Historias Entrelazadas

Kataryna

Kiev, República Socialista Ucraniana, julio de 1923

I

Kataryna caminaba con movimientos lentos, la cabeza gacha y una pronunciada cojera, sudaba profusamente y su empapado camisón se le pegaba al torso. La lámpara iluminaba tenuemente su pálido y consternado rostro en la penumbra de la habitación. Llevaba la mirada vacía y oscura, los ojos opacos, una sombra gris se había cernido sobre ellos. Su cuerpo le hormigueaba con una sensación febril y dolorosa. Se tambaleó, sintió que la cabeza le daba vueltas. Notó que le costaba mantenerse de pie, sus piernas parecían de goma y amenazaban con ceder. Sus manos le temblaron levemente cuando extendió los brazos para sujetarse de la mesa en busca de estabilidad. Se quedó allí por unos largos segundos, apretó la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y perdió sensibilidad en los dedos. Estiró sus entumecidos miembros un par de veces y fijó su atención en el espejo que tenía enfrente.

Cuando observó su imagen reflejada en un espejo, se quedó congelada al contemplarse, se le aceleró la respiración, las pupilas se le dilataron y la angustia estalló en su vientre. Percibió una mirada que no estaba allí solo unas horas antes, una mirada temerosa y horrorizada. Sus ojos parecían confusos, como si no estuviera segura de donde estaba o incluso quien era. Brillaban de desesperación, perturbación e impotencia. Una lágrima se derramó de la comisura de su ojo derecho y descendió por su mejilla. Se sintió atrapada en una pesadilla que no lograba entender. Desvió la mirada a sus manos, que aún le temblaban. De pronto, el sonido monótono pero persistente de los ronquidos de su flamante esposo en la habitación contigua se detuvieron por completo y le oyó murmurar algo ininteligible. Su corazón volvió a acelerarse y experimentó una fuerte punzada de pánico. Trató de calmar a su aterrado corazón tomando bocanadas profundas de aire. Pronto, regresaron los sordos y disonantes sonidos. Volvió a mirarse al espejo, llevaba el cabello rubio desgreñado y apelmazado por el sudor. Los ojos azules enrojecidos y vidriosos. El labio inferior hinchado, azulado y tembloroso. Tuvo que apretarlos para evitar que le siguieran temblando. Sintió una sorda palpitación en la sien, así como también el miedo y el aturdimiento que crecían en su estómago, paralizada por la conmoción y la desesperación. Se encontraba visiblemente perturbada y al bode de desfallecer. La palpitación dio paso a un fuerte dolor de cabeza y una considerable sensación de nausea. Se llevó una mano al estómago y echó para atrás la cabeza. Cuando bajó la mirada se topó de nuevo con sus ojos encendidos, cargados de dolor e indignación. Sintió una arcada y la cabeza le dio vueltas.

Se acercó con dificultad a la puerta y salió de la casa aguantando la respiración. El aire fresco sobre su pálido rostro la reanimó de inmediato y agradeció la suave briza que acarició su sudoroso cuerpo. Clavó su mirada en el horizonte donde los opacos campos se encontraban con el oscuro cielo repleto de estrellas muy brillantes con su frío parpadeo. La plateada luz de la redondeada luna iluminó su perturbado rostro confiriéndole una apariencia fantasmal.  Aspiró cerrando los ojos y luego exhaló un suspiro profundo cargado de repulsión y absoluta conmoción. Era la sensación más humillante e indignante que había experimentado en su vida. Estaba llena de una extraña percepción de vacío como si le hubieran arrancado todo en un par de minutos: las ilusiones, la alegría, y las esperanzas. Ahora solo quedaba en su interior una profunda oscuridad. Pensó en lo fácil que había caído en una honda e insospechada grieta, de una vida aparentemente sólida y prometedora.

Oyó en su garganta el sonido áspero de las lágrimas. La tristeza y el miedo la azoraron por completo y se sintió totalmente perdida. Con el correr del tiempo y con mucha persistencia, había llegado a abrigar algún tipo de afecto, aún algo vacilante por el hombre que acababa de convertirse en su esposo, pero en aquel momento dudaba que aquel afecto prosperara, es más, sentía una creciente y persistente repulsión hacia el hombre que había prometido amarla y respetarla hasta que la muerte los separara. En aquel instante, solo podía albergar en su corazón miedo, pero al mismo tiempo una ira soda y abrazadora.  Una convicción inquietante, casi certera surgió en su mente. Su vida sería un infierno al lado de su esposo. Las lágrimas le anegaron los ojos y se deslizaron por sus mejillas. Su llanto fue discreto, silencioso y extenuado. Cuando regresó a la casa, tenía el paso algo más ligero, la mente mucho más lucida y una nueva firmeza de voluntad. No dejaría que aquella traumática y dolorosa experiencia destrozara su vida.

Un comentario en “Historias Entrelazadas

  1. Hola, Milena. Me han llamado mucho la atención tus sagas, sobre todo Casa 110, por su intención narrativa, que las Historias entrelazadas, más emparentadas a Rojo y negro, de Stendhal, que a Guerra y paz, de Tolstoi. Relatos bien construidos. Saludos desde Villahermosa

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