Villa Encarnación[1], Paraguay julio de 1935.
I
Con la finalización de la Guerra del Chaco, y la firma del tratado de paz entre Paraguay y Bolivia, el futuro se perfilaba arduo y oneroso, pero a la vez esperanzador y fructífero para aquellos que se afanaran por conseguirlo. Miles de inmigrantes llegaban al país entre los que se podía captar por lo menos media docena de idiomas como italiano, ruso, polaco, francés, alemán, ucraniano, y variantes del inglés desde el acento inglés pasando por el escoses y el irlandés. Se hallaron de pronto en la primera línea de la fuerza laboral y de desarrollo del país, en un intento por escapar de la recesión y la ruina comercial en el que se encontraba sumido el Paraguay.
Entre aquellos inmigrantes se hallaba Alexander, que adquirió tres mil hectáreas de montes salvajes en Villa Encarnación, ubicada en la zona sur de la región oriental del Paraguay, con la intensión de primero, afincarse en aquellas tierras para luego concentrarse en la extracción de los recursos forestales y con el tiempo, cultivar trigo (que fue introducido por los mismos inmigrantes), soja y algodón además de la crianza del ganado vacuno.
Las increíbles, cristalinas y turbulentas aguas de arroyos que se desprendían del río Paraná, los fantásticos saltos rodeados de hermosas serranías y la fertilidad de aquellas tierras habían llamado la atención de los Jesuitas, siglos antes que a los inmigrantes provenientes de Europa. Los Jesuitas habían fundado las Misiones Jesuíticas en donde los aborígenes guaraníes se asentaron bajo la administración política y religiosa de esta congregación por más de cien años. En donde se les enseñaba a los indígenas las bellas artes como: el canto; la pintura; la escultura, para lo que presentaban habilidad y destreza. Les impartían demás, la religión católica, la cual asimilaron con rapidez y docilidad.
Luego de que los sacerdotes fueran expulsados por orden del rey Carlos III, sus iglesias, escuelas y viviendas quedaron abandonadas al olvido. Algunas de aquellas construcciones aún se levantaban imponentes en medio de verdes y brillantes campos a la espera de que alguien volviera a darles relevancia histórica.
Aquella intuición que resonaba en la cabeza de Kataryna como el tañer de una campaña, se había trasformado semanas después, en certeza.
Estaba embarazada.
Su primer pensamiento coherente fue el sobresalto y luego el temor a lo que Alexander pensaría. No había sido un acto intensional o premeditado. Por lo que sintió que las cosas se daban con rapidez entre Alexander y ella, cuando no sabía muy bien a donde les llevaría aquella extraña relación. Porque de lo que estaba segura era que formaban una extraña e inusual pareja. Él, un hombre culto, que siempre había gozado de buena posición económica, un hombre de mundo, con ideas progresistas. Ella, una campesina, que apenas había terminado la instrucción básica, que antes de salir de Ucrania, no había conocido más mundo que la ciudad donde había nacido. Con ideas y creencias que se hallaban en contraste con las de él, pero que de alguna manera habían congeniado, comprendido las necesidades del otro y aprendido a tolerar las manías, obsesiones y turbaciones del otro.
Alexander no había cambiado mucho, con frecuencia se sumía en un estado de retraimiento del que tardaba mucho en emerger. Aquella actitud de reserva, suspicacia e introversión lejos de resultarle molesta a Kataryna le resultaba atractiva y misteriosa. Parecía decidido a no arriesgarse a confiar sus más profundas emociones y ella estaba extrañamente conforme con ello. A pesar de todo esto, siempre estaba cubierto de una capa de gentileza y caballerosidad que Kataryna apreciaba y agradecía.
Tal vez su madre había tenido razón después de todo y el amor no existía de la forma en que las novelas románticas lo describían. Sin embargo, Alexander la hacía sentirse valoraba y apreciada. Kataryna era una mujer de carácter impetuoso, que se ilusionaba con el porvenir, que más de una vez le fue esquivo. Pero cuando se sentía decepcionada, no se deprimía en proporción a sus esperanzas frustradas. Se olvidaba muy pronto de su decepción. Después de todo, cualquier acto que rehace el mundo es un acto heroico y ella intentaba rehacer su estropeado mundo de alguna u otra manera.
No hubo motivo para el temor o la preocupación que sintió en aquel primer momento, Alexander pareció alegrarse genuinamente con la noticia de su embarazo. Y en realidad lo hizo, pensando en ella y en lo mucho que aquel niño la ayudaría a encaminar su vida. Luego de asimilar la noticia, pensó que tal vez aquel niño también pudiera ayudarlo a experimentar, percibir, o descubrir las emociones que hasta ahora le habían sido negadas, como: el afecto, el cariño, la empatía y el amor filial.
La casa que Alexander levantó era mucho más pequeña y modesta que la Casa Grande, pero le había causado mayor satisfacción y complacencia. Construida con grandes y gruesos ladrillos de arcilla pintados con cal blanca y brillante, con techos a dos aguas de anchas tejas, sostenidos sobre doce pilares que rodeaban la casa formando un fresco corredor jere[1]. Amplios ventanales y altas puertas de madera, rodeados de barrotes metálicos. Los pisos de terracota completaban la nueva casa.
Su interior constaba de una salita, un comedor, una amplia cocina provista de una despensa, un escritorio y dos habitaciones. El baño se hallaba fuera de la vivienda a pocos metros de la casa, al amparo de un gran ombú.
Kataryna situó el crucifijo de su madre en la pared, sobre la cabecera de la cama que compartiría con Alexander, para luego retroceder unos pasos y observarlo. Recordó a la familia que había dejado en Ucrania y a las hijas que había perdido. Se le nublaron los ojos y sintió un nudo en la garganta. Se sintió de pronto angustiada y afligida. Sacudió la cabeza, no debía ir por ese camino, no, definitivamente, no. Ya había estado en aquel lugar y no le había gustado. Por el hijo que esperaba intentaría super sus tristezas y sus tribulaciones. Suspiró profundamente al tiempo que se acariciaba el insipiente vientre.
Alexander la contemplaba desde el umbral de la puerta con ojos inquisitivos. La vio pensativa en un estado de introspección. Ella lo notó con el rabillo del ojo y dirigió su mirada hacia la puerta.
_Me lo dio mi madre el día que salí de Ucrania_ dijo sin que él le pidiera explicaciones.
Alexander asintió sin decir nada. Ella pensó que él se veía algo incómodo.
_ ¿Te molesta que lo haya colgado sin consultarte? _ preguntó.
_No, no me molesta. Puedes hacer lo que gustes con la casa_ se apresuró a responder mientras se acercaba.
A pesar de la respuesta de Alexander, Kataryna pensó que no se veía del todo convencido.
_ Este crucifijo me ayudó a sortear obstáculos, temores y desesperación tantas veces que he perdido la cuenta_ dijo ella, esperando que Alexander se decidiera a hablar.
_Entiendo_ respondió _ respeto tu fe, pero no la comparto_ agregó con cautela. Estaba acostumbrado a que la gente juzgara su falta de credo.
Kataryna lo observó con detenimiento, sorprendida, en realidad nunca habían hablado de sus creencias religiosas. Supuso que profesaba la fe ortodoxa como casi todos en el imperio. Aunque había oído hablar de la nueva generación que impulsaba ideas nuevas sobre la inexistencia de Dios, sobre el bien y el mal, descritos en libros como los de Dostoievski. Libros que leía su padre. Y como los que los soviéticos querían imponer en lo que ellos llamaban el nuevo orden. Pero nunca se había topado con uno de ellos, y allí estaba Alexander con ojos serios pero francos confesando que no pertenecía a la iglesia ortodoxa.
_Entonces, no comulgas con la fe ortodoxa_ dijo ella, no fue una pregunta sino una aseveración.
Alexander sonrió de manera indulgente al tiempo que la invitaba a sentarse en el borde de la cama. Él permaneció de pie frente a ella. Se quitó los lentes que se veía obligado a usar desde unos meses atrás y los limpió con el pañuelo que guardaba para ese propósito en el bolsillo del pantalón, luego volvió a ponérselos.
_No creo en la existencia de Dios_ dijo él mientras señalaba el crucifijo de madera que pendía de la pared.
Kataryna no pareció sorprendida por su franqueza. Lo observó con las cejas levantada formando dos perfectos arcos, esperando que se explayara en sus confesiones.
_Pienso que la ignorancia, el sometimiento y el oscuro fanatismo religioso son la perdición de la raza humana. La ignorancia tiene cura. Las personas que con empeño y dedicación abren su mente a la instrucción pueden abandonar la ignorancia. El sometimiento muchas veces es algo más difícil de abolir ya que tiene múltiples aristas, a veces se trata de la cultura, otras de la forma de gobierno. Pero la religión es un medio de dominación, de manipulación de masas.
Alexander caminó de un lado a otro de la habitación mientras las palabras brotaban de sus labios. Sus ojos brillaban detrás de sus gafas mientras disertaba.
_Creo que las emociones humanas, aquellas más arcaicas, continúan dominando al pensamiento lógico y racional. Y que la superstición se enmascara de religión para guiar el curso de las acciones humanas.
_Entonces, ¿piensas que la religión es una especie de fetichismo? _ preguntó ella mientras depositaba sus manos entrelazadas sobre su regazo.
_Así es. La religión fue creada como medio de dominación, como medio de mantener a las masas temerosas y hasta a veces aterrorizadas. Fomentando las torturas morales, los remordimientos de la consciencia, los castigos, aguardando las prometidas recompensas en un paraíso inexistente. Porque lo que aborda al alma, lo que continuamente martiriza a la mente y lo que intoxica el corazón es la conciencia, pero el ácido que la carcome es el remordimiento ¿Y quienes se benefician? Los más beneficiados son los que no tienen conciencia ni remordimiento.
_Las personas honradas no tendrían que sufrir_ rebatió Kataryna, aunque su propio concepto de la religión era vago y confuso, no así la existencia de un ser superior.
Él volvió a sonrió condescendientemente. Parecía un maestro paciente con un alumno rezagado.
_ ¿Quién es honrado y quien no? _ preguntó_ ¿Acaso hacemos siempre lo que es moralmente correcto? ¿Y quienes definen la moralidad? Las mismas personas que buscan someter a la humanidad.
Aquellas preguntas discurrían en la mente de Kataryna como un rio de aguas turbulentas. Alexander tenía razón en algo. No siempre hacemos lo que se considera moralmente correcto. Kataryna se dejó seducir por los encantos de un hombre que no era su esposo manteniendo una relación prohibida. Alexander abandonó a su esposa y sus obligaciones como padre a consecuencia de aquella clandestina relación. Si, Alexander tenía rezón cuando decía que no siempre hacemos lo que es moralmente correcto.
_La religión fue inventada por el hombre, de lo contrario no existiría más que una. Pero alrededor del mundo, abundan las que pregonan ser la verdadera_ dijo mientras continuaba con su alocución. _ Bien lo había dicho Cicerón mucho antes de la llegada de los cristianos: “Los dioses tienen tantos nombres como idiomas existen entre los humanos” Y aún ahora, en pleno siglo veinte sigue tan vigente como casi dos milenios atrás.
Kataryna asintió, pero se quedó en silencio, reflexionando.
_Las religiones prometen la vida después de la muerte, o la reencarnación como una forma de vida eterna. Concebir la idea de que el sufrimiento desaparecerá, en que se calmarán todas las indignaciones, que se conseguirá justicia cuando lleguemos al paraíso me parece una comedia lacerante y lamentable. Una forma en que las víctimas de intolerancia, mezquindad, egoísmo e injusticia se resignen, esperando conseguir la recompensa de una vida eterna plena y feliz. Cuando deberíamos obtener la justicia, la salud y la felicidad durante muestras vidas. ¿Te has preguntado alguna vez de dónde proviene esta convicción tan arraigada en los seres humanos?
Kataryna sacudió lentamente la cabeza al tiempo que rebuscaba en su mente la respuesta a esa pregunta y desde luego no la halló.
_La naturaleza y los espectáculos de los fenómenos naturales, algunos magníficos, otros terribles y desastrosos fueron la causa de la aparición de la fe. No tiene más origen que ese. ¿Cómo se explicaban los primitivos seres humanos el oscurecimiento del sol en pleno día? No era más que un eclipse, pero ellos lo asociaban con enfermedades y calamidades. Debían hallar una explicación y a un culpable.
_Tiene sentido_ dijo Kataryna y lo animó a que siguiera hablando.
Alexander pareció complacido, al parecer ella estaba entendiendo su punto de vista. Su cuerpo pareció expandirse como si se inflara Tenía la espalda erguida y los brazos extendidos a sus costados mientras hablaba.
_Pero la religión no tiene que ver con la existencia de Dios replicó.
Alexander pareció perplejo. Frunció el ceño y meditó lo que ella acababa de decir.
_Puede que tengas razón y la religión fuese inventada por el hombre. Pero con religión o sin ella. Dios existe, eso es invariable. ¿Qué sería del ser humano sin su existencia?
Su voz sonaba vacilante, pero su pálido rostro expresaba una idea clara y firme.
_ ¿Por qué necesitamos de la existencia de Dios y la inmortalidad? _ preguntó él a su vez.
_Por qué es la forma en que discernimos el bien y el mal_ respondió ella_ sin la existencia de Dios todo nos sería permitido y se cometerían las mayores atrocidades. ¿Cómo podría el hombre permanecer integro y moral sin la existencia de un ser superior?
Alexander sacudió la cabeza de un lado a otro, una sonrisa se dibujó en sus labios.
_ A lo largo de la historia, el hombre ha cometido las mayores atrocidades en nombre de Dios.
Kataryna bajó la mirada y la dirigió a sus manos que seguían sobre su regazo.
_ Algunos piensan que fue necesario inventar todo esto para establecer en la mente humana la diferencia entre el bien y el mal, es cierto_ admitió Ivanov_ pero la humanidad debería encontrar en sí misma la entereza para rechazar al mal y vivir solo en la excelencia y la honradez sin tener la necesidad de conseguir una recompensa por sus actos de justicia. En el lealtad a la libertad es en donde el ser humano debería hallar la fortaleza para hacerlo.
Kataryna levantó la mirada y observó los ojos azules de Alexander que brillaban con fuerza y pasión.
_Voltaire dijo una vez: “Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo” y concuerdo con ello hasta cierto punto. Es decir, entiendo que fue necesario inventarlo en épocas remotas, para mantener una cierta armonía entre las personas, pero estamos en mil novecientos treinta y cinco y creo que es hora de que dejemos de indagar si Dios fue quien creo al hombre, porque las cosas se dieron a la inversa de eso no cabe ninguna duda.
_ ¿Qué me dices de la existencia del diablo? _ preguntó ella con interés.
_En la biblia dicen que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Yo pienso que el hombre creó al diablo a imagen suya_ dijo echándose a reír, aunque hablaba muy en serio.
Se sentó junto a ella en el borde de la cama y le acarició el rostro con el revés de su mano.
_Debemos buscar satisfacción en esta vida pasajera, vivirla con intensidad sin aguardar por supuestos goces ilimitados en una supuesta vida eterna.
Sus palabras conservaron calma, firmeza y claridad imperturbables hasta el final.
_Si fuera así, si Dios no existiera, si no creyeras en la vida después de la muerte, entonces ¿por qué piensas que volverás a encontrarte con Tatiana cuando mueras? _ preguntó ella.
Experimentó de pronto una acre sensación en su corazón después de hacerle aquella punzante pregunta, que por otra parte no era nueva para él. Hacía mucho tiempo que lo torturaba, que lo fustigaba incesantemente, exigiéndose despóticamente una respuesta que era incapaz de proveerse.
Ambos permanecieron en silencio por espacio de algunos minutos. Kataryna tenía los ojos bajos, Alexander la contemplaba con expresión de sufrimiento.
_Lo siento_ se disculpó ella poco después_ no debí mencionarla. Pero necesito creer que existe vida después de la muerte por mis hijas muertas y por mí misma.
Bajó la mirada hacia sus manos para evitar la mirada de Alexander. Sintió que estaba parada sobre una resbaladiza capa de hielo invisible y temió terminar en el suelo con un fuerte golpe.
Alexander sintió una reticencia momentánea pero luego habló despacio llevando su mano hasta el guardapelo que pendía de su cuello.
_No, tienes razón, intento buscar alguna explicación para asegurarme de que cuando muera pueda llegar hasta ella_ dijo y se echó a reír. Su risa sonó amarga y dolorosa_ Ella estaba segura de que nos volveríamos a encontrar cuando fuera el momento. Y de alguna extraña manera, aunque suene contradictorio con mis convicciones, sé que así será.
A Kataryna le pareció captar ansiedad en su voz y de repente se percató que había dicho más de lo que debía. Siempre hablaba de una manera prudente y circunspecta, por lo que no entendió por qué había traspasado aquel límite invisible y misterioso que Alexander siempre se afanaba por mantener. Intentó decirle algo, pero prefirió mantener silencio. ¿Qué se suponía que debía decir cuando el hombre con el que compartía su vida solo esperaba el día de su muerte para volver a ver al que fue el amor de su vida?
II
La intensa y reflexiva conversación que Alexander sostuvo con Kataryna no contribuyó a trasformar las convicciones del primero ni la fe dogmática de la segunda, sin embargo, fortaleció el respeto y la comprensión entre ambos.
El sol apenas se levantaba por el oeste en una mañana que presagiaba ser fría y húmeda, cuando Alexander tomó una pala en medio de una densa nube blanca producto de su hálito.
Empezó a cavar en el suelo frente al jardín de la casa, el primero de una serie de huecos pocos profundos, en donde instalaría una blanca empalizada. Se detuvo después del tercero y entornó los ojos bajo la luz del sol de primera hora de la mañana y se reflejó en sus gafas. Se preguntó dónde diablos estaba Kaspar. Se suponía que el muchacho debería haber llegado antes del amanecer para ayudarlo con el trabajo. Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios, como si se estuviera planteado varias respuestas a aquella pregunta, todas ellas jocosas. De seguro habrá perdido uno de sus zapatos, o no hallaba el pantalón, o tal vez sigue dormido como un bebé, pensó. Volvió a cavar. Mantenía la sonrisa en los labios cuando oyó pasos que se acercaban apresuradamente.
_Buenos días, señor. Siento llegar tarde pero no encontraba el zapato_ dijo la voz quebrada e insegura de un adolescente.
Alexander dejó la pala a un lado y observó al recién llegado con ojos admonitorios. Pensó en sermonearlo, recriminarlo y hasta reprenderlo, pero decidió no hacerlo. Era muy temprano para enzarzarse en una conversación que sabía no tenía sentido.
_Vamos toma la pala y sigue cavando. Voy a buscar la cerca_ dijo y se alejó.
_Si señor_ contestó el chico.
Alexander rodeó la casa y se dirigió al patio posterior. El muchacho lo observó alejarse con un suspiro de alivio evidente. Era la tercera vez en la semana en que llegaba tarde.
Kaspar, era de aspecto torpe, hombros caídos, espalda encorvada, de bruscos modales y ordinaria voz, características típicas de todo adolescente. Poseía un rostro atractivo y a la vez insulso, una contradicción que a primera vista podía parecer absurda hasta que uno se topaba con un chico como ese. Tenía los ojos azules y el cabello de un rubio albino.
En la parte de atrás de la casa, entre el corredor y el patio crecía un centenario quebracho espigado y espléndido. Alexander se detuvo frente a él y lo contempló por unos segundos. Al construir la casa se negó a cortarlo, era un magnífico espécimen que se había ganado el derecho de sobrevivir. El sol anaranjado, brillante y redondo parecía suspendido detrás del quebracho creando una atmosfera surrealista y mágica. Como el truco misterioso de algún prestidigitador. Alexander se sentó en el gélido suelo, a pocos metros de él. Apoyó los antebrazos en las rodillas encogidas y contempló el sol por unos minutos hasta que cambio de color y la ilusión desapareció.
Se puso de pie, se dirigió al cobertizo y tomó una de las cercas. No le representó un problema llevarla hasta el jardín delantero de la casa, no pesaba mucho. Encontró al muchacho luchando contra el suelo frío y duro. Dejó la cerca en el suelo, y se pasó la mano por la frente sudorosa a pesar del frío. Se sacó los lentes y los limpió con el pañuelo. Oyó que alguien lo llamaba levantando la voz y el eco resonó en la pared de la fachada de la casa. Alexander se ajustó las gafas y el mundo antes desdibujado y nebuloso, volvió a enfocarse. En sus labios se esbozó una gran sonrisa al tiempo que se acercaba con pasos rápidos al propietario de la voz. Cuando se encontraron se fundieron en un sentido abrazo.
_ ¡General! _ fue todo lo que Alexander pudo decir.
Hacía mucho tiempo que el General Beliávev y Alexander Ivanov no se veían. Concretamente, desde que Ivanov había sido dado de baja en aquella cruenta batalla en la que estuvo a punto de perder la vida. Y ambos hombres estaban genuinamente felices de volver a encontrarse.
El general parecía haber envejecido desde aquellos días. Pero aquel brillo de exaltación que siempre acompañaba a sus ojos no había desaparecido. Había subido unos kilos y destacaba una prominente barriga. Se había convertido en un hombre calvo, con solo unos mechones de pelo alrededor de las orejas que recordaba a la nieve de los intensos inviernos en Siberia. La indigna vejez lo estaba alcanzando poco a poco, en aquella carrera contra el tiempo que era la vida. La arena del reloj del general ya no era mucha y Alexander pensó cuanta arena le quedaría a su propio reloj.
Alexander le ordenó al muchacho que terminara de cavar los hoyos para la cerca. Luego, se encaminó junto al general por la senda de tierra que rodeaba la casa. Conversaron por largo tiempo recordando anécdotas de sus años al servicio del Zar y sus participaciones en la Guerra del Chaco. El general estuvo al mando de un cuerpo expedicionario en la primera línea de acción en varias batallas. Bajo su mando tenía un buen número de indígenas de la tribu Maká, originarios del Chaco Boreal. Sus incursiones lograron proporcionar indispensable información para la toma de decisiones. El general al igual que Alexander habían recibido por parte del gobierno paraguayo la declaración de Ciudadanos Honorarios del Paraguay, por sus sobresalientes participaciones en la defensa del país.
El general le confió a Alexander que se apartaba definitivamente de las actividades militares. Dedicaría sus últimos años de vida a intentar la dignificación social de los indígenas con los que se había identificado. Adquirió sus hábitos y hablaba su idioma. Pretendía asentar a los indígenas a orillas del río Paraguay y les enseñaría la agricultura y el aprovechamiento de los animales domésticos.
Extrañamente, el general moriría solo un año después que Alexander. Su último deseo sería ser enterrado en la aldea de la tribu Maká en el asentamiento que ocupó hasta su fallecimiento, frente a las orillas del río Paraguay. Los indígenas llorarían la muerte de su amigo, hermano y maestro, custodiando su tumba por toda la eternidad.
[1] Corredor Jere: Proviene de la palabra guaraní Jere que significa que da vuelta. Corredor que rodea toda la casa.
[1] Villa Encarnación: Actual departamento de Itapúa, cuya capital es Encarnación.