CASA 110 (Parte 6)

Las señales

I

Laura no podía dormir pensando en los descubrimientos de Alejandro, le parecía increíble todo lo que estaba desvelando. La idea más lógica era pensar que John había tenido que ver con la muerte de Kuntur y que tal vez su esposa sabía al respecto y por eso se encontraba tan angustiada, por lo que tuvieron que recetarle barbitúricos. Sacudió la cabeza en la oscuridad de la noche. Todo aquello era una locura y sin embargo ella había experimentado algo sobrenatural, pero a la vez tan real. Intentó de recordar los detalles de lo que Melinda le había confiado. Le habló de la presencia de un jovencito en el hospital. Mencionó que le había hablado, pero Laura no recordaba muy bien los detalles.

_John tiene la culpa_ dijo en voz alta y su voz retumbó en la habitación.

Sí, ahora lo recordaba, Melinda le había mencionado que la aparición dijo “John tiene la culpa”. Era demasiada coincidencia para no estar relacionado. Trataba de ordenar mentalmente las piezas del rompecabezas. Se removió inquieta en la cama y se pasó la mano por el rostro incrédula. Se sentía sobrecogida.

_Me estoy volviendo loca_ dijo _ ¿cómo puedo estar pensando en espectros y apariciones? Y lo peor del caso es que estoy arrastrando a Alejandro en esto.

Alejandro, sonrió al pensar en él, los sentimientos que albergaba por el abogado sí que eran reales pensó, aunque no le gustara admitirlo. No tenía caso seguirse mintiendo a si misma. Siempre había pensado que después de su divorcio, permanecería sola. Se había casado enamorada, pero la relación con su exesposo no había llegado a buen puerto. Siguió enamorada de él, años después de que se divorciaran. De aquello había pasado mucho tiempo, ya no lo amaba, al menos eso creía. Suspiró resignada, no quería arruinar las cosas con Alejandro, pero se le hacía cada vez más difícil ocultar sus sentimientos por él. Pensó que el abogado correspondía a sus sentimientos, pero no estaba segura de que tan profundos eran aquellos sentimientos, y tampoco quería intentar nada con él porque si no funcionaba, se odiaría a si misma por haber arruinado aquella maravillosa amistad que compartían. El último pensamiento coherente que tuvo antes de quedarse dormida, fue para el abogado.

II

Despertó sobresaltada cuando el televisor se encendió de repente. El volumen estaba muy alto y los canales saltaba de uno a otro como si algún espectador aburrido estuviera haciendo zapping. Se levantó de un salto y trató de entender que era lo que sucedía. Buscó el control remoto y apretó el botón de apagado. El televisor seguía su rauda carrera de canal en canal. Se sorprendió avanzando lentamente hacia el aparato, expectante y con el rostro perplejo. De pronto, el televisor se detuvo en un canal. Era solo una imagen, Laura la reconoció de inmediato, era el de un antiguo talk show, el de la Doctora Laura Bozzo. En la pared, detrás de la conductora se leía la palabra LAURA. Su corazón dio un vuelco, y luego empezó una marcha alocada. Los canales volvieron a sucederse uno tras otro por unos segundos que a Laura le parecieron eternos, las imágenes en el televisor se mezclaban, como cartas barajadas por las manos invisibles de un crupier. El televisor se detuvo de nuevo en la imagen con el nombre LAURA. Segundos después, los canales volvieron a pasar uno tras otro, esta vez, la psicóloga observó un niño llorando, un programa de cocina, un hombre dando las noticias, pensó que era Fernando del Rincón de la CCN en español, hasta que se detuvo. La imagen era la de Ringo Starr tocando la batería, la canción HELP sonó de inmediato y la palabra HELP apareció en la pantalla coloreada de rojo con ribetes azules. Laura observó con cara de desconcierto, como los canales volvían a sucederse uno de tras de otro. Vio a Tom correr detrás de Jerry, de inmediato saltó a Jorge el curioso observando por un binocular. Luego, Lady Gaga cantando algo que no supo identificar y de nuevo se detuvo. Era el presidente Kennedy diciendo: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que puedes hacer por tu país.” Laura frunció el ceño confundida, trataba de entender que era lo que estaba pasando. Los canales corrieron uno detrás de otro de nuevo, se detuvieron en la imagen del talk show, luego saltó a la canción de los Beatles, luego al discurso de John F Kennedy. Laura emitió un gemido de asombro, de pronto lo supo con súbita y alarmante claridad, era un mensaje. Los canales volvieron a sucederse aceleradamente, Laura no prestó atención a las imágenes que relevaban una tras otra frente a sus ojos, esperó a que se detuvieran. Cuando lo hizo la palabra “IS” en color amarillo fosforescente abarcó toda la pantalla. Los canales volvieron a sucederse uno tras otro.

_Laura, John is…_ dijo la psicóloga con voz temblorosa y los ojos abiertos como platos.

El televisor se detuvo de nuevo y Laura observó el tráiler de la película THE GUILTY con Jake Gyllenhaal.

_Laura, John is guilty_ dijo y se llevó una mano a la boca para ahogar un grito de desesperación. Su cara era de quien no da crédito a sus ojos.

En ese momento, el televisor se apagó, como si comprendiera que el mensaje había sido entregado al destinatario. Laura retrocedió de espaldas y se topó con la cama, se sentó en ella perpleja e incrédula. Alejandro tenía razón, John Willians tenía algo que ver con lo que estaba sucediendo. Estaba asustada, no sabía en que se estaba metiendo, pero quisiera o no, aquella fuerza sobrenatural la inducía a participar en lo que fuera que estaba ocurriendo.

Se levantó de la cama minutos después, caminó con pasos lentos hasta el closet, su mente en cambio corría como una locomotora a vapor. Se puso el abrigo sobre los pijamas y se dirigió a la casa de Alejandro. Al salir al jardín sintió que una gota le recorría la frente. Llevó una mano a su rostro, tenía la frente perlada de sudor a pesar de que afuera hacía cuatro grados bajo cero y que el agua del aspersor se había congelado formando largas agujas de hielo. Caminó de prisa, su rostro estaba decidido, casi severo. Su paso era ligero y su mente se hacía más lucida al sentir el aire fresco sobre su rostro. Cuando estuvo frente a la puerta del abogado, tocó con fuerza, su corazón aún latía con rapidez.

Alejandro se levantó sobresaltado de la cama al oír que golpeaban insistentemente a su puerta, el primer pensamiento coherente que tuvo fue que a Laura le había sucedido algo grave. Cuando llegó a la puerta y encendió la luz, Andy se encontraba rascando la puerta y ladrando sin descanso.

Laura observó el rostro preocupado del abogado e intentó esbozar una sonrisa para tranquilizarlo. Apenas entró, se dedicó a reconocerla con detenimiento.

_ ¿Estás bien? ¿Qué sucedió? ¿Quieres sentarte? _ prorrumpió en preguntas mientras llevaba una mano al rostro gélido de Laura.

_Estoy bien_ contestó ella.

Se sentaron en la sala y Laura le narró el extraño acontecimiento mientras él sostenía una de sus manos y la observaba con la boca abierta en una mezcla de incredulidad y asombro.

_Es difícil de asimilar y de comprender_ dijo él al fin.

_ Lo sé_ dijo la psicóloga con una mirada confusa, reflexiva y algo nerviosa.

Alejandro le frotó suavemente la espada, la calidez de su mano hizo más para calmar el nerviosismo de Laura, que cualquier cosa que él pudiera haber dicho. Lo miró a los ojos buscando ver en ellos, algo que le dijera lo que pasaba en ese momento por su mente.

_Sé que es difícil de creer, pienso que un día de estos me dirás que estoy loca y que ya no quieres nada conmigo_ dijo con una sonrisa nerviosa y algo triste.

_No digas eso, no estás loca, sé que esto no tiene una explicación lógica, pero sé que pasa algo extraño_ dijo.

Su mano volvía a descansar en la espalda de Laura reconfortándola.

_No voy a dejarte sola con esto_ dijo con firmeza.

Laura suspiró y recostó su rostro en el hombro de Alejandro. Nunca antes habían estado tan cerca y ambos agradecieron aquel gesto de intimidad.

Alejandro la acompañó hasta su casa y se aseguró de que estuviera bien antes de desandar el camino recorrido. Los faroles de la calle se apagaron unos segundos y el abogado hizo un esfuerzo por escrudiñar la noche, segundos después los faroles se volvieron a encender.

_Solo ha sido un apagón_ se dijo a si mismo, pero eso no evitó que volteara sobre sus talones y observara la casa de Laura, ella le sonrió desde la ventana y lo saludó con la mano.

Alejandro hizo lo mismo, antes de retomar el camino a su casa.

III

_No me siento muy bien sabiendo que pasas otro sábado metido en este sótano_ dijo Laura algo avergonzada, mientras daba buena cuenta del sándwich que había traído desde su casa.

 Alejandro caminaba con una ruma de papeles amarillentos entre sus brazos, que le llegaban hasta el pecho.

_No te preocupes, esto me intriga y quiero llegar al meollo del asunto_ dijo el abogado mientras dejaba la pila de documentos sobre un desvencijado escritorio que tal vez llevaba en aquel sótano más de medio siglo.

_Podrías estar en Lima pasando un día agradable con tu familia o con alguien más_ dijo ella removiéndose inquieta en su asiento, su voz sonó algo vacilante.

No le agradaba pensar que el abogado pasara el sábado con alguien más pero no podía decirle eso. Alejandro se sentó frente al montón de papeles y empezó a hojearlos uno por uno.

_No quiero pelear con mi padre_ dijo_ y no hay nadie más con quien quiera pasar el sábado_ aclaró mirándola con aquella sonrisa ladeada que a ella le gustaba tanto.

Laura se aclaró la garganta, se sentía algo incómoda cuando él le hablaba de esa forma, pero a la vez le gustaba, se sentía bien saber que Alejandro prefería estar con ella en un sótano abandonado con una cantidad incalculable de documentos amarillentos y mohosos, que con alguna despampanante mujer en algún bar de Lima.

_ ¿Recuerdas alguna cosa que Melinda te haya mencionado con respecto al niño que vio en el hospital? _ preguntó Alejandro y la sacó de sus cavilaciones.

_He estado pensando mucho al respecto últimamente, incluso en los detalles sobre lo que vio en la casa, pero no recuerdo muy bien, es como si tuviera un velo frente a mi rostro y viera las cosas en forma difusa. Me parece extraño, porque ella me contó todo con lujo de detalles. Cuanto más lo intento, menos recuerdo. Es como si algo impidiera que recuerde con claridad.

Alejandro se quedó sopesando las palabras de Laura por unos segundos. Luego, dedicó su atención a unos documentos que tenía en un folder. Se detuvo en el historial médico del chico muerto.

_Este jovencito Kuntur Huamán, es la clave de todo_ dijo tamborileando el escritorio con el dedo índice.

_ ¿Qué te hace estar tan seguro? _ preguntó Laura.

Alejandro sonrió y sacudió la cabeza suspirando.

_ No lo sé, es solo un presentimiento, hay anotaciones a mano en su expediente médico.

_Creo que estás obsesionado con los apuntes a mano que has encontrado_ dijo Laura con una sonrisa algo divertida antes de darle otro mordisco a su sándwich.

_ En realidad, el encargado de este archivo estaba obsesionado con todo esto, trabajó aquí por casi cincuenta años.

_ ¿Te tomaste la molestia de investigar al encargado de archivos? _ preguntó incrédula.

_Tenía que hacerlo para entender todo esto. Mira, el hombre trabajó aquí desde muy joven, entró como ayudante y terminó siendo el encardado. Tenía a su disposición información de cada una de las personas que trabajó aquí, su historia médica, su información personal, si tenían cargos policiales, problemas judiciales, todo, lo único que le faltaba saber es que comían y a qué hora se bañaban. Sabía todo, le gustaba investigar y creo que le encantaba resolver conspiraciones en su tiempo libre.

Laura observaba con seriedad a Alejandro, pensó que el abogado se estaba tomando las cosas muy en serio y no podía estar más agradecida por ello.

_ ¿Cómo se llamaba? _ preguntó Laura.

_ ¿Quien?

_El investigador encargado de archivos_ preguntó_ si nos está ayudando debemos saber al menos su nombre.

_Cesar Arias_ dijo Alejandro_ murió en el año dos mil dos. Trabajó aquí hasta mil novecientos ochenta y siete.

_Muy bien, dame más detalles de las actividades de Cesar_ dijo Laura.

_Mira, aquí en el expediente médico del chico, Cesar escribió algo interesante_ explicó mientras le acercaba unos papeles a la psicóloga.

Laura tomó el documento que sostenía Alejandro y leyó: “Niño probablemente asesinado por algún empleado del complejo”

_ ¡Vaya! No se iba por las ramas, ¿pero que le hizo pensar eso?

_Aquí_ dijo señalando otro de los papeles_ en este documento policial dice que fue John Willians el que lo encontró, cerca de su casa, bajando la colina a orillas del río. Esa zona se llama Tortilla. Estuve por allí la semana pasada paseando con Andy. El lugar está lleno de piedras que arrastra el río. Imagino que sería igual hace setenta años atrás.

Laura asintió y se quedó pensativa por unos segundos.

_ ¿Crees que el que lo mató utilizó alguna piedra del rio para golpearlo?

_Creo que sí, y además creo que Cesar también lo creía.

_Tal vez debería ir a dar una vuelta por la zona_ dijo Laura.

_ ¿Crees que puedas sentir o ver algo si estás ahí? ¿Crees que puedas verlo?

_No lo sé, es solo una idea_ dijo la psicóloga.

_Pero nunca has visto al chico, ¿no es así?

_No, nunca, solo el rostro de aquella mujer.

Alejandro se quedó en silencio por unos momentos.

_ ¿La recordarías si la vieras? En una fotografía quiero decir_ preguntó luego.

_ ¡¿Tienes una fotografía de la mujer de Williams?! _ preguntó sorprendida.

_ La tengo_ dijo Alejandro un tanto receloso.

_ ¡Muéstramela! ¿Por qué no me lo dijiste antes? _ preguntó algo desconcertada.

_Temía que te afectara_ dijo preocupado.

Laura lo miró con ternura, sintió un pequeño cosquilleo en el corazón, se sentía tan bien tener a alguien que se preocupara por ella.

_Te lo agradezco_ dijo_ pero estaré bien.

Alejandro se quedó en silencio unos segundos mirándola fijamente a los ojos, pensando si sería lo correcto.

_Está bien_ dijo al fin_ esto es lo que haremos, pondré sobre el escritorio cinco fotografías, una de ellas pertenece a Linda Williams_ dijo haciendo a un lado los documentos que tenía regado sobre la mesa y colocando las fotografías una al lado de la otra.

Laura se acercó al escritorio y observó las fotografías tomándose su tiempo. Todas las mujeres eran caucásicas muy parecidas entre sí. Tomó la primera y la observó por unos segundos. La mujer en la fotografía era delgada y alta, tal como recordaba a la mujer de la aparición, pero usaba el pelo más corto. Su mirada era alegre y confiada, no, definitivamente no se trataba de la mujer que había visto. Dejó la fotografía en donde la encontró, con el resto de los retratos. Repitió el procedimiento con la segunda. No se detuvo mucho tiempo en observarla, esta mujer, no tenía la estatura ni el peso adecuado, pensó, y dejó la fotografía sobre la mesa de inmediato. Cuando tomó la tercera su rostro se transformó.

_¡¡Es ella!! ¡Es la mujer que vi en casa de Melinda!

La mirada de la mujer era la misma, los ojos tristes y atribulados, tenía los labios dibujados en una fina línea.

_Tomate tu tiempo, no has visto siquiera las otras dos que quedan.

_No hace falta, ¡Es ella! _ dijo con los ojos abiertos y exaltados.

Alejandro suspiró pesadamente antes de confirmarle a Laura que tenía razón.

_No sé que pensar, todo esto es una locura_ dijo ella pasmada.

_Tomemos las cosas con calma, nos estamos acercando a algo que no tiene precedentes, debemos ir despacio.

Laura asintió, pero, aunque quiso estar de acuerdo con él, se sentía exaltada, confusa y desesperada por saber que diablos estaba pasando y porque le ocurría a ella.

_ ¿Qué te parece si vamos al río después de que terminemos aquí? _ preguntó el abogado.

_Me parece bien_ contestó ella, pensó que lo mejor sería dejar que Alejandro llevara la investigación a su manera. Ella no se encontraba en condiciones de hacerlo

IV

Faltaba poco más de una hora para el atardecer cuando salieron del sótano y se dirigieron en dirección al Toyota aparcado frente a las oficinas. Laura había estado muy callada el resto de la tarde, sumida en sus pensamientos. Alejandro no quiso obligarla a hablar, por lo que no la presionó. Ahora, dentro del vehículo, rumbo a Tortilla, intentó entablar algún tipo de comunicación con ella. Necesitaba saber si se encontraba bien.

_ ¿Estás segura de que quieres ir al río? Puedo hacerlo yo solo si te parece mejor.

Laura lo observó detenidamente, lo vio algo cansado y preocupado.

_Estoy bien Alejandro, no te preocupes_ respondió dedicándole una sonrisa relajada. _ Quiero entender porque veo estas apariciones, y por qué Melinda las veía, que fue lo que ocasionó su muerte, estoy segura de que el ataque no fue casual. Estoy segura de que alguna de esas apariciones le causó el ataque.

Alejandro suspiró con desasosiego, temía por ella y se sentía impotente porque no podía hacer más por Laura de lo que estaba haciendo.

_Lo sé yo también he pensado en ello, pero no sé qué responderte.

Laura descansó una mano sobre el brazo de Alejandro y se lo apretó con suavidad, tratando de confortarlo.

_Alejandro no te preocupes tanto, has hecho mucho por mí.

El abogado la miró a los ojos antes de hablar.

_ No hago lo suficiente y no quiero que te suceda nada. No podría vivir con ello.

_Alejandro, nada de esto es tu culpa, si llegara a sucederme algo, no tendrías nada que ver con ello.

El abogado le dedicó una sonrisa de angustia.

_Es fácil decirlo, pero no de aceptarlo. No podría vivir en paz si algo te sucediera.

Laura lo observó conmovida pero no supo que decir, hicieron el resto del camino en silencio, para ambos era difícil exteriorizar lo que sentían. El Corolla celeste, enfiló la serpenteante carretera mientras el sol entregaba sus últimos rayos brillantes y rojizos. No había una sola nube en el cielo que interrumpiera el espectáculo. Las laderas de las montañas que circundaban la carretera se cubrían con pinceladas amarillas mientras el sol descendía. El Toyota cruzó el puente y bajó la colina. El viento arrullaba las copas del cinturón de cipreses. Laura levantó los ojos y los últimos rayos del día se colaron entre las hojas formando círculos de luz entre la nube verdosa que se levantaba por encima del automóvil.

Alejandro se detuvo a unos metros del río, se apearon lentamente y observaron como el sol desaparecía detrás de una montaña. El frío tomó su lugar de inmediato. El abogado señaló un lugar a su izquierda y caminaron con pasos lentos.

_Según el informe, este es el lugar en donde lo encontraron_ dijo.

Laura dirigió su mirada primero a su derecha y luego a su izquierda, haciendo un esfuerzo por escudriñar todo a su alrededor. El río corría a pocos metros de donde se encontraban. Las gaviotas andinas que habían estado reposando sobre las rocas levantaron el vuelo para ponerse a resguardo de las bajas temperaturas. Por donde se miraba, se observaba gran cantidad de rocas de diversos tamaños, la mayoría de ellas, cantos rodados, pero también una serie de rocas pesadas y de buen tamaño. Alejandro tendió su mano para que Laura se sujetara y se internaron lentamente en dirección al agua. No solo se hacía difícil avanzar por la infinidad de rocas esparcidas por el suelo, sino también por lo resbaladizas que estaban. Caminaban tanteando el terreno. Alejandro era mucho más alto que Laura por lo que sus pasos eran largos y seguros. Laura dio un paso largo y decidido y se deslizó tambaleándose. Emitió un gritito de sorpresa. Alejandro la sostuvo entre sus brazos de inmediato para evitar que cayera.

_Despacio, no quiero que termines en el agua_ dijo con aquella sonrisa ladeada.

Sus rostros estaban muy cerca y se miraron con intensidad a los ojos. La cercanía era agradable, pero a la vez extraña e inquietante.

_Es exactamente aquí donde lo encontraron. Tenía la cabeza destrozada. La sangre había manchado su ropa desde el hombro hasta el pecho. Estaba boca arriba con los ojos desorbitados mirando al cielo y la boca entreabierta, como si hubiera dejado de respirar poco antes de pedir auxilio.

_ Esa es una imagen increíblemente aterra…_ dijo y dejó la frase inconclusa.

Su expresión cambió por completo, había estado oyendo las explicaciones de Alejandro con suma atención, pero sus ojos inquisitivos se transformaron dando lugar al pánico. Experimentó una especie de terror mezclado con desconcierto y la sensación de que el tiempo de algún modo, se había extrañamente detenido como un chirriar de frenos. En realidad, pensó que retrocedió en el tiempo. Perdió la noción de todo a su alrededor, ya no veía a Alejandro, y la lenta oscuridad que empezaba a cubrir todo con su manto oscuro, dio paso a una mañana lluviosa y fría. Laura podía sentir el agua escurriéndose por su cuerpo, el cabello se le pegaba al rostro empapado, tiritaba de frío. Se observó las manos rojas y heladas, trató de calentárselas frotándolas una con otra, pero pensó que aquellas no eran sus manos, sino las de alguien más. La ropa que usaba, tampoco era suya, llevaba puesto un vestido blanco, manchado de barro. Caminó con pasos firmes hacia la orilla y allí vio el cadáver de Kurtun, tal y como Alejandro se lo había descrito, estaba totalmente empapado como ella y la mueca en su rostro era aterradora. Tenía las piernas extendidas, el brazo derecho cruzado sobre su pecho y el izquierdo a un lado de su cuerpo. La sangre de la herida en la cabeza había formado un charco a su alrededor y empezaba a fluir hacia el rio. Se llevó una mano a la boca para evitar emitir un grito de desesperación, sintió profunda repulsión y espanto. Su respiración se agitó y su corazón latía con tanta fuerza que pensó que se podía detener en cualquier momento. Se puso rígida, quería apartarse, pero no podía moverse, estaba paralizada por el aterrador espectáculo. A lo lejos oyó que alguien la llamaba, pero estaba tan absorta en lo que estaba viendo que no prestó atención.

_ ¡Laura! ¡Laura, despierta! _ dijo Alejandro y la sacudió de los hombros con fuerza.

La psicóloga salió del trance en el que se encontraba, los ojos vidriosos que habían desesperado a Alejandro volvieron a cobrar vida y con ello le regresó el alma al abogado.

_ ¿Qué, ¿qué fue lo que paso? _ preguntó ella bastante aturdida, profiriendo un suspiro desconsolado.

Era la viva imagen de la desorientación y el miedo.

_No lo sé, un instante estabas hablando y en el siguiente te quedaste petrificada, sumida en un estado casi catatónico. Será mejor que salgamos de aquí_ dijo Alejandro y la ayudó a regresar al Toyota sosteniéndola contra su cuerpo.

_ ¡Alejandro, lo vi! _ dijo luego de unos minutos, tiempo que necesitó para asumir lo que había experimentado_ fue mucho peor de como lo describiste_ dijo con la voz ahogada.

_ Creo que esto no fue una buena idea_ dijo angustiado_ jamás debí sugerir que vinieras.

Laura se detuvo obligando a Alejandro a hacer lo mismo.

_ No, fue lo correcto, ahora sabemos que la muerte del chico tiene algo que ver con los Willians.

_ ¿Qué fue lo que viste? _ preguntó preocupado.

_Estaba aquí pero no en nuestro ahora, fue como si regresara en el tiempo, era este lugar, pero en otra época, era de día y llovía mucho, estaba empapada de pies a cabeza, caminé hacia la orilla y vi el cadáver del chico. Fue una escena aterradora. Era como si mi cuerpo no me perteneciera, como si hubiese estado metida en el cuerpo de alguien más.

_ ¿A qué te refieres? _ preguntó Alejandro bastante consternado.

_ No se como explicarlo, fue una sensación bastante inquietante, pero no tuve tiempo para pensarlo, de inmediato vi al chico.

_Vamos, sube al vehículo, voy a llevarte a tu casa, estás helada_ dijo.

En aquel momento, Laura se percató de que se estremecía, tiritaba. de lo que no estaba segura era de si se debía al frío o al miedo que sentía.

V

Habían pasado una par de horas desde que Alejandro regresó a su casa, luego de que discutieran una y otra vez lo que Laura había experimentado en aquella aterradora visión. A pesar de que estaba cansada, no podía dormir, ya pasaba de la media noche, por lo que decidió tomarse una pastilla que la ayudara. Se levantó renuente, tenía frío y sabía que la cocina lo estaría aún más. No encendió las luces, la casa estaba en penumbras, la luz del farol que ingresaba a través de las ventanas de la casa la iluminaba tenuemente. Caminó descalza sobre la mullida alfombra, pero cuando llegó a la cocina, sintió el frío subiendo a través de sus pies. Se apresuró en llevarse la pastilla a la boca y pasarla con un poco de agua. Observó a través de la ventana en dirección a la casa de Alejandro, todo estaba a oscuras, probablemente estaría durmiendo, pensó. Suspiró, él estaba tan cerca, pero a la vez tan lejos. Se sentía cada vez más atraída hacia él, pero estaba decidida a no dar rienda suelta a sus sentimientos. No deseaba que las cosas salieran mal entre ellos y terminara destruyendo la amistad que tenían.

Sonrió para sí misma mientras recordaba el día en que lo había conocido, pensó que por primera vez en su vida sus instintos le jugaron una mala pasada. No le había caído del todo bien cuando lo conoció, pero el abogado resultó ser todo lo opuesto a lo que ella se había imaginado. Alejandro era un hombre atento, amable, asertivo, muy prudente y respetuoso con los demás. Laura lo consideraba, además, generoso y comprometido con su trabajo y las personas que lo necesitaban. Pero no podía olvidar, que era un hombre muy atractivo, sus bellos ojos marrones eran francos y sinceros, su sonrisa ladeada le detenía el corazón, y su cuerpo, debajo de la ropa que usaba dejaba adivinar unos bien desarrollados músculos que parecían puntos de referencias geográficos. Se echó a reír de su ocurrencia sacudiendo la cabeza.

 De pronto, oyó unos sonidos que la sacaron de aquellos pensamientos, pensó sonaron a madera que cruje. Al principio no supo de donde provenía, pero se quedó quieta y en silencio en actitud vigilante. Volvió a oírlo, tres o cuatros crujidos que parecían provenir del piso del comedor. Caminó despacio intentando hacer el menor ruido posible. Se quedó parada en el umbral de la puerta que daba al comedor y aguzó el oído. Lo oyó de nuevo, pensó que eran pasos sobre el piso de madera. Era muy común oírlos por la noche cuando la madera se contraía por el frío, pero prestando mayor atención, pudo comprobar que el sonido era diferente. “No son pasos”, pensó. Sonaba como si alguien estuviera arañando el piso de madera, algo así como cuando Andy arañaba la puerta en busca de atención, pero esta vez estaba segura de que no se trataba del perro de Alejandro. Emitió un sonoro suspiro que no pudo evitar, al parecer, los extraños fenómenos, no pensaban darle tregua, se sentía exhausta y sumamente aturdida, pero no le quedaba más opción que seguir hasta descubrir lo que sucedía.

Los rasguños siguieron, pero parecían cambiar de lugar, como si alguien debajo del piso se arrastrara ayudándose de sus manos sobre la madera. Laura caminó despacio, siguiendo los extraños arañazos hasta la habitación de visitas. Las cortinas estaban corridas y la luz de la luna ingresaba de lleno a través de la ventana. Los sonidos se detuvieron y todo volvió a quedar en silencio.

Laura se quedó parada frente a la puerta del closet perpleja, pensó que los arañazos la habían llevado hasta allí, como queriendo indicarle algo. Sintió de pronto una corriente helada arremolinándose alrededor de sus pies descalzos y en su columna vertebral que la hizo estremecerse. Los inquietantes murmullos volvieron como si alguien acabara de encender algún equipo de sonido. Los oyó detrás de su espalda. Laura volteó sobre sus talones asustada. Tenía los ojos bien abiertos, respiraba con los labios separados intentado que el aire le llegara a los pulmones. El corazón se le había acelerado y latía desbocado. Sintió que el sudor se resbalaba desde su frente y recorría su mejilla derecha. Se secó el rostro con el dorso de la mano y tragó saliva con dificultad.

_” Lauraaa… Lauraa help me” _ dijo una voz susurrante y fantasmal, la misma que Laura había escuchado antes en casa de Melinda.

La psicóloga gimió, empapada y sofocada. Frente a ella, se materializó Linda, la que alguna vez fuera la mujer de Williams. Laura dio un paso atrás instintivamente, mientras que la aparición extendía una de sus manos como si intentara tocar a Laura. Ella dio otro paso atrás, y después otro. Su espalda chocó contra la puerta del closet y ya no tuvo lugar a donde huir. La aparición se acercó despacio y la atravesó, en realidad fue como si se metiera en el cuerpo de Laura dejándola petrificada. Sintió súbitamente, como una fuerza primitiva le atravesaba el cuerpo como si de un fluido se tratara.

 En su mente se agolpaban una tras otra, imágenes horripilantes sin ningún sentido aparente como si un proyector, arrojara las imágenes en su mente al azar. Observó a Linda sonriendo con un vestido blanco muy hermoso, un hombre que creyó era John Williams con una pipa en la boca, Linda con una mueca de terror en el rostro, los ojos desorbitados y el rostro violáceo. Las imágenes siguieron incansables en la mente de Laura, un chico trabajando en el jardín de la casa 110, una gran roca bañada en sangre y lo que parecían ser restos de cuero cabelludo y pelo.

Se sintió aterrorizada, completamente espantada, pero no podía moverse ni emitir sonido alguno. Su corazón no paraba de correr, se le hacía difícil respirar, sus pulmones se esforzaban al máximo, pero no podía introducir suficiente aire en ellos. Pensó que se desmayaría en cualquier momento. El pavor la recorría en oleadas subiéndola cada vez más desenfrenadamente como si la sacudiera. Las imágenes siguieron proyectándose en su cerebro una tras otra, cada vez más rápido que no podía entenderlas, pero antes de que se detuvieran por completo, lo vio, un cadáver enterrado debajo del piso de madera. Fue allí cuando al fin pudo moverse y respirar de nuevo.

 Se llevó una mano al cuello, se había esforzado tanto en respirar que tenía la garganta lacerada y seca. Estaba aturdida, la última imagen había sido muy clara, un cadáver envuelto en sábanas blancas, enterrado en un pequeño sótano debajo de un piso de madera. Bajó la mirada y observó el piso alrededor de sus pies. Acababa de ser una espectadora inocente en tan misterioso episodio. Estaba casi segura de que si cavaba debajo de sus pies encontraría el cadáver de Linda. Se sintió cansada, desanimada tras la terrible experiencia vivida. Creyó que no estaba a la altura de la tarea que ella misma se había encomendado, aunque si lo pensaba mejor, aquella tarea se la había encomendado alguien más.

VI

Alejandro nunca perdió la costumbre de observar a Laura a través de la ventana de su casa, por el contrario, ahora lo hacía con mayor frecuencia, preocupado por su seguridad y por su estado emocional.  Con una taza de café humeante en la mano, aquella mañana observaba a su vecina de cabellos cobrizos, moverse de un lado a otro de la cocina, sosteniendo el teléfono en el oído izquierdo, hablando monótonamente a su interlocutor invisible. Segundos después, la observó llevarse la mano libre a la cabeza en gesto de fastidio. Habló por unos segundos más antes de cortar la llamada al tiempo que suspiraba profundamente. Puso los brazos en jarra y sacudió la cabeza frustrada.

 Alejandro supo de inmediato que ella necesitaba hablar, así que dejó la taza sobre la mesa sin siquiera haber probado el café, y se dirigió a su casa.

Laura seguía algo nerviosa cuando él llegó, pero trató de disimularlo con una sonrisa que no le llegó a los ojos. Llevaba puesto un polo azul, que decía MAINE en letras amarillas y mayúsculas.

_ ¿He llegado en mal momento? _ preguntó Alejandro.

_No Alejandro, nunca llegas en mal momento_ contestó ella _ Estuve hablando con mi madre, está preocupada por mí, me nota algo estresada y distante desde que Melinda murió. Quiere que regrese a casa.

_Para serte sincero, he llegado a pensar que tal vez sería buena idea que vayas a tu casa por un tiempo_ dijo el abogado esperado la reacción de su vecina.

_No hablarás en serio_ replicó Laura en tono sorprendido_ tu más que nadie sabes que no voy a irme sin saber la verdad.

_Lo entiendo, en verdad, pero temo que suceda algo que no puedas manejar_ dijo con ojos preocupados, al tiempo que se acercaba a ella y la tomaba de los brazos con ambas manos. Se inclinó un poco para que sus ojos quedaran a la misma altura que los de ella.

_Tal vez puedas irte a Maine por un tiempo, no sé, tal vez puedas pedir unas semanas alegando que tienes problemas familiares, mientras tanto, puedo seguir investigando por mi cuenta_ intentó convencerla.

Laura sacudía la cabeza de un lado a otro con vehemencia a medida que él hablaba.

_No voy a irme y a dejarte a ti hacer todo el trabajo. Es más, es a mi a quien han revelado esas pistas. Tengo que estar aquí, no me cabe duda al respecto.

Alejandro se alejó frustrado, no sabía qué hacer para mantenerla segura. Le preocupaba que ella se metiera cada vez más profundo en todo ese misterio. Caminó nervioso de un lado a otro de la sala pasándose la mano por el pelo una y otra vez como si intentara aliñarse el pelo.

_Terminarás gastando la alfombra y tendrás que comprarme otra_ dijo ella tratando de romper la tensión que había entre ellos.

Él se detuvo, y puso los ojos en blanco.

_Vamos Alejandro, por favor, no te pongas así, no quiero que cargues esto sobre tus hombros, soy adulta, sé lo que hago.

_A veces creo que en realidad no sabes muy bien en lo que te estás metiendo_ dijo en un susurro_ y eso no me deja tranquilo.

Laura se acercó a él y acarició su rostro con ternura. Alejandro no pudo evitar dejarse llevar por su suave tacto y suspiró observándola a los ojos.

_Por favor, confía en mí, estoy bien, no me va a pasar nada malo_ dijo con los ojos nublados, las lágrimas se le estaban agolpando.

_ ¡Por Dios! Quieres levantar el piso de la habitación de visitas ¿y quieres que no me preocupe? ¡Piensas que hay un cadáver debajo! ¿y quieres que no me preocupe?

Laura bajó la mirada algo avergonzada. Se sentía muy emocional.

_Si lo dices de esa forma, suena a que estoy loca_ dijo con una media sonrisa triste.

_No pienso eso Laura_ dijo Alejandro de inmediato sujetándola de los hombros para evitar que se alejara.

_Sé que no lo dices en voz alta, pero es probablemente lo que piensas. Y no te culpo, cualquiera pensaría lo mismo, a veces, hasta yo misma lo pienso_ dijo tratando de sonreír, pero le fue imposible.

_Óyeme bien, no pienso que estés loca, yo mismo he visto cosas que no tienen explicación, puedo intentar darte opiniones hiperbólicas, seudocientíficas, religiosas o filosóficas, pero en realidad no sé qué diablos está pasando, y no puedo estar tranquilo sabiendo que piensas seguir adelante pase lo que pase.

_Alejandro, te estaré agradecida el resto de mi vida, me has apoyado desde el inicio y has hallado mucha información que yo no hubiese siquiera donde buscarla. Pero no puedo pedirte que sigas con esto, sé que te está desgastando y no quiero que salgas perjudicado_ dijo con la voz quebrada.

_Ni lo sueñes_ contestó decidido y hasta se podía decir que algo consternado por las palabras de ella_ no pienso dejarte y me duele que quiera que me aleje ahora.

_No quiero que lo hagas_ replicó Laura con los ojos brillantes, las lágrimas la amenazan_ pero no te juzgaré si lo haces, lo entendería.

_Pues estamos de acuerdo entonces_ dijo él_ estamos juntos en esto hasta el final.

Laura asintió conmovida.

_” La tortuga no puedo ayudarnos”[1] _ dijo Laura sacudiendo la cabeza y rompió en angustioso sollozo.

_Pues tendremos que ayudarnos solos_ contestó Alejandro y la abrazó contra su pecho.

VII

Estaba cansada, la falta de sueño y el trabajo la habían agotado por completo. No le fue difícil quedarse dormida aquella noche, ovillada sobre su cuerpo para entrar en calor. Pronto, estaba soñando.

Se encontraba en una fiesta, llevaba un vestido largo, verde como el color de sus ojos. Descubrió a Alejandro entre los asistentes a la fiesta y le sonrió. El abogado le devolvió la sonrisa y la saludó con un gesto de su mano. Ella hizo lo mismo. Ambos caminaron en dirección al otro, pero antes de que se encontraran frente a frente, el escenario desapareció junto con Alejandro. Laura ya no se encontraba en el salón, sino en un espacio abierto y oscuro. Sus sentidos se llenaron con el perfume del verano en Maine, tan suave e increíblemente poderoso que la abrumó. El más fuerte de aquellos aromas era el del Jasmín de medianoche. Laura podía oír los grillos cantando muy cerca y a las luciérnagas encendiendo la noche con su brillante luz. Cuando miró hacia el cielo, vio la moneda plateada y pulida de la cara de la Luna, por encima de su cabeza. Pinceladas frías de luz de luna brillaban en su rostro. Su blanco brillo reflejaba en todas partes, transformando la niebla que brotaba de las hierbas enredadas alrededor de sus piernas desnudas, en el aire claro y diáfano del amanecer. Levantó sus manos con los dedos extendidos, enmarcando el satélite como si estuviera tomando una fotografía. Y cuando el viento de la noche acarició sus desnudos brazos sintió que su corazón se hinchaba, primero de amor y felicidad y luego se contraía de miedo y de horror. Percibió una sensación salvaje y terrorífica, en la perfumada espesura, adormilada por alguna fuerza en contraposición. Laura oyó una voz susurrante detrás de su espalda y volteó asustada. “Lauraaa, help mee”. Se sobresaltó y su corazón latió desbocado, aquella voz, estaba segura, era la voz de Linda.  Nuevas y terroríficas imágenes se sucedieron ante sus ojos, como si de una vieja película se tratara, pero esta vez vio la escena completa. Un hombre discutía acaloradamente con una mujer quien le increpaba algo que Laura no pudo oír. Las imágenes poco nítidas, se sucedían delante de Laura como a través de una cortina de humo, como si fuera una película de cine mudo. El hombre movió las manos gesticulando amenazante. El rostro de la mujer denotaba miedo, pero a pesar de ello no cedió, siguió increpando al hombre. Laura estaba segura de que se trataba de los esposos Williams. El hombre se acercó amenazante a la mujer, una mueca desagradable se dibuja en sus labios en lo que se suponía era una sonrisa. Sus ojos estaban sedientos, poseídos por cierto poder maligno, su mirada cruel le heló la sangre a Laura.

 La mujer tenía la mirada de pánico, los ojos sobresaltados, el rostro pálido y horrorizado. El hombre, que Laura suponía era John Williams, se lanzó sobre su esposa y le propinó una tremenda bofetada que la dejó postrada en el piso semi inconsciente, un hilillo de sangre se le escurría por la comisura derecha de sus labios. En ese momento, la escena se aclaró a los ojos de Laura, fue como si el humo desapareciera y el sonido regresara.  John se quedó de pie observando a su esposa con los ojos llenos de ira. Linda tardó unos segundos en recuperarse y se apoyó en su brazo derecho al levantase. Sus piernas la amenazaban con ceder. Cuando estuvo de pie, enfrentó con valentía a su esposo. “Ya no te temo, ya no importa lo que me suceda, ya no voy a callar” La mujer intentó salir de la casa, pero John giró hacia ella colocando su cadera al costado de la mujer y luego la hizo voltear a su izquierda. Las piernas de Linda se extendieron, luego se cerraron y el vestido blanco que llevaba puesto, no tuvo ninguna oportunidad, se partió en la espalda y en la cintura con un sonido que a Laura le recordó la crepitante leña en su chimenea. El movimiento funcionó a la perfección, la cadera del hombre se convirtió en un rodillo y Linda, impotente voló a través de él, su expresión decidida y valiente, se convirtió en una mirada de shock. Chocó de cabeza contra una de las sillas del comedor que se volteó y cayó sobre ella. Retiró la silla con dificultad, de su frente cayó una gota de sangre, pero su nariz chorreaba como un caño de agua que acababa de romperse. Su vestido blanco quedó rápidamente cubierto con una franja roja. Con un alarido histérico y los ojos desorbitados, John se lanzó sobre ella como si de un luchador libre se tratara. Pesaba mucho, setenta kilos o más, y los esfuerzos de Linda por ponerse de pie cesaron de inmediato. Sus brazos colapsaron como las patas de una mesa de té a la que le pidieron que sostuviera un automóvil. Su nariz herida volvió a estrellarse contra el piso de madera, entre la mesa del comedor y la silla que se encontraba en el suelo. Uno de sus brazos quedó debajo de uno de los reposa pies sintiendo un dolor paralizador. Trató de gritar, su rostro se veía como el de una mujer que estaba gritando, pero solo emitió un sibilante sonido.  Ahora John se sentaba sobre ella y tenía un fuerte dolor en la espalda. El hombre usó las rodillas para abrirse camino sobre el maltrecho cuerpo de su esposa, con la mirada llena de rabia e ira. Empuñó su mano derecha, la levantó sobre su cabeza y luego la descargó con todas sus fuerzas sobre el riñón derecho de Linda.  Laura emitió un sonido desgarrador, quería ayudar a Linda, pero solo era una espectadora en una función que había terminado de exhibirse hace setenta años atrás. Linda gritó y trató de deshacerse de él a pesar del terrible dolor que sentía. John se levantó y la dejó tirada en el suelo, pensó que ella había tenido suficiente. Linda se incorporó lentamente, primero sobre sus rodillas y luego sobre sus manos en una posición en la que parecía un gato viejo y maltrecho. Apoyó el pie izquierdo en el suelo, se sujetó de la pata de la mesa con ambas manos y se impulsó poniéndose de pie. La sangre seguía cayendo a raudales de su nariz rota.  Volvió a amenazarlo con ir a la policía, John pensó que se había vuelto loca, ¿no había tenido suficiente? Pero Linda no pensaba retroceder. Le dio la espalda, enseguida se percató de que había sido un error, quiso dirigirse a la puerta, pero John la detuvo de uno de sus hombros con una fuerza insólita y la tiró de espaldas al suelo. La parte trasera de su cabeza golpeó contra el duro piso con un sonido de huesos que se rompen. John la miró con ojos enardecidos, como un demente a punto de cometer una insania. Se acercó a ella y rodeó su garganta con ambas manos. Ella emitió un llanto estrangulado que pretendía ser un grito y arremetió hacia adelante con una sorprendente y vigorosa fuerza. Los ojos azules de Linda se veían más azules que nunca, miró a John con un horror impronunciable, luego abrió la boca y chilló con sonido ahogado, en el proceso de perder la vida estrangulada por las manos largas y poderosas de John. Lo golpeó en el pecho a través de la empapada tela de su camisa. El rostro pálido de Linda, se coloreó de azul violáceo en pocos segundos. Apenas luchaba, había perdido todas las fuerzas, solo intentaba respirar y cuando inspiraba dificultosamente, su garganta emitía un quejido aterrador. Tosía y se atragantaba, esforzándose por cada aliento. Hacía un terrible sonido como si un molino estuviera triturando su garganta. Laura no quiso seguir presenciando la escena, pero no podía moverse. Linda daba manotazos débiles en el piso de madera, los ojos amenazaban con salírsele de las cuencas, como si fueran canicas de cristal. John oyó el rápido traqueteo de sus pies, luego un ruido sordo, luego nada. Se había quedó inmóvil por completo.  Laura observó la expresión de la mujer que yacía frente a ella, su boca dibujaba un rictus horrendo, con la lengua sobresaliendo de ella. John apretó su cuello por un tiempo que a Laura le pareció muy largo, trataba de asegurarse de que estuviera realmente muerta. Se levantó del suelo, tomó los brazos de su esposa y la arrastró hasta el cuarto de visita. Fue hasta el depósito que tenía en la lavandería y regresó con una bolsa de cal y una soga. Tomó una sábana blanca del closet y la envolvió con ella, asegurándose de cubrir el cuerpo con una generosa cantidad de cal. Amarró el cuerpo con la soga. Laura fijó su atención en el closet. John encendió la luz jalando de una pita amarrada al foco. Se agachó y levantó un falso piso. Laura pudo sentir el olor del aire rancio que provenía del sótano. John salió del closet y arrastró el cuerpo de su esposa hasta la entrada del pequeño sótano. Bajó unos escalones y arrastró el cuerpo detrás de él con mucha dificultad. Introdujo primero los brazos, la cabeza y el tórax. John jaló del cuerpo, pero las caderas quedaron trabadas. Tiró con fuerza y Laura pudio oír el desgarro de la sábana en donde había envuelto A Linda. John volvió a jalar, el esfuerzo lo hizo emitir un sonido cargado de ira y fatiga. Laura oyó el desagradable y sordo sonido de los huesos al romperse, esta vez, John no encontró obstáculos y el cuerpo desapareció. Laura no pudo ver más, no hasta que John volvió a salir del sótano mugriento y con raspones en el rostro y en el dorso de las manos.  En aquel momento, Laura sintió que ya no era solo una espectadora en aquella escena, sino que formaba parte de ella. John frunció el ceño enfurecido al verla. Por un momento, Laura se quedó donde estaba, se encontraba congelada en su lugar, cada músculo de su cuerpo parecía estar bloqueado, mientras John corría hacia ella gritando. Trató de estrangularla como a su esposa, pero no pudo, cada vez que intentaba rodear el cuello de la psicóloga con sus manos, la atravesaba por completo. Estaba formado por materia incorpórea y difícilmente podían unirse el plano astral y el plano físico. Eso hacía que Laura tuviera una leve ventaja, pero no impedía que estuviera aterrada, horrorizada de lo que acababa de ver y de lo que le podía suceder. Quería correr, gritar, escapar, pero no podía moverse, ni emitir palabra alguna.  John intentó algo diferente, levantó una mano y la tocó en la frente utilizando toda la fuerza mental de la que disponía. Laura sintió una terrorífica corriente que le recorrió el cuerpo y la obligó a levantar los ojos al techo. Sobre su cabeza, giraban fuertes luces intermitentes a cámara lenta, como en una discoteca. Se sintió como si estuviera bajo los efectos de algún potente alucinógeno, que la estaba haciendo perder la conciencia. Percibió que su cerebro se apagaba poco a poco sin que ella pudiera evitarlo. Pero de pronto, la adrenalina inundó su corteza cerebral, se le aceleró el ritmo cardiaco, y su cerebro le ordenó la más antigua de las decisiones innatas, presentar batalla. Intentó moverse, sacudir sus manos y mover los pies, no lo consiguió, aquella fuerza la seguía reteniendo. Trató de gritar, su garganta estaba seca y le dolía como si hubiese estado alentando a gritos a su equipo de fútbol favorito. Lo intentó de nuevo y esta vez un grito de desesperación casi animal escapó de su garganta y la fuerza que la retenía desapareció con él. Laura se movió al fin, su respiración estaba agitada, la noche recobró la calma, como si una tormenta hubiese amainado sorpresivamente. Miró a su alrededor, dio unos pasos y trastabilló, cayó sentada en la alfombra y tuvo que sostenerse con un brazo cuando la visión se le nubló. En seguida, perdió el conocimiento. En los segundos que precedieron a la pérdida de conocimiento, la habitación desapareció, dando lugar de nuevo al salón de fiesta. Laura sonreía en aquel bello vestido verde mientras caminaba al encuentro de Alejandro.

Se despertó sobresaltada, su respiración era dificultosa y se sorprendió al descubrir que las lágrimas bañaban sus mejillas. El sueño había sido tan sorprendentemente real que la dejó petrificada por unos segundos. Sus conjeturas y suposiciones habían alcanzado el punto más elevado, como una bomba que está a punto de estallar y si no se cuidaba, le estallaría en la cara. Sintió que un arrebato de desesperación empezaba a hacer mella en ella. Con mucha dificultad evitó emitir un grito, no quería alertar a nadie, aunque no había a muchos a quienes alertar, no tenía más vecinos que Alejandro y él no se encontraba en su casa. Había viajado a Lima por trabajo, aunque lo hizo de manera renuente, no quería dejarla sola por mucho tiempo dada las circunstancias.

Se sentó en el borde de la cama y bajó los pies al suelo, suspiró consternada mientras se secaba la mejilla con el dorso de su mano. El ciprés vecino, mecido por el viento, desprendía suaves murmullos, que la sobresaltaron. Pensó que, desde hace algún tiempo, todo la sobresaltaba y volvió a suspirar inquieta. Se mantuvo allí por unos minutos sopesando su siguiente paso, quería ir de inmediato a la casa 110, abrir aquel falso piso y bajar al sótano. Estuvo equivocada todo el tiempo al pensar que el cadáver estaría en su propia casa, pero ahora lo sabía y no tenía dudas, el cadáver estaba en la casa 110. Se levantó de un salto, como si la cama en donde estaba sentada, estuviera repleta de agujas, se cambió de prisa y salió rumbo a la casa que había pertenecido a Melinda. Pero cuando estuvo en la calle, caminó despacio al principio, abrochándose el abrigo y frotándose las manos para entrar en calor. Se obligó a mover los pies más deprisa, su paso se hizo más ágil y su mente más perspicaz.

 Cuando estuvo frente a la casa, recordó que ya no contaba con las llaves, Alejandro las había devuelto con la esperanza de mantenerla alejada del lugar y por ende segura. Al menos eso era lo que él suponía. Con lo que no contó el abogado, fue que todas las fuerzas del universo se confabulaban para hacer que Laura entrara a la casa. La puerta se abrió sola con un chirrido macabro, como invitando a la psicóloga a que pasara. Ella dudó por unos segundos, y no fue consciente de como ingresó en la vivienda, fue como si sus pies se movieran solos. Apenas estuvo dentro, la puerta se cerró con un golpe violento. Laura dio un respingo, su corazón se aceleró y volteó de inmediato, pensó que alguien o algo la había cerrado, pero no encontró nada. Suspiró tomando valor para seguir, tenía la agobiante certeza de que volvería a ocurrir algo malo.

Caminó despacio atravesando la sala de camino al comedor, se detuvo frente a la mesa y observó escudriñando la oscuridad. No había nada, no había susurros, no había apariciones, no había visiones. Por un momento llegó a pensar, que nada sucedería después de todo. Pero de todas formas siguió caminando hasta la habitación de visitas, quería corroborar que dentro del closet existía realmente el falso piso que había visto en el sueño. Cuando estuvo frente al closet, tomó la perilla del picaporte y antes de que pudiera girarla y menos aún abrirla, sintió una fuerte descarga eléctrica que le subió por el brazo y se extendió por su columna vertebral. Intentó apartarse, pero no pudo. Tenía los músculos comprimidos. En seguida, vio caras y cuerpos inmateriales transparentes, podía ver a través de ellos. Oyó risas diabólicas, luego llantos. Percibió varias emociones mezcladas, miedo, maldad, ira, terror. Los rostros se movieron mirándola como si quisieran discutir algo con ella. Todo sucedió muy rápido, luego se desvaneció. La descarga desapareció de forma brusca, tal y como había aparecido.

 Cuando recobró la conciencia, estaba recostada de espalda contra la puerta, con la respiración agitada y un terrible dolor de cabeza. Se puso de pie, a pesar de que le temblaban las piernas y éstas amenazaban con ceder en cualquier momento. Con temor, volvió a tocar la perilla, pensando que de nuevo sentiría la descarga, pero esta vez no sucedió nada. Laura pudo abrir la puerta. Buscó a tientas el interruptor de la luz, cuando lo encontró, la encendió. Observó el pequeño espacio iluminado, estaba vacío, desde luego, ¿Qué se suponía que encontraría allí? Bajó la mirada al piso y para su sorpresa, no había nada que indicara la existencia de un falso piso o alguna entrada a algún sótano. Suspiró frustrada, por un momento pensó que realmente se estaba volviendo loca. Sintió el impulso de salir de allí y regresar de inmediato a su casa, pero algo más fuerte que ella la retuvo. Dio un paso, e ingresó al closet. Levantó la mirada sobre su cabeza, hurgando cada rincón, luego observó a su derecha primero, y a su izquierda después. El pequeño closet medía unos dos metros de ancho por metro y medio de largo y unos dos metros y medio de alto. No encontró nada fuera de lo normal y se dispuso a salir.

 Cuando se movió, oyó un crujido bajo sus pies, como si el lugar en donde se encontraba parada fuera hueco. Volvió a moverse y de nuevo oyó aquel crujido. Salió del closet y se arrodilló en el suelo para observarlo mejor. Examinó con atención el piso y se percató que las líneas de las baldosas de linóleo no coincidían. Pasó sus dedos por las líneas formando un rectángulo de poco más de metro y medio de ancho y metro de largo. Creía haber descubierto el falso piso, pero no tenía idea de cómo abrirlo. Volvió a ingresar al closet, pisó el centro del rectángulo un par de veces, esperando que tal vez se abriera con la presión del pie, pero no sucedió nada. Emitió un suspiro inquieto y frustrado. Lo pensó por unos segundos y luego, pisó el borde superior derecho de lo que ella suponía era el falso piso. Oyó un sonido parecido a un click, y la puerta cedió de golpe. Volvió a presionar el borde y esta vez, el falso piso se levantó. Laura no pudo evitar sonreír, a pesar de la inquietante sensación de que se estaba metiendo en terreno peligroso. Volvió a arrodillarse en el piso fascinada por su descubrimiento.  Pensó que ahora podría levantar el falso piso, como si de una escotilla se tratara. Situó sus manos en los bordes y trató de levantarlo, antes de tener la posibilidad de hacerlo, la luz del closet se apagó y la psicóloga sintió que la temperatura en la habitación bajaba estrepitosamente.

 Se levantó del suelo asustada, sus sentidos se pusieron en alerta de inmediato, recorrió la habitación con los ojos bien abiertos, estaba pálida y muy asustada. En ese instante, la habitación completa se iluminó con una luz brillante, que no supo identificar de donde provenía. Los reflejos eran tan deslumbrantes, que la obligaban a cerrar los ojos y protegerse el rostro consternado y confuso, con uno de sus brazos. Segundos después, la luz se apagó, y la habitación quedó de nuevo a oscuras. La temperatura descendió de nuevo, su aliento formaba una nube a su alrededor. Laura pensó que terminaría congelándose en aquella habitación y nadie lo sabría. Su cuerpo temblaba con violentos espasmos producto del frío. Trató de salir, pero una sensación terriblemente helada le recorrió la espalda, como si las manos de un hombre de nieve la acariciaran. De improviso, sintió que algo muy fuerte la sacudía, trastabilló y casi perdió el equilibrio. Sus ojos se dilataron por la desagradable sorpresa. Una segunda sacudida la tomó desprevenida y cayó de espaldas al piso. Sintió un dolor profundo y lacerante en el centro de la espalda que la retuvo en el suelo por unos segundos. Antes de que pudiera siquiera pensar en levantarse, la fuerza desconocida, la hizo volar hacia delante, Laura levantó el brazo derecho para evitar aterrizar de cara contra la blanca pared de la habitación. Intentó levantar el brazo izquierdo, pero lo tenía adormecido desde el hombro hacia abajo. No pudo protegerse la cabeza, sintió un dolor agudo, intenso y pulsante como si su cabeza le fuera a estallar. Rebotó, se tambaleó y después cayó de rodillas frente a la pared. La oscuridad se apoderó de ella como si hubiera caído en un agujero negro, estaba perdiendo la consciencia.

Lo siguiente que recordó fue a Alejandro sosteniéndola entre sus brazos, tenía una lágrima en el ojo derecho, brillante y perfecta. Los ojos locos de desesperación y angustia. La cara pálida y el rostro desencajado.

_¡¡Laura, Laura!! ¿Estás bien? ¿te duele algo? ¿puedes moverte? _ prorrumpió en preguntas apresuradamente.

_Estoy bien. Solo estoy algo asustada_ respondió_ y se sobresaltó al oír el sonido de su propia voz.

Era mentira, desde luego, pero lo dijo con bastante ímpetu. Claro que ella no podía ver lo que estaba escrito en su rostro.

Alejandro suspiró, pero ella no supo si de alivio, resignación o desesperación. Los brazos del abogado, fueron para ella, como agua fresca en un día caluroso, o tal vez lo más correcto sería decir que fueron como una taza de chocolate caliente en una noche fría.

_ ¿Cómo se te ocurre venir sola? _ preguntó inquieto.

_ ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas en Lima_ dijo ella.

Alejandro no pudo evitar poner los ojos en blanco, se sentía consternado por haberla encontrado inconsciente y sola en aquella casa que no hacía más que causarle a ella problemas.

_Terminé el trabajo a las ocho y decidí venir porque no quería que estuvieras sola por mucho tiempo. Cuando llegué a casa, sentí el impulso alocado de venir hasta aquí. La puerta estaba abierta, así que entré de inmediato, sabía sin lugar a dudas que estabas aquí y que algo te había sucedido. ¡¿Qué diablos hacías aquí a esta hora?! ¿Cómo entraste?

_La puerta se abrió para mí_ respondió ella mientras se incorporaba llevándose una mano a la cabeza. Aún le dolía un poco.

_No te toques la frente_ dijo Alejandro_ tienes un buen golpe, te llevaré a casa, necesitas descansar.

Alejandro la ayudó a llegar hasta su casa, los primeros rayos del alba ingresaban a través de las persianas de su habitación cuando se acostó en la cama. Laura le narró con lujo de detalles lo que vio en la casa, la forma en que John había asesinado a su esposa y en donde había escondido el cuerpo.

_ ¿Cómo pudo seguir con él después de haberla golpeado tantas veces? _ se preguntó Alejandro_ tenía que suponer que tarde o temprano él terminaría matándola.

_Algunas mujeres resisten_ dijo Laura_ algunas supongo por pura y vieja terquedad. Pero principalmente lo hacen para mostrarle al mundo un rostro neutral y serio como si en realidad no pasaran por terribles e indescriptibles momentos. Siguen, no solo para convencer a los demás que tienen una vida grandiosa sino para convencerse a si mismas de que su vida podría ser peor allá afuera. Es difícil romper con esa cadena que te aprisiona, no sabes vivir de otra manera, eso es todo lo que conoces. Muy pocas pueden romperla y al fin vivir sus vidas, es como cuando a un esclavo lo liberan al fin, no sabe que hacer con su vida.

Alejandro asintió en silencio, sopesando las palabras de Laura.

_Iremos a inspeccionar el sótano después de que duermas unas horas_ sentenció poco después.

Ella necesitaba descansar, tiempo que él dedicaría a hacer sus propias indagaciones.


[1] Hace referencia a una frase del libro It de Stephen King

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