HISTORIAS ENTRELAZADAS (Kataryna y Alexander)

Oberá, abril de 1935.

I

El pasto aún lucía muy verde, aunque ya se veía salpicada de hojas caídas cuando Kataryna y Alexander abandonaron la hacienda. Las horribles imágenes del cuerpo de Daryna aún se arremolinaban en la mente de la mujer. Pasarían muchos años antes de que empezaran a difuminarse y se convirtieran solo en un triste recuerdo. Su aspecto cada vez más demacrado y retraído era digno de la mayor compasión.

Se alojaron en el pueblo por algún tiempo mientras Alexander arreglaba algunas cosas referentes a la hacienda. El modesto hospedaje era regentado por un viejo ya sin más pelo que unos sutiles mechones blancos, como barbas de maíz por encima de las orejas. La habitación era sencilla, sin muchas pretensiones. Una cama matrimonial, dos mesitas de noche, una lámpara, un pequeño ropero y un absurdo cuadro de dos dálmatas sentados a la mesa jugando a las cartas eran su único mobiliario.

Kataryna se desabrochó la chaqueta y se sentó en el bode de la cama mientras Alexander acomodaba sus escasas pertenencias. Observó a través de la ventana, el cielo estaba despejado, pero el viento soplaba con fuerza afuera. Estaba oscureciendo y pronto caería la noche y con ella llegaría la tristeza y el desasosiego. Afuera se oía el crujir de las hojas caídas del otoño, impulsadas por el viento. Las ráfagas tropezaban contra la fachada del hospedaje al tiempo que se oía el chasquido amortiguado de unas ramas al romperse.

Alexander se sentó a su lado y rodeó sus hombros con su brazo.

_Solo será por unos días_ le aseguró.

Ella asintió en silencio. Después de todo no tenía otro lugar a donde ir, aunque le avergonzaba tener que quedarse en el pueblo y soportar los cuchicheos de la gente. Odiaba convertirse en la comidilla de todo el mundo.

La luna empezó a elevarse poco a poco, mientras los pensamientos de Kataryna erraban por sus dolorosos recuerdos y su incierto porvenir. En su cabeza había una sospecha que resonaba como el repique de una campana. Una campana que algunos llaman intuición femenina. Aquel tañido sonaba cada vez más cerca y más fuerte, llenándola de incertidumbre, pero a la vez cierta esperanza. Una esperanza que, en vez de colmarla de ilusiones, la colmaba de temor y desesperación.

Se tendió en la cama, ovillándose sobre su cuerpo, suplicando que el sueño la cubriera con su manto, acunándola, arrullándola, aguardando que la noche la liberara de sus pesadillas.

En aquella noche ventosa de otoño, a la luz de la luna que entraba por la ventana de aquella modesta habitación, Kataryna cerró los ojos esperando los nuevos designios que el creador tenía reservado para ella.

II

Durante los días posteriores a que dejaran la hacienda, la preocupación de Alexander por la estabilidad emocional de Kataryna se había acrecentado. La veía cada vez más desencajada, con el rostro macilento y los ojos vacuos. Resolvió con rapidez todos sus asuntos para así abandonar definitivamente Oberá. Tenía confianza de que abandonando de una vez por todas Argentina, ayudaría a Kataryna a empezar a sanar.

La mañana se vislumbraba fresca pero luminosa. El cielo se hallaba despejado y el ajetreo habitual de los transeúntes llamó la atención de Kataryna quien observaba con ojos curiosos a través de la ventana. Tenía los brazos cruzados sobre su pecho, un gesto de protección al que acudía cada vez con más frecuencia.

_Tengo que comprar los pasajes para Posadas_ dijo Alexander_ ¿Por qué no me acompañas?

_ ¿Posadas? _ preguntó ella sin despegar los ojos de la calle_ pensé que dijiste que íbamos a Paraguay.

_Posada es nuestra primera parada. Allí tomaremos un bote y cruzaremos el río.

Kataryna asintió sin voltear a verlo.

_ ¿Por qué no me acompañas? _ preguntó él_ no has salido de estas cuatro paredes desde que llegamos.

_Preferiría esperarte_ dijo ella aún sin voltear a verlo.

_Vamos Kataryna, necesitas tomar algo de aire.

Kataryna suspiró pesadamente antes de voltear a verlo. Se quedó en silencio con los brazos sobre su pecho como si meditara la propuesta de Alexander. Segundos después, asintió con una leve sonrisa.

Se dirigieron a la única empresa de trasporte de pasajeros del pueblo, el Expreso Singer, recientemente inaugurado que constaba solo de una unidad a la que llamaban cariñosamente “El patito” probablemente fuera por el color anaranjado desvaído del vehículo, o quizá por la curiosa forma del guardabarros trasero que se asemejaba a la cola de ese palmípedo. El dueño Ralf Singer, escondía detrás de sus lentes de gruesos marcos y verdosos cristales, una mirada firme y decidida, aunque muchas veces melancólica y nostálgica, como la mayoría de los inmigrantes que debieron abandonar su patria y emigrar a lejanas tierras en la búsqueda de una vida mejor.

Ralf nació en Letonia y emigró a Argentina en mil novecientos veintitrés, se dedicaba al transporte de mercaderías entre Oberá y Posadas. Pero muchos de sus clientes necesitaban trasladarse, por lo que viajaban en su camión durante tres o cuatro horas, soportando incomodidades, a veces el sol calcinante, otras las fuertes lluvias. Así que decidió cambiar su camión Chevrolet por un chasis de la misma marca y mandó construir una carrocería, el vehículo solo contaba con espacio para doce pasajeros con asientos de madera dispuestos en forma de cuadrilátero, no poseía ventanas, sino espacios abiertos.

Una madrugada, el motor del “patito” zumbó y se sacudió. Un abanico de luces iluminó una brillante y gruesa cortina de llovizna. Los curiosos que observaban al amparo de los corredores de la terminal vieron las luces brillar alrededor, luego se ausentaron, se fueron apagando y desaparecieron en la profundidad que precede al amanecer, en lo que sería el primero de innumerables viajes. “El patito”, trasportó a los pasajeros por más de cuatro horas sobre picadas hechas a machete, extirpadas al monte y huellas de camiones como su única guía.

Con los boletos en mano, Kataryna y Alexander pensaron en regresaron a la posada. Partirían dos días después, antes de que el sol se atreviera a levantarse.

Era día de feria y los comerciantes se apostaban en la calle principal. Pequeños ganaderos y agricultores exhibían sus productos: canastillas de huevos; piernas de res; cajas de tomates; atados de lechugas; y coloridas hortalizas.

Kataryna y Alexander empezaron a sortear la zigzagueante serpiente humana compuesta de comerciantes, compradores y simples curiosos. Cuando estuvieron a punto de lograr su cometido oyeron una voz que provenía de entre el gentío.

_ ¡Papa! _ grito la voz.

 Ivanov se detuvo, sabía perfectamente a quien pertenecía aquella voz. Se volteó con lentitud, frunció el ceño en actitud recelosa.

El joven al cual pertenecía la voz se abrió paso entre el gentío, cuando alcanzó a Ivanov, fulminó con la mirada a Kataryna quien palideció avergonzada.

_ ¡¿Qué haces con esta mujer?! _ gritó Yuri con ojos inquisitivos y retadores.

Algunas personas alertadas por los gritos de Yuri volvieron su atención a aquel extraño trio.

Ivanov se quedó mirando fijamente a su hijo, pensando cómo debía abordar la situación.

_Ya hablé con tu madre y este no es el lugar ni el momento para que hablemos al respecto_ respondió con una mirada de advertencia.

Kataryna sintió que todos la miraban, que los ojos de todo el pueblo estaban posados sobre ella. Como enormes pesos calientes y punzantes. Comprendió entonces, cuál sería el resultado de esa escena y el estómago se le revolvió.

Yuri masculló algo entre dientes antes de volver a levantar la voz.

_ Puede que hayas hablado con mi madre, pero eso no significa que lo que estás haciendo es correcto. Has lastimado a mi madre y eso no te lo voy a perdonar fácilmente_ dijo con la mirada encendida, cargada de dolor e indignación.

Todo el mundo parecía observar a Kataryna y algunas mujeres cuchicheaban por ahí. Sintió náuseas y llegó a pensar que terminaría vomitando el desayuno completo en medio de toda aquella gente que parecían señalarla con un dedo admonitorio. Quiso salir huyendo, pero no podía moverse, como si alguien la hubiera clavado en el suelo.

_ ¡No entiendo como has sido capaz de dejar a tu familia por una mujerzuela como esta! _ continuó Yuri con un gesto desdeñoso y el rostro nublado por la rabia.

_Yuri, cuida tus palabras_ dijo Alexander lo más tranquilo que pudo, intentaba no exacerbarse de lo contrario terminaría perdiendo los papeles en medio de aquel gentío.

_ ¡No tengo porque hacerlo! _ contestó el muchacho ostentando desmedida arrogancia. _ Esta mujerzuela ha destruido a nuestra familia.

Alexander se sintió molesto, fastidiado por la actitud de su hijo. Por un momento, pretendió borrarle aquella arrogancia de la cara con una bofetada, pero se deshizo de aquella idea de inmediato. Bajo ninguna circunstancia debía convertir aquella desagradable escena en una tragicomedia.

_Cuida tu lenguaje Yuri, no voy a permitir que la insultes_ le advirtió mientras sus ojos se detenían con disgusto sobre su hijo. _ Tu comentario es ignorante y ofensivo yo no te crie de esa forma.

Entonces, con aquella brusquedad que caracterizaba a Yuri echó la cabeza para atrás y lanzó una terrible carcajada.

_ ¡No pienso hacerlo! _ dijo levantando la voz_ no voy a tener ninguna consideración con esta mujer, de la misma manera en que ella no lo ha tenido con mi madre. Siempre hablaste de honestidad e integridad ¿dónde ha quedado todo eso? _ preguntó_ además, tu no nos criaste, lo hizo mi madre. Desde que tengo memoria has estado ausente.

Ivanov no podía argumentar con su hijo en lo referente a su ausencia, pero no iba a permitir que se siguiera extralimitando. Hizo un gesto con la mano para que se callara y lo observó fijamente con los ojos encendidos.

Kataryna se removía inquieta, se sentía deprimida y humillada. La gente no dejaba de observarla con morbosa curiosidad.

_ Vuelve a casa, no deberías estar aquí_ dijo_ si vuelves a lanzar un improperio más, vas a tener que vértelas conmigo.

El joven apretó los puños y tuvo que morderse los labios para evitar decir algo de lo cual de seguro se arrepentiría inmediatamente después de que su padre lo golpeara. Pero no desaprovechó la oportunidad de lanzarle una mirada asesina a Kataryna. Estaba claro que Yuri deseaba poner a prueba la paciencia de su padre. Una helada insensibilidad y una oleada de calor producto de la ira inundó el corazón del muchacho.

Alexander le dio la espalda al mayor de sus hijos, al tiempo que sujetaba a Kataryna del hombro y la apremiaba a que lo siguiera. La mujer tenía los ojos ardientes por las lágrimas inminentes y la voz algo temblorosa, pero logró ponerse en movimiento.

El muchacho se quedó de una pieza al ver a su padre alejándose, los espectadores estaban haciendo lo mismo, el espectáculo había terminado.

En aquel, momento la aversión y el rencor que durante toda su vida Yuri había sentido por su padre, se trasformaron en odio y furia. Aquellos sentimientos lo acompañarían hasta el último día de su vida.

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