unos segundos y empezó a andar lentamente hasta la cama en donde madre e hija descansaban. De pronto, algo lo hizo detenerse de golpe. En un aterrador instante Igor tuvo una terrible revelación. En su interior se removió el sentimiento de abrumador pesar, su propio padre no había sido un gran ejemplo para él. No tenía ni idea de cómo criar a un hijo, no tenía ni idea de cómo ser padre. ¿Y si era el peor padre del mundo? ¿Y si no era lo suficientemente bueno para su hija? Suspiró un par de veces pesadamente y desechó aquellos malos pensamientos de su cabeza. Aprendería a serlo, daría lo mejor de sí, no importaba nada más en el mundo, más que aquella niña.

Volvió a emprender la marcha hasta la cama en donde su esposa lo esperaba. Al llegar hasta ella, se detuvo en seco, se aclaró la garganta como si la situación se hubiese vuelto mucho más incómoda de lo que ya era.

Kataryna dio el primer paso y lo saludó con una aceptable imitación de afecto y le dio un medio beso en la mejilla.

 Igor pareció relajarse un poco y sonrió incómodo.

_ ¿Quieres cargarla? _ le preguntó a su esposo.

Igor asintió sin decir palabra, pero extendió ambos brazos para que su esposa le entregara a la niña. Sujetó a su hija suavemente y la acercó a su pecho. Instintivamente, empezó a acunarla y sonrió al ver que la pequeña se removía entre sus brazos acomodándose.

La niña no presentaba ni atisbo de pelo, sus cejas y pestañas tenía el color de los rayos de la luna. Mantenía los párpados cerrados por lo que no tenía idea del color de sus ojos. Su pequeña nariz asemejaba un botón, con la punta ligeramente hacia arriba y un poco redondeada. Su piel dejaba vislumbrar un color blanco algo lechoso. Igor tocó suavemente una de sus manitas y la bebé tomó su dedo índice entre sus deditos.

 El nuevo padre sonrió totalmente extasiado por la pequeña criatura que sostenía entre sus brazos. Se sentía desconcertado por la emoción que sentía. En aquel momento, se percató que aquel pequeño ser era su responsabilidad, la responsabilidad más grande que había tenido en la vida. Volvió a preguntarse si estaría a la altura de cumplir tal obligación. Dejó escapar un suave suspiro.

 Kataryna lo observaba con atención, al contemplar su interacción con la niña lo miró con indulgencia, tal vez esta pequeña criatura tenía el poder de hacerlo cambiar, pensó.

Igor caminó hasta la cama y entregó la niña a su madre.

_ ¿Cómo se llama? _ preguntó.

_ Su nombre es Olena_ contestó Kataryna.

Igor asintió. Nunca habían hablado de nombres, así que no se sintió con derecho de reclamar nada.

_ ¿Cómo te sientes? _ preguntó.

La joven pudo advertir cierta vacilación en su voz. Bajo la tenue luz de las velas Igor vio el rostro de su esposa iluminarse como una tarde de verano. Sonrió exhausta, pero a la vez serena y feliz.

_ Estoy bien_ contestó simplemente.

Igor asintió y no supo que más decir. Kataryna volvió su atención a su hija y le sonrió con dulzura. Igor se perdió en la ternura que percibía en los ojos de su esposa, dedicados solo a la niña.


[1] Uno, dos, tres

[2] Cuatro, cinco, seis

[3] Siete, ocho, nueve

[4] Diez

[5] Te amo

Casa 110

El Hospital (Segunda parte)

II

Alejandro dejó su oficina y se dirigió con pasos ágiles hasta la sala de descanso con la intensión de tomarse un café. para llegar hasta allí tenía que pasar indefectiblemente frente a la oficina de Laura. Ella tenía la costumbre de mantener la puerta abierta para que la gente se sintiera en libertad de entrar y hablar con ella de lo que necesitaran. Le gustaba que los empleados o cualquier miembro de la comunidad se acercara sin necesidad de citas o anuncios previos. Alejandro no pudo evitar detenerse y observarla por unos segundos, ella se encontraba muy concentrada en unos documentos que tenía entre sus manos y no se percató de la presencia del abogado, que caminó resuelto hacia la puerta.

Laura notó una silueta en el umbral de la puerta. Levantó la mirada y en sus labios se dibujó una sonrisa al ver al visitante.

_Alejandro_ dijo al verlo_ no imaginé que fueras tú.

_Hola Laura, pensé que estarías en alguna de las comunidades.

_Bueno, también tengo que presentar informes, tengo una reunión con el gerente esta tarde. ¿Me necesitas para algo?

Alejandro pensó en una lista bastante extensa de necesidades que podía mencionarle a ella, pero prefirió cerrar la boca.

_No_ dijo con una media sonrisa que a Laura le pareció encantadora_ solo quería saludarte.

_ ¿Quieres pasar, o estás muy ocupado?

_ Iba por un café, no quiero molestarte.

_Siempre tengo unos minutos para ti_ dijo ella y se sonrojó.

_Me gusta cuando te sonrojas_ dijo él sin pensarlo y se arrepintió de inmediato.

Laura volvió a sonrojarse, se comportaba como una adolescente tonta cuando de Alejandro se trataba.  El abogado entró a la oficina y se sentó frente a ella.

_El domingo comeremos en mi casa_ dijo Laura tratando de desviar la conversación hacia temas menos escabrosos.

_Pensé que le tocaba a Melinda_ dijo él frunciendo el ceño.

Laura se puso algo inquieta.

_ ¿Melinda no te lo dijo? _ preguntó sin mirarlo a los ojos.

_ ¿Qué cosa? _ preguntó él a su vez.

_ Dejará de asistir a los almuerzos_ contestó ella sin mirarlo.

Alejandro la observó desconcertado.

_ ¿Qué ha sucedido, hice algo que la molestó? _ preguntó algo desconcertado.

Laura levantó la mirada y se encontró con la mirada cada vez más perdida y desconcertada del abogado.

_ ¿Por qué preguntas eso? _ dijo ella confundida.

Alejandro se puso algo nervioso. Se puso de pie y desfiló frente al escritorio de la psicóloga con las manos en las caderas.

_ ¿Alejandro? _ preguntó ella moviendo de un lado a otro la cabeza observándolo, como si el abogado fuera una pelota de tenis en un campo de juego.

Se detuvo y la enfrentó, los ojos verdes de Laura lo escrutaban intrigados. Suspiró antes de hablar, lo cual inquietó a la psicóloga.

_Cuando te fuiste el otro día, Melinda y yo tuvimos una charla_ dijo él con precaución.

_ ¿De qué charlaron? _ preguntó ella perpleja por la extraña actitud de su amigo.

Él volvió a suspirar, no sabía si era conveniente que Laura lo supiera.

_ Me estás preocupando_ dijo ella.

_ No tienes porque, lo que sucede es que le dije sutilmente que no estaba interesado en ella_ dijo_ espero que no esté molesta por ello.

Laura entreabrió los labios sorprendida, pero trató de disimularlo lo mejor posible.

_Lo siento, no debería haber insistido en que hablaras de esto, no es de mi incumbencia_ dijo ella incómoda, pero a la vez extrañamente aliviada.

_No tienes que sentirlo, pensé que tal vez ella no se sentía cómoda asistiendo a los almuerzos por ese motivo.

_No me mencionó nada sobre la conversación que mencionas, pero sí mencionó el motivo por el que no asistiría a los almuerzos_ mintió _ dijo que no tenía tiempo, que estaba algo ocupada con las guardias.

Alejandro asintió no muy convencido. Pero Laura no pensaba decirle la verdad, no pensaba mencionarle que su antigua amiga pensaba que era mejor no inmiscuirse en la relación de la psicóloga y el abogado.

_ ¿Te gustaría cenar en casa esta noche? _ preguntó él olvidándose por completo de Melinda. Sus ojos brillaron expectantes.

Laura pensó que se veía muy atractivo, su corazón latió con fuerza y de inmediato se odió por las sensaciones que estaba experimentando. Se había jurado que nunca más se enamoraría, había levantado una barrera a su alrededor, quería evitar que alguien volviera a acercarse a ella, pero Alejandro estaba destruyendo esa barrera más rápido de lo que ella podía volver a reconstruirla. Pensó en inventarse alguna excusa, pero al abrir la boca dijo todo lo contrario.

_Sí, me gustaría_ contestó.

Él le dedicó la mejor de sus sonrisas.

_ Perfecto, ¿te parece si te espero para llevarte a casa?

_Sí_ volvió a repetir.

Él volvió a sonreírle satisfecho.

_Será mejor que te deje trabajar entonces_ agregó antes de dejarla sola.

III

La segunda noche de guardia había trascurrido sin contratiempos, con excepción de un trabajador que se había presentado con fuertes dolores abdominales. Al principio, Melinda pensó que podía tratarse de apendicitis, pero de inmediato descartó su diagnóstico inicial cuando el hombre le explicó lo que había cenado antes de presentarse al trabajo. Había tomado parte en las celebraciones de un cumpleaños y la lista de alimentos que ingirió era interminable. Todo resultó ser una gran indigestión.

La tercera noche, sin embargo, le pareció oír las mismas voces que percibió en el segundo piso, solo que esta vez las oía en el pasillo del primer piso. Al principio, parecía ser un murmullo lejano, no entendía lo que las voces repetían, pero mientras la noche avanzaba fría e inexorable fuera del hospital, Melinda pudo captar alguna que otra palabra al azar. “Por favor”, “Perdón”, “No”. Sacudió la cabeza, se dijo a sí misma que el cansancio y las malas noches la hacían imaginarse cosas.

_ ¿Melinda? _ dijo una voz que la hizo dar un respingo en su asiento.

_ ¡Por dios doctor, casi me mata de un susto! _ dijo llevándose una mano al pecho, en donde su corazón latía acelerado.

_ Lo siento, no quise asustarte_ dijo el médico con el rostro algo avergonzado.

_No se preocupe doctor_ contestó la enfermera intentando calmar su acelerado corazón relajarse.

_Estabas tan absorta en tus pensamientos_ dijo el galeno.

_Lo que sucede es que ese sonido el que parece un murmullo me tiene estresada_ dijo la enfermera.

El doctor la miró con el ceño fruncido.

_ ¿Qué murmullo? _ preguntó.

_ ¿No lo oye? _ preguntó la enfermera algo confundida, ya que para ella sonaba bastante alto.

El galeno prestó atención, pero al parecer no oía nada.

_ Solo oigo, el aullido del viento tal vez sea eso lo que estás escuchando_ aventuró a decir.

Ella negó con la cabeza.

_ Venga, acompáñeme_ dijo_ si se interna dentro del edificio lo oirá.

Ambos caminaron despacio por el pasillo principal, mientras se internaban profundamente en la desolada oscuridad del hospital. Cuando Melinda pensó que estaban a suficiente distancia, el médico trató de encender la luz, pero parpadeó dos veces y luego se apagó con una pequeña explosión.

_Se quemó el foco_ anunció el galeno.

_ ¡Genial! _ dijo Melinda, su voz sonó mucho más sarcástica de lo que quería.

Se quedaron en silencio, tratando de escuchar algo, reinaba la oscuridad, una oscuridad cavernosa y un silencio sepulcral. El aullido del viento, afuera del hospital había cesado, como si alguien lo hubiese cortado de tajo. En medio del silencio Melinda sintió el martilleo de su corazón. Los murmullos se oyeron más fuertes, el galeno pudo oírlos también y abrió los ojos en señal de asombro.

_ ¿Lo oye? _ dijo Melinda y su voz retumbó en las paredes. 

El médico se sobresaltó al oírla y se le erizó la piel.

_Sí, lo oigo_ contestó con voz trémula.

La tomó del brazo y la arrastró por el pasillo hasta regresar a la sala de emergencia.

_ ¿Por qué hizo eso? _ preguntó ella.

_Me considero escéptico en cuanto a los fantasmas y cosas por el estilo, pero no me sentí muy bien allá_ dijo señalando el fondo del oscuro pasillo.

_ ¿De qué habla? _ preguntó Melinda intrigada.

El doctor exhaló una gran bocanada de aire, que al parecer había estado reteniendo en sus pulmones.

_Pude entender algunas palabras entre los murmullos_ dijo.

Melinda le indicó con la mirada que continuara hablando.

_Oí, “John”, “por favor”, “déjame”, “perdón”.

Melinda lo miró con los ojos encendidos por la sorpresa. Algunas de las palabras eran las mismas que ella había oído anteriormente.

_Tal vez sea solo mi imaginación, tal vez sea sugestión, tu sabes, por las historias que cuentan sobre el hospital, que de por sí ya son suficientemente inquietantes_ dijo el galeno.

_ No tengo la menor idea de lo que está hablando, solo llevo aquí tres semanas y nadie me ha hablado al respecto_ dijo la enfermera.

_ Bueno, veras, yo llevo aquí algo más de un año, y lo primero de lo que me hablaron, fue de los espíritus que recorren el lugar_ dijo el galeno.

_ ¿Fantasmas? _ preguntó mientras el escepticismo teñía su voz.

_Podrías decirlo así_ contestó el doctor.

Ella se echó a reír, su risa estaba cargada de escepticismo.

_Tal vez los murmullos provienen de algún equipo algo viejo, probablemente algún generador o algo así_ dijo la enfermera intentado hallar alguna explicación lógica al fenómeno.

_No tengo la menor idea, puede que tengas razón, todo es tan antiguo aquí_ dijo el médico.

_Sea como sea, tal vez sea buena idea que me cuente las historias sobre el hospital, así tendremos en que entretenernos esta noche.

_Está bien_ dijo el doctor con una media sonrisa.

Se sentaron en la sala de espera en el área de emergencia mientras el doctor le relataba las historias que circulaban de boca en boca. Ya no había ningún personal antiguo en el hospital para corroborar aquellas historias, pero que importaba.

 Las enfermeras más antiguas del hospital solían contar a sus familiares y amigos, que durante la soledad y silencio de sus guardias oían a personas penando por los pasillos del edificio. A veces, si estaban solas y muy quietas, podían ver a algunos de los pacientes que murieron en el hospital, deambulando por los pasillos, buscando algo o a alguien. Algunos, vestidos con la ropa que tal vez traían cuando llegaron al hospital, otros con batas hospitalarias con la que presumiblemente se internaron. Sus rostros siempre se veían tristes y desconcertados, parecían no tener idea de dónde se hallaban o que les había sucedido. Las enfermeras que llevaban años trabajando en el hospital, sabían que lo mejor era no intervenir con aquellas almas en pena. No les hablaban, tampoco se movían, dejaban que aquellos fantasmas desaparecieran como habían llegado. La mayoría estaba acostumbrada a ello, pero eso no significaba que no experimentaran una sensación algo espeluznante, antinatural y terrorífica.

Una de aquellas experiencias sobrepasó todo lo humanamente aceptable. Una de las enfermeras nuevas, tuvo un encuentro con uno de estos espíritus, era la de un niño pequeño, tal vez unos seis años de edad que buscaba a su madre llorando desconsoladamente. La enfermera sabía que no debía hablarle, pero sintió tanta pena que quiso tranquilizarlo de alguna manera. Le dijo que pronto encontraría a su madre. El niño cambió su rostro de tristeza por uno de consternación y luego por otro de horror. Llevó una mano a su estómago y la enfermera pudo observar como la bata blanca que llevaba se teñía de un color rojo oscuro solo en segundos. En el lugar en donde debería estar su estómago, vio un hueco del tamaño de una pelota de futbol y los intestinos colgando mientras el niño con cara de terror trataba de sujetarlos para que no se esparcieran por el suelo. La enfermera emitió un grito que alertó a todos en el hospital, incluidos los pacientes que se hallaban internados y que despertaron presa de un tremendo susto. Tuvieron que adminístrale un calmante a la enfermera, que renunció poco después, no había nada que pudiera hacerla permanecer en aquel horrible hospital, según sus propias palabras.

Luego de los relatos, Melinda observó al doctor con el escepticismo escrito en sus bellos ojos.

_ Lo sé, es difícil de creer_ dijo el galeno.

_ ¿Acaso usted ha sido testigo de algo semejante? _ preguntó la enfermera.

_ No, nada tan extraño al menos_ dijo_ solo algunos ruidos y tal vez me ha parecido ver alguna sombra que pasaba de tras de mí con rapidez. A veces siento un aire helado en el cuello o en las piernas. Pero nada de eso es algo anormal. Este lugar es viejo, las paredes y el techo crujen. Tal vez haya alguna que otra ventana abierta en alguna parte o quizás sean rendijas que nadie ha podido encontrar y cerrarlas.

_ Sí, tiene razón, yo también sentí aquel frío en el segundo piso hace unos días atrás_ dijo Melinda.

_Estabas en lo cierto_ dijo el galeno observando el reloj que colgaba de la pared_ hablar de estas historias nos ha ayudado a pasar el tiempo, ya casi es de día, en una hora más saldremos de aquí.

Melinda asintió con una sonrisa.

Pronto, la enfermera enfilaba el camino de regreso a su casa pensando en la inverosímil historia que le relató el doctor. Cuando estaba a pocos metros de su vivienda, giró el rostro a su derecha, en dirección a la casa de Laura.  Suspiró algo frustrada, de seguro Laura estaba en el trabajo. Pensó que sería bueno hablar con ella. Tal vez lo hiciera en la tarde, después de dormir unas horas. Después de que dejara de ver a Alejandro, las cosas habían mejorado entre ambas. Estaba convencida de que Laura estaba enamorada del abogado, aunque hasta el momento no haya sido capaz de exteriorizado.

Desayunó un par de huevos revueltos, pan y una enorme taza de café, tal vez a otras personas el café les producía insomnio, pero no a Melinda, a ella, por el contrario, la ayudaba a dormir. Fue hasta su habitación, se sacó el uniforme y se enfundó en su grueso pijama. Se metió a la cama y en pocos minutos estaba dormida. Pero el sueño fue intranquilo, en su mente se arremolinaban recuerdos de la noche anterior, las historias del doctor junto con imágenes que su subconsciente hicieron aflorar.

Se hallaba de pie frente al mural infantil observándolo, cuando sintió aquel aire frío en su cuello y la impresión de que alguien pasaba con rapidez detrás de ella. Se volteó de inmediato, pero en realidad todo pasaba en cámara lenta. Giró sobre sus pies y observó un niño vestido con un mameluco verde y una camisa blanca. Le dio tiempo de pensar que la ropa y el peinado del niño no eran contemporáneos, incluso pudo aseverar que estaba vestido a la usanza de los años cuarenta o cincuenta. De inmediato, la escena se repitió, Melinda parada frente al mural observando a Mickey que sonreía alegre, sintió el aire frío en su cuello y volvió a tener aquella sensación de que alguien se desplazó de prisa detrás de ella, como si ese alguien o algo, volara. Volvió a voltearse y allí estaba el niño, pero esta vez se acercó muy despacio, como si las imágenes de una película pasaran a 960 cuadros por segundo. Pudo ver que en realidad no se trataba de un niño, sino de un adolescente, tal vez de trece o catorce años. Había cometido el error de pensar en un niño debido la baja estatura del jovencito. Sus rasgos le indicaban que probablemente era alguien que había nacido en la zona. Las imágenes retrocedieron como si fuera una película grabada en cinta VHS y alguien le hubiese apretado el botón de rebobinado. De nuevo, Melinda se vio observando el mural, sintió el frio aire en su cuello y observó con el rabillo del ojo que alguien pasaba detrás de ella con rapidez. Giró sobre sus talones despacio, y observó al jovencito que la miraba con ojos desorbitados, su expresión le produjo a Melinda una espeluznante sensación de pánico. El jovencito abrió y cerró la boca como si intentara decir algo, pero la enfermera se percató que el joven presentaba el parietal hundido. Parte de la materia gris colgaba sobre sus hombros en una maraña indescriptible, parecida a tela de araña en una fiesta de Halloween. Melinda profirió un grito ahogado en el sueño y se llevó una mano a la boca. Las imágenes volvieron a rebobinarse, Melinda volvía a estar frente al mural apreciándolo. El frio en el cuello, la sensación de que alguien pasa a toda prisa. El niño tratando de hablar. La terrible herida en la cabeza. Ahora no solo es materia gris lo que observa, también ve sangre que corre por el rostro escalofriante del jovencito. El ojo izquierdo sale de su órbita y queda colgando sobre su mejilla. El joven dio difíciles pasos hacia Melinda y la tomó del brazo, “Ayúdame” pronunció el joven luego de varios terroríficos intentos. La enfermera sintió un miedo glacial que le revolvió el estómago. Podía sentir los músculos de todo su cuerpo en tensión. Quiso gritar, pero estaba tan aterrorizada que ningún sonido pudo escapar de su garganta. De pronto, el joven desapareció frente a sus ojos, como si se tratara del truco de un prestidigitador.

Despertó sobresaltada, su corazón latía desbocado, respiraba entrecortadamente. Un sudor frío cubría su rostro. El sueño fue tan real que estaba aterrada. Se levantó de la cama de inmediato y fue al baño. Se miró al espejo y se vio sudorosa y pálida. Se echó agua en el rostro para tratar de tranquilizar su corazón horrorizado. Suspiró un par de veces hasta que su cuerpo se fue calmando. Regresó a la habitación y vio la hora, eran las cinco de la tarde. Había dormido nueve horas y se sentía como si no hubiese dormido nada.

Se preparó un sándwich que haría las veces de almuerzo y lonche. Se sentó en la cocina y comió recordando el sueño que había tenido. Le parecía increíble recordar cada detalle, normalmente, solo recordaba la última parte de los sueños que tenía y poco después de despertar se le olvidaban por completo. En este caso, por el contrario, a medida que pasaba el tiempo recordaba más detalles, detalles perturbadores, que la estremecían de tanto en tanto, hasta podía oler la sangre y la materia gris del niño de su pesadilla.

 Emitió un suspiro profundo intentando borrar aquellos horrorosos recuerdos de su mente, luego, se dirigió a la puerta, salió al jardín y observó la casa de Laura. Enseguida vio el Corola celeste detenerse frente a la casa de la psicóloga. Poco después, la vio apearse del carro y despedirse del chofer del vehículo con un gesto de su mano. El carro retornó por el camino por el cual había llegado y Laura bajó las gradas en dirección a su vivienda. Melinda esperó unos minutos antes de enfilar el sendero que la conducía hasta la casa de su amiga.

Pronto se encontró sentada en la sala con el rostro algo desencajado, lo que preocupó a Laura.

_ Espero no molestarte_ dijo Melinda con una sonrisa algo nerviosa.

_No hay problema ¿quieres comer algo? Porque estoy hambrienta.

_No, acabo de comer un sándwich.

_ ¿No te molesta si como algo mientras hablamos? _ preguntó Laura.

_ No, por favor, estas en tu casa_ contestó Melinda.

Ambas se dirigieron a la cocina, Laura se movió de un lado a otro buscando ollas, y calentando la comida. Pronto, se sentó frente a Melinda con un plato humeante frente a ella. Empezó a comer mientras observaba a Melinda moviéndose inquieta a un lado y otro de su asiento.

_Estas algo nerviosa_ dijo la psicóloga. Melinda le dedicó una sonrisa forzada. _ ¿Qué sucede? _ preguntó.

La leve sonrisa se le desdibujó.

_ Anoche tuve una experiencia extraña en el hospital_ empezó diciendo.

La enfermera relató cada detalle de lo que había sucedido en el hospital la noche anterior. La sensación de haber visto algo o a alguien, los susurros, las historias del doctor y los sueños extraños que había tenido.

_Creo que te sugestionaste con las historias del doctor y tu cansancio contribuyó a que tuvieras pesadillas_ explicó la psicóloga con aire profesional.

_ Fue una experiencia muy real_ dijo Melinda levantando ambas cejas_ aún me siento algo nerviosa, inquieta, sigo suspirando de tanto en tanto, no puedo eliminar la opresión que tengo en el pecho.

_ Entiendo, a veces sucede, el sueño es tan real que creemos que en verdad ocurrió. No es común, pero sucede_ dijo Laura.

Melinda sacudía la pierna derecha incontrolablemente. Seguía pálida, ojerosa y tenía las manos frías como dos cubos de hielo.

_ Tal vez sea bueno que vayamos al hospital y veamos a un médico, recomendaré que te receten un sedante leve y vuelvas a la cama y descanses_ dijo Laura.

_ No puedo, mi turno empieza a la medianoche_ dijo Melinda.

_ Si te encuentras inquieta, será mejor que te den descanso médico.

_ No puedo_ repitió_ apenas he empezado a trabajar, no voy a pedir descanso médico.

_Entonces, voy a darte unas gotas de clonazepam, solo unas gotas para que te relajes y puedas trabajar.

Melinda asintió, Laura fue a su cuarto por las gotas. Se las dio a Melinda junto con un vaso de agua.

_ Solo cuatro gotas, eso te relajará. No quiero que te preocupes, te sentirás mejor mañana.

Melinda volvió a asentir con una media sonrisa.

Regresó a su casa y decidió intentar dormir unas horas antes de ir a trabajar.  Esta vez lo hizo sin pesadillas y al despertar se sintió mejor, tenía la mente despejada y la energía renovada.

Aquella noche de guardia pasó sin ningún tipo de sobresaltos, cuando regresó a su casa a la mañana siguiente casi le da un infarto. Parecía que un huracán había pasado por todas las habitaciones de la vivienda: los libros de la sala estaban regados por todas partes; los platos estaban rotos, como si alguien los hubiera estrellado contra el piso; la ropa en su habitación cubría gran parte del piso, la cama y algunas incluso colgaban del cortinero; el rollo de papel higiénico estaba extendido por toda la casa como guirnaldas en un árbol de Navidad. Se frotó los ojos con ambas manos e intentó comprender lo que había sucedido.

_ ¡¿Qué diablos pasó aquí?!_ preguntó en voz alta como si se dirigiera a alguien más.

Tomó el teléfono y llamó a seguridad. Estaba convencida de que algún grupo de chiquillos estuvo divirtiéndose a sus anchas en la casa mientras ella se encontraba trabajando.

Historias Entrelazadas (Kataryna)

República Socialista Ucraniana, mayo de 1924.

I

Kataryna observó preocupada como las nubes iban tomando una tonalidad plomiza y avanzaban rápidamente con dirección al pueblo. El rugido de la tormenta se tornaba cada vez más intenso. En pocos minutos, las nubes se oscurecieron por completo como si fueran un gran velo negro en un entierro. El viento comenzó a soplar con fuerza, azotando los árboles de los alrededores de la casa de Kataryna. La muchacha decidió que era hora de recoger la ropa limpia que se encontraba colgada en el patio trasero. Lo hizo lo más rápido que pudo y luego se dirigió a ver a los animales y ponerlos a buen resguardo.

Se encontraba sola en casa, Igor estaba en el campo trabajando y tardaría aun varias horas en regresar.

Las primeras gotas empezaron a caer justo cuando la joven entró a su casa. Cerró rauda todas las ventanas y se sentó junto a una de ellas a contemplar la lluvia. El leve repiqueteo de las suaves gotas sobre la ventana la llevaron a un estado de concentración y relajación total. Poco a poco su mente fue desvinculándose de la realidad y sumergiéndose más y más en su subconsciente. Súbitamente se sintió sumergida en un extraño trance hipnótico. Solo oía las gotas cayendo sobre la ventana cada vez más lejanas, mientras su mente divagaba en un estado de concentración intenso.

No se detuvo a pensar que era lo que estaba sucediendo o si aquel estado era producto de los traumas recientes que había padecido. En aquel estado, se sintió libre, pudo experimentar una tranquilidad y paz que la vida con sus injusticias le había arrebatado. Pero aquella paz interior solo era el preludio de lo que se avecinaba. Experimentó un escalofrío intenso que recorrió su cuerpo y que se anidó en su pecho. Los ojos se le abrieron de par en par, sus pupilas se le dilataron, y sus labios se entreabrieron al percibir una descarga eléctrica que la sacudió levemente.

El cielo se había oscurecido por completo y el destello de un relámpago la sacó de su transe. El trueno que lo siguió la hizo dar un respingo y emitió un gemido de temor. El viento arreciaba y zarandeaba el techo de la casa con fuerza. El repiqueteo de las gotas de agua, se habían convertido en fuertes y continuos golpeteos.

Un rayó cayó casi al instante cerca del establo de los animales. Kataryna se alarmó de inmediato. Una de las ventanas se abrió dejando entrar una fuerte ráfaga de viento que y lluvia que azotó su rostro. El viento aullaba a través de la ventana y agitó las cortinas como si fueran largas manos fantasmales. La muchacha profirió una maldición y volvió a cerrar la ventana apresuradamente.

Otro rayó cayó muy cerca de la casa y la joven sintió una punzada de miedo. La cabeza le dolía ligeramente y experimentaba una sensación de nausea. Otro trueno sonó muy cerca emitiendo un ruido sordo. El siguiente rayo cayó en un árbol de álamo cercano a la casa, partiéndolo en dos. Kataryna experimentó una punzada de pánico. Una parte del árbol cayó al suelo crepitando como cuando los leños se queman en una fogata. La parte que quedó en pie ardía en llamas amenazantes, como si de una gigantesca hoguera se tratara.

Un escalofrío la envolvió, su corazón latía desbocadamente, pensó que se le detendría en cualquier momento. La boca y las mejillas habían empezado a temblarle, al igual que las manos.

 A medida que el árbol ardía, grandes pestañas de luz y sombra se deslizaban a través de las ventanas de la casa. Kataryna sintió como el sudor le recorría la nuca, estaba aterrorizada, pensaba que el siguiente rayo caería sobre la casa en cualquier momento. Miraba en derredor con una expresión de desesperante pánico. Aquella tormenta se había convertido, en el acontecimiento más electrizante y terrorífico que la muchacha había presenciado en su vida.

Otro rayo que pareció rasgar la densa oscuridad se oyó muy cerca. Kataryna gritó en pánico. Su cabello se electrificó y sintió como se elevaba unos centímetros. Estaba aterrorizada. Se le heló la sangre en una respuesta primitiva. La cabeza le daba vueltas. Pensó que iba a desmayarse si volvía a escuchar aquel sonido aterrador. Sentía el corazón a punto de estallar, como si estuviera corriendo desesperada por salvar su vida de algún peligro inminente. Se le nubló el rostro y esperó expectante.

El viento silbaba violentamente azotando las puertas y ventanas de la casa. Kataryna trató de observar a través de la noche, pero solo vio la negra tormenta que parecía perpetua. La muchacha estaba totalmente perturbada, nunca había experimentado un estado de pánico parecido.

Luego de un largo tiempo de terror, las llamas en el árbol empezaron a extinguirse poco a poco. La fuerte lluvia que caía como un diluvio, ayudó a apagarla. Los truenos, relámpagos y rayos se empezaron a oír cada vez más lejanos. Kataryna pareció empezar a relajarse. Comenzó a escudriñar la neblinosa oscuridad como si fuera un guardia fantasmagórico, con el rostro pálido y los ojos de pedernal.

II

La tormenta alcanzó a Igor de camino a casa, no se arriesgó a seguir cuando los rayos empezaron a caer a través del campo. Buscó refugio en casa de sus padres. Desde allí, oyó los rugidos de los truenos amenazantes, observó también, como los rayos caían cada vez más cerca de su casa y empezó a preocuparse por su esposa que se encontraba sola en la vivienda. Sintió un profundo escalofrío como si su cuerpo le indicara que algo malo estaba a punto de suceder. Observaba atónito como los rayos se sucedían uno tras otro cada vez más cerca de la casa.

El viento arreciaba, aullando a lo largo de los aleros del tejado.

Un relámpago iluminó por completo el cielo y en la brillantísima luz vio que un árbol, situado a unos cientos de metros de allí, era atravesado por un rayo. Se quedó de una sola pieza al ver como el árbol estalló y se partió en dos, despidiendo una columna de fuego hacia el cielo que, aunque había vuelto a quedarse a oscuras dejaba percibir la fuerza de la naturaleza. Permaneció rígido unos aterradores segundos intentando procesar lo que acababa de suceder. Su corazón empezó a latir con fuerza, sintió que se le aceleraba el pulso.

Pronto, un destello de claridad iluminó la oscuridad, mientras que otro rayo caía cerca del árbol que ardía como la zarza que menciona el Antiguo Testamento. Igor no dejaba de pensar en su esposa, por primera vez en mucho tiempo experimentaba una preocupación real por ella, por su seguridad. El corazón le latía con furia, sintió que el sudor le humedecía las palmas de las manos.

Observó otro destello, contuvo el aliento y se preparó para el impacto. El suelo se sacudió con el estruendo como si de un temblor se tratara, mientras el viento volvió a arreciar arrancando gemido de los tablones del piso de la casa.

Igor se volvió con expresión impotente y preocupada. Afuera, el aullido del viento se tornó más agudo mientras los relámpagos iluminaban el cielo abriendo profundos surcos blanquecinos y brillantes. Igor pensó que la tormenta seguiría por horas, pero una vez que descargó toda la furia que contenía se fue alejando hacia el este poco a poco. Olvidó el aullido del viento y el crujido de las tablas del piso por un momento y se concentró en lo que debía hacer.

Decidió que era tiempo de regresar y comprobar cómo se hallaba su esposa. Salió de casa de sus padres como un poseso. En medio de fuertes vientos, hizo el trayecto del serpenteante camino, corriendo, sin darse cuenta a penas de que seguía lloviendo. Intentó correr más deprisa, pero tenía la sensación de que estaba corriendo sobre hormigón fluido. Oyó el rugido de otro trueno, pero esta vez no fue más que un chillido, distante y poco amenazador.  La tormenta se alejaba, pero seguían brillando los relámpagos.

Llegó a su casa jadeante y sin aliento. Cuando estuvo frente a la puerta, la abrió desesperado. Igor vio a su esposa aun nerviosa y muy asustada. No tenía ni idea de lo que le iba a decir para tranquilizarla. Las palabras siempre habían sido su talón de Aquiles. El joven entró a la casa dando grandes zancadas. Se acercó a su esposa y ella retrocedió inmediatamente. Lo miró fijamente, con los labios temblorosos y las mejillas blancas de terror.

 Igor se quedó helado al ver la reacción de su esposa. Era la primera vez, desde que se habían casado que se percataba del temor que ejercía sobre Kataryna.

_ Kataryna, ¿te encuentras bien? _ preguntó el joven.

La muchacha no reaccionó, seguía inmersa en un estado de pánico y desesperación.

_ ¿Kataryna? _ preguntó Igor mientras daba un paso muy lento hacia ella.

La muchacha respiraba rápidamente, jadeando, como si acabara de concluir con una larga carrera.

Igor tendió una mano lentamente en dirección a su esposa y le acarició el rostro despacio. Era la primera vez que le dedicaba una caricia lenta y cadenciosa.

 Kataryna pareció reaccionar positivamente.

 Igor se acercó a ella un poco más, le acarició el pelo con una mano y la tomó de la espalda con la otra atrayéndola hacia su cuerpo.

Kataryna reaccionó y pugnó levemente por separarse de su esposo, pero Igor le habló con voz suave y relajada.

_ Todo está bien, estas a salvo_ dijo.

Kataryna terminó sucumbiendo en los brazos de Igor. Fue la peor noche de su vida, seguía aterrorizada y lo que necesitaba en ese momento era que alguien la sostuviera.