Villa Encarnación, agosto de 1935.
I
El cielo estaba cubierto, pero no llovía y la temperatura era agradable a pesar de que se hallaban en pleno invierno. Una luna menguante pugnaba por aparecer entre las nubes.
Alexander se hallaba con la espalda recargada contra uno de los pilares del corredor. Parecía otear la noche mientras fumaba creando una corona de humo gris alrededor de su cabeza. Acababa de despertar de uno de sus reiterados sueños, su corazón aún latía acelerado y la sensación de aflicción tardaría mucho tiempo en desaparecer por completo.
Sus noches eran permanentemente azoradas por sueños incesantes en los que aparecía invariablemente Tatiana. La sonrisa de Tatiana al recibir el anillo que se llevaría luego a la tumba; Tatiana yaciendo en la cama después de hacerle el amor; Tatiana plantada en el umbral de la puerta esperándolo. Mientras, una voz incorpórea canturreaba una y otra vez:
“¡Enebro, enebro mío!
En el jardín está la frambuesa, ¡frambuesa mía!
¡Ah! Debajo del abeto, debajo del verde,
¡Acuéstame para dormir!”
El rostro de Tatiana se le aparecía claramente en aquellos sueños, sueños en los que se sentía pleno, observándola con expresión complacida y en los que sus ojos azules adquirían un brillo de vivacidad y quietud. Un brillo que había desaparecido de sus ojos luego de la muerte de la baronesa.
Alexander se alejaba cada vez más en aquel estado de introspección en el que se sumergía de tanto en tanto. A veces podía permanecer horas meditando, recordando, deseando.
Las nubes se habían disipado sobre su cabeza con el trascurrir de las horas, el aire se había enfriado. Ahora, expedía grandes nubes de vapor blanco al respirar. La luna se desplazaba por el estrellado cielo como si se tratara de un frío navegante de la oscura noche. Se irguió de repente y oteo la oscuridad con cuidado como si esperara que alguien apareciera en cualquier momento. Luego, volvió a recargarse contra el pilar y siguió fumando.
Kataryna lo observaba a través de la ventana de la habitación, envuelta entre mantas de lana. Llevaba el rostro preocupado y tenso. A pesar de que aquellos episodios eran comunes en Alexander, nunca terminaba por acostumbrase a ellos. Muchas veces, la depresión era larga y dolorosa. Influía intensamente en el estado de ánimo de Ivanov volviéndolo taciturno y mustio. Se alejaba de la casa por periodos largos y se sumía en sus recuerdos con irreprimible nostalgia. Pero a pesar de aquel extraño estado taciturno que alimentaba su ser casi siempre, Alexander era capaz de arrancar de Kataryna una sonrisa de tanto en tanto.
Fuera, el viento de invierno ululaba en la oscuridad, vaticinando más frío, augurando escarcha, adivinando más tristezas.
Lo vio arrojar el cigarrillo al suelo. Pisó la colilla con el taco de su bota acompañando a otras diez iguales a ella dispersas en el suelo desde hacía rato. Luego, se dispuso a regresar a la casa.
Kataryna se tendió en la cama. No deseaba que Alexander supiera que lo estuvo observando todo este tiempo. Cuando se abrió la puerta, volvió la cabeza y la luz tenue del corredor se reflejó en las gafas de Ivanov. Lo vio cansado y desorientado, caminaba con la espalda algo encorvada y sus pasos parecían fatigosos, como si acabara de terminar una larga y dificultosa faena.
Yació al lado de ella con un suspiro profundo, cargado de desasosiego y ansiedad.
_ ¿Te encuentras bien? _ preguntó ella.
Él le dedicó una sonrisa que no se reflejaron en sus ojos.
_Lo estaré_ contestó.
_ ¿Quieres hablarlo?
Alexander volvió a suspirar, no deseaba explayarse sobre sus emociones, necesitaba mantener en reserva aquella parte de su persona. Pero al mismo tiempo, era indispensable que compartiera con ella una pequeña porción.
_ Los que luchan contra la neurosis traumática como yo, están muchas veces encerrados en sus casas, apartados del caótico mundo exterior. Algunos temen las multitudes en agitado movimiento como el de las grandes ciudades, otros el tráfico, por ello se alejan al campo y tratan de vivir alejados del mundo. Otros, optan por salidas más fáciles, se quitan la vida para evitar seguir sufriendo. Pero muy pocos, como yo, seguimos buscando guerras que pelear, o aventuras que vivir como si con ello buscáramos redimirnos, o tal vez hallar de una vez por todas, algo que ponga fin a nuestros sufrimientos.
Hizo una pausa y dirigió su mirada a la mujer que yacía a su lado.
_Se que soy difícil, sé que es difícil convivir conmigo. Pero quiero que estés segura de algo, trato de hacer lo mejor que puedo, trato de seguir adelante. Sé que viviré el resto de mis días luchando por sacudirme la extraña mezcla de perturbación y desequilibrio que me cubre. Y que para lograrlo tendré que dejar todo lo que he conseguido y empezar de nuevo en alguna otra parte. Un nuevo desafío algo que mantenga mi mente ocupada, algo que mantenga a mis demonios a raya. Cuando eso ocurra, y estoy seguro de que así será, tendrás que tomar una decisión. Aceptaré que quieras quedarte, es lógico que busques estabilidad, en especial por el niño que estás esperando.
Hizo una pausa y acarició el abultado vientre de Kataryna.
_Quiero que estés segura de que me encargaré de que no les falte nada ni a ti ni al niño_ dijo poco después.
En aquel momento, Kataryna acabó de comprender lo que Alexander le advirtió poco antes de que iniciaran su extraña relación. Alexander Ivanov, no era capaz de comprometerse y no porque no lo deseara, sino porque necesitaba mantenerse vivo, necesitaba mantener la cordura. Aquella vida inestable que llevaba era la única forma que conocía para hacerlo.
Kataryna le acarició la mejilla, paseó la yema de sus dedos por la larga cicatriz. Asintió sin decir palabra como si con ello concretaran un pacto solemne y silencioso.